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    Información biográfica

  1. A orillas del East River
  2. Acelerando
  3. Alegría
  4. Alegría interior
  5. Alma dormida
  6. Amanecer
  7. Apagamos las manos
  8. Aquel que ha sentido
  9. Así era
  10. Alucinación
  11. Cae el sol
  12. Con las piedras, con el viento
  13. Corazón que te hieren
  14. Cumbre
  15. Desaliento
  16. Despedida del mar
  17. Destino alegre
  18. El buen momento
  19. El enemigo
  20. El héroe
  21. El niño de la jaula vacía
  22. El rey Lear
  23. Hablaban con bocas de sombra
  24. Interior
  25. La mano es la que recuerda
  26. La rosa
  27. La sombra
  28. Las nubes
  29. Llegada al mar
  30. Luz de tarde
  31. Madrigal
  32. Marina impasible
  33. Marzo
  34. Noche
  35. Otoño
  36. Para un esteta
  37. Paseo
  38. Pensamiento de amor
  39. Plaza sola
  40. Por qué te olvidas
  41. Presto
  42. Qué sosiego volver
  43. Quisiera esta tarde no odiar
  44. Razones
  45. Recuerdo del mar
  46. Remordimiento
  47. Renunciación
  48. Respuesta
  49. Segundo amor I
  50. Segundo amor II
  51. Serenidad
  52. Si soñaras siempre
  53. Sólo materia de sombras
  54. Soneto
  55. Teoría
  56. Vida


      Información biográfica

        Nombre: José Hierro del Real
        Lugar y fecha nacimiento: Madrid (España), 3 de abril de 1922
        Lugar y fecha defunción: Madrid (España), 21 de diciembre de 2002 (80 años)

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        A orillas del East River

          I

          En esta encrucijada,
          Flagelada por vientos de dos ríos
          Que despeinan la calle y la avenida,
          Pisoteada su negrura por gaviotas de luz,
          Descienden las palabras a mi mano,
          Picotean los granos de rocío,
          Buscan entre mis dedos las migajas de lágrimas.
          Siempre aspiré a que mis palabras,
          Las que llevo al papel,
          Continuasen llorando
          -De pena, de felicidad, de desesperanza,
          Al fin, todo es lo mismo-,
          Porque yo las había llorado antes;
          Antes de que desembocasen en el papel blanquísimo,
          En el papel deshabitado, que es el morir.
          Dejarían en él los ecos asordados, empañados,
          De lo que tuvo vida.
          Alguien advertiría la humedad de las lágrimas,
          Lloraría por seres que jamás conoció,
          Que acaso no es posible que existieran
          Aunque estuvieron vivos
          En el recuerdo o en la imaginación.
          Lloraríamos todos por los desconocidos,
          Los -para mí- difuminados
          En la magia del tiempo.
          Contra las estructuras
          De metal y de vidrio nocturno
          Rebotan las palabras aún sin forma,
          Consagradas en el torbellino helado,
          Y no me hacen llorar.
          Yo ya no sé llorar. ¡Y mira que he llorado!

          II

          Yo ya no lloro,
          Excepto por aquello que algún día
          Me hizo llorar:
          Los aviones que proclamaban
          Que todo había terminado;
          La estación amarilla diluida en la noche
          En la que coincidían, tan solo unos instantes,
          El tren que partía hacia el norte
          Y el que partía hacia el oeste
          Y jamás volverían a encontrarse;
          Y la voz de Juan Rulfo: "diles que no me maten";
          Y la malagueña canaria;
          Y la niña mendiga de Lisboa
          Que me pidió un "besiño".

          Yo ya no lloro.
          Ni siquiera cuando recuerdo
          Lo que aún me queda por llorar.

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        Acelerando

          Aquí, en este momento, termina todo,
          Se detiene la vida. Han florecido luces amarillas
          A nuestros pies, no sé si estrellas. Silenciosa
          Cae la lluvia sobre el amor, sobre el remordimiento.
          Nos besamos en carne viva. Bendita lluvia
          En la noche, jadeando en la hierba,
          Trayendo en hilos aroma de las nubes,
          Poniendo en nuestra carne su dentadura fresca.
          Y el mar sonaba. Tal vez fuera su espectro.
          Porque eran miles de kilómetros
          Los que nos separaban de las olas.
          Y lo peor: miles de días pasados y futuros nos separaban.
          Descendían en la sombra las escaleras.
          Dios sabe a dónde conducían. Qué más daba. "Ya es hora
          -Dije yo-, ya es hora de volver a tu casa".
          Ya es hora. En el portal, "Espera", me dijo. Regresó
          Vestida de otro modo, con flores en el pelo.
          Nos esperaban en la iglesia. "Mujer te doy". Bajamos
          Las gradas del altar. El armonio sonaba.
          Y un violín que rizaba su melodía empalagosa.
          Y el mar estaba allí. Olvidado y apetecido
          Tanto tiempo. Allí estaba. Azul y prodigioso.
          Y ella y yo solos, con harapos de sol y de humedad.
          "¿Dónde, dónde la noche aquella, la de ayer?", preguntábamos
          Al subir a la casa, abrir la puerta, oír al niño que salía
          Con su poco de sombra con estrellas,
          Su agua de luces navegantes,
          Sus cerezas de fuego. Y yo puse mis labios
          Una vez más en la mejilla de ella. Besé hondamente.
          Los gusanos labraron tercamente su piel. Al retirarme
          Lo vi. Qué importa, corazón. La música encendida,
          Y nosotros girando. No: inmóviles. El cáliz de una flor
          Gris que giraba en torno vertiginosa.
          Dónde la noche, dónde el mar azul, las hojas de la lluvia.
          Los niños -quiénes son, que hace un instante
          No estaban-, los niños aplaudieron, muertos de risa:
          "Qué ridículos, papá, mamá". "A la cama", les dije
          Con ira y pena. Silencio. Yo besé
          La frente de ella, los ojos con arrugas
          Cada vez más profundas. ¿Dónde la noche aquella,
          En qué lugar del universo se halla? "Has sido duro
          Con los niños". Abrí la habitación de los pequeños,
          Volaron pétalos de lluvia. Ellos estaban afeitándose.
          Ellas salían con sus trajes de novia. Se marcharon
          Los niños -¿por qué digo los niños?- con su amor,
          Con sus noches de estrellas, con sus mares azules,
          Con sus remordimientos, con sus cuchillos de buscar
          Bajo la carne. Dónde, dónde la noche aquella,
          Dónde el mar... Qué ridículo todo: este momento detenido,
          Este disco que gira y gira en el silencio,
          Consumida su música.

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        Alegría

          Llegué al dolor por la alegría.
          Supe por el dolor que el alma existe.
          Por el dolor, allá en mi reino triste,
          Un misterioso Sol amanecía.

          Era alegría la mañana fría
          Y el viento loco y cálido que embiste.
          (Alma que verdes primaveras viste
          Maravillosamente se rompía).

          Así la siento más. Al cielo apunto
          Y me responde cuando le pregunto
          Con dolor tras dolor para mi herida.

          Y mientras se ilumina mi cabeza
          Ruego por el que he sido en la tristeza
          A las divinidades de la vida.

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        Alegría interior

          En mí la siento aunque se esconde. Moja
          Mis oscuros caminos interiores.
          Quién sabe cuántos mágicos rumores
          Sobre el sombrío corazón deshoja.

          A veces alza en mí su Luna roja
          O me reclina sobre extrañas flores.
          Dicen que ha muerto, que de sus verdores
          Árbol de mi vida se despoja.

          Sé que no ha muerto, porque vivo. Tomo,
          En el oculto reino en que se esconde,
          La espiga de su mano verdadera.

          Dirán que he muerto, y yo no muero. ¿Cómo
          Podría ser así, decidme, dónde
          Podría ella reinar si yo muriera?

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        Alma dormida

          Me tendí sobre la hierba entre los troncos
          Que hoja a hoja desnudaban su belleza.
          Dejé el alma que soñase:
          Volvería a despertar en primavera.

          Nuevamente nace el mundo, nuevamente
          Naces, alma (estabas muerta).
          Yo no sé lo que ha pasado en este tiempo:
          Tú dormías, esperando ser eterna.

          Y por mucho que te cante la alta música
          De las nubes, y por mucho que te quieran
          Explicar las criaturas por qué evocan
          Aquel tiempo negro y frío, aunque pretendas

          Hacer tuya tanta vida derramada
          (Era vida, y tú dormías), ya no llegas
          A alcanzar la plenitud de su alegría:
          Tú dormías cuando todo estaba en vela.

          Tierra nuestra, vida nuestra, tiempo nuestro...
          Ama mía, ¡quién te dijo que durmieras!

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        Amanecer

          Imagínate tú...
          Imagínatelo tú por un momento.
          R. A.

          La estrella aún flotaba en las aguas.
          Río abajo, a la noche del mar, la llevó la corriente.
          Y de pronto la mágica música errante en la sombra
          Se apagó, sin dolor, en el fresco silencio silvestre.

          Imagínate tú, piensa sólo un instante,
          Piensa sólo un instante que el alma comienza a caerse.
          (Las hojas, el canto del agua que sólo tú escuchas:
          Maravilloso silencio que pone en las tuyas su mano evidente).

