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    Información biográfica

  1. Allá en mis años
  2. Booz canta su amor
  3. Booz ve dormir a Ruth
  4. Celos y muerte de Booz
  5. Desvelo 1. Pureza
  6. Desvelo 2. Canción
  7. Desvelo 3. La noche, que me espía
  8. Desvelo 4. El agua, entre los álamos
  9. Desvelo 5. El recuerdo
  10. Desvelo 6. Palabras
  11. Desvelo 7. Ciudad
  12. Desvelo 8. Desamor
  13. Desvelo 9. Adiós
  14. Desvelo 10. Tierra
  15. Desvelo 11. Soledad
  16. Desvelo 12. El pañuelo de espumas
  17. Desvelo 13. El tranvía
  18. Desvelo 14. Corolas de papel de estas canciones
  19. Desvelo 15. Romance
  20. Discurso del paralítico
  21. El infierno perdido
  22. Elogio
  23. Es ya el cielo
  24. Espera, octubre
  25. Final
  26. Interior
  27. La pompa de jabón
  28. Nueva nao de amor
  29. Propósito
  30. Rasgos 1. Camino
  31. Rasgos 2. Pinar
  32. Rasgos 3. Camino
  33. Viento
  34. Y pensar, corazón

    Sindbad el Varado:

  35. Bitácora de febrero
  36. Día primero. El naufragio
  37. Día dos. El mar viejo
  38. Día tres. Al espejo
  39. Día cuatro. Almanaque
  40. Día cinco. Virgin Islands
  41. Día seis. El hipócrita
  42. Día siete. El compás roto
  43. Día ocho. Llegado de su mano
  44. Día nueve. Llagado de su desamor
  45. Día diez. Llagado de su sonrisa
  46. Día once. Llagado de su sueño
  47. Día doce. Llagado de su poesía
  48. Día trece. El martes
  49. Día catorce. Primera fuga
  50. Día quince. Segunda fuga
  51. Día dieciséis. El patriotero
  52. Día diecisiete. Nombres
  53. Día dieciocho. Rescoldos de pensar
  54. Día diecinueve. Rescoldos de sentir
  55. Día veinte. Rescoldos de cantar
  56. Día veintiuno. Rescoldos de gozar
  57. Día veintidos. Tu nombre, poesía
  58. Día veintitres. Y tu poética
  59. Día veinticuatro. Y tu retórica
  60. Día veinticinco. Yo no vi nada
  61. Día veintiseis. Semifinal
  62. Día veintisiete. Jacob y el mar
  63. Día veintiocho. Final



    Información biográfica

      Nombre: Gilberto Owen Estrada
      Lugar y fecha nacimiento: El Rosario, Sinaloa (México), 13 de mayo de 1904
      Lugar y fecha defunción: Filadelfia (Estados Unidos), 1952 (48 años)

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      Allá en mis años

        Allá en mis años Poesía usaba por cifra una equis,
        Y su conciencia se llamaba quince.
        ¿Qué van a hacer las rosas
        Sin quien les fije el límite exacto de la rosa?

        ¿Qué van a hacer los pájaros (hasta los de cuenta)
        Sin quien les mida el número exacto de su trino?
        Ahora pájaros y rosas tendrán que pensar por sí mismos
        Y la vida será muchísimo más sin sentido.
        Como la esclava que perdió a su dueño
        (Y tú eras su amo y él tu esclavo),
        Así irás Poesía por las calles de México.

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      Booz canta su amor

        Me he querido mentir que no te amo,
        Roja alegría incauta, sol sin freno
        En la tarde que sólo tú detienes,
        Luz demorada sobre mi deshielo.
        Por no apagar la brasa de tus labios
        Con un amor que darte no merezco,
        Por no echar sobre el alba de tus hombros
        Las horas que le restan a mi duelo.
        Pero cómo negarte mis espigas
        Si las alzabas con tan puro gesto;
        Cómo temer tus años, si me dabas
        Toda mi juventud en mi deseo.

        Quédate, amor adolescente, quédate.
        Diez golondrinas saltan de tus dedos.
        París cumple en tu rostro quince años.
        Cómo brilla mi voz sobre tu pecho.
        Óyela hablarte de la luna, óyela
        Cantando lánguida por los senderos:
        Sus palabras más nimias tienen forma,
        No le avergüenza ya decir "te quiero".
        Me has untado de fósforo los brazos:
        No los tienen más fuertes los mancebos.
        Flores palúdicas en los estanques.
        De mis ojos. El trópico en mis huesos.
        Cien lugares comunes, amor cándido,
        Amoroso y porfiado amor primero.

        Vámonos por las rutas de tus venas
        Y de mis venas. Vámonos fingiendo
        Que es la primera vez que estoy viviéndote.
        Por la carne también se llega al cielo.
        Hay pájaros que sueñan que son pájaros
        Y se despiertan ángeles. Hay sueños
        De los que dos fantasmas se despiertan
        A la virginidad de nuestros cuerpos.
        Vámonos como siempre: Dafnis, Cloe.
        Tiéndete bajo el pino más erecto,
        Una brizna de yerba entre los dientes.
        No te muevas. Así. Fuera del tiempo.

        Si cerrara los ojos, despertándome,
        Me encontraría, como siempre, muerto.

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      Booz ve dormir a Ruth

        La isla está rodeada por un mar tembloroso
        Que algunos llaman piel. Pero es espuma.
        Es un mar que prolonga su blancura en el cielo
        Como el halo de las tehuanas y los santos.
        Es un mar que está siempre
        En trance de primera comunión.

        Quién habitara tu veraz incendio
        Rodeado de azucenas por doquiera,
        Quién entrara a tus dos puertos cerrados
        Azules y redondos como ojos azules
        Que aprisionaron todo el sol del día,
        Para irse a soñar a tu serena plaza pueblerina
        -Que algunos llaman frente-
        Debajo de tus árboles de cabellos textiles
        Que se te enrollan en ovillos
        Para que tengas que peinártelos con husos.
        He leído en tu oreja que la recta no existe
        Aunque diga que sí tu nariz euclidiana;
        Hay una voz muy roja que se quedó encendida
        En el silencio de tus labios. Cállala
        Para poder oír lo que me cuente
        El aire que regresa de tu pecho;
        Para saber por qué no tienes en el cuello
        Mi manzana de Adán, si te la he dado;
        Para saber por qué tu seno izquierdo
        Se levanta más alto que el otro cuando aspiras;
        Para saber por qué tu vientre liso
        Tiembla cuando lo tocan mis pupilas.
        Has bajado una mano hasta tu centro.

        Saben aún tus pies, cuando los beso,
        Al vino que pisaste en los lagares;
        Qué frágil filigrana es la invisible
        Cadena con que ata el pudor tus tobillos;
        Yo conocí un río más largo que tus piernas
        -Algunos lo llamaban Vía Láctea-
        Pero no discurría tan moroso
        Ni por cauce tan firme y bien trazado;
        Una noche la luna llenaba todo el lago;
        Zirahuén era así dulce como su nombre:
        Era la anunciación de tus caderas.
        Si tus manos son manos, ¿cómo son las anémonas?
        Cinco uñas se apagan en tu centro.

        No haber estado el día de tu creación, no haber estado
        Antes de que Su mano te envolviera en sudarios de inocencia
        -Y no saber qué eres ni qué estarás soñando.
        Hoy te destrozaría por saberlo.

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      Celos y muerte de Booz

        Y sólo sé que no soy yo,
        El durmiente que sueña un cedro Huguiano, lo que sueñas,
        Y pues que he nacido de muerte natural, desesperado,
        Paso ya, frenesí tardío, tardía voz sin ton ni son.

