.
.
    Información biográfica

  1. A la muerte
  2. A mi hijo
  3. A qué apenarse tanto
  4. Acatamiento
  5. Alejamiento
  6. Alfonsina Storni
  7. Ansiedad
  8. Blanca piedrecita
  9. Bordados de Dios
  10. Buenos Aires
  11. Candor
  12. Clotilde en "La mujer pobre" de León Bloy
  13. Como un rumor de aguas
  14. Con mis viejos retratos
  15. Con ojos de niña
  16. Confianza en la providencia de Dios
  17. Confidencias de amor
  18. Consolación
  19. Cuéntame un cuento, madre
  20. De la segunda venida de Cristo
  21. Desencanto
  22. Designio
  23. Diálogo con Dios
  24. Dice el Señor
  25. Dice la niña
  26. Dios existe
  27. Dios me salva
  28. Duérmete, mi niño
  29. El alma acorazada
  30. El antiguo jardín
  31. El castillo
  32. El Cristo de Dalí
  33. El mensaje perdido
  34. El muñeco
  35. El muñeco roto
  36. El niño dormido
  37. Espejos
  38. Historias... historias
  39. Khalil Gibrán
  40. La antorcha
  41. La arcilla de Khayyam
  42. La hormiga
  43. La ley de la vida
  44. La mariposa
  45. La música
  46. La nubecita
  47. Los gorriones
  48. Mar de vidrio
  49. Mi físico
  50. Miedo a la vida
  51. Momentos
  52. No le hables de la muerte
  53. No me llames poeta
  54. Renacer
  55. Vértigo




    Información biográfica

      Nombre: Marilina Rébora
      Lugar y fecha nacimiento: Buenos Aires (Argentina), 7 de enero de 1919
      Lugar y fecha defunción: Buenos Aires (Argentina), 19 de septiembre de 1999 (80 años)

    Arriba

      A la muerte

        I

        Muerte,
        Fatal término, ausencia por siempre.
        Sólo el campo yermo que nos recibe,
        De su tierra, nuevo abono.

        Nunca más la fragancia de la brizna de hierba
        Ni el arder de encendidos leños;
        Tampoco la fina llovizna de la ola rompiente
        En el rostro de frescura ávido.

        II

        "Era nuestra madre", dirán después los hijos
        Con ternura en los ojos.
        El dolor de la ausencia, olvidados objetos
        Mañana joyas auténticas.
        "Ella decía...", repetirán las frases
        Antes molestas
        A causa de desgano
        O ansias de silencio
        O sueños de libertad.
        Sílabas musicales enhebrarán palabras en recuerdos imperiosos,
        Desesperación de volver a vivir en el tiempo...
        Tarda respuesta a un canto de amor.

        "¿Recuerdas aquel gesto?
        "¿Y su sonrisa triste?
        "¿Y su pensamiento fijo en nosotros?
        "¿Sus manos, suavidad de alas rozando nuestros rostros?
        "¿El paso quedo junto a nuestro lecho en la alta noche
        Y el murmullo de plegaria para encomendarnos a Dios?

        III

        Poco a poco el ausente
        Más lejos cada vez en el recuerdo
        -Que alguien siempre lo reemplaza-;
        Sus cosas van perdiendo la fragancia que de él se desprendía,
        Impregnándolas;
        La manera de inclinarlas no es la misma
        Y en el tiempo
        Va cambiándoselas de sitio.
        Cada día su nombre acude menos al labio.
        Las lágrimas en manantial ya no brotan;
        Tan sólo de a una
        Que se enjuga furtiva.
        Hasta que todas secan
        Agotada la fuente de dolor.
        Un velo cubre entonces la imagen en la retina,
        La maleza oculta la antes nítida figura en todo paisaje,
        Visten los ambientes colores de seres distintos
        Que distraen,
        Va el alma tras vivencias nuevas.
        Y un día
        Se llora el olvido.

        Tú, muerte tan temida,
        Sólo eres un pretexto:
        El olvido es más cruel que tu guadaña.

      Arriba

      A mi hijo

        Alguien dijo que recuerdas
        Un niñito de Murillo,
        Y en verdad que lo pareces
        Por tu gracia y por tus rizos.
        Tienes cabellos castaños,
        Ensortijados y finos
        Con algo de oro en las sienes,
        Como si fuera rocío.
        La tez pálida y morena,
        Negros ojos expresivos
        Que miran llenos de asombro,
        Como miran los del niño.
        Estabas con tus juguetes,
        De pie sobre el ancho piso,
        Cuando te vi de repente
        Junto al blanco corderillo;
        Y al mismo tiempo la imagen
        Que tuviera en el olvido
        Apareció viva y fuerte,
        Tan clara como un prodigio.
        Sin perder un solo instante,
        Entré de un salto al recinto
        Y trepando como pude
        Saqué el Cristo de su sitio,
        Colocándolo a tu lado
        Según era mi designio.
        Y después, en un arranque
        De ternura y de cariño,
        Orgullosa más que nunca
        De mi hijo y de mi niño,
        Exclamé dándote un beso
        En ese rostro tan lindo:
        "¡Eres el San Juan Bautista
        Más delicioso que he visto!"

      Arriba

      A qué apenarse tanto

        ¿A qué apenarse tanto por las pequeñas cosas?
        Guardemos el pesar para lo irreversible.
        Si se olvidan los besos y marchitan las rosas,
        Soportemos la vida, con ánimo apacible.

        Vistámonos con alas de etéreas mariposas,
        Soñemos en lo alto la cumbre inaccesible,
        Que dejando detrás ideas enojosas
        La vida cotidiana será más accesible.

        Aceptemos un mundo que sea conciliable;
        Un solo hecho cuenta carácter trascendente:
        El hecho de no ser, un día, de repente,
        Y de decir adiós a todo lo mutable,
        Viviendo en armonía, tratando que no estorbe
        Nada de lo minúsculo, ante el girar del orbe.

      Arriba

      Acatamiento

        He querido morir, Señor, pero he vivido
        Y confieso ante Ti mi aleve cobardía.
        ¿Qué dejo para aquellos semejantes que han sido
        Probados en dolor a punto de agonía?

        Y por querer morir, Señor, he revivido
        Puesto que Tú dispones que pase al nuevo día,
        Retornada a mí misma, tras haber pretendido
        Ordenar mi existencia como si fuera mía.

        Ya no habré de volver contra Ti aunque padezca
        Ni habré de lamentarme en la misma desgracia.
        Si no es tu voluntad que mi vida perezca,
        Acepto de buen grado, Señor, tu santa gracia
        Y todos los misterios con que la tierra animas,
        Que para nuestro bien, lo que haces, estimas.

      Arriba

      Alejamiento

        Resultará forzoso el cruel alejamiento
        Y habrá que decidirse, como lo inevitable,
        Lo mismo que aceptamos la violencia del viento,
        El rugido del mar o el tiempo inexorable.

