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    Información biográfica

    Pablo Neruda - Parte I (poemas 1-100)
    Pablo Neruda - Parte II (poemas 101-200)
    Pablo Neruda - Parte III (poemas 201-273)

  1. La vulgar que pasó
  2. Lamento lento
  3. Las furias y las penas
  4. Las muchachas
  5. Las vidas
  6. Llénate de mí
  7. Los jugadores
  8. Materia nupcial
  9. Madrigal escrito en invierno
  10. Maestranzas de noche
  11. Martí (1890)
  12. Monzón de mayo
  13. Mujer, nada me has dado
  14. Naciendo en los bosques
  15. No sólo el fuego
  16. No tan alto
  17. Oda a César Vallejo
  18. Oda a Jorge Manrique
  19. Oda a Federico García Lorca
  20. Oda a la bella desnuda
  21. Oda a la crítica
  22. Oda a la flor azul
  23. Oda a la guitarra
  24. Oda a la jardinera
  25. Oda a la pobreza
  26. Oda a la tristeza
  27. Oda a las cosas rotas
  28. Oda a los números
  29. Oda a un millonario muerto
  30. Oda a una estrella
  31. Oda al amor secreto
  32. Oda al gato
  33. Oda al hombre sencillo
  34. Oda al primer día del año
  35. Odas y germinaciones
  36. Oliverio Girondo
  37. Pequeña América
  38. Pido silencio
  39. Piedras antárticas
  40. Piedras de Chile
  41. Plenos poderes
  42. Pobres muchachos
  43. Puentes
  44. Regreso
  45. Ritual de mis piernas
  46. Sabor
  47. Sed de ti
  48. Serenata
  49. Si tú me olvidas
  50. Siempre
  51. Siento tu ternura
  52. Significa sombras
  53. Sin embargo me muevo
  54. Sistema sombrío
  55. Sólo la muerte
  56. Sonata y destrucciones
  57. Sueño de gatos
  58. Tango del viudo
  59. Tengo miedo
  60. Testamento de otoño
  61. Tiranía
  62. Trabajo frío
  63. Tu risa
  64. Tú venías
  65. Tus manos
  66. Tus pies
  67. Un perro ha muerto
  68. Unidad
  69. Walking around
  70. ¿Y cuánto vive?
  71. Ya te perdí, mujer
  72. Yo aquí me despido
  73. Yo te soñé una tarde





  74. Información biográfica

      Nombre: Neftalí Ricardo Reyes Basoalto
      Nombre de pluma: Pablo Neruda
      Lugar y fecha nacimiento: Parral (Chile), 12 de julio de 1904
      Lugar y fecha defunción: Santiago de Chile (Chile), 23 de septiembre de 1973 (69 años)

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      La vulgar que pasó

        No eras para mis sueños, ni eras para mi vida,
        Ni para mis cansancios aromados de rosas,
        Ni para la impotencia de mi rabia suicida,
        No eras la bella y buena, la bella y dolorosa.

        No eras para mis sueños, no eras para mis cantos,
        No eras para el prestigio de mis amargos llantos,
        No eras para mi vida ni para mi dolor,
        No eras lo fugitivo de todos mis encantos.
        No merecías nada. Ni mi agrio desencanto
        Ni siquiera la lumbre que presintió el amor.

        Bien hecho, muy bien hecho que hayas pasado en vano
        Que no se haya engarfiado mi vida a tu mirar,
        Que no se hayan juntado a los llantos ancianos
        La amargura doliente de un estéril llorar.

        Eras para un imbécil que te quisiera un poco.
        ¡Oh mis ensueños buenos1, ¡oh mis ensueños locos!
        Eras para un imbécil, un cualquiera no más
        Que no tuviera nada de mis ensueños, nada,
        Pero que te daría tu dicha animalada
        La corta y bruta crisis del espasmo final.

        No eras para mis sueños, no eras para mi vida
        Ni para mis quebrantos ni para mi dolor,
        No eras para los llantos de mis duras heridas,
        No eras para mis brazos, ni para mi canción.

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      Lamento lento

        En la noche del corazón
        La gota de tu nombre lento
        En silencio circula y cae
        Y rompe y desarrolla su agua.

        Algo quiere su leve daño
        Y su estima infinita y corta,
        Como el paso de un ser perdido
        De pronto oído.

        De pronto, de pronto escuchado
        Y repartido en el corazón
        Con triste insistencia y aumento
        Como un sueño frío de otoño.

        La espesa rueda de la tierra
        Su llanta húmeda de olvido
        Hace rodar, cortando el tiempo
        En mitades inaccesibles.

        Sus copas duras cubren tu alma
        Derramada en la tierra fría
        Con sus pobres chispas azules
        Volando en la voz de la lluvia.

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      Las furias y las penas

        En 1934 fue escrito este poema. ¡Cuántas cosas han sobrevenido desde entonces! España, donde lo escribí, es una cintura de ruinas. Ay, si con sólo una gota de poesía o de amor pudiéramos aplacar la ira del mundo, pero eso sólo lo pueden la lucha y el corazón resuelto.

        El mundo ha cambiado y mi poesía ha cambiado. Una gota de sangre caída en estas líneas quedará viviendo sobre ellas, indeleble como el amor.
        Marzo de 1939

        Hay en mi corazón furias y penas.
        Quevedo

        En el fondo del pecho estamos juntos,
        En el cañaveral del pecho recorremos
        Un verano de tigres,
        Al acecho de un metro de piel fría,
        Al acecho de un ramo de inaccesible cutis,
        Con la boca olfateando sudor y venas verdes
        Nos encontramos en la húmeda sombra que deja caer besos.

        Tú mi enemiga de tanto sueño roto de la misma manera
        Que erizadas plantas de vidrio, lo mismo que campanas
        Deshechas de manera amenazante, tanto como disparos
        De hiedra negra en medio del perfume,
        Enemiga de grandes caderas que mi pelo han tocado
        Con un ronco rocío, con una lengua de agua,
        No obstante el mudo frío de los dientes y el odio de los ojos,
        Y la batalla de agonizantes bestias que cuidan el olvido,
        En algún sitio del verano estamos juntos
        Acechando con labios que la sed ha invadido.
        Si hay alguien que traspasa
        Una pared con círculos de fósforo
        Y hiere el centro de unos dulces miembros
        Y muerde cada hoja de un bosque dando gritos,
        Tengo también tus ojos de sangrienta luciérnaga
        Capaces de impregnar y atravesar rodillas
        Y gargantas rodeadas de seda general.

        Cuando en las reuniones
        El azar, la ceniza, las bebidas,
        El aire interrumpido,
        Pero ahí están tus ojos oliendo a cacería,
        A rayo verde que agujerea pechos,
        Tus dientes que abren manzanas de las que cae sangre,
        Tus piernas que se adhieren al sol dando gemidos,
        Y tus tetas de nácar y tus pies de amapola,
        Como embudos llenos de dientes que buscan sombra,
        Como rosas hechas de látigo y perfume, y aún,
        Aún más, aún más,
        Aún detrás de los párpados, aún detrás del cielo,
        Aún detrás de los trajes y los viajes, en las calles donde la gente orina,
        Adivinas los cuerpos,
        En las agrias iglesias a medio destruir, en las cabinas que el mar lleva en las manos,
        Acechas con tus labios sin embargo floridos,
        Rompes a cuchilladas la madera y la plata,
        Crecen tus grandes venas que asustan:
        No hay cáscara, no hay distancia ni hierro,
        Tocan manos tus manos,
        Y caes haciendo crepitar las flores negras.

        Adivinas los cuerpos
        Como un insecto herido de mandatos,
        Adivinas el centro de la sangre y vigilas
        Los músculos que postergan la aurora, asaltas sacudidas,
        Relámpagos, cabezas,
        Y tocas largamente las piernas que te guían.

        ¡Oh conducida herida de flechas especiales!

        ¿Hueles lo húmedo en medio de la noche?

        ¿O un brusco vaso de rosales quemados?

        ¿Oyes caer la ropa, las llaves, las monedas
        En las espesas casas donde llegas desnuda?

        Mi odio es una sola mano que te indica
        El callado camino, las sábanas en que alguien ha dormido
        Con sobresalto: llegas
        Y ruedas por el suelo manejada y mordida,
        Y el viejo olor del semen como una enredadera
        De cenicienta harina se desliza a tu boca.

        Ay leves locas copas y pestañas,
        Aire que inunda un entreabierto río
        Como una sola paloma de colérico cauce,
        Como atributo de agua sublevada,
        Ay substancias, sabores, párpados de ala viva
        Con un temblor, con una ciega flor temible,
        Ay graves, serios pechos como rostros,
        Ay grandes muslos llenos de miel verde,
        Y talones y sombra de pies, y transcurridas
        Respiraciones y superficies de pálida piedra,
        Y duras olas que suben la piel hacia la muerte
        Llenas de celestiales harinas empapadas.

        Entonces, ¿este río
        Va entre nosotros, y por una ribera
        Vas tú mordiendo bocas?
        Entonces, ¿es que estoy verdaderamente, verdaderamente lejos
        Y un río de agua ardiendo pasa en lo oscuro?
        Ay cuántas veces eres la que el odio no nombra,
        Y de qué modo hundido en las tinieblas,
        Y bajo qué lluvias de estiércol machacado
        Tu estatua en mi corazón devora el trébol.

        El odio es un martillo que golpea tu traje
        Y tu frente escarlata,
        Y los días del corazón caen en tus orejas
        Como vagos búhos de sangre eliminada,
        Y los collares que gota a gota se formaron con lágrimas
        Rodean tu garganta quemándote la voz como con hielo.

        Es para que nunca, nunca
        Hables, es para que nunca, nunca
        Salga una golondrina del nido de la lengua
        Y para que las ortigas destruyan tu garganta
        Y un viento de buque áspero te habite.

        ¿En dónde te desvistes?
        ¿En un ferrocarril, junto a un peruano rojo
        O con un segador, entre terrones, a la violenta
        Luz del trigo?
        ¿O corres con ciertos abogados de mirada terrible
        Largamente desnuda, a la orilla del agua de la noche?

        Miras: no ves la luna ni el jacinto
        Ni la oscuridad goteada de humedades,
        Ni el tren de cieno, ni el marfil partido:
        Ves cinturas delgadas como oxígeno,
        Pechos que aguardan acumulando peso
        E idéntica al zafiro de lunar avaricia
        Palpitas desde el dulce ombligo hasta las rosas.

        ¿Por qué sí? ¿Por qué no? Los días descubiertos
        Aportan roja arena sin cesar destrozada
        A las hélices puras que inauguran el día,
        Y pasa un mes con corteza de tortuga,
        Pasa un estéril día,
        Pasa un buey, un difunto,
        Una mujer llamada Rosalía,
        Y no queda en la boca sino un sabor de pelo
        Y de dorada lengua que con sed se alimenta.
        Nada sino esa pulpa de los seres,
        Nada sino esa copa de raíces.

        Yo persigo como en un túnel roto, en otro extremo
        Carne y besos que debo olvidar injustamente,
        Y en las aguas de espaldas cuando ya los espejos
        Avivan el abismo, cuando la fatiga, los sórdidos relojes
        Golpean a la puerta de hoteles suburbanos, y cae
        La flor de papel pintado, y el terciopelo cagado por las ratas y la cama
        Cien veces ocupada por miserables parejas, cuando
        Todo me dice que un día ha terminado, tú y yo
        Hemos estado juntos derribando cuerpos,
        Construyendo una casa que no dura ni muere,
        Tú y yo hemos corrido juntos un mismo río
        Con encadenadas bocas llenas de sal y sangre,
        Tú y yo hemos hecho temblar otra vez las luces verdes
        Y hemos solicitado de nuevo las grandes cenizas.

        Recuerdo sólo un día
        Que tal vez nunca me fue destinado,
        Era un día incesante,
        Sin orígenes, jueves.
        Yo era un hombre transportado al acaso
        Con una mujer hallada vagamente,
        Nos desnudamos
        Como para morir o nadar o envejecer
        Y nos metimos uno dentro del otro,
        Ella rodeándome como un agujero,
        Yo quebrantándola como quien
        Golpea una campana,
        Pues ella era el sonido que me hería
        Y la cúpula dura decidida a temblar.

        Era una sorda ciencia con cabello y cavernas
        Y machacando puntas de médula y dulzura
        He rodado a las grandes coronas genitales
        Entre piedras y asuntos sometidos.

        Éste es un cuento de puertos a donde
        Llega uno, al azar, y sube a las colinas,
        Suceden tantas cosas.

        Enemiga, enemiga,
        ¿Es posible que el amor haya caído al polvo
        Y no haya sino carne y huesos velozmente adorados
        Mientras el fuego se consume
        Y los caballos vestidos de rojo galopan al infierno?

        Yo quiero para mí la avena y el relámpago
        A fondo de epidermis,
        Y el devorante pétalo desarrollado en furia,
        Y el corazón labial del cerezo de junio,
        Y el reposo de lentas barrigas que arden sin dirección,
        Pero me falta un suelo de cal con lágrimas
        Y una ventana donde esperar espumas.

        Así es la vida,
        Corre tú entre las hojas, un otoño
        Negro ha llegado,
        Corre vestida con una falda de hojas y un cinturón de metal amarillo,
        Mientras la neblina de la estación roe las piedras.

        Corre con tus zapatos, con tus medias,
        Con el gris repartido, con el hueco del pie, y con esas manos que el tabaco salvaje adoraría,
        Golpea escaleras, derriba
        El papel negro que protege las puertas,
        Y entra en medio del sol y la ira de un día de puñales
        A echarte como paloma de luto y nieve sobre un cuerpo.

        Es una sola hora larga como una vena,
        Y entre el ácido y la paciencia del tiempo arrugado
        Transcurrimos,
        Apartando las sílabas del miedo y la ternura,
        Interminablemente exterminados.

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      Las muchachas

        Muchachas que buscabais
        El gran amor, el gran amor terrible,
        ¿Qué ha pasado, muchachas?

        ¡Tal vez
        El tiempo, el tiempo!

        Porque ahora,
        Aquí está, ¡ved cómo pasa
        Arrastrando las piedras celestes,
        Destrozando las flores y las hojas,
        Con un ruido de espumas azotadas
        Contra todas las piedras de tu mundo,
        Con un olor de esperma y de jazmines,
        Junto a la luna sangrienta!

        ¡Y ahora
        Tocas el agua con tus pies pequeños,
        Con tu pequeño corazón
        Y no sabes qué hacer!

        ¡Son mejores
        Ciertos viajes nocturnos,
        Ciertos departamentos,
        Ciertos divertidísimos paseos,
        Ciertos bailes sin mayor consecuencia
        Que continuar el viaje!

        Muérete de miedo o de frío,
        O de duda,
        Que yo con mis grandes pasos
        La encontraré,
        Dentro de ti
        O lejos de ti,
        Y ella me encontrará,
        La que no temblará frente al amor,
        ¡La que estará fundida
        Conmigo
        En la vida o la muerte!

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      Las vidas

        Ay, ¡qué incómoda a veces
        Te siento
        Conmigo, vencedor entre los hombres!
        Porque no sabes
        Que conmigo vencieron
        Miles de rostros que no puedes ver,
        Miles de pies y pechos que marcharon conmigo,
        Que no soy,
        Que no existo,
        Que sólo soy la frente de los que van conmigo,
        Que soy más fuerte
        Porque llevo en mí
        No mi pequeña vida
        Sino todas las vidas,
        Y ando seguro hacia delante
        Porque tengo mil ojos,
        Golpeo con peso de piedra
        Porque tengo mil manos
        Y mi voz se oye en las orillas
        De todas las tierras
        Porque es la voz de todos
        Los que no hablaron,
        De los que no cantaron
        Y cantan hoy con esta boca
        Que a ti te besa.

      Arriba

      Llénate de mí

        Llénate de mí.
        Ansíame, agótame, viérteme, sacrifícame.
        Pídeme. Recógeme, contiéneme, ocúltame.
        Quiero ser de alguien, quiero ser tuyo, es tu hora.
        Soy el que pasó saltando sobre las cosas,
        El fugante, el doliente.

        Pero siento tu hora,
        La hora de que mi vida gotee sobre tu alma,
        La hora de las ternuras que no derramé nunca,
        La hora de los silencios que no tienen palabras,
        Tu hora, alba de sangre que me nutrió de angustias,
        Tu hora, medianoche que me fue solitaria.

        Libértame de mí. Quiero salir de mi alma.
        Yo soy esto que gime, esto que arde, esto que sufre.
        Yo soy esto que ataca, esto que aúlla, esto que canta.
        No, no quiero ser esto.
        Ayúdame a romper estas puertas inmensas.
        Con tus hombros de seda desentierra estas anclas.
        Así crucificaron mi dolor una tarde.
        Libértame de mí. Quiero salir de mi alma.

        Quiero no tener límites y alzarme hacia aquel astro.
        Mi corazón no debe callar hoy o mañana.
        Debe participar de lo que toca,
        Debe ser de metales, de raíces, de alas.
        No puedo ser la piedra que se alza y que no vuelve,
        No puedo ser la sombra que se deshace y pasa.

