Juan Antonio Pérez Bonalde

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    Información biográfica

  1. A un tirano
  2. Flor
  3. Poema del Niágara I. La lira y el arpa
  4. Poema del Niágara II. El río
  5. Poema del Niágara III. El torrente
  6. Poema del Niágara IV. Sub-Umbra
  7. Poema del Niágara V. El eco
  8. Poema del Niágara VI. Hosanna
  9. Poema del Niágara VII. Hombre y abismo
  10. Tienen razón
  11. Vuelta a la patria
  12. Traducción: El cuervo (poema original de Edgar Allan Poe)



  13. Información biográfica

      Nombre: Juan Antonio Pérez Bonalde
      Lugar y fecha nacimiento: Caracas, Venezuela, 30 de enero de 1846
      Lugar y fecha defunción: La Guaira, Venezuela, 4 de octubre de 1892 (46 años)
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      A un tirano
        ¿Por qué la patria sumergida en llanto
        Por su preciosa libertad suspira?
        ¿Por qué infeliz, entre congojas, mira
        Roto en girones su estrellado manto?

        ¿Por qué en vez de ceñir el lauro santo,
        Ciñe la adelfa que tristeza inspira?
        ¿Por qué de gloria en su armoniosa lira
        Solo vibra la nota del quebranto?...

        Es porque un día te confió su honra
        La virgen Venezuela... y su inocencia
        De ignominia cubriste de deshonra.

        ¡Atrás, profanador! La frente impía
        Ve en el lodo a ocultar de tu conciencia,
        Y no avergüences más la patria mía
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      Flor
        I

        Flor se llamaba: flor era ella,
        Flor de los valles en una palma,
        Flor de los cielos en una estrella,
        Flor de mi vida, flor de mi alma.

        Era más suave que blando aroma;
        Era más pura que albor de luna,
        Y más amante que una paloma,
        Y más querida que la fortuna.

        Eran sus ojos luz de mi idea;
        Su frente, lecho de mis amores;
        Sus besos eran dulzura hiblea,
        Y sus brazos, collar de flores.

        Era al dormirse tarde serena;
        Al despertarse, rayo del alba;
        Cuando lloraba, limbo de pena,
        Y sus abrazos, collar de flores.

        Era al dormirse tarde serena;
        Al despertarse, rayo del alba;
        Cuando lloraba, limbo de pena;
        Cuando reía, cielo que salva.

        La de los héroes ansiada palma,
        De los que sufren, el bien no visto,
        La gloria misma que sueña el alma
        De los que esperan en Jesucristo.

        Era a mis ojos condena odiosa
        Si comparada con la alegría,
        De ser el vaso de aquella rosa,
        De ser el padre de la hija mía.

        Cuando en la tarde tornaba al nido
        De mis amores, cansado y triste,
        Con el inquieto cerebro herido
        Por esta duda de cuanto existe.

        Su madre tierna me recibía;
        Con ella en brazos, yo la besaba...
        ¡Y entonces... todo lo comprendía
        Y al Dios sentido todo lo fiaba!

        ¿Que el mal impera? ¡Delirio craso!
        ¿Que hay hechos ruines? ¡Error profundo!
        ¿No estaba en ella mirando acaso
        La ley suprema que rige al mundo?

        ¡Ah, cómo ciega la dicha al hombre!
        ¡Cómo se olvida que es rey el duelo,
        Que hay desventuras sin fin ni nombre
        Que hacen los puños alzar al cielo!

        ¡Señor!, ¿existes? ¿Es cierto que eres
        Consuelo y premio de los que gimen,
        Que en tu justicia tan solo hieres
        Al seno impuro y al torvo crimen?

        Responde entonces: ¿por qué la heriste?
        ¿Cuál fue la mancha de su inocencia?
        ¿Cuál fue la culpa de su alma triste?
        ¡Señor!, respóndeme en la conciencia.

        Alta la llevo siempre, y abierta,
        Que en ella negro nada se esconde;
        La mano firme llevo a su puerta,
        Inquiero... y ¡nada, nada responde!

        Sólo del alma sale un gemido
        De angustia y rabia, y el pecho, en tanto,
        Por mano oculta de muerte herido,
        Se baña en sangre, se ahoga en llanto.

        Y en torno sigue la impía calma
        De este misterio que llaman vida,
        Y en tierra yace la flor de mi alma
        ¡Y al lado suyo mi fe vencida!

        II

        ¡Allí está! Blanca, blanca,
        Como la nieve virgen que el potente
        Viento del Norte de la cumbre arranca;
        Como el lirio que troncha mano impía
        Orillas de la fuente
        Que en reflejar su albura se engreía.

        ¡Allí está!... La suave
        Primavera pasó; pasó el verano,
        Y la estación poética en que el ave
        Y las hojas se van; retornó el cano,
        Pálido invierno, con su alegre arreo
        De fiestas y niños, y aún la veo
        Y la veré por siempre... Allí está... fría
        Entre rosas tendida, como ella
        Blancas y puras y en botón cortadas
        Al despuntar el día...

        ¡Ay! En la hora aquella,
        ¿Dónde estaban las hadas
        Protectoras del niño
        Que no vinieron con la clara estrella
        De su vara de armiño
        A tocar en la frente a la hija mía,
        A devolver la luz a aquellos ojos
        Y a arrancar de mi pecho los abrojos
        De esta inmensa agonía,
        De este dolor eterno, de esta angustia
        Infinita, fatal, inmensurable;
        De este mal implacable,
        Que deja el alma mustia
        Para siempre jamás, que nada alcanza
        A mitigar en este mundo incierto?

