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    Información biográfica

  1. Abedules
  2. Ahora me voy afuera caminando
  3. Alto en el bosque en una noche de invierno
  4. Arrobamiento
  5. El camino no elegido
  6. El pastizal
  7. El peligro de la esperanza
  8. El potro desbocado
  9. El teléfono
  10. Fuego y hielo
  11. Lo más próximo
  12. Nada dorado permanece
  13. Noche invernal de un anciano
  14. Siega
  15. Una vez, junto al pacífico


    Información biográfica

      Nombre: Robert Lee Frost
      Lugar y fecha nacimiento: San Francisco, California (Estados Unidos), 26 de marzo de 1874
      Lugar y fecha defunción: Boston, Massachusetts (Estados Unidos), 29 de enero de 1963 (88 años)

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      Abedules

        Cuando veo abedules oscilar a derecha
        Y a izquierda, ante una hilera de árboles más oscuros,
        Me complace pensar que un muchacho los mece
        Pero no es un muchacho quien los deja curvados,
        Sino las tempestades. A menudo hemos visto
        Los árboles cargados de hielo, en claros días
        Invernales, después de un aguacero
        Cuando sopla la brisa se les oye crujir,
        Se vuelven irisados cuando se resquebraja
        Su esmaltada corteza. Pronto el sol les arranca
        Sus conchas cristalinas, que mezcla con la nieve...
        Esas pilas de conchas esparcidas diríase
        Que son la rota cúpula interior de los cielos.
        La carga los doblega hacia los mustios
        Matorrales cercanos, pero nunca se quiebran,
        Aunque jamás podrán enderezarse solos:
        Durante muchos años las ramas de sus troncos
        Curvadas barrerán con sus hojas el suelo,
        Igual que arrodilladas doncellas con los sueltos
        Cabellos hacia atrás y secándose al sol.
        Mas cuando la Verdad se me interpuso
        En la forma de un hecho como la tempestad,
        Iba a decir que quizás un muchacho,
        Yendo a buscar las vacas, inclinaba los árboles...
        Un muchacho que por vivir lejos del pueblo
        Sólo sabe jugar, en invierno o en verano
        A juegos que ha inventado para jugar él solo.
        Ha domado los árboles de su padre uno a uno
        Pasando por encima de ellos tan a menudo
        Que nada les dejó de su tiesura.
        A todos doblegó; no dejó ni uno solo
        Sin conquistar. Aprendió la manera
        De no saltar de un árbol sin haber conseguido
        Doblarlo contra el suelo. Conservó el equilibrio
        Hasta llegar arriba, trepando con cuidado,
        Con la misma destreza que uno emplea al llenar
        La copa hasta el borde, y aun arriba del borde.
        Entonces, de un envión, disparaba los pies
        Hacia afuera y saltaba del aire hasta la tierra.
        Yo fui también, antaño, un columpiador de árboles;
        Muy a menudo sueño en que volveré a serlo,
        Cuando me hallo cansado de mis meditaciones,
        Y la vida parece un bosque sin caminos donde,
        Al vagar por él, sentirnos en la cara
        Ardiente el cosquilleo de rotas telarañas,
        Y un ojo lagrimea a causa de una brizna,
        Y quisiera alejarme de la tierra algún tiempo,
        Para luego volver y empezar otra vez.
        Que jamás el destino, comprendiéndome mal,
        Me otorgue la mitad de lo que anhelo
        Y me niegue el regreso. Nada hay, para el amor,
        Como la tierra; ignoro si existe mejor sitio.
        Quisiera encaramarme a un abedul, trepar,
        Por las ramas oscuras del blanquecino tronco
        Y subir hacia el cielo, hasta que el abedul,
        Doblándose vencido, me volviese a la tierra.
        Subir y regresar sería muy hermoso.
        Pues hay cosas peores en la vida que ser
        Un columpiador de árboles.

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      Ahora me voy afuera caminando

        Ahora me voy afuera caminando
        El desierto del mundo,
        Y mis zapatos y mis medias
        No me molestan.
        Dejo atrás
        Buenos amigos en la ciudad.
        Dejemos que beban bastante vino
        Y luego se acuesten.
        No crean que me voy
        Desterrado a la oscuridad exterior,
        Como Adán y Eva
        Fueron expulsados del Paraíso.
        Olvida el mito.
        No hay nadie
        Que pueda expulsarme de aquí
        Ninguno que pueda echarme fuera.
        A menos que me equivoque
        Sólo obedezco
        La llamada de este canto:
        ¡Me voy, zarpo ahora!
        Y podría volver
        Si no me siento satisfecho
        Con lo que he aprendido
        Al haber muerto.

