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    Información biográfica

  1. A la que va conmigo
  2. A veces una hoja desprendida
  3. Busca en todas las cosas un alma y un sentido
  4. Canción
  5. Catástrofe
  6. Cautiva
  7. Como hermana y hermano
  8. Cuando sepas hallar una sonrisa
  9. Dat signum
  10. El alma en fuga
  11. El baño
  12. El gozo alucinado
  13. El retorno imposible
  14. El sembrador de estrellas
  15. Intus
  16. Irás sobre la vida de las cosas
  17. La ciudad absorta
  18. La muchacha que no ha visto el mar
  19. Llama eterna
  20. Mi tristeza es como un rosal florido
  21. Parábola del camino
  22. Parábola del huésped sin nombre
  23. Porque ya mis tristezas son como los matices
  24. Rústica
  25. Salle et sille
  26. Soledad tardía
  27. ¿Te acuerdas de la tarde en que vieron mis ojos?
  28. Te engañas, no has vivido
  29. Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje
  30. Vienes a mí
  31. Y pienso que la vida se me va con huida
  32. Yo voy alegremente por donde va la vida




    Información biográfica

      Nombre: Enrique González Martínez
      Lugar y fecha nacimiento: Guadalajara, Jalisco (México), 13 de abril de 1871
      Lugar y fecha defunción: México D.F. (México), 19 de febrero de 1952 (80 años)

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      A la que va conmigo

        Iremos por la vida como dos pajarillos
        Que van en pos de rubias espigas, y hablaremos
        De sutiles encantos y de goces supremos
        Con ingenuas palabras y diálogos sencillos.

        Cambiaremos sonrisas con la hermana violeta
        Que atisba tras la verde y oscura celosía,
        Y aplaudiremos ambos la célica armonía
        Del amigo sinsonte que es músico y poeta.

        Daremos a las nubes que circundan los flancos
        De las altas montañas nuestro saludo atento,
        Y veremos cuál corren al impulso del viento
        Como un tropel medroso de corderillos blancos.

        Oiremos cómo el bosque se puebla de rumores,
        De misteriosos cantos y de voces extrañas;
        Y veremos cuál tejen las pacientes arañas
        Sus telas impalpables con los siete colores.

        Iremos por la vida confundidos en ella,
        Sin nada que conturbe la silenciosa calma,
        Y el alma de las cosas será nuestra propia alma,
        Y nuestro propio salmo el salmo de la estrella.

        Y un día, cuando el ojo penetrante e inquieto
        Sepa mirar muy hondo, y el anhelante oído
        Sepa escuchar las voces de los desconocido,
        Se abrirá a nuestras almas el profundo secreto.

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      A veces una hoja desprendida

        A veces una hoja desprendida
        De lo alto de los árboles, un lloro
        De las ninfas que pasan un sonoro
        Trino de ruiseñor, turban mi vida.

        Vuelven a mí medrosos y lejanos
        Suaves delirios, éxtasis supremos;
        Aquella estrella y yo nos conocemos,
        Ese árbol, esa flor son mis hermanos.

        En el abismo del dolor penetra
        Mi espíritu, bucea, va hasta el fondo,
        Y es como un libro misterioso y hondo
        En que puedo leer letra por letra.

        Un ambiente sutil un aura triste
        Hacen correr mi silencioso llanto,
        Y soy como una nota de ese canto
        Doloroso de todo lo que existe.

        Me cercan en bandada los delirios...
        ¿Es alucinación... locura acaso?
        Me saludan las nubes a su paso
        Y me besan las almas de los lirios.

        ¡Divina comunión! Por un instante
        Son mis sentidos de agudeza rara...
        Ya sé lo que murmuras, fuente clara;
        Yya sé lo que me dices, brisa errante.

        De todo me liberto y me desligo
        A vivir nueva vida, de tal modo,
        Que yo no sé si me difundo en todo
        O todo me penetra y va conmigo.

        Mas todo huye de mí y el alma vuela
        Con torpes alas por un aura fría,
        En una inconsolable lejanía,
        Por una soledad que espanta y hiela.

        Por eso en mis ahogos de tristeza,
        Mientras duermen en calma mis sentidos,
        Tendiendo a tus palabras mis oídos
        Tiemblo a cada rumor, naturaleza;

        Y a veces una hoja desprendida
        De lo alto de los árboles, un lloro
        De las linfas que pasan, un sonoro
        Trino de ruiseñor, turban mi vida.

