.
.
    Información biográfica

  1. Adiós
  2. Amor, amor
  3. Apegado a mí
  4. Ausencia
  5. Balada
  6. Besos
  7. Cosas
  8. Creo en mi corazón
  9. Dame la mano
  10. Desolación
  11. Desvelada
  12. Dios lo quiere
  13. Dos ángeles
  14. El amor que calla
  15. El encuentro
  16. El pavo real
  17. Escóndeme
  18. Hallazgo
  19. Helechos
  20. Íntima
  21. La casa
  22. La flor del aire
  23. La medianoche
  24. La mujer fuerte
  25. La noche
  26. La otra
  27. La sombra inquieta
  28. Niebla
  29. País de la ausencia
  30. Piececitos de niño
  31. Puertas
  32. Riqueza
  33. Sonetos de la muerte
  34. Todas íbamos a ser reinas
  35. Último árbol
  36. Vergüenza
  37. Volverlo a ver
  38. Yo canto a lo que tú amabas


      Información biográfica

        Nombre: Lucila Godoy Alcayaga
        Nombre de pluma: Gabriela Mistral
        Lugar y fecha nacimiento: Vicuña (Chile), 7 de abril de 1889
        Lugar y fecha defunción: Nueva York (EE.UU.), 10 de enero de 1957 (67 años)

      Arriba

        Adiós

          En costa lejana
          Y en mar de pasión,
          Dijimos adioses
          Sin decir adiós.
          Y no fue verdad
          La alucinación.
          Ni tú la creíste
          Ni la creo yo,
          "Y es cierto y no es cierto"
          Como en la canción.
          Que yendo hacia el sur
          Diciendo iba yo:
          "Vamos hacia el mar
          Que devora al sol".
          Y yendo hacia el norte
          Decía tu voz:
          "Vamos a ver juntos
          Dónde se hace el sol".
          Ni por juego digas
          O exageración
          Que nos separaron
          Tierra y mar, que son
          Ella sueño y él
          Alucinación.
          No te digas solo
          Ni pida tu voz
          Albergue para uno
          Al albergador.
          Echarás la sombra
          Que siempre se echó,
          Morderás la duna
          Con paso de dos...
          Para que ninguno,
          Ni hombre ni dios,
          Nos llame partidos
          Como luna y sol;
          Para que ni roca
          Ni viento errador,
          Ni río con vado
          Ni árbol sombreador,
          Aprendan y digan
          Mentira o error
          Del sur y del norte,
          Del uno y del dos.

        Arriba

        Amor, amor

          Anda libre en el surco, bate el ala en el viento,
          Late vivo en el sol y se prende al pinar.
          No te vale olvidarlo como al mal pensamiento:
          ¡Lo tendrás que escuchar!

          Habla lengua de bronce y habla lengua de ave,
          Ruegos tímidos, imperativos de amar.
          No te vale ponerle gesto audaz, ceño grave:
          ¡Lo tendrás que hospedar!

          Gasta trazas de dueño; no le ablandan excusas.
          Rasga vasos de flor, hiende el hondo glaciar.
          No te vale decirle que albergarlo rehúsas:
          ¡Lo tendrás que hospedar!

          Tiene argucias sutiles en la réplica fina,
          Argumentos de sabio, pero en voz de mujer.
          Ciencia humana te salva, menos ciencia divina:
          ¡Le tendrás que creer!

          Te echa venda de lino; tú la venda toleras;
          Te ofrece el brazo cálido, no le sabes huir.
          Echa a andar, tú le sigues hechizada aunque vieras
          ¡Que eso para en morir!

        Arriba

        Apegado a mí

          Velloncito de mi carne,
          Que en mi entraña yo tejí,
          Velloncito friolento,
          ¡Duérmete apegado a mí!

          La perdiz duerme en el trébol
          Escuchándole latir:
          No te turben mis alientos,
          ¡Duérmete apegado a mí!

          Hierbecita temblorosa
          Asombrada de vivir,
          No te sueltes de mi pecho:
          ¡Duérmete apegado a mí!

          Yo que todo lo he perdido
          Ahora tiemblo de dormir.
          No resbales de mi brazo:
          ¡Duérmete apegado a mí!

        Arriba

        Ausencia

          Se va de ti mi cuerpo gota a gota.
          Se va mi cara en un óleo sordo;
          Se van mis manos en azogue suelto;
          Se van mis pies en dos tiempos de polvo.

          ¡Se te va todo, se nos va todo!

          Se va mi voz, que te hacía campana
          Cerrada a cuanto no somos nosotros.
          Se van mis gestos, que se devanaban,
          En lanzaderas, delante tus ojos.
          Y se te va la mirada que entrega,
          Cuando te mira, el enebro y el olmo.

          Me voy de ti con tus mismos alientos:
          Como humedad de tu cuerpo evaporo.
          Me voy de ti con vigilia y con sueño,
          Y en tu recuerdo más fiel ya me borro.
          Y en tu memoria me vuelvo como esos
          Que no nacieron ni en llanos ni en sotos.

          Sangre sería y me fuese en las palmas
          De tu labor y en tu boca de mosto.
          Tu entraña fuese y sería quemada
          En marchas tuyas que nunca más oigo,
          ¡Y en tu pasión que retumba en la noche,
          Como demencia de mares solos!

          ¡Se nos va todo, se nos va todo!

        Arriba

        Balada

          El pasó con otra;
          Yo le vi pasar.
          Siempre dulce el viento
          Y el camino en paz.
          ¡Y estos ojos míseros
          Le vieron pasar!

          Él va amando a otra
          Por la tierra en flor.
          Ha abierto el espino;
          Pasa una canción.
          ¡Y él va amando a otra
          Por la tierra en flor!

          El besó a la otra
          A orillas del mar;
          Resbaló en las olas
          La luna de azahar.
          ¡Y no untó mi sangre
          La extensión del mar!

          El irá con otra
          Por la eternidad.
          Habrá cielos dulces.
          (Dios quiere callar)
          Y el irá con otra
          Por la eternidad.

        Arriba

        Besos

          Hay besos que pronuncian por sí solos
          La sentencia de amor condenatoria,
          Hay besos que se dan con la mirada
          Hay besos que se dan con la memoria.