        No, no puede ser, no puede ser, no puede ser.
        Entonces gritaría, lloraría, gemiría.
        No puede ser, no puede ser.
        ¿Quién iba a romper esta vibración de mis alas?
        ¿Quién iba a exterminarme? ¿Qué designio, qué palabra?
        No puede ser, no puede ser, no puede ser.
        Libértame de mí. Quiero salir de mi alma.

        Porque tú eres mi ruta. Te forjé en lucha viva.
        De mi pelea oscura contra mí mismo fuiste.
        Tienes de mí ese sello de avidez no saciada.
        Desde que yo los miro tus ojos son más tristes.
        Vamos juntos, rompamos este camino juntos.
        Será la ruta tuya. Pasa. Déjame irme.
        Ansíame, agótame, viérteme, sacrifícame.
        Haz tambalear los cercos de mis últimos límites.

        Y que yo pueda, al fin, correr en fuga loca,
        Inundando las tierras como un río terrible,
        Desatando estos nudos, ah Dios mío, estos nudos
        Destrozando,
        Quemando,
        Arrasando
        Como una lava loca lo que existe,
        Correr fuera de mí mismo, perdidamente,
        Libre de mí, furiosamente libre.
        ¡Irme,
        Dios mío,
        Irme!

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      Los jugadores

        Juegan, juegan.
        Agachados, arrugados, decrépitos.

        Este hombre torvo
        Junto a los mares de su patria, más lejana que el sol,
        Cantó bellas canciones.

        Canción de la belleza de la tierra,
        Canción de la belleza de la amada,
        Canción, canción
        Que no precisa fin.

        Este otro de la mano en la frente,
        Pálido como la última hoja de un árbol,
        Debe tener hijas rubias
        De carne apretada,
        Granada,
        Rosada.

        Juegan, juegan.

        Los miro entre la vaga bruma del gas y el humo.
        Y mirando estos hombres sé que la vida es triste.

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      Materia nupcial

        De pie como un cerezo sin cáscara ni flores,
        Especial, encendido, venas y saliva,
        Y dedos y testículos,
        Miro una niña de papel y luna,
        Horizontal, temblando y respirando y blanca
        Y sus pezones como dos cifras separadas,
        Y la rosal reunión de sus piernas en donde
        Su sexo de pestañas nocturnas parpadea.

        Pálido, desbordante,
        Siento hundirse palabras en mi boca,
        Palabras como niños ahogados,
        Y rumbo y rumbo y dientes crecen naves,
        Y aguas y latitud como quemadas.

        La pondré como una espada o un espejo,
        Y abriré hasta la muerte sus piernas temerosas,
        Y morderé sus orejas y sus venas,
        Y haré que retroceda con los ojos cerrados
        En un espeso río de semen verde.

        La inundaré de amapolas y relámpagos,
        La envolveré en rodillas, en labios, en agujas,
        La entraré con pulgadas de epidermis llorando
        Y presiones de crimen y pelos empapados.

        La haré huir escapándose por uñas y suspiros,
        Hacia nunca, hacia nada,
        Trepándose a la lenta médula y al oxígeno,
        Agarrándose a recuerdos y razones
        Como una sola mano, como un dedo partido
        Agitando una uña de sal desamparada.

        Debe correr durmiendo por caminos de piel
        En un país de goma cenicienta y ceniza,
        Luchando con cuchillos, y sábanas, y hormigas,
        Y con ojos que caen en ella como muertos,
        Y con gotas de negra materia resbalando
        Como pescados ciegos o balas de agua gruesa.

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      Madrigal escrito en invierno

        En el fondo del mar profundo,
        En la noche de largas listas,
        Como un caballo cruza corriendo
        Tu callado callado nombre.

        Alójame en tu espalda, ay refúgiame,
        Aparéceme en tu espejo, de pronto,
        Sobre la hoja solitaria, nocturna,
        Brotando de lo oscuro, detrás de ti.

        Flor de la dulce luz completa,
        Acúdeme tu boca de besos,
        Violenta de separaciones,
        Determinada y fina boca.

        Ahora bien, en lo largo y largo,
        De olvido a olvido residen conmigo
        Los rieles, el grito de la lluvia:
        Lo que la oscura noche preserva.

        Acógeme en la tarde de hilo
        Cuando el anochecer trabaja
        Su vestuario, y palpita en el cielo
        Una estrella llena de viento.

        Acércame tu ausencia hasta el fondo,
        Pesadamente, tapándote los ojos,
        Crúzame tu existencia, suponiendo
        Que mi corazón está destruido.

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      Maestranzas de noche

        Hierro negro que duerme, fierro negro que gime,
        Por cada poro un grito de desconsolación.

        Las cenizas ardidas sobre la tierra triste,
        Los caldos en que el bronce derritió su dolor.

        ¿Aves de qué lejano país desventurado
        Graznaron en la noche dolorosa y sin fin?

        Y el grito se me crispa como un nervio enroscado
        O como la cuerda rota de un violín.

        Cada máquina tiene una pupila abierta
        Para mirarme a mí.

        En las paredes cuelgan las interrogaciones,
        Florece en las bigornias el alma de los bronces
        Y hay un temblor de pasos en los cuartos desiertos.

        Y entre la noche negra —desesperadas— corren
        Y sollozan las almas de los obreros muertos.

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      Martí (1890)

        Cuba, flor espumosa, efervescente
        Azucena escarlata, jazminero,
        Cuesta encontrar bajo la red florida
        Tu sombrío carbón martirizado,
        La antigua arruga que dejó la muerte,
        La cicatriz cubierta por la espuma.

        Pero dentro de ti como una clara
        Geometría de nieve germinada,
        Donde se abren tus últimas cortezas,
        Yace Martí como una almendra pura.

        Está en el fondo circular del aire,
        Está en el centro azul del territorio,
        Y reluce como una gota de agua
        Su dormida pureza de semilla.

        Es de cristal la noche que lo cubre.
        Llanto y dolor, de pronto, crueles gotas
        Atraviesan la tierra hasta el recinto
        De la infinita claridad dormida.
        El pueblo a veces baja sus raíces
        A través de la noche hasta tocar
        El agua quieta en su escondido manto.
        A veces cruza el rencor iracundo
        Pisoteando sembradas superficies
        Y un muerto cae en la copa del pueblo.

        A veces vuelve el látigo enterrado
        A silbar en el aire de la cúpula
        Y una gota de sangre como un pétalo
        Cae a la tierra y desciende al silencio.
        Todo llega al fulgor inmaculado.
        Los temblores minúsculos golpean
        Las puertas de cristal del escondido.

        Toda lágrima toca su corriente.

        Todo fuego estremece, su estructura.
        Y así de la yacente fortaleza,
        Del escondido germen caudaloso
        Salen los combatientes de la isla.

        Vienen de un manantial determinado.

        Nacen de una vertiente cristalina.

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      Monzón de mayo

        El viento de la estación, el viento verde,
        Cargado de espacio y agua, entendido en desdichas,
        Arrolla su bandera de lúgubre cuero:
        Y de una desvanecida substancia, como dinero de limosna,
        Así, plateado, frío, se ha cobijado un día,
        Frágil como la espada de cristal de un gigante
        Entre tantas fuerzas que amparan su suspiro que teme,
        Su lágrima al caer, su arena inútil,
        Rodeado de poderes que cruzan y crujen,
        Como un hombre desnudo en una batalla,
        Levantando su ramo blanco, su certidumbre incierta,
        Su gota de sal trémula entre lo invadido.

        ¿Qué reposo emprender, qué pobre esperanza amar,
        Con tan débil llama y tan fugitivo fuego?
        ¿Contra qué levantar el hacha hambrienta?
        ¿De qué materia desposeer, huir de qué rayo?
        Su luz apenas hecha de longitud y temblor
        Arrastra como cola de traje de novia triste
        Aderezada de sueño mortal y palidez.
        Porque todo aquello que la sombra tocó y ambicionó el desorden,
        Gravita líquido, suspendido, desprovisto de paz,
        Indefenso entre espacios, vencido de muerte.

        Ay, y es el destino de un día que fue esperado,
        Hacia el que corrían cartas, embarcaciones, negocios,
        Morir, sedentario y húmedo, sin su propio cielo.
        ¿Dónde está su toldo de olor, su profundo follaje,
        Su rápido celaje de brasa, su respiración viva?
        Inmóvil, vestido de un fulgor moribundo y una escama opaca,
        Verá partir la lluvia sus mitades
        Y al viento nutrido de aguas atacarlas.

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      Mujer, nada me has dado

        Nada me has dado y, para ti, mi vida
        Deshoja su rosal de desconsuelo,
        Porque ves estas cosas que yo miro,
        Las mismas tierras y los mismos cielos.

        Porque la red de nervios y de venas
        Que sostiene tu ser y tu belleza
        Se debe estremecer al beso puro
        Del sol, del mismo sol que a mí me besa.

        Mujer, nada me has dado y, sin embargo,
        A través de tu ser siento las cosas,
        Estoy alegre de mirar la tierra
        En que tu corazón tiembla y reposa.

        Me limitan en vano mis sentidos,
        Dulces flores que se abren en el viento,
        Porque adivino el pájaro que pasa
        Y que mojó de azul tu sentimiento.

        Y sin embargo no me has dado nada,
        No se florecen para mí tus años,
        La cascada de cobre de tu risa
        No apagará la sed de mis rebaños.

        Hostia que no probó tu boca fina,
        Amador del amado que te llame,
        Saldré al camino con mi amor al brazo
        Como un vaso de miel para el que ames.

        Ya ves, noche estrellada, canto y copa
        En que bebes el agua que yo bebo,
        Vivo en tu vida, vives en mi vida,
        Nada me has dado y todo te lo debo.

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      Naciendo en los bosques

        Cuando el arroz retira de la tierra
        Los granos de su harina,
        Cuando el trigo endurece sus pequeñas caderas y levanta su rostro de mil manos,
        A la enramada donde la mujer y el hombre se enlazan acudo,
        Para tocar el mar innumerable
        De lo que continúa.

        Yo no soy hermano del utensilio llevado en la marea
        Como en una cuna de nácar combatido:
        No tiemblo en la comarca de los agonizantes despojos,
        No despierto en el golpe de las tinieblas asustadas
        Por el ronco pecíolo de la campana repentina,
        No puede ser, no soy el pasajero
        Bajo cuyos zapatos los últimos reductos del viento palpitan
        Y rígidas retornan las olas del tiempo a morir.

        Llevo en mi mano la paloma que duerme reclinada en la semilla
        Y en su fermento espeso de cal y sangre
        Vive agosto,
        Vive el mes extraído de su copa profunda:
        Con mi mano rodeo la nueva sombra del ala que crece:
        La raíz y la pluma que mañana formarán la espesura.

        Nunca declina, ni junto al balcón de manos de hierro
        Ni en el invierno marítimo de los abandonados, ni en mi paso tardío,
        El crecimiento inmenso de la gota, ni el párpado que quiere ser abierto:
        Porque para nacer he nacido, para encerrar el paso
        De cuanto se aproxima, de cuanto a mi pecho golpea como un nuevo corazón tembloroso.

        Vidas recostadas junto a mi traje como palomas paralelas,
        O contenidas en mi propia existencia y en mi desordenado sonido
        Para volver a ser, para incautar el aire desnudo de la hoja
        Y el nacimiento húmedo de la tierra en la guirnalda: ¿hasta cuándo
        Debo volver y ser, hasta cuándo el olor
        De las más enterradas flores, de las olas más trituradas
        Sobre las altas piedras, guardan en mí su patria
        Para volver a ser furia y perfume?

        ¿Hasta cuándo la mano del bosque en la lluvia
        Me avecina con todas sus agujas
        Para tejer los altos besos del follaje?
        Otra vez
        Escucho aproximarse como el fuego en el humo,
        Nacer de la ceniza terrestre,
        La luz llena de pétalos,
        Y apartando la tierra
        En un río de espigas llega el sol a mi boca
        Como una vieja lágrima enterrada que vuelve a ser semilla.

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      No sólo el fuego

        Ay sí, recuerdo,
        Ay, tus ojos cerrados
        Como llenos por dentro de luz negra,
        Todo tu cuerpo como una mano abierta,
        Como un racimo blanco de la luna,
        Y el éxtasis,
        Cuando nos mata un rayo,
        Cuando un puñal nos hiere en las raíces
        Y nos rompe una luz la cabellera,
        Y cuando
        Vamos de nuevo
        Volviendo a la vida,
        Como si del océano saliéramos,
        Como si del naufragio
        Volviéramos heridos
        Entre las piedras y las algas rojas.

        Pero
        Hay otros recuerdos,
        No sólo flores del incendio,
        Sino pequeños brotes
        Que aparecen de pronto
        Cuando voy en los trenes
        O en las calles.

        Te veo
        Lavando mis pañuelos,
        Colgando en la ventana
        Mis calcetines rotos,
        Tu figura en que todo,
        Todo el placer como una llamarada
        Cayó sin destruirte,
        De nuevo,
        Mujercita
        De cada día,
        De nuevo ser humano,
        Humildemente humano,
        Soberbiamente pobre,
        Cómo tienes que ser para que seas
        No la rápida rosa
        Que la ceniza del amor deshace,
        Sino toda la vida,
        Toda la vida con jabón y agujas,
        Con el aroma que amo
        De la cocina que tal vez no tendremos
        Y en que tu mano entre las papas fritas
        Y tu boca cantando en invierno
        Mientras llega el asado
        Serían para mí la permanencia
        De la felicidad sobre la tierra.

        Ay vida mía,
        No sólo el fuego entre nosotros arde,
        Sino toda la vida,
        La simple historia,
        El simple amor
        De una mujer y un hombre
        Parecidos a todos.

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      No tan alto

        De cuando en cuando y a lo lejos
        Hay que darse un baño de tumba.

        Sin duda todo está muy bien
        Y todo está muy mal, sin duda.

        Van y vienen los pasajeros,
        Crecen los niños y las calles,
        Por fin compramos la guitarra
        Que lloraba sola en la tienda.

        Todo está bien, todo está mal.

        Las copas se llenan y vuelven
        Naturalmente a estar vacías
        Y a veces en la madrugada,
        Se mueren misteriosamente.

        Las copas y los que bebieron.

        Hemos crecido tanto que ahora
        No saludamos al vecino
        Y tantas mujeres nos aman
        Que no sabemos cómo hacerlo.

        ¡Qué ropas hermosas llevamos!
        ¡Y qué importantes opiniones!

        Conocí a un hombre amarillo
        Que se creía anaranjado
        Y a un negro vestido de rubio.

        Se ven y se ven tantas cosas.

        Vi festejados los ladrones
        Por caballeros impecables
        Y esto se pasaba en inglés.
        Y vi a los honrados, hambrientos,
        Buscando pan en la basura.

        Yo sé que no me cree nadie.
        Pero lo he visto con mis ojos.

        Hay que darse un baño de tumba
        Y desde la tierra cerrada
        Mirar hacia arriba el orgullo.

        Entonces se aprende a medir.
        Se aprende a hablar, se aprende a ser.
        Tal vez no seremos tan locos,
        tal vez no seremos tan cuerdos.
        Aprenderemos a morir.
        A ser barro, a no tener ojos.
        A ser apellido olvidado.

        Hay unos poetas tan grandes
        Que no caben en una puerta
        Y unos negociantes veloces
        Que no recuerdan la pobreza.
        Hay mujeres que no entrarán
        Por el ojo de una cebolla
        Y hay tantas cosas, tantas cosas,
        Y así son, y así no serán.

        Si quieren no me crean nada.

        Sólo quise enseñarles algo.

        Yo soy profesor de la vida,
        Vago estudiante de la muerte
        Y si lo que sé no les sirve
        No he dicho nada sino todo.

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      Oda a César Vallejo

        A la piedra en tu rostro,
        Vallejo,
        A las arrugas
        De las áridas sierras
        Yo recuerdo en mi canto,
        Tu frente
        Gigantesca
        Sobre tu cuerpo frágil,
        El crepúsculo negro
        En tus ojos
        Recién desencerrados,
        Días aquéllos,
        Bruscos,
        Desiguales,
        Cada hora tenía
        Ácidos diferentes
        O ternuras
        Remotas,
        Las llaves
        De la vida
        Temblaban
        En la luz polvorienta
        De la calle,
        Tú volvías
        De un viaje
        Lento, bajo la tierra,
        Y en la altura
        De las cicatrizadas cordilleras
        Yo golpeaba la puertas,
        Que se abrieran
        Los muros,
        Que se desenrollaran
        Los caminos,
        Recién llegado de Valparaíso
        Me embarcaba en Marsella,
        La tierra
        Se cortaba
        Como un limón fragante
        En frescos hemisferios amarillos,
        Te quedabas

        Allí, sujeto
        A nada,
        Con tu vida
        Y tu muerte,
        Con tu arena
        Cayendo,
        Midiéndote
        Y vaciándote,
        En el aire,
        En el humo,
        En las callejas rotas
        Del invierno.

