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    Información biográfica

  1. El paraíso perdido (fragmento)
  2. El paraíso perdido (fragmento)
  3. El paraíso perdido (fragmento)
  4. El paraíso perdido. Libro segundo (fragmento)
  5. El paraíso perdido. Libro tercero (fragmento)
  6. El paraíso perdido. Libro cuarto (fragmento)
  7. El paraíso perdido. Libro décimo (fragmento)
  8. Soneto XIX. Cuando pienso cómo mi luz se agota
  9. Soneto XXII. Ciriaco, este día que dura tres años




    Información biográfica

      Nombre: John Milton
      Lugar y fecha nacimiento: Cheapside, Londres (Inglaterra), 9 de diciembre de 1608
      Lugar y fecha defunción: Bunhill, Londres (Inglaterra), 8 de noviembre de 1674 (65 años)

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      El paraíso perdido (fragmento)

        Canta celeste Musa la primera desobediencia del hombre.
        Y el fruto de aquel árbol prohibido cuyo funesto manjar
        Trajo la muerte al mundo y todos nuestros males
        Con la pérdida del Edén, hasta que un Hombre, más grande,
        Reconquistó para nosotros la mansión bienaventurada.
        En la secreta cima del Oreb o del Sinaí tú inspiraste
        A aquel pastor que fue el primero en enseñar a la escogida grey
        Cómo en su principio salieron del caos los cielos y la tierra;
        Y si te place más la colina de Sión o el arroyo de Siloé
        Que se deslizaba rápido junto al oráculo de Dios,
        Allí invocaré tu auxilio en favor de mi osado canto;
        Que no con débil vuelo pretendo remontarme
        Sobre el monte Aonio al empeñarme en un asunto
        Que ni en prosa ni en verso nadie intentó jamás.

        Y tú singularmente ¡Oh Espíritu! que prefieres
        A todos los templos un corazón recto y puro,
        Inspírame tu sabiduría. Tú estabas presente desde el principio
        Y desplegando como una paloma tus poderosas alas
        Cubriste el vasto abismo haciéndolo fecundo,
        Ilumina mi oscuridad; realza y alienta mi bajeza
        Para que desde la altura de este gran propósito
        Pueda glorificar a la Providencia eterna
        Justificando las miras de Dios para con los hombres.

        Di ante todo, ya que ni la celestial esfera
        Ni la profunda extensión del infierno ocultan nada a tu vista,
        Di qué causa movió a nuestros primeros padres,
        Tan favorecidos del cielo en su feliz estado,
        A separarse de su Creador e incurrir en la única prohibición
        Que les impuso siendo señores del mundo todo.
        ¿Quién fue el primero que los incitó a su infame rebelión?
        La infernal Serpiente. Ella con su malicia animada
        Por la envidia y el deseo de venganza
        Engañó a la Madre del género humano.
        Por su orgullo había sido arrojada del cielo
        Con toda su hueste de ángeles rebeldes
        Y con el auxilio de éstos, no bastándole eclipsar
        La gloria de sus próceres, confiaba en igualarse
        Al Altísimo si el Altísimo se le oponía.

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      El paraíso perdido (fragmento)

        ¡Salud, mundo infernal! Y tú, profundo Averno,
        Recibe a tu nuevo señor, cuyo espíritu
        No cambiará nunca, ni con el tiempo, ni en lugar alguno.
        El espíritu vive en sí mismo, y en sí mismo
        Puede hacer un cielo del infierno, o un infierno del cielo.
        ¿Qué importa el lugar donde yo resida,si soy el mismo que era,
        Si lo soy todo, aunque inferior a aquel
        A quien el trueno ha hecho más poderoso?
        Aquí, al menos, seremos libres,
        Pues no ha de haber hecho el Omnipotente este sitio
        Para envidiárnoslo, ni querrá, por lo tanto, expulsarnos de él;
        Aquí podremos reinar con seguridad, y para mí,
        Reinar es ambición digna, aun cuando sea sobre el infierno,
        Porque más vale reinar aquí, que servir en el cielo.
        Pero, ¿dejaremos a nuestros fieles amigos,
        A los partícipes y compañeros de nuestra ruina,
        Yacer anonadados en el lago del olvido?
        ¿No hemos de invitarlos a que compartan con nosotros
        Esta triste mansión, o intentar una vez más,
        Con nuestras fuerzas reunidas, si hay todavía algo que
        Recobrar en el cielo, o más que perder en el infierno?"