          Piensa sólo un instante que has roto los diques y flotas sin
          Tiempo en la noche,
          Que eres carne de sombra, recuerdo de sombra; que sombra
          Tan solo te envuelve.
          Piensa conmigo "¡tan bello era todo, tan nuestro era todo, tan
          Vivo era todo,
          Antes que todo se desvaneciese!".

          Imagínate tú que hace siglos que has muerto.
          No te preguntan las cosas, si pasas, quién eres.
          Procura un instante pensar que tus brazos no pesan.
          Son nada más que dos cañas, dos gotas de lluvia, dos
          Humos calientes.

          (¡Tan bello era todo, tan nuestro era todo, tan vivo era todo!)
          Y cuando creas que todo ante ti perfecciona su muerte,
          Abre los ojos:

          El trágico hachero saltaba los montes,
          Llevaba una antorcha en la mano, incendiaba los bosques nacientes.
          El río volvía a mojar las orillas que dan a tu vida.
          El prodigio era tuyo y te hacías así vencedor de la muerte.

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        Apagamos las manos

          Apagamos las manos. Dejamos encima del mar marchitarse la Luna
          Y nos pusimos a andar por la tierra cumplida de sombra.
          Ahora ya es tarde. Las albas vendrán a ofrecernos sus húmedas flores.
          Ciegos iremos. Callados iremos, mirando algo nuestro que escapa
          Hacia su patria remota.
          (Nuestro espíritu debe de ser, que cabalga
          Sobre las olas).

          Ahora ya es tarde. Apagamos las manos felices
          Y nos ponemos a andar por la tierra cumplida de sombra.
          Hemos caído en un pozo que ahoga los sueños.
          Hemos sentido la boca glacial de la muerte tocar nuestra boca.

          Antes, entonces, con qué gozo ardiente,
          Con qué prodigioso encenderse de aurora
          Modelamos en nieblas efímeras, en pasto de brisas ligeras,
          Nuestra cálida hora.
          Y cómo apretamos las ubres calientes. Y cómo era hermoso
          Pensar que no había ni ayer, ni mañana, ni historia.

          Ahora ya es tarde; apagamos las manos felices
          Y nos ponemos a andar por la tierra cumplida de sombra.
          Cómo errar por los años, como astros gemelos, sin fuego,
          Como astros sin luz que se ignoran.
          Cómo andar, sin nostalgia, el camino, soñando dos sueños distintos
          Mientras en torno el amor se desploma.

          Ahora ya es tarde. Sabemos. Pensamos. (Buscábamos almas,
          Ahora sabemos que el alma no es piedra ni flor que se toca.
          Como astros gemelos y ajenos pasamos, sabiendo
          Que el alma se niega si el cuerpo se niega.
          Que nunca se logra si el cuerpo se logra.
          Dejamos encima del mar marchitarse la Luna.
          Cómo errar, por los años, sin gloria.
          Cómo aceptar que las almas son vagos ensueños
          Que en sueños tan solo se dan, y despiertos se borran.
          Qué consuelo ha de haber, si lograr una gota de un alma
          Es pretender apresar el latir de la tierra, desnuda y redonda.

          Estamos despiertos. Sabemos. Como astros soberbios, caídos,
          Sentimos la boca glacial de la muerte tocar nuestra boca.

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        Aquel que ha sentido

          Aquel que ha sentido una vez en sus manos temblar la alegría
          No podrá morir nunca.

          Yo lo veo muy claro en mi noche completa.
          Me costó muchos siglos de muerte poder comprenderlo,
          Muchos siglos de olvido y de sombra constante,
          Muchos siglos de darle mi cuerpo extinguido
          A la hierba que encima de mí balancea su fresca verdura.

          Ahora el aire, allá arriba, más alto que el suelo que pisan los vivos,
          Será azul. Temblará estremecido, rompiéndose,
          Desgarrado su vidrio oloroso por claras campanas,
          Por el curvo volar de los gorriones,
          Por las flores doradas y blancas de esencias frutales.
          (Yo una vez hice un ramo con ellas.
          Puede ser que después arrojara las flores al agua,
          Puede ser que le diera las flores a un niño pequeño,
          Que llenara de flores alguna cabeza que ya no recuerdo,
          Que a mi madre llevara las flores:
          Yo quería poner primavera en sus manos).

          ¡Será ya primavera allá arriba!
          Pero yo que he sentido una vez en mis manos temblar la alegría
          No podré morir nunca.
          Pero yo que he tocado una vez las agudas agujas del pino
          No podré morir nunca.
          Morirán los que nunca jamás sorprendieron
          Aquel vago pasar de la loca alegría.
          Pero yo que he tenido su tibia hermosura en mis manos
          No podré morir nunca.

          Aunque muera mi cuerpo, y no quede memoria de mí.

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        Así era

          Canta, me dices. Y yo canto.
          ¿Cómo callar? Mi boca es tuya.
          Rompo contento mis amarras,
          Dejo que el mundo se me funda.
          Sueña, me dices. Y yo sueño.
          ¡Ojalá no soñara nunca!
          No recordarte, no mirarte,
          No nadar por aguas profundas,
          No saltar los puentes del tiempo
          Hacia un pasado que me abruma,
          No desgarrar ya más mi carne
          Por los zarzales, en tu busca.

          Canta, me dices. Yo te canto
          A ti, dormida, fresca y única,
          Con tus ciudades en racimos,
          Como palomas sucias,
          Como gaviotas perezosas
          Que hacen sus nidos en la lluvia,
          Con nuestros cuerpos que a ti vuelven
          Como a una madre verde y húmeda.

          Eras de vientos y de otoños,
          Eras de agrio sabor a frutas,
          Eras de playas y de nieblas,
          De mar reposando en la bruma,
          De campos y albas ciudades,
          Con un gran corazón de música.

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        Alucinación

          Me acuerdo de los árboles de Dublín.
          (Imaginar y recordar
          Se superponen y confunden;
          Pueblan, entrelazados, un instante
          Vacío con idéntica emoción.
          Imaginar y recordar...)

          Me acuerdo de los árboles de Dublín...
          Alguien los vive y los recuerdo yo.
          De los árboles caen hojas doradas
          Sobre el asfalto de Madrid.
          Crujen bajo mis pies, sobre mis hombros,
          Acarician mis manos,
          Quisieran exprimirme el corazón.
          No sé si lo consiguen.

          Imaginar y recordar...
          Hay un momento que no es mío,
          No sé si en el pasado, en el futuro,
          Si en lo imposible. Y lo acaricio, lo hago
          Presente, ardiente, con la poesía.

          No sé si lo recuerdo o lo imagino.
          (Imaginar y recordar me llenan
          El instante vacío).
          Me asomo a la ventana.
          Fuera no es Dublín lo que veo,
          Sino Madrid. Y, dentro, un hombre
          Sin nostalgia, sin vino, sin acción,
          Golpeando la puerta.

          Es un espectro
          Que persigue a otro espectro del pasado:
          El espectro del viento, de la mar,
          Del fuego -ya sabéis de qué hablo-, espectro
          Que pueda hacer que cante, hacer que vibre
          Su corazón, para sentirse vivo.

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        Cae el Sol

          Perdóname. No volverá a ocurrir.
          Ahora quisiera
          Meditar, recogerme, olvidar: ser
          Hoja de olvido y soledad.
          Hubiera sido necesario el viento
          Que esparce las escamas del otoño
          Con rumor y color.
          Hubiera sido necesario el viento.
          Hablo con humildad,
          Con la desilusión, la gratitud
          De quien vivió de la limosna de la vida.
          Con la tristeza de quien busca
          Una pobre verdad en que apoyarse y descansar.
          La limosna fue hermosa -seres, sueños, sucesos, amor-,
          Don gratuito, porque nada merecí.

          ¡Y la verdad! ¡Y la verdad!
          Buscada a golpes, en los seres,
          Hiriéndolos e hiriéndome;
          Hurgada en las palabras;
          Cavada en lo profundo de los hechos
          -Mínimos, gigantescos, qué más da:
          Después de todo, nadie sabe
          Qué es lo pequeño y qué lo enorme;
          Grande puede llamarse a una cereza
          ("Hoy se caen solas las cerezas",
          Me dijeron un día, y yo sé por qué fue ),
          Pequeño puede ser un monte,
          El universo y el amor.

          Se me había olvidado algo
          Que había sucedido.
          Algo de lo que yo me arrepentía
          O, tal vez, me jactaba.
          Algo que debió ser de otra manera.
          Algo que era importante
          Porque pertenecía a mi vida: era mi vida.
          (Perdóname si considero importante mi vida:
          Es todo lo que tengo, lo que tuve;
          Hace ya mucho tiempo, yo la habría vivido
          A oscuras, sin lengua, sin oídos, sin manos,
          Colgado en el vacío,
          Sin esperanza).

          Pero se me ha borrado
          La historia (la nostalgia)
          Y no tengo proyectos
          Para mañana, ni siquiera creo
          Que exista ese mañana (la esperanza).
          Ando por el presente
          Y no vivo el presente
          (La plenitud en el dolor y la alegría).
          Parezco un desterrado
          Que ha olvidado hasta el nombre de su patria,
          Su situación precisa, los caminos
          Que conducen a ella.
          Perdóname que necesite
          Averiguar su sitio exacto.

