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    Información biográfica

  1. Amor tardío
  2. Así, verte de lejos
  3. Balada del loco amor
  4. Balada del mal amor
  5. Canción de la lluvia
  6. Canción de la noche sola
  7. Canción de los remos
  8. Canción del amor lejano
  9. Canción del amor prohibido
  10. Canción del viaje
  11. Canción para la esposa ajena
  12. Carta a Ud. Señora
  13. Carta sin fecha
  14. Celos
  15. Con la simple palabra
  16. Cuartetos del transeúnte
  17. Dios no lo sabe
  18. Discreto amor
  19. El clavel seco
  20. El gran amor
  21. El hijo del ensueño
  22. El resucitado
  23. Elegía lamentable
  24. Elegía para ti y para mí
  25. La dama de las perlas
  26. La sed insaciable
  27. Mi corazón se siente satisfecho
  28. No era amor
  29. Nocturno IV
  30. Oasis
  31. Pequeño dolor
  32. Poema crepuscular
  33. Poema de la culpa
  34. Poema de la despedida
  35. Poema de la espera
  36. Poema de las cosas
  37. Poema de una calle
  38. Poema del amor ajeno
  39. Poema del amor imposible
  40. Poema del amor pequeño
  41. Poema del crepúsculo
  42. Poema del desencanto
  43. Poema del domingo triste
  44. Poema del fracaso
  45. Poema del olvido
  46. Poema del poema
  47. Poema del regreso
  48. Poema del secreto
  49. Recapitulación
  50. Se deja de querer
  51. Sembrar
  52. Soneto del ahorcado
  53. Te acordarás un día
  54. Te contaré la historia
  55. Tercer poema del río
  56. Ya era muy viejecita
  57. Ya todos la olvidaron


    Información biográfica

      Nombre: José Ángel Buesa
      Lugar y fecha nacimiento: Las Villas -ahora Cienfuegos- (Cuba), 2 de septiembre de 1910
      Lugar y fecha defunción: Santo Domingo (República Dominicana), 14 de agosto de 1982 (71 años)

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      Amor tardío

        Tardíamente, en el jardín sombrío,
        Tardíamente entró una mariposa,
        Transfigurando en alba milagrosa
        El deprimente anochecer de estío.
        Y, sedienta de miel y de rocío,
        Tardíamente en el rosal se posa,
        Pues ya se deshojó la última rosa
        Con la primera ráfaga de frío.

        Y yo, que voy andando hacia el poniente,
        Siento llegar maravillosamente,
        Como esa mariposa, una ilusión;
        Pero en mi otoño de melancolía,
        Mariposa de amor, al fin del día,
        Qué tarde llegas a mi corazón.

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      Así, verte de lejos

        Así, verte de lejos, definitivamente.
        Tú vas con otro hombre, y yo con otra mujer.
        Y así como el agua que brota de una fuente
        Aquellos bellos días ya no pueden volver.
        Así, verte de lejos y pasar sonriente,
        Como quien ya no siente lo que sentía ayer,
        Y lograr que mi rostro se quede indiferente
        Y que el gesto de hastío parezca de placer.

        Así, verte de lejos, y no decirte nada
        Ni con una sonrisa, ni con una mirada,
        Y que nunca sospeches cuánto te quiero así.

        Porque aunque nadie sabe lo que a nadie le digo,
        La noche entera es corta para soñar contigo
        Y todo el día es poco para pensar en ti.

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      Balada del loco amor

        I

        No, nada llega tarde, porque todas las cosas
        Tienen su tiempo justo, como el trigo y las rosas;
        Sólo que, a diferencia de la espiga y la flor,
        Cualquier tiempo es el tiempo de que llegue el amor.

        No, amor no llega tarde. Tu corazón y el mío
        Saben secretamente que no hay amor tardío.
        Amor, a cualquier hora, cuando toca a una puerta,
        La toca desde adentro, porque ya estaba abierta.
        Y hay un amor valiente y hay un amor cobarde,
        Pero, de cualquier modo, ninguno llega tarde.

        II

        Amor, el niño loco de la loca sonrisa,
        Viene con pasos lentos igual que viene aprisa;
        Pero nadie está a salvo, nadie, si el niño loco
        Lanza al azar su flecha, por divertirse un poco.

        Así ocurre que un niño travieso se divierte,
        Y un hombre, un hombre triste, queda herido de muerte.
        Y más cuando la flecha se le encona en la herida,
        Porque lleva el veneno de una ilusión prohibida.
        Y el hombre arde en su llama de pasión, y arde, y arde
        Y ni siquiera entonces el amor llega tarde.

        III

        No, yo no diré nunca qué noche de verano
        Me estremeció la fiebre de tu mano en mi mano.
        No diré que esa noche que sólo a ti te digo
        Se me encendió en la sangre lo que soñé contigo.

        No, no diré esas cosas, y, todavía menos,
        La delicia culpable de contemplar tus senos.
        Y no diré tampoco lo que vi en tu mirada,
        Que era como la llave de una puerta cerrada.
        Nada más. No era el tiempo de la espiga y la flor,
        Y ni siquiera entonces llegó tarde el amor.

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      Balada del mal amor

        Qué lástima, muchacha,
        Que no te pueda amar.
        Yo soy un árbol seco que sólo espera el hacha,
        Y tú un arroyo alegre que sueña con el mar.

        Yo eché mi red al río
        Se me rompió la red
        No unas tu vaso lleno con mi vaso vacío,
        Pues si bebo en tu vaso voy a sentir más sed.

        Se besa por el beso,
        Por amar el amor
        Ese es tu amor de ahora, pero el amor no es eso,
        Pues sólo nace el fruto cuando muere la flor.

        Amar es tan sencillo,
        Tan sin saber por qué
        Pero así como pierde la moneda su brillo,
        El alma, poco a poco, va perdiendo su fe.

        ¡Qué lástima, muchacha,
        Que no te pueda amar!
        Hay velas que se rompen a la primera racha,
        ¡Y hay tantas velas rotas en el fondo del mar!

        Pero aunque toda herida
        Deja una cicatriz,
        No importa la hoja seca de una rama florida,
        Si el dolor de esa hoja no llega a la raíz.

        La vida, llama o nieve,
        Es un molino que
        Va moliendo en sus aspas el viento que lo mueve,
        Triturando el recuerdo de lo que ya se fue.

        Ya lo mío fue mío,
        Y ahora voy al azar
        Si una rosa es más bella mojada de rocío,
        El golpe de la lluvia la puede deshojar.

        Tuve un amor cobarde.
        Lo tuve y lo perdí
        Para tu amor temprano ya es demasiado tarde,
        Porque en mi alma anochece lo que amanece en ti.

        El viento hincha la vela, pero la deshilacha,
        Y el agua de los ríos se hace amarga en el mar
        ¡Qué lástima, muchacha,
        Que no te pueda amar!

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      Canción de la lluvia

        Acaso está lloviendo también en tu ventana;
        Acaso esté lloviendo calladamente, así.
        Y mientras anochece de pronto la mañana,
        Yo sé que, aunque no quieras, vas a pensar en mí.

        Y tendrá un sobresalto tu corazón tranquilo,
        Sintiendo que despierta su ternura de ayer.
        Y, si estabas cosiendo, se hará un nudo en el hilo,
        Y aún lloverá en tus ojos al dejar de llover.

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      Canción de la noche sola

        Fue mía una noche. Llegó de repente,
        Y huyó como el viento, repentinamente.
        Alumna curiosa que aprendió el placer,
        Fue mía una noche. No la he vuelto a ver.
        Fue la noche sola de una sola estrella.

        Si miro las nubes, después pienso en ella.
        Mi amor no la busca; mi amor no la llama;
        La flor desprendida no vuelve a la rama,
        Y las ilusiones son como un espejo
        Que cuando se empaña pierde su reflejo.

        Fue mía una noche, locamente mía:
        Me quema los labios su sed todavía.
        Bella como pocas, nunca fue más bella
        Que soñando el sueño de la noche aquella.

        Su amor de una noche sigue siendo mío:
        La corriente pasa, pero queda el río;
        Y si ella es la estrella de una noche sola,
        Yo he sido en su playa la primera ola.

        Amor de una noche que ignoró el hastío.
        Somos las distales orillas de un río,
        Entre las que cruza la corriente clara,
        Y el agua las une, pero las separa.

        Amor de una noche: si vuelves un día,
        Ya no he de sentirte tan loca y tan mía.
        Más que la tortura de una herida abierta,
        Mi amor ama el viento que cierra una puerta.

