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    Información biográfica

  1. Adiós al Führer
  2. Ahora que de nuevo
  3. Andenes
  4. Bajo un viejo techo
  5. Bella durmiente siglo XX
  6. Cuando en la tarde aparezco en los espejos
  7. Cuando todos se vayan
  8. Cuento sobre una rama de mirto
  9. Despedida
  10. El lenguaje del cielo
  11. Eras una candelilla en tu casa
  12. Estación sumergida
  13. La tierra de la noche
  14. Lluvia inmóvil
  15. Los conjuros
  16. Nieve nocturna
  17. Otoño secreto
  18. Pequeña confesión
  19. Siempre vuelve un rostro
  20. Sin señal de vida
  21. Twilight
  22. Un jinete nocturno en el paisaje




    Información biográfica

      Nombre: Jorge Teillier Sandoval
      Lugar y fecha nacimiento: Lautaro (Chile), 24 de junio de 1935
      Lugar y fecha defunción: Viña del Mar (Chile), 22 de abril de 1996 (60 años)

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      Adiós al Führer

        Adiós al Führer, adiós a todo Führer
        Habido o por haber.
        Adiós a todo Führer verdadero o falso,
        Buenas noches, le digo, buenas noches
        Con una íntima tristeza reaccionaria.

        Adiós al Führer que engullía tortas de selva negra
        Mientras sus tanques se alimentaban de caminos de Europa.
        Adiós a todo Führer que ame a Wagner o la Giovinezza
        Ya sea lampiño, barbudo o bigotudo.

        Adiós al Führer que en submarino huyó a Buenos Aires
        Tras matar a Eva y a Blondi, su fiel perro.
        Desde los hielos lo oye llamar Miguel Serrano
        Mas ni por mar ni por tierra podrán encontrarlo.
        Adiós a todo Führer que nos ordene sepultarnos con él
        Tras contemplar cómo arden las ruinas de su imperio,
        Y entretanto no deja a nadie dormir tranquilo
        Aunque no hayamos violado, ni robado, ni asesinado.

        Adiós a todo Führer que obligue a los poetas
        A censurar sus manuscritos o mantenerlos secretos
        Bajo pena de mandarlos a su isla o archipiélago
        O a cortar caña bajo el Sol de la utopía.

        Adiós al Führer de la antipoesía
        Aunque a veces predique mejor que el Cristo de Elqui.
        Es mejor no enseñar dogma alguno, aunque sea ecológico,
        Cuando ya no se puede partir a Chillán en bicicleta.

        Adiós al Chico Molina, cruel Führer de lo gallardo
        Donde escribió El Lobo Estepario antes que Hermann Hesse,
        Aunque N.S. Jesucristo murió por él según lo dice Anguita,
        Y adiós por quienes desean que demos el sí cuando amamos el no.

        Adiós a todo Führer a quien no le importa perder cuarenta o cuarenta mil hombres
        Con tal de invadir islas pobladas por ovejas,
        Y tras la derrota se acoge a general jubilación
        A oír silencio en la noche, ya todo está en calma.

        Adiós a quien un tiempo fuera nuestro secreto Führer
        Y nos recomendaba abstinencia botella de whiski en mano,
        Y con desprecio abandonó su búnker frente al cerro
        Para conquistar Venezuela como sus antepasados.

        Adiós al pícaro que pretendía ser Martín Bormann:
        Enrique Lafourcade, conde de la Fourchette.
        Lo verán pasear un ridículo perrito
        Sin poder alcanzar ni al Parque Forestal.

        Lo verán alimentarse, fantasma rubicundo,
        De pálidas y frágiles palomitas nocturnas.
        Lo verán recorrer los más perdidos pueblos
        Buscando firmar autógrafos a alcaldes y parvularias.

        Lo verán sollozar pensando en sus días sin dieta
        Con patitas de chancho en Los Buenos Muchachos.
        Lo verán derramar una furtiva y valetudinaria lágrima
        Mientras canta "Yo soy el rey" creyéndose Pedro Vargas.

        Y ya no habrá nadie de la Generación del 50
        Para entonar a coro Yo tenía un camarada.
        Adiós a todo Führer que nos dé duro con un palo
        Y también con una soga
        Creyendo que, como él, somos apenas sensitivos.
        Y buenas noches, amigos, buenas noches,
        Hasta que un día nos volvamos a encontrar
        En la hora soberbia y enloquecida de los esqueletos.

