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    Información biográfica

  1. Amor antiguo
  2. El destello
  3. Estar enamorado
  4. La ciudad sin Laura
  5. La lágrima
  6. La palabra
  7. Romance
  8. Romance de la niña cordobesa
  9. Silencio
  10. Soneto
  11. Soneto II
  12. Soneto a la doncella lejana
  13. Soneto ausente
  14. Soneto de la encarnación
  15. Soneto de la unidad del alma
  16. Soneto del amor milagroso
  17. Soneto del amor victorioso
  18. Soneto enamorado
  19. Soneto grabado en el tronco de un árbol
  20. Soneto interior
  21. Soneto lejano



    Información biográfica

      Nombre: Francisco Luis Bernárdez
      Lugar y fecha nacimiento: Buenos Aires (Argentina), 5 de octubre de 1900
      Lugar y fecha defunción: Buenos Aires (Argentina), 24 de octubre de 1978 (78 años)

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      Amor antiguo

        Amor antiguo, cuya sombra empaña
        Mi cariñosa propensión de ahora,
        Eres como una sombra de montaña
        Sobre el encendimiento de la aurora.

        Amor antiguo, cuya pesadumbre
        Traba la agilidad de mi alegría,
        Eres la tiranía de la cumbre
        Contra la libertad del mediodía.

        Amor antiguo, cuya voz sofoca
        La nueva vocecita del cariño,
        Eres palabra de proyecta boca
        En una boca inédita de niño.

        Amor antiguo, cuyo sentimiento
        Hace caber el mundo en nuestro llanto,
        Eres el alma convertida en viento
        Y eres el viento convertido en canto.

        Amor antiguo, cuya remembranza
        Cada amorosa perspectiva cierra,
        Eres esa emoción que sólo alcanza
        Quien se acuerda del mar desde la tierra.

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      El destello

        Aunque el cielo no tenga ni una estrella
        Y en la tierra no quede casi nada,
        Si un destello fugaz queda de aquella
        Que fue maravillosa llamarada,

        Me bastará el fervor con que destella,
        A pesar de su luz medio apagada,
        Para encontrar la suspirada huella
        Que conduce a la vida suspirada.

        Guiado por la luz que inmortaliza,
        Desandaré mi noche y mi ceniza
        Por el camino que una vez perdí,

        Hasta volver a ser, en este mundo
        Devuelto al corazón en un segundo,
        El fuego que soñé, la luz que fui.

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      Estar enamorado

        Estar enamorado, amigos, es encontrar el nombre justo de la vida.
        Es dar al fin con la palabra que para hacer frente a la muerte se precisa.
        Es cobrar la llave oculta que abre la cárcel en que el alma está cautiva.
        Es levantarse de la tierra con una fuerza que reclama desde arriba.
        Es respirar el ancho viento que por encima de la carne se respira.
        Es contemplar desde la cumbre de la persona la razón de las heridas.
        Es advertir en unos ojos una mirada verdadera que nos mira.
        Es escuchar en una boca la propia voz profundamente repetida.
        Es sorprender en unas manos ese calor de la perfecta compañía.
        Es sospechar que, para siempre, la soledad de nuestra sombra está vencida.

        Estar enamorado, amigos, es descubrir dónde se juntan cuerpo y alma.
        Es percibir en el desierto la cristalina voz de un río que nos llama.
        Es ver el mar desde la torre donde ha quedado prisionera nuestra infancia.
        Es apoyar los ojos tristes en un paisaje de cigüeñas y campanas.
        Es ocupar un territorio donde conviven los perfumes y las armas.
        Es dar la ley a cada rosa y al mismo tiempo recibirla de su espada.
        Es confundir el sentimiento con una hoguera que del pecho se levanta.
        Es gobernar la luz del fuego y al mismo tiempo ser esclavo de la llama.
        Es entender la pensativa conversación del corazón y la distancia.
        Es encontrar el derrotero que lleva al reino de la música sin tasa.