        Era en París, vivías
        En los descalabrados
        Hoteles de los pobres.
        España
        Se desangraba.
        Acudíamos.
        Y luego
        Te quedaste
        Otra vez en el humo
        Y así cuando
        Ya no fuiste, de pronto,
        No fue la tierra
        De las cicatrices,
        No fue
        La piedra andina
        La que tuvo tus huesos,
        Sino el humo,
        La escarcha
        De París en invierno.

        Dos veces desterrado,
        Hermano mío,
        De la tierra y el aire,
        De la vida y la muerte,
        Desterrado
        Del Perú, de tus ríos,
        Ausente
        De tu arcilla.
        No me faltaste en vida,
        Sino en muerte.
        Te busco
        Gota a gota,
        Polvo a polvo,
        En tu tierra,
        Amarillo
        Es tu rostro,
        Escarpado
        Es tu rostro,
        Estás lleno
        De viejas pedrerías,
        De vasijas
        Quebradas,
        Subo
        Las antiguas
        Escalinatas,
        Tal vez
        Estés perdido,
        Enredado
        Entre los hilos de oro,
        Cubierto
        De turquesas,
        Silencioso,
        O tal vez
        En tu pueblo,
        En tu raza,
        Grano
        De maíz extendido,
        Semilla
        De bandera.
        Tal vez, tal vez ahora
        Transmigres
        Y regreses,
        Vienes
        Al fin
        De viaje,
        De manera
        Que un día
        Te verás en el centro
        De tu patria,
        Insurrecto,
        Viviente,
        Cristal de tu cristal, fuego en tu fuego,
        Rayo de piedra púrpura.

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      Oda a Jorge Manrique

        Adelante, le dije,
        Y entró el buen caballero
        De la muerte.

        Era de plata verde
        Su armadura
        Y sus ojos
        Eran
        Como el agua marina.
        Sus manos y su rostro
        Eran de trigo.

        Habla, le dije, caballero
        Jorge,
        No puedo
        Oponer sino el aire
        A tus estrofas.
        De hierro y sombra fueron,
        De diamantes
        Oscuros
        Y cortadas
        Quedaron
        En el frío
        De las torres
        De España,
        En la piedra, en el agua,
        En el idioma.
        Entonces, él me dijo:
        "Es la hora
        De la vida.
        Ay
        si pudiera
        Morder una manzana,
        Tocar la polvorosa
        Suavidad de la harina.
        Ay si de nuevo
        El canto…
        No a la muerte
        Daría
        Mi palabra…
        Creo
        Que el tiempo oscuro
        Nos cegó
        El corazón
        Y sus raíces
        Bajaron y bajaron
        A las tumbas,
        Comieron
        Con la muerte.
        Sentencia y oración fueron las rosas
        De aquellas enterradas
        Primaveras
        Y, solitario trovador,
        Anduve
        Callado en las moradas
        Transitorias:
        Todos los pasos iban
        A una solemne
        Eternidad
        Vacía.
        Ahora
        Me parece
        Que no está solo el hombre.
        En sus manos
        Ha elaborado
        Como si fuera un duro
        Pan, la esperanza,
        La terrestre
        Esperanza".

        Miré y el caballero
        De piedra
        Era de aire.

        Ya no estaba en la silla.

        Por la abierta ventana
        Se extendían las tierras,
        Los países,
        La lucha, el trigo,
        El viento.

        Gracias, dije, don Jorge, caballero.

        Y volví a mi deber de pueblo y canto.

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      Oda a Federico García Lorca

        Si pudiera llorar de miedo en una casa sola,
        Si pudiera sacarme los ojos y comérmelos,
        Lo haría por tu voz de naranjo enlutado
        Y por tu poesía que sale dando gritos.

        Porque por ti pintan de azul los hospitales
        Y crecen las escuelas y los barrios marítimos,
        Y se pueblan de plumas los ángeles heridos,
        Y se cubren de escamas los pescados nupciales,
        Y van volando al cielo los erizos:
        Por ti las sastrerías con sus negras membranas
        Se llenan de cucharas y de sangre,
        Y tragan cintas rotas, y se matan a besos,
        Y se visten de blanco.

        Cuando vuelas vestido de durazno,
        Cuando ríes con risa de arroz huracanado,
        Cuando para cantar sacudes las arterias y los dientes,
        La garganta y los dedos,
        Me moriría por lo dulce que eres,
        Me moriría por los lagos rojos
        En donde en medio del otoño vives
        Con un corcel caído y un dios ensangrentado,
        Me moriría por los cementerios
        Que como cenicientos ríos pasan
        Con agua y tumbas,
        De noche, entre campanas ahogadas:
        Ríos espesos como dormitorios
        De soldados enfermos, que de súbito crecen
        Hacia la muerte en ríos con números de mármol
        Y coronas podridas, y aceites funerales:
        Me moriría por verte de noche
        Mirar pasar las cruces anegadas,
        De pie y llorando,
        Porque ante el río de la muerte lloras
        Abandonadamente, heridamente,
        Lloras llorando, con los ojos llenos
        De lágrimas, de lágrimas, de lágrimas.

        Si pudiera de noche, perdidamente solo,
        Acumular olvido y sombra y humo
        Sobre ferrocarriles y vapores,
        Con un embudo negro,
        Mordiendo las cenizas,
        Lo haría por el árbol en que creces,
        Por los nidos de aguas doradas que reúnes,
        Y por la enredadera que te cubre los huesos
        Comunicándote el secreto de la noche.

        Ciudades con olor a cebolla mojada
        Esperan que tú pases cantando roncamente,
        Y silenciosos barcos de esperma te persiguen,
        Y golondrinas verdes hacen nido en tu pelo,
        Y además caracoles y semanas,
        Mástiles enrollados y cerezas
        Definitivamente circulan cuando asoman
        Tu pálida cabeza de quince ojos
        Y tu boca de sangre sumergida.

        Si pudiera llenar de hollín las alcaldías
        Y, sollozando, derribar relojes,
        Sería para ver cuándo a tu casa
        Llega el verano con los labios rotos,
        Llegan muchas personas de traje agonizante,
        Llegan regiones de triste esplendor,
        Llegan arados muertos y amapolas,
        Llegan enterradores y jinetes,
        Llegan planetas y mapas con sangre,
        Llegan buzos cubiertos de ceniza,
        Llegan enmascarados arrastrando doncellas
        Atravesadas por grandes cuchillos,
        Llegan raíces, venas, hospitales,
        Manantiales, hormigas,
        Llega la noche con la cama en donde
        Muere entre las arañas un húsar solitario,
        Llega una rosa de odio y alfileres,
        Llega una embarcación amarillenta,
        Llega un día de viento con un niño,
        Llego yo con Oliverio, Norah,
        Vicente Aleixandre, Delia,
        Maruca, Malva Marina, María Luisa y Larco,
        La Rubia, Rafael, Ugarte,
        Cotapos, Rafael Alberti,
        Carlos, Bebé, Manolo Altolaguirre,
        Molinari,
        Rosales, Concha Méndez,
        Y otros que se me olvidan,

        Ven a que te corone, joven de la salud
        Y de la mariposa, joven puro
        Como un negro relámpago perpetuamente libre,
        Y conversando entre nosotros,
        Ahora, cuando no queda nadie entre las rocas,
        Hablemos sencillamente como eres tú y soy yo:
        ¿Para qué sirven los versos si no es para el rocío?

        ¿Para qué sirven los versos si no es para esa noche
        En que un puñal amargo nos averigua, para ese día,
        Para ese crepúsculo, para ese rincón roto
        Donde el golpeado corazón del hombre se dispone a morir?

        Sobre todo de noche,
        De noche hay muchas estrellas,
        Todas dentro de un río,
        Como una cinta junto a las ventanas
        De las casas llenas de pobres gentes.

        Alguien se les ha muerto, tal vez
        Han perdido sus colocaciones en las oficinas,
        En los hospitales, en los ascensores,
        En las minas,
        Sufren los seres tercamente heridos
        Y hay propósito y llanto en todas partes:
        Mientras las estrellas corren dentro de un río interminable
        Hay mucho llanto en las ventanas,
        Los umbrales están gastados por el llanto,
        Las alcobas están mojadas por el llanto
        Que llega en forma de ola a morder las alfombras.

        Federico,
        Tú ves el mundo, las calles,
        El vinagre,
        Las despedidas en las estaciones
        Cuando el humo levanta sus ruedas decisivas
        Hacia donde no hay nada sino algunas
        Separaciones, piedras, vías férreas.

        Hay tantas gentes haciendo preguntas
        Por todas partes.
        Hay el ciego sangriento, y el iracundo, y el
        Desanimado,
        Y el miserable, el árbol de las uñas,
        El bandolero con la envidia a cuestas.

        Así es la vida, Federico, aquí tienes
        Las cosas que te puede ofrecer mi amistad
        De melancólico varón varonil.
        Ya sabes por ti mismo muchas cosas,
        Y otras irás sabiendo lentamente.

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      Oda a la bella desnuda

        Con casto corazón, con ojos
        Puros,
        Te celebro, belleza,
        Reteniendo la sangre
        Para que surja y siga
        La línea, tu contorno,
        Para
        Que te acuestes a mi oda
        Como en tierra de bosques o de espuma,
        En aroma terrestre
        O en música marina.

        Bella desnuda,
        Igual
        Tus pies arqueados
        Por un antiguo golpe
        De viento o del sonido
        Que tus orejas,
        Caracolas mínimas
        Del espléndido mar americano.
        Iguales son tus pechos
        De paralela plenitud, colmados
        Por la luz de la vida.
        Iguales son
        Volando
        Tus párpados de trigo
        Que descubren
        O cierran
        Dos países profundos en tus ojos.

        La línea que tu espalda
        Ha dividido
        En pálidas regiones
        Se pierde y surge
        En dos tersas mitades
        De manzana,
        Y sigue separando tu hermosura
        En dos columnas
        De oro quemado, de alabastro fino,
        A perderse en tus pies como en dos uvas,
        Desde donde otra vez arde y se eleva
        El árbol doble de tu simetría,
        Fuego florido, candelabro abierto,
        Turgente fruta erguida
        Sobre el pacto del mar y de la tierra.

        Tu cuerpo, ¿en qué materia,
        Ágata, cuarzo, trigo,
        Se plasmó, fue subiendo
        Como el pan se levanta
        De la temperatura
        Y señaló colinas
        Plateadas,
        Valles de un solo pétalo, dulzuras
        De profundo terciopelo,
        Hasta quedar cuajada
        La fina y firme forma femenina?

        No sólo es luz que cae
        Sobre el mundo
        Lo que alarga en tu cuerpo
        Su nieve sofocada,
        Sino que se desprende
        De ti la claridad como si fueras
        Encendida por dentro.

        Debajo de tu piel vive la luna.

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      Oda a la crítica

        Yo escribí cinco versos:
        Uno verde,
        Otro era un pan redondo,
        El tercero una casa levantándose,
        El cuarto era un anillo,
        El quinto verso era
        Corto como un relámpago
        Y al escribirlo
        Me dejó en la razón su quemadura.

        Y bien, los hombres,
        Las mujeres,
        Vinieron y tomaron
        La sencilla materia,
        Brizna, viento, fulgor, barro, madera
        Y con tan poca cosa
        Construyeron
        Paredes, pisos, sueños.
        En una línea de mi poesía
        Secaron ropa al viento.
        Comieron
        Mis palabras,
        Las guardaron
        Junto a la cabecera,
        Vivieron con un verso,
        Con la luz que salió de mi costado.
        Entonces,
        Llegó un crítico mudo
        Y otro lleno de lenguas,
        Y otros, otros llegaron
        Ciegos o llenos de ojos,
        Elegantes algunos
        Como claveles con zapatos rojos,
        Otros estrictamente
        Vestidos de cadáveres,
        Algunos partidarios
        Del rey y su elevada monarquía,
        Otros se habían
        Enredado en la frente
        De Marx y pataleaban en su barba,
        Otros eran ingleses,
        Sencillamente ingleses,
        Y entre todos
        Se lanzaron
        Con dientes y cuchillos,
        Con diccionarios y otras armas negras,
        Con citas respetables,
        Se lanzaron
        A disputar mi pobre poesía
        A las sencillas gentes
        Que la amaban:
        Y la hicieron embudos,
        La enrollaron,
        La sujetaron con cien alfileres,
        La cubrieron con polvo de esqueleto,
        La llenaron de tinta,
        La escupieron con suave
        Benignidad de gatos,
        La destinaron a envolver relojes,
        La protegieron y la condenaron,
        Le arrimaron petróleo,
        Le dedicaron húmedos tratados,
        La cocieron con leche,
        Le agregaron pequeñas piedrecitas,
        Fueron borrándole vocales,
        Fueron matándole
        Sílabas y suspiros,
        La arrugaron e hicieron
        Un pequeño paquete
        Que destinaron cuidadosamente
        A sus desvanes, a sus cementerios,
        Luego
        Se retiraron uno a uno
        Enfurecidos hasta la locura
        Porque no fui bastante
        Popular para ellos
        O impregnados de dulce menosprecio
        Por mi ordinaria falta de tinieblas,
        Se retiraron
        Todos
        Y entonces,
        Otra vez,
        Junto a mi poesía
        Volvieron a vivir
        Mujeres y hombres,
        De nuevo
        Hicieron fuego,
        Construyeron casas,
        Comieron pan,
        Se repartieron la luz
        Y en el amor unieron
        Relámpago y anillo.
        Y ahora,
        Perdonadme, señores,
        Que interrumpa este cuento
        Que les estoy contando
        Y me vaya a vivir
        Para siempre
        Con la gente sencilla.

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      Oda a la flor azul

        Caminando hacia el mar
        En la pradera
        —Es hoy noviembre—,
        Todo ha nacido ya,
        Todo tiene estatura,
        Ondulación, fragancia.
        Hierba a hierba
        Entenderé la tierra,
        Paso a paso
        Hasta la línea loca
        Del océano.
        De pronto una ola
        De aire agita y ondula
        La cebada salvaje:
        Salta
        El vuelo de un pájaro
        Desde mis pies, el suelo
        Lleno de hilos de oro,
        De pétalos sin nombre,
        Brilla de pronto como rosa verde,
        Se enreda con ortigas que revelan
        Su coral enemigo,
        Esbeltos tallos, zarzas
        Estrelladas,
        Diferencia infinita
        De cada vegetal que me saluda
        A veces con un rápido
        Centelleo de espinas
        O con la pulsación de su perfume
        Fresco, fino y amargo.
        Andando a las espumas
        Del Pacífico
        Con torpe paso por la baja hierba
        De la primavera escondida,
        Parece
        Que antes de que la tierra se termine
        Cien metros antes del más grande océano
        Todo se hizo delirio,
        Germinación y canto.
        Las minúsculas hierbas
        Se coronaron de oro,
        Las plantas de la arena
        Dieron rayos morados
        Y a cada pequeña hoja de olvido
        Llegó una dirección de luna o fuego.
        Cerca del mar, andando,
        En el mes de noviembre,
        Entre los matorrales que reciben
        Luz, fuego y sal marinas
        Hallé una flor azul
        Nacida en la durísima pradera.
        ¿De dónde, de qué fondo
        Tu rayo azul extraes?
        Tu seda temblorosa
        Debajo de la tierra,
        ¿Se comunica con el mar profundo?
        La levanté en mis manos
        Y la miré como si el mar viviera
        En una sola gota,
        Como si en el combate
        De la tierra y las aguas
        Una flor levantara
        Un pequeño estandarte
        De fuego azul, de paz irresistible,
        De indómita pureza.

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      Oda a la guitarra

        Delgada
        Línea pura
        De corazón sonoro,
        Eres la claridad cortada al vuelo:
        Cantando sobrevives:
        Todo se irá menos tu forma.

        No sé si el llanto ronco
        Que de ti se desploma,
        Tus toques de tambor, tu
        Enjambre de alas,
        Será de ti lo mío,
        O si eres
        En silencio
        Más decididamente arrobadora,
        Sistema de paloma
        O de cadera,
        Molde que de su espuma
        Resucita
        Y aparece, turgente, reclinada
        Y resurrecta rosa.

        Debajo de una higuera,
        Cerca del ronco y raudo Bío Bío,
        Guitarra,
        Saliste de tu nido como un ave
        Y a unas manos
        Morenas
        Entregaste
        Las citas enterradas,
        Los sollozos oscuros,
        La cadena sin fin de los adioses.
        De ti salía el canto,
        El matrimonio
        Que el hombre
        Consumó con su guitarra,
        Los olvidados besos,
        La inolvidable ingrata,
        Y así se transformó
        La noche entera
        En estrellada caja
        De guitarra,
        Temblando el firmamento
        Con su copa sonora
        Y el río
        Sus infinitas cuerdas
        Afinaba
        Arrastrando hacia el mar
        Una marea pura
        De aromas y lamentos.

        ¡Oh soledad sabrosa
        Con noche venidera,
        Soledad como el pan terrestre,
        Soledad con un río de guitarras!
        El mundo se recoge
        En una sola gota
        De miel, en una estrella,
        Todo es azul entre las hojas,
        Toda la altura temblorosa
        Canta.