          Y cuando sepa dónde la perdí,
          Quiero ofrecerte mi destierro, lo que vale
          Tanto como la vida para mí, que es su sentido.
          Y entonces, triste, pero firme,
          Perdóname, te ofreceré una vida
          Ya sin demonio ni alucinaciones.

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        Con las piedras, con el viento

          Con las piedras, con el viento
          Hablo de mi reino.

          Mi reino vivirá mientras
          Estén verdes mis recuerdos.
          Cómo se pueden venir
          Nuestras murallas al suelo.
          Cómo se puede no hablar
          De todo aquello.
          El viento no escucha. No
          Escuchan las piedras, pero
          Hay que hablar, comunicar,
          Con las piedras, con el viento.

          Hay que no sentirse solo.
          Compañía presta el eco.
          El atormentado grita
          Su amargura en el desierto.
          Hay que desendemoniarse,
          Liberarse de su peso.
          Quien no responde, parece
          Que nos entiende,
          Con las piedras, con el viento.

          Se exprime así el alma. Así
          Se libra de su veneno.
          Descansa, comunicando
          Con las piedras, con el viento.

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        Corazón que te hieren

          Corazón que te hieren
          Con una rama verde.

          Llegó a mi lado. Era
          El momento más fuerte
          Que el recuerdo. Es hoy todo
          Inolvidable. El verde
          De los álamos es
          Vida. Los cielos tienen
          Azul de amor sereno
          Que aún ignora la muerte.

          Llega a mi lado. Trae
          Una rama. (Parece
          La verde primavera
          Que entre sus manos duerme).
          Oh, qué felicidad.
          Las brisas, cómo mecen.
          Ella saca a las flores
          De su encanto silvestre.
          Ella toca de gracia
          El áspero presente.

          Llega a mi lado. Trae
          Una rama. (Se mueve
          Irreal: su elemento
          Es la música. Viene
          Quebrando los silencios
          Maravillosamente).

          Entre sus manos es
          La rama una serpiente
          De luz, un río frágil,
          Bandera transparente
          Que pone en este ensueño
          Su alegría evidente.
          (Por la rama comprendo
          Que estamos vivos. Este
          Instante no es un sueño
          Que pasa y no nos mueve)
          Es un látigo frágil,
          Una llama en que beben
          Nuestros ojos.

          ¿Por qué la ceñiste a mis sienes 40
          Como si fuera el único
          Dios a quien perteneces?
          ¡Por qué te he preguntado
          Si ceñiste otras sienes!

          Corazón, te han herido
          Con una rama verde.

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        Cumbre

          Firme, bajo mi pie, cierta y segura,
          De piedra y música te tengo;
          No como entonces, cuando a cada instante
          Te levantabas de mi sueño.

          Ahora puedo tocar tus lomas tiernas,
          El verde fresco de tus aguas.
          Ahora estamos, de nuevo, frente a frente
          Como dos viejos camaradas.

          Nueva canción con nuevos instrumentos.
          Cantas, me duermes y me acunas.
          Haces eternidad de mi pasado.
          Y luego el tiempo se desnuda.

          ¡Cantarte, abrir la cárcel donde espera
          Tanta pasión acumulada!
          Y ver perderse nuestra antigua imagen
          Arrebatada por el agua.

          Firme, bajo mi pie, cierta y segura,
          De piedra y música te tengo.
          Señor, Señor, Señor: todo lo mismo.
          Pero, ¿qué has hecho de mi tiempo?

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        Desaliento

          No tienes tú la culpa. Somos
          Los prisioneros de ayer.
          El pasado que no fue nuestro
          Lo quisiéramos poseer.
          Contemplar a la luz del día
          Toda su amarga desnudez.
          Pensar que ha sido de nosotros
          Lo que ya nunca podrá ser.

          No tienes tú la culpa. Vamos
          Ciegos. Vivimos sin saber.
          No tengo yo la culpa, pero
          Los dos debemos padecer.
          Purificar con la tristeza
          Lo que ya fue.

          Tiramos piedra contra el cielo
          Y nos caen piedras desde él.
          El mal que hicimos, no sabíamos
          En qué manos iba a caer.
          Pusimos hiel en nuestros surcos
          Y los frutos saben a hiel.

          El mal que más nos entristece
          Es el que no se quiso hacer.

          "No quiero que pienses", dices.
          Tú sabes que sólo en ello
          Puedo pensar. Pasarán
          Los días, las noches. Tiempos
          Vendrán sin nosotros. Soles
          Brillarán en cielos nuevos.
          Ecos de campana harán
          Más misterioso el silencio.
          ("No quiero que pienses").
          Yo seguiré pensando en ello.

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        Despedida del mar

          Por más que intente al despedirme
          Guardarte entero en mi recinto
          De soledad, por más que quiera
          Beber tus ojos infinitos,
          Tus largas tardes plateadas,
          Tu vasto gesto, gris y frío,
          Sé que al volver a tus orillas
          Nos sentiremos muy distintos.
          Nunca jamás volveré a verte
          Con estos ojos que hoy te miro.

          Este perfume de manzanas,
          ¿De dónde viene? ¡Oh sueño mío,
          Mar mío! ¡Fúndeme, despójame
          De mi carne, de mi vestido
          Mortal! ¡Olvídame en la arena,
          Y sea yo también un hijo
          Más, un caudal de agua serena
          Que vuelve a ti, a su salino
          Nacimiento, a vivir tu vida
          Como el más triste de los ríos!

          Ramos frescos de espuma... Barcas
          Soñolientas y vagas. Niños
          Rebañando la miel poniente
          Del sol. ¡Qué nuevo y fresco y limpio
          El mundo! Nace cada día
          Del mar, recorre los caminos
          Que rodean mi alma, y corre
          A esconderse bajo el sombrío,
          Lúgubre aceite de la noche;
          Vuelve a su origen y principio.

          ¡Y que ahora tenga que dejarte
          Para emprender otro camino!

          Por más que intente al despedirme
          Llevar tu imagen, mar, conmigo;
          Por más que quiera traspasarte,
          Fijarte, exacto, en mis sentidos;
          Por más que busque tus cadenas
          Para negarme a mi destino,
          Yo sé que pronto estará rota
          Tu malla gris de tenues hilos.
          Nunca jamás volveré a verte
          Con estos ojos que hoy te miro.

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        Destino alegre

          Nos han abandonado en medio del camino.
          Entre la luz íbamos ciegos.
          Somos aves de paso, nubes altas de estío,
          Vagabundos eternos.
          Mala gente que pasa cantando por los campos.
          Aunque el camino es áspero y son duros los tiempos,
          Cantamos con el alma. Y no hay un hombre solo
          Que comprenda la viva razón del canto nuestro.

          Vivimos y morimos muertes y vidas de otros.
          Sobre nuestras espaldas pesan mucho los muertos.
          Su hondo grito nos pide que muramos un poco,
          Como murieron todos ellos,
          Que vivamos deprisa, quemando locamente
          La vida que ellos no vivieron.
          Ríos furiosos, ríos turbios, ríos veloces,
          (Pero nadie nos mide lo hondo, sino lo estrecho)
          Mordemos las orillas, derribamos los puentes.
          Dicen que vamos ciegos.

          Pero vivimos. Llevan nuestras aguas la esencia
          De las muertes y vidas de vivos y de muertos.
          Ya veis si es bien alegre saber a ciencia cierta
          Que hemos nacido para eso.

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        El buen momento

          Aquel momento que flota
          Nos toca con su misterio.
          Tendremos siempre el presente
          Roto por aquel momento.

          Toca la vida sus palmas
          Y tañe sus instrumentos.
          Acaso encienda su música
          Sólo para que olvidemos.

          Pero hay cosas que no mueren
          Y otras que nunca vivieron.
          Y las hay que llenan todo
          Nuestro universo.

          Y no es posible librarse
          De su recuerdo.

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        El enemigo

          Nos mira. Nos está acechando. Dentro
          De ti, dentro de mí, nos mira. Clama
          Sin voz, a pleno corazón. Su llama
          Se ha encarnizado en nuestro oscuro centro.

          Vive en nosotros. Quiere herirnos. Entro
          Dentro de ti. Aúlla, ruge, brama.
          Huyo, y su negra sombra se derrama,
          Noche total que sale a nuestro encuentro.

          Y crece sin parar. Nos arrebata
          Como a escamas de octubre el viento. Mata
          Más que el olvido. Abrasa con carbones
          Inextinguibles. Deja devastados
          Días de sueños. Malaventurados
          Los que le abrimos nuestros corazones.

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        El héroe

          Oí latir el corazón del mar
          Unido al de otras músicas -el vals, la polka, el tango,
          El charlestón, el pasodoble, la rumba, el twist, el mádison-,
          Lo eterno y la que pasa, mano a mano.
          La vida. El mar, y las ciudades: hermosa Viena,
          Desasosegadora Nueva York,
          Pasando por París y por Madrid.
          Músicas muertas en los tocadiscos
          De los muchachos, como antaño en pianolas y organillos.

