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    Información biográfica

  1. Amargo amor
  2. Arpa rota en la lluvia
  3. Canción a una muchacha ajedrecista muerta
  4. Canción del río indiferente
  5. Canto de partida
  6. Comienzo
  7. Cuando se fue Magdalena
  8. Dama
  9. De pronto en una playa interminable
  10. Distancia de dos
  11. El agua
  12. El café
  13. El regreso
  14. Escrito al amanecer
  15. Este es el fin del Cristo abandonado
  16. Hay hombres que nunca partirán
  17. Himno al dios del otoño
  18. La ascensión
  19. La dama sola
  20. La encantada
  21. La niña de la oscuridad
  22. Lágrimas que dejé tras la montaña
  23. Los días que la ausencia ha devorado
  24. Los que resplandecen en la noche
  25. No hay tiempo
  26. No tiene
  27. No tuvo
  28. Noche perdurable
  29. Primera madrugada
  30. Relación de medianoche
  31. Si no es a oscuras no te veo
  32. Soliloquio de la enamorada de la noche
  33. Thomas Wolfe camina por Virginia
  34. Tierra ausente, no has de volver jamás
  35. Última primavera
  36. Vagabundos en la noche



      Información biográfica

        Nombre: Miguel Arteche Salinas
        Lugar y fecha nacimiento: Nueva Imperial (Chile), 4 de junio de 1926

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        Amargo amor

          Teje tu tela, teje de nuevo tu tela;
          Deja que el mes de junio azote el invierno de mi patria;
          Teje la tela de acero y de cemento;
          Junta tus hilos uno a uno, oh hermoso tejedor;
          Forma tu tela con fuertes lazos,
          Con orgullosos rastros de sueño.

          Toda la tierra está en las colas del amor;
          En las ciénagas del amor podridas están las manzanas.
          Cada día tiene un eco, un paso, un rastro, gemido;
          Cada día la estancia recibe la visita del cuerpo en el lecho;
          Cada día hay una mano que desnuda;
          Cada día descansa la ropa en las sillas brillantes por el polvo.
          Teje tu tela, oh hermoso tejedor;
          Teje los restos de los cuerpos que se unieron.

          Entre tus hondos pechos de relámpagos quietos,
          Entre tu vientre oculto de cesto dividido,
          En la cálida ráfaga que viene de tu abrazo,
          Fui un día tu sombra, el "cuándo" entristecido,
          El "adónde" que lleva hacia una muerte cierta.
          Ya moriré algún día sin preguntar qué pasa,
          Qué pasa entre tus hombros, en el temblor de espiga
          De tu escorzo de nieve,
          Qué viene por los ecos que acarician tu pelo,
          Qué flechas encendidas acumulan tus manos,
          Qué enamorado encuentro ha de tocar tu beso.

          No es para volver, no es para cantar
          Sino tu verde corazón transfigurado,
          La melodiosa sombra que duerme en tus pupilas,
          El afán escondido que tenía tu ausencia.

          Recógeme, amor mío, con tus cálidas plumas;
          Recógeme y húndeme tu ternura llagada;
          Colócame en tu olvido, recógeme cantando.
          No es para que preguntes, no es para que indagues
          El sitio donde puse mi corazón hundido;
          Recógeme, ahora, para estar en lo ausente,
          Sin preguntar qué ocurre, qué pasa, por qué vuelves
          Tu cabeza de ausente firmamento.

          Cae ahora hacia mi lado; vuelve
          A dividir tu cuerpo, a derramar tu furia,
          Hasta que te estremezca el nombre del combate
          Que a muerte libraremos, esa pasión a muerte
          Entre tú y yo: un huracán de manos
          Nos hallará apretados en los dones sin término
          De una tierra total.

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        Arpa rota en la lluvia

          Cuando la lluvia tenue detiene los recuerdos
          Sobre el mar solitario; cuando el tren ha pasado
          Dejando en los durmientes sus metálicas furias;
          Cuando tiembla el almendro tocado por los muertos;
          Cuando la breve música te borra las distancias
          Y silencioso escuchas que tu cuerpo ha partido,
          Que sólo estás en otro cuerpo que te recuerda,
          Vibra tu mano rota mordida por la lluvia.
          Murmullos de la muerte, que ascienden lentamente
          Por tu cuerpo deshecho, hace brotar la lluvia,
          Cuando alguien pisotea tu cabello extendido
          Y tu ramaje yerto poblado por el viento.

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        Canción a una muchacha ajedrecista muerta

          Llueve sobre el verano del tablero.
          En blanco y negro llueve sobre ti.
          Nadie controla tu reloj: te espero
          Para jugar allí.

          ¿Tú mueves o yo muevo? Quién lo sabe.
          Quién sabe si allá juega o juega aquí.
          De pronto tu tablero es una nave
          Que te lleva y nos lleva hacia un jardín.

          Hacia un jardín remoto de caballos
          Que inmóviles nos miran, y a un alfil
          Que negro lanza rayos, rayos, rayos,
          Y hace mil años que está de perfil.

          Hacia un jardín remoto de tres torres
          Donde una dama blanca va hacia ti,
          Te llama a ti, y tú hacia ella corres
          Y no hay en ella fin.

          Donde un peón ha roto ya los sellos
          Y te ciñe las sienes de marfil,
          Y un rey recoge ahora tus cabellos
          Para cubrir con ellos su país.

          Hacia un jardín remoto al mediodía,
          Donde el agua se tiende en su dormir,
          Y ya no hay sed y nunca hay todavía
          Y hay un árbol de sol en el jardín.

          Sólo que tú no estás. Y está la luna
          Cayendo interminable en el jardín
          Sobre las soledades de una cuna.
          Y hay olor de silencio y de partir.

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        Canción del río indiferente

          Cuando las soledades metálicas de las ruedas hicieron
          Vibrar tu cabeza rasgada por estrellas
          -Rápido, señorial, antiguo,
          Inmutable, prisionero por las islas de arena-,
          Reposaste fluyendo, en la noche, en la muerte.

          Cuando la punta yerta de la flecha se hundió en tierra,
          Y el cuerpo sigiloso del conquistador, vencido, cayó en tierra
          Haciéndose igualmente hueso: tú entrabas en el mar,
          Te detenías huyendo, en la noche, en la muerte.

          Cuando todo sea olvidado (porque todo será olvidado);
          Cuando no recordemos quiénes fuimos bajo ese árbol que ha de ser una mesa,
          Y cuando la mesa se transforme en el fuego,
          Y cuando todo se restituya en ti -¡oh madre tierra!-, en tu terrón amargo:
          Tú fluirás cantando, seguramente cantando
          En la noche, en la muerte.

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        Canto de partida

          ¡Recíbeme, recíbeme en la noche, oh viejo viento de junio,
          Mientras regreso bajo las suaves estrellas silenciosas;
          Viento amado del invierno, viento de lluvia y eco,
          Recíbeme hasta el último suspiro de tu pecho,
          Y, ahora que regreso, oh noche, espérame en tu puerta!

          Y de improviso todo el viento se ha soltado,
          Todo el viento se ha puesto a gemir por la tierra,
          Pero a mi lado, mientras regreso,
          Alguien resguarda mis pasos,
          Y siento una suave sombra
          Venir hasta mi encuentro.

          ¿Eres tú, fuiste tú, eres tú en esa noche,
          Eras tú en esa triste, delgada espera sombría,
          Eras aquel fantasma que surgía en mi cama
          A medianoche? ¿O eras una mañana
          Llena de fugitivos pájaros
          Que pasaban amándose sobre el asfalto fresco?
          ¿Eras tú, fuiste tú esa pequeña
          Llama que por mi espalda sentía silenciosa?
          ¿Eras tú, amor final, amor que nunca
          Resbaló por tus ojos -¡oh luz ausente y querida!-,
          Eras como ese encuentro que el amor abre a tajos
          Para dejar ternura con soledad y frío?