        Y la mujer que toca
        La tierra y la guitarra
        Lleva en su voz
        El duelo
        Y la alegría
        De la profunda hora.
        El tiempo y la distancia
        Caen a la guitarra:
        Somos un sueño,
        Un canto
        Entrecortado:
        El corazón campestre
        Se va por los caminos a caballo:
        Sueña y sueña la noche y su silencio,
        Canta y canta la tierra y su guitarra.

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      Oda a la jardinera

        Sí, yo sabía que tus manos eran
        El alhelí florido, la azucena
        De plata;
        Algo que ver tenías
        Con el suelo,
        Con el florecimiento de la tierra,
        Pero
        Cuando
        Te vi cavar, cavar,
        Apartar piedrecitas
        Y manejar raíces
        Supe de pronto,
        Agricultora mía,
        Que
        No sólo
        Tus manos,
        Sino tu corazón
        Eran de tierra,
        Que allí
        Estabas
        Haciendo
        Cosas tuyas,
        Tocando
        Puertas
        Húmedas
        Por donde
        Circulan
        Las
        Semillas.

        Así, pues,
        De una a otra
        Planta
        Recién
        Plantada,
        Con el rostro
        Manchado
        Por un beso
        Del barro,
        Ibas
        Y regresabas
        Floreciendo,
        Ibas
        Y de tu mano
        El tallo
        De la astromelia
        Elevó su elegancia solitaria,
        El jazmín
        Aderezó
        La niebla de tu frente
        Con estrellas de aroma y de rocío.
        Todo
        De ti crecía
        Penetrando
        En la tierra
        Y haciéndose
        Inmediata
        Luz verde,
        Follaje y poderío.
        Tú le comunicabas
        Tus semillas,
        Amada mía,
        Jardinera roja.
        Tu mano
        Se tuteaba
        Con la tierra
        Y era instantáneo
        El claro crecimiento.

        Amor, así también
        Tu mano
        De agua,
        Tu corazón de tierra,
        Dieron
        Fertilidad
        Y fuerza a mis canciones.

        Tocas
        Mi pecho
        Mientras duermo
        Y los árboles brotan
        De mi sueño.
        Despierto, abro los ojos,
        Y has plantado
        Dentro de mí
        Asombradas estrellas
        Que suben con mi canto.

        Es así, jardinera:
        Nuestro amor
        Es
        Terrestre:
        Tu boca es planta de la luz, corola,
        Mi corazón trabaja en las raíces.

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      Oda a la pobreza

        Cuando nací,
        Pobreza,
        Me seguiste,
        Me mirabas
        A través
        De las tablas podridas
        Por el profundo invierno.
        De pronto
        Eran tus ojos
        Los que miraban desde los agujeros.
        Las goteras,
        De noche, repetían
        Tu nombre y tu apellido
        O a veces
        El salto quebrado, el traje roto,
        Los zapatos abiertos,
        Me advertían.
        Allí estabas
        Acechándome
        Tus dientes de carcoma,
        Tus ojos de pantano,
        Tu lengua gris
        Que corta
        La ropa, la madera,
        Los huesos y la sangre,
        Allí estabas
        Buscándome,
        Siguiéndome,
        Desde mi nacimiento
        Por las calles.

        Cuando alquilé una pieza
        Pequeña, en los suburbios,
        Sentada en una silla
        Me esperabas,
        O al descorrer las sábanas
        En un hotel oscuro,
        Adolescente,
        No encontré la fragancia
        De la rosa desnuda,
        Sino el silbido frío
        De tu boca.
        Pobreza,
        Me seguiste
        Por los cuarteles y los hospitales,
        Por la paz y la guerra.
        Cuando enfermé tocaron
        A la puerta:
        No era el doctor, entraba
        Otra vez la pobreza.

        Te vi sacar mis muebles
        A la calle:
        Los hombres
        Los dejaban caer como pedradas.
        Tú, con amor horrible,
        De un montón de abandono
        En medio de la calle y de la lluvia
        Ibas haciendo
        Un trono desdentado
        Y mirando a los pobres
        Recogías
        Mi último plato haciéndolo diadema.
        Ahora,
        Pobreza,
        Yo te sigo.
        Como fuiste implacable,
        Soy implacable.
        Junto
        A cada pobre
        Me encontrarás cantando,
        Bajo
        Cada sábana
        De hospital imposible
        Encontrarás mi canto.
        Te sigo,
        Pobreza,
        Te vigilo,
        Te acerco,
        Te disparo,
        Te aíslo,
        Te cerceno las uñas,
        Te rompo
        Los dientes que te quedan.

        Estoy
        En todas partes:
        En el océano con los pescadores,
        En la mina
        Los hombres
        Al limpiarse la frente,
        Secarse el sudor negro,
        Encuentran
        Mis poemas.
        Yo salgo cada día
        Con la obrera textil.
        Tengo las manos blancas
        De dar pan en las panaderías.
        Donde vayas,
        Pobreza,
        Mi canto
        Está cantando,
        Mi vida
        Está viviendo,
        Mi sangre
        Está luchando.
        Derrotaré
        Tus pálidas banderas
        En donde se levanten.

        Otros poetas
        Antaño te llamaron
        Santa,
        Veneraron tu capa,
        Se alimentaron de humo
        Y desaparecieron.
        Yo te desafío,
        Con duros versos te golpeo el rostro,
        Te embarco y te destierro.
        Yo con otros,
        Con otros, muchos otros,
        Te vamos expulsando
        De la tierra a la luna
        Para que allí te quedes
        Fría y encarcelada
        Mirando con un ojo
        El pan y los racimos
        Que cubrirá la tierra
        De mañana.

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      Oda a la tristeza

        Tristeza, escarabajo
        De siete patas rotas,
        Huevo de telaraña,
        Rata descalabrada,
        Esqueleto de perra:
        Aquí no entras.
        No pasas.
        Ándate.
        Vuelve
        Al sur con tu paraguas,
        Vuelve
        Al norte con tus dientes de culebra.
        Aquí vive un poeta.
        La tristeza no puede
        Entrar por estas puertas.
        Por las ventanas
        Entra el aire del mundo,
        Las rojas rosas nuevas,
        Las banderas bordadas
        Del pueblo y sus victorias.
        No puedes.
        Aquí no entras.
        Sacude
        Tus alas de murciélago,
        Yo pisaré las plumas
        Que caen de tu manto,
        Yo barreré los trozos
        De tu cadáver hacia
        Las cuatro puntas del viento,
        Yo te torceré el cuello,
        Te coseré los ojos,
        Cortaré tu mortaja
        Y enterraré tus huesos roedores
        Bajo la primavera de un manzano.

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      Oda a las cosas rotas

        Se van rompiendo cosas
        En la casa
        Como empujadas por un invisible
        Quebrador voluntario:
        No son las manos mías,
        Ni las tuyas,
        No fueron las muchachas
        De uña dura
        Y pasos de planeta:
        No fue nada y nadie,
        No fue el viento,
        No fue el anaranjado mediodía
        Ni la noche terrestre,
        No fue ni la nariz ni el codo,
        La creciente cadera,
        El tobillo,
        Ni el aire:
        Se quebró el plato, se cayó la lámpara,
        Se derrumbaron todos los floreros
        Uno por uno, aquél
        En pleno octubre
        Colmado de escarlata,
        Fatigado por todas las violetas,
        Y otro vacío
        Rodó, rodó, rodó
        Por el invierno
        Hasta ser sólo harina
        De florero,
        Recuerdo roto, polvo luminoso.
        Y aquel reloj
        Cuyo sonido
        Era
        La voz de nuestras vidas,
        El secreto
        Hilo
        De las semanas,
        Que una a una
        Ataba tantas horas
        A la miel, al silencio,
        A tantos nacimientos y trabajos,
        Aquel reloj también
        Cayó y vibraron
        Entre los vidrios rotos
        Sus delicadas vísceras azules,
        Su largo corazón
        Desenrollado.

        La vida va moliendo
        Vidrios, gastando ropas,
        Haciendo añicos,
        Triturando
        Formas,
        Y lo que dura con el tiempo es como
        Isla o nave en el mar,
        Perecedero,
        Rodeado por los frágiles peligros,
        Por implacables aguas y amenazas.

        Pongamos todo de una vez, relojes,
        Platos, copas talladas por el frío,
        En un saco y llevemos
        Al mar nuestros tesoros:
        Que se derrumben nuestras posesiones
        En un solo alarmante quebradero,
        Que suene como un río
        Lo que se quiebra
        Y que el mar reconstruya
        Con su largo trabajo de mareas
        Tantas cosas inútiles
        Que nadie rompe
        Pero se rompieron.

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      Oda a los números

        ¡Qué sed
        De saber cuánto!
        ¡Qué hambre
        De saber
        Cuántas
        Estrellas tiene el cielo!

        Nos pasamos
        La infancia
        Contando piedras, plantas,
        Dedos, arenas, dientes,
        La juventud contando
        Pétalos, cabelleras.
        Contamos
        Los colores, los años,
        Las vidas y los besos,
        En el campo
        Los bueyes, en el mar
        Las olas. Los navíos
        Se hicieron cifras que se fecundaban.
        Los números parían.
        Las ciudades
        Eran miles, millones,
        El trigo centenares
        De unidades que adentro
        Tenían otros números pequeños,
        Más pequeños que un grano.
        El tiempo se hizo número.
        La luz fue numerada
        Y por más que corrió con el sonido
        Fue su velocidad un 37.
        Nos rodearon los números.
        Cerrábamos la puerta,
        De noche, fatigados,
        Llegaba un 800,
        Por debajo,
        Hasta entrar con nosotros en la cama,
        Y en el sueño
        Los 4000 y los 77
        Picándonos la frente
        Con sus martillos o sus alicates.
        Los 5
        Agregándose
        Hasta entrar en el mar o en el delirio,
        Hasta que el sol saluda con su cero
        Y nos vamos corriendo
        A la oficina,
        Al taller,
        A la fábrica,
        A comenzar de nuevo el infinito
        Número 1 de cada día.

        Tuvimos, hombre, tiempo
        Para que nuestra sed
        Fuera saciándose,
        El ancestral deseo
        De enumerar las cosas
        Y sumarlas,
        De reducirlas hasta
        Hacerlas polvo,
        Arenales de números.
        Fuimos
        Empapelando el mundo
        Con números y nombres,
        Pero
        Las cosas existían,
        Se fugaban
        Del número,
        Enloquecían en sus cantidades,
        Se evaporaban
        Dejando
        Su olor o su recuerdo
        Y se quedaban los números vacíos.

        Por eso,
        Para ti
        Quiero las cosas.
        Los números
        Que se vayan a la cárcel,
        Que se muevan
        En columnas cerradas
        Procreando
        Hasta darnos la suma
        De la totalidad de infinito.
        Para ti sólo quiero
        Que aquellos
        Números del camino
        Te defiendan
        Y que tú los defiendas.
        La cifra semanal de tu salario
        Se desarrolle hasta cubrir tu pecho.
        Y del número 2 en que se enlazan
        Tu cuerpo y el de la mujer amada
        Salgan los ojos pares de tus hijos
        A contar otra vez
        Las antiguas estrellas
        Y las innumerables
        Espigas
        Que llenarán la tierra transformada.

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      Oda a un millonario muerto

        Conocí a un millonario.
        Era estanciero, rey
        De llanuras grises
        En donde se perdían
        Los caballos.

        Paseábamos su casa,
        Sus jardines,
        La piscina con una torre blanca
        Y aguas
        Como para bañar a una ciudad.
        Se sacó los zapatos,
        Metió los pies
        Con cierta
        Severidad sombría
        En la piscina verde.

        No sé por qué
        Una a una
        Fue descartando
        Todas sus mujeres.
        Ellas
        Bailaban en Europa
        O atravesaban rápidas la nieve
        En trineo, en Alaska.

        S. me contó cómo
        Cuando niño
        Vendía diarios
        Y robaba panes.
        Ahora sus periódicos
        Asaltaban las calles temblorosas,
        Golpeaban a la gente con noticias
        Y decían con énfasis
        Sólo sus opiniones.

        Tenía bancos, naves,
        Pecados y tristezas.

        A veces con papel,
        Pluma, memoria,
        Se hundía en su dinero,
        Contaba,
        Sumando, dividiendo,
        Multiplicando cosas,
        Hasta que se dormía.

        Me parece
        Que el hombre nunca
        Pudo salir de su riqueza
        -Lo impregnaba,
        Le daba
        Aire, color abstracto-,
        Y él se veía
        Adentro
        Como un molusco ciego
        Rodeado
        De un muro impenetrable.

        A veces, en sus ojos,
        Vi un fuego
        Frío, lejos,
        Algo desesperado que moría.

        Nunca supe si fuimos enemigos.

        Murió una noche
        Cerca de Tucumán.
        En la catástrofe
        Ardió su poderoso Rolls
        Como cerca del río
        El catafalco
        De una
        Religión oscura.

        Yo sé
        Que todos
        Los muertos son iguales,
        Pero no sé, no sé,
        Pienso
        Que aquel
        Hombre, a su modo, con la muerte
        Dejó de ser un pobre prisionero.

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      Oda a una estrella

        Asomando a la noche
        En la terraza
        De un rascacielos altísimo y amargo
        Pude tocar la bóveda nocturna
        Y en un acto de amor extraordinario
        Me apoderé de una celeste estrella.

        Negra estaba la noche
        Y yo me deslizaba
        Por la calle
        Con la estrella robada en el bolsillo.
        De cristal tembloroso
        Parecía
        Y era
        De pronto
        Como si llevara
        Un paquete de hielo
        O una espada de arcángel en el cinto.

        La guardé
        Temeroso
        Debajo de la cama
        Para que no la descubriera nadie,
        Pero su luz
        Atravesó
        Primero
        La lana del colchón,
        Luego
        Las tejas,
        El techo de mi casa.

        Incómodos
        Se hicieron
        Para mí
        Los más privados menesteres.

        Siempre con esa luz
        De astral acetileno
        Que palpitaba como si quisiera
        Regresar a la noche,
        Yo no podía
        Preocuparme de todos
        Mis deberes
        Y así fue que olvidé pagar mis cuentas
        Y me quedé sin pan ni provisiones.

        Mientras tanto, en la calle,
        Se amotinaban
        Transeúntes, mundanos
        Vendedores
        Atraídos sin duda
        Por el fulgor insólito
        Que veían salir de mi ventana.

        Entonces
        Recogí
        Otra vez mi estrella,
        Con cuidado
        La envolví en mi pañuelo
        Y enmascarado entre la muchedumbre
        Pude pasar sin ser reconocido.
        Me dirigí al oeste,
        Al río Verde,
        Que allí bajo los sauces
        Es sereno.

        Tomé la estrella de la noche fría
        Y suavemente
        La eché sobre las aguas.

        Y no me sorprendió
        Que se alejara
        Como un pez insoluble
        Moviendo
        En la noche del río
        Su cuerpo de diamante.

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      Oda al amor secreto

        Tú sabes
        Que adivinan
        El misterio:
        Me ven,
        Nos ven,
        Y nada
        Se ha dicho,
        Ni tus ojos,
        Ni tu voz, ni tu pelo,
        Ni tu amor han hablado,
        Y lo saben
        De pronto,
        Sin saberlo
        Lo saben:
        Me despido y camino
        Hacia otro lado
        Y saben
        Que me esperas.

        Alegre
        Vivo
        Y canto
        Y sueño,
        Seguro
        De mí mismo,
        Y conocen,
        De algún modo,
        Que tú eres mi alegría.
        Ven
        A través del pantalón oscuro
        Las llaves
        De tu puerta,
        Las llaves
        Del papel, de la luna
        En los jazmines,
        El canto en la cascada.

        Tú, sin abrir la boca,
        Desbocada,
        Tú, cerrando los ojos,
        Cristalina,
        Tú, custodiando
        Entre las hojas negras
        Una paloma roja,
        El vuelo
        De un escondido corazón,
        Y entonces
        Una sílaba,
        Una gota
        Del cielo,
        Un sonido
        Suave de sombra y polen
        En la oreja,
        Y todos
        Lo saben,
        Amor mío,
        Circula entre los hombres,
        En las librerías,
        Junto a las mujeres,
        Cerca
        Del mercado
        Rueda
        El anillo
        De nuestro
        Secreto
        Amor
        Secreto.

        Déjalo
        Que se vaya
        Rodando
        Por las calles,
        Que asuste
        A los retratos,
        A los muros,
        Que vaya y vuelva
        Y salga
        Con las nuevas
        Legumbres del mercado,
        Tiene
        Tierra,
        Raíces,
        Y arriba
        Una amapola,
        Tu boca:
        Una amapola.

        Todo
        Nuestro secreto,
        Nuestra clave,
        Palabra
        Oculta,
        Sombra,
        Murmullo,
        Eso
        Que alguien
        Dijo
        Cuando no estábamos presentes,
        Es sólo una amapola,
        Una amapola.

        Amor,
        Amor,
        Amor,
        ¡Oh flor secreta,
        Llama
        Invisible,
        Clara
        Quemadura!

      Arriba

      Oda al gato

        Los animales fueron
        Imperfectos,
        Largos de cola, tristes
        De cabeza.
        Poco a poco se fueron
        Componiendo,
        Haciéndose paisaje,
        Adquiriendo lunares, gracia, vuelo.
        El gato,
        Sólo el gato
        Apareció completo
        Y orgulloso:
        Nació completamente terminado,
        Camina solo y sabe lo que quiere.

