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    Información biográfica

  1. Ángel
  2. Busca y anhela el sosiego
  3. Del antiguo camino a lo largo
  4. Del rumor cadencioso de la onda
  5. Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros
  6. En los ecos del órgano, o en el rumor del viento
  7. Era apacible el día
  8. Estaciones
  9. Hora tras hora
  10. La canción que oyó en sueños el viejo (fragmento)
  11. Lágrima triste en mi dolor vertida
  12. Las campanas
  13. Los robles
  14. Los tristes
  15. Los unos altísimos
  16. Margarita
  17. Meditación en el umbral
  18. Negra sombra
  19. Orillas del Sar
  20. Pobre alma sola
  21. Recuerda el trinar del ave
  22. Sed de amores tenía
  23. Soledad
  24. Te amo... ¿Por qué me odias?
  25. Tú para mí, yo para ti, bien mío
  26. Una sombra tristísima, indefinible y vaga
  27. Ya duermen en su tumba las pasiones
  28. Ya no mana la fuente
  29. Yo no sé lo que busco eternamente




    Información biográfica

      Nombre: María Rosalía Rita de Castro
      Lugar y fecha nacimiento: Santiago de Compostela (España), 24 de febrero de 1837
      Lugar y fecha defunción: Padrón, La Coruña (España), 15 de julio de 1885 (48 años)
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      Ángel

        Todo duerme... del aire, el soplo blando
        Callado va, con temeroso vuelo
        El aroma esparciendo de las rosas;
        Brilla la luna, y sueñan con el cielo
        Los niños que reposan, contemplando
        Flores, luz y pintadas mariposas.

        ¡Niños!, al soplo de mi tibio aliento,
        Dormid en paz, que os cubren con sus alas
        Los blancos y amorosos serafines,
        Y adornándoos a un tiempo con sus galas
        Hacen que en ondas os regale el viento
        Blando aroma de lirios y jazmines.

        Y, en tanto, el astro de la noche, lento,
        Pálido, melancólico y suave,
        Del aire azul recorre los espacios,
        Globo de plata o misteriosa nave,
        Vaga a través del ancho firmamento,
        Por cima de cabañas y palacios.

        Su tibia luz refléjase en la tierra
        Como del alba la primer sonrisa
        Que va a alegrar las aguas de la fuente;
        Y al rizarse los mares con la brisa,
        Cuanto su seno de hermosura encierra
        Muéstrase allí, brillante y transparente.

        Las plantas y los céfiros susurran
        Con blando son, y acentos misteriosos
        Lanza, al pasar, el murmurante río,
        Y a través de los árboles frondosos
        Las estrellas inmóviles fulguran
        Chispas de luz en su ámbito sombrío.

        Todo es reposo, y soledad, y sueño...
        Sueño aparente y soledad mentida,
        En el mundo del hombre... ¡hermoso mundo
        Cuando, mintiendo, a amarle nos convida!
        Y es que en que fuese amado puso empeño,
        Quien llena cielo y tierra, y mar profundo.

        Mas... ¿qué pálida sombra cruza el prado...
        Errante, sola, fugitiva y leve?
        Como si fuese en pos de un bien perdido,
        Apenas al pasar las hojas mueve.
        Y vaga al pie del monte y del collado
        Cual tortolilla en torno de su nido.

        Virgen parece por la undosa falda
        Y por la blonda y larga cabellera,
        Que el viento de la noche manso agita;
        Bello es su rostro y dulce la manera
        Con que pisa la alfombra de esmeralda,
        Mientras su seno con ardor palpita.

        ¡Pobre mujer!... ¿Qué culpa, qué pecado
        Como aguijón la ha herido en su inocencia,
        Que el calor de su lecho así abandona?
        Yo sondaré el dolor de tu conciencia,
        Que no en vano a la tierra he descendido,
        En nombre del Señor que la perdona.

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      Busca y anhela el sosiego

        Busca y anhela el sosiego...
        Mas, ¿quién le sosegará?
        Con lo que sueña despierto,
        Dormido vuelve a soñar.
        Que hoy como ayer, y mañana
        Cual hoy, en su eterno afán,
        De hallar el bien que ambiciona
        -Cuando sólo encuentra el mal-,
        Siempre a soñar condenado,
        Nunca puede sosegar.

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      Del antiguo camino a lo largo

        Del antiguo camino a lo largo,
        Ya un pinar, ya una fuente aparece,
        Que brotando en la peña musgosa
        Con estrépito al valle desciende.
        Y brillando del sol a los rayos
        Entre un mar de verdura se pierden,
        Dividiéndose en limpios arroyos
        Que dan vida a las flores silvestres
        Y en el Sar se confunden, el río
        Que cual niño que plácido duerme,
        Reflejando el azul de los cielos,
        Lento corre en la fronda a esconderse.
        No lejos, en soto profundo de robles,
        En donde el silencio sus alas extiende,
        Y da abrigo a los genios propicios,
        A nuestras viviendas y asilos campestres,
        Siempre allí, cuando evoco mis sombras,
        O las llamo, respóndenme y vienen.

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      Del rumor cadencioso de la onda

        Del rumor cadencioso de la onda
        Y el viento que muge;
        Del incierto reflejo que alumbra
        La selva o la nube;
        Del piar de alguna ave de paso;
        Del agreste ignorado perfume
        Que el céfiro roba
        Al valle o a la cumbre,
        Mundos hay donde encuentran asilo
        Las almas que al peso
        Del mundo sucumben.

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      Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros

        Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros,
        Ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros,
        Lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso
        De mí murmuran y exclaman:
        Ahí va la loca soñando
        Con la eterna primavera de la vida y de los campos,
        Y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos,
        Y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.

        -Hay canas en mi cabeza, hay en los prados escarcha,
        Mas yo prosigo soñando, pobre, incurable sonámbula,
        Con la eterna primavera de mi vida que se apaga
        Y la perenne frescura de los campos y las almas,
        Aunque los unos se agostan y aunque las otras se abrasan.

        Astros y fuentes y flores, no murmuréis de mis sueños,
        Sin ellos, ¿cómo admiraros ni cómo vivir sin ellos?

