.

    Información biográfica

  1. A quien en la ciudad estuvo largo tiempo confinado
  2. A un amigo que me envió rosas
  3. Al sueño
  4. Ante los mármoles Elgin por primera vez
  5. Cuando tengo miedo de que yo pueda cesar de ser
  6. ¡Cuántos bardos embellecen los lapsos de tiempo!
  7. ¿Dónde hallar al poeta?
  8. Escrito antes de releer "El rey Lear"
  9. Escrito como repulsa de las supersticiones vulgares
  10. Esta viva mano
  11. Estrella brillante, si fuera constante como tú
  12. Feliz es Inglaterra
  13. Meg Merrilies
  14. Oda a la melancolía
  15. Oda a un ruiseñor
  16. Oda a una urna griega
  17. Oda al otoño
  18. Para ti, que has sentido en tu rostro el invierno
  19. ¿Por qué reí esta noche? Ninguna voz dirá
  20. Sobre la cigarra y el grillo




    Información biográfica

      Nombre: John Keats
      Lugar y fecha nacimiento: Londres (Inglaterra), 31 de octubre de 1795
      Lugar y fecha defunción: Roma (Italia), 23 de febrero de 1821 (25 años)

    Arriba

      A quien en la ciudad estuvo largo tiempo confinado

        A quien en la ciudad estuvo largo tiempo
        Confinado, le es dulce contemplar la serena
        Y abierta faz del cielo, exhalar su plegaria
        Hacia la gran sonrisa del azul.
        ¿Quién más feliz entonces si, con el alma alegre,
        Se hunde fatigado en la blanda yacija
        De la hierba ondulante y lee una acabada,
        Una gentil historia de amor y languidez?
        Si, atardecido, vuelve al hogar, ya en su oído
        La voz de Filomela, y acechando sus ojos
        La fúlgida carrera de una pequeña nube,
        Lamenta el deslizarse del presuroso día,
        Desvanecido como la lágrima de un ángel
        Que cae por el éter claro, calladamente.

      Arriba

      A un amigo que me envió rosas

        Cuando ya tarde paseaba por los campos felices
        A la hora en que la alondra sacude el trémulo rocío
        De su exuberante escondite de trébol, cuando de nuevo
        Los bravos caballeros cogen sus abollados escudos:
        Vi la flor más linda que haya ofrecido la naturaleza silvestre,
        Una rosa almizcleña recién mecida por el viento; la primera en desprender
        Su fragancia al verano: crecía encantadora,
        Como si fuera el cetro que empuñara la reina Titania.
        Y mientras me regalaba con su aroma,
        Pensé en la rosa de jardín, con mucho superada:
        Pero cuando, ¡oh Wells!, tus rosas llegaron a mí,
        Mi sentido con su exquisitez quedó presagiado:
        Dulces voces tenían, que con tierna súplica,
        Me susurraban sobre paz, verdad e invencible cordialidad.

      Arriba

      Al sueño

        Suave embalsamador de la alta noche en calma,
        Que cierras con benignos y cuidadosos dedos
        Nuestros ojos que gustan de ocultarse a la luz,
        Envueltos en la sombra de un celestial olvido;
        Oh dulcísimo sueño, si así te place, cierra,
        En medio de tu canto, mis ojos deseantes,
        O espera el "Así sea", hasta que tu amapola
        Eche sobre mi cama los dones de tu arrullo.
        Líbrame pues, o el día que se fue volverá
        A alumbrar mi almohada, engendrando aflicciones;
        De la conciencia líbrame, que impone, inquisitiva,
        Su voluntad en lo oscuro, hurgando como un topo;
        Gira bien, con la llave, los cierres engrasados,
        Y sella así la urna callada de mi espíritu.

      Arriba

      Ante los mármoles Elgin por primera vez

        Mi espíritu es muy débil: la condición mortal
        Me abruma con su peso de sueño no querido
        Y toda imaginada profundidad o cima
        De angustia de los dioses me dice: "Has de morir"
        Como un águila enferma que mira hacia los cielos.
        Lujo reconfortante es lamentar, aún,
        Que yo no tenga el viento de nubes que guardar
        Fresco cuando aparece el ojo de la aurora.
        Esas glorias mentales, apenas concebidas,
        Llevan al corazón indescriptible pugna;
        Y aquellas maravillas, un voluble dolor
        Que funde la grandeza helena con la burda
        Quiebra del tiempo antiguo, con un mar ondulante,
        Con un sol, una sombra de lo inmenso.

