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    Información biográfica

  1. Aguafuerte
  2. Al amor un nombre
  3. Alegres éramos
  4. Allá
  5. Así es ella, me dije
  6. Bajo una Luna grande
  7. Canto en el sur
  8. Carta a Julio Correa
  9. Casa cautiva
  10. Con ese mismo corazón que cantaba
  11. Con la mano tendida
  12. El amor
  13. El eclipse
  14. El santero
  15. En el patio
  16. En los días venideros
  17. En silencio
  18. Eso somos
  19. Esos días extraños
  20. Fiesta
  21. Fraternidad del fusil
  22. Imaginario encuentro con Elsa Mereles
  23. La historia de mi corazón
  24. La marcha de Juan Ramón
  25. Los ayoreos
  26. Me dijo que no
  27. Me ve pasar la misma gente
  28. Muerte de Perurimá, cuentero, enredado en su lengua...
  29. Nosotros no mentiremos
  30. Nuestro país
  31. Parientes
  32. Por qué
  33. Relato sobre Chiró, el hechicero que acompañó a Garay a fundar Buenos Aires y regresó volando al Paraguay
  34. Siempre que me visitan
  35. Tormenta
  36. Transfiguración
  37. Tren con banderas
  38. Tus paseos




    Información biográfica

      Nombre: Elvio Romero
      Lugar y fecha nacimiento: Yegros (Paraguay), 1 de diciembre de 1926
      Lugar y fecha defunción: Buenos Aires (Argentina), 19 de mayo de 2004 (77 años)

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      Aguafuerte

        Sujeto a palos en cruz,
        Un hombre, quieto,
        Sobre dos palos en cruz,
        Con sogas entre los huesos.

        Y abajo el viento.

        Acaso atada mi tierra
        Como un tamborón de cuero
        Sobre dos palos en cruz.

        Y enfrente el viento.

        ¡Toda la patria en el suelo
        Sobre dos palos en cruz!

        ¡Y encima el viento!

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      Al amor un nombre

        Quizás porque en ti se asombran
        Las cosas voy reinventando
        Un nombre nuevo a las cosas.

        Quizás por eso buscamos
        Signarle un color distinto
        A todo cuanto abrazamos.

        Al amor un nombre. Al árbol
        Que nos cobija. Al silencio
        Que se reduce en tus brazos.

        Quizás empezarán contigo
        A renovarse las hojas
        Con que me abrigo y te abrigo.

        Y a reinventarse el lucero
        Ese brillo enamorado
        Del bosque de tus cabellos.

        ¿Todo es hoy? ¿Hubo pasado?
        ¿Alguna huella de tu beso
        Que su sello haya dejado?

        ¿Acaso no hay memoria
        De aquel rostro, aquellos ojos,
        De otros nombres y otras sombras?

        ¿Contigo el futuro empieza?
        ¿Contigo el pasado muere?
        ¿Contigo el presente sueña?

        Quizás porque todo ahora
        Contigo canta, debiera
        Reinventarme cada cosa.

        O porque viejos recuerdos
        De los ojos se me borran.

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      Alegres éramos

        Usted sabe, señor,
        Qué alegría colgaba en la floresta;
        Qué alegría severa
        Como raigambre sudorosa;
        Cómo el alegre polvo veraniego
        Fulguraba en su lámina esplendente,
        Cómo, ¡qué alegremente andábamos!

        ¡Qué alegremente andábamos!

        Usted sabe, señor,
        Usted ha visto cómo
        La lluvia torrencial sempiterna caía
        Sobre un textil aroma de bejucos salvajes
        Y cómo iba dejando con sus pétalos húmedos
        Su flora resbalosa,
        Su acuosa florería.

        Usted sabe, señor,
        Cómo los sementales retozaban
        Hartos de florecer, jubilosos de hartazgo,
        Con qué poder la noche deponía
        Su amargura en la altura del rocío
        Tal como deponía la desdicha
        Su arma en las arboledas.

