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    Información biográfica

  1. ¡A Cuernavaca!
  2. A Enrique González Martínez
  3. A Eugenio Florit
  4. Apenas
  5. Ausencias
  6. Caravana
  7. Consejo poético
  8. El descastado
  9. El llanto
  10. El mal confitero
  11. El verdugo secreto
  12. Glosa de mi tierra
  13. Golfo de México Veracruz
  14. Ifigenia cruel (fragmento)
  15. La Habana
  16. La amenaza de la flor
  17. La señal funesta
  18. La tonada de la sierva enemiga
  19. Lailye
  20. Los caballos
  21. Morir
  22. Para un mordisco
  23. Quédate callado
  24. Sol de Monterrey
  25. Veracruz
  26. Visitación
  27. Yerbas del Tarahumara




  28. Información biográfica

      Nombre: Alfonso Reyes Ochoa
      Lugar y fecha nacimiento: Monterrey, Nuevo León (México), 17 de mayo de 1889
      Lugar y fecha defunción: Ciudad de México, D.F. (México), 27 de diciembre de 1959 (70 años)

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      ¡A Cuernavaca!

        I

        A Cuernavaca voy, dulce retiro,
        Cuando, por veleidad o desaliento,
        Cedo al afán de interrumpir el cuento
        Y dar a mi relato algún respiro.

        A Cuernavaca voy, que sólo aspiro
        A disfrutar sus auras un momento:
        Pausa de libertad y esparcimiento
        A la breve distancia de un suspiro.
        Ni campo ni ciudad, cima ni hondura;
        Beata soledad, quietud que aplaca
        O mansa compañía sin hartura.

        Tibieza vegetal donde se hamaca
        El ser en filosófica mesura...
        ¡A Cuernavaca voy, a Cuernavaca!

        II

        No sé si con mi ánimo lo inspiro
        O si el reposo se me da de intento.
        Sea realidad o fingimiento,
        ¿A qué me lo pregunto, a qué deliro?
        Básteme ya saber, dulce retiro
        Que solazas mis sienes con tu aliento:
        Pausa de libertad y esparcimiento
        A la breve distancia de un suspiro.

        El sosiego y la luz el alma apura
        Como vino cordial; trina la urraca
        Y el laurel de los pájaros murmura;

        Vuela una nube; un astro se destaca,
        Y el tiempo mismo se suspende y dura...
        ¡A Cuernavaca voy, a Cuernavaca!

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      A Enrique González Martínez

        Muchas sendas hollé, muchos caminos
        Solicitaron el afán creciente,
        De contrastar los usos de la gente
        Y confundirme con los peregrinos.

        Mezclaba los sabores de los vinos
        En cada clima caprichosamente,
        Y yo no sé si ello fue prudente
        O si mis pasos fueron desatinos.

        Había que buscar la ruta cierta
        Y ceñir el desborde con el dique.
        Volví cansado, procuré la puerta...

        Y déjame, poeta, que lo explique
        Como quien se despoja y se liberta:
        Tú estabas a la puerta, claro Enrique.

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      A Eugenio Florit

        Florit, la primavera se desborda
        Y vuelca Flora el azafate henchido,
        Y la naturaleza en cada nido
        Lanza un temblor y hace la vista gorda,

        ¿Qué pasa entonces, cuando el viento asorda
        Y el campo es todo asombro y todo ruido,
        Y aún el más recatado y retraído
        Toma el alma y la echa por la borda?

        ¿Qué arcaico rito o gresca dionisíaca,
        Qué endiablada, o mejor, paradisíaca
        Celebración de las celebraciones?

        Es que el poeta cumple el mandamiento:
        Hacer razones con el sentimiento
        Y dar en sentimiento las razones.

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      Apenas

        A veces, hecho de nada,
        Sube un efluvio del suelo.
        De repente, a la callada,
        Suspira de aroma el cedro.

        Como somos la delgada
        Disolución de un secreto,
        A poco que cede el alma
        Desborda la fuente de un sueño.

        ¡Mísera cosa la vaga
        Razón cuando, en el silencio,
        Una como resolana
        Me baja, de tu recuerdo!

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      Ausencias

        De los amigos que yo más quería
        Y en breve trecho me han abandonado,
        Se deslizan las sombras a mi lado,
        Escaso alivio a mi melancolía.

        Se confunden sus voces con la mía
        Y me veo suspenso y desvelado
        En el empeño de cruzar el vado
        Que me separa de su compañía.

        Cedo a la invitación embriagadora,
        Y discurro que el tiempo se convierte
        Y acendra un infinito cada hora.
        Y desbordo los límites, de suerte
        Que mi sentir la inmensidad explora
        Y me familiarizo con la muerte.

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      Caravana

        Hoy tuvimos noticia del poeta:
        Entre el arrullo de los órganos de boca
        Y colgados los brazos de las últimas estrellas,
        Detuvo su caballo.

        El campamento de mujeres batía palmas,
        Aderezando las tortillas de maíz.
        Las muchachas mordían el tallo de las flores,
        Y los viejos sellaban amistades lacrimosas
        Entre las libaciones de la honda madrugada.

