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    Información biográfica

  1. Al poema confío
  2. Amor
  3. Breve romance de ausencia
  4. El amigo ido
  5. El retorno
  6. Elegía
  7. Epifanía
  8. Este perfume intenso
  9. Florido laude
  10. Gracias, Señor
  11. Hoy no lució
  12. Junto a tu cuerpo
  13. La historia
  14. La pena de perderte
  15. La poesía
  16. La renovada muerte de la noche
  17. Mi vida es como un lago taciturno
  18. No podemos abandonarnos
  19. Pienso, mi amor
  20. Retrato de niño
  21. Tema de amor
  22. Tú, yo mismo
  23. Un año más



      Información biográfica

        Nombre: Salvador Novo
        Lugar y fecha nacimiento: México D.F. (México), 30 de julio de 1904
        Lugar y fecha defunción: México D.F. (México), 13 de enero de 1974 (70 años)

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        Al poema confío

          Al poema confío la pena de perderte.
          He de lavar mis ojos de los azules tuyos,
          Faros que prolongaron mi naufragio.
          He de coger mi vida deshecha entre tus manos,
          Leve jirón de niebla
          Que el viento entre sus alas efímeras dispersa.
          Vuelva la noche a mí, muda y eterna,
          Del diálogo privada de soñarte,
          Indiferente a un día
          Que ha de hallarnos ajenos y distantes.

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        Amor

          Amar es este tímido silencio
          Cerca de ti, sin que lo sepas,
          Y recordar tu voz cuando te marchas
          Y sentir calor de tu saludo.

          Amar es aguardarte
          Como si fueras parte del ocaso,
          Ni antes ni después, para que estemos solos
          Entre los juegos y los cuentos
          Sobre la tierra seca.

          Amar es percibir, cuando te ausentas,
          Tu perfume en el aire que respiro,
          Y contemplar la estrella en que te alejas
          Cuando cierro la puerta de la noche.

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        Breve romance de ausencia

          Único amor, ya tan mío
          Que va sazonando el tiempo,
          ¡Qué bien nos sabe la ausencia
          Cuando nos estorba el cuerpo!

          Mis manos te han olvidado
          Pero mis ojos te vieron
          Y cuando es amargo el mundo
          Para mirarte los cierro.

          No quiero encontrarte nunca,
          Que estás conmigo y no quiero
          Que despedace tu vida
          Lo que fabrica mi sueño.

          Como un día me la diste
          Viva tu imagen poseo;
          Que a diario lavan mis ojos
          Con lágrimas tu recuerdo.

          Otro se fue, que no tú,
          Amor que clama el silencio
          Si mis brazos y tu boca
          con las palabras partieron.

          Otro es este, que no yo,
          Mudo, conforme y eterno
          Como este amor, ya tan mío
          Que irá conmigo muriendo.

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        El amigo ido

          Me escribe Napoleón:
          El colegio es muy grande,
          Nos levantamos muy temprano,
          Hablamos únicamente en inglés,
          Te mando un retrato del edificio.

          Ya no robaremos juntos dulces
          De las alacenas, ni escaparemos
          Hacia el río para ahogarnos a medias
          Y pescar sandías sangrientas.

          Ya voy a presentar sexto año;
          Después, según las probabilidades,
          Aprenderé todo lo que se deba,
          Seré médico,
          Tendré ambiciones, barba, pantalón largo.

          Pero si tengo un hijo
          Haré que nadie nunca le enseñe nada.
          Quiero que sea tan perezoso y feliz
          Como a mí no me dejaron mis padres
          Ni a mis padres mis abuelos
          Ni a mis abuelos Dios.

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        El retorno

          Vieja alameda triste en que el árbol medita,
          En que la nube azul contagia su quebranto
          Y en que el rosal se inclina al viento que dormita:
          Te traigo mi dolor y te ofrezco mi llanto.

          He vuelto. Soy el mismo. La misma sed que me aqueja
          Y embelesa mi oído idéntica canción,
          Y soy aquel que ama el minuto que deja
          Un poco más de llanto dentro del corazón.

          He vuelto a tu silencio otoñal, he buscado
          Vanamente mis huellas entre todas las huellas,
          Y mi ilusión es una hoja muerta de aquellas
          Que estremecía el viento y que el Sol ha dorado.