        Estar enamorado, amigos, es adueñarse de las noches y los días.
        Es olvidar entre los dedos emocionados la cabeza distraída.
        Es recordar a Garcilaso cuando se siente la canción de una herrería.
        Es ir leyendo lo que escriben en el espacio las primeras golondrinas.
        Es ver la estrella de la tarde por la ventana de una casa campesina.
        Es contemplar un tren que pasa por la montaña con las luces encendidas.
        Es comprender perfectamente que no hay fronteras entre el sueño y la vigilia.
        Es ignorar en qué consiste la diferencia entre la pena y la alegría.
        Es escuchar a medianoche la vagabunda confesión de la llovizna.
        Es divisar en las tinieblas del corazón una pequeña lucecita.

        Estar enamorado, amigos, es padecer espacio y tiempo con dulzura.
        Es despertarse una mañana con el secreto de las flores y las frutas.
        Es libertarse de sí mismo y estar unido con las otras criaturas.
        Es no saber si son ajenas o si son propias las lejanas amarguras.
        Es remontar hasta la fuente las aguas turbias del torrente de la angustia.
        Es compartir la luz del mundo y al mismo tiempo compartir su noche obscura.
        Es asombrarse y alegrarse de que la luna todavía sea luna.
        Es comprobar en cuerpo y alma que la tarea de ser hombre es menos dura.
        Es empezar a decir siempre y en adelante no volver a decir nunca.
        Y es además, amigos míos, estar seguro de tener las manos puras.

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      La ciudad sin Laura

        En la ciudad callada y sola mi voz despierta una profunda resonancia.
        Mientras la noche va creciendo pronuncio un nombre y este nombre me acompaña.
        La soledad es poderosa pero sucumbe ante mi voz enamorada.
        No puede haber nada tan fuerte como una voz cuando esa voz es la del alma.
        En el sonido con que suena siento el sonido de una música lejana.
        Y en la energía remota que la mueve siento el calor de una remota llamarada.
        Porque mi voz es una chispa de aquella hoguera que eterniza lo que abrasa.
        Porque mi amor es una chispa de aquella hoguera que eterniza lo que abrasa.
        Para poblar este desierto me basta y sobra con decir una palabra.
        El dulce nombre que pronuncio para poblar este desierto es el de Laura.
        Las cosas son inteligibles porque este nombre de mujer las ilumina.
        Porque este nombre las arranca de las tinieblas en que estaban sumergidas.
        Una por una recuperan su resplandor espiritual y resucitan.
        Una por una se levantan con el candor y la belleza que teman.
        La obscuridad desaparece mientras el sueño silencioso se disipa.
        Por este nombre de los nombres hasta la muerte sin palabras tiene vida.
        Ya no resuena entre las cosas el gran torrente de las noches y los días.
        El tiempo calla y se detiene para escuchar esta perfecta melodía.
        Mi vida entera permanece porque este nombre que recuerdo no me olvida.
        Porque este nombre me sostiene con emoción desde su tierna lejanía.
        Cuando mi boca lo ignoraba, la soledad era más honda que el silencio.
        Cuando mi boca estaba muda, mi corazón era invisible como el viento.
        Se conocía que vivía por la canción que lo tenía prisionero.
        Pero vivía en otro mundo; para las cosas de este mundo estaba muerto.
        La pesadumbre de las horas era más íntima que nunca en aquel tiempo.
        Porque las noches eran largas; porque los días de las noches eran lentos.
        La tierra estaba más obscura porque faltaban las estrellas en el cielo.
        El manantial de donde brota la luz que alumbra el corazón estaba seco.
        ¿Qué hubiera sido de mi vida sin este nombre que pronuncio en el desierto?
        ¿Qué hubiera sido de mi vida sin este amor que me acompaña desde lejos?
        Lejos está la dulce causa del corazón, de la cabeza y de la mano.
        Pero su ausencia es la del río, que con la fuente que lo llora vive atado.
        Nunca he sentido como ahora la vecindad de la mujer que estoy cantando.
        Cuando el amor está presente no puede haber nada escondido ni lejano.
        La luz del fuego que me alumbra, ¿no es la que alumbra el corazón del ser amado?
        La llamarada que me quema, ¿no es la del fuego en que se quema sin descanso? Aunque las leguas se interponen entre nosotros, ya no pueden separarnos.
        Porque el amor que vence al tiempo no puede estar sino a cubierto del espacio.
        Entre la dicha y mi existencia la diferencia que hubo ayer se va borrando.
        El ser que nombro es el que, siendo, me da una vida sin dolor ni sobresalto.