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      En los ecos del órgano, o en el rumor del viento

        En los ecos del órgano, o en el rumor del viento,
        En el fulgor de un astro o en la gota de lluvia,
        Te adivinaba en todo, y en todo te buscaba,
        Sin encontrarte nunca.
        Quizás después te ha hallado, te ha hallado y ha perdido
        Otra vez de la vida en la batalla ruda,
        Ya que sigue buscándote y te adivina en todo,
        Sin encontrarte nunca.
        Pero sabe que existes y no eres vano sueño,
        Hermosura sin nombre, pero perfecta y única.
        Por eso vive triste, porque te busca siempre,
        Sin encontrarte nunca.

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      Era apacible el día

        Era apacible el día
        Y templado el ambiente
        Y llovía, llovía,
        Callada y mansamente;
        Y mientras silenciosa
        Lloraba yo y gemía,
        Mi niño, tierna rosa,
        Durmiendo se moría.

        Al huir de este mundo, ¡qué sosiego en su frente!
        Al verle yo alejarse, ¡qué borrasca la mía!

        Tierra sobre el cadáver insepulto
        Antes que empiece a corromperse..., ¡tierra!
        Ya el hoyo se ha cubierto, sosegaos,
        Bien pronto en los terrones removidos
        Verde y pujante crecerá la hierba.

        ¿Qué andáis buscando en torno de las tumbas,
        Torvo el mirar, nublado el pensamiento?
        ¡No os ocupéis de lo que al polvo vuelve!
        Jamás el que descansa en el sepulcro
        ha de tornar a amaros ni a ofenderos.

        ¡Jamás! ¿Es verdad que todo
        Para siempre acabó ya?
        No, no puede acabar lo que es eterno,
        Ni puede tener fin la inmensidad.

        Tú te fuiste por siempre; mas mi alma
        Te espera aún con amorosa afán,
        Y vendrás o iré yo, bien de mi vida,
        Allí donde nos hemos de encontrar.

        Algo ha quedado tuyo en mis entrañas
        Que no morirá jamás,
        Y que Dios, por que es justo y porque es bueno,
        A desunir ya nunca volverá.

        En el cielo, en la tierra, en lo insondable
        Yo te hallaré y me hallarás.
        No, no puede acabar lo que es eterno,
        Ni puede tener fin la inmensidad.

        Mas... es verdad, ha partido,
        Para nunca más tornar.
        Nada hay eterno para el hombre, huésped
        De un día en este mundo terrenal,
        En donde nace, vive y al fin muere,
        Cual todo nace, vive y muere acá.

        Una luciérnaga entre el musgo brilla
        Y un astro en las alturas centellea,
        Abismo arriba, y en el fondo abismo;
        ¿Qué es al fin lo que acaba y lo que queda?
        En vano el pensamiento
        Indaga y busca lo insondable, ¡oh, ciencia!
        Siempre al llegar al término ignoramos
        Qué es al fin lo que acaba y lo que queda.

        Arrodillada ante la tosca imagen,
        Mi espíritu, abismado en lo infinito,
        Impía acaso, interrogando al cielo
        Y al infierno a la vez, tiemblo y vacilo.
        ¿Qué somos? ¿Qué es la muerte? La campana
        Con sus ecos responde a mis gemidos
        Desde la altura, y sin esfuerzo el llano
        Baña ardiente mi rostro enflaquecido.
        ¡Qué horrible sufrimiento! ¡Tú tan sólo
        Lo puedes ver y comprender, Dios mío!

        ¿Es verdad que lo ves? Señor, entonces,
        Piadoso y compasivo
        Vuelve a mis ojos la celeste venda
        De la fe bienhechora que he perdido,
        Y no consientas, no, que cruce errante,
        Huérfano y sin arrimo
        Acá abajo los yermos de la vida,
        Más allá las llanadas del vacío.

        Sigue tocando a muerto, y siempre mudo
        E impasible el divino
        Rostro del Redentor, deja que envuelto
        En sombras quede el humillado espíritu.
        Silencio siempre; únicamente el órgano
        Con sus acentos místicos
        Resuena allá de la desierta nave
        Bajo el arco sombrío.

        Todo acabó quizás, menos mi pena,
        Puñal de doble filo;
        Todo menos la duda que nos lanza
        De un abismo de horror en otro abismo.

        Desierto el mundo, despoblado el cielo,
        Enferma el alma y en el polvo hundido
        El sacro altar en donde
        Se exhalaron fervientes mis suspiros,
        En mil pedazos roto
        Mi Dios, cayó al abismo,
        Y al buscarle anhelante, sólo encuentro
        La soledad inmensa del vacío.

        De improviso los ángeles
        Desde sus altos nichos
        De mármol me miraron tristemente
        Y una voz dulce resonó en mi oído:
        "Pobre alma, espera y llora
        A los pies del Altísimo:
        Mas no olvides que al cielo
        Nunca ha llegado el insolente grito
        De un corazón que de la vil materia
        Y del barro de Adán formó sus ídolos."

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      Estaciones

        Adivínase el dulce y perfumado
        Calor primaveral;
        Los gérmenes se agitan en la tierra
        Con inquietud en su amoroso afán,
        Y cruzan por los aires, silenciosos,
        Átomos que se besan al pasar.
        Hierve la sangre juvenil; se exalta
        Lleno de aliento el corazón, y audaz
        El loco pensamiento sueña y cree
        Que el hombre es, cual los dioses, inmortal.
        No importa que los sueños sean mentira,
        Ya que al cabo es verdad
        Que es venturoso el que soñando muere,
        Infeliz el que vive sin soñar.
        ¡Pero qué aprisa en este mundo triste
        Todas las cosas van!
        ¡Que las domina el vértigo creyérase!...
        La que ayer fue capullo, es rosa ya,
        Y pronto agostará rosas y plantas
        El calor estival.
        Candente está la atmósfera;
        Explora el zorro la desierta vía:
        Insalubre se torna
        Del limpio arroyo el agua cristalina,
        El pino aguarda inmóvil
        Los besos inconstantes de la brisa.
        Imponente silencio
        Agobia la campiña;
        Sólo el zumbido del insecto se oye
        En las extensas y húmedas umbrías;
        Monótono y constante
        Como el sordo estertor de la agonía.
        Bien pudiera llamarse, en el estío,
        La hora del mediodía,
        Noche en que al hombre de luchar cansado
        Más que nunca le irritan,
        De la materia la imponente fuerza
        Y del alma las ansias infinitas.
        Volved, ¡oh, noches de invierno frío,
        Nuestras viejas amantes de otros días!
        Tornad con vuestros hielos y crudezas
        A refrescar la sangre enardecida
        Por el estío insoportable y triste...
        ¡Triste!... ¡Lleno de pámpanos y espigas!
        Frío y calor, otoño o primavera,
        ¿Dónde..., dónde se encuentra la alegría?
        Hermosas son las estaciones todas
        Para el mortal que en sí guarda la dicha;
        Mas para el alma desolada y huérfana,
        No hay estación risueña ni propicia.