          No, no eras eso. Pero tal vez fuiste eso.
          Tal vez abres los ojos para mirar la suave
          Luz de otra primavera pasada por tus ojos;
          Tal vez sientes de nuevo que el tiempo no ha pasado
          Por tu cuerpo delgado (o que tal vez ha pasado),
          Tal vez preguntas algo, y en tu boca se duerme
          Como otras veces la trágica y oscura luz de la ausencia.

          Amor olvido, amor lluvia, amor deseo, amor distancia:
          He regresado a mi casa, atravesando
          El parque silencioso, bajo las sombras
          De junio -cansado y solitario-,
          Mientras giraba todo en mi cabeza
          Como las hojas que escapaban: cantando
          Por adentro, pensando qué es lo que fluye,
          Qué es lo que parte, qué es lo que vuelve;
          Y aunque me he perdido sin nada, con algunos
          Nobles amigos, sin poder retener
          Lo que vivieron y amaron y compartieron conmigo,
          Pido sólo el temblor del viento entre la tierra
          Húmeda de este parque bañado por los pasos
          Fugitivos: amor viento, amor agua, amor distancia.

          Temblando fue la estrella recorrida, temblando.
          Temblaba el cuerpo estrella ceñido entre mi labio.
          Temblando mi distancia se acercó a tu distancia.
          Temblando entró el recuerdo desde que nos encontramos.

          No quiero volver, no quiero
          Regresar a tu vida, pero tal vez quiero
          Volver a tu distancia. ¿Recuerdas que me hablabas
          Desde un lugar lejano, aunque estuvieras cerca?
          ¿Recuerdas que estudiabas con tormento
          Cuando en el patio la lluvia
          Empezaba a caer, menudamente, y los viejos compañeros
          Corrían a refugiarse al corredor marmóreo
          Y espectral, en la luz del invierno?
          No, no recuerdas, pero yo recuerdo
          El vidrio frío donde apoyaste tu mano
          Para dejar apenas una ráfaga triste
          Y encendida y lejana.

          Y ahora ha llegado junio y en la noche callada
          Miles de corazones duermen en la penumbra,
          Y recuerdo la dorada leyenda de los años
          De juventud furiosa en la ciudad, las tardes
          De verano ardoroso, los pies sobre escaleras
          De metal, los avisos eléctricos cansados
          Con pupilas de rojos párpados, los libros
          De poesía mordidos en la noche. ¡Y ahora, adiós,
          Adiós calles, adiós conversaciones
          Sobre el destino del hombre, adiós señuelo amargo
          Que encandiló los ojos de nuestra adolescencia,
          Adiós suave medusa, adiós puerta cerrada!

          Es la hora, es la hora en que debemos morir;
          Es la hora para rodar en la noche
          Abrazados, besando de estrella a estrella,
          De furia a furia, de hueso a hueso;
          Es la hora para apretar la angustia
          De pecho a pecho, para dejar la muerte
          Derrotada, perdida, moribunda en el suelo;
          Es la hora para morir cantando
          De nuestras muertes; es la hora para que tú dejes
          Tu muerte entre mi muerte, amor, amor mío.
          Quiero el amor dejar escrito entre tu pelo,
          Quiero dejar ardiendo tus ojos silenciosos,
          Para que no haya olvido, porque es la hora
          En que debemos morir, es la hora
          De la partida, sí. ¡La hora, la hora, por favor!
          ¡La hora, por favor, dígame, dígame el tiempo
          Para rodar cantando, apretados, mordiendo,
          Para rodar los dos en una sola muerte!

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        Comienzo

          El jardín se ha posado en mi jardín.
          Toda su galaxia resplandece a medianoche.
          Los árboles destellan, las flores fulgen.
          Tiene el césped una tersura de nimbo.
          Bajan los transparentes
          Y de sus cuerpos surgen peldaños de escala.
          Los radiantes me llaman con sus cristales.
          Mis años descienden en el cáliz de un instante.
          Los centelleantes me han rodeado
          Y me tienden sus ojos de oro.
          El amor es una paloma de fuego que elevan.
          Por fin llegaron.

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        Cuando se fue Magdalena

          Cuando se fue Magdalena.
          Cuando tan lejos se fue.

          Nadie supo si llovía
          La noche de su partida
          Cuando se fue Magdalena,
          Cuando se fue.

          Nadie vio si se alejaba
          Por el mar y la montaña.
          Nunca se fue Magdalena,
          Nunca tan lejos se fue.

          Nadie dijo si algún día
          Magdalena volvería.
          Nadie sabe.
          ... Yo lo sé.

          Nunca volvió Magdalena.
          Yo, que estoy muerto, lo sé.

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        Dama

          Esta dama sin cara ni camisa,
          Alta de cuello, suave de cintura,
          Tiene todo el temblor de la hermosura
          Que el tiempo oculta y el amor desliza.

          Esta dama que viene de la brisa
          Y el rango lleva de su propia altura,
          Tiene ese no sé qué de la ternura
          De una dama sin fin, bella y precisa.

          Aunque esta dama nunca duerma en cama
          Parece dama sin que sea dama
          Y domina desnuda el mundo entero.
          Esta dama perdona y no perdona.
          Y para eso luce una corona
          Esta dama que reina en el tablero.

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        De pronto en una playa interminable

          Toco en la oscuridad las cerraduras.
          ¿Cómo llegué hasta aquí?
          Es una extraña casa
          Que rodean tinieblas, y me llaman.
          ¿Quién eres tú, la que me canta?
          Recuerdo ahora el mar. ¡El mar! Si yo pudiera
          Volver al mar a aquella playa
          Donde llovía siempre. Allá arriba las verdes colinas
          Y más allá la tierra escarlata, y la Gran Cordillera
          Que vigila volcanes, el viento que sopla desde allí,
          Y el cielo de cristal.
          Nadie en las dunas.
          La lluvia ahuyenta
          Y me deja solo en esta playa de pronto interminable.

          Como el mar es la casa, como la lluvia sus muros.
          Siento mis pasos: ya están aquí, y abro la puerta.
          ¿Cómo cruzar el fuego que arde entre tus pasos y los míos?
          ¿Quién me trajo a estos muros que se encienden y se apagan?

          Y entro en otros cuartos que se abren a otros cuartos,
          Y el silencio es un cíngulo dormido en los dinteles.
          La imperceptible niebla empapa las recámaras,
          Pisa los zócalos, roza ventanas, hunde los lechos.

          Mis pasos se adelantan al llegar a la sala, al llegar a la mesa,
          Al llegar al libro abierto de polvo,
          Al libro y a la mesa que nadie ha tocado en mil años,
          Y nadie vendrá.
          Pero ahora la niebla
          Toca con su frente los umbrales.
          Ya no hay nadie en la casa. (Si hubiera alguien,
          ¿A quién amar ahora?). Toco la mesa
          Y la mesa se ilumina.
          Toco las cerraduras
          Y las cerraduras se abren.
          Toco en la oscuridad los muros,
          Y los muros se apartan,
          Y escucho en el silencio de la sangre el río que me habla
          Sobre esta oscuridad.

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        Distancia de dos

          ¿Desde dónde surgiste para encender la llama
          Sobre la nieve sola? ¿Desde dónde los suaves
          Besos se levantaron sobre tu piel perdida,
          Enamorada sombra de unos días lejanos?

          Cuando hacia ayer subimos, bajaba tu silencio
          De la nieve y los ríos. No teníamos nada
          Sino un pasado apenas dibujado en el cuerpo
          Y un encuentro de estrellas dormidas en las manos.

          Tiembla el viento en la noche, tiembla otra vez la noche
          Bajo el ansia que vuelve. Temblabas de nostalgia.
          Amor, hasta la muerte la noche se hizo tenue,
          Se hizo larga caricia sobre tu pelo amargo.