          Hay besos silenciosos, besos nobles
          Hay besos enigmáticos, sinceros
          Hay besos que se dan sólo las almas
          Hay besos por prohibidos, verdaderos.

          Hay besos que calcinan y que hieren,
          Hay besos que arrebatan los sentidos,
          Hay besos misteriosos que han dejado
          Mil sueños errantes y perdidos.

          Hay besos problemáticos que encierran
          Una clave que nadie ha descifrado,
          Hay besos que engendran la tragedia
          Cuántas rosas en broche han deshojado.

          Hay besos perfumados, besos tibios
          Que palpitan en íntimos anhelos,
          Hay besos que en los labios dejan huellas
          Como un campo de sol entre dos hielos.

          Hay besos que parecen azucenas
          Por sublimes, ingenuos y por puros,
          Hay besos traicioneros y cobardes,
          Hay besos maldecidos y perjuros.

          Judas besa a Jesús y deja impresa
          En su rostro de Dios la felonía,
          Mientras la Magdalena con sus besos
          Fortifica piadosa su agonía.

          Desde entonces en los besos palpitan
          El amor, la traición y los dolores,
          En las bodas humanas se parecen
          A la brisa que juega con las flores.

          Hay besos que producen desvaríos
          De amorosa pasión ardiente y loca,
          Tú los conoces bien, son besos míos
          Inventados por mí para tu boca.

          Besos de llama que en rastro impreso
          Llevan los surcos de un amor vedado,
          Besos de tempestad, salvajes besos
          Que sólo nuestros labios han probado.

          ¿Te acuerdas del primero...? Indefinible;
          Cubrió tu faz de cárdenos sonrojos
          Y en los espasmos de emoción terrible,
          Llenaronse de lágrimas tus ojos.

          ¿Te acuerdas que una tarde en loco exceso
          Te vi celoso imaginando agravios,
          Te suspendí en mis brazos... vibró un beso,
          Y qué viste después? Sangre en mis labios.

          Yo te enseñe a besar: los besos fríos
          Son de impasible corazón de roca,
          Yo te enseñé a besar con besos míos
          Inventados por mí para tu boca.

        Arriba

        Cosas

          A Max Daircaux.

          Amo las cosas que nunca tuve
          Con las otras que ya no tengo:

          Yo toco un agua silenciosa,
          Parada en pastos friolentos,
          Que sin un viento tiritaba
          En el huerto que era mi huerto.

          La miro como la miraba;
          Me da un extraño pensamiento,
          Y juego, lenta, con esa agua
          Como con pez o con misterio.

          Pienso en umbral donde dejé
          Pasos alegres que ya no llevo,
          Y en el umbral veo una llaga
          Llena de musgo y de silencio.

          Yo busco un verso que he perdido,
          Que a los siete años me dijeron.
          Fue una mujer haciendo el pan
          Y yo su santa boca veo.

          Viene un aroma roto en ráfagas;
          Soy muy dichosa si lo siento;
          De tan delgado no es aroma,
          Siendo el olor de los almendros.

          Me vuelve niños los sentidos;
          Le busco un nombre y no lo acierto,
          Y huelo el aire y los lugares
          Buscando almendros que no encuentro.

          Un río suena siempre cerca.
          Ha cuarenta años que lo siento.
          Es canturía de mi sangre
          O bien un ritmo que me dieron.

          O el río Elqui de mi infancia
          Que me repecho y me vadeo.
          Nunca lo pierdo; pecho a pecho,
          Como dos niños nos tenemos.

          Cuando sueño la Cordillera,
          Camino por desfiladeros,
          Y voy oyéndoles, sin tregua
          Un silbo casi juramento.

          Veo al remate del Pacífico
          Amoratado mi archipiélago,
          Y de una isla me ha quedado
          Un olor acre de alción muerto...

          Un dorso, un dorso grave y dulce,
          Remata el sueño que yo sueño.
          Es al final de mi camino
          Y me descanso cuando llego.

          Es tronco muerto o es mi padre,
          El vago dorso ceniciento.
          Yo no pregunto, no lo turbo.
          Me tiendo junto, callo y duermo.

          Amo a una piedra de Oaxaca
          O Guatemala, a que me acerco,
          Roja y fija como mi cara
          Y cuya grieta da un aliento.

          Al dormirme queda desnuda;
          No sé por qué yo la volteo.
          Y tal vez nunca la he tenido
          Y es mi sepulcro lo que veo...

        Arriba

        Creo en mi corazón

          Creo en mi corazón, ramo de aromas
          Que mi Señor como una fronda agita,
          Perfumando de amor toda la vida
          Y haciéndola bendita.

          Creo en mi corazón, el que no pide
          Nada porque es capaz del sumo ensueño
          Y abraza en el ensueño lo creado:
          ¡Inmenso dueño!

          Creo en mi corazón, que cuando canta
          Hunde en el Dios profundo el franco herido,
          Para subir de la piscina viva
          Recién nacido.

          Creo en mi corazón, el que tremola
          Porque lo hizo el que turbó los mares,
          Y en el que da la vida orquestaciones
          Como de pleamares.

          Creo en mi corazón, el que yo exprimo
          Para teñir el lienzo de la vida
          De rojez o palor y que le ha hecho
          Veste encendida.

          Creo en mi corazón, el que en la siembra
          Por el surco sin fin fue acrecentando.
          Creo en mi corazón, siempre vertido,
          Pero nunca vaciado.

          Creo en mi corazón, en que el gusano
          No ha de morder, pues mellará a la muerte;
          Creo en mi corazón, el reclinado
          En el pecho de Dios terrible y fuerte.

        Arriba

        Dame la mano

          Dame la mano y danzaremos;
          Dame la mano y me amarás.
          Como una sola flor seremos,
          Como una flor, y nada más.

          El mismo verso cantaremos,
          Al mismo paso bailarás.
          Como una espiga ondularemos,
          Como una espiga, y nada más.

          Te llamas Rosa y yo Esperanza;
          Pero tu nombre olvidarás,
          Porque seremos una danza
          En la colina, y nada más.

        Arriba

        Desolación

          La bruma espesa, eterna, para que olvide dónde
          Me ha arrojado la mar en su ola de salmuera.
          La tierra a la que vine no tiene primavera:
          Tiene su noche larga que cual madre me esconde.

