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    Información biográfica

  1. Amor en sombra
  2. Canto a un dios mineral
  3. Como esquiva el amor la sed remota
  4. De otro fue la palabra antes que mía
  5. Dibujo
  6. Elegía
  7. Fue la dicha de nadie esta que huye
  8. Hora que fue, feliz y aún incompleta
  9. Entre tú y la imagen de ti que a mí llega
  10. Este amor no te mira para hacerte durable
  11. No aquel que goza, frágil y ligero
  12. No para el tiempo, sino pasa
  13. Paraíso encontrado
  14. Paraíso perdido
  15. Rema en agua espesa y vaga el brazo
  16. Tienes dos nombres, Luz
  17. Tu ausencia viva a tu presencia invade
  18. Una palabra oscura




    Información biográfica

      Nombre: Jorge Cuesta Porte-Petit
      Lugar y fecha nacimiento: Córdoba (México), 23 de septiembre de 1903
      Lugar y fecha defunción: Tlalpan (México), 13 de agosto de 1942 (38 años)

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      Amor en sombra

        Abro de amor a ti mi sangre rota,
        Para invadirte sin saberte amada.
        El íntimo sollozo es negra espada
        Que en la dureza de su luz se embota.

        Al borde de mi sombra tu alma brota,
        Así mi linde está más amparada.
        Y aunque la fuga es más precipitada
        Tu ausencia es cada vez menos remota.

        Tu luz es lo que más me apesadumbra
        Y si enciendes mis ojos con tu vida
        El corazón me dobla la penumbra.

        Mi soledad tu nombre dilapida
        A la sombra del aire que te encumbra
        Y apaga el lujo de tu voz vencida.

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      Canto a un dios mineral

        Capto la seña de una mano, y veo
        Que hay una libertad en mi deseo;
        Ni dura ni reposa;
        Las nubes de su objeto el tiempo altera
        Como el agua la espuma prisionera
        De la masa ondulosa.

        Suspensa en el azul la seña, esclava
        De la más leve onda, que socava
        El orbe de su vuelo,
        Se suelta y abandona a que se ligue
        Su ocio al de la mirada que persigue
        Las corrientes del cielo.

        Una mirada en abandono y viva,
        Si no una certidumbre pensativa,
        Atesora una duda;
        Su amor dilata en la pasión desierta
        Sueña en la soledad y está despierta
        En la conciencia muda.

        Sus ojos, errabundos y sumisos,
        El hueco son, en que los fatuos rizos
        De nubes y de frondas
        Se apoderan de un mármol de un instante
        Y esculpen la figura vacilante
        Que complace a las ondas.

        La vista en el espacio difundida,
        Es el espacio mismo, y da cabida
        Vasto y nimio al suceso
        Que en las nubes se irisa y se desdora
        E intacto, como cuando se evapora,
        Está en las ondas preso.

        Es la vida allí estar, tan fijamente,
        Como la helada altura transparente
        Lo finge a cuanto sube
        Hasta el purpúreo límite que toca,
        Como si fuera un sueño de la roca,
        La espuma de la nube.

        Como si fuera un sueño, pues sujeta,
        No escapa de la física que aprieta
        En la roca la entraña,
        La penetra con sangres minerales
        Y la entrega en la piel de los cristales
        A la luz, que la daña.

        No hay solidez que a tal prisión no ceda
        Aún la sombra más íntima que veda
        Un receloso seno
        ¡En vano!; pues al fuego no es inmune
        Que hace entrar en las carnes que desune
        Las lenguas del veneno.

        A las nubes también el color tiñe,
        Túnicas tintas en el mal les ciñe,
        Las roe, las horada,
        Y a la crítica muestra, si las mira,
        Por qué al museo su ilusión retira
        La escultura humillada.

        Nada perdura, ¡oh nubes!, ni descansa.
        Cuando en un agua adormecida y mansa
        Un rostro se aventura,
        Igual retorna a sí del hondo viaje
        Y del lúcido abismo del paisaje
        Recobra su figura.

        Íntegra la devuelve el limpio espejo,
        Ni otra, ni descompuesta en el reflejo
        Cuyas diáfanas redes
        Suspenden a la imagen submarina,
        Dentro del vidrio inmersa, que la ruina
        Detiene en sus paredes.