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      El paraíso perdido (fragmento)

        La potestad suprema le arrojó de cabeza, envuelto en llamas,
        Desde la bóveda etérea, repugnante y ardiendo,
        Cayó en el abismo sin fondo de la perdición,
        Para permanecer allí cargado de cadenas de diamante,
        En el fuego que castiga; él, que había osado desafiar
        Las armas del Todopoderoso, permaneció tendido
        Y revolcándose en el abismo ardiente, junto con su banda infernal,
        Nueve veces el espacio de tiempo que miden el día y la noche
        Entre los mortales, conservando, no obstante, su inmortalidad.
        Su sentencia, sin embargo, le tenía reservado mayor despecho,
        Porque el doble pensamiento de la felicidad perdida y de un dolor perpetuo
        Le atormentaba sin tregua.
        Pasea en torno suyo sus ojos funestos, en que se pintan la consternación
        Y un inmenso dolor, junto a su arraigado orgullo y a su odio inquebrantable.
        De una sola ojeada y atravesando con su mirada un espacio tan lejano
        Como es dado a la penetración de los ángeles, vio aquel lugar triste,
        Devastado y sombrío; aquel antro horrible y cercado que ardía
        Por todos lados como un gran horno.
        Aquellas llamas no despedían luz alguna; pero las tinieblas visibles
        Servían tan solo para descubrir cuadros de horror,
        Regiones de pesares, oscuridad dolorosa, en donde la paz y el reposo
        No pueden habitar jamás, en donde ni siquiera penetra la esperanza.

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      El paraíso perdido. Libro segundo (fragmento)

        En un trono de excelsa majestad, muy superior
        En esplendidez a todas las riquezas de Ormuz y de la India,
        Y de las regiones en que el suntuoso Oriente
        Vierte con opulenta mano sobre sus reyes
        Bárbaros perlas y oro, encúmbrase Satán,
        Exaltado por sus méritos a tan impía eminencia;
        Y aunque la desesperación lo ha puesto en dignidad
        Tal como no podía esperar, todavía ambiciona mayor altura;
        Y tenaz en su inútil guerra contra los cielos
        No escarmentado por el desastre,
        Da rienda así a su altiva imaginación:
        "¡Potestades y dominaciones, númenes celestiales!
        Pues no hay abismo que pueda sujetar
        En sus antros vigor tan inmortal como el nuestro,
        Aunque oprimido y postrado
        Ahora no doy por perdido el cielo.
        Después de esta humillación, se levantarán
        Las virtudes celestes más gloriosas y formidables que
        Antes de su caída, y se asegurarán
        Por sí mismas del temor de una segunda catástrofe.
        Aunque la justicia de mi cerebro
        Y las leyes constantes del cielo me designaron
        Desde luego como vuestro caudillo,
        Lo soy también por vuestra libre elección,
        Y por los méritos que haya podido contraer
        En el consejo o en el combate; de modo que nuestra pérdida
        Se ha reparado, en gran parte al menos,
        Dado que me coloca en un trono más seguro,
        No envidiado y cedido con pleno consentimiento.
        En el cielo el que más feliz es por su elevación
        Y su dignidad, puede excitar la envidia
        De un inferior cualquiera; pero aquí,
        ¿Quién ha de envidiar al que, ocupando el lugar más alto,
        Se halla más expuesto, por ser vuestro antemural
        A los tiros del Tonante, y condenado a sufrir
        Lo más duro de estos tormentos interminables?
        Donde no hay ningún bien que disputar,
        No puede alzarse en guerra facción alguna,
        Pues nadie reclamará, seguramente,
        El bienestar del infierno; nadie tiene escasa participación
        En la pena actual, para codiciar por espíritu de ambición,
        Otra más grande. Con esta ventaja, pues,
        Para nuestra unión, esta fe ciega e indisoluble concordia,
        Que no se conocerán mayores en el cielo,
        Venimos ya a reclamar nuestra antigua herencia,
        Más seguros de triunfar que si nos
        Lo asegurase el triunfo mismo.
        Pero cuál sea el medio mejor,
        Si la guerra abierta o la guerra oculta,
        Ahora lo examinaremos; hable quien
        Se sienta capaz de dar consejo."

