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    Información biográfica

    Pablo Neruda - Parte I (poemas 1-100)
    Pablo Neruda - Parte II (poemas 101-200)
    Pablo Neruda - Parte III (poemas 201-273)

    Cien sonetos:

  1. Soneto I. Matilde, nombre de planta o piedra o vino
  2. Soneto II. Amor, cuántos caminos hasta llegar a un beso
  3. Soneto III. Áspero amor, violeta coronada de espinas
  4. Soneto IV. Recordarás aquella quebrada caprichosa
  5. Soneto V. No te toque la noche ni el aire ni la aurora
  6. Soneto VI. En los bosques, perdido, corté una rama oscura
  7. Soneto VII. "Vendrás conmigo" —dije— sin que nadie supiera
  8. Soneto VIII. Si no fuera porque tus ojos tienen color de luna
  9. Soneto IX. Al golpe de la ola contra la piedra indócil
  10. Soneto X. Suave es la bella
  11. Soneto XI. Tengo hambre de tu boca, de tu voz, de tu pelo
  12. Soneto XII. Plena mujer, manzana carnal, luna caliente
  13. Soneto XIII. La luz que de tus pies sube a tu cabellera
  14. Soneto XIV. Me falta tiempo para celebrar tus cabellos
  15. Soneto XV. Desde hace mucho tiempo la tierra te conoce
  16. Soneto XVI. Amo el trozo de tierra que tú eres
  17. Soneto XVII. No te amo como si fueras rosa de sal
  18. Soneto XVIII. Por las montañas vas como viene la brisa
  19. Soneto XIX. Mientras la magna espuma de Isla Negra
  20. Soneto XX. Mi fea, eres una castaña despeinada
  21. Soneto XXI. Oh que todo el amor propague en mí su boca
  22. Soneto XXII. Cuántas veces, amor, te amé sin verte
  23. Soneto XXIII. Fue luz el fuego y pan la luna rencorosa
  24. Soneto XXIV. Amor, amor, las nubes a la torre del cielo
  25. Soneto XXV. Antes de amarte, amor, nada era mío
  26. Soneto XXVI. Ni el color de las dunas terribles en Iquique
  27. Soneto XXVII. Desnuda eres tan simple como una de tus manos
  28. Soneto XXVIII. Amor, de grano a grano, de planeta a planeta
  29. Soneto XXIX. Vienes de la pobreza de las casas del sur
  30. Soneto XXX. Tienes del archipiélago las hebras del alerce
  31. Soneto XXXI. Con laureles del sur y orégano de Lota
  32. Soneto XXXII. La casa en la mañana con la verdad revuelta
  33. Soneto XXXIII. Amor, ahora nos vamos a la casa
  34. Soneto XXXIV. Eres hija del mar y prima del orégano
  35. Soneto XXXV. Tu mano fue volando de mis ojos al día
  36. Soneto XXXVI. Corazón mío, reina del apio y de la artesa
  37. Soneto XXXVII. Oh amor, oh rayo loco y amenaza purpúrea
  38. Soneto XXXVIII. Tu casa suena como un tren a mediodía
  39. Soneto XXXIX. Pero olvidé que tus manos satisfacían
  40. Soneto XL. Era verde el silencio, mojada era la luz
  41. Soneto XLI. Desdichas del mes de enero
  42. Soneto XLII. Radiantes días balanceados por el agua marina
  43. Soneto XLIII. Un signo tuyo busco en todas las otras
  44. Soneto XLIV. Sabrás que no te amo y que te amo
  45. Soneto XLV. No estés lejos de mí un solo día
  46. Soneto XLVI. De las estrellas que admiré
  47. Soneto XLVII. Detrás de mí en la rama quiero verte
  48. Soneto XLVIII. Dos amantes dichosos hacen un solo pan
  49. Soneto XLIX. Es hoy: todo el ayer se fue cayendo
  50. Soneto L. Cotapos dice que tu risa cae
  51. Soneto LI. Tu risa pertenece a un árbol entreabierto
  52. Soneto LII. Cantas y a sol y a cielo con tu canto
  53. Soneto LIII. Aquí está el pan, el vino, la mesa, la morada
  54. Soneto LIV. Espléndida razón, demonio claro
  55. Soneto LV. Espinas, vidrios rotos, enfermedades, llanto
  56. Soneto LVI. Acostúmbrate a ver detrás de mí la sombra
  57. Soneto LVII. Mienten los que dijeron que yo perdí la luna
  58. Soneto LVIII. Entre los espadones de fierro literario
  59. Soneto LIX. Pobres poetas a quienes la vida y la muerte
  60. Soneto LX. A ti te hiere aquel que quiso hacerme daño
  61. Soneto LXI. Trajo el amor su cola de dolores
  62. Soneto LXII. Ay de mí, ay de nosotros, bienamada
  63. Soneto LXIII. No sólo por las tierras desiertas donde la piedra salina
  64. Soneto LXIV. De tanto amor mi vida se tiñó de violeta
  65. Soneto LXV. Matilde, ¿dónde estás? Noté, hacia abajo
  66. Soneto LXVI. No te quiero sino porque te quiero
  67. Soneto LXVII. La gran lluvia del sur cae sobre Isla Negra
  68. Soneto LXVIII. La niña de madera no llegó caminando
  69. Soneto LXIX. Tal vez no ser es ser sin que tú seas
  70. Soneto LXX. Tal vez herido voy sin ir sangriento
  71. Soneto LXXI. De pena en pena cruza sus islas el amor
  72. Soneto LXXII. Amor mío, el invierno regresa a sus cuarteles
  73. Soneto LXXIII. Recordarás tal vez aquel hombre afilado
  74. Soneto LXXIV. El camino mojado por el agua de agosto
  75. Soneto LXXV. Ésta es la casa, el mar y la bandera
  76. Soneto LXXVI. Diego Rivera con la paciencia del oso
  77. Soneto LXXVII. Hoy es hoy con el peso de todo el tiempo ido
  78. Soneto LXXVIII. No tengo nunca más, no tengo siempre
  79. Soneto LXXIX. De noche, amada, amarra tu corazón al mío
  80. Soneto LXXX. De viajes y dolores yo regresé, amor mío
  81. Soneto LXXXI. Ya eres mía. Reposa con tu sueño en mi sueño
  82. Soneto LXXXII. Amor mío, al cerrar esta puerta nocturna
  83. Soneto LXXXIII. Es bueno, amor, sentirte cerca de mí en la noche
  84. Soneto LXXXIV. Una vez más, amor, la red del día extingue
  85. Soneto LXXXV. Del mar hacia las calles corre la vaga niebla
  86. Soneto LXXXVI. Oh Cruz del Sur, oh trébol de fósforo fragante
  87. Soneto LXXXVII. Las tres aves del mar, tres rayos, tres tijeras
  88. Soneto LXXXVIII. El mes de marzo vuelve con su luz escondida
  89. Soneto LXXXIX. Cuando yo muera quiero tus manos en mis ojos
  90. Soneto XC. Pensé morir, sentí de cerca el frío
  91. Soneto XCI. La edad nos cubre como la llovizna
  92. Soneto XCII. Amor mío, si muero y tú no mueres
  93. Soneto XCIII. Si alguna vez tu pecho se detiene
  94. Soneto XCIV. Si muero sobrevíveme con tanta fuerza pura
  95. Soneto XCV. ¿Quiénes se amaron como nosotros?
  96. Soneto XCVI. Pienso, esta época en que tú me amaste
  97. Soneto XCVII. Hay que volar en este tiempo
  98. Soneto XCVIII. Y esta palabra, este papel escrito
  99. Soneto XCIX. Otros días vendrán
  100. Soneto C. En medio de la tierra apartaré




    Información biográfica

      Nombre: Neftalí Ricardo Reyes Basoalto
      Nombre de pluma: Pablo Neruda
      Lugar y fecha nacimiento: Parral (Chile), 12 de julio de 1904
      Lugar y fecha defunción: Santiago de Chile (Chile), 23 de septiembre de 1973 (69 años)

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      Soneto I. Matilde, nombre de planta o piedra o vino

        Matilde, nombre de planta o piedra o vino,
        De lo que nace de la tierra y dura,
        Palabra en cuyo crecimiento amanece,
        En cuyo estío estalla la luz de los limones.

        En ese nombre corren navíos de madera
        Rodeados por enjambres de fuego azul marino,
        Y esas letras son el agua de un río
        Que desemboca en mi corazón calcinado.

        Oh nombre descubierto bajo una enredadera
        Como la puerta de un túnel desconocido
        Que comunica con la fragancia del mundo!

        Oh invádeme con tu boca abrasadora,
        Indágame, si quieres, con tus ojos nocturnos,
        Pero en tu nombre déjame navegar y dormir.

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      Soneto II. Amor, cuántos caminos hasta llegar a un beso

        Amor, ¡cuántos caminos hasta llegar a un beso,
        Qué soledad errante hasta tu compañía!
        Siguen los trenes solos rodando con la lluvia.
        En Taltal no amanece aún la primavera.

        Pero tú y yo, amor mío, estamos juntos,
        Juntos desde la ropa a las raíces,
        Juntos de otoño, de agua, de caderas,
        Hasta ser sólo tú, sólo yo juntos.

        Pensar que costó tantas piedras que lleva el río,
        La desembocadura del agua de Boroa,
        Pensar que separados por trenes y naciones

        Tú y yo teníamos que simplemente amarnos,
        Con todos confundidos, con hombres y mujeres,
        Con la tierra que implanta y educa los claveles.

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      Soneto III. Áspero amor, violeta coronada de espinas

        Áspero amor, violeta coronada de espinas,
        Matorral entre tantas pasiones erizado,
        Lanza de los dolores, corola de la cólera,
        ¿Por qué caminos y cómo te dirigiste a mi alma?

        ¿Por qué precipitaste tu fuego doloroso,
        De pronto, entre las hojas frías de mi camino?
        ¿Quién te enseñó los pasos que hasta mí te llevaron?
        ¿Qué flor, qué piedra, qué humo mostraron mi morada?

        Lo cierto es que tembló la noche pavorosa,
        El alba llenó todas las copas con su vino
        Y el sol estableció su presencia celeste,

        Mientras que el cruel amor me cercaba sin tregua
        Hasta que lacerándome con espadas y espinas
        Abrió en mi corazón un camino quemante.

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      Soneto IV. Recordarás aquella quebrada caprichosa

        Recordarás aquella quebrada caprichosa
        A donde los aromas palpitantes treparon,
        De cuando en cuando un pájaro vestido
        Con agua y lentitud: traje de invierno.