          Y mientras quiero acaso recomenzar la senda
          Y un mal irremediable consume los destellos
          Del Sol, vieja alameda, y te guardo mi ofrenda,
          Tú contemplas mis ojos y miras mis cabellos.

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        Elegía

          Los que tenemos unas manos que no nos pertenecen,
          Grotescas para la caricia, inútiles para el taller o la azada,
          Largas y fláccidas como una flor privada de simiente
          O como un reptil que entrega su veneno
          Porque no tiene nada más que ofrecer.

          Los que tenemos una mirada culpable y amarga
          Por donde mira la muerte no lograda del mundo
          Y fulge una sonrisa que se congela frente a las estatuas desnudas
          Porque no podrá nunca cerrarse sobre los anillos de oro
          Ni entregarse como una antorcha sobre los horizontes del Tiempo
          En una noche cuya aurora es solamente este mediodía
          Que nos flagela la carne por instantes arrancados a la eternidad.

          Los que hemos rodado por los siglos como una roca desprendida del Génesis
          Sobre la hierba o entre la maleza en desenfrenada carrera
          Para no detenernos nunca ni volver a ser lo que fuimos
          Mientras los hombres van trabajosamente ascendiendo
          Y brotan otras manos de sus manos para torcer el rumbo de los vientos
          O para tiernamente enlazarse.

          Los que vestimos cuerpos como trajes envejecidos
          A quienes basta el hurto o la limosna de una migaja que es todo el pan y la única hostia
          Hemos llegado al litoral de los siglos que pesan sobre nuestros corazones angustiados,
          Y no veremos nunca con nuestros ojos limpios
          Otro día que este día en que toda la música del universo
          Se cifra en una voz que no escucha nadie entre las palabras vacías
          En el sueño sin agua ni palabras en la lengua de la arcilla y del humo.

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        Epifanía

          Un domingo
          Epifanía no volvió más a la casa.

          Yo sorprendí conversaciones
          En que contaban que un hombre se la había robado
          Y luego, interrogando a las criadas,
          Averigüé que se la había llevado a un cuarto.
          No supe nunca dónde estaba ese cuarto
          Pero lo imaginé, frío, sin muebles,
          Con el piso de tierra húmeda
          Y una sola puerta a la calle.

          Cuando yo pensaba en ese cuarto
          No veía a nadie en él.
          Epifanía volvió una tarde
          Y yo la perseguí por el jardín
          Rogándole que me dijera qué le había hecho el hombre
          Porque mi cuarto estaba vacío
          Como una caja sin sorpresas.

          Epifanía reía y corría
          Y al fin abrió la puerta
          Y dejó que la calle entrara en el jardín.

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        Este perfume intenso

          Este perfume intenso de tu carne
          No es nada más que el mundo que desplazan y mueven los globos azules de tus ojos
          Y la tierra y los ríos azules de las venas que aprisionan tus brazos.
          Hay todas las redondas naranjas en tu beso de angustia
          Sacrificado al borde de un huerto en que la vida se suspendió por todos los siglos de la mía.
          Qué remoto era el aire infinito que llenó nuestros pechos.
          Te arranqué de la tierra por las raíces ebrias de tus manos
          Y te he bebido todo, ¡oh fruto perfecto y delicioso!
          Ya siempre cuando el sol palpe mi carne
          He de sentir el rudo contacto de la tuya
          Nacida en la frescura de un alba inesperada,
          Nutrida en la caricia de tus ríos claros y puros como tu abrazo,
          Vuelta dulce en el viento que en las tardes
          Viene de las montañas a tu aliento,
          Madurada en el Sol de tus dieciocho años,
          Cálida para mí, que la esperaba.

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        Florido laude

          Lo menos que yo puedo
          Para darte las gracias porque existes
          Es conocer tu nombre y repetirlo.

          Si brotas de la tierra,
          Hostil de espinas, ávida de cielo,
          En vigoroso impulso
          Y ofreces un capullo a la caricia
          Leve del viento y cálida del día,
          Sé que abrirás a la mañana bruja
          Tu perfección efímera en la Rosa.

          Conozco tu perfume y tu destino,
          Piel de doncella, hostia múltiple;
          Tu breve día, tu don. Miro el momento
          En que brindas tu lecho nupcial a las abejas;
          O el colibrí se pinta en tus colores
          Y desmayas tus pétalos de seda,
          Conchas del mar del aire en que naufraga
          Tu vida breve y tu perfume rosa.