        Acarreaban palanganas de agua,
        Y el jefe se aprestaba
        A lavarse los pechos, la cabeza y las barbas.

        Los alfareros de las siete esposas
        Acariciaban ya los jarros húmedos.
        Los hijos del país que no hace nada
        Encendían cigarros largos como bastones.

        Y en el sacrificio matinal,
        Corderos para todos
        Giraban ensartados en las picas
        Sobre la lumbrarada de leños olorosos.

        Hoy tuvimos noticia del poeta,
        Porque estaba dormido a lomos de caballo.
        Dijo que llevan a Dios sobre las astas
        Y que tiene la noche ácidas rosas
        En las alfombras de los dos crepúsculos.

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      Consejo poético

        La cifra propongo; y ya
        Casi tengo el artificio,
        Cuando se abre el precipicio
        De la palabra vulgar.
        Las sirtes del bien y el mal,
        La torpe melancolía,
        Toda la guardarropía
        De la vida personal,
        Aléjalas, si procuras
        Atrapar las formas puras.

        ¿La emoción? Pídela al número
        Que mueve y gobierna al mundo.
        Templa el sagrado instrumento
        Más allá del sentimiento.
        Deja al sordo, deja al mudo,
        Al solícito y al rudo.
        Nada temas, al contrario,
        Si en el rayo de una estrella
        Logras calcinar la huella
        De tu sueño solitario.

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      El descastado

        I

        En vano ensayaríamos una voz que les recuerde algo a los Hombres,
        Alma mía, que no tuviste a quién heredar;
        En vano buscamos, necios, en ondas del mismo Leteo,
        Reflejos que nos pinten las estrellas que nunca vimos.

        Como el perro callejero, en quien unas a otras se borran
        Las marcas de los atavismos, O como el canalla civilizado
        -Heredera de todos, alma mía, mestiza irredenta, no
        Tuviste a quién heredar.

        Y el hombre sólo quiere oír lo que sus abuelos contaban;
        Y los narradores de historias
        Buscan el Arte Poética en los labios de la nodriza.

        Pudo seducirnos la brevedad simple, la claridad elegante,
        La palabra única que salta de la idea como bota el
        Luchador sobre el pie descalzo...

        Mientras el misterio lo consentía, mientras el misterio
        Lo consentía.

        II

        Alma mía, suave cómplice:
        No se hizo para nosotros la sintaxis de todo el mundo,
        Ni hemos nacido, no, bajo la arquitectura de los Luises

        ¿Quién, a la hora del duende, no vio escaparse la esfera,
        Rodando, de la mano del sabio?

        Con zancadas de muerte en zanco échase a correr el
        Compás, acuchillando los libros que el cuidado olvidó en
        La mesa.

        Así se nos han de escapar las máquinas de precisión,
        Las balanzas de Filología,
        Mientras las pantuflas bibliográficas nos pegan a la
        Tierra los pies.

        (Y un ruido indefinible se oía, y el buen hombre se daba
        A los diablos.
        Y cuando acabó de soñar, pudo percatarse de que aquella
        Noche los ángeles -¡los ángeles!- habían cocinado para él.)

        III

        San Isidro, patrón de Madrid, protector de la holgazanería;
        San Isidro Labrador: quítame el agua y ponme el sol.

        San Isidro, por la mancero que nunca tu mano tocara;
        San Isidro: quítame el sol, a cuya luz se espulgó la
        Canalla; quítame el sol y ponme el agua.

        Si por los cabellos arrastras la vida,
        Como arrastra el hampón la querida.
        Ella trabajará para ti
        San Isidro, patrón de Madrid: deja que los ángeles
        Vengan a labrar,
        Y hágase en todo nuestra voluntad.

        IV

        Bíblica fatiga de ganarse el pan,
        Desconsiderado miedo a la pobreza.
        Con la cruz de los brazos abiertos
        ¡Quién girara al viento como veleta!
        Fatiga de ganarse el pan:
        Como la cintura de Saturno,
        Ciñe al mundo la Necesidad.
        La Necesidad, maestra de herreros,
        Madre de las rejas carcelarias
        Y de los barrotes de las puertas;
        Tan bestial como la coz del asno
        En la cara fresca de La molinera,
        Y tan majestuosa como el cielo.

        Odio a la pobreza: para no tener que medir
        Por peso tantos kilogramos de hijos y criados;
        Para no educar a los niños en escasez de juguetes y flores;
        Para no criar monstruos despeinados,
        Que alcen mañana los puños contra la nobleza de la vida.

        Pero ¿vale más que eso ser un Príncipe sin corona, si
        Un Príncipe Internacional,
        Que va chapurrando todas las lenguas
        Y viviendo por todos los pueblos,
        Entre la opulencia de sus recuerdos?

        ¿Valen más las plantas llagadas por la poca costumbre de andar
        Que las sordas manos sin tacto, callosas de tanto afanar?

        Bíblica fatiga de ganarse el pan,
        Desconsiderando miedo a la pobreza.

