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    Información biográfica

  1. A Andrés Basterra
  2. A Blas de Otero
  3. A Pablo Neruda
  4. A veces me figuro que estoy enamorado
  5. Amor
  6. Amor de hombre
  7. Amparo-Ezbá
  8. Apasionadamente
  9. Aquí están todas las rosas encarnadas del deseo
  10. Biografía
  11. Cerca y lejos
  12. Consejo mortal
  13. Cuéntame cómo vives (cómo vas muriendo)
  14. De noche
  15. Dedicatoria final
  16. Descanso
  17. Desde lo informe
  18. Deseada
  19. Despedida
  20. Égloga
  21. El toque delicado
  22. En el fondo de la noche tiemblan las aguas de plata
  23. En ti termino
  24. Epílogo
  25. España en marcha
  26. Fecundación
  27. Hasta la muerte
  28. La noche viene desnuda
  29. La poesía es un arma cargada de futuro
  30. La vida nada más
  31. Momentos felices
  32. Morir
  33. Mujer
  34. Ni más ni menos
  35. Ninfa
  36. Penúltimas palabras
  37. Perdido de amor
  38. Porque sí
  39. Quién eres
  40. Salpicada de espuma, de salitre
  41. Tau-l
  42. Tú que sólo eres tú
  43. Tus gritos y mis gritos en el alba
  44. Un día entre nosotros
  45. Una pareja perdida
  46. Venus



    Información biográfica

      Nombre: Rafael Múgica
      Lugar y fecha nacimiento: Hernani, Guipúzcoa (España), 18 de marzo de 1911
      Lugar y fecha defunción: Madrid (España), 18 de abril de 1991 (80 años)

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      A Andrés Basterra

        Andrés, aunque te quitas la boina cuando paso
        Y me llamas "señor", distanciándote un poco.
        Reprobándome —veo— que no lleve corbata,
        Que trate falsamente de ser un tú cualquiera,
        Que cambie los papeles —tú por tú, tú barato—,
        Que no sea el que exiges —el amo respetable
        Que te descansaría—,
        Y me tiendes tu mano floja, rara, asustada
        Como un triste estropajo de esclavo milenario,
        No somos dos extraños.
        Tus penas yo las sufro. Mas no puedo aliviarte
        De las tuyas dictando qué es lo justo y lo injusto.

        No sé si tienes hijos.
        No conozco tu casa, ni tus intimidades.
        Te he visto en mis talleres, día a día, durando,
        Y nunca he distinguido si estabas triste, alegre,
        cansado, indiferente, nostálgico o borracho.
        Tampoco tú sabías cómo andaban mis nervios,
        Ni que escribía versos —siempre me ha avergonzado—,
        Ni que yo y tú, directos,
        Podíamos tocarnos, sin más ni más, ni menos,
        Cordialmente furiosos, estrictamente amargos,
        Anónimos, fallidos, descontentos a secas,
        Mas pese a todo unidos como trabajadores.

        Estábamos unidos por la común tarea,
        Por quehaceres viriles, por cierto ser conjunto,
        Por labores sin duda poco sentimentales
        —Cumplir este pedido con tal costo a tal fecha;
        Arreglar como sea esta máquina hoy mismo—
        Y nunca nos hablamos de las cóleras frías,
        De los milagros machos,
        De cómo estos esfuerzos serán nuestra sustancia,
        Y el sueldo y la familia, cosas vanas, remotas,
        Accesorias, gratuitas, sin último sentido.
        Nunca como el trabajo por sí y en sí sagrado
        O sólo necesario.

        Andrés, tú lo comprendes. Andrés, tú eres un vasco.
        Contigo sí que puedo tratar de lo que importa,
        De materias primeras,
        Resistencias opacas, cegueras sustanciales,
        Ofrecidas a manos que sabían tocarlas,
        Apreciarlas, pesarlas, valorarlas, herirlas,
        Orgullosas, fabriles, materiales, curiosas.
        Tengo un título bello que tú entiendes: Madera,
        Pino rojo de Suecia y Haya brava de Hungría,
        Samanguilas y Okolas venidas de Guinea,
        Robles de Slavonía y Abetos del Mar Blanco,
        Pinoteas de Tampa, Mobile o Pensacola.

        Maderas, las maderas humildemente nobles,
        Lentamente crecidas, cargadas de pasado,
        Nutridas de secretos terrenos y paciencia,
        De primaveras justas, de duración callada,
        De savias sustanciadas, felizmente ascendentes.
        Maderas, las maderas buenas, limpias, sumisas,
        Y el olor que expandían,
        Y el gesto, el nudo, el vicio personal que tenían
        A veces ciertas rollas,
        La influencia escondida de ciertas tempestades,
        De haber crecido en esta, bien en otra ladera,
        De haber sorbido vagas corrientes aturdidas.

        Hay gentes que trabajan el hierro y el cemento;
        Las hay dadas a espartos, o a conservas, o a granos,
        O a lanas, o a anilinas, o a vinos, o a carbones;
        Las hay que sólo charlan y ponen telegramas
        Mas sirven a su modo;
        Las hay que entienden mucho de amiantos o de grasas,
        De prensas, celulosas, electrodos, nitratos;
        Las hay, como nosotros, dadas a la madera,
        Unidas por las sierras, los tupis, las machihembras,
        Las herramientas fieras del héroe prometeico
        Que entre otras nos concretan
        La tarea del hombre con dos manos, diez dedos.

        Tales son los oficios. Tales son las materias.
        Tal la forma de asalto del amor de la nuestra,
        La tuya, Andrés, la mía.
        Tal la oscura tarea que impone el ser un hombre.
        Tal la humildad que siento. Tal el peso que acepto.
        Tales los atrevidos esfuerzos contra un mundo
        Que quisiera seguirse sin pena y sin cambio,
        Pacífico y materno,
        Remotamente manso, durmiendo en su materia.
        Tales, tercos, rebeldes, nosotros, con dos manos,
        Transformándolo, fieros, construimos un mundo
        Contra naturaleza, gloriosamente humano.

        Tales son los oficios. Tales son las materias.
        Tales son las dos manos del hombre, no ente abstracto.
        Tales son las humildes tareas que precisan
        La empresa prometeica.
        Tales son los trabajos comunes y distintos;
        Tales son los orgullos, las rabias insistentes,
        Los silencios mortales, los pecados secretos,
        Los sarcasmos, las llamas, los cansancios, las lluvias;
        Tales las resistencias no mentales que, brutas,
        Obligan a los hombres a no explicar lo que hacen;
        Tales sus peculiares maneras de no hablarse
        Y unirse, sin embargo.

        Mira, Andrés, a los hombres con sus manos capaces,
        Con manos que construyen armarios y dínamos,
        Y versos y zapatos;
        Con manos que manejan furiosas herramientas,
        Fabrican, eficaces, tejidos, radios, casas,
        Y otras veces se quedan inmóviles y abiertas
        Sobre ese blanco absorto de una cuartilla muerta.
        Manos raras, humanas;
        Manos de constructores, manos de amantes fieles
        Hechas a la medida de un seno acariciado;
        Manos desorientadas que el sufrimiento mueve
        A estrechar fuertemente, buscando la una en la otra.

        Están así los hombres
        Con sus manos fabriles o bien sólo dolientes,
        Con manos que a la postre no sé para qué sirven.
        Están así los hombres vestidos, con bolsillos
        Para el púdico espanto de esas manos desnudas
        Que se miran a solas, sintiéndolas extrañas.
        Están así los hombres y, en sus ojos, cambiadas,
        Las cosas de muy dentro con las cosas de fuera,
        Y el tranvía, y las nubes, y un instinto —un hallazgo—,
        Todo junto, cualquiera,
        Todo único y sencillo, y efímero, importante,
        Como esas cien nonadas que pasan o no pasan.