        ¡Nada! Ni la esperanza
        Ni la fe del creyente
        En la ribera nueva,
        En el divino puerto
        Donde la barca que las almas lleva,
        Habrá de anclar un día;
        Ni el bálsamo clemente
        De la grave, inmortal filosofía;
        Ni tú misma, doliente
        Inspiración, divina poesía,
        Que esta arpa de lágrimas me entregas
        Para entornar el salmo de mi duelo...
        Tú misma, no, no llegas
        A calmar mi dolor...

        ¡Abrase el cielo!
        ¡Desgájese la gloria en rayos de oro
        Sobre mi frente... y desdeñosa, altiva,
        De su mal sin consuelo
        Al celestial tesoro
        El alma mía cerrará su puerta;
        Que ni aquí ni allá arriba,
        En la región abierta
        De la infinita bóveda estrellada,
        Nada hay más grande, nada,
        Más grande que el amor de mi hija viva,
        ¡Más grande que el dolor de mi hija muerta!
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      Poema del Niágara I. La lira y el arpa
        ¿Y podrás, lira mía,
        En tus débiles cuerdas el rugido
        Hallar del aquilón; el estampido
        Retumbante del trueno,
        Cuando su fragorosa artillería
        Barre de seno en seno
        La combatida bóveda sombría?
        ¿Podrás el ronco acento
        Hallar del mar sañudo y turbulento,
        Y la potente fibra
        Que en la gigante cítara del viento,
        Con rudo plectro la tormenta vibra?
        ¿Podrás, en fin, de Heredia peregrino,
        Hallar la fuerte, la robusta nota
        Y el impetuoso grito de entusiasmo,
        Tú, pobre lira rota,
        Para alzar inmortal canto divino
        Al rey de los torrentes,
        Gala de un mundo y de los hombres pasmo,
        Niágara atronador que hoy se levanta
        Circundado de glorias esplendentes
        Ante mi vista deslumbrada, y llena
        El alma mía de pavor sublime,
        Y enmudece la voz en mi garganta
        Y con su inmensa majestad me oprime?

