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    Información biográfica

    Pablo Neruda - Parte I (poemas 1-100)
    Pablo Neruda - Parte II (poemas 101-200)
    Pablo Neruda - Parte III (poemas 201-273)

    20 poemas de amor y una canción desesperada:

  1. Poema I: Cuerpo de mujer
  2. Poema II: En su llama mortal la luz te envuelve
  3. Poema III: Ah, vastedad de pinos
  4. Poema IV: Es la mañana llena de tempestad
  5. Poema V: Para que tú me oigas
  6. Poema VI: Te recuerdo como eras en el último otoño
  7. Poema VII: Inclinado en las tardes
  8. Poema VIII: Abeja blanca zumbas
  9. Poema IX: Ebrio de trementina
  10. Poema X: Hemos perdido aún este crepúsculo
  11. Poema XI: Casi fuera del cielo
  12. Poema XII: Para mi corazón basta tu pecho
  13. Poema XIII: He ido marcando con cruces de fuego
  14. Poema XIV: Juegas todos los días
  15. Poema XV: Me gusta cuando callas
  16. Poema XVI: En mi cielo al crepúsculo
  17. Poema XVII: Pensando, enredando sombras
  18. Poema XVIII: Aquí te amo
  19. Poema XIX: Niña morena y ágil
  20. Poema XX: Puedo escribir los versos más tristes
  21. Una canción desesperada

  22. Otros poemas:

  23. A callarse
  24. A Miguel Hernández
  25. A Rafael Alberti
  26. Agua sexual
  27. Al pie desde su niño
  28. Algunas bestias
  29. Alianza (Sonata)
  30. Alturas de Macchu Picchu
  31. Amor
  32. Amor, América
  33. Ángela adónica
  34. Apogeo del apio
  35. Ausencia
  36. Ausencia de Joaquín
  37. Aromos rubios en los campos de Loncoche
  38. Arte poética
  39. Barcarola
  40. Barrio sin luz
  41. Bella
  42. Caballero sólo
  43. Caballo de los sueños
  44. Canción del macho y de la hembra
  45. Cantares
  46. Casa
  47. Ciudad
  48. Colección nocturna
  49. Con Quevedo, en primavera
  50. Débil del alba
  51. Diurno doliente
  52. El alfarero
  53. El amor
  54. El amor del soldado
  55. El barco
  56. El ciego de la pandereta
  57. El cóndor
  58. El daño
  59. El desenterrado
  60. El fantasma del buque de carga
  61. El firme amor
  62. El hijo
  63. El inconstante
  64. El insecto
  65. El miedo
  66. El monte y el río
  67. El olvido
  68. El padre
  69. El pájaro y yo
  70. El pozo
  71. El sueño
  72. El tigre
  73. El toro
  74. El viento en la isla
  75. En ti la tierra
  76. En vano te buscamos
  77. Entierro en el este
  78. Entrada a la madera
  79. Epitalamio
  80. Estatuto del vino
  81. Era mi corazón un ala viva y turbia
  82. Eres toda de espumas
  83. Fantasma
  84. Farewell
  85. Galope muerto
  86. Grita
  87. Hogueras
  88. Jardín de invierno
  89. Juntos nosotros
  90. La bandera
  91. La carta en el camino
  92. La estudiante
  93. La infinita
  94. La jiribilla
  95. La noche en la isla
  96. La pobreza
  97. La poesía
  98. La pregunta
  99. La pródiga
  100. La rama robada
  101. La reina




    Información biográfica

      Nombre: Neftalí Ricardo Reyes Basoalto
      Nombre de pluma: Pablo Neruda
      Lugar y fecha nacimiento: Parral (Chile), 12 de julio de 1904
      Lugar y fecha defunción: Santiago de Chile (Chile), 23 de septiembre de 1973 (69 años)

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      Poema I: Cuerpo de mujer

        Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos,
        Te pareces al mundo en tu actitud de entrega.
        Mi cuerpo de labriego salvaje te socava
        Y hace saltar al hijo del fondo de la tierra.

        Fui sólo como un túnel. De mí huían los pájaros,
        Y en mí la noche entraba en su invasión poderosa.
        Para sobrevivirme te forjé como un arma,
        Como una flecha en mi arco, como una piedra en mi honda.

        Pero cae la hora de la venganza, y te amo.
        Cuerpo de piel, de musgo, de leche ávida y firme.
        ¡Ah los vasos del pecho! ¡Ah los ojos de ausencia!
        ¡Ah las rosas del pubis! ¡ Ah tu voz lenta y triste!

        Cuerpo de mujer mía, persistiré en tu gracia.
        Mi sed, mi ansia sin límite, mi camino indeciso
        Oscuros cauces donde la sed eterna sigue,
        Y la fatiga sigue y el dolor infinito.

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      Poema II: En su llama mortal la luz te envuelve

        En su llama mortal la luz te envuelve.
        Absorta, pálida, doliente, así situada
        Contra las viejas hélices del crepúsculo
        Que en torno a ti da vueltas.

        Muda, mi amiga,
        Sola en lo solitario de esta hora de muertes
        Y llena de las vidas del fuego,
        Pura heredera del día destruido.

        Del sol cae un racimo en tu vestido oscuro.
        De la noche las grandes raíces
        Crecen de súbito desde tu alma,
        Y a lo exterior regresan las cosas en ti ocultas,
        De modo que un pueblo pálido y azul
        De ti recién nacido se alimenta.

        Oh grandiosa y fecunda y magnética esclava
        Del círculo que en negro y dorado sucede,
        Erguida, trata y logra una creación tan viva
        Que sucumben sus flores, y llena es de tristeza.

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      Poema III: Ah, vastedad de pinos

        Ah, vastedad de pinos, rumor de olas quebrándose,
        Lento juego de luces, campana solitaria,
        Crepúsculo cayendo en tus ojos, muñeca,
        Caracola terrestre, en ti la tierra canta.

        En ti los ríos cantan y mi alma en ellos huye
        Como tú lo desees y hacia donde tú quieras.
        Márcame mi camino en tu arco de esperanza
        Y soltaré en delirio mi bandada de flechas.

        En torno a mí estoy viendo tu cintura de niebla
        Y tu silencio acosa mis horas perseguidas,
        Y eres tú con tus brazos de piedra transparente
        Donde mis besos anclan y mi húmeda ansia anida.

        Ah tu voz misteriosa que el amor tiñe y dobla
        En el atardecer resonante y muriendo
        Así en horas profundas sobre los campos
        He visto doblarse las espigas en la boca del viento.

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      Poema IV: Es la mañana llena de tempestad

        Es la mañana llena de tempestad
        En el corazón del verano.

        Como pañuelos blancos de adiós viajan las nubes,
        El viento las sacude con sus viajeras manos.

        Innumerable corazón del viento
        Latiendo sobre nuestro silencio enamorado.

        Zumbando entre los árboles, orquestal y divino,
        Como una lengua llena de guerras y de cantos.

        Viento que lleva en rápido robo la hojarasca
        Y desvía las flechas latientes de los pájaros.

        Viento que la derriba en ola sin espuma
        Y sustancia sin peso, y fuegos inclinado.

        Se rompe y se sumerge su volumen de besos
        Combatido en la puerta del viento del verano.

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      Poema V: Para que tú me oigas

        Para que tú me oigas
        Mis palabras
        Se adelgazan a veces
        Como las huellas de las gaviotas en las playas.

        Collar, cascabel ebrio
        Para tus manos suaves como las uvas.

        Y las miro lejanas mis palabras.
        Más que mías son tuyas.
        Van trepando en mi viejo dolor como las yedras.

        Ellas trepan así por las paredes húmedas.
        Eres tú la culpable de este juego sangriento.

        Ellas están huyendo de mi guarida oscura.
        Todo lo llenas tú, todo lo llenas.

        Antes que tú poblaron la soledad que ocupas,
        Y están acostumbradas más que tú a mi tristeza.

        Ahora quiero que digan lo que quiero decirte
        Para que tú las oigas como quiero que me oigas.

        El viento de la angustia aún las suele arrastrar.
        Huracanes de sueños aún a veces las tumban.

        Escuchas otras voces en mi voz dolorida.
        Llanto de viejas bocas, sangre de viejas súplicas.
        Ámame, compañera. No me abandones. Sígueme.
        Sígueme, compañera, en esa ola de angustia.

        Pero se van tiñendo con tu amor mis palabras.
        Todo lo ocupas tú, todo lo ocupas.

        Voy haciendo de todas un collar infinito
        Para tus blancas manos, suaves como las uvas.

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      Poema VI: Te recuerdo como eras en el último otoño

        Te recuerdo como eras en el último otoño.
        Eras la boina gris y el corazón en calma.
        En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo.
        Y las hojas caían en el agua de tu alma.

        Apegada a mis brazos como una enredadera,
        Las hojas recogían tu voz lenta y en calma.
        Hoguera de estupor en que mi sed ardía.
        Dulce jacinto azul torcido sobre mi alma.

        Siento viajar tus ojos y es distante el otoño:
        Boina gris, voz de pájaro y corazón de casa
        Hacia donde emigraban mis profundos anhelos
        Y caían mis besos alegres como brasas.

        Cielo desde un navío. Campo desde los cerros.
        Tu recuerdo es de luz, de humo, de estanque en calma,
        Más allá de tus ojos ardían los crepúsculos.
        Hojas secas de otoño giraban en tu alma.

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      Poema VII: Inclinado en las tardes

        Inclinado en las tardes tiro mis tristes redes
        A tus ojos oceánicos.

        Allí se estira y arde en la más alta hoguera
        Mi soledad, que da vueltas los brazos como un
        Náufrago.

        Hago rojas señales sobre tus ojos ausentes
        Que olean como el mar a la orilla de un faro.

        Sólo guardas tinieblas, hembra distante y mía,
        De tu mirada emerge a veces la costa del espanto.

        Inclinado en las tardes echo mis tristes redes
        A ese mar que sacude tus ojos oceánicos.

        Los pájaros nocturnos picotean las primeras estrellas
        Que centellean como mi alma cuando te amo.

        Galopa la noche en su yegua sombría
        Desparramando espigas azules sobre el campo.

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      Poema VIII: Abeja blanca zumbas

        Abeja blanca zumbas -ebria de miel- en mi alma
        Y te tuerces en lentas espirales de humo.

        Soy el desesperado, la palabra sin ecos,
        El que lo perdió todo, y el que todo lo tuvo.

        Ultima amarra, cruje en ti mi ansiedad última.
        En mi tierra desierta eres la última rosa.

        ¡Ah silenciosa!

        Cierra tus ojos profundos. Allí aletea la noche.
        Ah desnuda tu cuerpo de estatua temerosa.

        Tienes ojos profundos donde la noche alea.
        Frescos brazos de flor y regazo de rosa.

        Se parecen tus senos a los caracoles blancos.
        Ha venido a dormirse en tu vientre una mariposa de sombra.

        ¡Ah silenciosa!

        He aquí la soledad de donde estás ausente.
        Llueve. El viento del mar caza errantes gaviotas.

        El agua anda descalza por las calles mojadas.
        De aquel árbol se quejan, como enfermos, las hojas.

        Abeja blanca, ausente, aún zumbas en mi alma.
        Revives en el tiempo, delgada y silenciosa.

        ¡Ah silenciosa!

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      Poema IX: Ebrio de trementina

        Ebrio de trementina y largos besos,
        Estival, el velero de las rosas dirijo,
        Torcido hacia la muerte del delgado día,
        Cimentado en el sólido frenesí marino.

        Pálido y amarrado a mi agua devorante
        Cruzo en el agrio olor del clima descubierto,
        Aún vestido de gris y sonidos amargos,
        Y una cimera triste de abandonada espuma.

        Voy, duro de pasiones, montado en mi ola única,
        Lunar, solar, ardiente y frío, repentino,
        Dormido en la garganta de las afortunadas
        Islas blancas y dulces como caderas frescas.

        Tiembla en la noche húmeda mi vestido de besos
        Locamente cargado de eléctricas gestiones,
        De modo heroico dividido en sueños
        Y embriagadoras rosas practicándose en mí.

        Aguas arriba, en medio de las olas externas,
        Tu paralelo cuerpo se sujeta en mis brazos
        Como un pez infinitamente pegado a mi alma
        Rápido y lento en la energía subceleste.

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      Poema X: Hemos perdido aún este crepúsculo

        Hemos perdido aún este crepúsculo.
        Nadie nos vio esta tarde con las manos unidas
        Mientras la noche azul caía sobre el mundo.

        He visto desde mi ventana
        La fiesta del poniente en los cerros lejanos.

        A veces como una moneda
        Se encendía un pedazo de sol entre mis manos.

        Yo te recordaba con el alma apretada
        De esa tristeza que tú me conoces.

        Entonces, ¿dónde estabas?
        ¿Entre qué gentes?
        ¿Diciendo qué palabras?
        ¿Por qué se me vendrá todo el amor de golpe
        Cuando me siento triste, y te siento lejana?

        Cayó el libro que siempre se toma en el crepúsculo,
        Y como un perro herido rodó a mis pies mi capa.

        Siempre, siempre te alejas en las tardes
        Hacia donde el crepúsculo corre borrando estatuas.

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      Poema XI: Casi fuera del cielo

        Casi fuera del cielo ancla entre dos montañas
        La mitad de la luna.
        Girante, errante noche, la cavadora de ojos.
        A ver cuántas estrellas trizadas en la charca.

        Hace una cruz de luto entre mis cejas, huye.
        Fragua de metales azules, noches de las calladas luchas,
        Mi corazón da vueltas como un volante loco.
        Niña venida de tan lejos, traída de tan lejos,
        A veces fulgurece su mirada debajo del cielo.
        Quejumbre, tempestad, remolino de furia,
        Cruza encima de mi corazón, sin detenerte.
        Viento de los sepulcros acarrea, destroza, dispersa tu raíz soñolienta.

        Desarraiga los grandes árboles al otro lado de ella.
        Pero tú, clara niña, pregunta de humo, espiga.
        Era la que iba formando el viento con hojas iluminadas.
        Detrás de las montañas nocturnas, blanco lirio de incendio,
        ¡Ah nada puedo decir! Era hecha de todas las cosas.

        Ansiedad que partiste mi pecho a cuchillazos,
        Es hora de seguir otro camino, donde ella no sonría.
        Tempestad que enterró las campanas, turbio revuelo de tormentas
        Para qué tocarla ahora, para qué entristecerla.

        Ay, seguir el camino que se aleja de todo,
        Donde no esté atajando la angustia, la muerte, el invierno,
        Con sus ojos abiertos entre el rocío.

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      Poema XII: Para mi corazón basta tu pecho

        Para mi corazón basta tu pecho,
        Para tu libertad bastan mis alas.
        Desde mi boca llegará hasta el cielo
        Lo que estaba dormido sobre tu alma.

        Es en ti la ilusión de cada día.
        Llegas como el rocío a las corolas.
        Socavas el horizonte con tu ausencia,
        Eternamente en fuga como la ola.

        He dicho que cantabas en el viento
        Como los pinos y como los mástiles.
        Como ellos eres alta y taciturna.
        Y entristeces de pronto, como un viaje.

        Acogedora como un viejo camino.
        Te pueblan ecos y voces nostálgicas.
        Yo desperté y a veces emigran y huyen
        Pájaros que dormían en tu alma.

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      Poema XIII: He ido marcando con cruces de fuego

        He ido marcando con cruces de fuego
        El atlas blanco de tu cuerpo.
        Mi boca era una araña que cruzaba escondiéndose.
        En ti, detrás de ti, temerosa, sedienta.

        Historias que contarte a la orilla del crepúsculo,
        Muñeca triste y dulce, para que no estuvieras triste.
        Un cisne, un árbol, algo lejano y alegre.
        El tiempo de las uvas, el tiempo maduro y frutal.

        Yo que viví en un puerto desde donde te amaba.
        La soledad cruzada de sueño y de silencio.
        Acorralado entre el mar y la tristeza.
        Callado, delirante, entre dos gondoleros inmóviles.

        Entre los labios y la voz, algo se va muriendo.
        Algo con alas de pájaro, algo de angustia y de olvido.
        Así como las redes no retienen el agua.
        Muñeca mía, apenas quedan gotas temblando.

        Sin embargo, algo canta entre estas palabras fugaces.
        Algo canta, algo sube hasta mi ávida boca.
        Oh, poder celebrarte con todas las palabras de alegría.
        Cantar, arder, huir, como un campanario en las manos de un Loco.

        Triste ternura mía, ¿qué te haces de repente?
        Cuando he llegado al vértice más atrevido y frío
        Mi corazón se cierra como una flor nocturna.

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      Poema XIV: Juegas todos los días

        Juegas todos los días con la luz del universo.
        Sutil visitadora, llegas en la flor y en el agua.
        Eres más que esta blanca cabecita que aprieto
        Como un racimo entre mis manos cada día.

        A nadie te pareces desde que yo te amo.
        Déjame tenderte entre guirnaldas amarillas.
        Quién escribe tu nombre con letras de humo
        Entre las estrellas del sur?
        Ah déjame recordarte cómo eras entonces,
        Cuando aún no existías.

        De pronto el viento aúlla y golpea mi ventana cerrada.
        El cielo es una red cuajada de peces sombríos.
        Aquí vienen a dar todos los vientos, todos.
        Se desviste la lluvia.

        Pasan huyendo los pájaros.
        El viento. El viento.
        Yo sólo puedo luchar contra la fuerza de los hombres.
        El temporal arremolina hojas oscuras
        Y suelta todas las barcas que anoche amarraron al cielo.

        Tú estás aquí. Ah tú no huyes.
        Tú me responderás hasta el último grito.
        Ovíllate a mi lado como si tuvieras miedo.
        Sin embargo alguna vez corrió una sombra extraña por tus ojos.

        Ahora, ahora también, pequeña, me traes madreselvas,
        Y tienes hasta los senos perfumados.
        Mientras el viento triste galopa matando mariposas
        Yo te amo, y mi alegría muerde tu boca de ciruela.

        Cuánto te habrá dolido acostumbrarte a mí,
        A mi alma sola y salvaje, a mi nombre que todos ahuyentan.
        Hemos visto arder tantas veces el lucero besándonos los ojos
        Y sobre nuestras cabezas destorcerse los crepúsculos en abanicos girantes.

        Mis palabras llovieron sobre ti acariciándote.
        Amé desde hace tiempo tu cuerpo de nácar soleado.
        Hasta te creo dueña del universo.
        Te traeré de las montañas flores alegres, copihues,
        Avellanas oscuras, y cestas silvestres de besos.

        Quiero hacer contigo
        Lo que la primavera hace con los cerezos.

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      Poema XV: Me gusta cuando callas

        Me gusta cuando callas porque estás como ausente,
        Y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
        Parece que los ojos se te hubieran volado
        Y parece que un beso te cerrara la boca.

        Como todas las cosas están llenas de mi alma
        Emerges de las cosas, llena del alma mía.
        Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
        Y te pareces a la palabra melancolía.

        Me gusta cuando callas y estás como distante.
        Y estás como quejándote, mariposa de arrullo.
        Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza,
        Déjame que me calle con el silencio tuyo.