        Mira, Andrés, a los hombres, ya sentados, ya andando,
        Tan raros si nos miran seriamente callados,
        Tan raros si caminan, trabajan o se matan,
        Tan raros si nos odian, tan raros si perdonan
        El daño inevitable,
        Tan raros que si ríen nos enseñan los dientes,
        Tan raros que si piensan se doblan de ironía.
        Mira, Andrés, a estos hombres.
        Míralos. Yo te miro. Mírame si es que aguantas.
        Dime que no vale la pena de que hablemos,
        Dime cuánto silencio formó tu ser obrero,
        Qué inútilmente escribo, qué mal gusto despliego.

        Mira, Andrés, cómo estamos unidos pese a todo,
        Cómo estamos estando, qué ciegamente amamos.
        Aunque ya las palabras no nos sirven de nada,
        Aunque nuestras fatigas no puedan explicarse
        Y se tuerzan las bocas si tratamos de hablarnos,
        Aunque desesperados,
        Bien sea por inercia, terquedad o cansancio,
        Metafísica rabia, locura de existentes
        Que nunca se resignan, seguimos trabajando,
        Cavando en el silencio,
        Hay algo que conmueve y entiendes sin ideas
        Si de pronto te estrecho febrilmente la mano.

        La mano, Andrés. Tu mano, medida de la mía.

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      A Blas de Otero

        Amigo Blas de Otero: Porque sé que tú existes,
        Y porque el mundo existe, y yo también existo,
        Porque tú y yo y el mundo nos estamos muriendo,
        Gastando nuestras vueltas como quien no hace nada,
        Quiero hablarte y hablarme, dejar hablar al mundo
        De este dolor que insiste en todo lo que existe.

        Vamos a ver, amigo, si esto puede aguantarse:
        El semillero hirviente de un corazón podrido,
        Los mordiscos chiquitos de las larvas hambrientas,
        Los días cualesquiera que nos comen por dentro,
        La carga de miseria, la experiencia —un residuo—,
        Las penas amasadas con lento polvo y llanto.

        Nos estamos muriendo por los cuatro costados,
        Y también por el quinto de un Dios que no entendemos.
        Los metales furiosos, los mohos del cansancio,
        Los ácidos borrachos de amarguras antiguas,
        Las corrupciones vivas, las penas materiales...
        Todo esto —tú sabes—, todo esto y lo otro.

        Tú sabes. No perdonas. Estás ardiendo vivo.
        La llama que nos duele quería ser un ala.
        Tú sabes y tu verso pone el grito en el cielo.
        Tú, tan serio, tan hombre, tan de Dios aun si pecas,
        Sabes también por dentro de una angustia rampante,
        De poemas prosaicos, de un amor sublevado.

        Nuestra pena es tan vieja que quizá no sea humana:
        Ese mugido triste del mar abandonado,
        Ese temblor insomne de un follaje indistinto,
        Las montañas convulsas, el éter luminoso,
        Un ave que se ha vuelto invisible en el viento,
        Viven, dicen y sufren en nuestra propia carne.

        Con los cuatro elementos de la sangre, los huesos,
        El alma transparente y el yo opaco en su centro,
        Soy el agua sin forma que cambiando se irisa,
        La inercia de la tierra sin memoria que pesa,
        El aire estupefacto que en sí mismo se pierde,
        El corazón que insiste tartamudo afirmando.

        Soy creciente. Me muero. Soy materia. Palpito.
        Soy un dolor antiguo como el mundo que aún dura.
        He asumido en mi cuerpo la pasión, el misterio,
        La esperanza, el pecado, el recuerdo, el cansancio,
        Soy la instancia que elevan hacia un Dios excelente
        La materia y el fuego, los latidos arcaicos.

        Debo salvarlo todo si he de salvarme entero.
        Soy coral, soy muchacha, soy sombra y aire nuevo,
        Soy el tordo en la zarza, soy la luz en el trino,
        Soy fuego sin sustancia, soy espacio en el canto,
        Soy estrella, soy tigre, soy niño y soy diamante
        Que proclaman y exigen que me haga Dios con ellos.

        ¡Si fuera yo quien sufre! ¡Si fuera Blas de Otero!
        ¡Si sólo fuera un hombre pequeñito que muere
        Sabiendo lo que sabe, pesando lo que pesa!
        Mas es el mundo entero quien se exalta en nosotros
        Y es una vieja historia lo que aquí desemboca.
        Ser hombre no es ser hombre. Ser hombre es otra cosa.

        Invoco a los amantes, los mártires, los locos
        Que salen de sí mismos buscándose más altos.
        Invoco a los valientes, los héroes, los obreros,
        Los hombres trabajados que duramente aguantan
        Y día a día ganan su pan, mas piden vino.
        Invoco a los dolidos. Invoco a los ardientes.

        Invoco a los que asaltan, hiriéndose, gloriosos,
        La justicia exclusiva y el orden calculado,
        Las rutinas mortales, el bienestar virtuoso,
        La condición finita del hombre que en sí acaba,
        La consecuencia estricta, los daños absolutos.
        Invoco a los que sufren rompiéndose y amando.

        Tú también, Blas de Otero, chocas con las fronteras,
        Con la crueldad del tiempo, con límites absurdos,
        Con tu ciudad, tus días y un caer gota a gota,
        Con ese mal tremendo que no te explica nadie.
        Irónicos zumbidos de aviones que pasan
        Y muertos boca arriba que no, no perdonamos.

        A veces me parece que no comprendo nada,
        Ni este asfalto que piso, ni ese anuncio que miro.
        Lo real me resulta increíble y remoto.
        Hablo aquí y estoy lejos. Soy yo, pero soy otro.
        Sonámbulo transcurro sin memoria ni afecto,
        Desprendido y sin peso, por lúcido ya loco.

        Detrás de cada cosa hay otra cosa que es la misma,
        Idéntica y distinta, real y a un tiempo extraña.
        Detrás de cada hombre un espejo repite
        Los gestos consabidos, mas lejos ya, muy lejos.
        Detrás de Blas de Otero, Blas de Otero me mira,
        Quizá me da la vuelta y viene por mi espalda.

        Hace aún pocos días caminábamos juntos
        En el frío, en el miedo, en la noche de enero
        Rasa con sus estrellas declaradas lucientes,
        Y era raro sentirnos diferentes, andando.
        Si tu codo rozaba por azar mi costado,
        Un temblor me decía: "Ese es otro, un misterio."

        Hablábamos distantes, inútiles, correctos,
        Distantes y vacíos porque Dios se ocultaba,
        Distintos en un tiempo y un lugar personales,
        En las pisadas huecas, en un mirar furtivo,
        En esto con que afirmo: "Yo, tú, él, hoy, mañana",
        En esto que separa y es dolor sin remedio.

        Tuvimos aún que andar, cruzar calles vacías,
        Desfilar ante casas quizá nunca habitadas,
        Saber que una escalera por sí misma no acaba,
        Traspasar una puerta —lo que es siempre asombroso—,
        Saludar a otro amigo también raro y humano,
        Esperar que dijeras —era un milagro—: Dios al fin escuchaba.