        Alma, no heredamos oficio ninguno - ama loca sin economía.
        Si lo compro de pan, se me acaba;
        Si lo compro de aceite, se me acaba.
        Compraremos una escoba de paja.
        Haremos
        Con la paja
        Una escalera.
        La escalera ha de llegar hasta el cielo.
        Y, a tanto trepar, hemos de alcanzar,
        Siempre adelantando una pierna a la otra.

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      El llanto

        Al declinar la tarde, se acercan los amigos;
        Pero la vocecita no deja de llorar.
        Cerramos las ventanas, las puertas, los postigos,
        Pero sigue cayendo la gota de pesar.

        No sabemos de dónde viene la vocecita;
        Registramos la granja, el establo, el pajar.
        El campo en la tibieza del blando sol dormita,
        Pero la vocecita no deja de llorar.

        -¡La noria que chirría!- dicen los más agudos-
        Pero ¡si aquí no hay norias! ¡Qué cosa tan singular!
        Se contemplan atónitos, se van quedando mudos
        Porque la vocecita no deja de llorar.

        Ya es franca desazón lo que antes era risa
        Y se adueña de todos un vago malestar,
        Y todos se despiden y se escapan de prisa,
        Porque la vocecita no deja de llorar.

        Cuando llega la noche, ya el cielo es un sollozo
        Y hasta finge un sollozo la leña del hogar.
        A solas, sin hablarnos, lloramos un embozo,
        Pero la vocecita no deja de llorar.

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      El mal confitero

        Es Toledo ciudad eclesiástica.
        Para sola una noche del año,
        Sus vides domésticas
        Dan un vino claro.

        Un vinillo que el gusto arrebola
        Del epónimo mazapán,
        Y que predispone muy plácidamente
        Para recibir hasta el alma del aroma Canonical
        De las uvas negras en aguardiente.

        Y es que la Iglesia
        Consiente la gula:
        Para cada antojo hay una licencia;
        Para cada confite, una bula.

        Y cándida azúcar chorrea
        Por el transparente de la Catedral;
        Y en sus brazos arrulla la Virgen
        Al pequeño dios comestible,
        Rosado y salmón;
        Y ¡oh, qué famosas tajadas de Alcázar
        Si, como es granito, fuera turrón!

        Y es que la Iglesia consciente la gula;
        Y monja sé yo que toda es azúcar.
        Y que tiene vicioso al cielo
        De la miel hilada al pelo,
        Y sabe hacer unos letuarios de nueces,
        Y otros de zanahorias raheces,
        Y el diacitrón, codonate y roseta,
        Y la cominada de Alejandría,
        Y otras cosas tantas que no acabaría.

        ¿Pero aquel confitero que había,
        Que en azúcar y almendra y canela
        Los santos misterios hacía?
        La Pentecostés y la Trinidad,
        Y el Corpus y la Ascensión,
        Y un Jesús casi de verdad
        Con una almendrita en el corazón.

        Pero tiene sus reglas el arte,
        Y a cada figura, su parte.
        Y también había un Luzbel
        Con una cara ácida y larga,
        Y le ponía en el corazón
        Una insólita almendra amarga.

        ¡Terror de las madres: muerte solapada
        En las golosinas!
        ¡Sazón a mansalva,
        Con el cardenillo de las cocinas!

        Bien sé yo que tiene sus reglas el arte,
        Y a cada figura le toca su parte.
        Mas ¿garapiñar almendras amargas,
        Así sean las del corazón?
        Caridades escusadas,
        A fe mía, son.

        ¿Disfrazar un Luzbel con maña,
        Que se lo confunda con un Salvador?
        Caridades excusadas,
        A fe mía, son.

        ¡Oh, buen hacedor!
        Hay arte mejor:
        No me vendas rencor en almíbar,
        Si he de hallar acíbar
        En el corazón.

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      El verdugo secreto

        Vives en mí, pero te soy ajeno,
        Recóndito ladrón que nunca sacio,
        A quien suelo ceder, aunque reacio,
        Cuanto suele pedir tu desenfreno.

        Me quise sobrio, me fingí sereno,
        Me dictaba sus máximas Horacio,
        Dormí velando, festiné despacio,
        Ni muy celeste fui, ni muy terreno.

        Poco me aprovechó vivir alerta,
        Si del engreimiento vanidoso
        Hallaste tú la cicatriz abierta.

        Hoy quiero rechazarte, y nunca oso.
        ¡Válgame la que a todos nos liberta,
        Y al orden me devuelve y al reposo!

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      Glosa de mi tierra

        Amapolita morada
        Del valle donde nací:
        Si no estás enamorada,
        Enamórate de mí.

        I

        Aduerma el rojo clavel,
        O el blanco jazmín, las sienes;
        Que el dardo sólo desdenes,
        Y sólo furia el laurel.
        Dé el monacillo su miel,
        Y la naranja rugada,
        Y la sedienta granada,
        zumo y sangre -oro y rubí-;
        Que yo te prefiero a ti,
        Amapolita morada.

        II

        Al pie de la higuera hojosa
        Tiende el manto la alfombrilla;
        Crecen la anacua sencilla
        Y la cortesana rosa;
        Donde no la mariposa,
        Tornasola el colibrí.
        Pero te prefiero a ti,
        De quien la mano se aleja;
        Vaso en que duerme la queja
        Del valle donde nací.