        Recordarás los dones de la tierra:
        Irascible fragancia, barro de oro,
        Hierbas del matorral, locas raíces,
        Sortílegas espinas como espadas.

        Recordarás el ramo que trajiste,
        Ramo de sombra y agua con silencio,
        Ramo como una piedra con espuma.

        Y aquella vez fue como nunca y siempre:
        Vamos allí donde no espera nada
        Y hallamos todo lo que está esperando.

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      Soneto V. No te toque la noche ni el aire ni la aurora

        No te toque la noche ni el aire ni la aurora,
        Sólo la tierra, la virtud de los racimos,
        Las manzanas que crecen oyendo el agua pura,
        El barro y las resinas de tu país fragante.

        Desde Quinchamalí donde hicieron tus ojos
        Hasta tus pies creados para mí en la Frontera
        Eres la greda oscura que conozco:
        En tus caderas toco de nuevo todo el trigo.

        Tal vez tú no sabías, araucana,
        Que cuando antes de amarte me olvidé de tus besos
        Mi corazón quedó recordando tu boca,

        Y fui como un herido por las calles
        Hasta que comprendí que había encontrado,
        Amor, mi territorio de besos y volcanes.

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      Soneto VI. En los bosques, perdido, corté una rama oscura

        En los bosques, perdido, corté una rama oscura
        Y a los labios, sediento, levanté su susurro:
        Era tal vez la voz de la lluvia llorando,
        Una campana rota o un corazón cortado.

        Algo que desde tan lejos me parecía
        Oculto gravemente, cubierto por la tierra,
        Un grito ensordecido por inmensos otoños,
        Por la entreabierta y húmeda tiniebla de las hojas.

        Pero allí, despertando de los sueños del bosque,
        La rama de avellano cantó bajo mi boca
        Y su errabundo olor trepó por mi criterio

        Como si me buscaran de pronto las raíces
        Que abandoné, la tierra perdida con mi infancia,
        Y me detuve herido por el aroma errante.

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      Soneto VII. "Vendrás conmigo" —dije— sin que nadie supiera

        "Vendrás conmigo" —dije— sin que nadie supiera
        Dónde y cómo latía mi estado doloroso,
        Y para mí no había clavel ni barcarola,
        Nada sino una herida por el amor abierta.

        Repetí: ven conmigo, como si me muriera,
        Y nadie vio en mi boca la luna que sangraba,
        Nadie vio aquella sangre que subía al silencio.
        ¡Oh amor ahora olvidemos la estrella con espinas!

        Por eso cuando oí que tu voz repetía
        "Vendrás conmigo" —fue como si desataras
        Dolor, amor, la furia del vino encarcelado

        Que desde su bodega sumergida subiera
        Y otra vez en mi boca sentí un sabor de llama,
        De sangre y de claveles, de piedra y quemadura.

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      Soneto VIII. Si no fuera porque tus ojos tienen color de luna

        Si no fuera porque tus ojos tienen color de luna,
        De día con arcilla, con trabajo, con fuego,
        Y aprisionada tienes la agilidad del aire,
        Si no fuera porque eres una semana de ámbar,

        Si no fuera porque eres el momento amarillo
        En que el otoño sube por las enredaderas
        Y eres aún el pan que la luna fragante
        Elabora paseando su harina por el cielo,

        ¡Oh, bienamada, yo no te amaría!
        En tu abrazo yo abrazo lo que existe,
        La arena, el tiempo, el árbol de la lluvia,

        Y todo vive para que yo viva:
        Sin ir tan lejos puedo verlo todo:
        Veo en tu vida todo lo viviente.

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      Soneto IX. Al golpe de la ola contra la piedra indócil

        Al golpe de la ola contra la piedra indócil
        La claridad estalla y establece su rosa
        Y el círculo del mar se reduce a un racimo,
        A una sola gota de sal azul que cae.

        Oh radiante magnolia desatada en la espuma,
        Magnética viajera cuya muerte florece
        Y eternamente vuelve a ser y a no ser nada:
        Sal rota, deslumbrante movimiento marino.

        Juntos tú y yo, amor mío, sellamos el silencio,
        Mientras destruye el mar sus constantes estatuas
        Y derrumba sus torres de arrebato y blancura,

        Porque en la trama de estos tejidos invisibles
        Del agua desbocada, de la incesante arena,
        Sostenemos la única y acosada ternura.

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      Soneto X. Suave es la bella

        Suave es la bella como si música y madera,
        Ágata, telas, trigo, duraznos transparentes,
        Hubieran erigido la fugitiva estatua.
        Hacia la ola dirige su contraria frescura.

        El mar moja bruñidos pies copiados
        A la forma recién trabajada en la arena
        Y es ahora su fuego femenino de rosa
        Una sola burbuja que el sol y el mar combaten.

        ¡Ay, que nada te toque sino la sal del frío!
        Que ni el amor destruya la primavera intacta.
        Hermosa, reverbero de la indeleble espuma,

        Deja que tus caderas impongan en el agua
        Una medida nueva de cisne o de nenúfar
        Y navegue tu estatua por el cristal eterno.

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      Soneto XI. Tengo hambre de tu boca, de tu voz, de tu pelo

        Tengo hambre de tu boca, de tu voz, de tu pelo
        Y por las calles voy sin nutrirme, callado,
        No me sostiene el pan, el alba me desquicia,
        Busco el sonido líquido de tus pies en el día.

        Estoy hambriento de tu risa resbalada,
        De tus manos color de furioso granero,
        Tengo hambre de la pálida piedra de tus uñas,
        Quiero comer tu piel como una intacta almendra.

        Quiero comer el rayo quemado en tu hermosura,
        La nariz soberana del arrogante rostro,
        Quiero comer la sombra fugaz de tus pestañas

        Y hambriento vengo y voy olfateando el crepúsculo
        Buscándote, buscando tu corazón caliente
        Como un puma en la soledad de Quitratúe.

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      Soneto XII. Plena mujer, manzana carnal, luna caliente

        Plena mujer, manzana carnal, luna caliente,
        Espeso aroma de algas, lodo y luz machacados,
        ¿Qué oscura claridad se abre entre tus columnas?
        ¿Qué antigua noche el hombre toca con sus sentidos?

        Ay, amar es un viaje con agua y con estrellas,
        Con aire ahogado y bruscas tempestades de harina:
        Amar es un combate de relámpagos
        Y dos cuerpos por una sola miel derrotados.

        Beso a beso recorro tu pequeño infinito,
        Tus márgenes, tus ríos, tus pueblos diminutos,
        Y el fuego genital transformado en delicia

        Corre por los delgados caminos de la sangre
        Hasta precipitarse como un clavel nocturno,
        Hasta ser y no ser sino un rayo en la sombra.

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      Soneto XIII. La luz que de tus pies sube a tu cabellera

        La luz que de tus pies sube a tu cabellera,
        La turgencia que envuelve tu forma delicada,
        No es de nácar marino, nunca de plata fría:
        Eres de pan, de pan amado por el fuego.

        La harina levantó su granero contigo
        Y creció incrementada por la edad venturosa,
        Cuando los cereales duplicaron tu pecho
        Mi amor era el carbón trabajando en la tierra.

        Oh, pan tu frente, pan tus piernas, pan tu boca,
        Pan que devoro y nace con luz cada mañana,
        Bienamada, bandera de las panaderías,

        Una lección de sangre te dio el fuego,
        De la harina aprendiste a ser sagrada,
        Y del pan el idioma y el aroma.

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      Soneto XIV. Me falta tiempo para celebrar tus cabellos

        Me falta tiempo para celebrar tus cabellos.
        Uno por uno debo contarlos y alabarlos:
        Otros amantes quieren vivir con ciertos ojos,
        Yo sólo quiero ser tu peluquero.

        En Italia te bautizaron Medusa
        Por la encrespada y alta luz de tu cabellera.
        Yo te llamo chascona mía y enmarañada:
        Mi corazón conoce las puertas de tu pelo.

        Cuando tú te extravíes en tus propios cabellos,
        No me olvides, acuérdate que te amo,
        No me dejes perdido ir sin tu cabellera

        Por el mundo sombrío de todos los caminos
        Que sólo tiene sombra, transitorios dolores,
        Hasta que el sol sube a la torre de tu pelo.

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      Soneto XV. Desde hace mucho tiempo la tierra te conoce

        Desde hace mucho tiempo la tierra te conoce:
        Eres compacta como el pan o la madera,
        Eres cuerpo, racimo de segura sustancia,
        Tienes peso de acacia, de legumbre dorada.

        Sé que existes no sólo porque tus ojos vuelan
        Y dan luz a las cosas como ventana abierta,
        Sino porque de barro te hicieron y cocieron
        En Chillán, en un horno de adobe estupefacto.

        Los seres se derraman como aire o agua o frío
        Y vagos son, se borran al contacto del tiempo,
        Como si antes de muertos fueran desmenuzados.

        Tú caerás conmigo como piedra en la tumba
        Y así por nuestro amor que no fue consumido
        Continuará viviendo con nosotros la tierra.

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      Soneto XVI. Amo el trozo de tierra que tú eres

        Amo el trozo de tierra que tú eres,
        Porque de las praderas planetarias
        Otra estrella no tengo. Tú repites
        La multiplicación del universo.

        Tus anchos ojos son la luz que tengo
        De las constelaciones derrotadas,
        Tu piel palpita como los caminos
        Que recorre en la lluvia el meteoro.

        De tanta luna fueron para mí tus caderas,
        De todo el sol tu boca profunda y su delicia,
        De tanta luz ardiente como miel en la sombra

        Tu corazón quemado por largos rayos rojos,
        Y así recorro el fuego de tu forma besándote,
        Pequeña y planetaria, paloma y geografía.

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      Soneto XVII. No te amo como si fueras rosa de sal

        No te amo como si fueras rosa de sal, topacio
        O flecha de claveles que propagan el fuego:
        Te amo como se aman ciertas cosas oscuras,
        Secretamente, entre la sombra y el alma.

        Te amo como la planta que no florece y lleva
        Dentro de sí, escondida, la luz de aquellas flores,
        Y gracias a tu amor vive oscuro en mi cuerpo
        El apretado aroma que ascendió de la tierra.