        ¡Qué eternidad parece que le fragua,
        Bajo esa tersa atmósfera de agua,
        De un encanto el conjuro
        En una isla a salvo de las horas,
        Áurea y serena al pie de las auroras
        Perennes del futuro!

        Pero hiende también la imagen, leve,
        Del unido cristal en que se mueve
        Los átomos compactos:
        Se abren antes, se cierran detrás de ella
        Y absorben el origen y la huella
        De sus nítidos actos.

        Ay, que del agua el imantado centro
        No fija al hielo que se cuaja adentro
        Las flores de su nado;
        Una onda se agita, y la estremece
        En una onda más desaparece
        Su color congelado.

        La transparencia a sí misma regresa
        Y expulsa a la ficción, aunque no cesa;
        Pues la memoria oprime
        De la opaca materia que, a la orilla,
        Del agua en que la onda juega y brilla,
        Se entenebrece y gime.

        La materia regresa a su costumbre.
        Que del agua un relámpago deslumbre
        O un sólido de humo
        Tenga en un cielo ilimitado y tenso
        Un instante a los ojos en suspenso,
        No aplaza su consumo.

        Obscuro perecer no la abandona
        Si sigue hacia una fulgurante zona
        La imagen encantada.
        Por dentro la ilusión no se rehace;
        Por dentro el ser sigue su ruina y yace
        Como si fuera nada.

        Embriagarse en la magia y en el juego
        De la áurea llama, y consumirse luego,
        En la ficción conmueve
        El alma de la arcilla sin contorno:
        Llora que pierde un venturero adorno
        Y que no se renueve.

        Aún el llanto otras ondas arrebatan,
        Y atónitos los ojos se desatan
        Del plomo que acelera
        El descenso sin voz a la agonía
        Y otra vez la mirada honda y vacía
        Flota errabunda fuera.

        Con más encanto si más pronto muere,
        El vivo engaño a la pasión se adhiere
        Y apresura a los ojos
        Náufragos en las ondas ellos mismos,
        Al borde a detener de los abismos
        Los flotantes despojos.

        Signos extraños hurta la memoria,
        Para una muda y condenada historia,
        Y acaricia las huellas
        Como si oculta obcecación lograra,
        A fuerza de tallar la sombra avara
        Recuperar estrellas.

        La mirada a los aires se transporta,
        Pero es también vuelta hacia adentro, absorta,
        El ser a quien rechaza
        Y en vano tras la onda tornadiza
        Confronta la visión que se desliza
        Con la visión que traza.

        Y abatido se esconde, se concentra,
        En sus recónditas cavernas entra
        Y ya libre en los muros
        De la sombra interior de que es el dueño
        Suelta al nocturno paladar el sueño
        Sus sabores obscuros.

        Cuevas innúmeras y endurecidas,
        Vastos depósitos de breves vidas,
        Guardan impenetrable
        La materia sin luz y sin sonido
        Que aún no recoge el alma en su sentido
        Ni supone que hable.

        ¡Qué ruidos, qué rumores apagados
        Allí activan, sepultos y estrechados,
        El hervor en el seno
        Convulso y sofocado por un mudo!
        Y graba al rostro su rencor sañudo
        Y al lenguaje sereno.
        Pero, ¡qué lejos de lo que es y vive
        En el fondo aterrado y no recibe
        Las ondas todavía
        Que recogen, no más, la voz que aflora
        De una agua móvil al rielar que dora
        La vanidad del día!

        El sueño, en sombras desasido, amarra
        La nerviosa raíz, como una garra
        Contráctil o bien floja;
        Se hinca en el murmullo que la envuelve,
        O en el humor que sorbe y que disuelve
        Un fijo extremo aloja.

        Cómo pasma a la lengua blanda y gruesa,
        Y asciende un burbujear a la sorpresa
        Del sensible oleaje:
        Su espuma frágil las burbujas prende,
        Y las prueba, las une, las suspende
        La creación del lenguaje.

        El lenguaje es sabor que entrega al labio
        La entraña abierta a un gusto extraño y sabio:
        Despierta en la garganta;
        Su espíritu aún espeso al aire brota
        Y en la líquida masa donde flota
        Siente el espacio y canta.

        Multiplicada en los propicios ecos
        Que afuera afrontan otros vivos huecos
        De semejantes bocas,
        En su entraña ya vibra, densa y plena,
        Cuando allí late aún, y honda resuena
        En las eternas rocas.

