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    Información biográfica

  1. Abril
  2. Agosto
  3. Ambición
  4. Amor
  5. Amor único
  6. Bajamar
  7. Baño
  8. Canción de las voces serenas
  9. Civilización
  10. Confianza
  11. Continuidad
  12. Dédalo
  13. Desamor
  14. El puente
  15. Elogio
  16. Encuentro
  17. Estrella
  18. Final
  19. Fuga
  20. Invitación al viaje
  21. Jardín
  22. La colmena
  23. La doble
  24. Lied
  25. Llueve
  26. Madrigal
  27. Mediodía
  28. México canta en la ronda de mis canciones de amor
  29. Miedo
  30. Mujer
  31. Mujer
  32. Música
  33. Música oculta
  34. Naranjas
  35. Nocturno
  36. Nunca
  37. Octubre
  38. Orquídea
  39. Paisaje
  40. Palimpsesto
  41. Paz
  42. Regreso
  43. Reloj
  44. Retrato
  45. Río
  46. Ruptura
  47. Sangre
  48. Se vuelve
  49. Sinceridad
  50. Sitio
  51. Soledad
  52. Sombra
  53. Tú y yo
  54. Túnel
  55. Verano
  56. Voluntad
  57. Voz
  58. 12 de junio




  59. Información biográfica

      Nombre: Jaime Mario Torres Bodet
      Lugar y fecha nacimiento: México, D.F. (México), 17 de abril de 1902
      Lugar y fecha defunción: México, D.F. (México), 13 de mayo de 1974 (72 años)

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      Abril

        Esperando la mano de nieve...
        Bécquer

        ¿En dónde? ¿En qué lugar
        Secreto del invierno
        Está oculto el botón
        Mecánico, la rosa,
        El vals o la mujer
        Que un dedo sin esfuerzo
        Debería tocar
        Para ponerte en marcha,
        Automático abril
        De un año descompuesto?

        Lo siento. Estás ya aquí,
        Junto a mi pensamiento,
        Como —sobre el cristal
        De una ventana oscura—
        La exigencia sin voz
        De un aletazo terco.
        Pero, si salgo a abrir,
        Lo único que encuentro
        Es la noche, otra vez:
        La noche y el silencio.

        ¿Palabras? ¿Para qué?
        En ellas, por momentos,
        creo tocarte al fin,
        Abril... Pero las digo
        —Raíz, pájaro, luz—
        Y me contesta el viento:
        Invierno; invierno el sol,
        Y soledad los ecos.

        Libros de viaje busco.
        Mapas de amor despliego.
        A rostros de mujeres
        Que hace tiempo murieron,
        En retratos y en cartas
        Pregunto cómo eras;
        Qué nubes o qué alondras
        Fueron, en otros puertos,
        De tu regreso eterno
        Crédulos mensajeros.

        Pero nadie te ha visto
        Llegar, abril. A nadie
        Puedo pedir consejo
        Para esperarte. Nadie
        Conoce tus andenes,
        Sino —acaso— este ciego
        Que pugna por hallar
        A tientas, en mis versos,
        El secreto botón
        Que pone en marcha al mundo
        Cuando vacila el sol
        Y dudan los inviernos...

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      Agosto

        Va a llover... Lo ha dicho al césped
        El canto fresco del río;
        El viento lo ha dicho al bosque
        Y el bosque al viento y al río...

        Va a llover... Crujen las ramas
        Y huele a sombra en los pinos...

        Naufraga en verde el paisaje...
        Pasan pájaros perdidos...

        ¡Qué solo te quedas tú
        Pobre corazón sin nido!

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      Ambición

        I

        Dame, Señor, la fuerza de un pétalo de rosa
        Capaz de sostener el perfume de un bosque...

        II

        Nada más, Poesía:
        La más alta clemencia
        Está en la flor sombría
        Que da toda su esencia.

        No busques otra cosa.
        Corta, abrevia, resume,
        ¡No quieras que la rosa
        Dé más que su perfume!

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      Amor

        Para escapar de ti
        No bastan ya peldaños,
        Túneles, aviones,
        Teléfonos o barcos.
        Todo lo que se va
        Con el hombre que escapa:
        El silencio, la voz,
        Los trenes y los años,
        No sirve para huir
        De este recinto exacto
        —Sin horas ni reloj,
        Sin ventanas ni cuadros—
        Que a todas partes va
        Conmigo cuando viajo.

        Para escapar de ti
        Necesito un cansancio
        Nacido de ti misma:
        Una duda, un rencor,
        La vergüenza de un llanto;
        El miedo que me dio
        —Por ejemplo— poner
        Sobre tu frágil nombre
        La forma impropia y dura
        Y brusca de mis labios...

        El odio que sentí
        Nacer al mismo tiempo
        En ti que nuestro amor,
        Me hará salir de tu alma
        Más pronto que la luz,
        Más deprisa que el sueño,
        Con mayor precisión
        Que el ascensor más raudo:
        El odio que el amor
        Esconde entre las manos.

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      Amor único

        Ramo del corazón, el que se hace
        Sólo una vez. El que se da, sin verlo.
        No sería bastante todo el abril del mundo
        Para hacerlo de nuevo.

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      Bajamar

        Conforme va la vida descendiendo
        —Bajamar de los últimos ocasos—
        Se distinguen mejor sombras y pasos
        Sobre esta playa en que a morir aprendo.

        Acaba el sol por declinar. Los rasos
        De la luz se desgarran sin estruendo
        Y del azul que ha ido enmudeciendo
        Afloran ruinas de horas en pedazos.