        Te amo sin saber cómo, ni cuándo, ni de dónde,
        Te amo directamente sin problemas ni orgullo:
        Así te amo porque no sé amar de otra manera,

        Sino así de este modo en que no soy ni eres,
        Tan cerca que tu mano sobre mi pecho es mía,
        Tan cerca que se cierran tus ojos con mi sueño.

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      Soneto XVIII. Por las montañas vas como viene la brisa

        Por las montañas vas como viene la brisa
        O la corriente brusca que baja de la nieve
        O bien tu cabellera palpitante confirma
        Los altos ornamentos del sol en la espesura.

        Toda la luz del Cáucaso cae sobre tu cuerpo
        Como en una pequeña vasija interminable
        En que el agua se cambia de vestido y de canto
        A cada movimiento transparente del río.

        Por los montes el viejo camino de guerreros
        Y abajo enfurecida brilla como una espada
        El agua entre murallas de manos minerales,

        Hasta que tú recibes de los bosques de pronto
        El ramo o el relámpago de unas flores azules
        Y la insólita flecha de un aroma salvaje.

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      Soneto XIX. Mientras la magna espuma de Isla Negra

        Mientras la magna espuma de Isla Negra,
        La sal azul, el sol en las olas te mojan,
        Yo miro los trabajos de la avispa,
        Empeñada en la miel de su universo.

        Va y viene equilibrando su recto y rubio vuelo
        Como si deslizara de un alambre invisible
        La elegancia del baile, la sed de su cintura,
        Y los asesinatos del aguijón maligno.

        De petróleo y naranja es su arco iris,
        Busca como un avión entre la hierba,
        Con un rumor de espiga vuela, desaparece,

        Mientras que tú sales del mar, desnuda,
        Y regresas al mundo llena de sal y sol,
        Reverberante estatua y espada de la arena.

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      Soneto XX. Mi fea, eres una castaña despeinada

        Mi fea, eres una castaña despeinada,
        Mi bella, eres hermosa como el viento,
        Mi fea, de tu boca se pueden hacer dos,
        Mi bella, son tus besos frescos como sandías.

        Mi fea, ¿dónde están escondidos tus senos?
        Son mínimos como dos copas de trigo.
        Me gustaría verte dos lunas en el pecho:
        Las gigantescas torres de tu soberanía.

        Mi fea, el mar no tiene tus uñas en su tienda,
        Mi bella, flor a flor, estrella por estrella,
        Ola por ola, amor, he contado tu cuerpo:

        Mi fea, te amo por tu cintura de oro,
        Mi bella, te amo por una arruga en tu frente,
        Amor, te amo por clara y por oscura.

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      Soneto XXI. Oh que todo el amor propague en mí su boca

        Oh que todo el amor propague en mí su boca,
        Que no sufra un momento más sin primavera,
        Yo no vendí sino mis manos al dolor,
        Ahora, bienamada, déjame con tus besos.

        Cubre la luz del mes abierto con tu aroma,
        Cierra las puertas con tu cabellera,
        Y en cuanto a mí no olvides que si despierto y lloro
        Es porque en sueños sólo soy un niño perdido

        Que busca entre las hojas de la noche tus manos,
        El contacto del trigo que tú me comunicas,
        Un rapto centelleante de sombra y energía.

        Oh, bienamada, y nada más que sombra
        Por donde me acompañes en tus sueños
        Y me digas la hora de la luz.

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      Soneto XXII. Cuántas veces, amor, te amé sin verte

        Cuántas veces, amor, te amé sin verte y tal vez sin recuerdo,
        Sin reconocer tu mirada, sin mirarte, centaura,
        En regiones contrarias, en un mediodía quemante:
        Eras sólo el aroma de los cereales que amo.

        Tal vez te vi, te supuse al pasar levantando una copa
        En Angol, a la luz de la luna de junio,
        O eras tú la cintura de aquella guitarra
        Que toqué en las tinieblas y sonó como el mar desmedido.

        Te amé sin que yo lo supiera, y busqué tu memoria.
        En las casas vacías entré con linterna a robar tu retrato.
        Pero yo ya sabía cómo era. De pronto

        Mientras ibas conmigo te toqué y se detuvo mi vida:
        Frente a mis ojos estabas, reinándome, y reinas.
        Como hoguera en los bosques el fuego es tu reino.

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      Soneto XXIII. Fue luz el fuego y pan la luna rencorosa

        Fue luz el fuego y pan la luna rencorosa,
        El jazmín duplicó su estrellado secreto,
        Y del terrible amor las suaves manos puras
        Dieron paz a mis ojos y sol a mis sentidos.

        Oh amor, cómo de pronto, de las desgarraduras
        Hiciste el edificio de la dulce firmeza,
        Derrotaste las uñas malignas y celosas
        Y hoy frente al mundo somos como una sola vida.

        Así fue, así es y así será hasta cuando,
        Salvaje y dulce amor, bienamada Matilde,
        El tiempo nos señale la flor final del día.

        Sin ti, sin mí, sin luz ya no seremos:
        Entonces más allá del la tierra y la sombra
        El resplandor de nuestro amor seguirá vivo.

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      Soneto XXIV. Amor, amor, las nubes a la torre del cielo

        Amor, amor, las nubes a la torre del cielo
        Subieron como triunfantes lavanderas,
        Y todo ardió en azul, todo fue estrella:
        El mar, la nave, el día se desterraron juntos.

        Ven a ver los cerezos del agua constelada
        Y la clave redonda del rápido universo,
        Ven a tocar el fuego del azul instantáneo,
        Ven antes de que sus pétalos se consuman.

        No hay aquí sino luz, cantidades, racimos,
        Espacio abierto por las virtudes del viento
        Hasta entregar los últimos secretos de la espuma.

        Y entre tantos azules celestes, sumergidos,
        Se pierden nuestros ojos adivinando apenas
        Los poderes del aire, las llaves submarinas.

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      Soneto XXV. Antes de amarte, amor, nada era mío

        Antes de amarte, amor, nada era mío:
        Vacilé por las calles y las cosas:
        Nada contaba ni tenía nombre:
        El mundo era del aire que esperaba.

        Yo conocí salones cenicientos,
        Túneles habitados por la luna,
        Hangares crueles que se despedían,
        Preguntas que insistían en la arena.

        Todo estaba vacío, muerto y mudo,
        Caído, abandonado y decaído,
        Todo era inalienablemente ajeno,

        Todo era de los otros y de nadie,
        Hasta que tu belleza y tu pobreza
        Llenaron el otoño de regalos.

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      Soneto XXVI. Ni el color de las dunas terribles en Iquique

        Ni el color de las dunas terribles en Iquique,
        Ni el estuario del Río Dulce de Guatemala,
        Cambiaron tu perfil conquistado en el trigo,
        Tu estilo de uva grande, tu boca de guitarra.

        Oh corazón, oh mía desde todo el silencio,
        Desde las cumbres donde reinó la enredadera
        Hasta las desoladas planicies del platino,
        En toda patria pura te repitió la tierra.

        Pero ni huraña mano de montes minerales,
        Ni nieve tibetana, ni piedra de Polonia,
        Nada alteró tu forma de cereal viajero,

        Como si greda o trigo, guitarras o racimos
        De Chillán defendieran en ti su territorio
        Imponiendo el mandato de la luna silvestre.

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      Soneto XXVII. Desnuda eres tan simple como una de tus manos

        Desnuda eres tan simple como una de tus manos,
        Lisa, terrestre, mínima, redonda, transparente,
        Tienes líneas de luna, caminos de manzana,
        Desnuda eres delgada como el trigo desnudo.

        Desnuda eres azul como la noche en Cuba,
        Tienes enredaderas y estrellas en el pelo,
        Desnuda eres enorme y amarilla
        Como el verano en una iglesia de oro.

        Desnuda eres pequeña como una de tus uñas,
        Curva, sutil, rosada hasta que nace el día
        Y te metes en el subterráneo del mundo

        Como en un largo túnel de trajes y trabajos:
        Tu claridad se apaga, se viste, se deshoja
        Y otra vez vuelve a ser una mano desnuda.

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      Soneto XXVIII. Amor, de grano a grano, de planeta a planeta

        Amor, de grano a grano, de planeta a planeta,
        La red del viento con sus países sombríos,
        La guerra con sus zapatos de sangre,
        O bien el día y la noche de la espiga.

        Por donde fuimos, islas o puentes o banderas,
        Violines del fugaz otoño acribillado,
        Repitió la alegría los labios de la copa,
        El dolor nos detuvo con su lección de llanto.

        En todas las repúblicas desarrollaba el viento
        Su pabellón impune, su glacial cabellera
        Y luego regresaba la flor a sus trabajos.

        Pero en nosotros nunca se calcinó el otoño.
        Y en nuestra patria inmóvil germinaba y crecía
        El amor con los derechos del rocío.

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      Soneto XXIX. Vienes de la pobreza de las casas del sur

        Vienes de la pobreza de las casas del sur,
        De las regiones duras con frío y terremoto
        Que cuando hasta sus dioses rodaron a la muerte
        Nos dieron la lección de la vida en la greda.

        Eres un caballito de greda negra, un beso
        De barro oscuro, amor, amapola de greda,
        Paloma del crepúsculo que voló en los caminos,
        Alcancía con lágrimas de nuestra pobre infancia.

        Muchacha, has conservado tu corazón de pobre,
        Tus pies de pobre acostumbrados a las piedras,
        Tu boca que no siempre tuvo pan o delicia.

        Eres del pobre sur, de donde viene mi alma:
        En su cielo tu madre sigue lavando ropa
        Con mi madre. Por eso te escogí, compañera.

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      Soneto XXX. Tienes del archipiélago las hebras del alerce

        Tienes del archipiélago las hebras del alerce,
        La carne trabajada por los siglos del tiempo,
        Venas que conocieron el mar de las maderas,
        Sangre verde caída de cielo a la memoria.

        Nadie recogerá mi corazón perdido
        Entre tantas raíces, en la amarga frescura
        Del sol multiplicado por la furia del agua,
        Allí vive la sombra que no viaja conmigo.

        Por eso tú saliste del sur como una isla
        Poblada y coronada por plumas y maderas
        Y yo sentí el aroma de los bosques errantes,

        Hallé la miel oscura que conocí en la selva,
        Y toqué en tus caderas los pétalos sombríos
        Que nacieron conmigo y construyeron mi alma.

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      Soneto XXXI. Con laureles del sur y orégano de Lota

        Con laureles del sur y orégano de Lota
        Te corono, pequeña monarca de mis huesos,
        Y no puede faltarte esa corona
        Que elabora la tierra con bálsamo y follaje.