        ¡Qué importa! Si la altiva, la serena
        Musa inmortal de Píndaro y Quintana
        Me negare tirana,
        Sus divinos favores,
        Me quedas tú, sombría
        Diosa de los poéticos dolores,
        Numen inspirador de la elegía.
        Sí, tú me quedarás, tú siempre fuiste,
        En el desierto de mi vida triste,
        Mi columna de sombras por el día
        Y mi encendida nube por la noche...
        Ven a mis manos, pues, ven, arpa mía,
        Que ya en mi pensamiento abre su broche
        Bajo el beso fecundo
        De la lama inspiración, la flor del canto.
        Ven entre llanto y llanto,
        A referirle al asombrado mundo
        De lo sublime el inmortal poema,
        La soberbia belleza que dilata.
        En noble aspiración el pecho triste
        Y la emoción suprema,
        Y el horror misterioso que sentiste
        Al borde de la inmensa catarata.
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      Poema del Niágara II. El río
        Azul, ancho, sereno,
        Espejo de los cielos que retrata
        En su límpido seno,
        De majestuosos pinos coronado,
        Al blando murmurio
        De espumas de cristal y ondas de plata,
        Sonoro y sosegado,
        Regando aromas se desliza el río.
        Y vaga el viajador por sus riberas
        Oyendo los suspiros de las aves
        Y las notas suaves
        De las brisas ligeras
        Que vienen a empujar sobre las ondas
        El ancho lino de las blancas naves.
        ¡Todo es paz en la tierra
        Y todo luz en las etéreas blondas!
        ¿Oís? Allá, a lo lejos,
        Algo como un rumor. Sordo, perdido ...
        ¿Qué será ese ruido?
        ¿Será el viento en la sierra,
        Precursor de los cárdenos reflejos
        Del rayo asolador? No; el horizonte
        Sereno resplandece, y ni una nube
        Se cierne sobre el monte.
        Escuchad cómo sube...
        Va creciendo por grados, va creciendo...
        Ya no es ruido lejano, ya es estruendo
        Que el ámbito ensordece,
        Y a medida que crece,
        Va la linfa perdiendo
        Su serena quietud; ya las espumas
        No son las blandas; las ligeras plumas
        Que adornaban, graciosas,
        La inmaculada frente
        De la mansa corriente:
        Son oleadas ruidosas,
        Son roncos hervideros bullidores
        Que rugen, que se encrespan, que batallan,
        Y al chocarse entre sí, raudos estallan
        En mil penachos de irritada espuma
        Que reflejan del iris los colores.
        Y es en vano el luchar; la fuerza suma
        De un poder misterioso, oculto, interno,
        Sin cesar los sacude, los agita
        Y al fin los precipita
        En espumante remolino eterno.
        Vórtice arrobador, bello, horroroso,
        Que hace olvidar, al contemplarlo mudo,
        El trueno misterioso
        Que ya cerca retumba
        Con ímpetu sañudo...
        Blanco vapor se eleva
        Sobre el nivel agua, allá a lo lejos,
        Do con fuerza mayor el trueno zumba;
        Y la corriente embravecida lleva
        Del encumbrado sol a los reflejos,
        Pinos de sus orillas arrancados
        Cascos de naves, míseros despojos
        Por su implacable cólera arrastrados.
        De pronto, un torbellino
        De vaporosas chispas, invadiendo
        El aire cristalino,
        En lluvia azotadora el rostro os hiela
        Y os baña. Y os hostiga y os flagela
        Al ronco son del pavoroso estruendo...
        ¡No deis un paso más; cerrad los ojos,
        Que no os trastorne el vértigo la mente,
        Bajad por la colina ...
        Ahora abridlos, y postraos de hinojos!
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      Poema del Niágara III. El torrente
        ¡Oh espectáculo inmenso!, ¡oh sorprendente
        Panorama de horror y hermosura!
        ¡Oh inenarrable escena peregrina
        Que a un tiempo el llanto y la sonrisa arranca
        Falta al pecho el aliento; la luz pura
        Falta a los ojos por exceso de ella,
        Y la sangre se estanca
        Y al corazón se agolpa y lo atropella ...
        ¡Oh! ¡Qué sublime horror! El ancho río,
        Desde escarpada, gigantesca altura,
        En toda la extensión de su pujanza,
        De súbito se lanza
        En el abismo fragoso y frío.
        ¡Paso!, ¡paso al coloso!
        La amedrentada tierra
        Gime bajo su peso; el poderoso
        Raudal se precipita,
        Y tras breve batalla,
        Cuanto su marcha cierra,
        Cuanto a sus pies palpita,
        Colinas, valles, árboles, peñones,
        Rompe, tala, avasalla,
        Y triunfador altivo, sus blasones
        Despliega al orbe que, agitado y mudo
        De admiración lo acata;
        ¡Digno blasón de su glorioso escudo:
        En campo azul, vorágine de plata!
        Ved cómo tiembla la humillada roca
        Y el combatido centro del abismo
        Cuando su seno toca
        Con el rudo fragor de cataclismo
        La desprendida mole del torrente
        Lago de espuma hirviente,
        Como vasto incensario,
        Alza eterno plumaje
        De flotante y fúlgidos vapores,
        En severo homenaje
        A la deidad terrible del santuario:
        Al dios de los abismos bramadores,
        Al numen dueño del cerrado arcano
        Que guardan en su seno oscuro y frío
        Las simas y los antros, y el océano,
        Las sombras y el vacío.
        ¿Do te ocultas, deidad atronadora?
        ¿En qué confín perdido del torrente
        Tienes tu húmedo lecho,
        Para volar ansioso y diligente
        A tu encuentro feliz? Sí, ya la hora
        Sonó de interrogarte frente a frente;
        Sí, yo tengo el derecho,
        Como cantor, como hombre,
        De venir a tu lóbrego palacio,
        De la verdad en nombre ,
        A pedirte el secreto del abismo,
        Ese enigma profundo
        Que debe ser el mismo
        Que, no resuelto aún, lleva en el pecho
        El mísero mortal en este mundo:
        La rebelión, la duda, la agonía
        Del corazón en lágrimas deshecho ...
        ¡Genio, responde a mi clamor, responde!
        ¿Por dónde, di, por dónde
        Se va hasta ti? La fría,
        La inmensa, la impetuosa catarata
        Que en lluvia de diamantes se desata
        Al descender al antro furibundo,
        Con su raudal frenético me esconde
        Los umbrales de plata
        De tu oscuro palacio:
        El estruendo iracundo
        Ensordece el espacio,
        Y la agitada espuma
        Me azota el rostro y por doquier me abruma.
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      Poema del Niágara IV. Sub-Umbra
        ¡Adelante, alma mía!
        Allí junto al peligro está la boca
        De la sima profunda ...
        ¡Fe, valor, osadía!
        Ya el pie resbala en la musgosa roca,
        Ya la lluvia iracunda
        Me flagela la frente ...
        ¡Este es mi Sinaí relampagueante,
        Este es mi Oreb ardiente!
        ¡Adelante! ¡Adelante!
        ¡Qué hermosa caverna!
        ¡Qué espantoso ruido! ¡Aquí tienen su nido
        La oscuridad eterna,
        El torbellino airado,
        La fragorosa espuma,
        El Aquilón helado,
        La sofocante y cegadora bruma!...
        ¡Adelante! ¡adelante! ¡Allá en el fondo,
        La sombra es más intensa,
        El rugido más fuerte,
        La atmósfera más densa
        Y más cerca al espíritu la muerte.
        Allí, allí está el hondo
        Santuario en que se oculta
        El dios de la terrible catarata!
        ¡Cómo llegar a él!... En arco enorme
        Que en el vórtice hirviente se sepulta,
        Sobre mi frente pálida, tendida,
        Cual bóveda de plata,
        Pasa la mole rápida y deforme
        De la corriente al báratro impelida.
        Bajo mis pies se escapa
        La resbalosa peña
        Que sirve, artera, de engañosa capa
        A la muerte en sus grietas escondida.
        El vértice se adueña
        De mi turbada mente...
        ¡Un paso más... y terminó la vida!
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      Poema del Niágara V. El eco
        Héme aquí, frente a frente
        De la espesa tiniebla desde donde
        Oírme debe la deidad rugiente
        Que en su seno se esconde:
        -"Dime, genio terrible del torrente,
        ¿A dónde vas al trasponer la valla
        Del hondo precipicio,
        Tras la ruda batalla
        De la atracción, la roca y la corriente?
        ¿A dónde va el mortal cuando la frente
        Triunfadora del vicio,
        Yergue, al bajar a la mundana escoria
        En pos de amor y venturanza y gloria?
        ¿Adónde, van, adónde,
        Su fervoroso anhelo,
        Tu trueno que retumba?"
        Y el eco me responde,
        Ronco y pausado: "¡Tumba!"
        ¡Espíritu de hielo,
        Que así respondes a mi ruego, dime;
        Si es la tumba sombría
        El fin de tu hermosura y tu grandeza;
        El término fatal de la esperanza,
        De la fe y la alegría;
        Del corazón que gime
        Presa del desaliento y los dolores;
        Del alma que se lanza
        En pos de la belleza,
        Buscando el ideal y los amores;
        Después que todo pase,
        Cuando la muerte, al fin, todo lo arrase,
        Sobre el océano que la vida esconde,
        Dime qué queda; di, ¿qué sobrenada?..."
        Y el eco me responde,
        Triste y doliente: "¡Nada!"
        Entonces, ¿por qué ruges,
        Magnífico y bravío,
        Por qué en tus rocas, impetuoso crujes,
        Y el universo asombras
        Con tu inmortal belleza,
        Si todo ha de perderse en el vacío?
        ¿Por qué lucha el mortal, y ama, y espera,
        Y ríe, y goza, y llora y desespera,
        Si todo, al fin, bajo la losa fría
        Por siempre ha de acabar? Dime, ¿algún día,
        Sabrá el hombre infelice do se esconde
        El secreto del ser? ¿Lo sabrá nunca?
        Y el eco me responde,
        Vago y perdido: "¡Nunca!"
        ¡Adiós, Genio sombrío,
        Más que tu gruta y tu torrente helado;
        No más exijo de tu labio impío,
        Que al alejarme, triste, de tu lado,
        Llevo en el cuerpo y en el alma frío.
        A buscar la verdad vine hasta el fondo
        De tu profunda cueva;
        Mas, ¡ay!, en vez de la razón ansiada,
        Un abismo más hondo
        Mi alma desesperada
        En su seno al salir, consigo lleva...
        ¡Ya sé, ya sé el secreto del abismo
        Que descubrir quisiera ...
        Es el mismo, es el mismo
        Que lleva el pensador dentro del pecho:
        La rebelión, la duda, la agonía
        Del corazón en lágrimas deshecho!
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      Poema del Niágara VI. Hosanna
        Y lejos de la gruta el paso guío
        Contra el azote del raudal luchando.
        ¡Ya fuera estoy del ámbito sombrío!
        ¡Oh! ¡Qué bella esa luz! ¡Qué hermosa, cuando
        Salimos del horror de las tinieblas!...
        Ved como juega en círculo brillante
        Sobre las blandas nieblas
        Que circundan la frente del gigante
        Ved los tintes que toma,
        Según viene a su encuentro,
        Ya en penacho de pluma,
        Ya en velo de cristal o en lluvia fina,
        La vaporosa espuma
        O el agua cristalina.
        Aquí, en el ancho centro,
        Ostenta los colores
        Del cuello tornasol de la paloma;
        Allá es verde esmeralda,
        Abajo, azul de límpido zafiro;
        Y vista de lo alto,
        Es mágica guirnalda
        De irisados fulgores,
        De la ovación en el revuelto giro
        Al pie arrojada del augusto salto.

