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    Información biográfica

  1. 1964
  2. A un gato
  3. A un poeta sajón
  4. A un viejo poeta
  5. Ajedrez
  6. Al vino
  7. Alguien
  8. Alhambra
  9. Amanecer
  10. Amorosa anticipación
  11. Arte poética
  12. Ausencia
  13. Dakar
  14. Despedida
  15. Despertar
  16. El amenazado
  17. El cómplice
  18. El enamorado
  19. El golem
  20. El instante
  21. El laberinto
  22. El mar
  23. El oro de los tigres
  24. El remordimiento
  25. El sueño
  26. El suicida
  27. Elogio de la sombra
  28. Elvira de Alvear
  29. España
  30. Everness
  31. Final de año
  32. Instantes (Poema erróneamente atribuido a Borges)
  33. Jactancia de quietud
  34. La busca
  35. La lluvia
  36. La luna
  37. La rosa
  38. Las cosas
  39. Llaneza
  40. Lo perdido
  41. Los enigmas
  42. Los espejos
  43. Los límites
  44. Mi vida entera
  45. Milonga de dos hermanos
  46. Milonga de Manuel Flórez
  47. Ni siquiera soy polvo
  48. Poema de los dones
  49. Recuerdo mío del jardín de mi casa
  50. Remordimiento por cualquier muerte
  51. Rosas
  52. Sábados
  53. Soneto del vino
  54. Susana Bombal
  55. Tankas
  56. Un ciego
  57. Un patio
  58. Una despedida
  59. Una rosa


      Información biográfica

        Nombre: Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo
        Lugar y fecha nacimiento: Buenos Aires (Argentina), 24 de agosto de 1899
        Lugar y fecha defunción: Ginebra (Suiza), 14 de junio de 1986 (86 años)


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      1964

        I
        Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.
        Ya no compartirás la clara luna
        Ni los lentos jardines. Ya no hay una
        Luna que no sea espejo del pasado,
        Cristal de soledad, sol de agonías.
        Adiós las mutuas manos y las sienes
        Que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
        La fiel memoria y los desiertos días.
        Nadie pierde (repites vanamente)
        Sino lo que no tiene y no ha tenido
        Nunca, pero no basta ser valiente
        Para aprender el arte del olvido.
        Un símbolo, una rosa, te desgarra
        Y te puede matar una guitarra.

        II
        Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
        Hay tantas otras cosas en el mundo;
        Un instante cualquiera es más profundo
        Y diverso que el mar. La vida es corta
        Y aunque las horas son tan largas, una
        Oscura maravilla nos acecha,
        La muerte, ese otro mar, esa otra flecha
        Que nos libra del sol y de la luna
        Y del amor. La dicha que me diste
        Y me quitaste debe ser borrada;
        Lo que era todo tiene que ser nada.
        Sólo que me queda el goce de estar triste,
        Esa vana costumbre que me inclina
        Al sur, a cierta puerta, a cierta esquina.

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      A un gato

        No son más silenciosos los espejos
        Ni más furtiva el alba aventurera;
        Eres, bajo la luna, esa pantera
        Que nos es dado divisar de lejos.
        Por obra indescifrable de un decreto
        Divino, te buscamos vanamente;
        Más remoto que el Ganges y el poniente,
        Tuya es la soledad, tuyo el secreto.
        Tu lomo condesciende a la morosa
        Caricia de mi mano.
        Has admitido,
        Desde esa eternidad que ya es olvido,
        El amor de la mano recelosa.
        En otro tiempo estás.
        Eres el dueño
        De un ámbito cerrado como un sueño.

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      A un poeta sajón

        Tú cuya carne, hoy dispersión y polvo,
        Pesó como la nuestra sobre la tierra,
        Tú cuyos ojos vieron el sol, esa famosa estrella,
        Tú que viniste no en el rígido ayer
        Sino en el incesante presente,
        En el último punto y ápice vertiginoso del tiempo,
        Tú que en tu monasterio fuiste llamado
        Por la antigua voz de la épica,
        Tú que tejiste las palabras,
        Tú que cantaste la victoria de Brunanburh
        Y no la atribuiste al Señor
        Sino a la espada de tu rey,
        Tú que con júbilo feroz cantaste,
        La humillación del vikingo,
        El festín del cuervo y del águila,
        Tú que en la oda militar congregaste
        Las rituales metáforas de la estirpe,
        Tú que en un tiempo sin historia
        Viste en el ahora el ayer
        Y en el sudor y sangre de Brunanburh
        Un cristal de antiguas auroras,
        Tú que tanto querías a tu Inglaterra
        Y no la nombraste,
        Hoy no eres otra cosa que unas palabras
        Que los germanistas anotan.
        Hoy no eres otra cosa que mi voz
        Cuando revive tus palabras de hierro.
        Pido a mis dioses o a la suma del tiempo
        Que mis días merezcan el olvido,
        Que mi nombre sea Nadie como el de Ulises,
        Pero que algún verso perdure
        En la noche propicia a la memoria
        O en las mañanas de los hombres.

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      A un viejo poeta

        Caminas por el campo de Castilla
        Y casi no lo ves. Un intrincado
        Versículo de Juan es tu cuidado
        Y apenas reparaste en la amarilla
        Puesta del sol. La vaga luz delira
        Y en el confín del Este se dilata
        Esa luna de escarnio y de escarlata
        Que es acaso el espejo de la ira.
        Alzas los ojos y la miras. Una
        Memoria de algo que fue tuyo empieza
        Y se apaga. La pálida cabeza
        Bajas y sigues caminando triste,
        Sin recordar el verso que escribiste:
        Y su epitafio la sangrienta luna.

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      Ajedrez

        I

        En su grave rincón, los jugadores
        Rigen las lentas piezas. El tablero
        Los demora hasta el alba en su severo
        Ámbito en que se odian dos colores.
        Adentro irradian mágicos rigores
        Las formas: torre homérica, ligero
        Caballo, armada reina, rey postrero,
        Oblicuo alfil y peones agresores.
        Cuando los jugadores se hayan ido,
        Cuando el tiempo los haya consumido,
        Ciertamente no habrá cesado el rito.
        En el Oriente se encendió esta guerra
        Cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.
        Como el otro, este juego es infinito.

        II

        Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
        Reina, torre directa y peón ladino
        Sobre lo negro y blanco del camino
        Buscan y libran su batalla armada.
        No saben que la mano señalada
        Del jugador gobierna su destino,
        No saben que un rigor adamantino
        Sujeta su albedrío y su jornada.
        También el jugador es prisionero
        (La sentencia es de Omar) de otro tablero
        De negras noches y de blancos días.
        Dios mueve al jugador, y este, la pieza.
        ¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza
        De polvo y tiempo y sueño y agonías?

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      Al vino

        En el bronce de Homero resplandece tu nombre,
        Negro vino que alegras el corazón del hombre.
        Siglos de siglos hace que vas de mano en mano
        Desde el ritón del griego al cuerno del germano.
        En la aurora ya estabas. A las generaciones
        Les diste en el camino tu fuego y tus leones.
        Junto a aquel otro río de noches y de días
        Corre el tuyo que aclaman amigos y alegrías.
        Vino que como un Éufrates patriarcal y profundo
        Vas fluyendo a lo largo de la historia del mundo.
        En tu cristal que vive nuestros ojos han visto
        Una roja metáfora de la sangre de Cristo.
        En las arrebatadas estrofas del sufí
        Eres la cimitarra, la rosa y el rubí.
        Que otros en tu Leteo beban un triste olvido;
        Yo busco en ti las fiestas del fervor compartido.
        Sésamo con el cual antiguas noches abro
        Y en la dura tiniebla, dádiva y candelabro.
        Vino del mutuo amor o la roja pelea,
        Alguna vez te llamaré. Que así sea.

