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    Información biográfica

  1. A Federico García Lorca
  2. A galopar
  3. A Luis Cernuda, aire del sur buscado en Inglaterra
  4. A Miss X, enterrada en el viento del oeste
  5. A Pablo Neruda, con Chile en el corazón
  6. A Rosa de Alberti
  7. Agua de Roma
  8. Alguien
  9. Amaranta
  10. Balada del que nunca fue a Granada
  11. Canción VIII
  12. Canto, río, con tus aguas
  13. Colegio
  14. Con él
  15. Corrida de toros
  16. Cuba dentro de un piano
  17. Desahucio
  18. El aburrimiento
  19. El alba denominadora
  20. El ángel avaro
  21. El ángel bueno
  22. El ángel de la ira
  23. El ángel de los números
  24. El ángel del misterio
  25. El blanco alhelí, modas
  26. El farolero y su novia
  27. El mar
  28. El negro alhelí, la maldecida
  29. El niño de la palma
  30. El verde alhelí, playeras
  31. Elegía a Garcilaso
  32. En el día de su muerte a mano armada
  33. Ese general
  34. Grumete
  35. Hace falta estar ciego
  36. Invitación al aire
  37. La paloma
  38. Lo que dejé por ti
  39. Los ángeles bélicos
  40. Los ángeles muertos
  41. Madrigal al billete de tranvía
  42. Malva luna de hielo
  43. Me digo y me retedigo
  44. Mi corza
  45. Muerte y juicio
  46. Nocturno (I)
  47. Nocturno (II)
  48. ¡Oh tú, mi amor!
  49. Paraíso perdido
  50. Pirata
  51. Pregón
  52. Salinero
  53. San Rafael (Sierra de Guadarrama)
  54. Recuerdos del cielo
  55. Se asombró el gallo
  56. Se despertó una mañana
  57. Se equivocó la paloma
  58. Si mi voz muriera en tierra
  59. Sueño del marinero
  60. Vaivén


        Información biográfica

          Nombre: Rafael Alberti Merello
          Lugar y fecha nacimiento: Puerto Sta. María, Cádiz (España) 16 diciembre 1902
          Lugar y fecha defunción: Puerto Sta. María, Cádiz (España), 28 octubre 1999 (96 años)

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          A Federico García Lorca

            Sal tú, bebiendo campos y ciudades,
            En largo ciervo de agua convertido,
            Hacia el mar de las albas claridades,
            Del martín-pescador mecido nido;

            Que yo saldré a esperarte, amortecido,
            Hecho junco, a las altas soledades,
            Herido por el aire y requerido
            Por tu voz, sola entre las tempestades.

            Deja que escriba, débil junco frío,
            Mi nombre en esas aguas corredoras,
            Que el viento llama, solitario, río.

            Disuelto ya en tu nieve el nombre mío,
            Vuélvete a tus montañas trepadoras,
            Ciervo de espuma, rey del monterío.

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          A galopar

            Las tierras, las tierras, las tierras de España,
            Las grandes, las solas, desiertas llanuras.
            Galopa, caballo cuatralbo,
            Jinete del pueblo,
            Al sol y a la luna.

            ¡A galopar,
            A galopar,
            Hasta enterrarlos en el mar!

            A corazón suenan, resuenan, resuenan
            Las tierras de España, en las herraduras.
            Galopa, jinete del pueblo,
            Caballo cuatralbo,
            Caballo de espuma.

            ¡A galopar,
            A galopar,
            Hasta enterrarlos en el mar!

            Nadie, nadie, nadie, que enfrente no hay nadie;
            Que es nadie la muerte si va en tu montura.
            Galopa, caballo cuatralbo,
            Jinete del pueblo,
            Que la tierra es tuya.

            ¡A galopar,
            A galopar,
            Hasta enterrarlos en el mar!

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          A Luis Cernuda, aire del sur buscado en Inglaterra

            Si el aire se dijera un día:
            —Estoy cansado,
            Rendido de mi nombre... Ya no quiero
            Ni mi inicial para firmar el bucle
            Del clavel, el rizado de la rosa,
            El pliegecillo fino del arroyo,
            El gracioso volante de la mar y el hoyuelo
            Que ríe en la mejilla de la vela...

            Desorientado, subo de las blandas,
            Dormidas superficies
            Que dan casa a mi sueño.
            Fluyo de las paradas enredaderas, calo
            Los ciegos ajimeces de las torres;
            Tuerzo, ya pura delgadez, las calles
            De afiladas esquinas, penetrando,
            Roto y herido de los quicios, hondos
            Zaguanes que se van a verdes patios
            Donde el agua elevada me recuerda,
            Dulce y desesperada, mi deseo...

            Busco y busco llamarme
            ¿Con qué nueva palabra, de qué modo?
            ¿No hay soplo, no hay aliento,
            Respiración capaz de poner alas
            A esa desconocida voz que me denomine?

            Desalentado, busco y busco un signo,
            Un algo o alguien que me sustituya
            Que sea como yo y en la memoria
            Fresca de todo aquello, susceptible
            De tenue cuna y cálido susurro,
            Perdure con el mismo
            Temblor, el mismo hálito
            Que tuve la primera
            Mañana en que al nacer, la luz me dijo:
            —Vuela. Tú eres el aire.

            Si el aire se dijera un día eso...

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          A Miss X, enterrada en el viento del oeste

            ¡Ah, Miss X, Miss X: 20 años!
            Blusas en las ventanas,
            Los peluqueros
            Lloran sin tu melena
            —Fuego rubio cortado—.
            ¡Ah, Miss X, Miss X sin sombrero,
            Alba sin colorete,
            Sola,
            Tan libre,
            Tú,
            En el viento!
            No llevabas pendientes.
            Las modistas, de blanco, en los balcones,
            Perdidas por el cielo.
            —¡A ver!
            ¡Al fin!
            ¿Qué?
            ¡No!
            Sólo era un pájaro,
            No tú,
            Miss X niña.
            El barman, ¡oh, qué triste!
            (Cerveza.
            Limonada.
            Whisky.
            Cocktail de ginebra.)
            Ha pintado de negro las botellas.
            Y las banderas,
            Alegrías del bar,
            De negro, a media asta.
            ¡Y el cielo sin girar tu radiograma!
            Treinta barcos,
            Cuarenta hidroaviones
            Y un velero cargado de naranjas,
            Gritando por el mar y por las nubes.
            Nada.