        Habrá que tener ánimo en el fatal momento
        Para abdicar de todo lo que nos fue agradable,
        Y saber resignarnos en el recogimiento
        Con el gesto tranquilo ante lo inapelable.

        Los ojos en el cielo, frente al azul del día,
        Serán dulce consuelo las venturas de otrora
        -El hogar de la infancia, juventud, poesía-,
        Y al alumbrar la luna, al filo de la sombra,
        Tendré la paz ansiada, y llegará la hora
        En que cerca de Dios, tan sólo a Dios se nombra.

      Arriba

      Alfonsina Storni

        Entre un romper de olas descubro el monumento
        De la que fue poeta y ante todo mujer.
        La luz va declinando en apagarse lento
        Y ya en el horizonte muere el atardecer.

        Como dulce canción me llegan con el viento
        Las palabras de otrora, recuerdos del ayer,
        Y todo cobra vida, mágico, en un momento,
        Igual que si de nuevo hoy la volviera a ver.

        Me encuentro allá en la infancia junto a ella sentada,
        Personaje irreal para mi ingenuo asombro,
        Que apenas a nombrarla me resuelvo: "¡Alfonsina!"

        A mi débil susurro responde embelesada,
        Acercando —amorosa— mi cabeza a su hombro:
        "¡Y tú eres Marilina y serás Marilina!"

      Arriba

      Ansiedad

        Ansia de estar un día en un puente de mando,
        Recibir en el rostro el castigo del viento;
        Sin ninguna arribada, por siempre navegando,
        Sin dudas ni temores, cansancio o desaliento.

        Y no saber siquiera en qué forma, ni cuándo,
        Ha de concluir el viaje -en milagro de cuento-;
        Ni cuándo retornar a este mi lecho blando,
        Ni a la antigua ventana, ni al dorado aposento.

        Acres de sal los labios, ruda racha en la frente,
        Perdido el horizonte, sin destino la nave,
        Sin nada que la guíe, sin nadie que la oriente,
        Mecida por las olas, columpiada en la cresta,
        Apenas sobre el mástil las alas de algún ave;
        Sólo el rumor del mar, y Dios como respuesta.

      Arriba

      Blanca piedrecita

        Lo he meditado mucho, Señor, aunque no espero
        Visión de corcel blanco o de espada en tu boca,
        Estrella o mar de vidrio —ni menos, candelero—:
        Quiero de Ti otra gracia y mi labio la invoca.

        Quiero sí un nuevo nombre: el que nadie conoce,
        Únicamente sólo aquel que lo recibe,
        Para perfeccionar en infinito goce
        Lo que apenas el alma en sus ansias concibe.

        Un nuevo nombre escrito en blanca piedrecita.
        "¿Cuál será?", me pregunto. Inútil responderme
        Pues lo susurra sólo el ángel que visita
        Las almas que Tú eliges para esta recompensa.
        (Mientras se cumple el término, el espíritu aduerme
        Y la mente imagina, discurre, trama, piensa...)

      Arriba

      Bordados de Dios

        "¿Qué quiere decir glauco?”
        "Muy simplemente, verde."
        "Y añil, ¿qué significa?"
        "Azul; es bien sencillo."
        "¿Y el escarlata, madre? Di, para que me acuerde,
        Como siempre recuerdo que el gualdo es amarillo."

        "Del latín scarlatum deriva el carmesí,
        O más preciso el rojo, el de Caperucita,
        Y ya más definidos, los tonos de rubí:
        Encarnado, bermejo, sin que el punzó se omita."

        "Colores y colores, colores, madre mía,
        En variedad constante que todo lo renueva
        Para dar a las cosas infantil alegría.
        Por eso Dios se afana derramando colores
        Y, para que tengamos siempre alegría nueva,
        Borda ese paraíso, prisma de resplandores."

      Arriba

      Buenos Aires

        No tendrá Buenos Aires un río de cobalto
        Ni en sus cofres tesoros de vivas esmeraldas,
        Pero el cielo celeste es bandera en lo alto
        Y extensa pampa verde se brinda a sus espaldas.

        Falto de Budas de oro o faroles de piedra,
        Alminares curiosos o jardines alados,
        Mas es rica en paredes apretadas de hiedra
        Y jazmines, aromos y ceibos colorados.

        Posee todavía trepadoras glicinas,
        Trémulas madreselvas, vocingleros gorriones,
        Cuando no el aleo perspicaz de golondrinas
        Percutiendo cristales, revolando balcones.
        Y el sol, siempre con sol en patios y terrazas,
        Tejiendo entre los árboles de las umbrías plazas.

      Arriba

      Candor

        No trates de llevarme al mundo de los sabios
        Para hablar del origen de la criatura humana;
        Canciones y sonrisas sólo quiero en tus labios
        Y agradecerle a Dios tu ser, cada mañana.

        No me ilustres la mente; prefiero no saber,
        Conservar mi ignorancia hasta en dulces tonteras,
        Que, como en la niñez, aún quisiera creer
        En magos, nigromantes, en elfos y hechiceras.

        Déjame porque guarde el candor de la infancia
        Aunque tal vez parezca desusado por bobo,
        Sin buscar en el tiempo de remota distancia
        La explicación terrena de la divina obra.
        Sería tan sensible como pinchar el globo,
        Cuando el niño, a momentos, lo suelta y lo recobra.

      Arriba

      Clotilde en "La mujer pobre" de León Bloy

        "La única tristeza" —insinúa Clotilde—
        "Es la de no ser santo", añadiendo, "aquí abajo".
        ¿Pues no basta, me digo, un corazón humilde
        Ni el espíritu hecho a piadoso trabajo?

        ¿Tampoco es suficiente tolerar la injusticia,
        Eludir el halago con natural modestia,
        Desconocer a un tiempo altivez y codicia
        O cumplir los deberes sin acusar molestia?

        No; que el ser sobrehumano, aquel que a sí renuncia,
        El mismo que se niega y carga con su cruz,
        El que calla dolores y alegrías anuncia
        Para alentar al prójimo con el amor debido,
        Es el que alcanza —único— áureo nimbo de luz,
        El santo que Clotilde lamenta no haber sido.

      Arriba

      Como un rumor de aguas

        Como un rumor de aguas, la voz oí diciendo:
        "No te estés quieta ahí, por algo toma parte.
        Ni fría ni caliente, tal irás feneciendo.
        Según sean tus obras, así habremos de darte.

        "Ten prendida tu lámpara —la lámpara de fuego—
        Pues que ya llega el tiempo y tu día es ahora.
        El que tiene la hoz, El que dice: "Yo siego",
        Dirá en cualquier momento que ha llegado tu hora.