        Todo el dolor del mundo le atraía a nosotros.
        Las iras eran santas; el amor, atrevido;
        Los árboles, los rayos, la materia, las olas,
        Salían en el hombre de un penar sin conciencia,
        De un seguir por milenios, sin historia, perdidos.
        Como quien dice "sí", dije Dios sin pensarlo.

        Y vi que era posible vivir, seguir cantando.
        Y vi que el mismo abismo de miseria medía
        Como una boca hambrienta, qué grande es la esperanza.
        Con los cuatro elementos, más y menos que hombre,
        Sentí que era posible salvar el mundo entero,
        Salvarme en él, salvarlo, ser divino hasta en cuerpo.

        Por eso, amigo mío, te recuerdo, llorando;
        Te recuerdo, riendo; te recuerdo, borracho;
        Pensando que soy bueno, mordiéndome las uñas,
        Con este yo enconado que no quiero que exista,
        Con eso que en ti canta, con eso en que me extingo
        Y digo derramado: amigo Blas de Otero.

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      A Pablo Neruda

        Te escribo desde un puerto.
        La mar salvaje llora.
        Salvaje, y triste, y solo, te escribo abandonado.
        Las olas funerales redoblan el vacío.
        Los megáfonos llaman a través de la niebla.
        La pálida corola de la lluvia me envuelve.
        Te escribo desolado.

        El alma a toda orquesta,
        La pena a todo trapo,
        Te escribo desde un puerto con un gemido largo.
        ¡Ay focos encendidos en los muelles sin gente!
        ¡Ay viento con harapos de música arrastrada,
        Campanas sumergidas y gargantas de musgo!
        Te escribo derrotado.

        Soy un hombre perdido.
        Soy mortal. Soy cualquiera.
        Recuerdo la ceniza de su rostro de nardo,
        El peso de tu cuerpo, tus pasos fatigosos,
        Tu luto acumulado, tu montaña de acedia,
        Tu carne macilenta colgando en la butaca,
        Tus años carcelarios.

        Caliente y sudorosa,
        Obscena, y triste, y blanda,
        La butaca conserva, femenina, aquel asco.
        La pesadumbre bruta, la pena sexual, dulce,
        Las manchas amarillas con su propio olor acre,
        Esa huella indecente de un hombre que se entrega,
        Lo impúdico: tu llanto.

        Viviendo, viendo, oyendo,
        Sucediéndote a ciegas,
        Lamiendo tus heridas, reptabas por un fango
        De dulces linfas gordas, de larvas pululantes,
        Letargos vegetales y muertes que fecundan.
        Seguías, te seguías sin vergüenza, viviendo,
        ¡Oh blando y desalmado!

        Tú, cínico, remoto,
        Dulce, irónico, triste;
        Tú, solo en tu elemento, distante y desvelado.
        No era piedad la anchura difusa en que flotabas
        Con tu sonrisa ambigua. Fluías torpemente,
        Pasivo, indiferente, cansado como el mundo,
        Sin un yo, desarmado.

        Estaciones, transcursos,
        Circunstancias confusas,
        Oceánicos hastíos, relojes careados,
        Eléctricos espartos, posos inconfesables,
        Naufragios musicales, materias espumosas
        Y noches que tiritan de estrellas imparciales,
        Te hicieron más que humano.

        Allí todo se funde.
        Los objetos no objetan.
        Liso brilla lo inmenso bajo un azul parado
        Y en las plumas sedantes la luz del mundo escapa,
        Sonríe, tú sonríes, remoto, indiferente,
        Bestial, grotesco, triste, cruel, fatal, adorado
        Como un ídolo arcaico.

        Sin intención, sin nombre,
        Sin voluntad ni orgullo,
        Promiscuo, sucio, amable, canalla, nivelado,
        Capaz de darte a todo, común, diseminabas
        Podrido las semillas amargas que revientan
        En la explosión brillante de un día sin memoria.
        No eras ni alto ni bajo.

        La doble ala del fénix:
        Furor, melancolía,
        El temblor luminoso de la espira absorbente;
        La lluvia consentida que duerme en los pianos;
        Las canciones gangosas lentamente amasadas;
        Los ojos de paloma sexuales y difuntos;
        Cargas opacas; pactos.

        Caricias o perezas,
        Extensiones absortas
        En donde a veces somos tan tercamente abstractos
        Y otras veces los pelos fosforecen sexuales,
        Y fría, dulce, ansiosa, la lisa piel de siempre,
        Serpiente, silba, sorbe y envuelve en sus anillos
        Un triste cuerpo amado.

        No hay clavo último ardiendo,
        No hay centro diamantino,
        No hay dignidad posible cuando uno ha visto tanto
        Y está triste, está triste, sencillamente triste,
        Se entrega atribulado y en lo efímero sabe
        Ser otro con los otros, de los otros, en otros:
        Seguir, seguir flotando.

        ¡Oh inmemorial, oh amigo
        Amorfo, indiferente!
        Deslizándote denso de plasmas milenarios,
        Tardío, legamoso de vidas maceradas,
        Cubierto de amapolas nocturnas, indolente,
        Por tu anchura sin ojos ni límites, acuosa,
        Te creía acabado.

        Mas hoy vuelves, proclamas,
        Constructor, la alegría;
        Te desprendes del caos; determinas tus actos
        Con voluntad terrena y aliento floral, joven.
        Ni más ni menos que hombre, levantas tu estatua,
        Recorres paso a paso tu más acá, lo afirmas,
        Llenas tu propio espacio.

        Los jóvenes obreros,
        Los hombres materiales,
        La gloria colectiva del mundo del trabajo
        Resuenan en tu pecho cavado por los siglos.
        Los primeros motores, las fuerzas matinales,
        La explotación consciente de una nueva esperanza
        Ordenan hoy tu canto.

        Contra tu propia pena,
        Venciéndote a ti mismo,
        Apagando, olvidando, tú sabes cuánto y cuánto,
        Cuánta nostalgia lenta con cola de gran lujo,
        Cuánta triste sustancia cotidiana amasada
        Con sudor y costumbres de pelos, lluvias, muertes,
        Escuchas un mandato.

        Y animas la confianza
        Que en ti quizá no existe;
        Te callas tus cansancios de liquen resbalado;
        Te impones la alegría como un deber heroico.
        ¡Por las madres que esperan, por los hombres que aún ríen,
        Debemos de ponernos más allá del que somos,
        Sirviéndolos, matarnos!

        Con rayos o herramientas,
        Con iras prometeicas,
        Con astucia e insistencia, con crueldad y trabajo,
        Con la vida en un puño que golpea la hueca
        Cultura de una Europa que acaricia sus muertos,
        Con todo corazón que, valiente, aún insiste,
        Del polvo nos alzamos.

        Cantemos la promesa,
        Quizá tan solo un niño,
        Unos ojos que miran hacia el mundo asombrados,
        Mas no interrogan; claros, sin reservas, admiran.
        ¡Por ellos combatimos y a veces somos duros!
        ¡Bastaría que un niño cualquiera así aprobara
        Para justificarnos!

        Te escribo desde un puerto,
        Desde una costa rota,
        Desde un país sin dientes, ni párpados, ni llanto.
        Te escribo con sus muertos, te escribo por los vivos,
        Por todos los que aguantan y aún luchan duramente.
        Poca alegría queda ya en esta España nuestra.
        Mas, ya ves, esperamos.

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      A veces me figuro que estoy enamorado

        A veces me figuro que estoy enamorado,
        Y es dulce, y es extraño,
        Aunque, visto por fuera, es estúpido, absurdo.

