.
.
    Información biográfica

  1. A un poeta muerto
  2. Adolescente fui en días idénticos a nubes
  3. Amando en el tiempo...
  4. Aquí, en esta orilla blanca
  5. Cómo llenarte, soledad
  6. Contigo
  7. Dans ma péniche
  8. Deseo
  9. Diré cómo nacisteis, placeres prohibidos
  10. Donde habite el olvido
  11. El andaluz
  12. El viento y el alma
  13. Eras, instante, tan claro
  14. Escondido en los muros
  15. Estoy cansado
  16. He venido para ver
  17. La sombra
  18. Las islas
  19. Limbo
  20. Los espinos
  21. Los fantasmas del deseo
  22. Los marineros son las alas del amor
  23. No decía palabras
  24. No es el amor quien muere
  25. No intentemos el amor nunca
  26. No quiero, triste espíritu, volver
  27. Orillas del amor
  28. Oscuridad completa
  29. País
  30. Peregrino
  31. Qué ruido tan triste el que hacen dos cuerpos cuando se aman
  32. Quiero, con afán soñoliento
  33. Quisiera estar solo en el sur
  34. Quisiera saber por qué esta muerte
  35. Razón de lágrimas
  36. Remordimiento en traje de noche
  37. Si el hombre pudiera decir lo que ama
  38. Sombras blancas
  39. Te quiero
  40. Todo esto por amor
  41. Tres misterios gozosos
  42. Tristeza del recuerdo
  43. Un muchacho andaluz
  44. Unos cuerpos son como flores
  45. Ventana huérfana con cabellos habituales
  46. Yo fui




    Información biográfica

      Nombre: Luis Cernuda Bidón
      Lugar y fecha nacimiento: Sevilla (España), 21 de septiembre de 1902
      Lugar y fecha defunción: Ciudad de México (México), 5 de noviembre de 1963 (61 años)

    Arriba

      A un poeta muerto

        Así como en la roca nunca vemos
        La clara flor abrirse,
        Entre un pueblo hosco y duro
        No brilla hermosamente
        El fresco y alto ornato de la vida.
        Por esto te mataron, porque eras
        Verdor en nuestra tierra árida
        Y azul en nuestro oscuro aire.

        Leve es la parte de la vida
        Que como dioses rescatan los poetas.
        El odio y destrucción perduran siempre
        Sordamente en la entraña
        Toda hiel sempiterna del español terrible,
        Que acecha lo cimero
        Con su piedra en la mano.

        Triste sino nacer
        Con algún don ilustre
        Aquí, donde los hombres
        En su miseria sólo saben
        El insulto, la mofa, el recelo profundo
        Ante aquel que ilumina las palabras opacas
        Por el oculto fuego originario.

        La sal de nuestro mundo eras,
        Vivo estabas como un rayo de sol,
        Y ya es tan sólo tu recuerdo
        Quien yerra y pasa, acariciando
        El muro de los cuerpos
        Con el dejo de las adormideras
        Que nuestros predecesores ingirieron
        A orillas del olvido.

        Si tu ángel acude a la memoria,
        Sombras son estos hombres
        Que aún palpitan tras las malezas de la tierra;
        La muerte se diría
        Más viva que la vida
        Porque tú estás con ella,
        Pasado el arco de tu vasto imperio,
        Poblándola de pájaros y hojas
        Con tu gracia y tu juventud incomparables.

        Aquí la primavera luce ahora.
        Mira los radiantes mancebos
        Que vivo tanto amaste
        Efímeros pasar junto al fulgor del mar.
        Desnudos cuerpos bellos que se llevan
        Tras de sí los deseos
        Con su exquisita forma, y sólo encierran
        Amargo zumo, que no alberga su espíritu
        Un destello de amor ni de alto pensamiento.

        Igual todo prosigue,
        Como entonces, tan mágico,
        Que parece imposible
        La sombra en que has caído.
        Mas un inmenso afán oculto advierte
        Que su ignoto aguijón tan sólo puede
        Aplacarse en nosotros con la muerte,
        Como el afán del agua,
        A quien no basta esculpirse en las olas,
        Sino perderse anónima
        En los limbos del mar.

        Pero antes no sabías
        La realidad más honda de este mundo:
        El odio, el triste odio de los hombres,
        Que en ti señalar quiso
        Por el acero horrible su victoria,
        Con tu angustia postrera
        Bajo la luz tranquila de Granada,
        Distante entre cipreses y laureles,
        Y entre tus propias gentes
        Y por las mismas manos
        Que un día servilmente te halagaran.

        Para el poeta la muerte es la victoria;
        Un viento demoníaco le impulsa por la vida,
        Y si una fuerza ciega
        Sin comprensión de amor
        Transforma por un crimen
        A ti, cantor, en héroe,
        Contempla en cambio, hermano,
        Cómo entre la tristeza y el desdén
        Un poder más magnánimo permite a tus amigos
        En un rincón pudrirse libremente.

        Tenga tu sombra paz,
        Busque otros valles,
        Un río donde del viento
        Se lleve los sonidos entre juncos
        Y lirios y el encanto
        Tan viejo de las aguas elocuentes,
        En donde el eco como la gloria humana ruede,
        Como ella de remoto,
        Ajeno como ella y tan estéril.

        Halle tu gran afán enajenado
        El puro amor de un dios adolescente
        Entre el verdor de las rosas eternas;
        Porque este ansia divina, perdida aquí en la tierra,
        Tras de tanto dolor y dejamiento,
        Con su propia grandeza nos advierte
        De alguna mente creadora inmensa,
        Que concibe al poeta cual lengua de su gloria
        Y luego le consuela a través de la muerte.

      Arriba

      Adolescente fui en días idénticos a nubes

        Adolescente fui en días idénticos a nubes,
        cosa grácil, visible por penumbra y reflejo,
        Y extraño es, si ese recuerdo busco,
        Que tanto, tanto duela sobre el cuerpo de hoy.

        Perder placer es triste
        Como la dulce lámpara sobre el lento nocturno;
        Aquel fui, aquel fui, aquel he sido...
        Era la ignorancia mi sombra.

        Ni gozo ni pena; fui niño
        Prisionero entre muros cambiantes;
        Historias como cuerpos, cristales como cielos,
        Sueño luego, un sueño más alto que la vida.

        Cuando la muerte quiera
        Una verdad quitar de entre mis manos,
        Las hallará vacías, como en la adolescencia,
        Ardientes de deseo, tendidas hacia el aire.

      Arriba

      Amando en el tiempo

        El tiempo, insinuándose en tu cuerpo,
        Tal la nube de polvo en fuente pura,
        Aquella gracia antigua desordena
        Y clava en mí una pena silenciosa.

        Otros antes que yo vieron un' día,
        Y otros luego verán, cómo decir
        La amada forma esbelta, recordando
        De cuánta gloria es cifra un cuerpo hermoso.

        Pero la vida sólo la aprendemos,
        Y placer y dolor se ofrecen siempre
        Tal mundo virgen para cada hombre.
        Así mi pena inculta es nueva ahora.

        Nueva como lo fuese al primer hombre,
        Que cayó con su amor del paraíso
        Cuando viera, tal cielo ya vencido
        Por sombra, envejecer el cuerpo amado.

