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    Información biográfica

  1. Amanecer
  2. Cómo
  3. Concepción
  4. Déjame ser
  5. Desde cuándo
  6. Desnudo día
  7. El amor realizado
  8. El soneto de tu voz
  9. El viajero
  10. Imposible
  11. Invención de la muerte
  12. Las puertas
  13. Nadie le empuja
  14. Soy
  15. Sueño
  16. Sueño de sueños
  17. Tan solo
  18. Todo comenzó en el espejo
  19. Trópico
  20. Tus manos




    Información biográfica

      Nombre: Josefina Plá
      Lugar y fecha nacimiento: Isla de Lobos, Canarias (España), 9 de noviembre de 1903
      Lugar y fecha defunción: Asunción (Paraguay), 20 de enero de 1999 (95 años)

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      Amanecer

        A Gastón Figueira.

        La mañana irisada, como fino cristal
        Se curvó sobre el ancho campo reverdeciente.
        A la abismal succión del azul transparente,
        Agriétase la carne de un ansia germinal.

        Y a la blondez purísima de su desnudez tierna,
        La mísera corteza se nos cuartea en congoja,
        Y un sollozo nos sube desde la honda cisterna
        En sombra donde el párpado su penitencia moja.

        El dolor de las alas imposibles
        Nos curva más bajo el cansancio irredimible
        Que se adhiere a la carne dolorosa:
        Y en la punta de una hoja, radiante y temblorosa,
        La gota de rocío
        Nos finge aquella lágrima inefable
        En que, por fin, pudiera el alma miserable
        Volcar la última gota amarga del hastío.

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      Cómo

        Ay, cómo abrirte este dolor de llaves,
        En soledad de pulso amurallado.
        Lo que ya se llevaron, cómo darte,
        Sueño, renunciación, ausencia, olvido.

        Cómo franquear a tu claror las puertas
        Tras las cuales murió crucificado
        Cada latido virgen de tu nombre,
        Desposado no obstante de tu imagen.

        Cómo agotar la senda de la ausencia,
        El rumbo del viaje jamás hecho,
        Las jornadas cautivas del suspiro.

        Ay, cómo en ascua recobrar ceniza,
        Y de la piedra absorta hacer el nardo
        Que se encienda a la orilla de tu sangre.

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      Concepción

        Me tendrás a tu lado. Me besarás. Y luego,
        Como al moreno cántaro que espera al fin del surco,
        A mi sumiso cuerpo se alargarán tus brazos.
        Se saciará tu sed: la exigua sed de un hombre.

        De mi lecho después, en largas madrugadas
        Hacer creerás el blanco camino del olvido.
        Y sin embargo, ciego piloto de mi entraña,
        Conmigo habrás llegado por una noche sola,

        A la encantada playa donde no está tu muerte.
        Por el nocturno río caliente de mi sangre
        Irán tus ojos lejos, para jamás volverse,
        Tu voz prenderá en roca para perennes ecos.

        Tú no lo sabes, hombre, tú no lo piensas, ciego.
        Esta noche mi cuerpo será, ¡oh antiguo nauta!
        El puerto de que zarpen las naves de otra aurora.

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      Déjame ser

        Deja llevarme mi última aventura.
        Déjame ser mi propio testimonio,
        Y dar fe de mi propia
        Desmemoria.
        Déjame diseñar mi último rostro,
        Apretar en mi oído los pasos de la lluvia
        Borrándome el adiós definitivo.

        Déjame naufragar asida
        A un paisaje, una nube,
        Al vuelo humilde de un gorrión,
        A un brote renaciente,
        O siquiera al relámpago
        Que abra en dos mi último cielo.

        Sujétame los brazos.
        Engrilla mis tobillos,
        Empareda mis párpados.
        Pero tatuada una flor en la pupila,
        Crucificada un alba debajo de la frente,
        Acurrucado un beso en la raíz de la lengua,
        Déjame ser mi propio testimonio.

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      Desde cuándo

        ¿Desde cuándo marchabas a mi lado,
        Desde cuándo tus pasos?
        ¿Desde cuándo, en la noche, aproximándose,
        Ocultos tras de cada latido? ¿Desde cuándo?

        ¿Desde cuándo, en la noche, por los valles sin nombre,
        Rastreando mi angustia?
        Y tras de cada puerta abriéndose, y de cada
        Recodo el camino, ¿desde cuándo?

        ¿Desde cuándo tus sienes en las salvias
        Del reposo tranquilo?
        ¿Desde cuándo tus brazos en los cálidos ramos
        Del viril eucalipto, bajo las siestas altas?

