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    Información biográfica

  1. Ahora, mientras los pájaros cantan
  2. Amonestación y respuesta
  3. Cinco años han pasado
  4. El espino
  5. El preludio
  6. Oí mil notas mezcladas
  7. ¿Por qué estás silenciosa?




    Información biográfica

      Nombre: William Wordsworth
      Lugar y fecha nacimiento: Cockermouth (Inglaterra), 7 de abril de 1770
      Lugar y fecha defunción: Cumberland (Inglaterra), 23 de abril de 1850 (80 años)

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      Ahora, mientras los pájaros cantan

        Ahora, mientras los pájaros cantan alegres melodías
        Y los pequeños corderos retozan
        Como si bailaran al son de un tambor,
        A mí me invade la pena: un lamento me brindó alivio pasajero
        Y ahora recupero mi fortaleza.

        Desde arriba resuenan las trompetas de las cascadas,
        Mi dolor no enturbiará de nuevo la primavera.
        Oigo los ecos que retumban en las montañas,
        El viento llega hasta mí desde hermosos valles
        Y nace la felicidad en mí.

        La tierra y el mar se entregan de nuevo a ella,
        Y a mediados de mayo los animales se sienten alegres.
        ¡Tú, hijo de esa alegría, grita a mi alrededor,
        Quiero oírte gritar, oh pastor feliz!

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      Amonestación y respuesta

        "¿Por qué sobre esa vieja piedra,
        Durante toda la jornada,
        William, así solo te sientas
        Y entre sueños el tiempo pasas?


        ¿Dónde están tus libros? ¡La luz
        A este ciego mundo legada!
        ¡Arriba! Aspira la salud
        Que en ellos los muertos exhalan.


        Miras la tierra como un hijo
        Que a su madre pidiese cuentas
        O como el primer hombre vivo
        Que conociese la existencia".


        Así, del Esthwaite a la orilla,
        La vida dulce y sin porqué,
        El buen Matthew me habló un día
        Y así le quise responder:


        "El ojo sólo mirar puede
        Y el oído nunca está en paz;
        Siquiera que va, el cuerpo siente
        Contra o con nuestra voluntad.


        Así, creo que existen fuerzas
        Que al pensamiento dan traza,
        Que nutrimos nuestras ideas
        Con una pasividad sabia.


        ¿Crees, en el mundo infinito
        De estos seres que hablan sin verbo,
        Que nada vendrá por sí mismo
        Y que siempre buscar debemos?


        Pues no preguntes por qué a solas,
        Según me plazca conversando,
        Me siento en esta vieja roca
        Y entre sueños el tiempo paso".

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      Cinco años han pasado

        ¡Cinco años han pasado y sus veranos
        Largos como inviernos! Y oigo de nuevo
        Estas aguas correr desde sus fuentes
        Con un suave murmullo. También veo
        Estas altas colinas escarpadas
        Cuya imagen salvaje y solitaria
        Propicia solitarios pensamientos
        Y une el lugar con la quietud del cielo.
        Por fin, hoy es el día en que descanso
        Bajo este oscuro árbol y contemplo
        Que ahora, con sus frutos inmaduros,
        Visten un verde intenso y se abandonan
        Entre soto y maleza. Al cabo miro
        Estos setos escasos, más bien líneas
        De bosque asilvestrado, aquellas granjas
        Verdes hasta la puerta misma, el humo
        Que asciende silencioso entre los árboles
        Como el incierto aviso de un errante
        Buhonero de los bosques despoblados

        O cueva de ermitaño donde aguarda
        Alguien junto al hogar.

        Estas hermosas
        Formas, cuando era ausente, no me han sido
        Como un paisaje a la vista de un ciego
        Sino que a veces, en frías estancias
        Y entre el rumor de la ciudad, me han dado
        En las horas de hastío la dulzura
        Que sentía en el pecho y en la sangre
        Y alcanzaba el más puro pensamiento
        Con tranquilo reposo; sentimientos
        De placer olvidado que tal vez
        Ejercen un influjo no pequeño
        En la parte mejor del ser humano:
        Sus secretas, anónimas acciones
        De amor y de bondad.