        El hombre quiere ser pescado y pájaro,
        La serpiente quisiera tener alas,
        El perro es un león desorientado,
        El ingeniero quiere ser poeta,
        La mosca estudia para golondrina,
        El poeta trata de imitar la mosca,
        Pero el gato
        Quiere ser sólo gato
        Y todo gato es gato
        Desde bigote a cola,
        Desde presentimiento a rata viva,
        Desde la noche hasta sus ojos de oro.

        No hay unidad
        Como él,
        No tienen
        La luna ni la flor
        Tal contextura:
        Es una sola cosa
        Como el sol o el topacio,
        Y la elástica línea en su contorno
        Firme y sutil es como
        La línea de la proa de una nave.
        Sus ojos amarillos
        Dejaron una sola
        Ranura
        Para echar las monedas de la noche.

        Oh pequeño
        Emperador sin orbe,
        Conquistador sin patria,
        Mínimo tigre de salón, nupcial
        Sultán del cielo
        De las tejas eróticas,
        El viento del amor
        En la intemperie
        Reclamas
        Cuando pasas
        Y posas
        Cuatro pies delicados
        En el suelo,
        Oliendo,
        Desconfiando
        De todo lo terrestre,
        Porque todo
        Es inmundo
        Para el inmaculado pie del gato.

        Oh fiera independiente
        De la casa, arrogante
        Vestigio de la noche,
        Perezoso, gimnástico
        Y ajeno,
        Profundísimo gato,
        Policía secreta
        De las habitaciones,
        Insignia
        De un
        Desaparecido terciopelo,
        Seguramente no hay
        Enigma
        En tu manera,
        Tal vez no eres misterio,
        Todo el mundo te sabe y perteneces
        Al habitante menos misterioso,
        Tal vez todos lo creen,
        Todos se creen dueños,
        Propietarios, tíos
        De gatos, compañeros,
        Colegas,
        Discípulos o amigos
        De su gato.

        Yo no.
        Yo no suscribo.
        Yo no conozco al gato.
        Todo lo sé, la vida y su archipiélago
        El mar y la ciudad incalculable,
        La botánica,
        El gineceo con sus extravíos,
        El por y el menos de la matemática,
        Los embudos volcánicos del mundo,
        La cáscara irreal del cocodrilo,
        La bondad ignorada del bombero,
        El atavismo azul del sacerdote,
        Pero no puedo descifrar un gato.
        Mi razón resbaló en su indiferencia,
        Sus ojos tienen números de oro.

      Arriba

      Oda al hombre sencillo

        Voy a contarte en secreto
        Quién soy yo,
        Así, en voz alta,
        Me dirás quién eres,
        Quiero saber quién eres,
        Cuánto ganas,
        En qué taller trabajas,
        En qué mina,
        En qué farmacia,
        Tengo una obligación terrible
        Y es saberlo,
        Saberlo todo,
        Día y noche saber
        Cómo te llamas,
        Ése es mi oficio,
        Conocer una vida
        No es bastante
        Ni conocer todas las vidas
        Es necesario,
        Verás,
        Hay que desentrañar,
        Rascar a fondo
        Y como en una tela
        Las líneas ocultaron,
        Con el color, la trama
        Del tejido,
        Yo borro los colores
        Y busco hasta encontrar
        El tejido profundo,
        Así también encuentro
        La unidad de los hombres,
        Y en el pan
        Busco
        Más allá de la forma:
        Me gusta el pan, lo muerdo,
        Y entonces
        Veo el trigo,
        Los trigales tempranos,
        La verde forma de la primavera
        Las raíces, el agua,
        Por eso
        Más allá del pan,
        Veo la tierra,
        La unidad de la tierra,
        El agua,
        El hombre,
        Y así todo lo pruebo
        Buscándote
        En todo,
        Ando, nado, navego
        Hasta encontrarte,
        Y entonces te pregunto
        Cómo te llamas,
        Calle y número,
        Para que tú recibas
        Mis cartas,
        Para que yo te diga
        Quién soy y cuánto gano,
        Dónde vivo,
        Y cómo era mi padre.
        Ves tú qué simple soy,
        Qué simple eres,
        No se trata
        De nada complicado,
        Yo trabajo contigo,
        Tú vives, vas y vienes
        De un lado a otro,
        Es muy sencillo:
        Eres la vida,
        Eres tan transparente
        Como el agua,
        Y así soy yo,
        Mi obligación es ésa:
        Ser transparente,
        Cada día
        Me educo,
        Cada día me peino
        Pensando como piensas,
        Y ando
        Como tú andas,
        Como como tú comes,
        Tengo en mis brazos a mi amor
        Como a tu novia tú,
        Y entonces
        Cuando esto está probado,
        Cuando somos iguales
        Escribo,
        Escribo con tu vida y con la mía,
        Con tu amor y los míos,
        Con todos tus dolores
        Y entonces
        Ya somos diferentes
        Porque, mi mano en tu hombro,
        Como viejos amigos
        Te digo en las orejas;
        No sufras,
        Ya llega el día,
        Ven,
        Ven conmigo,
        Ven
        Con todos
        Los que a ti se parecen,
        Los más sencillos,
        Ven,
        No sufras,
        Ven conmigo,
        Porque aunque no lo sepas,
        Eso yo sí lo sé:
        Yo sé hacia dónde vamos,
        Y es ésta la palabra:
        No sufras
        Porque ganaremos,
        Ganaremos nosotros,
        Los más sencillos,
        Ganaremos,
        Aunque tú no lo creas,
        Ganaremos.

      Arriba

      Oda al primer día del año

        Lo distinguimos
        Como
        Si fuera
        Un caballito
        Diferente de todos
        Los caballos.
        Adornamos
        Su frente
        Con una cinta,
        Le ponemos
        Al cuello cascabeles colorados,
        Y a medianoche
        Vamos a recibirlo
        Como si fuera
        Explorador que baja de una estrella.

        Como el pan se parece
        Al pan de ayer,
        Como un anillo a todos los anillos:
        Los días
        Parpadean
        Claros, tintineante, fugitivos,
        Y se recuestan en la noche oscura.

        Veo el último
        Día
        De este
        Año
        En un ferrocarril, hacia las lluvias
        Del distante archipiélago morado,
        Y el hombre
        De la máquina,
        Complicada como un reloj del cielo,
        Agachando los ojos
        A la infinita
        Pauta de los rieles,
        A las brillantes manivelas,
        A los veloces vínculos del fuego.

        Oh conductor de trenes
        Desbocados
        Hacia estaciones
        Negras de la noche.
        Este final
        Del año
        Sin mujer y sin hijos,
        ¿No es igual al de ayer, al de mañana?
        Desde las vías
        Y las maestranzas
        El primer día, la primera aurora
        De un año que comienza
        El primer día, la primera aurora
        De un año que comienza,
        Tiene el mismo oxidado
        Color de tren de hierro:
        Y saludan
        Los seres del camino,
        Las vacas, las aldeas,
        En el vapor del alba,
        Sin saber
        Que se trata
        De la puerta del año,
        De un día
        Sacudido
        Por campanas,
        Adornado con plumas y claveles,

        La tierra
        No lo
        Sabe:
        Recibirá
        Este día
        Dorado, gris, celeste,
        Lo extenderá en colinas,
        Lo mojará con
        Flechas
        De
        Transparente
        Lluvia,
        Y luego
        Lo enrollará
        En su tubo,
        Lo guardará en la sombra.

        Así es, pero
        Pequeña
        Puerta de la esperanza,
        Nuevo día del año,
        Aunque seas igual
        Como los panes
        A todo pan,
        Te vamos a vivir de otra manera,
        Te vamos a comer, a florecer,
        A esperar.
        Te pondremos
        Como una torta
        En nuestra vida,
        Te encenderemos
        Como candelabro,
        Te beberemos
        Como
        Si fueras un topacio.

        Día
        Del año
        Nuevo,
        Día eléctrico, fresco,
        Todas
        Las hojas salen verdes
        Del
        Tronco de tu tiempo.

        Corónanos
        Con
        Agua,
        Con jazmines
        Abiertos,
        Con todos los aromas
        Desplegados,
        Sí,
        Aunque
        Sólo
        Seas
        Un día,
        Un pobre
        Día humano,
        Tu aureola
        Palpita
        Sobre tantos
        Cansados
        Corazones,
        ¡Y eres,
        Oh día
        Nuevo,
        Oh nube venidera,
        Pan nunca visto,
        Torre
        Permanente!

      Arriba

      Odas y germinaciones

        El sabor de tu boca y el color de tu piel,
        Piel, boca, fruta mía de estos días veloces,
        Dímelo, ¿fueron sin cesar a tu lado
        Por años y por viajes y por lunas y soles
        Y tierra y llanto y lluvia y alegría
        O sólo ahora, sólo
        Salen de tus raíces
        Como a la tierra seca el agua trae
        Germinaciones que no conocía
        O a los labios del cántaro olvidado
        Sube en el agua el gusto de la tierra?

        No sé, no me lo digas, no lo sabes.
        Nadie sabe estas cosas.
        Pero acercando todos mis sentidos
        A la luz de tu piel, desapareces,
        Te fundes como el ácido
        Aroma de una fruta
        Y el calor de un camino,
        El olor del maíz que se desgrana,
        La madreselva de la tarde pura,
        Los nombres de la tierra polvorienta,
        El perfume infinito de la patria:
        Magnolia y matorral, sangre y harina,
        Galope de caballos,
        La luna polvorienta de la aldea,
        El pan recién nacido:
        Ay todo de tu piel vuelve a mi boca,
        Vuelve a mi corazón, vuelve a mi cuerpo,
        Y vuelvo a ser contigo
        La tierra que tú eres:
        Eres en mí profunda primavera:
        Vuelvo a saber en ti cómo germino.

      Arriba

      Oliverio Girondo

        Pero debajo de la alfombra
        Y más allá del pavimento
        Entre dos inmóviles olas
        Un hombre ha sido separado
        Y debo bajar y mirar
        Hasta saber de quién se trata.
        Que no lo toque nadie aún:
        Es una lámina, una línea:
        Una flor guardada en un libro:
        Una osamenta transparente.

        El Oliverio intacto entonces
        Se reconstituye en mis ojos
        Con la certeza del cristal,
        Pero cuanto adelante o calle,
        Cuanto recoja del silencio,
        Lo que me cunda en la memoria,
        Lo que me regale la muerte,
        Sólo será un pobre vestigio,
        Una silueta de papel.

        Porque el que canto y rememoro
        Brillaba de vida insurrecta
        Y compartí su fogonazo,
        Su ir y venir y revolver,
        La burla y la sabiduría,
        Y codo a codo amanecimos
        Rompiendo los vidrios del cielo,
        Subiendo las escalinatas
        De palacios desmoronados,
        Tomando trenes que no existen,
        Reverberando de salud
        En el alba de los lecheros.

        Yo era el navegante silvestre
        (Y se me notaba en la ropa
        La oscuridad del archipiélago)
        Cuando pasó y sobrepasó
        Las multitudes Oliverio,
        Sobresaliendo en las aduanas,
        Solícito en las travesías
        (Con el plastrón desordenado
        En la otoñal investidura),
        O cerveceando en la humareda
        O espectro de Valparaíso.

        En mi telaraña infantil
        Sucede Oliverio Girondo.

        Yo era un mueble de las montañas.

        Él, un caballero evidente.
        Barbín, barbián, hermano claro,
        Hermano oscuro, hermano frío,
        Relampagueando en el ayer
        Preparabas la luz intrépida,
        La invención de los alhelíes,
        Las sílabas fabulosas
        De tu elegante laberinto
        Y así tu locura de santo
        Es ornato de la exigencia,
        Como si hubieras dibujado
        Con una tijera celeste
        En la ventana tu retrato
        Para que lo vean después
        Con exactitud las gaviotas.

        Yo, soy el cronista abrumado
        Por lo que puede suceder
        Y lo que debo predecir
        (Sin contar lo que me pasó,
        Ni lo que a mí me pasaron),
        Y en este canto pasajero
        A Oliverio Girondo canto,
        A su insolencia matutina.

        Se trata del inolvidable.

        De su indeleble puntería:
        Cuando borró la catedral
        Y con su risa de corcel
        Clausuró el turismo de Europa,
        Reveló el pánico del queso
        Frente a la francesa golosa
        Y dirigió al Guadalquivir
        El disparo que merecía—

        ¡Oh primordial desenfadado!
        ¡Hacía tanta falta aquí
        Tu iconoclasta desenfreno!

        Reinaba aún Sully Prud'homme
        Con su redingote de lilas
        Y su bonhomía espantosa.
        Hacía falta un argentino
        Que con las escuelas del tango
        Rompiera todos los espejos
        Incluyendo aquel abanico
        Que fue trizado por un búcaro.

        Porque yo, pariente futuro
        De la itálica piedra clara
        O de Quevedo permante
        O del nacional Aragón,
        Yo no quiero que espere nadie
        La moneda falsa de Europa,
        Nosotros los pobres américos,
        Los dilatados en el viento,
        Los de metales más profundos,
        Los millonarios de guitarras,
        No debemos poner el plato,
        No mendiguemos la existencia.

        Me gusta Oliverio por eso:
        No se fue a vivir a otra parte
        Y murió junto a su caballo.
        Me gustó la razón intrínseca
        De su delirio necesario
        Y el matambre de la amistad
        Que no termina todavía:
        Amigo, vamos a encontrarnos
        Tal vez debajo de la alfombra
        O sobre las letras del río
        O en el termómetro obelisco
        (O en la dirección delicada
        Del susurro y de la zozobra)
        O en las raíces reunidas
        Bajo la luna de Figari.

        Oh energúmeno de la miel,
        Patriota del espantapájaros,
        Celebraré, celebré, celebro
        Lo que cada día serás
        Y lo Oliverio que serías
        Compartiendo tu alma conmigo
        Si la muerte hubiera olvidado
        Subir una noche, ¿y por qué?
        Buscando un número, ¿y por qué?
        ¿Por qué por la calle Suipacha?

        De todos los muertos que amé
        Eres el único viviente.

        No me dedico a las cenizas,
        ¡Te sigo nombrando y creyendo
        En tu razón extravagante!
        Cerca de aquí, lejos de aquí,
        Entre una esquina y una ola
        Adentro de un día redondo,
        En un planeta desangrado
        O en el origen de una lágrima.

      Arriba

      Pequeña América

        Cuando miro la forma
        De América en el mapa,
        Amor, a ti te veo:
        Las alturas del cobre en tu cabeza,
        Tus pechos, trigo y nieve,
        Tu cintura delgada,
        Veloces ríos que palpitan, dulces
        Colinas y praderas
        Y en el frío del sur tus pies terminan
        Su geografía de oro duplicado.

        Amor, cuando te toco
        No sólo han recorrido
        Mis manos tu delicia,
        Sino ramas y tierra, frutas y agua,
        La primavera que amo,
        La luna del desierto, el pecho
        De la paloma salvaje,
        La suavidad de las piedras gastadas
        Por las aguas del mar o de los ríos
        Y la espesura roja
        Del matorral en donde
        La sed y el hambre acechan.
        Y así mi patria extensa me recibe,
        Pequeña América, en tu cuerpo.

        Aún más, cuando te veo recostada
        Veo en tu piel, en tu color de avena,
        La nacionalidad de mi cariño.
        Porque desde tus hombros
        El cortador de caña
        De Cuba abrasadora
        Me mira, lleno de sudor oscuro,
        Y desde tu garganta
        Pescadores que tiemblan
        En las húmedas casas de la orilla
        Me cantan su secreto.
        Y así a lo largo de tu cuerpo,
        Pequeña América adorada,
        Las tierras y los pueblos
        Interrumpen mis besos
        Y tu belleza entonces
        No sólo enciende el fuego
        Que arde sin consumirse entre nosotros,
        Sino que con tu amor me está llamando
        Y a través de tu vida
        Me está dando la vida que me falta
        Y al sabor de tu amor se agrega el barro,
        El beso de la tierra que me aguarda.

      Arriba

      Pido silencio

        Ahora me dejen tranquilo.
        Ahora se acostumbren sin mí.

        Yo voy a cerrar los ojos.

        Y sólo quiero cinco cosas,
        Cinco raíces preferidas.

        Una es el amor sin fin.

        Lo segundo es ver el otoño.
        No puedo ser sin que las hojas
        Vuelen y vuelvan a la tierra.

        Lo tercero es el grave invierno,
        La lluvia que amé, la caricia
        Del fuego en el frío silvestre.

        En cuarto lugar el verano
        Redondo como una sandía.

        La quinta cosa son tus ojos,
        Matilde mía, bienamada,
        No quiero dormir sin tus ojos,
        No quiero ser sin que me mires:
        Yo cambio la primavera
        Por que tú me sigas mirando.

        Amigos, eso es cuanto quiero.
        Es casi nada y casi todo.

        Ahora si quieren se vayan.

        He vivido tanto que un día
        Tendrán que olvidarme por fuerza,
        Borrándome de la pizarra:
        Mi corazón fue interminable.