        Usted sabe qué alegre
        Aflicción de racimos por las ramas
        En frutal arco iris vespertino;
        Cómo alegres luciérnagas subían
        A encender las estrellas,
        A conducir azahares que estallaban
        Como emoción nupcial o lumbraradas.

        Usted sabe, señor,
        Que antes de que aquí se enseñoreara
        La pobreza, frunciendo hasta las hojas,
        Desesperando el aire,
        Bien sabe, bien conoce
        Que cualquier miserable aquí podía
        Fortificar un canto en su garganta,
        En su pecho opulento.

        ¡Cómo podías reír, muchacha mía,
        Juvenil, cómo izabas
        Una sonrisa fértil como un grano,
        Cómo te coronaban los jazmines
        Y cómo yo apuraba
        Mi vaso de fervor! ¡Qué alegres éramos!

        Antes, antes de la amargura,
        Antes de que sorbiéramos
        Un caudaloso cáliz de indigencias boreales,
        Antes de que amarraran los perfumes,
        Que en su reverso el sol guardase el hambre,
        ¡Qué alegres caminábamos!

        Antes,
        Antes de que el aura ofendieran,
        De arrancar la raíz sangrándole los bulbos,
        Antes del mayoral, del tiro, antes del látigo,
        Qué alegría, señor,
        ¡Qué alegremente andábamos!

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      Allá

        Debe, allá, estar lloviendo;
        Sin pausa estar lloviendo, lloviznando
        En los bosques,
        Sobre las casas pobres, abotonándose
        La noche y mesándose la barba envejecida
        En los obrajes, allá lejos, lloviendo,
        Lloviznando en la noche.

        Y habrá ya anochecido.

        Siempre se me ha hecho tarde entre los tilos
        Serranos, a la hora de volver, anochecido,
        Allá lejos, cuando aún no sabía
        Que no fuera a volver, que se ha hecho tarde
        Lloviendo, anocheciendo.

        En la noche, allá lejos, lloviznando.

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      Así es ella, me dije

        Así es ella, me dije; es la alegría
        Remota y honda que de pronto llega
        A despejar el nudo que se debe
        Desanudar en la penumbra inquieta.

        Noche y albor, me dije,
        Todo llegó a mi corazón por ella;
        Llegó el sabor oculto del deseo,
        El presagio de ardor que en mí resuena.

        Es mi cuerpo, me dije,
        Reconociendo su esplendor en ella,
        El bosque entero de mi sangre, el pulso
        Y el latido secreto de su fuerza.

        La imagen que conservo
        De las verdes raíces de mi tierra;
        Ella es el tiempo mío, el del verano
        En el regazo inmóvil de la siesta.

        Así mismo, me dije,
        Es su fulgor herido en la belleza,
        Ella es el largo trecho recorrido
        Surtiéndose de entraña y sementera.

        Ella es así, me dije,
        Callado abrigo que abrigó mis huellas,
        El justo sueño que escogí en la lucha,
        La libertad por la que canto es ella.

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      Bajo una Luna grande

        Mi amada es de mi tierra, de lo mío,
        De la materna arcilla que originó mi nombre;
        La estrella de su nombre subió de las praderas verdes,
        Donde los ríos brotan de antiguos bosques.

        Su atuendo es de azahares.
        Perfumada tiene la voz de seda, y sus canciones hondas,
        Son de su pueblo ardiente, de mi pueblo profundo,
        Cantar de carreteros en luz madrugadora.

        Tiene aprestos airosos.
        El cántaro con agua
        Zozobra en su cintura con latido de pájaros;

        Que mi cantar la nombre.
        Resuene mi guitarra de noche donde duerma.
        Que la celebre el riente brillo de mis espuelas.
        Que la alumbren los astros
        Con que alhajo su cuello de paloma silvestre.

        Mil leguas la he llevado bajo una Luna grande,
        Clavando por el cielo mi puñal hasta el mango.