          Lo distante es aquello que apenas ha pasado.
          Por eso nombro ahora la primavera lenta
          Que subiste cantando, sin nada más, con viento
          Sobre la enamorada distancia de los campos.

          No sé, no sé hasta dónde quedaré repitiendo
          Tu nombre, la mirada de tus ojos distantes,
          Fugaz entre la dura cordillera de nieve,
          Presente ausencia apenas derramada en mi brazo.

          No sé, no sé hasta cuándo durará la distancia
          Y ese espacio de adiós dormido en tu garganta.
          No sé, no sé en qué tiempo se hará ceniza y humo,
          Amor, bajo la noche, todo lo que juntamos.

        Arriba

        El agua

          A media noche desperté.
          Toda la casa navegaba.
          Era la lluvia con la lluvia
          De la postrera madrugada.
          Toda la casa era silencio,
          Y eran silencio las montañas
          De aquella noche. No se oía
          Sino caer el agua.

          Me vi despierto a medianoche
          Buscando a tientas la ventana;
          Pero en la casa y sobre el mundo
          No había hermanos, madre, nada.

          Y hacia el espacio oscuro y frío
          Y frío el barco caminaba
          Conmigo. ¿Quién movía
          Todas las velas solitarias?

          Nadie me dijo que saliera.
          Nadie me dijo que me entrara,
          Y adentro, adentro de mí mismo
          Me retiré: toda la casa.

          Me vio en el tiempo que yo fui,
          Y en el seré la vi lejana,
          Y ya no pude reclinar
          Mi juventud sobre la almohada.

          A medianoche busqué
          Mientras la casa navegaba.
          Y sobre el mundo no se oyó
          Sino caer el agua.

        Arriba

        El café

          Sentado en el café cuentas el día,
          El año, no sé qué, cuentas la taza
          Que bebes yerto; y en tu adiós, la casa
          Del ojo, muerta, sin color, vacía.

          Sentado en el ayer la taza fría
          Se mueve y mueve, y en la luz escasa
          La muerte en traje de francesa pasa
          Royendo, a solas, la melancolía.

          Sentado en el café oyes el río
          Correr, correr, y el aletazo frío
          De no sé qué: tal vez de ese momento.

          Y en medio del café queda la taza
          Vacía, sola, y a través del asa
          Temblando el viento, nada más, el viento.

        Arriba

        El regreso

          El viento trae arenas, pero en la arena viene
          Escondida la nueva semilla de la sangre.
          El invierno infinito pasó sobre nosotros.

          En la altura los filos de la nieve perdieron
          Su transparencia aguda, sus varas de furores,
          Y penetró en la roca la mañana.

          Pupilas
          Rodaron jubilosas. Trajo el beso de ese año
          Olor de amor, ¿recuerdas?, y las islas estaban
          Cubiertas por la lluvia.

          Nunca sabe uno en dónde
          Encontrará la puerta, nunca sabe si el viento
          Sopla desde los huesos o viene hacia los últimos
          Aposentos huraños de los huesos marchitos:

          Uno sólo pregunta en dónde nace; se oye
          Soplar, gemir; se mueve entre las manos; sube
          Hasta los ojos; taja los vértices del sueño,
          Y luego escapa solo.

          Nunca sabe uno en dónde
          Encontrará la puerta: mas cuando ya está cerca,
          Uno toca asombrado las ígneas llaves: toma

          Todo el largo camino -¡la sal, el pan,
          El corazón oscuro del pasado, los ídolos
          Acurrucados, negros, la estación de los huesos,

          Los idos para siempre! Y ve que la mañana
          Gloriosa se alza, mueve las ramas vigorosas
          De los árboles nuevos, y fulmínea arremete contra los campos.

          Solos, bajo el azul henchido
          Contemplamos el valle silencioso.

          Cansados nos detuvimos.
          Todos los brotes parecían
          Aguardar la llegada del nacimiento.

          ¡Mundos extendidos, lejanos! ¡Centelleantes corrientes!;
          ¡Morosos animales recibían la tibia
          Resonancia de soles! ¡La tierra adelantaba
          El sonido perfecto de la estación!

          ¡Oh espacio núbil, nuevo del cielo!
          ¡Sobre los cuerpos, árboles que aguardaban los sellos!

          ¡Oh valle extenso y solo,
          Cuánto te recordamos en el desierto, cuántas
          Veces te recorrimos, cuántas veces te odiamos bajo la lluvia negra!

          Los dos miramos.
          Solos
          Descendimos cantando. Todo el aire se hundía
          En nuestros pechos.

          Trajo el viento hacia los dedos
          Las semillas que luego metidas en la muerte
          Surgirán en alguna madrugada terrible,
          Y espadas luminosas volaron sobre el cielo
          Hendido. Nadie.

          Solos entramos en las calles;
          Vimos surgir entonces las furiosas raíces,
          Y zumbaron las alas, los ojos membranosos;

          Las pezuñas golpearon los techos.
          ¡Ay, ciudad
          Sitiada por los peces y los gélidos hombros
          De las rocas!

          ¡Murmullos de voces sigilosas
          Roían los umbrales!

          En las plazas desiertas
          Vacíos trajes vimos con vacíos señores
          Que buscaban, a ciegas, ese estrecho y sombrío

          Pasadizo que corre de un cuerpo a otro cuerpo.
          ¡Oh muro ennegrecido!
          Llovió sobre la tarde:
          Combada en pétreo filo entró la noche.

          ¡Muros
          Solos del parto, muros poblados de la tumba!
          ¡Paredes llenas de ojos felinos!
          Nadie.

          Llueve
          Inmensamente. Toda la oscuridad penetra
          Entre las calles, muerde, astilla las ventanas;
          Esteros sucios tragan tinieblas.

          Llueve.
          Llegan
          Voces, las olas braman trayendo negros truenos,
          Devorando las costas.

          ¿Dónde entrar? ¿Dónde entraron?
          Los oficios se han ido, los nombres brillan solos
          Sobre el bronce, las copas se llenan de agua -¿dónde
          Están?-, el agua arrastra los trabajos, la tinta
          Y el tiempo de los verbos.

          ¡Oh lluvia: limpia, lava
          Los cimientos del polvo! ¡Oh lluvia: criba el tuétano
          De la edad: bate, bate!

          La calle se estremece.
          ¡Vamos a volver, vamos a regresar!
          ¡No vamos
          A regresar!

          El viento sopla un amanecer.
          Detrás de las columnas del mundo se levantan
          Las puertas poderosas.

          El agua estaba cerca
          Del horizonte: toda la lluvia sube al cielo.

          ¡Ay madrugada: vienes, no tan pronto, tan pronto
          Sobre nosotros; llegas interminable; subes
          Al trono incandescente de la nube; caminas
          Sobre el fuego del ojo! ¡La inminencia, inminencia
          De las copas que vuelan por el aire! ¡Vendimias
          De la cólera! Vienes, madrugada, tan pronto
          Sobre el lagar oscuro de la ira.

          ¡Despiertas
          En medio de la noche que termina: te llaman
          Con los escalofríos porque alguien está ahí,
          Porque alguien ya te lleva, te arrastra hacia otra parte
          Oscura, tenebrosa!

          ¡Oh madrugada, deja
          Tu sello inmarcesible sobre nosotros!

          ¡Toda la mañana arrebata las últimas esquirlas
          De la sombra, dispersa todas las formaciones
          Del polvo muerto, cae en los rincones verdes
          De la planta, ilumina los trigos inmortales de la sabiduría!

          ¡Se cierran los cerrojos
          Del abismo! ¡Murmullos antifonales ruedan
          En el azul! ¡Se encienden las paredes altísimas
          En las habitaciones del sol!

          De la distancia
          Rueda un silbido apenas, ¡el llamado atraviesa
          Los látigos lejanos del pasado!

          Y el año corre, avanza.
          Por eso corremos en la tarde,
          Mientras tocan campanas debajo de los muertos,
          Y el mundo está cambiando, y en los huesos nos canta
          Un murmullo.

