Luis Palés Matos

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    Información biográfica

  1. A Gloria María Madrazo
  2. Canciones de la vida media
  3. Día nublado
  4. El beso
  5. El reloj
  6. El río
  7. Ensoñación
  8. Fantasía
  9. Fiebre autumnal
  10. Frontis
  11. Fruta prohibida
  12. Guayamesa
  13. La ceiba
  14. La guajana
  15. La piedra
  16. Matices
  17. Matinal
  18. Media noche
  19. Místico
  20. Neurosis
  21. Pueblo
  22. Sábado de gloria




    Información biográfica
      Nombre: Luis Palés Matos
      Lugar y fecha nacimiento: Guayama (Puerto Rico), 20 de marzo de 1898
      Lugar y fecha defunción: Santurce (Puerto Rico), 23 de febrero de 1959 (60 años)
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        A Gloria María Madrazo
          Cuando puedas leer lo que hoy te escribo,
          Ya yo estaré muy lejos
          Por remotos caminos,
          En el último viaje sin regreso...
          Para entonces te digo:
          —Toma a tu hermosa madre de modelo;
          Ella es aire y es luz y es melodía,
          Y es levedad, ternura y sentimiento.
          De su mano, ligera cual la nube,
          Alada como el céfiro,
          Irás por claros mundos de armonía,
          Azules mundos de quimera y sueño.
          Y toma de tu padre
          Su gran bondad de corazón abierto,
          Su generoso espíritu de lucha
          Que infunde un goce límpido al esfuerzo.

          Flanqueada así, ya puedes
          Desafiar los abrojos del sendero,
          Pues tu padre y tu madre están contigo,
          Y la fe y el amor están con ellos.
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        Canciones de la vida media
          Ahora vamos de nuevo a cantar alma mía;
          A cantar sin palabras.
          Desnúdate de imágenes y poda extensamente
          Tus viñas de hojarasca.

          No adulteres el mosto que hierve en tus lagares
          Con esencias extrañas,
          Y así, te dará un vino sencillo pero puro,
          Porque es vino de casa.

          Anda el viejo camino para que se te vea
          La intención noble y clara,
          Y huye de las retóricas travesuras ingenuas
          Que inquietaron tu infancia.

          Ya eres vieja, alma mía. Árbol que entra en la zona
          De la vida mediada.
          Como fruta madura te cuelga el sentimiento
          De la rama más alta.

          Rama de bella fronda que perfumó al canto,
          Ahora se ve pelada...
          Para cuajar el fruto tuvieron que caerse
          Las hojas de la rama.

          Así estás, alma mía, en tu grave hora nueva,
          Toda desnuda y blanca,
          Erguida hacia el silencio milenario y profundo
          De la estrella lejana.
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        Día nublado
          Bajo las nubes plúmbeas y letíferas
          Brinca el recuerdo, fugitivo y rancio,
          Y en las calmas beatas y somníferas
          Palpita una fatiga de cansancio.

          Recorta el monte su silueta bruna
          En una fiebre mística de asceta,
          Pues lejos de Guayama, goza una
          Hiperbólica paz de anacoreta.

          La conciencia del dombo se ennegrece,
          Cual la de un criminal, y desfallece
          En la seda de exótico desmayo;

          Le nacen al dolor siete raíces,
          Y en la pizarra de los cielos grises
          Dios escribe su nombre con el rayo.
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        El beso
          El champagne de la tarde sedativa
          Embriagó la montaña y el abismo,
          De una sedosidad de misticismo,
          Y de una opalescencia compasiva.

          Hundiste el puñal zarco de tu altiva
          Mirada en mis adentros, y el lirismo
          Cundió mi alma de romanticismo:
          Rodó la gema de la estrofa viva.

          Entonces gimió el cisne de mi ansia,
          Por el remanso lleno de arrogancia
          De tus ojos nostálgicos y sabios;

          Y la dorada abeja del deseo,
          En su errante y sutil revoloteo
          Buscó el clavel sangriento de tus labios.
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        El reloj
          Con una incontrastable isocronía
          Canta el reloj las horas que transcurren,
          Y cual gnomos, por su armazonería,
          Como suspiros, rápidas, se escurren.

          Quizá el tedio lo mata, y a porfía
          Las dos agujas del reloj, se aburren,
          De estar marca que marca todo el día,
          Arcano idioma que ellas no discurren.