      Arriba

      Cuando tengo miedo de que yo pueda cesar de ser

        Cuando tengo miedo de que yo pueda cesar de ser
        Antes de que mi pluma haya espigado mi atestado cerebro,
        Antes de que altas pilas de libros, en caracteres,
        Guarden como ricos graneros el grano totalmente maduro;
        Cuando contemplo, sobre el rostro estrellado de la noche,
        Símbolos inmensamente confusos de un gran romance,
        Y pienso que puede que no viva para trazar
        Sus sombras, con la mano mágica del azar;
        Y cuando siento, ¡encantadora criatura de una hora!
        Que nunca más podré pensarte
        Nunca gustar del poder idílico
        Del amor irreflexivo; así, en la orilla
        Del ancho mundo quedo solo y pienso,
        Hasta que amor y gloria en la nada se hunden.

      Arriba

      ¡Cuántos bardos embellecen los lapsos de tiempo!

        ¡Cuántos bardos embellecen los lapsos de tiempo!
        Algunos de ellos fueron siempre el alimento
        De mi deleitada fantasía: podría meditar tristemente
        Sobre sus bondades, terrenas o sublimes:
        Y a menudo, cuando me siento a rimar,
        Se entrometerán en tropel delante de mi mente:
        Pero sin confusión ni rudo trastorno
        Por su función; es un grato repique.
        Igual que los innumerables sonidos que guarda la tarde:
        El canto de los pájaros, el murmullo de las hojas,
        El rumor de los arroyos, la gran campana que se esfuerza por levantarse
        Con sonido solemne, y otros miles más,
        Que la distancia priva de reconocimiento,
        Hacen grata música, y no salvaje algarabía.

      Arriba

      ¿Dónde hallar al poeta?

        ¿Dónde hallar al poeta? Nueve Musas,
        Mostrádmelo, que pueda conocerlo.
        Es aquel hombre que ante cualquier hombre
        Como un igual se siente, aunque fuere el monarca
        O el más pobre de toda la tropa de mendigos;
        O es tal vez una cosa de maravilla: un hombre
        Entre el simio y Platón;
        Es quien, a una con el pájaro,
        Reyezuelo o bien águila, el camino descubre
        Que a todos sus instintos conduce; el que ha escuchado
        El rugir del león, y nos diría
        Lo que expresa aquella áspera garganta;
        Y el bramido del tigre
        Le llega articulado y se le adentra,
        Como lengua materna, en el oído.

      Arriba

      Escrito antes de releer "El rey Lear"

        ¡Romance de dorada lengua y laúd suave!
        ¡Oh sirena de bellas plumas, lejana Reina!
        Deja tus melodías en este día crudo,
        Cierra tu libro añoso y quédate callada.
        ¡Adiós! Pues que de nuevo la ya enconada pugna
        Entre dolor de Infierno y apasionado limo,
        Ha de abrasarme todo; y probaré de nuevo
        Esa dulzura amarga del fruto shakespeariano.
        ¡Poeta Rey! Y nubes vosotras, las de Albión,
        Creadores de nuestro profundo, eterno tema:
        Cuando cruzado hubiere el robledal antiguo,
        No dejéis que divague por algún sueño inútil,
        Y, consumido ya del Fuego, dadme nuevas
        Alas de Fénix para mi vuelo deseado.

      Arriba

      Escrito como repulsa de las supersticiones vulgares

        Las campanas repican melancólicamente
        Convocando a los fieles a nuevas oraciones,
        A nuevas lobregueces, a espantosas angustias,
        A escuchar el horrible sonido del sermón.
        Sin duda que la mente del hombre está encerrada
        En un oscuro hechizo, pues todos se separan
        Del gozo junto al fuego, de los aires de la Lidia,
        Del elevado diálogo con los que en gloria reinan.
        Aún, aún repican, y sentiría un frío
        Y una humedad de tumba si no fuera consciente
        De que están extinguiéndose cual vela consumida,
        De que son los gemidos que exhalan al perderse.