          ¡Raíces rodean la alta roca!,
          ¡Los árboles inundan la mañana esplendente!,
          ¡El torbellino silba las nubes que se cierran
          Y un vértigo de cascos atraviesa los filos
          Del horizonte! ¡Suben los humos!

          ¡Árbol, panes para lavar tristeza!
          Despiertos esperamos
          Todo el amor, la gloria terrible de los besos inmortales.

          ¡Oh muerte!, ¿dónde está tu victoria,
          El aguijón perenne?
          Cantamos.
          Toda el agua
          Cayó sobre nosotros.

          ¡Oh corazón, oh roca
          En que se apoya el mundo!, ¡oh fuente nueva, tiende,
          Tu corazón encima del granito flamígero!

          ¡El aceite encendido desciende desde el árbol!
          ¡Manan panes!

          ¡Oh piedra! ¡Oh roca majestuosa!
          ¡Sobre tus fundamentos tú sostienes el mundo!

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        Escrito al amanecer

          ... la más suave doncella
          me vierte el aguamanos en jofaina de plata;
          me sirve pan y vino sobre mesa pulida
          antes de que se acerque la noche.

          Y me dormí pensando en él, mientras la nieve
          Cae profundamente en mi pasado, y cae
          Sobre este mar de tinta. Por la noche y el alba
          Siguió la nave sola.
          La esperanza perdí
          De encontrarlo.
          Nadie había en la nave;
          Y en las islas del viento
          Nadie me dio noticias de mi padre,
          Ni más allá en la tierra de la pócima mágica.
          Por el alba y la noche siguió sola la nave.

          Ahora sé que está muerto, que es inútil la nave,
          Inútil es el mar y todos los conjuros;
          No importa donde esté, si en alguna ribera
          Sus huesos se deshacen en los dientes del viento:
          Inútil suena todo. Nunca estuvo conmigo,
          Ni siquiera el sueño me ha traído sus ojos.

          Por el alba y la noche volvió la nave al puerto.

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        Este es el fin del Cristo abandonado

          Este es el fin del Cristo abandonado,
          El fin de la lanzada, el clavo y el vinagre,
          El nunca más de la Resurrección,
          El siempre de la muerte en el Sepulcro,
          El fin del pan que multiplica
          La sangre, el fin del buen ladrón y Magdalena,
          El fin del hombre Lázaro sin muerte.
          Este es el fin del traidor en Judas,
          Del cobarde en tu Juan,
          El fin de la ramera perdonada,
          La huida en Mercader y a latigazos,
          El balbucear del rico que entra al cielo
          Cada cien mil años, y el sisear del pobre
          Descoyuntado a huesos por el rico.

          Esta es la fuga a noches en el asno,
          El apagarse de la estrella,
          El reventar de los belenes, el estallido
          De la pregunta que no dice
          José de Arimatea.
          Este es el fin
          Del centurión y de los lirios
          Del campo (mirad los lirios del campo, y Salomón
          Con toda su gloria
          No pudo alimentarte).
          Este es el fin: buscadme ahora,
          Decidme ahora que no sea
          El fin de la Palabra
          (En el principio de la Palabra, en el principio
          Las Tinieblas que jamás
          Se van), y el Río que a los mares
          Se va, según el Cristo, y el Cristo no regresa:
          Se va, se fue: lo dejo escrito
          A ver si no es el fin, a ver si en esta noche
          Tú no me has abandonado.

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        Hay hombres que nunca partirán

          Hay hombres que nunca partirán,
          Y se les ve en los ojos,
          Pues uno recuerda sus ojos
          Muchos años después de que han partido.

          Pueden estar lejanos,
          Pueden aparecer a medianoche
          (Si están muertos)
          Y jugar a que viven.
          Pero siempre, con la desolación de su ausencia,
          Uno comprende que no han vivido en vano,
          Y que su esperanza
          Es la única esperanza digna de ser vivida.

          Y los hombres que nunca partirán
          Suelen no aparecer en los periódicos,
          No se habla de ellos en las radios,
          Su imagen no gesticula en la televisión:
          No son gente importante,
          No circulan entre las altas esferas.

          Son aquellos
          Que aceptaron el sufrimiento
          Y lo hicieron suyo para la salvación de otros hombres
          Sin decir una sola palabra:
          Pero dejaron abiertos, bien abiertos sus ojos
          Para que nunca los olvidemos cuando ellos hayan partido.

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        Himno al dios del otoño

          Cuando soñando baja
          De los cielos perdidos tu silueta,
          Alguna niebla entre los cuerpos
          Recuerda a las terrestres criaturas
          Que tu reino comienza.

          Temprana ya la lámpara
          Abandona su luz sobre la estancia,
          Cuando el poeta contempla en la ventana
          El mar alado, mirando su amor en soledad
          Diluirse entre las nubes ligeras.

          Tu mano, como regalo hermoso,
          Deja caer en nuestros pechos
          El amarillo baño de tus bucles,
          Bajo la incierta luz,
          En tanto allá los ángeles
          Aumentan la tristeza
          Del amor perdido, y con gestos melancólicos
          Abren sus ojos lentamente,
          Bendiciendo tus serenas miradas en la noche.

          Vas llenando el espacio aéreo con sonidos,
          Doblando por los muros cansados,
          Y acompañas los deseos de los amantes,
          Mientras enamorados abren hacia tus ojos
          Sus deslumbrantes pechos adormecidos.

          ¿Qué ave gozará de tu cuerpo
          Sin posarse ligera sobre las ramas solas?

          Hacia el silencio oscuro,
          Sobre las frentes lentas,
          Sueñan los dioses que a la tierra te envían,
          Adoran tu voz de niebla
          Y tus sonrisas tristes,
          Cuando llegando caes
          Sobre los campos bellos,
          Girando en las espigas altas,
          Muriendo en los zaguanes,
          Haciendo renacer la tristeza entre los patios.

          Cuando en antiguos bosques pasas,
          El viento del sur
          Esconde tu recuerdo en las maderas,
          Clarísimos olvidos de tristeza
          Ciñen tu frente melancólica.
          Vagando de costa a costa
          El frío claro y azul que de tus venas
          Infundes con gozo, de graciosa manera
          Siento renacer: el hábito del sueño,
          El sueño en el sueño, el agua en el agua,
          Todo aquello que siendo hermoso
          Pasa sobre nuestras impuras frentes;
          Todo aquello que siendo triste
          Alcanza nuestros labios, besa nuestros ojos,
          Roza a los amantes que cohabitan en silencio:
          Así cubres con gracia bondadosa
          La dolorosa fatiga de sus cuerpos,
          Abandonados y tristes cuando el deseo escapa.

          ¿Hay algo, Dios ausente, que el poeta
          No puede penetrar tras los lejanos cielos?

          Bello hermano, las brumas
          Esbeltos vahos de tu boca;
          Tus alas, lentas nubes
          Sobre tu corazón que adentro
          Oculta el verde, el azul,
          La planta dulce de la primavera.

          Memoria del aire, cuerpo amado,
          Genio bondadoso que entre los hombres cantas,
          En la soledad de mi nocturno lecho
          Vives conmigo, con las imágenes amadas.
          Sobre la madrugada, apenas la lluvia
          Cae como una rosa oscura
          Delicadamente sobre tejados oscuros,
          A mi lado, con la tristeza de quien no tiene a nadie,
          Cuando mueres,
          No sé si muere alguna cosa dentro de este cuerpo mío;
          Cuando escapas,
          Así la vida escapa hacia las nubes.

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        La ascensión

          El viento arrastra al mar las arenas y escapa.
          Fue en el verano viejo. Las raíces y el sueño
          Cubrieron ya los cuerpos enterrados. Entonces

          Vino otra vez el viento. Luego fue la partida.
          Los imperiales fuegos devoraban terrones,
          Arañaban las bocas troqueladas en tiempo.