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      Hora tras hora

        Hora tras hora, día tras día,
        Entre el cielo y la tierra que quedan
        Eternos vigías,
        Como torrente que se despeña,
        Pasa la vida.

        Devolvedle a la flor su perfume
        Después de marchita;
        De las ondas que besan la playa
        Y que una tras otra besándola expiran.
        Recoged los rumores, las quejas,
        Y en planchas de bronce grabad su armonía.

        Tiempos que fueron, llantos y risas,
        Negros tormentos, dulces mentiras,
        ¡Ay!, ¿en dónde su rastro dejaron,
        En dónde, alma mía?

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      La canción que oyó en sueños el viejo (fragmento)

        De pronto el corazón, con ansia extrema
        Mezclada a un tiempo de placer y espanto,
        Latió, mientras su labio murmuraba:
        "¡No, los muertos no vuelven de sus antros!

        Él era y no era él; mas su recuerdo,
        Dormido en lo profundo
        Del alma, despertóse con violencia
        Rencoroso y adusto.

        -No soy yo, ¡pero soy! -murmuró el viento--,
        Y vuelvo, amada mía,
        Desde la eternidad para dejarte
        Ver otra vez mi incrédula sonrisa.

        "¡Aún has de ser feliz! -te dije un tiempo,
        Cuando me hallaba al borde de la tumba-.
        Aún has de amar-; y tú, con fiero enojo,
        Me respondiste: "¡Nunca!-

        "¡Ah! ¿Del mudable corazón has visto
        Los recónditos pliegues?-,
        Volví a decirte. y tú, llorando a mares,
        Repetiste: "¡Tú solo, y para siempre!..

        Después, era una noche como aquéllas;
        Y un rayo de la luna, el mismo acaso
        Que a ti y a mí nos alumbró importuno,
        Os alumbraba a entrambos.

        Cantaba un grillo en el vecino muro,
        Y todo era silencio en la campiña,
        ¿No te acuerdas, mujer? Yo vine entonces,
        Sombra, remordimiento o pesadilla.

        Mas tú, engañada recordando al muerto,
        Pero también del vivo enamorada,
        Te olvidaste del cielo y de la tierra
        Y condenaste el alma.

        Una vez, una sola,
        Aterrada volviste de ti misma,
        ¡Como para sentir mejor la muerte,
        De la sima al caer, vuelve la víctima!
        Y aún entonces, ¡extraño cuanto horrible
        Reflejo del pasado!,
        El abrazo convulso de tu amante
        Te recordó, mujer, nuestros abrazos.

        "¡Aún has de ser feliz!-, te dije un tiempo,
        Y me engañé. No puede
        Serlo quien lleva la traición por guía,
        Y a su sombra mortífera se duerme.

        "¡Aún has de amar!-, te repetí, y amaste,
        Y protector asilo
        Diste, desventurada, a una serpiente
        En aquel corazón que fuera mío.

        Emponzoñada estás; odios y penas
        Te acosan y persiguen,
        Y yo casi con lástima contemplo
        Tu pecado y tu mancha irredemibles.

        ¡Mas, vengativo, al cabo yo te amaba
        Ardientemente y te amo todavía!...
        Vuelvo para dejarte
        Ver otra vez mi incrédula sonrisa.

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      Lágrima triste en mi dolor vertida

        A la memoria de Aurelio Aguirre.

        Lágrima triste en mi dolor vertida,
        Perla del corazón que entre tormentas
        Fue en largas horas de pesar nacida,
        En fúnebre memoria convertida
        La flor será que a tu corona enlace;
        Las horas de la vida turbulentas
        Ajan las flores y el laurel marchitan;
        Pero lágrimas, ¡ay!, que el alma esconde,
        Llanto de duelo que el dolor fecunda,
        Si el triste hueco de una tumba anega
        Y sus húmedos hálitos inunda,
        Ni el sol de fuego que en Oriente nace
        Seco su manantial a dejar llega
        Ni en sutiles vapores le deshace,
        ¡Y es manantial fecundo el llanto mío
        Para verter sobre un sepulcro amado
        De mil recuerdos caudaloso río!

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      Las campanas

        Yo las amo, yo las oigo,
        Cual oigo el rumor del viento,
        El murmurar de la fuente
        O el balido de cordero.

        Como los pájaros, ellas,
        Tan pronto asoma en los cielos
        El primer rayo del alba,
        Le saludan con sus ecos.

        Y en sus notas, que van prolongándose
        Por los llanos y los cerros,
        Hay algo de candoroso,
        De apacible y de halagüeño.

        Si por siempre enmudecieran,
        ¡Qué tristeza en el aire y el cielo!
        ¡Qué silencio en la iglesia!
        ¡Qué extrañeza entre los muertos!

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      Los robles

        1

        Allá en tiempos que fueron, y el alma
        Han llenado de santos recuerdos,
        De mi tierra en los campos hermosos,
        La riqueza del pobre era el fuego,
        Que al brillar de la choza en el fondo,
        Calentaba los rígidos miembros
        Por el frío y el hambre ateridos
        Del niño y del viejo.