        III

        Cuando al renacer el día
        Y al despertar de la siesta,
        Hacen las urracas fiesta
        Y salvas de gritería,
        ¿Por qué, amapola, tan fría,
        O tan pura o tan callada?
        ¿Por qué, sin decirme nada,
        Me infundes un ansia incierta
        -Copa exhausta, mano abierta,
        Si no estás enamorada?

        IV

        ¿Nacerán estrellas de oro
        De tu cáliz tremulento,
        -Norma para el pensamiento
        O bujeta para el lloro?
        ¡No vale un canto sonoro
        El silencio que te oí!
        Apurando estoy en ti
        Cuánta la música yerra.
        Amapola de mi tierra:
        Enamórate de mí.

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      Golfo de México Veracruz

        La vecindad del mar queda abolida:
        Basta saber que nos guardan las espaldas,
        Que hay una ventana inmensa y verde
        Por donde echarse a nado.

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      Ifigenia cruel (fragmento)

        Pero soy como me hiciste, Diosa,
        Entre las líneas iguales de tus flancos:
        Como plomada de albañil segura,
        Y como tú: como una llama fría.

        Sobre el eje de tu nariz recta,
        Nadie vio doblarse tus cejas,
        Ni plegarse los rinconcillos
        Inexorables de tu boca,
        Por donde huye un grito inacabable,
        Penetrado ya de silencio.

        ¿Quién acariciaría tu cuello,
        Demasiado robusto para asido en las manos;
        Superior a ese hueco mezquino de la palma
        Que es la medida del humano apetito?

        ¿Y para quién habías de desatar la equis
        De tus brazos cintos y untados
        Como atroces ligas al tronco,
        Por entre los cuales puntean
        Los cuernecillos numerosos
        De tu busto de hembra de cría?

        ¿Quién vio temblar nunca en tu vientre
        El lucero azul de tu ombligo?
        ¿Quién vislumbró la boca hermética
        De tus dos piernas verticales?

        En torno a ti danzan los astros.
        ¡Ay del mundo si flaquearas, Diosa!
        Y al cabo, lo que en ti más venero:
        Los pies donde recibes la ofrenda
        Y donde tuve yo cuna y regazo;
        Los haces de dedos en compás
        Donde puede ampararse un hombre adulto;
        Las raíces por donde sorbes
        Las cubas rojas del sacrificio, a cada luna.

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      La amenaza de la flor

        Flor de las adormideras:
        Engáñame y no me quieras.

        ¡Cuánto el aroma exageras,
        Cuánto extremas tu arrebol,
        Flor que te pintas ojeras
        Y exhalas el alma al sol!

        Flor de las adormideras.

        Una se te parecía
        En el rubor con que engañas,
        Y también porque tenía,
        Como tú, negras pestañas.

        Flor de las adormideras.
        Una se te parecía...
        Y tiemblo sólo de ver
        Tu mano puesta en la mía:
        ¡Tiemblo no amanezca un día
        En que te vuelvas mujer!

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      La Habana

        No es Cuba, donde el mar disuelve el alma.
        No es Cuba -que nunca vio Gaugin,
        Que nunca vio Picasso-,
        Donde negros vestidos de amarillo y de guinda
        Rondan el malecón, entre dos luces,
        Y los ojos vencidos
        No disimulan ya los pensamientos.

        No es Cuba -la que oyó a Stravisnsky
        Concertar sones de marimbas y güiros
        En el entierro del Papá Montero,
        Ñañigo de bastón y canalla rumbero.

        No es Cuba -donde el yanqui colonial
        Se cura del bochorno sorbiendo "granizados"
        De brisa, en las terrazas del reparto;
        Donde la policía desinfecta
        El aguijón de los mosquitos últimos
        Que zumban todavía en español.

        No es Cuba -donde el mar se transparenta
        Para que no se pierdan los despojos del Maine,
        Y un contratista revolucionario
        Tiñe de blanco el aire de la tarde,
        Abanicando, con sonrisa veterana,
        Desde su mecedora, la fragancia
        De los cocos y mangos aduaneros.

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      La señal funesta

        I

        Si te dicen que voy envejeciendo
        Porque me da fatiga la lectura
        O me cansa la pluma, o tengo hartura
        De las filosofías que no entiendo;
        Si otro juzga que cobro el dividendo
        Del tesoro invertido, y asegura
        Que vivo de mi propia sinecura
        Y sólo de mis hábitos dependo,

        Cítalos a la nueva primavera
        Que ha de traer retoños, de manera
        Que a los frutos de ayer pongan olvido;

        Pero si sabes que cerré los ojos
        Al desafío de unos labios rojos,
        Entonces puedes darme por perdido.

        II

        Sin olvidar un punto la paciencia
        Y la resignación del hortelano,
        A cada hora doy la diligencia
        Que pide mi comercio cotidiano.
        Como nunca sentí la diferencia
        De lo que pierdo ni de lo que gano,
        Siembro sin flojedad ni vehemencia
        En el surco trazado por mi mano.