        Me miro con tus ojos y me veo alejarme,
        Y separar las aguas del Mar Rojo de nuestros cuerpos mal fundidos
        Para la huida infame,
        Y sufro que me tiñe de azules la distancia,
        Y quisiera gritarme desde tu boca: "No te vayas."

        Destrencemos los dedos y sus promesas no cumplidas.
        Te cambio por tu sombra y te dejo como sin pies sin ella
        Y no podrás correr al amor de tu edad que he suplantado.
        Te cambio por tu sueño para irme a dormir con el cadáver leal de tu alegría.
        Te cedo mi lámpara vieja por la tuya de luz de plata virgen
        Para desear frustradas canciones inaudibles.

        Ya me hundo a buscarme en un te amé que quiso ser te amo,
        Donde se desenrolla un caracol atónito al descubrir el fondo salobre de sus ecos,
        Y los confesonarios desenredan mis arrepentimientos mentirosos.
        Ya me voy con mi muerte de música a otra parte.
        Ya no me vivo en ti. Mi noche es alta y mía.

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      Desvelo 1. Pureza

        ¿Nada de amor -¡de nada!- para mí?
        Yo buscaba la frase con relieve, la palabra
        Hecha carne de alma, luz tangible,
        Y un rayo del sol último, en tanto hacía luz
        El confuso piar de mis polluelos.

        Ya para entonces se me había vuelto
        El diálogo monólogo,
        Y el río, Amor -el río: espejo que anda-,
        Llevaba mi mirada al mar sin mí.

        ¡Qué puro eco tuyo, de tu grito
        Hundido en el ocaso, Amor, la luna,
        Espejito celeste, poesía!

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      Desvelo 2. Canción

        De la última estrella
        A la primera
        Fue para oler las rosas.

        Vuelta, al revés, del mundo,
        Abierta la memoria
        De la primera estrella
        A ti -mujer, idea-,
        ¿Hasta cuándo la última?

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      Desvelo 3. La noche, que me espía

        La noche, que me espía por el ojo
        De la cerradura del sueño,
        Gotea estrellas de ruidos inconexos.
        ¿Para qué este hilo de aire con ecos?
        Ya ningún lápiz raya mi memoria
        Con el número de ningún teléfono.

        Mi mensaje cae conmigo
        Sin mis miradas, cuerdas de un trapecio
        Suspendido, otros días,
        De mi cabeza sobre el cielo.

        Y nadie inventa aún al inalámbrico
        Una aplicación para esto:
        Uno puede caer cien siglos
        -Sin una honda agua de sueño,
        Sin la red salvavidas de una antena-
        Al silencio.

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      Desvelo 4. El agua, entre los álamos

        El agua, entre los álamos,
        Pinta la hora, no el paisaje;
        Su rostro desleído entre las manos
        Copia un aroma, un eco...
        (Colgaron al revés
        Ese cromo borroso de la charca,
        Con su noche celeste tan caída
        Y sus álamos hacia abajo,
        Y yo mismo, la cabeza en el agua
        Y el pie en la nube negra de la orilla.)

        Llega -¿de dónde?- el tren;
        Corazón -¿de quién?- alargado,
        Oscuro y próspero, la vía
        Nos lo plantea = algo
        Más allá del alcance de los ojos.
        Terremoto: llorando demasiado
        Los sauces salen al camino
        Como mujeres aterrorizadas.
        Incendio: la luna, viento frío,
        Arrastra el humo de las sombras
        Hasta detrás del horizonte.

        En el bosque, con tantos mármoles,
        No queda sitio ya para las ninfas:
        Sólo Eco, tan menudita,
        Tan invisible y tan cercana.
        Sólo una memoria sin nexo:
        "Cuéntalas bien
        Que las once son".

        Luego el castigo de la encrucijada
        Por el afán de haber querido
        Saber a dónde llevan todos los caminos:
        1, al pueblo; 100, a la ciudad; 1000, al cielo;
        Todos de ti y ninguno a ti,
        A tu centro impreciso, alma,
        Eje de mi abanico de miradas,
        Surtidor exaltado de caminos.

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      Desvelo 5. El recuerdo

        Con ser tan gigantesco, el mar, y amargo,
        Qué delicadamente dejó escrito
        -Con qué línea tan dulce
        Y qué pensamiento tan fino,
        Como con olas niñas de tus años-,
        En este caracol, breve, su grito.

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      Desvelo 6. Palabras

        Sólo tu palabra,
        Río, deletreada,
        Repetida, agria.

        Sólo las estrellas
        -Solas- en el agua
        Y despedazadas.

        ¡Ya viene la luna!
        Río, despedázala,
        Como a tu palabra

        El silencio, como
        La noche a la amada,
        Río, por románticas.

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      Desvelo 7. Ciudad

        Alanceada por tu canal certero,
        Sangras chorros de luces,
        Martirizada piel de cocodrilo.
        Grito tuyo -a esta hora amordazado
        Por aquella nube con luna-,
        Lanza en mí, traspasándome, certera,
        Con el recuerdo de lo que no ha sido.

        Y yo que abrí el balcón sin sospecharlo
        También, también espejo de la noche
        De mi propio cuarto sin nadie:

        Estanterías de las calles
        Llenas de libros conocidos;
        Y el recuerdo que va enmarcando
        Sus retratos en las ventanas;
        Y una plaza para dormir, llovida
        Por el insomnio de los campanarios
        -Canción de cuna de los cuartos de hora-,
        Velándome un sueño alto, frío, eterno.

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      Desvelo 8. Desamor

        ¡Qué bosque -cómo oprime- tan oscuro!
        Ganas de sacudir los árboles
        Para que caiga aquella luz
        Que se quedó enredada
        Entre las ramas últimas.

        -Ella se quedaría, esclava,
        Trémula entre los dedos de Josué
        Detrás del horizonte, sin remedio-.

        ¡Luz de ayer, luz de ayer,
        Lluévete, vertical, a mi memorial
        ¡Rompe las rejas de los troncos,
        Horizontal luz de mañana!

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      Desvelo 9. Adiós

        Todo este día corrió
        El tren por mi pensamiento.
        Toda la noche su sirena
        Rayará mi desvelo.

        Y no poder imaginar
        El vértice hipotético
        En que se une la vía, tan lejano.
        Nunca, nunca podré beber el sueño
        En la confluencia amarga de su grito
        Y mi sollozo, siempre paralelos
        Y persiguiéndose,
        Toda la noche, en mi desvelo.

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      Desvelo 10. Tierra

        Tierra que la guarda ahora
        -Montoncito de tierra
        Y un poco de savia en los árboles-.

        Ramas sin marzo, sin viento,
        Metálicas, más de luna
        Que de árbol, casi de alma.

        Esta vez no ha quedado nada
        Del día en mi mirada.
        Noche demasiado lírica.

        Ella estará aquí más presente
        -Viéndome completo-
        Que yo que la creo sólo
        Puñadito de tierra
        Y un poco de savia en los árboles.

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      Desvelo 11. Soledad

        Soledad imposible conmigo tan aquí
        Y mi memoria tan despierta.

        Y además la plegaria
        Por la estrella perdida, tan sin luz,
        Por Blanca de Nieves, dormida
        Nube con luna en su ataúd de cielo,
        Y por el campo, ese hospiciano prófugo
        Que equivocó la senda y se tiró,
        Ya cansado, a la orilla del camino,
        Desesperando de llegar al pueblo.