        Eres, como el que te ama, de las provincias verdes:
        De allá trajimos barro que nos corre en la sangre,
        En la ciudad andamos, como tantos, perdidos,
        Temerosos de que cierren el mercado.

        Bienamada, tu sombra tiene olor a ciruela,
        Tus ojos escondieron en el sur sus raíces,
        Tu corazón es una paloma de alcancía,

        Tu cuerpo es liso como las piedras en el agua,
        Tus besos son racimos con rocío,
        Y yo a tu lado vivo con la tierra.

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      Soneto XXXII. La casa en la mañana con la verdad revuelta

        La casa en la mañana con la verdad revuelta
        De sábanas y plumas, el origen del día
        Sin dirección, errante como una pobre barca,
        Entre los horizontes del orden y del sueño.

        Las cosas quieren arrastrar vestigios,
        Adherencias sin rumbo, herencias frías,
        Los papeles esconden vocales arrugadas
        Y en la botella el vino quiere seguir su ayer.

        Ordenadora, pasas vibrando como abeja
        Tocando las regiones perdidas por la sombra
        Conquistando la luz con tu blanca energía.

        Y se construye entonces la claridad de nuevo:
        Obedecen las cosas al viento de la vida
        Y el orden establece su pan y su paloma.

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      Soneto XXXIII. Amor, ahora nos vamos a la casa

        Amor, ahora nos vamos a la casa
        Donde la enredadera sube por las escalas:
        Antes que llegues tú llegó a tu dormitorio
        El verano desnudo con pies de madreselva.

        Nuestros besos errantes recorrieron el mundo:
        Armenia, espesa gota de miel desenterrada,
        Ceylán, paloma verde, y el Yang Tsé separando
        Con antigua paciencia los días de las noches.

        Y ahora, bienamada, por el mar crepitante
        Volvemos como dos aves ciegas al muro,
        Al nido de la lejana primavera,

        Porque el amor no puede volar sin detenerse:
        Al muro o a las piedras del mar van nuestras vidas,
        A nuestro territorio regresaron los besos.

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      Soneto XXXIV. Eres hija del mar y prima del orégano

        Eres hija del mar y prima del orégano,
        Nadadora, tu cuerpo es de agua pura,
        Cocinera, tu sangre es tierra viva
        Y tus costumbres son floridas y terrestres.

        Al agua van tus ojos y levantan las olas,
        A la tierra tus manos y saltan las semillas,
        En agua y tierra tienes propiedades profundas
        Que en ti se juntan como las leyes de la greda.

        Náyade, corta tu cuerpo la turquesa
        Y luego resurrecto florece en la cocina
        De tal modo que asumes cuanto existe

        Y al fin duermes rodeada por mis brazos que apartan
        De la sombra sombría, para que tú descanses,
        Legumbres, algas, hierbas: la espuma de tus sueños.

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      Soneto XXXV. Tu mano fue volando de mis ojos al día

        Tu mano fue volando de mis ojos al día.
        Entró la luz como un rosal abierto.
        Arena y cielo palpitaban como una
        Culminante colmena cortada en las turquesas.

        Tu mano tocó sílabas que tintineaban, copas,
        Alcuzas con aceites amarillos,
        Corolas, manantiales y, sobre todo, amor,
        Amor: tu mano pura preservó las cucharas.

        La tarde fue. La noche deslizó sigilosa
        Sobre el sueño del hombre su cápsula celeste.
        Un triste olor salvaje soltó la madreselva.

        Y tu mano volvió de su vuelo volando
        A cerrar su plumaje que yo creí perdido
        Sobre mis ojos devorados por la sombra.

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      Soneto XXXVI. Corazón mío, reina del apio y de la artesa

        Corazón mío, reina del apio y de la artesa:
        Pequeña leoparda del hilo y la cebolla:
        Me gusta ver brillar tu imperio diminuto,
        Las armas de la cera, del vino, del aceite,

        Del ajo, de la tierra por tus manos abierta
        De la sustancia azul encendida en tus manos,
        De la transmigración del sueño a la ensalada,
        Del reptil enrollado en la manguera.

        Tú con tu podadora levantando el perfume,
        Tú, con la dirección del jabón en la espuma,
        Tú, subiendo mis locas escalas y escaleras,

        Tú, manejando el síntoma de mi caligrafía
        Y encontrando en la arena del cuaderno
        Las letras extraviadas que buscaban tu boca.

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      Soneto XXXVII. Oh amor, oh rayo loco y amenaza purpúrea

        Oh amor, oh rayo loco y amenaza purpúrea,
        Me visitas y subes por tu fresca escalera
        El castillo que el tiempo coronó de neblinas,
        Las pálidas paredes del corazón cerrado.

        Nadie sabrá que sólo fue la delicadeza
        Construyendo cristales duros como ciudades
        Y que la sangre abría túneles desdichados
        Sin que su monarquía derribara el invierno.

        Por eso, amor, tu boca, tu piel, tu luz, tus penas,
        Fueron el patrimonio de la vida, los dones
        Sagrados de la lluvia, de la naturaleza

        Que recibe y levanta la gravidez del grano,
        La tempestad secreta del vino en las bodegas,
        La llamarada del cereal en el suelo.

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      Soneto XXXVIII. Tu casa suena como un tren a mediodía

        Tu casa suena como un tren a mediodía,
        Zumban las avispas, cantan las cacerolas,
        La cascada enumera los hechos del rocío,
        Tu risa desarrolla su trino de palmera.

        La luz azul del muro conversa con la piedra,
        Llega como un pastor silbando un telegrama
        Y entre las dos higueras de voz verde
        Homero sube con zapatos sigilosos.

        Sólo aquí la ciudad no tiene voz ni llanto,
        Ni sin fin, ni sonatas, ni labios, ni bocina
        Sino un discurso de cascada y de leones,

        Y tú que subes, cantas, corres, caminas, bajas,
        Plantas, coses, cocinas, clavas, escribes, vuelves,
        O te has ido y se sabe que comenzó el invierno.

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      Soneto XXXIX. Pero olvidé que tus manos satisfacían

        Pero olvidé que tus manos satisfacían
        Las raíces, regando rosas enmarañadas,
        Hasta que florecieron tus huellas digitales
        En la plenaria paz de la naturaleza.

        El azadón y el agua como animales tuyos
        Te acompañan, mordiendo y lamiendo la tierra,
        Y es así cómo, trabajando, desprendes
        Fecundidad, fogosa frescura de claveles.

        Amor y honor de abejas pido para tus manos
        Que en la tierra confunden su estirpe transparente,
        Y hasta en mi corazón abren su agricultura,

        De tal modo que soy como piedra quemada
        Que de pronto, contigo, canta, porque recibe
        El agua de los bosques por tu voz conducida.

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      Soneto XL. Era verde el silencio, mojada era la luz

        Era verde el silencio, mojada era la luz,
        Temblaba el mes de junio como una mariposa
        Y en el austral dominio, desde el mar y las piedras,
        Matilde, atravesaste el mediodía.

        Ibas cargada de flores ferruginosas,
        Algas que el viento sur atormenta y olvida,
        Aún blancas, agrietadas por la sal devorante,
        Tus manos levantaban las espigas de arena.

        Amo tus dones puros, tu piel de piedra intacta,
        Tus uñas ofrecidas en el sol de tus dedos,
        Tu boca derramada por toda la alegría,

        Pero, para mi casa vecina del abismo,
        Dame el atormentado sistema del silencio,
        El pabellón del mar olvidado en la arena.

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      Soneto XLI. Desdichas del mes de enero

        Desdichas del mes de enero cuando el indiferente
        Mediodía establece su ecuación en el cielo,
        Un oro duro como el vino de una copa colmada
        Llena la tierra hasta sus límites azules.

        Desdichas de este tiempo parecidas a uvas
        Pequeñas que agruparon verde amargo,
        Confusas, escondidas lágrimas de los días
        Hasta que la intemperie publicó sus racimos.

        Sí, gérmenes, dolores, todo lo que palpita
        Aterrado, a la luz crepitante de enero,
        Madurará, arderá como ardieron los frutos.

        Divididos serán los pesares: el alma
        Dará un golpe de viento, y la morada
        Quedará limpia con el pan fresco en la mesa.

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      Soneto XLII. Radiantes días balanceados por el agua marina

        Radiantes días balanceados por el agua marina,
        Concentrados como el interior de una piedra amarilla
        Cuyo esplendor de miel no derribó el desorden:
        Preservó su pureza de rectángulo.

        Crepita, sí, la hora como fuego o abejas
        Y es verde la tarea de sumergirse en hojas,
        Hasta que hacia la altura es el follaje
        Un mundo centelleante que se apaga y susurra.

        Sed del fuego, abrasadora multitud del estío
        Que construye un Edén con unas cuantas hojas,
        Porque la tierra de rostro oscuro no quiere sufrimientos

        Sino frescura o fuego, agua o pan para todos,
        Y nada debería dividir a los hombres
        Sino el sol o la noche, la luna o las espigas.

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      Soneto XLIII. Un signo tuyo busco en todas las otras

        Un signo tuyo busco en todas las otras,
        En el brusco, ondulante río de las mujeres,
        Trenzas, ojos apenas sumergidos,
        Pies claros que resbalan navegando en la espuma.

        De pronto me parece que diviso tus uñas
        Oblongas, fugitivas, sobrinas de un cerezo,
        Y otra vez es tu pelo que pasa y me parece
        Ver arder en el agua tu retrato de hoguera.

        Miré, pero ninguna llevaba tu latido,
        Tu luz, la greda oscura que trajiste del bosque,
        Ninguna tuvo tus diminutas orejas.

        Tú eres total y breve, de todas eres una,
        Y así contigo voy recorriendo y amando
        Un ancho Mississippi de estuario femenino.

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      Soneto XLIV. Sabrás que no te amo y que te amo

        Sabrás que no te amo y que te amo
        Puesto que de dos modos es la vida,
        La palabra es un ala del silencio,
        El fuego tiene una mitad de frío.

        Yo te amo para comenzar a amarte,
        Para recomenzar el infinito
        Y para no dejar de amarte nunca:
        Por eso no te amo todavía.

        Te amo y no te amo como si tuviera
        En mis manos las llaves de la dicha
        Y un incierto destino desdichado.

        Mi amor tiene dos vidas para armarte.
        Por eso te amo cuando no te amo
        Y por eso te amo cuando te amo.