            ¡Ah, Miss X! ¿Adónde?
            S. M. el Rey de tu país no come.
            No duerme el Rey.
            Fuma.
            Se muere por la costa en automóvil.
            Ministerios,
            Bancos del oro,
            Consulados,
            Casinos,
            Tiendas,
            Parques,
            Cerrados.
            Y, mientras, tú, en el viento
            —¿Te aprietan los zapatos?—,
            Miss X, de los mares
            —Di, ¿te lastima el aire?—.
            ¡Ah, Miss X, Miss X, qué fastidio!
            Bostezo.
            Adiós...
            Good bye...
            (Ya nadie piensa en ti. Las mariposas
            De acero,
            Con las alas tronchadas,
            Incendiando los aires,
            Fijas sobre las dalias
            Movibles de los vientos.
            Sol electrocutado.
            Luna carbonizada.
            Temor al oso blanco del invierno.
            Veda.
            Prohibida la caza
            Marítima, celeste,
            Por orden del Gobierno.
            Ya nadie piensa en ti, Miss X niña.)

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          A Pablo Neruda, con Chile en el corazón

            No dormiréis, malditos de la espada,
            Cuervos nocturnos de sangrientas uñas,
            Tristes cobardes de las sombras tristes,
            Violadores de muertos.

            No dormiréis.

            Su noble canto, su pasión abierta,
            Su estatura más alta que las cumbres,
            Con el cántico libre de su pueblo
            Os ahogarán un día.

            No dormiréis.

            Venid a ver su casa asesinada,
            La miseria fecal de vuestro odio,
            Su inmenso corazón pisoteado,
            Su pura mano herida.

            No dormiréis.

            No dormiréis porque ninguno duerme.
            No dormiréis porque su luz os ciega.
            No dormiréis porque la muerte es sólo
            Vuestra victoria.

            No dormiréis jamás porque estáis muertos.

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          A Rosa de Alberti

            Rosa de Alberti allá en el rodapié
            Del mirador del cielo se entreabría,
            Pulsadora del aire y prima mía,
            Al cuello un lazo blanco de moaré.

            El barandal del arpa, desde el pie
            Hasta el bucle en la nieve, la cubría.
            Enredando sus cuerdas, verdecía,
            Alga en hilos, la mano que se fue.

            Llena de suavidades y carmines,
            Fanal de ensueño, vaga y voladora,
            Voló hacia los más altos miradores.

            ¡Miradla querubín de querubines,
            Del vergel de los aires pulsadora.
            Pensativa de Alberti entre las flores!

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          Agua de Roma

            Oyes correr en Roma eternamente,
            En la noche, en el día, a toda hora
            El agua, el agua, el agua corredora
            De una fuente a otra fuente y otra fuente.

            Arrebatada, acústica, demente,
            Infinita insistencia corredora,
            Cante en lo oscuro, gima bullidora,
            Es su fija locura ser corriente.

            Ría de un ojo, llore de unos senos,
            Salte de un caracol, de entre la boca
            De la más afilada dentadura.

            O de las ingles de unos muslos llenos,
            Correrá siempre, desbandada y loca
            Libre y presa y perdida en su locura.

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          Alguien

            Alguien barre
            Y canta
            Y barre
            (Zuecos en la madrugada).
            Alguien
            Dispara las puertas.
            ¡Qué miedo,
            Madre!
            (¡Ay, los que en andas del viento,
            En un velero a estas horas
            Vayan arando los mares!)
            Alguien barre
            Y canta
            Y barre.
            Algún caballo, alejándose,
            Imprime su pie en el eco
            De la calle.
            ¡Qué miedo,
            Madre!
            ¡Si alguien llamara a la puerta!
            ¡Si se apareciera padre
            Con su túnica talar
            Chorreando!...
            ¡Qué horror,
            Madre!
            Alguien barre
            Y canta
            Y barre.

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          Amaranta

            ... calzó de viento ...
            Góngora

            Rubios, pulidos senos de Amaranta,
            Por una lengua de lebrel limados.
            Pórticos de limones, desviados
            Por el canal que asciende a tu garganta.

            Rojo, un puente de rizos se adelanta
            E incendia tus marfiles ondulados.
            Muerde, heridor, tus dientes desangrados,
            Y corvo, en vilo, al viento te levanta.

            La soledad, dormida en la espesura,
            Calza su pie de céfiro y desciende
            Del olmo alto al mar de la llanura.

            Su cuerpo en sombra, oscuro, se le enciende,
            Y gladiadora, como un ascua impura,
            Entre Amaranta y su amador se tiende.

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          Balada del que nunca fue a Granada

            ¡Qué lejos por mares, campos y montañas!
            Ya otros soles miran mi cabeza cana. Nunca fui a Granada.
            Mi cabeza cana, los años perdidos.
            Quiero hallar los viejos, borrados caminos.
            Nunca vi Granada.

            Dádle un ramo verde de luz a mi mano.
            Una rienda corta y un galope largo.
            Nunca entré en Granada.
            ¿Qué gente enemiga puebla sus adarves?
            ¿Quién los claros ecos libres de sus aires?
            Nunca fui a Granada.

            ¿Quién hoy sus jardines aprisiona y pone
            Cadenas al habla de sus surtidores?
            Nunca vi Granada.

            Venid los que nunca fuisteis a Granada.
            Hay sangre caída, sangre que me llama.
            Nunca entré en Granada.

            Hay sangre caída del mejor hermano.
            Sangre por los mirtos y aguas de los patios.
            Nunca fui a Granada.

            Del mejor amigo, por los arrayanes.
            Sangre por el Darro, por el Genil sangre.
            Nunca vi Granada.

            Si altas son las torres, el valor es alto.
            Venid por montañas, por mares y campos.

            Entraré en Granada.

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          Canción VIII

            Hoy las nubes me trajeron,
            Volando, el mapa de España.
            ¡Qué pequeño sobre el río,
            Y qué grande sobre el pasto
            La sombra que proyectaba!

            Se le llenó de caballos
            La sombra que proyectaba.
            Yo, a caballo, por su sombra
            Busqué mi pueblo y mi casa.

            Entré en el patio que un día
            Fuera una fuente con agua.
            Aunque no estaba la fuente,
            La fuente siempre sonaba.
            Y el agua que no corría
            Volvió para darme agua.

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          Canto, río, con tus aguas

            Canto, río, con tus aguas:

            De piedra, los que no lloran.
            De piedra, los que no lloran.
            De piedra, los que no lloran.

            Yo nunca seré de piedra.
            Lloraré cuando haga falta.
            Lloraré cuando haga falta.
            Lloraré cuando haga falta.

            Canto, río, con tus aguas:

            De piedra, los que no gritan.
            De piedra, los que no ríen.
            De piedra, los que no cantan.

            Yo nunca seré de piedra.
            Gritaré cuando haga falta.
            Reiré cuando haga falta.
            Cantaré cuando haga falta.