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      Busca en todas las cosas un alma y un sentido

        Busca en todas las cosas un alma y un sentido
        Oculto; no te ciñas a la apariencia vana;
        Husmea, sigue el rastro de la verdad arcana,
        Escudriñante el ojo y aguzado el oído.

        No seas como el necio, que al mirar la virgínea
        Imperfección del mármol que la arcilla aprisiona,
        Queda sordo a la entraña de la piedra, que entona
        En recóndito ritmo la canción de la línea.

        Ama todo lo grácil de la vida, la calma
        De la flor que se mece, el color, el paisaje.
        Ya sabrás poco a poco descifrar su lenguaje...
        ¡Oh divino coloquio de las cosas y el alma!

        Hay en todos los seres una blanda sonrisa,
        Un dolor inefable o un misterio sombrío.
        ¿Sabes tú si son lágrimas las gotas de rocío?
        ¿Sabes tú qué secreto va contando la brisa?

        Atan hebras sutiles a las cosas distantes;
        Al acento lejano corresponde otro acento.
        ¿Sabes tú donde lleva los suspiros el viento?
        ¿Sabes tú si son almas las estrellas errantes?

        No desdeñes al pájaro de argentina garganta
        Que se queja en la tarde, que salmodia a la aurora.
        Es un alma que canta y es un alma que llora...
        ¡Y sabrá por qué llora, y sabrá por qué canta!

        Busca en todas las cosas el oculto sentido;
        Lo hallarás cuando logres comprender su lenguaje;
        Cuando sientas el alma colosal del paisaje
        Y los ayes lanzados por el árbol herido...

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      Canción

        Canción para los que saben
        Lo que es llorar...
        ¿Quién pudiera darte al viento
        E irse al viento en el cantar!

        Canción como lluvia fina
        Sobre el mar,
        Que se disuelve y es nube
        Que sube y vuelve a llorar...

        Canción que en el alma es lluvia,
        Canción que es llanto en el mar...
        ¡Quién pudiera darte al viento
        E irse al viento en el cantar!

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      Catástrofe

        Ella se niega mientras él insiste;
        Fogoso el amador, tenaz la bella,
        En jiras el jubón de la doncella
        La lucha apenas del amor resiste.

        Casta no cede; pero mira triste
        De aquel retozo la patente huella,
        Y con falsos lamentos se querella
        Y de astucia y de brío se reviste.

        Por escapar de los robustos brazos,
        De un empellón, cual víctima inmolada,
        Rueda el cántaro al fin hecho pedazos...

        Queda atónito él, ella pasmada;
        Mas pasa el susto y vuelven los abrazos
        Tras una estrepitosa carcajada...

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      Cautiva

        Cautiva que entre cerrojos,
        Frente a la angosta ventana
        Dejas espaciar los ojos
        Por la campiña lejana,

        ¿De qué te sirve tener
        En el pecho un ansia viva,
        Si eres libre para ver,
        Y para volar cautiva?

        Siento mayor la amargura
        De tu mal cuando te veo
        Con las alas en tortura
        Y en libertad el deseo.

        Preso el pie y el alma alerta...
        ¡Qué morir frente a la vida!
        ¿Para qué ventana abierta
        Si no hay puerta de salida?

        Alma cautiva y hermana
        Que en la campiña lejana
        Dejas espaciar los ojos,
        ¡Que te quiten los cerrojos
        O te cierren la ventana!

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      Como hermana y hermano

        Como hermana y hermano
        Vamos los dos cogidos de la mano...

        En la quietud de la pradera hay una
        Blanca y radiosa claridad de luna,
        Y el paisaje nocturno es tan risueño
        Que con ser realidad parece sueño.
        De pronto, en un recodo del camino,
        Oímos un cantar... parece el trino
        De un ave nunca oída
        Un canto de otro mundo y de otra vida...
        ¿Oyes? -me dices- y a mi rostro juntas
        Tus pupilas preñadas de preguntas.
        La dulce calma de la noche es tanta
        Que se escuchan latir los corazones.
        Yo te digo: no temas, hay canciones
        Que no sabremos nunca quién las canta.

        Como hermana y hermano
        Vamos los dos cogidos de la mano...

        Besado por el soplo de la brisa,
        El estanque cercano se divisa...
        Bañándose en las ondas hay un astro;
        Un cisne alarga el cuello lentamente
        Como blanca serpiente
        Que saliera de un huevo de alabastro...
        Mientras miras el agua silenciosa,
        Como un vuelo fugaz de mariposa
        Sientes sobre la nuca el cosquilleo,
        La pasajera onda de un deseo,
        El espasmo sutil, el calor-frío,
        De un beso ardiente, cual si fuera mío...
        Alzas a mí tu rostro amedrentado
        Y trémula murmuras: ¿me has besado?...
        Tu breve mano oprime
        Mi mano; y yo a tu oído: ¿sabes?, esos
        Besos nunca sabrás quién los imprime...
        Acaso, ni siquiera si son besos...

