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    Información biográfica

  1. A mi mujer
  2. Amor intellectualis
  3. Balada de la cárcel de Reading I
  4. Bajo el balcón
  5. El cuarto movimiento. Apología
  6. El cuarto movimiento. Le Réveillon
  7. En el salón dorado: una armonía
  8. ¡Hélas!
  9. Fabien dei Franchi
  10. Flor de amor
  11. Impression de voyage
  12. La fuga de la luna
  13. La tumba de Keats
  14. La tumba de Shelley
  15. Las siluetas
  16. Phedre
  17. Portia
  18. Requiescat
  19. Taedium vital




    Información biográfica

      Nombre: Oscar Fingal O'Flahertie Wills Wilde
      Lugar y fecha nacimiento: Dublín (Irlanda), 16 de octubre de 1854
      Lugar y fecha defunción: París (Francia), 30 de noviembre de 1900 (46 años)

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      A mi mujer

        Con una copia de mis poemas.

        No puedo escribir majestuoso proemio
        Como preludio a mi canción,
        De poeta a poema,
        Me atrevería a decir.
        Pues si de estos pétalos caídos
        Uno te pareciera bello,
        Irá el amor por el aire
        Hasta detenerse en tu cabello.
        Y cuando el viento e invierno endurezcan
        Toda la tierra sin amor,
        Dirá un susurro algo del jardín
        Y tú lo entenderás.

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      Amor intellectualis

        A menudo pisamos los valles de Castalia
        Y de antiguas cañas oímos la música silvana,
        Ignorada del común de las gentes;
        E hicimos nuestra barca a la mar
        Que Musas tienen por imperio suyo,
        Y aramos libres surcos por ola y por espuma,
        Y hacia lar más seguro no izamos reacias velas
        Hasta bien rebosar nuestro navío.
        De tales despojados tesoros algo queda:
        La pasión de Sordello y el verso de miel
        Del joven Endimión; altivo Tamerlán
        Portando sus jades tan cuidados, y, más aún,
        Las siete visiones del Florentino.
        Y del Milton severo, solemnes armonías.

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      Balada de la cárcel de Reading I

        Ya no vestía su casaca escarlata,
        Porque rojos son la sangre y el vino
        Y sangre y vino había en sus manos
        Cuando lo sorprendieron con la muerta,
        La pobre muerta a la que había amado
        Y a la que asesinó en su lecho.

        Entre los reos caminaba
        Con un mísero uniforme gris
        Y una gorrilla en la cabeza;
        Parecía andar ligero y alegre,
        Pero nunca vi un hombre que mirara
        Con tanta avidez la luz del día.

        Nunca vi un hombre que mirara
        Con ojos tan ávidos
        Ese pequeño toldo azul
        Al que los presos llaman cielo
        Y cada nube que pasaba
        Con sus velas de plata.

        Yo, con otras almas en pena,
        Caminaba en otro corro
        Y me preguntaba si aquel hombre habría hecho
        Algo grande o algo pequeño,
        Cuando una voz susurró a mis espaldas:
        "¡A ese tipo lo van a colgar!"

        ¡Santo Cristo! Hasta los muros de la cárcel
        De pronto parecieron vacilar
        Y el cielo sobre mi cabeza se convirtió
        En un casco de acero ardiente;
        Y, aunque yo también era un alma en pena,
        Mi pena no podía sentirla.

        Sólo sabía que una idea obsesiva
        Apresuraba su paso, y por qué
        Miraba al día deslumbrante
        Con tan ávidos ojos;
        Aquel hombre había matado lo que amaba,
        Y por eso iba a morir.

        Aunque todos los hombres matan lo que aman,
        Que lo oiga todo el mundo,
        Unos lo hacen con una mirada amarga,
        Otros con una palabra zalamera;
        El cobarde con un beso,
        ¡El valiente con una espada!

        Unos matan su amor cuando son jóvenes,
        Y otros cuando son viejos;
        Unos lo ahogan con manos de lujuria,
        Otros con manos de oro;
        El más piadoso usa un cuchillo,
        Pues así el muerto se enfría antes.

        Unos aman muy poco, otros demasiado,
        Algunos venden y otros compran;
        Unos dan muerte con muchas lágrimas
        Y otros sin un suspiro:
        Pero aunque todos los hombres matan lo que aman,
        No todos deben morir por ello.