        Déjame que te hable también con tu silencio
        Claro como una lámpara, simple como un anillo.
        Eres como la noche, callada y constelada.
        Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

        Me gusta cuando callas porque estás como ausente.
        Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
        Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
        Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.

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      Poema XVI: En mi cielo al crepúsculo

        En mi cielo al crepúsculo eres como una nube
        Y tu color y forma son como yo los quiero.
        Eres mía, eres mía, mujer de labios dulces,
        Y viven en tu vida mis infinitos sueños.

        La lámpara de mi alma te sonrosa los pies,
        El agrio vino mío es más dulce en tus labios:
        Oh, segadora de mi canción de atardecer,
        Cómo te sienten mía mis sueños solitarios.

        Eres mía, eres mía, voy gritando en la brisa
        De la tarde, y el viento arrastra mi voz viuda.
        Cazadora del fondo de mis ojos, tu robo
        Estanca como el agua tu mirada nocturna.

        En la red de mi música estás presa, amor mío,
        Y mis redes de música son anchas como el cielo.
        Mi alma nace a la orilla de tus ojos de luto.
        En tus ojos de luto comienza el país del sueño.

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      Poema XVII: Pensando, enredando sombras

        Pensando, enredando sombras en la profunda soledad.
        Tú también estás lejos, ah, más lejos que nadie.
        Pensando, soltando pájaros, desvaneciendo imágenes,
        Enterrando lámparas.
        Campanario de brumas, ¡qué lejos, allá arriba!
        Ahogando lamentos, moliendo esperanzas sombrías,
        Molinero taciturno,
        Se te viene de bruces la noche, lejos de la ciudad.

        Tu presencia es ajena, extraña a mí como una cosa.
        Pienso, camino largamente mi vida antes de ti.
        Mi vida antes de nadie, mi áspera vida.
        El grito frente al mar, entre las piedras,
        Corriendo libre, loco, en el vaho del mar.
        La furia triste, el grito, la soledad del mar.
        Desbocado, violento, estirado hacia el cielo.

        Tú, mujer, ¿qué eras allí, qué raya, qué varilla
        De ese abanico inmenso? Estabas lejos como ahora.
        Incendio en el bosque, arde en cruces azules.
        Arde, arde, llamea, chispea en árboles de luz.
        Se derrumba, crepita. Incendio. Incendio.

        Y mi alma baila herida de virutas de fuego.
        ¿Quién llama? ¿Qué silencio poblado de ecos?
        Hora de la nostalgia, hora de la alegría, hora de la soledad,
        ¡Hora mía entre todas!
        Bocina en que el viento pasa cantando.
        Tanta pasión de llanto anudada a mi cuerpo.

        ¡Sacudida de todas las raíces,
        Asalto de todas las olas!
        Rodaba, alegre, triste, interminable, mi alma.

        Pensando, enterrando lámparas en la profunda soledad.
        ¿Quién eres tú, quién eres?

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      Poema XVIII: Aquí te amo

        Aquí te amo.
        En los oscuros pinos se desenreda el viento.
        Fosforece la luna sobre las aguas errantes.
        Andan días iguales persiguiéndose.

        Se desciñe la niebla en danzantes figuras.
        Una gaviota de plata se descuelga del ocaso.
        A veces una vela. Altas, altas estrellas.

        O la cruz negra de un barco. Solo.
        A veces amanezco, y hasta mi alma está húmeda.
        Suena, resuena el mar lejano.
        Este es un puerto.
        Aquí te amo.

        Aquí te amo y en vano te oculta el horizonte.
        Te estoy amando aún entre estas frías cosas.
        A veces van mis besos en esos barcos graves,
        Que corren por el mar hacia donde no llegan.

        Ya me veo olvidado como estas viejas anclas.
        Son más tristes los muelles cuando atraca la tarde.
        Se fatiga mi vida inútilmente hambrienta.
        Amo lo que no tengo. Estás tú tan distante.

        Mi hastío forcejea con los lentos crepúsculos.
        Pero la noche llega y comienza a cantarme.
        La luna hace girar su rodaje de sueño.

        Me miran con tus ojos las estrellas más grandes.
        Y, como yo te amo, los pinos en el viento
        Quieren cantar tu nombre con sus hojas de alambre.

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      Poema XIX: Niña morena y ágil

        Niña morena y ágil, el sol que hace las frutas,
        El que cuaja los trigos, el que tuerce las algas,
        Hizo tu cuerpo alegre, tus luminosos ojos
        Y tu boca que tiene la sonrisa del agua.

        Un sol negro y ansioso se te arrolla en las hebras
        De la negra melena, cuando estiras los brazos.
        Tú juegas con el sol como con un estero
        Y él te deja en los ojos dos oscuros remansos.

        Niña morena y ágil, nada hacia ti me acerca.
        Todo de ti me aleja, como del mediodía.
        Eres la delirante juventud de la abeja,
        La embriaguez de la ola, la fuerza de la espiga.

        Mi corazón sombrío te busca, sin embargo,
        Y amo tu cuerpo alegre, tu voz suelta y delgada.
        Mariposa morena dulce y definitiva
        Como el trigal y el sol, la amapola y el agua.

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      Poema XX: Puedo escribir los versos más tristes

        Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
        Escribir, por ejemplo "La noche está estrellada,
        Y titilan, azules, los astros, a lo lejos".

        El viento de la noche gira en el cielo y canta.
        Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
        Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

        En noches como ésta la tuve entre mis brazos.
        La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
        Ella me quiso, a veces yo también la quería.
        Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

        Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
        Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
        Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
        Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

        Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
        La noche está estrellada y ella no está conmigo.
        Eso no es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
        Mi alma no se contenta con haberla perdido.

        Como para acercarla mi mirada la busca.
        Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.
        La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
        Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

        Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
        Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
        De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
        Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

        Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
        Es tan corto el amor y es tan largo el olvido.
        Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos,
        Mi alma no se contenta con haberla perdido.

        Aunque este sea el último dolor que ella me causa,
        Y estos sean los últimos versos que yo le escribo.

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      Una canción desesperada

        Emerge tu recuerdo de la noche en que estoy.
        El río anuda al mar su lamento obstinado.

        Abandonado como los muelles en el alba.
        Es la hora de partir, ¡oh abandonado!

        Sobre mi corazón llueven frías corolas.
        ¡Oh, sentina de escombros, feroz cueva de náufragos!

        En ti se acumularon las guerras y los vuelos.
        De ti alzaron las alas los pájaros del canto.

        Todo te lo tragaste, como la lejanía.
        Como el mar, como el tiempo. ¡Todo en ti fue naufragio!

        Era la alegre hora del asalto y el beso.
        La hora del estupor que ardía como un faro.

        Ansiedad de piloto, furia de buzo ciego,
        Turbia embriaguez de amor, ¡todo en ti fue naufragio!

        En la infancia de niebla mi alma alada y herida.
        Descubridor perdido, ¡todo en ti fue naufragio!

        Te ceñiste al dolor, te agarraste al deseo.
        Te tumbó la tristeza, ¡todo en ti fue naufragio!

        Hice retroceder la muralla de sombra,
        Anduve más allá del deseo y del acto.

        Oh, carne, carne mía, mujer que amé y perdí,
        A ti en esta hora húmeda evoco y hago canto.

        Como un vaso albergaste la infinita ternura,
        Y el infinito olvido te trizó como a un vaso.

        Era la negra, negra soledad de las islas,
        Y allí, mujer de amor, me acogieron tus brazos.

        Era la sed y el hambre, y tú fuiste la fruta.
        Era el duelo y las ruinas, y tú fuiste el milagro.

        ¡Ah mujer, no sé cómo pudiste contenerme
        En la tierra de tu alma, y en la cruz de tus brazos!

        Mi deseo de ti fue el más terrible y corto,
        El más revuelto y ebrio, el más tirante y ávido.

        Cementerio de besos, aún hay fuego en tus tumbas,
        Aún los racimos arden picoteados de pájaros.

        Oh la boca mordida, oh los besados miembros,
        Oh los hambrientos dientes, oh los cuerpos trenzados.

        Oh la cópula loca de esperanza y esfuerzo
        En que nos anudamos y nos desesperamos.

        Y la ternura, leve como el agua y la harina.
        Y la palabra apenas comenzada en los labios.

        Ese fue mi destino y en él viajó mi anhelo,
        Y en él cayó mi anhelo, ¡todo en ti fue naufragio!

        Oh sentina de escombros, en ti todo caía,
        Qué dolor no exprimiste, qué olas no te ahogaron.

        De tumbo en tumbo aún llameaste y cantaste
        De pie como un marino en la proa de un barco.

        Aún floreciste en cantos, aún rompiste en corrientes.
        Oh sentina de escombros, pozo abierto y amargo.

        Pálido buzo ciego, desventurado hondero,
        Descubridor perdido, ¡todo en ti fue naufragio!

        Es la hora de partir, la dura y fría hora
        Que la noche sujeta a todo horario.

        El cinturón ruidoso del mar ciñe la costa.
        Surgen frías estrellas, emigran negros pájaros.

        Abandonado como los muelles en el alba.
        Sólo la sombra trémula se retuerce en mis manos.

        Ah más allá de todo. Ah más allá de todo.

        Es la hora de partir. ¡Oh abandonado!

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      A callarse

        Ahora contaremos doce
        Y nos quedamos todos quietos.

        Por una vez sobre la tierra
        No hablemos en ningún idioma,
        Por un segundo detengámonos,
        No movamos tanto los brazos.

        Sería un minuto fragante,
        Sin prisa, sin locomotoras,
        Todos estaríamos juntos
        En un inquietud instantánea.

        Los pescadores del mar frío
        No harían daño a las ballenas
        Y el trabajador de la sal
        Miraría sus manos rotas.

        Los que preparan guerras verdes,
        Guerras de gas, guerras de fuego,
        Victorias sin sobrevivientes,
        Se pondrían un traje puro
        Y andarían con sus hermanos
        Por la sombra, sin hacer nada.

        No se confunda lo que quiero
        Con la inacción definitiva:
        La vida es sólo lo que se hace,
        No quiero nada con la muerte.

        Si no pudimos ser unánimes
        Moviendo tanto nuestras vidas,
        Tal vez no hacer nada una vez,
        Tal vez un gran silencio pueda
        Interrumpir esta tristeza,
        Este no entendernos jamás
        Y amenazarnos con la muerte,
        Tal vez la tierra nos enseñe
        Cuando todo parece muerto
        Y luego todo estaba vivo.

        Ahora contaré hasta doce
        Y tú te callas y me voy.

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      A Miguel Hernández

        A Miguel Hernández, asesinado en los presidios de España.

        Llegaste a mí directamente del Levante. Me traías,
        Pastor de cabras, tu inocencia arrugada,
        La escolástica de viejas páginas, un olor
        A Fray Luis, a azahares, al estiércol quemado
        Sobre los montes, y en tu máscara
        La aspereza cereal de la avena segada
        Y una miel que medía la tierra con tus ojos.

        También el ruiseñor en tu boca traías.
        Un ruiseñor manchado de naranjas, un hilo
        De incorruptible canto, de fuerza deshojada.
        Ay, muchacho, en la luz sobrevino la pólvora
        Y tú, con ruiseñor y con fusil, andando
        Bajo la luna y bajo el sol de la batalla.

        Ya sabes, hijo mío, cuánto no pude hacer, ya sabes
        Que para mí, de toda la poesía, tú eras el fuego azul.
        Hoy sobre la tierra pongo mi rostro y te escucho,
        Te escucho, sangre, música, panal agonizante.

        No he visto deslumbradora raza como la tuya,
        Ni raíces tan duras, ni manos de soldado,
        Ni he visto nada vivo como tu corazón
        Quemándose en la púrpura de mi propia bandera.

        Joven eterno, vives, comunero de antaño,
        Inundado por gérmenes de trigo y primavera,
        Arrugado y oscuro, como el metal innato,
        Esperando el minuto que eleve tu armadura.

        No estoy solo desde que has muerto. Estoy con los que te buscan.
        Estoy con los que un día llegarán a vengarte.
        Tú reconocerás mis pasos entre aquellos
        Que se despeñarán sobre el pecho de España
        Aplastando a Caín para que nos devuelva
        Los rostros enterrados.
        Que sepan los que te mataron que pagarán con sangre.
        Que sepan los que te dieron tormento que me verán un día.
        Que sepan los malditos que hoy incluyen tu nombre
        En sus libros, los Dámasos, los Gerardos, los hijos
        De perra, silenciosos cómplices del verdugo,
        Que no será borrado tu martirio, y tu muerte
        Caerá sobre toda su luna de cobardes.
        Y a los que te negaron en su laurel podrido,
        En tierra americana, el espacio que cubres
        Con tu fluvial corona de rayo desangrado,
        Déjame darles yo el desdeñoso olvido
        Porque a mí me quisieron mutilar con tu ausencia.

        Miguel, lejos de la prisión de Osuna, lejos
        De la crueldad, Mao Tse-tung dirige
        Tu poesía despedazada en el combate
        Hacia nuestra victoria.
        Y Praga rumorosa
        Construyendo la dulce colmena que cantaste,
        Hungría verde limpia sus graneros
        Y baila junto al río que despertó del sueño.

        Y de Varsovia sube la sirena desnuda
        Que edifica mostrando su cristalina espada.

        Y más allá la tierra se agiganta,
        La tierra
        Que visitó tu canto, y el acero
        Que defendió tu patria están seguros,
        Acrecentados sobre la firmeza
        De Stalin y sus hijos.
        Ya se acerca
        La luz a tu morada.
        Miguel de España, estrella
        De tierras arrasadas, no te olvido, hijo mío,
        ¡No te olvido, hijo mío!
        Pero aprendí la vida
        Con tu muerte: mis ojos se velaron apenas,
        Y encontré en mí no el llanto,
        Sino las armas
        Inexorables
        ¡Espéralas! ¡Espérame!

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      A Rafael Alberti

        Rafael, antes de llegar a España me salió al camino
        Tu poesía, rosa literal, racimo biselado,
        Y ella hasta ahora ha sido no para mí un recuerdo,
        Sino luz olorosa, emanación de un mundo.

        A tu tierra reseca por la crueldad trajiste
        El rocío que el tiempo había olvidado,
        Y España despertó contigo en la cintura,
        Otra vez coronada de aljófar matutino.

        Recordarás lo que yo traía: sueños despedazados
        Por implacables ácidos, permanencias
        En aguas desterradas, en silencios
        De donde las raíces amargas emergían
        Como palos quemados en el bosque.
        ¿Cómo puedo olvidar, Rafael, aquel tiempo?

        A tu país llegué como quien cae
        A una luna de piedra, hallando en todas partes
        Águilas del erial, secas espinas,
        Pero tu voz allí, marinero, esperaba
        Para darme la bienvenida y la fragancia
        Del alhelí, la miel de los frutos marinos.

        Y tu poesía estaba en la mesa, desnuda.

        Los pinares del Sur, las razas de la uva
        Dieron a tu diamante cortado sus resinas,
        Y al tocar tan hermosa claridad, mucha sombra
        De la que traje al mundo, se deshizo.

        Arquitectura hecha en la luz, como los pétalos,
        A través de tus versos de embriagador aroma
        Yo vi el agua de antaño, la nieve hereditaria,
        Y a ti más que a ninguno debo España.
        Con tus dedos toqué panal y páramo,
        Conocí las orillas gastadas por el pueblo
        Como por un océano, y las gradas
        En que la poesía fue estrellando
        Toda su vestidura de zafiros.

        Tú sabes que no enseña sino el hermano. Y en esa
        Hora no sólo aquello me enseñaste,
        No sólo la apagada pompa de nuestra estirpe,
        Sino la rectitud de tu destino,
        Y cuando una vez más llegó la sangre a España
        Defendí el patrimonio del pueblo que era mío.

        Ya sabes tú, ya sabe todo el mundo estas cosas.
        Yo quiero solamente estar contigo,
        Y hoy que te falta la mitad de la vida,
        Tu tierra, a la que tienes más derecho que un árbol,
        Hoy que de las desdichas de la patria no sólo
        El luto del que amamos, sino tu ausencia cubren
        La herencia del olivo que devoran los lobos,
        Te quiero dar, ¡ay!, si pudiera, hermano grande,
        La estrellada alegría que tú me diste entonces.

        Entre nosotros dos la poesía
        Se toca como piel celeste,
        Y contigo me gusta recoger un racimo,
        Este pámpano, aquella raíz de las tinieblas.

        La envidia que abre puertas en los seres
        No pudo abrir tu puerta, ni la mía. Es hermoso
        Como cuando la cólera del viento
        Desencadena su vestido afuera
        Y están el pan, el vino y el fuego con nosotros
        Dejar que aúlle el vendedor de furia,
        Dejar que silbe el que pasó entre tus pies,
        Y levantar la copa llena de ámbar
        Con todo el rito de la transparencia.
        ¿Alguien quiere olvidar que tú eres el primero?
        Déjalo que navegue y encontrará tu rostro.
        ¿Alguien quiere enterrarnos precipitadamente?
        Está bien, pero tiene la obligación del vuelo.

        Vendrán pero, ¿quién puede sacudir la cosecha
        Que con la mano del otoño fue elevada
        Hasta teñir el mundo con el temblor del vino?

        Dame esa copa, hermano, y escucha: estoy rodeado
        De mi América húmeda y torrencial, a veces
        Pierdo el silencio, pierdo la corola nocturna,
        Y me rodea el odio, tal vez nada, el vacío
        De un vacío, el crepúsculo
        De un perro, de una rana,
        Y entonces siento que tanta tierra mía nos separe,
        Y quiero irme a mi casa en que, yo sé, me esperas,
        Sólo para ser buenos como sólo nosotros
        Podemos serlo. No debemos nada.

        Y a ti sí que te deben, y es una patria: espera.

        Volverás, volveremos. Quiero contigo un día
        En tus riberas ir embriagados de oro
        Hacia tus puertos, puertos del sur que entonces no alcancé.
        Me mostrarás el mar donde sardinas
        Y aceitunas disputan las arenas,
        Y aquellos campos con los toros de ojos verdes
        Que Villalón (amigo que tampoco
        Me vino a ver, porque estaba enterrado)
        Tenía, y los toneles del jerez, catedrales
        En cuyos corazones gongorinos
        Arde el topacio con pálido fuego.

        Iremos, Rafael, adonde yace
        Aquel que con sus manos y las tuyas
        La cintura de España sostenía.
        El muerto que no pudo morir, aquel a quien tú guardas,
        Porque sólo tu existencia lo defiende.
        Allí está Federico, pero hay muchos que, hundidos, enterrados,
        Entre las cordilleras españolas, caídos
        Injustamente, derramados,
        Perdido cereal en las montañas,
        Son nuestros, y nosotros estamos en su arcilla.

        Tú vives porque siempre fuiste un dios milagroso.
        A nadie más que a ti te buscaron, querían
        Devorarte los lobos, romper tu poderío.
        Cada uno quería ser gusano en tu muerte.

        Pues bien, se equivocaron. Es tal vez la estructura
        De tu canción, intacta transparencia,
        Armada decisión de tu dulzura,
        Dureza, fortaleza, delicada,
        La que salvó tu amor para la tierra.