          Música viva, como un mar que transcurre para los soñadores
          -Bach, Schumann, Brahms o Debussy-;
          Señales de otras músicas futuras, de otras vidas,
          De otros tiempos -Boulez, Berio, Stockhausen, Luis de Pablo-,
          Viejos probablemente cuando leáis estas palabras
          Viejas también, que ahora arrojo al olvido.

          Entonces lo vi allí, al héroe, indiferente,
          Con su uniforme de guardarropía,
          Anacrónico. El pecho cubierto de medallas y de nobles cintajos,
          Maravillas de seda y cobre.
          Vi al héroe descansando sobre el banco de piedra.

          Los jóvenes que pasan, navegan por la música.
          Otros, ya con arrugas, oyen el canto de las olas.
          Yo solo, aquí, entre ellos, el más viejo de todos,
          Oigo música y mar al mismo tiempo. Es la armonía
          De quien nació y ha muerto muchas veces.
          No es frecuente que sea así, pero sucede, como ahora:
          De súbito se encienden mar y música;
          Estallan tiempo, espacio, fuera y dentro;
          Giran deslumbradores vida de ayer y sangre fresca:
          Es como un huracán irresistible.

          Es como un fuego. Yo iba andando
          Con la felicidad de adentro
          Y la felicidad de afuera,
          Suma de aquella humanidad entre la que pasaba.
          Y vi al hombre: "Qué harás aquí -le dije-,
          Descorazonadora criatura,
          Carcomiendo la plenitud. Qué se habrá muerto
          Dentro de ti".

          Y yo, que oía
          Todos los sones, sólo oí el silencio, su silencio,
          El silencio del héroe,
          Sordo al mar, a la música, a sus recuerdos y proyectos.

          Nueve décimas partes de su vida
          Debieron de pasar sin acercarse al mar,
          Sin sospechar siquiera qué paciencia salada,
          Qué artesanía de olas y de días
          Son necesarias para producirse
          El prodigio de un árbol de coral,
          La fantasía helicoidal de un caracol.
          Era un héroe deshabitado, sin corona de roble
          Que le ciña de días gloriosos.

          Despojad un instante a esta palabra
          -Héroe- de tantas adherencias literarias. Borrad
          Las iconografías consabidas:
          Grecia y piedra rosada, cara al mar,
          Héroes ecuestres del Renacimiento...
          Era otra cosa el hombre que yo vi.

          Nació en alguna aldea del interior de España
          La piel endurecida, impasibles los ojos
          Que nada vieron nunca si no fue la llanura
          Circundada de encinas donde nació y vivió.

          Donde vivió esperando
          Su tren de muerte, como yo ahora espero,
          Mientras nerviosamente escribo estos recuerdos,
          Al tren que ha de llegar a Medina de Campo
          Casi al amanecer. Estos sucesos
          Ocurrieron lejos de aquí, y en mí vivían
          Solicitando forma, para no ser pura nostalgia.
          Sólo esta noche pude hallarles la palabra.

          Allí vivió veinte años. Un día, le hizo hombre
          La guerra: le dio fe, lejanías y llamas.
          Llegó hasta el mar; el mar le hizo sentirse libre;
          Mojó en el mar su cuerpo,
          Conquistó tierras, hizo prisioneros,
          Bebió vino de muerte, sintió tristeza y sintió ira;
          Tal vez fuera marcado por la metralla. Estuvo vivo
          Como nunca lo estuvo ni volvería a estarlo.
          Dio razón y entusiasmo a su vida:
          Se la jugó con alegría a una carta tapada.
          Luego, volvió a su pueblo a ensartar días y cosechas,
          A dorar con melancolías
          Su estatua coronada de olas.

          Y he aquí que al cabo de los años
          Llega otra vez junto al mar luminoso.
          Donde dejó entusiasmo, vida y fe,
          Ha encontrado el silencio,
          El mismo de las eras de su aldea,
          Mas ya sin esperanza.
          Ha desfilado entre banderas, entre cánticos;
          Resucitaron las palabras en la garganta joven;
          Ha bebido el vino de antaño
          Y paseado su embriaguez gloriosa.
          Desde las doce a la una y media
          Ha durado el desfile de estos supervivientes,
          Nostálgicos representantes
          De un drama, escrito hace quién sabe cuántos años.
          Después de la comida y los discursos
          Cayó el telón. Y oyó el silencio de los espectadores.
          Y el silencio del mar. Y el de su vida.
          Dijeron: "A las nueve al autobús;
          Hay que llegar temprano a casa".
          Oyó el silencio de su vida.
          Desconocido entre desconocidos,
          Anduvo por las calles, sin rumbo. Se sentó
          Enfrente de las olas. Volvió el naipe
          Y no había figura pintada en él. Y oyó el silencio.

          ¿Comprendéis? El nordeste cesa al atardecer.
          Ya ni siquiera hace temblar la ropa de este hombre.
          No le deja en la mano el aroma del arma
          Con que mató a la muerte hace ya tiempo.
          Van los muchachos por su lado, destruyen
          La muerte con la música, como ayer con la pólvora.
          Destruyen con la música la vida.
          Con la música crean un inmenso silencio.

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        El niño de la jaula vacía

          Con tus manos hiciste libres
          -Con tus propias manos- las aves.
          Hijo: qué sueñas, sombra, símbolo
          Del hombre que rompe sus cárceles,
          Del que libera pensamientos,
          Palabras que se lleva el aire;
          Del que dio canto y dio consuelo
          Y no halló quien lo consolase.

          Solitario, mudo, ceñidas
          Las sienes de hojas otoñales.
          En la boca reseca el gusto
          De la sal de todos los mares.
          La sal que dejaron las olas
          De los días al derrumbarse.

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        El rey Lear

          Di que me amas. Di: "te amo",
          Dímelo por primera y por última vez.
          Sólo: "te amo". No me digas cuánto.
          Son suficientes esas dos palabras.
          "Más que a mi salvación", dijo Regania.
          "Más que a la primavera", dijo Gonerila.
          No sospechaba que mentían.
          Di que me amas. Di: "te amo",
          Cordelia, aunque me mientas,
          Aunque no sepas que te mientes.

          Todo se ha diluido ya en el sueño.
          La nave en que pasé la mar,
          Fustigada por los relámpagos,
          Era un sueño del que aún no he despertado.
          Vivo brezado por un sueño,
          Inerme en su viscosa telaraña
          Para toda la eternidad,
          Si es que la eternidad no es un sueño también.

          La tempestad me arrebató al bufón,
          Al pícaro azotado, deslenguado, insolente,
          Que era mi compañero, era yo mismo,
          Reflejo mío en los espejos
          Cóncavos y convexos que inventó Valle-Inclán.

          Los brazos de las olas me estrellaron
          Contra el acantilado y un buen día,
          Ya no recuerdo cuándo, desperté
          Y hallé sobre la arena
          Piedras labradas con primor,
          Sillares corroídos, lamidos y arañados
          Por los dientes y garras de las algas.
          Entonces,
          Desatado del sueño,
          Comencé a rehacer el mundo mío,
          Que se desperezaba bajo un sol diferente.

          Y aquí está, al fin, delante de mis ojos;
          Oigo como jadea
          Con la disnea del agonizante, del sobremuriente.
          Espera a que tú llegues
          Y me digas "te amo".
          Conservo aquí los cielos que viajaron conmigo:
          Grises torcaces de Bretaña, cobaltos de Provenza,
          Índigos de Castilla.
          Sólo tú eres capaz de devolverles
          La transparencia, la luminosidad
          Y la palpitación que los hacían únicos.
          Aquí están aguardándote.

          Quiero oírte decir, Cordelia, "te amo".
          Son las mismas palabras que salieron
          De labios de Regania y Gonerila,
          No de su corazón. Más tarde
          Se deshicieron de mis caballeros,
          Hijos del huracán, bravucones, borrachos,
          Lascivos, pendencieros. Regresaron
          Al silencio y a la nada.
          La niebla disolvió sus armaduras,
          Sus yelmos, sus escudos cincelados,
          Aquel hervor y desvarío
          De águilas, quimeras, unicornios,
          Efigies, delfines, grifos.
          ¿Por qué reino cabalgan hoy sus sombras?

          Mi reino por un "te amo" sangrándote en la boca;
          Mi eternidad por sólo dos palabras:
          Susúrralas o cántalas sobre un fondo real,
          Agua de manantial sobre los guijos,
          Saetas que desgarran con su zumbido el aire.
          Así la realidad hará que sean real
          En las palabras que nunca pronunciaste
          -¡Porque nunca las pronunciaste!-
          Y que ultrasuenan en un punto
          Del tiempo y del espacio
          Del que tengo que rescatarlas
          Antes de que me vaya.
          Ven a decirme "te amo".
          No me importa que duren tus palabras
          Lo que la humedad de una lágrima
          Sobre una seda ajada.

          En esa paz reconstruida
          -Sé que es tan solo un decorado-, represento
          Mi papel, es decir, finjo.
          Porque ya he despertado,
          Ya no confundo el canto de la alondra
          Con el del ruiseñor. Y aquí vivo esperándote
          Contando días y horas y estaciones
          Y cuando llegues, anunciada
          Por el sonido de las trompas
          De mis fantasmales cazadores,
          Sé que me reconocerás
          Por mi corona de oro, a la que han arrancado
          Sus gemas las urracas ladronas,
          Por la escudilla de madera que me legó el bufón,
          En la que robles y arces depositan
          Su limosna encendida, su diezmo volandero,
          El parpadeo del otoño.