      Arriba

      Aquí, en esta orilla blanca

        Aquí
        En esta orilla blanca
        Del lecho donde duermes
        Estoy al borde mismo
        De tu sueño. Si diera
        Un paso mas, caerla
        En sus ondas, rompiéndolo
        Como un cristal. Me sube
        El calor de tu sueño
        Hasta el rostro. Tu hálito
        Te mide la andadura
        Del soñar: va despacio.
        Un soplo alterno, leve
        Me entrega ese tesoro
        Exactamente: el ritmo
        De tu vivir soñando.
        Miro. Veo la estofa
        De que está hecho tu sueño.
        La tienes sobre el cuerpo
        Como coraza ingrávida.
        Te cerca de respeto.
        A tu virgen te vuelves
        Toda entera, desnuda,
        cuando te vas al sueño.
        En la orilla se paran
        Las ansias y los besos:
        Esperan, ya sin prisa,
        A que abriendo los ojos
        Renuncies a tu ser
        Invulnerable. Busco
        Tu sueño. Con mi alma
        Doblada sobre ti
        Las miradas recorren,
        Traslúcida, tu carne
        Y apartan dulcemente
        Las señas corporales,
        Por ver si hallan detrás
        Las formas de tu sueño.
        No lo encuentran. Y entonces
        Pienso en tu sueño. Quiero
        Descifrarlo. Las cifras
        No sirven, no es secreto.
        Es sueño y no misterio.
        Y de pronto, en el alto
        Silencio de la noche,
        Un soñar mío empieza
        Al borde de tu cuerpo;
        En él el tuyo siento.
        Tú dormida, yo en vela,
        Hacíamos lo mismo.
        No había que buscar:
        Tu sueño era mi sueño.

      Arriba

      Cómo llenarte, soledad

        Cómo llenarte, soledad,
        Sino contigo misma.

        De niño, entre las pobres guaridas de la tierra,
        Quieto en ángulo oscuro,
        Buscaba en ti, encendida guirnalda,
        Mis auroras futuras y furtivos nocturnos,
        Y en ti los vislumbraba,
        Naturales y exactos, también libres y fieles,
        A semejanza mía,
        A semejanza tuya, eterna soledad.

        Me perdí luego por la tierra injusta
        Como quien busca amigos o ignorados amantes;
        Diverso con el mundo,
        Fui luz serena y anhelo desbocado,
        y en la lluvia sombría o en el sol evidente
        Quería una verdad que a ti te traicionase,
        Olvidando en mi afán
        Cómo las alas fugitivas su propia nube crean.

        Y al velarse a mis ojos
        Con nubes sobre nubes de otoño desbordado
        La luz de aquellos días en ti misma entrevistos,
        Te negué por bien poco;
        Por menudos amores ni ciertos ni fingidos,
        Por quietas amistades de sillón y de gesto,
        Por un nombre de reducida cola en un mundo fantasma,
        Por los viejos placeres prohibidos
        Como los permitidos nauseabundos,
        Útiles solamente para el elegante salón susurrado,
        En bocas de mentira y palabras de hielo.

        Por ti me encuentro ahora el eco de la antigua persona
        Que yo fui,
        Que yo mismo manché con aquellas juveniles traiciones;
        Por ti me encuentro ahora, constelados hallazgos,
        Limpios de otro deseo,
        El sol, mi dios, la noche rumorosa,
        La lluvia, intimidad de siempre,
        El bosque y su alentar pagano,
        El mar, el mar como su nombre hermoso;
        Y sobre todo ellos,
        Cuerpo oscuro y esbelto,
        Te encuentro a ti, tú, soledad tan mía,
        Y tú me das fuerza y debilidad
        Como el ave cansada los brazos de la piedra.

        Acodado al balcón miro insaciable el oleaje,
        Oigo sus oscuras imprecaciones,
        Contemplo sus blancas caricias;
        Y erguido desde cuna vigilante
        Soy en la noche un diamante que gira advirtiendo a los hombres,
        Por quienes vivo, aún cuando no los vea;
        Y así, lejos de ellos,
        Ya olvidados sus nombres, los amo en muchedumbres,
        Roncas y violentas como el mar, mi morada,
        Puras ante la espera de una revolución ardiente
        O rendidas y dóciles, como el mar sabe serlo
        Cuando toca la hora de reposo que su fuerza conquista.

        Tú, verdad solitaria,
        Transparente pasión, mi soledad de siempre,
        Eres inmenso abrazo;
        El sol, el mar,
        La oscuridad, la estepa,
        El hombre y su deseo,
        La airada muchedumbre,
        ¿Qué son sino tú misma?

        Por ti, mi soledad, los busqué un día;
        En ti, mi soledad, los amo ahora.

      Arriba

      Contigo

        ¿Mi tierra?
        Mi tierra eres tú.

        ¿Mi gente?
        Mi gente eres tú.

        El destierro y la muerte
        Para mi están adonde
        No estés tú.

        ¿Y mi vida?
        Dime, mi vida,
        ¿Qué es, si no eres tú?

      Arriba

      Dans ma péniche

        Quiero vivir cuando el amor muere;
        Muere, muere pronto, amor mío.
        Abre como una cola la victoria purpúrea del deseo,
        Aunque el amante se crea sepultado en un súbito otoño,
        Aunque grite:
        Vivir así es cosa de muerte.

        Pobres amantes,
        Clamáis a fuerza de ser jóvenes;
        Sea propicia la muerte al hombre a quien mordió la vida,
        Caiga su frente cansadamente entre las manos
        Junto al fulgor redondo de una mesa con cualquier triste libro
        Pero en vosotros aún va fresco y fragante
        El leve perejil que adorna un día al vencedor adolescente.
        Dejad por demasiado cierta la perspectiva de alguna nueva tumba solitaria.
        Aún hay dichas, terribles dichas a conquistar bajo la luz terrestre.
        Ante vuestros ojos, amantes,
        Cuando el amor muere,
        vida de la tierra y la vida del mar palidecen juntamente;
        El amor, cuna adorable para los deseos exaltados,
        Los ha vuelto tan lánguidos como pasajeramente suele hacerlo
        El rasguear de una guitarra en el ocio marino
        Y la luz del alcohol, aleonado como una cabellera;
        Vuestra guarida melancólica se cubre de sombras crepusculares
        Todo queda afanoso y callado.

        Así suele quedar el pecho de los hombres
        Cuando cesa el tierno borboteo de la melodía confiada,
        Y tras su delicia interrumpida
        Un afán insistente puebla el nuevo silencio.

        Pobres amantes,
        ¿De qué os sirvieron las infantiles arras que cruzasteis,
        Cartas, rizos de luz recién cortada, seda cobriza o negra ala?
        Los atardeceres de manos furtivas,
        El trémulo palpitar, los labios que suspiran,
        La adoración rendida a un leve sexo vanidoso,
        Los ay mi vida y los ay muerte mía,
        Todo, todo,
        Amarillea y cae y huye con el aire que no vuelve.

        Oh, amantes,
        Encadenados entre los manzanos del edén,
        Cuando el amor muere,
        Vuestra crueldad; vuestra piedad pierde su presa,
        Y vuestros brazos caen como cataratas macilentas,
        Vuestro pecho queda como roca sin ave,
        Y en tanto despreciáis todo lo que no lleve un velo funerario,
        Fertilizáis con lágrimas la tumba de los sueños,
        Dejando allí caer, ignorantes como niños,
        La libertad, la perla de los días.