        "Conozco tus trabajos y también tu paciencia,
        Mas tengo contra ti ese dejarse estar.
        Arrepiéntete y vuelve a la obra emprendida,
        Que si no vendré a ti por tu desobediencia
        Para, tu candelero, remover del lugar.
        Si vences, comerás del árbol de la vida",

      Arriba

      Con mis viejos retratos

        Señor, quiero ser yo, y sólo con lo mío,
        Por humilde que sea, aun pobre y pequeño;
        Nada de adornos vanos ni lujoso atavío
        Ni aquello que deslumbra en ambicioso sueño.

        No quiero en devaneo, tampoco en desvarío,
        Lo que no corresponda, aunque sea halagüeño;
        Es triste lo ficticio, y mucho de vacío
        Disponer como propio de lo que no se es dueño.

        Quedar con nuestras cosas, lo que en verdad motiva
        Y es razón de vivir en el cabal sentido
        —Unos viejos retratos, tal lámpara votiva
        Y la talla minúscula del antiguo San Roque—,
        Y conmigo ser yo es lo que quiero y pido,
        Dentro de lo que fuera y lo que al fin me toque.

      Arriba

      Con ojos de niña

        Señor, siempre te veo con los ojos de niña:
        Primero en el pesebre, aureolado de ovejas;
        En lo alto, la estrella, que sus reflejos guiña
        Sobre el burro y el buey al mover las orejas.

        Hombre, vas por montaña, y por valle y campiña,
        Curando enfermos graves que bordan las callejas,
        La triste multitud que al oírte se apiña,
        Y encima de las aguas caminando te alejas.

        Al final, te imagino, arriba, entre las nubes,
        Centro de los arcángeles con extendidas alas;
        En macizo de flores —azucenas y calas—
        Se abren las estrellas, por donde al Cielo subes.
        Aunque me ves en casa, jugando sobre el piso
        Y sonriendo desciendes hacia mí, de improviso.

      Arriba

      Confianza en la providencia de Dios

        No os acongojéis por falta de comida
        Y menos todavía por lo que el cuerpo cubre,
        Ya que más que el comer vale la propia vida
        Y más aún el cuerpo que lo que lo recubre.

        Mirad las azucenas, no hilan pero crecen
        Y nadie se ha ataviado como ellas hasta ahora;
        Si Dios así las viste y de nada adolecen,
        Qué no os dará a vosotros cuando llegue la hora.

        Son las gentes del mundo las que corren en pos
        De tantas de estas cosas que el mundo les procura,
        Mas sabe vuestro Padre lo que habéis menester.
        Buscad primero entrar en el reino de Dios
        Para que a Su Presencia podáis comparecer
        Y todo lo demás tendréis de añadidura.

      Arriba

      Confidencias de amor

        I

        La mecedora de la abuela
        Acunó mis años de infancia,
        Horas del arrorró y "La Pájara Pinta";
        Después a su compás el corazón joven leyó los poetas,
        Y al andar del tiempo, con llanto y canciones,
        Me sorprendió en sus brazos, del amor, la dolencia.

        II

        Estás lejos, amor: te cubre el follaje;
        La maleza de la distancia impide que te vea
        Y no puedo oírte —sólo ruidos de pájaros
        Al despertar la aurora escucho—,
        Pero, más allá, tu voz amorosa suena
        Y me penetra para que sueñe contigo.

        III

        Esta es mi reja, amor, y éstas son mis cadenas,
        Hechas con las horas, los días y los años—
        Mi existencia cruel por lo que te he querido,
        Ungida al deber en el tiempo sin límites.
        Esta es mi reja, obligación de ser lo que soy,
        Aunque haya hojas más verdes temblando de rocío.
        Aquí te espero siempre hasta un día que nunca llegará,
        Ese día de silencio que une a todos los que se aman;
        Y repito tu nombre aunque nadie me oiga,
        Imaginándome que me besas los párpados.

        IV

        Estoy sola en mi cuarto y bendigo el crepúsculo
        Cuyas sombras atenúan las cosas.
        Apenas, lejos, una luz se enciende
        Y cubro con mis dedos los ojos fatigados.
        ¿Dónde estarás ahora, amor?
        ¡Cuánto, tú solo, me sostendrías consolándome!
        (Cruel me sacude el timbre del teléfono).

        V

        ¡Corazón! No sabes cómo ha cambiado todo
        Desde aquellos días de los antiguos tiempos.
        El cuarto perdió su tinte
        Al rayar de la aurora, aquel de cuando iba a verte.
        Y ahora, al leer, mi mente se extravía. ¿A quién contarle nada?
        En vano aspiro la fragancia del aire:
        Mi piel no huele a alhucema,
        Ese aroma que al irte me quedaba en las manos.

        VI

        Me he habituado a no verte pero no me resigno;
        Evoco tu figura, una sombra,
        Y al cerrar los ojos te oigo llamándome,
        Y me aprietas las manos que te tiendo
        Y las pones sobre las sienes para que sienta así tus latidos:
        Mientras, me sumerjo en tu mirada
        Y mi alma se queda en ti.

        VII

        Para estar tranquila he de sentirte vivir;
        A pesar de todo, quiero saber que vives,
        Ajeno a mis dolores y a mi desconsuelo.
        Y aunque lejos, distante, respirando otro clima,
        Mi espíritu adivinará trémulo
        El hálito de tu alma en el espacio.
        Y pensaré: "¡Dios mío, él existe!"

        VIII

        Cada día despierto: "¡Hoy vendrá!", dice el alma,
        Mas la noche me encuentra en soledad perenne.

        IX

        Ya sé que no me quieres... mas no me apesadumbra;
        El amor no es perdido, lo absorben otras almas.
        Aunque a distancia, corazones amantes
        Recibirán la herencia tal vez de mi cariño.
        Tú mismo, sin saberlo, el día que declares
        Los hechos que marcaron jalones en tu vida,
        En un postrer esfuerzo para que Dios te escuche,
        Dirás por vez primera: "¡Señor, ella me quiso!",
        Y sonriente el Señor habrá de perdonarte.

        X

        Aunque no me quisiste, te ofrezco mi ternura.
        Todo suena distinto al correr de los años;
        Tal vez un día escuches en cálida nostalgia
        El eco de una voz que te cantara siempre.
        Allá en los altos árboles anunciaba la alondra,
        La calidez del sol estirada en los campos,
        El frescor de los frutos en cestas rebosantes,
        Los centelleantes trigos, espigas de oro.
        No me quisiste, amor; no importa
        Cómo vibraba entera el alma enamorada,
        Ni que —alumbrando el camino del posible retorno—
        Esperaran cien lámparas en la cerrada noche.
        Pero no me quisiste en horas de sazón;
        Hoy queda mi ternura declinando en el tiempo.

        XI

        Entonces, como en los cuentos:
        "Fueron felices..." Pero tú no estarás,
        Tampoco estaré yo, que nos habremos ido;
        Miraremos los hijos desde una lejana estrella
        Y ellos serán dichosos, pues nuestro sufrimiento
        Les habrá deparado, de Dios, las gracias.