        Mientras llega la hora señalada,
        El brote guardo, cuido del injerto,
        El tallo alzo de la flor amada,

        Arranco la cizaña de mi huerto,
        Y cuando suelte el puño del azada
        Sin preguntarlo me daréis por muerto.

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      La tonada de la sierva enemiga

        Cancioncita sorda, triste,
        Desafinada canción;
        Canción trinada en sordina
        Y a hurtos de la labor,
        A espaldas de la señora;
        A paciencia del señor;
        Cancioncita sorda, triste,
        Canción de esclava, canción
        Canción de esclava niña que siente
        Que el recuerdo le es traidor;
        Canción de limar cadenas
        Debajo de su rumor;
        Canción de los desahogos
        Ahogados en temor;
        Canción de esclava que sabe
        A fruto de prohibición:
        -Toda te me representas
        En dos ojos y una voz.

        Entre dientes, mal se oyen
        Palabras de rebelión:
        "¡Guerra a la ventura ajena
        Guerra al ajeno dolor!
        Bárreles la casa, viento,
        Que no he de barrerla yo.
        Hílales el copo, araña,
        Que no he de hilarlo yo.
        San Telmo encienda las velas,
        San Pascual cuide el fogón.
        Que hoy me ha pinchado la aguja
        Y el huso se me rompió;
        Y es tanta la tiranía
        De esta disimulación,
        Que aunque de raros anhelos
        Se me hincha el corazón,
        Tengo miradas de reto
        Y voz de resignación".

        Fieros tenía los ojos
        Y ronca y mansa la voz;
        Finas imaginaciones
        Y plebeyo corazón.
        Su madre, como sencilla,
        No la supo casar, no.
        Testigo de ajenas vidas,
        El ánimo le es traidor.
        Cancioncita sorda, triste,
        Canción de esclava, canción:
        -Toda te me representas
        En dos ojos y una voz.

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      Lailye

        Lailye, ¿cuándo vuelves a México y me buscas,
        Ya sea en Cuernavaca, ya sea en Tepoztlán?
        Juntos recordaríamos aquellas cosas bruscas
        Del asno, el indio, el loro, la araña, el alacrán...

        A ti que te sorprendes -aunque jamás te ofuscas-
        Con nuestros usos y nuestra agua y nuestro pan
        ¿Qué te parecería si vuelves y me buscas,
        Ya sea en Cuernavaca, ya sea en Tepoztlán?

        ¿Te acuerdas? Era entonces tu ser surco en amagos,
        Flor de capullo, germen de amores y pasiones.
        Y ahora que te abriste al triunfo y los halagos

        -¡Oh suma de los pueblos, compendio de naciones!-,
        Dime: ¿a qué te sabría volver por estos pagos,
        Estrella de los rumbos y de las tentaciones?

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      Los caballos

        ¡Cuántos caballos en mi infancia!
        Atados de la argolla y cabezada,
        En el patio de coches de la casa,
        Desempedrando el suelo en su impaciencia
        Y dando gusto a las rasposas lenguas,
        Los caballos lamían largamente
        El salitre de las paredes.

        Aprendí a montar a caballo
        En el real de San Pedro y San Pablo.
        Éste era un alazán de trote largo
        Que se llamaba —pido perdón— el Grano de Oro.

        Mi padre, poeta a ratos,
        Y siempre poeta de acción,
        cuidaba como Adán del nombre de las cosas:
        —Para algo tienen cuatro cascos,
        Para andar de prisa.
        Pónmele un nombre raudo como el rayo,
        Quítale ese nombre que da risa.—
        Los caballos lamían largamente
        El salitre de las paredes.

        Me hacían jinete y versero
        El buen trote y sus octosílabos
        Y el galope de arte mayor,
        Mientras las espuelas y el freno
        Me iban enseñando a medir el valor.

        Pero, aunque yo partiese a rienda suelta,
        Mi fuga no pasaba de la esquina:
        El caballo era herencia de un gendarme borracho
        Y paraba sólo en los tendajos.
        ¡Oh ridículo símbolo
        De una prudencia que era apenas vicio!

        Y me fui haciendo al tufo dulzón
        Y al fraseo del guadarnés
        Y a todos los refranes del caso:

        En la cuesta,
        Como quiera la bestia,
        Y en el llano,
        Como quiera el amo.

        Y aquella justa máxima que parece moneda:
        Nunca dejes camino por vereda.

        Y aprendí de falsa y de almartirgón
        Y de pasito y trote inglés,
        Que no va nada bien con la silla vaquera;
        Porque yo nunca supe de albardón,
        Y esto es lo que me queda del color regional.

        Los caballos lamían largamente
        El salitre de las paredes.

        Mi segundo caballo
        Se llamaba Lucero y no Petardo:
        Él sólo entendía por su nombre
        Y en vano quisieron mudárselo.
        Pequeño y retinto,
        Nervioso y fino,
        Con la mancha blanca en la frente...
        Nunca tuve mejor amigo,
        Nunca he tratado mejor gente.

        Rompía el cabestro,
        Pisoteaba el huerto.
        Cruzaba el parque a las volandas,
        Atravesaba el corral de los coches,
        Entraba resbalando por los corredores,
        Abría con la cabeza la puerta de mi alcoba
        Y venía hasta mi cama de niño
        A despertarme todas las mañanas.