        Pero tú y yo sabemos,
        Río que bajo mi casa fugitiva deslizas tu vida experta,
        Que cuando el hombre no tiene ligados sus miembros
        Por las encantadoras mallas del amor,
        Cuando el deseo es como una cálida azucena
        Que se ofrece a todo cuerpo hermoso que fluya a nuestro lado,
        Cuánto vale una noche como ésta, indecisa
        Entre la primavera última y el estío primero,
        Este instante en que oigo los leves chasquidos del bosque
        Nocturno. Conforme conmigo mismo y con la indiferencia
        De los otros,
        Solo yo con mi vida,
        Con mi parte en el mundo.

        Jóvenes sátiros
        Que vivís en la selva, labios risueños
        Ante el exangüe Dios cristiano,
        A quien el comerciante adora para mejor cobrar su mercancía
        Pies de jóvenes sátiros,
        Danzad más presto cuando el amante llora,
        Mientras lanza su tierna endecha
        De: Ah, cuando el amor muere.
        Porque oscura y cruel la libertad entonces ha nacido;
        Vuestra descuidada alegría sabrá fortalecerla,
        Y el deseo girará locamente en pos de los hermosos
        Cuerpos que vivifican el mundo un solo instante.

      Arriba

      Deseo

        Por el campo tranquilo de septiembre,
        Del álamo amarillo alguna hoja,
        Como una estrella rota,
        Girando al suelo viene.

        Si así el alma inconsciente,
        Señor de las estrellas y las hojas,
        Fuese, encendida sombra,
        De la vida a la muerte.

      Arriba

      Diré cómo nacisteis, placeres prohibidos

        Diré cómo nacisteis, placeres prohibidos,
        Como nace un deseo sobre torres de espanto,
        Amenazadores barrotes, hiel descolorida,
        Noche petrificada a fuerza de puños,
        Ante todos, incluso el más rebelde,
        Apto solamente en la vida sin muros.

        Corazas infranqueables, lanzas o puñales,
        Todo es bueno si deforma un cuerpo;
        Tu deseo es beber esas hojas lascivas
        O dormir en ese agua acariciadora.
        No importa;
        Ya declaran tu espíritu impuro.

        No importa la pureza, los dones que un destino
        Levantó hacia las aves con manos imperecederas;
        No importa la juventud, sueño más que hombre,
        La sonrisa tan noble, playa de seda bajo la tempestad
        De un régimen caído.

        Placeres prohibidos, planetas terrenales,
        Miembros de mármol con sabor de estío,
        Jugo de esponjas abandonadas por el mar,
        Flores de hierro, resonantes como el pecho de un hombre.

        Soledades altivas, coronas derribadas,
        Libertades memorables, manto de juventudes;
        Quien insulta esos frutos, tinieblas en la lengua,
        Es vil como un rey, como sombra de rey
        Arrastrándose a los pies de la tierra
        Para conseguir un trozo de vida.

        No sabía los límites impuestos,
        Límites de metal o papel,
        Ya que el azar le hizo abrir los ojos bajo una luz tan alta,
        Adonde no llegan realidades vacías,
        Leyes hediondas, códigos, ratas de paisajes derruidos.

        Extender entonces la mano
        Es hallar una montaña que prohíbe,
        Un bosque impenetrable que niega,
        Un mar que traga adolescentes rebeldes.

        Pero si la ira, el ultraje, el oprobio y la muerte,
        Ávidos dientes sin carne todavía,
        Amenazan abriendo sus torrentes,
        De otro lado vosotros, placeres prohibidos,
        Bronce de orgullo, blasfemia que nada precipita,
        Tendéis en una mano el misterio.
        Sabor que ninguna amargura corrompe,
        Cielos, cielos relampagueantes que aniquilan.

        Abajo estatuas anónimas,
        Sombras de sombras, miseria, preceptos de niebla;
        Una chispa de aquellos placeres
        Brilla en la hora vengativa.
        Su fulgor puede destruir vuestro mundo.

      Arriba

      Donde habite el olvido

        Donde habite el olvido,
        En los vastos jardines sin aurora;
        Donde yo sólo sea
        Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
        Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

        Donde mi nombre deje
        Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
        Donde el deseo no exista.

        En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
        No esconda como acero
        En mi pecho su ala,
        Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

        Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,
        Sometiendo a otra vida su vida,
        Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

        Donde penas y dichas no sean más que nombres,
        Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
        Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
        Disuelto en niebla, ausencia,
        Ausencia leve como carne de niño.

        Allá, allá lejos;
        Donde habite el olvido.

      Arriba

      El andaluz

        Sombra hecha de luz,
        Que templando repele,
        Es fuego con nieve
        El andaluz.

        Enigma al trasluz,
        Pues va entre gente solo,
        Es amor con odio
        El andaluz.

        Oh hermano mío, tú.
        Dios, que te crea,
        Será quién comprenda
        Al andaluz.

      Arriba

      El viento y el alma

        Con tal vehemencia el viento
        Viene del mar, que sus sones
        Elementales contagian
        El silencio de la noche.

        Solo en tu cama le escuchas
        Insistente en los cristales
        Tocar, llorando y llamando
        Como perdido sin nadie.

        Mas no es él quien en desvelo
        Te tiene, sino otra fuerza
        De que tu cuerpo es hoy cárcel,
        Tu viento libre, y recuerda.

      Arriba

      Eras, instante, tan claro

        Eras, instante, tan claro.
        Perdidamente te alejas,
        Dejando erguido al deseo
        Con sus vagas ansias tercas.

        Siento huir bajo el otoño
        Pálidas aguas sin fuerza,
        Mientras se olvidan los árboles
        De las hojas que desertan.

        La llama tuerce su hastío,
        Sola su viva presencia,
        Y la lámpara ya duerme
        Sobre mis ojos en vela.

        Cuán lejano todo. Muertas
        Las rosas que ayer abrieran,
        Aunque aliente su secreto
        Por las verdes alamedas.

        Bajo tormentas la playa
        Será soledad de arena
        Donde el amor yazca en sueños.
        La tierra y el mar lo esperan.

      Arriba

      Escondido en los muros

        Escondido en los muros
        Este jardín me brinda
        Sus ramas y sus aguas
        De secreta delicia.
        Qué silencio. ¿Es así
        El mundo?... Cruz al cielo
        Desfilando paisajes,
        Risueño hacia lo lejos.
        Tierra indolente. En vano
        Resplandece el destino.
        Junto a las aguas quietas
        Sueño y pienso que vivo.
        Mas el tiempo ya tasa
        El poder de esta hora;
        Madura su medida,
        Escapa entre sus rosas.
        Y el aire fresco vuelve
        Con la noche cercana,
        Su tersura olvidando
        Las ramas y las aguas.

      Arriba

      Estoy cansado

        Estar cansado tiene plumas,
        Tiene plumas graciosas como un loro,
        Plumas que desde luego nunca vuelan,
        Mas balbucean igual que loro.