      Arriba

      Esta viva mano

        Esta viva mano hoy cálida y capaz
        De ansioso estrechamiento, si estuviera fría
        Y en el helado silencio de la tumba,
        Tanto perseguiría tus días y helaría tus noches soñadas,
        Que desearías que en tu propio corazón se secase la sangre
        Para que en mis venas volviese a correr la roja vida,
        Y así calmases la consciencia. Mírala, aquí está:
        Hacia ti la extiendo.

      Arriba

      Estrella brillante, si fuera constante como tú

        Estrella brillante, si fuera constante como tú,
        No en solitario esplendor colgada de lo alto de la noche
        Y mirando, con eternos párpados abiertos,
        Como de naturaleza paciente, un insomne eremita,
        Las móviles aguas en su religiosa tarea
        De pura ablución alrededor de tierra de humanas riberas,
        O de contemplación de la recién suavemente caída máscara
        De nieve de las montañas y páramos.
        No, aún todavía constante, todavía inamovible,
        Recostada sobre el maduro corazón de mi bello amor,
        Para sentir para siempre su suave henchirse y caer,
        Despierto por siempre en una dulce inquietud,
        Silencioso, silencioso para escuchar su tierno respirar,
        Y así vivir por siempre o si no, desvanecerme en la muerte.

      Arriba

      Feliz es Inglaterra

        ¡Feliz es Inglaterra!
        Ya me contentaría
        No viendo más verdores que los suyos,
        No sintiendo más brisas que las que soplan entre
        Sus frondas confundidas con las leyendas grandes;
        Pero nostalgia siento a veces; languidezco
        Por los cielos de Italia; íntimamente gimo
        Por no hallarme en el trono de los Alpes sentado,
        Para olvidar un poco el mundo y lo mundano.
        Feliz es Inglaterra y dulces son sus hijas,
        Sin artificio: bástame su encanto tan sencillo,
        Sus blanquísimos brazos que ciñen en silencio;
        Pero en deseos ardo a menudo de ver
        Bellezas de mirada más honda, y de sus cantos,
        Y de vagar con ellas por aguas del estío.

      Arriba

      Meg Merrilies

        La vieja Meg era gitana
        Y vivía en el monte:
        Era el brezo rojizo su lecho
        Y al aire libre tuvo su morada.
        Negras moras de zarza por manzanas tenía,
        Por grosellas, simiente de retama;
        Su vino era el rocío de blancas zarzarrosas,
        Tumbas del camposanto eran sus libros.

        Las ásperas quebradas por hermanas tenía
        Y por hermanos los alerces:
        Y sólo en compañía de su familia vasta,
        Vivió como le plació.
        Pasó sin desayuno más de alguna mañana
        Y sin almuerzo más de un mediodía,
        Y en vez de cenar, fijamente
        Contemplaba la luna.

        Mas todas las mañanas, con tierna madreselva
        Sus guirnaldas tejía,
        Y cada noche, el tejo de la hondonada oscura,
        Cantando, entrelazaba.
        Y con sus dedos viejos y morenos
        Tejía esteras de junco,
        Que daba a los labriegos
        Al pasar por el monte.

        Fue Meg bizarra como la reina Margarita,
        Y como de amazona era su talla:
        Llevó por capa el trozo de alguna manta roja,
        Tocóse con un mísero sombrero.
        Que a sus huesos de vieja conceda Dios descanso,
        Pues murió ya hace tiempo.

      Arriba

      Oda a la melancolía

        No vayas al Leteo ni exprimas el morado
        Acónito buscando su vino embriagador;
        No dejes que tu pálida frente sea besada
        Por la noche, violácea uva de Proserpina.
        No hagas tu rosario con los frutos del tejo
        Ni dejes que polilla o escarabajo sean
        Tu alma plañidera, ni que el búho nocturno
        Contemple los misterios de tu honda tristeza.
        Pues la sombra a la sombra regresa, somnolienta,
        Y ahoga la vigilia angustiosa del espíritu.