        A ellos creo
        Deber un don de aspecto más sublime,
        Ese bendito estado en que el objeto
        Del misterio y la onerosa carga
        Que compone este mundo incomprensible
        Se aligeran; estado más sereno
        En el que los afectos nos conducen
        Con suavidad, hasta que el terco aliento
        De este cerco corpóreo e incluso
        El movimiento de la sangre casi
        Parecen detenerse y llega el sueño
        Del cuerpo, la vigilia de las almas:
        Cuando, el ojo calmado por el orden
        Y el poder de la alegría, contemplamos
        La vida de las cosas.

        Si ésta es vana
        Creencia, sin embargo qué a menudo
        En la penumbra o en las formas múltiples
        De una luz sin viveza o en la estéril
        Impaciencia y la fiebre de este mundo,
        He sentido en mi pulso su dominio;
        ¡Qué a menudo, en espíritu, me he vuelto
        Hacia ti! ¡Wye silvestre, que entre bosques
        Caminas, cuánto ha vuelto a ti mi espíritu!
        Y ahora, con destellos de un agónico
        Pensamiento y sus débiles recuerdos
        Y un algo de perpleja pesadumbre,
        La imagen de la muerte resucita:
        No sólo mueve aquí mi pensamiento
        El presente placer sino la idea
        De que este instante nutrirá los años
        Por venir. Pues esto oso esperar
        Aunque sea distinto del que fui
        Cuando por vez primera visité
        Estas colinas, como un corzo anduve
        Por montañas y arroyos solitarios,
        Donde Naturaleza me dictase:
        Era más una huida que una búsqueda.
        Pues la Naturaleza entonces (idos
        Mis salvajes placeres de la infancia,
        Sus alegres mociones animales)
        Lo era todo en mi seno; no sabría
        Decir quién era yo: la catarata
        Suponía un hechizo; los peñascos,
        Las cumbres, el profundo, oscuro bosque,
        Sus colores y formas, provocaban
        Una sed, un amor, un sentimiento
        Ajeno a los encantos más remotos
        De la idea ya todo otro interés
        Que el del mundo visible. Ya ha pasado
        Ese tiempo y no viven su alegría
        Y su inquieto arrebato. Sin embargo,
        No encuentro en mí lamento ni desmayo:
        Otros dones compensan esta pérdida
        Pues hoy sé contemplar Naturaleza
        No con esa inconsciencia juvenil
        Sino escuchando en ella la nostálgica
        Música de lo humano, que no es áspera
        Pero tiene el poder de castigar
        Y procurar alivio. Y he sentido
        Un algo que me aturde con la dicha
        De claros pensamientos: la sublime
        Noción de una simpar omnipresencia
        Cuyo hogar es la luz del sol poniente
        Y el océano inmenso, el aire vivo,
        El cielo azul, el alma de los hombres;
        Un rapto y un espíritu que empujan
        A todo cuanto piensa, a todo objeto
        Y por todo discurren. De este modo,
        Soy aún el amante de los bosques
        Y montañas, de todo cuanto vemos
        En esta verde tierra: el amplio mundo
        De oído y ojo, cuanto a medias crean
        O perciben, contento de tener
        En la Naturaleza y los sentidos
        El ancla de mis puros pensamientos,
        Guardián, guía y nodriza de mi alma
        Y de mi ser moral.

        Si hubiese sido
        Instruido de otro modo, sufriría
        Aún más la decadencia de mi espíritu;
        Pero tú estás conmigo en esta orilla,
        Mi más amada, más querida Amiga,
        Y en tu voz recupera aquel lenguaje
        Mi antiguo corazón y leo aquellos
        Placeres en la lumbre temblorosa
        De tus ojos. ¡Oh, sólo por un rato
        Puedo ver en tus ojos al que fui,
        Querida hermana! Y rezo esta oración
        Sabiendo que jamás Naturaleza
        Traiciona al que la ama; es privilegio
        Suyo guiarnos siempre entre alegrías
        A través de los años, darle forma
        A la vida que bulle y expresarla
        Con quietud y belleza, alimentarla
        Con claros pensamientos de tal modo
        Que ni las malas lenguas, la calumnia,
        La mofa o el saludo indiferente
        O el tedioso transcurso de la vida
        Nos venzan o perturben nuestra alegre
        Fe en que todo cuanto contemplamos
        Es bendito. Así, deja a la luna
        Brillar en tu paseo solitario
        Y soplar sobre ti los neblinosos
        Vientos; que al cabo de los años, cuando
        Este éxtasis madure en un placer
        Más sobrio y tu cabeza dé cobijo
        A toda forma hermosa que haya habido,
        Tu memoria será perfecto albergue
        De bellas armonías. Oh, entonces,
        Si miedo, soledad, dolor o angustia
        Te asedian, ¡qué consuelo, qué entrañable
        Alegría podrá darte el recuerdo
        De estos consejos míos! Y si entonces
        Estoy donde no pueda ya escuchar
        Tu voz ni ver tus ojos refulgentes
        Con la vida pasada, tú podrás
        Recordar que en la orilla de este río
        Unidos estuvimos y que yo,
        Adorador de la Naturaleza,
        Llegué hasta aquí gozoso en tal servicio,
        Incluso con mayor celo y amor
        Santo. Y también recordarás
        Que tras los muchos viajes, muchos años
        De ausencia estos peñascos y estos bosques
        Y esta escena bucólica me fueron
        Amables por sí mismos y por ti.