            Canto, río, con tus aguas:

            Espada, como tú, río.
            Como tú también, espada.
            También, como tú, yo, espada.

            Espada, como tú, río,
            Blandiendo al son de tus aguas:

            De piedra, los que no lloran.
            De piedra, los que no gritan.
            De piedra, los que no ríen.
            De piedra, los que no cantan.

          Arriba

          Colegio

            Veo los años,
            Los mismos que ahora escucho volver a mí esta tarde colgados de sotanas,
            Espantajos oscuros,
            Henchidos como cerdos de pez muerta que fueran navegando,
            Dejando tras de sí una cola de tinta goteada de esperma sucia y vómito.
            Oigo cómo me invaden crucifijos,
            Despiadadas penumbras de toses con rosarios y vía crucis
            Y un olor a café, a desayuno seco,
            Descompuesto en las bocas tibias de los confesionarios.
            No es posible que vuelva este mismo paisaje,
            Que reconquiste ni por un momento su sueño embrutecido de moscas,
            Formol y humo.
            No es posible otra vez este retrete sórdido de hábitos con eructos y sopa de tapioca.
            No es posible, no quiero,
            No es posible querer para vosotros la misma infancia y muerte.

          Arriba

          Con él

            Zarparé, al alba, del Puerto,
            Hacia Palos de Moguer,
            Sobre una barca sin remos.
            De noche, solo, ¡a la mar!
            ¡Y con el viento y contigo!
            Con tu barba negra tú,
            Yo barbilampiño.

          Arriba

          Corrida de toros

            De sombra, sol y muerte, volandera
            Grana zumbando, el ruedo gira herido
            Por un clarín de sangre azul torera.

            Abanicos de aplausos, en bandadas,
            Descienden, giradores, del tendido,
            La ronda a coronar de los espadas.

            Se hace añicos el aire, y violento,
            Un mar por media luna gris mandado
            Prende fuego a un farol que apaga el viento.

            ¡Buen caballito de los toros, vuela,
            Sin más jinete de oro y plata, al prado
            De tu gloria de azúcar y canela!

            Cinco picas al monte, y cinco olas
            Sus lomos empinados convirtiendo
            En verbena de sangre y banderolas.

            Carrusel de claveles y mantillas
            De luna macarena y sol, bebiendo,
            De naranja y limón, las banderillas.

            Blonda negra, partida por dos bandas,
            De amor injerto en oro la cintura,
            Presidenta del cielo y las barandas,

            Rosa en el palco de la muerte aún viva,
            Libre y por fuera sanguinaria y dura,
            Pero de corza el corazón, cautiva.

            Brindis, cristiana mora, a ti, volando,
            Cuervo mudo y sin ojos, la montera
            Del áureo espada que en el sol lidiando

            Y en la sombra, vendido, de puntillas,
            Da su junco a la media luna fiera,
            Y a la muerte su gracia, de rodillas.

            Veloz, rayo de plata en campo de oro
            Nacido de la arena y suspendido,
            Por un estambre, de la gloria, al toro,

            Mar sangriento de picas coronado,
            En Dolorosa grana convertido,
            Centrar el ruedo manda, traspasado.

            Feria de cascabel y percalina,
            Muerta la media luna gladiadora,
            De limón y naranja, remolina

            De la muerte, girando, y los toreros,
            Bajo una alegoría voladora
            De palmas, abanicos y sombreros.

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          Cuba dentro de un piano

            Cuando mi madre llevaba un sorbete de fresa por sombrero
            Y el humo de los barcos aun era humo de habanero.
            Mulata vuelta bajera.
            Cádiz se adormecía entre fandangos y habaneras
            Y un lorito al piano quería hacer de tenor.
            Dime dónde está la flor que el hombre tanto venera.
            Mi tío Antonio volvía con su aire de insurrecto.
            La Cabaña y el Príncipe sonaban por los patios del Puerto.
            (Ya no brilla la Perla azul del mar de las Antillas.
            Ya se apagó, se nos ha muerto).
            Me encontré con la bella Trinidad.
            Cuba se había perdido y ahora era verdad.
            Era verdad, no era mentira.
            Un cañonero huido llegó cantándolo en guajiras.
            La Habana ya se perdió. Tuvo la culpa el dinero...
            Calló, cayó el cañonero.
            Pero después, pero ¡ah! después...
            Fue cuando al SÍ lo hicieron YES.

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          Desahucio

            Ángeles malos o buenos,
            Que no sé,
            Te arrojaron en mi alma.
            Sola,
            Sin muebles y sin alcobas,
            Deshabitada.
            De rondón, el viento hiere
            Las paredes,
            Las más finas, vítreas láminas.
            Humedad. Cadenas. Gritos.
            Ráfagas.
            Te pregunto:
            ¿Cuándo abandonas la casa?
            Dime,
            ¿Qué ángeles malos, crueles,
            Quieren de nuevo alquilarla?
            Dímelo.

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          El aburrimiento

            Poema escénico.

            Me aburro.
            Me aburro.
            Me aburro.
            ¡Cómo en Roma me aburro!
            Más que nunca me aburro.
            Estoy muy aburrido.
            ¡Qué aburrido estoy!
            Quiero decir de todas las maneras
            Lo aburrido que estoy.
            Todos ven en mi cara mi gran aburrimiento.

            Innegable, señor.
            Es indisimulable.
            ¿Está usted aburrido?
            Me parece que está usted aburrido.
            Dígame, ¿a dónde va tan aburrido?
            ¿Que usted va a las iglesias con ese aburrimiento?
            No es posible, señor, que vaya a las iglesias
            Con ese aburrimiento.
            ¿Que a los museos dice siendo tan aburrido?
            ¿Quién no siente en mi andar lo aburrido que estoy?
            ¡Qué aire de aburrimiento!
            A la legua se ve su gran aburrimiento.

            Mi gran aburrimiento.
            Lo aburrido que estoy.
            Y sin embargo, ¡oh!
            He pisado una caca
            Acabo de pisar ¡Santo Dios!, una caca
            Dicen que trae suerte el pisar una caca
            Que trae mucha suerte el pisar una caca
            ¿Suerte, señores, suerte?
            ¿La suerte, la suerte?
            Estoy pegado al suelo.
            No puedo caminar.
            Ahora sí que ya nunca volveré a caminar.
            Me aburro, ay, me aburro.
            Más que nunca me aburro.
            Muero de aburrimiento.
            No hablo más
            Me morí.

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          El alba denominadora

            A embestidas suaves y rosas, la madrugada te iba poniendo nombres:
            Sueño equivocado, Ángel sin salida, Mentira de lluvia en bosque.
            Al lindero de mi alma, que recuerda los ríos,
            indecisa, dudó, inmóvil:
            ¿Vertida estrella, Confusa luz en llanto, Cristal sin voces?
            No.
            Error de nieve en agua, tu nombre.