        No todo hombre muere de muerte infamante
        En un día de negra vergüenza,
        Ni le echan un dogal al cuello,
        Ni una mortaja sobre el rostro,
        Ni cae con los pies por delante,
        A través del suelo, en el vacío.

        No todo hombre convive con hombres callados
        Que lo vigilan noche y día,
        Que lo vigilan cuando intenta llorar
        Y cuando intenta rezar,
        Que lo vigilan por miedo a que él mismo robe
        Su presa a la prisión.

        No todo hombre despierta al alba y ve
        Aterradoras figuras en su celda,
        Al trémulo capellán con ornamentos blancos,
        Y al director, de negro brillante,
        Con el rostro amarillo de la sentencia.

        No todo hombre se levanta con lastimera prisa
        Para vestir sus ropas de condenado
        Mientras algún doctor de zafia lengua disfruta
        Y anota cada nueva crispación nerviosa,
        Manoseando un reloj cuyo débil tic-tac
        Suena lo mismo que horribles martillazos.

        No todo hombre siente esa asquerosa sed
        Que le reseca a uno la garganta antes
        De que el verdugo, con sus guantes de faena,
        Franquee la puerta acolchada
        Y le ate con tres correas de cuero
        Para que la garganta no vuelva a sentir sed.

        No todo hombre inclina la cabeza
        Para escuchar el oficio de difuntos
        Ni, mientras la angustia de su alma
        Le dice que no está muerto,
        Pasa junto a su propio ataúd
        Camino del atroz tinglado.

        No todo hombre mira hacia lo alto
        A través de un tejadillo de cristal,
        Ni reza con labios de barro
        Para que cese su agonía
        Ni siente en su mejilla estremecida
        El beso de Caifás.

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      Bajo el balcón

        ¡Oh, hermosa estrella de boca roja!
        ¡Oh luna de ceño dorado!
        ¡Elévense, elévense desde el sur oloroso!
        Y alúmbrenle a mi amor su camino
        Para que sus pequeños pies no se pierdan
        ¡En la colina ventosa y en el llano!
        ¡Oh, hermosa estrella de la boca roja!
        ¡Oh luna de ceño dorado!

        ¡Oh barco que te agitas en el mar desolado!
        ¡Oh barco de blancas y empapadas velas!
        ¡Recala, recala para mí en el puerto!
        ¡Porque mi amada y yo debemos ir
        A la tierra donde florecen los narcisos
        En el corazón de un valle de violetas!
        ¡Oh barco que te agitas en el mar desolado!
        ¡Oh barco de blancas y empapadas velas!

        ¡Oh extasiado pájaro de notas susurrantes!
        ¡Oh pájaro que te posas sobre el rocío!
        Canta, canta con tu suave garganta morena
        Y mi amada en su pequeño lecho
        Te oirá y alzará su cabeza
        De la almohada ¡y vendrá a buscarte!
        ¡Oh extasiado pájaro de notas susurrantes!
        ¡Oh pájaro que te posas sobre el rocío!

        ¡Oh capullo que cuelgas en el aire trémulo
        ¡Oh capullo de labios nevados!
        ¡Cae, cae para que mi amada te tome!
        Morirás en su cabeza como una corona.
        Morirás en un pliegue de su vestido.
        ¡A su pequeño corazón alegre irás!
        ¡Oh capullo que cuelgas en el aire trémulo!
        ¡Oh capullo de labios nevados!

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      El cuarto movimiento. Apología

        ¿Es tu voluntad que yo crezca y decline?
        Trueca mi paño de oro por la gris estameña
        Y teje a tu antojo esa tela de angustia
        Cuya hebra más brillante es día malgastado.

        ¿Es tu voluntad -Amor que tanto amo-
        Que la Casa de mi Alma sea lugar atormentado
        Donde deban morar, cual malvados amantes,
        La llama inextinguible y el gusano inmortal?

        Si tal es tu voluntad la he de sobrellevar
        Y venderé ambición en el mercado,
        Y dejaré que el gris fracaso sea mi pelaje
        Y que en mi corazón cave el dolor su tumba.