        XII

        Tal el antiguo cuento: "La Reina de las Nieves";
        A cada flor pregunto: "¿Dónde estará...?"
        "¿Alguien lo vio pasar...?" Y contestan campánulas
        Que no le vieron nunca por el azul cercado.
        Dios bendiga al errante, a quien espero
        Con aroma a alhucema para el abrazo.

        XIII

        Un día has de volver... ¡Dios mío! ¿Será tarde?
        Y he de recibirte con júbilo.
        Tan lejos los ayeres parecerán irreales,
        Sueños de niño en feérica tierra.
        Será un país distinto, de habitaciones altas,
        Jardines colgantes y vidrierías.
        Allí nuestras imágenes se mirarán de frente
        Y —nuevas a los ojos— aparecerán nítidas.
        Tú vendrás a mi encuentro sin palabras.

        Y acaso un ave
        —Como en las primaveras de ayer—
        Cante, amor mío.

      Arriba

      Consolación

        ¿Quién habló de que un día hubiera de perderte?
        ¿Quién dijo que tu sombra, al fin, quedará quieta?
        ¿Es que ignoras acaso lo que aprendió a quererte
        El alma ennoblecida de ternura secreta?

        Un amor que es amor no termina en la muerte,
        Pues no tiene principio ni término ni meta;
        Sometido al don mágico que todo lo convierte,
        Y todo lo transforma, y todo lo interpreta.

        Teniéndote a mi lado, la vida es vida-vida,
        Pero sin ti transcurre en tiempo de amarguras;
        Mi lámpara no arde, ¿a qué estar encendida?
        Y en el balcón el viento siempre gime por triste,
        Que a tientas tras tu imagen, por voluntad a oscuras,
        En tu recuerdo sólo, el corazón subsiste.

      Arriba

      Cuéntame un cuento, madre

        Madre: cuéntame un cuento de ésos que se relatan
        De un curioso enanito o de una audaz sirena;
        Tantos que de los genios maravillosos tratan.
        Esas lindas historias que conoces. ¡Sé buena!

        Dime de caballeros que a princesas rescatan
        Del dominio de monstruos —dragón, buitre, ballena—;
        Donde nadie se muere y los hombres no matan,
        Historias en países que no saben de pena.

        Cuéntame un cuento, madre, que me quiero dormir
        Escuchando tu voz, asido de tu mano;
        Como Hansel y Gretel, seré en sueños tu hermano,
        Aunque en sombra andaremos tras de la misma senda
        Y escribiremos juntos nuestra propia leyenda,
        Y tal vez, como chicos, dejarás de sufrir.

      Arriba

      De la segunda venida de Cristo

        Durante aquella hora, quien se halle en el terrado
        No retorne a buscar sus muebles bajo el techo,
        Pues —de dos en un campo— uno será librado
        Y el otro abandonado. O de dos en el lecho.

        Dos mujeres moliendo, bien que trabajen juntas,
        Una será elegida, la otra rechazada.
        Huelgan disquisiciones e inútiles preguntas
        Porque el Señor lo ha dicho: Su Palabra está dada.

        (Soñamos el milagro: la que elige el Señor
        Apresa de la mano —por llevarla consigo—
        A la otra en abandono, y pone tal fervor
        En librar aquel ser del eterno castigo,
        Que Dios, al verla, dice: —La ha salvado tu amor.
        Puedes venir con ella. Y ella venir contigo.)

      Arriba

      Desencanto

        Yo quisiera quererte como antes te quería,
        Y sentirte, como antes, en todo consecuente,
        Yo quisiera decirte: te quiero todavía...
        Y recibirte, al fin, con ánimo sonriente.

        Yo quisiera tomar tu mano con la mía,
        Y llevarlas fraternas, como antes, a mi frente,
        Guardándote a mi lado, junto a mí todo el día,
        Saber que estás conmigo, aunque te halles ausente.

        Pero ya no es posible que esta dicha suceda,
        Desde que el desencanto se apoderó del alma,
        Y pienso que vivir así, tampoco pueda...
        Porque quiero querer y mi amor se resiste,
        Porque quiero esperar, cuando no tengo calma,
        Porque quiero reír y por siempre estoy triste.

      Arriba

      Designio

        Que esta noche me duerma bajo un manto de olvido,
        Ajena al desamor, al encono y la saña,
        Considerando a aquel que nunca me ha querido,
        Sorda a la mezquindad y a la torcida maña.

        Que el corazón regule cadencioso el latido
        Para que no lo alteren mentiras o patraña;
        Que el alma, dadivosa con los que no lo han sido,
        Se entregue por entero, aún a la gente extraña.

        Que todo sentimiento impropio me abandone,
        Y acallado el deseo de ser yo, a mí renuncie,
        Hasta la misma ofensa más infame perdone,
        Quedando desde entonces en beatífica paz,
        Y que un plácido sueño redimidor me anuncie
        Que la pasión humana no ha de vencerme más.

      Arriba

      Diálogo con Dios

        Ya no sé qué decirte, Señor: lo he dicho todo;
        Mis lamentos se apagan en el labio callado,
        No doy con la manera, ni acierto con el modo
        De dirigirme a Ti como en tiempo pasado.

        No puedo ni rezar, las palabras no encuentro
        De aquellas viejas preces de los años de infancia;
        Me ahoga como un algo que se enraíza adentro
        Y me torna impotente para expresar mi ansia.

        Mas se opera el prodigio: sin rezo ni plegaria
        Me dirijo al Señor lo más sencillamente.
        Le cuento que estoy triste, que estoy sola Le digo,
        Que no tengo en la vida la fuerza necesaria
        Y Le oigo a mi lado contestar dulcemente:
        —Con sólo el corazón se conversa Conmigo!

      Arriba

      Dice el Señor

        Id por camino estrecho que lleva a puerta angosta
        —Ésa que sólo niños atravesar consiguen,
        Perfumada de nardos donde un ángel se aposta—
        Y no al portal mayor que los grandes persiguen.

        En haciéndoos pequeños ya seréis inocentes,
        Que para tales es el reino de los cielos;
        Así oiréis la palabra que a sabios y prudentes
        Dios oculta y revela sólo a los pequeñuelos.

        Porque el reino celeste es de las almas puras:
        Los humildes y pobres, simples de corazón.
        Sed como ellos y así —con candor de criaturas—

        Traspasaréis seguros la reducida puerta
        Que a los mansos espíritus estará siempre abierta,
        Camino de la vida, suprema bendición.

      Arriba

      Dice la niña

        "Las madres las hicieron miles de Blancanieves,
        Cientos de Cenicientas y alguna Rapunzel;
        Y por eso son lindas y de pisadas leves,
        Y tienen la frescura de la col en la piel.

        "Las madres las hicieron... o rubias o morenas,
        Sus cabellos oscuros —alféizar de ventana—
        O con trenzas de oro; pero siempre tan llenas
        De besos en los labios, de noche y de mañana.