        Ese que toco, desmembrado leño,
        Un día fue timón del barco erguido.
        Que por piélagos diáfanos conduje.

        En aquel mástil desplegué un ensueño.
        Y en estas velas, ay, siento que cruje
        Todavía la sal de lo vivido.

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      Baño

        Mujer mirada en el espejo umbrío
        Del baño que entre pausas te presenta,
        Con sólo detenerte, una tormenta
        De colores aplacas en el río...

        Sales al fin, con el escalofrío
        De una piel recobrada sin afrenta,
        Y gozas de sentirte menos lenta
        Que en el agua en el aire del estío.

        Desde la sien hasta el talón de plata
        —Única línea de tu cuerpo, dura—
        Tu doncellez en lirios se desata.

        Pero ¡con qué pudor de veste pura,
        Recoges del cristal que te retrata
        —Al salir de tu sombra— tu figura!

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      Canción de las voces serenas

        Se nos ha ido la tarde
        En cantar una canción,
        En perseguir una nube
        Y en deshojar una flor.

        Se nos ha ido la noche
        En decir una oración,
        En hablar con una estrella
        Y en morir con una flor,

        Y se nos irá la aurora
        En volver a esa canción,
        Y en perseguir esa nube
        Y en deshojar esa flor,

        Y se nos irá la vida
        Sin sentir otro rumor
        Que el del agua de las horas
        Que se lleva el corazón...

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      Civilización

        Un hombre muere en mí siempre que un hombre
        Muere en cualquier lugar, asesinado
        Por el miedo y la prisa de otros hombres.

        Un hombre como yo: durante meses
        En las entrañas de una madre oculto;
        Nacido, como yo,
        Entre esperanzas y entre lágrimas,
        Y —como yo— feliz de haber sufrido,
        Triste de haber gozado,
        Hecho de sangre y sal y tiempo y sueño.

        Un hombre que anheló ser más que un hombre
        Y que, de pronto, un día comprendió
        El valor que tendría la existencia
        Si todos cuantos viven
        Fuesen, en realidad, hombres enhiestos,
        Capaces de legar sin amargura
        Lo que todos dejamos
        A los próximos hombres:
        El amor, las mujeres, los crepúsculos,
        La luna, el mar, el sol, las sementeras,
        El frío de la piña rebanada
        Sobre el plato de laca de un otoño,
        El alba de unos ojos,
        El litoral de una sonrisa
        Y, en todo lo que viene y lo que pasa,
        El ansia de encontrar
        La dimensión de una verdad completa.

        Un hombre muere en mí siempre que en Asia,
        O en la margen de un río
        De África o de América,
        O en el jardín de una ciudad de Europa,
        Una bala de hombre mata a un hombre.

        Y su muerte deshace
        Todo lo que pensé haber levantado
        En mí sobre sillares permanentes:
        La confianza en mis héroes,
        Mi afición a callar bajo los pinos,
        El orgullo que tuve de ser hombre
        Al oír —en Platón— morir a Sócrates,
        Y hasta el sabor del agua, y hasta el claro
        Júbilo de saber
        Que dos y dos son cuatro...

        Porque de nuevo todo es puesto en duda,
        Todo
        Se interroga de nuevo
        Y deja mil preguntas sin respuesta
        En la hora en que el hombre
        Penetra —a mano armada—
        En la vida indefensa de otros hombres.

        Súbitamente arteras,
        Las raíces del ser nos estrangulan.
        Y nada está seguro de sí mismo
        —Ni en la semilla el germen,
        Ni en la aurora la alondra,
        Ni en la roca el diamante,
        Ni en la compacta oscuridad la estrella,
        ¡Cuando hay hombres que amasan
        El pan de su victoria
        Con el polvo sangriento de otros hombres!

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      Confianza

        Esta tarde ya sé que me quieres.
        Me lo dicen tus ojos dormidos,
        Que el silencio es, en ciertas mujeres,
        Una fronda cargada de nidos...
        Hay palabras que el alma retiene
        En tus ojos brumosos y vagos
        Como el cielo de otoño que viene
        A morir en la paz de los lagos.
        Esta tarde tu amor me penetra
        Como llanto de lluvia en negrura,
        O, más bien, ese ritmo sin letra
        Que de un verso olvidado perdura.
        Y me torna profundo y sencillo
        Como el oro de un sol tamizado
        Que renueva, en las tardes, el brillo,
        Del barniz de algún mueble apagado.

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      Continuidad

        1

        No has muerto. Has vuelto a mí. Lo que en la tierra
        -Donde una parte de tu ser reposa-
        Sepultaron los hombres, no te encierra;
        Porque yo soy tu verdadera fosa.

        Dentro de esta inquietud del alma ansiosa
        Que me diste al nacer, sigues en guerra
        Contra la insaciedad que nos acosa
        Y que, desde la cuna, nos destierra.

        Vives en lo que pienso, en lo que digo,
        Y con vida tan honda que no hay centro,
        Hora y lugar en que no estés conmigo;

        Pues te clavó la muerte tan adentro
        Del corazón filial con que te abrigo
        Que, mientras más me busco, más te encuentro.

        2

        Me toco... Y eres tú. Palpo en mi frente
        La forma de tu cráneo. Y, en mi boca,
        Es tu palabra aún la que consiente
        Y es tu voz, en mi voz, la que te invoca.

        Me toco... Y eres tú, tú quien me toca.
        Es tu memoria en mí la que te siente;
        Ella quien, con lágrimas, te evoca;
        Tú la que sobrevive; yo, el ausente.