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      Alto en el bosque en una noche de invierno

        Me imagino de quién son estos bosques.
        Pero en el pueblo su casa se encuentra;
        Mo me verá parada en este sitio,
        Ante sus bosques cubiertos de nieve.
        Mi pequeño caballo encuentra insólito
        Parar aquí, sin ninguna alquería
        Entre el halado lago y estos bosques,
        En la noche más lóbrega del año.
        Las campanillas del arnés sacude
        Como si presintiera que ocurre algo…
        Sólo se oye otro son: el sigiloso
        Paso del viento entre los copos blandos.
        ¡Qué bellos son los bosques, y sombríos!
        Pero tengo promesas que cumplir,
        Y andar mucho camino sin dormir,
        Y andar mucho camino sin dormir.

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      Arrobamiento

        La lluvia le dijo al viento:
        -Empuja tú que yo azoto-
        Y tanto hirieron el soto
        Que de las flores altivas,
        Doblegadas pero vivas,
        Yo sentía el sufrimiento.

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      El camino no elegido

        Dos caminos divergieron en un bosque,
        Y afligido porque no podría caminar ambos
        Siendo un solo viajero, estuve largo tiempo de pie
        Mirando uno de ellos tan lejos como la vista alcanza,
        Hasta donde se perdía en la maleza.
        Entonces tomé el otro, imparcialmente,
        Y habiendo tenido quizás la elección acertada,
        Pues era tupido y agradable de caminar;
        Aunque en cuanto a lo que vi allí
        Hubiera elegido cualquiera de los dos.
        Y ambos esa mañana yacían igualmente,
        En ninguno de los dos hubiera pisado hojas negras.
        ¡Oh, había guardado aquel primero para otro día!
        Aun sabiendo la inexorable manera en que las cosas siguen u curso,
        Dudé si debí haber regresado sobre mis pasos.
        Debo estar diciendo esto con un suspiro
        Que en alguna parte envejece y hace envejecer,
        Dos caminos divergieron en un bosque,
        Yo tomé el menos transitado,
        Y eso ha representado toda la diferencia.

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      El pastizal

        Sólo rastrillaré las hojas secas.
        (Y quizás me detenga hasta ver clara el agua.)
        No, no tardaré mucho. -Ven también.
        Voy a buscar el lindo ternerillo
        Que se apoya en su madre. Es tan pequeño
        Que cuando ella lo lame se menea.
        No tardaré mucho. -Ven también.

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      El peligro de la esperanza

        Es justo allí
        A mitad de camino entre
        El huerto desnudo
        Y el huerto verde,
        Cuando las ramas están a punto
        De estallar en flor,
        En rosa y blanco,
        Que tememos lo peor.
        Pues no hay región
        Que a cualquier precio
        No elija ese tiempo
        Para una noche de escarcha.

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      El potro desbocado

        Tiempo ha, cuando la nieve empezaba a caer,
        Nos detuvimos junto, a unos pastos... ¿De quién será
        Aquel potro?", dijimos. El pequeño Morgan había
        Puesto una pata delantera sobre el muro de piedra
        Y la otra sobre el pecho, encogida. Agachando
        La cabeza, nos contempló un instante y huyó.
        Escuchamos el diminuto retumbo de su fuga,
        Y nos pareció verle, una sombra gris recortándose
        Contra el inmenso cortinaje de los copos de nieve.
        "Ese pequeño está asustado de la nieve que cae.
        No conoce el invierno. Para ese pequeñuelo
        No es cosa baladí. Y huye trotando.
        Ni su madre podría decirle: "¡Quieto! ¡Es sólo el tiempo!"
        El pensaría que ella sólo habla por hablar.
        ¿Dónde estará su madre? ¿Por qué no va con él?"
        El potro ya regresa con su pétreo repiqueteo,
        Salta de nuevo el muro con ojos blanquecinos
        Y erguida la cola sin pelo.
        Hace temblar su piel como si sacudiera moscas.
        "Quienquiera que deja ese potro afuera tan tarde,
        Cuando los demás animales están en el establo,
        Hay que avisarle para que salga y lo haga entrar."

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      El teléfono

        Cuando hoy me hallaba yo lejos de aquí,
        Paseando solo,
        Quieta y tranquila era la tarde.
        Sobre una flor incliné mi cabeza
        Y oí tu voz.
        ¡Oh, no digas que no, porque entendí...
        ¡Me hablaste desde aquella flor que está en la ventana.
        ¿Has olvidado lo que me dijiste?
        "Pero dime antes qué creiste oír."
        "Esquivando una abeja de la flor,
        Incliné mi cabeza
        Y, cogiéndola luego por el tallo,
        Escuché y oí, clara, la palabra...
        ¿Pronunciaste mi nombre? ¿O bien dijiste...?
        Sí, alguien dijo: "¡Ven!", mientras yo me inclinaba."
        "Si acaso lo pensaba, no lo dije en voz alta."
        "Por eso regresé."