        ¡Oh mi brioso Lucero,
        Mi leal verdadero!

        En una enfermedad que tuve
        Me lo llenaron de oprobiosas mañas,
        Qe ya ni yo lo conocía:
        Me lo volvieron pajarero,
        Lo hicieron duro del bocado
        Y cabeceador,
        Y le enseñaron esas vilezas
        De arrancar el galope al levantar la mano
        Y otras torpes costumbres que pasan por proezas.
        Y yo ya no lo quise montar
        Y, como había que hacer algo,
        Se lo vendimos a un Alemán.

        Porque el verdadero caballo
        Se ha de conocer en el tranco:
        Geometría plana, destreza lineal
        De la auténtica equitación,
        Implícita en el bruto y no de quita y pon.

        ¡Oh mi brioso Lucero,
        Mi leal verdadero!

        Me dajaba a la puerta de la escuela
        Y luego regresaba por mí;
        Era mi ayo y mi mandadero.
        Y yo me río de Tom Mix
        Y de su potro que le hace de perro
        Cuando me acuerdo de mi Lucero.

        Los caballos lamían largamente
        El salitre de las paredes.

        Y vino el Tapatío, propio bridón de guerra,
        Mucha montura para el muchacho que yo era.
        Allá cerca del Polvorín,
        Quiso un día sembrarme en el barranco;
        Que aunque él siempre me pedía azúcar
        Y me lo negaba,
        Yo bien se lo entendí,
        Que su voluntad bien clara estaba.

        Y vino el Pinto, un poney
        Manchado como vaca de blanco y amarillo;
        Un artista de circo
        Que también entendía de tiro.
        Y como yo ya había crecido
        —Vamos al decir—,
        Con las piernas le sujetaba
        Todas las malas intenciones.
        Por las cumbres del Cerro del Caído
        Siempre andaba conmigo.
        En la capital siempre lo usé
        Para tirar de un cabriolé,
        En el paseo —ya se ve—
        Del Zócalo a Chapultepec.

        Los caballos lamían largamente
        El salitre de las paredes.

        Y luego se confunden las memorias
        De la cuadra paterna:
        Uno era el Gallo, de charol lustroso,
        Otro se llamaba el Carey,
        Yo no sé bien por qué,
        Y aquel noble Zar que se abría de patas
        Para que mi padre montara,
        (Como el bucéfalo de Alejandro,
        Según testimonio de Eliano);
        Y aquel otro Lucero en que él vino a morir
        Bajo las indecisas hoces de la metralla.

        Lo guardaron como reliquia,
        Como mutilado de la patria,
        Aunque, cojo y clareado de balas,
        No servía ya para nada.

        Hubo una leva en la Revolución:
        Se llevaron al pobre en el montón,
        Sin hacer caso de su orgullo:
        —¡Qué los maten a todos,
        Y que Dios escoja los suyos!

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      Morir

        En el más cariñoso lecho
        Me siento morir,
        Cuando en la naturaleza,
        Toda mansa como jardín.

        Muelle, el ala del ángel blanco
        -¡Qué piedad, qué ternura al fin!-,
        Primera vez roza mis hombros
        Como el arco roza el violín.

        Esta frescura de saber
        Que también nos vamos de aquí,
        ¡Qué novedad en la conciencia,
        Qué persuasión blanda y sutil!

        ¡Que conformidad, qué tersura,
        Qué dejarse ir!
        Sus filos y puntas los actos
        Redondean al llegar a mí.

        Ni la sangría del estoico
        Que se amenguaba sin sentir,
        Ni el áspid que apenas besaba
        El botón de ansioso carmín:

        Lento declive, y tan seguro
        -Hinchado de sí-
        Que ni da lugar a lamentos
        Ni a temores, ni

        Siquiera al vago cosquilleo
        De ese minuto por venir
        En que se ha de abrir a mis ojos
        Algo que se tiene que abrir.

        ¡Qué natural lo que se acaba
        Cuando ya se apaga por sí!
        Voy con la razón satisfecha,
        Dormido, contento feliz.

        ¡Y yo que viví tantos años,
        Tantos años como perdí,
        Sin dar oídos a la esfinge
        Que susurraba junto a mí!

        Yo no sabia que la vida
        Se reclina y se tiene así
        En esa gula de la nada
        Que es su diván, es su cojín.

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      Para un mordisco

        Propio camaleón de otros cielos mejores,
        A cada nueva aurora mudaba de colores.

        Así es que prefiriera a su rubor primero
        El tizne que el oficio deja en el carbonero.

        Quiero decir (me explico): la mudanza fue tal,
        Que iba del rojo al negro lo mismo que Stendhal.

        Luego, un temblor de púrpura casi cardenalicio
        (Que viene a ser también el tizne de otro oficio)

        Se quebró en malva y oro con bandas boreales,
        Que ni el disco de Newton exhibe otras iguales.

        Es muy de Juan Ramón esto de malvas y oros,
        O del traje de luces de un matador de toros.