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      La lágrima

        No sé quién la lloró, pero la siento,
        Por su calor secreto y su amargura,
        Como brotada de mi desventura,
        Como nacida de mi desaliento.

        Quizá desde un lejano sufrimiento,
        Desde los ojos de una estrella pura,
        Se abrió camino por la noche oscura
        Para llegar hasta mi sentimiento.

        Pero la siento mía, porque alumbra
        Mi corazón sin esa luz sin tasa
        Que sólo puede dar el propio fuego:

        Rayo del mismo sol que me deslumbra,
        Chispa del mismo incendio que me abrasa,
        Gota del mismo mar en que me anego.

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      La palabra

        En cada ser, en cada cosa, en cada
        Palpitación, en cada voz que siento
        Espero que me sea revelada
        Esa palabra de que estoy sediento.

        Aguardo a que la diga el firmamento,
        Pero su boca inmensa está callada;
        La busco por el mar y por el viento,
        Pero el viento y el mar no dicen nada.

        Hasta los picos de los ruiseñores
        Y las puertas cerradas de las flores
        Me niegan lo que quiero conocer.

        Sólo en mi corazón oigo un sonido
        Que acaso tenga un vago parecido
        Con lo que esa palabra puede ser.

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      Romance

        Aquellas cosas profundas
        Que yo apenas entendía.
        Desde que el amor las nombra
        Me parecen cristalinas.

        Aquel tiempo de otro tiempo,
        Que sin gloria transcurría,
        Desde que el amor lo empuja
        Tiene lo que no tenía.

        Aquella voz apagada
        Es una voz encendida
        Desde que el amor de fuego
        Su fervor le comunica.

        Aquella frente desierta.
        Aquella frente perdida.
        Está mucho menos sola
        Desde que el amor la habita.

        Aquellos ojos cerrados
        Están abiertos y miran
        Desde que el amor les muestra
        Riquezas desconocidas.

        Aquellas manos desnudas
        Ya no son manos vacías
        Desde que el amor las llena
        Con su propia maravilla.

        Aquellos pasos sin rumbo.
        Aquellos pasos sin vida.
        Ya tienen rumbo seguro
        Desde que el amor los guía.

        Aquel corazón oscuro
        Luce una luz infinita
        Desde que el amor lo alumbra
        Con su verdadero día.

        Aquel pobre entendimiento
        Tiene una fuerza más limpia
        Desde que el amor lo inflama.
        Desde que el amor lo anima.

        Aquella pluma de siempre
        Vive una vida más viva
        Desde que el amor la mueve,
        Desde que el amor la inspira.

        Aquel mundo sin objeto
        Tiene una razón precisa
        Desde que el amor eterno
        Lo sustenta y justifica.

        Aquella vida de antaño
        Responde a peso y medida
        Desde que el amor confunde
        Su existencia con la mía.

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      Romance de la niña cordobesa

        En su vecindad el tiempo
        Parece que no corriera,
        Pues el invierno es verano,
        Y el otoño, primavera:
        Las noches se vuelven días,
        Los días no tienen fecha,
        Y cuando el sol se termina
        Parece que el sol empieza.
        Sus ojos siempre lejanos
        A pesar de su presencia,
        Porque miran de muy lejos
        Aunque miren de muy cerca,
        Son dos pájaros oscuros,
        Desterrados de la tierra:
        Uno se llama nostalgia
        Y otro se llama tristeza.
        Las mañanas y las tardes
        De Córdoba son más bellas
        Que las del resto del mundo
        Porque la frente las sueña;
        Y las noches de los otros,
        Para mí no puede haberlas,
        Han aprendido su oficio
        En la de su cabellera.
        Su voz es como el arroyo
        Pensativo de la tierra,
        Que dulcifica el paisaje
        Por más huraño que sea,
        Pues aunque sus aguas dulces
        Van pensando en lo que piensan,
        Dejan como por descuido
        Una flor en cada piedra.
        En mi vida he visto nada
        Como sus manos morenas
        Para alumbrar mi camino
        Con la luz de sus estrellas:
        La derecha me señala
        El rumbo de su cabeza.
        Y el seguro derrotero
        De su corazón la izquierda.
        Su presencia es como el vino
        Que, junto a la chimenea,
        Toma el viajero cansado
        Para recobrar sus fuerzas,
        Mientras el viento y la lluvia
        Están llamando a la puerta,
        Como queriendo decirle
        Que en el camino lo esperan.
        Quiero vivir en un mundo
        Maravilloso que tenga
        Su frente por horizonte
        Y sus ojos por fronteras,
        Sin más noches que la dulce
        Noche de su cabellera,
        Ni más estrella de plata
        Que la de sus manos buenas,
        Soñando mañana y tarde,
        Por única recompensa,
        Con el laurel de su nombre
        Para ceñir mi cabeza,
        Y dando todas las voces
        Musicales de la tierra
        Por una sola palabra
        De la niña cordobesa.