        Como hermana y hermano
        Vamos los dos cogidos de la mano...

        En un desfalleciente desvarío,
        Tu rostro apoyas en el pecho mío,
        Y sientes resbalar sobre tu frente
        Una lágrima ardiente...
        Me clavas tus pupilas soñadoras
        Y tiernamente me preguntas: ¿lloras?
        Secos están mis ojos... Hasta el fondo
        Puedes mirar en ellos... Pero advierte
        Que hay lágrimas nocturnas - te respondo-
        Que no sabremos nunca quién las vierte.

        Como hermana y hermano
        Vamos los dos cogidos de la mano...

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      Cuando sepas hallar una sonrisa

        Cuando sepas hallar una sonrisa
        En la gota sutil que se rezuma
        De las porosas piedras, en la bruma,
        En el sol, en el ave y en la brisa;

        Cuando nada a tus ojos quede inerte,
        Ni informe, ni incoloro, ni lejano,
        Y penetres la vida y el arcano
        Del silencio, las sombras y la muerte;

        Cuando tiendas la vista a los diversos
        Rumbos del cosmos, y tu esfuerzo propio
        Sea como potente microscopio
        Que va hallando invisibles universos,

        Entonces en las flamas de la hoguera
        De un amor infinito y sobrehumano,
        Como el santo de Asís, dirás hermano
        Al árbol, al celaje y a la fiera.

        Sentirás en la inmensa muchedumbre
        De seres y de cosas tu ser mismo;
        Serás todo pavor con el abismo
        Y serás todo orgullo con la cumbre.

        Sacudirá tu amor el polvo infecto
        Que macula el blancor de la azucena,
        Bendecirás las márgenes de arena
        Y adorarás el vuelo del insecto;

        Y besarás el garfio del espino
        Y el sedeño ropaje de las dalias...
        Y quitarás piadoso tus sandalias
        Por no herir a las piedras del camino.

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      Dat signum

        ¡Feliz instante! Del galán al peso,
        La doncella al final rueda vencida,
        Sobre el césped que cómplice convida
        Del libre amor al inefable exceso.

        Un cefirillo plácido y travieso
        Viene a avivar la lumbre ya encendida...
        ¿Qué mucho que ella al fin quede rendida
        Y que se escuche el estallar de un beso?

        Un cercano rumor de pasos suena,
        Grana tardía a las mejillas brota,
        Huye el galán y acábase la escena;

        Y confusa al pensar en su derrota,
        Casta suspira, y coge de la arena
        Un lazo azul... y la vasija rota...

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      El alma en fuga

        Buscaron al romper de la alborada,
        Mis brazos y mis ojos su presencia,
        Y sólo hallé, por signo de la ausencia,
        El hueco de su sien en la almohada.

        Oh, qué correr la angustia desatada,
        Qué ulular por el llano mi demencia,
        Qué husmear en los ámbitos la esencia
        De la alígera planta perfumada.

        Amigos que alabasteis su hermosura,
        No a solas me dejéis en la amargura
        Del trance doloroso e imprevisto...

        ¡Escrutad el perfil del horizonte!
        ¡Batid los campos y talad el monte!
        ¡Decidme, por piedad, si la habéis visto!

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      El baño

        Ya dejas el plumón. Las presurosas
        Manos desatan el discreto nudo,
        Y queda el cuerpo escultural desnudo
        Volcán de nieve en explosión de rosas.

        El baño espera. De estrecharte ansiosas
        Están las aguas, y en el mármol mudo,
        Un esculpido sátiro membrudo
        Te contempla con ansias amorosas.

        Entras al fin y el agua se estremece,
        En tanto, allá en el orto ya parece
        El claro sol de refulgente rastro.

        Y cuando ufana de las fuentes sales,
        De tu alcoba a los diáfanos cristales,
        Por mirarte salir, se asoma el astro.

      Arriba

      El gozo alucinado

        El color se me adentra y no lo pinto;
        La nota musical llega hasta el fondo
        De la entraña cordial, y yo la escondo
        En el sacro rincón de su recinto.

        El árbol es aliento y no verdura,
        Germinación de vuelo y no ramaje;
        El ojo lo desliga del paisaje
        Y lo clava en el dombo de la altura.