        Y hay también las canciones perdidas
        Que no se sabe nunca quien cantó;
        Y esta correspondencia sin palabras
        De ojos a estrella, de alma a luz de luna.

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      Desvelo 12. El pañuelo de espumas

        El pañuelo de espumas
        Del rompeolas me lloraba, ¡adiós!,
        Y en la noche aquel grito -aquella estrella-,
        ¡Ven! Y mi corazón que era sólo
        Un temblor que cantaba, en medio,
        Y de mi hondura, hacia la nada,
        Ya sin mis ojos, yo.

        Y mi nombre escrito en la arena,
        Y tu ascensión, luz, lumbre, sobre el mar;
        Luego de allá, lejos, la onda,
        De aquí, de mí, la sombra
        Que todo lo borraban.

        El mar dormía
        Como nunca, y como si fuera
        Ya para siempre, sin mi alma.

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      Desvelo 13. El tranvía

        A esta hora ese telegrama amarillo
        Ya sólo trae malas noticias:
        Un hombre, yo, tan agobiado...

        ¡Cómo abre -¡qué lívida!-
        Sus ventanas, leyéndolo, mi casa!

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      Desvelo 14. Corolas de papel de estas canciones

        Corolas de papel de estas canciones.
        Se abren cuando al alba
        Nocturna de la lámpara
        Rompe a cantar ociosa
        La ternura enjaulada entre los dedos.

        Se cierran cuando Venus matutina
        Cae desprendida de su rama,
        Aún no madura y ya picoteada
        Por el frío del alba verdadera.

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      Desvelo 15. Romance

        Niño Abril me escribió de un pueblo
        Por completo silvestre, por completo.
        Pero yo con mi sombra estaba
        Haciendo sube y baja
        En balanza de aire, a la ventana,
        Y el pasado pesaba más,
        Y se divulgó aquella carta
        Al caer a pasearse al bulevar.

        Señor policía el cielo,
        Yo no hice aquel verso, no,
        Que la estrella que veis ahogada
        Sola a mi espejo se cayó.

        Camino incansable, automóvil
        Para poetas, siempre a cien
        Kilómetros, y río que se va;
        El cenit viene con nosotros,
        El horizonte huye sin fin.

        Niño Abril me escribía: "En junio,
        Ya no flor y no fruto aún,
        ¿Qué prefieres, el pan o el vino?"
        -Yo prefiero el vino y el pan,
        Y ser a la vez yo y mi sombra,
        Y tener cabal todo el campo
        En mi árbol del bulevar.

        Señor policía el viento,
        Yo no ando desnudo, no.
        Que la sombra que veis llorando
        De un sueño mío se cayó.

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      Elogio

        Las palabras más ricas,
        Menguante aurirrosado de la luna,
        Se me van por el lago, verticales,
        En una temblorosa exaltación,
        A colgarse de ti.

        Que los poetas -que todo lo sueñan-
        Y los amantes -que lo tienen todo-
        Son aquí tus mendigos humillados.

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      Discurso del paralítico

        Encadenado al cielo, en paz y orden,
        Mutilado de todo lo imperfecto,
        En esta soledad desmemoriada
        ¿paisaje horizontal de arena o hielo?
        Nada se mueve y ya nada se muere
        En la pureza estéril de mi cuerpo.

        Solo la ausencia. Sólo las ausencias.
        A la luz que me ofusca, en el silencio
        Del aire ralo inmóvil que me envuelve
        En las nubes de roca de este cielo
        De piedra de mi mundo de granito,
        Sólo una ausencia viuda de recuerdos.

        Pues quise ver la lumbre en las ciudades
        Malditas. Quise verlas flor de fuego.
        Quise verlas el miércoles. Al frente
        No me esperaba ya sino un incesto
        Y el carnaval quemaba en sus mejillas
        Y el último arrebol de mi deseo.

        Aquí me estoy. La sal va por mis brazos
        Y no llega a mis ojos, río yerto,
        Río más tardo aún de la cisterna
        Del pulso de mi sombra en el espejo,
        Camino desmayado aquí, a la puerta
        De mi Cafarnaúm, allí, tan lejos.

        No ser y estar en todas las fronteras
        A punto de olvidarlo o recordarlo todo totalmente.
        En mi lenguaje de crepúsculos
        No hay ya las voces mediodía, ni altanoche, ni sueño.

        Por mi cuerpo tendido no han de llegar las olas a la playa
        Y no habrá playas nunca,
        Y por mí, horizontal, no habrá nunca horizontes.

        Hosco arrecife, aboliré los litorales.
        Los barcos vagarán sin puerto y sin estela
        Pues yo estaré entre su quilla y el agua
        40 noches y 40 días,
        Hasta la consumación de los siglos.

        (Si tuviera mis ojos, mis dedos, mis oídos,
        Iba a pensar una disculpa para cantarla esa mañana.)

        Venganza, en carne mía, de la estatua
        Que condené para mi gula al tiempo,
        A moverse, olvidada de sus límites,
        A palabras de vidrio sus silencios.
        Venganza de la estatua envejecida
        Por el fláccido mármol de su seno.

        Y Conventry. La lumbre de mis ojos
        En los ijares lánguidos hundieron,
        Lady Godiva que se me esfumaba
        Muy nube arrebatada por el viento,
        Y era Diana dura, o sus lebreles,
        O la hija de Forkis y de Ceto.

        Porque yo tuve un día una mañana
        Y un amor. Fino y frío amor, tan claro
        Que lo empañaba el tacto de pensarlo.

        Vi al caballo de azogue y al pez lúbrico
        Por cuya piel los ríos se deslizan,
        Lentos para su imagen evasiva.

        Y tendría también un nombre, pero
        No logró aprehenderlo la memoria,
        Pues mudaba de sílabas su idioma
        Cuando las estaciones de paisajes.

        Aún canta el hueco que dejó en mi mano
        La translúcida mano de su sombra,
        Y en mi oreja el mar múltiple del eco
        De sus pausas aún brilla.

        Huyó la forma de su pensamiento
        A la Belén alpina o subterránea
        Donde los ríos nacen, y velaron
        Su signo las palomas de Diodona.

        Y una voz en las rutas verticales
        Del mediodía al mediodía por mis ojos:

        ¿Cuando el sol se caía del cielabril de México
        El aire se quedaba iluminado hasta la aurora?

        ¿Las muchachas paseaban como cocuyos
        Con un incendio de ámbar a la grupa,
        Y en nuestros rostros de ángeles ardían canciones y alcoholes
        Con una llama impúdica e impune?

        ¿Nuestras sombras se iban de nosotros,
        Amputaban de nuestros pies los suyos
        Para irse a llorar a los antípodas
        Y decíamos luna y miel y triste y lágrima
        Y eran simples formas retóricas?

        (¿No recuerdas, Winona, no recuerdas
        Aquel cuarto de Chelsea? El alto muro
        Contra los muros altos, y las cuerdas
        Con su ropa a secar al are impuro.

        Y el río de tu cuerpo, desbordado
        De luz de desnudez, y más desnuda
        Adentro de sus aguas, tú, y al lado
        Tuyo tu alma mucho más desnuda.

        Y recuerda, Winona, aquel instante
        De aquel estío que arrojó madura
        Tu cereza en la copa del amante.

        Y el grito que me guiaba en la espesura
        De tu fiebre, y en mi fiebre calcinante
        Entrelazada a tu desgarradura.)

        Pero la tarde todo lo diluye.

        La luz revela sus siete pecados
        Que nos fingieron una salud sola
        Y oímos y entendemos y decimos
        Las blandas voces que a la voz repugnan:
        Lágrimas, miel, candor, melancolía.