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      Ahora que de nuevo

        Ahora que de nuevo nos envuelve el invierno
        Enemigo de los vagos y los ebrios,
        El viento los arrastra como a las hojas del diario de la tarde
        Y los deja fuera de las hospederías,
        Los hace entrar a escondidas a dormir hasta en los confesionarios.

        Conozco esas madrugadas
        Donde buscas a un desconocido y un conocido te busca
        Sin que nadie llegue a encontrarse
        Y los radiopatrullas aúllan amenazantes
        Y el teniente de guardia espera con su bigotito de aprendiz de nazi
        A quienes sufrirán la resaca por no pagar la multa.

        Ahora que de nuevo nos envuelve el invierno
        Pienso en escribir
        Sobre los areneros amenazados por la creciente
        Sobre un reo meditabundo
        Que va silbando una canción,
        Sobre las calles del barrio
        Donde los muchachos hostiles al forastero buscan las monedas para el flipper
        Y los dueños del almacén de la esquina
        Esperan entumecidos al último cliente,
        Mientras en el clandestino
        Los parroquianos no terminan nunca su partida de dominó.

        Ahora que de nuevo nos envuelve el invierno
        Pienso que debe estar lloviendo en la frontera.
        Sobre los castillos de madera,
        Sobre los perros encadenados,
        Sobre los últimos trenes al ramal.
        Y vivo de nuevo
        Junto a Pan de Knunt Hamsun, lleno de fría luz nórdica y exactos gritos de aves acuáticas,
        Veo a Block errando por San Peterburgo contemplado por el jinete de bronce
        Y saludo a Sharp, a Dampier y a Ringrose jugándose en Juan Fernández el botín robado en la Serena.

        Me han llegado poemas de amigos de provincia
        Hablando de una gaviota muerta sobre el techo de la casa
        Del rincón más oscuro de una estrella lejana,
        De navíos roncos de mojarse los dedos.

        Y pienso frente a una chimenea que no encenderé
        En largas conversaciones junto a las cocinas económicas
        Y en los hermanos despojados de sus casas y dispersos por todo el mundo Huyendo de los ogros
        Esos hermanos que han llegado a ser mis hermanos
        Y ahora espero para encender el fuego.

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      Andenes

        Te gusta llegar a la estación
        Cuando el reloj de pared tictaquea,
        Tictaquea en la oficina del jefe-estación.
        Cuando la tarde cierra sus párpados
        De viajera fatigada
        Y los rieles ya se pierden
        Bajo el hollín de la oscuridad.

        Te gusta quedarte en la estación desierta
        Cuando no puedes abolir la memoria,
        Como las nubes de vapor
        Los contornos de las locomotoras,
        Y te gusta ver pasar el viento
        Que silba como un vagabundo
        Aburrido de caminar sobre los rieles.

        Tictaqueo del reloj. Ves de nuevo
        Los pueblos cuyos nombres nunca aprendiste,
        El pueblo donde querías llegar
        Como el niño el día de su cumpleaños
        Y los viajes de vuelta de vacaciones
        Cuando eras -para los parientes que te esperaban-
        Sólo un alumno fracasado con olor a cerveza.

        Tictaqueo del reloj. El jefe-estación
        Juega un solitario. El reloj sigue diciendo
        Que la noche es el único tren
        Que puede llegar a este pueblo,
        Y a ti te gusta estar inmóvil escuchándolo
        Mientras el hollín de la oscuridad
        Hace desaparecer los durmientes de la vía.

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      Bajo un viejo techo

        Esta noche duermo bajo un viejo techo,
        Los ratones corren sobre él, como hace mucho tiempo,
        Y el niño que hay en mí renace en mi sueño,
        Aspira de nuevo el olor de los muebles de roble,
        Y mira lleno de miedo hacia la ventana,
        Pues sabe que ninguna estrella resucita.

        Esa noche oí caer las nueces desde el nogal,
        Escuché los consejos del reloj de péndulo,
        Supe que el viento vuelca una copa del cielo,
        Que las sombras se extienden
        Y la tierra las bebe sin amarlas,
        Pero el árbol de mi sueño sólo daba hojas verdes
        Que maduraban en la mañana con el canto del gallo.