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      Soneto XLV. No estés lejos de mí un solo día

        No estés lejos de mí un solo día, porque cómo,
        Porque, no sé decirlo, es largo el día,
        Y te estaré esperando como en las estaciones
        Cuando en alguna parte se durmieron los trenes.

        No te vayas por una hora porque entonces
        En esa hora se juntan las gotas del desvelo
        Y tal vez todo el humo que anda buscando casa
        Venga a matar aún mi corazón perdido.

        Ay que no se quebrante tu silueta en la arena,
        Ay que no vuelen tus párpados en la ausencia:
        No te vayas por un minuto, bienamada,

        Porque en ese minuto te habrás ido tan lejos
        Que yo cruzaré toda la tierra preguntando
        Si volverás o si me dejarás muriendo.

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      Soneto XLVI. De las estrellas que admiré

        De las estrellas que admiré, mojadas
        Por ríos y rocíos diferentes,
        Yo no escogí sino la que yo amaba
        Y desde entonces duermo con la noche.

        De la ola, una ola y otra ola,
        Verde mar, verde frío, rama verde,
        Yo no escogí sino una sola ola:
        La ola indivisible de tu cuerpo.

        Todas las gotas, todas las raíces,
        Todos los hilos de la luz vinieron,
        Me vinieron a ver tarde o temprano.

        Yo quise para mí tu cabellera.
        Y de todos los dones de mi patria
        Sólo escogí tu corazón salvaje.

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      Soneto XLVII. Detrás de mí en la rama quiero verte

        Detrás de mí en la rama quiero verte.
        Poco a poco te convertiste en fruto.
        No te costó subir de las raíces
        Cantando con tu sílaba de savia.

        Y aquí estarás primero en flor fragante,
        En la estatua de un beso convertida,
        Hasta que sol y tierra, sangre y cielo,
        Te otorguen la delicia y la dulzura.

        En la rama veré tu cabellera,
        Tu signo madurando en el follaje,
        Acercando las hojas a mi sed,

        Y llenará mi boca tu sustancia,
        El beso que subió desde la tierra
        Con tu sangre de fruta enamorada.

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      Soneto XLVIII. Dos amantes dichosos hacen un solo pan

        Dos amantes dichosos hacen un solo pan,
        Una sola gota de luna en la hierba,
        Dejan andando dos sombras que se reúnen,
        Dejan un solo sol vacío en una cama.

        De todas las verdades escogieron el día:
        No se ataron con hilos sino con un aroma,
        Y no despedazaron la paz ni las palabras.
        La dicha es una torre transparente.

        El aire, el vino van con los dos amantes,
        La noche les regala sus pétalos dichosos,
        Tienen derecho a todos los claveles.

        Dos amantes dichosos no tienen fin ni muerte,
        Nacen y mueren muchas veces mientras viven,
        Tienen la eternidad de la naturaleza.

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      Soneto XLIX. Es hoy: todo el ayer se fue cayendo

        Es hoy: todo el ayer se fue cayendo
        Entre dedos de luz y ojos de sueño,
        Mañana llegará con pasos verdes:
        Nadie detiene el río de la aurora.

        Nadie detiene el río de tus manos,
        Los ojos de tu sueño, bienamada,
        Eres temblor del tiempo que transcurre
        Entre luz vertical y sol sombrío,

        Y el cielo cierra sobre ti sus alas
        Llevándote y trayéndote a mis brazos
        Con puntual, misteriosa cortesía:

        Por eso canto al día y a la luna,
        Al mar, al tiempo, a todos los planetas,
        A tu voz diurna y a tu piel nocturna.

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      Soneto L. Cotapos dice que tu risa cae

        Cotapos dice que tu risa cae
        Como un halcón desde una brusca torre
        Y, es verdad, atraviesas el follaje del mundo
        Con un solo relámpago de tu estirpe celeste

        Que cae, y corta, y saltan las lenguas del rocío,
        Las aguas del diamante, la luz con sus abejas
        Y allí donde vivía con su barba el silencio
        Estallan las granadas del sol y las estrellas,

        Se viene abajo el cielo con la noche sombría,
        Arden a plena luna campanas y claveles,
        Y corren los caballos de los talabarteros:

        Porque tú siendo tan pequeñita como eres
        Dejas caer la risa desde tu meteoro
        Electrizando el nombre de la naturaleza.

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      Soneto LI. Tu risa pertenece a un árbol entreabierto

        Tu risa pertenece a un árbol entreabierto
        Por un rayo, por un relámpago plateado
        Que desde el cielo cae quebrándose en la copa,
        Partiendo en dos el árbol con una sola espada.

        Sólo en las tierras altas del follaje con nieve
        Nace una risa como la tuya, bienamante,
        Es la risa del aire desatado en la altura,
        Costumbres de araucaria, bienamada.

        Cordillerana mía, chillaneja evidente,
        Corta con los cuchillos de tu risa la sombra,
        La noche, la mañana, la miel del mediodía,

        Y que salten al cielo las aves del follaje
        Cuando como una luz derrochadora
        Rompe tu risa el árbol de la vida.

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      Soneto LII. Cantas y a sol y a cielo con tu canto

        Cantas y a sol y a cielo con tu canto
        Tu voz desgrana el cereal del día,
        Hablan los pinos con su lengua verde:
        Trinan todas las aves del invierno.

        El mar llena sus sótanos de pasos,
        De campanas, cadenas y gemidos,
        Tintinean metales y utensilios,
        Suenan las ruedas de la caravana.

        Pero sólo tu voz escucho y sube
        Tu voz con vuelo y precisión de flecha,
        Baja tu voz con gravedad de lluvia,

        Tu voz esparce altísimas espadas,
        Vuelve tu voz cargada de violetas
        Y luego me acompaña por el cielo.

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      Soneto LIII.Aquí está el pan, el vino, la mesa, la morada

        Aquí está el pan, el vino, la mesa, la morada:
        El menester del hombre, la mujer y la vida:
        A este sitio corría la paz vertiginosa,
        Por esta luz ardió la común quemadura.

        Honor a tus dos manos que vuelan preparando
        Los blancos resultados del canto y la cocina,
        ¡Salve La integridad de tus pies corredores!,
        ¡Viva la bailarina que baila con la escoba!

        Aquellos bruscos ríos con aguas y amenazas,
        Aquel atormentado pabellón de la espuma,
        Aquellos incendiaron panales y arrecifes

        Son hoy este reposo de tu sangre en la mía,
        Este cauce estrellado y azul como la noche,
        Esta simplicidad sin fin de la ternura.

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      Soneto LIV. Espléndida razón, demonio claro

        Espléndida razón, demonio claro
        Del racimo absoluto, del recto mediodía,
        Aquí estamos al fin, sin soledad y solos,
        Lejos del desvarío de la ciudad salvaje.

        Cuando la línea pura rodea su paloma
        Y el fuego condecora la paz con su alimento
        Tú y yo erigimos este celeste resultado!
        Razón y amor desnudos viven en esta casa.

        Sueños furiosos, ríos de amarga certidumbre
        Decisiones más duras que el sueño de un martillo
        Cayeron en la doble copa de los amantes.

        Hasta que en la balanza se elevaron, gemelos,
        La razón y el amor como dos alas.
        Así se construyó la transparencia.

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      Soneto LV. Espinas, vidrios rotos, enfermedades, llanto

        Espinas, vidrios rotos, enfermedades, llanto
        Asedian día y noche la miel de los felices
        Y no sirve la torre, ni el viaje, ni los muros:
        La desdicha atraviesa la paz de los dormidos,

        El dolor sube y baja y acerca sus cucharas
        Y no hay hombre sin este movimiento,
        No hay natalicio, no hay techo ni cercado:
        Hay que tomar en cuenta este atributo.

        Y en el amor no valen tampoco ojos cerrados,
        Profundos lechos lejos del pestilente herido,
        O del que paso a paso conquista su bandera.

        Porque la vida pega como cólera o río
        Y abre un túnel sangriento por donde nos vigilan
        Los ojos de una inmensa familia de dolores.

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      Soneto LVI. Acostúmbrate a ver detrás de mí la sombra

        Acostúmbrate a ver detrás de mí la sombra
        Y que tus manos salgan del rencor, transparentes,
        Como si en la mañana del mar fueran creadas:
        La sal te dio, amor mío, proporción cristalina.

        La envidia sufre, muere, se agota con mi canto.
        Uno a uno agonizan sus tristes capitanes.
        Yo digo amor, y el mundo se puebla de palomas.
        Cada sílaba mía trae la primavera.

        Entonces tú, florida, corazón, bienamada,
        Sobre mis ojos como los follajes del cielo
        Eres, y yo te miro recostada en la tierra.

        Veo el sol trasmigrar racimos a tu rostro,
        Mirando hacia la altura reconozco tus pasos.
        ¡Matilde, bienamada, diadema, bienvenida!

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      Soneto LVII. Mienten los que dijeron que yo perdí la luna

        Mienten los que dijeron que yo perdí la luna,
        Los que profetizaron mi porvenir de arena,
        Aseveraron tantas cosas con lenguas frías:
        Quisieron prohibir la flor del universo.

        "Ya no cantará más el ámbar insurgente
        De la sirena, no tiene sino pueblo".
        Y masticaban sus incesantes papeles
        Patrocinando para mi guitarra el olvido.

        Yo les lancé a los ojos las lanzas deslumbrantes
        De nuestro amor clavando tu corazón y el mío,
        Yo reclamé el jazmín que dejaban tus huellas,

        Yo me perdí de noche sin luz bajo tus párpados
        Y cuando me envolvió la claridad
        Nací de nuevo, dueño de mi propia tiniebla.

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      Soneto LVIII. Entre los espadones de fierro literario

        Entre los espadones de fierro literario
        Paso yo como un marinero remoto
        Que no conoce las esquinas y que canta
        Porque sí, porque cómo si no fuera por eso.

        De los atormentados archipiélagos traje
        Mi acordeón con borrascas, rachas de lluvia loca,
        Y una costumbre lenta de cosas naturales:
        Ellas determinaron mi corazón silvestre.

        Así cuando los dientes de la literatura
        Trataron de morder mis honrados talones,
        Yo pasé, sin saber, cantando con el viento

        Hacia los almacenes lluviosos de mi infancia,
        Hacia los bosques fríos del Sur indefinible,
        Hacia donde mi vida se llenó con tu aroma.