      Arriba

      Alguien
        Un hombre trabajado por el tiempo,
        Un hombre que ni siquiera espera la muerte
        (Las pruebas de la muerte son estadísticas
        Y nadie hay que no corra el albur
        De ser el primer inmortal),
        Un hombre que ha aprendido a agradecer
        Las modestas limosnas de los días:
        El sueño, la rutina, el sabor del agua,
        Una no sospechada etimología,
        Un verso latino o sajón,
        La memoria de una mujer que lo ha abandonado
        Hace ya tantos años
        Que hoy puede recordarla sin amargura,
        Un hombre que no ignora que el presente
        Ya es el porvenir y el olvido,
        Un hombre que ha sido desleal
        Y con el que fueron desleales,
        Puede sentir de pronto, al cruzar la calle,
        Una misteriosa felicidad
        Que no viene del lado de la esperanza
        Sino de una antigua inocencia,
        De su propia raíz o de un dios disperso.
        Sabe que no debe mirarla de cerca,
        Porque hay razones más terribles que tigres
        Que le demostrarán su obligación
        De ser un desdichado,
        Pero humildemente recibe
        Esa felicidad, esa ráfaga.
        Quizá en la muerte para siempre seremos,
        Cuando el polvo sea polvo,
        Esa indescifrable raíz,
        De la cual para siempre crecerá,
        Ecuánime o atroz,
        Nuestro solitario cielo o infierno.

      Arriba

      Alhambra
        Grata la voz del agua
        A quien abrumaron negras arenas,
        Grato a la mano cóncava
        El mármol circular de la columna,
        Gratos los finos laberintos del agua
        Entre los limoneros,
        Grata la música del zéjel,
        Grato el amor y grata la plegaria
        Dirigida a un dios que está solo,
        Grato el jazmín.
        Vano el alfanje
        Ante las largas lanzas de los muchos,
        Vano ser el mejor.
        Grato sentir o presentir, rey doliente,
        Que tus dulzuras son adioses,
        Que te será negada la llave,
        Que la cruz del infiel borrará la luna,
        Que la tarde que miras es la última.

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      Amanecer

        En la honda noche universal
        Que apenas contradicen los faroles
        Una racha perdida
        Ha ofendido las calles taciturnas
        Como presentimiento tembloroso
        Del amanecer horrible que ronda
        Los arrabales desmantelados del mundo.
        Curioso de la sombra
        Y acobardado por la amenaza del alba
        Reviví la tremenda conjetura
        De Schopenhauer y de Berkeley
        Que declara que el mundo
        Es una actividad de la mente,
        Un sueño de las almas,
        Sin base ni propósito ni volumen.
        Y ya que las ideas
        No son eternas como el mármol
        Sino inmortales como un bosque o un río,
        La doctrina anterior
        Asumió otra forma en el alba
        Y la superstición de esa hora
        Cuando la luz como una enredadera
        Va a implicar las paredes de la sombra,
        Doblegó mi razón
        Y trazó el capricho siguiente:
        Si están ajenas de sustancia las cosas
        Y si esta numerosa Buenos Aires
        No es más que un sueño
        Que erigen en compartida magia las almas,
        Hay un instante
        En que peligra desaforadamente su ser
        Y es el instante estremecido del alba,
        Cuando son pocos los que sueñan el mundo
        Y sólo algunos trasnochadores conservan,
        Cenicienta y apenas bosquejada,
        La imagen de las calles
        Que definirán después con los otros.
        ¡Hora en que el sueño pertinaz de la vida
        Corre peligro de quebranto,
        Hora en que le sería fácil a Dios
        Matar del todo su obra!
        Pero de nuevo el mundo se ha salvado.
        La luz discurre inventando sucios colores
        Y con algún remordimiento
        De mi complicidad en el resurgimiento del día
        Solicito mi casa,
        Atónita y glacial en la luz blanca,
        Mientras un pájaro detiene el silencio
        Y la noche gastada
        Se ha quedado en los ojos de los ciegos.

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      Amorosa anticipación

        Ni la intimidad de tu frente clara como una fiesta
        Ni la costumbre de tu cuerpo, aún misterioso y tácito de niña,
        Ni la sucesión de tu vida asumiendo palabras o silencios
        Serán favor tan misterioso
        Como mirar tu sueño implicado
        En la vigilia de mis brazos.
        Virgen milagrosamente otra vez por la virtud absolutoria del sueño,
        Quieta y resplandeciente como una dicha que la memoria elige,
        Me darás esa orilla de tu vida que tú misma no tienes.
        Arrojado a quietud,
        Divisaré esa playa última de tu ser
        Y te veré, por vez primera, quizá,
        Como Dios ha de verte,
        Desbaratada la ficción del tiempo,
        Sin el amor, sin mí.

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      Arte poética

        Mirar el río hecho de tiempo y agua
        Y recordar que el tiempo es otro río,
        Saber que nos perdemos como el río
        Y que los rostros pasan como el agua.
        Sentir que la vigilia es otro sueño
        Que sueña no soñar y que la muerte
        Que teme nuestra carne es esa muerte
        De cada noche que se llama sueño.
        Ver en el día o en el año un símbolo
        De los días del hombre y de sus años,
        Convertir el ultraje de los años
        En una música, un rumor y un símbolo,
        Ver en la muerte el sueño, en el ocaso
        Un triste oro, tal es la poesía
        Que es inmortal y pobre. La poesía
        Vuelve como la aurora y el ocaso.
        A veces en las tardes una cara
        Nos mira desde el fondo de un espejo;
        El arte debe ser como ese espejo
        Que nos revela nuestra propia cara.
        Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
        Lloró de amor al divisar su Itaca
        Verde y humilde. El arte es esa Itaca
        De verde eternidad, no de prodigios.
        También es como el río interminable
        Que pasa y queda y es cristal de un mismo
        Heráclito inconstante, que es el mismo
        Y es otro, como el río interminable.

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      Ausencia

        Habré de levantar la vasta vida
        Que aún ahora es tu espejo:
        Cada mañana habré de reconstruirla.
        Desde que te alejaste,
        Cuántos lugares se han tornado vanos
        Y sin sentido, iguales
        A luces en el día.
        Tardes que fueron nicho de tu imagen,
        Músicas en que siempre me aguardabas,
        Palabras de aquel tiempo,
        Yo tendré que quebrarlas con mis manos.
        ¿En qué hondonada esconderé mi alma
        Para que no vea tu ausencia
        Que como un sol terrible, sin ocaso,
        Brilla definitiva y despiadada?
        Tu ausencia me rodea
        Como la cuerda a la garganta,
        El mar al que se hunde.

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      Dakar

        Dakar está en la encrucijada del sol, del desierto y del mar.
        El sol nos tapa el firmamento, el arenal acecha en los caminos, el mar es un encono.
        He visto un jefe en cuya manta era más ardiente lo azul que en el cielo incendiado.
        La mezquita cerca del biógrafo luce una claridad de plegaria.
        La resolana aleja las chozas, el sol como un ladrón escala los muros.
        África tiene en la eternidad su destino, donde hay hazañas, ídolos,
        Reinos, arduos bosques y espadas.
        Yo he logrado un atardecer y una aldea.