        Yo iré contigo para probar el agua
        Del Genil, del dominio que me diste,
        A mirar en la plata que navega
        Las efigies dormidas que fundaron
        Las sílabas azules de tu canto.

        Entraremos también en las herrerías; ahora
        El metal de los pueblos allí espera
        Nacer en los cuchillos: pasaremos cantando
        Junto a las redes rojas que mueve el firmamento.
        Cuchillos, redes, cantos borrarán los dolores.
        Tu pueblo llevará con las manos quemadas
        Por la pólvora, como laurel de las praderas,
        Lo que tu amor fue desgranando en la desdicha.

        Sí, de nuestros destierros nace la flor, la forma
        De la patria que el pueblo reconquista con truenos,
        Y no es un día solo el que elabora
        La miel perdida, la verdad del sueño,
        Sino cada raíz que se hace canto
        Hasta poblar el mundo con sus hojas.
        Tú estás allí, no hay nada que no mueva
        La luna diamantina que dejaste:

        La soledad, el viento en los rincones,
        Todo toca tu puro territorio,
        Y los últimos muertos, los que caen
        En la prisión, leones fusilados,
        Y los de las guerrillas, capitanes
        Del corazón, están humedeciendo
        Tu propia investidura cristalina,
        Tu propio corazón con sus raíces.

        Ha pasado el tiempo desde aquellos días en que compartimos
        Dolores que dejaron una herida radiante,
        El caballo de la guerra que con sus herraduras
        Atropelló la aldea destrozando los vidrios.
        Todo aquello nació bajo la pólvora,
        Todo aquello te aguarda para elevar la espiga,
        Y en ese nacimiento se envolverán de nuevo
        El humo y la ternura de aquellos duros días.

        Ancha es la piel de España y en ella tu acicate
        Vive como una espada de ilustre empuñadura,
        Y no hay olvido, no hay invierno que te borre,
        Hermano fulgurante, de los labios del pueblo.
        Así te hablo, olvidando tal vez una palabra,
        Contestando al fin cartas que no recuerdas
        Y que cuando los climas del este me cubrieron
        Como aroma escarlata, llegaron
        Hasta mi soledad.
        Que tu frente dorada
        Encuentre en esta carta un día de otro tiempo,
        Y otro tiempo de un día que vendrá.
        Me despido
        Hoy, 1948, dieciséis de diciembre,
        En algún punto de América en que canto.

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      Agua sexual

        Rodando a goterones solos,
        A gotas como dientes,
        A espesos goterones de mermelada y sangre,
        Rodando a goterones
        Cae el agua,
        Como una espada en gotas,
        Como un desgarrador río de vidrio,
        Cae mordiendo,
        Golpeando el eje de la simetría, pegando en las costuras del alma,
        Rompiendo cosas abandonadas, empapando lo oscuro.

        Solamente es un soplo, más húmedo que el llanto,
        Un líquido, un sudor, un aceite sin nombre,
        Un movimiento agudo,
        Haciéndose, espesándose,
        Cae el agua,
        A goterones lentos,
        Hacia su mar, hacia su seco océano,
        Hacia su ola sin agua.

        Veo el verano extenso, y un estertor saliendo de un granero,
        Bodegas, cigarras,
        Poblaciones, estímulos,
        Habitaciones, niñas
        Durmiendo con las manos en el corazón,
        Soñando con bandidos, con incendios,
        Veo barcos,
        Veo árboles de médula
        Erizados como gatos rabiosos,
        Veo sangre, puñales y medias de mujer,
        Y pelos de hombre,
        Veo camas, veo corredores donde grita una virgen,
        Veo frazadas y órganos y hoteles.

        Veo los sueños sigilosos,
        Admito los postreros días,
        Y también los orígenes, y también los recuerdos,
        Como un párpado atrozmente levantado a la fuerza
        Estoy mirando.

        Y entonces hay este sonido:
        Un ruido rojo de huesos,
        Un pegarse de carne,
        Y piernas amarillas como espigas juntándose.
        Yo escucho entre el disparo de los besos,
        Escucho, sacudido entre respiraciones y sollozos.

        Estoy mirando, oyendo,
        Con la mitad del alma en el mar y la mitad del alma en la tierra,
        Y con las dos mitades del alma miro el mundo.

        Y aunque cierre los ojos y me cubra el corazón enteramente,
        Veo caer agua sorda,
        A goterones sordos.
        Es como un huracán de gelatina,
        Como una catarata de espermas y medusas.
        Veo correr un arco iris turbio.
        Veo pasar sus aguas a través de los huesos.

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      Al pie desde su niño

        El pie del niño aún no sabe que es pie,
        Y quiere ser mariposa o manzana.

        Pero luego los vidrios y las piedras,
        Las calles, las escaleras,
        Y los caminos de la tierra dura
        Van enseñando al pie que no puede volar,
        Que no puede ser fruto redondo en una rama.
        El pie del niño entonces
        Fue derrotado, cayó
        En la batalla,
        Fue prisionero,
        Condenado a vivir en un zapato.

        Poco a poco sin luz
        Fue conociendo el mundo a su manera,
        Sin conocer el otro pie, encerrado,
        Explorando la vida como un ciego.

        Aquellas suaves uñas
        De cuarzo, de racimo,
        Se endurecieron, se mudaron
        En opaca substancia, en cuerno duro,
        Y los pequeños pétalos del niño
        Se aplastaron, se desequilibraron,
        Tomaron formas de reptil sin ojos,
        Cabezas triangulares de gusano.
        Y luego encallecieron,
        Se cubrieron
        Con mínimos volcanes de la muerte,
        Inaceptables endurecimientos.

        Pero este ciego anduvo
        Sin tregua, sin parar
        Hora tras hora,
        El pie y el otro pie,
        Ahora de hombre
        O de mujer,
        Arriba,
        Abajo,
        Por los campos, las minas,
        Los almacenes y tos ministerios,
        Atrás,
        Afuera, adentro,
        Adelante,
        Este pie trabajó con su zapato,
        Apenas tuvo tiempo
        De estar desnudo en el amor o el sueño,
        Caminó, caminaron
        Hasta que el hombre entero se detuvo.

        Y entonces a la tierra
        Bajó y no supo nada,
        Porque allí todo y todo estaba oscuro
        No supo que había dejado de ser pie,
        Si lo enterraban para que volara
        O para que pudiera
        Ser manzana.

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      Algunas bestias

        Era el crepúsculo de la iguana.

        Desde la arcoirisada crestería
        Su lengua como un dardo
        Se hundía en la verdura,
        El hormiguero monacal pisaba
        Con melodioso pie la selva,
        El guanaco fino como el oxígeno
        En las anchas alturas pardas
        Iba calzando botas de oro,
        Mientras la llama abría cándidos
        Ojos en la delicadeza
        Del mundo lleno de rocío.
        Los monos trenzaban un hilo
        Interminablemente erótico
        En las riberas de la aurora,
        Derribando muros de polen
        Y espantando el vuelo violeta
        De las mariposas de Muzo.
        Era la noche de los caimanes,
        La noche pura y pululante
        De hocicos saliendo del légamo,
        Y de las ciénagas soñolientas
        Un ruido opaco de armaduras
        Volvía al origen terrestre.
        El jaguar tocaba las hojas
        Con su ausencia fosforescente,
        El puma corre en el ramaje
        Como el fuego devorador
        Mientras arden en él los ojos
        Alcohólicos de la selva.
        Los tejones rascan los pies
        Del río, husmean el nido
        Cuya delicia palpitante
        Atacarán con dientes rojos.

        Y en el fondo del agua magna,
        Como el círculo de la tierra,
        Está la gigante anaconda
        Cubierta de barros rituales,
        Devoradora y religiosa.

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      Alianza (Sonata)

        De miradas polvorientas caídas al suelo
        O de hojas sin sonido y sepultándose.
        De metales sin luz, con el vacío,
        Con la ausencia del día muerto de golpe.
        En lo alto de las manos el deslumbrar de mariposas,
        El arrancar de mariposas cuya luz no tiene término.

        Tú guardabas la estela de luz, de seres rotos
        Que el sol abandonado, atardeciendo, arroja a las iglesias.
        Teñida con miradas, con objeto de abejas,
        Tu material de inesperada llama huyendo
        Precede y sigue al día y a su familia de oro.

        Los días acechando cruzan el sigilo
        Pero caen adentro de tu voz de luz.
        Oh dueña del amor, en tu descanso
        Fundé mi sueño, mi actitud callada.

        Con tu cuerpo de número tímido, extendido de pronto
        Hasta cantidades que definen la tierra,
        Detrás de la pelea de los días blancos de espacio
        Y fríos de muertes lentas y estímulos marchitos,
        Siento arder tu regazo y transitar tus besos
        Haciendo golondrinas frescas en mi sueño.

        A veces el destino de tus lágrimas asciende
        Como la edad hasta mi frente, allí
        Están golpeando las olas, destruyéndose de muerte:
        Su movimiento es húmedo, decaído, final.

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      Alturas de Macchu Picchu

        XII

        Sube a nacer conmigo, hermano.

        Dame la mano desde la profunda
        Zona de tu dolor diseminado.
        No volverás del fondo de las rocas.
        No volverás del tiempo subterráneo.
        No volverá tu voz endurecida.
        No volverán tus ojos taladrados.
        Mírame desde el fondo de la tierra,
        Labrador, tejedor, pastor callado:
        Domador de guanacos tutelares:
        Albañil del andamio desafiado:
        Aguador de las lágrimas andinas:
        Joyero de los dedos machacados:
        Agricultor temblando en la semilla:
        Alfarero en tu greda derramado:
        Traed a la copa de esta nueva vida
        Vuestros viejos dolores enterrados.
        Mostradme vuestra sangre y vuestro surco,
        Decidme: aquí fui castigado,
        Porque la joya no brilló o la tierra
        No entregó a tiempo la piedra o el grano:
        Señaladme la piedra en que caísteis
        Y la madera en que os crucificaron,
        Encendedme los viejos pedernales,
        Las viejas lámparas, los látigos pegados
        A través de los siglos en las llagas
        Y las hachas de brillo ensangrentado.
        Yo vengo a hablar por vuestra boca muerta.
        A través de la tierra juntad todos
        Los silenciosos labios derramados
        Y desde el fondo habladme toda esta larga noche
        Como si yo estuviera con vosotros anclado,
        Contadme todo, cadena a cadena,
        Eslabón a eslabón, y paso a paso,
        Afilad los cuchillos que guardasteis,
        Ponedlos en mi pecho y en mi mano,
        Como un río de rayos amarillos,
        Como un río de tigres enterrados,
        Y dejadme llorar, horas, días, años,
        Edades ciegas, siglos estelares.

        Dadme el silencio, el agua, la esperanza.
        Dadme la lucha, el hierro, los volcanes.
        Hablad por mis palabras y mi sangre.

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      Amor

        Mujer, yo hubiera sido tu hijo por beberte
        La leche de los senos como de un manantial,
        Por mirarte y sentirte a mi lado, y tenerte
        En la risa de oro y la voz de cristal.
        Por sentirte en mis venas como Dios en los ríos
        Y adorarte en los tristes huesos de polvo y cal,
        Porque tu ser pasara sin pena al lado mío
        Y saliera en la estrofa -limpio de todo mal-.

        ¡Cómo sabría amarte, mujer, cómo sabría
        Amarte, amarte como nadie supo jamás!
        Morir y todavía
        Amarte más.
        Y todavía
        Amarte más.

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      Amor, América

        Antes de la peluca y la casaca
        Fueron los ríos, ríos arteriales:
        Fueron las cordilleras, en cuya onda raída
        El cóndor o la nieve parecían inmóviles:
        Fue la humedad y la espesura, el trueno
        Sin nombre todavía, las pampas planetarias.

        El hombre tierra fue, vasija, párpado
        Del barro trémulo, forma de la arcilla,
        Fue cántaro caribe, piedra chibcba,
        Copa imperial o sílice araucana.
        Tierno y sangriento fue, pero en la empuñadura
        De su arma de cristal humedecido,
        Las iniciales de la tierra estaban
        Escritas.
        Nadie pudo
        Recordarlas después: el viento
        Las olvidó, el idioma del agua
        Fue enterrado, las claves se perdieron
        O se inundaron de silencio o sangre.

        No se perdió la vida, hermanos pastorales.

        Pero como una rosa salvaje
        Cayó una gota roja en la espesura
        Y se apagó una lámpara de tierra.

        Yo estoy aquí para contar la historia.
        Desde la paz del búfalo
        Hasta las azotadas arenas
        De la tierra final, en las espumas
        Acumuladas de la luz antártica,
        Y por las madrigueras despeñadas
        De la sombría paz venezolana,
        Te busqué, padre mío,
        Joven guerrero de tiniebla y cobre,
        Oh tú, planta nupcial, cabellera indomable,
        Madre caimán, metálica paloma.

        Yo, incásico del légamo,
        Toqué la piedra y dije:
        ¿Quién
        Me espera? Y apreté la mano
        Sobre un puñado de cristal vacío,
        Pero anduve entre flores zapotecas
        Y dulce era la luz como un venado,
        Y era la sombra como un párpado verde.

        Tierra mía sin nombre, sin América,
        Estambre equinoccial, lanza de púrpura,
        Tu aroma me trepó por las raíces
        Hasta la copa que bebía, hasta la más delgada
        Palabra aún no nacida de mi boca.

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      Ángela adónica

        Hoy me he tendido junto a una joven pura
        Como a la orilla de un océano blanco,
        Como en el centro de una ardiente estrella
        De lento espacio.

        De su mirada largamente verde
        La luz caía como un agua seca,
        En transparentes y profundos círculos
        De fresca fuerza.

        Su pecho como un fuego de dos llamas
        Ardía en dos regiones levantado,
        Y en doble río llegaba a sus pies,
        Grandes y claros.

        Un clima de oro maduraba apenas
        Las diurnas longitudes de su cuerpo
        Llenándolo de frutas extendidas
        Y oculto fuego.

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      Apogeo del apio

        Del centro puro que los ruidos nunca
        Atravesaron, de la intacta cera,
        Salen claros relámpagos lineales,
        Palomas con destino de volutas,
        Hacia tardías calles con olor
        A sombra y a pescado.

        ¡Son las venas del apio! Son la espuma, la risa,
        ¡Los sombreros del apio!
        Son los signos del apio, su sabor
        De luciérnaga, sus mapas
        De color inundado,
        Y cae su cabeza de ángel verde,
        Y sus delgados rizos se acongojan,
        Y entran los pies del apio en los mercados
        De la mañana herida, entre sollozos,
        Y se cierran las puertas a su paso.
        Y los dulces caballos se arrodillan.

        Sus pies cortados van, sus ojos verdes
        Van derramados, para siempre hundidos
        En ellos los secretos y las gotas:
        Los túneles del mar de donde emergen,
        Las escaleras que el apio aconseja,
        Las desdichadas sombras sumergidas,
        Las determinaciones en el centro del aire,
        Los besos en el fondo de las piedras.

        A medianoche, con manos mojadas,
        Alguien golpea mi puerta en la niebla,
        Y oigo la voz del apio, voz profunda,
        Áspera voz de viento encarcelado,
        Se queja herido de aguas y raíces,
        Hunde en mi cama sus amargos rayos,
        Y sus desordenadas tijeras me pegan en el pecho
        Buscándome la boca del corazón ahogado.

        ¿Qué quieres, huésped de corsé quebradizo,
        En mis habitaciones funerales?
        ¿Qué ámbito destrozado te rodea?

        Fibras de oscuridad y luz llorando,
        Ribetes ciegos, energías crespas,
        Río de vida y hebras esenciales,
        Verdes ramas de sol acariciado,
        Aquí estoy, en la noche, escuchando secretos,
        Desvelos, soledades,
        Y entráis, en medio de la niebla hundida,
        Hasta crecer en mí, hasta comunicarme
        La luz oscura y la rosa de la tierra.

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      Ausencia

        Apenas te he dejado
        Vas en mí, cristalina
        O temblorosa,
        O inquieta, herida por mí mismo
        O colmada de amor, como cuando tus ojos
        Se cierran sobre el don de la vida
        Que sin cesar te entrego.

        Amor mío,
        Nos hemos encontrado
        Sedientos y nos hemos
        Bebido toda el agua y la sangre,
        Nos encontramos
        Con hambre
        Y nos mordimos
        Como el fuego muerde,
        Dejándonos heridas.

        Pero espérame,
        Guárdame tu dulzura.
        Yo te daré también
        Una rosa.

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      Ausencia de Joaquín

        Desde ahora, como una partida verificada lejos,
        En funerales estaciones de humo o solitarios malecones,
        Desde ahora lo veo precipitándose en su muerte,
        Y detrás de él siento cerrarse los días del tiempo.

        Desde ahora, bruscamente, siento que parte,
        Precipitándose en las aguas, en ciertas aguas, en cierto océano,
        Y luego, al golpe suyo, gotas se levantan, y un ruido,
        Un determinado, sordo ruido siento producirse,
        Un golpe de agua azotada por su peso,
        Y de alguna parte, de alguna parte siento que saltan y salpican estas aguas,
        Sobre mí salpican estas aguas, y viven como ácidos.

        Su costumbre de sueños y desmedidas noches,
        Su alma desobediente, su preparada palidez,
        Duermen con él por último, y él duerme,
        Porque al mar de los muertos su pasión desplómase,
        Violentamente hundiéndose, fríamente asociándose.

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      Aromos rubios en los campos de Loncoche

        La pata gris del Malo pisó estas pardas tierras,
        Hirió estos dulces surcos, movió estos curvos montes,
        Rasguñó las llanuras guardadas por la hilera
        Rural de las derechas alamedas bifrontes.

        El terraplén yacente removió su cansancio,
        Se abrió como una mano desesperada el cerro,
        En cabalgatas ebrias galopaban las nubes
        Arrancando de Dios, de la tierra y del cielo.

        El agua entró en la tierra mientras la tierra huía
        Abiertas las entrañas y anegada la frente:
        Hacia los cuatro vientos, en las tardes malditas,
        Rodaban —ululando como tigres— los trenes.

        Yo soy una palabra de este paisaje muerto,
        Yo soy el corazón de este cielo vacío:
        Cuando voy por los campos, con el alma en el viento,
        Mis venas continúan el rumor de los ríos.

        ¿A dónde vas ahora? —Sobre el cielo la greda
        Del crepúsculo, para los dedos de la noche.
        No alumbrarán estrellas... A mis ojos se enredan
        Aromos rubios en los campos de Loncoche.