        ¡Quién como tú feliz, Niágara undoso!
        ¡Quién como tú glorioso!
        Tienes para tu orgullo,
        Y para orgullo que jamás perece.
        De la libre región que se adormece
        Al rudo son de tu gigante arrullo,
        Un continente, un mundo por imperio,
        El abismo por trono,
        Por escabel la sombra y el misterio;
        Por himno de victoria
        Del trueno eterno el pavoroso tono;
        La hermosura suprema
        Por cetro de tu gloria;
        El iris rutilante por diadema;
        Por incienso, el vapor de hirviente plata
        Que, en elástica nube,
        Eternamente sube
        Del hondo seno oculto
        Al choque de la rauda catarata;
        Por sacerdotes sumos de tu culto
        Los genios de la tierra,
        La lira y los pinceles;
        Y por vasallos fieles
        Las razas, las naciones
        Y las generaciones
        De asombro mudas que el planeta encierra.
      Arriba

      Poema del Niágara VII. Hombre y abismo
        ¡Quién como tú, feliz Niágara undoso!
        ¡Quién como tú, glorioso!
        Mas a pesar de tu insólita belleza,
        A pesar de tu indómita fiereza
        De tu trueno, y tu vórtice, y tu bruma,
        A pesar de tu indómita fiereza
        Y tu poder sin nombre,
        ¡Tú no eres más que yo, ni más que el hombre!
        Tú eres la imagen viva
        De la proscrita humanidad altiva;
        Tú eres el hombre mismo
        En escala aumentada;
        Por eso, cuando ansioso de adueñarme
        Del secreto del ser bajé a tu abismo,
        ¿Pudiste acaso darme
        La clave deseada ...?
        Nada supiste responderme, nada;
        Que lo que el hombre ignora
        Lo ignoras tú también:
        Tras el radiante
        Velo de tu hermosura arrobadora
        Escondes tú de la mortal mirada
        Tu musgo, tu pantano,
        Tu limo y tus horribles asperezas;
        Y el infeliz humano,
        Detrás de sus quiméricas grandezas,
        Oculta, agonizante,
        La inocencia perdida
        Y el fango y las miserias de la vida.
        Tú sales rumoroso, azul, sereno,
        De las fuentes del río,
        Y luego impetuoso, desbordado,
        Te despeñas, colérico, en el seno
        Del abismo sombrío;
        Así el niño mimado
        Sale puro, inocente,
        De bajo el ala maternal; mas, luego,
        El pecado lo arrastra en su corriente
        De calcinante fuego,
        Y víctima del mal y las pasiones,
        Rueda al fin, inconsciente,
        Del dolor a las lóbregas regiones.
        Tú tienes tus vapores deslumbrantes,
        Tus nubes ondulantes
        Que, audaces, un momento el aire hienden
        Por subir al azul, y al fin, cansadas,
        Tras vano batallar, raudas descienden
        En gotas sin color al centro frío;
        También el hombre tiene sus doradas,
        Flotantes ilusiones,
        Sus locas ambiciones
        Que lanza, alucinado, en el vacío
        De sus sueños quiméricos; vapores
        Que bajan luego en lluvia de dolores,
        En lágrimas heladas a su frente ...
        Tú tienes tu estridente,
        Fatídico rugido,
        Tus simas, tus cavernas,
        En donde el viento brama,
        En donde da la ola
        Con lúgubre ruido;
        En el alma del hombre
        Desesperada y sola,
        Tienen también su nido
        La duda, las internas
        Rebeliones sin nombre;
        El ara húmeda y fría
        De la apagada llama
        Do la fe un tiempo ardía;
        Cenizas de memorias
        Ya en fango transformadas,
        De sueños y de glorias,
        De cerúleos amores,
        De esperanzas rosadas
        De apariciones blondas ...
        ¡Simas tal vez más hondas
        Que todos tus horrores!
        Tú ostentas en tu frente majestuosa
        El iris luminoso de los cielos
        Que en círculo te ciñe, cual diadema
        De oro y zafir, y de esmeralda y rosa
        Y al hombre triste, en medio de los duelos
        De su lucha suprema,
        Lo corona en señal de nueva alianza
        El iris del amor y la esperanza.
      Arriba

      Tienen razón
        ¡Tienen razón! ¡Se equivocó mi mano
        Cuando guiada por noble patriotismo,
        Tu infamia título de despotismo,
        Verdugo del honor venezolano!