          La invencible mañana: las fuentes del estío:
          La vastedad de piedra dilatada: el silencio
          De la tierra: y el júbilo de aquella madrugada.

          El aire nos talaba y adelantó las ruedas.
          En ti nos recogimos, rayo extenso del águila
          Sentada en el extremo del mundo. Tren pequeño:

          El continente entero respiraba en tu espalda.
          Entonces nos llevaste. De dos en dos subimos.
          Te mirabas. Reías. Cantó el verano. Nadie.

          Atrás dejamos todo, y lo perdimos todo:
          La pesadez del ojo bajo el azul caliente
          De la mañana; el húmedo restallar de los labios;

          Tus cabellos tejidos; el anillo de llamas
          Mordido en la cintura; los días, esas manos
          Sobre amarillos ramos; esas voces sumidas

          Por la grandiosa roca del año.
          ... Así viajamos.
          El mediodía estaba desprendido en la altura.
          Y subimos. ¡Y el viento! ¡El granito! ¡El silencio

          Del aire! Nosotros cuatro juntos.
          Y ya no somos. Fuimos. ¿Y serenos, recuerdas?
          Todavía en la sombra brilla alguna mirada

          Fosforescente, vuelve todavía el pasado.
          Lo terrible no es eso. Cuando se cumple el tiempo
          De los viejos, y un niño renace de esa muerte,

          Y está todo en el término que fuera señalado:
          Sólo hay un hueco, un hijo de la tierra, una cifra
          Para este mundo seco. Pero nosotros, ¿dónde

          Cumpliremos los meses que olvidamos un día?
          Hace falta ser viejo para entrar en la muerte,
          Y entonces sólo había cuatro rostros perdidos.

          Y ascendimos. ¡La brisa! ¡El escollo! ¡El silencio
          Terrible de la noche combada en pétreo filo!
          Y subimos. Y estaba toda la gran altura

          Quemándose en la curva del espacio. Buscamos
          Toda esa noche el río. Y cuando estuvo cerca:
          Nos miramos los rostros sin encontrar los ojos;

          Nos vimos separados por una luz extraña.
          No hay regreso; hay partida de regreso: hay lugares
          Para ver el pasado -en la fotografía

          Amarilla, en la lluvia del adiós, en el cuerpo
          Besado-: y hay momentos para tomar las llaves
          Y arrojarlas al vado tenebroso, al bramido

          De la ola y el trueno. Pero el tiempo más duro
          Es el que nos impide seguir en el camino.
          Entonces nos cantaron las voces sigilosas,

          Nos vimos separados por esa luz extraña.
          Y era un frío, ¿no es cierto?, y era un torrente helado,
          Mi amor, ¿ya no recuerdas?, ¿no es verdad que temblaste

          Bajo la inmensa tela de tinieblas? Y el río
          Sonaba en su pequeño pulso de agua escondida.
          Temblando sumergimos los cuerpos largamente

          Desnudos, solitarios. Pensé en la casa entonces:
          Pensé en el viaje muerto y en el muerto que fuimos:
          Recordé la partida del barco: el golpe

          De Castilla y el polvo
          De España dividido por los antepasados.
          Volví a escuchar sonidos de mis pasos: estaban

          Las cartas que fluían sobre el hueco del tiempo.
          Ya no soy y eso he sido. Nuestras vidas: perdidas.
          Pero algo enseña siempre la carrera del año.

          Ninguno de nosotros podrá ser lo que ha sido.
          A lo más tendrá ausencia, si es que puede pensarla
          Cuando llegue la tarde con la vejez de silla.

          Todo será palabra referida a palabra:
          Miedo, rabia en la tarde, temor del viejo que oye
          Llegar la tarde: sombra, locura que aparenta

          Indiferencia: frío del polvo justiciero.
          ¿Y estaremos entonces para decir lo escrito?
          ¿Qué ha sido de nosotros? Tantos idos por siempre...

          Ignorados los nombres... las manos... y los ojos.
          Sin ser, sin estar siendo, a pesar de que fuimos.
          Sumergirnos temblando los cuerpos y esperamos

          Siete días al borde de la corriente: cartas
          Llegaron. Luego: alguna. Luego: la carta noche.
          El puente estaba roto: la marca derrumbada

          Del granito pesaba sobre nuestras espaldas.
          No podemos volvernos. Tal vez ya no podemos
          Volvernos. No pudimos volvernos. ¿Y a qué altura

          Sacamos nuestros panes y extendimos las mantas?
          "Es la hora del hambre, pues suenan ya los timbres
          Del hambre. Y dime entonces: ¿Ya ha llegado? ¿No es cierto?

          Y dime -no te vayas-, ¿es que sabes la hora
          En esta altura donde los relojes se paran?"
          La fuerza de la luna sujetaba los ojos:

          El gran rostro magnético del espacio: la estrella
          Oteando, traidora, los cuerpos ensañados:
          El aliento de escarcha de las piedras inmóviles:
          La quietud espantosa de estar algo aguardando:
          Y azul, azul profundo: profundo azul oscuro
          Más profundo: insondable: y negro azul y negro

          Volviéndose infinito: y la luna más negra
          Y el espacio y la estrella negreándose, negreándose.
          Y vino el frío oscuro... Pero en la noche oímos

          Respirar suavemente. Una, dos, tres estrellas
          Brillaron en el pecho del sur... voces ignotas
          Gritaron nuestros nombres. Levantamos los rostros.

          El agua estaba cerca. Subió la luz de nuevo
          Cantando: jubilosa entró en nuestras pupilas,
          Y cuando nos llamaron, entramos en las aguas

          De fuego y esperanza. Sobre la madrugada
          Creció el árbol inmenso. Y encima de sus ramas
          Temblando vimos toda la eternidad del mundo.

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        La dama sola

          Qué tiempo aquel dorado de mi Dama la sola,
          Cuántas olas oscuras viniéronla a abrazar:
          En qué secretas cámaras vi su cuerpo desnudo,
          Y en su cuerpo la noche que a veces tiene el mar.

          Qué playas de este mundo, qué soles cuando siento
          Que muy sola mi Dama me convida a beber
          Su vino del pasado, y el vino en mi garganta
          Me hacen joven de nuevo con otro amanecer.

          Qué lluvia hay en las sienes de mi Dama la sola.
          Me levanto y le digo: cuánto frío hay aquí.
          Y en el fondo del vino miro volar un pájaro
          Negro, y está nevando, y deseo partir.

          Y la Dama me sigue: qué insistente es mi Dama:
          Cuánta niebla en sus manos, cómo sus ojos son
          Países desolados por el hambre y la luna
          Y las redes bermejas que le lanza el terror.

          Cuánta nieve de antaño me ha traído mi Dama.
          Cómo sus ojos brillan si la trato de tú.
          Y siento que envejezco cuando me da una rosa,
          La rosa que cortara allá en mi juventud.

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        La encantada

          La encantada, la ofendida,
          La trocada y trastocada,
          La que a mí me mudaron
          Como árbol sin hojas,
          Como sombra sin cuerpo.
          Dios sabe si es fantástica o no es fantástica,
          Si en el Mundo se encuentra o no se encuentra.
          La que veo y se esconde,
          La que los niños siempre miran,
          La que jamás verán los Mercaderes,
          La que aparece
          Y desaparece.
          La que conmigo muere
          Y me desmuere.
          La visible,
          La invisible
          Dulcinea.

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        La niña de la oscuridad

          La niña de la oscuridad,
          La niña que tiene el rostro en la oscuridad
          De los jardines sombríos:
          En donde llueve y nadie sabe
          O sólo sabe que la niña lleva
          La mitad de su rostro,
          La mitad de sus ojos:
          La niña
          De la oscuridad,
          Volado el rostro,
          El rostro en sangre que derrama
          Sobre las flores: la niña que me llama
          Sobre la lluvia que no cae,
          En su mitad perdida,
          En los jardines sombríos de la tierra.