        ¿Y desde cuándo el pedregal desnudo;
        Desde cuándo el desierto irredimible?
        ¿Desde cuándo la brasa los párpados;
        Esta sed, desde cuándo?

        ¿Desde cuándo este siempre irrevocable;
        Esta muerte creciendo, desde cuándo?

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      Desnudo día

        En el paisaje nuevo
        En el paisaje nuevo en que estarás conmigo
        Reposará la tarde como una flor caída.

        Nos habremos deseado
        Tanto, que el beso habrá muerto.

        Yo lo veré en tus ojos, maduros de otra sombra.
        Ojos de un valle ausente. Ojos con otra Luna.

        Entre los dos corazones
        Llorará tu voz
        Antigua.

        Una tarde peinada con una raya oscura.
        Tú tendrás la mitad más dulce de la vida.

        Las camelias de tu boca
        Morirán en otro tiempo.

        Y aquella tarde mía ya no será la tuya.

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      El amor realizado

        El amor realizado es un sorbo de muerte
        Que nos pasa los labios, que se filtra en las venas.
        El alma que nos cambia es más ancha y vacía:
        Más triste y más sedienta, la boca que nos deja.

        Dentro del corazón alárgase una sombra
        Cada vez que los labios su antiguo vaso llenan.
        El amor realizado aguza en nuestros ojos
        Del imposible anhelo la trémula saeta,
        Y es paso que prolonga, en cruel hechizo mágico,
        Ante la planta laxa la cansadora meta.

        Amor: perfecto guía para ir al encuentro
        Del dolor apostado al fin de cada senda.

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      El soneto de tu voz

        Blanda en mi entraña, como tibia lluvia,
        Beso aplastado corazón a vena;
        Tiembla en mis ojos, como sol en río
        Tañe en mis pulsos dolorida plata.

        Pincel que te dibuja estremecida
        Rama en el agua azul de mis anhelos
        Pasa por mí, y se lleva mi dulzura
        Como un rayo de luz que fuese abeja.

        Ave a quien le nací con viento y nido,
        Su ala sabe el curso de mi arroyo,
        Y en el ángulo agudo de su vuelo.

        -Punta de corazón hiriendo en flecha-
        Una gota de sangre nueva siempre
        Recarmina las rosas del deseo.

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      El viajero

        Y, de pronto, el viajero
        Surgió. Sobre el sendero
        Sus pies dejaban pálido,
        Fosforescente reguero.

        Vio mi mano en oferta,
        Y dijo: -¿Es para mí?-
        Yo no sé si despierta
        O en ensueños le oí.

        Extasiado, mirándole
        Los ojos, se lo di.
        ¡Poder no pensar,
        Poderse abandonar,
        Como el pétalo al viento,
        Como al fuego el sarmiento,
        Como la astilla al mar!

        Caminito escondido
        Caminito escondido
        Que te embozas en sombra
        Y con grama te alfombras,
        Y al silencio haces nido:

        Caminito escondido:
        Eres humilde y breve,
        Y tu surco es muy leve
        Entre el bosque tupido.

        Medio sol de mañana,
        Un poquito de luna,
        Un hilo de fontana,
        Son toda tu fortuna.

        ¡Poco tienes, sendero
        Enflecado de sauces,
        Mas tú sabes, camino,
        Que breve, pobre, austero,
        En sombra, eres el cauce
        De un designio divino.

        También yo sé, camino
        Que, aunque corto y umbroso,
        Te vio el dolor celoso
        Y el amor adivino;

        Que alguna vez, acaso,
        Pudo encontrarte al paso
        El hada de la suerte,

        Y que, en noche sombría
        O en el claror del día,
        Te sabrá hallar la muerte!

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      Imposible

        Vaciarme de paisajes, olvidarme caminos,
        Reedificar el arco de tu desnudo día.
        Borrar tus ojos, sendas de mi llagado sueño,
        Y engriar en mi sangre tus dos terribles manos.

        (La estatua que he vaciado en soledad, volverla
        Raíz y musgo en tierra, canto y ala en el aire).

        O, en la antípoda lluvia de mi aherrojado llanto,
        Hacer cantar el muerto pájaro de tu beso.
        Tornar a las cenizas las flechas de la llama,
        Reenhebrar en las venas el hilo del suspiro.

        Y del dolor crecido, monstruo y criatura mía,
        Hacer de nuevo aquella sonrisa que en tus labios
        Me bautizaba tuya, con el nombre más mío.