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          El ángel avaro

            Gentes de las esquinas
            De pueblos y naciones que no están en el mapa
            Comentaban.
            —Ese hombre está muerto
            Y no lo sabe.
            Quiere asaltar la banca,
            Robar nubes, estrellas, cometas de oro,
            Comprar lo más difícil:
            El cielo:
            Y ese hombre está muerto.
            Temblores subterráneos le sacuden la frente.
            Tumbos de tierra desprendida,
            Ecos desvariados,
            Sones confusos de piquetas y azadas,
            Los oídos.
            Los ojos,
            Luces de acetileno,
            Húmedas, áureas galerías.
            El corazón,
            Explosiones de piedras, júbilos, dinamita.
            Sueña con las minas.

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          El ángel bueno

            Vino el que yo quería
            El que yo llamaba.
            No aquel que barre cielos sin defensas.
            Luceros sin cabañas,
            Lunas sin patria,
            Nieves.
            Nieves de esas caídas de una mano,
            Un nombre,
            Un sueño,
            Una frente.
            No aquel que a sus cabellos
            Ató la muerte.
            El que yo quería.
            Sin arañar los aires,
            Sin herir hojas ni mover cristales.
            Aquel que a sus cabellos
            Ató el silencio.
            Para sin lastimarme,
            Cavar una ribera de luz dulce en mi pecho
            Y hacerme el alma navegable.

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          El ángel de la ira

            Sin dueño, entre las ortigas,
            Piedra por pulir, brillabas.
            Pie invisible.
            Entre las ortigas, nada.
            Pie invisible de la ira.
            Lenguas de légamo, hundidas,
            Sordas, recordaron algo.
            Ya no estabas.
            ¿Qué recordaron?
            Se movió mudo el silencio
            Y dijo algo.
            No dijo nada.
            Sin saberlo,
            Mudó de rumbo mi sangre,
            Y en los fosos
            Gritos largos se cayeron.
            Para salvar mis ojos,
            Para salvarte a ti, qué
            Secreto.

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          El ángel de los números

            Vírgenes con escuadras
            Y compases, velando
            Las celestes pizarras.
            Y el ángel de los números,
            Pensativo, volando,
            Del 1 al 2, del 2
            Al 3, del 3 al 4.
            Tizas frías y esponjas
            Rayaban y borraban
            La luz de los espacios.
            Ni sol, luna, ni estrellas,
            Ni el repentino verde
            Del rayo y el relámpago,
            Ni el aire. Sólo nieblas.
            Vírgenes sin escuadras,
            Sin compases, llorando.
            Y en las muertas pizarras,
            El ángel de los números,
            Sin vida, amortajado
            Sobre el 1 y el 2,
            Sobre el 3, sobre el 4...

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          El ángel del misterio

            Un sueño sin faroles y una humedad de olvidos,
            Pisados por un nombre y una sombra.
            No sé si por un nombre o muchos nombres,
            Si por una sombra o muchas sombras.
            Reveládmelo.

            Sé que habitan los pozos frías voces,
            Que son de un solo cuerpo o muchos cuerpos,
            De un alma sola o muchas almas.
            No sé.
            Decídmelo.

            Que un caballo sin nadie va estampando
            A su amazona antigua por los muros.
            Que en las almenas grita, muerto, alguien
            Que yo toqué, dormido, en un espejo,
            Que yo, mudo, le dije
            No sé.
            Explicádmelo.

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          El blanco alhelí, modas

            Tú no sabes lo que es eso
            Y ojalá nunca lo sepas
            En la boca el colorete,
            Las melenitas cortadas,
            El cuerpo sobre la falda,
            Y las medias transparentes.
            ¡Viva toda tú, franjada
            De redondeles de grana!

            ¿No sabes que ya las rosas
            No son del tiempo, en la cara?
            Si a ti las pinta el aire,
            ¡Mejor que mejor, serrana!

            ¿No sabes que los cabellos
            Los peinan peines de plata?
            Si a ti los peina el viento,
            ¡Mejor que mejor, serrana!

            ¿No sabes tú que las medias
            Son de seda y no de lana?
            Si son de algodón las tuyas,
            ¡Mejor que mejor, serrana!

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          El farolero y su novia

            —Bien puedes amarme aquí,
            Que la luna yo encendí,
            Tú, por ti, sí, tú, por ti.
            —Sí, por mí.
            —Bien puedes besarme aquí,
            Faro, farol farolera,
            La más álgida que vi.
            —Bueno, sí.
            —Bien puedes matarme aquí,
            Gélida novia lunera
            Del faro farolerí.
            —Ten. ¿Te di?

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          El mar, la mar

            ¿Por qué me trajiste, padre,
            A la ciudad?
            ¿Por qué me desenterraste
            Del mar?
            En sueños, la marejada
            Me tira del corazón.
            Se lo quisiera llevar.
            Padre, ¿por qué me trajiste
            Acá?

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          El negro alhelí, la maldecida

            No quiero, no, que te rías,
            Ni que te pintes de azul los ojos,
            Ni que te empolves de arroz la cara,
            Ni que te pongas la blusa verde,
            Ni que te pongas la falda grana.

            Que quiero verte muy seria,
            Que quiero verte siempre muy pálida,
            Que quiero verte siempre llorando,
            Que quiero verte siempre enlutada.

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          El niño de la palma

            ¡Qué revuelo!

            ¡Aire, que al toro torillo
            Le pica el pájaro pillo
            Que no pone el pie en el suelo!

            ¡Qué revuelo!

            Ángeles con cascabeles
            Arman la marimorena,
            Plumas nevando en la arena
            Rubí de los redondeles.
            La Virgen de los caireles
            Baja una palma del cielo.

            ¡Qué revuelo!

            —Vengas o no en busca mía,
            Torillo mala persona,
            Dos cirios y una corona
            Tendrás en la enfermería.

            ¡Qué alegría!
            ¡Cógeme, torillo fiero!
            ¡Qué salero!

            De la gloria a tus pitones,
            Bajé, gorrión de oro,
            A jugar contigo al toro,
            No a pedirte explicaciones.
            ¡A ver si te las compones
            Y vuelves vivo al chiquero!

            ¡Qué salero!
            ¡Cógeme, torillo fiero!

            Alas en las zapatillas,
            Céfiros en las hombreras,
            Canario de las barreras,
            Vuelas con las banderillas.
            Campanillas
            Ye nacen en las chorreras.

            ¡Qué salero!
            ¡Cógeme, torillo fiero!