        Porque la tarde todo lo dispersa.

        Todas las mozas del mundo destrenzan sus brazos y acaba la ronda,
        A las seis de la tarde se sale de las cárceles
        Y están cerradas las iglesias.
        Nada nos ata a nada
        Y, en libertad, pasamos.

        Mirad, la tarde todo me dispersa.

        Que ya despierte el que me sueña.
        Va a despertar exhausto, Segismundo,
        Un helado sudor y un tenebroso
        Vacío entre las sienes. Pero el premio
        Que habrá en su apremio de sentirse móvil…

        Alargará las manos ateridas
        Y de su vaso brotará la blanca
        Flor de la sal de frutas. Y en cien gritos
        Repetirá su nombre y todo el día
        Saltará por los campos su alarido.
        Y por la noche ha de llegar exhausto,
        Mas no podrá dormirse, Segismundo.

        Que ya despierte. Son treinta y tres siglos,
        Son ya treinta y tres noches borrascosas,
        Que le persigo yo, su pesadilla,
        Y el rayo que le parta o le despierte.
        Quien lo tiene en sus manos me lo esquiva.

        Clave

        Donde el silencio ya no dice nada
        Porque nadie lo oye; a esta hora
        Que no es la noche aún sino en los vacuos
        Rincones en que ardieron nuestros ojos;

        Donde la rosa no es ya sino el nombre
        Sin rosa de la rosa y nuestros dedos
        No saben ya el contorno de las frutas
        Ni los labios la pulpa de los labios,

        Grita Elías (arrebatado en llamas
        A cualquier punto entre el cielo y la tierra)
        Grita Elías su ley desacordada
        En el viento enemigo de las leyes:

        Cuando la luz emana de nosotros
        Todo dentro de todos los otros queda en sombras
        Y cuando nos envuelve
        ¡qué negra luz nos anochece adentro!

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      El infierno perdido

        Por el amor de una nube
        De blanda piel me perdí
        Duermo encadenado al cielo
        Sin voz sin nombre sin ser
        Sin ser voz suena mi nombre
        Mas donde sueña no sé
        Que se me enredó la oreja
        Descifrando un caracol
        Tras una reja de olas
        Lo hará burbujas un pez
        Mas mi boca ya no sabe
        La sílaba sal del mar
        Sílaba de sal que salta
        Del mar a mis ojos sin
        Lágrimas que la desposen
        Y el frío mal traductor
        Mal traidor ángel del frío
        Roba mi nombre de ayer
        Y me lo vuelve sin fiebre
        Sin tacto sin paladar
        Contacto bobo del cero
        Grados que era su inicial
        Con su tardes de ceniza
        En mi lengua de alcohol
        En su verde voz de llama
        De menta ahoga en mi voz
        Con su blando amor de nube
        Que el orden me encadenó.

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      Interior

        Las cosas que entran por el silencio empiezan a llegar al cuarto. Lo
        Sabemos, porque nos dejamos olvidados allá adentro los ojos. La
        Soledad llega por los espejos vacíos; la muerte baja de los cuadros,
        Rompiendo las vitrinas de museo; los rincones se abren como
        Granadas para que entre el grillo con sus alfileres; y aunque
        Nos olvidemos de apagar la luz, la oscuridad da una luz negra más
        Potente que eclipsa a la otra.

        Pero no son éstas las cosas que entran por el silencio, sino otras
        Más sutiles aún; si nos hubiéramos dejado olvidada también la boca,
        Sabríamos nombrarlas. Para sugerirlas, los preceptistas aconsejan
        Hablar de paralelas que, sin dejar de serlo, se encuentran y se besan.
        Pero los niños que resuelven ecuaciones de segundo grado, se
        Suicidan siempre en cuanto llegan a los ochenta años, y preferimos
        Por eso mirar sin nombres lo que entra por el silencio, y dejar
        Que todos sigan afirmando que dos y dos son cuatro.

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      Es ya el cielo

        Es ya el cielo. O la noche. O el mar que me reclama
        Con la voz de mis ríos aún temblando en su trueno,
        Sus mármoles yacentes hechos carne en la arena,
        Y el hombre de la luna con la foca del circo,
        Y vicios de mejillas pintadas en los puertos,
        Y el horizonte tierno, siempre niño y eterno.
        Si he de vivir, que sea sin timón y en delirio.

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      Espera, octubre

        Espera, octubre.
        No hables, voz. Abril disuelve apenas
        La piel de las estatuas en espuma,
        Aún canta en flor el árbol de las venas,
        Y ya tu augurio a ras del mar, tu bruma
        Que sobre el gozo cuelga sus cadenas,
        Y tu clima de menta, en que se esfuma
        El pensamiento por su laberinto
        Y se ahonda el laberinto del instinto.

        No quemes, cal. No raye las paredes
        De aire de abril de mi festín tu aviso.
        Si ya me sabes presa de tus redes,
        Si a mi soñar vivir nací sumiso,
        Vuelve al sueño real de que procedes,
        Déjame roca el humo infiel que piso,
        Deja a mi sed el fruto, el vino, el seno,
        Y a mi rencor su diente de veneno.

        Espejo, no me mires todavía.
        Abril nunca es abril en el desierto,
        Y me espía tu noche todo el día
        Para que al verte yo me mire muerto;
        Narciso no murió de egolatría,
        Sí cuando le enseñé que eres incierto,
        Que eres igual al hombre que te mira
        Y que al mirarse en ti ya no se mira.

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      Final

        Palabras oscuras, que entonces
        Me parecían, ¡ay!, tan claras.
        Hoy me estaría aquí pensando
        Hasta el alba, desesperadamente,
        Sin arrancarles un sentido:
        ¡Tan de otro me suenan,
        Tan lejanas!

        En cambio ésta aún no modulada
        Que en mí dirá una voz innata,
        ¡Qué desnuda la siento,
        Qué nueva aún y ya qué conocida!

        Está en mí -y en ti, libro,
        Como un recién nacido en el regazo
        Frío de este silencio, este cadáver,
        Hoy, de aquellas palabras.

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      La pompa de jabón

        1

        Aquel rostro, aquel libro, aquel paisaje,
        Y todo el iris y yo mismo, todo,
        Todo en tu agua sedienta
        De imágenes.

        2

        Te saludan los pájaros, las cosas
        Todas afinan para ti
        Su mejor alba de sonrisas.

        Y recuerdan tus viajes, cuando ibas
        Como un poco de río
        Redondo y frágil, por el cauce
        Innúmero del viento.

        Y te recuerdan, Arca de Noé,
        Porque las regalabas a los niños,
        Transmutando en juguetería
        De Noche Buena, el Mundo.

        3

        Y la vida niña soplándote,
        Oh pompa, oh árbol de cristal de alma,
        Por aquella raíz
        Que te ocultó en su seno Poesía,
        Y te era, en el cielo, rama en flor
        Y pájaro en la rama.

        Y la vida, sin fin, soplándote,
        Sin fin, sin fin, burbuja de emoción,
        Hasta tu fin sin ruido ni violencias
        -Cuando mucho con un rocío amargo
        Y trémulo, como de lágrimas.

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      Nueva nao de amor

        I

        Primero amaneció para mis ojos.
        Que yo estaba caído
        En la cisterna de tu sueño,
        Y sin saber voltearme el corazón
        Y alzarme de puntillas en su vértice
        A espiar el alba de oro sólo mía.