        Estoy cansado de las casas,
        Prontamente en ruinas sin un gesto;
        Estoy cansado de las cosas,
        Con un latir de seda vueltas luego de espaldas.

        Estoy cansado de estar vivo,
        Aunque más cansado sería el estar muerto;
        Estoy cansado del estar cansado
        Entre plumas ligeras sagazmente,
        Plumas del loro aquel tan familiar o triste,
        El loro aquel del siempre estar cansado.

      Arriba

      He venido para ver

        He venido para ver semblantes
        Amables como viejas escobas,
        He venido para ver las sombras
        Que desde lejos me sonríen.

        He venido para ver los muros
        En el suelo o en pie indistintamente,
        He venido para ver las cosas,
        Las cosas soñolientas por aquí.

        He venido para ver los mares
        Dormidos en cestillo italiano,
        He venido para ver las puertas,
        El trabajo, los tejados, las virtudes
        De color amarillo ya caduco.

        He venido para ver la muerte
        Y su graciosa red de cazar mariposas,
        He venido para esperarte
        Con los brazos un tanto en el aire,
        He venido no sé por qué;
        Un día abrí los ojos: he venido.

        Por ello quiero saludar sin insistencia
        A tantas cosas más que amables:
        Los amigos de color celeste,
        Los días de color variable,
        La libertad del color de mis ojos;

        Los niñitos de seda tan clara,
        Los entierros aburridos como piedras,
        La seguridad, ese insecto
        Que anida en los volantes de la luz.

        Adiós, dulces amantes invisibles,
        Siento no haber dormido en vuestros brazos.
        Vine por esos besos solamente;
        Guardad los labios por si vuelvo.

      Arriba

      La sombra

        Al despertar de un sueño, buscas
        Tu juventud, como si fuera el cuerpo
        Del camarada que durmiese
        A tu lado y que al alba no encuentras.

        Ausencia conocida, nueva siempre,
        Con la cual no te hallas. Y aunque acaso
        Hoy tú seas más de lo que era
        El mozo ido, todavía

        Sin voz le llamas, cuántas veces;
        Olvidado que de su mocedad se alimentaba
        Aquella pena aguda, la conciencia
        De tu vivir de ayer. Ahora,

        Ida también, es sólo
        Un vago malestar, una inconsciencia
        Acallando el pasado, dejando indiferente
        Al otro que tú eres, sin pena, sin alivio.

      Arriba

      Las islas

        Recuerdo que tocamos puerto tras larga travesía,
        Y dejando el navío y el muelle, por callejas
        (Entre el polvo mezclados pétalos y escamas),
        Llegué a la plaza, donde estaban los bazares.
        Era grande el calor, la sombra poca.

        Con el pecho desnudo iba, distraído
        Como si familiares fuesen la villa y sus costumbres,
        Y miré en un portal al mercader de sedas
        Que desplegaba una, color de aurora, fría a los ojos,
        Sintiendo sin tocarla la suavidad escurridiza.
        Ante un ciego cantor estuve largo espacio,
        Único espectador, y parecía cantar para mí solo.
        Compré luego a una niña un ramo de jazmines
        Amarillentos, pero en su olor ajado tuvo alivio
        La dejadez extraña que empezaba a aquejarme.

        Desanudada la faja en la cintura,
        Unos muchachos que pasaban, reían,
        Volviendo la cabeza. Acaso me creyeron
        Ebrio. Los ojos de uno de ellos eran
        Como la noche, profundos y estrellados.

        La humedad de la piel pronto se disipaba
        Por el aire ardoroso, a cuyo influjo
        Mi pereza crecía. Me detuve indeciso,
        Acariciando el cuerpo, sintiendo su tibieza
        Lisa, como si acariciara un cuerpo ajeno.

        Seguí, por parajes nunca vistos,
        Mas presentidos, igual a quien camina
        Hacia cita amistosa. Deponía la tarde
        Su fuerza, cuando al fin quise
        Buscar reposo ante un umbral cerrado.

        Era un barrio tranquilo. Mis párpados pesaban
        (Acaso dormí mucho), y al abrirlos de nuevo
        Ya el sol estaba bajo en el muro de enfrente.
        Una presencia ajena pareció despertarme,
        Porque al volver la cara vi una mujer, y sonreía.

        Como si de mi anhelo fuese proyección, respuesta
        Ante demanda informulada, me miraba, insegura;
        Aunque yo nada dije, con gesto silencioso,
        Invitándome adentro, me tomó de la mano.
        La seguí, con recelo más débil que el deseo.

        La sala estaba oscura (ya caía la tarde).
        Sobre la estera había almohadas, un cestillo
        Anidando manojos de magnolias mojadas,
        de excesiva fragancia. Filtró la celosía
        Unas palabras de la calle: «Le encontraron muerto».

        Las pensé referidas a un camarada,
        Quizá presagio de mi sino. Pero ella,
        Atrayéndome a sí, sobre la alfombra
        El ropaje tiró, como cuchillo sin la vaina,
        Fría, dura, flexible, escurridiza.

        Mis manos en sus pechos, su cintura
        Quebrarse pareció al extenderme sobre ella,
        Y en el silencio circundante, al ritmo
        De los cuerpos, oí su brazalete,
        Queja del ave fabulosa que escapaba.

        La oscuridad llenó la sala toda
        Cuando saciado y satisfecho quise irme.
        En la puerta (ella como mi sombra me seguía),
        Al cruzar su dintel, sentí que entre mis dedos
        Quedaba el brazalete, ahora inerte y mudo.

        Mucho tiempo ha pasado. No aceptara
        Revivir otra vez esta existencia.
        Mas no sé qué daría por sólo aquel instante
        Revivirlo. Bien sé que apenas tengo con qué tiente
        Al destino, ni el destino tentarse dejaría.

        Cuando el recuerdo así vuelve sobre sus huellas
        (¿No es el recuerdo la impotencia del deseo?).
        Es que a él, como a mí, la vejez vence;
        Y acaso ya no tengo lo único que tuve:
        Deseo, a quien rendida la ocasión le sigue.

      Arriba

      Limbo

        A Octavio Paz.

        La plaza sola (gris el aire,
        Negros los árboles, la tierra
        Manchada por la nieve),
        Parecía, no realidad, mas copia
        Triste sin realidad. Entonces,
        Ante el umbral, dijiste:
        Viviendo aquí serías
        Fantasma de ti mismo.
        Inhóspita en su adorno
        Parsimonioso, porcelanas, bronces,
        Muebles chinos, la casa
        Oscura toda era,
        Pálidas sus ventanas sobre el río,
        Y el color se escondía
        En un retablo español, en un lienzo
        Francés, su brío amedrentado.
        Entre aquellos despojos,
        Proyecto, el dueño estaba
        Sentado junto a su retrato
        Por artista a la moda en años idos,
        Imagen fatua y fácil
        Del diletante, divertido entonces
        Comprando lo que una fe creara
        En otro tiempo y otra tierra.
        Allí con sus iguales,
        Damas imperativas bajo sus afeites,
        Caballeros seguros de sí mismos,
        Rito social cumplía,
        Y entre el diálogo moroso,
        Tú oyendo alguien me dijo: "Me ofrecieron
        La primera edición de un poeta raro,
        Y la he comprado", tu emoción callaste.
        Así, pensabas, el poeta
        Vive para esto, para esto
        Noches y días amargos, sin ayuda
        De nadie, en la contienda
        Adonde, como el fénix, muere y nace,
        Para que años después, siglos
        Después, obtenga al fin el displicente
        Favor de un grande en este mundo.
        Su vida ya puede excusarse,
        Porque ha muerto del todo;
        Su trabajo ahora cuenta,
        Domesticado para el mundo de ellos,
        Como otro objeto vano,
        Otro ornamento inútil;
        Y tú cobarde, mudo
        Te despediste ahí, como el que asiente,
        Más allá de la muerte, a la injusticia.
        Mejor la destrucción, el fuego.