        "Las madres las hicieron las buenas hadas juntas
        Con la varita puesta sobre sus corazones,
        Por eso nos contestan difíciles preguntas
        Y todo lo adivinan, y a todo dan razones.
        Las madres las hicieron de esta manera, así,
        Con la varita mágica: ¡como te han hecho a ti!"

      Arriba

      Dios existe

        Dos de la madrugada. En trémula zozobra;
        Los silencios, vivientes; la oscuridad sin borde;
        Cuando la fuerza falta y la tristeza sobra,
        En soledad infinita para estar más acorde.

        De improviso resuena el son de un benteveo
        Con tono tan alegre que regocija el alma,
        Y es tal la donosura de su simple gorjeo
        Que sonrío, infantil, renacida la calma.

        Y digo: Dios existe; es Él quien me conversa
        Como a niña medrosa perdida en la espesura,
        Para que no me queje sintiéndome en olvido.

        La breve melodía, al viento se dispersa.
        Y me quedo pensando por tierna conjetura:
        ¿En qué rincón de cielo habrá colgado un nido?

      Arriba

      Dios me salva

        Ya no sé qué pensar de mi propia existencia,
        Aun si he de poder soportar esta vida,
        Que en viéndome al espejo descubro en tal presencia
        Un ser a todo hostil que extraño me intimida.

        Deslízanse las horas fuera de mi conciencia;
        Todo se me aparece como cruel despedida
        Por no sé qué catástrofe de fatal evidencia
        Y adolezco de idea, de noción y medida.

        Sólo en el pensamiento, Dios al cabo me salva;
        Que si por Él no fuera, torpe sucumbiría,
        Al no importarme noche, crepúsculo ni alba.
        Menester es llevar a término el destino
        Y —con Dios en la mente como único guía—
        Hacer, la cruz a cuestas, el humano camino.

      Arriba

      Duérmete, mi niño

        Duérmete mi niño,
        Duérmete mi luna,
        Que arde la estrella:
        Esa estrella tuya.

        Parece que dice:
        "Sin duda, sin duda,
        Yo soy de ese niño;
        Él viene en mi busca".

        Duérmete mi niño,
        Duérmete mi luna,
        Duérmete mi estrella
        Que todo lo alumbras.

      Arriba

      El alma acorazada

        Que me traspasen dardos: no habré de defenderme;
        Que me hiera cruel total indiferencia;
        Que los rostros, impávidos, al no reconocerme
        Pasen sin advertir siquiera mi presencia.

        Que el desamor se infiltre mientras el amor duerme
        Y que a la tolerancia azuce la pendencia;
        Que egoísmo y envidia me descubran inerme
        Y aun sin defensor me llegue la sentencia.

        Mas quiero hoy declarar, Señor, que no fui mala
        Pese a haber cometido dolorosos errores;
        Nunca me envanecí y jamás hice gala
        De lo que tal vez tuve, al pasar de mis días,
        Pues mujer, también madre, sé de santos amores
        Que acorazan el alma contra las villanías.

      Arriba

      El antiguo jardín

        Quedó abrazada al muro, amante, la glicina,
        Y grávido de frutos de oro, el limonero;
        La cola de tijera mostró una golondrina
        Y el gorrión revolando, de píos mensajero.

        Debajo de los árboles era la hierba fina
        Que peinara —amoroso, a diario— el jardinero;
        La estrella federal sangraba en cada esquina
        Y, cual si fuera única, en su patita, el tero.

        Así pasó el jardín de mis juegos de otrora
        —Paraíso de sueños, tierra de fantasía—
        Para que la nostalgia lo añore tanto ahora.
        Aunque la vida mata, de a poco, acaso, es cierto
        Y queremos volver a la simple alegría
        De un jardín, unas flores, un vergel o algún huerto.

      Arriba

      El castillo

        Un castillo de arena. Lleno el foso de espuma,
        Subterráneos cruzándose en unión con el mar,
        Portal de caracoles, en la cresta una pluma
        Que acaso una gaviota dejara al revolar.

        Moldes por centinelas en muralla alineados
        Circuyen tal alcázar, diseño en redondel,
        Y a través de los túneles, torcida por dos lados,
        Pronta ya para el fuego, la mecha de papel.

        El hábil constructor —que es un niño pequeño—
        Enciende de la tira el extremo que asoma,
        A la espera que brote el humo, por instantes.
        Tras lo cual dando brincos continúa la broma
        Y entre risas exclama: —¡Adiós, castillo y dueño!
        ¡Yo me voy a las olas, a saltarlas como antes!—

      Arriba

      El Cristo de Dalí

        Siempre desde abajo pudimos mirarle
        Y aún de nuestra altura miramos a Cristo,
        Mas nunca hasta ahora pudo contemplarle
        Alguien de lo alto, ni de allá fue visto.

        Pero así el artista consiguió pintarle,
        En tremendo escorzo con genio imprevisto,
        Mirando de arriba, y supo evocarle
        De terreno ambiente al fin desprovisto.

        Brazos y cabeza en un primer plano
        Provocan sorpresa por su recio encuadre
        Y el extraordinario grandor del proyecto.
        El cuerpo en su fuga termina lejano,
        El estar arriba nos acerca al Padre
        Y de arriba vemos el terrible aspecto.

      Arriba

      El mensaje perdido

        Se lo ha llevado el viento, esa mano de olvido,
        El pequeño mensaje que quedara en la puerta;
        Se fue sobrevolando, como ebrio o perdido,
        La rumorosa calle, en la tarde desierta.

        Allá irá, todo alma de amor estremecido,
        Náufrago diminuto con dirección incierta,
        Agonizante espíritu, el que pudo haber sido
        Alegría del ser que lo aguardaba alerta.

        Diría: "¡Te recuerdo!" o, tal vez, "¡Hasta nunca!"
        "Te llevo por los días guardada en mi memoria".
        O quizá: "Amor mío, me voy con el crepúsculo..."

        Mas nada ha de saberse pues así queda trunca
        Toda posible hipótesis sobre la dulce historia,
        Que el papel se perdió, tan grande y tan minúsculo.

      Arriba

      El muñeco

        ¡Madre!, clama en voz queda mi ferviente mensaje;
        ¡Madre, mi madre, acude porque te necesito!
        La voz, primero tierna, va haciéndose salvaje:
        Si al comenzar fue ruego, termina siendo grito.

        Todo ansias de amor el son de mi lenguaje,
        Salvando las alturas en pos del infinito,
        Desesperante, alcanza, tras impetuoso viaje,
        Acento de mandato para aquel ser bendito.

        Sólo que a su momento la voz se pierde en eco;
        El sonido se expande con angustia de ausencia,
        Y recuerdo, de pronto, el ¡Mamá! del muñeco.
        Yo también lo repito, como él lo repetía,
        Y me siento el muñeco de trágica presencia
        Ya que nadie responde, mi dulce madre mía.