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      El espino

        I

        He ahí un espino; da la impresión de ser tan viejo
        Que en verdad sería difícil poder decir
        Que alguna vez haya podido ser joven,
        Tan viejo y gris como parece.
        No más alto que un niño de dos años
        Se alza erguido este espino anciano;
        No tiene hojas ni puntas espinosas,
        Es una masa de nudos retorcidos
        Un objeto desgraciado y olvidado.
        Se alza erguido y, como una piedra,
        De líquenes está cubierto.

        II

        Como una roca o una piedra está cubierto
        De líquenes hasta lo más alto,
        Y de él cuelgan espesas matas de musgo,
        Como melancólica cabellera;
        Desde el suelo hacia arriba esos musgos van trepando,
        Y a este pobre espino lo rodean con su abrazo
        Tan apretado, que se diría que están decididos
        Con intento claro y manifiesto
        De arrastrarlo hacia el suelo;
        Y que todos se han unido en un solo esfuerzo
        Para enterrar a este pobre espino para siempre.

        III

        Elevado en la cresta más alta de una montaña
        Donde con frecuencia la tormenta terrible del invierno
        Corta como una hoz mientras, atravesando las nubes,
        Lo barre todo yendo de un valle a otro;
        A menos de cinco metros del sendero de la montaña,
        Este espino queda a nuestra izquierda
        Y, también a la izquierda, tres metros más atrás,
        Se ve el estanque de agua cenagosa,
        Agua que nunca se seca;
        Lo he medido de un lado a otro:
        Un metro de largo por medio de ancho.

        IV

        Y muy cerca de este viejo espino
        Hay una vista maravillosa, un montículo de musgo
        Que se eleva diez centímetros.
        Hermosos colores se ven allí,
        Todos los colores que jamás hayan podido existir
        Y un musgoso entramado aparece allí también,
        Como si por mano de una bella dama
        Ese trabajo hubiera sido tejido,
        Y ranúnculos, tan queridos por los ojos,
        Tan intenso es su tinte bermejo.

        V

        Ah, qué hermosos colores hay aquí,
        Verde oliva y escarlata brillante
        En las espigas, en las ramas y en las estrellas,
        Verde, rojo y blanco madreperla.
        Este montón de tierra cubierto de musgo
        Que junto al espino veis,
        Tan lleno de frescura con sus preciosos colores
        Es del tamaño de la tumba de un niño
        Tanto como a esta parecerse pueda;
        Mas nunca, nunca en lugar alguno
        La tumba de un niño fue siquiera la mitad de hermosa.

        VI

        Ahora que ya podéis ver este anciano espino,
        Este estanque y este hermoso montículo de musgo,
        Debéis tener cuidado y elegir bien el momento
        Para cruzar la montaña.
        Porque a menudo allí se sienta, entre el montón
        Que es del tamaño de la tumba de un niño
        Y ese mismo estanque del que he hablado,
        Una mujer con un manto de escarlata
        Que para sí se lamenta:
        ¡Ay qué desgracia, qué desgracia,
        Ay de mí, qué desgracia!

        VII

        A cualquier hora del día y de la noche
        Esta pobre mujer allí se acerca,
        Y todas las estrellas la conocen,
        Y también todos los vientos que soplan;
        Y allí junto al espino se sienta cuando la luz está en los cielos,
        Cuando el torbellino recorre la colina
        O cuando el aire está claro y quieto,
        Y para sí se lamenta:
        ¡Ay qué desgracia, qué desgracia,
        Ay de mí, qué desgracia!