        Pero porque pido silencio
        No crean que voy a morirme:
        Me pasa todo lo contrario:
        Sucede que voy a vivirme.

        Sucede que soy y que sigo.

        No será, pues, sino que adentro
        De mi crecerán cereales,
        Primero los granos que rompen
        La tierra para ver la luz,
        Pero la madre tierra es oscura:
        Y dentro de mí soy oscuro:
        Soy como un pozo en cuyas aguas
        La noche deja sus estrellas
        Y sigue sola por el campo.

        Se trata de que tanto he vivido que
        Quiero vivir otro tanto.

        Nunca me sentí tan sonoro,
        Nunca he tenido tantos besos.

        Ahora, como siempre, es temprano.
        Vuela la luz con sus abejas.

        Déjenme solo con el día.
        Pido permiso para nacer.

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      Piedras antárticas

        Allí termina todo
        Y no termina:
        Allí comienza todo:
        Se despiden los ríos en el hielo,
        El aire se ha casado con la nieve,
        No hay calles ni caballos
        Y el único edificio
        Lo construyó la piedra.
        Nadie habita el castillo
        Ni las almas perdidas
        Que frío y viento frío
        Amedrentaron:
        Es sola allí la soledad del mundo,
        Y por eso la piedra
        Se hizo música,
        Elevó sus delgadas estaturas,
        Se levantó para gritar o cantar,
        Pero se quedó muda.
        Sólo el viento,
        El látigo
        Del Polo Sur que silba,
        Sólo el vacío blanco
        Y un sonido de pájaros de lluvia
        Sobre el castillo de la soledad.

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      Piedras de Chile

        Piedras locas de Chile, derramadas
        Desde las cordilleras,
        Roqueríos
        Negros, ciegos, opacos,
        Que anudan
        A la tierra los caminos,
        Que ponen punto y piedra
        A la jornada,
        Rocas blancas
        Que interrumpen los ríos
        Y suaves son
        Besadas
        Por una cinta
        Sísmica
        De espuma,
        Granito
        De la altura
        Centelleante
        Bajo
        La nieve
        Como un monasterio,
        Espinazo
        De la más
        Dura
        Patria
        O nave
        Inmóvil,
        Proa
        De la cierra terrible,
        Piedra, piedra infinitamente pura,
        Sellada
        Como
        Cósmica paloma,
        Dura de sol, de viento, de energía,
        De sueño mineral, de tiempo oscuro,
        Piedras locas,
        Estrellas
        Y pabellón
        Dormido,
        Cumbres, rodados, rocas:
        Siga el silencio
        Sobre
        Vuestro
        Durísimo silencio,
        Bajo la investidura
        Antártica de Chile,
        Bajo
        Su claridad ferruginosa.

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      Plenos poderes

        A puro sol escribo, a plena calle,
        A pleno mar, en donde puedo canto,
        Sólo la noche errante me detiene
        Pero en su interrupción recojo espacio,
        Recojo sombra para mucho tiempo.

        El trigo negro de la noche crece
        Mientras mis ojos miden la pradera
        Y así de sol a sol hago la llaves:
        Busco en la oscuridad las cerraduras
        Y voy abriendo al mar las puertas rotas
        Hasta llenar armarios con espuma.

        Y no me canso de ir y de volver,
        No me para la muerte con su piedra,
        No me canso de ser y de no ser.

        A veces me pregunto si de dónde,
        Si de padre o de madre o cordillera
        Heredé los deberes minerales,

        Los hilos de un océano encendido
        Y sé que sigo y sigo porque sigo
        Y canto porque canto y porque canto.

        No tiene explicación lo que acontece
        Cuando cierro los ojos y circulo
        Como entre dos canales submarinos,
        Uno a morir me lleva en su ramaje
        Y el otro canta para que yo cante.

        Así pues de no ser estoy compuesto
        Y como el mar asalta el arrecife
        Con cápsulas saladas de blancura
        Y retrata la piedra con la ola,
        Así lo que en la muerte me rodea
        Abre en mí la ventana de la vida
        Y en pleno paroxismo estoy durmiendo.
        A plena luz camino por la sombra.

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      Pobres muchachos

        Cómo cuesta en este planeta
        Amarnos con tranquilidad:
        Todo el mundo mira las sábanas,
        Todos molestan a tu amor.
        Y se cuentan cosas terribles
        De un hombre y de una mujer
        Que después de muchos trajines
        Y muchas consideraciones
        Hacen algo insustituible,
        Se acuestan en una sola cama.

        Yo me pregunto si las ranas
        Se vigilan y se estornudan,
        Si se susurran en las charcas
        Contra las ranas ilegales,
        Contra el placer de los batracios.
        Yo me pregunto si los pájaros
        Tienen pájaros enemigos
        Y si el toro escucha a los bueyes
        Antes de verse con la vaca.

        Ya los caminos tienen ojos,
        Los parques tienen policía,
        Son sigilosos los hoteles,
        Las ventanas anotan nombres,
        Se embarcan tropas y cañones
        Decididos contra el amor,
        Trabajan incesantemente
        Las gargantas y las orejas,
        Y un muchacho con su muchacha
        Se obligaron a florecer
        Volando en una bicicleta.

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      Puentes

        Puentes: arcos de acero azul adonde vienen
        A dar su despedida los que pasan
        —Por arriba los trenes,
        Por abajo las aguas—,
        Enfermos de seguir un largo viaje
        Que principia, que sigue y nunca acaba.
        Cielos —arriba—, cielos,
        Y pájaros que pasan
        Sin detenerse, caminando como
        Los trenes y las aguas.

        Qué maldición cayó sobre vosotros?
        Qué esperáis en la noche densa y larga
        Con los brazos abiertos como un niño
        Que muere a la llegada de su hermana?

        Qué voz de maldición pasiva y negra
        Sobre vosotros extendió sus alas,
        Para hacer que siguieran
        El viaje que no acaba
        Los paisajes, la vida, el sol, la tierra,
        Los trenes y las aguas,
        Mientras la angustia inmóvil del acero
        Se hunde más en la tierra y más la clava?

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      Regreso

        Hostiles cordilleras,
        Cielo duro,
        Extranjeros, ésta es,
        Ésta es mi patria,
        Aquí nací y aquí viven mis sueños.

        El barco se desliza
        Por el azul, por todos los azules,
        La costa es la más larga
        Línea de soledad del universo,
        Pasan y pasan las arenas blancas,
        Suben y bajan los montes desnudos,
        Y corre junto al mar la tierra sola,
        Dormida o muerta en paz ferruginosa.

        Cuando cayeron las vegetaciones
        Y el dulce verde abandonó estas tierras
        El sol las calcinó desde su altura,
        La sal las abrasó desde sus piedras.

        Desde entonces se desenterraron
        Las antiguas estrellas minerales:
        Allí yacen los huesos de la tierra,
        Compacto como piedra es el silencio.

        Perdonad, extranjeros,
        Perdonad la medida desolada
        De nuestra soledad,
        Y lo que damos en la lejanía.

        Sin embargo,
        Aquí están las raíces de mi sueño,
        Ésta es la dura luz que amamos,
        Y de algún modo, con distante orgullo,
        Como en los minerales de la noche,
        Vive el honor en esta larga arena.

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      Ritual de mis piernas

        Largamente he permanecido mirando mis largas piernas
        Con ternura infinita y curiosa, con mi acostumbrada pasión,
        Como si hubieran sido las piernas de una mujer divina
        Profundamente sumida en el abismo de mi tórax:
        Y es que, la verdad, cuando el tiempo, el tiempo pasa,
        Sobre la tierra, sobre el techo, sobre mi impura cabeza,
        Y pasa, el tiempo pasa, y en mi lecho no siento de noche que
        Una mujer está respirando, durmiendo, desnuda y a mi lado,
        Entonces, extrañas, oscuras cosas toman el lugar de la ausente,
        Viciosos, melancólicos pensamientos
        Siembran pesadas posibilidades en mi dormitorio,
        Y así, pues, miro mis piernas como si pertenecieran a otro cuerpo,
        Y fuerte y dulcemente estuvieran pegadas a mis entrañas.

        Como tallos o femeninas, adorables cosas,
        Desde las rodillas suben, cilíndricas y espesas,
        Con turbado y compacto material de existencia:
        Como brutales, gruesos brazos de diosa,
        Como árboles monstruosamente vestidos de seres humanos,
        Como fatales, inmensos labios sedientos y tranquilos,
        Son allí la mejor parte de mi cuerpo:
        Lo enteramente substancial, sin complicado contenido
        De sentidos o tráqueas o intestinos o ganglios:
        Nada, sino lo puro, lo dulce y espeso de mi propia vida,
        Nada, sino la forma y el volumen existiendo,
        Guardando la vida, sin embargo, de una manera completa.

        Las gentes cruzan el mundo en la actualidad
        Sin apenas recordar que poseen un. cuerpo y en él la vida,
        Y hay miedo, hay miedo en el mundo de las palabras que designan el cuerpo,
        Y se habla favorablemente de la ropa,
        De pantalones es posible hablar, de trajes,
        Y de ropa interior de mujer (de medias y ligas de "señora"),
        Como si por las calles fueran las prendas y los trajes vacíos por completo
        Y un oscuro y obsceno guardarropas ocupara el mundo.

        Tienen existencia los trajes, color, forma, designio,
        Y profundo lugar en nuestros mitos, demasiado lugar,
        Demasiados muebles y demasiadas habitaciones hay en el mundo,
        Y mi cuerpo vive entre y bajo tantas cosas abatido,
        Con un pensamiento fijo de esclavitud y de cadenas.

        Bueno, mis rodillas, como nudos,
        Particulares, funcionarios, evidentes,
        Separan las mitades de mis piernas en forma seca:
        Y en realidad dos mundos diferentes, dos sexos diferentes
        No son tan diferentes como las dos mitades de mis piernas.

        Desde la rodilla hasta el pie una forma dura,
        Mineral, fríamente útil aparece,
        Una criatura de hueso y persistencia,
        Y los tobillos no son ya sino el propósito desnudo,
        La exactitud y lo necesario dispuestos en definitiva.

        Sin sensualidad, cortas y duras, y masculinas,
        Son allí mis piernas, y dotadas
        De grupos musculares como animales complementarios,
        Y allí también una vida, una sólida, sutil, aguda vida
        Sin temblar permanece, aguardando y actuando.

        En mis pies cosquillosos,
        Y duros como el sol, y abiertos como flores,
        Y perpetuos, magníficos soldados
        En la guerra gris del espacio,
        Todo termina, la vida termina definitivamente en mis pies,
        Lo extranjero y lo hostil allí comienza,
        Los nombres del mundo, lo fronterizo y lo remoto,
        Lo sustantivo y lo adjetivo que no caben en mi corazón,
        Con densa y fría constancia allí se originan.

        Siempre,
        Productos manufacturados, medias, zapatos,
        O simplemente aire infinito,
        Habrá entre mis pies y la tierra
        Extremando lo aislado y lo solitario de mi ser,
        Algo tenazmente supuesto entre mi vida y la tierra,
        Algo abiertamente invencible y enemigo.

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      Plena mujer, manzana carnal

        Plena mujer, manzana carnal, luna caliente,
        Espeso aroma de algas, lodo y luz machacados,
        ¿Qué oscura claridad se abre entre tus columnas?
        ¿Qué antigua noche el hombre toca con sus sentidos?

        Ay, amar es un viaje con agua y con estrellas,
        Con aire ahogado y bruscas tempestades de harina:
        Amar es un combate de relámpagos
        Y dos cuerpos por una sola miel derrotados.

        Beso a beso recorro tu pequeño infinito,
        Tus márgenes, tus ríos, tus pueblos diminutos,
        Y el fuego genital transformado en delicia

        Corre por los delgados caminos de la sangre
        Hasta precipitarse como un clavel nocturno,
        Hasta ser y no ser sino un rayo en la sombra.

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      Sabor

        De falsas astrologías, de costumbres un tanto lúgubres,
        Vertidas en lo inacabable y siempre llevadas al lado,
        He conservado una tendencia, un sabor solitario.

        De conversaciones gastadas como usadas maderas,
        Con humildad de sillas, con palabras ocupadas
        En servir como esclavos de voluntad secundaria,
        Teniendo esa consistencia de la leche, de las semanas muertas,
        Del aire encadenado sobre las ciudades.

        Quién puede jactarse de paciencia más sólida?
        La cordura me envuelve de piel compacta
        De un color reunido como una culebra:
        Mis criaturas nacen de un largo rechazo:
        Ay, con un solo alcohol puedo despedir este día
        Que he elegido, igual entre los días terrestres.

        Vivo lleno de una sustancia de color común, silenciosa
        Como una vieja madre, una paciencia fija
        Como sombra de iglesia o reposo de huesos.
        Voy lleno de esas aguas dispuestas profundamente,
        Preparadas, durmiéndose en una atención triste.

        En mi interior de guitarra hay un aire viejo,
        Seco y sonoro, permanecido, inmóvil,
        Como una nutrición fiel, como humo:
        Un elemento en descanso, un aceite vivo:
        Un pájaro de rigor cuida mi cabeza:
        Un ángel invariable vive en mi espada.

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      Sed de ti

        Sed de ti me acosa en las noches hambrientas.
        Trémula mano roja que hasta su vida se alza.
        Ebria de sed, loca sed, sed de selva en sequía.
        Sed de metal ardiendo, sed de raíces ávidas...

        Por eso eres la sed y lo que ha de saciarla.
        Cómo poder no amarte si he de amarte por eso.
        Si esa es la amarra cómo poder cortarla, cómo.
        Cómo si hasta mis huesos tienen sed de tus huesos.
        Sed de ti, guirnalda atroz y dulce.
        Sed de ti que en las noches me muerde como un perro.
        Los ojos tienen sed, para qué están tus ojos.

        La boca tiene sed, para qué están tus besos.
        El alma está incendiada de estas brasas que te aman.
        El cuerpo incendio vivo que ha de quemar tu cuerpo.
        De sed. Sed infinita. Sed que busca tu sed.
        Y en ella se aniquila como el agua en el fuego.

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      Serenata

        En tu frente descansa el color de las amapolas,
        El luto de las viudas halla eco, oh apiadada:
        Cuando corres detrás de los ferrocarriles, en los campos,
        El delgado labrador te da la espalda,
        De tus pisadas brotan temblando los dulces sapos.

        El joven sin recuerdos te saluda, te pregunta por su olvidada voluntad,
        Las manos de él se mueven en tu atmósfera como pájaros,
        Y la humedad es grande a su alrededor:
        Cruzando sus pensamientos incompletos,
        Queriendo alcanzar algo, oh buscándote,
        Le palpitan los ojos pálidos en tu red
        Como instrumentos perdidos que brillan de súbito.

        O recuerdo el día primero de la sed,
        La sombra apretada contra los jazmines,
        El cuerpo profundo en que te recogías
        Como una gota temblando también.

        Pero acallas los grandes árboles, y encima de la luna, sobrelejos,
        Vigilas el mar como un ladrón.
        Oh noche, mi alma sobrecogida te pregunta
        Desesperadamente a ti por el metal que necesita.

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      Si tú me olvidas

        Quiero que sepas
        Una cosa.

        Tú sabes cómo es esto:
        Si miro
        La luna de cristal, la rama roja
        Del lento otoño en mi ventana,
        Si toco
        Junto al fuego
        La impalpable ceniza
        O el arrugado cuerpo de la leña,
        Todo me lleva a ti,
        Como si todo lo que existe,
        Aromas, luz, metales,
        Fueran pequeños barcos que navegan
        Hacia las islas tuyas que me aguardan.

        Ahora bien,
        Si poco a poco dejas de quererme
        Dejaré de quererte poco a poco.

        Si de pronto
        Me olvidas
        No me busques,
        Que ya te habré olvidado.

        Si consideras largo y loco
        El viento de banderas
        Que pasa por mi vida
        Y te decides
        A dejarme a la orilla
        Del corazón en que tengo raíces,
        Piensa
        Que en ese día,
        A esa hora
        Levantaré los brazos
        Y saldrán mis raíces
        A buscar otra tierra.

        Pero
        Si cada día,
        Cada hora
        Sientes que a mí estás destinada
        Con dulzura implacable.
        Si cada día sube
        Una flor a tus labios a buscarme,
        Ay amor mío, ay mía,
        En mí todo ese fuego se repite,
        En mí nada se apaga ni se olvida,
        Mi amor se nutre de tu amor, amada,
        Y mientras vivas estará en tus brazos
        Sin salir de los míos.

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      Siempre

        Antes de mí
        No tengo celos.

        ¡Ven con un hombre
        A la espalda,
        Ven con cien hombres en tu cabellera,
        Ven con mil hombres entre tu pecho y tus pies,
        Ven como un río lleno de ahogados
        Que encuentra el mar furioso,
        La espuma eterna, el tiempo!

        ¡Tráelos todos
        Adonde yo te espero:
        Siempre estaremos solos,
        Siempre estaremos tú y yo
        Solos sobre la tierra
        Para comenzar la vida!