        Me toco... Y eres tú. Es tu esqueleto
        Que yergue todavía el tiempo vano
        De una presencia que parece mía.

        Y nada queda en mí sino el secreto
        De este inmóvil crepúsculo inhumano
        Que al par augura y desintegra el día.

        3

        Todo, así, te prolonga y te señala:
        El pensamiento, el llanto, la delicia
        Y hasta esa mano fiel con que resbala,
        Ingrávida, sin dedos, tu caricia.

        Oculta en mi dolor eres un ala
        Que para un cielo póstumo se inicia;
        Norte de estrella, aspiración de escala
        Y tribunal supremo que me enjuicia.

        Como lo eliges, quiero lo que ordenas:
        Actos, silencios, sitios y personas.
        Tu voluntad escoge entre mis penas.

        Y, sin leyes, sin frases, sin cadenas,
        Eres tú quien, si caigo, me perdonas,
        Si me traiciono, tú quien te condenas...

        Y tú quien, si te olvido, me abandonas.

        4

        Aunque si nada en mi interior te altera,
        Todo -fuera de mí- te transfigura
        Y, en ese tiempo que a ninguno espera,
        Vas más de prisa que mi desventura.

        Del árbol que cubrió tu sepultura
        Quisiera ser raíz, para que fuera
        Abrazándote a cada primavera
        Con una vuelta más, lenta y segura.

        Pero en la soledad que nos circunda
        Ella te enlaza, te defiende, te ama,
        Mientras que yo tan sólo te recuerdo.

        Y al comparar su terquedad fecunda
        Con la impaciencia en que mi amor te llama,
        Siento por vez primera que te pierdo.

        5

        Porque no es la muerte orilla clara,
        Margen visible de invisible río;
        Lo que en estos momentos nos separa
        Es otro litoral, aún más sombrío.

        Litoral de vida. Tierra avara
        En cuyo negro polvo, ávido y frío,
        Del naufragio que en ti me desampara
        Inútilmente busco un resto mío.

        Es tu presencia en mí la que me impide
        Recuperar la realidad que tuve
        Sólo en tu corazón, cuando latía.

        Por eso la existencia nos divide
        Tanto más cuanto más tiempo en mi alma sube
        La vida en que tu muerte se confía.

        6

        Sí; cuanto más te imito, más advierto
        Que soy la tenue sombra proyectada
        Por un cuerpo en que está mi ser más muerto
        Que el tuyo en la ficción que lo anonada.

        Sombra de tu cadáver inexperto,
        Sombra de tu alma aún poco habituada
        A esa luz ulterior a la que he abierto
        Otra ventana en mí, sobre otra nada.

        Con gestos, con palabras, con acciones,
        Creía perpetuarte y lo que hago
        Es lentamente, en todo, deshacerte.

        Pues para la verdad que me propones
        El único lenguaje sin estrago
        Es el silencio intacto de la muerte.

        7

        Y sin embargo, entre la noche inmensa
        Con que me ciñe el luto en que te imploro,
        Aflora ya una luz en cuyo azoro
        Una ilusión de aurora se condensa.

        No es el olvido. Es una paz más tensa,
        Una fe de acertar en lo que ignoro;
        Algo -tal vez- como una voz que piensa
        Y que se aísla en la unidad de un coro.

        Y esa voz es mi voz. No la que oíste,
        Viva, cuando te hablé, ni la que al fino
        Metal del eco ajustará en su engaste,

        Sino la voz de un ser que aún no existe
        Y al que habré de llegar por el camino
        Que con morir tan sólo me enseñaste.

        8

        Voz interior, palabra presentida
        Que, con promesas tácticas, resume
        -Como en la gota última, el perfume-
        En su paciente formación, la vida.

        Voz en ajenos labios no aprendida
        -¡Ni siquiera en los tuyos!-; voz que asume
        La realidad del alba estremecida
        Que alcanzaré cuando de ti me exhume.

        Voz de perdón, en la que al fin despunta
        Esa bondad que me entregaste entera
        Y que yo, a trechos, voy reconquistando;

        Voz que afirma tan bien lo que pregunta
        Y que será la mía verdadera
        Aunque no sé decir cómo ni cuándo...

        9

        ¿Ni cuándo?... Sí, lo sé. Cuando recoja
        De la ceniza que en tu hogar remuevo
        Esa indulgencia inmune a la congoja
        Que, al fuego del dolor, pongo y atrevo.

        Cuando, de la materia que me aloja
        Y cuyo fardo en las tinieblas llevo,
        Como del fruto que la edad despoja,
        Anuncie la semilla el fruto nuevo;

        Cuando de ver y de sentir cansado
        Vuelva hacia mí los ojos y el sentido
        Y en mí me encuentre gracias a tu ausencia,

        Entonces naceré de tu pasado
        Y, por segunda vez, te habré debido
        -En una muerte pura- la existencia.

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      Dédalo

        Enterrado vivo
        En un infinito
        Dédalo de espejos,
        Me oigo, me sigo,
        Me busco en el liso
        Muro del silencio.

        Pero no me encuentro.

        Palpo, escucho, miro.
        Por todos los ecos
        De este laberinto,
        Un acento mío
        Está pretendiendo
        Llegar a mi oído...

        Pero no lo advierto.

        Alguien está preso
        Aquí, en este frío
        Lúcido recinto,
        Dédalo de espejos...
        Alguien, al que imito.
        Si se va, me alejo.
        Si regresa, vuelvo.
        Si se duerme, sueño.
        —"¿Eres tú?", me digo...

        Pero no contesto.