            Te digo y te lo repito,
            Para no comprometerte,
            Que tenga cuernos la muerte
            A mí se me importa un pito.
            Da, toro torillo, un grito
            Y, ¡a la gloria en angarillas!

            ¡Qué salero!
            ¡Que te arrastran las mulillas!
            ¡Cógeme, torillo fiero!

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          El verde alhelí, playeras

            II

            A la sombra de una barca,
            Fuera de la mar, dormido.

            Descalzo y el torso al aire.
            Los hombros, contra la arena.
            Y contra la arena, el sueño,
            A la sombra de una barca
            Fuera de la mar, sin remos.

            XVII

            ¡Quién cabalgara el caballo
            De espuma azul de la mar!

            De un salto
            ¡Quién cabalgara la mar!

            ¡Viento, arráncame la ropa!
            ¡Tírala, viento, a la mar!

            De un salto,
            Quiero cabalgar la mar.

            ¡Amárrame a los cabellos,
            Crin de los vientos de mar!

            De un salto,
            Quiero ganarme la mar.

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          Elegía a Garcilaso

            ... antes de tiempo y casi en flor cortada.
            Garcilaso de la Vega

            Hubierais visto llorar a las yedras cuando el agua más triste se pasó toda una noche velando a un yelmo ya sin alma,
            A un yelmo moribundo sobre una rosa nacida en el vaho que duerme los espejos de los castillos
            A esa hora en que los nardos más secos se acuerdan de su vida al ver que las violetas difuntas abandonan sus cajas
            Y los laúdes se ahogan por arrollarse a sí mismos.
            Es verdad que los fosos inventaron el sueño y los fantasmas.
            Yo no sé lo que mira en las almenas esa inmóvil armadura vacía.
            ¿Cómo hay luces que decretan tan pronto la agonía de las espadas
            Si piensan en que un lirio es vigilado por hojas que duran mucho más tiempo?
            Vivir poco y llorando es el sino de la nieve que equivoca su ruta.
            En el sur siempre es cortada casi en flor el ave fría.

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          En el día de su muerte a mano armada

            Decidme de una vez si no fue alegre todo aquello
            5 x 5 entonces no eran todavía 25
            Ni el alba había pensado en la negra existencia de los malos cuchillos.
            Yo te juro a la luna no ser cocinero,
            Tú me juras a la luna no ser cocinera,
            Él nos jura a la luna no ser siquiera humo de tan tristísima cocina.
            ¿Quién ha muerto?
            La oca está arrepentida de ser pato,
            El gorrión de ser profesor de lengua china,
            El gallo de ser hombre,
            Yo de tener talento y admirar lo desgraciada
            Que suele ser en el invierno la suela de un zapato.
            A una reina se le ha perdido su corona,
            A un presidente de república su sombrero,
            A mí...
            Creo que a mí no se me ha perdido nada,
            Que a mí nunca se me ha perdido nada,
            Que a mí...
            ¿Qué quiere decir buenos días?

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          Ese general

            Aquí está el general.
            ¿Qué quiere el general?
            Una espada desea el general.
            Ya no existen espadas, general.
            ¿Qué quiere el general?
            Un caballo desea el general.
            Ya no existen caballos, general.
            ¿Qué quiere el general?
            Otra batalla quiere el general.
            Ya no existen batallas, general.
            ¿Qué quiere el general?
            Una amante desea el general.
            Ya no existen amantes, general.
            ¿Qué quiere el general?
            Un gran tonel de vino desea el general.
            Ya no hay tonel ni vino, general.
            ¿Qué quiere el general?
            Un buen trozo de carne desea el general.
            Ya no existen ganados, general.
            ¿Qué quiere el general?
            Comer yerbas desea el general.
            Ya no existen los pastos, general.
            ¿Qué quiere el general?
            Beber agua desea el general.
            Ya no existe más agua general.
            ¿Qué quiere el general?
            Dormir en una cama desea el general.
            Ya no hay cama ni sueño, general.
            ¿Qué quiere el general?
            Perderse por la tierra desea el general.
            Ya no existe la tierra, general.
            ¿Qué quiere el general?
            Morirse como un perro desea el general.
            Ya no existen los perros, general.
            ¿Qué quiere el general?
            ¿Qué quiere el general?
            Parece que está mudo el general.
            Parece que no existe el general.
            Parece que se ha muerto el general.
            Que ya ni como un perro se ha muerto el general,
            Que el mundo destruido, ya sin el general,
            Va a empezar nuevamente, sin ese general.

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          Grumete

            ¡No pruebes tú los licores!
            ¡Tú no bebas!

            ¡Marineros, bebedores,
            Los de las obras del puerto,
            Que él no beba!

            ¡Qué él no beba, pescadores!

            ¡Siempre sus ojos despiertos,
            Siempre sus labios abiertos
            A la mar, no a los licores!

            ¡Que él no beba!

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          Hace falta estar ciego

            Hace falta estar ciego,
            Tener como metidas en los ojos raspaduras de vidrio,
            Cal viva,
            Arena hirviendo,
            Para no ver la luz que salta en nuestros actos,
            Que ilumina por dentro nuestra lengua,
            Nuestra diaria palabra.

            Hace falta querer morir sin estela de gloria y alegría,
            Sin participación de los himnos futuros,
            Sin recuerdo en los hombres que juzguen el pasado sombrío de la tierra.

            Hace falta querer ya en vida ser pasado,
            Obstáculo sangriento,
            Cosa muerta,
            Seco olvido.

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          Invitación al aire

            Te invito, sombra, al aire.
            Sombra de veinte siglos,
            A la verdad del aire,
            Del aire, aire, aire.
            Sombra que nunca sales
            De tu cueva, y al mundo
            No devolviste el silbo
            Que al nacer te dio el aire,
            Del aire, aire, aire.
            Sombra sin luz, minera
            Por las profundidades
            De veinte tumbas, veinte
            Siglos huecos sin aire,
            Del aire, aire, aire.
            ¡Sombra, a los picos, sombra,
            De la verdad del aire,
            Del aire, aire, aire!

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          La paloma

            Se equivocó la paloma,
            Se equivocaba.
            Por ir al norte fue al sur,
            Creyó que el trigo era el agua.
            Creyó que el mar era el cielo
            Que la noche la mañana.
            Que las estrellas rocío,
            Que la calor la nevada.
            Que tu falda era tu blusa,
            Que tu corazón su casa.
            (Ella se durmió en la orilla,
            Tú en la cumbre de una rama.)

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          Lo que dejé por ti

            Dejé por ti mis bosques, mi perdida
            Arboleda, mis perros desvelados,
            Mis capitales años desterrados
            Hasta casi el invierno de la vida.