        Oh eternidad, oh hueco azul, vibrante
        En que la forma oculta y delirante
        Su vibración no apaga,
        Porque brilla en los muros permanentes
        Que labra y edifica transparentes,
        La onda tortuosa y vaga.

        Oh eternidad, la muerte es la medida,
        Compás y azar de cada frágil vida,
        La numera la Parca.
        Y alzan tus muros las dispersas horas,
        Que distantes o próximas, sonoras
        Allí graban su marca.

        Denso el silencio trague al negro, obscuro
        Rumor, como el sabor futuro
        Sólo la entraña guarde
        Y forme en sus recónditas moradas,
        Su sombra ceda formas alumbradas
        A la palabra que arde.

        No al oído que al antro se aproxima
        Que al banal espacio, por encima
        Del hondo laberinto
        Las voces intrincadas en sus vetas
        Originales vayan, más secretas
        De otra boca al recinto.

        A otra vida oye ser, y en un instante
        La lejana se une al titubeante
        Latido de la entraña;
        Al instinto un amor llama a su objeto;
        Y afuera en vano un porvenir completo
        La considera extraña.

        El aire tenso y musical espera;
        Y eleva y fija la creciente esfera,
        Sonora, una mañana:
        La forman ondas que juntó un sonido,
        Como en la flor y enjambre del oído
        Misteriosa campana.

        Ese es el fruto que del tiempo es dueño;
        En él la entraña su pavor, su sueño
        Y su labor termina.
        El sabor que destila la tiniebla
        Es el propio sentido, que otros puebla
        Y el futuro domina.

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      Como esquiva el amor la sed remota

        Como esquiva el amor la sed remota
        Que al gozo que se da mira incompleto,
        Y es por la sed por la que está sujeto
        El gozo, y no la sed la que se agota.

        La vida ignora, más la muerte nota
        La ávida eternidad del esqueleto;
        Así la forma en que creció el objeto
        Dura más que él, de consumirlo brota.

        Del alma al árido desierto envuelve
        Libre vegetación, que se disuelve,
        Que nace sólo de su incertidumbre,

        Y suele en el azar de su recreo
        Ser la instantánea presa del deseo
        Y el efímero pasto de su lumbre.

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      De otro fue la palabra antes que mía

        De otro fue la palabra antes que mía
        Que es el espejo de esta sombra, y siente
        Su ruido, a este silencio, transparente,
        Su realidad, a esta fantasía.

        Es en mi boca su substancia, fría,
        Dura, distante de la voz y ausente,
        Habitada por otra diferente,
        La forma de una sensación vacía.

        Al fin es la que hoy, obscura y vaga,
        Otra prolonga en mí, que no se apaga,
        Sino igual a sí misma oye su sombra

        Al hallarla en el ruido que la nombra
        Y en el oído hacer crecer su hueco
        Más profundo cavándose en el eco.

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      Dibujo

        Suaviza el sol que toca su blancura,
        Disminuye la sombra y la confina
        Y no tuerce ni quiebra su figura
        El ademán tranquilo que la inclina.

        Resbala por la piel llena y madura
        Sin arrugarla, la sonrisa fina
        Y modela su voz blanda y segura
        El suave gesto con que se combina.

        Sólo al color y la exterior fragancia
        Su carácter acuerda su constancia
        Y su lenguaje semejanza pide;

        Como a su cuerpo no dibuja y cuida
        Sino la música feliz que mide
        El dulce movimiento de su vida.

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      Elegía

        Después que mis ojos comprobaron que ya no la veía,
        Después que mis oídos penetraban en vano el silencio
        Que sus ruidos abandonaron,
        Sus paseos, sus palabras,
        Y que la muerte me dio una impresión certera y durable de su vacío,
        La lluvia invadió súbitamente con su presencia nueva
        Mis sentidos desolados
        Y mi ser apoyó mi vida en sentirla.
        Y cuando alguien vino a hablarme de la civilización europea,
        En vez de la lluvia, vi los trenes de Europa y sus paisajes a los lados,
        Los castillos que no hay en América
        Y recordé el castillo de Windsor
        Y cuando me estiré para verlo hasta que se perdía.
        Pero se trataba de la fatiga de la vida,
        De la pérdida de su frescura religiosa,
        De la revolución social y de los hombres que no tienen ninguna fe
        Y se asoman a los ruidos confusos para discernir una voz,
        Y ven las nubes informes para sorprender una figura.
        ¿Y yo qué fe tenía? Yo hablaba de la fe y eso me hacía vivir
        Durante ese momento
        Como tenerla hacía vivir más largamente,
        Y en los huecos de mi pensamiento y de mis palabras
        Renacía la lluvia y la puerta que enmarcaba sus hilos
        Y el tejado enfrente de donde escurrían los chorros más gruesos.
        Pero hay todavía huecos
        Que no se abren ya sobre otra cosa distinta,
        Que no ven a otra lluvia, ni a más imágenes ni a más recuerdos:
        Hay huecos que se abren sólo a un vacío silencio
        De donde ella partió y donde no crece nada.