        Apago soles y deseco ríos,
        Borro matices y deshago formas,
        Y en propio barro, quebrantando normas,
        Modelo mundos para hacerlos míos.

        Sobrepasa las cosas la mirada,
        El sueño crece, lo real esfuma,
        Y me embarco en las alas de la bruma
        Corno en una galera aparejada.

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      El retorno imposible

        Yo sueño con un viaje que nunca emprenderé,
        Un viaje de retorno, grave y reminiscente...

        Atrás quedó la fuente
        Cantarina y jocunda, y aquella tarde fue
        Esquivo el torpe labio a la dulce corriente.

        ¡Ah, si tornar pudiera! Mas sé que inútilmente
        Sueño con ese viaje que nunca emprenderé.

        Un pájaro en la fronda cantaba para mí...
        Yo crucé por la senda de prisa, y no lo oí.

        Un árbol me brindaba su paz... A la ventura,
        Pasé cabe la sombra sin probar su frescura.

        Una piedra le dijo a mi dolor: descansa;
        Y desdeñé las voces de aquella piedra mansa.

        Un sol reverberante brillaba para mí;
        Pero bajé los ojos al suelo, y no lo vi.

        En el follaje espeso
        Se insinuaba el convite de un ósculo divino...
        Yo seguí mi camino
        Y no recibí el beso.

        Hay una voz que dice: retorna, todavía
        El ocaso está lejos; vuelve tu rostro, guía
        Tus pasos al sendero que rememoras ; tente
        Y refresca tus labios en la sagrada fuente;
        Ve, descansa al abrigo
        De aquel follaje amigo;
        Oye la serenata del ave melodiosa,
        Y en la piedra que alivia de cansancios, reposa;
        Ve que la noche tarda
        Y oculto entre las hojas hay un beso que aguarda...

        Mas, ¿para qué, si al fin de la carrera
        Hay un beso más hondo que me espera,
        Y una fuente más pura,
        Y un ave más hermosa que canta en la espesura,
        Y otra piedra clemente
        En que posar mañana la angustia de mi frente,
        Y un nuevo sol que lanza
        Desde la altiva cumbre su rayo de esperanza ?

        Y mi afán repentino
        Se para vacilante en medio del camino,
        Y vuelvo atrás los ojos, y sin saber por qué,
        Entre lo que recuerdo y entre lo que adivino,
        Bajo el alucinante misterio vespertino,
        Sueño con ese viaje que nunca emprenderé.

      Arriba

      El sembrador de estrellas

        Y pasarás, y al verte se dirán: "¿Qué camino
        Va siguiendo el sonámbulo?" Desatento al murmullo
        Irás, al aire suelta la túnica de lino,
        La túnica albeante de desdén y de orgullo.

        Irán acompañándote apenas unas pocas
        Almas hechas de ensueño... Mas al fin de la selva,
        Al ver ante sus ojos el murallón de rocas,
        Dirán amedrentadas: "Esperemos que vuelva".

        Y treparás tú solo los agrietados senderos;
        Vendrá luego el fantástico desfile de paisajes,
        Y llegarás tú solo a descorrer celajes
        Allá donde las cumbres besan a los luceros.

        Bajarás lentamente una noche de luna
        Enferma, de dolientes penumbras misteriosas,
        Sosteniendo tus manos y regando una a una,
        Con un gesto de dádiva, las lumínicas rosas.

        Y mirarán absortos el claror de tus huellas,
        Y clamará la jerga de aquel montón humano:
        "Es un ladrón de estrellas..." Y tu pródiga mano
        Seguirá por la vida desparramando estrellas...

      Arriba

      Intus

        Te engañas, no has vivido... No basta que tus ojos
        Se abran como dos fuentes de piedad, que tus manos
        Se posen sobre todos los dolores humanos
        Ni que tus plantas crucen por todos los abrojos.

        Te engañas, no has vivido mientras tu paso incierto
        Surque las lobregueces de tu interior a tientas;
        Mientras en un impulso de sembrador no sientas
        Fecundado tu espíritu, florecido tu huerto.

        Hay que labrar tu campo, divinizar la vida,
        Tener con mano firme la lámpara encendida
        Sobre la eterna sombra, sobre el eterno abismo...

        Y callar... mas tan hondo, con tan profunda calma,
        Que absorto en la infinita soledad de ti mismo,
        No escuches sino el vasto silencio de tu alma.

      Arriba

      Irás sobre la vida de las cosas

        Irás sobre la vida de las cosas
        Con noble lentitud; que todo lleve
        A tu sensorio luz: blancor de nieve,
        Azul de linfas o rubor de rosas.