          Mirado desde lejos, tiene aspecto
          Extraño y mitológico, de insecto
          Que ye correr la vida, indiferente;

          Y el péndulo, una lengua centelleante,
          Hiperbólicamente jadeante
          Que se mofa del tiempo eternamente.
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        El río
          El río es una melancolía estirada y sofocante.
          El río es una irritación de piedras, calcinante.
          Está seco, no tiene lágrimas porque el sol quemante
          Lo ha mirado con pupila penetrante...

          El río está sediento... rememora anhelante,
          Cuando espejeó la nieve de un semblante
          Y adormeció a un cuerpo fragante...
          ¡Oh el perfume en su onda voluptuosa y palpitante!

          Voló a otras regiones el martinete errante;
          Y está marchita en su margen la flor odorante.
          El lirio no genuflexiona arrogante...

          El río embiste la vista plúmbeo y abrasante;
          El río es un pesar petrificado y punzante...
          El río es una melancolía estirada y sofocante.
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        Ensoñación
          Por el cuadrado de una ventana de nuestra escuela
          Que de soslayo me ríe toda su claridad,
          Miro el paisaje chillón y viva, de un azul hondo
          Y una sencilla calma de infante diafanidad.

          El cielo limpio, de vez en cuando, se mancha en una
          De esas blancuras puras y llenas de santidad,
          Con que el celaje tiñendo el dombo del firmamento
          Risueña el éxtasis con su ternura de castidad.

          Mientras discurre par la pizarra la geometría
          Le nacen alas de ibis al ave del alma mía,
          Y de la escuela me voy muy lejos, a una región

          Donde es más fresca la gran mejilla de la mañana,
          Y sollozando sobre las notas de la fontana,
          Me aguarda inquieta la dulce novia del corazón.
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        Fantasía
          Bajo la pedrería de la noche estrellada,
          Borracho en el zafiro de un desmayo amoroso,
          Sueño en las pupilas morunas de mi amada
          Que habita en un castillo lejano y misterioso.

          Nos amamos de lejos, pues un dragón rabioso
          Cuida los movimientos de mi novia encantada,
          Y ella, sin abatirse por su destino odioso,
          Hila místicamente tranquila y resignada.

          ¿La fuga? Será noche, cuando la primavera
          Vierta su cornucopia de luz en la pradera
          Y suene del convento la romántica esquila,

          Cuando mi amada anónima, que ni una queja exhala,
          Concluya, con sus dedos delicados, la escala
          Que hace tiempo en la rueca de su silencio hila.
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        Fiebre autumnal
          El crepúsculo finge un hervidero
          Cruento y ardiente... Sobre el mar sonoro
          Resbala el melancólico y postrero
          Lampo de sol, como una flecha de oro.

          El monstruo llora un rictus de armonías
          Y al beso de la luz se congestiona,
          Cual si sangraran en sus ondas frías
          Las cuatro heridas de Rabí Jeschona.

          La ojera del ocaso cobra un vago
          Violeta-oscuro, dándole al estrago
          Un capricho romántico de rosas;

          La noche muestra toda su fortuna,
          Y brota, como un pétalo, la luna
          Envuelta en santidades vaporosas.
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        Frontis
          Lector, vas a beber en una fuente,
          Donde al bajar el labio y la mirada,
          Encontrarás tu imagen retratada
          En la seda de su onda transparente;

          Vas a beber el agua de un torrente
          Hecha de Todo y en resumen Nada,
          Que sabe de la estrella inmaculada
          Y de la sima negra y atrayente...

          Ese es mi verso; profundiza un poco.
          No compadezcas mi dolor, si loco
          Te lanza entre la sombra su saeta;

          Sigue, a tientas quizás: Jasón perdido,
          Y toparás al cabo sorprendido,
          El vellocino de oro del poeta.
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        Fruta prohibida
          Era la noche plétora de un delirio chispeante,
          Era una indiferencia sonámbula y fragante:
          La muda indiferencia de los astros, despiertos
          Como un diluvio de ojos parpadeantes y abiertos.

          Era un vaho de perfume de hembra en los jardines,
          Bajo la enredadera de los blancos jazmines;
          Y aquellas, las estrellas, nos miraban temblando;
          Y vino el paraíso de anhelos suspirando;

          Y vino aquel deseo de la mujer primera,
          Y tembló sorprendida la casta enredadera;
          Y en el febril incendio de nuestra edad temprana,

          Tú deshecha en querellas, yo en el amor ardiente,
          Probamos los dulzores de la roja manzana,
          Y vimos como alegre silbaba la serpiente.
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        Guayamesa
          Suave como los tallos del papiro,
          Con una vaga irradiación de fresa
          Es tu talle de egipcia, en el que admiro
          Toda la majestad de una princesa.