          Ven pronto, el plazo ya está a punto
          De cumplirse, y no me traigas flores
          Como si hubiese muerto.
          Ven antes de que me hunda
          En el torbellino del sueño,
          Ven a decirme "te amo" y desvanécete enseguida.

          Desaparece antes de que te vea
          Nadando en un licor trémulo y turbio,
          Como a través de un vidrio esmerilado,
          Antes de que te diga:
          "Yo sé que te he querido mucho,
          Pero no recuerdo quién eres".

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        Hablaban con bocas de sombra

          Hablaban con bocas de sombra,
          Susurraban sucesos mágicos,
          Historias de herrumbre y de musgo
          (No sabían que estaban muertos,
          Y yo no quería apenarlos).
          Fui reconstruyendo sonidos
          Que en el sueño significaban
          Para interpretarlos despierto
          Y atribuirlos a unos labios.

          (Quería conocer el nombre
          De quienes me hablaban en sueños:
          La rosa no olería igual
          Si su nombre no fuese rosa).
          Rescaté, lúcido y sonámbulo,
          Los vestigios que la marea
          Llevó a mi playa de despierto;
          Con ellos construiría un puente
          Desde el soñar hasta el velar:
          Así tendrían consistencia
          Las palabras impronunciables
          Que yo escuché cuando dormía,
          Fantasmal materia de sueño.

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        Interior

          Tu piel me devolvía
          Algo remoto. (¿Es esto
          Un poema de amor?
          ¿Es un canto de duelo
          O de esperanza? Un himno
          Triunfal o una nostalgia
          Acariciada sobre
          La realidad?)
          No había
          Nadie, sino nosotros.
          (Los demás no existían).
          Una botella, un libro,
          Un cenicero. Ahora
          La vida es de cristal,
          De metal, de papel.
          Ahora es la botella
          Más bella que una flor.
          El cenicero tiene
          El sonámbulo brillo
          De las olas. El libro
          Es una roca. (¿Es esto
          Un poema de amor?)
          En una habitación
          En penumbra, entre el humo
          Que nos aleja... (¿Es esto
          Un poema de amor?)
          ... Sin hablar... nada está
          Dicho aún...
          Olvidaba
          Otra cosa: la música
          Frutal, el corazón
          Errante de los siglos,
          Suena para nosotros.

          Toqué tu frente como
          Si me fuera a morir
          Un instante después.
          Igual que si me anclases
          A la verdad. ¿Es esto
          Un poema de amor?
          ¿Fuimos sus criaturas
          Melancólicas...?

          Libro,
          Botella, cenicero.
          (No flor, ni ola, ni rocas).
          He llamado a las cosas
          Por su nombre, aunque el nombre
          Rompa el hechizo. Quiero
          Todo aquello que ha sido
          El instante, su carne
          Y su alma (no sólo
          Su alma), lo que el tiempo
          Roe (no lo que el tiempo
          Purifica).

          Al contacto
          De tu frente, los días
          Volaban desprendidos
          De la copa. Pensé
          Que los días... ¿amor
          Es eso que devuelve
          El tiempo huido? ¿Eras
          Entonces el amor?
          ¿Me estoy cantando a mí,
          Recobrado y perdido?
          ¿Al amor, al que duerme
          Bajo tu piel, la pobre
          Criatura del cielo
          Destinada a morir
          Sin haber conocido
          Sus imposibles padres.

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        La mano es la que recuerda

          Viaja a través de los años,
          Desemboca en el presente,
          Siempre recordando.

          Apunta, nerviosamente,
          Lo que vivía olvidado.
          La mano de la memoria,
          Siempre rescatándolo.

          Las fantasmales imágenes
          Se irán solidificando,
          Irán diciendo quién eran,
          Por qué regresaron.

          Por qué eran carne de sueño,
          Puro material nostálgico.
          La mano va rescatándolas
          De su limbo mágico.

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        La rosa

          Como la rosa: nunca
          Te empañe un pensamiento.
          No es para ti la vida
          Que te nace de dentro.
          Hermosura que tenga
          Su ayer en su momento.
          Que en sólo tu apariencia
          Se guarde tu secreto.
          Pasados no te brinden
          Su inquietante misterio.
          Recuerdos no te nublen
          El cristal de tus sueños.

          Cómo puede ser bella
          Flor que tiene recuerdos.

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        La sombra

          ¿Todo en Él es presente:
          El futuro, el pasado?
          Lo que será y ha sido,
          ¿Es actual en sus manos?
          ¿A un tiempo toca
          La semilla y el árbol?
          ¿En el brote ve el tronco
          Talado y abrasado?
          Nos contempla y, ¿tan solo
          Puede llorar, llorarnos?
          ¿Nos tiene ya en su gloria?
          ¿Nos tiene condenados?
          ¿Ve en nuestros pobres huesos
          El alba y el ocaso?
          ¿No puede detenernos
          Ni puede apresurarnos?
          ¿Llora por lo que tiene
          Que pasar (y ha pasado)?
          ¿Llora por lo que ha sido
          (Por lo que aún no ha llegado)?
          ¿Nos arranca del tiempo
          Para que no suframos
          Nosotros, sus heridas
          Criaturas, esclavos
          Sombríos? ¿Nos ve ciegos
          Y no puede guiarnos?

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        Las nubes

          Inútilmente interrogas.
          Tus ojos miran al cielo.
          Buscas detrás de las nubes,
          Huellas que se llevó el viento.

          Buscas las manos calientes,
          Los rostros de los que fueron,
          El círculo donde yerran
          Tocando sus instrumentos.

          Nubes que eran ritmo, canto
          Sin final y sin comienzo,
          Campanas de espumas pálidas
          Volteando su secreto,

          Palmas de mármol, criaturas
          Girando al compás del tiempo,
          Imitándole la vida
          Su perpetuo movimiento.

          Inútilmente interrogas
          Desde tus párpados ciegos.
          ¿Qué haces mirando a las nubes,
          José Hierro?

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        Llegada al mar

          Cuando salí de ti, a mí mismo
          Me prometí que volvería.
          Y he vuelto. Quiebro con mis piernas
          Tu serena cristalería.
          Es como ahondar en los principios,
          Como embriagarse con la vida,
          Como sentir crecer muy hondo
          Un árbol de hojas amarillas
          Y enloquecer con el sabor
          De sus frutas más encendidas.
          Como sentirse con las manos
          En flor, palpando la alegría.
          Como escuchar el grave acorde
          De la resaca y de la brisa.

          Cuando salí de ti, a mí mismo
          Me prometí que volvería.
          Era en otoño, y en otoño
          Llego, otra vez, a tus orillas.
          (De entre tus ondas el otoño
          Nace más bello cada día).

          Y ahora que yo pensaba en ti
          Constantemente, que creía...

          Las montañas que te rodean
          Tienen hogueras encendidas.

          Y ahora que yo quería hablarte,
          Saturarme de tu alegría...

          Eres un pájaro de niebla
          Que picotea mis mejillas.

          Y ahora que yo quería darte
          Toda mi sangre, que quería...

          Qué bello, mar, morir en ti
          Cuando no pueda con mi vida.


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        Luz de tarde

          Me da pena pensar que algún día querré ver de nuevo
          Este espacio,
          Tornar a este instante.
          Me da pena soñarme rompiendo mis alas
          Contra muros que se alzan e impiden que pueda volver
          A encontrarme.

          Estas ramas en flor que palpitan y rompen alegres
          La apariencia tranquila del aire,
          Esas olas que mojan mis pies de crujiente hermosura,
          El muchacho que guarda en su frente la luz de la tarde,
          Ese blanco pañuelo caído tal vez de unas manos,
          Cuando ya no esperaban que un beso de amor las rozase.

          Me da pena mirar estas cosas, querer estas cosas, guardar
          Estas cosas.
          Me da pena soñarme volviendo a buscarlas, volviendo a buscarme,
          Poblando otra tarde como esta de ramas que guarde en mi alma,
          Aprendiendo en mí mismo que un sueño no puede volver
          Otra vez a soñarse.

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        Madrigal

          Lo más hermoso, aquello
          Que no puede comprarse,
          Que vale, frente a un copo de tu espuma,
          Si se sabe mirar,
          Frente a una pluma de tormenta, rota
          Sobre tu orilla, frente
          A tus platas y azules,
          Metales y cristales,
          Si se los sabe oler, gustar, tocar, oír...

          Qué vale nada lo que tú. Rebosa
          La eternidad tu vaso,
          Llueve su vino sobre nuestra carne.
          Una concha roída
          Por los gusanos de tu mar, un poco,
          De cal, y bruma, y nácar,
          Puede hacernos llorar,
          Ensancha las fronteras
          Del alma, desmorona
          Los muros negros de la realidad.

          Qué vale nada, todo,
          Lo que tú, playa mía,
          Lirio de arena, selva
          De círculos de oro,
          Túnica ardiente, pálida campana,
          Palacio sumergido,
          Inolvidable.

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        Marina impasible

          Por primera vez, o por última,
          Soy libre.