        Que todo deje en ti como una huella
        Misteriosa grabada intensamente:
        Lo mismo el soliloquio de la fuente
        Que el flébil parpadeo de la estrella.

        Que asciendas a las cumbres solitarias,
        Y allí, como arpa eólica, te azoten
        Los borrascosos vientos, y que broten
        De tus cuerdas rugidos y plegarias.

        Que esquives lo que ofusca y lo que asombra
        Al humano redil que abajo queda,
        Y que afines tu alma hasta que pueda
        Escuchar el silencio y ver la sombra.

        Que te ames en ti mismo, de tal modo
        Compendiando tu ser, cielo y abismo,
        Que sin desviar los ojos de ti mismo
        Puedan tus ojos contemplarlo todo.

        Y que llegues, por fin, a la escondida
        Playa con tu minúsculo universo,
        Y que logres oír tu propio verso
        En que palpita el alma de la vida.

      Arriba

      La ciudad absorta

        Soplaba un manso viento de aquel lado del mar...
        La turba era una sola alma para escuchar.

        Se concentraba todo en el vago sonido
        Que venía de lejos... La tarde era tan pura
        Y la emoción tan honda, que el alma hubiera oído
        El vuelo de un celaje cruzando por la altura.

        Sólo el mar prolongaba su angustioso tormento
        Mientras la turba oía la palabra del viento.

        Ciudad que vi una tarde y cuyo nombre ignoro;
        Ciudad de vida unánime y silencios de oro;
        Ciudad absorta y muda, ciudad cuyo sentido
        Único es la insaciable codicia del oído;
        Ciudad a quien la llama de crepúsculos rojos
        No despierta una sola inquietud en los ojos;
        Ciudad que nada mira, ciudad que nada atiende
        Porque escucha y comprende...

        Urbe de cuyos hombres, al pasar a su lado,
        No podré decir nunca que me hubiesen mirado;
        Vieja ciudad fantástica de quien decir no acierto
        Si la crucé dormido o la soñé despierto...
        ¡He perdido tu rumbo! ¿Quién me dirá si existes,
        Obsesión de mis horas infecundas y tristes?

        ¡Quién sabe si entre sueños te volveré a escuchar,
        Oh viento que soplabas de aquel lado del mar!

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      La muchacha que no ha visto el mar

        Rosa, la pobre Rosa, no ha visto nunca el mar.

        Echa a volar su sueño en el campo vecino,
        A la alondra demanda el secreto del trino
        Cuando lanza a los vientos su canción matinal;
        Sabe de dónde nace la fuente rumorosa,
        Distingue con su nombre a cada mariposa
        Y oye correr el agua y se pone a soñar...

        Yo le pregunto: Rosa,
        ¿No has visto nunca el mar?

        En infantil asombro menea dulcemente
        La cabecita rubia; sobre la blanca frente
        Cruza por vez primera una sombra fugaz,
        Y se sacian sus ojos en el breve horizonte
        Que a dos pasos limitan la verdura del monte,
        El arroyo de plata y el tupido juncal.
        Oye hablar a la selva, cuya voz escondida
        Guarda aún su misterio... ¡Es tan corta la vida
        Para saberlo todo...! Siente la inmensidad
        De lo breve y humilde en el ritmo diverso
        Que palpita en el alma de su pobre universo,
        Y ante lo ignoto siente un ansia de llorar.
        Del instante que pasa, la virtud milagrosa
        Le revela el espíritu que vive en cada cosa
        Y su blanca inocencia pugna por alcanzar
        Un recóndito enigma...
        Y yo pienso que Rosa
        No ha visto nunca el mar...

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      Llama eterna

        ¿Qué brilla en tu mirar que el alma enciende
        En la célica luz de un sol perdido?
        ¿Por qué en tu voz de tórtola mi oído
        Todo lo capta y todo lo comprende?

        ¿Qué místico mensaje se desprende
        De tu silencio al corazón herido?
        ¿Qué efluvio de un instante ya vivido
        En tu ritmo de gracia me sorprende?

        Ausentes fuimos, pero nunca extraños.
        Yo te debí de amar hace mil años
        Y agobiarte de idénticas preguntas.

        Ayer perdida y recobrada ahora,
        Tras nueva ausencia y en lejana aurora
        Han de besarse nuestras almas juntas.

