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    Información biográfica

  1. Como la primavera
  2. Como una sola flor desesperada
  3. Despecho
  4. Dulce milagro
  5. El pozo
  6. La higuera
  7. La hora
  8. La promesa
  9. Raíz salvaje
  10. Reconquista
  11. Te doy mi alma desnuda
  12. Vida garfio


      Información biográfica

        Nombre: Juana Fernández Morales
        Nombre de pluma: Juana de Ibarbourou
        Lugar y fecha nacimiento: Melo, Cerro Largo (Uruguay), 8 de marzo de 1892
        Lugar y fecha defunción: Montevideo (Uruguay), 15 de julio de 1979 (87 años)

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        Como la primavera

          Como una ala negra tendí mis cabellos
          Sobre tus rodillas.
          Cerrando los ojos su olor aspiraste,
          Diciéndome luego:
          -¿Duermes sobre piedras cubiertas de musgos?
          ¿Con ramas de sauces te atas las trenzas?
          ¿Tu almohada es de trébol? ¿Las tienes tan negras
          Porque acaso en ella exprimiste un zumo
          Retinto y espeso de moras silvestres?
          ¡Qué fresca y extraña fragancia te envuelve!
          Hueles a arroyuelos, a tierra y a selvas.
          ¿Que perfume usas? Y riendo te dije:
          -¡Ninguno, ninguno!
          Te amo y soy joven, huelo a primavera.
          Este olor que sientes es de carne firme,
          De mejillas claras y de sangre nueva.
          ¡Te quiero y soy joven, por eso es que tengo
          Las mismas fragancias de la primavera!

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        Como una sola flor desesperada

          Lo quiero con la sangre, con el hueso,
          Con el ojo que mira y el aliento,
          Con la frente que inclina el pensamiento,
          Con este corazón caliente y preso,

          Con el sueño fatalmente obseso
          De este amor que me copa el sentimiento,
          Desde la breve risa hasta el lamento,
          Desde la herida bruja hasta su beso.

          Mi vida es de tu vida tributaria,
          Ya te parezca tumulto, o solitaria,
          Como una sola flor desesperada.

          Depende de él como del leño duro
          La orquídea, o cual la hiedra sobre el muro,
          Que sólo en él respira levantada.

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        Despecho

          ¡Ah, que estoy cansada! Me he reído tanto,
          Tanto, que a mis ojos ha asomado el llanto;
          Tanto, que este rictus que contrae mi boca
          Es un rastro extraño de mi risa loca.

          Tanto, que esta intensa palidez que tengo
          (Como en los retratos de viejo abolengo)
          Es por la fatiga de la loca risa
          Que en todo mi cuerpo su sopor desliza.

          ¡Ah, que estoy cansada! Déjame que duerma;
          Pues, como la angustia, la alegría enferma.
          ¡Qué rara ocurrencia decir que estoy triste!
          ¿Cuándo más alegre que ahora me viste?

          ¡Mentira! No tengo ni dudas, ni celos,
          Ni inquietud, ni angustias, ni penas, ni anhelos,
          Si brilla en mis ojos la humedad del llanto,
          Es por el esfuerzo de reírme tanto...

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        Dulce milagro

          ¿Que es esto? ¡Prodigio! Mis manos florecen.
          Rosas, rosas, rosas a mis dedos crecen.
          Mi amante besóme las manos, y en ellas,
          ¡Oh gracia!, brotaron rosas como estrellas.

          Y voy por la senda voceando el encanto
          Y de dicha alterno sonrisa con llanto
          Y bajo el milagro de mi encantamiento
          Se aroman de rosas las alas del viento.

          Y murmura al verme la gente que pasa:
          "¿No veis que está loca? Tornadla a su casa.
          ¡Dice que en las manos le han nacido rosas
          Y las va agitando como mariposas!".

          ¡Ah, pobre la gente que nunca comprende
          Un milagro de estos y que sólo entiende
          Que no nacen rosas más que en los rosales
          Y que no hay más trigo que el de los trigales!

          Que requiere líneas y color y forma,
          Y que sólo admite realidad por norma.
          Que cuando uno dice: "Voy con la dulzura",
          De inmediato buscan a la criatura.

          Que me digan loca, que en celda me encierren
          Que con siete llaves la puerta me cierren,
          Que junto a la puerta pongan un lebrel,
          Carcelero rudo, carcelero fiel.

          Cantaré lo mismo: "Mis manos florecen.
          Rosas, rosas, rosas a mis dedos crecen".
          ¡Y toda mi celda tendrá la fragancia
          De un inmenso ramo de rosas de Francia

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        El pozo

          Asiento de musgo florido
          Sobre el viejo brocal derruido.
          Sitio que elegimos para hablar de amor,
          Bajo el enorme paraíso en flor.

          ¡Ay, pobre del agua que del fondo mira,
          Tal vez envidiosa, quizás dolorida!
          ¡Tan triste la pobre, tan muda, tan quieta
          Bajo esta nerviosa ramazón violeta!

          -Vámonos. No quiero que el agua nos vea
          Cuando me acaricies. Tal vez eso sea
          Darle una tortura. ¿Quién la ama a ella?
          -¡Tonta! ¡Si de noche la besa una estrella!

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        La higuera

          Porque es áspera y fea,
          Porque todas sus ramas son grises,
          Yo le tengo piedad a la higuera.

          En mi quinta hay cien árboles bellos:
          Ciruelos redondos,
          Limoneros rectos
          Y naranjos de brotes lustrosos.