          El viento hace a mi casa su ronda de sollozos
          Y de alarido, y quiebra, como un cristal, mi grito.
          Y en la llanura blanca, de horizonte infinito,
          Miro morir intensos ocasos dolorosos.

          ¿A quién podrá llamar la que hasta aquí ha venido
          Si más lejos que ella sólo fueron los muertos?
          ¡Tan sólo ellos contemplan un mar callado y yerto
          Crecer entre sus brazos y los brazos queridos!

          Los barcos cuyas velas blanquean en el puerto
          Vienen de tierras donde no están los que son míos;
          Y traen frutos pálidos, sin la luz de mis huertos
          Sus hombres de ojos claros no conocen mis ríos.

          Y la interrogación que sube a mi garganta
          Al mirarlos pasar, me desciende, vencida:
          Hablan extrañas lenguas y no la conmovida
          Lengua que en tierras de oro mi vieja madre canta.

          Miro bajar la nieve como el polvo en la huesa;
          Miro crecer la niebla como el agonizante,
          Y por no enloquecer no encuentro los instantes,
          Porque la noche larga ahora tan solo empieza.

          Miro el llano extasiado y recojo su duelo,
          Que vine para ver los paisajes mortales.
          La nieve es el semblante que asoma a mis cristales;
          ¡Siempre será su altura bajando de los cielos!

          Siempre ella, silenciosa, como la gran mirada
          De Dios sobre mí; siempre su azahar sobre mi casa;
          Siempre, como el destino que ni mengua ni pasa,
          Descenderá a cubrirme, terrible y extasiada.

        Arriba

        Desvelada

          Como soy reina y fui mendiga, ahora
          Vivo en puro temblor de que me dejes,
          Y te pregunto, pálida, a cada hora:
          "¿Estás conmigo aún? ¡Ay, no te alejes!"

          Quisiera hacer las marchas sonriendo
          Y confiando ahora que has venido;
          Pero hasta en el dormir estoy temiendo
          Y pregunto entre sueños: "¿No te has ido?"

        Arriba

        Dios lo quiere

          I

          La tierra se hace madrastra
          Si tu alma vende a mi alma.
          Llevan un escalofrío
          De tribulación las aguas.
          El mundo fue más hermoso
          Desde que me hiciste aliada,
          Cuando junto de un espino
          Nos quedamos sin palabras
          ¡Y el amor como el espino
          Nos traspasó de fragancia!

          Pero te va a brotar víboras
          La tierra si vendes mi alma;
          Baldías del hijo, rompo
          Mis rodillas desoladas.
          Se apaga Cristo en mi pecho
          ¡Y la puerta de mi casa
          Quiebra la mano al mendigo
          Y avienta a la atribulada!

          II

          Beso que tu boca entregue
          A mis oídos alcanza,
          Porque las grutas profundas
          Me devuelven tus palabras.
          El polvo de los senderos
          Guarda el olor de tus plantas
          Y oteándolas como un ciervo,
          Te sigo por las montañas...
          A la que tú ames, las nubes
          La pintan sobre mi casa.
          Ve cual ladrón a besarla
          De la tierra en las entrañas;
          Que, cuando el rostro le alces,
          Hallas mi cara con lágrimas.

          III

          Dios no quiere que tú tengas
          Sol si conmigo no marchas;
          Dios no quiere que tú bebas
          Si yo no tiemblo en tu agua;
          No consiente que te duermas
          Sino en mi trenza ahuecada.

          IV

          Si te vas, hasta en los musgos
          Del camino rompes mi alma;
          Te muerden la sed y el hambre
          En todo monte o llamada
          Y en cualquier país las tardes
          Con sangre serán mis llagas.
          Y destilo de tu lengua
          Aunque a otra mujer llamaras,
          Y me clavo como un dejo
          De salmuera en tu garganta;
          Y odies, o cantes, o ansíes,
          ¡Por mí solamente clamas!

          V

          Si te vas y mueres lejos,
          Tendrás la mano ahuecada
          Diez años bajo la tierra
          Para recibir mis lágrimas,
          Sintiendo cómo te tiemblan
          Las carnes atribuladas,
          ¡Hasta que te espolvoreen
          Mis huesos sobre la cara!

        Arriba

        Dos ángeles

          No tengo sólo un ángel
          Con ala estremecida:
          Me mecen como al mar
          Mecen las dos orillas
          El ángel que da el gozo
          Y el que da la agonía,
          El de alas tremolantes
          Y el de las alas fijas.

          Yo sé, cuando amanece,
          Cuál va a regirme el día,
          Si el de color de llama
          O el color de ceniza,
          Y me les doy como alga
          A la ola, contrita.

          Sólo una vez volaron
          Con las alas unidas:
          El día del amor,
          El de la Epifanía.

          ¡Se juntaron en una
          Sus alas enemigas
          Y anudaron el nudo
          De la muerte y la vida!

        Arriba

        El amor que calla

          Si yo te odiara, mi odio te daría
          En las palabras, rotundo y seguro;
          ¡Pero te amo y mi amor no se confía
          A este hablar de los hombres tan oscuro!

          Tú lo quisieras vuelto un alarido,
          Y viene de tan hondo que ha deshecho
          Su quemante raudal, desfallecido,
          Antes de la garganta, antes del pecho.

          Estoy lo mismo que estanque colmado
          Y te parezco un surtidor inerte.
          ¡Todo por mi callar atribulado
          Que es más atroz que entrar en la muerte!

        Arriba

        El encuentro

          Le he encontrado en el sendero.
          No turbó su ensueño el agua
          Ni se abrieron más las rosas.
          Abrió el asombro mi alma.
          ¡Y una pobre mujer tiene
          Su cara llena de lágrimas!

          Llevaba un canto ligero
          En la boca descuidada,
          Y al mirarme se le ha vuelto
          Grave el canto que entonaba.
          Miré la senda, la hallé
          Extraña y como soñada.
          ¡Y en el alba de diamante
          Tuve mi cara con lágrimas!

          Siguió su marcha cantando
          Y se llevó mis miradas...

          Detrás de él no fueron más
          Azules y altas las salvias.
          ¡No importa! Quedó en el aire
          Estremecida mi alma.
          ¡Y aunque ninguno me ha herido
          Tengo la cara con lágrimas!