        Esta noche duermo bajo un viejo techo,
        Los ratones corren sobre él, como hace mucho tiempo,
        Pero sé que no hay mañanas y no hay cantos de gallos,
        Abro los ojos, para no ver reseco el árbol de mis sueños,
        Y bajo él, la muerte que me tiende la mano.

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      Bella durmiente siglo XX

        Elle avoit eu le temps de songer...
        Charles Perrault

        ¿En qué soñaba la Bella Durmiente
        En su sueño que duró cien años?
        ¿Soñaba con la música muda
        De los polvorientos oboes,
        O con el hervir de las ollas
        Que las cocineras descuidaban?

        ¿Soñaba con los trabajos
        De su hermana la primavera
        Que sin esfuerzo le preparaba
        El encaje de los duraznos
        Para su boda interminable?
        ¿O con aquellos dedales de oro
        Que ella olvidó entregarle
        Para que la amaran las agujas?

        Tal vez soñaba que era una cierva
        Y que el cocinero piadoso
        La hería para salvar a una nuera de una ogresa.
        O soñaba que su hijo era el día
        Y que la aurora era su hija
        Y que su abuelo era el tiempo
        Que pretendía devorarlos.

        Tal vez soñaba con bosques
        Donde no habrá ardillas ni lobos,
        Ni príncipes que pierden su camino
        Ni niños que crean en hadas.

        Tal vez soñaba con los tiempos
        Donde se preguntará qué es un pájaro
        Y donde la Luna será sólo
        Una moneda inservible.

        Amigo, no preguntes nunca
        En qué soñaba la Bella Durmiente,
        Que este refrán te lo recuerde:
        No hay mejor despertar que el sueño.

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      Cuando en la tarde aparezco en los espejos

        Cuando en la tarde aparezco en los espejos
        Cuando yo y la tarde queríamos unirnos
        Tristemente nos despedimos
        Tristemente nos hablamos en el espejo que disuelve las imágenes
        Quién soy entonces
        Quizás por un momento
        De verdad soy yo que me encuentro.

        Quién soy yo sino nadie
        Alguien que quisiera pasarse los días y los días
        Como un solo domingo
        Mirando los últimos reflejos del Sol en los vidrios
        Mirando a un anciano que da de comer a las palomas
        Y a los evangélicos que predican el fin del mundo.

        Cuando en la tarde no soy nadie
        Entonces las cosas me reconocen
        Soy de nuevo pequeño
        Soy quien debiera ser
        Y la niebla borra la cara de los relojes en los campanarios.

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      Cuando todos se vayan

        A Eduardo Molina.

        Cuando todos se vayan a otros planetas
        Yo quedaré en la ciudad abandonada
        Bebiendo un último vaso de cerveza,
        Y luego volveré al pueblo donde siempre regreso
        Como el borracho a la taberna
        Y el niño a cabalgar
        En el balancín roto.
        Y en el pueblo no tendré nada que hacer,
        Sino echarme luciérnagas a los bolsillos
        O caminar a orillas de rieles oxidados
        O sentarme en el roído mostrador de un almacén
        Para hablar con antiguos compañeros de escuela.

        Como una araña que recorre
        Los mismos hilos de su red
        Caminaré sin prisa por las calles
        Invadidas de malezas
        Mirando los palomares
        Que se vienen abajo,
        Hasta llegar a mi casa
        Donde me encerraré a escuchar
        Discos de un cantante de 1930
        Sin cuidarme jamás de mirar
        Los caminos infinitos
        Trazados por los cohetes en el espacio.

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      Cuento sobre una rama de mirto

        Había una vez una muchacha
        Que amaba dormir en el lecho de un río.
        Y sin temor paseaba por el bosque
        Porque llevaba en la mano
        Una jaula con un grillo guardián.

        Para esperarla yo me convertía
        En la casa de madera de sus antepasados
        Alzada a orillas de un brumoso lago.
        Las puertas y las ventanas siempre estaban abiertas
        Pero sólo nos visitaba su primo el porquerizo
        Que nos traía de regalo
        Perezosos gatos
        Que a veces abrían sus ojos
        Para que viéramos pasar por sus pupilas
        Cortejos de bodas campesinas.
        El sacerdote había muerto
        Y todo ramo de mirto se marchitaba.