        De la hoguera sentados en torno,
        En sus brazos la madre arrullaba
        Al infante robusto;
        Daba vuelta, afanosa la andana
        En sus dedos nudosos, al huso,
        Y al alegre fulgor de la llama,
        Ya la joven la harina cernía,
        O ya desgranaba
        Con su mano callosa y pequeña,
        Del maíz las mazorcas doradas.

        Y al amor del hogar calentándose
        En invierno, la pobre familia
        Campesina, olvidaba la dura
        Condición de su suerte enemiga;
        Y el anciano y el niño, contentos
        En su lecho de paja dormían,
        Como duerme el polluelo en su nido
        Cuando el ala materna le abriga.

        2

        Bajo el hacha implacable, ¡cuán presto
        En tierra cayeron
        Encinas y robles!;
        Y a los rayos del alba risueña,
        ¡Qué calva aparece
        La cima del monte!

        Los que ayer fueron bosques y selvas
        De agreste espesura,
        Donde envueltas en dulce misterio
        Al rayar el día
        Flotaban las brumas,
        Y brotaba la fuente serena
        Entre flores y musgos oculta,
        Hoy son áridas lomas que ostentan
        Deformes y negras
        Sus hondas cisuras.

        Ya no entonan en ellas los pájaros
        Sus canciones de amor, ni se juntan
        Cuando mayo alborea en la fronda
        Que quedó de sus robles desnuda.
        Sólo el viento al pasar trae el eco
        Del cuervo que grazna,
        Del lobo que aúlla.

        3

        Una mancha sombría y extensa
        Borda a trechos del monte la falda,
        Semejante a legión aguerrida
        Que acampase en la abrupta montaña
        Lanzando alaridos
        De sorda amenaza.

        Son pinares que al suelo, desnudo
        De su antiguo ropaje, le prestan
        Con el suyo el adorno salvaje
        Que resiste del tiempo a la afrenta
        Y corona de eterna verdura
        Las ásperas breñas.

        Árbol duro y altivo, que gustas
        De escuchar el rumor del Océano
        Y gemir con la brisa marina
        De la playa en el blanco desierto,
        ¡Yo te amo!, y mi vista reposa
        Con placer en los tibios reflejos
        Que tu copa gallarda iluminan
        Cuando audaz se destaca en el cielo,
        Despidiendo la luz que agoniza,
        Saludando la estrella del véspero.

        Pero tú, sacra encina del celta,
        Y tú, roble de ramas añosas,
        Sois más bellos con vuestro follaje
        Que si mayo las cumbres festona
        Salpicadas de fresco rocío
        Donde quiebra sus rayos la aurora,
        Y convierte los sotos profundos
        En mansión de gloria.

        Más tarde, en otoño
        Cuando caen marchitas tus hojas,
        ¡Oh roble!, y con ellas
        Generoso los musgos alfombras,
        ¡Qué hermoso está el campo;
        La selva, qué hermosa!

        Al recuerdo de aquellos rumores
        Que al morir el día
        Se levantan del bosque en la hondura
        Cuando pasa gimiendo la brisa
        Y remueve con húmedo soplo
        Tus hojas marchitas
        Mientras corre engrosado el arroyo
        En su cauce de frescas orillas,

        Estremécese el alma pensando
        Dónde duermen las glorias queridas
        De este pueblo sufrido, que espera
        Silencioso en su lecho de espinas
        Que suene su hora
        Y llegue aquel día
        En que venza con mano segura,
        Del mal que le oprime,
        La fuerza homicida.

        4

        Torna, roble, árbol patrio, a dar sombra
        Cariñosa a la escueta montaña
        Donde un tiempo la gaita guerrera105
        Alentó de los nuestros las almas
        Y compás hizo al eco monótono
        Del canto materno,
        Del viento y del agua,
        Que en las noches del invierno al infante
        En su cuna de mimbre arrullaban.

        Que tan bello apareces, ¡oh roble!
        De este suelo en las cumbres gallardas
        Y en las suaves graciosas pendientes
        Donde umbrosas se extienden tus ramas,
        Como en rostro de pálida virgen
        Cabellera ondulante y dorada,
        Que en lluvia de rizos
        Acaricia la frente de nácar.

        ¡Torna presto a poblar nuestros bosques;
        Y que tornen contigo las hadas
        Que algún tiempo a tu sombra tejieron
        Del héroe gallego
        Las frescas guirnaldas!

        15

        Alma que vas huyendo de ti misma,
        ¿Qué buscas, insensata, en las demás?
        Si secó en ti la fuente del consuelo,
        Secas todas las fuentes has de hallar.
        ¡Que hay en el cielo estrellas todavía,
        Y hay en la tierra flores perfumadas!
        ¡Sí...! Mas no son ya aquellas
        Que tú amaste y te amaron, desdichada.

        16

        Cuando recuerdo del ancho bosque
        El mar dorado
        De hojas marchitas que en el otoño
        Agita el viento con soplo blando,
        Tan honda angustia nubla mi alma,
        Turba mi pecho,
        Que me pregunto:
        "¿Por qué tan terca,
        Tan fiel memoria me ha dado el cielo?"

        17

        Del antiguo camino a lo largo,
        Ya un pinar, ya una fuente aparece,
        Que brotando en la peña musgosa
        Con estrépito al valle desciende.
        Y brillando del sol a los rayos
        Entre un mar de verdura se pierden,
        Dividiéndose en limpios arroyos
        Que dan vida a las flores silvestres
        Y en el Sar se confunden, el río
        Que cual niño que plácido duerme,
        Reflejando el azul de los cielos,
        Lento corre en la fronda a esconderse.

        No lejos, en soto profundo de robles,
        En donde el silencio sus alas extiende,
        Y da abrigo a los genios propicios,
        A nuestras viviendas y asilos campestres,
        Siempre allí, cuando evoco mis sombras,
        O las llamo, respóndenme y vienen.

        18

        Ya duermen en su tumba las pasiones
        El sueño de la nada;
        ¿Es, pues, locura del doliente espíritu,
        O gusano que llevo en mis entrañas?
        Yo sólo sé que es un placer que duele,
        Que es un dolor que atormentando halaga,
        Llama que de la vida se alimenta,
        Mas sin la cual la vida se apagara.