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      Despedida

        Entre mi amor y yo han de levantarse
        Trescientas noches como trescientas paredes,
        Y el mar será una magia entre nosotros.
        No habrá sino recuerdos.
        Oh tardes merecidas por la pena,
        Noches esperanzadas de mirarte,
        Campos de mi camino, firmamento
        Que estoy viendo y perdiendo.
        Definitiva como un mármol
        Entristecerá tu ausencia otras tardes.

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      Despertar

        Entra la luz y asciendo torpemente
        De los sueños al sueño compartido
        Y las cosas recobran su debido
        Y esperado lugar y en el presente
        Converge abrumador y vasto el vago
        Ayer: las seculares migraciones
        Del pájaro y del hombre, las legiones
        Que el hierro destrozó, Roma y Cartago.
        Vuelve también la cotidiana historia:
        Mi voz, mi rostro, mi temor, mi suerte.
        ¡Ah, si aquel otro despertar, la muerte,
        Me deparara un tiempo sin memoria
        De mi nombre y de todo lo que he sido!
        ¡Ah, si en esa mañana hubiera olvido!

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      El amenazado

        Es el amor. Tendré que ocultarme o huir.
        Crecen los muros de su cárcel, como en un sueño atroz. La
        Hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única.
        ¿De qué me servirán mis talismanes: el ejercicio de las letras,
        La vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó
        El áspero norte para cantar sus mares y sus espadas, la serena amistad,
        Las galerías de la biblioteca, las cosas comunes, los hábitos, el joven
        Amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche
        Intemporal, el sabor del sueño?
        Estar contigo o no estar contigo, es la medida de mi tiempo.
        Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz
        Del ave, ya se han oscurecido los que miran por la ventana, pero la
        Sombra no ha traído la paz.
        Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la
        Memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.
        Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles.
        Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
        Ya los ejércitos que cercan las hordas.
        (Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.)
        El nombre de una mujer me delata.
        Me duele una mujer en todo el cuerpo.

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      El cómplice

        Me crucifican y yo debo ser la cruz y los clavos.
        Me tienden la copa y yo debo ser la cicuta.
        Me engañan y yo debo ser la mentira.
        Me incendian y yo debo ser el infierno.
        Debo alabar y agradecer cada instante del tiempo.
        Mi alimento es todas las cosas.
        El peso preciso del universo, la humillación, el júbilo.
        Debo justificar lo que me hiere.
        No importa mi ventura o mi desventura.
        Soy el poeta.

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      El enamorado

        Lunas, marfiles, instrumentos, rosas,
        Lámparas y la línea de Durero,
        Las nueve cifras y el cambiante cero,
        Debo fingir que existen esas cosas.
        Debo fingir que en el pasado fueron
        Persépolis y Roma y que una arena
        Sutil midió la suerte de la almena
        Que los siglos de hierro deshicieron.
        Debo fingir las armas y la pira
        De la epopeya y los pesados mares
        Que roen de la tierra los pilares.
        Debo fingir que hay otros. Es mentira.
        Sólo tú eres. Tú, mi desventura
        Y mi ventura, inagotable y pura.

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      El golem

        Si (como el griego afirma en el Crátilo)
        El nombre es arquetipo de la cosa,
        En las letras de rosa está la rosa
        Y todo el Nilo en la palabra Nilo.
        Y, hecho de consonantes y vocales,
        Habrá un terrible nombre, que la esencia
        Cifre de Dios y que la omnipotencia
        Guarde en letras y sílabas cabales.
        Adán y las estrellas lo supieron
        En el jardín. La herrumbre del pecado
        (Dicen los cabalistas) lo ha borrado
        Y las generaciones lo perdieron.
        Los artificios y el candor del hombre
        No tienen fin. Sabemos que hubo un día
        En que el pueblo de Dios buscaba el nombre
        En las vigilias de la judería.
        No a la manera de otras que una vaga
        Sombra insinúan en la vaga historia,
        Aún está verde y viva la memoria
        De Judá León, que era rabino en Praga.
        Sediento de saber lo que Dios sabe,
        Judá León se dio a permutaciones
        De letras y a complejas variaciones
        Y al fin pronunció el nombre que es la clave,
        La puerta, el eco, el huésped y el palacio,
        Sobre un muñeco que con torpes manos
        Labró, para enseñarle los arcanos
        De las Letras, del Tiempo y del Espacio.
        El simulacro alzó los soñolientos
        Párpados y vio formas y colores
        Que no entendió, perdidos en rumores
        Y ensayó temerosos movimientos.
        Gradualmente se vio (como nosotros)
        Aprisionado en esta red sonora
        De antes, después, ayer, mientras, ahora,
        Derecha, izquierda, yo, tú, aquellos, otros.
        (El cabalista que ofició de numen
        A la vasta criatura apodó Golem;
        Estas verdades las refiere Scholem
        En un docto lugar de su volumen).
        El rabí le explicaba el universo:
        Esto es mi pie; esto el tuyo; esto la soga
        Y logró, al cabo de años, que el perverso
        Barriera bien o mal la sinagoga.
        Tal vez hubo un error en la grafía
        O en la articulación del Sacro Nombre;
        A pesar de tan alta hechicería,
        No aprendió a hablar el aprendiz de hombre.
        Sus ojos, menos de hombre que de perro
        Y harto menos de perro que de cosa,
        Seguían al rabí por la dudosa
        Penumbra de las piezas del encierro.
        Algo anormal y tosco hubo en el Golem,
        Ya que a su paso el gato del rabino
        Se escondía. (Ese gato no está en Scholem
        Pero, a través del tiempo, lo adivino).
        Elevando a su dios manos filiales,
        Las devociones de su dios copiaba
        O, estúpido y sonriente, se ahuecaba
        En cóncavas zalemas orientales.
        El rabí lo miraba con ternura
        Y con algún horror. ¿Cómo (se dijo)
        Pude engendrar este penoso hijo
        Y la inacción dejé, que es la cordura?
        ¿Por qué di en agregar a la infinita
        Serie un símbolo más? ¿Por qué a la vana
        Madeja que en lo eterno se devana,
        Di otra causa, otro efecto y otra cuita?
        En la hora de la angustia y de luz vaga,
        En su Golem los ojos detenía.
        ¿Quién nos dirá las cosas que sentía
        Dios, al mirar a su rabino en Praga?

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      El instante

        ¿Dónde estarán los siglos, dónde el sueño
        De espadas que los tártaros soñaron,
        Dónde los fuertes muros que allanaron,
        Dónde el árbol de Adán y el otro leño?
        El presente está solo. La memoria
        Erige el tiempo. Sucesión y engaño
        Es la rutina del reloj. El año
        No es menos vano que la vana historia.
        Entre el alba y la noche hay un abismo
        De agonías, de luces, de cuidados;
        El rostro que se mira en los gastados
        Espejos de la noche no es el mismo.
        El hoy fugaz es tenue y es eterno;
        Otro Cielo no esperes, ni otro Infierno.

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      El laberinto

        No habrá nunca una puerta. Estás adentro
        Y el alcázar abarca el universo
        Y no tiene ni anverso ni reverso
        Ni externo muro ni secreto centro.
        No esperes que el rigor de tu camino
        Que tercamente se bifurca en otro,
        Tendrá fin. Es de hierro tu destino
        Como tu juez. No aguardes la embestida
        Del toro que es un hombre y cuya extraña
        Forma plural da horror a la maraña
        De interminable piedra entretejida.
        No existe. Nada esperes. Ni siquiera
        En el negro crepúsculo la fiera.

