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    Información biográfica

  1. Amor condusse noi ad una morte
  2. Décima muerte
  3. Inventar la verdad
  4. Nocturno amor
  5. Nocturno de la estatua
  6. Nocturno de los ángeles
  7. Nocturno en que nada se oye
  8. Nocturno eterno
  9. Nocturno muerto
  10. Nocturno rosa
  11. Nocturno sueño
  12. Poesía




    Información biográfica

      Nombre: Xavier Villaurrutia González
      Lugar y fecha nacimiento: México D.F. (México), 27 de marzo de 1903
      Lugar y fecha defunción: México D.F. (México), 25 de diciembre de 1950 (47 años)

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      Amor condusse noi ad una morte

        Amar es una angustia, una pregunta,
        Una suspensa y luminosa duda;
        Es un querer saber todo lo tuyo
        Y a la vez un temor de al fin saberlo.

        Amar es reconstruir, cuando te alejas,
        Tus pasos, tus silencios, tus palabras,
        Y pretender seguir tu pensamiento
        Cuando a mi lado, al fin inmóvil, callas.

        Amar es una cólera secreta,
        Una helada y diabólica soberbia.

        Amar es no dormir cuando en mi lecho
        Sueñas entre mis brazos que te ciñen,
        Y odiar el sueño en que, bajo tu frente,
        Acaso en otros brazos te abandonas.

        Amar es escuchar sobre tu pecho,
        Hasta colmar la oreja codiciosa,
        El rumor de tu sangre y la marea
        De tu respiración acompasada.

        Amar es absorber tu joven savia
        Y juntar nuestras bocas en un cauce
        Hasta que de la brisa de tu aliento
        Se impregnen para siempre mis entrañas.

        Amar es una envidia verde y muda,
        Una sutil y lúcida avaricia.

        Amar es provocar el dulce instante
        En que tu piel busca mi piel despierta;
        Saciar a un tiempo la avidez nocturna
        Y morir otra vez la misma muerte
        Provisional, desgarradora, oscura.

        Amar es una sed, la de la llaga
        Que arde sin consumirse ni cerrarse,
        Y el hambre de una boca atormentada
        Que pide más y más y no se sacia.

        Amar es una insólita lujuria
        Y una gula voraz, siempre desierta.

        Pero amar es también cerrar los ojos,
        Dejar que el sueño invada nuestro cuerpo
        Como un río de olvido y de tinieblas,
        Y navegar sin rumbo, a la deriva:
        Porque amar es, al fin, una indolencia.

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      Décima muerte

        A Ricardo de Alcázar.

        I

        ¡Qué prueba de la existencia
        Habrá mayor que la suerte
        De estar viviendo sin verte
        Y muriendo en tu presencia!
        Esta lúcida conciencia
        De amar a lo nunca visto
        Y de esperar lo imprevisto;
        Este caer sin llegar
        Es la angustia de pensar
        Que puesto que muero existo.

        II

        Si en todas partes estás,
        En el agua y en la tierra,
        En el aire que me encierra
        Y en el incendio voraz;
        Y si a todas partes vas
        Conmigo en el pensamiento,
        En el soplo de mi aliento
        Y en mi sangre confundida,
        ¿No serás, Muerte, en mi vida,
        Agua, fuego, polvo y viento?

        III

        Si tienes manos, que sean
        De un tacto sutil y blando,
        Apenas sensible cuando
        Anestesiado me crean;
        Y que tus ojos me vean
        Sin mirarme, de tal suerte
        Que nada me desconcierte
        Ni tu vista ni tu roce,
        Para no sentir un goce
        Ni un dolor contigo, Muerte.

        IV

        Por caminos ignorados,
        Por hendiduras secretas,
        Por las misteriosas vetas
        De troncos recién cortados,
        Te ven mis ojos cerrados
        Entrar en mi alcoba oscura
        A convertir mi envoltura
        Opaca, febril, cambiante,
        En materia de diamante
        Luminosa, eterna y pura.