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      Mi tristeza es como un rosal florido

        Mi tristeza es como un rosal florido.
        Si helado cierzo o ráfaga ardorosa
        Lo sacuden, el pétalo caído
        Se trueca en savia y se convierte en rosa...
        Mi tristeza es como un rosal florido.

        En mi dulce penumbra sin ruido,
        La propia vida con mi llanto riego,
        Y las horas dolientes que he vivido
        Impregnan de perfumes mi sosiego...
        Mi tristeza es como un rosal florido.

        Tú que colgaste en mi dolor tu nido,
        Sabes que a cada mal brota una yema
        Y revienta un botón a cada olvido.
        ¡Perenne floración y eterno emblema!...
        Mi tristeza es como un rosal florido.

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      Parábola del camino

        A Esteban Flores.

        La vida es un camino...

        Sobre rápido tren va un peregrino
        Salvando montes; otro va despacio
        Ya pie; siente la hierba, ve el espacio...
        Y ambos siguen idéntico destino.

        A los frívolos ojos del primero
        Pasa el desfile raudo de las cosas
        Que se velan y esfuman. El viajero
        Segundo bebe el alma de las rosas
        Y escucha las palabras del sendero.

        De noche, el uno duerme en inconsciente
        E infecundo sopor; el tren resbala
        Fácil sobre el talud de la pendiente,
        Y el viajero no siente
        Que en la campiña próvida se exhala
        Un concierto de aromas...
        El prudente
        Que marcha a pie, reposa bajo el ala
        De un gran ensueño, y trepa por la escala
        Excelsa de Jacob. Cuando el Oriente
        Clarea, se echa a andar, pero señala
        El sitio aquel en que posó la frente.

        Ambos llegan al término postrero;
        Mas no sabe el primero
        Qué vio, qué oyó; su espíritu desnudo
        De toda adoración se encuentra mudo.
        El otro peregrino recuerda cada voz, cada celaje,
        Y guarda los encantos del paisaje.
        Y los hombres lo cercan, porque vino
        A traer una nueva en su lenguaje
        Y hay en su acento un hálito divino...
        Es como Ulises: hizo un bello viaje
        Y lo cuenta al final de su destino...

        Porque la vida humana es un camino.

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      Parábola del huésped sin nombre

        Han llamado a mi puerta,
        Que siempre está de par en par abierta
        Y que esta vez la ráfaga nocturna
        Cerró de un golpe...
        Sola y taciturna,
        En el umbral detiénese la extraña
        Silueta del viador. Lívida baña
        Su faz la luna; tiene el peregrino
        Sangre en los pies cansados del camino;
        Ojos en que retrátase y fulgura
        Una vasta visión que ha tiempo dura
        En incesante asombro;
        Y con la gruesa alforja, la insegura
        Mano sustenta un báculo en el hombro.

        -¿Quién eres tú? ¿De dónde
        Vienes, y adónde vas?... Y me responde:
        -Nunca supe quién soy, y no sé nada
        Del principio y el fin de mi jornada.

        ¡Yo sólo sé que en la llanura incierta
        De mi peregrinar, llegué a tu puerta;
        Que mi cansancio pide tu hospedaje,
        Y que a la aurora seguiré mi viaje.
        Destino, patria, nombre...
        ¿No te basta saber que soy un hombre?

        A sus palabras pienso que mi vida
        Es como una pregunta suspendida
        En el arcano mudo, y digo: -Pasa,
        Sea la paz contigo en esta casa.

        Y entra el viador, y nos quedamos luego
        Al amparo del fuego.
        Nuestro mutismo sobrecoge y pasma,
        Y cual doble fantasma
        Que evocara un conjuro,
        Se alargan nuestras sombras en el muro...

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      Porque ya mis tristezas son como los matices

        Porque ya mis tristezas son como los matices
        Sombríos de los cuadros en que la luz fulgura;
        Porque ya paladeo la gota de la amargura
        En el dorado néctar de las horas felices;

        Porque sé abandonarme, con la santa inconsciencia
        De una tabla que flota, sobre el mar de la vida,
        Y aparté de mis labios la manzana prohibida
        Con que tentarme quiso el árbol de la ciencia;

        Porque supe vestirme con el albo ropaje
        De mi niñez ingenua, aspirar el salvaje
        Aroma de los campos, embriagarme de sol,
        Y mirar como en antes el pájaro y la estrella
        -El pájaro que un día me contó su querella;
        La estrella que una noche conmigo sonrió-,

        Y porque ya me diste la calma indeficiente,
        Vida, y el don supremo de la sonrisa franca,
        Sobre la piedra blanca voy a posar mi frente
        Y marcaré este día con otra piedra blanca...