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      El mar

        Antes que el sueño (o el terror) tejiera
        Mitologías y cosmogonías,
        Antes que el tiempo se acuñara en días,
        El mar, el siempre mar, ya estaba y era.
        ¿Quién es el mar? ¿Quién es aquel violento
        Y antiguo ser que roe los pilares
        De la tierra y es uno y muchos mares
        Y abismo y resplandor y azar y viento?
        Quien lo mira lo ve por vez primera,
        Siempre. Con el asombro que las cosas
        Elementales dejan, las hermosas
        Tardes, la luna, el fuego de una hoguera.
        ¿Quién es el mar, quién soy? Lo sabré el día
        Ulterior que sucede a la agonía.

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      El oro de los tigres

        Hasta la hora del ocaso amarillo
        Cuántas veces habré mirado
        Al poderoso tigre de Bengala
        Ir y venir por el predestinado camino
        Detrás de los barrotes de hierro,
        Sin sospechar que eran su cárcel.
        Después vendrían otros tigres,
        El tigre de fuego de Blake;
        Después vendrían otros oros,
        El metal amoroso que era Zeus,
        El anillo que cada nueve noches
        Engendra nueve anillos y estos nueve,
        Y no hay un fin.
        Con los años fueron dejándome
        Los otros hermosos colores
        Y ahora sólo me quedan
        La vaga luz, la inextricable sombra
        Y el oro del principio.
        Oh ponientes, oh tigres, oh fulgores
        Del mito y de la épica,
        Oh un oro más precioso, tu cabello
        Que ansían estas manos.

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      El remordimiento

        He cometido el peor de los pecados
        Que un hombre puede cometer. No he sido
        Feliz. Que los glaciares del olvido
        Me arrastren y me pierdan, despiadados.
        Mis padres me engendraron para el juego
        Arriesgado y hermoso de la vida,
        Para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
        Los defraudé. No fui feliz. Cumplida
        No fue su joven voluntad. Mi mente
        Se aplicó a las simétricas porfías
        Del arte, que entreteje naderías.
        Me legaron valor. No fui valiente.
        No me abandona. Siempre está a mi lado
        La sombra de haber sido un desdichado.

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      El sueño

        Si el sueño fuera (como dicen) una
        Tregua, un puro reposo de la mente,
        ¿Por qué si te despiertan bruscamente,
        Sientes que te han robado una fortuna?
        ¿Por qué es tan triste madrugar? La hora
        Nos despoja de un don inconcebible,
        Tan íntimo que sólo es traducible
        En un sopor que la vigilia dora
        De sueños, que bien pueden ser reflejos
        Truncos de los tesoros de la sombra,
        De un orbe intemporal que no se nombra
        Y que el día deforma en sus espejos.
        ¿Quién serás esta noche en el oscuro
        Sueño, del otro lado de su muro?

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      El suicida

        No quedará en la noche una estrella.
        No quedará la noche.
        Moriré y conmigo la suma
        Del intolerable universo.
        Borraré las pirámides, las medallas,
        Los continentes y las caras.
        Borraré la acumulación del pasado.
        Haré polvo la historia, polvo el polvo.
        Estoy mirando el último poniente.
        Oigo el último pájaro.
        Lego la nada a nadie.

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      Elogio de la sombra

        La vejez (tal es el nombre que los otros le dan)
        Puede ser el tiempo de nuestra dicha.
        El animal ha muerto o casi ha muerto.
        Quedan el hombre y su alma.
        Vivo entre formas luminosas y vagas
        Que no son aún la tiniebla.
        Buenos Aires,
        Que antes se desgarraba en arrabales
        Hacia la llanura incesante,
        Ha vuelto a ser la Recoleta, el Retiro,
        Las borrosas calles del Once
        Y las precarias casas viejas
        Que aún llamamos el Sur.
        Siempre en mi vida fueron demasiadas las cosas;
        Demócrito de Abdera se arrancó los ojos para pensar;
        El tiempo ha sido mi Demócrito.
        Esta penumbra es lenta y no duele;
        Fluye por un manso declive
        Y se parece a la eternidad.
        Mis amigos no tienen cara,
        Las mujeres son lo que fueron hace ya tantos años,
        Las esquinas pueden ser otras,
        No hay letras en las páginas de los libros.
        Todo esto debería atemorizarme,
        Pero es una dulzura, un regreso.
        De las generaciones de los textos que hay en la tierra
        Sólo habré leído unos pocos,
        Los que sigo leyendo en la memoria,
        Leyendo y transformando.
        Del Sur, del Este, del Oeste, del Norte,
        Convergen los caminos que me han traído
        A mi secreto centro.
        Esos caminos fueron ecos y pasos,
        Mujeres, hombres, agonías, resurrecciones,
        Días y noches,
        Entresueños y sueños,
        Cada ínfimo instante del ayer
        Y de los ayeres del mundo,
        La firme espada del danés y la luna del persa,
        Los actos de los muertos,
        El compartido amor, las palabras,
        Emerson y la nieve y tantas cosas.
        Ahora puedo olvidarlas. Llego a mi centro,
        A mi álgebra y mi clave,
        A mi espejo.
        Pronto sabré quién soy.

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      Elvira de Alvear
        Todas las cosas tuvo y lentamente
        Todas la abandonaron. La hemos visto
        Armada de belleza. La mañana
        Y el arduo mediodía le mostraron,
        Desde su cumbre, los hermosos reinos
        De la tierra. La tarde fue borrándolos.
        El favor de los astros (la infinita
        Y ubicua red de causas) le había dado
        La fortuna, que anula las distancias
        Como el tapiz del árabe, y confunde
        Deseo y posesión, y el don del verso,
        Que transforma las penas verdaderas
        En una música, un rumor y un símbolo,
        Y el fervor, y en la sangre la batalla
        De Ituzaingó y el peso de laureles,
        Y el goce de perderse en el errante
        Río del tiempo (río y laberinto)
        Y en los lentos colores de las tardes.
        Todas las cosas la dejaron, menos
        Una. La generosa cortesía
        La acompañó hasta el fin de su jornada,
        Más allá del delirio y del eclipse,
        De un modo casi angélico. De Elvira
        Lo primero que vi, hace tantos años,
        Fue la sonrisa y es también lo último.

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      España
        Más allá de los símbolos,
        Más allá de la pompa y la ceniza de los aniversarios,
        Más allá de la aberración del gramático
        Que ve en la historia del hidalgo
        Que soñaba ser don Quijote y al fin lo fue,
        No una amistad y una alegría
        Sino un herbario de arcaísmos y un refranero,
        Estás, España silenciosa, en nosotros.
        España del bisonte, que moriría
        Por el hierro o el rifle,
        En las praderas del ocaso, en Montana,
        España donde Ulises descendió a la Casa de Hades,
        España del íbero, del celta, del cartaginés, y de Roma,
        España de los duros visigodos,
        De estirpe escandinava,
        Que deletrearon y olvidaron la escritura de Ulfilas,
        Pastor de pueblos,
        España del Islam, de la cábala
        Y de la Noche Oscura del Alma,
        España de los inquisidores,
        Que padecieron el destino de ser verdugos
        Y hubieran podido ser mártires,
        España de la larga aventura
        Que descifró los mares y redujo crueles imperios
        Y que prosigue aquí, en Buenos Aires,
        En este atardecer del mes de julio de 1964,
        España de la otra guitarra, la desgarrada,
        No la humilde, la nuestra,
        España de los patios,
        España de la piedra piadosa de catedrales y santuarios,
        España de la hombría de bien y de la caudalosa amistad,
        España del inútil coraje,
        Podemos profesar otros amores,
        Podemos olvidarte
        Como olvidamos nuestro propio pasado,
        Porque inseparablemente estás en nosotros,
        En los íntimos hábitos de la sangre,
        En los Acevedo y los Suárez de mi linaje,
        España,
        Madre de ríos y de espadas y de multiplicadas generaciones,
        Incesante y fatal.