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      Soneto LIX. Pobres poetas a quienes la vida y la muerte

        Pobres poetas a quienes la vida y la muerte
        Persiguieron con la misma tenacidad sombría
        Y luego son cubiertos por impasible pompa
        Entregados al rito y al diente funerario.

        Ellos —oscuros como piedrecitas— ahora
        Detrás de los caballos arrogantes, tendidos
        Van, gobernados al fin por los intrusos,
        Entre los edecanes, a dormir sin silencio.

        Antes y ya seguros de que está muerto el muerto
        Hacen de las exequias un festín miserable
        Con pavos, puercos y otros oradores.

        Acecharon su muerte y entonces la ofendieron:
        Sólo porque su boca está cerrada
        Y ya no puede contestar su canto.

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      Soneto LX. A ti te hiere aquel que quiso hacerme daño

        A ti te hiere aquel que quiso hacerme daño,
        Y el golpe del veneno contra mí dirigido
        Como por una red pasa entre mis trabajos
        Y en ti deja una mancha de óxido y desvelo.

        No quiero ver, amor, en la luna florida
        De tu frente cruzar el odio que me acecha.
        No quiero que en tu sueño deje el rencor ajeno
        Olvidada su inútil corona de cuchillos.

        Donde voy van detrás de mí pasos amargos,
        Donde río una mueca de horror copia mi cara,
        Donde canto la envidia maldice, ríe y roe.

        Y es ésa, amor, la sombra que la vida me ha dado:
        Es un traje vacío que me sigue cojeando
        Como un espantapájaros de sonrisa sangrienta.

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      Soneto LXI. Trajo el amor su cola de dolores

        Trajo el amor su cola de dolores,
        Su largo rayo estático de espinas
        Y cerramos los ojos porque nada,
        Porque ninguna herida nos separe.

        No es culpa de tus ojos este llanto:
        Tus manos no clavaron esta espada:
        No buscaron tus pies este camino:
        Llegó a tu corazón la miel sombría.

        Cuando el amor como una inmensa ola
        Nos estrelló contra la piedra dura,
        Nos amasó con una sola harina,

        Cayó el dolor sobre otro dulce rostro
        Y así en la luz de la estación abierta
        Se consagró la primavera herida.

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      Soneto LXII. Ay de mí, ay de nosotros, bienamada

        Ay de mí, ay de nosotros, bienamada,
        Sólo quisimos sólo amor, amarnos,
        Y entre tantos dolores se dispuso
        Sólo nosotros dos ser malheridos.

        Quisimos el tú y yo para nosotros,
        El tú del beso, el yo del pan secreto,
        Y así era todo, eternamente simple,
        Hasta que el odio entró por la ventana.

        Odian los que no amaron nuestro amor,
        Ni ningún otro amor, desventurados
        Como las sillas de un salón perdido,

        Hasta que se enredaron en ceniza
        Y el rostro amenazante que tuvieron
        Se apagó en el crepúsculo apagado.

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      Soneto LXIII. No sólo por las tierras desiertas...

        No sólo por las tierras desiertas donde la piedra salina
        Es como la única rosa, la flor por el mar enterrada,
        Anduve, sino por la orilla de ríos que cortan la nieve.
        Las amargas alturas de las cordilleras conocen mis pasos.

        Enmarañada, silbante región de mi patria salvaje,
        Lianas cuyo beso mortal se encadena en la selva,
        Lamento mojado del ave que surge lanzando sus escalofríos,
        ¡Oh región de perdidos dolores y llanto inclemente!

        No sólo son míos la piel venenosa del cobre
        O el salitre extendido como estatua yacente y nevada,
        Sino la viña, el cerezo premiado por la primavera,

        Son míos, y yo pertenezco como átomo negro
        A las áridas tierras y a la luz del otoño en las uvas,
        A esta patria metálica elevada por torres de nieve.

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      Soneto LXIV. De tanto amor mi vida se tiñó de violeta

        De tanto amor mi vida se tiñó de violeta
        Y fui de rumbo en rumbo como las aves ciegas
        Hasta llegar a tu ventana, amiga mía:
        Tú sentiste un rumor de corazón quebrado

        Y allí de las tinieblas me levanté a tu pecho,
        Sin ser y sin saber fui a la torre del trigo,
        Surgí para vivir entre tus manos,
        Me levanté del mar a tu alegría.

        Nadie puede contar lo que te debo, es lúcido
        Lo que te debo, amor, y es como una raíz
        Natal de Araucanía, lo que te debo, amada.

        Es sin duda estrellado todo lo que te debo,
        Lo que te debo es como el pozo de una zona silvestre
        En donde guardó el tiempo relámpagos errantes.

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      Soneto LXV. Matilde, ¿dónde estás? Noté, hacia abajo

        Matilde, ¿dónde estás? Noté, hacia abajo,
        Entre corbata y corazón, arriba,
        Cierta melancolía intercostal:
        Era que tú de pronto eras ausente.

        Me hizo falta la luz de tu energía
        Y miré devorando la esperanza,
        Miré el vacío que es sin ti una casa,
        No quedan sino trágicas ventanas.

        De puro taciturno el techo escucha
        Caer antiguas lluvias deshojadas,
        Plumas, lo que la noche aprisionó:

        Y así te espero como casa sola
        Y volverás a verme y habitarme.
        De otro modo me duelen las ventanas.

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      Soneto LXVI. No te quiero sino porque te quiero

        No te quiero sino porque te quiero
        Y de quererte a no quererte llego
        Y de esperarte cuando no te espero
        Pasa mi corazón del frío al fuego.

        Te quiero sólo porque a ti te quiero,
        Te odio sin fin, y odiándote te ruego,
        Y la medida de mi amor viajero
        Es no verte y amarte como un ciego.

        Tal vez consumirá la luz de enero,
        Su rayo cruel, mi corazón entero,
        Robándome la llave del sosiego.

        En esta historia sólo yo me muero
        Y moriré de amor porque te quiero,
        Porque te quiero, amor, a sangre y fuego.

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      Soneto LXVII. La gran lluvia del sur cae sobre Isla Negra

        La gran lluvia del sur cae sobre Isla Negra
        Como una sola gota transparente y pesada,
        El mar abre sus hojas frías y la recibe,
        La tierra aprende el húmedo destino de una copa.

        ¡Alma mía, dame en tus besos el agua
        Salobre de estos mares, la miel del territorio,
        La fragancia mojada por mil labios del cielo,
        La paciencia sagrada del mar en el invierno!

        ¡Algo nos llama, todas las puertas se abren solas!,
        Relata el agua un largo rumor a las ventanas,
        Crece el cielo hacia abajo tocando las raíces,

        Y así teje y desteje su red celeste el día
        Con tiempo, sal, susurros, crecimientos, caminos,
        Una mujer, un hombre, y el invierno en la tierra.

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      Soneto LXVIII. La niña de madera no llegó caminando

        La niña de madera no llegó caminando:
        Allí de pronto estuvo sentada en los ladrillos,
        Viejas flores del mar cubrían su cabeza,
        Su mirada tenía tristeza de raíces.

        Allí quedó mirando nuestras vidas abiertas,
        El ir y ser y andar y volver por la tierra,
        El día destiñendo sus pétalos graduales.
        Vigilaba sin vernos la niña de madera.

        La niña coronada por las antiguas olas,
        Allí miraba con sus ojos derrotados:
        Sabía que vivimos en una red remota

        De tiempo y agua y olas y sonidos y lluvia,
        Sin saber si existimos o si somos su sueño.
        Ésta es la historia de la muchacha de madera.

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      Soneto LXIX. Tal vez no ser es ser sin que tú seas

        Tal vez no ser es ser sin que tú seas,
        Sin que vayas cortando el mediodía
        Como una flor azul, sin que camines
        Más tarde por la niebla y los ladrillos,

        Sin esa luz que llevas en la mano
        Que tal vez otros no verán dorada,
        Que tal vez nadie supo que crecía
        Como el origen rojo de la rosa,

        Sin que seas, en fin, sin que vinieras
        Brusca, incitante, a conocer mi vida,
        Ráfaga de rosal, trigo del viento,

        Y desde entonces soy porque tú eres,
        Y desde entonces eres, soy y somos,
        Y por amor seré, serás, seremos.

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      Soneto LXX. Tal vez herido voy sin ir sangriento

        Tal vez herido voy sin ir sangriento
        Por uno de los rayos de tu vida
        Y a media selva me detiene el agua:
        La lluvia que se cae con su cielo.

        Entonces toco el corazón llovido:
        Allí sé que tus ojos penetraron
        Por la región extensa de mi duelo
        Y un susurro de sombra surge solo:

        ¿Quién es? ¿Quién es? Pero no tuvo nombre
        La hoja o el agua oscura que palpita
        A media selva, sorda, en el camino,

        Y así, amor mío, supe que fui herido
        Y nadie hablaba allí sino la sombra,
        La noche errante, el beso de la lluvia.

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      Soneto LXXI. De pena en pena cruza sus islas el amor

        De pena en pena cruza sus islas el amor
        Y establece raíces que luego riega el llanto,
        Y nadie puede, nadie puede evadir los pasos
        Del corazón que corre callado y carnicero.

        Así tú y yo buscamos un hueco, otro planeta
        En donde no tocara la sal tu cabellera,
        En donde no crecieran dolores por mi culpa,
        En donde viva el pan sin agonía.

        Un planeta enredado por distancia y follajes,
        Un páramo, una piedra cruel y deshabitada,
        Con nuestras propias manos hacer un nido duro,

        Queríamos, sin daño ni herida ni palabra,
        Y no fue así el amor, sino una ciudad loca
        Donde la gente palidece en los balcones.

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      Soneto LXXII. Amor mío, el invierno regresa a sus cuarteles

        Amor mío, el invierno regresa a sus cuarteles,
        Establece la tierra sus dones amarillos
        Y pasamos la mano sobre un país remoto,
        Sobre la cabellera de la geografía.

        ¡Irnos! ¡Hoy! ¡Adelante, ruedas, naves, campanas,
        Aviones acerados por el diurno infinito
        Hacia el olor nupcial del archipiélago,
        Por longitudinales harinas de usufructo!

        Vamos, levántate, y endiadémate y sube
        Y baja y corre y trina con el aire y conmigo
        Vámonos a los trenes de Arabia o Tocopilla,

        Sin más que trasmigrar hacia el polen lejano,
        A pueblos lancinantes de harapos y gardenias
        Gobernados por pobres monarcas sin zapatos.