        Teníamos tres hijas
        Descalzas y silenciosas como la belladona.
        Todas las mañanas recogían helechos
        Y nos hablaron sólo para decirnos
        Que un jinete las llevaría
        A ciudades cuyos nombres nunca conoceríamos.

        Pero nos revelaron el conjuro
        Con el cual las abejas
        Sabrían que éramos sus amos
        Y el molino
        Nos daría trigo
        Sin permiso del viento.

        Nosotros esperamos a nuestros hijos
        Crueles y fascinantes
        Como halcones en el puño del cazador.

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      Despedida

        El caso no ofrece ningún adorno para la diadema de las Musas.
        Ezra Pound

        Me despido de mi mano
        Que pudo mostrar el paso del rayo
        O la quietud de las piedras
        Bajo las nieves de antaño.

        Para que vuelvan a ser bosques y arenas
        Me despido del papel blanco y de la tinta azul
        De donde surgían los ríos perezosos,
        Cerdos en las calles, molinos vacíos.

        Me despido de los amigos
        En quienes más he confiado:
        Los conejos y las polillas,
        Las nubes harapientas del verano,
        Mi sombra que solía hablarme en voz baja.

        Me despido de las virtudes y de las gracias del planeta:
        Los fracasados, las cajas de música,
        Los murciélagos que al atardecer se deshojan
        De los bosques de casas de madera.

        Me despido de los amigos silenciosos
        A los que sólo les importa saber
        Dónde se puede beber algo de vino,
        Y para los cuales todos los días
        No son sino un pretexto
        Para entonar canciones pasadas de moda.

        Me despido de una muchacha
        Que sin preguntarme si la amaba o no la amaba
        Caminó conmigo y se acostó conmigo
        Cualquiera tarde de esas que se llenan
        De humaredas de hojas quemándose en las acequias.
        Me despido de una muchacha
        Cuyo rostro suelo ver en sueños
        Iluminado por la triste mirada
        De trenes que parten bajo la lluvia.

        Me despido de la memoria
        Y me despido de la nostalgia
        -La sal y el agua
        De mis días sin objeto-.

        Y me despido de estos poemas:
        Palabras, palabras -un poco de aire
        Movido por los labios- palabras
        Para ocultar quizás lo único verdadero:
        Que respiramos y dejamos de respirar.

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      El lenguaje del cielo

        El cielo habla un lenguaje gris,
        Y callan la grave voz del vino,
        La leve voz del té.
        Los espejos se fatigan
        De repetir el nombre de las cosas.
        No dicen nada. No dicen: "un visitante",
        "Las moscas", "el libro sobre la mesa".
        No dicen nada los espejos.

        Canción cantada para que nadie la oiga
        Es la esperanza de que esto cambie.
        Niños que se acercan al ataúd del amigo muerto,
        Paso de ratas frente a la estufa en silencio,
        El halo de humo pobre que hace rey al tejado,
        O todo lo que desaparece de pronto
        Como el plateado salto del salmón sobre el río.

        Una ráfaga apaga los ciruelos,
        Dispersa las cenizas de sus follajes,
        Arruga la vacía faz de las glicinas.
        Todo lo que está aquí
        Parece estar verdaderamente en otro lugar.
        Los jóvenes no pueden volver a casa
        Porque ningún padre los espera
        Y el amor no tiene lecho donde yacer.
        El reloj murmura que es preciso dormir,
        Olvidar la luz de este día
        Que no era sino la noche sonámbula,
        Las manos de los pobres
        A quienes no dimos nada.
        "Hay que dormir", murmura el reloj.
        Y el sueño es la paletada de tierra que lo acalla.

      Arriba

      Eras una candelilla en tu casa

        Eras una candelilla en tu casa
        O si querías una estrella errante en el cielo
        En la casona
        Yo te buscaba
        Tropezando
        Con un caballo de madera inmóvil desde la muerte de los hermanos
        Con mis zapatos hundiéndose en el aserrín de los títeres
        Y las muñecas de cabeza rota
        Y tú ríes
        Porque despierto,
        Y tú sabías
        Que despertaría para seguir soñando contigo
        Y sólo me queda
        Esperar en vano el timbre del cartero,
        Y me despierta
        El ruido de los vendedores de gas
        La casona se la llevó la última crecida
        Nunca supe cuál era tu pieza
        Nunca supe cuál era la ventana oculta
        Por la que te asomabas
        La ventana cerrada que nos unía para siempre
        En un siempre que nunca ha sido siempre.