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      Arte poética

        Entre sombra y espacio, entre guarniciones y doncellas,
        Dotado de corazón singular y sueños funestos,
        Precipitadamente pálido, marchito en la frente,
        Y con luto de viudo furioso por cada día de vida,
        Ay, para cada agua invisible que bebo soñolientamente,
        Y de todo sonido que acojo temblando,
        Tengo la misma sed ausente y la misma fiebre fría,
        Un oído que nace, una angustia indirecta,
        Como si llegaran ladrones o fantasmas,
        Y en una cáscara de extensión fija y profunda,
        Como un camarero humillado, como una campana un poco ronca,
        Como un espejo viejo, como un olor de casa sola
        En la que los huéspedes entran de noche perdidamente ebrios,
        Y hay un olor de ropa tirada al suelo, y una ausencia de flores,
        Posiblemente de otro modo aún menos melancólico,
        Pero, la verdad, de pronto, el viento que azota mi pecho,
        Las noches de substancia infinita caídas en mi dormitorio,
        El ruido de un día que arde con sacrificio,
        Me piden lo profético que hay en mí, con melancolía,
        Y un golpe de objetos que llaman sin ser respondidos
        Hay, y un movimiento sin tregua, y un nombre confuso.

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      Barcarola

        Si solamente me tocaras el corazón,
        Si solamente pusieras tu boca en mi corazón,
        Tu fina boca, tus dientes,
        Si pusieras tu lengua como una flecha roja
        Allí donde mi corazón polvoriento golpea,
        Si soplaras en mi corazón, cerca del mar, llorando,
        Sonaría con un ruido oscuro,
        Con sonido de ruedas de tren con sueño,
        Como aguas vacilantes,
        Como el otoño en hojas,
        Como sangre,
        Con un ruido de llamas húmedas quemando el cielo,
        Sonando como sueños o ramas o lluvias,
        O bocinas de puerto triste,
        Si tú soplaras en mi corazón cerca del mar,
        Como un fantasma blanco,
        Al borde de la espuma,
        En mitad del viento,
        Como un fantasma desencadenado,
        A la orilla del mar, llorando.

        Como ausencia extendida, como campana súbita,
        El mar reparte el sonido del corazón,
        Lloviendo, atardeciendo, en una costa sola:
        La noche cae sin duda,
        Y su lúgubre azul de estandarte en naufragio
        Se puebla de planetas de plata enronquecida.

        Y suena el corazón como un caracol agrio,
        Llama, oh mar, oh lamento, oh derretido espanto
        Esparcido en desgracias y olas desvencijadas:
        De lo sonoro el mar acusa
        Sus sombras recostadas, sus amapolas verdes.

        Si existieras de pronto, en una costa lúgubre,
        Rodeada por el día muerto,
        Frente a una nueva noche,
        Llena de olas,
        Y soplaras en mi corazón de miedo frío,
        Soplaras en la sangre sola de mi corazón,
        Soplaras en su movimiento de paloma con llamas,
        Sonarían sus negras sílabas de sangre,
        Crecerían sus incesantes aguas rojas,
        Y sonaría, sonaría a sombras,
        Sonaría como la muerte,
        Llamaría como un tubo lleno de viento o llanto,
        O una botella echando espanto a borbotones.

        Así es, y los relámpagos cubrirían tus trenzas
        Y la lluvia entraría por tus ojos abiertos
        A preparar el llanto que sordamente encierras,
        Y las alas negras del mar girarían en torno
        De ti, con grandes garras, y graznidos, y vuelos.

        ¿Quieres ser el fantasma que sople, solitario,
        Cerca del mar su estéril, triste instrumento?
        Si solamente llamaras,
        Su prolongado son, su maléfico pito,
        Su orden de olas heridas,
        Alguien vendría acaso,
        Alguien vendría,
        Desde las cimas de las islas,
        Desde el fondo rojo del mar,
        Alguien vendría, alguien vendría.

        Alguien vendría, sopla con furia,
        Que suene como sirena de barco roto,
        Como lamento,
        Como un relincho
        En medio de la espuma y la sangre,
        Como un agua feroz mordiéndose y sonando.

        En la estación marina
        Su caracol de sombra circula como un grito,
        Los pájaros del mar lo desestiman y huyen,
        Sus listas de sonido, sus lúgubres barrotes
        Se levantan a orillas del océano solo.

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      Barrio sin luz

        ¿Se va la poesía de las cosas
        O no la puede condensar mi vida?
        Ayer —mirando el último crepúsculo—
        Yo era un manchón de musgo entre unas ruinas.

        Las ciudades —hollines y venganzas—,
        La cochinada gris de los suburbios,
        La oficina que encorva las espaldas,
        El jefe de ojos turbios.

        Sangre de un arrebol sobre los cerros,
        Sangre sobre las calles y las plazas,
        Dolor de corazones rotos,
        Podre de hastíos y de lágrimas.

        Un río abraza el arrabal
        Como una mano helada que tienta en las tinieblas:
        Sobre sus aguas se avergüenzan
        De verse las estrellas.

        Y las casas que esconden los deseos
        Detrás de las ventanas luminosas,
        Mientras afuera el viento
        Lleva un poco de barro a cada rosa.

        Lejos... la bruma de las olvidanzas
        —Humos espesos, tajamares rotos—,
        Y el campo, ¡el campo verde!, en que jadean
        Los bueyes y los hombres sudorosos.

        Y aquí estoy yo, brotado entre las ruinas,
        Mordiendo solo todas las tristezas,
        Como si el llanto fuera una semilla
        Y yo el único surco de la tierra.

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      Bella

        Bella,
        Como en la piedra fresca
        Del manantial, el agua
        Abre un ancho relámpago de espuma,
        Así es la sonrisa en tu rostro,
        Bella.

        Bella,
        De finas manos y delgados pies
        Como un caballito de plata,
        Andando, flor del mundo,
        Así te veo,
        Bella.

        Bella,
        Con un nido de cobre enmarañado
        En tu cabeza, un nido
        Color de miel sombría
        Donde mi corazón arde y reposa,
        Bella.

        Bella,
        No te caben los ojos en la cara,
        No te caben los ojos en la tierra.
        Hay países, hay ríos
        En tus ojos,
        Mi patria está en tus ojos,
        Yo camino por ellos,
        Ellos dan luz al mundo
        Por donde yo camino,
        Bella.

        Bella,
        Tus senos son como dos panes hechos
        De tierra cereal y luna de oro,
        Bella.

        Bella,
        Tu cintura
        La hizo mi brazo como un río cuando
        Pasó mil años por tu dulce cuerpo,
        Bella.

        Bella,
        No hay nada como tus caderas,
        Tal vez la tierra tiene
        En algún sitio oculto
        La curva y el aroma de tu cuerpo,
        Tal vez en algún sitio,
        Bella.

        Bella, mi bella,
        Tu voz, tu piel, tus uñas,
        Bella, mi bella,
        Tu ser, tu luz, tu sombra,
        Bella,
        Todo eso es mío, bella,
        Todo eso es mío, mía,
        Cuando andas o reposas,
        Cuando cantas o duermes,
        Cuando sufres o sueñas,
        Siempre,
        Cuando estás cerca o lejos,
        Siempre,
        Eres mía, mi bella,
        Siempre.

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      Caballero sólo

        Los jóvenes homosexuales y las muchachas amorosas,
        Y las largas viudas que sufren el delirante insomnio,
        Y las jóvenes señoras preñadas hace treinta horas,
        Y los roncos gatos que cruzan mi jardín en tinieblas,
        Como un collar de palpitantes ostras sexuales
        Rodean mi residencia solitaria,
        Como enemigos establecidos contra mi alma,
        Como conspiradores en traje de dormitorio
        Que cambiaran largos besos espesos por consigna.

        El radiante verano conduce a los enamorados
        En uniformes regimientos melancólicos,
        Hechos de gordas y flacas y alegres y tristes parejas:
        Bajo los elegantes cocoteros, junto al océano y la luna
        Hay una continua vida de pantalones y polleras,
        Un rumor de medias de seda acariciadas,
        Y senos femeninos que brillan como ojos.

        El pequeño empleado, después de mucho,
        Después del tedio semanal, y las novelas leídas de noche, en cama,
        Ha definitivamente seducido a su vecina,
        Y la lleva a los miserables cinematógrafos
        Donde los héroes son potros o príncipes apasionados,
        Y acaricia sus piernas llenas de dulce vello
        Con sus ardientes y húmedas manos que huelen a cigarrillo.

        Los atardeceres del seductor y las noches de los esposos
        Se unen como dos sábanas sepultándome,
        Y las horas después del almuerzo en que los jóvenes estudiantes,
        Y las jóvenes estudiantes, y los sacerdotes se masturban,
        Y los animales fornican directamente,
        Y las abejas huelen a sangre, y las moscas zumban coléricas,
        Y los primos juegan extrañamente con sus primas,
        Y los médicos miran con furia al marido de la joven paciente,
        Y las horas de la mañana en que el profesor, como por descuido,
        Cumple con su deber conyugal, y desayuna,
        Y, más aún, los adúlteros, que se aman con verdadero amor
        Sobre lechos altos y largos como embarcaciones:
        Seguramente, eternamente me rodea
        Este gran bosque respiratorio y enredado
        Con grandes flores como bocas y dentaduras
        Y negras raíces en forma de uñas y zapatos.

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      Caballo de los sueños

        Innecesario, viéndome en los espejos,
        Con un gusto a semanas, a biógrafos, a papeles,
        Arranco de mi corazón al capitán del infierno,
        Establezco cláusulas indefinidamente tristes.

        Vago de un punto a otro, absorbo ilusiones,
        Converso con los sastres en sus nidos:
        Ellos, a menudo, con voz fatal y fría,
        Cantan y hacen huir los maleficios.

        Hay un país extenso en el cielo
        Con las supersticiosas alfombras del arco-iris
        Y con vegetaciones vesperales:
        Hacia allí me dirijo, no sin cierta fatiga,
        Pisando una tierra removida de sepulcros un tanto frescos,
        Yo sueño entre esas plantas de legumbre confusa.

        Paso entre documentos disfrutados, entre orígenes,
        Vestido como un ser original y abatido:
        Amo la miel gastada del respeto,
        El dulce catecismo entre cuyas hojas
        Duermen violetas envejecidas, desvanecidas,
        Y las escobas, conmovedoras de auxilio,
        En su apariencia hay, sin duda, pesadumbre y certeza.
        Yo destruyo la rosa que silba y la ansiedad raptora:
        Yo rompo extremos queridos: y aún mas,
        Aguardo el tiempo uniforme, sin medida:
        Un sabor que tengo en el alma me deprime.

        ¡Qué día ha sobrevenido! ¡Qué espesa luz de leche,
        Compacta, digital, me favorece!
        He oído relinchar su rojo caballo
        Desnudo, sin herraduras y radiante.
        Atravieso con él sobre las iglesias,
        Galopo los cuarteles desiertos de soldados
        Y un ejército impuro me persigue.
        Sus ojos de eucaliptus roban sombra,
        Su cuerpo de campana galopa y golpea.

        Yo necesito un relámpago de fulgor persistente,
        Un deudo festival que asuma mis herencias.

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      Canción del macho y de la hembra

        ¡Canción del macho y de la hembra!
        La fruta de los siglos
        Exprimiendo su jugo
        En nuestras venas.

        Mi alma derramándose en tu carne extendida
        Para salir de ti más buena,
        El corazón desparramándose
        Estirándose como una pantera,
        Y mi vida, hecha astillas, anudándose
        A ti como la luz a las estrellas.

        Me recibes
        Como al viento la vela.

        Te recibo
        Como el surco a la siembra.

        Duérmete sobre mis dolores
        Si mis dolores no te queman,
        Amárrate a mis alas
        Acaso mis alas te llevan,
        Endereza mis deseos
        Acaso te lastima su pelea.

        ¡Tú eres lo único que tengo
        Desde que perdí mi tristeza!
        ¡Desgárrame como una espada
        O táctame como una antena!
        Bésame
        Muérdeme,
        Incéndiame,
        ¡Que yo vengo a la tierra
        Sólo por el naufragio de mis ojos de macho
        En el agua infinita de tus ojos de hembra!

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      Cantares

        La parracial rosa devora
        Y sube a la cima del santo:
        Con espesas garras sujeta
        El tiempo al fatigado ser:
        Hincha y sopla en las venas duras,
        Ata el cordel, pulmonar, entonces
        Largamente escucha y respira.

        Morir deseo, vivir quiero,
        Herramienta, perro infinito,
        Movimiento de océano espeso
        Con vieja y negra superficie.

        ¿Para quién y a quién en la sombra
        Mi gradual guitarra resuena
        Naciendo en la sal de mi ser
        Como el pez en la sal del mar?

        Ay, qué continuo país cerrado,
        Neutral, en la zona del fuego,
        Inmóvil, en el giro terrible,
        Seco, en la humedad de las cosas.

        Entonces, entre mis rodillas,
        Bajo la raíz de mis ojos,
        Prosigue cosiendo mi alma:
        Su aterradora aguja trabaja.

        Sobrevivo en medio del mar,
        Solo y tan locamente herido,
        Tan solamente persistiendo,
        Heridamente abandonado.

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      Casa

        Tal vez ésta es la casa en que viví
        Cuando yo no existí ni había tierra,
        Cuando todo era luna o piedra o sombra,
        Cuando la luz inmóvil no nacía.
        Tal vez entonces esta piedra era
        Mi casa, mis ventanas o mis ojos.
        Me recuerda esta rosa de granito
        Algo que me habitaba o que habité,
        Cueva o cabeza cósmica de sueños,
        Copa o castillo o nave o nacimiento.
        Toco el tenaz esfuerzo de la roca,
        Su baluarte golpeado en la salmuera,
        Y sé que aquí quedaron grietas mías,
        Arrugadas sustancias que subieron
        Desde profundidades hasta mi alma,
        Y piedra fui, piedra seré, por eso
        Toco esta piedra y para mí no ha muerto:
        Es lo que fui, lo que seré reposo
        De tu combate tan largo como el tiempo.

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      Ciudad

        Ciudad desde los cerros entre la noche de hojas
        Mancha amarilla su rostro abre la sombra
        Mientras tendido sobre el pasto deletreo
        Ahí pasan ardiendo sólo yo vivo

        Tendido sobre el pasto mi corazón está triste
        La luna azul araña trepa inunda

        Emisario ibas alegre en la tarde que caía
        El crepúsculo rodaba apagando flores

        Tendido sobre el pasto hecho de tréboles negros
        Y tambalea sólo su pasión delirante

        Recoge una mariposa húmeda como un collar
        Anúdame tu cinturón de estrellas esforzadas.

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      Colección nocturna

        He vencido al ángel del sueño, el funesto alegórico:
        Su gestión insistía, su denso paso llega
        Envuelto en caracoles y cigarras,
        Marino, perfumado de frutos agudos.

        Es el viento que agita los meses, el silbido de un tren,
        El paso de la temperatura sobre el lecho,
        Un opaco sonido de sombra
        Que cae como trapo en lo interminable,
        Una repetición de distancias, un vino de color confundido,
        Un paso polvoriento de vacas bramando.

        A veces su canasto negro cae en mi pecho,
        Sus sacos de dominio hieren mi hombro,
        Su multitud de sal, su ejército entreabierto
        Recorren y revuelven las cosas del cielo:
        Él galopa en la respiración y su paso es de beso:
        Su salitre seguro planta en los párpados
        Con vigor esencial y solemne propósito:
        Entra en lo preparado como un dueño:
        Su substancia sin ruido equipa de pronto,
        Su alimento profético propaga tenazmente.

        Reconozco a menudo sus guerreros,
        Sus piezas corroídas por el aire, sus dimensiones,
        Y su necesidad de espacio es tan violenta
        Que baja hasta mi corazón a buscarlo:
        Él es el propietario de las mesetas inaccesibles,
        Él baila con personajes trágicos y cotidianos:
        De noche rompe mi piel su ácido aéreo
        Y escucho en mi interior temblar su instrumento.

        Yo oigo el sueño de viejos compañeros y mujeres amadas,
        Sueños cuyos latidos me quebrantan:
        Su material de alfombra piso en silencio,
        Su luz de amapola muerdo con delirio.

        Cadáveres dormidos que a menudo
        Danzan asidos al peso de mi corazón,
        ¡Qué ciudades opacas recorremos!
        Mi pardo corcel de sombra se agiganta,
        Y sobre envejecidos tahúres, sobre lenocinios de escaleras gastadas,
        Sobre lechos de niñas desnudas, entre jugadores de football,
        Del viento ceñidos pasamos:
        Y entonces caen a nuestra boca esos frutos blandos del cielo,
        Los pájaros, las campanas conventuales, los cometas:
        Aquel que se nutrió de geografía pura y estremecimiento,
        Ése tal vez nos vio pasar centelleando.

        Camaradas cuyas cabezas reposan sobre barriles,
        En un desmantelado buque prófugo, lejos,
        Amigos míos sin lágrimas, mujeres de rostro cruel:
        La medianoche ha llegado, y un gong de muerte
        Golpea en torno mío como el mar.
        Hay en la boca el sabor, la sal del dormido.
        Fiel como una condena a cada cuerpo
        La palidez del distrito letárgico acude:
        Una sonrisa fría, sumergida,
        Unos ojos cubiertos como fatigados boxeadores,
        Una respiración que sordamente devora fantasmas.

        En esa humedad de nacimiento, con esa proporción tenebrosa,
        Cerrada como una bodega, el aire es criminal:
        Las paredes tienen un triste color de cocodrilo,
        Una contextura de araña siniestra:
        Se pisa en lo blando como sobre un monstruo muerto:
        Las uvas negras inmensas, repletas,
        Cuelgan de entre las ruinas como odres:
        Oh Capitán, en nuestra hora de reparto
        Abre los mudos cerrojos y espérame:
        Allí debemos cenar vestidos de luto:
        El enfermo de malaria guardará las puertas.

        Mi corazón, es tarde y sin orillas,
        El día como un pobre mantel puesto a secar
        Oscila rodeado de seres y extensión:
        De cada ser viviente hay algo en la atmósfera:
        Mirando mucho el aire aparecerían mendigos,
        Abogados, bandidos, carteros, costureras,
        Y un poco de cada oficio, un resto humillado
        Quiere trabajar su parte en nuestro interior.
        Yo busco desde antaño, yo examino sin arrogancia,
        Conquistado, sin duda, por lo vespertino.

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      Con Quevedo, en primavera

        Todo ha florecido en
        Estos campos, manzanos,
        Azules titubeantes, malezas amarillas,
        Y entre la hierba verde viven las amapolas.
        El cielo inextinguible, el aire nuevo
        De cada día, el tácito fulgor,
        Regalo de una extensa primavera.
        Sólo no hay primavera en mi recinto.
        Enfermedades, besos desquiciados,
        Como yedras de iglesia se pegaron
        A las ventanas negras de mi vida
        Y el sólo amor no basta, ni el salvaje
        Y extenso aroma de la primavera.

        Y para ti, ¿qué son en este ahora
        La luz desenfrenada, el desarrollo
        Floral de la evidencia, el canto verde
        De las verdes hojas, la presencia
        Del cielo con su copa de frescura?
        Primavera exterior, no me atormentes,
        Desatando en mis brazos vino y nieve,
        Corola y ramo roto de pesares,
        Dame por hoy el sueño de las hojas
        Nocturnas, la noche en que se encuentran
        Los muertos, los metales, las raíces,
        Y tantas primaveras extinguidas
        Que despiertan en cada primavera.

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      Débil del alba

        El día de los desventurados, el día pálido se asoma
        Con un desgarrador olor frío, con sus fuerzas en gris,
        Sin cascabeles, goteando el alba por todas partes:
        Es un naufragio en el vacío, con un alrededor de llanto.