          El ensueño y el mar, en el zafiro
          De tus ojos, se tiñen Guayamesa;
          Y como turquesino es el suspiro,
          En tus ojos se baña de turquesa.

          Cabellera auroral y frente blanca
          Donde el pudor alguna vez se estanca...
          Cuando tu cabellera rizos llueve.

          Al caer en tu frente ese tesoro,
          Urde un desborde de flamante oro
          Sobre un albino témpano de nieve.
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        La ceiba
          La ceiba sobre el cauce se dobla bondadosa
          Quebrando la afonía de la áfona llanura.
          Con su voz de matrona, la ceiba caprichosa
          Tiene el ramaje loco de una rara locura.

          Ella entraña el recuerdo recóndito y fragante,
          De una princesa india de pupila moruna,
          Que sumergió en el río su cuerpo palpitante
          Bajo la anemia crónica de la pálida luna.

          Ella ofrenda su sombra tutelar al viajero
          Nostálgico de calma; el ruiseñor parlero,
          Entona entre sus ramas fervientes sonatinas;

          La ceiba es una madre, que sobre el río largo
          Expande su paraguas enorme; y sin embargo,
          La ceiba tiene el tronco pletórico de espinas.
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        La guajana
          Como si una nube se hubiese dormido
          Sobre la esmeralda del cañaveral,
          Con un gris sedoso, media desteñido
          La guajana flecha la vista espectral.

          En su pesadumbre de esfuerzo perdido,
          De una neurastenia lánguida, eternal,
          Tiene la elocuencia sutil del olvido,
          Y un sugestionismo lúgubre y fatal.

          La llanura sufre la calenturienta
          Sensación de un ansia; sobre ella revienta
          La guajana coma el copo de amargar,

          Y en aquella eterna sonata de almíbar,
          Irrumpe la triste lágrima de acíbar
          Como en la alegría revienta el dolor.
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        La piedra
          En su duro letargo concentrada,
          Redonda, como el cráneo de un gigante,
          La piedra en la vereda perfumada
          Es verruga enigmática y punzante.

          Quieta, sintió la alegre carcajada,
          Y el temblor de la carne rozagante,
          De la muchacha frágil y cansada
          Que llegó con el cántaro jadeante.

          La piedra suda un ansia negra y blonda.
          En lo profundo de su entraña honda
          Un sueño se arrebuja perezoso.

          "¡Moisés, Moisés, la turba está sedienta;
          Tócame con tu vara, que revienta
          El manantial de liquido precioso!"
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        Matices
          I

          Una risotada
          En todas las cosas...
          Sobre la enramada
          De las pomarrosas;

          En el océano
          Que tiembla de gozo,
          Bajo el beso sano,
          Tibio y amoroso

          De la luna llena,
          Que se muestra plena
          De anhelos febriles,

          Cuando los celajes
          Pasan, cual mirajes
          De cosas sutiles.

          II

          Anhelo de agua
          Cristalina y pura,
          Bajo de la fragua
          Que da calentura

          Del sol irritante
          Que en el cenit brilla
          Como centelleante,
          Pupila amarilla.

          Un hálito de horno
          Agranda el bochorno
          Que en todo se siembra,

          Y brilla el desmayo
          Al canto de un gallo
          Llamando a su hembra.

          III

          Las hojas muriendo
          Pálidas y mustias
          Van al alma hiriendo
          Como haces de angustias,

          Y la brisa queda
          En sus blandos giros
          Un tropel remeda
          De amantes suspiros.

          Mariposa blonda
          Silenciosa ronda
          El jardín exiguo,

          Mientras la memoria
          Recorre la historia
          De un recuerdo antiguo.

          IV

          Desprovistos de hojas
          Los árboles viejos
          Dan al viento dejos
          De ocultas congojas.

          Lentos los salterios
          Vierten su tristeza
          Entre la pereza
          De los monasterios...

          Bajo la nevada
          Parece que nada
          De vida palpita,

          Y fulge la luna
          Como el alma de una
          Nostalgia infinita.
        Arriba

        Matinal
          El letargo padece despertamientos;
          Palpita entre las frondas rumor de oleaje,
          Y una llovizna sueña desgreñamientos
          De cristales sutiles, sobre el ramaje.

          Como un orientalismo de ensoñamientos
          La neblina recoge su tul de encaje.
          ¿Qué efervescencia pone sacudimientos
          En la pereza rústica del paisaje?