        Y no sé si atreverme, en cosa tan sencilla,
        A decir que hubo una "primavera amarilla",

        Con unas vetas verdes, con unos jaspes grises
        En olas circunflejas como en el mar de Ulises.

        ¡Ulises yo, que apenas de Caribdis a Escila
        -De un vértice a un escollo- saciaba la pupila!

        Porque como es efímero todo lo que es anhelo,
        El color se evapora y otra vez sube al cielo,

        Y ya sabemos que poco a poco se va
        Aún la marca de fuego de la infidelidá.

        Y se acabó la historia -tal era la mordida
        Que lucía en el anca mi querida.

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      Quédate callado

        Quédate callado y solo:
        Casi todo sobra y huelga.
        De la rama el fruto cuelga
        Y la rosa del peciolo,
        No a efectos del querer sólo,
        Sino a la inerte ceguera
        Que la visión exagera
        En alcance y en sentido;
        Y lo que cantas dormido
        Es tu canción verdadera.

        Quédate solo y callado:
        Casi todo huelga y sobra.
        Ningún gasto se recobra,
        Ni vale el oro cambiado
        La moneda que has pagado
        Por montones de vellón.
        Que a hurtos da el corazón
        Los latidos que aprovechas,
        Y aunque imaginas que pechas,
        Lo debes al panteón.

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      Sol de Monterrey

        No cabe duda: de niño,
        A mí me seguía el sol.

        Andaba detrás de mí
        Como perrito faldero;
        Despeinado y dulce,
        Claro y amarillo:
        Ese sol con sueño
        Que sigue a los niños.

        Saltaba de patio en patio,
        Se revolcaba en mi alcoba.
        Aún creo que algunas veces
        Lo espantaban con la escoba.
        Y a la mañana siguiente,
        Ya estaba otra vez conmigo,
        Despeinado y dulce,
        Claro y amarillo:
        Ese sol con sueño
        Que sigue a los niños.

        (El fuego de mayo
        Me armó caballero:
        Yo era el niño andante,
        Y el sol, mi escudero.)

        Todo el cielo era de añil;
        Toda la casa, de oro.
        ¡Cuánto sol se me metía
        Por los ojos!
        Mar adentro de la frente,
        A donde quiera que voy,
        Aunque haya nubes cerradas,
        ¡Oh cuánto me pesa el sol!
        ¡Oh cuánto me duele, adentro,
        Esa cisterna de sol
        Que viaja conmigo!

        Yo no conocí en mi infancia
        Sombra, sino resolana.-
        Cada ventana era sol,
        Cada cuarto era ventanas.

        Los corredores tendían
        Arcos de luz por la casa.
        En los árboles ardían
        Las ascuas de las naranjas,
        Y la huerta en lumbre viva
        Se doraba.
        Los pavos reales eran
        Parientes del sol. La garza
        Empezaba a llamear
        A cada paso que daba.

        Y a mí el sol me desvestía,
        Para pegarse conmigo,
        Despeinado y dulce,
        Claro y amarillo:
        Ese sol con sueño
        Que sigue a los niños.

        Cuando salí de mi casa
        Con mi bastón y mi hato,
        Le dije a mi corazón:
        -¡Ya llevas sol para rato!-
        Es tesoro –y no se acaba:
        No se acaba– y lo gasto.
        Traigo tanto sol adentro
        Que ya tanto sol me cansa.-
        Yo no conocí en mi infancia
        Sombra, sino resolana.

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      Veracruz

        No: aquí la tierra triunfa y manda
        -Caldo de tiburones a sus pies.
        Y entre arrecifes, últimas cumbres de la Atlántica
        Las esponjas de algas venenosas
        Manchan de bilis verde que se torna violeta
        Los lejos donde el mar cuelga del aire.

        Basta saber que nos guardan las espaldas:
        La ciudad sólo abre hacia la costa
        Sus puertas de servicio.

        En el aburridero de los muelles,
        Los mozos de cordel no son marítimos:
        Cargan en la bandeja del sombrero
        Un sol de campo adentro:
        Hombres color de hombre,
        Que el sudor emparienta con el asno
        -Y el equilibrio jarocho de los bustos,
        Al peso de las cívicas pistolas.

        Herón Proal, con sus manos juntas y ojos bajos,
        Siembra clerical cruzada de inquilinos;
        Y las bandas de funcionarios en camisa
        Sujetan el desborde de sus panzas
        Con relumbrantes dentaduras de balas.

        Las sombras de los pájaros
        Danzan sobre las plazas mal barridas.
        Hay aletazos en las torres altas.

        El mejor asesino del contorno,
        Viejo y altivo, cuenta una proeza.
        Y un juchiteco, esclavo manumiso
        Del fardo en que descansa,
        Busca y recoge con el pie descalzo
        El cigarro que el sueño de la siesta
        Le robó a la boca.