        Tal vez sea mejor así -al menos
        No hice de mi corazón algo de piedra,
        Ni privé a mi juventud de su pródigo festín,
        Ni caminé donde lo Bello es ignorado.

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      El cuarto movimiento. Le Réveillon

        El cielo está manchado con espasmos de rojo,
        Huyen las brumas envolventes y las sombras;
        El alba se levanta desde el mar
        Como una blanca dama de su lecho.

        Y caen flechas melladas, insolentes
        A través de las plumas de la noche,
        Y una ola larga de luz gualda
        Rompe en silencio sobre torre y casa,

        Y extendiéndose amplia sobre el campo inculto
        Un batir de alas que despiertan al vuelo,
        Castaños que se agitan en la copa
        Y ramas con estrías de oro.

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      En el salón dorado: una armonía

        Sus manos de marfil en el teclado
        Extraviadas en pasmo de fantasía;
        Así los álamos agitan sus plateadas hojas
        Lánguidas y pálidas.
        Como la espuma a la deriva en el mar inquieto
        Cuando muestran las olas los dientes a la brisa.

        Cayó un muro de oro: su pelo dorado.
        Delicado tul cuya maraña se hila
        En el disco bruñido de las maravillas.
        Girasol que se vuelve para encontrar el sol
        Cuando pasaron las sombras de la noche negra
        Y la lanza del lirio está aureolada.

        Y sus dulces labios rojos en estos labios míos
        Ardieron como fuego de rubíes engarzados
        En el móvil candil de la capilla grana
        O en sangrantes heridas de granadas,
        O en el corazón del loto anegado
        En la sangre vertida del vino rojo.

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      ¡Hélas!

        Con cada pasión a la deriva hasta que mi alma
        Sea un laúd en cuyas cuerdas todos los vientos tañen.
        ¿Para esto renuncié
        A mi sabiduría antigua ya mi austero control?
        Mi vida es un palimpsesto
        Garabateado en alguna vacación de muchacho
        Con canciones ociosas para flauta y rondó
        Que solamente ocultan el secreto del todo.
        Por cierto que hubo un tiempo cuando osé pisar
        Las alturas soleadas y de las disonancias de la vida
        Logré claros acordes para llegar al oído de Dios.
        ¿Está muerto ese tiempo? Mirad, con mi pequeña vara
        Apenas toqué la miel del romance,
        ¿Y debo yo perder la herencia de un alma?

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      Fabien dei Franchi

        A mi amigo Henry Irving.

        La silenciosa estancia, la pesada sombra avanzando furtiva,
        Los muertos inmóviles viajando, la puerta que se abre,
        El hermano asesinado que levita a través del piso,
        Los blancos dedos del fantasma posados en tus hombros
        Y luego, el duelo solitario en el valle,
        Las rotas espadas, el ahogado grito, la sangre,
        Tus magníficos ojos vengativos cuando todo ha pasado.
        Están bien esas cosas; ¡pero tú fuiste hecho
        Para más augustas creaciones! Lear enloquecido
        Debería a tu arbitrio vagar por el brezal nativo
        Con el tonto ruidoso que se mofa; Romeo
        Por ti atraería su amor, y el miedo desesperado
        Sacaría de su vaina la daga cobarde de Ricardo.
        ¡Tú, presto instrumento al soplo de los labios de Shakespeare!

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      Flor de amor

        Amor, no te culpo; la culpa fue mía, no hubiera yo sido de arcilla común
        habría escalado alturas más altas aún no alcanzadas, visto aire más lleno, y día más pleno.

        Desde mi locura de pasión gastada habría tañido más clara canción,
        encendido luz más luminosa, libertad más libre, luchado con malas cabezas de hidra.

        Hubieran mis labios sido doblegados hasta hacerse música por besos que sólo hicieran sangrar,
        habrías caminado con Bice y los ángeles en el prado verde y esmaltado.

        Si hubiera seguido el camino en que Dante viera los siete círculos brillantes,
        ¡Ay!, tal vez observara los cielos abrirse, como se abrieran para el florentino.

        Y las poderosas naciones me habrían coronado, a mí que no tengo nombre ni corona;
        y un alba oriental me hallaría postrado al umbral de la Casa de la Fama.