        Las canciones de moda me parecen bonitas,
        Y me siento tan solo
        Que por las noches bebo más que de costumbre.

        Me ha enamorado Adela, me ha enamorado Marta,
        Y, alternativamente, Susanita y Carmen,
        Y, alternativamente, soy feliz y lloro.

        No soy muy inteligente, como se comprende,
        Pero me complace saberme uno de tantos
        Y en ser vulgarcillo hallo cierto descanso.

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      Amor

        Vivir es fácil y, a veces, casi alegre.

        Esta tarde -mar, pinares, azul-,
        Suspendido entre los brazos ligerísimos del aire
        Y entre los tuyos, dulce, dulce mía,
        Un ritmo palpitante me cantaba:
        Es fácil y, a veces, casi alegre.

        La brisa unía en un mismo latido
        Nuestros cuerpos, los árboles, las olas,
        Y nosotros no éramos distintos
        De las nubes, los pájaros, los pinos,
        De las plantas azules de agua y aire,
        Plantas, al fin, nosotros, de callada y dulce carne.

        La tierra se extasiaba; ya casi era divina
        En las nubes redondas, en la espuma,
        En este blanco amor que, radiante, se eleva
        Al suave empuje de dos cuerpos que se unen
        En la hierba.

        ¿Recuerdas, dulce mía, cuando el aire
        Se llenaba de palomas invisibles,
        De una música o brisa que tu aliento
        Repetía apresurado de secretos?

        Vivir es fácil y, a veces, casi alegre.
        Contigo entre los brazos estoy viendo
        Caballos que me escapan por un aire lejano,
        Y estoy, y estamos, tocando con los labios
        Esas flores azules que nacen de la nada.

        Vivir es fácil y, a veces, casi alegre.
        Al hablar, confundimos; al andar, tropezamos;
        Al besarnos no existe un solo error posible:
        Resucitan los cuerpos cantando, y parece
        Que vamos a cubrirnos de flores diminutas,
        De flores blancas, lo mismo que un manzano.

        Dulce, dulce mía, ciérrame los ojos,
        Deja que este aire inunde nuestros cuerpos;
        Seamos solamente dos árboles temblando
        Con lo mismo que en ellos ha temblado esta tarde.

        Vivir es más que fácil: es alegre.
        Por caminos difíciles hoy llego
        A la simple verdad de que tú vives.
        Sólo quiero el amor, el árbol verde
        Que se mueve en el aire levemente
        Mientras nubes blanquísimas escapan
        Por un cielo que es rosa, que es azul, que es
        Gris y malva,
        Que es siempre lo infinito y no comprendo,
        Ni quiero comprender porque esto basta:
        ¡Amor, amor!, tus brazos y mis brazos
        Y los brazos ligerísimos del aire que nos lleva,
        Y una música que flota por encima,
        Que oímos y no oímos,
        Que consuela y exalta:
        ¡Amor también volando a lo divino!

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      Amor de hombre

        Mi estricta voluntad, mi punta seca
        Que está domando en ella
        Oceánicas pasiones y rumores antiguos. El cauterio que aplico
        A esa llaga amorosa que, sin forma, palpita.

        Si hiero, mato, engendro.
        (Su exánime sonrisa me conmueve y me excita.)
        Si la acaricio, mido,
        Sujeto sus equívocos y todas
        Las suavidades sumas que a la nada convidan.

        Hasta que al fin, en sangre,
        En su sólo sí misma,
        En mi ir traspasando mis propios sentimientos,
        La obtengo, mato, muero.

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      Amparo-Ezbá

        Indecisa y cambiante, ¿eres amor o muerte?
        ¡Ay, ven, Amparo-Ezbá, que te estoy esperando!
        Es la palpitación de origen quien podría
        Acogerte, y besarte, y ofrecerte un refugio
        Caliente de jazz-hot y trances convulsivos
        Como, cuando bailando, se pierde la conciencia.
        Ven tú, amorosa, ven como la noche crece,
        Deseo sin objeto, tú que eres el no-objeto
        Y el placer imposible que en el límite busca
        Infinitudes ciegas. ¡Ay, no-tú, Ezbá, no-sí,
        Sí, ven, Ezbá, indecisa, transparente, inasible,
        Temblorosa de luces, soñadora, engañosa,
        Tú, tejido del iris, centelleo, sonrisa
        Hasta mi dulce llanto y a esos gritos salvajes
        Que no son el amor, o sí son, o al no ser
        Te llaman desde el centro del tornasol nocturno,
        Tiránica, traviesa, fascinante, escapada,
        Y niña, y absorbente como un vórtice suave,
        Y riendo, riendo, mortal como un pecado
        Que no existe mas haces con tu burla que exista,
        Tan cruel, encantadora, pasajera, incitante,
        Que líquida, impalpable, movimiento sin móvil,
        Descubres, deshuesada, la santa realidad!
        Entonces flota el mundo casi feliz, dudoso,
        Y el recuerdo anochece lentísimo en la brisa.
        Y tú, nunca creída, y tú, siempre sabida,
        Te ofreces para nada, te niegas para más,
        Como un antiguo ensalmo y un susurro al oído,
        Cuando ya todo duerme, y tú casi nos hablas,
        O nos cantas, nos rezas, entonteces con nanas.
        ¡Oh tú, dime quién eres! ¡Oh Ezba, dime si existes!

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      Apasionadamente

        ¡Y tanto, y tanto te amo
        Que mis palabras mueren
        En un rumor de besos sin descanso!

        ¡Y tanto todavía que mis manos
        No te hallan al tocarte!

        ¡Tanto y tan sin descanso,
        Que fluyo, y fluyo, y fluyo,
        Y es solamente llanto!

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      Aquí están todas las rosas encarnadas del deseo

        ¡Aquí están todas las rosas encarnadas del deseo!
        Allí la luna, callada,
        Blanca y estéril, mirando,
        Espejo vuelto a sí mismo,
        Su perfección de narciso:
        Soledad en aguas blancas
        De lo blanco quieto y frío.

        Dura o sin sangre, tranquila,
        De está mirando a sí misma,
        Mientras rosas encarnadas,
        Pulpa y amor, carne viva,
        Bajo una brisa caliente
        Se desmayan de delicia.

        Con los ojos en la luna,
        Bajo los pies, rosas rojas,
        Estoy esperando, quieto,
        Que tú, que yo mismo venga
        Sigiloso por la espalda,
        Con la sorpresa de un beso
        Blanco y verde de silencio,
        Que tú, que yo mismo venga
        Con un beso
        Muerto de puro perfecto.

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      Biografía

        No cojas la cuchara con la mano izquierda.
        No pongas los codos en la mesa.
        Dobla bien la servilleta.
        Eso, para empezar.

        Extraiga la raíz cuadrada de tres mil trescientos trece.
        ¿Dónde está Tanganika? ¿Qué año nació Cervantes?
        Le pondré un cero en conducta si habla con su compañero.
        Eso, para seguir.

        ¿Le parece a usted correcto que un ingeniero haga versos?
        La cultura es un adorno y el negocio es el negocio.
        Si sigues con esa chica te cerraremos las puertas.
        Eso, para vivir.

        No seas tan loco. Sé educado. Sé correcto.
        No bebas. No fumes. No tosas. No respires.
        ¡Ay, sí, no respirar! Dar el no a todos los nos.
        Y descansar: morir.

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      Cerca y lejos

        Más allá del pecado,
        Indecible, te adoro,
        Y al buscar mis palabras
        Sólo encuentro unos besos.