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      Soneto LXXIII. Recordarás tal vez aquel hombre afilado

        Recordarás tal vez aquel hombre afilado
        Que de la oscuridad salió como un cuchillo
        Y antes de que supiéramos, sabía:
        Vio el humo y decidió que venía del fuego.

        La pálida mujer de cabellera negra
        Surgió como un pescado del abismo
        Y entre los dos alzaron en contra del amor
        Una máquina armada de dientes numerosos.

        Hombre y mujer talaron montañas y jardines,
        Bajaron a los ríos, treparon por los muros,
        Subieron por los montes su atroz artillería.

        El amor supo entonces que se llamaba amor.
        Y cuando levanté mis ojos a tu nombre
        Tu corazón de pronto dispuso mi camino.

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      Soneto LXXIV. El camino mojado por el agua de agosto

        El camino mojado por el agua de agosto
        Brilla como si fuera cortado en plena luna,
        En plena claridad de la manzana,
        En mitad de la fruta del otoño.

        Neblina, espacio o cielo, la vaga red del día
        Crece con fríos sueños, sonidos y pescados,
        El vapor de las islas combate la comarca,
        Palpita el mar sobre la luz de Chile.

        Todo se reconcentra como el metal, se esconden
        Las hojas, el invierno enmascara su estirpe
        Y sólo ciegos somos, sin cesar, solamente.

        Solamente sujetos al cauce sigiloso
        Del movimiento, adiós, del viaje, del camino:
        Adiós, caen las lágrimas de la naturaleza.

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      Soneto LXXV. Ésta es la casa, el mar y la bandera

        Ésta es la casa, el mar y la bandera.
        Errábamos por otros largos muros.
        No hallábamos la puerta ni el sonido
        Desde la ausencia, como desde muertos.

        Y al fin la casa abre su silencio,
        Entramos a pisar el abandono,
        Las ratas muertas, el adiós vacío,
        El agua que lloró en las cañerías.

        Lloró, lloró la casa noche y día,
        Gimió con las arañas, entreabierta,
        Se desgranó desde sus ojos negros,

        Y ahora de pronto la volvemos viva,
        La poblamos y no nos reconoce:
        Tiene que florecer, y no se acuerda.

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      Soneto LXXVI. Diego Rivera con la paciencia del oso

        Diego Rivera con la paciencia del oso
        Buscaba la esmeralda del bosque en la pintura
        O el bermellón, la flor súbita de la sangre
        Recogía la luz del mundo en tu retrato.

        Pintaba el imperioso traje de tu nariz,
        La centella de tus pupilas desbocadas,
        Tus uñas que alimentan la envidia de la luna,
        Y en tu piel estival, tu boca de sandía.

        Te puso dos cabezas de volcán encendidas
        Por fuego, por amor, por estirpe araucana,
        Y sobre los dos rostros dorados de la greda

        Te cubrió con el casco de un incendio bravío
        Y allí secretamente quedaron enredados
        Mis ojos en su torre total: tu cabellera.

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      Soneto LXXVII. Hoy es hoy con el peso de todo el tiempo ido

        Hoy es hoy con el peso de todo el tiempo ido,
        Con las alas de todo lo que será mañana,
        Hoy es el sur del mar, la vieja edad del agua
        Y la composición de un nuevo día.

        A tu boca elevada a la luz o a la luna
        Se agregaron los pétalos de un día consumido,
        Y ayer viene trotando por su calle sombría
        Para que recordemos su rostro que se ha muerto.

        Hoy, ayer y mañana se comen caminando,
        Consumimos un día como una vaca ardiente,
        Nuestro ganado espera con sus días contados,

        Pero en tu corazón el tiempo echó su harina,
        Mi amor construyó un horno con barro de Temuco:
        Tú eres el pan de cada día para mi alma.

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      Soneto LXXVIII. No tengo nunca más, no tengo siempre

        No tengo nunca más, no tengo siempre. En la arena
        La victoria dejó sus pies perdidos.
        Soy un pobre hombre dispuesto a amar a sus semejantes.
        No sé quién eres. Te amo. No doy, no vendo espinas.

        Alguien sabrá tal vez que no tejí coronas
        Sangrientas, que combatí la burla,
        Y que en verdad llené la pleamar de mi alma.
        Yo pagué la vileza con palomas.

        Yo no tengo jamás porque distinto
        Fui, soy, seré. Y en nombre
        De mi cambiante amor proclamo la pureza.

        La muerte es sólo piedra del olvido.
        Te amo, beso en tu boca la alegría.
        Traigamos leña. Haremos fuego en la montaña.

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      Soneto LXXIX. De noche, amada, amarra tu corazón al mío

        De noche, amada, amarra tu corazón al mío
        Y que ellos en el sueño derroten las tinieblas
        Como un doble tambor combatiendo en el bosque
        Contra el espeso muro de las hojas mojadas.

        Nocturna travesía, brasa negra del sueño
        Interceptando el hilo de las uvas terrestres
        Con la puntualidad de un tren descabellado
        Que sombra y piedras frías sin cesar arrastrara.

        Por eso, amor, amárrame el movimiento puro,
        A la tenacidad que en tu pecho golpea
        Con las alas de un cisne sumergido,

        Para que a las preguntas estrelladas del cielo
        Responda nuestro sueño con una sola llave,
        Con una sola puerta cerrada por la sombra.

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      Soneto LXXX. De viajes y dolores yo regresé, amor mío

        De viajes y dolores yo regresé, amor mío,
        A tu voz, a tu mano volando en la guitarra,
        Al fuego que interrumpe con besos el otoño,
        A la circulación de la noche en el cielo.

        Para todos los hombres pido pan y reinado,
        Pido tierra para el labrador sin ventura,
        Que nadie espere tregua de mi sangre o mi canto.
        Pero a tu amor no puedo renunciar sin morirme.

        Por eso toca el vals de la serena luna,
        La barcarola en el agua de la guitarra
        Hasta que se doblegue mi cabeza soñando:

        Que todos los desvelos de mi vida tejieron
        Esta enramada en donde tu mano vive y vuela
        Custodiando la noche del viajero dormido.

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      Soneto LXXXI. Ya eres mía. Reposa con tu sueño en mi sueño

        Ya eres mía. Reposa con tu sueño en mi sueño.
        Amor, dolor, trabajos, deben dormir ahora.
        Gira la noche sobre sus invisibles ruedas
        Y junto a mí eres pura como el ámbar dormido.

        Ninguna más, amor, dormirá con mis sueños.
        Irás, iremos juntos por las aguas del tiempo.
        Ninguna viajará por la sombra conmigo,
        Sólo tú, siempreviva, siempre sol, siempre luna.

        Ya tus manos abrieron los puños delicados
        Y dejaron caer suaves signos sin rumbo,
        Tus ojos se cerraron como dos alas grises,

        Mientras yo sigo el agua que llevas y me lleva:
        La noche, el mundo, el viento devanan su destino,
        Y ya no soy sin ti sino sólo tu sueño.

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      Soneto LXXXII. Amor mío, al cerrar esta puerta nocturna

        Amor mío, al cerrar esta puerta nocturna
        Te pido, amor, un viaje por oscuro recinto:
        Cierra tus sueños, entra con tu cielo en mis ojos,
        Extiéndete en mi sangre como en un ancho río.

        Adiós, adiós, cruel claridad que fue cayendo
        En el saco de cada día del pasado,
        Adiós a cada rayo de reloj o naranja,
        ¡Salud oh sombra, intermitente compañera!

        En esta nave o agua o muerte o nueva vida,
        Una vez más unidos, dormidos, resurrectos,
        Somos el matrimonio de la noche en la sangre.

        No sé quién vive o muere, quién reposa o despierta,
        Pero es tu corazón el que reparte
        En mi pecho los dones de la aurora.

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      Soneto LXXXIII. Es bueno, amor, sentirte cerca de mí en la noche

        Es bueno, amor, sentirte cerca de mí en la noche,
        Invisible en tu sueño, seriamente nocturna,
        Mientras yo desenredo mis preocupaciones
        Como si fueran redes confundidas.

        Ausente, por los sueños tu corazón navega,
        Pero tu cuerpo así abandonado respira
        Buscándome sin verme, completando mi sueño
        Como una planta que se duplica en la sombra.

        Erguida, serás otra que vivirá mañana,
        Pero de las fronteras perdidas en la noche,
        De este ser y no ser en que nos encontramos

        Algo queda acercándonos en la luz de la vida
        Como si el sello de la sombra señalara
        Con fuego sus secretas criaturas.

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      Soneto LXXXIV. Una vez más, amor, la red del día extingue

        Una vez más, amor, la red del día extingue
        Trabajos, ruedas, fuegos, estertores, adioses,
        Y a la noche entregamos el trigo vacilante
        Que el mediodía obtuvo de la luz y la tierra.

        Sólo la luna en medio de su página pura
        Sostiene las columnas del estuario del cielo,
        La habitación adopta la lentitud del oro
        Y van y van tus manos preparando la noche.

        Oh amor, oh noche, oh cúpula cerrada por un río
        De impenetrables aguas en la sombra del cielo
        Que destaca y sumerge sus uvas tempestuosas,

        Hasta que sólo somos un solo espacio oscuro,
        Una copa en que cae la ceniza celeste,
        Una gota en el pulso de un lento y largo río.

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      Soneto LXXXV. Del mar hacia las calles corre la vaga niebla

        Del mar hacia las calles corre la vaga niebla
        Como el vapor de un buey enterrado en el frío,
        Y largas lenguas de agua se acumulan cubriendo
        El mes que a nuestras vidas prometió ser celeste.

        Adelantado otoño, panal silbante de hojas,
        Cuando sobre los pueblos palpita tu estandarte
        Cantan mujeres locas despidiendo a los ríos,
        Los caballos relinchan hacia la Patagonia.

        Hay una enredadera vespertina en tu rostro
        Que crece silenciosa por el amor llevada
        Hasta las herraduras crepitantes del cielo.

        Me inclino sobre el fuego de tu cuerpo nocturno
        Y no sólo tus senos amo sino el otoño
        Que esparce por la niebla su sangre ultramarina.

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      Soneto LXXXVI. Oh cruz del sur, oh trébol de fósforo fragante

        Oh cruz del sur, oh trébol de fósforo fragante,
        Con cuatro besos hoy penetró tu hermosura
        Y atravesó la sombra y mi sombrero:
        La luna iba redonda por el frío.

        Entonces con mi amor, con mi amada, oh diamantes
        De escarcha azul, serenidad del cielo,
        Espejo, apareciste y se llenó la noche
        Con tus cuatro bodegas temblorosas de vino.