          Esta noche no ha velado
          Como yo junto a la lámpara;
          Como él ignora, no punza
          Su pecho de nardo mi ansia;
          Pero tal vez por su sueño
          Pase un olor de retamas,
          ¡Porque una pobre mujer
          Tiene su cara con lágrimas!

          Iba sola y no temía;
          Con hambre y sed no lloraba;
          Desde que lo vi cruzar,
          Mi Dios me vistió de llagas.

          Mi madre en su lecho reza
          Por mí su oración confiada.
          ¡Pero yo tal vez por siempre
          Tendré mi cara con lágrimas!

        Arriba

        El pavo real

          Que sopló el viento y se llevó las nubes
          Y que en las nubes iba un pavo real,
          Que el pavo real era para mi mano
          Y que la mano se me va a secar,
          Y que la mano la di esta mañana
          Al rey que vino para desposar.

          ¡Ay que el cielo, ay que el viento, y la nube
          Que se van con el pavo real!

        Arriba

        Escóndeme

          Escóndeme, que el mundo no me adivine.
          Escóndeme como el tronco su resina, y
          Que yo te perfume en la sombra, como
          La gota de goma, y que te suavice con
          Ella, y los demás no sepan de dónde
          Viene tu dulzura...
          Soy fea sin ti, como las cosas desarraigadas
          De su sitio; como las raíces abandonadas
          Sobre el suelo.

          ¿Por qué no soy pequeña como la almendra
          En el hueso cerrado?

          ¡Bébeme! Hazme una gota de tu sangre, y
          Subiré a tu mejilla, y estaré en ella
          Como la pinta vivísima en la hoja de la
          Vid. Vuélveme tu suspiro, y subiré
          Y bajaré de tu pecho, me enredaré
          En tu corazón, saldré al aire para volver
          A entrar. Y estaré en este juego
          Toda la vida.

        Arriba

        Hallazgo

          Me encontré este niño
          Cuando al campo iba:
          Dormido lo he hallado
          En las espigas.

          O tal vez ha sido
          Cruzando la viña:
          Buscando los pámpanos
          Topé su mejilla.

          Y por eso temo,
          Al quedar dormida,
          Se evapore como
          La helada en las viñas.

        Arriba

        Helechos

          Donde la humedad se guarda
          Asistidora y mansueta
          Y el resuello del calor
          No alcanza a la Madre Gea,
          Suben, suben silenciosos
          Como unas palabras lentas,
          En silencio suben, suben
          Estos duendes manos quietas.

          Y cuando tienen la alzada
          De la garza o el flamenco,
          Ya descansan y se quedan
          Latiendo de su misterio.
          ¡No pasar por ellos, digo,
          Dejarlo, que están durmiendo!
          Porque sólo yo, fantasma,
          Ni los doblo ni los hiero.

          Oiganlos dormidos, dormir
          Sin moverles un cabello.
          Ellos no viven ni mueren,
          Sólo escuchan el silencio,
          Y con el silencio hacen
          Cosa que no conocemos:
          Sueño de niños o danzas
          De unos enanos traviesos.
          Queden así entredormidos
          Custodiando su secreto
          Y tal vez mi propio sueño.

          Duerman los helechos altos
          Callados como un secreto,
          Sigan latiendo dormidos
          Así, callando y latiendo.

          ¡Qué dulce su frente fría
          Y su aspiración del cielo!
          En el aire van y van
          Y restan, restan, quedados,
          Y se parecen al monje
          Que entrega en su rezo el alma.
          Duerman los helechos altos
          Que yo guardaré su sueño.

        Arriba

        Íntima

          Tú no oprimas mis manos.
          Llegará el duradero
          Tiempo de reposar con mucho polvo
          Y sombra en los entretejidos dedos.

          Y dirías: -"No puedo
          Amarla, porque ya se desgranaron
          Como mieses sus dedos".

          Tú no beses mi boca.
          Vendrá el instante lleno
          De luz menguada, en que estaré sin labios
          Sobre un mojado suelo.

          Y dirías: -"La amé, pero no puedo
          Amarla más, ahora que no aspira
          El olor de retamas de mi beso.

          Y me angustiaré oyéndote,
          Y hablarás loco y ciego,
          Que mi mano será sobre tu frente
          Cuando rompan mis dedos,
          Y bajará sobre tu cara llena
          De ansia mi aliento.

          No me toques, por tanto. Mentiría
          Al decir que te entrego
          Mi amor en estos brazos extendidos,
          En mi boca, en mi cuello,
          Y tú, al creer que lo bebiste todo,
          Te engañarías como un niño ciego.

          Porque mi amor no es sólo esta gavilla
          Reacia y fatigada de mi cuerpo,
          Que tiembla entera al roce del cilicio
          Y que se me rezaga en todo vuelo.

          Es lo que está en el beso, y no es el labio;
          Lo que rompe la voz, y no es el pecho:
          ¡Es un viento de Dios, que pasa hendiéndome
          El gajo de las carnes, volandero!

        Arriba

        La casa

          La mesa, hijo, está tendida,
          En blancura quieta de nata,
          Y en cuatro muros azulea,
          Dando relumbres, la cerámica.
          Esta es la sal, este el aceite
          Y al centro el pan que casi habla.
          Oro más lindo que oro del pan
          No está ni en fruta ni en retama,
          Y da su olor de espiga y horno
          Una dicha que nunca sacia.
          Lo partimos, hijito, juntos,
          Con dedos duros y palma blanda,
          Y tú lo miras asombrado
          De tierra negra que da flor blanca.

          Baja la mano de comer,
          Que tu madre también la baja.
          Los trigos, hijo, son del aire,
          Y son del sol y de la azada;
          Pero este pan "cara de Dios"
          No llega a mesas de las casas;
          Y si otros niños no lo tienen,
          Mejor, mi hijo, no lo tocarás,
          Y no tomarlo mejor sería
          Con mano y mano avergonzadas.

        Arriba

        La flor del aire

          Yo la encontré por mi destino,
          De pie a mitad de la pradera,
          Gobernadora del que pase,
          Del que le hable y que la vea.