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      Silencio

        No digas nada, no preguntes nada.
        Cuando quieras hablar, quédate mudo:
        Que un silencio sin fin sea tu escudo
        Y al mismo tiempo tu perfecta espada.

        No llames si la puerta está cerrada,
        No llores si el dolor es más agudo,
        No cantes si el camino es menos rudo,
        No interrogues sino con la mirada.

        Y en la calma profunda y transparente
        Que poco a poco y silenciosamente
        Inundará tu pecho de este modo,

        Sentirás el latido enamorado
        Con que tu corazón recuperado
        Te irá diciendo todo, todo, todo.

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      Soneto

        Si para recobrar lo recobrado
        Debí perder primero lo perdido,
        Si para conseguir lo conseguido
        Tuve que soportar lo soportado,

        Si para estar ahora enamorado
        Fue menester haber estado herido,
        Tengo por bien sufrido lo sufrido,
        Tengo por bien llorado lo llorado.

        Porque después de todo he comprobado
        Que no se goza bien de lo gozado
        Sino después de haberlo padecido.

        Porque después de todo he comprendido
        Que lo que el árbol tiene de florido
        Vive de lo que tiene sepultado.

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      Soneto II

        Firme en la majestad y en la armonía
        De su maravillosa arquitectura,
        Cuya seguridad serena y pura
        Es más fuerte que el tiempo y su porfía,

        Tu casi celestial topografía
        Alza la claridad de su estructura,
        Dando cuerpo de paz y de dulzura
        Al alma de la eterna poesía.

        Y hace que, confundidos y abrazados,
        La letra y el espíritu inflamados
        Unan su voluntad y su poder,

        Para vivir en el espacio frío
        Y en el tiempo dramático y sombrío
        Con la luz y el calor de un solo ser.

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      Soneto a la doncella lejana

        Inaccesible al viento que suspira
        Por apagar la luz de su cabello,
        Inaccesible al pálido destello
        De la estrella lejana que la mira.

        Inaccesible al agua que delira
        Por llegar a la orilla de su cuello,
        Inaccesible al sol y a todo aquello
        Que alrededor de su persona gira,

        La doncella en su mundo de diamante
        Inclina la cabeza lentamente
        Para escuchar en el remoto mundo:

        El eco de un latido muy distante,
        La resonancia de una voz ausente
        Y el sonido de un paso vagabundo.

      Arriba

      Soneto ausente

        El sentido del tiempo se me aclara
        Desde que te ha dejado y me has traído,
        Y el espacio también tiene sentido
        Desde que con sus lenguas nos separa.

        El uno tiene ahora canto y cara
        Porque vive de habernos dividido,
        Y el otro no sería conocido
        Si no nos escondiera y alejara.

        Desde que somos de la lejanía,
        El espacio, que apenas existía,
        Existe por habernos separado.

        Y el tiempo que discurre hacia la muerte
        No existe por el tiempo que ha pasado
        Sino por el que falta para verte.

      Arriba

      Soneto de la encarnación

        Para que el alma viva en armonía,
        Con la materia consuetudinaria
        Y, pagando la deuda originaria,
        La noche humana se convierta en día;

        Para que a la pobreza tuya y mía
        Suceda una riqueza extraordinaria
        Y para que la muerte necesaria
        Se vuelva sempiterna lozanía,

        Lo que no tiene iniciación empieza,
        Lo que no tiene espacio se limita,
        El día se transforma en noche oscura,

        Se convierte en pobreza la riqueza,
        El modelo de todo nos imita,
        El Creador se vuelve criatura.