        ¡Tienen razón! ¡Tú no eres Diocleciano,
        Ni Sila, ni Nerón, ni Rosas mismo!
        ¡Tú llevas la vileza al fanatismo...
        Tú eres muy bajo para ser tirano!

        "Oprimir a mi patria": esa es tu gloria,
        "Egoísmo y codicia": ese es tu lema
        "Vergüenza y deshonor": esa es tu historia;

        Por eso, aún en su infortunio recio,
        Ya el pueblo no te lanza su anatema...
        ¡Él te escupe a la cara su desprecio!
      Arriba

      Vuelta a la patria
        A mi hermana Elodia.
         
        I

        "¡Tierra!"- grita en la proa el navegante
        Y confusa y distante,
        Una línea indecisa
        Entre brumas y ondas se divisa;
        Poco a poco del seno
        Destacándose va del horizonte,
        Sobre el éter sereno,
        La cumbre azul de un monte;
        Y así como el bajel se va acercando,
        Va extendiéndose el cerro
        Y unas formas extrañas va tomando;
        Formas que he visto cuando
        Soñaba con la dicha en mi destierro.

        Ya la vista columbra
        Las riberas bordadas de palmares
        Y una brisa cargada con la esencia
        De violetas silvestres y azahares,
        En mi memoria alumbra
        El recuerdo feliz de mi inocencia,
        Cuando pobre de años y pesares,
        Y rico de ilusiones y alegría,
        Bajo las palmas retozar solía
        Oyendo el arrullar de las palomas,
        Bebiendo luz y respirando aromas.

        Hay algo en esos rayos brilladores
        Que juegan por la atmósfera azulada,
        Que me habla de ternuras y de amores
        De una dicha pasada,
        Y el viento al suspirar entre las cuerdas,
        Parece que me dice: "¿No te acuerdas?"

        Ese cielo, ese mar, esos cocales,
        Ese monte que dora
        El sol de las regiones tropicales...
        ¡Luz, luz al fin! Los reconozco ahora:
        Son ellos, son los mismos de mi infancia,
        Y esas playas que al sol del mediodía
        Brillan a la distancia,
        ¡Oh, inefable alegría,
        Son las riberas de la patria mía!

        Ya muerde el fondo de la mar hirviente
        Del ancla el férreo diente;
        Ya se acercan los botes desplegando
        Al aire puro y blando
        La enseña tricolor del pueblo mío.

        ¡A tierra, a tierra, o la emoción me ahoga,
        O se adueña de mi alma el desvarío!
        Llevado en alas de mi ardiente anhelo,
        Me lanzo presuroso al barquichuelo
        Que a las riberas del hogar me invita.

        Todo es grata armonía; los suspiros
        De la onda de zafir que el remo agita;
        De las marinas aves
        Los caprichosos giros;
        Y las notas suaves,
        Y el timbre lisonjero,
        Y la magia que toma
        Hasta en labios del tosco marinero,
        El dulce son de mi nativo idioma.

        ¡Volad, volad veloces,
        Ondas, aves y voces!
        Id a la tierra en donde el alma tengo,
        Y decidle que vengo
        A reposar, cansado caminante,
        Del hogar a la sombra un solo instante.
        Decidle que en mi anhelo, en mi delirio
        Por llegar a la orilla, el pecho siente
        Dulcísimo martirio;
        Decidle, en fin, que mientras estuve ausente,
        Ni un día, ni un instante hela olvidado,
        Y llevadle este beso que os confío,
        Tributo adelantado
        Que desde el fondo de mi ser le envío.

        ¡Boga, boga, remero, así llegamos!
        ¡Oh, emoción hasta ahora no sentida!
        ¡Ya piso el santo suelo en que probamos
        El almíbar primero de la vida!
        Tras ese monte azul cuya alta cumbre
        Lanza reto de orgullo
        Al zafir de los cielos,
        Está el pueblo gentil donde, al arrullo
        Del maternal amor, rasgué los velos
        Que me ocultaban la primera lumbre.

        ¡En marcha, en marcha, postillón, agita
        El látigo inclemente!
        Y a más andar, el carro diligente
        Por la orilla del mar se precipita.
        No hay peña ni ensenada que en mi mente
        No venga a despertar una memoria,
        Ni hay ola que en la arena humedecida
        Con escriba con espuma alguna historia
        De los alegres tiempos de mi vida.
        Todo me habla de sueño y cantares,
        De paz, de amor y de tranquilos bienes,
        Y el aura fugitiva de los mares
        Que viene, leda, a acariciar mis sienes.
        Me susurra al oído
        Con misterioso acento: "Bienvenido".

        Allá van los humildes pescadores
        Las redes a tender sobre la arena;
        Dichosos, que no sienten los dolores
        Ni la punzante pena
        De los que lejos de la patria lloran;
        Infelices que ignoran
        La insondable alegría
        De los que tristes del hogar se fueron
        Y luego, ansiosos, al hogar volvieron.
        Son los mismos que un día,
        Siendo niño, admiraba yo en la playa,
        Pensando, en mi inocencia,
        Que era la humana ciencia,
        La ciencia de pescar con la atarraya.