          Y ella me dijo: "Sube al monte.
          Yo nunca dejo la pradera,
          Y me cortas las flores blancas
          Como nieves, duras y tiernas".

          Me subí a la ácida montaña,
          Busqué las flores donde albean,
          Entre las rocas existiendo
          Medio dormidas y despiertas.

          Cuando bajé, con carga mía,
          La hallé a mitad de la pradera,
          Y fui cubriéndola frenética,
          Con un torrente de azucenas.

          Y sin mirarse la blancura,
          Ella me dijo: "Tú acarrea
          Ahora sólo flores rojas.
          Yo no puedo pasar la pradera".

          Trepé las penas con el venado,
          Y busqué flores de demencia,
          Las que rojean y parecen
          Que de rojez vivan y mueran.

        Arriba

        La medianoche

          Fina, la medianoche.
          Oigo los nudos del rosal:
          La savia empuja subiendo la rosa.

          Oigo
          Las rayas quemadas del tigre
          Real: no le dejan dormir.

          Oigo
          La estrofa de uno,
          Y le crece en la noche
          Como la duna.

          Oigo
          A mi madre dormida
          Con dos alientos.
          (Duermo yo en ella,
          De cinco años).

          Oigo el Ródano
          Que baja y que me lleva como un padre
          Ciego de espuma ciega.

          Y después nada oigo
          Sino que voy cayendo
          En los muros de Arlés
          Llenos de sol.

        Arriba

        La mujer fuerte

          Me acuerdo de tu rostro que se fijó en mis días,
          Mujer de saya azul y de tostada frente,
          Que en mi niñez y sobre mi tierra de ambrosía
          Vi abrir el surco negro en un abril ardiente.

          Alzaba en la taberna, honda la copa impura
          El que te apegó un hijo al pecho de azucena,
          Y bajo ese recuerdo, que te era quemadura,
          Caía la simiente de tu mano, serena.

          Segar te vi en enero los trigos de tu hijo,
          Y sin comprender tuve en ti los ojos fijos,
          Agrandados al par de maravilla y llanto.

          Y el lodo de tus pies todavía besara,
          Porque entre cien mundanas no he encontrado tu cara
          ¡Y aún te sigo en los surcos la sombra con mi canto!

        Arriba

        La noche

          Porque duermas, hijo mío,
          El ocaso no arde más:
          No hay más brillo que el rocío,
          Más blancura que mi faz.

          Porque duermas, hijo mío,
          El camino enmudeció:
          Nadie gime sino el río;
          Nada existe sino yo.

          Se anegó de niebla el llano.
          Se encogió el suspiro azul.
          Se ha posado como mano
          Sobre el mundo la quietud.

          Yo no sólo fui meciendo
          A mi niño en mi cantar:
          A la Tierra iba durmiendo
          Al vaivén del acunar.

        Arriba

        La otra

          Una en mí maté:
          Yo no la amaba.

          Era la flor flameando
          Del cactus de montaña;
          Era aridez y fuego;
          Nunca se refrescaba.

          Piedra y cielo tenía
          A los pies y a espaldas
          Y no bajaba nunca
          Y buscar "ojos de agua".

          Donde hacía su siesta,
          Las hierbas se enroscaban
          De aliento de su boca
          Y brasa de su cara.

          En rápidas resinas
          Se endurecían su habla,
          Por no caer en linda
          Presa soltada.

          Doblarse no sabía
          La planta de montaña,
          Y al costado de ella,
          Yo me doblaba.

          La dejé que muriese,
          Robándole mi extraña.
          Se acabó como el águila
          Que no es alimentada.

          Sosegó el aletazo,
          Se dobló, lacia,
          Y me cayó a la mano
          Su pavesa acabada.

          Por ella todavía
          Me gimen sus hermanas,
          Y las gredas de fuego
          Al pasar me desgarran.

          Cruzando yo les digo:
          Buscad por las quebradas
          Y haced con las arcillas
          Otra águila abrasada.

          Si no podéis, entonces
          ¡Ay!, olvidadla.
          Yo la maté. ¡Vosotras
          También matadla!

        Arriba

        La sombra inquieta

          I

          Flor, flor de la raza mía, sombra inquieta,
          ¡Qué dulce y terrible tu evocación!
          El perfil de éxtasis, llama la silueta,
          Las sienes de nardo, l'habla de canción;

          Cabellera luenga de cálido manto,
          Pupilas de ruego, pecho vibrador;
          Ojos hondos para albergar más llanto;
          Pecho fino donde taladrar mejor.

          Por suave, por alta, por bella, ¡pobrecita!
          Fatal siete veces; fatal, ipobrecita!
          Por la honda mirada y el hondo pensar.

          ¡Ay!, quien te condene, vea tu belleza,
          Mire el mundo amargo, mida tu tristeza,
          ¡Y en rubor cubierto rompa a sollozar!

          II

          ¡Cuánto río y fuente de cuenca colmada,
          Cuánta generosa y fresca merced
          De aguas, para nuestra boca socarrada!
          ¡Y el alma, la huérfana, muriendo de sed!

          Jadeante de sed, loca de infinito,
          Muerta de amargura, la tuya, en clamor,
          Dijo su ansia inmensa por plegaria y grito:
          ¡Agar desde el vasto yermo abrasador!

          Y para abrevarse largo, largo, largo,
          Cristo dio a tu cuerpo silencio y letargo,
          Y lo apegó a su ancho caño saciador...

          El que en maldecir tu duda se apure,
          Que puesta la mano sobre el pecho jure:
          -"Mi fe no conoce zozobra, Señor".

          III

          Y ahora que su planta no quiebra la grama
          De nuestros senderos, y en el caminar
          Notamos que falta, tremolante llama,
          Su forma, pintando de luz el solar,

          Cuantos la quisimos abajo, apeguemos
          La boca a la tierra, y a su corazón,
          Vaso de cenizas dulces, musitemos
          Esta formidable interrogación:

          ¿Hay arriba tanta leche azul de lunas,
          Tanta luz gloriosa de blondos estíos,
          Tanta insigne y honda virtud de ablución

          Que limpien, que laven, que albeen las brunas
          Manos que sangraron con garfios y en ríos
          ¡Oh muerta!, la carne de tu corazón?