        El amor florece tierra movediza,
        Y es ley de la llama trocarse en cenizas.
        El amor que vuelve, siempre vuelve en vano,
        Así como un ciego que tiende la mano.
        Amor de una noche sin amanecer:
        ¡Acaso prefiero no volverte a ver!

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      Canción de los remos

          Quizás olvidaremos, pues siempre hay que olvidar
          Pero escucha los remos, cantando sobre el mar.
          Bajo este cielo claro tu alma llega a la mía
          Como la luz de un faro desde la lejanía.

          Así como la espuma pasará este momento
          Nuestra ilusión se esfuma, como la espuma al viento.
          Pero en el alma sola si un gran amor la llena
          Hay algo de la ola y hay algo de la arena.

          Náufrago de su espanto, piloto de su hastío
          El mar canta en su canto que ya tu amor es mío.
          Yo soy la vela rota que da al aire su vuelo,
          Y tú eres la gaviota que va a estrenar su vuelo.

          Pero aún quedan futuros que yo desconocía
          En tus ojos oscuros donde nunca es de día.
          Aún hay algo postrero más allá del olvido
          Y en tu amor recupero todo lo que he perdido.

          Ni digo que te quedes, ni quiero que te vayas.
          Pues soy como las redes tendidas en las playas
          Arroyo de ternuras, hazme tuyo en lo mío
          Llenando de agua pura mi cántaro vacío.

          Ya mi voz tiene un eco, ya mi voz no se pierde.
          Por eso el tronco seco retoña la hoja verde.
          Y así mi vida espera la gracia de un retoño
          Como la primavera que ilumina un otoño.

          Por eso aunque olvidemos
          Que siempre hay que olvidar
          Oye cantar los remos
          Sobre el dolor del mar.

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        Canción del amor lejano

          Ella no fue, entre todas, la más bella,
          Pero me dio el amor más hondo y largo.
          Otras me amaron más; y, sin embargo,
          A ninguna la quise como a ella.

          Acaso fue porque la amé de lejos,
          Como una estrella desde mi ventana
          Y la estrella que brilla más lejana
          Nos parece que tiene más reflejos.

          Tuve su amor como una cosa ajena
          Como una playa cada vez más sola,
          Que únicamente guarda de la ola
          Una humedad de sal sobre la arena.

          Ella estuvo en mis brazos sin ser mía,
          Como el agua en cántaro sediento,
          Como un perfume que se fue en el viento
          Y que vuelve en el viento todavía.

          Me penetró su sed insatisfecha
          Como un arado sobre llanura,
          Abriendo en su fugaz desgarradura
          La esperanza feliz de la cosecha.

          Ella fue lo cercano en lo remoto,
          Pero llenaba todo lo vacío,
          Como el viento en las velas del navío,
          Como la luz en el espejo roto.

          Por eso aún pienso en la mujer aquella,
          La que me dio el amor más hondo y largo
          Nunca fue mía. No era la más bella.
          Otras me amaron más. Y, sin embargo,
          A ninguna la quise como a ella.

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        Canción del amor prohibido

          Sólo tú y yo sabemos lo que ignora la gente
          Al cambiar un saludo ceremonioso y frío,
          Porque nadie sospecha que es falso tu desvío,
          Ni cuánto amor esconde mi gesto indiferente.

          Sólo tú y yo sabemos por qué mi boca miente,
          Relatando la historia de un fugaz amorío;
          Y tú apenas me escuchas y yo no te sonrío
          Y aún nos arde en los labios algún beso reciente.

          Sólo tú y yo sabemos que existe una simiente
          Germinando en la sombra de este surco vacío,
          Porque su flor profunda no se ve, ni se siente.

          Y así dos orillas tu corazón y el mío,
          Pues, aunque las separa la corriente de un río,
          Por debajo del río se unen secretamente.

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        Canción del viaje

          Recuerdo un pueblo triste y una noche de frío
          Y las iluminadas ventanillas de un tren.
          Y aquel tren que partía se llevaba algo mío,
          Ya no recuerdo cuándo, ya no recuerdo quién.

          Pero sí que fue un viaje para toda la vida
          Y que el último gesto fue un gesto de desdén,
          Porque dejó olvidado su amor sin despedida
          Igual que una maleta tirada en el andén.

          Y así, mi amor inútil, con su inútil reproche,
          Se acurrucó en su olvido, que fue inútil también.
          Como esos pueblos tristes, donde llueve de noche,
          Como esos pueblos tristes, donde no para el tren.

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        Canción para la esposa ajena

          Tal vez guardes mi libro en alguna gaveta,
          Sin que nadie descubra cuál relata su historia,
          Pues será simplemente, los versos de un poeta,
          Tras de arrancar la página de la dedicatoria
          Y pasarán años. Pero acaso algún día,
          O acaso alguna noche que estés sola en tu lecho,
          Abrirás la gaveta como una rebeldía,
          Y leerás mi libro tal vez como un despecho.

          Y brotará un perfume de una ilusión suprema
          Sobre tu desencanto de esposa abandonada.
          Y entonces con orgullo, marcarás la página
          Y guardarás mi libro debajo de la almohada.

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        Carta a Ud. Señora

          Según dicen ya tiene usted otro amante.
          Lástima que la prisa nunca sea elegante.
          Yo sé que no es frecuente que una mujer hermosa,
          Se resigne a ser viuda, sin haber sido esposa.

          Y me parece injusto discutirle el derecho
          De compartir sus penas sus goces y su lecho
          Pero el amor señora cuando llega el olvido
          También tiene el derecho de un final distinguido.

          Perdón... Si es que la hiere mi reproche... Perdón
          Aunque sé que la herida no es en el corazón
          Y para perdonarme... Piense si hay más despecho
          Que en lo que yo le digo, que en lo que usted ha hecho.

          Pues sepa que una dama con la espalda desnuda
          Sin luto en una fiesta, puede ser una viuda.
          Pero no como tantas de un difunto señor
          Sino para ella sola, viuda de un gran amor.

          Y nuestro amor recuerdo, fue un amor diferente
          Al menos al principio, ya no, naturalmente.

          Usted será el crepúsculo a la orilla del mar,
          Que según quién lo mire será hermoso o vulgar.
          Usted será la flor que según quién la corta,
          Es algo que no muere o algo que no importa.

          O acaso cierta noche de amor y de locura
          Yo vivía un ensueño y... y usted una aventura.
          Si... usted juró cien veces ser para siempre mía
          Yo besaba sus labios pero no lo creía.

          Usted sabe y perdóneme que en ese juramento
          Influye demasiado la dirección del viento.
          Por eso no me extraña que ya tenga otro amante
          A quien quizás le jure lo mismo en este instante.

          Y como usted señora ya aprendió a ser infiel
          A mí así de repente me da pena por él.

          Sí es cierto... alguna noche su puerta estuvo abierta
          Y yo en otra ventana me olvidé de su puerta
          O una tarde de lluvia se iluminó mi vida
          Mirándome en los ojos de una desconocida.

          Y también es posible que mi amor indolente
          Desdeñara su vaso bebiendo en la corriente.
          Sin embargo señora... Yo con sed o sin sed
          Nunca pensaba en otra... si la besaba a usted.

          Perdóneme de nuevo si le digo estas cosas
          Pero ni los rosales dan solamente rosas.
          Y no digo estas cosas por usted ni por mí
          Sino por... por los amores que terminan así.

          Pero vea señora... qué diferencia había
          Entre usted que lloraba... y yo que sonreía.
          Pues nuestro amor concluye con finales diversos
          Usted besando a otro... Yo escribiendo estos versos.

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        Carta sin fecha

          Amigo: sé que existes, pero ignoro tu nombre.
          No lo he sabido nunca ni lo quiero saber.
          Pero te llamo amigo para hablar de hombre a hombre,
          Que es el único modo de hablar de una mujer.
          Esa mujer es tuya, pero también es mía.
          Si es más mía que tuya, lo saben ella y Dios.
          Sólo sé que hoy me quiere como ayer te quería,
          Aunque quizá mañana nos olvide a los dos.

          Ya ves: ahora es de noche. Yo te llamo mi amigo;
          Yo, que aprendí a estar solo para quererla más;
          Y ella, en tu propia almohada, tal vez sueña conmigo;
          Y tú, que no lo sabes, no la despertarás.

          ¡Qué importa lo que sueña! Déjala así, dormida.
          Yo seré como un sueño sin mañana ni ayer.
          Y ella irá de tu brazo para toda la vida,
          Y abrirá las ventanas en el atardecer.