      Arriba

      Los espinos

        Verdor nuevo los espinos
        Tienen ya por la colina,
        Toda de púrpura y nieve
        En el aire estremecida.

        Cuántos cielos florecidos
        Les has visto; aunque a la cita
        Ellos serán siempre fieles,
        Tú no lo serás un día.

        Antes que la sombra caiga,
        Aprende cómo es la dicha
        Ante los espinos blancos
        Y rojos en flor. Vé. Mira.

      Arriba

      Los fantasmas del deseo

        Yo no te conocía, tierra;
        Con los ojos inertes, la mano aleteante,
        Lloré todo ciego bajo tu verde sonrisa,
        Aunque, alentar juvenil, sintiera a veces
        Un tumulto sediento de postrarse,
        Como huracán henchido aquí en el pecho;
        Ignorándote, tierra mía,
        Ignorando tu alentar, huracán o tumulto,
        Idénticos en esta melancólica burbuja que yo soy
        A quien tu voz de acero inspirara un menudo vivir.

        Bien sé ahora que tú eres
        Quien me dicta esta forma y este ansia;
        Sé al fin que el mar esbelto,
        La enamorada luz, los niños sonrientes,
        No son sino tú misma;
        Que los vivos, los muertos,
        El placer y la pena,
        La soledad, la amistad,
        La miseria, el poderoso estúpido,
        El hombre enamorado, el canalla,
        Son tan dignos de mí como de ellos yo lo soy;
        Mis brazos, tierra, son ya más anchos, ágiles,
        Para llevar tu afán que nada satisface.

        El amor no tiene esta o aquella forma,
        No puede detenerse en criatura alguna;
        Todas son por igual viles y soñadoras.
        Placer que nunca muere
        Beso que nunca muere,
        Sólo en ti misma encuentro, tierra mía.
        Nimbos de juventud, cabellos rubios o sombríos,
        Rizosos o lánguidos como una primavera,
        Sobre cuerpos cobrizos, sobre radiantes cuerpos
        Que tanto he amado inútilmente,
        No es en vosotros donde la vida está, sino en la tierra,
        En la tierra que aguarda, aguarda siempre
        Con sus labios tendidos, con sus brazos abiertos.

        Dejadme, dejadme abarcar, ver unos instantes
        Este mundo divino que ahora es mío,
        Mío como lo soy yo mismo,
        Como lo fueron otros cuerpos que estrecharon mis brazos,
        Como la arena, que al besarla los labios
        Finge otros labios, dúctiles al deseo,
        Hasta que el viento lleva sus mentirosos átomos.

        Como la arena, tierra,
        Como la arena misma,
        La caricia es mentira, el amor es mentira, la amistad es mentira.
        Tú sola quedas con el deseo,
        Con este deseo que aparenta ser mío y ni siquiera es mío,
        Sino el deseo de todos,
        Malvados, inocentes,
        Enamorados o canallas.

        Tierra, tierra y deseo.
        Una forma perdida.

      Arriba

      Los marineros son las alas del amor

        Los marineros son las alas del amor,
        Son los espejos del amor,
        El mar les acompaña,
        Y sus ojos son rubios lo mismo que el amor
        Rubio es también, igual que son sus ojos.

        La alegría vivaz que vierten en las venas
        Rubia es también,
        Idéntica a la piel que asoman;
        No les dejéis marchar porque sonríen
        Como la libertad sonríe,
        Luz cegadora erguida sobre el mar.

        Si un marinero es mar,
        Rubio mar amoroso cuya presencia es cántico,
        No quiero la ciudad hecha de sueños grises;
        Quiero sólo ir al mar donde me anegue,
        Barca sin norte,
        Cuerpo sin norte hundirme en su luz rubia.

      Arriba

      No decía palabras

        No decía palabras,
        Acercaba tan sólo un cuerpo interrogante
        Porque ignoraba que el deseo es una pregunta
        Cuya respuesta no existe,
        Una hoja cuya rama no existe,
        Un mundo cuyo cielo no existe.

        La angustia se abre paso entre los huesos,
        Remonta por las venas
        Hasta abrirse en la piel,
        Surtidores de sueño
        Hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.

        Un roce al paso,
        Una mirada fugaz entre las sombras,
        Bastan para que el cuerpo se abra en dos,
        Ávido de recibir en sí mismo
        Otro cuerpo que sueñe;
        Mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne,
        Iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo.

        Aunque sólo sea una esperanza,
        Porque el deseo es una pregunta cuya respuesta nadie sabe.

      Arriba

      No es el amor quien muere

        No es el amor quien muere,
        Somos nosotros mismos.

        Inocencia primera
        Abolida en deseo,
        Olvido de sí mismo en otro olvido,
        Ramas entrelazadas,
        ¿Por qué vivir si desaparecéis un día?

        Sólo vive quien mira
        Siempre ante sí los ojos de su aurora,
        Sólo vive quien besa
        Aquel cuerpo de ángel que el amor levantara.

        Fantasmas de la pena,
        A lo lejos, los otros,
        Los que ese amor perdieron,
        Como un recuerdo en sueños,
        Recorriendo las tumbas
        Otro vacío estrechan.

        Por allá van y gimen,
        Muertos en pie, vidas tras de la piedra,
        Golpeando la impotencia,
        Arañando la sombra
        Con inútil ternura.

        No, no es el amor quien muere.

      Arriba

      No intentemos el amor nunca

        Aquella noche el mar no tuvo sueño.
        Cansado de contar, siempre contar a tantas olas,
        Quiso vivir hacia lo lejos,
        Donde supiera alguien de su color amargo.

        Con una voz insomne decía cosas vagas,
        Barcos entrelazados dulcemente
        En un fondo de noche,
        O cuerpos siempre pálidos, con su traje de olvido
        Viajando hacia nada.

        Cantaba tempestades, estruendos desbocados
        Bajo cielos con sombra,
        Como la sombra misma,
        Como la sombra siempre
        Rencorosa de pájaros estrellas.

        Su voz atravesando luces, lluvia, frío,
        Alcanzaba ciudades elevadas a nubes,
        Cielo Sereno, Colorado, Glaciar del infierno,
        Todas puras de nieve o de astros caídos
        En sus manos de tierra.

        Mas el mar se cansaba de esperar las ciudades.
        Allí su amor tan sólo era un pretexto vago
        Con sonrisa de antaño,
        Ignorado de todos.

        Y con sueño de nuevo se volvió lentamente
        Adonde nadie
        Sabe de nadie.
        Adonde acaba el mundo.