        V

        No duermo para que al verte
        Llegar lenta y apagada,
        Para que al oír pausada
        Tu voz que silencios vierte,
        Para que al tocar la nada
        Que envuelve tu cuerpo yerto,
        Para que a tu olor desierto
        Pueda, sin sombra de sueño,
        Saber que de ti me adueño,
        Sentir que muero despierto.

        VI

        La aguja del instantero
        Recorrerá su cuadrante,
        Todo cabrá en un instante
        Del espacio verdadero
        Que, ancho, profundo y señero,
        Será elástico a tu paso
        De modo que el tiempo cierto
        Prolongará nuestro abrazo
        Y será posible, acaso,
        Vivir después de haber muerto.

        VII

        En el roce, en el contacto,
        En la inefable delicia
        De la suprema caricia
        Que desemboca en el acto,
        Hay un misterioso pacto
        Del espasmo delirante
        En que un cielo alucinante
        Y un infierno de agonía
        Se funden cuando eres mía
        Y soy tuyo en un instante.

        VIII

        ¡Hasta en la ausencia estás viva!
        Porque te encuentro en el hueco
        De una forma y en el eco
        De una nota fugitiva;
        Porque en mi propia saliva
        Fundes tu sabor sombrío,
        Y a cambio de lo que es mío
        Me dejas sólo el temor
        De hallar hasta en el sabor
        La presencia del vacío.

        IX

        Si te llevo en mí prendida
        Y te acaricio y escondo,
        Si te alimento en el fondo
        De mi más secreta herida;
        Si mi muerte te da vida
        Y goce mi frenesí,
        ¿Qué será, Muerte, de ti
        Cuando al salir yo del mundo,
        Deshecho el nudo profundo,
        Tengas que salir de mí?

        X

        En vano amenazas, Muerte,
        Cerrar la boca a mi herida
        Y poner fin a mi vida
        Con una palabra inerte.
        ¡Qué puedo pensar al verte,
        Si en mi angustia verdadera
        Tuve que violar la espera;
        Si en vista de tu tardanza
        Para llenar mi esperanza
        No hay hora en que yo no muera!

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      Inventar la verdad

        Pongo el oído atento al pecho,
        Como, en la orilla, el caracol al mar.
        Oigo mi corazón latir sangrando
        Y siempre y nunca igual.
        Sé por qué late así, pero no puedo
        Decir por qué será.

        Si empezara a decirlo con fantasmas
        De palabras y engaños al azar,
        Llegaría, temblando de sorpresa,
        A inventar la verdad:
        ¡Cuando fingí quererte, no sabía
        Que te quería ya!

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      Nocturno amor

        El que nada se oye en esta alberca de sombra
        No sé cómo mis brazos no se hieren
        En tu respiración sigo la angustia del crimen
        Y caes en la red que tiende el sueño.
        Guardas el nombre de tu cómplice en los ojos
        Pero encuentro tus párpados más duros que el silencio
        Y antes que compartirlo mataría el goce
        De entregarte en el sueño con los ojos cerrados
        Sufro al sentir la dicha con que tu cuerpo busca
        El cuerpo que te vence más que el sueño
        Y comparo la fiebre de tus manos
        Con mis manos de hielo
        Y el temblor de tus sienes con mi pulso perdido
        Y el yeso de mis muslos con la piel de los tuyos
        Que la sombra corroe con su lepra incurable
        Ya sé cuál es el sexo de tu boca
        Y lo que guarda la avaricia de tu axila
        Y maldigo el rumor que inunda el laberinto de tu oreja
        Sobre la almohada de espuma
        Sobre la dura página de nieve
        No la sangre que huyó de mí como del arco huye la flecha
        Sino la cólera circula por mis arterias
        Amarilla de incendio en mitad de la noche
        Y todas las palabras en la prisión de la boca
        Y una sed que en el agua del espejo
        Sacia su sed con una sed idéntica.
        De qué noche despierto a esta desnuda
        Noche larga y cruel noche que ya no es noche
        Junto a tu cuerpo más muerto que muerto
        Que no es tu cuerpo ya sino su hueco
        Porque la ausencia de tu sueño ha matado a la muerte
        Y es tan grande mi frío que con un calor nuevo
        Abre mis ojos donde la sombra es más dura
        Y más clara y más luz que la luz misma
        Y resucita en mí lo que no ha sido
        Y es un dolor inesperado y aún más frío y más fuego
        No ser sino la estatua que despierta
        En la alcoba de un mundo en el que todo ha muerto.

