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    Información biográfica

  1. Agonía fuera del muro
  2. Amor
  3. Destino
  4. Dos meditaciones
  5. Falsa elegía
  6. La velada del sapo
  7. Lo cotidiano
  8. Parábola de la inconstante
  9. Presencia
  10. Ser río sin peces
  11. Soneto del emigrado




    Información biográfica

      Nombre: Rosario Castellanos
      Lugar y fecha nacimiento: Ciudad de México (México), 25 de mayo de 1925
      Lugar y fecha defunción: Tel Aviv (Israel), 7 de agosto de 1974 (49 años)

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      Agonía fuera del muro

        Miro las herramientas,
        El mundo que los hombres hacen, donde se afanan,
        Sudan, paren, cohabitan.

        El cuerpo de los hombres prensado por los días,
        Su noche de ronquido y de zarpazo
        Y las encrucijadas en que se reconocen.

        Hay ceguera y el hambre los alumbra
        Y la necesidad, más dura que metales.

        Sin orgullo (¿qué es el orgullo? ¿Una vértebra
        Que todavía la especie no produce?)
        Los hombres roban, mienten,
        Como animal de presa olfatean, devoran
        Y disputan a otro la carroña.

        Y cuando bailan, cuando se deslizan
        O cuando burlan una ley o cuando
        Se envilecen, sonríen,
        Entornan levemente los párpados, contemplan
        El vacío que se abre en sus entrañas
        Y se entregan a un éxtasis vegetal, inhumano.

        Yo soy de alguna orilla, de otra parte,
        Soy de los que no saben ni arrebatar ni dar,
        Gente a quien compartir es imposible.

        No te acerques a mi, hombre que haces el mundo,
        Déjame, no es preciso que me mates.
        Yo soy de los que mueren solos, de los que mueren
        De algo peor que vergüenza.
        Yo muero de mirarte y no entender.

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      Amor

        Sólo la voz, la piel, la superficie
        Pulida de las cosas.

        Basta. No quiere más la oreja, que su cuenco
        Rebalsaría y la mano ya no alcanza
        A tocar más allá.

        Distraída, resbala, acariciando
        Y lentamente sabe del contorno.
        Se retira saciada
        Sin advertir el ulular inútil
        De la cautividad de las entrañas
        Ni el ímpetu del cuajo de la sangre
        Que embiste la compuerta del borbotón, ni el nudo
        Ya para siempre ciego del sollozo.

        El que se va se lleva su memoria,
        Su modo de ser río, de ser aire,
        De ser adiós y nunca.

        Hasta que un día otro lo para, lo detiene
        Y lo reduce a voz, a piel, a superficie
        Ofrecida, entregada, mientras dentro de sí
        La oculta soledad aguarda y tiembla.

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      Destino

        Matamos lo que amamos. Lo demás
        No ha estado vivo nunca.
        Ninguno está tan cerca. A ningún otro hiere
        Un olvido, una ausencia, a veces menos.
        Matamos lo que amamos. ¡Que cese esta asfixia
        De respirar con un pulmón ajeno!
        El aire no es bastante
        Para los dos. Y no basta la tierra
        Para los cuerpos juntos
        Y la ración de la esperanza es poca
        Y el dolor no se puede compartir.

        El hombre es anima de soledades,
        Ciervo con una flecha en el ijar
        Que huye y se desangra.

        Ah, pero el odio, su fijeza insomne
        De pupilas de vidrio; su actitud
        Que es a la vez reposo y amenaza.

        El ciervo va a beber y en el agua aparece
        El reflejo del tigre.

        El ciervo bebe el agua y la imagen. Se vuelve
        -Antes que lo devoren- (cómplice, fascinado)
        Igual a su enemigo.

        Damos la vida sólo a lo que odiamos.

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      Dos meditaciones

        I

        Considera, alma mía, esta textura
        Áspera al tacto, a la que llaman vida.
        Repara en tantos hilos tan sabiamente unidos
        Y en el color, sombrío pero noble,
        Firme, y donde ha esparcido su resplandor el rojo.
        Piensa en la tejedora; en su paciencia
        Para recomenzar
        Una tarea siempre inacabada.

        Y odia después, si puedes.

        II

        Hombrecito, ¿qué quieres hacer con tu cabeza?
        ¿Atar al mundo, al loco, loco y furioso mundo?
        ¿Castrar al potro Dios?
        Pero Dios rompe el freno y continua engendrando
        Magníficas criaturas,
        Seres salvajes cuyos alaridos
        Rompen esta campana de cristal.

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      Falsa elegía

        Compartimos sólo un desastre lento
        Me veo morir en ti, en otro, en todo
        Y todavía bostezo o me distraigo
        Como ante el espectáculo aburrido.

        Se destejen los días,
        Las noches se consumen antes de darnos cuenta;

        Así nos acabamos.

        Nada es. Nada está.
        Entre el alzarse y el caer del párpado.

        Pero si alguno va a nacer (su anuncio,
        La posibilidad de su inminencia
        Y su peso de sílaba en el aire),
        Trastorna lo existente,
        Puede más que lo real
        Y desaloja el cuerpo de los vivos.