        Pero cuando el acceso de atroz melancolía
        Se cierna repentino, cual nube desde el cielo
        Que cuida de las flores combadas por el sol
        Y que la verde colina desdibuja en su lluvia,
        Enjuga tu tristeza en una rosa temprana
        O en el salino arco iris de la ola marina
        O en la hermosura esférica de las peonías;
        O, si tu amada expresa el motivo de su enfado,
        Toma firme su mano, deja que en tanto truene
        Y contempla, constante, sus ojos sin igual.

        Con la Belleza habita, Belleza que es mortal.
        También con la alegría, cuya mano en sus labios
        Siempre esboza un adiós; y con el placer doliente
        Que en tanto la abeja liba se torna veneno.
        Pues en el mismo templo del Placer, con su velo
        Tiene su soberano numen Melancolía,
        Aunque lo pueda ver sólo aquel cuya ansiosa
        Boca muerde la uva fatal de la alegría.
        Esa alma probará su tristísimo poder
        Y entre sus neblinosos trofeos será expuesta.

      Arriba

      Oda a un ruiseñor

        1

        Me duele el corazón y un pesado letargo
        Aflige a mis sentidos, como si hubiera bebido
        Cicuta o apurado un opiato hace sólo
        Un instante y me hubiera sumido en el Leteo:
        Y esto no es porque tenga envidia de tu suerte,
        Sino porque feliz me siento con tu dicha
        Cuando, ligera dríade alada de los árboles,
        En algún melodioso lugar de verdes hayas
        E innumerables sombras
        Brota en el estío tu canto enajenado.

        2

        ¡Oh, si un trago de vino largo tiempo enfriado
        En las profundas cuevas de la tierra
        Que supiera a Flora y a la verde campiña,
        Canciones provenzales, sol, danza y regocijo;
        Oh, si una copa de caliente sur,
        Llena de la mismísima, ruborosa Hipocrene,
        Ensartadas burbujas titilando en los bordes,
        Purpúrea la boca: si pudiera beber
        Y abandonar el mundo inadvertido
        Y junto a ti perderme por el oscuro bosque!

        3

        Perderme a lo lejos, deshacerme, olvidar
        Que entre las hojas tú nunca has conocido
        La inquietud, el cansancio y la fiebre
        Aquí, donde los hombres tan sólo se lamentan
        Y tiemblan de parálisis postreras, tristes canas,
        Donde crecen los jóvenes como espectros y mueren,
        Donde aún el pensamiento se llena de tristeza
        Y de desesperanzas, donde ni la Belleza
        Puede salvaguardar sus luminosos ojos
        Por los que el nuevo amor perece sin mañana.

        4

        ¡Lejos! ¡Muy lejos! He de volar hacia ti.
        No me conducirán leopardos de Baco
        Sino unas invisibles y poéticas alas;
        Aunque torpe y confusa se retrase mi mente:
        ¡Ya estoy contigo! Suave es la noche
        Y tal vez en su trono aparezca la luna
        Circundada de mágicas estrellas.
        Pero aquí no hay luz, salvo la que acompaña
        Desde el cielo el soplo de la brisa cruzando
        El oscuro verdor y veredas de musgo.

        5

        No puedo ver qué flores hay a mis pies
        Ni el blando incienso suspendido en las ramas,
        Pero en la embalsamada oscuridad presiento
        Cada uno de los dones con los que la estación
        Dota a la hierba, los árboles silvestres, la espesura:
        Pastoril eglantina y blanco espino,
        Violetas marcesibles recubiertas de hojas
        Y el primer nuevo brote de mediados de mayo,
        La rosa del almizcle rociada de vino,
        Morada rumorosa de moscas en verano.

        6

        A oscuras escucho. Y en más de una ocasión
        He amado el alivio que depara la muerte
        Invocándola con ternura en versos meditados
        Para que disipara en el aire mi aliento.
        Ahora más que nunca morir parece dulce,
        Dejar de existir sin pena a medianoche
        ¡Mientras se te derrama afuera el alma
        En semejante éxtasis! Seguiría tu canto
        Y te habría escuchado yo en vano:
        A tu réquiem conviene un pedazo de tierra.