          Quédate tú con ella. Yo seguiré el camino.
          Ya es tarde, tengo prisa, y aún hay mucho que andar,
          Y nunca rompo el vaso donde bebí un buen vino,
          Ni siembro nada, nunca, cuando voy hacia el mar.

          Y pasarán los años favorables o adversos,
          Y nacerán las rosas que nacen porque sí;
          Y acaso tú, algún día, leerás estos versos,
          Sin saber que los hice por ella y para ti.

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        Celos

          Ya sólo eres aquella
          Que tiene la costumbre de ser bella.
          Ya pasó la embriaguez.
          Pero no olvido aquel deslumbramiento,
          Aquella gloria del primer momento,
          Al ver tus ojos por primera vez
          Y sé que, aunque quisiera,
          No he de volverte a ver de esa manera.
          Como aquel instante de embriaguez;
          Y siento celos al pensar que un día,
          Alguien, que no te ha visto todavía,
          Verá tus ojos por primera vez.

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        Con la simple palabra

          Con la simple palabra de hablar todos los días,
          Que es tan noble que nunca llegará a ser vulgar,
          Voy diciendo estas cosas que casi no son mías,
          Así como las playas casi no son mar.
          Con la simple palabra con que se cuenta un cuento,
          Que es la vejez eterna de la eterna niñez,
          La ilusión, como un árbol que se deshoja al viento,
          Muere con la esperanza de nacer otra vez.

          Con simple palabra te ofrezco lo que ofreces,
          Amor que apenas llegas cuando te has ido ya:
          Quien perfuma una rosa se equivoca dos veces,
          Pues la rosa se seca y el perfume se va.

          Con la simple palabra que arde en su propio fuego,
          Siento que en mí es orgullo lo que en otro es desdén:
          Las estrellas no existen en las noches del ciego,
          Pero, aunque él no lo sepa, lo iluminan también.

          Y así, como un arroyo que se convierte en río,
          Y que en cada cascada se purifica más,
          Voy cantando este canto tan ajeno y tan mío,
          Con la simple palabra que no muere jamás.

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        Cuartetos del transeúnte

          Bebed. Dice el amor junto a la fuente
          Cuya corriente clara dice también: "Bebed"
          Y como a cada sorbo tu sed es diferente
          Al secarse la fuente, tendrás la misma sed.

          Sonríe, jardinera que en surco te inclinas
          Y buscas el secreto profundo de las cosas.
          No pienses que las rosas se afean con espinas,
          Sino que las espinas se embellecen con rosas.

          Jugué al amor contigo con vanidad tan vana,
          Que marqué con la uña los naipes que te di.
          Y en este extraño juego donde pierde el que gana
          Gané tan tristemente, que te he perdido a ti.

          Fue un amor del que apenas quedaría
          Lo que queda del viento cuando el viento pasó.
          Y yo doblo la almohada como tú, todavía,
          Y tú marcas los libros, a veces, como yo.

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        Dios no lo sabe

          Dios no lo sabe, pero yo estoy triste
          Como los viejos pozos en la tarde;
          Triste como el portón de la herrería
          Que hace cien años que no ha abierto nadie.
          Ya le encuentro sabor de sed al
          Agua, viendo crecer un trigo miserable;
          Y todo se me va con el otoño,
          Pero Dios no lo sabe.

          Dios no lo sabe, porque está allá arriba,
          Y yo acá abajo, triste a mi manera;
          Yo, que ya sé lo que no dice el viento
          Y de qué modo hay que pisar la yerba.
          Dios no lo sabe, pero yo lo digo,
          Solo en la noche, solo en la tristeza,
          Y eso que sé que nada cambiaría
          Aunque Dios lo supiera.

          Yo sé el camino del que sigue andando
          Derechamente hacia ninguna parte,
          Y ese lado del tiempo donde hay nieve
          Para el pequeño amor que llega tarde.
          Yo sé cómo se cierra cada puerta
          En el anochecer de cada calle;
          Y sé que hay un sol negro que da sombra,
          Pero Dios no lo sabe.

          Yo sé del hacia abajo en las raíces,
          Sin hacia arriba, hacia la primavera;
          De la lluvia que llueve y ya no es lluvia
          En la arena que sigue siendo arena.
          Dios no lo sabe, y nada cambiaría,
          Nada, por más que un día lo supiera.
          -O tal vez Dios lo sabe, y está triste sin que nadie lo sepa-.

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        Discreto amor

          Mi viejo corazón toca a una puerta,
          Mi viejo corazón, como un mendigo
          Con el afán de su esperanza incierta
          Pero callando lo que yo no digo.
          Porque la que me hirió sin que lo advierta,
          La que sólo me ve como un amigo
          Si alguna madrugada está despierta
          Nunca será porque soñó conmigo.

          Y sin embargo, ante la puerta oscura
          Mi corazón, como un mendigo loco
          Va a pedir su limosna de ternura.

          Y cerrada otra vez, o al fin abierta,
          No importa si alguien oye cuando toco,
          Porque nadie sabrá cuál es la puerta.

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        El clavel seco

          Como el clavel del patio estaba seco,
          Yo, entristecido por sus tristes males,
          Bajé al jardín para cavar un hueco,
          En buena sombra entre dos rosales.
          Y eran rosales cerca, gajo a gajo
          En una cercanía indiferente
          Pero al cavar un poco, vi allá abajo
          Sus raíces trenzadas locamente.

          Así, esta tarde, descubrí el secreto
          De un cariño verdadero, hondo y discreto,
          Trasplantando un clavel que se secó.

          Y, en nuestra indiferente cercanía,
          Qué loco ensueño se descubriría
          Si alguien cavara un hueco entre tú y yo.

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        El gran amor

          Un gran amor, un gran amor lejano
          Es algo así como la enredadera
          Que no quisiera florecer en vano
          Y sigue floreciendo aunque no quiera.
          Un gran amor se nos acaba un día
          Y es tristemente igual a un pozo seco,
          Pues ya no tiene el agua que tenía
          Pero le queda todavía el eco.

          Y, en ese gran amor, aquel que ama
          Compartirá el destino de la hoguera,
          Que lo consume todo con su llama
          Porque no sabe arder de otra manera.

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        El hijo del ensueño

          ¡Un hijo! Tú sabes, tú sientes qué es eso:
          Ver nacer la vida del fondo de un beso
          Por un inefable milagro de amor.
          Un beso que llene la cuna vacía
          Y que ingenuamente nos mire y sonría,
          ¡Un beso hecho flor!
          ¡Un hijo! Un fragante, fuerte y dulce lazo.
          Me parece verlo sobre tu regazo palpitando ya;
          Y miro moverse con pueril empeño
          Las pequeñas manos de nuestro pequeño,
          Como si quisieran sujetar un sueño
          Que llega y se va.

          En el agua fresca de nuestras ternuras
          Mojará las alas de sus travesuras
          Como una paloma que aprende a volar.
          Y será violento, loco y peregrino,
          Y amará igualmente la mujer y el vino
          Y el cielo y el mar.
          Con la sed amarga de la adolescencia
          Beberá en la fuente turbia de la ciencia.
          ¡Mi tierno cantor!

          Irá por el mundo con su lira al hombro
          Dejando un reguero de rosas de asombro
          Y aún áureo fulgor.
          Cruzará al galope la árida llanura
          Pálido de ensueño, loco de aventura
          Y ebrio de ideal.

          Y en su desvarío de viajes remotos
          Volverá algún día con los remos rotos,
          Trayendo en los labios un sabor de sal.
          Caminante absurdo, de caminos muertos
          Pasará su sombra sobre los desiertos
          En una infinita peregrinación,
          Y su alucinada pupila inconforme
          Verá en su destino grabada
          Una enorme interrogación.

          Pero será inútil su tenaz andanza
          Persiguiendo un sueño que jamás se alcanza.
          Y ha de ser así, pues no hallará nunca, como yo,
          La meta de todas sus ansias de hombre y poeta,
          Porque en las mujeres de su vida inquieta
          No hallará ninguna parecida a ti.
          Que tú eres la rosa de una sola vida,
          La rosa que nadie verá repetida
          Porque al deshojarse secará el rosal.
          Y como en el mundo ya no habrá esa rosa,
          Él irá en su búsqueda infructuosa
          En pos de una igual.