            Dejé un temblor, dejé una sacudida,
            Un resplandor de fuegos no apagados,
            Dejé mi sombra en los desesperados
            Ojos sangrantes de la despedida.

            Dejé palomas tristes junto a un río,
            Caballos sobre el sol de las arenas,
            Dejé de oler la mar, dejé de verte.

            Dejé por ti todo lo que era mío.
            Dame tú, Roma, a cambio de mis penas,
            Tanto como dejé para tenerte.

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          Los ángeles bélicos

            Viento contra viento.
            Yo, torre de mando, en medio.
            Remolinos de ciudades
            Bajan los desfiladeros.
            Ciudades del viento sur,
            Que me vieron.
            Por las neveras rodando,
            Pueblos.
            Pueblos que yo desconozco,
            Ciudades del viento norte,
            Que no me vieron.
            Gentío de mar y tierra,
            Nombres, preguntas, recuerdos,
            Frente a frente.
            Balumbas de frío encono,
            Cuerpo a cuerpo.
            Yo, torre de mando, en medio,
            Lívida torre colgada
            De almas muertas que me vieron,
            Que no me vieron.
            Viento contra viento.

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          Los ángeles muertos

            Buscad, buscadlos:
            En el insomnio de las cañerías olvidadas,
            En los cauces interrumpidos por el silencio de las basuras.
            No lejos de los charcos incapaces de guardar una nube,
            Unos ojos perdidos,
            Una sortija rota
            O una estrella pisoteada.
            Porque yo los he visto:
            En esos escombros momentáneos que aparecen en las neblinas.
            Porque yo los he tocado:
            En el destierro de un ladrillo difunto,
            Venido a la nada desde una torre o un carro.
            Nunca más allá de las chimeneas que se derrumban,
            Ni de esas hojas tenaces que se estampan en los zapatos.
            En todo esto.
            Más en esas astillas vagabundas que se consumen sin fuego,
            En esas ausencias hundidas que sufren los muebles desvencijados,
            No a mucha distancia de los nombres y signos que se enfrían en las paredes.
            Buscad, buscadlos:
            Debajo de la gota de cera que sepulta la palabra de un libro
            O la firma de uno de esos rincones de cartas
            Que trae rodando el polvo.
            Cerca del casco perdido de una botella,
            De una suela extraviada en la nieve,
            De una navaja de afeitar abandonada al borde de un precipicio.

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          Madrigal al billete de tranvía

            Adonde el viento, impávido, subleva
            Torres de luz contra la sangre mía,
            Tú, billete, flor nueva,
            Cortada en los balcones del tranvía.

            Huyes, directa, rectamente liso,
            En tu pétalo un nombre y un encuentro
            Latentes, a ese centro
            Cerrado y por cortar del compromiso.

            Y no arde en ti la rosa, ni en ti priva
            El finado clavel, si la violeta
            Contemporánea, viva,
            Del libro que viaja en la chaqueta.

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          Malva luna de hielo

            Las floridas espaldas ya en la nieve,
            Y los cabellos de marfil al viento.
            Agua muerta en la sien, el pensamiento
            Color halo de luna cuando llueve.
            ¡Oh, qué clamor bajo del seno breve,
            Que palma al aire el solitario aliento!
            ¡Qué témpano, cogido al firmamento,
            El pie descalzo que a morir se atreve!
            Brazos de mar, en cruz, sobre la helada
            Bandeja de la noche; senos fríos,
            De donde surge, yerta, la alborada;
            ¡Oh piernas como dos celestes ríos,
            Malvaluna de hielo, amortajada
            Bajo los mares de los ojos míos!

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          Me digo y me retedigo

            Me digo y me retedigo.
            ¡Qué tonto!
            Ya te lo has tirado todo.
            Y ya no tienes amigo,
            Por tonto. Que aquel amigo
            Tan sólo iba contigo
            Porque eres tonto.
            ¡Qué tonto!
            Y ya nadie te hace caso,
            Ni tu novia, ni tu hermano,
            Ni la hermana de tu amigo,
            Porque eres tonto.
            ¡Qué tonto!
            Me digo y me lo redigo.

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          Mi corza

            En Ávila, mis ojos...
            Siglo XV

            Mi corza, buen amigo,
            Mi corza blanca.

            Los lobos la mataron
            Al pie del agua.

            Los lobos, buen amigo,
            Que huyeron por el río.

            Los lobos la mataron dentro del agua.

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          Muerte y juicio

            1. Muerte

            A un niño, a un solo niño que iba para piedra nocturna,
            Para ángel indiferente de una escala sin cielo...
            Mirad. Conteneos la sangre, los ojos.
            A sus pies, él mismo, sin vida.
            No aliento de farol moribundo,
            Ni jadeada amarillez de noche agonizante,
            Sino dos fósforos fijos de pesadilla eléctrica,
            Clavados sobre su tierra en polvo, juzgándola.
            Él, resplandor sin salida, lividez sin escape, yacente,
            Juzgándose.

            2. Juicio

            Tizo electrocutado, infancia mía de ceniza, a mis pies, tizo yacente.
            Carbunclo hueco, negro, desprendido de un ángel que iba para piedra nocturna,
            Para límite entre la muerte y la nada.
            Tú: yo: niño.
            Bambolea el viento un vientre de gritos anteriores al mundo
            A la sorpresa de la luz en los ojos de los recién nacidos,
            Al descenso de la vía láctea a las gargantas terrestres.
            Niño.
            Una cuna de llamas de norte a sur,
            De frialdad de tiza amortajada en los yelos,
            A fiebre de paloma agonizando en el área de una bujía;
            Una cuna de llamas meciéndote las sonrisas, los llantos.
            Niño.
            Las primeras palabras abiertas en las penumbras de los sueños sin nadie,
            En el silencio rizado de las albercas o en el eco de los jardines,
            Devoradas por el mar y ocultas hoy en un hoyo sin viento.
            Muertas, como el estreno de tus pies en el cansancio frío de una escalera.
            Niño.
            Las flores, sin piernas para huir de los aires crueles,
            De su espoleo continuo al corazón volante de las nieves y los pájaros,
            Desangradas en un aburrimiento de cartillas y pizarrines.
            4 y 4 son 18. Y la X, una K, una H, una J.
            Niño.
            En un trastorno de ciudades marítimas sin escrúpulos,
            De mapas confundidos y desiertos barajados,
            Atended a unos ojos que preguntan por los afluentes del cielo,
            A una memoria extraviada entre nombres y fechas.
            Niño.
            Perdido entre ecuaciones, triángulos, fórmulas y precipitados azules,
            Entre el suceso de la sangre, los escombros y las coronas caídas,
            Cuando los cazadores de oro y el asalto a la banca,
            En el rubor tardío de las azoteas
            Voces de ángeles te anunciaron la botadura y pérdida de tu alma.
            Niño.
            Y como descendiste al fondo de las mareas,
            A las urnas donde el azogue, el plomo y el hierro pretenden ser humanos,
            Tener honores de vida,
            A la deriva de la noche tu traje fue dejándote solo.
            Niño.
            Desnudo, sin los billetes de inocencia fugados en sus bolsillos,
            Derribada en tu corazón y sola su primera silla,
            No creíste ni en Venus, que nacía en el compás abierto de tus brazos.
            Ni en la escala de plumas que tiende el sueño de Jacob al de Julio Verne.
            Niño.
            Para ir al infierno no hace falta cambiar de sitio ni postura.