        Perseguido, herido
        Por el mismo acento
        —Que no sé si es mío—
        Contra el eco mismo
        Del mismo recuerdo,
        En este infinito
        Dédalo de espejos
        Enterrado vivo.

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      Desamor

        Esta impresión de estar
        Vivo ya para el cielo
        Y —no obstante— en la tierra
        De tu corazón, muerto!...

      Arriba

      El puente

        ¿Cómo se rompió, de pronto,
        El puente que nos unía
        Al deseo, por un lado
        Y por el otro a la dicha?

        ¿Y cómo —en la mitad del puente
        Que a pedazos se caía—
        Tu alma rodó al torrente
        Y al cielo subió la mía?

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      Elogio

        ¡Oh, que hubiera una cosa
        —Rosa, diamante o luna—!
        ¡Oh que hubiera una cosa
        Digna de que en el mundo
        Viviera esta alma pura!

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      Encuentro

        Estabas en mí —esperándote—
        Cuando te conocí.
        Estaba ansioso de mí mismo,
        Imperfecto, increado, en ti.

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      Estrella

        Casa iluminada.
        Estrella de lejos;
        De cerca, posada.

      Arriba

      Final

        Vuelvo de andar, a solas, por la orilla de un río.
        Estoy lleno de músicas, como un árbol al viento.
        He dejado correr mi pensamiento
        Viendo, en el agua, el paso de una nube de estío...

        Traigo tejido al alma el olor de una rosa.
        En lo blando del césped, puse, al andar, mi huella...
        He vivido, ¡he vivido!... Y voy, como la estrella
        A perderte en el mar de un alba silenciosa.

      Arriba

      Fuga

        ¡Huyes, pero es de ti!
        J. R. Jiménez

        Huías... pero era en mí
        Y de ti quien huías.
        ¿Cómo? ¿Adónde? ¿Para qué?
        Por todo lo que es vial,
        Ascensor, tragaluz, puerto
        Para fugarse del hombre
        En el hombre: por la voz,
        Por el pulso, por el sueño,
        Por los vértigos del cuerpo...
        Por todo lo que la vida
        Ha puesto de catarata
        —En el alma y en el alba—
        Huías... Pero era en mí.

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      Invitación al viaje

        Por el caminito
        De la tarde clara,
        Con las manos juntas,
        Vámonos amada.

        Con las manos juntas,
        En la tarde clara,
        Vámonos al bosque
        De la sien de plata.

        Cogeremos rosas,
        Cortaremos ramas,
        Buscaremos nidos,
        Romperemos bayas...

        Bajo los pinares,
        Junto a la cañada,
        Hay un agua limpia
        Que hace dulce el alma.

        Bajaremos juntos,
        Juntos a mirarla
        Y a mirarnos juntos
        En sus ondas claras...

        Bajo el cielo de oro,
        Hay en la montaña
        Una encina negra
        Que hace oscura el alma:

        Subiremos juntos
        A tocar sus ramas
        Y oler el perfume
        De sus mieles ásperas...

        Otoño nos cita
        Con su son de flautas:
        Vámonos al bosque
        De la sien de plata,

        Besaré tu boca
        Con mi boca amarga:
        Vámonos cantando
        Por la tarde clara.

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      Jardín

        En primavera da flor el clavel.
        Pero ¿en qué tiempo da dicha el amor?

        En el recuerdo...

        En primavera da aroma el rosal.
        Pero ¿en qué tiempo da fuerza el dolor?

        En el silencio...

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      La colmena

        Colmena de la tarde, diálogo en el vergel:
        La palabra es abeja, pero el silencio es miel.

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      La doble

        Era de noche tan rubia
        Como de día morena.

        Cambiaba, a cada momento
        De color y de tristeza,
        Y en jugar a los reflejos
        Se le iba la existencia,
        Como el niño que, en el mar,
        Quiere pescar una estrella
        Y no la puede tocar
        Porque su mano la quiebra.

        De noche, cuando cantaba,
        Olía su cabellera
        A luz, como un despertar
        De pájaros en la selva,
        Y si cantaba en el sol
        Se hacía su voz tan lenta,
        Tan íntima, tan opaca,
        Que apenas iluminaba
        El sitio que, entre la yerba,
        Alumbra al amanecer
        El brillo de una luciérnaga.

        ¡Era de noche tan rubia
        Y de día tan morena!

        Suspiraba sin razón
        En lo mejor de las fiestas
        Y, puesta frente a la dicha,
        Se equivocaba de puerta.
        No se atrevía a escoger
        Entre el oro de la mies
        Y el oro de la hoja seca,
        Y —tal vez por eso— no
        Supe jamás entenderla,
        Porque de noche era rubia
        Y de mañana morena...

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      Lied

        La mañana está de fiesta
        Porque me has besado tú
        Y al contacto de tu boca
        Todo el cielo se hace azul.

        El arroyo está cantando
        Porque me has mirado tú
        Y en el sol de tu mirada
        Toda el agua se hace azul.

        El pinar está de luto
        Porque me has dejado tú
        Y la noche está llorando,
        Noche pálida y azul,

        Noche azul de fin de otoño
        Y de adiós de juventud,
        Noche en que murió la luna,
        Noche en que te fuiste tú...

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      Llueve

        Vas a llorar pronto.
        Ya el cielo se hace
        Chiquito en tus ojos.

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      Madrigal

        Eres, como la luz, un breve pacto
        Que de colores fragua su blancura;
        Y en iris —como a ella— te figura
        De la nieve menor el prisma abstracto.

        Dejas, como la luz, un sordo impacto
        De sombra en la retina y, por la oscura
        Huella que de su tránsito perdura,
        Recuerdo el esplendor de tu contacto.