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        El resucitado

          I

          No, nunca fue lo oscuro tan oscuro.
          Y está acostado pero no en su lecho.
          Quiere moverse y se lo impide un muro.
          Un muro en derredor, largo y estrecho.
          Llama, y su voz resuena extrañamente,
          Sin que acudan su madre ni su hijo.
          Y un súbito sudor hiela su frente,
          Al palpar en su pecho un crucifijo.

          No, no hay duda: esa sombra que lo aterra
          Es sombra de ataúd bajo la tierra,
          Y no es soñando porque está despierto.

          Y lo aturde un pavor definitivo
          Al comprender que se le dio por muerto
          Y al comprobar que fue enterrado vivo.

          II

          Pero un día, al abrir la sepultura,
          Se sabría su muerte verdadera.
          Si el ataúd mostrara la hendidura,
          De un golpe de su mano en la madera.

          Y al pensar de repente en el mañana,
          Piensa también enloquecidamente
          En el espanto de la madre anciana
          Y en el horror del hijo adolescente.

          Y allí, en la sombra, sin quejarse en vano
          Sin dar un grito, sin alzar la mano,
          Con una abnegación casi suicida

          Cierra los ojos y se queda quieto
          Porque así, sólo así, será un secreto
          Su horrible muerte de enterrado en vida.

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        Elegía lamentable

          Desde este mismo instante seremos dos extraños
          Por estos pocos días, quién sabe cuántos años
          Yo seré en tu recuerdo como un libro prohibido
          Uno de esos que nadie confiesa haber leído.
          Y así mañana, al vernos en la calle, al ocaso,
          Tú bajarás los ojos y apretarás el paso,
          Y yo, discretamente, me cambiaré de acera,
          O encenderé un cigarro, como si no te viera.

          Seremos dos extraños desde este mismo instante
          Y pasarán los meses, y tendrás otro amante:
          Y como eres bonita, sentimental y fiel,
          Quizás, andando el tiempo, te casarás con él.

          Y ya, más que un esposo será como un amigo,
          Aunque nunca le cuentes que has soñado conmigo,
          Y aunque, tras tu sonrisa de mujer satisfecha,
          Se te empañen los ojos, al llegar una fecha.

          Acaso, cuando llueva, recordarás un día
          En que estuvimos juntos y en que también llovía.
          Y quizás nunca más te pongas aquel traje
          De terciopelo verde, con adornos de encaje.
          O harás un gesto mío, tal vez sin darte cuenta,
          Cuando dobles tu almohada con mano soñolienta.
          Y domingo a domingo, cuando vayas a misa,
          De tu casa a la iglesia, perderás tu sonrisa.

          ¿Qué mas puedo decirte? Serás la esposa honesta
          Que abanica al marido cuando ronca la siesta:
          Tras fregar los platos y tender las camas,
          Te pasarás las noches sacando crucigramas
          Y así, años y años, hasta que, finalmente,
          Te morirás un día, como toda la gente.
          Y voces que aún no existen sollozarán tu nombre,
          Y cerrarán tus ojos los hijos de otro hombre.

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        Elegía para mí y para ti

          Yo seguiré soñando mientras pasa la vida,
          Y tú te irás borrando lentamente de mi sueño.
          Un año y otro año caerán como hojas secas
          De las ramas del árbol milenario del tiempo,
          Y tu sonrisa, llena de claridad de aurora,
          Se alejará en la sombra creciente del recuerdo.

          Yo seguiré soñando mientras pasa la vida,
          Y quizá, poco a poco, dejaré de hacer versos,
          Bajo el vulgar agobio de la rutina diaria,
          De las desilusiones y los aburrimientos.
          Tú, que nunca soñaste más que cosas posibles,
          Dejarás, poco a poco, de mirarte al espejo.

          Acaso nos veremos un día, casualmente,
          Al cruzar una calle, y nos saludaremos.
          Yo pensaré quizá: " Qué linda es todavía."
          Tú quizá pensarás: "Se está poniendo viejo"
          Tú irás sola o con otro. Yo iré solo o con otra.
          O tú irás con un hijo que debiera ser nuestro.

          Y seguirá muriendo la vida, año tras año,
          Igual que un río oscuro que corre hacia el silencio.
          Un amigo, algún día, me dirá que te ha visto,
          O una canción de entonces me traerá tu recuerdo.
          Y en estas noches tristes de quietud y de estrellas,
          Pensaré en ti un instante, pero cada vez menos.

          Y pasará la vida. Yo seguiré soñando;
          Pero ya no habrá un nombre de mujer en mi sueño.
          Yo ya te habré olvidado definitivamente
          Y sobre mis rodillas retozarán mis nietos.
          (Y quizá, para entonces, al cruzar una calle,
          Nos vimos frente a frente, ya sin reconocernos).

          Y una tarde de sol me cubrirán de tierra,
          Las manos para siempre cruzadas sobre el pecho.
          Tú, con los ojos tristes y los cabellos blancos,
          Te pasarás las horas bostezando y tejiendo.
          Y cada primavera renacerán las rosas,
          Aunque ya tú estés vieja, y aunque yo me haya muerto.

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        La dama de las perlas

          Yo he visto perlas claras de inimitable encanto,
          De esas que no se tocan por temor a romperlas.
          Pero sólo en tu cuello pudieron valer tanto
          Las burbujas de nieve de tu collar de perlas.
          Y más aquella noche del amor satisfecho,
          Del amor que eterniza lo fugaz de las cosas,
          Cuando fuiste un camino que comenzó en mi lecho
          Y el rubor te cubría como un manto de rosas.

          Yo acaricié tus perlas, sin desprender su broche,
          Y las vi como nadie nunca más podrá verlas,
          Pues te tuve en mis brazos, al fin, aquella noche
          Vestida solamente con tu collar de perlas.

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        La sed insaciable

          Decir adiós. La vida es eso.
          Y yo te digo adiós, y sigo.
          Volver a amar es el castigo
          De los que amaron con exceso.

          Amar y amar toda la vida,
          Y arder en esa llama.
          Y no saber por qué se ama
          Y no saber por qué se olvida.

          Coger las rosas una a una,
          Beber un vino y otro vino,
          Y andar y andar por un camino
          Que no conduce a parte alguna.

          Sentir más sed en cada fuente
          Y ver más sombra en cada abismo,
          En este amor que es siempre el mismo,
          Pero que siempre es diferente.

          Porque en sordo desacuerdo
          De lo soñado y lo vivido,
          Siempre, del fondo del olvido,
          Nace la muerte de un recuerdo.

          Y en esta angustia que no cesa,
          Que toca el alma y no la toca,
          Besar la sombra de otra boca
          En cada boca que se besa.

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        Mi corazón se siente satisfecho

          Mi corazón se siente satisfecho
          De haberte amado y nunca poseído:
          Así tu amor se salva del olvido
          Igual que mi ternura del despecho.

          Jamás te vi desnuda sobre el lecho,
          Ni oí tu voz muriéndose en mi oído:
          Así ese bien fugaz no ha convertido
          Un ancho amor en un placer estrecho.

          Cuanto el deleite suma a lo vivido
          Acrecentado se lo resta el pecho,
          Pues la ilusión se va por el sentido.

          Y, en ese hacer y deshacer lo hecho,
          Sólo un amor se salva del olvido,
          Y es el amor que queda insatisfecho.

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        No era amor

          No era amor. Fue otra cosa
          Pero según murmuran en la ciudad aquella,
          Yo cometí el delito de inventarte una estrella,
          Y fue tuyo el pecado de ofrecerme una rosa.
          No era amor, no era eso
          Que se enciende en la sangre como una llamarada;
          Era mirar tus ojos y no decirte nada
          O acercarme a tu boca sin codiciar un beso.

          Tarde para mi hastío,
          Tarde para tu angustia de mariposa en vano,
          Era como dos ciegos que se daban la mano,
          Como dos niños pobres, tu corazón y el mío.

          Nada más. Ni siquiera
          Suspirar en la lluvia de una tarde vacía,
          No era amor, fue otra cosa. No sé lo que sería
          Yo sé que es triste que nadie lo creyera.

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        Nocturno IV

          Así estás todavía de pie bajo la lluvia,
          Bajo la clara lluvia de una noche de invierno.
          De pie bajo la lluvia me llega tu sonrisa,
          De pie bajo la lluvia te encuentra mi recuerdo.

          Siempre he de recordarte de pie bajo la lluvia,
          Con un polvo de estrellas muriendo en tus cabellos
          Y tu voz que nacía del fondo de tus ojos
          Y tus manos cansadas que se iban en el viento
          Y aquel cielo de plomo y el rumor de los árboles
          Y la hoja aquella que te cayó en el seno
          Y el rocío nocturno dormido en tus pestañas
          Y engarzando diamantes en tu vestido negro.