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      La velada del sapo

        Sentadito en la sombra
        -Solemne con tu bocio exoftálmico; cruel
        (En apariencia, al menos, debido a la hinchazón
        De los párpados); frío,
        Frío de repulsiva sangre fría.

        Sentadito en la sombra miras arder la lámpara

        En torno de la luz hablamos y quizá
        Uno dice tu nombre.

        (En septiembre. Ha llovido)

        Como por el resorte de la sorpresa, saltas
        Y aquí estás ya, en medio de la conversación,
        En el centro del grito.

        ¡Con qué miedo sentimos palpitar
        El corazón desnudo
        De la noche en el campo!

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      Cotidiano

        Para el amor no hay cielo, amor, sólo este día;
        Este cabello triste que se cae
        Cuando te estás peinando ante el espejo.
        Esos túneles largos
        Que se atraviesan con jadeo y asfixia;
        Las paredes sin ojos,
        El hueco que resuena
        De alguna voz oculta y sin sentido.

        Para el amor no hay tregua, amor. La noche
        Se vuelve, de pronto, respirable.
        Y cuando un astro rompe sus cadenas
        Y lo ves zigzaguear, loco, y perderse,
        No por ello la ley suelta sus garfios.
        El encuentro es a oscuras. En el beso se mezcla
        El sabor de las lágrimas.
        Y en el abrazo ciñes
        El recuerdo de aquella orfandad, de aquella muerte.

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      Parábola de la inconstante

        Antes cuando me hablaba de mí misma, decía:
        Si yo soy lo que soy
        Y dejo que en mi cuerpo, que en mis años
        Suceda ese proceso
        Que la semilla le permite al árbol
        Y la piedra a la estatua, seré la plenitud.

        Y acaso era verdad. Una verdad.

        Pero ay, amanecía dócil como la hiedra
        A asirme a una pared como el enamorado
        Se ase del otro con sus juramentos.

        Y luego yo esparcía a mi alrededor, erguida
        En solidez de roble,
        La rumorosa soledad, la sombra
        Hospitalaria y daba al caminante
        -A su cuchillo agudo de memoria-
        El testimonio fiel de mi corteza.

        Mi actitud era a veces el reposo
        Y otras el arrebato,
        La gracia o el furor, siempre los dos contrarios
        Prontos a aniquilarse
        Y a emerger de las ruinas del vencido.

        Cada hora suplantaba a alguno; cada hora
        Me iba de algún mesón desmantelado
        En el que no encontré ni una mala bujía
        Y en el que no me fue posible dejar nada.

        Usurpaba los nombres, me coronaba de ellos
        Para arrojar después, lejos de mi, el despojo.

        Heme aquí, ya al final, y todavía
        No sé qué cara le daré a la muerte.

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      Presencia

        Algún día lo sabré. Este cuerpo que ha sido
        Mi albergue, mi prisión, mi hospital, es mi tumba.

        Esto que uní alrededor de un ansia,
        De un dolor, de un recuerdo,
        Desertará buscando el agua, la hoja,
        La espora original y aun lo inerte y la piedra.

        Este nudo que fui (inextricable
        De cóleras, traiciones, esperanzas,
        Vislumbres repentinos, abandonos,
        Hambres, gritos de miedo y desamparo
        Y alegría fulgiendo en las tinieblas
        Y palabras y amor y amor y amores)
        Lo cortarán los años.

        Nadie verá la destrucción. Ninguno
        Recogerá la página inconclusa.
        Entre el puñado de actos
        Dispersos, aventados al azar, no habrá uno
        Al que pongan aparte como a perla preciosa.
        Y sin embargo, hermano, amante, hijo,
        Amigo, antepasado,
        No hay soledad, no hay muerte
        Aunque yo olvide y aunque yo me acabe.

        Hombre, donde tú estás, donde tú vides
        Permaneceremos todos.

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      Ser río sin peces

        Ser de río sin peces, esto he sido.
        Y revestida voy de espuma y hielo.
        Ahogado y roto llevo todo el cielo
        Y el árbol se me entrega malherido.

        A dos orillas del dolor uncido
        Va mi caudal a un mar de desconsuelo.
        La garza de su estero es alto vuelo
        Y adiós y breve sol desvanecido.

        Para morir sin canto, ciego, avanza
        Mordido de vacío y de añoranza.
        Ay, pero a veces hondo y sosegado
        Se detiene bajo una sombra pura.
        Se detiene y recibe la hermosura
        Con un leve temblor maravillado.

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      Soneto del emigrado

        Cataluña hilandera y labradora,
        viñedo y olivar, almendra pura,
        Patria: rememorada arquitectura,
        Ciudad junto a la mar historiadora.

        Ola de la pasión descubridora,
        Ola de la sirena y la aventura
        -Mediterráneo- hirió tu singlatura
        La nave del destierro con su proa.

        Emigrado, la ceiba de los mayas
        Te dio su sombra grande y generosa
        Cuando buscaste arrimo ante sus playas.

        Y al llegar a la Mesa del Consejo
        Nos diste el sabor noble de tu prosa
        De sal latina y óleo y vino añejo.

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