        El cristal te deshace, no el acero;
        Aunque, más que el cristal, la geometría,
        Pues transparencias sin aristas nunca

        Lograron traducir tu ser ligero.
        Y, por eso tal vez, el alma mía
        Te descompone cuando no te trunca.

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      Mediodía

        Tener, al mediodía, abiertas las ventanas
        Del patio iluminado que mira al comedor.
        Oler un olor tibio de sol y de manzanas.
        Decir cosas sencillas: las que inspira el amor...

        Beber un agua pura, y en el vaso profundo,
        Ver coincidir los ángulos de la estancia cordial.
        Palpar, en un durazno, la redondez del mundo.
        Saber que todo cambia y que todo es igual.

        Sentirse, ¡al fin!, maduro, para ver, en las cosas,
        Nada más que las cosas: el pan, el sol, la miel...
        Ser nada más el hombre que deshoja unas rosas,
        Y graba, con la uña, un nombre en el mantel...

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      México canta en la ronda de mis canciones de amor

        México está en mis canciones,
        México dulce y cruel,
        Que acendra los corazones
        En finas gotas de miel.

        Lo tuve siempre presente
        Cuando hacía esta canción;
        ¡Su cielo estaba en mi frente;
        Su tierra, en mi corazón!

        México canta en la ronda
        De mis canciones de amor,
        Y en guirnalda con la ronda
        La tarde trenza su flor.

        Lo conoceréis un día,
        Amigos de otro país:
        ¡Tiene un color de alegría
        Y un acre sabor de anís!

        ¡Es tan fecundo, que huele
        Como vainilla en sazón
        Y es sutil! Para que vuele
        Basta un soplo de oración...

        Lo habréis comprendido entero
        Cuando podáis repetir
        ¿Quién sabe? con el mañero
        Proverbio de mi país...

        ¿Quién sabe? ¡Dolor, fortuna!
        ¿Quién sabe? ¡Fortuna, amor!
        ¿Quién sabe? Dirá la cuna.
        ¿Quién sabe? El enterrador...

        En la duda arcana y terca,
        México quiere inquirir:
        Un disco de horror lo cerca...
        ¿Cómo será el porvenir?

        ¡El porvenir! ¡No lo espera!
        Prefiere, mientras, cantar,
        Que toda la vida entera
        Es una gota en el mar;

        Una gota pequeñita
        Que cabe en el corazón:
        Dios la pone, Dios la quita...
        ¡Cantemos nuestra canción!

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      Miedo

        Hasta qué parte de mí mismo
        Tendré que ir para encontrar
        El secreto de tu belleza
        Y la verdad de tu bondad?

        ¿Qué fuerza oscura y tumultuosa
        Tendrá que vencer nuestro amor,
        Para dar el curso del mío
        Al río de tu corazón?

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      Mujer

        ¿Qué palabras dormidas
        En páginas de líricos compendios
        —O al contrario, veloces,
        De noche —azules, blancas— recorriendo
        Los tubos de qué eléctricos letreros—
        Debo resucitar para expresarte,
        Cielo de un corazón que a nadie aloja,
        Anuncio incomprensible,
        Mujer: adivinanza sin secreto?

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      Mujer

        Para saber la hora
        No consultes relojes, sino espejos...

        Porque el tiempo mejor pasa en ti misma.

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      Música

        Amanecía tu voz
        Tan perezosa, tan blanda,
        Como si el día anterior
        Hubiera
        Llovido sobre tu alma...

        Era, primero, un temblor
        Confuso del corazón,
        Una duda de poner
        Sobre los hielos del agua
        El pie
        Desnudo de la palabra.

        Después,
        Iba quedando la flor
        De la emoción, enredada
        A los hilos de la voz
        Con esos garfios de escarcha
        Que el sol
        Desfleca en cintillos de agua.

        Y se apagaba y se iba
        Poniendo blanca,
        Hasta dejar traslucir,
        Como la luna del alba,
        La luz
        Tierna de la madrugada.

        Y se apagaba y se iba,
        ¡Ay! Haciendo tan delgada
        Como la espuma de plata
        De la playa,
        Como la espuma de plata
        Que deja ver, en la arena,
        La forma de una pisada.

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      Música oculta

        Como el bosque tiene
        Tanta flor oculta,
        Parece olorosa
        La luz de la luna.

        Como el cielo tiene
        Tanta estrella oculta
        Parece que brilla
        La noche de luna.

        Como el alma tiene
        Su música oculta,
        Parece que el alma
        Llora con la luna!...

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      Naranjas

        Naranjitas de China,
        Naranjitas doradas
        Que caían, maduras,
        Al corral de mi casa
        De una casa vecina,
        Rodando, por las tapias...

        Naranjitas de oro
        Que trae, en su canasta,
        Una niña que viene
        Cantando desde el alba:
        Naranjitas de China,
        ¿No me compra naranjas?...

        ¡Ay, cómo me recuerdan
        El solar de mi casa,
        Con el color alegre
        De sus hojitas agrias!

        ¡Cuántas cosas me dice
        De mi vida lejana
        Esa niña que viene
        Vendiendo unas naranjas!
        Naranjitas de China,
        ¿No me compra naranjas?...

        Sol... provincia... canciones...
        ¡Esa niña que pasa
        No comprende que, a gritos,
        Va vendiendo mi infancia!

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      Nocturno

        1

        Cierra, punto final, única estrella
        Del firmamento claro todavía,
        La estrofa de silencio de este día
        En que tu voz, por tácita, descuella.