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      Fuego y hielo

        Algunos dicen que el mundo acabará entre llamas,
        Otros dicen que entre hielos.
        De lo que yo he saboreado del deseo
        Estoy de acuerdo con aquellos que favorecen el fuego.
        Pero si tuviera que perecer dos veces,
        Creo que conozco bastante de odio
        Como para saber que, para la destrucción,
        El hielo es poderoso
        Y bastaría también.

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      Lo más próximo

        Pensó que a solas podía captar el universo entero;
        Pero la única voz que obtuvo por respuesta
        Fue el falso eco de sí mismo
        Que procedía del precipicio,
        al otro lado del lago.

        Una mañana, desde una roca de la playa,
        Clamó que lo que él quería en la vida
        No era una mera copia hablada de su propio amor
        Sino un amor correspondido, y con voz propia.
        Y la única respuesta encarnada
        Capaz de dar respuesta a su queja matinal
        Comenzó a descender, en la otra orilla,
        por el talud del acantilado hasta el lago
        para zambullirse después en las distantes aguas.

        Pero cuando tras nadar un buen trecho se aproximó a su orilla
        En lugar de poseer forma humana
        Y de ser quien él tanto había anhelado
        Resultó ser un gran macho cabrío, que aparecía poderoso
        apartando las encrespadas aguas con su enorme pecho.
        Y al llegar a tierra
        Desprendiendo agua como una cascada,
        Comenzó a tambalearse a través de las rocas con su cornamenta,
        Hasta que se perdió en la maleza -y eso fue todo-.

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      Nada dorado permanece

        El primer matiz de la naturaleza es dorado,
        Y para mantener su verde más intenso,
        Su hoja temprana es una flor
        Que vive tan solo una hora.
        Y entonces la hoja muere para caer;
        Así se hundió el Edén muy a su pesar,
        Así el alba desciende día a día,
        Pues nada dorado permanece.

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      Noche invernal de un anciano

        Más allá de las puertas, a través de la helada
        Que cubre la ventana formando unas estrellas
        Dispersas, en la sombra, el mundo esta mirando
        Su cara: está vacía la habitación. Y duerme.
        La lámpara inclinada muy cerca de su rostro
        Le impide ver el mundo. Ya no recuerda nada.
        Y la vejez le impide recordar en qué tiempo
        Llegó hasta estos lugares, y por qué está aquí solo.
        Rodeado de toneles se encuentra aquí perdido.
        Sus pasos temblorosos hacen temblar el sótano:
        Lo asusta con sus pasos temblorosos: y asusta
        Otra vez a la noche (la noche de sonidos
        Familiares). Los árboles aúllan allá afuera;
        Todas las ramas crujen. Una luz hay tan sólo
        Para su rostro, quieta, una luz en la noche.
        A la Luna confía —en esa Luna rota
        Que por ahora vale más que el sol— el cuidado
        De velar por la nieve que yace sobre el techo,
        De velar los carámbanos que cuelgan desde el muro.
        Sigue durmiendo. Un leño se derrumba en la estufa.
        Despierta con el ruido. Sobresaltado cambia
        De lugar. Es la noche. Respira suavemente.
        No puede un viejo solo llenar toda una casa,
        Un rincón de los campos, una granja. No puede.
        Así un anciano guarda la casa solitaria,
        En la noche de invierno. Y está solo. Está solo.
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      Siega

        En la linde del bosque no había más sonido
        Que el leve cuchicheo de una larga guadaña
        Hablando con la tierra. No sé qué le diría.
        Quizás le contaba algo sobre el calor del sol,
        O quizás algo acerca de aquel vasto silencio,
        Y por esto su voz no era más que susurro.
        No le hablaba de un sueño nacido de los ocios,
        Ni de oro regalado por algún hada o duende:
        Fuera de la verdad, todo parece frágil
        Para el ferviente amor que alineó gavillas,
        No sin dejar algunas flores (blancas orquídeas),
        Y asustó a una serpiente de un verde brillante.
        El sueño más hermoso que el trabajo conoce
        Son los hechos. Mi larga guadaña susurró,
        Y olvidóse del heno.

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      Una vez, junto al pacífico

        Las aguas agitadas con gran fragor rompían.
        Y las olas cimeras, al ver las que venían,
        Hacer algo querían a la costa cercana
        Que el mar jamás ha hecho a la tierra su hermana.
        Bajas e hirsutas eran las nubes en el cielo,
        Como guedejas sobre unos ojos de anhelo.
        Diríase, en verdad, sin poder dar razones,
        Que agradaba a la costa tener sus farallones,
        Y a estos ser sostenidos por todo un continente.
        Se acercaba una noche de tiniebla evidente,
        Y no sólo una noche, sino una época horrible.
        Habría que aprestarse contra un furor posible,
        Pues vendría algo más que olas en algazara
        Cuando su último ¡Apáguese la luz! Dios decretara.

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