        7

        ¡No conoces la muerte, Pájaro inmortal!
        No te hollará caído generación hambrienta.
        La voz que ahora escucho mientras pasa la noche
        Fue oída en otros tiempos por reyes y bufones;
        Tal vez fuera este mismo canto el que una senda
        Encontró en el triste corazón de Ruth, cuando
        Enferma de añoranza, se sumía en el llanto
        Rodeada de trigos extranjeros,
        La misma que otras veces ha encantado mágicas
        Ventanas que se abren a peligrosos mares
        En prodigiosas tierras ya olvidadas.

        8

        ¡Olvidadas! El mismo tañer de esta palabra
        Me devuelve, ya lejos de ti, a mi soledad.
        ¡Adiós! La Fantasía no consigue engañarnos
        Tanto, duende falaz, como dice la fama.
        ¡Adiós! Tu lastimero himno se desvanece
        Al pasar por los prados vecinos, el tranquilo
        Arroyo y la colina; ahora es enterrado
        En los calveros del cercano valle.
        ¿He soñado despierto o ha sido una visión?
        Ha volado la música. ¿Estoy despierto o duermo?

      Arriba

      Oda a una urna griega

        Tú, todavía virgen esposa de la calma,
        Criatura nutrida de silencio y de tiempo,
        Narradora del bosque que nos cuentas
        Una florida historia más suave que estos versos.
        En el foliado friso, ¿qué leyenda te ronda
        De dioses o mortales, o de ambos quizá,
        Que en el Tempe se ven o en los valles de Arcadia?
        ¿Qué deidades son ésas o qué hombres? ¿Qué doncellas rebeldes?
        ¿Qué rapto delirante? ¿Y esa loca carrera? ¿Quién lucha por huir?
        ¿Qué son esas zampoñas, qué esos tamboriles, ese salvaje frenesí?

        Si oídas melodías son dulces, más lo son las no oídas;
        Sonad por eso, tiernas zampoñas,
        No para los sentidos, sino más exquisitas,
        Tocad para el espíritu canciones silenciosas.
        Bello doncel, debajo de los árboles tu canto
        Ya no puedes cesar, como no pueden ellos deshojarse.
        Osado amante, nunca, nunca podrás besarla
        Aunque casi la alcances, mas no te desesperes:
        Marchitarse no puede aunque no calmes tu ansia,
        ¡Serás su amante siempre, y ella por siempre bella!

        ¡Dichosas, ah dichosas ramas de hojas perennes
        Que no despedirán jamás la primavera!
        Y tú, dichoso músico, que infatigable
        Modulas incesantes tus cantos siempre nuevos.
        ¡Dichoso amor! ¡Dichoso amor, aún más dichoso!
        Por siempre ardiente y jamás saciado,
        Anhelante por siempre y para siempre joven;
        Cuán superior a la pasión del hombre
        Que en pena deja el corazón hastiado,
        La garganta y la frente abrasadas de ardores.

        Estos, ¿quiénes serán que al sacrificio acuden?
        ¿Hasta qué verde altar, misterioso oficiante,
        Llevas esa ternera que hacia los cielos muge,
        Los suaves flancos cubiertos de guirnaldas?
        ¿Qué pequeña ciudad a la vera del río o de la mar,
        Alzada en la montaña su clama ciudadela
        Vacía está de gentes esta sacra mañana?
        Oh diminuto pueblo, por siempre silenciosas
        Tus calles quedarán, y ni un alma que sepa
        Por qué estás desolado podrá nunca volver.

        ¡Ática imagen! ¡Bella actitud, marmórea estirpe
        De hombres y de doncellas cincelada,
        Con ramas de floresta y pisoteadas hierbas!
        ¡Tú, silenciosa forma, tu enigma nuestro pensar excede
        Como la Eternidad! ¡Oh fría Pastoral!
        Cuando a nuestra generación destruya el tiempo
        Tú permanecerás, entre penas distintas
        De las nuestras, amiga de los hombres, diciendo:
        "La belleza es verdad y la verdad belleza". Nada más
        Se sabe en esta tierra y no más hace falta.