        ¡Qué sin eco mi llanto, hoy, nublándome
        En mi elevada soledad sin ángeles,
        Esa aurora que no amanece nunca!

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      Propósito

        Todavía mis ojos, por tus ojos,
        En tu alma, como el día del encuentro;
        Que el amor, como siempre, nos presida,
        Pero ya nunca lo nombraremos.

        Mejor la insensatez de nuestra efímera
        Voz sonando en lo eterno,
        Puestos en entredicho tus románticos,
        Dueña, la Geometría, del sendero.

        Luego la noche, que nos gane, hondos,
        Humillados al fin, para el silencio;
        Y luego la sal, mía, de tus lágrimas,
        Y mi frente, servil, sobre tu seno.

        Para no separarnos, detener
        El ritmo universal en nuestro aliento;
        Y ¡qué prisión!, después, sabernos solos,
        Pero tan frágiles y tan pequeños.

        Y para no olvidarnos, y el olvido
        míralo, en ti y en mí, mujer. ¿Qué haremos?

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      Rasgos 1. Camino

        Aquel camino, desde la montaña,
        Con la hemorragia larga
        De su barro,
        Baja,
        Poquito a poco,
        Hasta la botica aldeana.

        El camino, después, ¿o el río?,
        Ya detrás de las casas
        Y ya envuelto
        En blancas
        Vendas lúcidas.

        El caminito, en la mañana.

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      Rasgos 2. Pinar

        Apuntamos aquel cielo
        Que se nos desplomaba, verdinegro.
        Los que pasaban a lo lejos eran
        ¿Sombras chinescas
        En la pantalla del crepúsculo?
        Nuestras sombras en otros mundos.

        El cielo verdadero
        Estaba, afuera, preso,
        Y se asomaba entre los troncos, viéndonos
        Con su ojo de luna, huero.
        Una estrella, la única, temblaba
        Sin luz en nuestras almas.

        Y, si cerrábamos los ojos
        Oíamos, platónicos,
        Como un zumbar de abejas
        La música de las esferas.

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      Rasgos 3. Camino

        ¿Y aquel otro
        Caminito del cielo
        Por donde anoche fueron
        Nuestros ojos?

        Cuatro príncipes iban sobre él;
        Cuatro pilares de aquel puente
        Que soñamos tender
        Del hoy al siempre.

        ¡Oh dolor, sin tu vino acedo
        Ni la píldora de opio de la luna,
        Ya estaríamos en lo eterno!

        -…Y soñar en la fácil aventura.

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      Viento

        Recuerdo el paraje del aire donde se guardan las cartas perdidas,
        las palabras que decimos, cuando pasa un tren, seguros de no ser
        oídos, y los globos de colores que el cielo va deshaciendo, bolas de
        caramelo cada vez más pequeñas, hasta ser sólo un punto en su
        boca azul, y luego nada, sino el llanto abajo, de los niños a quienes se
        escaparon.

        Así Babá llega todas las mañanas a guardar ahí su botín; por la
        noche, cuando baja a la tierra y al mar, vigila su retrato, que es sólo un
        ventilador eléctrico. Sin el espantapájaros este las cosas echarían a
        volar.

        También recuerdo una gruta submarina en cuyo hueco se había
        quedado prisionero, para siempre, un poco de viento. Con los años
        había enmudecido y estaba paralítico. Entre las rejas de algas se
        asomaban los peces chicos, enseñándole la lengua, y cuando el
        viento jugaba afuera, a la tormenta, el agua se vengaba oprimiéndolo
        para ahogarlo; crujía tremendamente la carne inasible, y en vano se
        defendía hundiéndole al agua balas de burbujas.

        Y recuerdo también esa hora del sueño donde se esconden los
        hechos que la vida desdeña. Yo pasaba todas las noches, y arrancaban
        a hurtadillas algunas imágenes. Como el sol me las borraba, empecé a guardarlas
        en un libro de versos. Pero ahí estaban más muertas
        todavía.

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      Y pensar, corazón

        ¡Y pensar, conmovido corazón,
        Que algún día nefando, los gusanos
        Han de roerte tus orgullos vanos
        Y emponzoñar tu fuente de emoción...!

        Saber la vida tránsfuga, y saber
        El fracaso de todo en un minuto:
        Toda tu heroica fiebre de absoluto
        (Náufraga en unos labios de mujer).

        Y todo tu dolor, y tu sensual
        Podredumbre obcecada, y tu efusiva
        Devoción a la Amada primitiva
        De alma jocunda y clara de cristal.

        Aún no habrás logrado modelar
        Tu poema mejor, cuando la pálida
        Intrusa llegue, y tu Poesía, inválida,
        Interrumpa su lírico volar

        Saber que un día, trémulo rubí,
        Leal y atormentado, solamente
        Polvo inmóvil será tu carne ardiente,
        Sin nada de lo noble que hay en ti.

        Cuánto mejor sería, corazón,
        Que te agotaras, trágico y canoro,
        En este amor vernal de fuego y oro,
        En una fervorosa combustión.

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      Sindbad el Varado. Bitácora de febrero

        Encontrarás tierra distinta de tu tierra, pero
        Tu alma es una sola y no encontrarás otra.
        Sindbad el marino

        Bacause I do not hope to turn again
        Because I do not hope
        Because I do not hope to turn.

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      Día primero. El naufragio

        Esta mañana te sorprendo con el rostro tan desnudo que temblamos;
        Sin más que un aire de haber sido y sólo estar, ahora,
        Un aire que te cuelga de los ojos y los dientes,
        Correveidile colibrí, estático
        Dentro del halo de su movimiento.
        Y no hablas. No hables,
        Que no tienes ya voz de adivinanza
        Y acaso te he perdido con saberte,
        Y acaso estás aquí, de pronto inmóvil,
        Tierra que me acogió de noche náufrago
        Y que al alba descubro isla desierta y árida;
        Y me voy por tu orilla, pensativo, y no encuentro
        El litoral ni el nombre que te deseaba en la tormenta.

        Esta mañana me consume en su rescoldo la conciencia mis llagas;
        Sin ella no creería en la escalera inaccesible de la noche
        Ni en su hermoso guardián insobornable:

        Aquí me hirió su mano, aquí su sueño,
        En Emel su sonrisa, en luz su poesía,
        Su desamor me agobia en tu mirada.

        Y luché contra el mar toda la noche,
        Desde Homero hasta Joseph Conrad,
        Para llegar a tu rostro desierto
        Y en su arena leer que nada espere,
        Que no espere misterio, que no espere.

        Con la mañana derogaron las estrellas sus señales y sus leyes
        Y es inútil que el cartógrafo dibuje ríos secos en la palma
        De la mano.

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      Día dos. El mar viejo

        Varado en alta sierra, que el diluvio
        Y el vagar de la huida terminaron.

        Te ascendieron a cielo, mar, y a turbios
        Y lentos nubarrones a tu oleaje.
        Por tu plateada orilla de eucaliptos
        Salta el pez volador llamado alondra,
        Mas yo estoy en la noche de tu fondo
        Desvelado en la cuenta de mis muertos:

        El Lerma cenagoso, que enjugaba
        La desesperación de los sauces;
        El Rímac, sitibundo entre los médanos;
        El helado diamante del Mackenzie
        Y la esmeralda sin tallar del Guayas,
        Todos en ti con mi memoria hundidos,
        Mar jubilado cielo, mar varado.

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      Día tres. Al espejo

        Me quedo en tus pupilas, sin convite a tu fiesta de fantasmas.
        Adentro todos trenzan sus efímeros lazos,
        Yo solo afuera, y sin amor, mas prisionero,
        Yo, mozo de cordel, con mi lamento, a tu ventana,
        Yo, nuevo triste, yo, nuevo romántico.