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      Rústica

        No en retóricas vanas el osado
        El tiempo pierde y la ocasión propicia;
        Es tentación muy fuerte la delicia
        De aquel rostro gentil y sonrosado.

        La fresca brisa y el mullido prado
        Avivan el afán de la caricia...
        ¡Fuera en verdad torpeza o estulticia
        A Eros tutelar dejar burlado!

        Ni fácil ni segura la victoria,
        Por alcanzar del triunfador la gloria
        Ninguna avanza ni tampoco ceja;

        Ágil el mozo, la doncella ducha,
        Uno del otro dignos, nueva lucha
        De Jacob con el Ángel asemeja.

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      Salle et sille

        Quema a solas- ¡a solas!- el incienso
        De tu santa inquietud, y sueña, y sube
        Por la escala del sueño... Cada nube
        Fue desde el mar hasta el azul inmenso.

        Y guarda la mirada
        Que divisaste en tu sendero- una
        A manera de ráfaga de luna
        Que filtraba el tamiz de la enramada-;
        El perfume sutil de un misterioso
        Atardecer; la voz cuyo sonido
        Te murmuró mil cosas al oído;
        El rojo luminoso
        De una cumbre lejana;
        La campana
        Que daba al viento su gemido vago...

        La vida debe ser como un gran lago
        Cuajado al soplo de invernales brisas,
        Que lleva en su blancura sin rumores
        Las estelas de todas las sonrisas
        Y los surcos de todos los dolores.

        Toda emoción sentida,
        En lo más hondo de tu ser impresa
        Debe quedar, porque la ley es esa:
        No turbar el silencio de la vida,
        Y sosegadamente
        Llorar , si hay que llorar, como la fuente
        Escondida.

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      Soledad tardía

        Soledad, bien te busqué
        Mientras tuve compañía...
        Soledad, soledad mía,
        Viniste cuando se fue...

        De tus brazos me escapé
        Cuando en tus brazos dormía;
        Estar a solas quería
        Sin adivinar por qué.

        Toda la noche vagué,
        Por verte, soledad mía;
        Regresé rayando el día,
        Y dormida la encontré.

        De puntillas me alejé
        Burlando su compañía
        Por hallarte, y no te hallé;
        Pero un día que volví,
        No la encontré...

        ¡Ay, mi soledad tardía,
        Viniste cuando se fue!
        Lloré porque no podía
        Hallarte, soledad mía...
        Y lloré porque te hallé...

      Arriba

      ¿Te acuerdas de la tarde en que vieron mis ojos?

        ¿Te acuerdas de la tarde en que vieron mis ojos
        De la vida profunda el alma de cristal?...
        Yo amaba solamente los crepúsculos rojos,
        Las nubes y los campos, la ribera y el mar...

        Mis ojos eran hechos para formas sensibles;
        Me embriagaba la línea, adoraba el color;
        Apartaba mi espíritu de sueños imposibles,
        Desdeñaba las sombras enemigas del sol.

        Del jardín me atraían el jazmín y la rosa
        -La sangre de la rosa, la nieve del jazmín -
        Sin saber que a mi lado pasaba temblorosa,
        Hablándome en secreto, el alma del jardín.

        Halagaban mi oído las voces de las aves,
        La balada del viento, el canto del pastor,
        Y yo formaba coro con las notas suaves,
        Y enmudecían ellas y enmudecía yo...

        Jamás seguir lograba el fugitivo rastro
        De lo que ya no existe, de lo que ya se fue...
        Al fenecer la nota, al apagarse el astro,
        ¡Oh sombras, oh silencio, dormitabais también!

        ¿Te acuerdas de la tarde en que vieron mis ojos
        De la vida profunda el alma de cristal?
        Yo amaba solamente los crepúsculos rojos,
        Las nubes y los campos, la ribera y el mar...

      Arriba

      Te engañas, no has vivido

        Te engañas, no has vivido... No basta que tus ojos
        Se abran como dos fuentes de piedad, que tus manos
        Se posen sobre todos los dolores humanos
        Ni que tus plantas crucen por todos los abrojos.

        Te engañas, no has vivido mientras tu paso incierto
        Surque las lobregueces de tu interior a tientas;
        Mientras en un impulso de sembrador no sientas
        Fecundado tu espíritu, florecido tu huerto.

        Hay que labrar tu campo, divinizar la vida,
        Tener con mano firme la lámpara encendida
        Sobre la eterna sombra, sobre el eterno abismo...