          Un trino cristalino lejano suena,
          Y Polimnia desflora su cantilena
          En el glú-glú risueño de la fontana:

          Febo guiña indeciso detrás del monte,
          Y explota en llamaradas el horizonte
          Al ósculo candente de la mañana.
        Arriba

        Media noche
          Este silencio lleno de morfina
          Goza un mareo de profundidades,
          Donde el alma poética se inclina
          Atisbando soñadas claridades;

          Y se pierde en la sed, de una divina
          Procesión de simbólicas beldades:
          Novia blanca, y azul, y cristalina,
          Novia llena de espiritualidades.

          Las doce de la Noche. Muy aprisa
          Pasa el arco invisible de la brisa
          Sobre el cordaje rudo de la fronda;

          Y el soñador bohemio, bajo una
          Borrachera, vacua ante la luna
          Que le clava su hostia pura y honda.
        Arriba

        Místico
          Envuelta en una magia de rosados candores,
          Sobre un reclinatorio de nardos y azahares,
          Tu cuerpecito lleno de inocentes temblores
          Dormía su narcisismo, ajeno a las pesares.

          Velaba tu alma honesta vago romanticismo:
          Doradas mariposas, quiméricos jardines,
          Fuentecillas gimiendo en su solitarismo
          Como un encantamiento de notas de violines.

          Abismada en el prisma que la niñez ponía
          Ante tus ojos, negros como los sinsabores,
          Tu vida era crátera de rica fantasía.

          Y, núcleo de una alegre cáfila de rumores,
          Eras como el preludio de suave melodía
          Que el céfiro nocturno remeda entre las flores.
        Arriba

        Neurosis
          Yo no sé si soy sonámbulo o neurótico;
          Siento lagos en el alma, y no son míos...
          El ambiente me sofoca, como a exótico
          En un pueblo enteramente de judíos.

          Vivo en mí y no comprendo; hormigueos
          Van abriendo filtraciones de erotismo
          En mi pecho, y un enjambre de deseos
          Mancha cisne de mi estricto misticismo.

          Poco a poco de mi juicio van comiendo
          Y un volcán de efervescencia promoviendo
          Al tocar de mis recuerdos el tropel;

          Que se agitan como cuervos plutonianos,
          Como duendes, como brujas, como enanos
          Del imperio revoltoso de Luzbel.
        Arriba

        Pueblo
          ¡Piedad, Señor, piedad para mi pobre pueblo
          Donde mi pobre gente se morirá de nada!
          Aquel viejo notario que se pasa los días
          En su mínima y lenta preocupación de rata;
          Este alcalde adiposo de grande abdomen vacuo
          Chapoteando en su vida tal como en una salsa;
          Aquel comercio lento, igual, de hace diez siglos;
          Estas cabras que triscan el resol de la plaza;
          Algún mendigo, algún caballo que atraviesa
          Tiñoso, gris y flaco, por estas calles anchas;
          La fría y atrofiante modorra del domingo
          Jugando en los casinos con billar y barajas;
          Todo, todo el rebaño tedioso de estas vidas
          En este pueblo viejo donde no ocurre nada,
          Todo esto se muere, se cae, se desmorona,
          A fuerza de ser cómodo y de estar a sus anchas.

          ¡Piedad, Señor, piedad para mi pobre pueblo!
          Sobre estas almas simples, desata algún canalla
          Que contra el agua muerta de sus vidas arroje
          La piedra redentora de una insólita hazaña...
          Algún ladrón que asalte ese banco en la noche,
          Algún Don Juan que viole esa doncella casta,
          Algún tahúr de oficio que se meta en el pueblo
          Y revuelva estas gentes honorables y mansas.

          ¡Piedad, Señor, piedad para mi pobre pueblo
          Donde mi pobre gente se morirá de nada!
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        Sábado de gloria
          Esta mañana loca de campana,
          Y una como alegría retozona,
          Rebosa rica limpidez cristiana
          En su franca pureza de madona.

          "¡Cristo, Cristo!" resuena en la pradera
          La elocuencia de Abril. "Toma estas flores;
          Colna me las brindó en la primavera
          Y ellas pueblan de triunfo mis ardores...

          Cristo mira las almas sonriendo;
          En sus sonrisas inquietantes, mudas,
          Un calor de entusiasmo se deslíe;

          Mientras todo ridículo, corriendo
          Sobre un pellejo hecho pollino, Judas
          Al verse tan estúpido, se ríe.
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