        Dentro de ti, las nupcias de hielo al sol del árbol y la nube,
        Pareadas risas que se pierden por perdidos senderos,
        La inevitable luna casi líquida,
        El agua rota en trinos y en su música un lirio y una abeja
        En su estigma
        Y en su aguijón tu anhelo de olvidarme.

        Yo, en alta mar de cielo
        Estrenando mi cárcel de jamases y siempres.

        Dentro de ti, la casa, sus palmeras, su playa,
        El mal agüero de los pavos reales,
        Jaibas bibliopiratas que amueblan sus guaridas con mis versos,
        Y al fondo el amarillo amargo mar de Mazatlán
        Por el que soplan ráfagas de nombres.
        Mas si gritan el mío responden muchos rostros que yo no conocía
        O que borró una esponja calada de minutos,
        Como el de ese párvulo que esta noche se siente solo e íntimo
        Y que suele llorar ante el retrato
        De un gambusino rubio que se quemó en rosales de sangre al mediodía.

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      Día cuatro. Almanaque

        Todos los días 4 son domingos

        Porque los Owen nacen ese día,
        Cuando Él, pues descansa, no vigila
        Y huyen de sed en sed por su delirio.

        Y, además, que ha de ser martes el 13
        En que sabrán mi vida por mi muerte.

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      Día cinco. Virgin Islands

        Me acerco a las prudentes Islas Vírgenes
        Abeja (la canela y el sándalo, el ébano y las perlas,
        Y otras, las rubias, el añil y el ámbar)
        Pero son demasiado cautas para mi celo
        Y me huyen, fingiéndose ballenas.

        Ignorantina, espejo de distancias:
        Por tus ojos me ve la lejanía
        Y el vacío me nombra con tu boca,
        Mientras tamiza el tiempo sus arenas
        De un seno al otro seno por tus venas.

        Heloísa se pone por el revés la frente
        Para que yo le mire su pensar desde afuera,
        Pero se cubre el pecho cristalino
        Y no sabré si al fin la olvidaría
        La llama errante que me habitó sólo un día.

        María y Marta, opuestos sinsabores
        Que me equilibraron en vilo
        Entre dos islas imantadas,
        Sin dejarme elegir el pan o el sueño
        Para soñar el pan por madurar mi sueño.

        La inexorable Diana, e Ifigenia,
        Vestal que sacrifica a filo de palabras
        Cuando a filo de alondras agoniza Julieta,
        Y Juana, esa visión dentro de una armadura,
        Y Marcia, la perennemente pura.

        Y Alicia, Isla, país de maravillas,
        Y mi prima Águeda en mi hablar a solas,
        Y Once Mil que se arrancan los rostros y los nombres
        Por servir a la plena de gracia, la más fuerte
        Ahora y en la hora de la muerte.

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      Día seis. El hipócrita

        Este camino recto, entre la niebla,
        Entre un cielo al alcance de la mano,
        Por el que mudo voy, con escondido
        Y lento andar de savia por el tallo,
        Sin mi sombra siquiera para hablarme.
        Ni voy -¿a dónde iría?-, sólo ando.

        Niebla de los sentidos: no mirar
        Lo que puede esperarme allí, a diez pasos,
        Aunque sé que otros diez pasos me esperan;
        Frígida niebla que me anubla el tacto
        Y no me deja oírla ni gustar la
        Y echa el peso del cielo a mi cansancio.

        Este río que no anda, y que me ahoga
        En mis virtudes negativas: casto,
        Y es hora de cuidarme de mi hígado,
        Hora de no jurar Su Nombre en vano,
        De bostezar, al verme en el espejo,
        De oír silbar mi nombre en el teatro.

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      Día siete. El compás roto

        Pero esta noche el capitán, borracho
        De ron y de silencios,
        Me deja la memoria a la deriva,
        Y este viento civil entre los árboles
        Me sabe amar, me sabe a mar colérico en los mástiles,
        A memoria morosa en las heridas,
        A norte y sur de rosa de los tiempos.

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      Día ocho. Llegado de su mano

        La ilusión serpentina del principio
        Me tentaba a morderte fruto vano
        En mi tortura de aprendiz de magia.

        Luego, te fuiste por mis siete viajes
        Con una voz distinta en cada puerto
        E idéntico quemarte en mi agonía.

        Lascivia temblorosa de las tardes de lluvia
        Cuando tu cuerpo balbucía en Morse
        Su respuesta al mensaje del tejado.

        Y la desesperada de aquel amanecer
        En el Bowery, transidos del milagro,
        Con nuestro amor sin casa entre la niebla.

        Y la pluvial, de una mirada sola
        Que te palpó, en la iglesia, más desnuda
        Vestida en carmesí lluvia de sangre.

        Y la que se quedó en bajorrelieves
        En la arena, en el hielo y en el aire,
        Su frenesí mayor sin ti presencia.

        Y la que no me atrevo a recordar,
        Y la que me repugna recordar,
        Y la que ya no puedo recordar.

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      Día nueve. Llagado de su desamor

        Hoy me quito la máscara y me miras vacío
        Y ves en mis paredes los trozos de papel no desteñido
        Donde habitaban tus retratos,
        Y arriba ves las cicatrices de sus clavos.

        De aquel rincón manaba el chorro de los ecos,
        Aquí abría su puerta a dos fantasmas el espejo,
        Allí crujió la grávida cama de los suplicios,
        Por allá entraba el sol a redimirnos.

        Iba la voz sonámbula del pecho combo al pecho,
        Sin tenerse a clamar en el desierto;
        Ahora la ves, quemada y sin audiencia,
        Esparcir sus cenizas por la arena.

        Iba la luz jugando de tus dientes a mis ojos,
        Su llamarada negra te subía de los hombros,
        Se desmayaba en sus deliquios en tus manos,
        Su clavel ululaba en mi arrebato.

        Ahora es el desvelo con su gota de agua
        Y su cuenta de endrinas ovejas descarriadas,
        Porque no viven ya en mi carne
        Los seis sentidos mágicos de antes,
        Por mi razón, sin guerra, entumecida,
        Y el despecho de oírte: "Siempre seré tu amiga",
        Para decirme así que ya no existo,
        Que viste tras la máscara y me hallaste vacío.

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      Día diez. Llagado de su sonrisa

        Ya no va a dolerme el mar,
        Porque conocí la fuente.

        ¡Qué dura herida la de su frescura
        Sobre la brasa de mi frente!
        Como a la mano hecha a los espinos
        La hiere con su gracia la rosa inesperada,
        Así quedó mi duelo
        Crucificado en tu sonrisa.

        Ya no va a dolerme el viento,
        Porque conocí la brisa.

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      Día once. Llagado de su sueño

        Encima de la vida, inaccesible,
        Negro en los altos hornos y blanco en mis volcanes
        Y amarillo en las hojas supérstites de octubre,
        Para fumarlo a sorbos lentos de copos ascendentes,
        Para esculpir sus monstruos en las últimas nubes de la tarde
        Y repasar su geometría con los primeros pájaros del día.

        Debajo de la vida, impenetrable,
        Veta que corre, estampa del río que fue otrora,
        Y del que es, cenote de un Yucatán en carne viva,
        Y Corriente del Golfo contra climas estériles,
        Y entrañas de lechuzas en las que leo mis augurios.