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      Invención de la muerte

        Esa sombra
        La veréis alargarse cada vez como un agua vertida
        Sin remedio
        Como un manto cayendo despacio de sus hombros
        Como si fuese él mismo arrepentido que quisiera
        Volver sobre sus pasos
        -Reptil de limpia muerte sin cadáver-.

        La veréis ahilar su arroyo
        Sobre un suelo
        Por siempre horizontal a la aventura.

        Y será también la única
        Que dormirá con él reconciliada
        Con la sombra total
        De que se desgajó
        Enemiga de todos los espejos un día.

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      Las puertas

        Un cerrarse de puertas,
        A derecha e izquierda;
        Un cerrarse de puertas silenciosas,
        Siempre a destiempo,
        Siempre un poco antes
        O un momento demasiado tarde;
        Hasta que sólo queda abierta una,
        La única puntual,
        La única oscura,
        La única sin paisaje y sin mirada.

      Arriba

      Nadie le empuja

        Nadie le empuja. Nadie lo retiene
        Nadie le advierte, nadie le cede el paso ni le espera.

        Indiferentes
        Le ven pasar con su sentencia
        Oculta como un zorro robado en la cintura
        Royéndole hasta el hueco de los dientes.

        Nadie le impide el paso ni le espera
        Porque todos quisieran ser los últimos.

        Nadie le toca. Nadie
        Le empuja. Llega solo
        Llenándose sin nadie del silencio
        De todos los que llegaron antes
        Tapiándose de nombres olvidados
        Y de palabras sin respuesta.

        Llega solo.
        Nadie le empuja, nadie le retiene
        Porque todos quisieran ser los últimos.

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      Soy

        Carne transida, opaco ventanal de tristeza,
        Agua que huye del cielo en perpetuo temblor;
        Vaso que no ha sabido colmarse de pureza
        Ni abrirse ancho a los negros raudales del horror.

        ¡Ojos que no sirvieron para mirar la muerte,
        Boca que no ha rendido su gran beso de amor!
        Manos como dos alas heridas: ¡diestra inerte
        Que no consigue alzarse a zona de fulgor!

        Planta errátil e incierta, cobarde ante el abrojo,
        Reacia al duro viaje, esquiva al culto fiel;
        ¡Rodillas que el placer no hincó ante su altar rojo,
        Mas que el remordimiento no ha logrado vencer!

        Garganta temerosa del entrañable grito
        Que desnuda la carne del último dolor:
        ¡Lengua que es como piedra al dulzor infinito
        De la verdad postrera dormida en la pasión!

        Haz de inútiles rosas, agostándose en sombra,
        Pozo oculto que nunca abrevó una gran sed;
        Prado que no ha podido amansarse en alfombra,
        ¡Pedazo de la muerte, que no se sabe ver!

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      Sueño

        A María Delgado Rodas.

        Sueño que fuiste impulso de mi latido,
        Y alas en mi anhelar:
        Te mata la vida que nutriste,
        Como la flor el fruto nacido de sus galas.

        Afán que me hechizaste de tan triste,
        Pensamiento clavado
        En mis frágiles pulsos; estilete sutil:
        A esa punta que hincaste pereces, traspasado.
        Loco sueño disuelto en mi sangre febril:
        ¡Esa sangre te ahoga!

        Morir te miro, ensueño
        Que fue yo toda -como fue tronco toda hoguera,
        Y charco toda nube-, en un trasvasamiento
        Imperceptible, blando, como un deshojamiento de rosa,
        En un temblor de atravesada mariposa.

        Morir te miro, ensueño,
        Como el árbol mirara arder el vicio leño
        Cortado de su rama, o pudrirse la hoja
        De cuyo muerto libre saldrá la yema roja.
        Morir te miro, ensueño,
        Y tu postrer tristeza es ya casi alegría,
        ¡Y tu último suspiro es ya casi esperanza!

        Hoja muerta, que vuelves a la tierra madura:
        ¿En qué capullo nuevo, húmedo de ternura,
        Renacerás mañana, ensueño en agonía?

        Fuimos, en sueños compañeros
        Fuimos, en sueños, compañeros:
        La vigilia no nos unió.
        ¡Sólo en los sueños traicioneros
        Su pie a mi paso se ajustó!

        Labios gemelos en el ansia:
        ¡No unisteis nunca vuestro ardor!
        Pupilas, astros de constancia:
        ¡Nunca rimasteis un fulgor!