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        Lágrimas que dejé tras la montaña

          Lágrimas que dejé tras la montaña.
          Ojos que no veré sino en la muerte.
          A través del adiós, ¿quién me acompaña
          Si mis ojos que ven no pueden verte?
          Lágrimas y ojos que estarán mañana
          Tan atrás del ayer.
          Aquí, donde no se abre la ventana:
          Aquí la tierra mana
          Lágrimas y ojos que no te han de ver.

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        Los días que la ausencia ha devorado

          Nunca olvidarás la calle bajo la luz extraña
          De septiembre, una tarde; no olvidarás
          Olores del café que dormía en la taza,
          Pero tal vez olvides algo, tal vez se ausente algo.
          Y ahora sólo escucho el sonido de la noche
          Que cae de la playa, y no hay nadie,
          Nadie que te recuerde, nadie
          Sino los vientos
          Marítimos, las voces de los niños, y el perro
          Que duerme todo el día como espejo aburrido,
          Nadie sino el azul dormido por la playa.

          Entonces la penumbra rodeaba los sillones
          Y desde alguna parte la música subía,
          La música mojaba tu ardiente corazón,
          Y desde alguna parte, desde una parte gloriosa,
          Tu voz que conversaba derramaba los días
          Futuros de nuestras vidas, acentuando, invisible,
          Lo que apenas pensaba la memoria lejana.

          Compañero presente, no queda nada
          Sino el silencio de la casa,
          Los días que el amor ha devorado,
          Tu rostro que brilla en las paredes
          Acentuando la nostálgica luz de la luna,
          Los pasos que acercaron su carga de deseos
          Hacia el río desierto; y sólo el eco
          De esas largas conversaciones rotas
          En la orgullosa y perdida tarde final de un año,
          Las palabras llenas de alcohol bailando
          Delante de nuestros ojos; es decir, queda un nombre
          Que recorrió veredas sucias, pobres, tiznadas
          Por la luz de un crepúsculo;
          Y ahora, compañero, las mañanas ansiosas
          De estudio interrumpido caen entre mis manos
          Y desde el parque viene la bocanada amarga
          De aquello que responde sólo a un pasado muerto.

          Abrid, abrid las puertas silenciosas
          Que el tiempo no ha tocado; dejad que entren los cuerpos
          A ocupar su lugar; dejad que el lecho curve
          Un arco distendido de pieles ardorosas;
          Dejad que alguien devore los días. Sólo queda
          En la casa de antaño un viento que recorre
          Cuerpos aletargados: un viento que levanta
          Días donde las ciénagas reciben cuerpos muertos,
          Días que retroceden del día que dejaron,
          Días que sostenían una nueva estela,
          Una burbuja apenas
          Sobre el agua callada que alguien bebiera solo.

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        Los que resplandecen en la noche

          Están aquí en la noche
          Más jóvenes que nunca, albores de sus venas,
          Fulgores de sus ojos inviolados:
          Llamas que arden sin arder, pies y manos
          Sellados por el óleo:
          Esplendores que giran sin moverse
          Con el sol nocturno que corona sus cabezas:
          Interminables cuerpos
          De fuego que se extingue y no se extingue;
          Transparentes de ser cuerpos
          Que nos tocan:
          Bocas gloriosas que desprenden estrellas:
          Están en todas partes y no están en todas partes,
          Y están sin espacio,
          Sin espacio sin espacio sin espacio
          De nunca estar estando: ágiles
          Como todo el relámpago: purísimos
          De ser siempre nuestra compañía: tiernos
          Cuando nos tocan en el sueño,
          Cuando nos besan y decimos que es la brisa.

          Están aquí para que los miremos sin mirarlos,
          Los únicos que nos borran la tristeza de estar vivos,
          Los únicos que nos dicen que a la Casa no hemos regresado.
          Están aquí más jóvenes que nunca
          En sus radiantes cuerpos,
          En sus perfectos cuerpos esta noche,
          Vestidos por el agua y por el fuego,
          Más jóvenes que siempre en la sustancia de la luz,
          Los Resplandecientes.

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        No hay tiempo

          No hay tiempo si en el agua de diamante
          Que roza nuestros cuerpos
          Tú y yo nos sumergimos: el agua tuya con el agua mía
          De tu boca, y apenas el hundir
          De los secretos labios en el mar.
          Sólo tu piel abierta
          Como la abierta noche de la noche
          Donde tus muslos amanecen.
          Y el silencio en los olivos.

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        No tiene

          Los mocasines negros,
          La sangre púrpura,
          El corazón negro,
          El solideo púrpura
          Las uñas negras,
          La fascia púrpura
          Que rodea una barriga negra,
          Los labios purpúreos,
          Las hebillas de oro del poder negro,
          La sotana negra de sedosos frufrúes
          Que silban si el prelado
          Muy airoso en perfume camina.
          Todo esto se vende
          En las tiendas de Roma exclusivas.

          Y no tiene el hijo del hombre dónde
          Reclinar la cabeza.

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        No tuvo

          No tuvo príncipes,
          No tuvo tiranos de botones dorados
          No tuvo simoníacos
          Que intentaran comprar los dones del Espíritu
          No tuvo consejeros falsificadores
          Ni biombos bípedos
          No tuvo traidores salvo dos
          (Uno murió crucificado,
          El otro en los colmillos de Lucifer).
          Sobre todo no tuvo príncipes.
          ¿Por qué príncipes?
          ¿Por estar entre los primeros,
          Ser los primeros o ser los últimos?
          Sobre todo no tuvo aduladores.
          Los aduladores, como se sabe, están
          Hundidos hasta el cuello
          En una laguna de excrementos.
          No tuvo cardenales trepadores
          Ni papas que murieran en olor de maldad.
          No tuvo.

          Que Dios se apiade de ellos.
          Y de nosotros.

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        Noche perdurable

          Apóyate, noche, sobre nuestros pechos: éntranos
          En tu centelleante oscuridad.

          Noche de los amantes que yacen sepultados,
          Nnoche de la serpiente que nos acecha siempre.
          Solemne y alerta
          Apóyate para cantar en nuestros pechos. Apoya
          Tu cabeza en los muslos del solitario:
          Hazlo fulgir, haz que su llama brille un momento,
          Haz que su fuego se eleve a tu cabello estrellado.
          Sobre las llamas de nuestras vidas desiertas,
          Tú, la gran errante, vienes sobre nosotros.

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        Primera madrugada

          Escucha, susurrante, el tiempo de las estrellas,
          La silabeante madrugada que se acerca.
          Escúchate el cuerpo que tembloroso aguarda,
          La llave desolada del abrazo, el trémulo contacto,
          La mano que te cierra los ojos, la tierra que se abre
          Con ignorados frutos. ¡Levántate, dormida!
          La noche final te atraviesa,
          Todo el mundo nos atraviesa, nos envuelve.

          Mi cuerpo está en ti.
          Nuestros cuerpos gimen a través de la tierra.
          Muerdo el gozo del rocío y levantamos las banderas del amor
          En lo alto de los edificios orgullosos.
          Y en ti tomo la humedad de los bosques,
          Las solitarias fuentes escondidas.
          Y liberto en tu sangre los ríos en esta hora de las colinas que se
          Estremecen,
          Ahora que tú rasgas la noche que se aleja,
          Y yo surjo de ti, nutrido de tu amorosa profundidad.

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        Si no es a oscuras no te veo

          Si no es a oscuras no te veo.
          Si no es a noche no te alcanzo.
          Si no es en ay donde me tiemblo.
          Si no es perdido cuando parto.
          Si apenas agua sobre el fuego.
          Si apenas fuego sin la mano.
          Si apenas mano con el beso.
          Si no es perdido cuando parto.
          Si apenas siempre cuando encuentro.
          Si nunca encuentro cuando espero.
          Si toda muerte en el abrazo.
          Si nunca llego cuando llego.
          Si nunca muero cuando muero.
          Si no es perdido cuando parto.