        Al lado de la vida, equidistante
        De las hambres que no saciamos nunca
        Y las que nunca saciaremos,
        Pueril peso en el pico de la pájara pinta
        O viajero al acaso en la pata del rokh,
        Hongo marciano, pensador y tácito,
        Niño en los brazos de la yerma, y vida,
        Una vida sin tiempo y sin espacio,
        Vida insular, que el sueño baña por todas partes.

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      Día doce. Llagado de su poesía

        Tu tronco de misterio es lo que me apuntala un cielo en ruinas.
        Mis ojos solos no podían ya evitarme su caída.
        Me enredo en sus raíces de lecturas mal soñadas,
        Me agosto en su hojarasca de frustradas invenciones,
        Pero tu tronco sobrevive a mis inviernos.

        Lo ven por fuera, retorcido, muerto, oscuro,
        Pero hay una rendija para fisgar, y miro:
        Yo voy por sus veredas claustradas que ilumina
        Una luz que no llega hasta las ramas
        Y que no emana de las raíces,
        Y que me multiplica, omnipresente,
        En su juego de espejos infinito.

        Yo cruzo sin respiro por su aire irrespirable
        Que desnuda un prodigio en cada voz con sólo dibujar
        Y en cada pensamiento con sentirlo.

        Me asomo a sus inmóviles canales y me miro
        De pájaro en el agua o de pez en el aire,
        Ahogándome en las formas mutables de su esencia.

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      Día trece. El martes

        Pero me romperé. Me he de romper, granada
        En la que ya no caben los candentes espejos biselados,
        Y lo que fui de oculto y leal saldrá a los vientos:

        Subirán por la tarde purpúrea de ese grano,
        O bajarán al ínfimo ataúd de ese otro,
        Y han de decir: "Un poco de humo
        Se retorcía en cada gota de su sangre."
        Y en el humo leerán las pausas sin sentido
        Que yo no escribí nunca por gritarlas
        Y subir en el grito a la espuma de sueño de la vida.

        A la mitad de una canción, quebrada
        En áspero clamor de cuerda rota.

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      Día catorce. Primera fuga

        Por senderos de hienas se sale de la tumba
        Si se supo ser hiena,
        Si se supo vivir de los despojos
        De la esposa llorada más por los funerales que por muerta,
        Poeta viudo de la poesía,
        Lotófago insaciable de olvidados poemas.

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      Día quince. Segunda fuga

        ("Un coup de dés")

        Alcohol, albur ganado, canto de cisne del azar.
        Sólo su paz redime del Anciano del Mar
        Y de su erudita tortura.
        Alcohol, ancla segura y abolición de la aventura.

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      Día dieciséis. El patriotero

        Para qué huir. Para llegar al tránsito
        Heroico y ruin de una noche a la otra
        Por los días sin nadie de una Bagdad olvidadiza
        En la que ya no encontraré mi calle;
        A andar, a andar por otras de un infame pregón en cada esquina,
        Reedificando a tientas mansiones suplantadas.

        Acaso los muy viejos se acordarán a mi cansancio,
        O acaso digan: "Es el marinero
        Que conquistó siete poemas,
        Pero la octava vez vuelve sin nada."

        El cielo seguirá en su tarea pulcra
        De almidonar sus nubes domingueras,
        ¡Pero en mis ojos ha llovido en tantos deplorables paisajes!

        La luz miniaturista seguirá dibujando
        Sus intachables árboles, sus pájaros exactos,
        ¡Pero sobre mi frente no han arado en el mar tantas tinieblas!

        La catedral sentada en su cátedra docta
        Dictará sumas de arte y teología,
        Pero ya en mis orejas sólo habita el zumbido
        De un diablillo churrigueresco
        Y una cascada con su voz de campana cascada.

        No huir. ¿Para qué? Si este dieciséis de Febrero borrascoso
        Volviera a serlo de Septiembre.

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      Día diecisiete. Nombres

        Preso mejor. Tal vez así recuerde
        Otra iglesia, la catedral de Taxco,
        Y sus piedras que cambian de forma con la luz de cada hora.
        Las calles ebrias tambaleándose por cerros y hondonadas,
        Y no lo sé, pero es posible que llore ocultamente,
        Al recorrer en sueños algún nombre:
        "Callejón del Agua Escondida."

        O bajaré al puerto nativo
        Donde el mar es más mar que en parte alguna:
        Blanco infierno en las rocas y torcaza en la arena
        Y amarilla su curva femenil al poniente.
        Y no lo sé, pero es posible que oiga mi primer grito
        Al recorrer en sueños algún nombre:
        "El Paseo de Cielo de Palmeras."

        O en Yuriria veré la mocedad materna,
        Plácida y tenue antes del Torbellino Rubio.
        Ella estará deseándome en su vientre
        Frente al gran ojo insomne y bovino del lago,
        Y no lo sé, pero es posible que me sienta nonato
        Al recorrer en sueños algún nombre:
        "Isla de la Doncella que aún Aguarda."

        O volveré a leer teología en los pájaros
        A la luz del Nevado de Toluca.
        El frío irá delante, como un hermano más esbelto y grave
        Y un deshielo de dudas bajará por mi frente,
        Y no lo sé, pero es posible que me mire a mí mismo
        Al recorrer en sueños algún nombre:
        "La calle del Muerto que Canta."

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      Día dieciocho. Rescoldos de pensar

        Cómo me cantarías sino muerto
        Al descubrir de pronto bajo el cielo de plomo de un retrato
        El pensamiento estéril y la tenaz memoria en esa frente,
        Si sobre su oleaje ahora atardecido
        Surcaron formas plácidas,
        Y una vez, una vez -ayer sería-
        Amaneció en laureles junto a la media luna de tu seno,
        Y esta vez, esta vez -razón baldía-
        Sólo es conciencia inmóvil y memoria.

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      Día diecinueve. Rescoldos de sentir

        En esa frente líquida se bañaron Susanas como nubes
        Que fisgaban los viejos desde las niñas de mis ojos
        Púberes.

        Cuando éramos dos sin percibirlo casi;
        Cuando tanto decíamos la voz amor sin pronunciarla;
        Cuando aprendida la palabra mayo
        La luz ya nos untaba de violetas;
        Cuando arrojábamos perdida nuestra mirada al fondo de la tarde,
        A lo hondo de su valle de serpientes,
        Y el ave rokh del alba la devolvía llena de diamantes,
        Como si todas las estrellas nos hubiesen llorado
        Toda la noche, huérfanas.

        Y cuando fui ya sólo uno
        Creyendo aún que éramos dos,
        Porque estabas, sin ser, junto a mi carne.
        Tanto sentir en ascuas,
        Tantos paisajes malhabidos,
        Tantas inmerecidas lágrimas.

        Y aún esperan su cita con Nausícaa
        Para llorar lo que jamás perdimos.

        El Corazón. Yo lo usaba en los ojos.

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      Día veinte. Rescoldos de cantar

        Más supo el laberinto, allí, a su lado,
        De tu secreto amor con las esferas,
        Mar martillo que gritas en yunques pitagóricos
        La sucesión contada de tus olas.

        Una tarde inventé el número siete
        Para ponerle letra a la canción trenzada
        En el corto de niñas de la Osa Menor.

        Estuve con Orfeo cuando lo destrozaban brisas fingidas
        Vientos,
        Con San Antonio Abad abandoné la dicha
        Entre un lento lamento de mendigos,
        Y escuché sin amarras a unas sirenas que se llamaban
        Niágara,
        O Tequendama, o Iguazú.