        Bien os recuerdo, humildes pescadores,
        Aunque no a mí vosotros, que en la ausencia
        Los años me han cambiado, y los dolores.
        Ya ocultándose va tras un recodo
        Que hace el camino, el mar, hasta que todo
        Al fin desaparece.
        Ya no hay más que montañas y horizontes,
        Y el pecho se estremece
        Al respirar, cargado de recuerdos,
        El aire puro de los patrios montes.

        De los frescos y límpidos raudales
        El murmullo apacible;
        De mis canoras aves tropicales
        El melodioso trino que resbala
        Por las ondas del éter invisible;
        Los perfumados hálitos que exhala
        El cáliz áureo y blanco
        De las humildes flores del barranco;
        Todo a soñar convida,
        Y con suave empeño,
        Se apodera del alma enternecida
        La indefinible vaguedad de un sueño.

        Y rueda el coche, y detrás de él las horas
        Deslízanse ligeras
        Sin yo sentir, que el pensamiento mío
        Viaja por el país de las quimeras,
        Y sólo hallan mis ojos sin mirada
        Los incoloros senos del vacío...

        De pronto, al descender de una hondonada,
        "¡Caracas, allí está!", dice el auriga,
        Y súbito el espíritu despierta
        Ante la dicha cierta
        De ver la tierra amiga.

        ¡Caracas allí está; sus techos rojos,
        Su blanca torre, sus azules lomas,
        Y sus bandas de tímidas palomas
        Hacen nublar de lágrimas mis ojos!
        Caracas allí está; vedla tendida
        A las faldas del Ávila empinado,
        Odalisca rendida
        A los pies del Sultán enamorado.

        Hay fiesta en el espacio y la campaña,
        Fiesta de paz y amores:
        Acarician los vientos la montaña;
        Del bosque los alados trovadores
        Su dulce canturía
        Dejan oír en la alameda umbría;
        Los menudos insectos de las flores
        A los dorados pístilos se abrazan;
        Besa el aura amorosa el manso Guaire,
        Y con los rayos de luz se enlazan
        Los impalpables átomos del aire.

        ¡Apura, apura, postillón, agita
        El látigo inclemente!
        ¡Al hogar, al hogar, que ya palpita
        Por él mi corazón... mas, no, detente!
        ¡Oh infinita aflicción, oh desgraciado
        De mí, que en mi soñar hube olvidado
        Que ya no tengo hogar...! Para, cochero;
        Tomemos cada cual nuestro destino;
        Tú, al lecho lisonjero
        Donde te aguarda la madre, el ser divino
        Que es de la vida centro de alegría,
        Y yo... yo al cementerio
        Donde tengo la mía.

        ¡Oh, insoluble misterio
        Que trueca el gozo en lágrimas ardientes!
        ¿En dónde está, Señor, esa tu santa
        Infinita bondad, que así consientes
        Junto a tanto placer, tristeza tanta?
        Ya no hay fiesta en los aires; ya no alegra
        La luz que el campo dora;
        Ya no hay sino la negra
        Pena cruel que el pecho me devora...
        ¡Valor, firmeza, corazón no brotes
        Todo tu llanto ahora, no lo agotes,
        Que mucho, mucho que sufrir aún falta:
        Ya no lejos resalta
        De la llanura sobre el verde manto
        La ciudad de las tumbas y del llanto;
        Ya me acerco, ya piso
        Los callados umbrales de la muerte,
        Ya la modesta lápida diviso
        Del angélico ser que el alma llora;
        Ven, corazón, y vierte
        Tus lágrimas ahora!

        II

        Madre, aquí estoy: de mi destierro vengo
        A darte con el alma el mudo abrazo
        Que no te pude dar en tu agonía;
        A desahogar en tu glacial regazo
        La pena aguda que en el pecho tengo
        Y a darte cuenta de la ausencia mía.

        Madre, aquí estoy; en alas del destino
        Me alejé de tu lado una mañana,
        En pos de la fortuna
        Que para ti soñé desde la cuna;
        Mas, ¡oh suerte inhumana!
        Hoy vuelvo, fatigado peregrino,
        Y sólo traigo que ofrecerte pueda,
        Esta flor amarilla del camino
        Y este resto de llanto que me queda.
        Bien recuerdo aquel día,
        Que el tiempo en mi memoria no ha borrado;
        Era de marzo una mañana fría
        Y cerraba los cielos el nublado.

        Tú en el lecho aún estabas,
        Triste y enferma y sumergida en duelo,
        Que, con alma de madre, contemplabas
        El hondo desconsuelo
        De verme separar de tu regazo.
        Llegó la hora despiadada y fiera,
        Y con el pecho herido
        Por dolor hasta entonces no sentido,
        Fui a darte, madre, mis postrer abrazo
        Y a recibir tu bendición postrera.

        ¡Quién entonces pensara
        Que aquella voz angélica en mi oído
        Nunca más resonara!
        Tú, dulce madre, tú, cuando infelice
        Dijiste al estrecharme contra el pecho:
        "Tengo un presentimiento que me dice
        Que no he de verte más bajo este techo".
        Con un supremo esfuerzo desliguéme
        De los amantes lazos
        Que me formaban en redor tus brazos,
        Y fuera me lancé como quien teme
        Morir de sentimiento.

        ¡Oh, terrible momento!
        Yo fuerte me juzgaba,
        Mas, cuando fuera me encontré y aislado,
        El vértigo sentí del pajarillo
        Que en jaula criado,
        Se ve de pronto en la extensión perdido
        De las etéreas salas,
        Sin saber dónde encontrará otro nido
        Ni a dónde, torpes, dirigir sus alas.