          Yo repito tu nombre cuando veo,
          Ave suntuosa y vegetal, tu nido
          Anclado en aquel árbol que te nutre.
          Las plumas de tus pétalos, Orquídea;
          El silencio en que cantan tus colores.

          Y te busco en la sombra;
          Bajo el ala del árbol que te oculta,
          En los ramos redondos
          En que entonas a coro tus azules, Hortensia.

          Pero también te admiro y te saludo
          Y repito tu nombre proletario
          Cuando tiendes, Mastuerzo,
          Tus frágiles sombrillas, tus trémulas sombrillas
          Disciplinadas y redondas,
          En que tiembla el rocío,
          Y atreves la sencilla
          Ofrenda de tus conos amarillos
          A la mano del niño que te inmola.

          Y a ti, Cortina humilde,
          Que abres el Sol y cierras a la noche
          Tus sueños de trocarte en Bugambilia;
          Y a ti, que en el violento
          Grito de tu amarillo
          Ostentas en colores, Mercadela,
          El perfume negado a tu pobreza.

          Y contemplo tu rostro, Margarita,
          Tu cuello almidonado e impecable,
          Tu uniforme escolar para la fiesta,
          Tu faz redonda, ingenua.

          Saludo a tus hermanas mayores en las Cinnias
          Que aprendieron ya el arte de maquillarse;
          Que copiaron su labio pintado a la Petunia
          Mientras tiende su beso
          Y asoma su coqueta esbeltez entre las turbas
          Del Cielo raso que la rapta.

          Miro cómo el Acanto
          Lanza la espiga erecta de tus torres
          Y cómo los Delfinios
          Yerguen, música azul, sus campanarios.
          ¿Qué licor impalpable
          Brindan, alto Alcatraz, tus copas blancas?
          ¿Qué cielo multiplicas, Agapanto,
          Cuando rindes la nuez de tu universo
          Desde el brazo tendido de tu tallo?

          Te miro, Platanillo,
          Cresta airosa de un gallo de alas verdes;
          Tan lleno de familia
          Que no has podido ser una Gladiola,
          Y te resignas a tu sino
          Del pariente más pobre de esa rica
          Dueña de tiendas, celofán y rasos.

          Cerca está la Retama;
          Sus largos alfileres
          Capturan mariposas menudas y amarillas.
          El polen de sus alas prisioneras
          Cuelgan en uvas minúsculas la Mimosa vecina.

          Lo menos que yo puedo
          Para darte las gracias porque existes
          Oh, flor, milagro múltiple
          Es conocer tu nombre y repetirlo.

          Danza el Geranio inmóvil sus enaguas gitanas
          En tiesto humilde.
          Cuando llegue el invierno;
          Cuando duerman las Dalias su gestación de piedra;
          Cuando nieven los Lirios su cándido capullo;
          Cuando la Nochebuena despliegue sus estrellas,
          Vestirán las Azaleas trajes de bailarina
          Faldas de leves tules y lánguidos pistilos.
          Serán tu aristocracia, Geranio, las Azaleas.


          Yo te miro trepar, flor eminente;
          Gloria o Jazmín, o Plúmbago, que entregas
          Tu fino ramo pálido al viandante;
          Te miro Bugambilia,
          Anidar la morada de los hombres
          Cual si los invitaras a ser pájaros;
          Te miro, Llamarada,
          Ungir de sol el muro y las ventanas;
          Y si un perfume de niñez me invade
          Y condensa la tarde en su dulzura,
          Sé que tú has de estar cerca, Madreselva.

          Te admiro dura y rala, hostil y gloriosa,
          Seca y amarga y vívida
          Como la recia planta que decoras
          Cuando estallas tu rojo en la Biznaga
          Que coronas minúscula de estrellas;
          Cuando del Nopalillo que serpea
          Entre rocas de lava congelada,
          Brotas como una estrella de alabastro
          O sangras como herida de la piedra.
          No me olvides, me grita el Nomeolvides
          Que recoge virutas siderales
          En el prado en que juegan las Juanitas
          Y cuidan engolados Pensamientos;
          En el alegre prado
          En que embisten la clara pirotecnia
          De su organdí corriente, los Perritos;
          En que los Alhelíes,
          Ebrios de aroma, pintan su sonrisa
          Roja, blanca y morada
          Y donde las Violetas,
          Como cuadra a su fama,
          Doblan el cuello y hurtan su modestia.