        Y la guitarra de Rosa de Lima
        Transfigurada por la voz plebeya,
        Y los salmos, la azada, el caer de la tierra
        En el sepulcro del largo frío rubio
        Que era idéntico a Buffalo Bill
        Pero más dueño de mis sueños.

        Todo eso y más oí, o creí que lo oía.

        Pero ahora el silencio congela mis orejas;
        Se me van a caer pétalo a pétalo;
        Me quedaré completamente sordo;
        Haré versos medidos con los dedos;
        Y el silencio se hará tan pétreo y mudo
        Que no dirá ni el trueno de mis sienes
        Ni el habla de burbujas de los peces.

        Y no habré oído nunca lo que nadie me dijo:
        Tu nombre, poesía.

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      Día veintiuno. Rescoldos de gozar

        Ni pretendió empañarlo con decirlo
        Esa cuchillada infamante
        Que me dejaron en el rostro
        Oraciones hipócritas y lujurias bilingües
        Que me rodeaban por todos los muelles.

        Ni ese belfo colgado a ella por la gula
        En la kermesse flamenca de los siete regresos.

        Ni esos diez cómplices impunes
        Tan lentos en tejer mis apetitos
        Y en destejerlos por la noche.
        Y mi sed verdadera
        Sin esperanza de llegar a Ítaca.

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      Día veintidos. Tu nombre, poesía

        Y saber luego que eres tú
        Barca de brisa contra mis peñascos;
        Y saber luego que eres tú
        Viento de hielo sobre mis trigales humillados e írritos:
        Frágil contra la altura de mi frente,
        Mortal para mis ojos,
        Inflexible a mi oído y esclava de mi lengua.

        Nadie me dijo el nombre de la rosa, lo supe con olerte,
        Enamorada virgen que hoy me dueles a flor en amor dada.

        Trepar, trepar sin pausa de una espina a la otra
        Y ser ésta la espina cuadragésima,
        Y estar siempre tan cerca tu enigma de mi mano,
        Pero siempre una brasa más arriba,
        Siempre esa larga espera entre mirar la hora
        Y volver a mirarla un instante después.

        Y hallar al fin, exangüe y desolado,
        Descubrir que es en mí donde tú estabas,
        Porque tú estás en todas partes
        Y no sólo en el cielo donde yo te he buscado,
        Que eres tú, que no yo, tuya y no mía,
        La voz que se desangra por mis llagas.

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      Día veintitres. Y tu poética

        Primero está la noche con su caos de lecturas y de sueños.
        Yo subo por los pianos que se dejan encendidos hasta el alba;
        Arriba el día me amenaza con el frío ensangrentado de su aurora
        Y no sabré el final de ese nocturno que empezaba a dibujarme,
        Ni las estrellas me dirán cuál fue, cabal, mi nombre. Ni mi rostro.

        Si no es amor, ¿qué es esto que me agobia de ternura?
        Mañana inútil: pájaros y flores sin testigos.

        La esposa está dormida y a su puerta imploro en vano;
        Querrá decir mi nombre con los labios incoloros
        Entreabiertos.
        Los párpados pesados de buscarme por el cielo de la muerte.

        Más no estaré en sus ojos para verme renacer al despertarse
        Y cuando me abra, al fin, preguntará sin voz: ¿quién eres?
        El luto de la casa -todo es humo ya y lo mismo- que jamás habitaremos;
        El campo abierto y árido que lleva a todas partes y a ninguna.
        ¿A dónde, a qué otra noche, irá el viudo por la tarde borrascosa?

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      Día veinticuatro. Y tu retórica

        Si lo escribió mi prisa feliz, ¿con qué palabras,
        Cómo dije: "palomas cálidas de tu pecho"?
        En sus picos leería: brasa, guinda, clamor,
        Pero la luz recuerda más duro su contorno
        Y el aire el inflexible número de su arrullo.

        Y diría: "palomas de azúcar de tu pecho",
        Si endulzaban el agua cuando entrabas al mar
        Con tu traje de cera de desnudez rendida,
        Pero el mar las sufría proas inexorables
        Y aún sangran mis labios de morder su cristal.

        Después, si dije: "un hosco viento de despedidas",
        ¿Qué palabras de hielo hallé sobre mi grito?
        No recuerdos, ni angustias, ni soledades. Sólo
        El rencor de haber dicho tu estatua con arenas
        Y haberla condenado a vida, tiempo, muerte.

        Y escribiría: "un horro vendaval de vacíos"
        La estéril mano álgida que me agostó mis rosas

        Y me quemó la médula para decir apenas
        Que nunca tuve mucho que decir de mí mismo
        Y que de tu milagro sólo supe la piel.

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      Día veinticinco. Yo no vi nada

        Mosca muerta canción del no ver nada,
        Del nada oír, que nada es.

        De yacer en sopor de tierra firme
        Con puertos como párpados cerrados, que no azota
        La tempestad de un mar de lágrimas
        En el que no logré perderme.

        De estar, mediterránea charca aceda,
        Bajo el sueño dormido de los pinos, inmóviles
        Como columnas en la nave de una iglesia abandonada,
        Que pudo ser el vientre
        De la ballena para el viaje último.

        De llamar a mi puerta y de oír que me niegan
        Y ver por la ventana que sí estaba yo adentro,
        Pues no hubo, no hubo
        Quien cerrara mis párpados a la hora de mi paso.

        Sucesión de naufragios, inconclusos
        No por la cobardía de pretender salvarme,
        Pues yo llamaba al buitre de tu luz
        A que me devorara los sentidos,
        Pero mis vicios renacían siempre.

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      Día veintiseis. Semifinal

        Vi una canción pintada de limón amarillo
        Que caía sin ruido de mi frente vencida,
        Y luego sus gemelas una a una.
        Este año los árboles se desnudaron tan temprano.

        Ya será el ruido cuando las pisemos;
        Ya será de papel su carne de palabras,
        Exánimes sus rostros en la fotografía,
        Ciudad amalecita que el furor salomónico ha de poblar
        De bronces,
        Ya no serán si van a ser de todos.

        Fueron sueño sin tregua, delirio sin cuartel,
        Amor a muerte fueron y perdí.

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      Día veintisiete. Jacob y el mar

        Qué hermosa eres, Diablo, como un ángel con sexo pero
        Mucho más despiadada,
        Cuando te llamas alba y mi noche es más noche de esperarte,
        Cuando tu pie de seda se clava de caprina pezuña en mi
        Abstinencia,
        Cuando si eres silencio te rompes y en mis manos repican
        A rebato tus dos senos,
        Cuando apenas he dicho amor y ya en el aire está sin boca
        El beso y la ternura sin empleo aceda,
        Cuando apenas te nombro flor y ya sobre el prado ruedan
        Los labios del clavel,
        Cuando eres poesía y mi rosa se inclina a oler tu cifra y te
        Me esfumas.

        Mañana habrá en la playa otro marino cojo.

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      Día veintiocho. Final

        Mañana. Acaso el sol golpea en dos ventanas que entran
        En erupción.

        Antes salen los indios que pasan al mercado tiritando con
        Todo el trópico a la espalda.
        Y aún antes
        Los amantes se miran y se ven tan ajenos que se vuelven
        La espalda.

        Antes aún
        Ese ángel de la guarda que se duerme borracho mientras
        Allí a la vuelta matan a su pupilo:
        ¿Qué va a llevar más que el puñal del grito último a su
        Amo?
        ¿Qué va a mentir?

        "Lo hiciste cieno y vuelve humo pues ardió como Te amo."

        Tal vez mañana el sol en mis ojos sin nadie,
        Tal vez mañana el sol,
        Tal vez mañana,
        Tal vez.

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