        Porque se fue de tantos sitios la sombra húmeda, callada,
        De tantas cavilaciones en vano, de tantos parajes terrestres
        En donde debió ocupar hasta el designio de las raíces,
        De tanta forma aguda que se defendía.

        Yo lloro en medio de lo invadido, entre lo confuso,
        Entre el sabor creciente, poniendo el oído
        En la pura circulación, en el aumento,
        Cediendo sin rumbo el paso a lo que arriba,
        A lo que surge vestido de cadenas y claveles,
        Yo sueño, sobrellevando mis vestigios morales.

        Nada hay de precipitado ni de alegre, ni de forma orgullosa,
        Todo aparece haciéndose con evidente pobreza,
        La luz de la tierra sale de sus párpados
        No como la campanada, sino más bien como las lágrimas:
        El tejido del día, su lienzo débil,
        Sirve para una venda de enfermos, sirve para hacer señas
        En una despedida, detrás de la ausencia:
        Es el color que sólo quiere reemplazar,
        Cubrir, tragar, vencer, hacer distancias.

        Estoy solo entre materias desvencijadas,
        La lluvia cae sobre mí, y se me parece,
        Se me parece con su desvarío, solitaria en el mundo muerto,
        Rechazada al caer, y sin forma obstinada.

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      Diurno doliente

        De pasión sobrante y sueños de ceniza
        Un pálido palio llevo, un cortejo evidente,
        Un viento de metal que vive solo,
        Un sirviente mortal vestido de hambre,
        Y en lo fresco que baja del árbol, en la esencia del sol
        Que su salud de astro implanta en las flores,
        Cuando a mi piel parecida al oro llega el placer,
        Tú, fantasma coral con pies de tigre,
        Tú, ocasión funeral, reunión ígnea,
        Acechando la patria en que sobrevivo
        Con tus lanzas lunares que tiemblan un poco.

        Porque la ventana que el mediodía vacío atraviesa
        Tiene un día cualquiera mayor aire en sus alas,
        El frenesí hincha el traje y el sueño al sombrero,
        Una abeja extremada arde sin tregua.
        Ahora, ¿qué imprevisto paso hace crujir los caminos?
        Qué vapor de estación lúgubre, qué rostro de cristal,
        Y aún más, ¿qué sonido de carro viejo con espigas?
        Ay, una a una, la ola que llora y la sal que se triza,
        Y el tiempo del amor celestial que pasa volando,
        Han tenido voz de huéspedes y espacio en la espera.

        De distancias llevadas a cabo, de resentimientos infieles,
        De hereditarias esperanzas mezcladas con sombra,
        De asistencias desgarradoramente dulces
        Y días de transparente veta y estatua floral,
        ¿Qué subsiste en mi término escaso, en mi débil producto?
        De mi lecho amarillo y de mi substancia estrellada,
        ¿Quién no es vecino y ausente a la vez?
        Un esfuerzo que salta, una flecha de trigo
        Tengo, y un arco en mi pecho manifiestamente espera,
        Y un latido delgado, de agua y tenacidad,
        Como algo que se quiebra perpetuamente,
        Atraviesa hasta el fondo mis separaciones,
        Apaga mi poder y propaga mi duelo.

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      El alfarero

        Todo tu cuerpo tiene
        Copa o dulzura destinada a mí.

        Cuando subo la mano
        Encuentro en cada sitio una paloma
        Que me buscaba, como
        Si te hubieran, amor, hecho de arcilla
        Para mis propias manos de alfarero.

        Tus rodillas, tus senos,
        Tu cintura
        Faltan en mí como en el hueco
        De una tierra sedienta
        De la que desprendieron
        Una forma,
        Y juntos
        Somos completos, como un solo río,
        Como una sola arena.

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      El amor

        ¿Qué tienes, qué tenemos,
        Qué nos pasa?
        Ay, nuestro amor es una cuerda dura
        Que nos amarra hiriéndonos
        Y si queremos
        Salir de nuestra herida,
        Separarnos,
        Nos hace un nuevo nudo y nos condena
        A desangramos y quemarnos juntos.

        ¿Qué tienes? Yo te miro
        Y no hallo nada en ti sino dos ojos
        Como todos los ojos, una boca
        Perdida entre mil bocas que besé, más hermosas,
        Un cuerpo igual a los que resbalaron
        Bajo mi cuerpo sin dejar memoria.

        Y qué vacía por el mundo ibas
        Como una jarra de color de trigo
        ¡Sin aire, sin sonido, sin substancia!
        Yo busqué en vano en ti
        Profundidad para mis brazos
        Que excavan, sin cesar, bajo la tierra:
        Bajo tu piel, bajo tus ojos
        Nada,
        Bajo tu doble pecho levantado
        Apenas
        Una corriente de orden cristalino
        Que no sabe por qué corre cantando.
        Por qué, por qué, por qué,
        amor mío, ¿por qué?

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      El amor del soldado

        En plena guerra te llevó la vida
        A ser el amor del soldado.

        Con tu pobre vestido de seda,
        Tus uñas de piedra falsa,
        Te tocó caminar por el fuego.

        Ven acá, vagabunda,
        Ven a beber sobre mi pecho
        Rojo rocío.

        No querías saber dónde andabas,
        Eras la compañera de baile,
        No tenías partido ni patria.

        Y ahora a mi lado caminando
        Ves que conmigo va la vida
        Y que detrás está la muerte.

        Ya no puedes volver a bailar
        Con tu traje de seda en la sala.

        Te vas a romper los zapatos,
        Pero vas a crecer en la marcha.

        Tienes que andar sobre las espinas
        Dejando gotitas de sangre.

        Bésame de nuevo, querida.

        Limpia ese fusil, camarada.

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      El barco

        Pero si ya pagamos nuestros pasajes en este mundo
        ¿Por qué, por qué no nos dejan sentarnos y comer?
        Queremos mirar las nubes,
        Queremos tomar el sol y oler la sal,
        Francamente no se trata de molestar a nadie,
        Es tan sencillo: somos pasajeros.

        Todos vamos pasando y el tiempo con nosotros:
        Pasa el mar, se despide la rosa,
        Pasa la tierra por la sombra y por la luz,
        Y ustedes y nosotros pasamos, pasajeros.

        Entonces, ¿qué les pasa?
        ¿Por qué andan tan furiosos?
        ¿A quién andan buscando con revólver?

        Nosotros no sabíamos
        Que todo lo tenían ocupado,
        Las copas, los asientos,
        Las camas, los espejos,
        El mar, el vino, el cielo.

        Ahora resulta
        Que no tenemos mesa.
        No puede ser, pensamos.
        No pueden convencernos.
        Estaba oscuro cuando llenamos al barco.

        Estábamos desnudos.
        Todos llegábamos del mismo sitio.
        Todos veníamos de mujer y de hombre.
        Todos tuvimos hambre y pronto dientes.
        A todos nos crecieron las manos y los ojos
        Para trabajar y desear lo que existe.

        Y ahora nos salen con que no podemos,
        Que no hay sitio en el barco,
        No quieren saludarnos,
        No quieren jugar con nosotros.

        ¿Por qué tantas ventajas para ustedes?
        ¿Quién les dio la cuchara cuando no habían nacido?

        Aquí no están contentos,
        Así no andan las cosas.

        No me gusta en el viaje
        Hallar, en los rincones, la tristeza,
        Los ojos sin amor y la boca con hambre.

        No hay ropa para este creciente otoño
        Y menos, menos, menos para el próximo invierno.
        Y sin zapatos, ¿cómo vamos a dar la vuelta
        Al mundo, a tanta piedra en los caminos?
        Sin mesa dónde vamos a comer,
        ¿Dónde nos sentaremos si no tenemos silla?
        Si es una broma triste, decídanse, señores,
        A terminarla pronto,
        A hablar en serio ahora.

        Después el mar es duro.

        Y llueve sangre.

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      El ciego de la pandereta

        Ciego, ¿siempre será tu ayer mañana?
        ¿Siempre estará tu pandereta pobre
        Estremeciendo tus manos crispadas?

        Yo voy pasando y veo tu silueta
        Y me parece que es tu corazón
        El que se cimbra con tu pandereta.

        Yo pasé ayer y supe tu dolor:
        Dolor que siendo yo quien lo ha sabido
        Es mucho mayor.

        No volveré por no volverte a ver,
        Pero mañana tu silueta negra
        Estará como ayer:

        La mano que recibe,
        Los ojos que no ven,
        La cara parda, lastimosa y triste,
        Golpeando en cada salto la pared.

        Ciego, ya voy pasando y ya te miro,
        Y de rabia y dolor —¡qué sé yo qué!—
        Algo me aprieta el corazón,
        El corazón y la sien.

        ¡Por tus ojos que nunca han mirado
        Cambiara yo los míos que te ven!

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      El cóndor

        Yo soy el cóndor, vuelo
        Sobre ti que caminas
        Y de pronto en un ruedo
        De viento, pluma, garras,
        Te asalto y te levanto
        En un ciclón silbante
        De huracanado frío.

        Y a mi torre de nieve,
        A mi guarida negra
        Te llevo y sola vives,
        Y te llenas de plumas
        Y vuelas sobre el mundo,
        Inmóvil, en la altura.

        Hembra cóndor, saltemos
        Sobre esta presa roja,
        Desgarremos la vida
        Que pasa palpitando
        Y levantemos juntos
        Nuestro vuelo salvaje.

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      El daño

        Te he hecho daño, alma mía
        He desgarrado tu alma.

        Entiéndeme.
        Todos saben quién soy,
        Pero ese soy
        Es además un hombre
        Para ti.

        En ti vacilo, caigo
        Y me levanto ardiendo.
        Tú entre todos los seres
        Tienes derecho
        A verme débil.
        Y tu pequeña mano
        De pan y de guitarra
        Debe tocar mi pecho
        Cuando sale al combate.

        Por eso busco en ti la firme piedra.
        Ásperas manos en tu sangre clavo
        Buscando tu firmeza
        Y la profundidad que necesito,
        Y si no encuentro
        Sino tu risa de metal, si no hallo
        Nada en qué sostener mis firmes pasos,
        Adorada, recibe mi tristeza y mi cólera,
        Mis manos enemigas
        Destruyéndote un poco
        Para que te levantes de la arcilla,
        Hecha de nuevo para mis combates.

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      El firme amor

        El firme amor, me diste con tus dones.
        Vino a mí la ternura que esperaba
        Y me acompaña la que lleva el beso
        Más profundo a mi boca.

        No pudieron
        Apartarla de mí las tempestades
        Ni las distancias agregaron tierra
        Al espacio de amor que conquistamos.

        Cuando antes del incendio, entre las mieses
        De España apareció tu vestidura,
        Yo fui doble nación, luz duplicada,
        Y la amargura resbaló en tu rostro
        Hasta caer sobre piedras perdidas.

        De un gran dolor, de arpones erizados
        Desemboqué en tus aguas, amor mío,
        Como un caballo que galopa en medio
        De la ira y la muerte, y lo recibe
        De pronto una manzana matutina,
        Una cascada de temblor silvestre.

        Desde entonces, amor, te conocieron
        Los páramos que hicieron mi conducta,
        El océano oscuro que me sigue
        Y los castaños del otoño inmenso.

        ¿Quién no te vio, amorosa, dulce mía,
        En la lucha, a mi lado, como una
        Aparición, con todas las señales
        De la estrella? ¿Quién, si anduvo
        Entre las multitudes a buscarme,
        Porque soy grano del granero humano,
        No te encontró, apretada a mis raíces,
        Elevada en el canto de mi sangre?

        No sé, mi amor, si tendré tiempo y sitio
        De escribir otra vez tu sombra fina
        Extendida en mis páginas, esposa:
        Son duros estos días y radiantes,
        Y recogemos de ellos la dulzura
        Amasada con párpados y espinas.

        Ya no sé recordar cuándo comienzas:
        Estabas antes del amor,
        Venías con todas las esencias del destino,
        Y antes de ti, la soledad fue tuya,
        Fue tal vez tu dormida cabellera.

        Hoy, copa de mi amor, te nombro apenas,
        Título de mis días, adorada,
        Y en el espacio ocupas como el día
        Toda la luz que tiene el universo.

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      El desenterrado

        Homenaje al conde de Villamediana.

        Cuando la tierra llena de párpados mojados
        Se haga ceniza y duro aire cernido,
        Y los terrones secos y las aguas,
        Los pozos, los metales,
        Por fin devuelvan sus gastados muertos,
        Quiero una oreja, un ojo,
        Un corazón herido dando tumbos,
        Un hueco de puñal hace ya tiempo hundido
        En un cuerpo hace tiempo exterminado y solo,
        Quiero unas manos, una ciencia de uñas,
        Una boca de espanto y amapolas muriendo,
        Quiero ver levantarse del polvo inútil
        Un ronco árbol de venas sacudidas,
        Yo quiero de la tierra más amarga,
        Entre azufre y turquesa y olas rojas
        Y torbellinos de carbón callado,
        Quiero una carne despertar sus huesos
        Aullando llamas,
        Y un especial olfato correr en busca de algo,
        Y una vista cegada por la tierra
        Correr detrás de dos ojos oscuros,
        Y un oído, de pronto, como una ostra furiosa,
        Rabiosa, desmedida,
        Levantarse hacia el trueno,
        Y un tacto puro, entre sales perdido,
        Salir tocando pechos y azucenas, de pronto.

        ¡Oh día de los muertos! Oh distancia hacia donde
        La espiga muerta yace con su olor a relámpago,
        Oh galerías entregando un nido
        Y un pez y una mejilla y una espada,
        Todo molido entre las confusiones,
        Todo sin esperanzas decaído,
        Todo en la sima seca alimentado
        Entre los dientes de la tierra dura.

        Y la pluma a su pájaro suave,
        Y la luna a su cinta, y el perfume a su forma,
        Y, entre las rosas, el desenterrado,
        El hombre lleno de algas minerales,
        Y a sus dos agujeros sus ojos retornando.

        Está desnudo,
        Sus ropas no se encuentran en el polvo,
        Y su armadura rota se ha deslizado al fondo del infierno,
        Y su barba ha crecido como el aire en otoño,
        Y hasta su corazón quiere morder manzanas.

        Cuelgan de sus rodillas y sus hombros
        Adherencias de olvido, hebras del suelo,
        Zonas de vidrio roto y aluminio,
        Cáscaras de cadáveres amargos,
        Bolsillos de agua convertida en hierro:
        Y reuniones de terribles bocas
        Derramadas y azules,
        Y ramas de coral acongojado
        Hacen corona a su cabeza verde,
        Y tristes vegetales fallecidos
        Y maderas nocturnas le rodean,
        Y en él aún duermen palomas entreabiertas
        Con ojos de cemento subterráneo.

        Conde dulce, en la niebla,
        Oh recién despertado de las minas,
        Oh recién seco del agua sin río,
        Oh recién sin arañas.

        Crujen minutos en tus pies naciendo,
        Tu sexo asesinado se incorpora,
        Y levantas la mano en donde vive
        Todavía el secreto de la espuma.

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      El fantasma del buque de carga

        Distancia refugiada sobre tubos de espuma,
        Sal en rituales olas y órdenes definidos,
        Y un olor y rumor de buque viejo,
        De podridas maderas y hierros averiados,
        Y fatigadas máquinas que aúllan y lloran
        Empujando la proa, pateando los costados,
        Mascando lamentos, tragando y tragando distancias,
        Haciendo un ruido de agrias aguas sobre las agrias aguas,
        Moviendo el viejo buque sobre las viejas aguas.

        Bodegas interiores túneles crepusculares
        Que el día intermitente de los puertos visita:
        Sacos, sacos que un dios sombrío ha acumulado
        Como animales grises, redondos y sin ojos,
        Con dulces orejas grises,
        Y vientres estimables llenos de trigo o copra,
        Sensitivas barrigas de mujeres encinta,
        Pobremente vestidas de gris, pacientemente
        Esperando en la sombra de un doloroso cine.

        Las aguas exteriores de repente
        Se oyen pasar, corriendo como un caballo opaco,
        Con un ruido de pies de caballo en el agua,
        Rápidas, sumergiéndose otra vez en las aguas.
        Nada más hay entonces que el tiempo en las cabinas:
        El tiempo en el desventurado comedor solitario,
        Inmóvil y visible como una gran desgracia.
        Olor de cuero y tela densamente gastados,
        Y cebollas, y aceite, y aún más,
        Olor de alguien flotando en los rincones del buque,
        Olor de alguien sin nombre
        Que baja como una ola de aire las escalas,
        Y cruza corredores con su cuerpo ausente,
        Y observa con sus ojos que la muerte preserva.

        Observa con sus ojos sin color, sin mirada,
        Lento, y pasa temblando, sin presencia ni sombra:
        Los sonidos lo arrugan, las cosas lo traspasan,
        Su transparencia hace brillar las sillas sucias.

        ¿Quién es ese fantasma sin cuerpo de fantasma,
        Con sus pasos livianos como harina nocturna
        Y su voz que sólo las cosas patrocinan?

        Los muebles viajan llenos de su ser silencioso
        Como pequeños barcos dentro del viejo barco,
        Cargados de su ser desvanecido y vago:
        Los roperos, las verdes carpetas de las mesas,
        El color de las cortinas y del suelo,
        Todo ha sufrido el lento vacío de sus manos,
        Y su respiración ha gastado las cosas.

        Se desliza y resbala, desciende, transparente,
        Aire en el aire frío que corre sobre el buque,
        Con sus manos ocultas se apoya en las barandas
        Y mira el mar amargo que huye detrás del buque.

        Solamente las aguas rechazan su influencia,
        Su color y su olor de olvidado fantasma,
        Y frescas y profundas desarrollan su baile
        Como vidas de fuego, como sangre o perfume,
        Nuevas y fuertes surgen, unidas y reunidas.

        Sin gastarse las aguas, sin costumbre ni tiempo,
        Verdes de cantidad, eficaces y frías,
        Tocan el negro estómago del buque y su materia
        Lavan, sus costras rotas, sus arrugas de hierro:
        Roen las aguas vivas la cáscara del buque,
        Traficando sus largas banderas de espuma
        Y sus dientes de sal volando en gotas.

        Mira el mar el fantasma con su rostro sin ojos:
        El círculo del día, la tos del buque, un pájaro
        En la ecuación redonda y sola del espacio,
        Y desciende de nuevo a la vida del buque
        Cayendo sobre el tiempo muerto y la madera,
        Resbalando en las negras cocinas y cabinas,
        Lento de aire y atmósfera, y desolado espacio.

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      El hijo

        Ay hijo, sabes, ¿sabes
        De dónde vienes?

        De un lago con gaviotas
        Blancas y hambrientas.

        Junto al agua de invierno
        Ella y yo levantamos
        Una fogata roja
        Gastándonos los labios
        De besarnos el alma,
        Echando al fuego todo,
        Quemándonos la vida.

        Así llegaste al mundo.