      Arriba

      Siento tu ternura

        Siento tu ternura allegarse a mi tierra,
        Mirada de mis ojos, huir,
        La veo interrumpirse para seguirme hasta la hora
        De mi silencio absorto y de mi afán de ti.
        Hela aquí tu ternura de ojos dulces que esperan.
        Hela aquí, boca tuya, palabra nunca dicha.
        Siento que se me suben los musgos de tu pena
        Y me crecen a tientas en el alma infinita.

        Era esto el abandono, y lo sabías,
        Era la guerra oscura del corazón y todos,
        Era la queja rota de angustias conmovidas,
        Y la ebriedad, y el deseo, y el dejarse ir,
        Y era eso mi vida,
        Era eso que el agua de tus ojos llevaba,
        Era eso que en el hueco de tus manos cabía.

        ¡Ah, mariposa mía y arrullo de paloma,
        Ah vaso, ah estero, ah compañera mía!
        Te llegó mi reclamo, dímelo, te llegaba,
        En las abiertas noches de estrellas frías
        Ahora, en el otoño, en el baile amarillo
        De los vientos hambrientos y las hojas caídas.

        Dímelo, ¿te llegaba
        Aullando o cómo o sollozando
        En la hora de la sangre fermentada
        Cuando la tierra crece y se cimbra latiendo
        Bajo el sol que la raya con sus colas de ámbar?

        Dímelo, ¿me sentiste
        Trepar hasta tu forma por todos los silencios,
        Y todas las palabras?

        Yo me sentí crecer. Nunca supe hacia dónde.
        Es más allá de ti. ¿Lo comprendes, hermana?
        Es que se aleja el fruto cuando llegan mis manos
        Y ruedan las estrellas antes de mi mirada.

        Siento que soy la aguja de una infinita flecha,
        Y va a clavarse lejos, no va a clavarse nunca,
        Tren de dolores húmedos en fuga hacia lo eterno,
        Goteando en cada tierra sollozos y preguntas.

        Pero hela aquí, tu forma familiar, lo que es mío,
        Lo tuyo, lo que es mío, lo que es tuyo y me inunda,
        Hela aquí que me llena los miembros de abandono,
        Hela aquí, tu ternura,
        Amarrándose a las mismas raíces,
        Madurando en la misma caravana de frutas,
        Y saliendo de tu alma rota bajo mis dedos
        Como el licor del vino del centro de la uva.

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      Significa sombras

        Qué esperanza considerar, qué presagio puro,
        Qué definitivo beso enterrar en el corazón,
        Someter en los orígenes del desamparo y la inteligencia,
        Suave y seguro sobre las aguas eternamente turbadas?

        Qué vitales, rápidas alas de un nuevo ángel de sueños
        Instalar en mis hombros desnudos para seguridad perpetua,
        De tal manera que el camino entre las estrellas de la muerte
        Sea un violento vuelo comenzado desde hace muchos días y meses y siglos?

        Tal vez la debilidad natural de los seres recelosos y ansiosos
        Busca de súbito permanencia en el tiempo y límites en la tierra,
        Tal vez las fatigas y las edades acumuladas implacablemente
        Se extienden como la ola lunar de un océano recién creado
        Sobre litorales y tierras angustiosamente desiertas.

        Ay, que lo que yo soy siga existiendo y cesando de existir,
        Y que mi obediencia se ordene con tales condiciones de hierro
        Que el temblor de las muertes y de los nacimientos no conmueva
        El profundo sitio que quiero reservar para mí eternamente.

        Sea, pues, lo que soy, en alguna parte y en todo tiempo,
        Establecido y asegurado y ardiente testigo,
        Cuidadosamente destruyéndose y preservándose incesantemente,
        Evidentemente empeñado en su deber original.

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      Sin embargo me muevo

        De cuando en cuando soy feliz!
        Opiné delante de un sabio
        Que me examinó sin pasión
        Y me demostró mis errores.

        Tal vez no había salvación
        Para mis dientes averiados,
        Uno por uno se extraviaron
        Los pelos de mi cabellera:
        Mejor era no discutir
        Sobre mi tráquea cavernosa:
        En cuanto al cauce coronario
        Estaba lleno de advertencias
        Como el hígado tenebroso
        Que no me servía de escudo
        O este riñón conspirativo.
        Y con mi próstata melancólica
        Y los caprichos de mi uretra
        Me conducían sin apuro
        A un analítico final.

        Mirando frente a frente al sabio
        Sin decidirme a sucumbir
        Le mostré que podía ver,
        Palpar, oír y padecer
        En otra ocasión favorable.
        Y que me dejara el placer
        De ser amado y de querer:
        Me buscaría algún amor
        Por un mes o por una semana
        O por un penúltimo día.

        El hombre sabio y desdeñoso
        Me miró con la indiferencia
        De los camellos por la luna
        Y decidió orgullosamente
        Olvidarse de mi organismo.

        Desde entonces no estoy seguro
        De si yo debo obedecer
        A su decreto de morirme
        O si debo sentirme bien
        Como mi cuerpo me aconseja.

        Y en esta duda yo no sé
        Si dedicarme a meditar
        O alimentarme de claveles.

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      Sistema sombrío

        De cada uno de estos días negros como viejos hierros,
        Y abiertos por el sol como grandes bueyes rojos,
        Y apenas sostenidos por el aire y por los sueños,
        Y desaparecidos irremediablemente y de pronto,
        Nada ha substituido mis perturbados orígenes,
        Y las desiguales medidas que circulan en mi corazón
        Allí se fraguan de día y de noche, solitariamente,
        Y abarcan desordenadas y tristes cantidades.

        Así, pues, como un vigía tornado insensible y ciego,
        Incrédulo y condenado a un doloroso acecho,
        Frente a la pared en que cada día del tiempo se une,
        Mis rostros diferentes se arriman y encadenan
        Como grandes flores pálidas y pesadas
        Tenazmente substituidas y difuntas.

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      Sólo la muerte

        Hay cementerios solos,
        Tumbas llenas de huesos sin sonido,
        El corazón pasando un túnel
        Oscuro, oscuro, oscuro,
        Como un naufragio hacia adentro nos morimos,
        Como ahogarnos en el corazón,
        Como irnos cayendo desde la piel al alma.

        Hay cadáveres,
        Hay pies de pegajosa losa fría,
        Hay la muerte en los huesos,
        Como un sonido puro,
        Como un ladrido sin perro,
        Saliendo de ciertas campanas, de ciertas tumbas,
        Creciendo en la humedad como el llanto o la lluvia.

        Yo veo, solo, a veces,
        Ataúdes a vela
        Zarpar con difuntos pálidos, con mujeres de trenzas muertas.
        Con panaderos blancos como ángeles,
        Con niñas pensativas casadas con notarios,
        Ataúdes subiendo el río vertical de los muertos,
        El río morado,
        Hacia arriba, con las velas hinchadas por el sonido de la muerte,
        Hinchadas por el sonido silencioso de la muerte.

        A lo sonoro llega la muerte
        Como un zapato sin pie, como un traje sin hombre,
        Llega a golpear con un anillo sin piedra y sin dedo,
        Llega a gritar sin boca, sin lengua, sin garganta.

        Sin embargo sus pasos suenan
        Y su vestido suena, callado, como un árbol.

        Yo no sé, yo conozco poco, yo apenas veo,
        Pero creo que su canto tiene color de violetas húmedas,
        De violetas acostumbradas a la tierra,
        Porque la cara de la muerte es verde,
        Y la mirada de la muerte es verde,
        Con la aguda humedad de ma hoja de violeta
        Y su grave color de invierno exasperado.

        Pero la muerte va también por el mundo vestida de escoba,
        Lame el suelo buscando difuntos,
        La muerte está en la escoba,
        Es la lengua de la muerte buscando muertos,
        Es la aguja de la muerte buscando hilo.

        La muerte está en los catres:
        En los colchones lentos, en las frazadas negras
        Vive tendida, y de repente sopla:
        Sopla un sonido oscuro que hincha sábanas,
        Y hay camas navegando a un puerto
        En donde está esperando, vestida de almirante.

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      Sonata y destrucciones

        Después de mucho, después de vagas leguas,
        Confuso de dominios, incierto de territorios,
        Acompañado de pobres esperanzas,
        Y compañías infieles, y desconfiados sueños,
        Amo lo tenaz que aún sobrevive en mis ojos,
        Oigo en mi corazón mis pasos de jinete,
        Muerdo el fuego dormido y la sal arruinada,
        Y de noche, de atmósfera obscura y luto prófugo,
        Aquel que vela a la orilla de los campamentos,
        El viajero armado de estériles resistencias,
        Detenido entre sombras que crecen y alas que tiemblan,
        Me siento ser, y mi brazo de piedra me defiende.

        Hay entre ciencias de llanto un altar confuso,
        Y en mi sesión de atardeceres sin perfume,
        En mis abandonados dormitorios donde habita la luna,
        Y arañas de mi propiedad, y destrucciones que me son queridas,
        Adoro mi propio ser perdido, mi substancia imperfecta,
        Mi golpe de plata y mi pérdida eterna.
        Ardió la uva húmeda, y su agua funeral
        Aún vacila, aún reside,
        Y el patrimonio estéril, y el domicilio traidor.

        Quién hizo ceremonia de cenizas?
        Quién amó lo perdido, quién protegió lo último?
        El hueso del padre, la madera del buque muerto,
        Y su propio final, su misma huida,
        Su fuerza triste, su dios miserable?
        Acecho, pues, lo inanimado y lo doliente,
        Y el testimonio extraño que sostengo
        Con eficiencia cruel y escrito en cenizas,
        Es la forma de olvido que prefiero,
        El nombre que doy a la tierra, el valor de mis sueños,
        La cantidad interminable que divido
        Con mis ojos de invierno, durante cada día de este mundo.

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      Sueño de gatos

        Qué bonito duerme un gato,
        Duerme con patas y peso,
        Duerme con sus crueles uñas,
        Y con su sangre sanguinaria,
        Duerme con todos los anillos
        Que como círculos quemados
        Construyeron la geología
        De una cola color de arena.

        Quisiera dormir como un gato
        Con todos los pelos del tiempo,
        Con la lengua del pedernal,
        Con el sexo seco del fuego
        Y después de no hablar con nadie,
        Tenderme sobre todo el mundo,
        Sobre las tejas y la tierra
        Intensamente dirigido
        A cazar las ratas del sueño.

        He visto cómo ondulaba,
        Durmiendo, el gato: corría
        La noche en él como agua oscura,
        Y a veces se iba a caer,
        Se iba tal vez a despeñar
        En los desnudos ventisqueros,
        Tal vez creció tanto durmiendo
        Como un bisabuelo de tigre
        Y saltaría en las tinieblas
        Tejados, nubes y volcanes.
        Duerme, duerme, gato nocturno
        Con tus ceremonias de obispo,
        Y tu bigote de piedra:
        Ordena todos nuestros sueños,
        Dirige la oscuridad
        De nuestras dormidas proezas
        Con tu corazón sanguinario
        Y el largo cuello de tu cola.

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      Tango del viudo

        Oh maligna, ya habrás hallado la carta, ya habrás llorado de furia,
        Y habrás insultado el recuerdo de mi madre
        Llamándola perra podrida y madre de perros,
        Ya habrás bebido sola, solitaria, el té del atardecer
        Mirando mis viejos zapatos vacíos para siempre
        Y ya no podrás recordar mis enfermedades, mis sueños nocturnos,
        Mis comidas,
        Sin maldecirme en voz alta como si estuviera allí aún
        Quejándome del trópico de los coolíes corringhis,
        De las venenosas fiebres que me hicieron tanto daño
        Y de los espantosos ingleses que odio todavía.

        ¡Maligna, la verdad, qué noche tan grande, qué tierra tan sola!
        He llegado otra vez a los dormitorios solitarios,
        A almorzar en los restaurantes comida fría, y otra vez
        Tiro al suelo los pantalones y las camisas,
        No hay perchas en mi habitación, ni retratos de nadie en las paredes.
        Cuánta sombra de la que hay en mi alma daría por recobrarte,
        Y qué amenazadores me parecen los nombres de los meses,
        Y la palabra invierno qué sonido de tambor lúgubre tiene.

        Enterrado junto al cocotero hallarás más tarde
        El cuchillo que escondí allí por temor de que me mataras,
        Y ahora repentinamente quisiera oler su acero de cocina
        Acostumbrado al peso de tu mano y al brillo de tu pie:
        Bajo la humedad de la tierra, entre las sordas raíces,
        De los lenguajes humanos el pobre sólo sabría tu nombre,
        Y la espesa tierra no comprende tu nombre
        Hecho de impenetrables substancias divinas.

        Así como me aflige pensar en el claro día de tus piernas
        Recostadas como detenidas y duras aguas solares,
        Y la golondrina que durmiendo y volando vive en tus ojos,
        Y el perro de furia que asilas en el corazón,
        Así también veo las muertes que están entre nosotros desde ahora,
        Y respiro en el aire la ceniza y lo destruido,
        El largo, solitario espacio que me rodea para siempre.

        Daría este viento del mar gigante por tu brusca respiración
        Oída en largas noches sin mezcla de olvido,
        Uniéndose a la atmósfera como el látigo a la piel del caballo.
        Y por oírte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa,
        Como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina, obstinada,
        Cuántas veces entregaría este coro de sombras que poseo,
        Y el ruido de espadas inútiles que se oye en mi alma,
        Y la paloma de sangre que está solitaria en mi frente
        Llamando cosas desaparecidas, seres desaparecidos,
        Substancias extrañamente inseparables y perdidas.

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      Tengo miedo

        Tengo miedo. La tarde es gris y la tristeza
        Del cielo se abre como una boca de muerto.
        Tiene mi corazón un llanto de princesa
        Olvidada en el fondo de un palacio desierto.

        Tengo miedo. Y me siento tan cansado y pequeño
        Que reflejo la tarde sin meditar en ella.
        (En mi cabeza enferma no ha .de caber un sueño
        Así como en el cielo no ha cabido una estrella).

        Sin embargo en mis ojos una pregunta existe
        Y hay un grito en mi boca que mi boca no grita.
        No hay oído en la tierra que oiga mi queja triste
        Abandonada en medio de la tierra infinita!

        Se muere el universo de una calma agonía
        Sin la fiesta del sol o el crepúsculo verde.
        Agoniza Saturno como una pena mía,
        La tierra es una fruta negra que el cielo muerde.

        Y por la vastedad del vacío van ciegas
        Las nubes de la tarde, como barcas perdidas
        Que escondieran estrellas rotas en sus bodegas.

        Y la muerte del mundo cae sobre mi vida.

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      Testamento de otoño

        Matilde Urrutia, aquí te dejo
        Lo que tuve y lo que no tuve,
        Lo que soy y lo que no soy.
        Mi amor es un niño que llora:
        No quiere salir de tus brazos,
        Yo te lo dejo para siempre:
        Eres para mí la más bella.

        Eres para mí la más bella,
        La más tatuada por el viento
        Como un arbolito del sur,
        Como un avellano en agosto.
        Eres para mí suculenta
        Como una panadería,
        Es de tierra tu corazón,
        Pero tus manos son celestes.

        Eres roja y eres picante,
        Eres blanca y eres salada
        Como escabeche de cebolla.
        Eres un piano que ríe
        Con todas las notas del alma
        Y sobre mí cae la música
        De tus pestañas y tu pelo.
        Me baño en tu sombra de oro
        Y me deleitan tus orejas
        Como si las hubiera visto
        En las mareas de coral:
        Por tus uñas luché en las olas
        Contra pescados pavorosos.

        De sur a sur se abren tus ojos
        Y de este a oeste tu sonrisa,
        No se te pueden ver los pies
        Y el sol se entretiene estrellando
        El amanecer en tu pelo.
        Tu cuerpo y tu rostro llegaron,
        Como yo, de regiones duras,
        De ceremonias lluviosas,
        De antiguas tierras y martirios.

        Sigue cantando el Bío-Bío
        En nuestra arcilla ensangrentada,
        Pero tú trajiste del bosque
        Todos los secretos perfumes
        Y esa manera de lucir
        Un perfil de flecha perdida,
        Una medalla de guerrero.

        Tú fuiste mi vencedora
        Por el amor y por la tierra,
        Porque tu boca me traía
        Antepasados manantiales,
        Citas en bosques de otra edad,
        Oscuros tambores mojados:
        De pronto oí que me llamaban,
        Era de lejos y de cuando
        Me acerqué al antiguo follaje
        Y besé mi sangre en tu boca,
        Corazón mío, mi araucana.

        ¿Qué puedo dejarte si tienes,
        Matilde Urrutia, en tu costado
        Ese aroma de hojas quemadas,
        Esa fragancia de frutillas
        Y entre tus dos pechos marinos
        El crepúsculo de Cauquenes
        Y el olor de peumo de Chile?

        En el alto otoño del mar
        Lleno de niebla y cavidades,
        La tierra se extiende y respira,
        Se le caen al mes las hojas.
        Y tú inclinada en mi trabajo
        Con tu pasión y tu paciencia
        Deletreando las patas verdes,
        Las telarañas, los insectos
        De mi mortal caligrafía.
        Oh leona de pies pequeñitos,
        ¿Qué haría sin tus manos breves,
        Dónde andaría caminando
        Sin corazón y sin objeto,
        En qué lejanos autobuses,
        Enfermo de fuego o de nieve?