        19

        Creyó que era eterno tu reino en el alma,
        Y creyó tu esencia, esencia inmortal;
        Mas, si sólo eres nube que pasa,
        Ilusiones que vienen y van,
        Rumores del onda que rueda y que muere
        Y nace de nuevo y vuelve a rodar,
        Todo es sueño y mentira en la tierra,
        ¡No existes, verdad!

        20

        Ya siente que te extingues en su seno,
        Llama vital, que dabas
        Luz a su espíritu, a su cuerpo fuerzas,
        Juventud a su alma.

        Ya tu calor no templará su sangre,
        Por el invierno helada,
        Ni harás latir su corazón, ya falto
        De aliento y de esperanza.

        Será cual astro que apagado y solo,
        Perdido va por la extensión del cielo,
        Mudo, ciego, insensible,
        Sin goces, ni tormentos.

        21

        No subas tan alto, pensamiento loco,
        Que el que más alto sube más hondo cae,
        Ni puede el alma gozar del cielo
        Mientras que vive envuelta en la carne.

        Por eso las grandes dichas de la tierra
        Tienen siempre por término grandes catástrofes.

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      Los tristes

        1

        De la torpe ignorancia que confunde
        Lo mezquino y lo inmenso;
        De la dura injusticia del más alto,
        De la saña mortal de los pequeños,
        ¡No es posible que huyáis! cuando os conocen
        Y os buscan, como busca el zorro hambriento
        A la indefensa tórtola en los campos;
        Y al querer esconderos
        De sus cobardes iras, ya en el monte,
        En la ciudad o en el retiro estrecho,
        ¡Ahí va!, exclaman, ¡ahí va!, y allí os insultan
        Y señalan con íntimo contento
        Cual la mano implacable y vengativa
        Señala al triste y fugitivo reo.

        2

        Cayó por fin en la espumosa y turbia
        Recia corriente, y descendió al abismo
        Para no subir más a la serena
        Y tersa superficie. En lo más íntimo
        Del noble corazón ya lastimado,
        Resonó el golpe doloroso y frío
        Que ahogando la esperanza
        Hace abatir los ánimos altivos,
        Y plegando las alas torvo y mudo,
        En densa niebla se envolvió su espíritu.

        3

        Vosotros, que lograsteis vuestros sueños,
        ¿Qué entendéis de sus ansias malogradas?
        Vosotros, que gozasteis y sufristeis,
        ¿Qué comprendéis de sus eternas lágrimas?
        Y vosotros, en fin, cuyos recuerdos
        Son como niebla que disipa el alba,
        ¡Qué sabéis del que lleva de los suyos
        La eterna pesadumbre sobre el alma!

        4

        Cuando en la planta con afán cuidada
        La fresca yema de un capullo asoma,
        Lentamente arrastrándose entre el césped,
        Le asalta el caracol y la devora.

        Cuando de un alma atea,
        En la profunda oscuridad medrosa
        Brilla un rayo de fe, viene la duda
        Y sobre él tiende su gigante sombra.

        5

        En cada fresco brote, en cada rosa erguida,
        Cien gotas de rocío brillan al sol que nace;
        Mas él ve que son lágrimas que derraman los tristes
        Al fecundar la tierra con su preciosa sangre.

        Henchido está el ambiente de agradables aromas,
        Las aguas y los vientos cadenciosos murmuran;
        Mas él siente que rugen con sordo clamoreo
        De sofocados gritos y de amenazas mudas.

        ¡No hay duda! De cien astros nuevos, la luz radiante
        Hasta las más recónditas profundidades llega;
        Mas sus hermosos rayos
        Jamás en torno suyo rompen la bruma espesa.

        De la esperanza, ¿en dónde crece la flor ansiada?
        Para él, en dondequiera al retoñar se agosta,
        Ya bajo las escarchas del egoísmo estéril,
        O ya del desengaño a la menguada sombra.

        ¡Y en vano el mar extenso y las vegas fecundas,
        Los pájaros, las flores y los frutos que siembran!
        Para el desheredado, sólo hay bajo del cielo
        Esa quietud sombría que infunde la tristeza.

        6

        Cada vez huye más de los vivos,
        Cada vez habla más con los muertos
        Y es que cuando nos rinde el cansancio
        Propicio a la paz y al sueño,
        El cuerpo tiende al reposo,
        El alma tiende a lo eterno.

        7

        Así como el lobo desciende a poblado,
        Si acaso en la sierra se ve perseguido,
        Huyendo del hombre que acosa a los tristes,
        Buscó entre las fieras el triste un asilo.

        El sol calentaba su lóbrega cueva,
        Piadosa velaba su sueño la luna
        El árbol salvaje le daba sus frutos,
        La fuente sus aguas de grata frescura.

        Bien pronto los rayos del sol se nublaron.
        La luna entre brumas veló su semblante,
        Secóse la fuente, y el árbol nególe,
        Al par que su sombra, sus frutos salvajes.

        Dejando la sierra buscó en la llanura
        De otro árbol el fruto, la luz de otro cielo;
        Y a un río profundo, de nombre ignorado,
        Pidióle aguas puras su labio sediento.

        ¡Ya en vano!, sin tregua siguióle la noche,
        La sed que atormenta y el hambre que mata;
        ¡Ya en vano!, que ni árbol, ni cielo, ni río,
        Le dieron su fruto, su luz, ni sus aguas.

        Y en tanto el olvido, la duda y la muerte
        Agrandan las sombras que en torno le cercan,
        Allá en lontananza la luz de la vida,
        Hiriendo sus ojos feliz centellea.

        Dichosos mortales a quien la fortuna
        Fue siempre propicia... ¡Silencio!, ¡silencio!,
        Si veis tantos seres que corren buscando
        Las negras corrientes del hondo Leteo.

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      Los unos altísimos

        Los unos altísimos,
        Los otros menores,
        Con su eterno verdor y frescura,
        Que inspira a las almas
        Agrestes canciones,
        Mientras gime al chocar con las aguas
        La brisa marina de aromas salobres,
        Van en ondas subiendo hacia el cielo
        Los pinos del monte.