      Arriba

      No quiero, triste espíritu, volver

        No quiero, triste espíritu, volver
        Por los lugares que cruzó mi llanto,
        Latir secreto entre los cuerpos vivos
        Como yo también fui.

        No quiero recordar
        Un instante feliz entre tormentos;
        Goce o pena es igual,
        Todo es triste al volver.

        Aún va conmigo como una luz ajena
        Aquel destino niño,
        Aquellos dulces ojos juveniles,
        Aquella antigua herida.

        No, no quisiera volver,
        Sino morir aún más,
        Arrancar una sombra,
        Olvidar un olvido.

      Arriba

      Orillas del amor

        Como una vela sobre el mar
        Resume ese azulado afán que se levanta
        Hasta las estrellas futuras,
        Hecho escala de olas
        Por donde pies divinos descienden al abismo,
        También tu forma misma,
        Ángel, demonio, sueño de un amor soñado,
        Resume en mí un afán que en otro tiempo levantaba
        Hasta las nubes sus olas melancólicas.

        Sintiendo todavía los pulsos de ese afán,
        Yo, el más enamorado,
        En las orillas del amor,
        Sin que una luz me vea
        Definitivamente muerto o vivo,
        Contemplo sus olas y quisiera anegarme,
        Deseando perdidamente
        Descender, como los ángeles aquellos por la escala de espuma,
        Hasta el fondo del mismo amor que ningún hombre ha visto.

      Arriba

      Oscuridad completa

        No sé por qué, si la luz entra,
        Los hombres andan bien dormidos,
        Recogiendo la vida su apariencia
        Joven de nuevo, bella entre sonrisas,

        No sé por qué he de cantar
        O verter de mis labios vagamente palabras;
        Palabras de mis ojos,
        Palabras de mis sueños perdidos en la nieve.

        De mis sueños copiando los colores de nubes,
        De mis sueños copiando nubes sobre la pampa.

      Arriba

      País

        Tus ojos son de donde
        La nieve no ha manchado
        La luz, y entre las palmas
        El aire
        Invisible es de claro.

        Tu deseo es de donde
        A los cuerpos se alía
        Lo animal con la gracia
        Secreta
        De mirada y sonrisa.

        Tu existir es de donde
        Percibe el pensamiento,
        Por la arena de mares
        Amigos,
        La eternidad en tiempo.

      Arriba

      Peregrino

        ¿Volver? Vuelva el que tenga,
        Tras largos años, tras un largo viaje,
        Cansancio del camino y la codicia
        De su tierra, su casa, sus amigos,
        Del amor que al regreso fiel le espere.

        Mas, ¿tú? ¿volver? Regresar no piensas,
        Sino seguir libre adelante,
        Disponible por siempre, mozo o viejo,
        Sin hijo que te busque, como a Ulises,
        Sin Itaca que aguarde y sin Penélope.

        Sigue, sigue adelante y no regreses,
        Fiel hasta el fin del camino y tu vida,
        No eches de menos un destino más fácil,
        Tus pies sobre la tierra antes no hollada,
        Tus ojos frente a lo antes nunca visto.

      Arriba

      Qué ruido tan triste el que hacen dos cuerpos cuando se aman

        Qué ruido tan triste el que hacen dos cuerpos cuando se aman,
        Parece como el viento que se mece en otoño
        Sobre adolescentes mutilados,
        Mientras las manos llueven,
        Manos ligeras, manos egoístas, manos obscenas,
        Cataratas de manos que fueron un día
        Flores en el jardín de un diminuto bolsillo.

        Las flores son arena y los niños son hojas,
        Y su leve ruido es amable al oído
        Cuando ríen, cuando aman, cuando besan,
        Cuando besan el fondo
        De un hombre joven y cansado
        Porque antaño soñó mucho día y noche.

        Mas los niños no saben,
        Ni tampoco las manos llueven como dicen;
        Así el hombre, cansado de estar solo con sus sueños,
        Invoca los bolsillos que abandonan arena,
        Arena de las flores,
        Para que un día decoren su semblante de muerto.

      Arriba

      Quiero, con afán soñoliento

        Quiero, con afán soñoliento,
        Gozar de la muerte más leve
        Entre bosques y mares de escarcha,
        Hecho aire que pasa y no sabe.

        Quiero la muerte entre mis manos,
        Fruto tan ceniciento y rápido,
        Igual al cuerno frágil
        De la luz cuando nace en el invierno.

        Quiero beber al fin su lejana amargura;
        Quiero escuchar su sueño con rumor de arpa
        Mientras siento las venas que se enfrían,
        Porque la frialdad tan sólo me consuela.

        Voy a morir de un deseo,
        Si un deseo sutil vale la muerte;
        A vivir sin mí mismo de un deseo,
        Sin despertar, sin acordarme,
        Allá en la luna perdido entre su frío.

      Arriba

      Quisiera estar solo en el sur

        Quizá mis lentos ojos no verán más el sur
        De ligeros paisajes dormidos en el aire,
        Con cuerpos a la sombra de ramas como flores
        O huyendo en un galope de caballos furiosos.

        El sur es un desierto que llora mientras canta.
        Y esa voz no se extingue como pájaro muerto;
        Hacia el mar encamina sus deseos amargos,
        Abriendo un eco débil que vive lentamente.

        En el sur tan distante quiero estar confundido.
        La lluvia allí no es más que una rosa entreabierta;
        Su niebla misma ríe, risa blanca en el viento.
        Su oscuridad, su luz, son bellezas iguales.

      Arriba

      Quisiera saber por qué esta muerte

        Quisiera saber por qué esta muerte
        Al verte, adolescente rumoroso,
        Mar dormido bajo los astros ciegos,
        Aún constelado por escamas de sirenas,
        O seda que despliegan
        Cambiante de fuegos nocturnos
        Y acordes palpitantes,
        Rubio igual que la lluvia,
        Sombrío igual que la vida es a veces.

        Aunque sin verme desfiles a mi lado,
        Huracán ignorante,
        Estrella que roza mi mano abandonada su eternidad,
        Sabes bien, recuerdo de siglos,
        Cómo el amor es lucha
        Donde se muerden dos cuerpos iguales.

        Yo no te había visto;
        Miraba los animalillos gozando bajo el sol verdeante,
        Despreocupado de los árboles iracundos,
        Cuando sentí una herida que abrió la luz en mí;
        El dolor enseñaba
        Cómo una forma opaca, copiando luz ajena,
        Parece luminosa.

        Tan luminosa,
        Que mis horas perdidas, yo mismo,
        Quedamos redimidos de la sombra,
        Para no ser ya más
        Que memoria de luz;
        De luz que vi cruzarme,
        Seda, agua o árbol, un momento.

      Arriba

      Razón de lágrimas

        La noche por ser triste carece de fronteras.
        Su sombra en rebelión como la espuma,
        Rompe los muros débiles
        Avergonzados de blancura;
        Noche que no puede ser otra cosa sino noche.

        Acaso los amantes acuchillan estrellas,
        Acaso la aventura apague una tristeza.
        Mas tú, noche, impulsada por deseos
        Hasta la palidez del agua,
        Aguardas siempre en pie quién sabe a cuáles ruiseñores.

        Más allá se estremecen los abismos
        Poblados de serpientes entre pluma,
        Cabecera de enfermos
        No mirando otra cosa que la noche
        Mientras cierran el aire entre los labios.