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      Estación sumergida

        Yo no estoy soñando, lo recuerdo, olvidé cómo se soñaba;
        Quizás esto sea un mar, bien puede ser la tierra,
        Encima el cielo deshaciendo su cabellera.
        Esto no es un mar sin olas, es una lámina descolorida,
        Un día muerto por dagas invernales, un día fusilado por lluvias.
        De pronto lo rompen manotazos de campanas, tictaqueos de sombras,
        Y se cierra como una cuchillada de trenes oxidados
        Devorando las cerezas maduras del sol.

        Propicio tiempo para levantar cruces de barro
        En el pecho de mapuches asesinados, para los caballos crepusculares
        Que se extravían en las acequias.
        Ya lo sé, debo escaparme de los ahogados que flotan en los pozos,
        Voy a beber grandes tragos de poemas silvestres
        Veo desde el umbral al atardecer mordiendo plazas,
        Aferrándose gelatinosamente a los tejados rotos,
        Hasta caer junto a muchachas desfloradas en graneros solitarios
        A las antiguas bodegas de la noche.

        Pálidamente las horas se reúnen a jugar a las cartas
        En torno a la mesa de los días,
        Desconozco el tren que me dejó entre ellas,
        Viéndolas alimentarse de cantos estrangulados,
        Persiguiendo a mis amigos, arrastrándolos en el río del tedio.
        Yo no sueño, todo cuanto veo es cierto, ellos pasan
        Del brazo de mujeres desdentadas, riendo largamente.
        Una ola invade mi habitación, recuerdo a mi vecina
        Cantando hasta que el cielo le llenaba las manos de azul,
        Yo no besé esas manos, yo tenía al viento cordillerano
        Arañándome, y la muerte oculta tras viejas y profundas fotografías.
        Aferrado a un puente de madera,
        Inclinado sobre las venas turbias de la noche
        Pasan botellas vacías, libros oxidados de relecturas,
        El barrio de las prostitutas pobres
        Donde cierro los labios por no decir mi nombre.
        No es nada esto, sólo que a veces siento temor de saber quién soy verdaderamente.

        Me gustaría despertar con los labios húmedos
        Como después de los largos besos de las sabias primas,
        Como si estuviese tomando café servido por mis hermanas.
        Pero si abro los ojos también estaré sumergido,
        Pues la lluvia hace girar su pausado gramófono,
        Mientras hay un nevar de alas deshechas por los días,
        Velorios humedecidos de vino, y esta mano helada en mi garganta,
        Helada como parroquias y confesionarios que no se desprende,
        Si la pudiese deshacer un brillar de días felices.

        Ahora lo sé, he estado siempre despierto,
        Mirando silenciosamente la estación sumergida
        Donde los huesos de las nubes hilachean los árboles.

        Alguien me debe esperar -quizás algunos muertos-
        Pues voy hacia las chimeneas rústicas, los aserraderos vacíos,
        Las grandes, prestigiosas casas de madera sureña venidas abajo
        Como flores destrozadas por los duros dientes del olvido,
        Y busco el sol en los huertos cuyos párpados lo esconden.

        Todo me espera en la estación sumergida, nuevamente,
        En la empapada de malezas, la crecida de sueños angustiados y torvos,
        Mientras el tiempo detenido cierra sus pesados portones
        Y confusamente respira en el mar del invierno.

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      La tierra de la noche

        Abrir una ventana es como abrirse una vena.
        B. Pasternak

        No hablemos.
        Es mejor abrir las ventanas mudas
        Desde la muerte de la hermana mayor.
        La voz de la hierba hace callar la noche:
        "Hace un mes no llueve."
        Nidos vacíos caen desde la enredadera marchita.
        Los cerezos se apagan como añejas canciones.
        Este mes será de los muertos.
        Este mes será del espectro
        De la Luna de verano.
        Sigue brillando, Luna de verano.
        Reviven los escalones de piedra
        Gastados por los pasos de los antepasados.
        Los murciélagos chillan alegremente
        Entre los muros ruinosos de la Cervecería.
        El azadón roto
        Aún espera tierra fresca de nuevas fosas.
        Y nosotros no debemos hablar
        Cuando la Luna brilla
        Más blanca y despiadada que los huesos de los muertos.
        Sigue brillando, Luna de verano.