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      El paraíso perdido. Libro tercero (fragmento)

        ¡Salve sagrada luz hija primogénita del cielo
        Ooh destello inmortal del eterno Ser!
        ¿Por qué no he de llamarte así, cuando Dios es luz,
        Y cuando en inaccesible y perpetua luz tiene su morada,
        Y por consiguiente en ti, resplandeciente
        Efluvio de su increada esencia?
        Y si prefieres el nombre de puro raudal de éter,
        ¿Quién dirá cuál es tu origen, dado
        Que fuiste antes que el sol, antes que los cielos,
        Cubriendo a la voz de Dios, como con un manto,
        El mundo que salía de entre las profundas
        Y tenebrosas hondas, arrancado
        Al vacío informe e, inconmensurable?
        Vuelvo ahora a ti nuevamente con más atrevidas alas,
        Dejando el Estigio lago, en cuya negra mansión
        He permanecido sobrado tiempo. Mientras volaba
        Cruzando tenebrosas regiones y no menos
        Sombríos ámbitos, canté el Caos y la eterna Noche
        En tonos desconocidos a la cítara de Orfeo.
        Guiado por una musa celestial, osé descender
        A las profundas tinieblas, y remontarme de nuevo;
        Arduo y penoso empeño. Seguro ya, vuelvo a ti,
        Siendo tu influencia vivificadora; pero tú no iluminas estos ojos
        Que en vano buscan tu penetrante rayo sin descubrir
        Claridad alguna: a tal punto ha consumido
        Sus órbitas invencible mal, o se hallan cubiertas de espeso velo.
        Más alentado por el amor que me inspiran
        Sagrados cantos, recorro sin cesar
        Los sitios frecuentados por las Musas,
        Las claras fuentes los umbríos bosques,
        Las colinas que dora el sol; y a ti sobre todo,
        ¡Oh Sión!, a ti, y a los floridos arroyos
        Que bañan tus santos pies y se deslizan
        Con suave murmullo, me dirijo durante la noche.
        Ni olvido tampoco a aquellos dos,
        Iguales a mi en desgracia (¡así los igualará en gloria!),
        El ciego Tamiris y el ciego Meónides,
        Ni a los antiguos profetas Tiresias y Fineo,
        Deleitándome entonces con los pensamientos
        Que inspiran de suyo armoniosos metros,
        Como el ave vigilante que canta en la oscura sombra,
        Y oculta entre el espeso follaje hace oír sus nocturnos trinos.
        Así con el progreso del año vuelven las estaciones.

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      El paraíso perdido. Libro cuarto (fragmento)