        La noche, la noche deslumbrante,
        Que junto a las esquinas retuerce sus caderas,
        Aguardando, quién sabe,
        Como yo, como todos.

      Arriba

      Remordimiento en traje de noche

        Un hombre gris avanza por la calle de niebla;
        No lo sospecha nadie. Es un cuerpo vacío;
        Vacío como pampa, como mar, como viento,
        Desiertos tan amargos bajo un cielo implacable.

        Es el tiempo pasado, y sus alas ahora
        Entre la sombra encuentran una pálida fuerza;
        Es el remordimiento, que de noche, dudando;
        En secreto aproxima su sombra descuidada.

        No estrechéis esa mano. La yedra altivamente
        Ascenderá cubriendo los troncos del invierno.
        Invisible en la calma el hombre gris camina.
        ¿No sentís a los muertos? Mas la tierra está sorda.

      Arriba

      Si el hombre pudiera decir lo que ama

        Si el hombre pudiera decir lo que ama,
        Si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
        Como una nube en la luz;
        Si como muros que se derrumban,
        Para saludar la verdad erguida en medio,
        Pudiera derrumbar su cuerpo,
        Dejando sólo la verdad de su amor,
        La verdad de sí mismo,
        Que no se llama gloria, fortuna o ambición,
        Sino amor o deseo,
        Yo sería aquel que imaginaba;
        Aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
        Proclama ante los hombres la verdad ignorada,
        La verdad de su amor verdadero.

        Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
        Cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
        Alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina
        Por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
        Y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu
        Como leños perdidos que el mar anega o levanta
        Libremente, con la libertad del amor,
        La única libertad que me exalta,
        La única libertad por que muero.

        Tú justificas mi existencia:
        Si no te conozco, no he vivido;
        Si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.

      Arriba

      Sombras blancas

        Sombras frágiles, blancas, dormidas en la playa,
        Dormidas en su amor, en su flor de universo,
        El ardiente color de la vida ignorando
        Sobre un lecho de arena y de azar abolido.

        Libremente los besos desde sus labios caen
        En el mar indomable como perlas inútiles;
        Perlas grises o acaso cenicientas estrellas
        Ascendiendo hacia el cielo con luz desvanecida.

        Bajo la noche el mundo silencioso naufraga;
        Bajo la noche rostros fijos, muertos, se pierden.
        Sólo esas sombras blancas, oh blancas, sí, tan blancas.
        La luz también da sombras, pero sombras azules.

      Arriba

      Te quiero

        Te lo he dicho con el viento
        Jugueteando tal un animalillo en la arena
        O iracundo como órgano tempestuoso;

        Te lo he dicho con el sol,
        Que dora desnudos cuerpos juveniles
        Y sonríe en todas las cosas inocentes;

        Te lo he dicho con las nubes,
        Frentes melancólicas que sostienen el cielo,
        Tristezas fugitivas;

        Te lo he dicho con las plantas,
        Leves caricias transparentes
        Que se cubren de rubor repentino;

        Te lo he dicho con el agua,
        Vida luminosa que vela un fondo de sombra;
        Te lo he dicho con el miedo,

        Te lo he dicho con la alegría,
        Con el hastío, con las terribles palabras.
        Pero así no me basta;
        Más allá de la vida
        Quiero decírtelo con la muerte,
        Más allá del amor
        Quiero decírtelo con el olvido.

      Arriba

      Todo esto por amor

        Derriban gigantes de los bosques para hacer un durmiente,
        Derriban los instintos como flores,
        Deseos como estrellas
        Para hacer sólo un hombre con su estigma de hombre.

        Que derriben también imperios de una noche,
        Monarquías de un beso,
        No significa nada;
        Que derriben los ojos, que derriben las manos como estatuas vacías.

        Mas este amor cerrado por ver sólo su forma,
        Su forma entre las brumas escarlata,
        Quiere imponer la vida, como otoño ascendiendo tantas hojas
        Hacia el último cielo,
        Donde estrellas
        Sus labios dan otras estrellas,
        Donde mis ojos, estos ojos,
        Se despiertan en otro.

      Arriba

      Tres misterios gozosos

        El cantar de los pájaros, al alba,
        Cuando el tiempo es más tibio,
        Alegres de vivir, ya se desliza
        Entre el sueño, y de gozo
        Contagia a quien despierta al nuevo día.

        Alegre sonriendo a su juguete
        Pobre y roto, en la puerta
        De la casa juega solo el niñito
        Consigo, y en dichosa
        Ignorancia, goza de hallarse vivo.

        El poeta, sobre el papel soñando
        Su poema inconcluso,
        Hermoso le parece, goza y piensa
        Con razón y locura
        Que nada importa: existe su poema.

      Arriba

      Tristeza del recuerdo

        Por las esquinas vagas de los sueños,
        Alta la madrugada, fue conmigo
        Tu imagen bien amada, como un día
        En tiempos idos, cuando Dios lo quiso.

        Agua ha pasado por el río abajo,
        Hojas verdes perdidas llevó el viento
        Desde que nuestras sombras vieron quedas
        Su afán borrarse con el sol traspuesto.

        Hermosa era aquella llama, breve
        Como todo lo hermoso: luz y ocaso.
        Vino la noche honda, y sus cenizas
        Guardaron el desvelo de los astros.

        Tal jugador febril ante una carta,
        Un alma solitaria fue la apuesta
        Arriesgada y perdida en nuestro encuentro;
        El cuerpo entre los hombres quedó en pena.

        ¿Quién dice que se olvida? No hay olvido.
        Mira a través de esta pared de hielo
        Ir esa sombra hacia la lejanía
        Sin el nimbo radiante del deseo.

        Todo tiene su precio. Yo he pagado
        El mío por aquella antigua gracia,
        Y así despierto; hallando tras mi sueño
        Un lecho solo, afuera yerta el alba.

      Arriba

      Un muchacho andaluz

        Te hubiera dado el mundo,
        Muchacho que surgiste
        Al caer de la luz por tu Conquero,
        Tras la colina ocre,
        Entre pinos antiguos de perenne alegría.

        ¿Eras emanación del mar cercano?
        Eras el mar aún más
        Que las aguas henchidas con su aliento,
        Encauzadas en río sobre tu tierra abierta,
        Bajo el inmenso cielo con nubes que se orlaban de
        Rotos resplandores.

        Eras el mar aún más
        Tras de las pobres telas que ocultaban tu cuerpo;
        Eras forma primera,
        Eras fuerza inconsciente de su propia hermosura.

        Y tus labios, de bisel tan terso,
        Eran la vida misma,
        Como una ardiente flor
        Nutrida con la savia
        De aquella piel oscura
        Que infiltraba nocturno escalofrío.

        Si el amor fuera un ala.

        La incierta hora con nubes desgarradas,
        El río oscuro y ciego bajo la extraña brisa,
        La rojiza colina con sus pinos cargados de secretos,
        Te enviaban a mí, a mi afán ya caído,
        Como verdad tangible.