        Pero ella para verme
        Y para verte un día
        Atravesó los mares
        Y yo para abrazar
        Su pequeña cintura
        Toda la tierra anduve,
        Con guerras y montañas,
        Con arenas y espinas.
        Así llegaste al mundo.

        De tantos sitios vienes,
        Del agua y de la tierra,
        Del fuego y de la nieve,
        De tan lejos caminas
        Hacia nosotros dos,
        Desde el amor terrible
        Que nos ha encadenado,
        Que queremos saber
        Cómo eres, qué nos dices,
        Porque tú sabes más
        Del mundo que te dimos.

        Como una gran tormenta
        Sacudimos nosotros
        El árbol de la vida
        Hasta las más ocultas
        Fibras de las raíces
        Y apareces ahora
        Cantando en el follaje,
        En la más alta rama
        Que contigo alcanzamos.

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      El inconstante

        Los ojos se me fueron
        Tras de una morena que pasó.

        Era de nácar negro,
        Era de uvas moradas,
        Y me azotó la sangre
        Con su cola de fuego.

        Detrás de todas
        Me voy.

        Pasó una clara rubia
        Como una planta de oro
        Balanceando sus dones.
        Y mi boca se fue
        Como con una ola
        Descargando en su pecho
        Relámpagos de sangre.

        Detrás de todas
        Me voy.

        Pero a ti sin moverme,
        Sin verte, tú distante,
        Van mi sangre y mis besos,
        Morena y clara mía,
        Alta y pequeña mía,
        Ancha y delgada mía,
        Mi fea, mi hermosura,
        Hecha de todo el oro,
        Y de toda la plata,
        Hecha de todo el trigo
        Y de toda la tierra,
        Hecha de toda el agua
        De las olas marinas,
        Hecha para mis brazos,
        Hecha para mis besos,
        Hecha para mi alma.

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      El insecto

        De tus caderas a tus pies
        Quiero hacer un largo viaje.

        Soy más pequeño que un insecto.

        Voy por estas colinas,
        Son de color de avena,
        Tienen delgadas huellas
        Que sólo yo conozco,
        Centímetros quemados,
        Pálidas perspectivas.

        Aquí hay una montaña.
        No saldré nunca de ella.
        ¡Oh qué musgo gigante!
        ¡Y un cráter, una rosa
        De fuego humedecido!

        Por las piernas desciendo
        Hilando una espiral
        O durmiendo en el viaje
        Y llego a tus rodillas
        De redonda dureza
        Como a las cimas duras
        De un claro continente.

        Hacia tus pies resbalo,
        A las ocho aberturas,
        De tus dedos agudos,
        Lentos, peninsulares,
        Y de ellos el vacío
        De la sábana blanca
        Caigo, buscando ciego
        Y hambriento tu contorno
        De vasija quemante.

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      El miedo

        Todos me piden que dé saltos,
        Que tonifique y que futbole,
        Que corra, que nade y que vuele.
        Muy bien.

        Todos me aconsejan reposo,
        Todos me destinan doctores,
        Mirándome de cierta manera.
        ¿Qué pasa?

        Todos me aconsejan que viaje,
        Que entre y que salga, que no viaje,
        Que me muera y que no me muera.
        No importa.

        Todos ven las dificultades
        De mis vísceras sorprendidas
        Por radioterribles retratos.
        No estoy de acuerdo.

        Todos pican mi poesía
        Con invencibles tenedores
        Buscando, sin duda, una mosca.
        Tengo miedo.

        Tengo miedo de todo el mundo,
        Del agua fría, de la muerte.
        Soy como todos los mortales,
        Inaplazable.

        Por eso en estos cortos días
        No voy a tomarlos en cuenta,
        Voy a abrirme y voy a encerrarme
        Con mi más pérfido enemigo,
        Pablo Neruda.

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      El monte y el río

        En mi patria hay un monte.
        En mi patria hay un río.

        Ven conmigo.

        La noche al monte sube.
        El hambre baja al río.

        Ven conmigo.

        ¿Quiénes son los que sufren?
        No sé, pero son míos.

        Ven conmigo.

        No sé, pero me llaman
        y me dicen "Sufrimos".

        Ven conmigo.

        Y me dicen: "Tu pueblo,
        Tu pueblo desdichado,
        Entre el monte y el río,

        Con hambre y con dolores,
        No quiere luchar solo,
        Te está esperando, amigo".

        Oh tú, la que yo amo,
        Pequeña, grano rojo
        De trigo,
        Será dura la lucha,
        La vida será dura,
        Pero vendrás conmigo.

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      El olvido

        Todo el amor en una copa
        Ancha como la tierra, todo
        El amor con estrellas y espinas
        Te di, pero anduviste
        Con pies pequeños, con tacones sucios
        Sobre el fuego, apagándolo.

        ¡Ay gran amor, pequeña amada!

        No me detuve en la lucha.
        No dejé de marchar hacia la vida,
        Hacia la paz, hacia el pan para todos,
        Pero te alcé en mis brazos
        Y te clavé a mis besos
        Y te miré como jamás
        Volverán a mirarte ojos humanos.

        ¡Ay gran amor, pequeña amada!

        Entonces no mediste mi estatura,
        Y al hombre que para ti apartó
        La sangre, el trigo, el agua
        Confundiste
        Con el pequeño insecto que te cayó en la falda.

        ¡Ay gran amor, pequeña amada!

        No esperes que te mire en la distancia
        Hacia atrás, permanece
        Con lo que te dejé, pasea
        Con mi fotografía traicionada,
        Yo seguiré marchando,
        Abriendo anchos caminos contra la sombra, haciendo
        Suave la tierra, repartiendo
        La estrella para los que vienen.

        Quédate en el camino.
        Ha llegado la noche para ti.
        Tal vez de madrugada
        Nos veremos de nuevo.

        ¡Ay gran amor, pequeña amada!

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      El padre

        Tierra de sembradura inculta y brava,
        Tierra en que no hay esteros ni caminos,
        Mi vida bajo el sol tiembla y se alarga.

        Padre, tus ojos dulces nada pueden,
        Como nada pudieron las estrellas
        Que me abrasan los ojos y las sienes.

        El mal de amor me encegueció la vista
        Y en la fontana dulce de mi sueño
        Se reflejó otra fuente estremecida.

        Después... Pregunta a Dios por qué me dieron
        Lo que me dieron y por qué después
        Supe una soledad de tierra y cielo.

        Mira, mi juventud fue un brote puro
        Que se quedó sin estallar y pierde
        Su dulzura de sangres y de jugos.

        El sol que cae y cae eternamente
        Se cansó de besarla... Y el otoño.
        Padre, tus ojos dulces nada pueden.

        Escucharé en la noche tus palabras:
        ... Niño, mi niño...
        Y en la noche inmensa
        Seguiré con mis llagas y tus llagas.

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      El pájaro y yo

        Me llamo pájaro Pablo,
        Ave de una sola pluma,
        Volador de sombra clara
        Y de claridad confusa,
        Las alas no se me ven,
        Los oídos me retumban
        Cuando paso entre los árboles
        O debajo de las tumbas
        Cual un funesto paraguas
        O como espada desnuda,
        Estirado como un arco
        O redondo como una uva,
        Vuelo y vuelo sin saber,
        Herido en la noche oscura,
        Quiénes me van a esperar,
        Quiénes no quieren mi canto,
        Quiénes me quieren morir,
        Quiénes no saben que llego
        Y no vendrán a vencerme,
        A sangrarme, a retorcerme
        O a besar mi traje roto
        Por el silbido del viento.

        Por eso vuelvo y me voy,
        Vuelo y no vuelo pero canto:
        Soy el pájaro furioso
        De la tempestad tranquila.

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      El pozo

        A veces te hundes, caes
        En tu agujero de silencio,
        En tu abismo de cólera orgullosa,
        Y apenas puedes
        Volver, aún con jirones
        De lo que hallaste
        En la profundidad de tu existencia.

        Amor mío, ¿qué encuentras
        En tu pozo cerrado?
        ¿Algas, ciénagas, rocas?
        Qué ves con ojos ciegos,
        Rencorosa y herida?

        Mi vida, no hallarás
        En el pozo en que caes
        Lo que yo guardo para ti en la altura:
        Un ramo de jazmines con rocío,
        Un beso más profundo que tu abismo.

        No me temas, no caigas
        En tu rencor de nuevo.
        Sacude la palabra mía que vino a herirte
        Y déjala que vuele por la ventana abierta.
        Ella volverá a herirme
        Sin que tú la dirijas
        Puesto que fue cargada con un instante duro
        Y ese instante será desarmado en mi pecho.

        Sonríeme radiosa
        Si mi boca te hiere.
        No soy un pastor dulce
        Como en los cuentos de hadas,
        Sino un buen leñador que comparte contigo
        Tierra, viento y espinas de los montes.

        Ámame tú, sonríeme,
        Ayúdame a ser bueno.
        No te hieras en mí, que será inútil,
        No me hieras a mí porque te hieres.

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      El sueño

        Andando en las arenas
        Yo decidí dejarte.

        Pisaba un barro oscuro
        Que temblaba,
        Y hundiéndome y saliendo
        Decidí que salieras
        De mí, que me pesabas
        Como piedra cortante,
        Y elaboré tu pérdida
        Paso a paso:
        Cortarte las raíces,
        Soltarte sola al viento.

        Ay, en ese minuto,
        Corazón mío, un sueño
        Con sus alas terribles
        Te cubría.

        Te sentías tragada por el barro,
        Y me llamabas y yo no acudía,
        Te ibas, inmóvil,
        Sin defenderte
        Hasta ahogarte en la boca de arena.

        Después
        Mi decisión se encontró con tu sueño,
        Y desde la ruptura
        Que nos quebraba el alma,
        Surgimos limpios otra vez, desnudos,
        Amándonos
        Sin sueño, sin arena,
        Completos y radiantes,
        Sellados por el fuego.

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      El tigre

        Soy el tigre.
        Te acecho entre las hojas
        Anchas como lingotes
        De mineral mojado.

        El río blanco crece
        Bajo la niebla. Llegas.

        Desnuda te sumerges.
        Espero.

        Entonces en un salto
        De fuego, sangre, dientes,
        De un zarpazo derribo
        Tu pecho, tus caderas.

        Bebo tu sangre, rompo
        Tus miembros uno a uno.

        Y me quedo velando
        Por años en la selva
        Tus huesos, tu ceniza,
        Inmóvil, lejos
        Del odio y de la cólera,
        Desarmado en tu muerte,
        Cruzado por las lianas,
        Inmóvil en la lluvia,
        Centinela implacable
        De mi amor asesino.

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      El toro

        El más antiguo toro cruzó el día,
        Sus patas escarbaban el planeta.
        Siguió, siguió hasta donde vive el mar.
        Llegó a la orilla el más antiguo toro
        A la orilla del tiempo, del océano.
        Cerró los ojos, lo cubrió la hierba.
        Respiró toda la distancia verde.
        Y lo demás lo construyó el silencio.

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      El viento en la isla

        El viento es un caballo:
        Óyelo cómo corre
        Por el mar, por el cielo.

        Quiere llevarme: escucha
        Cómo recorre el mundo
        Para llevarme lejos.

        Escóndeme en tus brazos
        Por esta noche sola,
        Mientras la lluvia rompe
        Contra el mar y la tierra
        Su boca innumerable.

        Escucha cómo el viento
        Me llama galopando
        Para llevarme lejos.

        Con tu frente en mi frente,
        Con tu boca en mi boca,
        Atados nuestros cuerpos
        Al amor que nos quema,
        Deja que el viento pase
        Sin que pueda llevarme.

        Deja que el viento corra
        Coronado de espuma,
        Que me llame y me busque
        Galopando en la sombra,
        Mientras yo, sumergido
        Bajo tus grandes ojos,
        Por esta noche sola
        Descansaré, amor mío.

      Arriba

      En ti la tierra

        Pequeña rosa, rosa pequeña,
        A veces,
        Diminuta y desnuda,
        Parece que en una mano mía cabes,
        Que así voy a cercarte y a llevarte a mi boca,
        Pero de pronto
        Mis pies tocan tus pies y mi boca tus labios,
        Has crecido
        Suben tus hombros como dos colinas,
        Tus pechos se pasean por mi pecho,
        Mi brazo alcanza apenas a rodear la delgada
        Línea de luna nueva que tiene tu cintura:
        En el amor como agua de mar te has desatado:
        Mido apenas los ojos más extensos del cielo
        Y me inclino a tu boca para besar la tierra.

      Arriba

      En vano te buscamos

        No, nadie reunirá tu firme forma,
        Ni resucitará tu arena ardiente,
        No volverá tu boca a abrir su doble pétalo,
        Ni se hinchará en tus senos la blanca vestidura.

        La soledad dispuso sal, silencio, sargazo,
        Y tu silueta fue comida por la arena,
        Se perdió en el espacio tu silvestre cintura,
        Sola, sin el contacto del jinete imperioso
        Que galopó en el fuego hasta la muerte.

      Arriba

      Entierro en el este

        Yo trabajo de noche, rodeado de ciudad,
        De pescadores, de alfareros, de difuntos quemados
        Con azafrán y frutas, envueltos en muselina escarlata:
        Bajo mi balcón esos muertos terribles
        Pasan sonando cadenas y flautas de cobre,
        Estridentes y finas y lúgubres silban
        Entre el color de las pesadas flores envenenadas
        Y el grito de los cenicientos danzarines
        Y el creciente monótono de los tam-tam
        Y el humo de las maderas que arden y huelen.

        Porque una vez doblado el camino, junto al turbio río,
        Sus corazones, detenidos o iniciando un mayor movimiento,
        Rodarán quemados, con la pierna y el pie hechos fuego,
        Y la trémula ceniza caerá sobre el agua,
        Flotará como ramo de flores calcinadas
        O como extinto fuego dejado por tan poderosos viajeros
        Que hicieron arder algo sobre las negras aguas, y devoraron
        Un alimento desaparecido y un licor extremo.

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      Entrada a la madera

        Con mi razón apenas, con mis dedos,
        Con lentas aguas lentas inundadas,
        Caigo al imperio de los nomeolvides,
        A una tenaz atmósfera de luto,
        A una olvidada sala decaída,
        A un racimo de tréboles amargos.

        Caigo en la sombra, en medio
        De destruidas cosas,
        Y miro arañas, y apaciento bosques
        De secretas maderas inconclusas,
        Y ando entre húmedas fibras arrancadas
        Al vivo ser de substancia y silencio.

        Dulce materia, oh rosa de alas secas,
        En mi hundimiento tus pétalos
        Subo con pies pesados de roja fatiga,
        Y en tu catedral dura me arrodillo
        Golpeándome los labios con un ángel.

        Es que soy yo ante tu color de mundo,
        Ante tus pálidas espadas muertas,
        Ante tus corazones reunidos,
        Ante tu silenciosa multitud.

        Soy yo ante tu ola de olores muriendo,
        Envueltos en otoño y resistencia:
        Soy yo emprendiendo un viaje funerario
        Entre sus cicatrices amarillas:

        Soy yo con mis lamentos sin origen,
        Sin alimentos, desvelado, solo,
        Entrando oscurecidos corredores,
        Llegando a tu materia misteriosa.

        Veo moverse tus corrientes secas,
        Veo crecer manos interrumpidas,
        Oigo tus vegetales oceánicos
        Crujir de noche y furia sacudidos,
        Y siento morir hojas hacia adentro,
        Incorporando materiales verdes
        A tu inmovilidad desamparada.

        Poros, vetas, círculos de dulzura,
        Peso, temperatura silenciosa,
        Flechas pegadas a tu alma caída,
        Seres dormidos en tu boca espesa,
        Polvo de dulce pulpa consumida,
        Ceniza llena de apagadas almas,
        Venid a mí, a mi sueño sin medida,
        Caed en mi alcoba en que la noche cae
        Y cae sin cesar como agua rota,
        Y a vuestra vida, a vuestra muerte asidme,
        A vuestros materiales sometidos,
        A vuestras muertas palomas neutrales,
        Y hagamos fuego, y silencio, y sonido,
        Y ardamos, y callemos, y campanas.