        VIII

        Así pues, ¿por qué ocurre esto: que de día y de noche,
        Llueva, haya tempestad, y cuando nieva,
        Que a la desolada cima del monte
        Vaya esta pobre mujer?
        ¿Y por qué se sienta junto al espino
        Cuando la luz azul del día está en los cielos
        O cuando el torbellino recorre la colina,
        O el aire helado está claro y quieto?
        ¿Y por qué llora y se lamenta?
        ¿Por qué? ¿Por qué? Decidme por qué
        Repite ese llanto doloroso sin cesar.

        IX

        No lo sé, y bien me gustaría saberlo
        Porque nadie conoce la razón verdadera
        Mas si quisiéramos contemplar ese lugar,
        El lugar al que ella va;
        El montón de tierra gris que es como la tumba de un niño,
        El estanque, y el espino, tan viejo y tan gris,
        Pasad junto a su puerta -rara vez cerrada-
        Y si la veis en su cabaña,
        Hacia ese lugar entonces,
        Nunca he oído de nadie que se atreviese
        A acercarse a ese lugar cuando está ella allí.

        X

        Mas, ¿por qué causa hacia la cima del monte
        Puede ir esta desdichada mujer,
        Sea cual sea la estrella que gobierna el cielo,
        Sea cual sea el viento que sople?
        No os devanéis los sesos, es todo en vano,
        Porque os contaré todo lo que se;
        Pero al espino y al estanque
        Que está unos pasos más allá,
        Me gustaría que fuerais:
        Quizá cuando estéis en ese lugar
        Podáis vislumbrar algo de su historia.

        XI

        Mas os daré toda la ayuda que pueda:
        Antes de que monte arriba subáis
        Hasta la desolada cima del monte,
        Os contaré todo lo que sé.
        Hará unos veintidós años
        Que ella -se llama Martha Ray-,
        Prometió con la voluntad de una doncella
        A Stephen Hill ser su compañera;
        Y se sentía alegre y jubilosa,
        Y estaba feliz, muy feliz
        Cuando pensaba en Stephen Hill.

        XII

        Y ya habían fijado fecha para la boda,
        La mañana en que ambos iban a desposarse;
        Mas Stephen a otra muchacha
        Había hecho juramento;
        Y con esa otra muchacha a la iglesia
        Stephen sin cuidado iba.
        ¡Pobre Martha! En aquel desdichado día
        Un cruel, muy cruel fuego según dicen,
        Empezó a consumirle las entrañas:
        Le secó el cuerpo como si de un montón de ceniza se tratara
        Y casi le convirtió en yesca los sesos.

        XIII

        Y dicen que seis meses después de todo aquello,
        Mientras las hojas del verano aún estaban verdes,
        Ella se iba a la cima de la montaña
        Y allí se la veía con frecuencia.
        Se dice que llevaba un niño en su vientre,
        Como claro le parecía a quien la viese;
        Estaba preñada y estaba loca,
        Mas a veces estaba tristemente cuerda
        A causa de su insoportable dolor.
        ¡Ay, diez mil veces hubiese preferido
        Que hubiese muerto ese padre cruel!

        XIV

        ¡Triste caso para un cerebro estar
        Unido a un niño que se agita en el vientre!
        ¡Triste caso, como pensar podéis, para alguien
        Que tenía el cerebro trastocado!
        La Navidad pasada cuando hablábamos de estas cosas,
        Simpson, el viejo granjero, mantenía
        Que en sus entrañas la criatura fue enroscándose
        En torno al corazón de su madre, y que le había devuelto
        De nuevo el sentido:
        Y cuando al fin fue acercándose el momento,
        Su mirada estaba en calma, su inteligencia despejada.

        XV

        Nada más sé, que bien me gustaría,
        Y así podría daros cuenta de todo;
        Porque lo que ocurrió con aquel pobre niño
        Nadie lo supo nunca:
        Y si la criatura nació o no,
        Nadie pudo darnos fe de ello;
        Y si nació viva o muerta,
        Nadie lo sabe, como he dicho
        Pero hay quienes recuerdan
        Que Martha Ray por aquel entonces
        Subía con frecuencia a la montaña.