          Y yo te miro, flor, tender el vuelo
          Y posarte en los árboles; te miro
          Arder en la pasión del Flamboyán
          Que incendia el día de Mérida.
          Y cubrir con tu velo de crepúsculo triste
          La Jacaranda de Guadalajara
          Que inmola alfombras tenues a los pasos románticos.
          Te miro, Flor de mayo, Jacalasúchili,
          Redimir la pobreza de tus troncos
          Con una geometría perfumada y perfecta;
          Te miro, Cempasúchil,
          Flor de los muertos y de los pobres,
          Enriquecer y resucitar a mi raza.

          Y te aspiro, Gardenia,
          Jazmín, huele de noche. Estrella de día;
          Heliotropo, Azucena, Nardo;
          Porque eres forma, color y perfume;
          Porque eres, flor, la esencia de la vida,
          La juventud del mundo, la belleza del aire,
          La música cifrada del orbe;
          Porque eres frágil, breve, delicada.
          Y corres a la muerte que te inmola y consagra, y eterniza.

          Lo menos que yo puedo
          Para darle las gracias porque existes
          Para alabar a Dios que te ha creado,
          ¡Oh, flor, milagro múltiple!
          Es conocer tu nombre y repetirlo
          En una letanía de colores
          Y en una sinfonía de perfumes.

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        Gracias, Señor

          Gracias, Señor, porque me diste un año
          En que abrí a tu luz mis ojos ciegos;
          Gracias porque la fragua de tus fuegos
          Templó en acero el corazón de estaño.

          Gracias por la ventura y por el daño,
          Por la espina y la flor; porque tus ruegos
          Redujeron mis pasos andariegos
          A la dulce quietud de tu rebaño.

          Porque en mí floreció tu primavera;
          Porque tu otoño maduró mi espiga,
          Que el invierno guarece y atempera.

          Y porque, entre tus dones, me bendiga
          -Compendio de tu amor- la duradera
          Felicidad de una sonrisa amiga.

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        Hoy no lució

          Hoy no lució la estrella de tus ojos.
          Náufrago de mí mismo, húmedo del abrazo de las ondas,
          Llego a la arena de tu cuerpo
          En que mi propia voz nombra mi nombre,
          En que todo es dorado y azul como un día nuevo
          Y como las espigas herméticas, perfectas y calladas.
          En ti mi soledad se reconcilia
          Para pensar en ti. Toda ha mudado
          El sereno calor de tus miradas
          En fervorosa madurez mi vida.

          Alga y espumas frágiles, mis besos
          Cifran el universo en tus pestañas
          -Playa de desnudez, tierra alcanzada
          Que devuelve en miradas tus estrellas.

          ¿A qué la flor perdida
          Que marchitó tu espera, que dispersó el destino?
          Mi ofrenda es toda tuya en la simiente
          Que secaron los rayos de tus soles.

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        Junto a tu cuerpo

          Junto a tu cuerpo totalmente entregado al mío
          Junto a tus hombros tersos de que nacen las rutas de tu abrazo,
          De que nacen tu voz y tus miradas, claras y remotas,
          Sentí de pronto el infinito vacío de su ausencia.
          Si todos estos años que me falta
          Como una planta trepadora que se coge del viento
          He sentido que llega o que regresa en cada contacto
          Y ávidamente rasgo todos los días un mensaje que nada contiene sino una fecha
          Y su nombre se agranda y vibra cada vez más profundamente
          Porque su voz no era más que para mi oído,
          Porque cegó mis ojos cuando apartó los suyos
          Y mi alma es como un gran templo deshabitado.
          Pero este cuerpo tuyo es un dios extraño
          Forjado en mis recuerdos, reflejo de mí mismo,
          Suave de mi tersura, grande por mis deseos,
          Máscara
          Estatua que he erigido a su memoria.

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        La historia

          ¡Mueran los gachupines!
          Mi padre es gachupín,
          El profesor me mira con odio
          Y nos cuenta la Guerra de Independencia
          Y cómo los españoles eran malos y crueles
          Con los indios —él es indio—,
          Y todos los muchachos gritan que mueran los gachupines.