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      Epitalamio

        ¿Recuerdas cuando
        En invierno
        Llegamos a la isla?
        El mar hacia nosotros levantaba
        Una copa de frío.
        En las paredes las enredaderas
        Susurraban dejando
        Caer hojas oscuras
        A nuestro paso.
        Tú eras también una pequeña hoja
        Que temblaba en mi pecho.
        El viento de la vida allí te puso.
        En un principio no te vi: no supe
        Que ibas andando conmigo,
        Hasta que tus raíces
        Horadaron mi pecho,
        Se unieron a los hilos de mi sangre,
        Hablaron por mi boca,
        Florecieron conmigo.
        Así fue tu presencia inadvertida,
        Hoja o rama invisible
        Y se pobló de pronto
        Mi corazón de frutos y sonidos.
        Habitaste la casa
        Que te esperaba oscura
        Y encendiste las lámparas entonces.
        Recuerdas, amor mío,
        Nuestros primeros pasos en la isla:
        Las piedras grises nos reconocieron,
        Las rachas de la lluvia,
        Los gritos del viento en la sombra.
        Pero fue el fuego
        Nuestro único amigo,
        Junto a él apretamos
        El dulce amor de invierno
        A cuatro brazos.
        El fuego vio crecer nuestro beso desnudo
        Hasta tocar estrellas escondidas,
        Y vio nacer y morir el dolor
        Como una espada rota
        Contra el amor invencible.
        Recuerdas,
        Oh dormida en mi sombra,
        Cómo de ti crecía
        El sueño,
        De tu pecho desnudo
        Abierto con sus cúpulas gemelas
        Hacia el mar, hacia el viento de la isla
        Y cómo yo en tu sueño navegaba
        Libre, en el mar y en el viento
        Atado y sumergido sin embargo
        Al volumen azul de tu dulzura.
        Oh dulce, dulce mía,
        Cambió la primavera
        Los muros de la isla.
        Apareció una flor como una gota
        De sangre anaranjada,
        Y luego descargaron los colores
        Todo su peso puro.
        El mar reconquistó su transparencia,
        La noche en el cielo
        Destacó sus racimos
        Y ya todas las cosas susurraron
        Nuestro nombre de amor, piedra por piedra
        Dijeron nuestro nombre y nuestro beso.
        La isla de piedra y musgo
        Resonó en el secreto de sus grutas
        Como en tu boca el canto,
        Y la flor que nacía
        Entre los intersticios de la piedra
        Con su secreta sílaba
        Dijo al pasar tu nombre
        De planta abrasadora,
        Y la escarpada roca levantada
        Como el muro del mundo
        Reconoció mi canto, bienamada,
        Y todas las cosas dijeron
        Tu amor, mi amor, amada,
        Porque la tierra, el tiempo, el mar, la isla,
        La vida, la marea,
        El germen que entreabre
        Sus labios en la tierra,
        La flor devoradora,
        El movimiento de la primavera,
        Todo nos reconoce.
        Nuestro amor ha nacido
        Fuera de las paredes,
        En el viento,
        En la noche,
        En la tierra,
        Y por eso la arcilla y la corola,
        El barro y las raíces
        Saben cómo te llamas,
        Y saben que mi boca
        Se juntó con la tuya
        Porque en la tierra nos sembraron juntos
        Sin que sólo nosotros lo supiéramos
        Y que crecemos juntos
        Y florecemos juntos
        Y por eso
        Cuando pasamos,
        Tu nombre está en los pétalos
        De la rosa que crece en la piedra,
        Mi nombre está en las grutas.
        Ellos todo lo saben,
        No tenemos secretos,
        Hemos crecido juntos
        Pero no lo sabíamos.
        El mar conoce nuestro amor, las piedras
        De la altura rocosa
        Saben que nuestros besos florecieron
        Con pureza infinita,
        Como en sus intersticios una boca
        Escarlata amanece:
        Así conocen nuestro amor y el beso
        Que reúnen tu boca y la mía
        En una flor eterna.
        Amor mío,
        La primavera dulce,
        Flor y mar, nos rodean.
        No la cambiamos
        Por nuestro invierno,
        Cuando el viento
        Comenzó a descifrar tu nombre
        Que hoy en todas las horas repite,
        Cuando
        Las hojas no sabían
        Que tú eras una hoja,
        Cuando
        Las raíces
        No sabían que tú me buscabas
        En mi pecho.
        Amor, amor,
        La primavera
        Nos ofrece el cielo,
        Pero la tierra oscura
        Es nuestro nombre,
        Nuestro amor pertenece
        A todo el tiempo y la tierra.
        Amándonos, mi brazo
        Bajo tu cuello de arena,
        Esperaremos
        Cómo cambia la tierra y el tiempo
        En la isla,
        Cómo caen las hojas
        De las enredaderas taciturnas,
        Cómo se va el otoño
        Por la ventana rota.
        Pero nosotros
        Vamos a esperar
        A nuestro amigo,
        A nuestro amigo de ojos rojos,
        El fuego,
        Cuando de nuevo el viento
        Sacuda las fronteras de la isla
        Y desconozca el nombre
        De todos,
        El invierno
        Nos buscará, amor mío,
        Siempre,
        Nos buscará, porque lo conocemos,
        Porque no lo tememos,
        Porque tenemos
        Con nosotros
        El fuego
        Para siempre.
        Tenemos
        La tierra con nosotros
        Para siempre,
        La primavera con nosotros
        Para siempre,
        Y cuando se desprenda
        De las enredaderas
        Una hoja
        Tú sabes, amor mío,
        Qué nombre viene escrito
        En esa hoja,
        Un nombre que es el tuyo y es el mío,
        Nuestro nombre de amor, un solo
        Ser, la flecha
        Que atravesó el invierno,
        El amor invencible,
        El fuego de los días,
        Una hoja
        Que me cayó en el pecho,
        Una hoja del árbol
        De la vida
        Que hizo nido y cantó,
        Que echó raíces,
        Que dio flores y frutos.
        Y así ves, amor mío,
        Cómo marcho
        Por la isla,
        Por el mundo,
        Seguro en medio de la primavera,
        Loco de luz en el frío,
        Andando tranquilo en el fuego,
        Levantando tu peso
        De pétalo en mis brazos,
        Como si nunca hubiera caminado
        Sino contigo, alma mía,
        Como si no supiera caminar
        Sino contigo,
        Como si no supiera cantar
        Sino cuando tú cantas.

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      Estatuto del vino

        Cuando a regiones, cuando a sacrificios
        Manchas moradas como lluvias caen,
        El vino abre las puertas con asombro,
        Y en el refugio de los meses vuela
        Su cuerpo de empapadas alas rojas.

        Sus pies tocan los muros y las tejas
        Con humedad de lenguas anegadas,
        Y sobre el filo del día desnudo
        Sus abejas en gotas van cayendo.

        Yo sé que el vino no huye dando gritos
        A la llegada del invierno,
        Ni se esconde en iglesias tenebrosas
        A buscar fuego en trapos derrumbados,
        Sino que vuela sobre la estación,
        Sobre el invierno que ha llegado ahora
        Con un puñal entre las cejas duras.

        Yo veo vagos sueños,
        Yo reconozco lejos,
        Y miro frente a mí, detrás de los cristales,
        Reuniones de ropas desdichadas.

        A ellas la bala del vino no llega,
        Su amapola eficaz, su rayo rojo
        Mueren ahogados en tristes tejidos,
        Y se derrama por canales solos,
        Por calles húmedas, por ríos sin nombre,
        El vino amargamente sumergido,
        El vino ciego y subterráneo y solo.

        Yo estoy de pie en su espuma y sus raíces,
        Yo lloro en su follaje y en sus muertos,
        Acompañado de sastres caídos
        En medio del invierno deshonrado,
        Yo subo escalas de humedad y sangre
        Tanteando las paredes,
        Y en la congoja del tiempo que llega
        Sobre una piedra me arrodillo y lloro.

        Y hacia túneles acres me encamino
        Vestido de metales transitorios,
        Hacia bodegas solas, hacia sueños,
        Hacia betunes verdes que palpitan,
        Hacia herrerías desinteresadas,
        Hacia sabores de lodo y garganta,
        Hacia imperecederas mariposas.

        Entonces surgen los hombres del vino
        Vestidos de morados cinturones
        Y sombreros de abejas derrotadas,
        Y traen copas llenas de ojos muertos,
        Y terribles espadas de salmuera,
        Y con roncas bocinas se saludan
        Cantando cantos de intención nupcial.

        Me gusta el canto ronco de los hombres del vino,
        Y el ruido de mojadas monedas en la mesa,
        Y el olor de zapatos y de uvas
        Y de vómitos verdes:
        Me gusta el canto ciego de los hombres,
        Y ese sonido de sal que golpea
        Las paredes del alba moribunda.

        Hablo de cosas que existen, ¡Dios me libre
        De inventar cosas cuando estoy cantando!
        Hablo de la saliva derramada en los muros,
        Hablo de lentas medias de ramera,
        Hablo del coro de los hombres del vino
        Golpeando el ataúd con un hueso de pájaro.

        Estoy en medio de ese canto, en medio
        Del invierno que rueda por las calles,
        Estoy en medio de los bebedores,
        Con los ojos abiertos hacia olvidados sitios,
        O recordando en delirante luto,
        O durmiendo en cenizas derribado.

        Recordando noches, navíos, sementeras,
        Amigos fallecidos, circunstancias,
        Amargos hospitales y niñas entreabiertas:
        Recordando un golpe de ola en cierta roca
        Con un adorno de harina y espuma,
        Y la vida que hace uno en ciertos países,
        En ciertas costas solas,
        Un sonido de estrellas en las palmeras,
        Un golpe del corazón en los vidrios,
        Un tren que cruza oscuro de ruedas malditas
        Y muchas cosas tristes de esta especie.

        A la humedad del vino, en las mañanas,
        En las paredes a menudo mordidas por los días de invierno
        Que caen en bodegas sin duda solitarias,
        A esa virtud del vino llegan luchas,
        Y cansados metales y sordas dentaduras,
        Y hay un tumulto de objeciones rotas,
        Hay un furioso llanto de botellas,
        Y un crimen, como un látigo caído.

        El vino clava sus espinas negras,
        Y sus erizos lúgubres pasea,
        Entre puñales, entre mediasnoches,
        Entre roncas gargantas arrastradas,
        Entre cigarros y torcidos pelos,
        Y como ola de mar su voz aumenta
        Aullando llanto y manos de cadáver.

        Y entonces corre el vino perseguido
        Y sus tenaces odres se destrozan
        Contra las herraduras, y va el vino en silencio,
        Y sus toneles, en heridos buques en donde el aire muerde
        Rostros, tripulaciones de silencio,
        Y el vino huye por las carreteras,
        Por las iglesias, entre los carbones,
        Y se caen sus plumas de amaranto,
        Y se disfraza de azufre su boca,
        Y el vino ardiendo entre calles usadas,
        Buscando pozos, túneles, hormigas,
        Bocas de tristes muertos,
        Por donde ir al azul de la tierra
        En donde se confunden la lluvia y los ausentes.

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      Era mi corazón un ala viva y turbia

        Era mi corazón un ala viva y turbia...
        Un ala pavorosa llena de luz y anhelo.
        Era la primavera sobre los campos verdes.
        Azul era la altura y era esmeralda el suelo.

        Ella -la que me amaba- se murió en primavera.
        Recuerdo aún sus ojos de paloma en desvelo.
        Ella -la que me amaba- cerro sus ojos... tarde.
        Tarde de campo, azul. Tarde de alas y vuelos.
        Ella -la que me amaba- se murió en primavera...
        Y se llevó la primavera al cielo.

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      Eres toda de espumas

        Eres toda de espumas delgadas y ligeras
        Y te cruzan los besos y te riegan los días.
        Mi gesto, mi ansiedad cuelgan de tu mirada.
        Vaso de resonancias y de estrellas cautivas.
        Estoy cansado, todas las hojas caen, mueren.
        Caen, mueren los pájaros. Caen, mueren las vidas.

        Cansado, estoy cansado. Ven, anhélame, víbrame.
        ¡Oh, mi pobre ilusión, mi guirnalda encendida!
        El ansia cae, muere. Cae, muere el deseo.
        Caen, mueren las llamas en la noche infinita.

        Fogonazo de luces, paloma de gredas rubias,
        Líbrame de esta noche que acosa y aniquila.

        Sumérgeme en tu nido de vértigo y caricia.
        Anhélame, retiéneme.
        La embriaguez a la sombra florida de tus ojos,
        Las caídas, los triunfos, los saltos de la fiebre.
        Ámame, ámame, ámame.
        De pie te grito, ¡quiéreme!
        Rompo mi voz gritándote y hago horarios de fuego
        En la noche preñada de estrellas y lebreles.
        Rompo mi voz y grito. Mujer, ámame, anhélame.
        Mi voz arde en los vientos, mi voz que cae y muere.

        Cansado. Estoy cansado. Huye. Aléjate. Extínguete.
        No aprisiones mi estéril cabeza entre tus manos.
        Que me crucen la frente los látigos del hielo.
        Que mi inquietud se azote con los vientos atlánticos.
        Huye, aléjate. Extínguete. Mi alma debe estar sola.
        Debe crucificarse, hacerse astillas, rodar,
        Verterse, contaminarse sola,
        Abierta a la marea de los llantos,
        Ardiendo en el ciclón de las furias,
        Erguida entre los cerros y los pájaros,
        Aniquilarse, exterminarse sola,
        Abandonada y única como un faro de espanto.

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      Fantasma

        Cómo surges de antaño, llegando,
        Encandilada, pálida estudiante,
        A cuya voz aún piden consuelo
        Los meses dilatados y fijos.

        Sus ojos luchaban como remeros
        En el infinito muerto
        Con esperanza de sueño y materia
        De seres saliendo del mar.

        De la lejanía en donde
        El olor de la tierra es otro
        Y lo vespertino llega llorando
        En forma de oscuras amapolas.

        En la altura de los días inmóviles
        El insensible joven diurno
        En tu rayo de luz se dormía
        Afirmado como en una espada.

        Mientras tanto crece a la sombra
        Del largo transcurso en olvido
        La flor de la soledad, húmeda, extensa,
        Como la tierra en un largo invierno.

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      Farewell

        Desde el fondo de ti, y arrodillado,
        Un niño triste, como yo, nos mira.
        Por esa vida que arderá en sus venas
        Tendrían que amarrarse nuestras vidas.
        Por esas manos, hijas de tus manos,
        Tendrían que matar las manos mías.
        Por sus ojos abiertos en la tierra
        Veré en los tuyos lágrimas un día.

        Yo no lo quiero, amada.
        Para que nada nos amarre
        Que no nos una nada.
        Ni la palabra que asomó tu boca,
        Ni lo que no dijeron las palabras.
        Ni la fiesta de amor que no tuvimos,
        Ni tus sollozos junto a la ventana.

        Amo el amor de los marineros
        Que besan y se van.
        Dejan una promesa.
        No vuelven nunca más.
        En cada puerto una mujer espera:
        Los marineros besan y se van.
        Una noche se acuestan con la muerte
        En el lecho del mar.

        Amo el amor que se reparte
        En besos, lecho y pan.
        Amor que puede ser eterno
        Y puede ser fugaz.
        Amor que quiere libertarse
        Para volver a amar.
        Amor divinizado que se acerca
        Amor divinizado que se va.

        Ya no se encantarán mis ojos en tus ojos,
        Ya no se endulzará junto a ti mi dolor.
        Pero hacia donde vaya llevaré tu mirada
        Y hacia donde camines llevarás mi dolor.
        Fui tuyo, fuiste mía. ¿Qué más? Juntos hicimos
        Un recodo en la ruta donde el amor pasó.
        Fui tuyo, fuiste mía. Tú serás del que te ame,
        Del que corte en tu huerto lo que he sembrado yo.
        Yo me voy. Estoy triste: pero siempre estoy triste.
        Vengo desde tus brazos. No sé hacia dónde voy.
        Desde tu corazón me dice adiós un niño.
        Y yo le digo adiós.

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      Galope muerto

        Como cenizas, como mares poblándose,
        En la sumergida lentitud, en lo informe,
        O como se oyen desde el alto de los caminos
        Cruzar las campanadas en cruz,
        Teniendo ese sonido ya aparte del metal,
        Confuso, pesando, haciéndose polvo
        En el mismo molino de las formas demasiado lejos,
        O recordadas o no vistas,
        Y el perfume de las ciruelas que rodando a tierra
        Se pudren en el tiempo, infinitamente verdes.

        Aquello todo tan rápido, tan viviente,
        Inmóvil sin embargo, como la polea loca en sí misma,
        Esas ruedas de los motores, en fin.
        Existiendo como las puntadas secas en las costuras del árbol,
        Callado, por alrededor, de tal modo,
        Mezclando todos los limbos sus colas.
        Es que de dónde, por dónde, en qué orilla?
        El rodeo constante, incierto, tan mudo,
        Como las lilas alrededor del convento,
        O la llegada de la muerte a la lengua del buey
        Que cae a tumbos, guardabajo y cuyos cuernos quieren sonar.

        Por eso, en lo inmóvil, deteniéndose, percibir,
        Entonces, como aleteo inmenso, encima,
        Como abejas muertas o números,
        Ay, lo que mi corazón pálido no puede abarcar,
        En multitudes, en lágrimas saliendo apenas,
        Y esfuerzos humanos, tormentas,
        Acciones negras descubiertas de repente
        Como hielos, desorden vasto,
        Oceánico, para mí que entro cantando
        Como con una espada entre indefensos.

        Ahora bien, ¿de qué está hecho ese surgir de palomas
        Que hay entre la noche y el tiempo, como una barranca húmeda?
        Ese sonido ya tan largo
        Que cae listando de piedras los caminos,
        Más bien, cuando sólo una hora
        Crece de improviso, extendiéndose sin tregua.

        Adentro del anillo del verano
        Una vez los grandes zapallos escuchan,
        Estirando sus plantas conmovedoras,
        De eso, de lo que solicitándose mucho,
        De lo lleno, obscuros de pesadas gotas.

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      Grita

        Amor, llegado que hayas a mi fuente lejana,
        Cuida de no morderme con tu voz de ilusión:
        Que mi dolor oscuro no se muera en tus alas,
        Que en tu garganta de oro no se ahogue mi voz.

        Amor —llegado que hayas
        A mi fuente lejana,
        Sé turbión que desuella,
        Sé rompiente que clava.

        Amor, deshace el ritmo
        De mis aguas tranquilas:
        Sabe ser el dolor que retiembla y que sufre,
        Sábeme ser la angustia que se retuerce y grita.

        No me des el olvido.
        No me des la ilusión.
        Porque todas las hojas que a la tierra han caído
        Me tienen amarillo de oro el corazón.

        Amor —llegado que hayas
        A mi fuente lejana,
        Tuérceme las vertientes,
        Críspame las entrañas.

        Y así una tarde —amor de manos crueles—,
        Arrodillado, te daré las gracias.

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      Hogueras

        Hogueras pálidas revolviéndose al borde de las noches
        Corren humos difuntos polvaredas invisibles

        Fraguas negras durmiendo detrás de los cerros anochecidos
        La tristeza del hombre tirada entre los brazos del sueño

        Ciudad desde los cerros en la noche los segadores duermen
        Debatida a las últimas hogueras
        Pero estás allí pegada a tu horizonte
        Como una lancha al muelle lista para zarpar lo creo
        Antes del alba

        Árbol de estertor candelabro de llamas viejas
        Distante incendio mi corazón está triste

        Sólo una estrella inmóvil su fósforo azul
        Los movimientos de la noche aturden hacia el cielo.

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      Jardín de invierno

        Llega el invierno. Espléndido dictado
        Me dan las lentas hojas
        Vestidas de silencio y amarillo.

        Soy un libro de nieve,
        Una espaciosa mano, una pradera,
        Un círculo que espera,
        Pertenezco a la tierra y a su invierno.

        Creció el rumor del mundo en el follaje,
        Ardió después el trigo constelado
        Por flores rojas como quemaduras,
        Luego llegó el otoño a establecer
        La escritura del vino:
        Todo pasó, fue cielo pasajero
        La copa del estío,
        Y se apagó la nube navegante.

        Yo esperé en el balcón tan enlutado,
        Como ayer con las yedras de mi infancia,
        Que la tierra extendiera
        Sus alas en mi amor deshabitado.

        Yo supe que la rosa caería
        Y el hueso del durazno transitorio
        Volvería a dormir y a germinar:
        Y me embriagué con la copa del aire
        Hasta que todo el mar se hizo nocturno
        Y el arrebol se convirtió en ceniza.

        La tierra vive ahora
        Tranquilizando su interrogatorio,
        Extendida la piel de su silencio.

        Yo vuelvo a ser ahora
        El taciturno que llegó de lejos
        Envuelto en lluvia fría y en campanas:
        Debo a la muerte pura de la tierra
        La voluntad de mis germinaciones.

      Arriba

      Juntos nosotros

        Qué pura eres de sol o de noche caída,
        Qué triunfal desmedida tu órbita de blanco,
        Y tu pecho de pan, alto de clima,
        Tu corona de árboles negros, bien amada,
        Y tu nariz de animal solitario, de oveja salvaje
        Que huele a sombra y a precipitada fuga tiránica.
        Ahora, qué armas espléndidas mis manos,
        Digna su pala de hueso y su lirio de uñas.
        Y el puesto de mi rostro, y el arriendo de mi alma
        Están situados en lo justo de la fuerza terrestre.

        Qué pura mi mirada de nocturna influencia,
        Caída de ojos oscuros y feroz acicate,
        Mi simétrica estatua de piernas gemelas
        Sube hacia estrellas húmedas cada mañana,
        Y mi boca de exilio muerde la carne y la uva,
        Mis brazos de varón, mi pecho tatuado
        En que penetra el vello como ala de estaño,
        Mi cara blanca hecha para la profundidad del sol,
        Mi pelo hecho de ritos, de minerales negros,
        Mi frente, penetrante como golpe o camino,
        Mi piel de hijo maduro, destinado al arado,
        Mis ojos de sal ávida, de matrimonio rápido,
        Mi lengua amiga blanda del dique y del buque,
        Mis dientes de horario blanco, de equidad sistemática,
        La piel que hace a mi frente un vacío de hielos
        Y en mi espalda se torna, y vuela en mis párpados,
        Y se repliega sobre mi más profundo estímulo,
        Y crece hacia las rosas en mis dedos,
        En mi mentón de hueso y en mis pies de riqueza.