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      Fue la dicha de nadie esta que huye

        Fue la dicha de nadie esta que huye,
        Este fuego, este hielo, este suspiro,
        Pero, ¿qué más de su evasión retiro
        Que otro aroma que no se restituye?

        Una pérdida a otra substituye
        Si sucede al que fui nuevo respiro,
        Y si encuentro al que fui cuando me miro
        Una dicha presente se destruye.

        Cada instante son dos cuando acapara
        Lo que se adhiere y lo que se separa
        Al azar de su frágil sentimiento,

        Que es vana al fin la voluntad que dura
        Y no transmite a su presión futura
        La corrupción de su temperamento.

      Arriba

      Hora que fue, feliz y aún incompleta

        Hora que fue, feliz y aún incompleta,
        Nada tiene de mí más todavía,
        Sino los ojos que la ven vacía,
        Despojada de mí, de ella sujeta.

        La vida no se ve ni se interpreta;
        Ciega asiste a tener lo que veía.
        No es, ya pasada, suyo lo que cría
        Y ya no goza más lo que sujeta.

        Es el eterno gozo quien apura
        El ocio vivo y la pasión futura.
        Sobreviviendo a su interior abismo,

        El amor se obscurece y se suprime,
        Y mira que la muerte se aproxime
        A la vana insistencia de mí mismo.

      Arriba

      Entre tú y la imagen de ti que a mí llega

        Entre tú y la imagen de ti que a mí llega
        Hay un espacio al cabo del cual eres sólo una memoria.
        Tienes tiempo de abrir la puerta sin que te vea,
        Huir y regresar después de haber cambiado o muerto del todo.
        Tienes tiempo de hacerte presente a otros ojos
        Y dejar en ellos otra visión deshabitada.
        Tus palabras son hondas para contener en sus ecos
        Otras obscuras que escucharé precisas cuando te hayas apagado,
        Para sepultar en sus silencios dichas que no posees,
        Dichsa que de ti apartan -porque no de tu ausencia-
        Los fragmentos de ti que las sujetan,
        Distantes uno de otro, dispersos y recónditos,
        Sin reintegrarte nunca la vida que te arrancan
        Y sólo tu muerte recupera.

      Arriba

      Este amor no te mira para hacerte durable

        Este amor no te mira para hacerte durable
        Y desencadenarte de tu vida, que pasa.
        Los ojos que a tu imagen apartan de tu muerte
        No la impiden, sólo hacen más presente tu ruina.
        No hay sitio en mi memoria
        Donde encuentre tu vida
        Más que tus ya distantes huellas deshabitadas.
        Pues en mi sueño en vano tu rostro se refugia
        Y huye tu voz del aire real que la devora.
        Dentro de mí te quema la sangre con más fuego,
        Los instantes que te absorben con más ansia, y tus voces,
        Mientras más duran,
        Se hunden más hondo en el abismo
        De las horas futuras que nunca te han mirado.

      Arriba

      No aquel que goza, frágil y ligero

        No aquel que goza, frágil y ligero,
        Ni el que contengo es acto que perdura,
        Y es en vano el amor rosa futura
        Que fascina a cultivo pasajero.

        La vida cambia lo que fue primero
        Y lo que más tarde es no lo asegura,
        Y la memoria, que el rigor madura,
        No defiende su fruto duradero.

        Más consiente el sabor áspero y grueso,
        El color que a la luz se desvanece,
        La materia que al tacto se destroza.

        Y en vano guarda su variable peso
        El árbol y su forma se endurece,
        Y el mismo instante se revive y goza.