          Arbustos con espuelas
          De marfil. Rocas oxidadas.
          El otoño pliega sus tonos
          Frente al crujido de las olas.
          Por primera vez, o por última.

          Las gaviotas tocan sus oboes
          De tormenta. Unos dedos verdes
          Hunden la Luna en luz marina,
          La tienden al pie del silencio.
          Se ha desnudado una mujer
          Y muestra sus luces mellizas;
          Al huir, dispersa su paso
          Luminosa arena de estrellas.
          Por primera vez, o por última.

          Tijeras de oro en el poniente.
          Se enciende un violín ruiseñor
          En el esqueleto del mar.
          Garras de nubes estrangulan
          El azul, y lo hacen gemir.

          Ojos fijos en su tesoro,
          Presente inmóvil -sin recuerdos,
          Sin propósitos-, soy ahora.
          Todo está sometido a un orden
          Que yo no entiendo. Pero embarco
          En la nave, y el marinero
          Me dirá su cantar, más tarde,
          Desde el éxtasis.

          Por primera,
          O por única vez, soy libre.

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        Marzo

          Marzo, lo siento, ya no me conmueve
          Tu pasar, al -perdida la estructura
          Sentimental- sentirte forma pura
          Entre mis dedos pálidos de nieve.

          Yo no sé qué ha perdido tu relieve,
          Qué fatal, invisible arquitectura
          De risas. Qué alegría, qué hermosura,
          Qué poema de cañas cuando llueve.

          Delgado manantial de sensaciones,
          Lo siento, marzo, pero no supones
          Ya nada para mí. No sé si todo
          Lo que yo te he pedido me lo has dado,
          No sé por qué. Si no me has defraudado,
          Marzo, desde hoy te miro de otro modo.

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        Noche

          Salió desnuda el alma
          A quemarse en la hoguera.
          ¡Qué clara dan la sombra
          Las estrellas!

          Se enredaba la noche,
          Azul, entre las piernas.
          Ocultas en los chopos
          Bailaban las doncellas.

          ¡Qué anunciación, qué víspera
          De deshojar las nieblas
          De dos en dos, las brisas
          De tres en tres!

          Estrellas,
          Qué clara dan la sombra
          Las estrellas.

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        Otoño

          Otoño de manos de oro.
          Ceniza de oro tus manos dejaron caer al camino.
          Ya vuelves a andar por los viejos paisajes desiertos.
          Ceñido tu cuerpo por todos los vientos de todos los siglos.

          Otoño de manos de oro:
          Con el canto del mar retumbando en tu pecho infinito,
          Sin espigas ni espinas que puedan herir la mañana,
          Con el alba que moja su cielo en las flores del vino,
          Para dar alegría al que sabe que vive
          De nuevo has venido.
          Con el humo y el viento y el canto y la ola temblando,
          En tu gran corazón encendido.

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        Para un esteta

          Tú que hueles la flor de la bella palabra
          Acaso no comprendas las mías sin aroma.
          Tú que buscas el agua transparente
          No has de beber mis aguas rojas.

          Tú que sigues el vuelo de la belleza, acaso
          Nunca jamás pensaste cómo la muerte ronda
          Ni cómo vida y muerte -agua y fuego- hermanadas
          Van socavando nuestra roca.

          Perfección de la vida que nos talla y dispone
          Para la perfección de la muerte remota.
          Y lo demás, palabras, palabras, y palabras,
          ¡Ay, palabras maravillosas!

          Tú que bebes el vino en la copa de plata
          No sabes el camino de la fuente que brota
          En la piedra. No sacias tu sed en agua pura
          Con tus dos manos como copa.

          Lo has olvidado todo porque lo sabes todo.
          Te crees dueño, no hermano menor de cuanto nombras.
          Y olvidas las raíces ("Mi obra", dices ), olvidas
          Que vida y muerte son tu obra.

          No has venido a la tierra a poner diques y orden
          En el maravilloso desorden de las cosas.
          Has venido a nombrarlas, a comulgar con ellas
          Sin alzar vallas a su gloria.

          Nada te pertenece. todo es afluente, arroyo.
          Sus aguas en tu cauce temporal desembocan.
          Y hechos a un solo río os vertéis en el mar
          "Que es el morir", dicen las coplas.

          No has venido a poner orden, dique. Has venido
          A hacer moler la muela con tu agua transitoria.
          Tu fin no está en ti mismo ("Mi obra", dices ), olvidas
          Que vida y muerte son tu obra.

          Y que el cantar que hoy cantas será apagado un día
          Por la música de otras olas.

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        Paseo

          Sin ternuras, que entre nosotros
          Sin ternuras nos entendemos.
          Sin hablarnos, que las palabras
          Nos desaroman el secreto.
          ¡Tantas cosas nos hemos dicho
          Cuando no era posible vernos!
          ¡Tantas cosas vulgares, tantas
          Cosas prosaicas, tantos ecos
          Desvanecidos en los años,
          En la oscura entraña del tiempo!
          Son esas fábulas lejanas
          En las que ahora no creemos.

          Es octubre. Anochece. Un banco
          Solitario. Desde él te veo
          Eternamente joven, mientras
          Nosotros nos vamos muriendo.
          Mil novecientos treinta y ocho.
          La Magdalena. Soles. Sueños.
          Mil novecientos treinta y nueve,
          ¡Comenzar a vivir de nuevo!
          Y luego ya toda la vida.
          Y los años que no veremos.

          Y esta gente que va a sus casas,
          A sus trabajos, a sus sueños.
          Y amigos nuestros muy queridos,
          Que no entrarán en el invierno.
          Y todo ahogándonos, borrándonos.
          Y todo hiriéndonos, rompiéndonos.

          Así te he visto: sin ternuras,
          Que sin ellas nos entendemos.
          Pensando en ti como no eres,
          Como tan solo yo te veo.
          Intermedio prosaico para
          Soñar una tarde de invierno.

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        Pensamiento de amor

          Dejé un instante de pensarte. Había
          Sucedido algo en ti cuando volviste.
          Venías más nostálgico, más triste,
          Seco tu Sol que iluminó mi día.

          Alguien -sé quién- que yo no conocía,
          Alguien que calza sueños de oro, y viste
          Almas dolientes, te pensó. Caíste
          Al pozo donde muere la alegría.

          ¿Por qué fuiste pensado, malherido,
          Pensamiento de amor? ¿Cómo han podido
          Pasarte el corazón de parte a parte?

          ¿Por qué volviste a mí, sufriendo, a herirme?
          ¿No recuerdas que tengo que ser firme?
          ¿Es que no ves que tengo que matarte?

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        Plaza sola

          Cuando se fueron todos
          Me quedé a solas con mi alma.

          Plaza cuadrada, con su fuente
          Sin una lágrima de agua.
          Balcones de piedra y de hierro.
          Tejados de teja dorada.
          Vencejos de la primavera
          Por el aire de la mañana...

          Qué sosiego volver, hablarte,
          Abrazarte con mis miradas,
          Besarte la boca de tiempo
          Donde el polvo seca la lágrima.
          Qué descanso poner mi oído
          Sobre tu madera encantada,
          Apurar las gotas de música
          De la caja de tu guitarra,
          Recordar, preguntar, soñar
          Ahora que nada importa nada...

          Borro los pájaros. Enciendo
          Un cáliz de oro ante una acacia.
          Y, de pronto, un rumor lejano,
          Como de mar que se desata,
          Órgano de oro que libera
          Sus ruiseñores y sus aguas,
          Viento del sur que pulsa y sopla
          Espigas y juncos y cañas...

          Ya los balcones solitarios
          Se han poblado de hombres que cantan,
          De hombres que sueñan y se yerguen
          En el umbral de la mañana.
          Las flores doblan su carmín
          Allá en las praderas lejanas.
          Las piedras sacuden el yugo
          De los siglos que las encantan.
          Todo resurge, clama, vive,
          Mueve sus pies, pezuñas, alas,
          Arde en la hoguera del instante,
          Hinche los mares y montañas
          Desborda el tiempo, como un pájaro
          Que abre la puerta de su jaula.
          Y, vencido el tiempo, en las manos
          De Dios se duerme, que lo canta.

          Cuando se fueron todos, yo
          Me quedé a solas con mi alma.
          Plaza cuadrada, con su fuente
          Sin una lágrima de agua.
          Abril, blandiendo por el cielo
          Su acero pálido de espada.
          Qué sosiego tocarte, verte,
          Abrazarte con mis miradas,
          Apurar las gotas de música
          De la caja de tu guitarra,
          Vagar sin fin y sin origen
          Sobre tus piedras hechizadas...

          Andar sintiendo el alma muerta.
          Dios mío, ya sin esperanza...

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        Por qué te olvidas

          Por qué te olvidas y por qué te alejas
          Del instante que hiere con su lanza.
          Por qué te ciñes de desesperanza
          Si eres muy joven, y las cosas viejas.

          Las orillas que cruzas las reflejas;
          Pero tu soledad de río avanza.
          Bendita forma que en tus aguas danza
          Y que en olvido para siempre dejas.

          Por qué vas ciego, rompes, quemas, pisas,
          Ignoras cielos, manos, piedras, risas.
          Por qué imaginas que tu luz se apaga.