        Y tú como un mes de estrellas, como un beso fijo,
        Como estructura de ala, o comienzos de otoño,
        Niña, mi partidaria, mi amorosa,
        La luz hace su lecho bajo tus grandes párpados,
        Dorados como bueyes, y la paloma redonda
        Hace sus nidos blancos frecuentemente en ti.
        Hecha de ola en lingotes y tenazas blancas,
        Tu salud de manzana furiosa se estira sin límite,
        El tonel temblador en que escucha tu estómago,
        Tus manos hijas de la harina y del cielo.

        Qué parecida eres al más largo beso,
        Su sacudida fija parece nutrirte,
        Y su empuje de brasa, de bandera revuelta,
        Va latiendo en tus dominios y subiendo temblando,
        Y entonces tu cabeza se adelgaza en cabellos,
        Y su forma guerrera, su círculo seco,
        Se desploma de súbito en hilos lineales
        Como filos de espadas o herencias de humo.

      Arriba

      La bandera

        Levántate conmigo.

        Nadie quisiera
        Como yo quedarse
        Sobre la almohada en que tus párpados
        Quieren cerrar el mundo para mí.
        Allí también quisiera
        Dejar dormir mi sangre
        Rodeando tu dulzura.

        Pero levántate,
        Tú, levántate,
        Pero conmigo levántate
        Y salgamos reunidos
        A luchar cuerpo a cuerpo
        Contra las telarañas del malvado,
        Contra el sistema que reparte el hambre,
        Contra la organización de la miseria.

        Vamos,
        Y tú, mi estrella, junto a mí,
        Recién nacida de mi propia arcilla,
        Ya habrás hallado el manantial que ocultas
        Y en medio del fuego estarás
        Junto a mí,
        Con tus ojos bravíos,
        Alzando mi bandera.

      Arriba

      La carta en el camino

        Adiós, pero conmigo
        Serás, irás adentro
        De una gota de sangre que circule en mis venas
        O fuera, beso que me abrasa el rostro
        O cinturón de fuego en mi cintura.
        Dulce mía, recibe
        El gran amor que salió de mi vida
        Y que en ti no encontraba territorio
        Como el explorador perdido
        En las islas del pan y de la miel.
        Yo te encontré después
        De la tormenta,
        La lluvia lavó el aire
        Y en el agua
        Tus dulces pies brillaron como peces.

        Adorada, me voy a mis combates.

        Arañaré la tierra para hacerte
        Una cueva y allí tu Capitán
        Te esperará con flores en el lecho.
        No pienses más, mi dulce,
        En el tormento
        Que pasó entre nosotros
        Como un rayo de fósforo
        Dejándonos tal vez su quemadura.
        La paz llegó también porque regreso
        A luchar a mi tierra,
        Y como tengo el corazón completo
        Con la parte de sangre que me diste
        Para siempre,
        Y como
        Llevo
        Las manos llenas de tu ser desnudo,
        Mírame,
        Mírame,
        Mírame por el mar, que voy radiante,
        Mírame por la noche que navego,
        Y mar y noche son los ojos tuyos.
        No he salido de ti cuando me alejo.
        Ahora voy a contarte:
        Mi tierra será tuya,
        Yo voy a conquistarla,
        No sólo para dártela,
        Sino que para todos,
        Para todo mi pueblo.
        Saldrá el ladrón de su torre algún día.
        Y el invasor será expulsado.
        Todos los frutos de la vida
        Crecerán en mis manos
        Acostumbradas antes a la pólvora.
        Y sabré acariciar las nuevas flores
        Porque tú me enseñaste la ternura.
        Dulce mía, adorada,
        Vendrán conmigo a luchar cuerpo a cuerpo
        Porque en mi corazón viven tus besos
        Como banderas rojas,
        Y si caigo, no sólo
        Me cubrirá la tierra
        Sino este gran amor que me trajiste
        Y que vivió circulando en mi sangre.
        Vendrás conmigo,
        En esa hora te espero,
        En esa hora y en todas las horas,
        En todas las horas te espero.
        Y cuando venga la tristeza que odio
        A golpear a tu puerta,
        Dile que yo te espero
        Y cuando la soledad quiera que cambies
        La sortija en que está mi nombre escrito,
        Dile a la soledad que hable conmigo,
        Que yo debí marcharme
        Porque soy un soldado,
        Y que allí donde estoy,
        Bajo la lluvia o bajo
        El fuego,
        Amor mío, te espero,
        Te espero en el desierto más duro
        Y junto al limonero florecido:
        En todas partes donde esté la vida,
        Donde la primavera está naciendo,
        Amor mío, te espero.
        Cuando te digan "Ese hombre
        No te quiere", recuerda
        Que mis pies están solos en esa noche, y buscan
        Los dulces y pequeños pies que adoro.
        Amor, cuando te digan
        Que te olvidé, y aun cuando
        Sea yo quien lo dice,
        Cuando yo te lo diga,
        No me creas,
        ¿Quién y cómo podrían
        Cortarte de mi pecho
        Y quién recibiría
        Mi sangre
        Cuando hacia ti me fuera desangrando?
        Pero tampoco puedo
        Olvidar a mi pueblo.
        Voy a luchar en cada calle,
        Detrás de cada piedra.
        Tu amor también me ayuda:
        Es una flor cerrada
        Que cada vez me llena con su aroma
        Y que se abre de pronto
        Dentro de mí como una gran estrella.

        Amor mío, es de noche.

        El agua negra, el mundo
        Dormido, me rodean.
        Vendrá luego la aurora,
        Y yo mientras tanto te escribo
        Para decirte: "Te amo".
        Para decirte "Te amo", cuida,
        Limpia, levanta,
        Defiende
        Nuestro amor, alma mía.
        Yo te lo dejo como si dejara
        Un puñado de tierra con semillas.
        De nuestro amor nacerán vidas.
        En nuestro amor beberán agua.
        Tal vez llegará un día
        En que un hombre
        Y una mujer, iguales
        A nosotros,
        Tocarán este amor, y aún tendrá fuerza
        Para quemar las manos que lo toquen.
        ¿Quiénes fuimos? ¿Qué importa?
        Tocarán este fuego
        Y el fuego, dulce mía, dirá tu simple nombre
        Y el mío, el nombre
        Que tú sola supiste porque tú sola
        Sobre la tierra sabes
        Quién soy, y porque nadie me conoció como una,
        Como una sola de tus manos,
        Porque nadie
        Supo cómo, ni cuándo
        Mi corazón estuvo ardiendo:
        Tan sólo
        Tus grandes ojos pardos lo supieron,
        Tu ancha boca,
        Tu piel, tus pechos,
        Tu vientre, tus entrañas
        Y el alma tuya que yo desperté
        Para que se quedara
        Cantando hasta el fin de la vida.

        Amor, te espero.

        Adiós, amor, te espero.

        Amor, amor, te espero.

        Y así esta carta se termina
        Sin ninguna tristeza:
        Están firmes mis pies sobre la tierra,
        Mi mano escribe esta carta en el camino,
        Y en medio de la vida estaré
        Siempre
        Junto al amigo, frente al enemigo,
        Con tu nombre en la boca
        Y un beso que jamás
        Se apartó de la tuya.

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      La estudiante

        Oh tú, más dulce, más interminable
        Que la dulzura, carnal enamorada
        Entre las sombras: de otros días
        Surges llenando de pesado polen
        Tu copa, en la delicia.
        Desde la noche llena
        De ultrajes, noche como el vino
        Desbocado, noche de oxidada púrpura
        A ti caí como una torre herida,
        Y entre las pobres sábanas tu estrella
        Palpitó contra mí quemando el cielo.
        Oh redes del jazmín, oh fuego físico
        Alimentado en esta nueva sombra,
        Tinieblas que tocamos apretando
        La cintura central, golpeando el tiempo
        Con sanguinarias ráfagas de espigas.
        Amor sin nada más, en el vacío
        De una burbuja, amor con calles muertas,
        Amor, cuando murió toda la vida
        Y nos dejó encendiendo los rincones.
        Mordí mujer, me hundí desvaneciéndome
        Desde mi fuerza, atesoré racimos,
        Y salí a caminar de beso en beso,
        Atado a las caricias, amarrado
        A esta gruta de fría cabellera,
        A estas piernas por labios recorridas:
        Hambriento entre los labios de la tierra,
        Devorando con labios devorados.

      Arriba

      La infinita

        ¿Ves estas manos? Han medido
        La tierra, han separado
        Los minerales y los cereales,
        Han hecho la paz y la guerra,
        Han derribado las distancias
        De todos los mares y ríos,
        Y sin embargo
        Cuanto te recorren
        A ti, pequeña,
        Grano de trigo, alondra,
        No alcanzan a abarcarte,
        Se cansan alcanzando
        Las palomas gemelas
        Que reposan o vuelan en tu pecho,
        Recorren las distancias de tus piernas,
        Se enrollan en la luz de tu cintura.
        Para mí eres tesoro más cargado
        De inmensidad que el mar y su racimos
        Y eres blanca y azul y extensa como
        La tierra en la vendimia.
        En ese territorio,
        De tus pies a tu frente,
        Andando, andando, andando,
        Me pasaré la vida.

      Arriba

      La jiribilla

        América, no invoco tu nombre en vano.
        Cuando sujeto al corazón la espada,
        Cuando aguanto en el alma la gotera,
        Cuando por las ventanas
        Un nuevo día tuyo me penetra,
        Soy y estoy en la luz que me produce,
        Vivo en la sombra que me determina,
        Duermo y despierto en tu esencial aurora:
        Dulce como las uvas, y terrible,
        Conductor del azúcar y el castigo,
        Empapado en esperma de tu especie,
        Amamantado en sangre de tu herencia.

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      La noche en la isla

        Toda la noche he dormido contigo
        Junto al mar, en la isla.
        Salvaje y dulce eras entre el placer y el sueño,
        Entre el fuego y el agua.

        Tal vez muy tarde
        Nuestros sueños se unieron
        En lo alto o en el fondo,
        Arriba como ramas que un mismo viento mueve,
        Abajo como rojas raíces que se tocan.

        Tal vez tu sueño
        Se separó del mío
        Y por el mar oscuro
        Me buscaba como antes
        Cuando aún no existías,
        Cuando sin divisarte
        Navegué por tu lado,
        Y tus ojos buscaban
        Lo que ahora
        -Pan, vino, amor y cólera-
        Te doy a manos llenas
        Porque tú eres la copa
        Que esperaba los dones de mi vida.

        He dormido contigo
        Toda la noche mientras
        La oscura tierra gira
        Con vivos y con muertos,
        Y al despertar de pronto
        En medio de la sombra
        Mi brazo rodeaba tu cintura.
        Ni la noche, ni el sueño
        Pudieron separarnos.

        He dormido contigo
        Y al despertar tu boca
        Salida de tu sueño
        Me dio el sabor de tierra,
        De agua marina, de algas,
        Del fondo de tu vida,
        Y recibí tu beso
        Mojado por la aurora
        Como si me llegara
        Del mar que nos rodea.

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      La pobreza

        Ay no quieres,
        Te asusta
        La pobreza,

        No quieres
        Ir con zapatos rotos al mercado
        Y volver con el viejo vestido.

        Amor, no amamos,
        Como quieren los ricos,
        La miseria. Nosotros
        La extirparemos como diente maligno
        Que hasta ahora ha mordido el corazón del hombre.

        Pero no quiero
        Que la temas.
        Si llega por mi culpa a tu morada,
        Si la pobreza expulsa
        Tus zapatos dorados,
        Que no expulse tu risa que es el pan de mi vida.
        Si no puedes pagar el alquiler
        Sal al trabajo con paso orgulloso,
        Y piensa, amor, que yo te estoy mirando
        Y somos juntos la mayor riqueza
        Que jamás se reunió sobre la tierra.

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      La poesía

        Y fue a esa edad... Llegó la poesía a buscarme.
        No sé, no sé de dónde salió,
        De invierno o río.
        No sé cómo ni cuándo,
        No, no eran voces, no eran palabras, ni silencio,
        Pero desde una calle me llamaba,
        Desde las ramas de la noche,
        De pronto entre los otros,
        Entre fuegos violentos
        O regresando solo,
        Allí estaba sin rostro
        Y me tocaba.

        Yo no sabía qué decir, mi boca no sabía nombrar,
        Mis ojos eran ciegos,
        Y algo golpeaba en mi alma,
        Fiebre o alas perdidas,
        Y me fui haciendo solo,
        Descifrando aquella quemadura,
        Y escribí la primera línea vaga,
        Vaga, sin cuerpo, pura tontería,
        Pura sabiduría
        Del que no sabe nada,
        Y vi de pronto el cielo desgranado
        Y abierto, planetas,
        Plantaciones palpitantes,
        La sombra perforada,
        Acribillada por flechas, fuego y flores,
        La noche arrolladora, el universo.

        Y yo, mínimo ser,
        Ebrio del gran vacío constelado,
        A semejanza, a imagen del misterio,
        Me sentí parte pura del abismo,
        Rodé con las estrellas,
        Mi corazón se desató en el viento.

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      La pregunta

        Amor, una pregunta
        Te ha destrozado.

        Yo he regresado a ti
        Desde la incertidumbre con espinas.

        Te quiero recta como
        La espada o el camino.

        Pero te empeñas
        En guardar un recodo
        De sombra que no quiero.

        Amor mío,
        Compréndeme,
        Te quiero toda,
        De ojos a pies, a uñas,
        Por dentro,
        Toda la claridad, la que guardabas.

        Soy yo, amor mío,
        Quien golpea tu puerta.
        No es el fantasma, no es
        El que antes se detuvo
        En tu ventana.
        Yo echo la puerta abajo:
        Yo entro en toda tu vida:
        Vengo a vivir en tu alma:
        Tú no puedes conmigo.

        Tienes que abrir puerta a puerta,
        Tienes que obedecerme,
        Tienes que abrir los ojos
        Para que busque en ellos,
        Tienes que ver cómo ando
        Con pasos pesados
        Por todos los caminos
        Que, ciegos, me esperaban.

        No me temas,
        Soy tuyo,
        Pero
        No soy el pasajero ni el mendigo,
        Soy tu dueño,
        El que tú esperabas,
        Y ahora entro
        En tu vida,
        Para no salir más,
        Amor, amor, amor,
        Para quedarme.

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      La pródiga

        Yo te escogí entre todas las mujeres
        Para que repitieras
        Sobre la tierra
        Mi corazón que baila con espigas
        O lucha sin cuartel cuando hace falta.

        Yo te pregunto, ¿dónde está mi hijo?

        No me esperaba en ti, reconociéndome,
        Y diciéndome: "Llámame para salir sobre la tierra
        A continuar tus luchas y tus cantos".

        ¡Devuélveme a mi hijo!

        Lo has olvidado en las puertas
        Del placer, oh pródiga
        Enemiga,
        ¿Has olvidado que viniste a esta cita,
        La más profunda, aquella
        En que los dos, unidos, seguiremos hablando
        Por tu boca, amor mío,
        Ay todo aquello
        Que no alcanzamos a decirnos?

        Cuando yo te levanto en una ola
        De fuego y sangre, y se duplica
        La vida entre nosotros,
        Acuérdate
        Que alguien nos llama
        Como nadie jamás nos ha llamado,
        Y que no respondemos
        Y nos quedamos solos y cobardes
        Ante la vida que negamos.

        Pródiga,
        ¡Abre las puertas,
        Y que en tu corazón
        El nudo ciego
        Se desenlace y vuele
        Con tu sangre y la mía
        Por el mundo!

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      La rama robada

        En la noche entraremos
        A robar
        Una rama florida.

        Pasaremos el muro,
        En las tinieblas del jardín ajeno,
        Dos sombras en la sombra.

        Aún no se fue el invierno,
        Y el manzano aparece
        Convertido de pronto
        En cascada de estrellas olorosas.
        En la noche entraremos
        Hasta su tembloroso firmamento,
        Y tus pequeñas manos y las mías
        Robarán las estrellas.

        Y sigilosamente,
        A nuestra casa,
        En la noche y en la sombra,
        Entrará con tus pasos
        El silencioso paso del perfume
        Y con pies estrellados
        El cuerpo claro de la primavera.

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      La reina

        Yo te he nombrado reina.
        Hay más altas que tú, más altas.
        Hay más puras que tú, más puras.
        Hay más bellas que tú, hay más bellas.
        Pero tú eres la reina.
        Cuando vas por las calles
        Nadie te reconoce.
        Nadie ve tu corona de cristal, nadie mira
        La alfombra de oro rojo
        Que pisas donde pasas,
        La alfombra que no existe.

        Y cuando asomas
        Suenan todos los ríos
        En mi cuerpo, sacuden
        El cielo las campanas,
        Y un himno llena el mundo.

        Sólo tú y yo,
        Sólo tú y yo, amor mío,
        Lo escuchamos.

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           Blanco, Andrés Eloy
           Bonnet, Piedad
           Borges, Jorge Luis
           Bosquet, Alain
           Bridges, Robert
           Browning, Robert
           Buesa, José Ángel
           Bukowski, Charles
           Camín, Alfonso
           Campoamor, Ramón de
           Castellanos, Rosario
           Celaya, Gabriel
           Cernuda, Luis
           Cuesta, Jorge
           Darío, Rubén
           De Burgos, Julia
           De la Cruz, Sor Juana Inés
           Debravo, Jorge
           Delmar, Meira
           Díaz Mirón, Salvador
           Dickinson, Emily
           Donne, John
           Douglas, Keith
           Eguren, José María
           Espronceda, José de
           Ferrer, Marcelo D.
           Flores, Manuel
           Flórez, Julio
           Frost, Robert
           Gala, Antonio
           García Lorca, Federico
           Gelman, Juan
           Girondo, Oliverio
           Gómez Jattin, Raúl
           Gómez de Avellaneda, Gertrudis
           González, Ángel
           González Martínez, Enrique
           Guillén, Nicolás
           Gutiérrez Nájera, Manuel
           Hernández, Miguel
           Hesse, Hermann
           Hierro, José
           Hugo, Víctor
           Huidobro, Vicente
           Ibarbourou, Juana de
           Isaacs, Jorge
           Jiménez, Juan Ramón
           Joyce, James
           Keats, John
           Larkin, Philip
           Leopardi, Giacomo
           Lord Byron, George Gordon
           Lowell, Amy
           Loynaz, Dulce María
           Machado, Antonio
           Marchena, Julián
           Martí, José
           Milton, John
           Mistral, Gabriela
           Mitre, Eduardo
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           Owen, Gilberto
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           Parra, Nicanor
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           Poe, Edgar Allan
           Pombo, Rafael
           Raine, Kathleen
           Rébora, Marilina
           Reyes Ochoa, Alfonso
           Rimbaud, Arthur
           Rojas, Gonzalo
           Rojas, Jorge
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           Vallejo, César
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