        De la altura la bruma desciende
        Y envuelve las copas
        Perfumadas, sonoras y altivas
        De aquellos gigantes
        Que el Castro coronan;
        Brilla en tanto a sus pies el arroyo
        Que alumbra risueña
        La luz de la aurora,
        Y los cuervos sacuden sus alas,
        Lanzando graznidos
        Y huyendo la sombra.

        El viajero, rendido y cansado,
        Que ve del camino la línea escabrosa
        Que aún le resta que andar, anhelara,
        Deteniéndose al pie de la loma,
        De repente quedar convertido
        En pájaro o fuente,
        En árbol o en roca.

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      Margarita

        1

        ¡Silencio, los lebreles
        De la jauría maldita!
        No despertéis a la implacable fiera
        Que duerme silenciosa en su guarida.
        ¿No veis que de sus garras
        Penden gloria y honor, reposo y dicha?

        Prosiguieron aullando los lebreles...
        -Los malos pensamientos homicidas!-
        Y despertaron la temible fiera...
        -¡La pasión que en el alma se adormía!-
        Y ¡adiós! en un momento,
        ¡Adiós gloria y honor, reposo y dicha!

        2

        Duerme el anciano padre, mientras ella
        A la luz de la lámpara nocturna
        Contempla el noble y varonil semblante
        Que un pesado sueño abruma.

        Bajo aquella triste frente
        Que los pesares anublan,
        Deben ir y venir torvas visiones,
        Negras hijas de la duda.

        Ella tiembla..., vacila y se estremece...
        ¿De miedo acaso, o de dolor y angustia?
        Con expresión de lastima infinita,
        No sé qué rezos murmura.

        Plegaria acaso santa, acaso impía,
        Trémulo el labio a su pesar pronuncia,
        Mientras dentro del alma la conciencia
        Contra las pasiones lucha.

        ¡Batalla ruda y terrible
        Librada ante la víctima, que muda
        Duerme el sueño intranquilo de los tristes
        A quien ha vuelto el rostro la fortuna!

        Y él sigue en reposo, y ella,
        Que abandona la estancia, entre las brumas
        De la noche se pierde, y torna al alba,
        Ajado el velo..., en su mirar la angustia.

        Carne, tentación, demonio,
        ¡Oh!, ¿de cuál de vosotros es la culpa?
        ¡Silencio...! El día soñoliento asoma
        Por las lejanas alturas,
        Y el anciano despierto, ella risueña,
        Ambos su pena ocultan,
        Y fingen entregarse indiferentes
        A las faenas de su vida oscura.

        3

        La culpada calló, mas habló el crimen...
        Murió el anciano, y ella, la insensata,
        Siguió quemando incienso en su locura,
        De la torpeza ante las negras aras,
        Hasta rodar en el profundo abismo,
        Fiel a su mal, de su dolor esclava.

        ¡Ah! Cuando amaba el bien, ¿cómo así pudo
        Hacer traición a su virtud sin mancha,
        Malgastar las riquezas de su espíritu,
        Vender su cuerpo, condenar su alma?

        Es que en medio del vaso corrompido
        Donde su sed ardiente se apagaba,
        De un amor inmortal los leves átomos,
        Sin mancharse, en la atmósfera flotaban.

        Sedientas las arenas, en la playa
        Sienten del sol los besos abrasados,
        Y no lejos, las ondas, siempre frescas,
        Ruedan pausadamente murmurando.
        Pobres arenas, de mi suerte imagen:
        No sé lo que me pasa al contemplaros,
        Pues como yo sufrís, secas y mudas,
        El suplicio sin término de Tántalo.

        Pero ¿quién sabe...? Acaso luzca un día
        En que, salvando misteriosos límites,
        Avance el mar y hasta vosotras llegue
        A apagar vuestra sed inextinguible.

        ¡Y quién sabe también si tras de tantos
        Siglos de ansias y anhelos imposibles,
        Saciará al fin su sed el alma ardiente
        Donde beben su amor los serafines!

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      Meditación en el umbral

        No, no es la solución
        Tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoy
        Ni apurar el arsénico de Madame Bovary
        Ni aguardar en los páramos de Ávila la visita
        Del ángel con venablo
        Antes de liarse el manto a la cabeza
        Y comenzar a actuar.
        Ni concluir las leyes geométricas, contando
        Las vigas de la celda de castigo
        Como lo hizo Sor Juana. No es la solución
        Escribir, mientras llegan las visitas,
        En la sala de estar de la familia Austen
        Ni encerrarse en el ático
        De alguna residencia de la Nueva Inglaterra
        Y soñar, con la Biblia de los Dickinson,
        Debajo de una almohada de soltera.
        Debe haber otro modo que no se llame Safo
        Ni Mesalina ni María Egipciaca
        Ni Magdalena ni Clemencia Isaura.
        Otro modo de ser humano y libre.
        Otro modo de ser.

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      Negra sombra

        Cuando pienso que te fuiste,
        Negra sombra que me asombras,
        A los pies de mis cabezales,
        Tornas haciéndome mofa.
        Cuando imagino que te has ido,
        En el mismo sol te me muestras,
        Y eres la estrella que brilla,
        Y eres el viento que zumba.
        Si cantan, eres tú que cantas,
        Si lloran, eres tú que lloras,
        Y eres el murmullo del río
        Y eres la noche y eres la aurora.
        En todo estás y tú eres todo,
        Para mí y en mí misma moras,
        Ni me abandonarás nunca,
        Sombra que siempre me asombras.

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      Orillas del Sar

        I

        A través del follaje perenne
        Que oír deja rumores extraños,
        Y entre un mar de ondulante verdura,
        Amorosa mansión de los pájaros,
        Desde mis ventanas veo
        El templo que quise tanto.

        El templo que tanto quise...
        Pues no sé decir ya si le quiero,
        Que en el rudo vaivén que sin tregua
        Se agitan mis pensamientos,
        Dudo si el rencor adusto
        Vive unido al amor en mi pecho.

        II

        Otra vez, tras la lucha que rinde
        Y la incertidumbre amarga
        Del viajero que errante no sabe
        Dónde dormirá mañana,
        En sus lares primitivos
        Halla un breve descanso mi alma.