      Arriba

      El muñeco roto

        En el entusiasmo del dulce embeleco,
        Nunca imaginara que tal vez un día,
        Con peluca suelta quedara el muñeco,
        Los ojos ausentes, la testa vacía.

        Sin fondo, un abismo, semejaba el hueco
        Del cráneo desierto, y en esa agonía,
        A pesar de todo, resonaba el eco
        Del tierno "Mamá", que se repetía.

        La imagen, por siempre, del pequeño exánime
        Viva en mi memoria subsistió obstinada
        —Era yo tan tierna y tan pusilánime—,

        Pero, temerosa de algún alboroto,
        Le pedí a mi madre no dijera nada;
        Y nunca nombramos el muñeco roto.

      Arriba

      El niño dormido

        No levantes la voz; el niño está dormido.
        Contén el paso, espera, aguarda en cauto acecho;
        Que no se mueva el aire, ni se oiga el menor ruido,
        Para que en tierna paz, te aproximes al lecho.

        Mírale sonriente al almohadón asido,
        El oso de su vida apretándole el pecho,
        En la mano, seguro, tiene un hilo prendido
        Del globo de colores que oscila bajo el techo.

        Alrededor su mundo —juegos de construcciones,
        Trompos, libros, muñecos, autos, trenes, camiones—;
        Todo goza en el cuarto sueño de maravilla
        Salvo el tic-tac cadente del reloj de la abuela.
        Déjale que descanse: mañana irá a la escuela;
        Cuanto más, con los labios rózale la mejilla.

      Arriba

      Espejos

        Mírate en el espejo que tu imagen proyecta,
        Esperando un instante a que se muestre clara;
        Verás, a pesar tuyo, la figura imperfecta
        Y las desarmonías patentes de la cara.

        Sin contemplarte pues como estampa dilecta,
        En tus propios defectos, exhaustiva, repara,
        Para reconocer por fin lo que te afecta
        Como quien llanamente una verdad declara.

        A lo real concorde y en idéntico modo
        Habrás de examinar prolija tu conciencia:
        Sentimientos, virtudes, pasiones sobre todo;
        Comprobarás errores y lagunas de olvidos,
        Mas para tu consuelo —que es también una ciencia—
        Piensa que Dios se vale de los arrepentidos.

      Arriba

      Historias... historias

        "En tiempos de las hadas y de la hechicería...
        Cuando la reina cruel consultaba su espejo...
        El duende Trasgolisto su sábana extendía
        Y los siete enanitos pasaban en cortejo...

        "Cuando la Cenicienta perdía su zapato...
        Cuando Caperucita visitaba a la abuela...
        Cuando las botas mágicas calzábase el Gato...
        Y, al par que Jack trepaba, crecía la habichuela..."

        La niña, ya impaciente, con la historia termina,
        Colgándose amorosa del cuello de la madre:
        "Pero, Caperucita, ¿no tuvo padre?
        ¿Por qué la Cenicienta se queda en la cocina?
        ¿Y cómo a vivir sola no se va Blancanieves?
        ¡No cuentes, madre mía, historias para bebes!"

      Arriba

      Khalil Gibrán

        No es suficiente dar, ni dar con alegría;
        Ni tampoco es bastante dar con renunciamiento;
        Menos, dar con dolor, un poco cada día,
        Esperando de otros el reconocimiento.

        Y no basta —siquiera— el dar por ser virtuoso,
        Aunque el alma egoísta, aleccionada, calle;
        Hay que dar, simplemente, como el mirto oloroso
        Que esparce, sin saberlo, su fragancia en el valle.

        Más aún: es forzoso merecer ser donante,
        Que a través de esas manos diga Dios lo que piensa
        Y sonría dichoso detrás de la mirada.
        El poeta oriental nos pone por delante
        La sola realidad de la íntima conciencia,
        Testigos, como somos, sin ser dueños de nada.

      Arriba

      La antorcha

        Juntas, bajo el cristal, amoroso capricho,
        La Virgen de la Linda Vidriera de Colores,
        Atavío en azul sobre encarnado nicho,
        Como ascuas centelleantes los vivos resplandores;

        Nefertiti, la reina, que muestra de perfil
        Tan alargado cuello —por fino, más esbelto—,
        Y que el rostro parece esculpido en marfil,
        El cabello invisible en ceñidor envuelto.

        Y a más, La Sirenita, esperando en la roca
        Los barcos que se acercan hasta el puerto danés.
        Así la azul imagen, Nefertiti y su toca,
        Y el ser de sortilegio que aguarda en Copenhague,
        Alimentan la antorcha, para que no se apague,
        Ésa que en el espíritu arde con ellas tres.

      Arriba

      La arcilla de Khayyam

        ¡Cómo insiste Khayyam con los muertos! ¡La arcilla!
        La arcilla de las ánforas, la arcilla de la copa,
        Diciendo que allí están, y que, al rozar la orilla,
        Al beber, nuestros labios, se encuentran con su boca.

        Que henchiremos la cámara que otrora ellos llenaran,
        Yendo a complementar nuestra capa en la tierra
        Con profetas, sultanes y sabios que pasaran.
        (¡Yo sólo pienso en Dios, que nuestros ojos cierra!)

        ¡Ah, mi Dios! ¡Tú, el Único que todo lo dispones!
        ¿Será cierto, tal vez, lo que Khayyam arguye
        Puesto que polvo somos y a polvo volveremos?
        Pero no convirtamos, en la vida que huye
        Y en lo perecedero, las solas obsesiones,
        Sino en el alma eterna y en los goces supremos.

      Arriba

      La hormiga

        Sin saber que es domingo, ruidoso día de fiesta,
        Va llevando su carga la minúscula hormiga:
        El trozo de una hoja en perfilada cresta
        Columpiase oscilante sin impedir que siga.

        Apenas se apresura, que caminar le cuesta,
        Y se esfuerza consciente pues el deber la obliga,
        Prosiguiendo el sendero, pese a tal lastre, enhiesta,
        Pero sin detenerse ni demostrar fatiga.

        ¿Cómo sigue su rumbo el portentoso insecto,
        Conociendo infalible la dirección que toma?
        ¿Qué indicios lo conducen por previsto trayecto
        Y alcanzar sin perderse el lugar donde vive?
        ¿Será acaso la brisa? ¿O tal vez el aroma?
        ¿Quizá la propia tierra por su altura o declive?
        ¿Cuál será la conciencia de un obrar tan perfecto?

      Arriba

      La ley de la vida

        Quisiera estar de acuerdo con la ley de la vida
        —Tal vez, la de la selva, al instinto fiada—,
        Según la cual se vive de acuerdo a la comida:
        La bestia menos fuerte ha de ser devorada.

        Y quisiera también aceptar la partida
        —Ya que sin consentirlo nos viene la llegada—,
        Sufrir sin execrar al que odia u olvida,
        Como al rico que abruma a quien no tiene nada.