      Arriba

      Oda al otoño

        Estación de las nieblas y fecundas sazones,
        Colaboradora íntima de un sol que ya madura,
        Conspirando con él cómo llenar de fruto
        Y bendecir las viñas que corren por las bardas,
        Encorvar con manzanas los árboles del huerto
        Y colmar todo fruto de madurez profunda;
        La calabaza hinchas y engordas avellanas
        Con un dulce interior; haces brotar tardías
        Y numerosas flores hasta que las abejas
        Los días calurosos creen interminables
        Pues rebosa el estío de sus celdas viscosas.

        ¿Quién no te ha visto en medio de tus bienes?
        Quienquiera que te busque ha de encontrarte
        Sentada con descuido en un granero
        Aventado el cabello dulcemente,
        O en surco no segado sumida en hondo sueño
        Aspirando amapolas, mientras tu hoz
        Respeta la próxima gavilla de entrelazadas flores;
        O te mantienes firme como una espigadora
        Cargada la cabeza al cruzar un arroyo,
        O al lado de un lagar con paciente mirada
        Ves rezumar la última sidra hora tras hora.

        ¿En dónde con sus cantos está la primavera?
        No pienses más en ellos sino en tu propia música.
        Cuando el día entre nubes desmaya floreciendo
        Y tiñe los rastrojos de un matiz rosado,
        Cual lastimero coro los mosquitos se quejan
        En los sauces del río, alzados, descendiendo
        Conforme el leve viento se reaviva o muere;
        Y los corderos balan allá por las colinas,
        Los grillos en el seto cantan, y el petirrojo
        Con dulce voz de tiple silba en alguna huerta
        Y trinan por los cielos bandos de golondrinas.

      Arriba

      Para ti, que has sentido en tu rostro el invierno

        Para ti, que has sentido en tu rostro el invierno,
        Y que has visto las nubes de nieve entre la niebla
        Y copas de olmos negros entre estrellas heladas,
        Será la primavera un tiempo de cosecha.
        Para ti, que has tenido como libro la luz
        De la sombra suprema con la que te nutrías
        Una noche tras otra cuando no estaba Febo,
        Será la primavera una triple mañana.
        Que el saber no te angustie: yo no tengo ninguno,
        Y sin embargo el canto me brota con pasión.
        Que el saber no te angustie: yo no tengo ninguno,
        Pero la tarde escucha. Aquél que se entristece
        Pensando en la indolencia no puede estar ocioso,
        Y despierto se encuentra quien se crea dormido.

      Arriba

      ¿Por qué reí esta noche? Ninguna voz dirá

        ¿Por qué reí esta noche? Ninguna voz dirá:
        Ni Dios ni Demonio de severa respuesta,
        Se dignan a contestar desde Cielo o Infierno.
        Así, a mi humano corazón me vuelvo enseguida:
        -¡Corazón! Tú y yo estamos aquí tristes y solos;
        ¡Díme, por qué me reí! ¡Oh, dolor mortal!
        ¡Oh, Oscuridad! ¡Oscuridad! Siempre he de quejarme,
        Para preguntar al Cielo, y al Infierno,y al Corazón en vano.
        ¿Por qué me reí? Conozco ese lado del ser,
        Mi fantasía hasta su máxima felicidad se extiende;
        Ahora podría cesar en esta auténtica media noche,
        Y las llamativas insignias del mundo, ver en añicos.
        Poesía, Fama y Belleza, son de hecho intensas,
        Pero la Muerte lo es más: La Muerte es el mayor premio de la Vida.

      Arriba

      Sobre la cigarra y el grillo

        Jamás la poesía de la tierra se extingue:
        Cuando a todos los pájaros abate el sol ardiente
        Y ocúltanse en árboles de umbría, una voz corre
        De seto en seto, por prados recién segados.
        En la de la cigarra. El concierto dirige
        De la pompa estival y no se sacia nunca
        De sus delicias, pues si le cansan sus juegos,
        Se tumba a reposar bajo algún junco amable.
        En la tierra jamás la poesía cesa:
        Cuando, en la solitaria tarde invernal, el hielo
        Ha labrado el silencio, en el hogar ya vibra
        El cántico del grillo, que aumenta sus ardores,
        Y parece, al sumido en somnolencia dulce,
        La voz de la cigarra, entre colinas verdes.