        Algo tiene este blando reposo
        De sombrío y de halagüeño,
        Cual lo tiene en la noche callada
        De un ser amado el recuerdo,
        Que de negras traiciones y dichas
        Inmensas, nos habla a un tiempo.

        Ya no lloro..., y no obstante, agobiado
        Y afligido mi espíritu, apenas
        De su cárcel estrecha y sombría
        Osa dejar las tinieblas
        Para bañarse en las ondas
        De luz que el espacio llenan.

        Cual si en suelo extranjero me hallase,
        Tímida y hosca, contemplo
        Desde lejos los bosques y alturas
        Y los floridos senderos
        Donde en cada rincón me aguardaba
        La esperanza sonriendo.

        III

        Oigo el toque sonoro que entonces
        A mi lecho a llamarme venía
        Con sus ecos, que el alba anunciaban,
        Mientras, cual dulce caricia,
        Un rayo de sol dorado
        Alumbraba mi estancia tranquila.

        Puro el aire, la luz sonrosada,
        ¡Qué despertar tan dichoso!
        Yo veía entre nubes de incienso
        Visiones con alas de oro
        Que llevaban la venda celeste
        De la fe sobre sus ojos...

        Ese sol es el mismo, mas ellas
        No acuden a mi conjuro;
        Y a través del espacio y las nubes,
        Y del agua en los limbos confusos,
        Y del aire en la azul transparencia,
        ¡Ay!, ya en vano las llamo y las busco.

        Blanca y desierta la vía
        Entre los frondosos setos
        Y los bosques y arroyos que bordan
        Sus orillas, con grato misterio
        Atraerme parece y brindarme
        A que siga su línea sin término.

        Bajemos, pues, que el camino
        Antiguo nos saldrá al paso,
        Aunque triste, escabroso y desierto,
        Y cual nosotros cambiado,
        Lleno aún de las blancas fantasmas
        Que en otro tiempo adoramos.

        IV

        Tras de inútil fatiga, que mis fuerzas agota,
        Caigo en la senda amiga, donde una fuente brota
        Siempre serena y pura;
        Y con mirada incierta, busco por la llanura
        No sé qué sombra vana o qué esperanza muerta,
        No sé qué flor tardía de virginal frescura
        Que no crece en la vía arenosa y desierta.

        De la oscura Trabanca tras la espesa arboleda,
        Gallardamente arranca al pie de la vereda
        La Torre y sus contornos cubiertos de follaje,
        Prestando a la mirada descanso en su ramaje
        Cuando de la ancha vega, por vivo sol bañada
        Que las pupilas ciega,
        Atraviesa el espacio, gozosa y deslumbrada.

        Como un eco perdido, como un amigo acento
        Que suena cariñoso,
        El familiar chirrido del carro perezoso
        Corre en las alas del viento y llega hasta mi oído
        Cual en aquellos días hermosos y brillantes
        En que las ansias mías eran quejas amantes,
        Eran dorados sueños y santas alegrías.

        Ruge la Presa lejos..., y, de las aves nido,
        Fondóns cerca descansa;
        La cándida abubilla bebe en el agua mansa
        Donde un tiempo he creído de la esperanza hermosa
        Beber el néctar sano, y hoy bebiera anhelosa
        Las aguas del olvido, que es de la muerte hermano:
        Donde de los vencejos que vuelan en la altura
        La sombra se refleja;
        Y en cuya linfa pura, blanca, el nenúfar brilla
        Por entre la verdura de la frondosa orilla.

        V

        ¡Cuán hermosa es tu vega! ¡Oh, Padrón! ¡Oh, Iria Flavia!
        Mas el calor, la vida juvenil y la savia
        Que extraje de tu seno,
        Como el sediento niño el dulce jugo extrae
        Del pecho blanco y lleno,
        De mi existencia oscura en el torrente amargo
        Pasaron, cual barridas por la inconstancia ciega,
        Una visión de armiño, una ilusión querida,
        Un suspiro de amor.

        De tus suaves rumores la acorde consonancia,
        Ya para el alma yerta, tornóse bronca y dura
        A impulsos del dolor;
        Secáronse tus flores de virginal fragancia;
        Perdió su azul tu cielo, el campo su frescura,
        El alba su candor.

        La nieve de los años, de la tristeza el hielo
        Constante, al alma niegan toda ilusión amada,
        Todo dulce consuelo.
        Sólo los desengaños preñados de temores,
        Y de la duda el frío,
        Avivan los dolores que siente el pecho mío,
        Y ahondando mi herida,
        Me destierran del cielo, donde las fuentes brotan
        Eternas de la vida.

        VI

        ¡Oh, tierra, antes y ahora, siempre fecunda y bella!
        Viendo cuán triste brilla nuestra fatal estrella,
        Del Sar cabe la orilla,
        Al acabarme, siento la sed devoradora
        Y jamás apagada que ahoga el sentimiento,
        Y el hambre de justicia, que abate y anonada
        Cuando nuestros clamores los arrebata el viento
        De tempestad airada.

        Ya en vano el tibio rayo de la naciente aurora
        Tras del Miranda altivo,
        Valles y cumbres dora con su resplandor vivo;
        En vano llega mayo de sol y aromas lleno,
        Con su frente de niño de rosas coronada,
        Y con su luz serena:
        En mi pecho ve juntos el odio y el cariño,
        Mezcla de gloria y pena,
        Mi sien por la corona del mártir agobiada
        Y para siempre frío y agotado mi seno.

        VII

        Ya que de la esperanza, para la vida mía,
        Triste y descolorido ha llegado el ocaso,
        A mi morada oscura, desmantelada y fría
        Tornemos paso a paso,
        Porque con su alegría no aumente mi amargura
        La blanca luz del día.

        Contenta el negro nido busca el ave agorera,
        Bien reposa la fiera en el antro escondido,
        En su sepulcro el muerto, el triste en el olvido,
        Y mi alma en su desierto.

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      Pobre alma sola

        ¡Pobre alma sola!, no te entristezcas,
        Deja que pasen, deja que lleguen
        La primavera y el triste otoño,
        Ora el estío y ora las nieves;

        Que no tan sólo para ti corren
        Horas y meses;
        Todo contigo, seres y mundos
        De prisa marchan, todo envejece;

        Que hoy, mañana, antes y ahora,
        Lo mismo siempre,
        Hombres y frutos, plantas y flores,
        Vienen y vanse, nacen y mueren.