        En el pecho, en la nuca,
        Te quiero.
        En el cáliz secreto,
        Te quiero.

        Donde tu vientre es combo,
        Fugitiva tu espalda,
        Oloroso tu cuerpo,
        Te quiero.

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      Consejo mortal

        Levanta tu edificio. Planta un árbol.
        Combate si eres joven. Y haz el amor, ¡ah, siempre!
        Mas no olvides al fin construir con tus triunfos
        Lo que más necesitas: Una tumba, un refugio.

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      Cuéntame cómo vives (cómo vas muriendo)

        Cuéntame cómo vives;
        Dime sencillamente cómo pasan tus días,
        Tus lentísimos odios, tus pólvoras alegres
        Y las confusas olas que te llevan perdido
        En la cambiante espuma de un blancor imprevisto.

        Cuéntame cómo vives.
        Ven a mí, cara a cara;
        Dime tus mentiras (las mías son peores),
        Tus resentimientos (yo también los padezco),
        Y ese estúpido orgullo (puedo comprenderte).

        Cuéntame cómo mueres.
        Nada tuyo es secreto:
        La náusea del vacío (o el placer, es lo mismo);
        La locura imprevista de algún instante vivo;
        La esperanza que ahonda tercamente el vacío.

        Cuéntame cómo mueres,
        Cómo renuncias —sabio—,
        Cómo —frívolo— brillas de puro fugitivo,
        Cómo acabas en nada
        Y me enseñas, es claro, a quedarme tranquilo.

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      De noche

        Y la noche se eleva como música en ciernes,
        Y las estrellas brillan temblando de extinguirse,
        Y el frío, el claro frío,
        El gran frío del mundo,
        La poca realidad de cuanto veo y toco,
        El poco amor que encuentro,
        Me mueven a buscarte,
        Mujer, en cierto bosque de latidos calientes.

        Sólo tú, dulce mía,
        Dulce en los olores de savia espesa y fuerte,
        Sin palabras, muy cerca, palpitando conmigo,
        Sólo tú eres real en un mundo fingido;
        Y te toco, y te creo,
        Y eres cálida y suave matriz de realidades,
        Amante, amparo, madre,
        O peso de la tierra que sólo en ti acaricio,
        O presencia que aún dura cuando cierro los ojos,
        Fuera de mí, tan bella.

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      Dedicatoria final

        Pero tú existes ahí. A mi lado. ¡Tan cerca!
        Muerdes una manzana. Y la manzana existe.
        Te enfadas. Te ríes. Estás existiendo.
        Y abres tanto los ojos que matas en mí el miedo,
        Y me das la manzana mordida que muerdo.
        ¡Tan real es lo que vivo, tan falso lo que pienso
        Que -¡basta!- te beso!
        ¡Y al diablo los versos,
        Y Don Uno, San Equis, y el Ene más Cero!
        Estoy vivo todavía gracias a tu amor, mi amor,
        Y aunque sea un disparate todo existe porque existes,
        Y si irradias, no hay vacío, ni hay razón para el suicidio,
        Ni lógica consecuencia. Porque vivo en ti, me vivo,
        Y otra vez, gracias a ti, vuelvo a sentirme niño.

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      Descanso

        Con ternura, con paz, con inocencia,
        Con una blanda tristeza o el cansancio
        Que viene a ser un perro fiel que acariciamos,
        Estoy sentado en mi sillón y soy feliz,
        Y soy feliz
        Porque no siento la necesidad de pensar algo preciso.

        Con una fatiga que no es un desengaño,
        Con un gozo que no alienta esperanzas,
        Estoy en mi sillón, y estoy
        En algo que quizás sólo es amor.

        Sé que floto
        Y nada me parece sin embargo indiferente;
        Sé que nada me alegra ni me duele
        Y que sin embargo todo me enternece;
        Sé que eso es el amor,
        O que quizá solamente es un dulce cansancio;
        Sé que soy feliz
        Porque no siento la necesidad de pensar algo preciso.

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      Desde lo informe

        Un dulce llanto espeso,
        Una delicia informe,
        Materia que me envuelve y sofoca magnolias,
        Suave silencio oscuro,
        Aliento largo y blando.

        Las caricias se espesan
        (Me derramo por ellas),
        Y, voy por el jardín secreto murmurando,
        Y, al tocarte, me asombro de que tengas un cuerpo,
        Y al lazar la cabeza,
        Las estrellas me asustan con su dura fijeza.

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      Deseada

        Deseada, ¡tan suave!,
        Confín donde resbalo.
        ¡Oh siempre un poco ausente,
        Suspendida en la nada!

        ¿Son tus ojos dulces?
        No, que está turbado
        Tu mirar brillante
        De anhelos contrarios.

        Yo te amo, te amo, te amo,
        Todo lleno de alas tempestuosas,
        Y de garras, de furias,
        De dolor, por abrirme.

        ¡Oh, tenme en tu sonrisa,
        En tu sombra, en lo leve
        De tu mano impalpable!
        ¡Tenme en tu caricia!

        ¿A qué llamas cambiando?
        ¿Qué me pides furtiva?
        ¡Oh tú, siempre ignorada,
        Tú siempre antigua y nueva!

        Ven más cerca. No temas.
        Tu mano tibia tiembla,
        Tu cintura se atreve
        Con sobresaltos, mía. ¡Mía, deseada!

        Y aún sonríes con ojos
        Inocentes y raros.
        ¡Oh, dime! ¿Qué sugieren
        Tus ojos arcaicos?

        Cabelleras, torrentes,
        Músicas perdidas,
        Corazón: esa ave
        Que, cogida, tiembla.

        Y tú, esquiva, flotando
        Desnuda, lenta y suave.
        Tú, chiquita, huida
        En un cielo sin nadie.

        ¡Oh dime, deseada,
        Cómo hay que abrazarte
        Mientras tu boca expira
        En la mía, sin habla!

        Di si tu remota
        Belleza en tu cuerpo
        Puedo yo apresarla.
        Puedo así matarte.

        Deseada, ya basta.
        Deseada, no puedo.
        Deseada, tú quieres
        Que yo muera contigo.

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      Despedida

        Quizás, cuando me muera,
        Dirán: Era un poeta.
        Y el mundo, siempre bello, brillará sin conciencia.

        Quizás tú no recuerdes
        Quién fui, mas en ti suenen
        Los anónimos versos que un día puse en ciernes.

        Quizás no quede nada
        De mí, ni una palabra,
        Ni una de estas palabras que hoy sueño en el mañana.

        Pero visto o no visto,
        Pero dicho o no dicho,
        Yo estaré en vuestra sombra, ¡oh hermosamente vivos!

        Yo seguiré siguiendo,
        Yo seguiré muriendo,
        Seré, no sé bien cómo, parte del gran concierto.

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      Égloga

        Rubio, fuerte, manso,
        Triste sin melancolía
        Como el mediodía,
        Lento como la tierra,
        Toscas las manos que parten
        El pan y abarcan el seno
        Maternal de Ceres,
        Menalcas apacienta sus grandes vacas rojas
        Frente al mar: estupor
        De luz en la inmensidad.
        ¡Oh mar, oh campo, oh bestias!
        ¡Oh siesta, pesadumbre
        Del cuerpo poderoso que, ahora, inerte,
        Se cubre como de una enfermedad de cantos
        Monótonos y vagos,
        Mientras la tierra sueña,
        Muge lenta
        Como una vaca triste que esperara
        La fecunda inquietud de las estrellas,
        La sagrada
        Palpitación escondida,
        El amante
        Nocturno que no dice su nombre!