        Como estoy hecho de un galope largo,
        De una sombra furtiva que se esfuma,
        Quisiera ver la Luna de tu rostro
        En tanto atravesamos la llanura.

        Te llevaré por verte, noche adentro,
        A mi lado, apretada a mi cintura,
        Como quien lleva una torcaza tibia
        En el tibio vaivén de la montura.

        Acaso al ver el monte en tu mirada,
        Animales y pájaros acudan
        A guarecerse en nuestro pecho herido,
        Con vocación de sol y quemaduras.

        Traeré conmigo cosas de la tierra,
        Al ceñirme al calor de tu hermosura,
        Una radiante flor de mis querencias
        De esas que no veré en región alguna.

        Te llevaré por verte, noche adentro,
        A mis antojos, a mi propia bruma,
        Y veré refulgiendo en el galope
        El halo te envuelva en la llanura.

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      Canto en el sur

        Esta noche, en el sur,
        Me he mirado en tus ojos.

        Soy como tú,
        De piel morena, oscura, oscura,
        Con estrellas metidas por dentro
        Y por fuera sudor, cáscara ruda.

        Tengo la sangre hirviendo
        Como un sinuoso trueno derramado,
        Tengo las manos ásperas
        Como herramientas duras y soleadas;
        Tengo los ojos lúbricos
        Como lúbricas raíces.

        Esta noche, en el sur,
        Me he mirado en tus ojos.

        Te vi ayer en el norte;
        Vi en el norte lo mismo, el mismo
        Y primario dolor sobre los cuerpos,
        El aguardiente galopando a sorbos
        Y lo demás lo mismo: el mismo
        Brazo sudando a contraluz sangrienta,
        El mayoral que brama entre los árboles,
        Los mismos ojos sin calor, la misma
        Temblorosa epilepsia del sudor,
        Los mismos exprimidos,
        ¡Los mismos coronados!

        Esta noche, en el sur,
        Me he mirado en tus ojos.

        Soy como tú,
        La misma turbulencia contra el mismo espejismo,
        Idéntico remando bajo la misma noche.

        Conservo el sortilegio
        De estas zonas arbóreas que me cercan;
        Tengo la risa ronca
        Y estas anchas tristezas.

        De piel morena, oscura,
        Pisando en el calor exasperado.

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      Carta a Julio Correa

        Julio: vuelvo a escribirte ahora, madurado
        En este oficio amargo de recordar mi tierra,
        Llena de estragos hondos y un sino desolado,
        La que dejó mi vida tendida en su costado
        Izando hasta su cielo las sombras de la guerra.

        Te recuerdo plantado como un árbol frondoso
        Ante el nivel caliente de un crepúsculo abierto,
        Árbol antiguo, agreste; ramaje poderoso
        De empurpurada tierra, de polvo fragoroso
        Resumiendo el silencio del paisaje desierto.

        Cuando imagino, Julio, que allí la vida tiene
        Un telón de sombrío derrumbe oscurecido,
        Que es una rosa ardiente la pasión y sostiene
        El corazón su rama de espinos, se me viene
        La voz en hondo trueno de tizón encendido.

        Te alcanzó en el sendero la vida más amarga,
        Y su sabor amargo lo llevaste prendido
        Como algo que en la densa soledad nos descarga
        Una dura tristeza, una tristeza larga
        Arándonos el pulso y el puño decidido.

        Has conocido al hombre cuando enseñó el severo
        Reverso de su sangre poderosa y bravía,
        Que luego se hizo fuego vibrante y sol señero,
        Torrentera boreal, remanso verdadero,
        Abriendo por los montes tajos de valentía.

        Todo fue un tiempo clara severidad, tranquilo
        Beso del esplendor en la luz mañanera,
        De roja claridad acostada en el filo
        De la tarde, del limpio albor llevando en vilo
        El amor, la mies clara, el sol, la primavera.

        Después... ¡lo que sabemos! ¡Viejo dolor ceñido
        Al bulbo terrenal que la vida sustenta;
        Viejo dolor de pueblo castigado y caído,
        De pueblo que levanta su ardor amanecido
        En la humillada noche como dura tormenta!