      Arriba

      No para el tiempo, sino pasa

        No para el tiempo, sino pasa; muere
        La imagen de sí, que a lo que pasa aspira
        A conservar igual a su mentira.
        No para el tiempo; a su placer se adhiere.

        Ni lleva al alma, que de sí difiere,
        Sino al sitio diverso en que se mira.
        El lugar de que el alma se retira
        Es el que el hueco de la muerte adquiere.

        Tan pronto como el alma el cambio habita,
        No la abandona el cambio en lo que deja
        Ni de la vida incierta la separa;

        Se aventura y su riesgo sólo imita
        Al tiempo entonces su razón perpleja,
        Pues goza la razón mas no se para.

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      Paraíso encontrado

        Piedad no pide si la muerte habita
        Y en las tinieblas insensibles yace
        La inteligencia lívida que nace
        Sólo en la carne estéril y marchita.

        En el otro orbe en que el placer gravita,
        Dicha tenga la vida y que la enlace,
        Y de ella enamorada que rehace
        El sueño en que la muerte azul medita.

        Sólo la sombra sueña, y su desierto,
        Que los hielos recubren -y protejan-,
        Es el Edén que acoge al cuerpo muerto

        Después de que las águilas lo dejan.
        Que ambos tienen la vida sustentada,
        El ser, en gozo, y el placer, en nada.

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      Paraíso perdido

        Si en el tiempo aún espero es que, sumiso,
        Aunque también inconsolable, entiendo
        Que el fruto fue, que a la niñez sorprende,
        No don terreno, más celeste aviso.

        Pues, mirando que más tuvo que quiso,
        Si al sueño sus imágenes suspendo,
        De la niñez, como de un arte, aprendo
        Que sencillez le basta al paraíso.
        El sabor embriagado y misterioso,
        Claro al oído (el mundo silencioso
        Y encantados los ruidos de la vida)

        Vivo el color en ojos reposados,
        El tacto cálido, aires perfumados
        Y en la sangre una llama inextinguida.

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      Rema en agua espesa y vaga el brazo

        Rema en agua espesa y vaga el brazo,
        Pero indeciso su ademán suspende,
        Y aislado del impulso que lo tiende
        La mano ignora que lo dé al acaso.

        La suya inútil flota con retraso,
        Pero ningún fugaz apoyo aprehende
        En el vacío, de que se desprende
        Lo mismo que del yugo de su paso.

        Oscila sin esfuerzo, consumido
        El mundo en torno, y como del olvido
        Una memoria mutilada emana

        Que ya no habita el alma que la mira,
        Aún muerto se desata y se retira
        Del brazo inerte la presencia vana.

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      Tienes dos nombres, Luz

        Tienes dos nombres, Luz, dos pensamientos,
        En lo más puro de mi voz centrados,
        A retener tu imagen consagrados
        En la frágil prisión de dos lamentos.

        Espejos a tu noble gracia atentos
        Reproducen los dos, aunque empañados,
        Los contornos del ánfora, delgados,
        En que bullen tus finos movimientos.

        Así el uno te encierra en su estructura
        De no más una sílaba madura
        Que, luz al fin, el corazón inflama,

        Y aunque también el otro te refleja
        Amor nunca respondes a su queja
        ¡Ay, pues te nombra, pero no te llama!

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      Tu ausencia viva a tu presencia invade

        Tu ausencia viva a tu presencia invade
        Que lentamente mueren si se miran;
        Pues no por verte más se acerca el horizonte de los ojos,
        Más vacío mientras más profundo.,
        En la ventana, los cuadros y el espejo,
        Un aire indiferente y helado se aleja
        De tu respiración, que renueva su asfixia,
        Inaccesible en ellos
        El mundo inmóvil adonde no penetra
        Tu vida, tu presencia presa en el movimiento
        De tu muerte fugaz y paulatina.

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      Una palabra oscura

        En la palabra habitan otros ruidos,
        Como el mudo instrumento está sonoro
        Y al inhumano dios interno el lloro
        Invade y el temblor de los sentidos.

        De una palabra oscura desprendidos,
        La clara funden al ausente coro,
        Y pierden su conciencia en el azoro
        Preso en la libertad de los oídos.

        Cada voz de ella misma se desprende
        Para escuchar la próxima y suspende
        A unos labios que son de otros el hueco.

        Y en el silencio en que sin fin murmura,
        Es el lenguaje, por vivir futura,
        Que da vacante a una ficción un eco.

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