        Desató el sollozar el nudo estrecho
        Que ahogaba el corazón en su quebranto
        Y se deshizo en llanto
        La tempestad que me agitaba el pecho.
        Después, la nave me llevó a los mares,
         
        Y llegamos al fin, un triste día
        A una tierra muy lejos de la mía,
        Donde en vez de perfumes y cantares,
        En vez de cielo y verdes palmas,
        Hallé nieblas y ábregos, y un frío
        Que helaba los espacios y las almas.
        Mucho, madre, sufrí con pecho fuerte,
        Mas suavizaba el sufrimiento impío,
        La esperanza de verte
        Un tiempo no lejano al lado mío.
        ¡Ah del mortal ciego
        Que confía su ventura a la esperanza...!
        La ley universal cumplióse luego,
        Y vi en el alma, presta,
        La mía disiparse,
        Cual mira en lontananza
        Torcer el rumbo en dirección opuesta
        El náufrago al bajel que vio acercarse.
        Bien recuerdo aquel día
        Que el tiempo en mi memoria no ha borrado;
        Era de marzo otra mañana fría,
        Y los cielos cerraba otro nublado.

        Triste, enfermo y sin calma,
        En ti pensaba yo, cuando me dieron
        La noticia fatal que hirió mi alma.
        Lo sentí, decirlo no sabría...
        Sólo sé que mis lágrimas corrieron
        Como corren ahora, madre mía.
        Después, al mundo me lancé, agitado,
        Y atravesé océanos y torrentes,
        Y recorrí cien pueblos diferentes,
        Tenue vapor del huracán llevado,
        Alga sin rumbo que la mar flagela,
        Viento que pasa, pájaro que vuela.

        Mucho, madre, he adquirido,
        Mucha experiencia y muchos desengaños,
        Y también he perdido
        Toda la fe de mis primeros años.

        ¡Feliz quien como tú ya en esta vida
        No tiene que luchar contra la suerte
        Y puede reposar en la seguida
        Inalterable calma de la muerte;
        Sin ver ni padecer el mal eterno
        Que nos hiere doquier con saña cruda,
        Ni llevar en el pecho el frío interno
        De la indomable duda!
        ¡Feliz quien como tú, con altiveza
        Reclinó para siempre la cabeza
        Sobre los lauros del deber cumplido;
        Cual la reclina, por la muerte herido,
        Tras el combate rudo,
        Risueño, el gladiador sobre su escudo!
        Esa, madre, es tu gloria
        Y alta recompensa de tu historia,
        Que el premio sólo del deber sagrado
        Que impone el cristianismo
        Está en el hecho mismo
        De haberlo practicado.

        Madre, voy a partir; mas parto en calma
        Y sin decirte adiós, que eternamente
        Me habrás de acompañar en esta vida.
        Tú has muerto para el mundo indiferente,
        Mas nunca morirás, madre del alma,
        Para el hijo infeliz que no te olvida.
        Y fuera el paso nuevo,
        Y desde su alto y celestial palacio,
        Su brillo siempre nuevo
        Derrama el sol por el cerúleo espacio...
        Ya lejos de los túmulos me encuentro,
        Ya me retiro, solitario y triste;
        Mas, ¡ay!, ¿a dónde voy? ¡Si no existe
        De hogar y madre el venturoso centro!...
        ¿A dónde? ¡A la corriente de la vida,
        A luchar con las ondas brazo a brazo
        Hasta caer en su mortal regazo
        Con el alma en paz y con la frente erguida!
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      Traducción: El cuervo (poema original de Edgar Allan Poe)
        Una fosca media noche, cuando en tristes reflexiones,
        Sobre más de un raro infolio de olvidados cronicones
        Inclinaba soñoliento la cabeza, de repente
        A mi puerta oí llamar:
        Como si alguien, suavemente, se pusiese con incierta
        Mano tímida a tocar:
        "Es -me dije- una visita que llamando está a mi puerta:
        ¡Eso es todo y nada más!"

        ¡Ah! Bien claro lo recuerdo: era el crudo mes del hielo,
        Y su espectro cada brasa moribunda enviaba al suelo.
        Cuán ansioso el nuevo día deseaba, en la lectura
        Procurando en vano hallar
        Tregua a la honda desventura de la muerte de Leonora,
        La radiante, la sin par
        Virgen pura a quien Leonora los querubes llaman, hora
        Ya sin nombre... ¡nunca más!

        Y el crujido triste, incierto, de las rojas colgaduras
        Me aterraba, me llenaba de fantásticas pavuras,
        De tal modo que el latido de mi pecho palpitante
        Procurando dominar,
        "Es, sin duda, un visitante -repetía con instancia-
        Que a mi alcoba quiere entrar:
        Un tardío visitante a las puertas de mi estancia..
        ¡Eso es todo, y nada más!"
         
        Paso a paso, fuerza y bríos
        Fue mi espíritu cobrando:
        "Caballero -dije- o dama:
        Mil perdones os demando;
        Mas, el caso es que dormía,
        Y con tanta gentileza
        Me vinisteis a llamar,
        Y con tal delicadeza
        Y tan tímida constancia
        Os pusisteis a tocar,
        Que no oí -dije- y las puertas
        Abrí al punto de mi estancia;
        Sombras solo...
        ¡Y nada más!

        Mudo, trémulo, en la sombra por mirar haciendo empeños,
        Quedé allí, cual antes nadie los soñó, forjando sueños;
        Mas profundo era el silencio, y la calma no acusaba
        Ruido alguno resonar
        Sólo un nombre se escuchaba que en voz baja a aquella hora
        Yo me puse a murmurar,
        Y que el eco repetía como un soplo: ¡Leonora...!
        Esto apenas, ¡nada más!
        A mi alcoba retornando con el alma en turbulencia,
        Pronto oí llamar de nuevo, esta vez con más violencia,
        "De seguro -dije- es algo que se posa en mi persiana;
        Pues, veamos de encontrar
        La razón abierta y llana de este caso raro y serio,
        Y el enigma averiguar.
        ¡Corazón! Calma un instante, y aclaremos el misterio...
        Es el viento ¡y nada más!"