        Arriba

        Niebla

          La niebla ha ido adensándose
          En forro azul -ceniciento
          Y cegando el mar nos hurta
          La nidada de archipiélagos:
          Hembra tramposa y ladina
          Que marcha con pasos lerdos.
          Difumina a Chiloé,
          Llega hasta Tierra del Fuego
          Y trueca en malabaristas
          Lomos de niño y de ciervo,
          Y mi bulto escamotea
          Sólo porque lloren ellos.

          Ya las trampas le conozco
          De redondear del cerco
          Y hacer "la gallina ciega"
          Con el pastor o el arriero.
          Ella ahora esta jugándonos
          El su sempiterno juego
          Y urde ballenas y pulpos
          De un vago mar hechicero.
          Nos da por bien ahogados,
          Perdidos y prisioneros,
          Aunque estamos bajo de ella,
          Como Dios nos hizo: enteros.

          Les cuchicheo a mis críos
          Que no es bulto, que es resuello,
          Que no es brazo de ahogarnos,
          Que es, no más, bostezo muerto,
          Que no peleamos con héroe
          Sino con blanco esperpento.
          Y el huevo azul entreabrimos
          A lancetadas de acentos
          Y se lo desbaratamos
          Con los dos calientes cuerpos.

          En el acuario de niebla,
          Acribillado de engendros,
          El remador de tres mares
          Se ha puesto a contar sucesos;
          Dicen los lentos canales,
          Romances los estrechos
          Como quien devana mundos
          Con las manos y los gestos.
          Ahora el viejo está contando
          El largo relato añejo,
          De las costas masticadas
          Por el mar de duros belfos
          Y está diciendo a la Antártida
          Qué habemos y qué no habemos.

          La Antártida de su boca
          Sube como alción en vuelo,
          El blanco animal divino,
          Engolado y soñoliento.
          Así con ella dormimos
          Fraternales y mansuetos,
          La bestezuela del símbolo
          Y el indio calenturiento.

          No acabamos en donde
          Se acaba igual que en los cuentos,
          La Madraza que es la tierra
          Y acaba con santo silencio;
          Pero los tres alcanzamos
          El apretadón secreto,
          El blancor no conocido,
          El intocado misterio.

        Arriba

        País de la ausencia

          A Ribeiro Couto.

          País de la ausencia
          Extraño país,
          Más ligero que ángel
          Y seña sutil,
          Color de alga muerta,
          Color de neblí,
          Con edad de siempre,
          Sin edad feliz.

          No echa granada,
          No cría jazmín,
          Y no tiene cielos
          Ni mares de añil.
          Nombre suyo, nombre,
          Nunca se lo oí,
          Y en país sin nombre
          Me voy a morir.

          Ni puente ni barca
          Me trajo hasta aquí,
          No me lo contaron
          Por isla o país.
          Yo no lo buscaba
          Ni lo descubrí.

          Parece una fábula
          Que yo me aprendí,
          Sueño de tomar
          Y de desasir.
          Y es mi patria donde
          Vivir y morir.

          Me nació de cosas
          Que no son país;
          De patrias y patrias
          Que tuve y perdí;
          De las criaturas
          Que yo vi morir;
          De lo que era mío
          Y se fue de mí.

          Perdí cordilleras
          En donde dormí;
          Perdí huertos de oro
          Dulces de vivir;
          Perdí yo las islas
          De caña y añil,
          Y las sombras de ellos
          Me las vi ceñir
          Y juntas y amantes
          Hacerse país.

          Guedejas de nieblas
          Sin dorso y cerviz,
          Alientos dormidos
          Me los vi seguir,
          Y en años errantes
          Volverse país,
          Y en país sin nombre
          Me voy a morir.

        Arriba

        Piececitos de niño

          Piececitos de niño,
          Azulosos de frío,
          ¡Cómo os ven y no os cubren,
          Dios mío!

          ¡Piececitos heridos
          Por los guijarros todos,
          Ultrajados de nieves
          Y lodos!

          El hombre ciego ignora
          Que por donde pasáis,
          Una flor de luz viva
          Dejáis;

          Que allí donde ponéis
          La plantita sangrante,
          El nardo nace más
          Fragante.

          Sed, puesto que marcháis
          Por los caminos rectos,
          Heróicos como sois,
          Perfectos.

          Piececitos de niño,
          Dos joyitas sufrientes,
          ¡Cómo pasan sin veros
          Las gentes!

        Arriba

        Puertas

          Entre los gestos del mundo
          Recibí el que dan las puertas.
          En la luz yo las he visto
          O selladas o entreabiertas
          Y volviendo sus espaldas
          Del color de la vulpeja.
          ¿Por qué fue que las hicimos
          Para ser sus prisioneras?

          Del gran fruto de la casa
          Son la cáscara avarienta.
          El fuego amigo que gozan
          A la ruta no lo prestan.
          Canto que adentro cantamos
          Lo sofocan sus maderas
          Y a su dicha no convidan
          Como la granada abierta:
          ¡Sibilas llenas de polvo,
          Nunca mozas, nacidas viejas!

          Parecen tristes moluscos
          Sin marea y sin arenas.
          Parecen, en lo ceñudo,
          La nube de la tormenta.

          A las sayas verticales
          De la muerte se asemejan
          Y yo las abro y las paso
          Como la caña que tiembla.

          "¡No!" dicen a las mañanas
          Aunque las bañen, las tiernas.
          Dicen "¡no!" al viento marino
          Que en su frente palmotea
          Y al olor a pinos nuevos
          Que se viene por la Sierra.
          Y lo mismo que Casandra,
          No salvan aunque bien sepan:
          Porque mi duro destino
          Él también pasó mi puerta.

          Cuando golpeo me turban
          Igual que la vez primera.
          El seco dintel da luces
          Como la espada despierta
          Y los batientes se avivan
          En escapadas gacelas.
          Entro como quien levanta
          Paño de cara encubierta,
          Sin saber lo que me tiene
          Mi casa de angosta almendra
          Y me pregunto si me aguarda
          Mi salvación o mi pérdida.

          Ya no quiero irme y dejar
          El sobrehaz de la Tierra,
          El horizonte que acaba
          Como un ciervo, de tristeza,
          Y las puertas de los hombres
          Selladas como cisternas.
          Por no voltear en la mano
          Sus llaves de anguilas muertas
          Y no oírles más el crótalo
          Que me sigue la carrera.