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          Nocturno (I)

            Toma y toma la llave de Roma,
            Porque en Roma hay una calle,
            En la calle hay una casa,
            En la casa hay una alcoba,
            En la alcoba hay una cama,
            En la cama hay una dama,
            Una dama enamorada,
            Que toma la llave,
            Que deja la cama,
            Que deja la alcoba,
            Que deja la casa,
            Que sale a la calle,
            Que toma una espada,
            Que corre en la noche,
            Matando al que pasa,
            Que vuelve a su calle,
            Que vuelve a su casa,
            Que sube a su alcoba,
            Que se entra en su cama,
            Que esconde la llave,
            Que esconde la espada,
            Quedándose Roma
            Sin gente que pasa,
            Sin muerte y sin noche,
            Sin llave y sin dama.

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          Nocturno (II)

            Cuando tanto se sufre sin sueño y por la sangre
            Se escucha que transita solamente la rabia,
            Que en los tuétanos tiembla despabilado el odio
            Y en las médulas arde continua la venganza,
            Las palabras entonces no sirven, son palabras.

            Balas, balas.

            Manifiestos, artículos, comentarios, discursos,
            Humaredas perdidas, neblinas estampadas,
            ¡Qué dolor de papeles que ha de barrer el viento,
            Qué tristeza de tinta que ha de borrar el agua!

            Balas, balas.

            Ahora sufro lo pobre, lo mezquino, lo triste,
            Lo desgraciado y muerto que tiene una garganta
            Cuando desde el abismo de su idioma quisiera
            Gritar lo que no puede por imposible, y calla.

            Balas, balas.

            Siento esta noche heridas de muerte las palabras.

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          ¡Oh tú, mi amor!

            Oh tú, mi amor, la de subidos senos
            En punta de rubíes levantados,
            Los más firmes, pulidos, deseados,
            Llenos de luz y de penumbras llenos.
            Hermosos, dulces, mágicos, serenos
            O en la batalla erguidos, agitados,
            O ya en juegos de puro amor besados,
            Gráciles corzas de dormir morenos.
            Oh tú, mi amor, el esmerado estilo
            De tu gran hermosura que en sigilo
            Casi muriendo alabo a toda hora.
            Oh tú, mi amor, yo canto la armonía
            De tus perfectos senos la alegría
            Al ver que se me abren cada aurora.

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          Paraíso perdido

            A través de los siglos,
            Por la nada del mundo,
            Yo, sin sueño, buscándote.

            Tras de mí, imperceptible,
            Sin rozarme los hombros,
            Mi ángel muerto, vigía.

            ¿A dónde el Paraíso
            Sombra, tú que has estado?
            Pregunta con silencio.

            Ciudades sin respuesta,
            Ríos sin habla, cumbres
            Sin ecos, mares mudos.

            Nadie lo sabe. Hombres
            Fijos, de pie, a la orilla
            Parada de las tumbas,

            Me ignoran. Aves tristes,
            Cantos petrificados
            En éxtasis el rumbo,

            Ciegas. No saben nada.
            Sin sol, vientos antiguos,
            Inertes, en las leguas

            Por andar, levantándose
            Calcinados, cayéndose
            De espaldas. Poco dicen.

            Diluidos, sin forma
            La verdad que en sí ocultan,
            Huyen de mí los cielos.

            Ya en el fin de la Tierra,
            Sobre el último filo,
            Resbalando los ojos,

            Muerta en mí la esperanza,
            Ese pórtico verde
            Busco en las negras simas.

            ¡Oh boquete de sombras!
            ¡Hervidero del mundo!
            ¡Qué confusión de siglos!

            ¡Atrás, atrás! ¡Qué espanto
            De tinieblas sin voces!
            ¡Qué perdida mi alma!

            Ángel muerto, despierta.
            ¿Dónde estás? Ilumina
            Con tu rayo el retorno.

            Silencio. Más silencio.
            Inmóviles los pulsos
            Del sinfín de la noche.

            ¡Paraíso perdido!
            Perdido por buscarte,
            Yo, sin luz para siempre.

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          Pirata

            Pirata de mar y cielo,
            Si no fui ya, lo seré.

            Si no robé la aurora de los mares,
            Si no la robé,
            Ya la robaré.

            Pirata de cielo y mar,
            Sobre un cazatorpederos,
            Con seis fuertes marineros,
            Alternos, de tres en tres.

            Si no robé la aurora de los cielos,
            Si no la robé,
            Ya la robaré.

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          Pregón

            ¡Vendo nubes de colores:
            Las redondas, coloradas,
            Para endulzar los calores!

            ¡Vendo los cirros morados
            Y rosas, las alboradas,
            Los crepúsculos dorados!

            ¡El amarillo lucero,
            Cogido a la verde rama
            Del celeste duraznero!

            ¡Vendo la nieve, la llama
            Y el canto del pregonero!

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          San Rafael (Sierra de Guadarrama)

            Zarza florida
            Rosal sin vida.
            Salí de mi casa, amante,
            Por ir al campo a buscarte.
            Y en una zarza florida
            Hallé la cinta prendida,
            De tu delantal, mi vida.
            Hallé tu cinta prendida,
            Y más allá, mi querida,
            Te encontré muy mal herida
            Bajo del rosal, mi vida.
            Zarza florida
            Rosal sin vida.
            Bajo del rosal sin vida.

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          Recuerdos del cielo

            Homenaje a Gustavo Adolfo Bécquer.

            Prólogo

            No habían cumplido años ni la rosa ni el arcángel.
            Todo, anterior al balido y al llanto.
            Cuando la luz ignoraba todavía
            Si el mar nacería niño o niña.
            Cuando el viento soñaba melenas que peinar
            Y claveles el fuego que encender y mejillas
            Y el agua unos labios parados donde beber.
            Todo, anterior al cuerpo, al nombre y al tiempo.
            Entonces yo recuerdo que, una vez, en el cielo...