          Así estás todavía lejanamente cerca
          Desde tu lejanía de sombra y de silencio.
          Mi corazón te llama de pie bajo la lluvia,
          De pie bajo la lluvia te acercas en el sueño.

          La vida es tan pequeña que cabe en una noche.
          Quizá fue que en la sombra me encontré con tu beso
          Y por eso me envuelve, de pie bajo la lluvia,
          El sabor de tu boca y el olor de tu cuerpo.

          Sí, me has dejado triste porque pienso que acaso
          Ya no estarás conmigo cuando llueva de nuevo.
          Y no he de verte entonces de pie bajo la lluvia
          Con las manos temblando de frío y de deseo.

          Pero aunque habrá otras noches cargadas de perfumes
          Y otras mujeres y otras, a lo largo del tiempo,
          Siempre he de recordarte de pie bajo la lluvia,
          Bajo la lluvia clara de una noche de invierno.

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        Oasis

          Así como un verdor en el desierto,
          Con sombra de palmeras y agua caritativa,
          Quizás será tu amor lo que me sobreviva,
          Viviendo en un poema después que yo haya muerto.
          En ese canto, cada vez más mío,
          Voces indiferentes repetirán mi pena,
          Y tú has de ser entonces como un rastro en la arena,
          Casi como una nube que pasas sobre un río.

          Tú serás para todos una desconocida,
          Tú que nunca sabrás cómo he sabido amarte;
          Y alguien, tal vez, te buscará en mi arte,
          Y al no hallarte en mi arte, te buscará en mi vida.

          Pero tú no estarás en las mujeres
          Que alegraron un día mi tristeza de hombre:
          Como oculté mi amor sabré ocultar tu nombre,
          Y al decir que te amo, nunca diré quién eres.

          Y dirán que era falsa mi pasión verdadera,
          Que fue sólo un ensueño la mujer que amé tanto;
          O dirán que era otra la que canté en mi canto,
          Otra, que nunca amé ni conocí siquiera.

          Y así será mi gloria lo que fue mi castigo,
          Porque, como un verdor en el desierto,
          Tu amor me hará vivir después que yo haya muerto,
          Pero cuando yo muera, ¡tú morirás conmigo!

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        El pequeño dolor

          Mi dolor es pequeño,
          Pero aún así bendigo este dolor,
          Que es como no soñar después de un sueño,
          O es como abrir un libro y encontrar una flor.

          Déjame que bendiga
          Mi pequeño dolor,
          Que no sabe crecer como la espiga,
          Porque la espiga crece sin amor.

          Y déjame cuidar como una rosa
          Este dolor que nace porque sí,
          Este dolor pequeño, que es la única cosa
          Que me queda de ti.

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        Poema crepuscular

          En el recogimiento de la tarde que muere,
          Entre las imprecisas brumas crepusculares,
          Cada jirón de sombra cobra vida, y sugiere
          Vaporosas siluetas familiares.
          En la brisa que pasa, parece que suspira
          La virgen de ojos claros que aún sueña en mi regreso;
          El rumor de las frondas abre el ala de un beso,
          Y desde aquella estrella, alguien me mira.

          Allá, entre la alameda, se perfila la sombra
          Grácil de la mujer que amé más en la vida,
          Y en la voz de la fuente vibra una voz querida,
          Que en su canción de oro y cristal me nombra.

          Todo canta, a esa hora, la canción olvidada;
          Todo sueña el ensueño que quedó trunco un día,
          Y verdece de nuevo la ilusión agostada,
          Ebria de fe, de ardor y de armonía.

          Y entre la sutil bruma de prestigios de incienso
          Que exalta mis recuerdos y mi melancolía,
          En la paz de este parque abandonado, pienso
          En la mujer que nunca será mía.

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        Poema de la culpa

          Yo la amé, y era de otro, que también la quería.
          Perdónala, Señor, porque la culpa es mía.
          Después de haber besado sus cabellos de trigo,
          Nada importa la culpa, pues no importa el castigo.

          Fue un pecado quererla, Señor, y, sin embargo
          Mis labios están dulces por ese amor amargo.
          Ella fue como un agua callada que corría
          Si es culpa tener sed, toda la culpa es mía.

          Perdónala, Señor, tú que le diste a ella
          Su frescura de lluvia y esplendor de estrella.
          Su alma era transparente como un vaso vacío:
          Yo lo llené de amor. Todo el pecado es mío.

          Pero, ¿cómo no amarla, si tú hiciste que fuera
          Turbadora y fragante como la primavera?
          ¿Cómo no haberla amado, si era como el rocío
          Sobre la yerba seca y ávida del estío?

          Trataré de rechazarla, Señor, inútilmente,
          Como un surco que intenta rechazar el simiente.
          Era de otro. Era de otro que no la merecía,
          Y por eso, en sus brazos, seguía siendo mía.

          Era de otro, Señor, pero hay cosas sin dueño:
          Las rosas y los ríos, y el amor y el ensueño.
          Y ella me dio su amor como se da una rosa
          Como quien lo da todo, dando tan poca cosa.

          Una embriaguez extraña nos venció poco a poco:
          Ella no fue culpable, Señor, ¡ni yo tampoco!
          La culpa es toda tuya, porque la hiciste bella
          Y me diste los ojos para mirarla a ella.

          Sí. Nuestra culpa es tuya, si es una culpa amar
          Y si es culpa de un río cuando corre hacia el mar.
          Es tan bella, Señor, y es tan suave, y tan clara,
          Que sería pecado mayor si no la amara.

          Y por eso, perdóname, Señor, porque es tan bella,
          Que tú, que hiciste el agua, y la flor, y la estrella,
          Tú, que oyes el lamento de este dolor sin nombre,
          Tú también la amarías, ¡si pudieras ser hombre!

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        Poema de la despedida

          Te digo adiós si acaso te quiero todavía
          Quizás no he de olvidarte. Pero te digo adiós.
          No sé si me quisiste. No sé si te quería
          O tal vez nos quisimos demasiado los dos.

          Este cariño triste y apasionado y loco
          Me lo sembré en el alma para quererte a ti.
          No sé si te amé mucho. No sé si te amé poco,
          Pero sí sé que nunca volveré a amar así.

          Me queda tu sonrisa dormida en mi recuerdo
          Y el corazón me dice que no te olvidaré.
          Pero al quedarme solo sabiendo que te pierdo,
          Tal vez empiezo a amarte como jamás te amé.

          Te digo adiós y acaso con esta despedida
          Mi más hermoso sueño muere dentro de mí.
          Pero te digo adiós para toda la vida,
          Aunque toda la vida siga pensando en ti.

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        Poema de la espera

          Yo sé que tú eres de otro y a pesar de eso espero.
          Y espero sonriente porque yo sé que un día
          Como en amor el último vale más que el primero
          Tú tendrás que ser mía.

          Yo sé que tú eres de otro pero eso no me importa.
          Porque nada es de nadie si hay alguien que lo ansía.
          Y mi amor es tan largo y la vida es tan corta
          Que tendrás que ser mía.

          Yo sé que tú eres de otro.
          Pero la sed se sacia solamente en el fondo de la copa vacía.
          Y como la paciencia puede más que la audacia
          Tú tendrás que ser mía.

          Por eso en lo profundo de mis sueños despiertos
          Yo seguiré esperando porque sé que algún día
          Buscarás el refugio de mis brazos abiertos
          Y tendrás que ser mía.

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        Poema de las cosas

          Quizás estando sola, de noche, en tu aposento
          Oirás que alguien te llama sin que tú sepas quién
          Y aprenderás entonces, que hay cosas como el viento
          Que existen ciertamente, pero que no se ven
          Y también es posible que una tarde de hastío
          Como florece un surco, te renazca un afán
          Y aprenderás entonces que hay cosas como el río
          Que se están yendo siempre, pero que no se van.

          O al cruzar una calle, tu corazón risueño
          Recordará una pena que no tuviste ayer
          Y aprenderás entonces que hay cosas como el sueño,
          Cosas que nunca han sido, pero que pueden ser.

          Por más que tú prefieras ignorar estas cosas
          Sabrás por qué suspiras oyendo una canción
          Y aprenderás entonces que hay cosas como rosas,
          Cosas que son hermosas sin saber que lo son.

          Y una tarde cualquiera sentirás que te has ido
          Y un soplo de ceniza regará tu jardín
          Y aprenderás entonces que el tiempo y el olvido
          Son las únicas cosas que nunca tienen fin.