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      Everness
        Sólo una cosa no hay. Es el olvido.
        Dios, que salva el metal, salva la escoria
        Y cifra en su profética memoria
        Las lunas que serán y las que han sido.
        Ya todo está. Los miles de reflejos
        Que entre los dos crepúsculos del día
        Tu rostro fue dejando en los espejos
        Y los que irá dejando todavía.
        Y todo es una parte del diverso
        Cristal de esa memoria, el universo;
        No tienen fin sus arduos corredores
        Y las puertas se cierran a tu paso;
        Sólo del otro lado del ocaso
        Verás los arquetipos y esplendores.

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      Final de año

        Ni el pormenor simbólico
        De reemplazar un tres por un dos
        Ni esa metáfora baldía
        Que convoca un lapso que muere y otro que surge
        Ni el cumplimiento de un proceso astronómico
        Aturden y socavan
        La altiplanicie de esta noche
        Y nos obligan a esperar
        Las doce irreparables campanadas.
        La causa verdadera
        Es la sospecha general y borrosa
        Del enigma del tiempo;
        Es el asombro ante el milagro
        De que a despecho de infinitos azares,
        De que a despecho de que somos
        Las gotas del río de Heráclito,
        Perdure algo en nosotros:
        Inmóvil.

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      Instantes (Poema erróneamente atribuido a Borges)

        Si pudiera vivir nuevamente mi vida,
        En la próxima trataría de cometer más errores.
        No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más.
        Sería más tonto de lo que he sido,
        De hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad.
        Sería menos higiénico.
        Correría más riesgos,
        Haría más viajes,
        Contemplaría más atardeceres,
        Subiría más montañas, nadaría más ríos.
        Iría a más lugares adonde nunca he ido,
        Comería más helados y menos habas,
        Tendría más problemas reales y menos imaginarios.
        Yo fui una de esas personas que vivió sensata
        Y prolíficamente cada minuto de su vida;
        Claro que tuve momentos de alegría.
        Pero si pudiera volver atrás trataría
        De tener solamente buenos momentos.
        Por si no lo saben, de eso está hecha la vida,
        Sólo de momentos; no te pierdas el ahora.
        Yo era uno de esos que nunca
        Iban a ninguna parte sin un termómetro,
        Una bolsa de agua caliente,
        Un paraguas y un paracaídas;
        Si pudiera volver a vivir, viajaría más liviano.
        Si pudiera volver a vivir
        Comenzaría a andar descalzo a principios
        De la primavera
        Y seguiría descalzo hasta concluir el otoño.
        Daría más vueltas en calesita,
        Contemplaría más amaneceres,
        Y jugaría con más niños,
        Si tuviera otra vez vida por delante.
        Pero ya ven, tengo 85 años...
        Y sé que me estoy muriendo.

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      Jactancia de quietud

        Escrituras de luz embisten la sombra, más prodigiosas que meteoros.
        La alta ciudad inconocible arrecia sobre el campo.
        Seguro de mi vida y de mi muerte, miro los ambiciosos y quisiera entenderlos.
        Su día es ávido como el lazo en el aire.
        Su noche es tregua de la ira en el hierro, pronto en acometer.
        Hablan de humanidad.
        Mi humanidad está en sentir que somos voces de una misma penuria.
        Hablan de patria.
        Mi patria es un latido de guitarra, unos retratos y una vieja espada,
        La oración evidente del sauzal en los atardeceres.
        El tiempo está viviéndome.
        Más silencioso que mi sombra, cruzo el tropel de su levantada codicia.
        Ellos son imprescindibles, únicos, merecedores del mañana.
        Mi nombre es alguien y cualquiera.
        Paso con lentitud, como quien viene de tan lejos que no espera llegar.

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      La busca

        Al término de tres generaciones
        Vuelvo a los campos de los Acevedo,
        Que fueron mis mayores. Vagamente
        Los he buscado en esta vieja casa
        Blanca y rectangular, en la frescura
        De sus dos galerías, en la sombra
        Creciente que proyectan los pilares,
        En el intemporal grito del pájaro,
        En la lluvia que abruma la azotea,
        En el crepúsculo de los espejos,
        En un reflejo, un eco, que fue suyo
        Y que ahora es mío, sin que yo lo sepa.
        He mirado los hierros de la reja
        Que detuvo las lanzas del desierto,
        La palmera partida por el rayo,
        Los negros toros de Aberdeen, la tarde,
        Las casuarinas que ellos nunca vieron.
        Aquí fueron la espada y el peligro,
        Las duras proscripciones, las patriadas;
        Firmes en el caballo, aquí rigieron
        La sin principio y la sin fin llanura
        Los estancieros de las largas leguas.
        Pedro Pascual, Miguel, Judas Tadeo
        Quién me dirá si misteriosamente,
        Bajo este techo de una sola noche,
        Más allá de los años y del polvo,
        Más allá del cristal de la memoria,
        No nos hemos unido y confundido,
        Yo en el sueño, pero ellos en la muerte.

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      La lluvia

        Bruscamente la tarde se ha aclarado
        Porque ya cae la lluvia minuciosa.
        Cae o cayó. La lluvia es una cosa
        Que sin duda sucede en el pasado.
        Quien la oye caer ha recobrado
        El tiempo en que la suerte venturosa
        Le reveló una flor llamada rosa
        Y el curioso color del colorado.
        Esta lluvia que ciega los cristales
        Alegrará en perdidos arrabales
        Las negras uvas de una parra en cierto.
        Patio que ya no existe. La mojada
        Tarde me trae la voz, la voz deseada,
        De mi padre que vuelve y que no ha muerto.

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      La luna

        Hay tanta soledad en ese oro.
        La luna de las noches no es la luna
        Que vio el primer Adán. Los largos siglos
        De la vigilia humana la han colmado
        De antiguo llanto. Mírala. Es tu espejo.

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      La rosa

        La rosa,
        La inmarcesible rosa que no canto,
        La que es peso y fragancia,
        La del negro jardín en la alta noche,
        La de cualquier jardín y cualquier tarde,
        La rosa que resurge de la tenue
        Ceniza por el arte de la alquimia,
        La rosa de los persas y de Ariosto,
        La que siempre está sola,
        La que siempre es la rosa de las rosas,
        La joven flor platónica,
        La ardiente y ciega rosa que no canto,
        La rosa inalcanzable.

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      Las cosas

        El bastón, las monedas, el llavero,
        La dócil cerradura, las tardías
        Notas que no leerán los pocos días
        Que me quedan, los naipes y el tablero,
        Un libro y en sus páginas la ajada
        Violeta, monumento de una tarde
        Sin duda inolvidable y ya olvidada,
        El rojo espejo occidental en que arde
        Una ilusoria aurora. ¡Cuántas cosas,
        Láminas, umbrales, atlas, copas, clavos,
        Nos sirven como tácitos esclavos,
        Ciegas y extrañamente sigilosas!
        Durarán más allá de nuestro olvido;
        No sabrán nunca que nos hemos ido.