          Por qué no apresas el dolor errante.
          Por qué no perpetúas el instante
          Antes de que en tus manos se deshaga.

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        Presto

          De todos los que vi (se sucedían
          Fatalmente), de todos los que vi,
          Todos aquellos que solicitaron
          -De quienes yo solicité- ternura,
          Calor, ensueño, olvido, paz o lágrimas
          De todos esos en los que viví.
          Por qué tenías que ser tú, retama
          Matinal, estival, voz derruida,
          Perro sin amo, espuma levantada
          Hacia las noches, agua de recuerdo,
          Gota de sombra, dedos que sostienen
          Un pétalo de Sol, por qué tenías,
          Ciega, precisamente que ser tú.

          De todos los que vi, por qué tenías
          Que ser tú, leño que sobrenadabas,
          Por qué tenías que ser tú, muralla
          De ceniza, madera del olvido.

          Por qué tenías que ser tú, precisa-
          Mente tú, con el nombre diluido,
          Con los ojos borrados, con la boca
          Carcomida, lo mismo que una estatua
          Limada por los siglos y las lluvias.

          De todos los que vi, desenterrados
          De las mañanas y los cielos grises.

          De todos, todos, todos, por qué habías
          De ser tú sólo quien me entristeciese,
          Quien se me levantase, puño de ola,
          Me golpease el corazón, con esos
          Instantes sin nosotros, caracolas
          Duras, vacías, donde suena el mar
          De otros planetas.

          Modelada en sombra
          Y en olvido, tenías que ser tú,
          Melancolía, quien resucitase.

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        Qué sosiego volver

          Plaza sola
          "Qué sosiego volver,
          Hablarte,
          Abrazarte con mis miradas,
          Besarte la boca de tiempo
          Donde el polvo seca la lágrima,
          Qué descanso poner mi oído
          Sobre tu madera encantada,
          Apurar las gotas de música
          De la caja de tu guitarra,
          Recordar, preguntar,
          Soñar ahora que nada importa nada".

          Reportaje
          "Caminos exteriores que otros andan
          Aquí está el tiempo sin símbolo
          Como agua errante que no modela el río.
          Y yo, entre cosas de tiempo,
          Ando, vengo y voy perdido.
          Pero estoy aquí, y aquí
          No tiene el tiempo sentido. Deseternizado, ángel
          Con nostalgia de un granito
          De tiempo. Piensan al verme:
          "Si estará dormido"
          Porque sin una evidencia
          De tiempo, yo no estoy vivo".

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        Quisiera esta tarde no odiar

          Quisiera esta tarde no odiar,
          No llevar en mi frente la nube sombría.
          Quisiera tener esta tarde unos ojos más claros
          Para posarlos serenos en la lejanía.

          Debe de ser tan hermoso decir:
          "Creo en la cosas que existen y en otras que acaso
          No existan,
          En todas las cosas que pueden salvarme, aunque ignore
          Su nombre;
          Conozco la fruta dorada que da la alegría".

          Quisiera esta tarde no odiar ,
          Sentirme ligero, ser río que canta, ser viento que mueve
          La espiga.
          Miro al poniente. Atardecen los largos caminos que van
          A la noche,
          Que dan su cansancio a la noche, que van a la noche
          A soñar en su larga mentira.

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        Razones

          No vives ya de sinrazones.
          ¿Tan sola estabas, alma mía?
          El alba nueva no traía,
          Para acunarte, sus canciones.

          Llega la luz de otras regiones
          Sin la hermosura que solía.
          Mala alegría es la alegría
          Que nos abrasa los corazones.

          ¿Dentro de ti la buscas? ¿Llevas
          Dentro de ti su llama? ¿Elevas
          De tu noche su mediodía?

          ¿Has de matar todas las cosas?
          ¿Cortar, para olerlas, las rosas?
          ¿Tan sola estabas, alma mía?

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        Recuerdo del mar

          ¡Cómo te agitas bajo nubes grises,
          Lámina fina de metal de infancia!
          ¡Cómo tu rabia, corazón de niebla,
          Rompe la brida!

          ¡Cómo te miro con mis pobres ojos!
          ¡Qué imagen tuya la que inventa el sueño!
          ¡Qué lentamente te deshace el aire,
          Roto en pedazos!

          Tú que guardabas en cristal salado
          Vivos retratos que ondulaba el viento;
          Tú que arrancabas en el alba fina
          Sones al alma,

          Tú que nutrías con tu amarga leche
          Sombras de playas, olvidados pasos,
          Ansia de ser sobre tu vientre verde,
          Locos piratas,

          Has ido ahogando temblorosamente
          Sombras que hundieron en tu paz sus ojos.
          Hoy tu recuerdo, como lluvia fresca,
          Moja mi frente.

          Si ahora volviera a recorrer tu orilla,
          Si ahora en tu cuerpo me volcara todo,
          Si ahora tu cuerpo le prestara al mío
          Frescos harapos,

          Si yo desnudo, si cansado, ahora,
          Más hijo tuyo, ahora, si el otoño
          Vuelto a mi lado me trajera el tibio
          Pan en el pico.

          -Lámina fina de metal de infancia-,
          Todo olvidado quedaría, todo:
          Látigos, cuerdas con que me azotabas,
          Vientos que mugen.

          Todo sería nuevamente hermoso,
          Aunque tu garra me arañase el cuerpo,
          Aunque al tornar tuvieran tus mañanas
          Soles más negros.

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        Remordimiento

          II

          ¡Estaba
          Tan olvidado todo!
          Pero esta noche...

          Por qué será imposible
          Verte de nuevo, hablarte,
          Escucharte, tocarte,
          Ir -con los mismos cuerpos
          Y almas que tuvimos,
          Pero con más amor -
          Uno al lado del otro...
          (Ilusión descuajada
          Del espacio y del tiempo,
          Lo sé para mi daño).

          Yo te hablaría
          Lo mismo que hablaría,
          Si yo fuese su dueño,
          Mi verso: con palabras
          De cada día, pero
          Bajo las que sonara
          La corriente fluvial
          De la ternura.
          Como se hablan los hombres,
          Conteniendo las ganas
          De llorar, de decirse
          "Te quiero". Sin llorar
          Ni decirse "te quiero",
          Que es cosa de mujeres.

          Qué quedaría entonces
          De ti, después de tantos
          Años bajo la tierra.
          Dónde hallarte -pensé
          Aquel día. No estamos
          Jamás donde morimos
          Definitivamente,
          Sino donde morimos
          Día a día.

          III

          Pero esta noche...

          Te abrazaría, créeme,
          Te besaría,
          Te daría calor,
          Te adoraría. Haría
          Algo que es más difícil:
          Tratar de comprenderte.

          Y te comprendería,
          Te comprendo ya, créelo.
          Nos va enseñando tanto
          La vida... nos enseña
          Por qué un hombre ve rota
          Su voluntad, y sueña,
          Y vive solitario;
          Por qué va a la deriva
          En el témpano errante
          Arrancado a la costa,
          Y se deja morir
          Mientras mira impasible
          Cómo se hunden los suyos,
          La carne de su carne,
          Su hermoso mundo.

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        Renunciación

          Lo quiso todo o nada.
          Por eso dejó todo:
          Para tenerlo todo.

          Qué sentirá. Qué cifra
          Ordenará su mundo,
          Revelará sus seres.

          Qué esfinge arranca ahora
          Al arpa sideral
          Arquitecturas músicas.

          Y cómo ramas, nubes
          Granos de sol, enjambres
          De lluvia, romperán

          Contra su trono de oro,
          Salpicarán su báculo
          Del alba de las nadas.

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        Respuesta

          Quisiera que tú me entendieras a mí sin palabras.
          Sin palabras hablarte, lo mismo que se habla mi gente.
          Que tú me entendieras a mí sin palabras
          Como entiendo yo al mar o a la brisa enredada en un álamo verde.

          Me preguntas, amigo, y no sé qué respuesta he de darte,
          Hace ya mucho tiempo aprendí hondas razones que tú no comprendes.
          Revelarlas quisiera, poniendo en mis ojos el Sol invisible,
          La pasión con que dora la tierra sus frutos calientes.

          Me preguntas, amigo, y no sé qué respuesta he de darte.
          Siento arder una loca alegría en la luz que me envuelve.
          Yo quisiera que tú la sintieras también inundándote el alma,
          Yo quisiera que a ti, en lo más hondo, también te quemase y te hiriese.
          Criatura también de alegría quisiera que fueras,
          Criatura que llega por fin a vencer la tristeza y la muerte.

          Si ahora yo te dijera que había que andar por ciudades perdidas
          Y llorar en sus calles oscuras sintiéndote débil,
          Y cantar bajo un árbol de estío tus sueños oscuros,
          Y sentirte hecho de aire y de nube y de hierba muy verde...

          Si ahora yo te dijera
          Que es tu vida esa roca en que rompe la ola,
          La flor misma que vibra y se llena de azul bajo el claro nordeste,
          Aquel hombre que va por el campo nocturno llevando una antorcha,
          Aquel niño que azota la mar con su mano inocente...