      Arriba

      Soneto de la unidad del alma

        Yo que tengo la voz desparramada,
        Yo que tengo el afecto dividido,
        Yo que sobre las cosas he vivido
        Siempre con la memoria derramada;

        Yo que fui por la tierra desolada,
        Yo que fui bajo el cielo prometido
        Con el entendimiento repartido
        Y con la voluntad multiplicada;

        Quiero poner ahora la energía
        De la memoria, del entendimiento
        Y de la voluntad en armonía

        Con la memoria que no olvida nunca
        Con el entendimiento siempre atento
        Y con la voluntad que no se trunca.

      Arriba

      Soneto del amor milagroso

        Aquel entendimiento que callaba
        Tiene toda la voz que no tenía,
        Y aquella voluntad que estaba fría
        Tiene todo el calor que le faltaba.

        Aquel entendimiento que ignoraba
        Tiene la ciencia de que carecía,
        Y aquella voluntad que no quería
        Tiene el deseo que necesitaba.

        Porque para que el uno se levante
        Del sueño en que vivía sumergido
        Es suficiente con que yo te cante.

        Porque para que aquella no se muera
        De la muerte que hubiera padecido
        Es suficiente con que yo te quiera.

      Arriba

      Soneto del amor victorioso

        Ni el tiempo que al pasar me repetía
        Que no tendría fin mi desventura
        Será capaz con su palabra obscura
        De resistir la luz de mi alegría,

        Ni el espacio que un día y otro día
        Convertía distancia en amargura
        Me apartará de la persona pura
        Que se confunde con mi poesía.

        Porque para el amor que se prolonga
        Por encima de cada sepultura
        No existe tiempo donde el sol se ponga.

        Porque para el amor omnipotente,
        Que todo lo transforma y transfigura,
        No existe espacio que no esté presente.

      Arriba

      Soneto enamorado

        Dulce como el arroyo soñoliento,
        Mansa como la lluvia distraída,
        Pura como la rosa florecida
        Y próxima y lejana como el viento.

        Esta mujer que siente lo que siente
        Y está sangrando por mi propia herida
        Tiene la forma justa de mi vida
        Y la medida de mi pensamiento.

        Cuando me quejo, es ella mi querella,
        Y cuando callo, mi silencio es ella,
        Y cuando canto, es ella mi canción.

        Cuando confío, es ella la confianza,
        Y cuando espero, es ella la esperanza,
        Y cuando vivo, es ella el corazón.

      Arriba

      Soneto grabado en el tronco de un árbol

        Aquel afán de ser, árbol amigo,
        Que me dejó grabado en tu corteza
        Fue tan grande y de tal naturaleza
        Que mientras vivas viviré contigo;

        Pues hasta cuando el tiempo, su enemigo,
        Me haya borrado de tu fortaleza,
        Y estén muertas la mano y la cabeza
        Que me han dejado aquí, como testigo,

        Aquel afán de vida que me inflama
        Subirá con tu savia confundido
        Y, en un último esfuerzo de su ardor,

        Se asomará al temblor de cada rama,
        Al sagrado calor de cada nido
        Y al silencio feliz de cada flor.

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      Soneto interior

        Aquí donde la tierra es menos tierra,
        Donde el agua es el agua del olvido,
        Donde el aire es un aire sin sonido
        Y donde el fuego ya no mueve guerra;

        Aquí donde la tierra se destierra,
        Donde el agua carece de sentido,
        Donde el aire prefiere estar dormido
        Y donde el fuego su pasión encierra;

        El hombre de mirada pensativa
        Substituye las cosas de su casa;
        La tierra, con su carne fugitiva,

        El aire, con el aire de su aliento,
        El agua, con su propio sentimiento,
        El fuego, con el fuego que lo abrasa.

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      Soneto lejano

        Bello sería el río de mi canto,
        Que arrastra por el mundo su corriente,
        Si dicho canto no naciera en cuanto
        El río se separa de la fuente.

        Bello sería el silencioso llanto
        De la estrella en la noche de mi frente
        Si dicha estrella no distara tanto
        De quien le da la luz resplandeciente.

        Bello sería el árbol de mi vida
        Si la raíz de amor lo sostuviera
        Sin estar alejada y escondida.

        Bello sería el viento que me nombra
        Si la voz que me llama no estuviera
        Perdida en la distancia y en la sombra.

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