        Cuando te apene lo que atrás dejas,
        Recuerda siempre
        Que es más dichoso quien de la vida
        Mayor espacio corrido tiene.

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      Recuerda el trinar del ave

        Recuerda el trinar del ave
        Y el chasquido de los besos;
        Los rumores de la selva,
        Cuando en ella gime el viento,
        Y del mar las tempestades,
        Y la bronca voz del trueno;
        Todo halla un eco en las cuerdas
        Del arpa que pulsa el genio.

        Pero aquel sordo latido
        Del corazón que está enfermo
        De muerte, y que de amor muere
        Y que resuena en el pecho
        Como en bordón que se rompe
        Dentro de un sepulcro hueco,
        Es tan triste y melancólico,
        Tan horrible y tan supremo,
        Que jamás el genio pudo
        Repetirlo con sus ecos.

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      Sed de amores tenía

        Sed de amores tenía, y dejaste
        Que la apagase en tu boca,
        ¡Piadosa samaritana!
        Y te encontraste sin honra,
        Ignorando que hay labios que secan
        Y que manchan cuanto tocan.
        ¡Lo ignorabas..., y ahora lo sabes!
        Pero yo sé también, pecadora
        Compasiva, porque a veces
        Hay compasiones traidoras,
        Que si el sediento volviese
        A implorar misericordia,
        Su sed de nuevo apagaras,
        Samaritana piadosa.
        No volverá te lo juro;
        Desde que una fuente enlodan
        Con su pico esas aves de paso,
        Se van a beber a otra.

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      Soledad

        Un manso río, una vereda estrecha,
        Un campo solitario y un pinar,
        Y el viejo puente rústico y sencillo
        Completando tan grata soledad.

        ¿Qué es soledad? Para llenar el mundo
        Basta a veces un solo pensamiento.
        Por eso hoy, hartos de belleza, encuentras
        El puente, el río y el pinar desiertos.

        No son nube ni flor los que enamoran;
        Eres tú, corazón, triste o dichoso,
        Ya del dolor y del placer el árbitro,
        Quien seca el mar y hace habitable el polo.

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      Te amo... ¿Por qué me odias?

        Te amo... ¿Por qué me odias?
        -Te odio... ¿Por qué me amas?
        Secreto es éste el más triste
        Y misterioso del alma.

        Mas ello es verdad... ¡Verdad
        Dura y atormentadora!
        -Me odias porque te amo;
        Te amo porque me odias.

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      Tú para mí, yo para ti, bien mío

        I

        Tú para mí, yo para ti, bien mío
        -Murmurábais los dos-
        "Es el amor la esencia de la vida,
        No hay vida sin amor".

        ¡Qué tiempo aquel de alegres armonías!...
        ¡Qué albos rayos de sol!...
        ¡Qué tibias noches de susurros llenas,
        Qué horas de bendición!

        ¡Qué aroma, qué perfumes, qué belleza
        En cuanto Dios crió,
        Y cómo entre sonrisas murmurábais:
        "¡No hay vida sin amor!"

        II

        Después, cual lampo fugitivo y leve,
        Como soplo veloz,
        Pasó el amor..., la esencia de la vida...;
        Mas... aún vivís los dos.

        "Tú de otro, y de otra yo" , dijísteis luego.
        ¡Oh mundo engañador!
        Ya no hubo noches de serena calma,
        Brilló enturbiado el sol!...

        ¿Y aún, vieja encina, resististe? ¿Aún late,
        Mujer, tu corazón?
        No es tiempo ya de delirar, no torna
        Lo que por siempre huyó.

        No sueñes, ¡ay!, pues que llegó el invierno
        Frío y desolador.
        Huella la nieve, valerosa, y cante
        Enérgica tu voz.
        ¡Amor, llam inmortal, rey de la tierra,
        Ya para siempre, adiós!

      Arriba

      Una sombra tristísima, indefinible y vaga

        Una sombra tristísima, indefinible y vaga
        Como lo incierto, siempre ante mis ojos va
        Tras de otra vaga sombra que sin cesar la huye,
        Corriendo sin cesar.
        Ignoro su destino...; mas no sé por qué temo
        Al ver su ansia mortal,
        Que ni han de parar nunca, ni encontrarse jamás.

      Arriba

      Ya duermen en su tumba las pasiones

        Ya duermen en su tumba las pasiones
        El sueño de la nada;
        ¿Es, pues, locura del doliente espíritu,
        O gusano que llevo en mis entrañas?
        Yo sólo sé que es un placer que duele,
        Que es un dolor que atormentado halaga,
        Llama que de la vida se alimenta,
        Mas sin la cual la vida se apagara.

      Arriba

      Ya no mana la fuente

        Ya no mana la fuente, se agotó el manantial;
        Ya el viajero allí nunca va su sed a apagar.

        Ya no brota la hierba, ni florece el narciso,
        Ni en los aires esparcen su fragancia los lirios.

        Sólo el cauce arenoso de la seca corriente
        Le recuerda al sediento el horror de la muerte.

        ¡Mas no importa! A lo lejos otro arroyo murmura
        Donde humildes violetas el espacio perfuman.

        Y de un sauce el ramaje, al mirarse en las ondas,
        Tiende en torno del agua su fresquísima sombra.

        El sediento viajero que el camino atraviesa,
        Humedece los labios en la linfa serena
        Del arroyo que el árbol con sus ramas sombrea,
        Y dichoso se olvida de la fuente ya seca.

      Arriba

      Yo no sé lo que busco eternamente

        Yo no sé lo que busco eternamente
        En la tierra, en el aire y en el cielo;
        Yo no sé lo que busco; pero es algo
        Que perdí no sé cuando y que no encuentro,
        Aún cuando sueñe que invisible habita
        En todo cuanto toco y cuanto veo.
        Felicidad, no he de volver a hallarte
        En la tierra, en el aire, ni en el cielo,
        Y aún cuando sé que existes
        Y no eres vano sueño!

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