          Si yo te dijera estas cosas, amigo,
          ¿Qué fuego pondría en mi boca, qué hierro candente,
          Qué olores, colores, sabores, contactos, sonidos?
          Y, ¿cómo saber si me entiendes?
          ¿Cómo entrar en tu alma rompiendo sus hielos?
          ¿Cómo hacerte sentir para siempre vencida la muerte?
          ¿Cómo ahondar en tu invierno, llevar a tu noche la Luna,
          Poner en tu oscura tristeza la lumbre celeste?

          Sin palabras, amigo; tenía que ser sin palabras como tú me entendieses.

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        Segundo amor

          I. Génesis

          En el principio era el amor.
          Cuando el alba buscaba un dueño.
          Cuando todas las criaturas
          Llevaban sus cuerpos desiertos.

          En el principio era el amor.
          En todo tenía su reino.
          La noche entera era el latido
          De tan hondo enamoramiento.

          El amor y las almas, juntos
          Fueron creando el universo.
          Las almas fueron su metal.
          El amor su mágico fuego.

          En el principio era el amor.
          Los cuerpos estaban desiertos,
          Y cada cuerpo buscó un alma
          Que lo tuviera prisionero.

          Para el cuerpo, recién nacido
          De la noche, todo fue nuevo.
          Ignoró, por no entristecerse,
          Que el alma tenía recuerdos.

          En el principio era el amor.

          II

          Alguna vez un alma halló
          El alma que la completaba.
          Cuando los cuerpos se tuvieron,
          Olvidaron que había alma.

          No llegaron a lo que dura,
          Y gozaron de lo que pasa.
          Luego se fueron, dividieron
          El caudal de su única agua.

          III

          En el principio era el amor.
          Sin el amor nada existía.
          El alma que una vez amó,
          Nunca jamás se apagaría.

          Volver a amar era intentar
          Tornar al punto de partida,
          Apresar humo, tocar cielos,
          Poseer la luz infinita.

          Volver a amar era querer
          Revivir las flores marchitas.
          Era escuchar la voz del alma
          Que llamaba al alma perdida.

          Volver a amar era llorar
          Por la dicha desvanecida.
          Era encontrar con quién partir
          El pan y el vino de otros días.

          Pero -de sobra lo sabemos-
          Sólo una vez se ama en la vida.
          Volver a amar es evocar
          El amor que colmó la dicha.

          Es, sin querer, hacer sufrir.
          Sentir la rueda detenida.
          Que si el espejo sufre es porque
          La vieja imagen está viva.

          En el principio era el amor.

        Arriba

        Segundo amor

          No quiero que desgranes tu pasado en mis manos,
          Porque sólo el presente ofrece carne viva.
          Sería recordar, sentir dolores de otros
          Doliendo en nuestras vidas.

          Serenidad. Se siente el otoño en el alma
          Caer, con la tristeza de su razón cumplida.
          A qué mirar adentro, a la espalda, pensar
          En la luz que declina.

          Quisiera preguntarte; pero yo me someto.
          Contengo la pregunta con la mano en la herida.
          No quiero que desgranes tu pasado, que tornes
          A lo que no se olvida.

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        Serenidad (Lectura de madrugada)

          Serenidad, tú para el muerto,
          Que estoy vivo y pido lucha.
          Otros habrá que te deseen:
          Esos no saben lo que buscan.
          Si se durmieran nuestras almas,
          Si las tuviéramos maduras
          Para mirar inconmovibles,
          Para aceptar sin amargura,
          Para no ver la vida en torno
          Apasionadamente nunca,
          Duros y fríos, como piedra
          Que sopla el viento y no la muda.

          Almas claras. Ojos despiertos.
          Oídos llenos de la música
          Del dolor. Los dedos felices,
          Aunque los hieran las agudas
          Espinas. Todo el sabor agrio
          De la vida en la lengua.

          "Nunca
          Podrás mojar tu pie en el río
          En que ayer lo mojaste. Busca
          La eternidad, vive en la alta
          Contemplación de su figura".

          Palabrería de los libros
          De la que deja el alma turbia.
          Serenidad que se nos vende
          Por librarnos de la tortura,
          Por llenarnos de sueño el alma
          Y rodeárnosla de bruma.
          Serenidad, tú para el muerto.
          El hombre es hombre, y no le asusta
          Saber que el viento que hoy le canta
          No volverá a cantarle nunca.

          Serenidad, no te me entregues
          Ni te des nunca,
          Aunque te pida de rodillas
          Que me liberes de mi angustia.
          Será que vivo sin saberlo
          O que deserto de la lucha.
          Tú no me escuches, no me eleves
          Hasta tu cumbre de luz única.

          Palabrería de los libros
          De la que deja el alma turbia.
          Yo también me hago un poco libro,
          Me duermo el alma.

          Luz difusa.
          La madrugada se desgaja
          Agria y azul, como una fruta.
          Cantan los pinos a lo lejos.
          Un niño llora. Las desnudas
          Mujeres y hombres silenciosos
          Salen despacio de las últimas
          Sombras. Los pájaros me esperan.
          Se alzan las olas. (Me preguntan
          Por qué.) Campanas. (Ayer niebla,
          Hoy claro Sol y luego lluvia).
          ¿Por qué? Las hojas se estremecen.

          Voy inundándome de música.

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        Si soñaras siempre

          Si soñaras siempre, si amaras
          Olvidándote, abandonándote...

          Pensaría por ti las cosas
          Dejando que me las soñases.
          Con mi velar y tu soñar
          El camino sería fácil.
          Yo daría los nombres justos
          A los sueños que deshojases.

          Encontraría para ellos
          La voz que los encadenase,
          La forma exacta, la palabra
          Que los llena de claridades.
          Me acercaría hasta ti como
          Si fueses una orilla madre.

          Y qué descanso dar al alma
          Sombras que el alma apenas sabe.
          Yo no diría de ti: es mi fresca
          Raíz que de los sueños nace,
          La música de mis palabras,
          El hondo canto inexplicable,
          La prodigiosa primavera
          Que en las hojas recientes arde,
          El corazón caliente que ama
          Olvidándose, abandonándose.

          Tú lo sabrás un día. Entonces
          Será demasiado tarde.

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        Sólo materia de sombras

          Sólo materia de sombras,
          Criaturas de la noche,
          Nubes espectrales, seres
          Dolorosamente informes,

          Visiones o pesadillas
          Llegadas no sé de dónde,
          Ráfagas resucitadas
          Que fueron mujeres y hombres,

          Que tuvieron carne y sueños
          Donde anidaban los soles
          Y ahora son sólo penumbra,
          Ríos de negros acordes,

          Tristezas desenterradas,
          Pesadillas o visiones,
          Llamando siempre a la puerta
          De quienes no los conocen.

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        Soneto

          Para Paula.

          Es una rubia furia desatada,
          Gatea, sube y baja, embiste, grita.
          Caléndula que araña, uñas de pita,
          Torito bravo, más: una manada.

          Comedora de flores desmadrada,
          Vesubio en miniatura. Es la rayita
          Que no cesa, pimienta y dinamita,
          Torbellinita desencadenada.

          ¿La imagináis durmiendo una muñeca?
          La Bubu es domadora, es karateca,
          Pulgón y filoxera de la vida.

          ¡Ay madre mía, cuando tenga dientes!
          Prepárense sus deudos y parientes.
          ¡Y aún creen sus padres que esto es una niña!

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        Teoría

          Un instante vacío
          De acción puede poblarse solamente
          De nostalgia o de vino.
          Hay quien lo llena de palabras vivas,
          De poesía (acción
          De espectros, vino con remordimiento).

          Cuando la vida se detiene,
          Se escribe lo pasado o lo imposible
          Para que los demás vivan aquello
          Que ya vivió (o que no vivió) el poeta.
          Él no puede dar vino,
          Nostalgia a los demás: sólo palabras.
          Si les pudiese dar acción...

          La poesía es como el viento,
          O como el fuego, o como el mar.
          Hace vibrar árboles, ropas,
          Abrasa espigas, hojas secas,
          Acuna en su oleaje los objetos
          Que duermen en la playa.

          La poesía es como el viento,
          O como el fuego, o como el mar:
          Da apariencia de vida
          A lo inmóvil, a lo paralizado.
          Y el leño que arde,
          Las conchas que las olas traen o llevan,
          El papel que arrebata el viento,
          Destellan una vida momentánea
          Entre dos inmovilidades.

          Pero los que están vivos,
          Los henchidos de acción,
          Los palpitantes de nostalgia o vino,
          Esos... felices, bienaventurados,
          Porque no necesitan las palabras,
          Como el caballo corre, aunque no sople el viento,
          Y vuela la gaviota, aunque esté seco el mar,
          Y el hombre llora, y canta,
          Proyecta y edifica, aún sin el fuego.


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        Vida

          Después de todo, todo ha sido nada,
          A pesar de que un día lo fue todo.
          Después de nada, o después de todo
          Supe que todo no era más que nada.

          Grito ¡Todo!, y el eco dice ¡Nada!
          Grito ¡Nada!, y el eco dice ¡Todo!
          Ahora sé que la nada lo era todo.
          Y todo era ceniza de la nada.

          No queda nada de lo que fue nada.
          (Era ilusión lo que creía todo
          Y que, en definitiva, era la nada).

          Qué más da que la nada fuera nada
          Si más nada será, después de todo,
          Después de tanto todo para nada.

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