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      Nocturno de la estatua

        Soñar, soñar la noche, la calle, la escalera
        Y el grito de la estatua desdoblando la esquina.
        Correr hacia la estatua y encontrar sólo el grito,
        Querer tocar el grito y sólo hallar el eco,
        Querer asir el eco y encontrar sólo el muro
        Y correr hacia el muro y tocar un espejo.
        Hallar en el espejo la estatua asesinada,
        Sacarla de la sangre de su sombra,
        Vestirla en un cerrar de ojos,
        Acariciarla como a una hermana imprevista
        Y jugar con las flechas de sus dedos
        Y contar a su oreja cien veces cien cien veces
        Hasta oírla decir: "estoy muerta de sueño".

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      Nocturno de los ángeles

        Se diría que las calles fluyen dulcemente en la noche.
        Las luces no son tan vivas que logren desvelar el secreto,
        El secreto que los hombres que van y vienen conocen,
        Porque todos están en el secreto
        Y nada se ganaría con partirlo en mil pedazos
        Si, por el contrario, es tan dulce guardarlo
        Y compartirlo sólo con la persona elegida.

        Si cada uno dijera en un momento dado,
        En sólo una palabra, lo que piensa,
        Las cinco letras del DESEO formarían una enorme cicatriz luminosa,
        Una constelación más antigua, más viva aún que las otras.
        Y esa constelación sería como un ardiente sexo
        En el profundo cuerpo de la noche,
        O, mejor, como los Gemelos que por vez primera en la vida
        Se miraran de frente, a los ojos, y se abrazaran ya para siempre.

        De pronto el río de la calle se puebla de sedientos seres,
        Caminan, se detienen, prosiguen.
        Cambian miradas, atreven sonrisas,
        Forman imprevistas parejas...

        Hay recodos y bancos de sombra,
        Orillas de indefinibles formas profundas
        Y súbitos huecos de luz que ciega
        Y puertas que ceden a la presión más leve.

        El río de la calle queda desierto un instante.
        Luego parece remontar de sí mismo
        Deseoso de volver a empezar.
        Queda un momento paralizado, mudo, anhelante
        Como el corazón entre dos espasmos.

        Pero una nueva pulsación, un nuevo latido
        Arroja al río de la calle nuevos sedientos seres.
        Se cruzan, se entrecruzan y suben.
        Vuelan a ras de tierra.
        Nadan de pie, tan milagrosamente
        Que nadie se atrevería a decir que no caminan.

        ¡Son los ángeles!
        Han bajado a la tierra
        Por invisibles escalas.
        Vienen del mar, que es el espejo del cielo,
        En barcos de humo y sombra,
        A fundirse y confundirse con los mortales,
        A rendir sus frentes en los muslos de las mujeres,
        A dejar que otras manos palpen sus cuerpos febrilmente,
        Y que otros cuerpos busquen los suyos hasta encontrarlos
        Como se encuentran al cerrarse los labios de una misma boca,
        A fatigar su boca tanto tiempo inactiva,
        A poner en libertad sus lenguas de fuego,
        A decir las canciones, los juramentos, las malas palabras
        En que los hombres concentran el antiguo misterio
        De la carne, la sangre y el deseo.
        Tienen nombres supuestos, divinamente sencillos.
        Se llaman Dick o John, o Marvin o Louis.
        En nada sino en la belleza se distinguen de los mortales.
        Caminan, se detienen, prosiguen.
        Cambian miradas, atreven sonrisas.
        Forman imprevistas parejas.