        Expresión amorosa de aquel mismo paraje,
        Entre los ateridos fantasmas que habitaban nuestro mundo,
        Eras tú una verdad,
        Sola verdad que busco,
        Más que verdad de amor, verdad de vida;
        Y olvidando que sombra y pena acechan de continuo
        Esa cúspide virgen de la luz y la dicha,
        Quise por un momento fijar tu curso ineluctable.

        Creí en ti, muchachillo.

        Cuando el amor evidente,
        Con el irrefutable sol del mediodía,
        Suspendía mi cuerpo
        En esa abdicación del hombre ante su dios,
        Un resto de memoria
        Levantaba tu imagen como recuerdo único.

        Y entonces,
        Con sus luces el violento Atlántico,
        Tantas dunas profusas, tu Conquero nativo,
        Estaban en mí mismo dichos en tu figura,
        Divina ya para mi afán con ellos,
        Porque nunca he querido dioses crucificados,
        Tristes dioses que insultan
        Esa tierra ardorosa que te hizo y te hace.

      Arriba

      Unos cuerpos son como flores

        Unos cuerpos son como flores,
        Otros como puñales,
        Otros como cintas de agua;
        Pero todos, temprano o tarde,
        Serán quemaduras que en otro cuerpo se agranden,
        Convirtiendo por virtud del fuego a una piedra en un hombre.

        Pero el hombre se agita en todas direcciones,
        Sueña con libertades, compite con el viento,
        Hasta que un día la quemadura se borra,
        volviendo a ser piedra en el camino de nadie.

        Yo, que no soy piedra, sino camino
        Que cruzan al pasar los pies desnudos,
        Muero de amor por todos ellos;
        Les doy mi cuerpo para que lo pisen,
        Aunque les lleve a una ambición o a una nube,
        Sin que ninguno comprenda
        Que ambiciones o nubes
        No valen un amor que se entrega.

      Arriba

      Ventana huérfana con cabellos habituales

        Ventana huérfana con cabellos habituales,
        Gritos del viento,
        Atroz paisaje entre cristal de roca,
        Prostituyendo los espejos vivos,
        Flores clamando a gritos
        Su inocencia anterior a obesidades.

        Esas cuevas de luces venenosas
        Destrozan los deseos, los durmientes;
        Luces como lenguas hendidas
        Penetrando en los huesos hasta hallar la carne,
        Sin saber que en el fondo no hay fondo,
        No hay nada, sino un grito,
        Un grito, otro deseo
        Sobre una trampa de adormideras crueles.

        En un mundo de alambre
        Donde el olvido vuela por debajo del suelo,
        En un mundo de angustia,
        Alcohol amarillento,
        Plumas de fiebre,
        Ira subiendo a un cielo de vergüenza,
        Algún día nuevamente surgirá la flecha
        Que abandona el azar
        Cuando una estrella muere como otoño para olvidar su sombra.

      Arriba

      Yo fui

        Yo fui.
        Columna ardiente, luna de primavera.
        Mar dorado, ojos grandes.

        Busqué lo que pensaba;
        Pensé, como al amanecer en sueño lánguido,
        Lo que pinta el deseo en días adolescentes.
        Canté, subí,
        Fui luz un día
        Arrastrado en la llama.

        Como un golpe de viento
        Que deshace la sombra,
        Caí en lo negro,
        En el mundo insaciable.

        He sido.

      Arriba


Autores desconocidos


Seguidores


Indice autores conocidos

   Acuña, Manuel
   Alberti, Rafael
   Aldington, Richard
   Almagro, Ramón de
   Altolaguirre, Manuel
   Arteche, Miguel
   Baudelaire, Charles
   Beckett, Samuel
   Bécquer, Gustavo Adolfo
   Belli, Gioconda
   Benedetti, Mario - Parte I
   Benedetti, Mario - Parte II
   Bernárdez, Francisco Luis
   Blake, William
   Blanco, Andrés Eloy
   Bonnet, Piedad
   Borges, Jorge Luis
   Bosquet, Alain
   Bridges, Robert
   Browning, Robert
   Buesa, José Ángel
   Bukowski, Charles
   Camín, Alfonso
   Campoamor, Ramón de
   Castellanos, Rosario
   Celaya, Gabriel
   Cernuda, Luis
   Cortázar, Julio
   Cuesta, Jorge
   Darío, Rubén
   De Burgos, Julia
   De la Cruz, Sor Juana Inés
   Debravo, Jorge
   Delmar, Meira
   Díaz Mirón, Salvador
   Dickinson, Emily
   Donne, John
   Douglas, Keith
   Eguren, José María
   Espronceda, José de
   Ferrer, Marcelo D.
   Flores, Manuel
   Flórez, Julio
   Frost, Robert
   Gala, Antonio
   García Lorca, Federico
   Gelman, Juan
   Girondo, Oliverio
   Gómez Jattin, Raúl
   Gómez de Avellaneda, Gertrudis
   González, Ángel
   González Martínez, Enrique
   Guillén, Nicolás
   Gutiérrez Nájera, Manuel
   Hernández, Miguel
   Hesse, Hermann
   Hierro, José
   Hugo, Víctor
   Huidobro, Vicente
   Ibarbourou, Juana de
   Isaacs, Jorge
   Jiménez, Juan Ramón
   Joyce, James
   Keats, John
   Larkin, Philip
   Leopardi, Giacomo
   Lloréns Torres, Luis
   Lord Byron, George Gordon
   Lowell, Amy
   Loynaz, Dulce María
   Machado, Antonio
   Marchena, Julián
   Martí, José
   Milton, John
   Mistral, Gabriela
   Mitre, Eduardo
   Neruda, Pablo - Parte I
   Neruda, Pablo - Parte II
   Neruda, Pablo - Parte III
   Nervo, Amado - Parte I
   Nervo, Amado - Parte II
   Novo, Salvador
   Obligado, Pedro Miguel
   Otero, Blas de
   Owen, Gilberto
   Pacheco, José Emilio
   Palés Matos, Luis
   Parra, Nicanor
   Paz, Octavio - Parte I
   Paz, Octavio - Parte II
   Pedroni, José
   Pellicer, Carlos
   Pessoa, Fernando
   Pizarnik, Alejandra
   Plá, Josefina
   Poe, Edgar Allan
   Pombo, Rafael
   Raine, Kathleen
   Rébora, Marilina
   Reyes Ochoa, Alfonso
   Rimbaud, Arthur
   Rojas, Gonzalo
   Rojas, Jorge
   Romero, Elvio
   Ruy Sánchez, Alberto
   Sabines, Jaime
   Salinas, Pedro
   Santos Chocano, José
   Shakespeare, William
   Shelley, Percy Bysshe
   Silva, José Asunción
   Storni, Alfonsina
   Swann, Matilde Alba
   Symons, Julian
   Teillier, Jorge
   Tennyson, Alfred
   Thomas, Dylan
   Torres Bodet, Jaime
   Unamuno, Miguel de
   Urbina, Luis G.
   Vallejo, César
   Verlaine, Paul
   Villaurrutia, Xavier
   Whitman, Walt
   Wilde, Óscar
   Wordsworth, William
   Yeats, William Butler
   Zaid, Gabriel
   Zorrilla, José
   Zorrilla de San Martín, Juan


Otros enlaces

   Webs amigas

Visitas recibidas

.
Grandes poetas famosos | Great famous poets | Contacto: Monika Lekanda