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      El toque delicado

        Si toco en mi dolor, todo lo siento
        Mío, mío, perdido vagamente.
        Si toco en el dolor mas de repente
        Me vuelvo a las estrellas y a lo bello,
        Yo siento el corazón que aquí me quema
        Como un mero detalle en el sistema.

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      En el fondo de la noche tiemblan las aguas de plata

        En el fondo de la noche tiemblan las aguas de plata.
        La luna es un grito muerto en los ojos delirantes.
        Con su nimbo de silencio
        Pasan los sonámbulos de cabeza de cristal,
        Pasan como quien suspira,
        Pasan entre los hielos transparentes y verdes.
        Es el momento de las rosas encarnadas y los puñales de acero
        Sobre los cuerpos blanquísimos del frío.

        En el fondo de la noche tiembla el árbol del silencio;
        Los hombres gritan tan alto que solo se oye la luna.

        Es el momento en que los niños se desmayan sobre los pianos,
        El momento de las estatuas en el fondo transparente de las aguas,
        El momento en que por fin todo parece posible.
        En el fondo de la noche tiembla el árbol del silencio.

        Decidme lo que habéis visto los que estabais con la cabeza vuelta.
        La quietud de esta hora es un silencio que escucha,
        El silencio es el sigilo de la muerte que se acerca.
        Decidme lo que habéis visto.
        En el fondo de la noche
        Hay un escalofrío de cuerpos ateridos.

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      En ti termino

        Este objeto de amor no es un objeto puro;
        Es un objeto bello, y creo que eso basta.
        Bellos son sus brazos, sus hombros, sus senos;
        Bellos son sus ojos (¡y qué bien me mienten!)

        Deseable, me engaña, o furtiva, resbala
        Suave, suavemente, con física dulzura,
        O gravita hacia un centro más secreto que el alma;
        O duele con un fuego más real que el cariño.

        Si la beso, no hablo; si la toco, no creo;
        Y me quedo callado mirándola muy cerca,
        O me duermo en sus brazos, o me muero en su espasmo,
        Y en aniquilarme hallo cierto descanso.

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      Epílogo

        Y al fin reina el silencio.
        Pues siempre, aún sin quererlo,
        Guardamos un secreto.

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      España en marcha

        Nosotros somos quien somos.
        ¡Basta de Historia y de cuentos!
        ¡Allá los muertos! Que entierren como Dios manda a sus muertos.

        Ni vivimos del pasado,
        Ni damos cuerda al recuerdo.
        Somos, turbia y fresca, un agua que atropella sus comienzos.

        Somos el ser que se crece.
        Somos un río derecho.
        Somos el golpe temible de un corazón no resuelto.

        Somos bárbaros, sencillos.
        Somos a muerte lo íbero
        Que aún nunca logró mostrarse puro, entero y verdadero.

        De cuanto fue nos nutrimos,
        Transformándonos crecemos
        Y así somos quienes somos golpe a golpe y muerto a muerto.

        ¡A la calle! que ya es hora
        De pasearnos a cuerpo
        Y mostrar que, pues vivimos, anunciamos algo nuevo.

        No reniego de mi origen
        Pero digo que seremos
        Mucho más que lo sabido, los factores de un comienzo.

        Españoles con futuro
        Y españoles que, por serlo,
        Aunque encarnan lo pasado no pueden darlo por bueno.

        Recuerdo nuestros errores
        Con mala saña y buen viento.
        Ira y luz, padre de España, vuelvo a arrancarte del sueño.

        Vuelvo a decirte quién eres.
        Vuelvo a pensarte, suspenso.
        Vuelvo a luchar como importa y a empezar por lo que empiezo.

        No quiero justificarte
        Como haría un leguleyo,
        Quisiera ser un poeta y escribir tu primer verso.

        España mía, combate
        Que atormentas mis adentros,
        Para salvarme y salvarte, con amor te deletreo.

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      Fecundación

        Y si yo te toco, tú eres lo que eres;
        Y si no te toco,
        Tú, tranquila, duermes.

        Tú, conmigo, todo;
        Tú, sin mi, perdida;
        Tú, mujer conmigo,
        Nada si no nombro.

        Y si yo te toco,
        Palmera que crece,
        Sonrisas abiertas
        Que, meciendo, envuelven.

        Y si no te toco,
        Dulzura que pesa,
        Caes en tu silencio
        Densamente lenta.

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      Hasta la muerte

        En el paisaje oscuro
        Oigo tu voz, tu voz,
        Tu larga voz de espesas
        Caricias resbaladas,
        Mojadas y olorosas.

        La noche me suspende
        En un vuelo pausado
        E, inmóvil, pone en vilo
        Lo que el hombre no entiende:
        Tu voz, tu voz querida
        Hundiéndome en lo ausente.

        Uno cierra los ojos
        (¡Me da miedo mirarte!);
        Uno tiende las manos
        -Aves heridas y leves-,
        Y en sus raíces siente
        Que tú eres y no eres.

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      La noche viene desnuda

        La noche viene desnuda:
        Senos de luna,
        Guantes morados.

        Con los brazos en alto
        Ya la estoy esperando.
        ¡Qué cerca de mi oído
        Enmudecen sus labios!
        ¡Amor, amor!
        La muerte
        Me está besando.

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      La poesía es un arma cargada de futuro

        Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
        Mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
        Fieramente existiendo, ciegamente afirmado,
        Como un pulso que golpea las tinieblas,

        Cuando se miran de frente
        Los vertiginosos ojos claros de la muerte,
        Se dicen las verdades:
        Las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.

        Se dicen los poemas
        Que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
        Piden ser, piden ritmo,
        Piden ley para aquello que sienten excesivo.

        Con la velocidad del instinto,
        Con el rayo del prodigio,
        Como mágica evidencia, lo real se nos convierte
        En lo idéntico a sí mismo.

        Poesía para el pobre, poesía necesaria
        Como el pan de cada día,
        Como el aire que exigimos trece veces por minuto,
        Para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.

        Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
        Decir que somos quien somos,
        Nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
        Estamos tocando el fondo.

        Maldigo la poesía concebida como un lujo
        Cultural por los neutrales
        Que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
        Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.

        Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
        Y canto respirando.
        Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
        Personales, me ensancho.

        Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
        Y calculo por eso con técnica qué puedo.
        Me siento un ingeniero del verso y un obrero
        Que trabaja con otros a España en sus aceros.

        Tal es mi poesía: poesía-herramienta
        A la vez que latido de lo unánime y ciego.
        Tal es, arma cargada de futuro expansivo
        Con que te apunto al pecho.

        No es una poesía gota a gota pensada.
        No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
        Es algo como el aire que todos respiramos
        Y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.

        Son palabras que todos repetimos sintiendo
        Como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
        Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
        Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.

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      La vida nada más

        La vida que murmura. La vida abierta.
        La vida sonriente y siempre inquieta.
        La vida que huye volviendo la cabeza,
        Tentadora o quizá, sólo niña traviesa.
        La vida sin más. La vida ciega
        Que quiere ser vivida sin mayores consecuencias,
        Sin hacer aspavientos, sin históricas histerias,
        Sin dolores trascendentes ni alegrías triunfales,
        Ligera, sólo ligera, sencillamente bella
        O lo que así solemos llamar en la tierra.