        Sonríen maliciosamente al subir en los ascensores de los hoteles
        Donde aún se practica el vuelo lento y vertical.
        En sus cuerpos desnudos hay huellas celestiales;
        Signos, estrellas y letras azules.
        Se dejan caer en las camas, se hunden en las almohadas
        Que los hacen pensar todavía un momento en las nubes.
        Pero cierran los ojos para entregarse mejor a los goces de su encarnación misteriosa,
        Y, cuando duermen, sueñan no con los ángeles sino con los mortales.

      Arriba

      Nocturno en que nada se oye

        En medio de un silencio desierto como la calle antes del crimen
        Sin respirar siquiera para que nada turbe mi muerte
        En esta soledad sin paredes
        Al tiempo que huyeron los ángulos
        En la tumba del lecho dejo mi estatua sin sangre
        Para salir en un momento tan lento
        En un interminable descenso
        Sin brazos que tender
        Sin dedos para alcanzar la escala que cae de un piano invisible
        Sin más que una mirada y una voz
        Que no recuerdan haber salido de ojos y labios
        ¿Qué son labios?, ¿qué son miradas que son labios?
        Y mi voz ya no es mía
        Dentro del agua que no moja
        Dentro del aire de vidrio
        Dentro del fuego lívido que corta como el grito
        Y en el juego angustioso de un espejo frente a otro
        Cae mi voz
        Y mi voz que madura
        Y mi voz quemadura
        Y mi bosque madura
        Y mi voz quema dura
        Como el hielo de vidrio
        Como el grito de hielo
        Aquí en el caracol de la oreja
        El latido de un mar en el que no sé nada
        En el que no se nada
        Porque he dejado pies y brazos en la orilla
        Siento caer fuera de mí la red de mis nervios
        Mas huye todo como el pez que se da cuenta
        Hasta ciento en el pulso de mis sienes
        Muda telegrafía a la que nadie responde
        Porque el sueño y la muerte nada tienen ya que decirse.

      Arriba

      Nocturno eterno

        Cuando los hombres alzan los hombros y pasan
        O cuando dejan caer sus nombres
        Hasta que la sombra se asombra.

        Cuando un polvo más fino aún que el humo
        Se adhiere a los cristales de la voz
        Y a la piel de los rostros y las cosas.

        Cuando los ojos cierran sus ventanas
        Al rayo del sol pródigo y prefieren
        La ceguera al perdón y el silencio al sollozo.

        Cuando la vida o lo que así llamamos inútilmente
        Y que no llega sino con un nombre innombrable
        Se desnuda para saltar al lecho
        Y ahogarse en el alcohol o quemarse en la nieve.

        Cuando la vi cuando la vid cuando la vida
        Quiere entregarse cobardemente y a oscuras
        Sin decirnos siquiera el precio de su nombre.

        Cuando en la soledad de un cielo muerto
        Brillan unas estrellas olvidadas
        Y es tan grande el silencio del silencio
        Que de pronto quisiéramos que hablara.

        O cuando de una boca que no existe
        Sale un grito inaudito
        Que nos echa a la cara su luz viva
        Y se apaga y nos deja una ciega sordera.

        O cuando todo ha muerto
        Tan dura y lentamente que da miedo
        Alzar la voz y preguntar "quién vive".

        Dudo si responder
        A la muda pregunta con un grito
        Por temor de saber que ya no existo.

        Porque acaso la voz tampoco vive
        Sino como un recuerdo en la garganta
        Y no es la noche sino la ceguera
        Lo que llena de sombra nuestros ojos.

        Y porque acaso el grito es la presencia
        De una palabra antigua
        Opaca y muda que de pronto grita.

        Porque vida silencio piel y boca
        Y soledad recuerdo cielo y humo
        Nada son sino sombras de palabras
        Que nos salen al paso de la noche.

      Arriba

      Nocturno muerto

        Primero un aire tibio y lento que me ciña
        Como la venda al brazo enfermo de un enfermo
        Y que me invada luego como el silencio frío
        Al cuerpo desvalido y muerto de algún muerto.

        Después un ruido sordo, azul y numeroso,
        Preso en el caracol de mi oreja dormida
        Y mi voz que se ahogue en ese mar de miedo
        Cada vez más delgada y más enardecida.