        Y tan profunda siento la triste disidencia
        Que rechazo reacia tan duras condiciones:
        Mas vivir no es posible opuesta a la existencia,
        Las manos temblorosas apretando las sienes,
        Pese al compás armónico de nuestros corazones
        Y al amor que te tengo y que también me tienes.

      Arriba

      La mariposa

        Al pasar por la calle, cae una mariposa.
        Revolando insegura se pierde entre la gente,
        Tornadizo vilano o pétalo de rosa,
        Burbuja de jabón, pajarita luciente.

        Tras ella acude el alma, como ella, temerosa
        De que tanto ajetreo le cause un accidente,
        Hasta que en tenue aleo detiénese y se posa
        Al borde de la acera, sin resguardo, imprudente.

        Nadie ha visto la escena ni seguido la pista
        Del insecto, que, trémulo, no acierta a aventurarse—
        Tan frágil—, aferrado apenas a la arista
        De la desnuda piedra, ardiente, del verano.
        Mi corazón sensible no logra equilibrarse,
        Mientras la lanza al aire, decidida, mi mano.

      Arriba

      La música

        Dan ritmo a la faena los trozos musicales;
        Combate la tristeza la suave melodía;
        cuando preocupaciones asedian, habituales,
        Cantares apaciguan la mente, todavía.

        La música es así, remedio de los males,
        Inagotable fuente a escanciar cada día;
        Sosiego de palacios, templanza de arrabales,
        Y placidez del alma, armonizante guía.

        Si acaso preguntaras, qué en la hora postrera
        Ansío oír de nuevo, mi gusto no vacila:
        Aurora, de Panizza —Canción a la Bandera—,
        Y la muerte de Isolda, el aria de Dalila,
        También de Mefistófeles el dantesco monólogo
        O el Coro de los Angeles, divinizando el Prólogo.

      Arriba

      La nubecita

        Llévame nubecita a lo alto contigo
        Y cúbreme amorosa con tu cendal de gasa;
        Que tu orla de tul me sirva, leve abrigo,
        Para que no me falte el amor de la casa.

        Llévame tú que eres, de mis ansias testigo,
        Ceniciento vigía, fino polvo de brasa,
        Incansable viajera detrás de mi postigo;
        Llévame pero pronto, que tu momento pasa.

        No me llames poeta; sea a la hermana rosa,
        Encendida de fuego, áureo halo de oro;
        O a la blanca, a la blanca de perfiles de hielo

        Que entre albos pompones, toda nieve reposa.
        No me llames poeta que tus anhelos lloro,
        Que soy —como el amor fugaz— sombra en el cielo.

      Arriba

      Los gorriones

        Dentro todo es silencio y sombra todavía;
        Afuera entre las rejas de los amplios balcones
        Que doran las primeras claridades del día
        Revuelan bulliciosos y a solas los gorriones.

        Son bandada, y oyéndolos acaso se diría
        Que de alegres coloquios fueran conversaciones
        Esas músicas locas de tanta algarabía
        Y que en prueba amorosa hasta entonan canciones.

        Libres, despreocupados en agreste existencia,
        Dichosos visitantes del matinal concierto
        Dan vibrante poesía al ambiente prosaico;
        Pero purgan a veces también su independencia,
        Que al abrir la ventana caído en el mosaico
        Suele encontrarse alguno —abiertas alas— muerto.

      Arriba

      Mar de vidrio

        Dijiste: "Mar de vidrio", Señor, y es lo que quiero;
        Un mar que te refleje en toda tu grandeza,
        Por sobre el cual camines —tu lámpara, el lucero—
        Para ver, al trasluz, del mundo la tristeza.

        Dijiste mar de vidrio, un cristal sin bisel
        Ni resquebrajaduras, sólo un único trozo,
        En cuya superficie se reproduzca fiel
        El que ríe feliz o el que ahoga un sollozo.

        Y el mar tuyo, Señor, ése al que te refieres,
        ¿Tendrá, al igual que el nuestro, arenas, caracoles?
        ¿Ondulárase en olas, si es así que lo quieres?
        ¿Revolarán gaviotas por verse en sus espejos?
        ¿Dormirá en él un sol o acaso muchos soles,
        También vidrio sus crestas, de coral, con reflejos?

      Arriba

      Mi físico

        No he sido nunca linda —tal vez quise ser alta—
        Y la piel de mis hombros se acentúa morena
        (Al decir esto, claro, una verdad resalta:
        Que tampoco mi espalda ha de ser de azucena).

        No tuve grandes ojos, y ahora aún me falta
        El gracioso caer de ondulada melena;
        Tampoco es mío el rosa que reanima y esmalta
        Las mejillas y labios, con tono de verbena.

        Se dice que subyuga por lo manso mi acento
        —Puede que a fuer de cauto alcance a ser ternura—,
        Un eco susurrante del jardín bajo el viento,

        Pero quien describiese con justeza mi traza
        Verá cómo responde toda la arquitectura
        Al tobillo delgado de la mujer de raza.

      Arriba

      Miedo a la vida

        Tengo miedo, Señor, pero no de la noche,
        Tampoco de la sombra, menos de la tiniebla;
        Es miedo de la aurora —refulgente derroche—
        Como miedo del mundo, cuando el mundo se puebla.

        Tengo miedo, Señor, no por valerme sola
        Ni por triste aislamiento o apartado retiro,
        Tengo miedo a la gente, a la imponente ola,
        El vaivén de los seres en asfixiante giro.

        Tengo miedo, Señor, de enfrentarme a la vida
        Con tantas exigencias, compromisos, deberes;
        De no cumplir Contigo, no ser agradecida,
        Dejándome llevar de errados procederes.
        Y temiendo en el día naturales contiendas,
        Te ruego: oye mi voz para que me defiendas.

      Arriba

      Momentos

        No son años la vida, sólo rápidas horas,
        Ésas con sus momentos de placer o dolor,
        Cuando el alma es dichosa o acongojada lloras,
        Instantes de ternura o de cruel desamor.

        Instantes en que a veces, trémula, rememoras
        Encuentros, despedidas, la ofrenda de una flor,
        Inasibles minutos de ayeres y de ahoras,
        El beso de los hijos, las tristezas de amor.

        El "Te quiero, mi vida" o el "Adiós, hasta pronto!"
        "¡Es varón! ¡Es varón!", "Nuestra madre se muere...",
        Palabras que en un soplo nos cambian la existencia;
        Son apenas momentos, aunque parezca tonto,
        Sentido que por fin todo vivir adquiere
        Y nos deja en el alma como una eterna esencia.

      Arriba

      No le hables de la muerte

        No le hables de la muerte, háblale de las flores,
        De la aurora dorada y el ocaso de fuego,
        Del azul del océano y el arco de colores,
        De los ríos de plata y el astro sin sosiego.