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        Soliloquio de la enamorada de la noche

          Pero ayer no fue tu tiempo. Tu tiempo comenzaba
          Detrás de la oscuridad, en las doradas
          Tumbas de algún otoño. Porque tu tiempo
          No es el de ayer, ni siquiera será el que me arranques
          El día de la mirada. Pasé yo junto a ti,
          Y te miraba. Y era el tiempo sobre los sellos del amor.

          Las calles en que no estás se han tornado vacías:
          La alegría furiosa estalla en el pavimento:
          Brotan las extrañas flores de los rostros
          Recibiendo la luz gloriosa: y en la tarde
          La juventud es inmortal bajo la cólera de la vieja primavera.
          Y tiemblo al recordarte: escucho siempre tus palabras:
          Temblaba cuando abandonaste tu mano sobre mi vientre,
          Porque me sentía herida: y eran tus palabras
          Las que me penetraban. Y era el óleo primero del amor.

          Ay: el tiempo y las tinieblas del amor están perdidos,
          Y no tengo raíz que me haga renacer,
          Y no puedo despedirme entre estas cuatro paredes muertas.
          Ay: el tiempo del amor derrotado, el minuto del viento que pregunta
          Fluyen en mí, manan de mi cuerpo como los ríos claustrales de la ausencia,
          Y estoy despierta en la noche mientras el cielo arde desde que amanece
          Y la gloria de abril se escucha afuera.

          Todo era hermoso entonces. Estabas
          Siempre partiendo de ti mismo. Y yo partía
          De ti para encontrarme. Si te inclinabas
          El agua del amor me borraba los ojos. Si te inclinabas
          Era como si tu vientre se uniera con el mío dentro del vientre de tu madre,
          Y yo no hacía sino quemarme interminablemente,
          Y mirando todo el mundo pasar ante mis ojos, tú entrabas
          En mi muerte, mudo, y la penetrabas,
          Cuando descendías sobre mi cuerpo, y cuando mi cuerpo era
          Tu agricultura sedienta.

          ¿Es él el que regresa preguntando cuánto ha durado el tiempo y cuántos siglos espero?
          Yace en otro país y otro tiempo late para él, otro tiempo distinto del mío:
          Duerme mientras yo camino y converso con otras personas:
          Y yo no puedo estar en ninguna de esas cosas,
          Y no es él el que vuelve sino la lluvia que amenaza a la capital desde el norte
          Y los millones de miradas estremecidas por el repentino otoño que ha llegado.
          ¿Quién llama, amor mío, desde las torres de los edificios altivos?
          ¿Eres tú el que pregunta en el silencio de la noche?
          Los pasos se alejan por la calle y los muros envejecidos:
          Y no eres tú el que regresa,
          Porque sólo se tienden sobre mi rostro todas las insignias del amor derrotado
          Y nada queda en mi corazón sino los ecos que repiten largamente
          Las campanas de la oscuridad.

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        Thomas Wolfe camina por Virginia

          A Guillermo Trejo.

          A través de la noche vas dejando tu ausencia,
          Sin hojas que desde el bosque anuncien lo que has dejado,
          Sin puertas que penetren tus pasos oscurecidos.
          Oh impalpable, oh músico de viejas y enterradas ciudades,
          Escucho, uno a uno, tus pasos bajo la noche
          -La noche sobre Virginia- cuando llegaste a Richmond
          Mordiendo tu corazón, abandonado en vida
          Como una profunda ola en un mar lejano.
          Pardas y tristes glorias cubrieron tus tristes ojos.

          We shall not come again.
          We never shall come back again.

          No pasarán los aires sobre tu lento cuerpo.
          Tú, el más extraño, el eco de un amor oscurecido,
          El más lejano en tu aventura por la tierra,
          Ven a recibir la mano que no encontraste,
          Ven a abrir la puerta, ven
          A recordar los nombres que en tu memoria huyeron,
          Ven a buscar el niño delicado y confuso,
          Perdido en la colina,
          Ausente porque el tiempo pasaba entre los arces.

          Desde entonces, desde ahora
          Entras sobre la mano rugosa de nuestra América,
          Thomas, Tomás, apellidado angustia,
          Thomas, Tomás, apellidado furia,
          Thomas, Tomás, apellidado muerte;
          Vienes sobre los hombros del caballista duro,
          Caes sobre los pasos cansinos del solitario,
          Cantas en los fogones tu extraña vidalita;
          Thomas, Tomás, tu cuerpo se ha extendido
          Y en la noche profunda tú has mordido el relámpago
          Y has muerto de la última muerte que deseaste.

          We shall not come again.
          We never shall come back again.

          En el océano lechoso de una antártica niebla
          Un día atravesaste los caminos de Francia.
          Fuiste sucesivamente rompiendo tu vida,
          Fuiste destrozando callado el aire que te rodeaba:
          Eras demasiado amor para el estrecho círculo
          De Asheville, de Park Avenue, de París o de Londres,
          Eras demasiada angustia para Esther desolada:
          Mrs. Jack, su mundo planetario,
          La joya derrotada de su amor en la noche.
          Oh corazón: pregunta en nuestra América oculta
          Si tu efímero sonido de hombre destrozado
          Encontré, por fin, un eco que se volviera piedra,
          Un canto hecho de furia, un canto hecho de viento.

          Virginia, los pinos de Virginia, las playas con secretos,
          La estación neblinosa,
          El mar como mujer dormida:
          Todo pasa a tu lado, pero tu amor persiste;
          Cada paso tuyo es un paso hacia la muerte,
          Así como los tristes fantasmas de las hojas
          Tras tu espalda cansada, así como esperan
          Al llegar a tu casa la muerte de tu hermano.
          Y alguien entona al tiempo de morir solitario
          Una antigua canción de angustia y de nostalgia.

          We shall not come again.
          We never shall come back again.

          Vuelve, vuelve ahora, reposa, hermano,
          Para que desde lejos, de todas partes vengan
          A recibir tu cuerpo que traspasan las sales,
          Para que pongan calma en tu cuerpo dormido,
          Para que llenen de música tu nombre,
          Para que cubran de silencio tu angustia.

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        Relación de medianoche

          Si entras a esa casa, a medianoche,
          Si entras en ese mundo,
          Y sigiloso y en puntillas dejas
          Quietas las manos, con cuidado
          No respiras, y si los ojos fijas
          En una hoja de papel en blanco
          Por algunas semanas, y luego te desprendes,
          Aunque es difícil, de tu cuerpo,
          O si lo dejas en los años que te quedan
          Por vivir, y nadie hay en la casa,
          Y nadie hay en el mundo de la casa:

          Verás que el cigarrillo enciende al fumador,
          Y el vino se bebe al embriagado,
          Y el libro lee a su lector,
          Y la chaqueta se viste de su dueño,
          Y el pan engulle a sus hambrientos, y el espejo
          Se mira en el azogue de la dama,
          Y de improviso se enciende una pared,
          Y asoma una cabeza, y la saludas,
          O muy de súbito sale de tus hombros
          El niño que serías, y lo besas,
          O una mano en el aire arroja de improviso
          Abejas de oro sobre tu cabeza,
          O ves llegar la madrugada
          Y te duermes
          En otra casa, y en el sueño tratas
          De buscar lo que has perdido:
          Ese mundo real que ya no tienes,
          Porque entraste en el mundo de los ojos irreales.

          Salvo que entraras de nuevo en esa casa...