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        Poema de una calle

          Amo esta calle, y amo sus tristes casas
          En las que se entristecen cumpleaños y bodas,
          Porque esta calle triste se alegra cuando pasas
          Tú, mujer preferida entre todas.

          Amo esta calle acaso porque en ella subsiste
          No sé qué somnolencia de arrabal provinciano.
          Pero a veces la odio, porque aunque siempre es triste
          Me parece más triste cuando te espero en vano.

          Y yo bien sé que esta calle nunca podrá ser bella
          Con sus fachadas sucias y sus portales viejos.
          Pero sé que es distinta cuando pasas por ella
          Y te miro pasar desde lejos.

          Por eso amo esta calle de soledad y hastío
          Que ensancha sus aceras para alejar las casas.
          Mientras te espera en vano mi corazón vacío,
          ¡Que es una calle triste por donde nunca pasas!

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        Poema del amor ajeno

          Puedes irte y no importa, pues te quedas conmigo
          Como queda un perfume donde había una flor.
          Tú sabes que te quiero, pero no te lo digo;
          Y yo sé que eres mía, sin ser mío tu amor.
          La vida nos acerca y a la vez nos separa,
          Como el día y la noche en el amanecer
          Mi corazón sediento ansía tu agua clara,
          Pero es un agua ajena que no debo beber.

          Por eso puedes irte, porque aunque no te sigo,
          Nunca te vas del todo, como una cicatriz;
          Y mi alma es como un surco cuando se corta el trigo,
          Pues al perder la espiga retiene la raíz.

          Tu amor es como un río, que parece más hondo,
          Inexplicablemente, cuando el agua se va.
          Y yo estoy en la orilla, pero mirando al fondo,
          Pues tu amor y la muerte tienen un más allá.

          Para un deseo así, toda la vida es poca;
          Toda la vida es poca para un ensueño así
          Pensando en ti, esta noche, yo besaré otra boca;
          Y tú estarás con otro, ¡pero pensando en mí!

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        Poesía del amor imposible

          Esta noche pasaste por mi camino
          Y me tembló en el alma no sé qué afán
          Pero yo estoy consciente de mi destino
          Que es mirarte de lejos y nada más.

          No, tú nunca dijiste que hay primavera
          En las rosas ocultas de tu rosal.
          Ni yo debo mirarte de otra manera
          Que mirarte de lejos y nada más.

          Y así pasas a veces tranquila y bella,
          Así como esta noche te vi pasar.
          Mas yo debo mirarte como una estrella
          Que se mira de lejos y nada más.

          Y así pasan las rosas de cada día
          Dejando las raíces que no se van.
          Y yo con mi secreta melancolía
          De mirarte de lejos y nada más.

          Y así seguirás siempre, siempre prohibida,
          Más allá de la muerte si hay mas allá.
          Porque en esa vida, si hay otra vida,
          Te miraré de lejos y nada más.

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        Poema del amor pequeño

          Fue breve aquella noche. Fue breve, pero bella.
          Poca cosa es el tiempo, que es también poca cosa,
          Porque nadie ha sabido lo que dura una estrella
          Aunque todos sepamos lo que dura una cosa.
          Nuestro amor de una noche fue un gran amor pequeño
          Que rodó por la sombra como un dado sin suerte,
          Pero nadie ha sabido lo que dura un ensueño
          Aunque todos sepamos lo que dura la muerte.

          Una noche es eterna para el que no la olvida,
          Y el tiempo nada importa para el sueño y la flor,
          Y, como nadie sabe lo que dura la vida,
          Nadie sabe tampoco lo que dura el amor.

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        Poema del crepúsculo

          Hora de soledad y de melancolía,
          En que casi es de noche y casi no es de día.
          Hora para que vuelva todo lo que se fue
          Hora para estar triste, sin preguntar por qué.
          Todo empieza a morir cuando nace el olvido.
          Y es tan dulce buscar lo que no se ha perdido
          Y es tan agria esta angustia terriblemente cierta
          De un gran amor dormido que de pronto despierta.

          Viendo pasar las nubes se comprende mejor
          Que así como ellas cambian, va cambiando el amor,
          Y aunque decimos: ¡Todo se olvida, todo pasa!
          En las cenizas, a veces nos sorprende una brasa.

          Porque es triste creer que se secó una fuente,
          Y que otro beba el agua que brota nuevamente:
          O una estrella apagada que vuelve a ser estrella,
          Y ver que hay otros ojos que están fijos en ella.
          Decimos: ¡Todo pasa, porque todo se olvida!
          Y el recuerdo entristece lo mejor de la vida.

          Apenas ha durado para amarte y perderte
          Este amor que debía durar hasta la muerte.
          Fugaz como el contorno de una nube remota,
          Tu amor nace en la espiga muriendo en la gaviota.
          Tu amor, cuando era mío, no me pertenecía.
          Hoy, aunque vas con otro, quizás eres más mía.

          Tu amor es como el viento que cruza de repente:
          Ni se ve, ni se toca, pero existe y se siente.
          Tu amor es como un árbol que renunció a su altura,
          Pero cuyas raíces abarcan la llanura.
          Tu amor me negó siempre lo poco que pedí,
          Y hoy me da esta alegría de estar triste por ti.
          Y, aunque creí olvidarte, pienso en ti todavía,
          Cuando, aún sin ser de noche, dejó de ser de día.

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        Poema del desencanto

          Y comenzaremos juntos un viaje hacia la aurora.
          Como dos fugitivos de la misma condena.
          Lo que ignoraba antes no he de callarlo ahora;
          No valías la pena.

          Ya llegaba el otoño y ardía el mediodía.
          Sentí sed. Vi tu copa. Pensé que estaba llena,
          Pero acerqué mis labios y la encontré vacía.
          No valías la pena.

          Te di a guardar un sueño pero tú lo perdiste,
          O acaso abrí mis surcos en la llanura ajena.
          Es triste pero es cierto. Por ser cierto es tan triste.
          No valías la pena.

          Fuiste el amor furtivo que va de lecho en lecho,
          Y el eslabón amable que es más que una cadena.
          Pero hoy puedo decirte, sin rencor ni despecho:
          No valías la pena.

          Me alegré con tu sonrisa; me apené por tu llanto,
          Sin pensar que eras mala, sin creer que eras buena.
          Te canté en mis canciones y a pesar de mi canto
          No valías la pena.

          Me queda el desencanto del que enturbió una fuente,
          O acaso el desaliento del que sembró en la arena.
          Pero yo no te culpo. Te digo simplemente:
          No valías la pena.

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        Poema del domingo triste

          Este domingo triste pienso en ti dulcemente
          Y mi vieja mentira de olvido ya no miente.
          La soledad a veces es peor castigo,
          Ah, ¡pero qué alegre todo si estuvieras conmigo!
          Entonces no querría mirar las nubes grises
          Formando extraños mapas de imposibles países
          Y el monótono ruido del agua no sería
          El motivo secreto de mi melancolía.

          Este domingo triste nace de algo que es mío,
          Que quizás es tu ausencia y quizás es mi hastío,
          Mientras corren las aguas por la calle en declive
          Y el corazón se muere de un ensueño que vive.

          La tarde pide un poco de sol, como un mendigo,
          Y acaso hubiera sol si estuvieras conmigo,
          Y tendría la tarde, fragantemente muda,
          El ingenuo impudor de una niña desnuda.

          Si estuvieras conmigo, amor que no volviste.
          Oh, ¡qué alegre me sería este domingo triste!

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        Poema del fracaso

          Mi corazón, un día, tuvo un ansia suprema,
          Que aún hoy lo embriaga cual lo embriagara ayer;
          Quería aprisionar un alma en un poema,
          Y que viviera siempre. Pero no pudo ser.

          Mi corazón, un día, silenció su latido,
          Y en plena lozanía se sintió envejecer;
          Quiso amar un recuerdo más fuerte que el olvido
          Y morir recordando. Pero no pudo ser.

          Mi corazón, un día, soñó un sueño sonoro,
          En un fugaz anhelo de gloria y de poder;
          Subió la escalinata de un palacio de oro
          Y quiso abrir las puertas. Pero no pudo ser.

          Mi corazón, un día, se convirtió en hoguera,
          Por vivir plenamente la fiebre del placer;
          Ansiaba el goce nuevo de una emoción cualquiera,
          Un goce para él solo. Pero no pudo ser.