          En las primaveras,
          Todos ellos se cubren de flores
          En torno a la higuera.

          Y la pobre parece tan triste
          Con sus gajos torcidos que nunca
          De apretados capullos se visten...

          Por eso,
          Cada vez que yo paso a su lado,
          Digo, procurando
          Hacer dulce y alegre mi acento:
          -Es la higuera el más bello
          De los árboles en el huerto.

          Si ella escucha,
          Si comprende el idioma en que hablo,
          ¡Qué dulzura tan honda hará nido
          En su alma sensible de árbol!

          Y tal vez a la noche,
          Cuando el viento abanique su copa,
          Embriagada de gozo, le cuente:
          -Hoy a mí me dijeron hermosa.

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        La hora

          Tómame ahora que aún es temprano
          Y que llevo dalias nuevas en la mano.

          Tómame ahora que aun es sombría
          Esta taciturna cabellera mía.

          Ahora que tengo la carne olorosa
          Y los ojos limpios y la piel de rosa.

          Ahora que calza mi planta ligera
          La sandalia viva de la primavera.

          Ahora que mis labios repica la risa
          Como una campana sacudida aprisa.

          Después..., ¡ah, yo sé
          Que ya nada de eso más tarde tendré!

          Que entonces inútil será tu deseo,
          Como ofrenda puesta sobre un mausoleo.

          ¡Tómame ahora que aún es temprano
          Y que tengo rica de nardos la mano!

          Hoy, y no más tarde. Antes que anochezca
          Y se vuelva mustia la corola fresca.

          Hoy, y no mañana. ¡Oh amante! ¿No ves
          Que la enredadera crecerá ciprés?

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        La promesa

          ¡Todo el oro del mundo parecía
          Diluido en la tarde luminosa!
          Apenas un crepúsculo de rosa,
          La copa de los árboles teñía.

          Un imprevisto amor, mi mano unía
          A tu mano, morena y temblorosa.
          ¡Eramos Booz y Ruth ante la hermosa
          Era que circundaba la alquería!

          "¿Me amarás?", murmuraste. Lenta y grave
          Vibró en mis labios la promesa suave
          De la dulce, la amante moabita.

          Y fue como un "amén" en ese instante
          El toque de oración que alzó vibrante
          La rítmica campana de la ermita.

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        Raíz salvaje

          Me ha quedado clavada en los ojos
          La visión de ese carro de trigo
          Que cruzó rechinante y pesado
          Sembrando de espigas el recto camino.

          ¡No pretendas ahora que ría!
          ¡Tú no sabes en qué hondos recuerdos
          Estoy abstraída!

          Desde el fondo del alma me sube
          Un sabor de pitanga a los labios.
          Tiene aún mi epidermis morena
          No sé que fragancias de trigo emparvado.

          ¡Ay, quisiera llevarte conmigo
          A dormir una noche en el campo
          Y en tus brazos pasar hasta el día
          Bajo el techo alocado de un árbol!

          Soy la misma muchacha salvaje
          Que hace años trajiste a tu lado.

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        Reconquista

          No sé de dónde regresó el anhelo
          De volver a cantar como en el tiempo
          En que tenía entre mi puño el cielo
          Y con una perla azul el pensamiento.

          De una enlutada nube, la centella,
          Súbito pez, hendió la noche cálida
          Y en mí se abrió de nuevo la crisálida
          Del verso alado y su bruñida estrella.

          Ahora ya es el hino centelleante
          Que alza hasta Dios la ofrenda poderosa
          De su bruñida lanza de diamante.

          Unidad de la luz sobre la rosa.
          Y otra vez la conquista alucinante
          De la eterna poesía victoriosa.

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        Te doy mi alma desnuda

          Te doy mi alma desnuda,
          Como estatua a la cual ningún cendal escuda.

          Desnuda con el puro impudor
          De un fruto, de una estrella o una flor;
          De todas esas cosas que tienen la infinita
          Serenidad de Eva antes de ser maldita.

          De todas esas cosas,
          Frutos, astros y rosas,
          Que no sienten vergüenza del sexo sin celajes
          Y a quienes nadie osara fabricarles ropajes.

          Sin velos, como el cuerpo de una diosa serena
          ¡Que tuviera una intensa blancura de azucena!

          Desnuda, y toda abierta de par en par
          ¡Por el ansia del amar!

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        Vida garfio

          Amante: no me lleves, si muero al camposanto
          A flor de tierra abre mi fosa, junto al riente
          Alboroto divino de alguna pajarera
          O junto a la encantada charla de alguna fuente.

          A flor de tierra, amante. Casi sobre la tierra,
          Donde el sol me caliente los huesos, y mis ojos,
          Alargados en tallos, suban a ver de nuevo
          La lámpara salvaje de los ocasos rojos.

          A flor de tierra, amante. Que el tránsito así sea
          Más breve. Yo presiento
          La lucha de mi carne por volver hacia arriba,
          Por sentir en sus átomos la frescura del viento.

          Yo sé que acaso nunca allá abajo mis manos
          Podrán estarse quietas.
          Que siempre como topos arañarán la tierra
          En medio de las sombras estrujadas y prietas.

          Arrójame semillas. Yo quiero que se enraícen
          En la greda amarilla de mis huesos menguados.
          ¡Por la parda escalera de las raíces vivas
          Yo subiré a mirarte en los lirios morados!

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