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      Lluvia inmóvil

        No importa que me hayas cortado siete espigas
        Yo he roto todos los espejos
        He cerrado todas las ventanas
        Y estoy condenado a permanecer
        Inmóvil en este pueblo
        Donde entre la lluvia y la vida hay que elegir la lluvia
        Donde el hotel lo he bautizado Hotel Lluvia
        Donde los plateados élitros de la televisión
        Relucen sobre tejados marchitos.

        Tú me dices que todo se recupera
        Y que mi rostro aparecerá
        En un río que he olvidado
        Y hay un camino para llegar a una casa nueva
        Creciendo en cualquier lugar del mundo
        Donde nos espera un niño huérfano
        Que no sabía éramos sus padres.

        Pero a mí me han dicho que elija la lluvia
        Y mi nuevo nombre le pertenece
        Un nuevo nombre que no puede borrar ninguna mano
        Sino la de alguien que me conoce más que a mí mismo
        Y reemplaza mi rostro por un rostro enemigo.

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      Los conjuros

        A Enrique Rebolledo.

        Los temerosos de los brujos vecinos
        Lanzan puñados de sal al fuego
        Cuando pasan las aves agoreras.
        Mis amigos buscadores de entierros
        En sueños hallan monedas de oro.
        Los despierta el jinete del rayo
        Cayendo hecho llamas entre ellos.

        Medianoche de San Juan. Las higueras
        Se visten para la fiesta.
        Eco de gemidos de animales
        Hundidos hace milenios en los pantanos.
        Los chimalenes reúnen las ovejas
        Que huyeron del corral.
        Aúllan los perros en casa del avaro
        Que quiere pactar con el diablo.

        Ya no reconozco mi casa.
        En ella caen luces de estrellas en ruinas
        Como puñados de tierra en una fosa.
        Mi amiga vela frente a un espejo:
        Espera allí la llegada del desconocido
        Anunciado por las sombras más largas del año.

        Al alba, anidan lechuzas en las higueras de luto.
        En los rescoldos amanecen huellas de manos de brujos.
        Despierto teniendo en mis manos hierbas y tierra
        De un lugar donde nunca estuve.

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      Nieve nocturna

        ¿Es que puede existir algo antes de la nieve?
        Antes de esa pureza implacable,
        Implacable como el mensaje de un mundo
        Que no amamos, pero al cual pertenecemos
        Y que se adivina en ese sonido
        Todavía hermano del silencio.
        ¿Qué dedos te dejan caer,
        Pulverizado esqueleto de pétalos?
        Ceniza de un cielo antiguo
        Que hace quedar sólo frente al fuego
        Escuchando los pasos del amigo que se fue,
        Eco de palabras que no recordamos,
        Pero que nos duelen, como si las fuéramos a decir de nuevo.
        ¿Y puede existir algo después de la nieve?
        Algo después
        De la última mirada del ciego a la palidez del sol,
        Algo después
        Que el niño enfermo olvida mirar la nueva mañana,
        O mejor aún, después de haber dormido como un convaleciente
        Con la cabeza sobre la falda
        De aquella a quien alguna vez se ama.
        ¿Quién eres, nieve nocturna,
        Fugaz, disuelta primavera que sobrevive en el cerezo?
        ¿O qué importa quién eres?
        Para mirar la nieve en la noche hay que cerrar los ojos,
        No recordar nada, no preguntar nada,
        Desaparecer, deslizarse como ella en el visible silencio.

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      Otoño secreto

        Cuando las amadas palabras cotidianas
        Pierden su sentido
        Y no se puede nombrar ni el pan,
        Ni el agua, ni la ventana,
        Y la tristeza ha sido un anillo perdido bajo nieve,
        Y el recuerdo una falsa esperanza de mendigo,
        Y ha sido falso todo diálogo que no sea
        Con nuestra desolada imagen,
        Aún se miran las destrozadas estampas
        En el libro del hermano menor,
        Es bueno saludar los platos y el mantel puestos sobre la mesa,
        Y ver que en el viejo armario conservan su alegría
        El licor de guindas que preparó la abuela
        Y las manzanas puestas a guardar.