          Y hoy llegas tú a mi vida, con tu sonrisa clara,
          Con tu sonrisa clara que es un amanecer;
          Y ante el sueño más dulce que nunca antes soñara,
          Quiero vivir mi sueño. Pero no puede ser.

          Y he de decirte adiós para siempre, querida,
          Sabiendo que te alejas para nunca volver,
          Quisiera retenerte para toda la vida
          ¡Pero no puede ser! ¡Pero no puede ser!

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        Poema del olvido

          Viendo pasar las nubes fue pasando la vida,
          Y tú, como una nube, pasaste por mi hastío.
          Y se unieron entonces tu corazón y el mío,
          Como se van uniendo los bordes de una herida.

          Los últimos ensueños y las primeras canas
          Entristecen de sombra todas las cosas bellas;
          Y hoy tu vida y mi vida son como las estrellas,
          Pues pueden verse juntas, estando tan lejanas.

          Yo bien sé que el olvido, como una agua maldita,
          Nos da una sed más honda que la sed que nos quita,
          Pero estoy tan seguro de poder olvidar.

          Y miraré las nubes sin pensar que te quiero,
          Con el hábito sordo de un viejo marinero
          Que aún siente, en tierra firme, la ondulación del mar.

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        Poema del poema

          La desolada estrofa, como si fuera un ala,
          Voló sobre el silencio. Y tú estabas allí:
          Allí en el más oscuro rincón de aquella sala,
          Estabas tú, escuchando mis versos para ti.

          Y tú, la inaccesible mujer de ese poema
          Que ofrece su perfume pero oculta su flor,
          Quizás supiste entonces la amargura suprema
          De quien ama la vida porque muere de amor.

          Y tú, que nada sabes, que tal vez ni recuerdes
          Aquellos versos tristes y amargos como el mar,
          Cerraste en un suspiro tus grandes ojos verdes,
          Los grandes ojos verdes que nunca he de olvidar.

          Después, se irguió tu cuerpo como una primavera,
          Mujer hoy y mañana distante como ayer
          Vi que te alejabas sin sospechar siquiera
          ¡Que yo soy aquel hombre y tú aquella mujer!

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        Poema del regreso

          Vengo del fondo oscuro de una noche implacable,
          Y contemplo los astros con un gesto de asombro.
          Al llegar a tu puerta me confieso culpable,
          Y una paloma blanca se me posa en el hombro.

          Mi corazón humilde se detiene en tu puerta
          Con la mano extendida como un viejo mendigo;
          Y tu perro me ladra de alegría en la huerta,
          Porque, a pesar de todo, sigue siendo mi amigo.

          Al fin creció el rosal aquel que no crecía
          Y ahora ofrece sus rosas tras la verja de hierro:
          Yo también he cambiado mucho desde aquel día,
          Pues no tienen estrellas las noches del destierro.

          Quizás tu alma está abierta tras la puerta cerrada;
          Pero al abrir tu puerta, como se abre a un mendigo,
          Mírame dulcemente, sin preguntarme nada,
          Y sabrás que no he vuelto, ¡porque estaba contigo!

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        Poema del renunciamiento

          Pasarás por mi vida sin saber que pasaste.
          Pasarás en silencio por mi amor, y al pasar,
          Fingiré una sonrisa, como un dulce contraste
          Del dolor de quererte y jamás lo sabrás.

          Soñaré con el nácar virginal de tu frente;
          Soñaré con tus ojos de esmeraldas de mar;
          Soñaré con tus labios desesperadamente;
          Soñaré con tus besos y jamás lo sabrás.

          Quizás pases con otro que te diga al oído
          Esas frases que nadie como yo te dirá;
          Y, ahogando para siempre mi amor inadvertido,
          Te amaré más que nunca y jamás lo sabrás.

          Yo te amaré en silencio, como algo inaccesible,
          Como un sueño que nunca lograré realizar;
          Y el lejano perfume de mi amor imposible
          Rozará tus cabellos y jamás lo sabrás.

          Y si un día una lágrima denuncia mi tormento,
          El tormento infinito que te debo ocultar
          Te diré sonriente: "No es nada, ha sido el viento".
          Me enjugaré la lágrima, ¡y jamás lo sabrás!

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        Poema del secreto

          Puedo tocar tu mano sin que tiemble la mía,
          Y no volver el rostro para verte pasar.
          Puedo apretar mis labios un día y otro día...
          Y no puedo olvidar.

          Puedo mirar tus ojos y hablar frívolamente,
          Casi aburridamente, sobre un tema vulgar,
          Puedo decir tu nombre con voz indiferente...
          Y no puedo olvidar.

          Puedo estar a tu lado como si no estuviera,
          Y encontrarte cien veces, así como al azar...
          Puedo verte con otro, sin suspirar siquiera,
          Y no puedo olvidar.

          Ya ves: tú no sospechas este secreto amargo,
          Más amargo y profundo que el secreto del mar...
          Porque puedo dejarte de amar, y sin embargo...
          ¡No te puedo olvidar!

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        Recapitulación

          Yo he vivido mi vida: si fue larga o fue corta,
          Si fue alegre o fue triste, ya casi no me importa.
          Y aquí estoy, esperando. No sé bien lo que espero,
          Si el amor o la muerte, lo que pase primero.

          Algo tuve algún día; lo perdí de algún modo,
          Y me dará lo mismo cuando lo pierda todo.
          Pero no me lamento de mi mala fortuna,
          Pues me queda un palacio de cristal en la luna,
          Y por andar errante, por vivir el momento,
          Son tan buenos amigos mi corazón y el viento.

          Por eso y otras me deja indiferente,
          Aquí, allá y dondequiera, lo que diga la gente.
          ¿Trampas? Pues sí, hice algunas;
          Pero, mal jugador, yo perdí más que nadie
          Con mis trampas de amor.

          ¿Pecados? Sí, aunque leves, de esos que Dios perdona,
          Porque, a pesar de todo, Dios no es mala persona.
          ¿Mentiras? Dije muchas, y de bello artificio,
          Pero que en un poeta son cosas del oficio.
          Y en los casos dudosos, si hice bien o mal,
          Ya arreglaremos cuentas en el Juicio Final.

          Eso es todo. He vivido.
          La vida que me queda puede tener dos caras,
          Igual que una moneda: una que es de oro puro
          La cara del pasado y otra la del presente
          Que es de plomo dorado.

          Por lo demás, ya es tarde; pero no tengo prisa,
          Y esperaré la muerte con mi mejor sonrisa,
          Y seguiré viviendo de la misma manera,
          Que es vivir cada instante como una vida entera,
          Mientras siguen andando, de un modo parecido,
          Los hombres con el tiempo y el tiempo hacia el olvido.

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        Se deja de querer

          Se deja de querer, y no se sabe
          Por qué se deja de querer:
          Es como abrir la mano y encontrarla vacía,
          Y no saber, de pronto, qué cosa se nos fue.

          Se deja de querer, y es como un río
          Cuya corriente fresca ya no calma la sed;
          Como andar en otoño sobre las hojas secas,
          Y pisar la hoja verde que no debió caer.

          Se deja de querer, y es como el ciego
          Que aún dice adiós llorando después que pasó el tren;
          O como quien despierta recordando un camino,
          Pero ya sólo sabe que regresó por él.

          Se deja de querer, como quien deja
          De andar por una calle, sin razón, sin saber;
          Y es hallar un diamante brillando en el rocío,
          Y que, ya al recogerlo, se evapore también.

          Se deja de querer, y es como un viaje
          Detenido en la sombra, sin seguir ni volver;
          Y es cortar una rosa para adornar la mesa
          Y que el viento deshoje la rosa en el mantel.

          Se deja de querer, y es como un niño
          Que ve cómo naufragan sus barcos de papel;
          O escribir en la arena la flecha de mañana
          Y que el mar se la lleve con el nombre de ayer.

          Se deja de querer, y es como un libro
          Que, aun abierto hoja a hoja, quedó a medio leer;
          Y es como la sortija que se quitó del dedo,
          Y sólo así supimos que se marcó en la piel.

          Se deja de querer, y no se sabe
          Por qué se deja de querer.

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        Sembrar

          Alza la mano y siembra, con un gesto impaciente,
          En el surco, en el viento, en la arena, en el mar
          Sembrar, sembrar, sembrar, infatigablemente:
          En mujer, surco o sueño, sembrar, sembrar, sembrar.

          Yérguete ante la vida con la fe de tu siembra;
          Siembra el amor y el odio, y sonríe al pasar
          La arena del desierto y el vientre de la hembra
          Bajo tu gesto próvido quieren fructificar.