          Voy a cruzar sin gemido
          La última vez por ellas
          Y alejarme tan gloriosa
          Como la esclava liberta,
          Siguiendo el cardumen vivo
          De mis muertos que me llevan.
          No estarán allá rayados
          Por cubo y cubo de puertas
          Ni ofendidos por sus muros
          Como el herido de sus vendas.

          Vendrán a mí sin embozo,
          Oreados de luz eterna.
          Cantaremos a mitad
          De los cielos y la tierra.
          Con el canto apasionado
          Heriremos puerta y puerta
          Y saldrán de ellas los hombres
          Como niños que despiertan
          Al oír que se descuajan
          Y que van cayendo muertas.

        Arriba

        Riqueza

          Tengo la dicha fiel
          Y la dicha perdida:
          La una como rosa,
          La otra como espina.
          De lo que me robaron
          No fui desposeída:
          Tengo la dicha fiel
          Y la dicha perdida,
          Y estoy rica de púrpura
          Y de melancolía.
          ¡Ay, qué amante es la rosa
          Y qué amada la espina!
          Como el doble contorno
          De dos frutas mellizas,
          Tengo la dicha fiel
          Y la dicha perdida...

        Arriba

        Sonetos de la muerte

          I

          Del nicho helado en que los hombres te pusieron,
          Te bajaré a la tierra humilde y soleada.
          Que he de dormirme en ella los hombres no supieron,
          Y que hemos de soñar sobre la misma almohada.

          Te acostaré en la tierra soleada con una
          Dulcedumbre de madre para el hijo dormido,
          Y la tierra ha de hacerse suavidades de cuna
          Al recibir tu cuerpo de niño dolorido.

          Luego iré espolvoreando tierra y polvo de rosas,
          Y en la azulada y leve polvareda de luna,
          Los despojos livianos irán quedando presos.

          Me alejaré cantando mis venganzas hermosas,
          ¡Porque a ese hondor recóndito la mano de ninguna
          Bajará a disputarme tu puñado de huesos!

          II

          Este largo cansancio se hará mayor un día,
          Y el alma dirá al cuerpo que no quiere seguir
          Arrastrando su masa por la rosada vía,
          Por donde van los hombres, contentos de vivir.

          Sentirás que a tu lado caban briosamente,
          Que otra dormida llega a la quieta ciudad.
          Esperaré que me hayan cubierto totalmente
          ¡Y después hablaremos por una eternidad!

          Sólo entonces sabrás el porqué no madura
          Para las hondas huesas tu carne todavía,
          Tuviste que bajar, sin fatiga, a dormir.

          Se hará luz en la zona de los sinos, oscura:
          Sabrás que en nuestra alianza signo de astros había
          Y, roto el pacto enorme, tenías que morir.

          III

          Malas manos tomaron tu vida desde el día
          En que, a una señal de astros, dejara su plantel
          Nevado de azucenas. En gozo florecía.
          Malas manos entraron trágicamente en él.

          Y yo dije al Señor: -Por las sendas mortales
          Le llevan, ¡sombra amada que no saben guiar!
          ¡Arráncalo, Señor, a esas manos fatales
          O le hundes en el largo sueño que sabes dar!

          ¡No le puedo gritar, no le puedo seguir!
          Su barca empuja un negro viento de tempestad!
          Retórnalo a mis brazos o le siegas en flor.

          Se detuvo la barca rosa de su vivir
          ¿Que no sé del amor, que no tuve piedad?
          ¡Tú, que vas a juzgarme, lo comprendes, Señor!

        Arriba

        Todas íbamos a ser reinas

          Todas íbamos a ser reinas,
          De cuatro reinos sobre el mar:
          Rosalía con Efigenia y
          Lucila con Soledad.

          En el valle de Elqui, ceñido
          De cien montañas o de más,
          Que como ofrendas o tributos
          Arden en rojo y azafrán.

          Lo decíamos embriagadas,
          Y lo tuvimos por verdad,
          Que seríamos todas reinas
          Y llegaríamos al mar.

          Con las trenzas de los siete años,
          Y batas claras de percal,
          Persiguiendo tordos huidos
          En la sombra del higueral.

          De los cuatro reinos,
          Decíamos, indudables como el Corán,
          Que por grandes y por cabales
          Alcanzarían hasta el mar.

          Cuatro esposos desposarían,
          Por el tiempo de desposar,
          Y eran reyes y cantadores
          Como David, rey de Judá.

        Arriba

        Último árbol

          Esta solitaria greca
          Que me dieron en naciendo:
          Lo que va de mi costado
          A mi costado de fuego;

          Lo que corre de mi frente
          A mis pies calenturientos;
          Esta isla de mi sangre,
          Esta parvedad de reino,

          Yo lo devuelvo cumplido
          Y en brazada se lo entrego
          Al último de mis árboles,
          A tamarindo o a cedro.

          Por si en la segunda vida
          No me dan lo que ya dieron
          Y me hace falta este cuajo
          De frescor y de silencio,

          Y yo paso por el mundo
          En sueño, carrera o vuelo,
          En vez de umbrales de casas,
          Quiero árbol de paradero.

          Le dejaré lo que tuve
          De ceniza y firmamento
          Mi flanco lleno de hablas
          Y mi flanco de silencio;

          Soledades que me di,
          Soledades que me dieron,
          Y el diezmo que pagué al rayo
          De mi Dios dulce y tremendo;

          Mi juego de toma y daca
          Con las nubes y los vientos,
          Y lo que supe temblando,
          De manantiales secretos.

          ¡Ay, arrimo tembloroso
          De mi arcángel verdadero,
          Adelantado en las rutas
          Con el ramo y el ungüento!

          Tal vez ya nació y me falta
          Gracia de reconocerlo,
          O sea el árbol sin nombre
          Que cargué como a hijo ciego.

          A veces cae a mis hombros
          Una humedad o un oreo
          Y veo en contorno mío
          El cíngulo de su ruedo.

          Pero tal vez su follaje
          Ya va arropando mi sueño
          Y estoy, de muerta, cantando
          Debajo de él, sin saberlo.