        Los Capitanes, como han visto tanto,
        Disfrutan, sin hablarse,
        Los menjurjes de menta en los portales.
        Y todas las tormentas de las Islas Canarias,
        Y el Cabo Verde y sus faros de colores,
        Y la tinta china del Mar Amarillo,
        Y el Rojo entresoñado
        Que el profeta judío parte en dos con la vara,
        Y el Negro, donde nadan
        Carabelas de cráneos de elefantes
        Que bombean el Diluvio con la trompa,
        Y el Mar de Azufre,
        Donde pusieron cabellera, ceja y barba,

        Y el de Azogue, que puso dientes de oro
        A la tripulación de piratas malayos,
        Reviven al olor del alcohol de azúcar,
        Y andan de mariposas prisioneras
        Bajo el azul "quepí" de tres galones,
        Mientras consume nubes de tifones
        La pipa de cerezo.

        La vecindad del mar queda abolida.
        Gañido errante de cobres y cornetas
        Pasea en un tranvía.
        Basta saber que nos guardan las espaldas.

        (Atrás, una ventana inmensa y verde...)
        El alcohol del sol pinta de azúcar
        Los terrones fundentes de las casas.
        (... por donde echarse a nado)

        Miel de sudor, parentesco del asno,
        Y hombres color de hombre
        Conciertan otras leyes,
        En medio de las plazas donde vagan
        Las sombras de los pájaros.

        Y sientes a la altura de las sienes
        Los ojos fijos de las viudas de guerra.
        Y yo te anuncio el ataque a los volcanes
        De la gente que está de espalda al mar:
        Cuando los comedores de insectos
        Ahuyentan las langostas con los pies
        Y en el silencio de las capitales
        Se oirán venir pisadas de sandalias
        Y el trueno de las flautas mexicanas.

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      Visitación

        -Soy la Muerte-— me dijo. No sabía
        Que tan estrechamente me cercara,
        Al punto de volcarme por la cara
        Su turbadora vaharada fría.

        Ya no intento eludir su compañía:
        Mis pasos sigue, transparente y clara
        Y desde entonces no me desampara
        Ni me deja de noche ni de día.

        —-¡Y pensar -—confesé—-, que de mil modos
        Quise disimularte con apodos,
        Entre miedos y errores confundida!

        "Más tienes de caricia que de pena".
        Eras alivio y te llamé cadena.
        Eras la muerte y te llamé la vida.

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      Yerbas del Tarahumara

        Han bajado los indios tarahumaras,
        Que es señal de mal año
        Y de cosecha pobre en la montaña.
        Desnudos y curtidos,
        Duros en la lustrosa piel manchada,
        Denegridos de viento y de sol, animan
        Las calles de Chihuahua,
        Lentos y recelosos,
        Con todos los resortes del miedo contraídos,
        Como panteras mansas.

        Desnudos y curtidos,
        Bravos habitadores de la nieve
        -Como hablan de tú-,
        Contestan siempre así la pregunta obligada:
        -"Y tú, ¿no tienes frío en la cara?

        Mal año en la montaña,
        Cuando el grave deshielo de las cumbres
        Escurre hasta los pueblos la manada
        De animales humanos con el hato en la espalda.

        Los hicieron católicos
        Los misioneros de la Nueva España
        -Esos corderos de corazón de león.
        Y, sin pan y sin vino,
        Ellos celebran la función cristiana
        Con su cerveza-chicha y su pinole,
        Que es un polvo de todos los sabores.

        Beben tesgüiño de maíz y peyote,
        Yerba de los portentos,
        Sinfonía lograda
        Que convierte los ruidos en colores;
        Y larga borrachera metafísica
        Los compensa de andar sobre la tierra,
        Que es, al fin y a la postre,
        La dolencia común de las razas de los hombres.
        Campeones de la Maratón del mundo,
        Nutridos en la carne ácida del venado,
        Llegarán los primeros con el triunfo
        El día que saltemos la muralla
        De los cinco sentidos.

        A veces, traen oro de sus ocultas minas,
        Y todo el día rompen los terrones,
        Sentados en la calle,
        Entre la envidia culta de los blancos.
        Hoy sólo traen yerbas en el hato,
        Las yerbas de salud que cambian por centavos:
        Yerbaniz, limoncillo, simonillo,
        Que alivian las difíciles entrañas,
        Junto con la orejela de ratón
        Para el mal que la gente llama "bilis";
        Y la yerba del venado, del chuchupaste
        Y la yerba del indio, que restauran la sangre;
        El pasto de ocotillo de los golpes contusos,
        Contrayerba para las fiebres pantanosas,
        La yerba de la víbora que cura los resfríos;
        Collares de semillas de ojos de venado,
        Tan eficaces para el sortilegio;
        Y la sangre de grado, que aprieta las encías
        Y agarra en la nariz los dientes flojos.

        (Nuestro Francisco Hernández
        -El Plinio Mexicano de los Mil y Quinientos-
        Logró hasta mil doscientas plantas mágicas
        De la farmacopea de los indios.
        Sin ser un gran botánico,
        Don Felipe Segundo
        Supo gastar setenta mil ducados,
        ¡Para que luego aquel herbario único
        Se perdiera en la incuria y el polvo!
        Porque el padre Moxó nos asegura
        Que no fue culpa del incendio
        Que en el siglo décimo séptimo
        Aconteció en El Escorial.)

        Con la paciencia muda de la hormiga,
        Los indios van juntando sobre el suelo
        La yerbecita en haces
        -Perfectos en su ciencia natural.

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