        Jamás las diestras se estrecharon;
        Los labios sedientos no hablaron;
        Pero el juramento existió.

        Nunca las bocas se besaron;
        ¡De los besos que no quemaron,
        Brasa fue el doble corazón!

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      Sueño de sueños

        Secreta noche herida de menguante
        Cae donde no hay agua ni tierra.
        Marcha a cortar el filo de la luna,
        Mis raíces, que están donde no estuve.

        Traerán mi corazón, negra violeta
        Que se durmió en la orilla de otro sueño.
        Lo he de llamar y no sabrá su nombre.
        Me ha de cantar, y no he de comprenderle.

        Y llevaré, camino en mediodía
        De veinte cielos con opuestos soles,
        Mi angustia en veinte voces sin mi sangre.

        He de llorar mil años sin mi llanto
        Y he de dormir mil años sin mis ojos
        Noche con veinte pétalos de luna.

      Arriba

      Tan solo

        Tan solo una mirada,
        Una pupila sólo para todas las cosas.
        Para la aurora y el ocaso,
        Para el amor y el odio,
        Para el amante y el verdugo,
        La paloma y la víbora,
        La estrella y la luciérnaga.

        Solamente unas manos
        Para el cáliz y el látigo,
        Para la rosa y para el cacto.
        Solamente unas manos
        Para la arena y el rocío,
        Para mecer la cuna,
        Y acariciar la sien del esperado,
        Y abrir el último agujero.

        Una boca tan solo
        Para el beso y el grito
        Y para la oración y la blasfemia.
        Para el suspiro y la mentira,
        Para el perdón
        Y la condena.

        Y tan solo una sangre
        Para escuchar el tiempo,
        Para regar los sueños,
        Para comprar la herida y la agonía,
        Y destilar las lágrimas.

        Ah, tan solo una sangre
        Una boca, unas manos,
        Una mirada sólo.

      Arriba

      Todo comenzó en el espejo

        Todo comenzó en el espejo.
        En la palma indiferente del agua
        La nube fingió islas, cimientos el arco iris.
        Todo comenzó en el espejo.
        En el cielo engañifa de la charca
        La rama empolló el huevo de la luna;
        Cosió el pájaro un velo con costura perdida.

        Todo comenzó en el espejo.
        La estrella guiñó mintiendo al pez incauto;
        La Luna escribió música que no despertó a nadie.

        Y en el espejo una mañana
        Reconoció el viajero su secreto fantasma,
        Se vio pómulo y sien,
        Pupilas de agua para siempre cautiva,
        Frente como una lápida de sí mismo.
        Se vio por fuera, se olvidó por dentro.
        Y comenzó a clasificarse
        Según color y pelo.

        Y los amantes murieron por él dos y tres veces,
        Y los viejos gustaron anticipada la agonía,
        Y el hombre del color perdió patria y amigos,
        Y la belleza vendió a su esposo el sueño.

        -Todo comenzó en el espejo-.

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      Trópico

        Amargas lunas mates de estero hechizan, muertas,
        Noches de frutos altos y de tácitos vuelos.
        Ríos de cocodrilos y de tortugas lentas
        Descaman las estrellas de un calcinado cielo.

        En urgencia arterial, por roja tierra tibia
        Discurre el agua madre de las inundaciones,
        Mientras corolas túrgidas como sexos encienden
        La lámpara votiva de las insolaciones.

        Carnívoros estambres, piedras que encierran astros;
        Troncos que se hacen nudo mortal bajo agua quieta;
        Peces de aguda voz, aves de mudos rastros.

        La Cruz del Sur, guardiana de sus misterios, arde,
        Cual cifrando en su acorde de siderales neones
        La música del mundo en su primera tarde.

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      Tus manos

        De las más hondas raíces se me alargan tus manos,
        Y ascienden por mis venas como cegadas lunas
        A desangrar mis sienes hacia el blancor postrero
        Y tejer en mis ojos su ramazón desnuda.

        En mi carne de estío, como en hamaca lenta,
        Ellas la adolescente de tu placer columpian.
        -Tus manos, que no son. Mis años, que ya han sido.
        Y un sueño de rodillas tras la palabra muda-.

        Dedos sabios de ritmo, unánimes de gracia.
        Cantaban silenciosos la gloria de la curva:
        Cadera de mujer o contorno de vaso.

        Diez espinas de beso que arañan mi garganta,
        Untadas de agonía las diez pálidas uñas,
        Yo los llevo en el pecho como ramos de llanto.

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