        Desde el alba lo azul te prometía,
        Última gota en ignición tan bella
        Que sólo ardiendo -como el lacre- sella
        Y sólo sella al tiempo que se enfría.

        Ser el adiós que un cielo sin querella
        Igual que tú mi espíritu quería
        Y que, como tu luz, la Poesía

        Cristalizara en mí, diáfana estrella,
        Más transparente cuanto más sombría
        Fuese la oscuridad en torno de ella.

        2

        Principia, pues, aquí, tu obra futura,
        Noche, y con lengua libre de falacia
        Explícame la edad, el sol, la acacia,
        El río, el viento, el musgo, la escultura...

        De los colores adjetivos cura
        Esta instantánea flor, póstuma gracia
        De un idioma que fue -con pertinacia-
        Retórica guirnalda a la hermosura.

        Brújula sin piedad, tiniebla pura,
        Orienta, noche, mis sentidos hacia
        Las torres de tu intrépida estructura

        Y deja que, en racimos de luz dura,
        Se apague esta inquietud que nada sacia
        Sino el error de ser tiempo figura.

        3

        Tiempo y figura fui, mientras la esquiva
        Curiosidad de ser distinto en cada
        Minuto de la frívola jornada
        Arrojaba mi anhelo a la deriva.

        Tiempo y figura: cólera pasiva,
        Impaciencia de luz en llamarada,
        Alma a todos los cauces derramada
        Y, aunque a ninguno fiel, siempre cautiva.

        Pero de pronto, ¡ay!, conciencia armada,
        Coraza de amazona pensativa,
        Toco de nuevo, en bronce, tu alborada,

        ¡Y descubro por fin que la hora ansiada
        Estaba en mí, pretérita y furtiva,
        Y, al oírla sonar, siento mi nada!

        4

        Hecho de nada soy, por nada aliento;
        Nada es mi ser y nada mi sentido
        Y, muerto, no seré más que al oído
        Un roce de hojas muertas en el viento...

        A nada me negué. De nada exento
        -Pasión, fiebre o virtud- he persistido
        Y de esa misma nada envejecido
        Sombra de sombras es mi pensamiento.

        Pero si nada di, nada he pedido
        Y, si de nada soy, a nada intento;
        Espectador no más de lo que he sido.

        Como inventé el nacer, la muerte invento
        Y, sin otro epitafio que el olvido,
        A la nada me erijo en monumento..

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      Nunca

        Nunca me cansará mi oficio de hombre.
        Hombre he sido y seré mientras exista.
        Hombre no más: proyecto entre proyectos,
        Boca sedienta al cántaro adherida,
        Pies inseguros sobre el polvo ardiente,
        Espíritu y materia vulnerables
        A todos los oprobios y las dichas...

        Nunca me sentiré rey destronado
        Ni ángel abolido mientras viva,
        Sino aprendiz de hombre eternamente,
        Hombre con los que van por las colinas
        Hacia el jardín que siempre los repudia,
        Hombre con los que buscan entre escombros
        La verdad necesaria y prohibida,
        Hombre entre los que labran con sus manos
        Lo que jamás hereda un alma digna,
        ¡Porque de todo cuanto el hombre ha hecho
        La sola herencia digna de los hombres
        Es el derecho de inventar su vida!

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      Octubre

        Ya empiezas a dorar, octubre mío,
        Con las cimas del huerto, ésas —distantes—
        Del pensamiento a cuyas frondas fío
        La sombra de mis últimos instantes.

        Corazón y jardín tuvieron, antes,
        Cada cual a su modo, su albedrío;
        Pero deseos y hojas tan brillantes
        Necesitaban, para arder, tu frío.

        Aterido el vergel, desierta el alma,
        Más luz entre los troncos que despojas
        A cada instante, envejeciendo, veo.

        Y en el cielo ulterior, de nuevo en calma,
        Cuando terminen de caer las hojas
        Miraré, al fin desnudo, mi deseo.

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      Orquídea

        Flor que promete al tacto una caricia
        Más que el otoño de un perfume, suave
        Y que, pensada en flor, termina en ave
        Porque su muerte es vuelo que se inicia.

        Párpado con que el trópico precave
        De su luz interior la ardua delicia,
        Música inmóvil, flámula en primicia,
        Aurora vegetal, estrella grave.

        Remordimiento de la primavera,
        Conciencia del color, pausa del clima,
        Gracia que en desmentirse persevera,

        ¿Por qué te pido un alma verdadera
        Si la sola fragancia que te anima
        Es, orquídea, el temor de ser sincera?

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      Paisaje

        Paisaje lento de mi poesía...
        ¿Otoño? —No. Más bien, tras de la lluvia,
        Entre el líquido verde de las hojas,
        Amanecer sombrío de la luna.

        Ambigua luz de incienso en las volutas
        Doradas de una música nocturna;
        Enrejado sutil de sicomoros
        Sobre la plata azul de una laguna:
        Paisaje sin momentos
        Y sin aristas bruscas,
        Diluido en matices,
        Hecho todo de ritmos sin premura,
        Más lento cada vez y realizado
        En una flor perfecta y taciturna,
        Como se queda el alma sostenida
        En esa onda última
        —Alta, vibrante, sólida—
        De la marea blanda de la música...

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      Palimpsesto

        A través de las frases
        Que dices adivino las que callas
        Como, bajo los versos
        De un pergamino antiguo, —mal borradas
        Por la mano del monje
        Que para un jefe gótico miniara
        En su blancura el trance de un martirio—
        Aparecen de pronto, reanimadas
        Por una terca tinta rencorosa,
        —A contraluz de un sueño—
        Las líneas de un colérico epigrama.