        Me habría sentado en el círculo de mármol donde el más viejo bardo es como el más joven,
        y la flauta siempre produce su miel, y cuerdas de lira están siempre prestas.

        Hubiera Keats sacado sus rizos himeneos del vino con adormidera,
        habría besado mi frente con boca de ambrosía, tomado la mano del noble amor en la mía.

        Y en primavera, cuando flor de manzano acaricia un pecho bruñido de paloma,
        dos jóvenes amantes yaciendo en la huerta habrían leído nuestra historia de amor.

        Habrían leído la leyenda de mi pasión, conocido el amargo secreto de mi corazón,
        habrían besado igual que nosotros, sin estar destinados por siempre a separarse.

        Pues la roja flor de nuestra vida es roída por el gusano de la verdad
        y ninguna mano puede recoger los restos caídos: pétalos de rosa juventud.

        Sin embargo, no lamento haberte amado -¡ah, qué más podía hacer un muchacho,
        cuando el diente del tiempo devora y los silenciosos años persiguen!

        Sin timón, vamos a la deriva en la tempestad y cuando la tormenta de juventud ha pasado,
        sin lira, sin laúd ni coro, la Muerte, el piloto silencioso, arriba al fin.

        Y en la tumba no hay placer, pues el ciego gusano se ceba en la raíz,
        y el Deseo tiembla hasta tornarse ceniza, y el árbol de la pasión ya no tiene fruto.

        ¡Ah!, qué más debía hacer sino amarte; aún la madre de Dios me era menos querida,
        y menos querida la elevación citérea desde el mar como un lirio argénteo.

        He elegido, he vivido mis poemas y, aunque la juventud se fuera en días perdidos,
        hallé mejor la corona de mirto del amante que la de laurel del poeta.

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      Impression de voyage

        Era un mar de zafiro y el cielo
        Ardía en el aire como ópalo candente;
        Izamos nuestra vela; soplaba bien el viento
        Hacia tierras azules situadas en el Este.

        Desde mi proa alta divisé a Zakynthos:
        Cada bosque de olivos, cada cala,
        Las escarpas de Ithaca, el blanco pico de Lycaon,
        Y flores esparcidas en colinas de Arcadia.

        El batir de la vela contra el mástil,
        El rumor de las olas contra el casco,
        Rumor de risas jóvenes en la popa,
        Todo lo que se oía, al comenzar a arder el Oeste.
        Y un rojo sol cabalgó por los mares.
        Pisaba, al fin, el suelo griego.

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      La fuga de la luna

        Hay paz para los sentidos,
        Una paz soñadora en cada mano,
        Y profundo silencio en la tierra fantasmal,
        Profundo silencio donde las sombras cesan.

        Sólo el grito que el eco hace chillido
        De algún ave desconsolada y solitaria;
        La codorniz que llama a su pareja;
        La respuesta desde la colina en brumas.

        Y súbitamente, la luna retira
        Su hoz de los cielos centelleantes
        Y vuela hacia sus cavernas sombrías
        Cubierta en velo de gasa gualda.

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      La tumba de Keats

        Alusión al poema de Keats intitulado Isabella, inspirado en un cuento de Boccaccio.

        Libre de la injusticia del mundo y su dolor,
        Descansa al fin bajo el velo azul de Dios:
        Arrebatado a la vida cuando vida y amor eran nuevos,
        El mártir más joven yace aquí,
        Justo cual Sebastián y tan temprano muerto.
        Ningún ciprés ensombrece su tumba, ni tejo funeral,
        Sino amables violetas con el rocío llorando
        Sobre sus huesos tejen cadena de perenne floración.
        ¡Oh altivo corazón que destruyó el dolor!
        ¡Oh los labios más dulces desde los de Mitilene!
        ¡Oh pintor-poeta de nuestra tierra inglesa!
        Tu nombre inscribióse en el agua; y habrá de perdurar:
        Lágrimas como las mías conservarán tu memoria verde,
        Como el pote de albahaca Isabella.