        Mientras esto decía, ardían en enrojecido fuego
        Los angélicos escuadrones, y desplegando en circular ala
        Sus falanges, lo rodeaban, apuntándole con sus lanzas;
        Como cuando en los campos de Ceres,
        Maduras para la siega, se mecen
        Las apiñadas espigas, inclinándose a uno y otro lado,
        Según de donde se agita el viento,
        Y el labrador las contempla con inquietud,
        Temiendo que todos aquellos haces
        En que cifra su mayor logro,
        No vengan a convertirse en inútil paja.
        Alarmado Satán en vista de aquella actitud,
        Hizo sobre sí un esfuerzo,
        Y dilató sus miembros hasta adquirir las desmedidas
        Proporciones y fortaleza del Atlas o el Tenerife.
        Toca su cabeza en el firmamento y lleva en su casco
        El Horror por penacho de su cimera;
        Ni carece tampoco de armas,
        Dado que empuña una lanza y un escudo.
        Tremenda lid se hubiera suscitado entonces,
        Que no sólo el Paraíso sino la celeste
        Bóveda hubiera conmovido en torno,
        Y aún, puesto en grave conflicto todos los elementos
        A impulsos de choque tan irresistible,
        Si previendo aquella catástrofe no hubiera el Omnipotente
        Suspendido en el cielo su balanza de oro,
        Que desde entonces vemos brillar entre Astrea y el Escorpión.
        En aquella balanza había pesado Dios todo lo creado;
        La tierra esférica en equilibrio con el aire;
        Y ahora pesa del mismo modo los acontecimientos,
        La suerte de las batallas y de los imperios.
        Puso a la sazón en contrapeso el resultado de la fuga y el del combate,
        Y el segundo subió rápidamente hasta dar en el fiel que lo señalaba;
        Y entonces dijo Gabriel a su Enemigo:
        "Conozco, Satán, tus fuerzas como tú dices conoces las mías:
        Ni unas ni otras nos pertenecen; Dios nos las ha prestado".

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      Paraíso perdido. Libro décimo (fragmento)

        Súpose al punto en el cielo el acto de odio y desesperación
        Consumado por Satán en el Paraíso, y cómo,
        Disfrazado de serpiente había seducido a Eva,
        Y ésta a su marido, para comer el funesto fruto,
        Pues, ¿qué cosa puede ocultarse a la vigilancia
        De Dios que lo ve todo, ni engañar su previsión
        Que a todo alcanza? Sabio y justo el Señor
        En cuanto dispone, no había impedido a Satán
        Que tentase el ánimo del Hombre, a quien dotó
        De suficiente fuerza y entera libertad para descubrir
        Y rechazar las astucias de un enemigo o de un falso amigo.
        Que bien conocían nuestros primeros padres,
        Y no debieron olvidar jamás la suprema prohibición
        De no tocar a aquel fruto, por más que a ello los incitaran,
        Pues por desobedecer este mandato,
        Incurrieron en tal pena (¿qué menor podían esperarla?)
        Y su crimen, por suponer otros varios,
        Bien merecía tan triste suerte.
        Silenciosos y compadecidos del Hombre,
        Se apresuraron a ascender desde el Paraíso
        Al Cielo los ángeles custodios.
        De aquel suceso colegían lo desventurado que iba a ser,
        Y se maravillaban de la sutileza de un enemigo
        Que así les había ocultado sus furtivos pasos.
        Luego que tan funestas nuevas llegaron a las puertas
        Del cielo desde la tierra, contristaron a cuantos las oyeron.
        Pintóse esta vez en los semblantes celestiales
        Cierta sombría tristeza, que mezclada con un sentimiento
        De piedad, no bastaba, sin embargo,
        A turbar su bienaventuranza. Rodearon los eternos moradores
        A los recién llegados en innumerable multitud,
        Para oír y saber todo lo acaecido; y ellos se dirigieron
        Al punto hacia el supremo trono, como responsables
        Del hecho, a fin de alegar justos descargos
        En favor de su extremadavigilancia,
        Que fácilmente podían probar; cuando el Omnipotente
        Y eterno Padre, desde lo interior de su misteriosa nube,
        Y entre truenos hizo así resonar su voz:
        "Ángeles aquí reunidos, y vosotros Potestades
        Que volvéis de vuestra infructuosa misión,
        No os aflijáis ni turbéis por esas novedades de la tierra,
        Que aún con el más sincero celo, no habéis podido precaver
        Ya os predije no ha mucho tiempo lo que acaba de suceder;
        Cuando por primera vez, salido del infierno,
        El Tentador atravesó el abismo.
        Entonces os anuncié que prevalecerían sus intentos;
        Que en breve realizaría su odiosa empresa;
        Que el Hombre sería seducido y se perdería,
        Dando oídos a la lisonja y crédito a la impostura
        Contra su Hacedor. Ninguno de mis decretos ha concurrido
        A la necesidad de su caída; no he comunicado
        El más leve impulso al albedrío de su voluntad,
        Que siempre he dejado libre y puesta en el fiel de su balanza.
        Pero al fin ha caído. ¿Qué resta hacer más que dictar la
        Mortal sentencia que su transgresión merece,
        La muerte a que queda sujeto desde este día?
        Presume que la amenaza será vana e ilusoria, porque no ha
        Sentido ya el golpe inmediatamente como temía;
        Pero en breve verá que el aplazamiento no es perdón,
        Lo cual experimentará hoy mismo.
        No ha de quedar burlada mi justicia
        Como lo ha quedado mi bondad.
        Pero, ¿a quién enviaré por juez?
        ¿A quién sino a ti, Hijo mío,
        Que en mi lugar riges el universo,
        A ti que ejerces, transmitido por mí,
        Todo juicio en los cielos, en la tierra y en los infiernos?
        Con esto se persuadirán de que procuro conciliar
        La misericordia con la justicia al enviarte a ti,
        Amigo del Hombre, mediador suyo,
        Designado para servirle de rescate
        Y ser voluntariamente su Redentor,
        Como estás destinado a convertirte en hombre
        Y a ser juez de su humillación."