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      Llaneza

        Se abre la verja del jardín
        Con la docilidad de la página
        Que una frecuente devoción interroga
        Y adentro las miradas
        No precisan fijarse en los objetos
        Que ya están cabalmente en la memoria.
        Conozco las costumbres y las almas
        Y ese dialecto de alusiones
        Que toda agrupación humana va urdiendo.
        No necesito hablar
        Ni mentir privilegios;
        Bien me conocen quienes aquí me rodean,
        Bien saben mis congojas y mi flaqueza.
        Eso es alcanzar lo más alto,
        Lo que tal vez nos dará el Cielo:
        No admiraciones ni victorias
        Sino sencillamente ser admitidos
        Como parte de una realidad innegable,
        Como las piedras y los árboles.

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      Lo perdido

        ¿Dónde estará mi vida, la que pudo
        Haber sido y no fue, la venturosa
        O la de triste horror, esa otra cosa
        Que pudo ser la espada o el escudo
        Y que no fue? ¿Dónde estará el perdido
        Antepasado persa o el noruego,
        Dónde el azar de no quedarme ciego,
        Dónde el ancla y el mar, dónde el olvido
        De ser quien soy? ¿Dónde estará la pura
        Noche que al rudo labrador confía
        El iletrado y laborioso día,
        Según lo quiere la literatura?
        Pienso también en esa compañera
        Que me esperaba, y que tal vez me espera.

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      Los enigmas

        Yo que soy el que ahora está cantando.
        Seré mañana el misterioso, el muerto,
        El morador de un mágico y desierto
        Orbe sin antes ni después ni cuándo.
        Así afirma la mística. Me creo
        Indigno del Infierno o de la Gloria,
        Pero nada predigo. Nuestra historia
        Cambia como las formas de Proteo.
        ¿Qué errante laberinto, qué blancura
        Ciega de resplandor será mi suerte,
        Cuando me entregue el fin de esta aventura
        La curiosa experiencia de la muerte?
        Quiero beber su cristalino olvido,
        Ser para siempre; pero no haber sido.

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      Los espejos

        Yo que sentí el horror de los espejos
        No sólo ante el cristal impenetrable
        Donde acaba y empieza, inhabitable,
        Un imposible espacio de reflejos.
        Sino ante el agua especular que imita
        El otro azul en su profundo cielo
        Que a veces raya el ilusorio vuelo
        Del ave inversa o que un temblor agita.
        Y ante la superficie silenciosa
        Del ébano sutil cuya tersura
        Repite como un sueño la blancura
        De un vago mármol o una vaga rosa.
        Hoy, al cabo de tantos y perplejos
        Años de errar bajo la varia luna,
        Me pregunto qué azar de la fortuna
        Hizo que yo temiera los espejos.
        Espejos de metal, enmascarado
        Espejo de caoba que en la bruma
        De su rojo crepúsculo disfuma
        Ese rostro que mira y es mirado.
        Infinitos los veo, elementales
        Ejecutores de un antiguo pacto,
        Multiplicar el mundo como el acto
        Generativo, insomnes y fatales.
        Prolonga este vano mundo incierto
        En su vertiginosa telaraña;
        A veces en la tarde los empaña
        El hálito de un hombre que no ha muerto.
        Nos acecha el cristal. Si entre las cuatro
        Paredes de la alcoba hay un espejo,
        Ya no estoy solo. Hay otro. Hay el reflejo
        Que arma en el alba un sigiloso teatro.
        Todo acontece y nada se recuerda
        En esos gabinetes cristalinos
        Donde, como fantásticos rabinos,
        Leemos los libros de derecha a izquierda.
        Claudio, rey de una tarde, rey soñado,
        No sintió que era un sueño hasta aquel día
        En que un actor mimó su felonía
        Con arte silencioso, en un tablado.
        Que haya sueños es raro, que haya espejos,
        Que el usual y gastado repertorio
        De cada día incluya el ilusorio
        Orbe profundo que urden los reflejos.
        Dios (he dado en pensar) pone un empeño
        En toda esa inasible arquitectura
        Que edifica la luz con la tersura
        Del cristal y la sombra con el sueño.
        Dios ha creado las noches que se arman
        De sueños y las formas del espejo
        Para que el hombre sienta que es reflejo
        Y vanidad. Por eso no alarman.

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      Los límites

        De estas calles que ahondan el poniente,
        Una habrá (no sé cuál) que he recorrido
        Ya por última vez, indiferente
        Y sin adivinarlo, sometido
        A quien prefija omnipotentes normas
        Y una secreta y rígida medida
        A las sombras, los sueños y las formas
        Que destejen y tejen esta vida.
        Si para todo hay término y hay tasa
        Y última vez y nunca más y olvido
        ¿Quién nos dirá de quién, en esta casa,
        Sin saberlo, nos hemos despedido?
        Tras el cristal ya gris la noche cesa
        Y del alto de libros que una trunca
        Sombra dilata por la vaga mesa,
        Alguno habrá que no leeremos nunca.
        Hay en el Sur más de un portón gastado
        Con sus jarrones de mampostería
        Y tunas, que a mi paso está vedado
        Como si fuera una litografía.
        Para siempre cerraste alguna puerta
        Y hay un espejo que te aguarda en vano;
        La encrucijada te parece abierta
        Y la vigila, cuadrifonte, Jano.
        Hay, entre todas tus memorias,
        Una que se ha perdido irreparablemente;
        No te verán bajar a aquella fuente
        Ni el blanco sol ni la amarilla luna.
        No volverá tu voz a lo que el persa
        Dijo en su lengua de aves y de rosas,
        Cuando al ocaso, ante la luz dispersa,
        Quieras decir inolvidables cosas.
        ¿Y el incesante Ródano y el lago,
        Todo ese ayer sobre el cual hoy me inclino?
        Tan perdido estará como Cartago
        Que con fuego y con sal borró el latino.
        Creo en el alba oír un atareado
        Rumor de multitudes que se alejan;
        Son los que me han querido y olvidado;
        Espacio, tiempo y Borges ya me dejan.

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      Mi vida entera

        Aquí otra vez, los labios memorables, único y
        Semejante a vosotros.
        Soy esa torpe intensidad que es un alma.
        He persistido en la aproximación de la dicha y
        En la privanza del pesar.
        He atravesado el mar.
        He conocido muchas tierras; he visto una mujer
        Y dos o tres hombres.
        He querido a una niña altiva y blanca y de una
        Hispánica quietud.
        He visto un arrabal infinito donde se cumple una
        Insaciada inmortalidad de ponientes.
        He paladeado numerosas palabras.
        Creo profundamente que eso es todo y que ni veré
        Ni ejecutaré cosas nuevas.
        Creo que mis jornadas y mis noches se igualan en
        Pobreza y en riqueza a las de Dios y a las
        De todos los hombres.