        ¿Quién medirá el espacio, quién me dirá el momento
        En que se funda el hielo de mi cuerpo y consuma
        El corazón inmóvil como la llama fría?

        La tierra hecha impalpable silencioso silencio,
        La soledad opaca y la sombra ceniza
        Caerán sobre mis ojos y afrentarán mi frente.

      Arriba

      Nocturno rosa

        Yo también hablo de la rosa.
        Pero mi rosa no es la rosa fría
        Ni la de piel de niño,
        Ni la rosa que gira
        Tan lentamente que su movimiento
        Es una misteriosa forma de la quietud.

        No es la rosa sedienta,
        Ni la sangrante llaga,
        Ni la rosa coronada de espinas,
        Ni la rosa de la resurrección.

        No es la rosa de pétalos desnudos,
        Ni la rosa encerada,
        Ni la llama de seda,
        Ni tampoco la rosa llamarada.

        No es la rosa veleta,
        Ni la úlcera secreta,
        Ni la rosa puntual que da la hora,
        Ni la brújula rosa marinera.

        No, no es la rosa rosa
        Sino la rosa increada,
        La sumergida rosa,
        La nocturna,
        La rosa inmaterial,
        La rosa hueca.

        Es la rosa del tacto en las tinieblas,
        Es la rosa que avanza enardecida,
        La rosa de rosadas uñas,
        La rosa yema de los dedos ávidos,
        La rosa digital
        La rosa ciega.

        Es la rosa moldura del oído,
        La rosa oreja,
        La espiral del ruido,
        La rosa concha siempre abandonada
        En la más alta espuma de la almohada.

        Es la rosa encarnada de la boca,
        La rosa que habla despierta
        Como si estuviera dormida.
        Es la rosa entreabierta
        De la que mana sombra,
        La rosa entraña
        Que se pliega y expande
        Evocada, invocada, abocada,
        Es la rosa labial,
        La rosa herida.

        Es la rosa que abre los párpados,
        La rosa vigilante, desvelada,
        La rosa del insomnio deshojada.

        Es la rosa del humo,
        La rosa de ceniza,
        La negra rosa de carbón diamante
        Que silenciosa horada las tinieblas
        Y no ocupa lugar en el espacio.

      Arriba

      Nocturno sueño

        Abría las salas
        Profundas el sueño
        Y voces delgadas
        Corrientes de aire
        Entraban.

        Del barco del cielo
        Del papel pautado
        Caía la escala
        Por donde mi cuerpo
        Bajaba.

        El cielo en el suelo
        Como en un espejo
        La calle azogada
        Dobló mis palabras.

        Me robó mi sombra
        La sombra cerrada
        Quieto de silencio
        Oí que mis pasos
        Pasaban.

        El frío de acero
        A mi mano ciega
        Armó con su daga
        Para darme muerte
        La muerte esperaba.

        Y al doblar la esquina
        Un segundo largo
        Mi mano acerada
        Encontró mi espalda.

        Sin gota de sangre
        Sin ruido ni peso
        A mis pies clavados
        Vino a dar mi cuerpo.

        Lo tomé en los brazos
        Lo llevé a mi lecho.

        Cerraba las alas
        Profundas el sueño.

      Arriba

      Poesía

        Eres la compañía con quien hablo
        De pronto, a solas.
        Te forman las palabras
        Que salen del silencio
        Y del tanque de sueño en que me ahogo
        Libre hasta despertar.
        Tu mano metálica
        Endurece la prisa de mi mano
        Y conduce la pluma
        Que traza en el papel su litoral.
        Tu voz, hoz de eco
        Es el rebote de mi voz en el muro,
        Y en tu piel de espejo
        Me estoy mirando mirarme por mil Argos,
        Por mí largos segundos.
        Pero el menor ruido te ahuyenta
        Y te veo salir
        Por la puerta del libro
        O por el atlas del techo,
        Por el tablero del piso,
        O la página del espejo,
        Y me dejas
        Sin más pulso ni voz y sin más cara,
        Sin máscara como un hombre desnudo
        En medio de una calle de miradas.

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