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      Momentos felices

        Cuando llueve y reviso mis papeles, y acabo
        Tirando todo al fuego: poemas incompletos,
        Pagarés no pagados, cartas de amigos muertos,
        Fotografías, besos guardados en un libro,
        Renuncio al peso muerto de mi terco pasado,
        Soy fúlgido, engrandezco justo en cuanto me niego,
        Y así atizo las llamas, y salto la fogata,
        Y apenas si comprendo lo que al hacerlo siento,
        ¿No es la felicidad lo que me exalta?

        Cuando salgo a la calle silbando alegremente
        —El pitillo en los labios, el alma disponible—
        Y les hablo a los niños o me voy con las nubes,
        Mayo apunta y la brisa lo va todo ensanchando,
        Las muchachas estrenan sus escotes, sus brazos
        Desnudos y morenos, sus ojos asombrados,
        Y ríen ni ellas saben por qué sobreabundando,
        Salpican la alegría que así tiembla reciente,
        ¿No es la felicidad lo que se siente?

        Cuando llega un amigo, la casa está vacía,
        Pero mi amada saca jamón, anchoas, queso,
        Aceitunas, percebes, dos botellas de blanco,
        Y yo asisto al milagro —sé que todo es fiado—,
        Y no quiero pensar si podremos pagarlo;
        Y cuando sin medida bebemos y charlamos,
        Y el amigo es dichoso, cree que somos dichosos,
        Y lo somos quizá burlando así la muerte,
        ¿No es la felicidad lo que trasciende?

        Cuando me he despertado, permanezco tendido
        Con el balcón abierto. Y amanece: las aves
        Trinan su algarabía pagana lindamente:
        Y debo levantarme pero no me levanto;
        Y veo, boca arriba, reflejada en el techo
        La ondulación del mar y el iris de su nácar,
        Y sigo allí tendido, y nada importa nada,
        ¿No aniquilo así el tiempo? ¿No me salvo del miedo?
        ¿No es la felicidad lo que amanece?

        Cuando voy al mercado, miro los abridores
        Y, apretando los dientes, las redondas cerezas,
        Los higos rezumantes, las ciruelas caídas
        Del árbol de la vida, con pecado sin duda
        Pues que tanto me tientan. Y pregunto su precio,
        Regateo, consigo por fin una rebaja,
        Mas terminado el juego, pago el doble y es poco,
        Y abre la vendedora sus ojos asombrados,
        ¿No es la felicidad lo que allí brota?

        Cuando puedo decir: el día ha terminado.
        Y con el día digo su trajín, su comercio,
        La busca del dinero, la lucha de los muertos.
        Y cuando así cansado, manchado, llego a casa,
        Me siento en la penumbra y enchufo el tocadiscos,
        Y acuden Kachaturian, o Mozart, o Vivaldi,
        Y la música reina, vuelvo a sentirme limpio,
        Sencillamente limpio y pese a todo, indemne,
        ¿No es la felicidad lo que me envuelve?

        Cuando tras dar mil vueltas a mis preocupaciones,
        Me acuerdo de un amigo, voy a verle, me dice:
        "Estaba justamente pensando en ir a verte".
        Y hablamos largamente, no de mis sinsabores,
        Pues él, aunque quisiera, no podría ayudarme,
        Sino de cómo van las cosas en Jordania,
        De un libro de Neruda, de su sastre, del viento,
        Y al marcharme me siento consolado y tranquilo,
        ¿No es la felicidad lo que me vence?

        Abrir nuestras ventanas; sentir el aire nuevo;
        Pasar por un camino que huele a madreselvas;
        Beber con un amigo; charlar o bien callarse;
        Sentir que el sentimiento de los otros es nuestro;
        Mirarme en unos ojos que nos miran sin mancha,
        ¿No es esto ser feliz pese a la muerte?
        Vencido y traicionado, ver casi con cinismo
        Que no pueden quitarme nada más y que aún vivo,
        ¿No es la felicidad que no se vende?

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      Morir

        ¡Ay tú, siempre lejana!
        (Tu cuerpo poseído
        Me parece aún intacto.)
        ¡Ay, tu sonrisa esquiva!
        ¡Ay, tus palabras vagas!
        Todo tan sin sentido
        (Adorable, imposible!)
        Que no eres tú, no es nada,
        Es la nada lo que amo
        Revestida de luces
        Que en suave piel resbalan.

        Desnúdate, ¿qué importa?
        Ya sólo sé morirme
        Y no mirarte. Canto
        Cierto nácar cambiante,
        Deseo con mil nombres
        Que aquí brilla variando,
        Ternura, o llanto, o dicha,
        O -querida, querida, querida-
        No saber qué se dice,
        Morir tu misma muerte,
        Rozarte así imposible.

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      Mujer

        Esas nubes amadas se hacen al fin estatua.
        Si acaricio, doy forma
        Y, en el azul, desnuda como una diosa antigua,
        Estás tú, sólo bella.

        Mas si viene la noche,
        Si una brisa te envuelve dulcemente asfixiante,
        Vuelves al mar confuso donde tomaste origen,
        Ola fresca y sonora que rompe alegremente,
        Toda alzada, y luego
        Ancha y derramada
        Como una madre llega ya al fin de las palabras,
        Sonríe piadosa.

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      Ni más ni menos

        Son tus pechos pequeños,
        Son tus ojos confusos,
        Lo que no tiene nombre
        Y no comprendo, adoro.

        Son tus muslos largos
        Y es tu cabello corto;
        Lo que siempre me escapa
        Y no comprendo, adoro.

        Tu cintura, tu risa,
        Tus equívocos locos,
        Tu mirada que burla
        Y no comprendo, adoro.

        ¡Tú que estás tan cerca!
        ¡Tú que estás tan lejos!
        Lo que beso, y no tengo,
        Y no comprendo, adoro.

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      Ninfa

        Se detiene en el borde del abismo y escucha,
        Viniendo desde el fondo, rampante, dulce, densa,
        Una serpiente alada, una música vaga.

        Escapa por la suave pereza de su carne
        Que en el fondo era fango,
        Era ya tibia, y lenta, y latente, y sin forma;
        Era como el dios de gran barba dormido
        Junto al río en la siesta,
        Junto a ella en la noche
        Carnal y sofocada de junio con olores.

        Y escucha temblorosa,
        Apaga una tras otra penúltimas preguntas,
        Y duerme, se hunde, duerme
        En brazos de un gran dios de pelo duro y rojo,
        Divino Pan: un dios
        Hecho bestia que huele.

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      Penúltimas palabras

        Mientras las estrellas brillan temblorosas,
        Te diré una palabra sencilla y antigua,
        Palabra siempre dicha, pero nunca entendida,
        Palabra que tan sólo de tú a tú comprendemos:
        Te amo.

        La noche vasta ensancha tu dulce presencia.
        Secretamente te hablo retorciendo mi angustia.
        Secretamente sufro por algo prohibido
        Y es sencillo y terrible como tú si me miras:
        Te amo.

        La muerte sólo brilla con tranquilas estrellas.
        Sus párpados son lentos; su silencio es antiguo;
        Sus manos que no tocan me adivinan en sombra;
        Su gloria es un secreto.

        Regia amante nocturna de senos glaciales,
        Cielo de la hermosura más allá de mi dicha
        Y mi amor, y mi canto, y mi vuelo más loco,
        ¡También yo he de callarme!

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      Perdido de amor

        La fatiga, la inmensa
        Fatiga de los días repetidos.
        (Toda alegría supone
        Algo de heroísmo.)

        Admirable enemiga,
        De ti nazco sufriendo.
        (Arder: Así me miento
        Un alma iluminada.)