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      Milonga de dos hermanos

        Traiga cuentos la guitarra
        De cuando el fierro brillaba,
        Cuentos de truco y de taba,
        De cuadreras y de copas,
        Cuentos de la Costa Brava
        Y el Camino de las tropas.
        Venga una historia de ayer
        Que apreciarán los más lerdos;
        El destino no hace acuerdos
        Y nadie se lo reproche
        Ya estoy viendo que esta noche
        Vienen del Sur los recuerdos,
        Velay, señores, la historia
        De los hermanos Iberra,
        Hombres de amor y de guerra.
        Y en el peligro primeros,
        La flor de los cuchilleros
        Y ahora los tapa la tierra.
        Suelen al hombre perder
        La soberbia o la codicia;
        También el coraje envicia
        A quien le da noche y día
        El que era menor debía
        Más muertes a la justicia.
        Cuando Juan Iberra vio
        Que el menor lo aventajaba,
        La paciencia se le acaba
        Y le armó no sé que lazo
        Le dio muerte de un balazo,
        Allá por la Costa Brava.
        Sin demora y sin apuro
        Lo fue tendiendo en la vía
        Para que el tren lo pisara.
        El tren lo dejó sin cara,
        Que es lo que el mayor quería.
        Así de manera fiel
        Conté la historia hasta el fin;
        Es la historia de Caín
        Que sigue matando a Abel.

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      Milonga de Manuel Flórez

        Manuel Flórez va a morir.
        Eso es moneda corriente;
        Morir es una costumbre
        Que sabe tener la gente.
        Y sin embargo me duele
        Decirle adiós a la vida,
        Esa cosa tan de siempre,
        Tan dulce y tan conocida.
        Miro en el alba mis manos,
        Miro en las manos las venas;
        Con extrañeza las miro
        Como si fueran ajenas.
        Vendrán los cuatro balazos
        Y con los cuatro el olvido;
        Lo dijo el sabio Merlín:
        Morir es haber nacido.
        ¡Cuánta cosa en su camino
        Estos ojos habrán visto!
        Quién sabe lo que verán
        Después que me juzgue Cristo.
        Manuel Flórez va a morir.
        Eso es moneda corriente;
        Morir es una costumbre
        Que sabe tener la gente.

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      Ni siquiera soy polvo

        No quiero ser quién soy. La avara suerte
        Me ha deparado el siglo diecisiete,
        El polvo y la rutina de Castilla,
        Las cosas repetidas, la mañana
        Que, prometiendo el hoy, nos da la víspera,
        La plática del cura y del barbero,
        La soledad que va dejando el tiempo
        Y una vaga sobrina analfabeta.
        Soy hombre entrado en años. Una página
        Casual me reveló no usadas voces
        Que me buscaban, Amadís y Urganda.
        Vendí mis tierras y compré los libros
        Que historian cabalmente las empresas:
        El Grial, que recogió la sangre humana
        Que el Hijo derramó para salvarnos,
        El ídolo de oro de Mahoma,
        Los hierros, las almenas, las banderas
        Y las operaciones de la magia.
        Cristianos caballeros recorrían
        Los reinos de la tierra, vindicando
        El honor ultrajado o imponiendo
        Justicia con los filos de la espada.
        Quiera Dios que un enviado restituya
        A nuestro tiempo ese ejercicio noble.
        Mis sueños lo divisan. Lo he sentido
        A veces en mi triste carne célibe.
        No sé aún su nombre. Yo, Quijano,
        Seré ese paladín. Seré mi sueño.
        En esta vieja casa hay una adarga
        Antigua y una hoja de Toledo
        Y una lanza y los libros verdaderos
        Que a mi brazo prometen la victoria.
        ¿A mi brazo? Mi cara (que no he visto)
        No proyecta una cara en el espejo.
        Ni siquiera soy polvo. Soy un sueño
        Que entreteje en el sueño y la vigilia
        Mi hermano y padre, el capitán Cervantes,
        Que militó en los mares de Lepanto
        Y supo unos latines y algo de árabe...
        Para que yo pueda soñar al otro
        Cuya verde memoria será parte
        De los días del hombre, te suplico:
        Mi Dios, mi soñador, sigue soñándome.

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      Poema de los dones

        Nadie rebaje a lágrima o reproche
        Esta declaración de la maestría
        De Dios, que con magnífica ironía
        Me dio a la vez los libros y la noche.
        De esta ciudad de libros hizo dueños
        A unos ojos sin luz, que sólo pueden
        Leer en las bibliotecas de los sueños
        Los insensatos párrafos que ceden
        Las albas a su afán. En vano el día
        Les prodiga sus libros infinitos,
        Arduos como los arduos manuscritos
        Que perecieron en Alejandría.
        De hambre y de sed (narra una historia griega)
        Muere un rey entre fuentes y jardines;
        Yo fatigo sin rumbo los confines
        De esa alta y honda biblioteca ciega.
        Enciclopedias, atlas, el Oriente
        Y el Occidente, siglos, dinastías,
        Símbolos, cosmos y cosmogonías
        Brindan los muros, pero inútilmente.
        Lento en mi sombra, la penumbra hueca
        Exploro con el báculo indeciso,
        Yo, que me figuraba el Paraíso
        Bajo la especie de una biblioteca.
        Algo, que ciertamente no se nombra
        Con la palabra azar, rige estas cosas;
        Otro ya recibió en otras borrosas
        Tardes los muchos libros y la sombra.
        Al errar por las lentas galerías
        Suelo sentir con vago horror sagrado
        Que soy el otro, el muerto, que habrá dado
        Los mismos pasos en los mismos días.
        ¿Cuál de los dos escribe este poema
        De un yo plural y de una sola sombra?
        ¿Qué importa la palabra que me nombra
        Si es indiviso y uno el anatema?
        Groussac o Borges, miro este querido
        Mundo que se deforma y que se apaga
        En una pálida ceniza vaga
        Que se parece al sueño y al olvido.

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      Recuerdo mío del jardín de mi casa

        Recuerdo mío del jardín de casa:
        Vida benigna de las plantas,
        Vida cortés de misteriosa
        Y lisonjeada por los hombres.
        Palmera, la más alta de aquel cielo
        Y conventillo de gorriones;
        Parra firmamental de uva negra,
        Los días del verano dormían a tu sombra.
        Molino colorado:
        Remota rueda laboriosa en el viento,
        Honor de nuestra casa, porque a las otras
        Iba el río bajo la campanita del aguatero.
        Sótano circular de la base
        Que hacías vertiginoso el jardín,
        Daba miedo entrever por una hendija
        Tu calabozo de agua sutil.
        Jardín, frente a la verja cumplieron sus caminos
        Los sufridos carreros
        Y el charro carnaval aturdió
        Con insolentes murgas.
        El almacén, padrino del malevo,
        Dominaba la esquina;
        Pero tenías cañaverales para hacer lanzas
        Y gorriones para la oración.
        El sueño de tus árboles y el mío
        Todavía en la noche se confunden
        Y la devastación de la urraca
        Dejó un antiguo miedo en mi sangre.
        Tus contadas varas de fondo
        Se nos volvieron geografía;
        Un alto era la montaña de tierra
        Y una temeridad su declive.
        Jardín, yo cortaré mi oración
        Para seguir siempre acordándome:
        Voluntad o azar de dar sombra
        Fueron tus árboles.

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      Remordimiento por cualquier muerte

        Libre de la memoria y de la esperanza,
        Ilimitado, abstracto, casi futuro,
        El muerto no es un muerto: es la muerte.
        Como el Dios de los místicos,
        De quien deben negarse todos los predicados,
        El muerto ubicuamente ajeno
        No es sino la perdición y ausencia del mundo.
        Todo se lo robamos,
        No le dejamos ni un color ni una sílaba:
        Aquí está el patio que ya no comparten sus ojos,
        Allí la acera donde acechó sus esperanzas.
        Hasta lo que pensamos podría estarlo pensando él también;
        Nos hemos repartido como ladrones
        El caudal de las noches y de los días.