      Arriba


Autores desconocidos


Seguidores


Indice autores conocidos

   Acuña, Manuel
   Alberti, Rafael
   Aldington, Richard
   Almagro, Ramón de
   Altolaguirre, Manuel
   Arteche, Miguel
   Baudelaire, Charles
   Beckett, Samuel
   Bécquer, Gustavo Adolfo
   Belli, Gioconda
   Benedetti, Mario - Parte I
   Benedetti, Mario - Parte II
   Bernárdez, Francisco Luis
   Blake, William
   Blanco, Andrés Eloy
   Bonnet, Piedad
   Borges, Jorge Luis
   Bosquet, Alain
   Bridges, Robert
   Browning, Robert
   Buesa, José Ángel
   Bukowski, Charles
   Camín, Alfonso
   Campoamor, Ramón de
   Castellanos, Rosario
   Celaya, Gabriel
   Cernuda, Luis
   Cortázar, Julio
   Cuesta, Jorge
   Darío, Rubén
   De Burgos, Julia
   De la Cruz, Sor Juana Inés
   Debravo, Jorge
   Delmar, Meira
   Díaz Mirón, Salvador
   Dickinson, Emily
   Donne, John
   Douglas, Keith
   Eguren, José María
   Espronceda, José de
   Ferrer, Marcelo D.
   Flores, Manuel
   Flórez, Julio
   Frost, Robert
   Gala, Antonio
   García Lorca, Federico
   Gelman, Juan
   Girondo, Oliverio
   Gómez Jattin, Raúl
   Gómez de Avellaneda, Gertrudis
   González, Ángel
   González Martínez, Enrique
   Guillén, Nicolás
   Gutiérrez Nájera, Manuel
   Hernández, Miguel
   Hesse, Hermann
   Hierro, José
   Hugo, Víctor
   Huidobro, Vicente
   Ibarbourou, Juana de
   Isaacs, Jorge
   Jiménez, Juan Ramón
   Joyce, James
   Keats, John
   Larkin, Philip
   Leopardi, Giacomo
   Lloréns Torres, Luis
   Lord Byron, George Gordon
   Lowell, Amy
   Loynaz, Dulce María
   Machado, Antonio
   Marchena, Julián
   Martí, José
   Milton, John
   Mistral, Gabriela
   Mitre, Eduardo
   Neruda, Pablo - Parte I
   Neruda, Pablo - Parte II
   Neruda, Pablo - Parte III
   Nervo, Amado - Parte I
   Nervo, Amado - Parte II
   Novo, Salvador
   Obligado, Pedro Miguel
   Otero, Blas de
   Owen, Gilberto
   Pacheco, José Emilio
   Palés Matos, Luis
   Parra, Nicanor
   Paz, Octavio - Parte I
   Paz, Octavio - Parte II
   Pedroni, José
   Pellicer, Carlos
   Pessoa, Fernando
   Pizarnik, Alejandra
   Plá, Josefina
   Poe, Edgar Allan
   Pombo, Rafael
   Raine, Kathleen
   Rébora, Marilina
   Reyes Ochoa, Alfonso
   Rimbaud, Arthur
   Rojas, Gonzalo
   Rojas, Jorge
   Romero, Elvio
   Ruy Sánchez, Alberto
   Sabines, Jaime
   Salinas, Pedro
   Santos Chocano, José
   Shakespeare, William
   Shelley, Percy Bysshe
   Silva, José Asunción
   Storni, Alfonsina
   Swann, Matilde Alba
   Symons, Julian
   Teillier, Jorge
   Tennyson, Alfred
   Thomas, Dylan
   Torres Bodet, Jaime
   Unamuno, Miguel de
   Urbina, Luis G.
   Vallejo, César
   Verlaine, Paul
   Villaurrutia, Xavier
   Whitman, Walt
   Wilde, Óscar
   Wordsworth, William
   Yeats, William Butler
   Zaid, Gabriel
   Zorrilla, José
   Zorrilla de San Martín, Juan


Otros enlaces

   Webs amigas

Visitas recibidas

.
Grandes poetas famosos | Great famous poets | Contacto: Monika Lekanda