          Desdichados de aquellos que la vida maldijo,
          Que no soñaron nunca ni supieron amar
          Hay que sembrar un árbol, una ansia, un sueño, un hijo.
          Porque la vida es eso: ¡Sembrar, sembrar, sembrar!

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        Soneto del ahorcado

          El beodo narraba dificultosamente
          Con hipos de agonía y vahos de aguardiente.
          Él, residuo de hombre, sin vigor ni decoro,
          Era el único dueño de un singular tesoro.
          Y vi en su mano torpe, tal como una serpiente
          De escamas de oro puro, la trenza reluciente:
          Su tesoro romántico, su reliquia aunque ignoro
          De quién era la trenza de cabellos de oro.

          Y una noche de lluvia se colgó de una rama,
          Y un rechinar de dientes epilogó su drama
          De recorrer a tientas las brumas del alcohol.

          Y allí lo vimos todos, al inflamarse el día,
          Y en su cárdeno cuello la trenza relucía
          Cual si se hubiese ahorcado con un rayo de sol.

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        Te acordarás un día

          Te acordarás un día de aquel amante extraño
          Que te besó en la frente para no hacerte daño.
          Aquel que iba en la sombra con la mano vacía
          Porque te quiso tanto que no te lo decía.
          Aquel amante loco que era como un amigo,
          Y que se fue con otra para soñar contigo.

          Te acordarás un día de aquel extraño amante.
          Profesor de horas lentas con alma de estudiante.
          Aquel hombre lejano que volvió del olvido
          Sólo para quererte como a nadie ha querido.

          Aquel que fue ceniza de todas las hogueras
          Y te cubrió de rosas sin que tú lo supieras.

          Te acordarás un día del hombre indiferente
          Que en las tardes de lluvia te besaba en la frente.
          Viajero silencioso de las noches de estío
          Que miraba tus ojos como quien mira un río.

          Te acordarás un día de aquel hombre lejano
          Del que más te ha querido porque te quiso en vano.

          Quizás así de pronto te acordarás un día
          De aquel hombre que a veces callaba y sonreía.
          Tu rosal preferido se secará en el huerto
          Como para decirte que aquel hombre se ha muerto.

          Y él andará en la sombra con su sonrisa triste.
          Y únicamente entonces sabrás que lo quisiste.

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        Te contaré la historia

          Te contaré la historia del bergantín sombrío
          Que echó un día las anclas en la quietud de un puerto,
          Para ser en la turbia resaca del hastío,
          El ataúd flotante de su pasado muerto.
          Allí evocaba el luto de la insignia pirata
          Y las tripulaciones con su bárbaro coro,
          En las fosforescencias de las noches de plata
          Y en el deslumbramiento de las tardes de oro.

          Allí, en largos letargos bajo las nubes lentas,
          Entre un enloquecido revuelo de gaviotas,
          Adoraban el soplo brutal de las tormentas,
          En sus podridos pliegues, las pobres velas rotas.

          Abajo, en la sentina, mortecinos fanales,
          Moscas y telarañas y barriles flotando,
          Arriba en la cubierta, náufragos espectrales
          Agitando los puños hacia el puente de mando.

          Ah, las islas del trópico, los dulces archipiélagos
          Para siempre en los mapas de la mala fortuna,
          Y un buque torvamente rondando los murciélagos
          Mientras las mariposas vuelan hacia la luna.

          Viejo barco que supo que el confín no es redondo
          En las noches siniestras y en las albas felices,
          Con las anclas hundidas más y más en el fondo
          Como si de las anclas le nacieran raíces.

          Mástiles carcomidos donde las golondrinas
          Reposan el otoño, como un último ultraje;
          Timón con verdes costras de lepras submarinas
          Y brújula sin norte para morir un viaje.

          Vientos del sur, o lluvias o locas primaveras,
          Qué poco importa todo para los barcos viejos;
          Pero un escalofrío crujía en sus maderas
          Al zarpar otras naves y al perderse a lo lejos.

          Allí, escuchando el himno de las resacas gordas,
          Vaivén de espumas negras que nunca finaliza,
          Se hubiera dicho un barco cargado hasta las bordas
          Con un gran contrabando funeral de ceniza.

          Y allí estaba, en el puerto, con su largo letargo,
          De proa hacia el olvido, muriendo hacia el poniente.
          Y, sin embargo un día, ah un día, sin embargo,
          Soplo un viento de rosas, maravillosamente.

          Era el sagrado soplo del amor que transfigura
          Los seres y las cosas en el tiempo sin fin
          Y le dio un casco nuevo con nueva arboladura
          Y nueve velas blancas al viejo bergantín.

          Y así fue que en la gloria de una alegre mañana,
          Con la proa hacia el sueño y el timón al azar,
          Esta vez bajo el mando de gentil capitana,
          El bergantín sombrío se echó de nuevo al mar.

          Y así acaba este cuento que es más tuyo que mío,
          Tú, que escuchas mi cuento convertido en canción;
          Tú, gentil capitana del bergantín sombrío,
          Del bergantín sombrío que era mi corazón.

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        Tercer poema del río

          El agua del río pasaba indolente,
          Reflejando noches y arrastrando días
          Tú, desnuda en la fresca corriente,
          Reías.

          Yo te contemplaba desde la ribera,
          Tendido a la sombra de un árbol sonoro;
          Y resplandecía tu áurea cabellera,
          Desatada en el agua ligera,
          Como un remolino de espuma de oro.

          Y pasaban las nubes errantes,
          Mientras tú te erguías bajo el sol de estío,
          Con los blancos hombros llenos de diamantes,
          En la rumorosa caricia del río.

          Y tú te reías
          Y mirando mis manos vacías,
          Pensé en tantas cosas que ya fueron mías,
          Y que se me han ido, como tú te irás.

          Y tendí mis brazos hacia la corriente,
          Hacia la corriente cantarina y clara,
          Porque tuve miedo, repentinamente,
          De que el agua feliz te arrastrara.

          Y ya no reías
          Bajo el sol de estío,
          Ni resplandecías de oro y de rocío.
          Y saliste corriendo del río,
          Y llenaste mis manos vacías.

          Y al sentir tu cuerpo tan cerca y tan mío,
          Al vivir en tu amor un instante
          Más allá del placer y del hastío,
          Vi pasar la sombra de una nube errante,
          De una nube fugaz sobre el río.

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        Ya era muy viejecita

          Ya era muy viejecita. Y un año y otro año
          Se fue quedando sola con su tiempo sin fin.
          Sola con su sonrisa de que nada hace daño,
          Sola como una hermana mayor en su jardín.
          Se fue quedando sola con los brazos abiertos,
          Que es como crucifican los hijos que se van,
          Con su suave manera de cruzar los cubiertos,
          Y aquel olor a limpio de sus batas de holán.

          Déjenme recordarla con su vals en el piano,
          Como yéndose un poco con lo que se le fue;
          Y con qué pesadumbre se mira la mano
          Cuando le tintineaba su taza de café.

          Se fue quedando sola sola sola en su mesa,
          En su casita blanca y en su lento sillón;
          Y si alguien no conoce qué soledad es esa,
          No sabe cuánta muerte cabe en un corazón.

          Y diré que en la tarde de aquel viernes con rosas,
          En aquel "hasta pronto" que fue un adiós final,
          Aprendí que unas manos pueden ser mariposas,
          Dos mariposas tristes volando en su portal.

          Sé que murió de noche. No quiero saber cuándo.
          Nadie estaba con ella, nadie, cuando murió:
          Ni su hijo Guillermo, ni su hijo Fernando,
          Ni el otro, el vagabundo sin patria, que soy yo.

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        Ya todos la olvidaron

          Ya todos la olvidaron. Ahora sí que se ha ido,
          Pero, sobre las rosas de la tumba reciente,
          Florecía el recuerdo más allá del olvido
          Yo era el hosco, el ausente.
          Qué le importa a la noche que se apague una estrella,
          Si el mar sigue cantando cuando pierde una ola.
          Ya están secos los ojos que lloraron por ella.
          Ya se ha quedado sola.

          Ahora ya sigue sola su viaje hacia el espanto,
          Por las noches profundas, bajo el cielo inclemente.
          Ya nadie me reprocha que no lloré aquel llanto,
          Que fui el hosco, el ausente.

          Ya nadie le disputa su silencio y su sombra,
          Sobre todo su sombra, bajo la luz del día.
          Ya todos la olvidaron, Señor. Nadie la nombra.
          Yo la recuerdo todavía.

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