        La ventana abrí y con rítmico aleteo y garbo extraño
        Entró un cuervo majestuoso de la sacra edad de antaño.
        Sin pararse ni un instante ni señales dar de susto,
        Con aspecto señorial,
        Fue a posarse sobre un busto de Minerva que ornamenta
        De mi puerta el cabezal;
        Sobre el busto que de Palas la figura representa,
        Fue y posóse... ¡y nada más!
        Trocó entonces el negro pájaro en sonrisas mi tristeza
        Con su grave, torva y seria, decorosa gentileza;
        Y le dije: "Aunque la cresta calva llevas, de seguro
        No eres cuervo nocturnal,
        Viejo, infausto cuervo obscuro, vagabundo en la tiniebla...
        Dime: -"¿Cuál tu nombre, cuál
        En el reino plutoniano de la noche y de la niebla?"
        Dijo el cuervo: "¡Nunca más!"

        Asombrado quedé oyendo así hablar al avechucho,
        Si bien su árida respuesta no expresaba poco o mucho;
        Pues preciso es convengamos en que nunca hubo criatura
        Que lograse contemplar
        Ave alguna en la moldura de su puerta encaramada,
        Ave o bruto reposar
        Sobre efigie en la cornisa de su puerta, cincelada,
        Con tal nombre: "¡Nunca más!"

        Mas el cuervo, fijo, inmóvil, en la grave efigie aquella,
        Sólo dijo esa palabra, cual si su alma fuese en ella
        Vinculada; ni una pluma sacudía, ni un acento
        Se le oía pronunciar...
        Dije entonces al momento: "Ya otros antes se han marchado,
        Y la aurora al despuntar,
        Él también se irá volando cual mis sueños han volado."
        Dijo el cuervo: "¡Nunca más!"

        Por respuesta tan abrupta como justa sorprendido,
        "No hay ya duda alguna -dije- lo que dice es aprendido;
        Aprendido de algún amo desdichado a quien la suerte
        Persiguiera sin cesar,
        Persiguiera hasta la muerte, hasta el punto de, en su duelo,
        Sus canciones terminar
        Y el clamor de su esperanza con el triste ritornelo
        De jamás, ¡y nunca más!"
        Mas el cuervo provocando mi alma triste a la sonrisa,
        Mi sillón rodé hasta el frente al ave, al busto, a la cornisa;
        Luego, hundiéndome en la seda, fantasía y fantasía
        Dime entonces a juntar,
        Por saber qué pretendía aquel pájaro ominoso
        De un pasado inmemorial,
        Aquel hosco, torvo, infausto, cuervo lúgubre y odioso
        Al graznar: "¡Nunca jamás!"

        Quedé aquesto investigando frente al cuervo, en honda calma,
        Cuyos ojos encendidos me abrasaban pecho y alma.
        Esto y más—sobre cojines reclinado—con anhelo
        Me empeñaba en descifrar,
        Sobre el rojo terciopelo do imprimía viva huella
        Luminosa mi fanal—
        Terciopelo cuya púrpura ¡ay! jamás volverá ella
        A oprimir... ¡ah, nunca más!

        Parecióme el aire, entonces,
        Por incógnito incensario
        Que un querube columpiase
        De mi alcoba en el santuario,
        Perfumado. "Miserable ser -me dije- Dios te ha oído,
        Y por medio angelical,
        Tregua, tregua y el olvido del recuerdo de Leonora
        Te ha venido hoy a brindar:
        ¡Bebe! Bebe ese nepente, y así todo olvida ahora.
        Dijo el cuervo: "¡Nunca más!"

        "Eh, profeta -dije- o duende,
        Mas profeta al fin, ya seas
        Ave o diablo, ya te envíe
        La tormenta, ya te veas
        Por los ábregos barrido a esta playa,
        Desolado
        Pero intrépido a este hogar
        Por los males devastado,
        Dime, dime, te lo imploro:
        ¿Llegaré jamas a hallar
        Algún bálsamo o consuelo para el mal que triste lloro?"
        Dijo el cuervo: "¡Nunca más!"

        "¡Oh, Profeta -dije- o diablo! Por ese ancho combo velo
        De zafir que nos cobija, por el mismo Dios del Cielo
        A quien ambos adoramos, dile a esta alma adolorida,
        Presa infausta del pesar,
        Si jamás en otra vida la doncella arrobadora
        A mi seno he de estrechar,
        La alma virgen a quien llaman los arcángeles Leonora!"
        Dijo el cuervo: "¡Nunca más!"
        "Esa voz,
        Oh cuervo, sea
        La señal
        De la partida.
        Grité alzándome: -¡Retorna,
        Vuelve a tu hórrida guarida,
        La plutónica ribera de la noche y de la bruma! De tu horrenda falsedad
        En memoria, ni una pluma dejes, negra, ¡el busto deja!
        ¡Deja en paz mi soledad!
        ¡Quita el pico de mi pecho! De mi umbral tu forma aleja..."
        Dijo el cuervo: "¡Nunca más!"

        Y aún el cuervo inmóvil, fijo, sigue fijo en la escultura,
        Sobre el busto que ornamenta de mi puerta la moldura...
        Y sus ojos son los ojos de un demonio que, durmiendo,
        Las visiones ve del mal;
        Y la luz sobre él cayendo, sobre el suelo arroja trunca
        Su ancha sombra funeral,
        Y mi alma de esa sombra que en el suelo flota...
        Nunca se alzará... ¡nunca jamás!
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