          Pero yo me rebelo
          Y pienso que son muy estúpidos:
          Eso dice la historia
          Pero, ¿cómo lo vamos a saber nosotros?

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        La pena de perderte

          Al poema confío la pena de perderte.
          He de lavar mis ojos de los azules tuyos,
          Faros que prolongaron mi naufragio.
          He de coger mi vida desecha entre tus manos,
          Leve jirón de niebla
          Que el viento entre sus alas efímeras dispersa.
          Vuelva la noche a mí, muda y eterna,
          Del diálogo privada de soñarte,
          Indiferente a un día
          Que ha de hallarnos ajenos y distantes.

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        La poesía

          Para escribir poemas,
          Para ser un poeta de vida apasionada y romántica
          Cuyos libros están en las manos de todos
          Y de quien hacen libros y publican retratos los periódicos,
          Es necesario decir las cosas que leo,
          Esas del corazón, de la mujer y del paisaje,
          Del amor fracasado y de la vida dolorosa,
          En versos perfectamente medidos,
          Sin asonancias en el mismo verso,
          Con metáforas nuevas y brillantes.

          La música del verso embriaga
          Y si uno sabe referir rotundamente su inspiración
          Arrancará las lágrimas del auditorio,
          Le comunicará sus emociones recónditas
          Y será coronado en certámenes y concursos.

          Yo puedo hacer versos perfectos,
          Medirlos y evitar sus asonancias,
          Poemas que conmuevan a quien los lea
          Y que les hagan exclamar: "¡Que niño tan inteligente!".

          Yo les diré entonces
          Que los he escrito desde que tenía once años:
          No he de decirles nunca
          Que no he hecho sino darles la clase que he aprendido
          De todos los poetas.

          Tendré una habilidad de histrión
          Para hacerles creer que me conmueve lo que a ellos.
          Pero en mi lecho, solo, dulcemente,
          Sin recuerdos, sin voz,
          Siento que la poesía no ha salido de mí.

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        La renovada muerte de la noche

          La renovada muerte de la noche
          En la que ya no nos queda
          Sino la breve luz de la conciencia
          Y tendernos al lado de los libros
          De donde las palabras escaparon sin fuga,
          Crucificadas en mi mano, y en esta cripta de familia
          En la que existe en cada espejo
          Y en cada sitio la evidencia del crimen
          Y en cuyos roperos dejamos
          La crisálida de los adioses irremediables
          Con que hemos de embalsamar el futuro,
          Y en los ahorcados que penden de cada lámpara,
          Y en el veneno de cada vaso que apuramos,
          Y en esa silla eléctrica
          En que hemos abandonado nuestros disfraces
          Para ocultarnos bajo los solitarios sudarios,
          Mi corazón ya no sabe sino marcar el paso
          Y dar vueltas como un tigre de circo
          Inmediato a una libertad inasible.
          Todos hemos ido llegando a nuestras tumbas
          A buena hora, a la hora debida,
          En ambulancias de cómodo precio
          O bien de suicidio natural y premeditado.
          Y yo no puedo seguir trazando un escenario perfecto
          En que la Luna habría de jugar un papel importante,
          Porque en estos momentos
          Hay trenes por encima de toda la tierra
          Que lanzan unos dolorosos suspiros
          Y que parten,
          Y la Luna no tiene nada que ver
          Con las breves luciérnagas que nos vigilan
          Desde un azul cercano y desconocido
          Lleno de estrellas políglotas e innumerables.

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        Mi vida es como un lago taciturno

          Mi vida es como un lago taciturno.
          Si una nube lejana me saluda,
          Si hay un ave que canta, si una muda
          Y recóndita brisa
          Inmola el desaliento de las rosas,
          Si hay un rubor de sangre en la imprecisa
          Hora crepuscular,
          Yo me conturbo y tiendo mi sonrisa.

          ¡Mi vida es como un lago taciturno!
          Yo he sabido formar, gota por gota,
          Mi fondo azul de ver el universo.
          Cada nuevo rumor me dio su nota,
          Cada matiz diverso
          Me dio su ritmo y me enseñó su verso.
          Mi vida es como un lago taciturno.

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        No podemos abandonarnos

          No podemos abandonarnos,
          Nos aburrimos mucho juntos,
          Tenemos la misma edad,
          Gustos semejantes,
          Opiniones diversas por sistema.