        Cuando la forma de los árboles
        Ya no es sino el leve recuerdo de su forma,
        Una mentira inventada por la turbia
        Memoria del otoño,
        Y los días tienen la confusión
        Del desván a donde nadie sube
        Y la cruel blancura de la eternidad
        Hace que la luz huya de sí misma,
        Algo nos recuerda la verdad
        Que amamos antes de conocer:
        Las ramas se quiebran levemente,
        El palomar se llena de aleteos,
        El granero sueña otra vez con el Sol,
        Encendemos para la fiesta
        Los pálidos candelabros del salón polvoriento
        Y el silencio nos revela el secreto
        Que no queríamos escuchar.

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      Pequeña confesión

        En memoria de Serguei Esenin.

        Sí, es cierto, gasté mis codos en todos los mesones.
        Me amaron las doncellas y preferí a las putas.
        Tal vez nunca debiera haber dejado
        El país de techos de zinc y cercos de madera.

        En medio del camino de la vida
        Vago por las afueras del pueblo
        Y ni siquiera aquí se oyen las carretas
        Cuya música he amado desde niño.

        Desperté con ganas de hacer un testamento
        -Ese deseo que le viene a todo el mundo-
        Pero preferí mirar una pistola,
        La única amiga que no nos abandona.

        Todo lo que se diga de mí es verdadero
        Y la verdad es que no me importa mucho.
        Me importa soñar con caminos de barro
        Y gastar mis codos en todos los mesones.

        "Es mejor morir de vino que de tedio"
        Sin pensar que pueda haber nuevas cosechas.
        Da lo mismo que las amadas vayan de mano en mano
        Cuando se gastan los codos en los mesones.

        Tal vez nunca debí salir del pueblo
        Donde cualquiera puede ser mi amigo.
        Donde crecen mis iniciales grabadas
        En el árbol de la tumba de mi hermana.

        El aire de la mañana es siempre nuevo
        Y lo saludo como un viejo conocido,
        Pero aunque sea un boxeador golpeado
        Voy a dar mis últimas peleas.

        Y con el orgullo de siempre
        Digo que las amadas pueden ir de mano en mano
        Pues siempre fue mío el primer vino que ofrecieron
        Y yo gasto mis codos en todos los mesones.

        Como de costumbre volveré a la ciudad
        Escuchando un perdido rechinar de carretas
        Y soñaré techos de zinc y cercos de madera
        Mientras gasto mis codos en todos los mesones.

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      Siempre vuelve un rostro

        Siempre vuelve un rostro, siempre
        En el chubasco que cae repentino, en las
        Islas de las nubes.

        Silencioso se asoma un obscuro sol
        En las ventanas. Tu hermana lo retiene
        Un momento entre los dedos
        Y luego las manos vacías recorren muros
        Blancos con sus sombras.

        Siempre por el patio asomas
        A buscar el rostro de alguien.
        Un chasquido se oye: es un chubasco
        O un fantasma de un niño que vivió aquí hace tiempo
        Y vuelve a escuchar cómo la madre lee a su hijo.

        Un rayo de Sol ha quedado encerrado
        En el rellano de la escalera
        El sueño hace señas con su linterna,
        El sueño nos despierta.

        Y la voz de la hermana cruza entre las nubes
        La hermana que no conocimos.

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      Sin señal de vida

        ¿Para qué dar señales de vida?
        Apenas podría enviarte con el mozo
        Un mensaje en una servilleta.

        Aunque no estés aquí.
        Aunque estés a años sombra de distancia
        Te amo de repente
        A las tres de la tarde,
        La hora en que los locos
        Sueñan con ser espantapájaros vestidos de marineros
        Espantando nubes en los trigales.

        No sé si recordarte
        Es un acto de desesperación o elegancia
        En un mundo donde al fin
        El único sacramento ha llegado a ser el suicidio.

        Tal vez habría que cambiar la palanca del cruce
        Para que se descarrilen los trenes.
        Hacer el amor
        En el único hotel del pueblo
        Para oír rechinar los molinos de agua
        E interrumpir la siesta del teniente de carabineros
        Y del oficial del Registro Civil.

        Si caigo preso por ebriedad o toque de queda
        Hazme señas de Sol con tu espejo de mano
        Frente al cual te empolvas
        Como mis compañeras de tiempo de Liceo.