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      Paz

        No nos diremos nada. Cerraremos las puertas.
        Deshojaremos rosas sobre el lecho vacío
        Y besaré, en el hueco de tus manos abiertas.
        La dulzura del mundo, que se va, como un río...

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      Regreso

        1

        Vuelvo sin mí; pero al partir llevaba
        En mí no sólo cuanto entonces era
        Sino también, recóndita y ligera,
        Esa patria interior que en nadie acaba.

        Oigo gemir la aurora que te alaba,
        Músico litoral, viento en palmera,
        Y me asedia la enjuta primavera
        Que la razón, no el tiempo, presagiaba.

        Entre el capullo que dejé y la impura
        Corola que hoy en cada rama advierto
        Pasaron lustros sin que abrieran rosas.

        Viví sin ser... Y sólo me asegura,
        Entre tanta abstención, de que no he muerto
        La fatiga de mí que hallo en las cosas.

        2

        ¿Quién habitó esta ausencia? ¿Qué suspiro
        Interrumpo al hablar? ¿A quién despojo
        Del recobrado cuerpo en que me alojo?
        ¿Quién mira con mis ojos lo que miro?

        La luz que palpo, el aire que respiro,
        El peso del silencio que recojo,
        Todo me opone un íntimo cerrojo
        Y me declara intruso en mi retiro.

        En vano el pie que avanzo coincide
        Con la huella del pie que hundió en la arena
        El invisible igual que substituyo;

        Pues lo que el alma, al regresar, me pide
        No es duplicarse en cuanto me enajena
        Sin ser otra vez lo que destruyo.

        3

        ¡Espejo, calla! Y tú, que en el furtivo
        Recuerdo el filo de la voz bisela,
        Eco, responde sin palabra. Y vela
        Porque en tu ausencia al menos esté vivo...

        Del mármol con que el ocio me encarcela
        Quiero en vano extraer un brazo esquivo
        Hacia ese blando mundo infinitivo
        En que todo está aún y todo vuela.

        Estatua soy donde caí torrente,
        Donde canto pasé, silencio duro,
        Y donde llama ardí, ceniza esparzo.

        Nada me afirma y nada me desmiente.
        Sólo tu golpe, corazón oscuro,
        A fuerza de latir aprieta el cuarzo.

        4

        Por esa fina herida silenciosa
        Que siquiera da paso a la agonía,
        ¡Ay!, entra, muerte, en mí, como la guía
        De la hiedra que el sol prende en la losa.

        Abre -¡aunque sea así!- la última rosa
        En que tu fuerza adulta se extasía,
        Ansia de ya no ser, llama tan fría
        Que a su lado la luz parece umbrosa.

        Rompe la plenitud, la simetría,
        El basalto en que acaba toda cosa
        Que dura más de lo que tarda el día;

        Y, arrancándome al tedio que me acosa,
        Envuélveme en tu vértigo, alegría,
        ¡Afirmación total, muerte dichosa!

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      Reloj

        Le retrasa el corazón.
        Y no está en darle cuerda el caso.
        ¡Cuánto más anda es peor!

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      Retrato

        Tu amor es todo de ausencia.
        Llegan a mi alma
        Como el aroma de un jardín oculto
        Tus palabras, vagas.

        No sabes durar. Tu esencia
        Como el agua pasa.
        Como el agua el alma del cielo que miras
        Es, sólo, tu alma.

        Para otros fuera como arcilla dócil,
        Como yedra blanda.
        Yo no logré verte quieta un solo instante
        En la misma rama...

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      Río

        ¡Río en el amanecer!
        ¡Agua en tus ojos claros!
        Caer —¡subir!— en lo azul
        Transparente, casi blanco.

        Cielo en el río del alba
        —Mi amor en tus ojos vagos—
        Oh, naufragar,
        —¡Ascender!—
        ¡Siempre más hondo!
        ¡Más alto!

        ... Río en el amanecer...

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      Ruptura

        Nos hemos bruscamente desprendido
        Y nos hemos quedado
        Con las manos vacías, como si una guirnalda
        Se nos hubiese ido de las manos;
        Con los ojos al suelo,
        Como viendo un cristal hecho pedazos:
        El cristal de la copa en que bebimos
        Un vino tierno y pálido...

        Como si nos hubiéramos perdido,
        Nuestros brazos
        Se buscan en la sombra... ¡Sin embargo,
        Ya no nos encontramos!

        En la alcoba profunda
        Podríamos andar meses y años,
        En pos uno del otro,
        Sin hallarnos...

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      Sangre

        Me tuviste miedo.
        Me había pintado, en las rosas,
        De rojo los dedos.

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      Se vuelve

        Regreso, otra vez y pienso...
        —Se piensa siempre, al volver—.
        Un árbol... un cielo inmenso
        Y un corazón de mujer.

        ¿Un corazón o una cara?
        —¿Quién pudiera responder?—
        ¿Un corazón o una cara?
        Tal vez, sólo, una mujer...

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      Sinceridad

        Duerme, ya desnuda.
        El sueño te viste
        Mejor que una túnica.

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      Sitio

        Penetro al fin en ti,
        Mujer desmantelada
        Que —al terminar el sitio—
        Ya sólo custodiaban
        Monótonos tambores
        Y trémulas estatuas.

        Penetro en ti, por fin.
        Y, entre la luz delgada
        Que filtran, por momentos,
        Estrellas y palabras,
        Encuentro a cada paso
        Que doy sobre los fríos
        Peldaños que conducen
        Al centro de tu alma
        —Un cuerpo junto a otro—
        Cien horas degolladas.