        Y callar... mas tan hondo, con tan profunda calma,
        Que absorto en la infinita soledad de ti mismo,
        No escuches sino el vasto silencio de tu alma.

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      Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje

        Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje
        Que da su nota blanca al azul de la fuente;
        Él pasea su gracia no más, pero no siente
        El alma de las cosas ni la voz del paisaje.

        Huye de toda forma y de todo lenguaje
        Que no vayan acordes con el ritmo latente
        De la vida profunda... y adora intensamente
        La vida, y que la vida comprenda tu homenaje.

        Mira al sapiente búho cómo tiende las alas
        Desde el Olimpo, deja el regazo de Palas
        Y posa en aquel árbol el vuelo taciturno...

        Él no tiene la gracia del cisne, mas su inquieta
        Pupila, que se clava en la sombra, interpreta
        El misterioso libro del silencio nocturno.

      Arriba

      Vienes a mí

        Vienes a mí, te acercas y te anuncias
        Con tan leve rumor, que mi reposo
        No turbas, y es un canto milagroso
        Cada una de las frases que pronuncias.

        Vienes a mí, no tiemblas, no vacilas,
        Y hay al mirarnos atracción tan fuerte,
        Que lo olvidamos todo, vida y muerte,
        Suspensos en la luz de tus pupilas.

        Y mi vida penetras y te siento
        Tan cerca de mi propio pensamiento
        Y hay en la posesión tan honda calma,

        Que interrogo al misterio en que me abismo
        Si somos dos reflejos de un ser mismo,
        La doble encarnación de una sola alma.

      Arriba

      Y pienso que la vida se me va con huida

        Y pienso que la vida se me va con huida
        Inevitable y rápida, y me conturbo, y pienso
        En mis horas lejanas, y me asalta un inmenso
        Afán de ser el de antes y desandar la vida.

        ¡Oh los pasos sin rumbo por la senda perdida,
        Los anhelos inútiles, el batallar intenso!
        ¿Cómo flotáis ahora, blancas nubes de incienso
        Quemado en los altares de una deidad mentida?

        Páginas tersas, páginas de los libros, lecturas
        De espejismos enfermos, de cuestiones oscuras...
        ¡Ay, lo que yo he leído! ¡Ay, lo que yo he soñado!

        Tristes noches de estéril meditación, quimera
        Que ofuscaste mi espíritu sin dejarme siquiera
        Mirar que iba la vida sonriendo a mi lado...

      Arriba

      Yo voy alegremente por donde va la vida

        Yo voy alegremente por donde va la vida,
        Entre vernales hálitos o ventiscas de otoño,
        Mirando cómo cuaja en la yema el retoño
        O cómo voltejea una rosa caída.

        Yo voy con el pie ligero y labio sonriente
        A veces solo, a veces con el turbión humano,
        Y llevo mis ensueños cogido de la mano
        Y mi enjambre de rimas en torno de la frente.

        Tengo una flama oculta que siempre va conmigo,
        Flama de amor que nunca se extingue ni consume;
        Si hay una flor al paso, aspiro su perfume;
        Si hay una fresca boca, corro a besarla... y sigo.

        Yo soy como un viajero que cruza la floresta
        Sin que jamás le importe ni rumbo ni distancia,
        A quien el bosque entona un himno de fragancia,
        Una canción de risas y un madrigal de fiesta.

        Yo sé que viento y lluvias con ímpetu salvaje
        Suelen barrer las frondas; mas tengo yo un asilo
        Callado y misterioso en que esperar tranquilo
        A que el sosiego torne y a que el torrente baje.

        ¡Oh mi divina gruta de goces interiores
        En que la vida adquiere intensidad extraña,
        Que sólo yo conozco, que eternamente baña
        Un sol que prende luces y que revienta flores!

        Allí callada y sola va a meditar el alma
        Como la linfa corre, como la alondra vuela;
        Allí el ensueño pasa cual fugitiva estela
        Que va regando espumas sobre la mar en calma.

        Tristezas... sí las tengo; mas cuando el alma llora,
        Un inefable goce con mi dolor se aduna;
        Romántico trovero de las noches de luna,
        Soy lujurioso amante del sol y de la aurora.

        Yo voy alegremente... De eróticas empresas
        No la ocasión propicia esquivo, a fuer de sabio,
        Y en más de alguna boca bebió el sediento labio
        La sangre de las moras y el jugo de las fresas...

        Yo vivo alegremente; y al dar mi despedida
        A mi postrer crepúsculo o a mi última alborada,
        Estrecharé en mis manos la mano de la amada
        Y cerraré mis ojos al beso de la vida.

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