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      Soneto XIX. Cuando pienso cómo mi luz se agota

        Cuando pienso cómo mi luz se agota
        Tan pronto en este oscuro y ancho mundo
        Y ese talento que es la muerte esconder
        Alojado en mí, inútil; aunque mi alma se ha inclinado
        Para servir así a mi Creador, y presentarle
        Mis culpas y ganar su aprecio
        ¿Qué trabajo el mandaría ya que me negó la luz?
        Pregunto afectuosamente. Pero la paciencia, para prevenir
        Ese murmullo, pronto responde: "Dios no necesita
        Ni la obra del hombre ni sus dones: quienes mejor
        Soporten su leve yugo mejor le sirven. Su mandato
        Es noble; miles se apresuran a su llamada
        Y recorren tierra y mar sin descanso.
        Pero también le sirven quienes solo están de pie y esperan.

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      Soneto XXII. Ciriaco, este día que dura tres años

        Ciriaco, este día que dura tres años, estos ojos limpios
        De mancha o impureza, para mirar hacia fuera;
        Privados de luz, han olvidado la visión,
        Y no aparece para estos perezosos la vista
        Del sol, o la luna o las estrellas a lo largo del año,
        O el hombre o la mujer. Aún yo no razono
        Contra la mano del Cielo o su voluntad, ni disminuyo una pizca
        De corazón o de esperanza; mas todavía navego con viento a favor y llevo
        El timón derecho hacia delante. ¿Qué me sostiene, preguntas tú?
        La conciencia, amigo, de haberlos perdido navegando con viento en contra
        En defensa de las libertades, mi noble misión,
        De la que habla toda Europa de costa a costa.
        Este pensamiento podría conducirme a través de la vana máscara del mundo;
        Contento aunque ciego, no tengo mejor guía.

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       Raine, Kathleen
       Rébora, Marilina
       Reyes Ochoa, Alfonso
       Rimbaud, Arthur
       Rojas, Gonzalo
       Rojas, Jorge
       Romero, Elvio
       Ruy Sánchez, Alberto
       Sabines, Jaime
       Salinas, Pedro
       Santos Chocano, José
       Shakespeare, William
       Shelley, Percy Bysshe
       Silva, José Asunción
       Storni, Alfonsina
       Swann, Matilde Alba
       Symons, Julian
       Teillier, Jorge
       Tennyson, Alfred
       Thomas, Dylan
       Torres Bodet, Jaime
       Unamuno, Miguel de
       Urbina, Luis G.
       Vallejo, César
       Verlaine, Paul
       Villaurrutia, Xavier
       Whitman, Walt
       Wilde, Óscar
       Wordsworth, William
       Yeats, William Butler
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