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      Rosas

        En la sala tranquila
        Cuyo reloj austero derrama
        Un tiempo ya sin aventuras ni asombro
        Sobre la decente blancura
        Que amortaja la pasión roja de la caoba,
        Alguien, como reproche cariñoso,
        Pronunció el nombre familiar y temido.
        La imagen del tirano
        Abarrotó el instante,
        No clara como un mármol en la tarde,
        Sino grande y umbría
        Como la sombra de una montaña remota
        Y conjeturas y memorias
        Sucedieron a la mención eventual
        Como un eco insondable.
        Famosamente infame
        Su nombre fue desolación en las casas,
        Idolátrico amor en el gauchaje
        Y horror del tajo en la garganta.
        Hoy el olvido borra su censo de muertes,
        Porque son venales las muertes
        Si las pensamos como parte del tiempo,
        Esa inmortalidad infatigable
        Que anonada con silenciosa culpa las razas
        Y en cuya herida siempre abierta
        Que el último dios habrá de restañar el último día,
        Cabe toda la sangre derramada.
        No sé si rosas
        Fue sólo un ávido puñal como los abuelos decían;
        Creo que fue como tú y yo
        Un hecho entre los hechos
        Que vivió en la zozobra cotidiana
        Y dirigió para exaltaciones y penas
        La incertidumbre de otros.
        Ahora el mar es una larga separación
        Entre la ceniza y la patria.
        Ya toda vida, por humilde que sea,
        Puede pisar su nada y su noche.
        Ya Dios lo habrá olvidado
        Y es menos una injuria que una piedad
        Demorar su infinita disolución
        Con limosnas de odio.

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      Sábados

        Afuera hay un ocaso, alhaja oscura
        Engastada en el tiempo,
        Y una honda ciudad ciega
        De hombres que no te vieron.
        La tarde calla o canta.
        Alguien descrucifica los anhelos
        Clavados en el piano.
        Siempre, la multitud de tu hermosura.
        A despecho de tu desamor
        Tu hermosura
        Prodiga su milagro por el tiempo.
        Está en ti la ventura
        Como la primavera en la hoja nueva.
        Ya casi no soy nadie,
        Soy tan solo ese anhelo
        Que se pierde en la tarde.
        En ti está la delicia
        Como está la crueldad en las espadas.

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      Soneto del vino

        ¿En qué reino, en qué siglo, bajo qué silenciosa
        Conjunción de los astros, en qué secreto día
        Que el mármol no ha salvado, surgió la valerosa
        Y singular idea de inventar la alegría?
        Con otoños de oro la inventaron. El vino
        Fluye rojo a lo largo de las generaciones
        Como el río del tiempo y en el arduo camino
        Nos prodiga su música, su fuego y sus leones.
        En la noche del júbilo o en la jornada adversa
        Exalta la alegría o mitiga el espanto
        Y el ditirambo nuevo que este día le canto.
        Otrora lo cantaron el árabe y el persa.
        Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia
        Como si esta ya fuera ceniza en la memoria.

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      Susana Bombal
        Alta en la tarde, altiva y alabada,
        Cruza el casto jardín y está en la exacta
        Luz del instante irreversible y puro
        Que nos da este jardín y la alta imagen
        Silenciosa. La veo aquí y ahora,
        Pero también la veo en un antiguo
        Crepúsculo de Ur de los Caldeos
        O descendiendo por las lentas gradas
        De un templo, que es innumerable polvo
        Del planeta y que fue piedra y soberbia,
        O descifrando el mágico alfabeto
        De las estrellas de otras latitudes
        O aspirando una rosa en Inglaterra.
        Está donde haya música, en el leve
        Azul, en el hexámetro del griego,
        En nuestras soledades que la buscan,
        En el espejo de agua de la fuente,
        En el mármol de tiempo, en una espada,
        En la serenidad de una terraza
        Que divisa ponientes y jardines.
        Y detrás de los mitos y las máscaras,
        El alma, que está sola.

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      Tankas
        I

        Alto en la cumbre
        Todo el jardín es luna,
        Luna de oro.
        Más precioso es el roce
        De tu boca en la sombra.

        II

        La voz del ave
        Que la penumbra esconde
        Ha enmudecido.
        Andas por tu jardín.
        Algo, lo sé, te falta.

        III

        La ajena copa,
        La espada que fue espada
        En otra mano,
        La luna de la calle,
        Dime, ¿acaso no bastan?

        IV

        Bajo la luna
        El tigre de oro y sombra
        Mira sus garras.
        No sabe que en el alba
        Han destrozado un hombre.

        V

        Triste la lluvia
        Que sobre el mármol cae,
        Triste ser tierra.
        Triste no ser los días
        Del hombre, el sueño, el alba.

        VI


        No haber caído,
        Como otros de mi sangre,
        En la batalla.
        Ser en la vana noche
        El que cuenta las sílabas.

      Arriba

      Un ciego
        No sé cuál es la cara que me mira
        Cuando miro la cara del espejo;
        No sé qué anciano acecha en su reflejo
        Con silenciosa y ya cansada ira.
        Lento en mi sombra, con la mano exploro
        Mis invisibles rasgos. Un destello
        Me alcanza. He vislumbrado tu cabello
        Que es de ceniza o es aún de oro.
        Repito que he perdido solamente
        La vana superficie de las cosas.
        El consuelo es de Milton y es valiente.
        Pero pienso en las letras y en las rosas.
        Pienso que si pudiera ver mi cara
        Sabría quién soy en esta tarde rara.

      Arriba

      Un patio

        Con la tarde
        Se cansaron los dos o tres colores del patio.
        Esta noche, la luna, el claro círculo,
        No domina su espacio.
        Patio, cielo encauzado.
        El patio es el declive
        Por el cual se derrama el cielo en la casa.
        Serena,
        La eternidad espera en la encrucijada de estrellas.
        Grato es vivir en la amistad oscura
        De un zaguán, de una parra y de un aljibe.

      Arriba

      Una despedida

        Tarde que socavó nuestro adiós.
        Tarde acerada y deleitosa y monstruosa como un ángel oscuro.
        Tarde cuando vivieron nuestros labios en la desnuda intimidad de los besos.
        El tiempo inevitable se desbordaba sobre el abrazo inútil.
        Prodigábamos pasión juntamente, no para nosotros sino para la soledad ya inmediata.
        Nos rechazó la luz; la noche había llegado con urgencia.
        Fuimos hasta la verja en esa gravedad de la sombra que ya el lucero alivia.
        Como quien vuelve de un perdido prado yo volví de tu abrazo.
        Como quien vuelve de un país de espadas yo volví de tus lágrimas.
        Tarde que dura vívida como un sueño entre las otras tardes.
        Después yo fui alcanzando y rebasando noches y singladuras.

      Arriba

      Una rosa

        De las generaciones de las rosas
        Que en el fondo del tiempo se han perdido
        Quiero que una se salve del olvido,
        Una sin marca o signo entre las cosas
        Que fueron. El destino me depara
        Este don de nombrar por vez primera
        Esa flor silenciosa, la postrera
        Rosa que Milton acercó a su cara,
        Sin verla. Oh tú bermeja o amarilla
        O blanca rosa de un jardín borrado,
        Deja mágicamente tu pasado
        Inmemorial y en este verso brilla,
        Oro, sangre o marfil o tenebrosa
        Como en sus manos, invisible rosa.

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