        Y no te entretengas
        En enseñarle palabras feas a los choroyes.
        Enséñales sólo a decir "papá" o "centro de madres".
        Acuérdate que estamos en un tiempo donde se habla en voz baja,
        Y sorber la sopa un día de banquete de gala
        Significa soñar en voz alta.

        Qué hermoso es el tiempo de la austeridad.
        Las esposas cantan felices
        Mientras zurcen el terno
        Único del marido cesante.

        Ya nunca más correrá sangre por las calles.
        Los roedores están comiendo nuestro queso
        En nombre de un futuro
        Donde todas las cacerolas
        Estarán rebosantes de sopa,
        Y los camiones vacilarán bajo el peso del alba.

        Aprende a portarte bien
        En un país donde la delación será una virtud.
        Aprende a viajar en globo
        Y lanza por la borda todo tu lastre:
        Los discos de Joan Baez, Bob Dylan, los Quilapayún,
        Aprende de memoria los Quincheros y el 7º de Línea.
        Olvida las enseñanzas del Nido de Chocolate, Garfield o el Grupo Arica,
        Quema la autobiografía de Trotsky o la de Freud
        O los 20 Poemas de amor en edición firmada y numerada por el autor.

        Acuérdate que no me gustan las artesanías
        Ni dormir en una carpa en la playa.
        Y nunca te hubiese querido más
        Que a los suplementos deportivos de los lunes.

        Y no sigas pensando en los atardeceres, en los bosques.
        En mi provincia prohibieron hasta el paso de los gitanos.

        Y ahora
        Voy a pedir otro jarrito de chicha con naranja
        Y tú
        Mejor enciérrate en un convento.

        Estoy leyendo El Grito de Guerra del Ejército de Salvación.
        Dicen que la sífilis de nuevo será incurable
        Y que nuestros hijos pueden soñar en ser economistas o dictadores.

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      Twilight

        Todavía yace bajo el manzano
        El tílburi cansado de los abuelos.
        ¿Quién recogerá esas manzanas
        Donde aún brilla un Sol de otra época?
        El cerco se pudre.
        La ortiga invade el jardín.
        Alguien mira el tílburi
        Y apenas lo distingue
        En la luz oscilante
        Entre la tarde y la noche.

        Bodas y entierros.
        Una tarde entera luchando contra el barro
        Cuando íbamos al pueblo recién fundado.
        Un viaje de ebrios entre la susurrante penumbra
        Esquivando las ramas enloquecidas.
        Viajamos y viajamos
        Aún sabiendo que todo no puede sino terminar
        En una casa miserable desde donde se mira
        Esa luz obstinada en pelear contra la noche.

        ¿Quién recogerá las manzanas
        Donde aún puede vivir un sol de otra época?
        La ortiga invade el jardín.
        El día no alcanza a refugiarse en la casa.
        Para huir de la oscuridad sólo hay un tílburi cansado
        Que no se cansa de luchar contra la noche.

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      Un jinete nocturno en el paisaje

        Siento correr por las venas del campo
        Un jinete nocturno enmascarado.
        La noche. También galopan en caballos robados
        Los cuatreros arreando los vacunos.

        Surgen los trenes. Las reses dormidas se levantan
        Allá en los grandes galpones de madera.

        Una sombra va saltando los cercos.
        Esta fue una mañana campesina:
        Relinchos, balidos, vacas de pródigas ubres,
        Las ordeñadoras curvadas con el peso de los baldes.

        Es la noche de nuevo. Mi abuelo se levanta
        Rehecha su manera antigua,
        Y observa, como ayer, al trigo.
        Debe andar mi abuelo por los campos recién abiertos
        Hablando con los pinos, espantando gorriones.
        El campo está solo, tembloroso. Y él lo mira.

        El vino es un joven bonachón y alegre.
        Sucede que quiere iluminar la noche
        Y baja a las aldeas, envuelto en una manta.

        La mañana tiene olor a pan amasado.
        La ropa recién lavada dice "adiós" en los patios.

        Pero es de noche. Un fantasma penetra en la leñera.
        Una casa se quiere esconder del cielo.

        Un campesino mira hacia arriba:
        Más allá de las nubes viene el granizo,
        Bandolero blanco, asaltante de los huertos.

        Y es la noche.
        Va a penetrar al pueblo
        Un jinete nocturno enmascarado.

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