        Y vivo de la muerte
        Que me das sonriendo,
        Y muero en la dulzura
        De tu vago silencio.

        Amada, amada mía,
        Alta llama en el tiempo,
        Tú creas melodías
        Con pausas y secretos.

        Y el hastío se alarga
        De pronto en formas dulces,
        Y los días se nombran
        Según un sentimiento.

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      Porque sí

        Pececito esquivo,
        Caballito que monto,
        Delicia que no nombro,
        Y quiero, quiero, quiero.

        Cuando te beso, acierto;
        Cuando te toco, creo;
        Si te acaricio mido
        Mi infinito deseo.

        Mas te prolongas lejos;
        Eres más, eres lo otro,
        Lo que nunca apreso
        Aunque te toco y beso.

        Siempre un poco esquiva,
        Siempre resbalada,
        Tú, que nunca entiendo,
        Y quiero, quiero, quiero.

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      ¿Quién eres?

        Con cambiarte de traje, te cambio también de alma.
        (No adivinas mi angustia. No sé casi quién eres.)

        Si te revuelvo el pelo tú ríes locamente
        Mientras a mí me duele sentirte tan informe.

        Tanto puedo variarte que no sé ya que quiero.
        Tú puedes serlo todo. Tú eres la misma nada.

        Y te ríes, y acaso, si tus labios me buscan
        Son sólo una medusa de silencio anhelante.

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      Salpicada de espuma, de salitre

        Salpicada de espuma, de salitre,
        Desnuda, desde el mar,
        Viene gritando:

        La vida, sí, la vida misma:
        ¡Un delirio por los prados!

        Desde mi ventana blanca,
        Con los brazos extendidos,
        La estoy llamando con voces
        De un ardor desmelenado.

        Salpicada de espuma, de salitre,
        Desnuda, por los campos,
        Va gritando.

        ¡La vida, sí, la vida misma!

        Pálido y alto, callado,
        La mira pasar llorando.

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      Tau-l

        La bonita mentira de cada día
        No engaña a nadie, pero ayuda a vivir, y exalta.
        No pido más.

        Amanece inundando.
        Los pájaros cantores
        Cierran los circuitos eléctricos del día.
        ¡Es la belleza, es la vida!
        La cabeza se enciende como una bombilla
        A unos doscientos voltios de normal poesía.
        ¿Es la belleza? No sé.
        Es el mundo habitual de la pereza
        Donde mis números sirven,
        Mis distancias miden,
        Mis ideas cuentan,
        No se funde el aparato que en mí versifica.
        ¿Es la vida?
        Sé que hay otra
        Más real, más escondida, menos mía,
        Pero ésta es mi alegría, mi mentira,
        Y los átomos me dejan de momento
        Que viva en mi fantasía,
        Es decir, en lo vulgar
        Del día que es tan sólo un cada día
        Sin más, normal,
        Fabulosamente real.

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      Tú que sólo eres tú

        Mi vicio, mi locura, mi alegría,
        ¡Todavía muchacha!
        Mi nunca suficientemente amada,
        Cámbiame los ojos si así quieres,
        Pónmelos de ira.
        Es lo mismo. Me das vida.

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      Tus gritos y mis gritos en el alba

        Tus gritos y mis gritos en el alba.
        Nuestros blancos caballos corriendo
        Con un polvo de luz sobre la playa.

        Tus labios y mis labios de salitre.
        Nuestras rubias cabezas desmayadas.

        Tus ojos y mis ojos,
        Tus manos y mis manos.
        Nuestros cuerpos
        Escurridizos de algas.

        ¡Oh amor, amor!
        Playas del alba.

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      Un día entre nosotros

        Yo me siento. Tú te sientes. Nos sentimos,
        Estamos juntos. Somos
        Terriblemente dichosos,
        Como el cielo siempre azul, como el espanto,
        Como la luz que es la luz,
        Como el espacio.

        Si ahora me preguntaran por qué estoy tan contento,
        Diría: "Porque soy."
        Y al decirme sería un poco menos.
        Si tratara de explicarme surgirían como sierpes
        Desenvueltas y en combate mis ambiguos sentimientos.
        Pero soy solo. Sí. Soy. Te creo.

        Estas aquí, en mí mismo.
        Ni te veo, ni te pienso, ni te beso, ni te sueño.
        Sólo estás. Estoy contigo. Yo, a tu lado, Tú conmigo.
        Estamos uno en otro, tan reales
        Que con ser poco, ese poco es ya bastante.
        Estamos en lo que somos, de puro simples, totales.

        Estamos donde siempre, callados. No hay motivo
        Razonable para ser tan ferozmente dichosos.
        Pero sacan el porrón de vino, las chuletas,
        La ensalada, el Cacciotta ricamente podrido,
        El jugo de naranja, los cafés, la ginebra.
        Estamos juntos y todo nos sabe por eso a fiesta.

        Soy feliz, ¡tan feliz!
        Si ahora me levantara saldría por el techo.
        Estoy, como se dice vulgarmente, contento.
        Vivo, vivo, y contigo
        Comprendo que vivir es algo muy sencillo.
        El corazón ha abierto su mano y yo deliro.

        Me dejo estar. Te quiero. Todo es bello.
        Irradio una certeza fulminante.
        Soy el alguien tremendo que en ti se basta a sí mismo.
        Soy mi absoluta presencia (¿qué pasa?)
        Que está aquí (¡perdón, nada!).
        Soy contigo y tú conmigo, el imán de los prodigios.

        ¿Quién creería si nos viera que cada día, obtusa,
        La desgracia del mundo de fuera nos arrastra?
        ¡Amor besa mi muerte! ¡Dolor, sé voluptuoso!
        ¡Oh tú, Necesidad, pon la burla en mis ojos
        Y en pecho ese ritmo de la paz y la guerra
        Que son a una el latido fatal de la belleza!

        ¡Ahora, mi ahora mismo,
        Sé límpido y valiente, la alegría ganada
        A los monstruos informes, y a lo triste sin alma!
        ¡Oh tú, mi yo más bello, mi más que yo, mi amada,
        Manténme con tus ojos suspenso, nunca grave,
        Y sea siempre magia la vida cotidiana!

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      Una pareja perdida

        Iban los dos vestidos con descaro
        —Minifalda, melenas—
        Cogidos de la mano,
        Tan jóvenes que casi daban miedo,
        Tan absortos en un cero
        Que, aunque no se veían, les unía absolutos
        Algo fieramente puro.
        Iban a cualquier parte cogidos de la mano.
        Se amaban sin tristeza,
        Ni alegría, ni nada.
        Y a veces se miraban, pero no se veían.
        Y luego se sentaban en un banco cualquiera.
        Pero no se veían.
        Ella era muy bonita; parecía aturdida;
        Él, feroz y esmirriado.
        No hablaban. No tenían ya nada que decirse.
        Ya no se deseaban.
        Pero seguían juntos, cogidos de la mano,
        Frente a algo que espantaba.

        Mientras el transistor seguía sonando.

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      Venus

        En la alcoba sombría,
        Entre fríos basaltos,
        El vientre monumental y luminoso
        De una estatua de mármol.

        La lluvia adormecía los secretos
        Y pulsaba tensas cuerdas
        En el arpa del silencio,
        Mientras un ángel, envuelto
        En un nimbo deslumbrante de misterio,
        Acariciaba con un gesto indiferente
        Los senos de las diosas.

        A los pies de una Venus
        Caían estranguladas las palomas.

        El amor desnudo y frío
        Dormía sobre los filos enlunados
        De diez brillantes cuchillos.

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