        Te debo el otoño marino
        Con la humedad de las raíces
        Y la niebla como una uva
        Y el sol silvestre y elegante:
        Te debo este cajón callado
        En que se pierden los dolores
        Y sólo suben a la frente
        Las corolas de la alegría.

        Todo te lo debo a ti,
        Tórtola desencadenada,
        Mi codorniza copetona,
        Mi jilguero de las montañas,
        Mi campesina de Coihueco.

        Alguna vez si ya no somos,
        Si ya no vamos ni venimos
        Bajo siete capas de polvo
        Y los pies secos de la muerte,
        Estaremos juntos, amor ,
        Extrañamente confundidos.
        Nuestras espinas diferentes,
        Nuestros ojos maleducados,
        Nuestros pies que no se encontraban
        Y nuestros besos indelebles,
        Todo estará por fin reunido,
        Pero, ¿de qué nos servirá
        La unidad de un cementerio?

        ¡Que no nos separe la vida
        Y se vaya al diablo la muerte!

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      Tiranía

        Oh dama sin corazón, hija del cielo,
        Auxíliame en esta solitaria hora,
        Con tu directa indiferencia de arma
        Y tu frío sentido del olvido.

        Un tiempo total como un océano,
        Una herida confusa como un nuevo ser,
        Abarcan la tenaz raíz de mi alma
        Mordiendo el centro de mi seguridad.

        Qué espeso latido se cimbra en mi corazón
        Como una ola hecha de todas las olas,
        Y mi desesperada cabeza se levanta
        En un esfuerzo de salto y de muerte.

        Hay algo enemigo temblando en mi certidumbre,
        Creciendo en el mismo origen de las lágrimas,
        Como una planta desgarradora y dura
        Hecha de encadenadas hojas amargas.

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      Trabajo frío

        Dime, del tiempo resonando
        En tu esfera parcial y dulce,
        ¿No oyes acaso el sordo gemido?

        ¿No sientes de lenta manera,
        En trabajo trémulo y ávido,
        La insistente noche que vuelve?

        Secas sales y sangres aéreas,
        Atropellado correr ríos,
        Temblando el testigo constata.

        Aumento oscuro de paredes,
        Crecimiento brusco de puertas,
        Delirante población de estímulos,
        Circulaciones implacables.

        Alrededor, de infinito modo,
        En propaganda interminable,
        De hocico armado y definido
        El espacio hierve y se puebla.

        ¿No oyes la constante victoria
        En la carrera de los seres
        Del tiempo, lento como el fuego,
        Seguro y espeso y hercúleo,
        Acumulando su volumen
        Y añadiendo su triste hebra?

        Como una planta perpetua aumenta
        Su delgado y pálido hilo
        Mojado de gotas que caen
        Sin sonido en la soledad.

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      Tu risa

        Quítame el pan si quieres
        Quítame el aire, pero
        No me quites tu risa.

        No me quites la rosa,
        La lanza que desgranas,
        El agua que de pronto
        Estalla en tu alegría,
        La repentina ola
        De planta que te nace.

        Mi lucha es dura y vuelo
        Con los ojos cansados
        A veces de haber visto
        La tierra que no cambia,
        Pero al entrar tu risa
        Sube al cielo buscándome
        Y abren para mí todas
        Las puertas de la vida.

        Amor mío, en la hora
        Más oscura desgrana
        Tu risa, y si de pronto
        Ves que mi sangre mancha
        Las piedras de la calle,
        Ríe, porque tu risa
        Será para mis manos
        Como una espada fresca.

        Junto al mar en otoño,
        Tu risa debe alzar
        Su cascada de espuma,
        Y en primavera, amor,
        Quiero tu risa como
        La flor que yo esperaba,
        La flor azul, la rosa
        De mi patria sonora.

        Ríe de la noche
        Del día, de la luna,
        Ríete de las calles
        Torcidas de la isla,
        Ríete del torpe
        Muchacho que te quiere,
        Pero cuando yo abro
        Los ojos y los cierro,
        Cuando mis pasos van,
        Cuando vuelven mis pasos,
        Niégame el pan, el aire,
        La luz, la primavera,
        Pero tu risa nunca
        Porque me moriría.

      Arriba

      Tú venías

        No me has hecho sufrir
        Sino esperar.
        Aquellas horas
        Enmarañadas,
        Llenas
        De serpientes,
        Cuando
        Se me caía el alma y me ahogaba,
        Tú venías andando,
        Tú venías desnuda y arañada,
        Tú llegabas hambrienta hasta mi lecho,
        Novia mía,
        Y entonces
        Toda la noche caminamos
        Durmiendo
        Y cuando despertamos
        Eras intacta y nueva,
        Como si el grave viento de los sueños
        De nuevo hubiera dado
        Fuego a tu cabellera
        Y en trigo y plata hubiera sumergido
        Tu cuerpo hasta dejarlo deslumbrante.
        Yo no sufrí, amor mío,
        Yo sólo te esperaba.

        Tenías que cambiar de corazón
        Y de mirada
        Después de haber tocado la profunda
        Zona de mar que te entregó mi pecho.
        Tenías que salir del agua
        Pura como una gota levantada
        Por una ola nocturna.

        Novia mía, tuviste
        Que morir y nacer, yo te esperaba.
        Yo no sufrí buscándote,
        Sabía que vendrías,
        Una nueva mujer con lo que adoro
        De la que no adoraba,
        Con tus ojos, tus manos y tu boca
        Pero con otro corazón
        Que amaneció a mi lado
        Como si siempre hubiera estado allí
        Para seguir conmigo para siempre.

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      Tus manos

        Cuando tus manos salen,
        Amor, hacia las mías,
        ¿Qué me traen volando?
        ¿Por qué se detuvieron
        En mi boca, de pronto,
        Por qué las reconozco
        Como si entonces, antes,
        Las hubiera tocado,
        Como si antes de ser
        Hubieran recorrido
        Mi frente, mi cintura?

        Su suavidad venía
        Volando sobre el tiempo,
        Sobre el mar, sobre el humo,
        Sobre la primavera,
        Y cuando tú pusiste
        Tus manos en mi pecho,
        Reconocí estas alas de paloma dorada,
        Reconocí esa greda
        Y ese color de trigo.

        Los años de mi vida
        Yo caminé buscándolas,
        Subí las escaleras,
        Crucé los arrecifes,
        Me llevaron los trenes
        Las aguas me trajeron,
        Y en la piel de las uvas
        Me pareció tocarte.
        La madera de pronto
        Me trajo tu contacto,
        La almendra me anunciaba
        Tu suavidad secreta,
        Hasta que se cerraron
        Tus manos en mi pecho
        Y allí como dos olas
        Terminaron su viaje.

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      Tus pies

        Cuando no puedo mirar tu cara
        Miro tus pies.
        Tus pies de hueso arqueado,
        Tus pequeños pies duros.
        Yo sé que te sostienen,
        Y que tu dulce peso
        Sobre ellos se levanta.
        Tu cintura y tus pechos,
        La duplicada púrpura
        De tus pezones,
        La caja de tus ojos
        Que recién han volado,
        Tu ancha boca de fruta,
        Tu cabellera roja,
        Pequeña torre mía.
        Pero no amo tus pies
        Sino porque anduvieron
        Sobre la tierra y sobre
        El viento y sobre el agua,
        Hasta que me encontraron.

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      Un perro ha muerto

        Mi perro ha muerto.

        Lo enterré en el jardín
        Junto a una vieja máquina oxidada.

        Allí, no más abajo,
        Ni más arriba,
        Se juntará conmigo alguna vez.
        Ahora él ya se fue con su pelaje,
        Su mala educación, su nariz fría.
        Y yo, materialista que no cree
        En el celeste cielo prometido
        Para ningún humano,
        Para este perro o para todo perro
        Creo en el cielo, sí, creo en un cielo
        Donde yo no entraré, pero él me espera
        Ondulando su cola de abanico
        Para que yo al llegar tenga amistades.

        Ay no diré la tristeza en la tierra
        De no tenerlo más por compañero,
        Que para mí jamás fue un servidor.

        Tuvo hacia mí la amistad de un erizo
        Que conservaba su soberanía,
        La amistad de una estrella independiente
        Sin más intimidad que la precisa,
        Sin exageraciones:
        No se trepaba sobre mi vestuario
        Llenándome de pelos o de sarna,
        No se frotaba contra mi rodilla
        Como otros perros obsesos sexuales.
        No, mi perro me miraba
        Dándome la atención que necesito,
        La atención necesaria
        Para hacer comprender a un vanidoso
        Que siendo perro él,
        Con esos ojos, más puros que los míos,
        Perdía el tiempo, pero me miraba
        Con la mirada que me reservó
        Toda su dulce, su peluda vida,
        Su silenciosa vida,
        Cerca de mí, sin molestarme nunca,
        Y sin pedirme nada.

        Ay, cuántas veces quise tener cola
        Andando junto a él por las orillas
        Del mar, en el invierno de Isla Negra,
        En la gran soledad: arriba el aire
        Traspasado de pájaros glaciales,
        Y mi perro brincando, hirsuto, lleno
        De voltaje marino en movimiento:
        Mi perro vagabundo y olfatorio
        Enarbolando su cola dorada
        Frente a frente al océano y su espuma.

        Alegre, alegre, alegre
        Como los perros saben ser felices,
        Sin nada más, con el absolutismo
        De la naturaleza descarada.

        No hay adiós a mi perro que se ha muerto.
        Y no hay ni hubo mentira entre nosotros.

        Ya se fue y lo enterré, y eso era todo.

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      Unidad

        Hay algo denso, unido, sentado en el fondo,
        Repitiendo su número, su señal idéntica.
        Cómo se nota que las piedras han tocado el tiempo,
        En su fina materia hay olor a edad,
        Y el agua que trae el mar, de sal y sueño.

        Me rodea una misma cosa, un solo movimiento:
        El peso del mineral, la luz de la piel,
        Se pegan al sonido de la palabra noche:
        La tinta del trigo, del marfil, del llanto,
        Las cosas de cuero, de madera, de lana,
        Envejecidas, desteñidas, uniformes,
        Se unen en torno a mí como paredes.

        Trabajo sordamente, girando sobre mí mismo,
        Como el cuervo sobre la muerte, el cuervo de luto.
        Pienso, aislado en lo extenso de las estaciones,
        Central, rodeado de geografía silenciosa:
        Una temperatura parcial cae del cielo,
        Un extremo imperio de confusas unidades
        Se reúne rodeándome.

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      Walking around

        Sucede que me canso de ser hombre.
        Sucede que entro en las sastrerías y en los cines
        Marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro
        Navegando en un agua de origen y ceniza.

        El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.
        Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,
        Sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,
        Ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.

        Sucede que me canso de mis pies y mis uñas
        Y mi pelo y mi sombra.
        Sucede que me canso de ser hombre.

        Sin embargo sería delicioso
        Asustar a un notario con un lirio cortado
        O dar muerte a una monja con un golpe de oreja.
        Sería bello
        Ir por las calles con un cuchillo verde
        Y dando gritos hasta morir de frío.

        No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas,
        Vacilante, extendido, tiritando de sueño,
        Hacia abajo, en las tripas mojadas de la tierra,
        Absorbiendo y pensando, comiendo cada día.

        No quiero para mí tantas desgracias.
        No quiero continuar de raíz y de tumba,
        De subterráneo solo, de bodega con muertos,
        Aterido, muriéndome de pena.

        Por eso el día lunes arde como el petróleo
        Cuando me ve llegar con mi cara de cárcel,
        Y aúlla en su transcurso como una rueda herida,
        Y da pasos de sangre caliente hacia la noche.

        Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas,
        A hospitales donde los huesos salen por la ventana,
        A ciertas zapaterías con olor a vinagre,
        A calles espantosas como grietas.

        Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos
        Colgando de las puertas de las casas que odio,
        Hay dentaduras olvidadas en una cafetera,
        Hay espejos
        Que debieran haber llorado de vergüenza y espanto,
        Hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.

        Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,
        Con furia, con olvido,
        Paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
        Y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
        Calzoncillos, toallas y camisas que lloran
        Lentas lágrimas sucias.

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      ¿Y cuánto vive?

        ¿Cuánto vive el hombre, por fin?
        ¿Vive mil días o uno solo?
        ¿Una semana o varios siglos?
        ¿Por cuánto tiempo muere el hombre?
        ¿Qué quiere decir "Para Siempre"?

        Preocupado por este asunto
        Me dediqué a aclarar las cosas.

        Busqué a los sabios sacerdotes,
        Los esperé después del rito,
        Los aceché cuando salían
        A visitar a Dios y al diablo.

        Se aburrieron con mis preguntas.
        Ellos tampoco sabían mucho,
        Eran sólo administradores.

        Los médicos me recibieron,
        Entre una consulta y otra,
        Con un bisturí en cada mano,
        Saturados de aureomicina,
        Más ocupados cada día.
        Según supe por lo que hablaban
        El problema era como sigue:
        Nunca murió tanto microbio,
        Toneladas de ellos caían,
        Pero los pocos que quedaron
        Se manifestaban perversos.

        Me dejaron tan asustado
        Que busqué a los enterradores.
        Me fui a los ríos donde queman
        Grandes cadáveres pintados,
        Pequeños muertos huesudos,
        Emperadores recubiertos
        Por escamas aterradoras,
        Mujeres aplastadas de pronto
        Por una ráfaga de cólera.
        Eran riberas de difuntos
        Y especialistas cenicientos.

        Cuando llegó mi oportunidad
        Les largué unas cuantas preguntas,
        Ellos me ofrecieren quemarme:
        Era todo lo que sabían.

        En mi país los enterradores
        Me contestaron, entre copas:
        —"Búscate una moza robusta,
        Y déjate de tonterías".

        Nunca vi gentes tan alegres.

        Cantaban levantando el vino
        Por la salud y por la muerte.
        Eran grandes fornicadores.

        Regresé a mi casa más viejo
        Después de recorrer el mundo.
        No le pregunto a nadie nada.
        Pero sé cada día menos.

        Déjenme solo con el día.
        Pido permiso para nacer.

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      Ya te perdí, mujer

        Ya te perdí, mujer. En el camino
        Me prendiste una lámpara fragante,
        Entonces se aromaron y se hicieron divinos
        Todos estos cansancios humildes y constantes
        No sé si apenas eras una leyenda o eras
        Un río que afluía para todo dolor
        Pero si fue leyenda para mí
        Enfloreciste aromas dentro de mi canción.

        Hiciste un semillero de ilusiones
        Que vivió ingenuamente en mi tristeza.
        Lentamente. Fue el jugo de rencores
        Echados sobre el jugo de rencores
        Sobre el manto de la ilusión ingenua.

        En mi torre de odios tuviste una ventana
        (Un vidrio ilusionado, transparente y gentil).

        Ya se quebró. Es inútil que te llame mi amada
        Porque, mujer, en una negrura te perdí.

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      Yo aquí me despido

        Yo aquí me despido, vuelvo
        A mi casa, en mis sueños,
        Vuelvo a la Patagonia en donde
        El viento golpea los establos
        Y salpica hielo el océano.
        Soy nada más que un poeta: os amo a todos,
        Ando errante por el mundo que amo:
        En mi patria encarcelan mineros
        Y los soldados mandan a los jueces.
        Pero yo amo hasta las raíces
        De mi pequeño país frío.
        Si tuviera que morir mil veces
        Allí quiero morir:
        Si tuviera que nacer mil veces,
        Allí quiero nacer,
        Cerca de la araucaria salvaje
        Del vendaval del viento sur,
        De las campanas recién compradas.
        Que nadie piense en mí.
        Pensemos en toda la tierra,
        Golpeando con amor en la mesa.
        No quiero que vuelva la sangre
        A empapar el pan, los frijoles,
        La música: quiero que venga
        Conmigo el minero, la niña,
        El abogado, el marinero,
        El fabricante de muñecas,
        Que entremos al cine y salgamos
        A beber el vino más rojo.

        Yo no vengo a resolver nada.

        Yo vine aquí para cantar
        Y para que cantes conmigo.

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      Yo te soñé una tarde

        Mujer, hecha de todas mis ficciones reunidas
        Has vibrado en mis nervios como una realeza
        Llorando en los senderos de la ilusión perdida
        Siempre he sentido el roce de tu ignota belleza.

        Marchitando mis sueños y mis buenas quimeras
        Te he forjado a pedazos celestes y carnales
        Como un resurgimiento, como una primavera
        En la selva de tantos estúpidos ideales.

        He soñado tu carne divina y perfumada
        En medio de un morboso torturar de mi ser,
        Y aunque eres imprecisa, sé como eres, amada,
        Ficción hecha realeza en carne de mujer.

        Yo te miro en los ojos de todas las mujeres,
        Te miro pero nunca te he podido encontrar
        Y hay en el desencanto el encanto de que eres,
        O que serás más bella que una mujer vulgar...

        Te sentirán mis sueños eternamente mía
        Brotando de la bruma de todas mis tristezas
        Como germinadora de raras alegrías
        Que avivarán la llama de tu ignota belleza.

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