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        Tierra ausente, no has de volver jamás

          Por eso, cuando el vientre sinuoso del alcohol te rodea;
          Cuando las luces de las calles resbalan por tus ojos
          Como extrañas bocas planetarias;
          Cuando -con los puños ardientes-, preguntas por el pasado que te
          Escupe las entrañas,
          Tú escuchas, bajo el eterno
          Y solitario corazón de la noche,
          El respirar, la angustia, las historias anónimas
          De millares de cuerpos ya desvanecidos
          Bajo embelesos negros y el incansable
          Sueño del tiempo que hunde sus cinturas heladas.

          ¡Si pudiéramos volver, si en los amargos grumos de la noche
          Oyéramos el incesante rumor distanciado
          Del tren que avanza al sur! ¡Si fueses tú el que vuelve,
          En la inminencia fría de nieve melancólica,
          Sin nada más! Pero, ¿por qué el regreso,
          Para qué ese silencio de otras caras marchitas
          Que han de mirar sin conocerte? Preguntarás en vano,
          Por qué eres un extranjero en el hogar de arena
          Que elegiste. Dirán con gestos de cansancio:
          ¿Quién es este que vuelve encallecido?

          Y ahora recuerdas el regreso de la vieja tormenta que sacude la casa.
          Sientes la jubilosa garganta de la tierra
          En octubre encantado, cerca de los volcanes.
          Oyes la voz helada, las funerales sílabas
          Del padre tenebroso que nunca conociste.
          Recuerdas unos inmensos ojos de ternura inclinados
          Al borde de tu noche. Y la tormenta oscura
          -Que muerde, temblorosa, la casa desierta-
          Vuelve a inundar las piezas solitarias.
          Aparece en el cielo el incendio de los bosques;
          Las cenizas cubren la provincia. En la mañana
          Te despiertas y escuchas las campanadas
          De la lluvia y el violento
          Golpe de las ciruelas al caer en el suelo.
          Oyes que los vecinos comentan, sigilosos,
          Los recientes temblores, y un hálito de brujos
          Corrobora sus voces. De improviso, y gloriosa,
          Ves surgir la mañana -rápida, limpia, fría-
          Sobre el azul secreto del lago, y en sensuales
          Sábanas desperezas tus miembros recordando
          La herida del amor y de la amante.

          ¡Oh, vuelve,
          Vuelve, mágica noche, si abrazados rodamos
          Por un espacio tibio! ¡Mágica noche tuya
          Y del amor, ya nunca ha de caer tu tierra
          Rota con hachas asesinas! ¡Ya nunca, oscura boca,
          Has de volver a destrozar olvidos,
          Mientras el tiempo oscuro te trae, silencioso
          -En esta habitación que el Guadarrama mira-,
          Reunidos recuerdos! ¿No escuchaste en la noche
          La voz del pájaro maligno perdido entre los bosques,
          No sentiste el brutal desgarrón de la sangre
          En cierta primavera, cuando te despertabas solo
          Y un tibio resonar de inmortales promesas
          Y deseos te mordían en el lecho?

          Y ahora sólo el sueño
          Y la ausencia del tiempo tiemblan en tu garganta.
          La prodigiosa, insondable, luz de Castilla surge,
          Brota desde la tarde y sin embargo vuelves
          Las memorias a inmensas cordilleras de nieve.
          ¡Oh días de promesas solitarias sin nombre
          Junto a la lasciva nieve, mientras la rata muerta
          Del silencio se alzaba desde la cordillera!
          ¡Oh retorno imposible de la amante escondida
          Que sepultada yace buscando unas raíces!
          Oyes las voces de muchachos que vuelven
          De un verano marino y un letargo de arenas.

          ¡Oh, gira, gira, noche!,
          ¿No estás tranquila, no esperas nada
          De todo lo que duerme detrás de aquellos pasos
          Sembrados en tu pecho? Y algo se mueve ahora
          En la noche y recorre los corazones yertos,
          Y algo grita en salvaje, desconocido llanto,
          El lenguaje de oscuras profecías. Y sientes la madrugada,
          La inevitable y gloriosa y desierta madrugada.
          ¡Oh tierra, tierra ausente, no has de volver jamás!

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        Última primavera

          La luz bajaba desde la colina.
          El sonido de un tren, un paso que he perdido.
          Juventud, herida de otro tiempo,
          Te alejas soñolienta
          Como una verde lámpara sepultada en la noche.

          Algo silencioso
          Estaba junto a mí. La lluvia
          Penetraba los techos perfumados.
          Juventud, perdiste tu campana antigua,
          Tu yelmo mágico,
          Tu vara transparente.

          Esta es mi habitación. Esta tu llama.
          Este el vestido. Esta tu cintura.
          "Tu nombre", dijiste, "se ha perdido en la sombra
          Búscalo más allá, detrás de las colinas".

          Era yo el que cantaba.
          Nadie ha de saciar nuestro encuentro perdido.
          Me perdí en el bosque. Partiste a los canales.
          La luz bajaba desde la colina.

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        Vagabundos en la noche

          Te llama el sur esta noche, te llama como nunca
          El corazón secreto de la lluvia, te llama un perfume
          Dejado en la distancia y que regresa ahora.
          ¿Hay algo para el cuerpo que espera con nostalgia,
          Algo para su sed, para el canto que escapa;
          Hay algo, viene algo por el cielo, no oculta la cordillera
          Nuestra pregunta insomne, no guarda su pecho oscuro
          La respuesta a ese tiempo que desde el mar avanza?

          ¿Es eso lo que recuerdas, es ese ser oculto que por las calles canta,
          Es ese vagabundo que duerme en la basura,
          Con los zapatos rotos y la cara hacia el cielo,
          En una horrible mueca?
          ¿Es eso lo que recuerdas, es eso que por las ramas
          Insiste en la primavera:
          La joven esposa muerta, la huella de los hombres
          En el parque mojado? ¿Era eso en la noche,
          Eran las luces secas de brillos petrificados
          En las calles del lujo?

          Para ti, tierra, las vidas de los hombres solitarios,
          Los niños harapientos jugando entre la lluvia,
          Los nombres, las fechas y las personas muertas;
          Para ti las tormentas, las colinas purpúreas,
          Las castañas en duros zurrones afilados,
          Las lámparas en grandes
          Habitaciones, los vientos,
          Los vientos sobre plazas desiertas,
          Mientras las hojas secas en el sediento asfalto
          Acumulan la futura lluvia que aparece.

          Es cierto: porque cuando pasas sobre la noche;
          Cuando, sigilosamente, aparece la lluvia,
          Y recuerdo los seres que pasaron,
          El calor de unas sienes doradas por el vino;
          Cuando cruza el otoño -rojo de furia triste-
          Por semáforos, autobuses, tiernas escalinatas,
          ¿Hay algo en esa cara que interroga hacia el aire
          De un día que soporta otro día lejano?

          Para aquellos las luces llenas de terciopelo,
          Las sibilinas voces de perfumes, las vagas
          Promesas de placer en cálidos recintos;
          Para ellos las noches de promesas ocultas,
          Las estampas de un invierno pasado,
          El entierro lejano, el humo
          Sobre el parque. Papeles enloquecidos
          Caen hacia un otoño rabioso que se acerca.
          Están sobre los puentes acumulando angustia,
          El agua tiene secos reflejos afiebrados,
          Sus ojos se adormecen, fiebre y frío penetran
          Los ansiados retornos que por el río pasan.

          ¿Qué han perdido en las noches,
          En la esquina poblada qué interrogan sus caras?
          Hablan del mar cercano (el viento se estremece,
          El viento cruza y pasa) y apretados esperan
          Un ayer imposible para un futuro incierto.

          Tierra, tierra sobre deseos, sobre puentes y ramas,
          Sobre arenas desiertas, sobre pasos que mueren,
          ¿Qué buscas, qué esperas
          Para alcanzar un rostro, un harapo, una mano quemada
          Por la moneda avara? ¿Es que esperas sus muertes
          En la noche, sólo sus vidas hoscas
          Consumidas sin haber conocido
          El hueco de un calor,
          El sueño sin temores, el alba
          Por fin mágica y buena?

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