            Primer recuerdo

            ... una azucena tronchada...
            Gustavo Adolfo Bécquer

            Paseaba con un dejo de azucena que piensa,
            Casi de pájaro que sabe ha de nacer.
            Mirándose sin verse a una luna que le hacía espejo el sueño
            Y a un silencio de nieve que le elevaba los pies.
            A un silencio asomada.
            Era anterior al arpa, a la lluvia y a las palabras.
            No sabía.
            Blanca alumna del aire,
            Temblaba con las estrellas, con la flor y los árboles.
            Su tallo, su verde talle.
            Con las estrellas mías
            Que, ignorantes de todo,
            Por cavar dos lagunas en sus ojos
            La ahogaron en dos mares.
            Y recuerdo...
            Nada más: muerta, alejarse.

            Segundo recuerdo

            ... rumor de besos y batir de alas...
            Gustavo Adolfo Bécquer

            También antes,
            Mucho antes de la rebelión de las sombras,
            De que al mundo cayeran plumas incendiadas
            Y un pájaro pudiera ser muerto por un lirio.
            Antes, antes que tú me preguntaras
            El número y el sitio de mi cuerpo.
            Mucho antes del cuerpo.
            En la época del alma.
            Cuando tú abriste en la frente sin corona del cielo
            La primera dinastía del sueño.
            Cuando tú, al mirarme en la nada,
            Inventaste la primera palabra.
            Entonces, nuestro encuentro.

            Tercer recuerdo

            ... detrás del abanico de plumas de oro...
            Gustavo Adolfo Bécquer

            Aún los valses del cielo no habían desposado al jazmín y la nieve,
            Ni los aires pensado en la posible música de tus cabellos,
            Ni decretado el rey que la violeta se enterrara en un libro.
            No.
            Era la era en que la golondrina viajaba
            Sin nuestras iniciales en el pico.
            En que las campanillas y las enredaderas
            Morían sin balcones que escalar y estrellas.
            La era
            En que al hombro de un ave no había flor que apoyara la cabeza.
            Entonces, detrás de tu abanico, nuestra luna primera.

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          Salinero

            Y ya estarán los esteros
            Rezumando azul de mar.
            ¡Dejadme ser, salineros, granito del salinar!

            ¡Qué bien, a la madrugada,
            Correr en las vagonetas
            Llenas de nieve salada,
            Hacia las blancas casetas!

            ¡Dejo de ser marinero,
            Madre, por ser salinero!

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          Se asombró el gallo

            Al alba, se asombró el gallo.
            El eco le devolvía
            Voz de muchacho.
            Se halló signos varoniles,
            El gallo.
            Se asombró el gallo.
            Ojos de amor y pelea,
            Saltó a un naranjo.

            Del naranjo, a un limonar;
            De los limones, a un patio;
            Del patio, saltó a una alcoba,
            El gallo.
            La mujer que allí dormía
            Lo abrazó.
            Se asombró el gallo.

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          Se despertó una mañana

            Se despertó una mañana.
            Soy la yerba,
            Llena de agua.
            Me llamo yerba. Si crezco,
            Puedo llamarme cabello.
            Me llamo yerba. Si salto
            Puedo ser rumor de árbol.
            Si grito, puedo ser pájaro
            Si vuelo
            Hubo temblores de hierba
            Aquella noche en el cielo.

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          Se equivocó la paloma

            Se equivocó la paloma.
            Se equivocaba.
            Por ir al norte, fue al sur.
            Creyó que el trigo era agua.
            Se equivocaba.

            Creyó que el mar era el cielo;
            Que la noche, la mañana.
            Se equivocaba.

            Que las estrellas, rocío;
            Que la calor, la nevada.
            Se equivocaba.

            Que tu falda era tu blusa;
            Que tu corazón, su casa.
            Se equivocaba.

            Ella se durmió en la orilla.
            Tú, en la cumbre de una rama.

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          Si mi voz muriera en tierra

            Si mi voz muriera en tierra,
            Llevadla al nivel del mar
            Y dejadla en la ribera.
            Llevadla al nivel del mar
            Y nombradla capitana
            De un blanco bajel de guerra.
            Oh mi voz condecorada
            Con la insignia marinera:
            Sobre el corazón un ancla
            Y sobre el ancla una estrella
            Y sobre la estrella el viento
            Y sobre el viento una vela.

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          Sueño del marinero

            Yo, marinero, en la ribera mía,
            Posada sobre un cano y dulce río
            Que da su brazo a un mar de Andalucía,

            Sueño en ser almirante de navío,
            Para partir el lomo de los mares,
            Al sol ardiente y a la luna fría.

            ¡Oh los hielos del sur! ¡Oh las polares
            Islas del norte! ¡Blanca primavera,
            Desnuda y yerta sobre los glaciares!

            ¡Cuerpo de roca y alma de vidriera!
            ¡Oh estío tropical, rojo, abrasado,
            Bajo el plumero azul de la palmera!

            Mi sueño, por el mar condecorado,
            Va sobre su bajel, firme, seguro,
            De una verde sirena enamorado,

            Concha del agua allá en su seno oscuro.
            ¡Arrójame a las ondas, marinero
            Sirenita del mar, yo te conjuro!

            ¡Sal de tu gruta, que adorarte quiero,
            Sal de tu gruta, virgen sembradora,
            A sembrarme en el pecho tu lucero!

            Ya está flotando el cuerpo de la aurora
            En la bandeja azul del océano
            Y la cara del cielo se colora.

            De carmín. Deja el vidrio de tu mano
            Disuelto en la alba urna de mi frente,
            Alga de nácar y cantadora en vano

            Bajo el vergel azul de la corriente.
            ¡Gélidos desposorios submarinos
            Con el ángel barquero del relente.

            Y la luna del agua por padrinos!
            El mar, la tierra, el aire, mi sirena,
            Surcaré atado a los cabellos finos.

            Y verdes de tu álgida melena.
            Mis gallardetes blancos enarbola,
            ¡Oh marinero!, ante la aurora llena.

            ¡Y ruede por el mar tu caracola!

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          Vaivén

            Por la tarde, ya al subir;
            Por la noche, ya al bajar;
            Yo quiero pisar la nieve
            Azul del Jacarandá.

            ¿Es azul, tarde delante?
            ¿Es lila, noche detrás?
            Yo quiero pisar la nieve
            Azul del Jacarandá.

            Si el pájaro serio canta
            Yo quiero pisar la nieve
            Azul del Jacarandá.

            Si el mirlo liliburlero,
            Que es lila su lilear;
            Yo quiero pisar la nieve
            Azul del Jacarandá.

            Ya nieve azul a la ida,
            Nieve lila al retornar;
            Yo quiero pisar la nieve
            Azul del Jacarandá.

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