        XVI

        Y todo aquel invierno, cuando por las noches
        El viento soplaba desde la cima de la montaña,
        Merecía la pena, aunque estuviese oscuro,
        Recorrer el sendero del cementerio:
        Porque muchas veces con frecuencia se escuchaban
        Gritos que procedían de la cumbre de la montaña:
        Algunos eran claramente voces de los vivos,
        Y otros, a muchos les oí jurar,
        Eran voces de muertos.
        No se me alcanza, digan lo que digan,
        Qué tendrían que ver con Martha Ray.

        XVII

        Mas allá va hacia ese viejo espino,
        El espino que os he estado describiendo,
        Y allí se sienta con un manto escarlata,
        Que en verdad os juro que esto es cierto.
        Pues un día con mi telescopio lo vi,
        Al contemplar el océano extenso y resplandeciente,
        Cuando a esta región llegué por vez primera.
        Antes de haber oído el nombre de Martha
        Subí a la escarpadura de la montaña:
        Hubo una tormenta y no pude ver
        Nada que sobrepasara mis rodillas.

        XVIII

        Todo era niebla y lluvia, lluvia y tempestad,
        Ningún refugio, ninguna valla pude descubrir,
        ¡Y vaya viento, doy fe, había!
        Diez veces más poderoso que cualquier otro.
        Miré a mi alrededor y creí ver
        Un saliente en una peña
        Y hacia allí corrí,
        Lanzándome de cabeza a través de cortinas de lluvia
        Para alcanzar el abrigo de la peña.
        Y, por mi honor os digo,
        En lugar del saliente de una peña,
        Me encontré a una mujer sentada en el suelo.

        XIX

        No hablé -vi su rostro-,
        Su rostro me bastó:
        Me di la vuelta y la oí llorar
        "¡Ay qué desgracia, qué desgracia
        Ay de mí, qué desgracia!"
        Y allí permanece sentada
        Hasta que la luna
        Haya atravesado la mitad del cielo azul.
        Y cuando las brisas suaves consigan
        Que las aguas del estanque se agiten,
        Como sabe toda la región,
        Se estremece y se la oye llorar
        "Ay qué desgracia, qué desgracia".

        XX

        Mas, ¿qué es el espino? ¿Y qué es el estanque?
        ¿Y qué es para ella el montículo de musgo?
        ¿Y qué es esa brisa súbita que viene
        A agitar ese pequeño estanque?.
        No lo sé, pero habrá quienes digan
        Que colgó del árbol a su niño,
        Y otros dirán que lo ahogó en el estanque
        Que está unos pasos más atrás.
        Mas todos y cada uno están de acuerdo,
        En que el pequeño fue enterrado allí,
        Bajo ese montículo de musgo tan hermoso.

        XXI

        He oído que el musgo escarlata se volvió de color rojo
        Por las gotas de sangre de aquella pobre criatura;
        ¡Matar de ese modo a un recién nacido!
        No creo que pudiera hacerlo.
        Algunos dicen que si vais al estanque
        Y mantenéis en él la mirada fija,
        Contemplaréis en él la sombra de un niño,
        Un niño y la cara de un niño,
        Y que esa cara le mira a uno;
        Cuando uno lo mira está bien claro
        Que el niño le devuelve la mirada.

        XXII

        Y algunos habían hecho juramento de que ella
        Habría de ser entregada a la justicia pública;
        Y en pos de los huesos del pequeño
        Con palas buscar habrían querido.
        Mas entonces aquel hermoso montículo de musgo
        Ante sus ojos empezó a agitarse.
        Y en cincuenta metros alrededor
        Sacudió la hierba que cubría el suelo;
        Mas todos siguen obstinados
        En que el niño está ahí enterrado,
        Bajo aquel montículo de musgo tan hermoso.

        XXIII

        No sabría decir si es de ese modo
        Pero claro está, el espino está atenazado
        Por grandes masas de musgo que se esfuerzan
        En derribarlo hacia el suelo.
        Y de esto estoy seguro: de que muchas veces
        Cuando estaba en lo alto del monte
        De día, y durante el silencio de la noche,
        Cuando brillaban claras todas las estrellas,
        La he oído llorar gimiendo
        "¡Ay qué desgracia, qué desgracia
        Ay de mí, qué desgracia!"