        Cuéntale del amante los dichosos amores,
        Del reír de los niños eternamente en juego,
        Del canto del poeta y de los trovadores,
        Del que con fe suplica y hace escuchar su ruego.

        Es criatura de amor: infúndele confianza,
        Que es menester salvarla de la melancolía,
        Guardarle para sí, indemne, la esperanza,
        Sin que sepa de angustias, dolor ni sufrimiento.
        Sostenla, porque en su alma haya siempre alegría,
        Al cielo la mirada, el espíritu al viento.

      Arriba

      No me llames poeta

        No me llames poeta —un nombre con laurel—
        Porque mi voz apenas para cantar acierta;
        Acaso suavizada por amorosa miel,
        Tal vez unos acentos armoniosos concierta.

        Puede sí que me escurra por el alto dintel
        Hacia regiones mágicas tras mi azulada puerta,
        O que salve los mares en barco de papel
        Para poblar de trinos la comarca desierta.

        Mi voz no fuera el tono para belleza tanta
        Ni tienen mis adentros un germen de tal genio,
        El prodigio se opera por la fe simplemente,
        Lo mismo que madura la minúscula planta
        A los rayos del sol, milagroso convenio
        De la abeja y la flor, del ave con la fuente.

      Arriba

      Renacer

        Estoy sola, Señor, y hay mucha gente en torno,
        Estoy triste —no obstante la riente algazara—
        Y mi imagen es débil, perdida, sin contorno,
        Bien que la luz del sol le dé sobre la cara.

        Temerosa, Señor, del más humilde adorno
        Y de otras tantas cosas que el mundo nos depara,
        Pienso en la noche próxima del viaje sin retorno,
        El instante postrero que a todos nos separa.

        Mas te siento, Señor, junto a mí por momentos,
        Tu divina presencia ilumina el ambiente
        Y percibo que vuelven a su ritmo mis días,
        Para que así se acaben entonces mis lamentos,
        Renaciendo a mi propia existencia sonriente
        Pues que Tú me regalas con nuevas alegrías.

      Arriba

      Vértigo

        ¿Y esta melancolía? ¿Por qué tanto abandono
        Si no hay una razón —o por lo menos nueva—,
        Si no existen rencores ni nos muerde el encono?
        ¿De qué ese sentimiento que al ánimo subleva?

        ¿A qué causa atribuir tan ciego pesimismo?
        ¿Qué motivo encontrar a esta tenaz congoja
        Si son nuestros estados un puro fatalismo?
        ¿Qué es, por fin, lo que al alma tanto y tanto la enoja?

        La ansiedad de vivir en vértigo, de prisa,
        Exacerba la mente a punto culminante,
        Ya que ante el tiempo escaso en todo se improvisa
        Y el destino de un ser se juega en un instante.
        Y es eso lo que al cabo del día nos aplasta
        Para cuyo consuelo la oración sólo basta.

      Arriba


    Autores desconocidos


    Seguidores


    Indice autores conocidos

       Acuña, Manuel
       Alberti, Rafael
       Aldington, Richard
       Almagro, Ramón de
       Altolaguirre, Manuel
       Arteche, Miguel
       Baudelaire, Charles
       Beckett, Samuel
       Bécquer, Gustavo Adolfo
       Belli, Gioconda
       Benedetti, Mario - Parte I
       Benedetti, Mario - Parte II
       Bernárdez, Francisco Luis
       Blake, William
       Blanco, Andrés Eloy
       Bonnet, Piedad
       Borges, Jorge Luis
       Bosquet, Alain
       Bridges, Robert
       Browning, Robert
       Buesa, José Ángel
       Bukowski, Charles
       Camín, Alfonso
       Campoamor, Ramón de
       Castellanos, Rosario
       Celaya, Gabriel
       Cernuda, Luis
       Cortázar, Julio
       Cuesta, Jorge
       Darío, Rubén
       De Burgos, Julia
       De la Cruz, Sor Juana Inés
       Debravo, Jorge
       Delmar, Meira
       Díaz Mirón, Salvador
       Dickinson, Emily
       Donne, John
       Douglas, Keith
       Eguren, José María
       Espronceda, José de
       Ferrer, Marcelo D.
       Flores, Manuel
       Flórez, Julio
       Frost, Robert
       Gala, Antonio
       García Lorca, Federico
       Gelman, Juan
       Girondo, Oliverio
       Gómez Jattin, Raúl
       Gómez de Avellaneda, Gertrudis
       González, Ángel
       González Martínez, Enrique
       Guillén, Nicolás
       Gutiérrez Nájera, Manuel
       Hernández, Miguel
       Hesse, Hermann
       Hierro, José
       Hugo, Víctor
       Huidobro, Vicente
       Ibarbourou, Juana de
       Isaacs, Jorge
       Jiménez, Juan Ramón
       Joyce, James
       Keats, John
       Larkin, Philip
       Leopardi, Giacomo
       Lloréns Torres, Luis
       Lord Byron, George Gordon
       Lowell, Amy
       Loynaz, Dulce María
       Machado, Antonio
       Marchena, Julián
       Martí, José
       Milton, John
       Mistral, Gabriela
       Mitre, Eduardo
       Neruda, Pablo - Parte I
       Neruda, Pablo - Parte II
       Neruda, Pablo - Parte III
       Nervo, Amado - Parte I
       Nervo, Amado - Parte II
       Novo, Salvador
       Obligado, Pedro Miguel
       Otero, Blas de
       Owen, Gilberto
       Pacheco, José Emilio
       Palés Matos, Luis
       Parra, Nicanor
       Paz, Octavio - Parte I
       Paz, Octavio - Parte II
       Pedroni, José
       Pellicer, Carlos
       Pessoa, Fernando
       Pizarnik, Alejandra
       Plá, Josefina
       Poe, Edgar Allan
       Pombo, Rafael
       Raine, Kathleen
       Rébora, Marilina
       Reyes Ochoa, Alfonso
       Rimbaud, Arthur
       Rojas, Gonzalo
       Rojas, Jorge
       Romero, Elvio
       Ruy Sánchez, Alberto
       Sabines, Jaime
       Salinas, Pedro
       Santos Chocano, José
       Shakespeare, William
       Shelley, Percy Bysshe
       Silva, José Asunción
       Storni, Alfonsina
       Swann, Matilde Alba
       Symons, Julian
       Teillier, Jorge
       Tennyson, Alfred
       Thomas, Dylan
       Torres Bodet, Jaime
       Unamuno, Miguel de
       Urbina, Luis G.
       Vallejo, César
       Verlaine, Paul
       Villaurrutia, Xavier
       Whitman, Walt
       Wilde, Óscar
       Wordsworth, William
       Yeats, William Butler
       Zaid, Gabriel
       Zorrilla, José
       Zorrilla de San Martín, Juan


    Otros enlaces

       Webs amigas

    Visitas recibidas

    .
    Grandes poetas famosos | Great famous poets | Contacto: Monika Lekanda