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      La tumba de Shelley

        Como antorchas apagadas junto al lecho de un enfermo
        Macilentos cipreses rodean la piedra blanquecina;
        Allí, el búho nocturno construye su trono
        Y el delgado lagarto exhibe su testa enjoyada.
        Allí, donde los cálices de las amapolas se encienden de rojo,
        En la serena cámara de aquella Pirámide
        Seguramente alguna Esfinge antigua
        Se oculta en la penumbra,
        Torva guardiana de este jardín de la muerte.

        ¡Ah! Realmente es dulce descansar dentro del útero
        De la Tierra, gran madre del sueño eterno
        Pero es más dulce para ti una tumba agitada
        En la caverna azul de un abismo con eco
        Allí donde los altos barcos zozobran en la noche
        Contra los escollos de las olas bravías.

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      Las siluetas

        El mar está marcado con unas bandas grises,
        El quieto viento muerto desentona
        Y como hoja marchita es llevada
        La luna por la bahía tormentosa.

        Grabado claramente sobre pálida arena
        Está el bote negro: un joven marinero
        Sube a bordo en gozo distraído
        Con el rostro sonriente y mano reluciente.

        Y arriba los zarapitos claman
        Y por el pasto oscuro meseteño
        Van segadores mozos de cuellos brunos,
        Cual si fueran siluetas contra el cielo.

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      Phedre

        A Sarah Bernhardt.

        Qué vano y qué tedioso nuestro mundo ordinario parecerá
        A alguien Como tú, que en Florencia
        Habrías conversado con Mirandola, o caminado
        Entre los frescos olivares de Academos:
        Habrías recogido cañas de la verde corriente
        Para la aguda flauta de Pan, pies de cabrito,
        Y tocado con las blancas niñas en el valle Reacio
        Donde el grave Odiseo de su profundo sueño despertara.

        ¡Ah!, en verdad, una urna de ática arcilla
        Guardó tu polvo pálido, y has venido otra vez
        A este mundo ordinario, tedioso y vano,
        Fatigada de los días sin sol,
        De campos rebosantes de asfódelos insípidos,
        De labios sin amor, con que besan los hombres en el Infierno.

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      Portia

        A Ellen Terry.

        Poco me maravilla la osadía de Basanio
        De arriesgar todo lo que tenía al plomo,
        O que el orgulloso Aragón bajara la cabeza,
        O que Marroquí de corazón en llamas se enfriara:
        Pues en ese atavío de oro batido
        Que es más dorado que el dorado sol,
        Ninguna mujer que Veronese mirara
        Era tan bella como tú a quien contemplo.
        Aún más bella cuando con la sabiduría por escudo
        Al vestir la toga severa del jurista
        Y no permitieras que las leyes de Venecia cedieran
        El corazón de Antonio a ese judío maldito.
        ¡Oh Portia!, toma mi corazón: es tu debido pago;
        No he de objetar a ese aval.

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      Requiescat

        Pisa ligeramente, ella está cerca,
        Bajo la nieve;
        Habla suavemente, ella puede oír
        Crecer las margaritas.

        Toda su brillante cabellera dorada
        Está empañada por la herrumbre;
        Ella que era joven y bella;
        Se ha convertido en polvo.

        Semejante al lirio, blanca como la nieve,
        Apenas sabía
        Que era mujer,
        Tan dulcemente había crecido.

        Las tablas del ataúd y una pesada losa
        Se apoyan sobre su pecho;
        Mi solitario corazón está afligido;
        Ella descansa en paz.

        Silencio, silencio, ella no puede oír
        La lira o el soneto;
        Toda mi vida está enterrada aquí,
        Amontonad tierra sobre ella.

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      Taedium vital

        Matar mi juventud con dagas impacientes; ostentar
        La librea extravagante de esta edad mezquina;
        Dejar que cada mano vil se hunda en mi tesoro;
        Trenzar mi alma al cabello de una mujer
        Y ser sólo lacayo de Fortuna. Lo juro,
        ¡No me agrada! Todo eso es menos para mí
        Que la delgada espuma que se inquieta en el mar,
        Menos que el vilano sin semilla
        En el aire estival. Mejor permanecer alejado
        De esos necios que con calumnias se mofan de mi vida,
        Aunque no me conocen. Mejor el más humilde techo
        Para abrigar al peón más abatido
        Que volver a esa cueva oscura de riñas,
        Donde mi alma blanca besó por vez primera la boca del pecado.

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