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      El preludio

        Libro primero. Introducción - Infancia y Escuela
        Hay en la suave brisa una ventura
        O visita que roza mi mejilla
        Y es casi sabedora de ese gozo
        Que trae desde los campos y del cielo.
        Sea cual sea su misión, a nadie
        Hallará más agradecido, hastiado
        De la urbe donde he sobrellevado
        Perpetuo descontento y libre ahora
        Cual ave que se posa donde quiera.
        ¿Qué hogar me acogerá? ¿Entre qué valles
        Tendré mi puerto? ¿Bajo qué arboleda
        Construiré mi morada? ¿Qué hondo río
        Me dará la canción de su murmullo?
        La tierra está ante mí. Con corazón
        Alegre y sin temer la libertad,
        Contemplo. Y aunque sea sólo alguna
        Nubecilla quien guíe mi camino,
        Extraviarme no puedo. ¡Al fin respiro!
        Pensamientos e impulsos de la mente
        Me asaltan, se desprende esa onerosa
        Máscara que traiciona mi alma auténtica,
        El peso de los días que me fueron
        Ajenos, como hechos para otros.
        Largos meses de paz (si acaso esta palabra
        Concuerda con promesas de lo humano),
        Largos meses de gozo sin molestia
        Esperan ante mí. ¿Adónde iré,
        Por los caminos o cruzando el campo,
        Cuesta arriba o abajo? ¿O tal vez
        Me guiará alguna rama por el río?

        ¡Amada libertad! ¿Y de qué sirve
        Si no es don que consagra la alegría?
        Pues mientras el dulce aliento del cielo
        Soplaba en mi cuerpo, creí sentir
        Otra brisa en respuesta que corría
        Con suave rapidez, pero se ha vuelto
        Tempestad, energía ya excesiva
        Que su creación destruye. Gracias doy
        A ambas y a sus fuerzas, que al unirse
        Ponen fin a una pertinaz helada
        Y traen tiernas promesas, la esperanza
        De los días y horas de alegría,
        ¡Días de dulce ocio y pensamiento
        Profundo, sí, con el divino oficio
        De maitines y vísperas en verso!

        Hasta ahora, mi amigo, no he solido
        Escoger como asunto la alegría
        Pero hoy quiero verter mi alma en versos
        A salvo del olvido, que aquí quedan
        Guardados. A los campos he lanzado
        Mi profecía: sílabas llegaban
        Espontáneas, vistiendo con sagrados
        Hábitos al espíritu escogido
        -Ésa era mi fe- para el sacramento.
        Mi propia voz me henchía y en mi mente
        Reverberaba ese imperfecto son.
        A ambos yo escuchaba y obtenía
        De ellos la confianza en el futuro (...)

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      Oí mil notas mezcladas

        Oí mil notas mezcladas,
        Mientras en la arboleda me sentaba reclinado,
        En ese dulce ánimo en que los serenos pensamientos
        Traen ideas de tristeza a mi pensamiento.

        A sus bellas obras la naturaleza unió
        El alma humana que por mí fluía;
        Y mi corazón se angustiaba al pensar
        Lo que el hombre ha hecho al hombre.

        A través de las matas de la dulce enramada
        Tejía la pervinca sus guirnaldas;
        Y doy mi fe que cada flor
        Se deleita en el aire que respira.

        Los pájaros a mi alrededor saltaban y jugaban,
        No puedo yo medir sus pensamientos,
        Pero el menor de sus revuelos
        Parecía de placer estremecido.

        Las ramas que brotan extienden su abanico
        Para capturar el aire de la brisa;
        Y debo pensar, y hago cuanto puedo,
        En el placer que había en aquel lugar.

        Si no puedo evitar tales pensamientos,
        Si tal fuese la intención de mis creencias,
        ¿No tengo acaso razón para lamentar
        Lo que el hombre ha hecho al hombre?

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      ¿Por qué estás silenciosa?

        ¿Por qué estás silenciosa? ¿Acaso es tu amor
        Una planta tan deleznable y pequeña
        Que el simple aire de la ausencia lo marchita?
        Escucha gemir la voz en mi garganta:

        Yo te he servido como a regia infanta.
        Soy mendigo que amores solicita,
        ¡Oh limosna de amor! Piensa
        Que sin tu amor mi vida se quebranta.

        ¡Háblame! No hay tormento peor que la duda:
        Si mi amoroso pecho te ha perdido
        ¿No te conmueve esta triste imagen?

        ¡No permanezcas a mis ruegos muda!
        Que estoy más desolado que en su nido
        El ave a la que blanca nieve cubre.

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