          Muchas horas, juntos,
          Apenas nos oíamos respirar
          Rumiando la misma paradoja
          O a veces nos arrebatábamos
          La propia nota inexpresada
          De la misma canción.

          Ninguno de los dos, empero,
          Aceptaría los dudosos honores
          Del proselitismo.

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        Pienso, mi amor

          Pienso, mi amor, en ti todas las horas
          Del insomnio tenaz en que me abraso;
          Quiero tus ojos, busco tu regazo
          Y escucho tus palabras seductoras.

          Digo tu nombre en sílabas sonoras,
          Oigo el marcial acento de tu paso,
          Te abro mi pecho -y el falaz abrazo
          Humedece en mis ojos las auroras.

          Está mi lecho lánguido y sombrío
          Porque me faltas tú, sol de mi antojo,
          Ángel por cuyo beso desvarío.

          Miro la vida con mortal enojo,
          Y todo esto me pasa, dueño mío,
          Porque hace una semana que no cojo.

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        Retrato de niño

          En este retrato
          Hay un niño mirándome con ojos grandes;
          Este niño soy yo
          Y hay una fecha: 1906.

          Es la primera vez que me miré atentamente.
          Por supuesto que yo hubiera querido
          Que ese niño hubiera sido más serio,
          Con esa mano más serena,
          Con esa sonrisa más fotográfica.

          Esta retrospección no remedia, empero,
          Lo que el fotógrafo, el cumpleaños,
          Mi mamá, yo y hasta tal vez la fisiología
          Dimos por resultado en 1906.

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        Tema de amor

          Dentro de estos cuatro muros
          Pretendí ocultar mi dicha:
          Pero el fruto, pero el aire,
          ¿Cómo me los guardaría?

          Hora mejor que pospuse,
          Voces que eran para mí,
          Camino que no elegí
          Destino que no dispuse;
          ¡Cómo os volvisteis oscuros!
          ¡Qué amargo vuestro sabor
          Cuando nos encerró mi amor
          Dentro de estos cuatro muros!

          Entre tu aurora y mi ocaso
          El tiempo desaparecía
          Y era nuestra y era mía
          Sangre, labio, vino y vaso.

          En perdurar se encapricha
          Mi sombra junto a tu luz
          Y bajo negro capuz
          Pretendí ocultar mi dicha.

          Pero el fruto, pero el aire,
          Pero el tiempo que no fluya,
          Pero la presencia tuya
          Fuerte, joven, dulce, grande;
          Sangre tuya en vena mía,
          Lazos a instantes maduros,
          Dentro de estos cuatro muros
          ¿Cómo me los guardaría?

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        Tú, yo mismo

          Tú, yo mismo, seco como un viento derrotado
          Que no pudo sino muy brevemente sostener en sus brazos una hoja que arrancó de los árboles
          ¿Cómo será posible que nada te conmueva,
          Que no haya lluvia que te estruje ni Sol que rinda tu fatiga?
          Ser una transparencia sin objeto
          Sobre los lagos limpios de tus miradas
          Oh tempestad, diluvio de hace ya mucho tiempo.
          Si desde entonces busco tu imagen que era solamente mía
          Si en mis manos estériles ahogué la última gota de tu sangre y mi lágrima,
          Y si fue desde entonces indiferente el mundo e infinito el desierto
          Y cada nueva noche musgo para el recuerdo de tu abrazo
          ¿Cómo en el nuevo día tendré sino tu aliento,
          Sino tus brazos impalpables entre los míos?
          Lloro como una madre que ha reemplazado al hijo único muerto.
          Lloro como la tierra que ha sentido dos veces germinar el fruto perfecto y mismo.
          Lloro porque eres tú para mi duelo
          Y ya te pertenezco en el pasado.

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        Un año más

          Un año más sus pasos apresura;
          Un año más nos une y nos separa;
          Un año más su término declara
          Y un año más sus límites augura.

          Un año más diluye su amargura;
          Un año más sus dones nos depara;
          Un año más, que con justicia avara
          Meció una cuna, abrió una sepultura.

          ¡Oh, dulce amigo, cuya mano clara
          En cifra de cariño y de ternura
          La mía tantas veces estrechara!

          Un año más el vínculo asegura
          De su noble amistad, alta y preclara.
          ¡Dios se lo otorgue lleno de ventura!

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