        Arriba

        Vergüenza

          Si tú me miras, yo me vuelvo hermosa
          Como la hierba a que bajó el rocío,
          Y desconocerán mi faz gloriosa
          Las altas cañas cuando baje el río.

          Tengo vergüenza de mi boca triste,
          De mi voz rota y mis rodillas rudas.
          Ahora que me miraste y que viniste,
          Me encontré pobre y me palpé desnuda.

          Ninguna piedra en el camino hallaste
          Más desnuda de luz en la alborada
          Que esta mujer a la que levantaste,
          Porque oíste su canto, la mirada.

          Yo callaré para que no conozcan,
          Mi dicha los que pasan por el llano,
          En el fulgor que da a mi frente tosca
          Y en la tremolación que hay en mi mano...

          Es noche y baja a la hierba el rocío;
          Mírame largo y habla con ternura,
          ¡Que mañana al descender al río
          La que besaste llevará hermosura!

        Arriba

        Volverlo a ver

          ¿Y nunca, nunca más, ni en noches llenas
          De temblor de astros, ni en las alboradas
          Vírgenes, ni en las tardes inmoladas?

          ¿Al margen de ningún sendero pálido,
          Que ciñe el campo, al margen de ninguna
          Fontana trémula, blanca de luna?

          ¿Bajo las trenzaduras de la selva,
          Donde llamándolo me ha anochecido,
          Ni en la gruta que vuelve mi alarido?

          ¡Oh, no! ¡Volverlo a ver, no importa dónde,
          En remansos de cielo o en vórtice hervidor,
          Bajo unas lunas plácidas o en un cárdeno horror!

          ¡Y ser con él todas las primaveras
          Y los inviernos, en un angustiado
          Nudo, en torno a su cuello ensangrentado!

        Arriba

        Yo canto lo que tú amabas

          Yo canto lo que tú amabas, vida mía,
          Por si te acercas y escuchas, vida mía,
          Por si te acuerdas del mundo que viviste,
          Al atardecer yo canto, sombra mía.

          Yo no quiero enmudecer, vida mía.
          ¿Cómo sin mi grito fiel me hallarías?
          ¿Cuál señal, cuál, me declara, vida mía?

          Soy la misma que fue tuya, vida mía.
          Ni lenta ni trascordada ni perdida.
          Acude al anochecer, vida mía;
          Ven recordando un canto, vida mía,
          Si la canción reconoces de aprendida
          Y si mi nombre recuerdas todavía.

          Te espero sin plazo ni tiempo.
          No temas noche, neblina ni aguacero.
          Acude con sendero o sin sendero.
          Llámame a donde tú eres, alma mía,
          Y marcha recto hacia mí, compañero.

        Arriba

      Visitas recibidas


      Autores desconocidos


      Seguidores


      Indice autores conocidos

         Acuña, Manuel
         Alberti, Rafael
         Aldington, Richard
         Almagro, Ramón de
         Altolaguirre, Manuel
         Arteche, Miguel
         Baudelaire, Charles
         Beckett, Samuel
         Bécquer, Gustavo Adolfo
         Belli, Gioconda
         Benedetti, Mario - Parte I
         Benedetti, Mario - Parte II
         Bernárdez, Francisco Luis
         Blake, William
         Blanco, Andrés Eloy
         Borges, Jorge Luis
         Bosquet, Alain
         Bridges, Robert
         Browning, Robert
         Buesa, José Ángel
         Bukowski, Charles
         Campoamor, Ramón de
         Castellanos, Rosario
         Celaya, Gabriel
         Cernuda, Luis
         Cuesta, Jorge
         Darío, Rubén
         Debravo, Jorge
         Delmar, Meira
         Díaz Mirón, Salvador
         Dickinson, Emily
         Donne, John
         Douglas, Keith
         Eguren, José María
         Espronceda, José de
         Ferrer, Marcelo D.
         Flores, Manuel
         Flórez, Julio
         Frost, Robert
         Gala, Antonio
         García Lorca, Federico
         Girondo, Oliverio
         Gómez Jattin, Raúl
         Gómez de Avellaneda, Gertrudis
         González, Ángel
         González Martínez, Enrique
         Guillén, Nicolás
         Gutiérrez Nájera, Manuel
         Hernández, Miguel
         Hesse, Hermann
         Hierro, José
         Hugo, Víctor
         Huidobro, Vicente
         Ibarbourou, Juana de
         Joyce, James
         Keats, John
         Larkin, Philip
         Leopardi, Giacomo
         Lord Byron, George Gordon
         Lowell, Amy
         Loynaz, Dulce María
         Machado, Antonio
         Martí, José
         Milton, John
         Mistral, Gabriela
         Mitre, Eduardo
         Neruda, Pablo - Parte I
         Neruda, Pablo - Parte II
         Neruda, Pablo - Parte III
         Nervo, Amado - Parte I
         Nervo, Amado - Parte II
         Novo, Salvador
         Obligado, Pedro Miguel
         Otero, Blas de
         Owen, Gilberto
         Palés Matos, Luis
         Parra, Nicanor
         Paz, Octavio - Parte I
         Paz, Octavio - Parte II
         Pedroni, José
         Pellicer, Carlos
         Pessoa, Fernando
         Pizarnik, Alejandra
         Plá, Josefina
         Poe, Edgar Allan
         Raine, Kathleen
         Rébora, Marilina
         Rojas, Gonzalo
         Rojas, Jorge
         Romero, Elvio
         Ruy Sánchez, Alberto
         Sabines, Jaime
         Salinas, Pedro
         Santos Chocano, José
         Shakespeare, William
         Shelley, Percy Bysshe
         Silva, José Asunción
         Storni, Alfonsina
         Symons, Julian
         Teillier, Jorge
         Tennyson, Alfred
         Thomas, Dylan
         Torres Bodet, Jaime
         Unamuno, Miguel de
         Urbina, Luis G.
         Vallejo, César
         Verlaine, Paul
         Villaurrutia, Xavier
         Whitman, Walt
         Wilde, Óscar
         Wordsworth, William
         Yeats, William Butler
         Zorrilla, José
         Zorrilla de San Martín, Juan


      Otros enlaces

         Webs amigas
      Grandes poetas famosos | Great famous poets | Contacto: Monika Lekanda