        Oh palpitante plata de pez pulido y puro,
        Cruz verde, perejil de la sombra radiante,
        Luciérnaga a la unidad del cielo condenada,

        Descansa en mí, cerremos tus ojos y los míos.
        Por un minuto duerme con la noche del hombre.
        Enciende en mí tus cuatro números constelados.

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      Soneto LXXXVII. Las tres aves del mar, tres rayos, tres tijeras

        Las tres aves del mar, tres rayos, tres tijeras
        Cruzaron por el cielo frío hacia Antofagasta,
        Por eso quedó el aire tembloroso,
        Todo tembló como bandera herida.

        Soledad, dame el signo de tu incesante origen,
        El apenas camino de los pájaros crueles,
        Y la palpitación que sin duda precede
        A la miel, a la música, al mar, al nacimiento.

        (Soledad sostenida por un constante rostro
        Como una grave flor sin cesar extendida
        Hasta abarcar la pura muchedumbre del cielo).

        Volaban alas frías del mar, del Archipiélago,
        Hacia la arena del Noroeste de Chile.
        Y la noche cerró su celeste cerrojo.

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      Soneto LXXXVIII. El mes de marzo vuelve con su luz escondida

        El mes de marzo vuelve con su luz escondida
        Y se deslizan peces inmensos por el cielo,
        Vago vapor terrestre progresa sigiloso,
        Una por una caen al silencio las cosas.

        Por suerte en esta crisis de atmósfera errabunda
        Reuniste las vidas del mar con las del fuego,
        El movimiento gris de la nave de invierno,
        La forma que el amor imprimió a la guitarra.

        Oh amor, rosa mojada por sirenas y espumas,
        Fuego que baila y sube la invisible escalera
        Y despierta en el túnel del insomnio a la sangre

        Para que se consuman las olas en el cielo,
        Olvide el mar sus bienes y leones
        Y caiga el mundo adentro de las redes oscuras.

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      Soneto LXXXIX. Cuando yo muera quiero tus manos en mis ojos

        Cuando yo muera quiero tus manos en mis ojos:
        Quiero la luz y el trigo de tus manos amadas
        Pasar una vez más sobre mí su frescura:
        Sentir la suavidad que cambió mi destino.

        Quiero que vivas mientras yo, dormido, te espero,
        Quiero que tus oídos sigan oyendo el viento,
        Que huelas el aroma del mar que amamos juntos
        Y que sigas pisando la arena que pisamos.

        Quiero que lo que amo siga vivo
        Y a ti te amé y canté sobre todas las cosas,
        Por eso sigue tú floreciendo, florida,

        Para que alcances todo lo que mi amor te ordena,
        Para que se pasee mi sombra por tu pelo,
        Para que así conozcan la razón de mi canto.

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      Soneto XC. Pensé morir, sentí de cerca el frío

        Pensé morir, sentí de cerca el frío,
        Y de cuanto viví sólo a ti te dejaba:
        Tu boca eran mi día y mi noche terrestres
        Y tu piel la república fundada por mis besos.

        En ese instante se terminaron los libros,
        La amistad, los tesoros sin tregua acumulados,
        La casa transparente que tú y yo construimos:
        Todo dejó de ser, menos tus ojos.

        Porque el amor, mientras la vida nos acosa,
        Es simplemente una ola alta sobre las olas,
        Pero ay cuando la muerte viene a tocar a la puerta

        Hay sólo tu mirada para tanto vacío,
        Sólo tu claridad para no seguir siendo,
        Sólo tu amor para cerrar la sombra.

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      Soneto XCI. La edad nos cubre como la llovizna

        La edad nos cubre como la llovizna,
        Interminable y árido es el tiempo,
        Una pluma de sal toca tu rostro,
        Una gotera carcomió mi traje:

        El tiempo no distingue entre mis manos
        O un vuelo de naranjas en las tuyas:
        Pica con nieve y azadón la vida:
        La vida tuya que es la vida mía.

        La vida mía que te di se llena
        De años, como el volumen de un racimo.
        Regresarán las uvas a la tierra.

        Y aún allá abajo el tiempo sigue siendo,
        Esperando, lloviendo sobre el polvo,
        Ávido de borrar hasta la ausencia.

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      Soneto XCII. Amor mío, si muero y tú no mueres

        Amor mío, si muero y tú no mueres,
        No demos al dolor más territorio:
        Amor mío, si mueres y no muero,
        No hay extensión como la que vivimos.

        Polvo en el trigo, arena en las arenas
        El tiempo, el agua errante, el viento vago
        Nos llevó como grano navegante.
        Pudimos no encontrarnos en el tiempo.

        Esta pradera en que nos encontramos,
        ¡Oh pequeño infinito devolvemos!
        Pero este amor, amor, no ha terminado,

        Y así como no tuvo nacimiento
        No tiene muerte, es como un largo río,
        Sólo cambia de tierras y de labios.

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      Soneto XCIII. Si alguna vez tu pecho se detiene

        Si alguna vez tu pecho se detiene,
        Si algo deja de andar ardiendo por tus venas,
        Si tu voz en tu boca se va sin ser palabra,
        Si tus manos se olvidan de volar y se duermen,

        Matilde, amor, deja tus labios entreabiertos
        Porque ese último beso debe durar conmigo,
        Debe quedar inmóvil para siempre en tu boca
        Para que así también me acompañe en mi muerte.

        Me moriré besando tu loca boca fría,
        Abrazando el racimo perdido de tu cuerpo,
        Y buscando la luz de tus ojos cerrados.

        Y así cuando la tierra reciba nuestro abrazo
        Iremos confundidos en una sola muerte
        A vivir para siempre la eternidad de un beso.

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      Soneto XCIV. Si muero sobrevíveme con tanta fuerza pura

        Si muero sobrevíveme con tanta fuerza pura
        Que despiertes la furia del pálido y del frío,
        De sur a sur levanta tus ojos indelebles,
        De sol a sol que suene tu boca de guitarra.

        No quiero que vacilen tu risa ni tus pasos,
        No quiero que se muera mi herencia de alegría,
        No llames a mi pecho, estoy ausente.
        Vive en mi ausencia como en una casa.

        Es una casa tan grande la ausencia
        Que pasarás en ella a través de los muros
        Y colgarás los cuadros en el aire.

        Es una casa tan transparente la ausencia
        Que yo sin vida te veré vivir
        Y si sufres, mi amor, me moriré otra vez.

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      Soneto XCV. ¿Quiénes se amaron como nosotros?

        ¿Quiénes se amaron como nosotros? Busquemos
        Las antiguas cenizas del corazón quemado
        Y allí que caigan uno por uno nuestros besos
        Hasta que resucite la flor deshabitada.

        Amemos el amor que consumió su fruto
        Y descendió a la tierra con rostro y poderío:
        Tú y yo somos la luz que continúa,
        Su inquebrantable espiga delicada.

        Al amor sepultado por tanto tiempo frío,
        Por nieve y primavera, por olvido y otoño,
        Acerquemos la luz de una nueva manzana,

        De la frescura abierta por una nueva herida,
        Como el amor antiguo que camina en silencio
        Por una eternidad de bocas enterradas.

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      Soneto XCVI. Pienso, esta época en que tú me amaste

        Pienso, esta época en que tú me amaste
        Se irá por otra azul sustituida,
        Será otra piel sobre los mismos huesos,
        Otros ojos verán la primavera.

        Nadie de los que ataron esta hora,
        De los que conversaron con el humo,
        Gobiernos, traficantes, transeúntes,
        Continuarán moviéndose en sus hilos.

        Se irán los crueles dioses con anteojos,
        Los peludos carnívoros con libro,
        Los pulgones y los pipipasseyros.

        Y cuando esté recién lavado el mundo
        Nacerán otros ojos en el agua
        Y crecerá sin lágrimas el trigo.

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      Soneto XCVII. Hay que volar en este tiempo

        Hay que volar en este tiempo, ¿a dónde?
        Sin alas, sin avión, volar sin duda:
        Ya los pasos pasaron sin remedio,
        No elevaron los pies del pasajero.

        Hay que volar a cada instante como
        Las águilas, las moscas y los días,
        Hay que vencer los ojos de Saturno
        Y establecer allí nuevas campanas.

        Ya no bastan zapatos ni caminos,
        Ya no sirve la tierra a los errantes,
        Ya cruzaron la noche las raíces,

        Y tú aparecerás en otra estrella
        Determinadamente transitoria
        Convertida por fin en amapola.

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      Soneto XCVIII. Y esta palabra, este papel escrito

        Y esta palabra, este papel escrito
        Por las mil manos de una sola mano,
        No queda en ti, no sirve para sueños,
        Cae a la tierra: allí se continúa.

        No importa que la luz o la alabanza
        Se derramen y salgan de la copa
        Si fueron un tenaz temblor del vino,
        Si se tiñó tu boca de amaranto.

        No quiere más la sílaba tardía,
        Lo que trae y retrae el arrecife
        De mis recuerdos, la irritada espuma,

        No quiere más sino escribir tu nombre.
        Y aunque lo calle mi sombrío amor
        Más tarde lo dirá la primavera.

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      Soneto XCIX. Otros días vendrán

        Otros días vendrán, será entendido
        El silencio de plantas y planetas
        ¡Y cuántas cosas puras pasarán!
        ¡Tendrán olor a luna los violines!

        El pan será tal vez como tú eres:
        Tendrá tu voz, tu condición de trigo,
        Y hablarán otras cosas con tu voz:
        Los caballos perdidos del otoño.

        Aunque no sea como está dispuesto
        El amor llenará grandes barricas
        Como la antigua miel de los pastores,

        Y tú en el polvo de mi corazón
        (En donde habrá inmensos almacenes)
        Irás y volverás entre sandías.

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      Soneto C. En medio de la tierra apartaré

        En medio de la tierra apartaré
        Las esmeraldas para divisarte
        Y tú estarás copiando las espigas
        Con una pluma de agua mensajera.

        ¡Qué mundo! ¡Qué profundo perejil!
        ¡Qué nave navegando en la dulzura!
        ¡Y tú tal vez y yo tal vez topacio!
        Ya no habrá división en las campanas.

        Ya no habrá sino todo el aire libre,
        Las manzanas llevadas por el viento,
        El suculento libro en la enramada,

        Y allí donde respiran los claveles
        Fundaremos un traje que resista
        La eternidad de un beso victorioso.

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