        Me inclino... Una por una
        Las reconozco, a tientas.
        Contra una jaula exacta
        En esta, oscuramente,
        Un ruiseñor estuvo
        Rompiéndose las alas.

        En esa... No sé ya
        Lo que en esa existencia
        Apolillada y blanda
        Moría o principiaba:
        Esquivas formas truncas,
        Presencias instantáneas,
        Deseos incompletos,
        Dichas decapitadas.

        Y pienso: en mí, vencido
        Y sobre ti, violada,
        ¿Quién izará banderas
        Ni colgará guirnaldas?
        Mujer, fantasmas eran
        Tus centinelas mudos;
        Relámpagos de níquel
        Sus pálidas espadas;
        Pero las sordas huestes
        Con que te rodearan
        La noche y mis preguntas
        También eran fantasmas,
        Y las furias que bajan
        Ahora, hacia la muerte,
        Rodando por los bruscos
        Peldaños de tu alma,
        Ceniza solamente
        Serán en cuanto calles:
        Ceniza, polvo y sombra,
        Fantasma de fantasmas...

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      Soledad

        Si das un paso más te quedas sola...
        En el umbral de un tiempo
        Que no es el tuyo aún y no es ya el mío.
        Sobre el primer peldaño
        De una escalera rápida que nadie
        Podrá jamás decir si baja o sube.
        En el principio de una primavera
        Que, para tu patético hemisferio,
        Nunca resultará
        Sino el reverso casto de un otoño...
        Porque la frágil hora
        En que tu pie se apoya es un espejo,
        Si das un paso más te quedas sola.

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      Sombra

        ¡Todavía más luz! Como el poeta,
        Piden luz nuestras almas solitarias.
        ¡Que se enciendan las lámparas,
        Y que se abran las ventanas!...

        Y si no basta el sol para mirarnos
        ¡Que se enciendan las almas!

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      Tú y yo

        Palabra musical y enternecida,
        Sonrisa de la luz entre las lágrimas
        Eso, mi poesía...
        ¡Y —más alto— tu alma!

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      Túnel

        Una antorcha enemiga
        Alumbra —mientras duermes— el profundo
        Túnel que de mi amor a tu alma lleva.

        Con invisibles puños
        ¿Qué taciturno guardia la sustenta?
        Quiero avanzar... Y me detiene un muro
        De colérico sol. Pretendo entonces
        Retroceder y siento que una puerta
        Se cierra tras de mí siempre que dudo...

        En plena luz me quedo
        —Trémulo, terco, ciego— imaginando
        No más el golpe brusco
        Con que, al cortar tu sueño,
        Me arrojará a la aurora, sin antorchas,
        Otro invisible centinela mudo.

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      Verano

        Corrí
        Las persianas azules de la siesta
        Sobre el oasis del jardín.

        En la colmena del reloj
        Se adormeció el enjambre de las horas.
        Olía a trigo de setiembre el sol.

        El verano adhería a los espejos
        Las burbujas del aire y el azul
        De la sombra regaba de uvas sueltas
        El mantel engomado de la luz.

        Afuera, el ruido fresco
        De la fuente mojaba
        La arena del silencio
        Y el canto sin color de la cigarras.

        Como una copa demasiado llena
        El corazón se derramó del cuerpo.

        Sentí
        En el pecho un gran hueco feliz.

        El musgo caminaba entre las losas.

        Una paloma del jardín
        Se puso a picotear el tiempo
        En el oro granado del maíz.

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      Voluntad

        Si yo pudiera acariciarte, oh fina
        Suavidad de esta música del viento,
        En las ramas mecidas de la encina...
        ¡Oh, si tuviera tacto el pensamiento
        Para palpar la redondez del mundo,
        El rumor de los cielos transparentes,
        El pensar agobiado de las frentes
        Y el viaje del suspiro vagabundo!...

        ¡Si al corazón llegara
        En su forma real, el infinito;
        Lo que fue llanto en la pupila clara
        E insaciedad en la eclosión del grito;

        Si la verdad me hiriera
        Con su arista cruel, en tajo rudo,
        Si todo lo que viera
        Estuviera desnudo!

        ¿Qué palabra soberbia y rebosante
        Daría esa expresión apetecida?
        ¡Pensar que bastaría, así, un instante
        Para borrar las formas de la vida!

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      Voz

        I

        Tú me llamaste al íntimo rebaño
        —Única voz que manda cuando implora—
        Mientras la burla despreciaba el daño
        Y florecía, en el cardal, la aurora.

        Era la intacta juventud del año.
        Principiaban el mes, el día, la hora...
        Y el corazón, intrépido y huraño,
        Te oía sin creerte, como ahora.

        Ay, porque —desde entonces— ya disperso
        Sobre la vanidad del universo,
        A cada paso, infiel, te abandonaba

        Y con cada promesa te mentía
        Y con cada recuerdo te olvidaba
        ¡Y con cada victoria te perdía!

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      12 de junio

        Amada, en estos versos que te escribo
        Quisiera que encontraras el color
        De este pálido cielo pensativo
        Que estoy mirando, al recordar tu amor.

        Que sintieras que ya julio se acerca
        Que el oro está naciendo de la mies,
        Y que oyeras zumbar la mosca terca
        Que oigo volar en el calor del mes...

        Y pensaras: "¡Qué año tan ardiente!
        ¡Cuánto sol en las bardas!"... y, quizás,
        Que un suspiro cerrara blandamente
        Tus ojos... nada más... ¿Para qué más?

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