        Después: ¡lo que sabemos! ¡La libertad vendida,
        Vendido el cielo claro, vendidas las amigas
        Albas que demoraban su ramazón florida,
        Vendido el aire suave, la brisa atardecida,
        Vendido el corazón, vendidas las espigas!

        La libertad fogosa reclama nuestra mano,
        Dulce como los sueños, roja como la brasa
        Radiante que resalta hacia un confín lejano;
        La libertad, tan simple como el trigo lozano,
        Cual la mesa raída y el vino de tu casa.

        ¿Escucharás también la nueva melodía?
        ¿No has aguardado acaso que la vida recobre
        La fabulosa gracia de vivir la alegría,
        De vivirla en las cosas más tiernas cada día,
        En el bucle de un niño o en tu mantel de pobre?

        Cuando regrese, Julio, habrá flores dichosas
        Acogiendo el anuncio de las nuevas semillas.
        Todo tendrá el aroma de las cosas sencillas.
        La tierra, el alba pura se abrirán generosas.
        Nosotros, como siempre, ¡cantando maravillas!

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      Casa cautiva

        Esta es la casa; es nuestra.
        Esta es su música; las exigencias todas
        De la vida pasaron por sus habitaciones, por el ascua
        Quemante de sus fronteras; la locura de quienes emprendieron
        Una empresa más ancha que sus fuerzas, el sueño
        Que los fue desgarrando, esa sal escogida
        Que salpicó las llagas de su vasto martirio.

        Es nuestra. Aquí resuenan
        Músicas melancólicas, instrumentos que exaltan
        Querencias y alegrías. Le pertenecen la quietud antigua
        Y los hechos sangrientos. Sus ríos, los espejos, recogieron despojos
        De injuria y desventura (por eso es esta música); obsedieron
        A sus hijos colores de aturdidos relámpagos, sus manos
        Apresaron los frutos de una infausta cosecha.
        Su música es así. Descansa ahora
        En un boreal tembladeral de pájaros, de plumas
        Amarillas, de crucifijos deslavados, rotos. Y es hora
        De preguntarse: ¿qué trajimos
        Para ungirla a un estado de habitación del hombre;
        Se habrá sentido, como cal viva en los ojos, la tribulación
        De su destino? ¿Qué tembloroso cántaro
        Amasamos, qué súplica o trastorno,
        Qué empeño y asechanza para evitar la herida
        De su piel, esa absorta mirada de sus ojos terribles
        Como una acusación? ¿Habremos, pues, cumplido
        Con el deber que hiciese merecer habitarla?

        Es nuestra. Esta es su música. ¿Qué rencores oscuros
        Le habrán tejido esa circunferencia,
        El halo que empurpura sus techumbres? ¿La enemistad
        Como un osario vano entre sus hijos? ¿El desconsuelo
        De las cruces plantadas en su sueño y la obliga
        A prosternarse a solas junto a su sombra rota,
        A la intemperie, al umbral del orgullo que vela su infortunio?

        A saco habrán entrado
        En ella los impuros, los cómplices
        Del ritual del crimen; habrán entrado a saco
        Con miserables máscaras que engendra la codicia;
        Habrán marcado un día trágico por sus muros.
        Trágico de fatalidad, espúreo
        Como el inicuo cuervo sobre el árbol desierto
        En cuya raíz de hueso reposan los desnudos.
        Su música es así, una cifra
        De dulce acento humano, un anuncio
        Previo de acusación anudado a la rueda del destino
        Y al párpado de los muertos, melodía incesante en el desgaste
        Del desierto cubil, sonido desgajado
        De un instrumento oscuro con imagen de reja y cautiverio.

        Todo saldrá de aquí, de su piedra
        Y su polvo, de su migaja el pan, de su venero
        Verde la cosecha, de las estancias tristes la temblorosa noche
        De la revelación y los rebeldes;
        De aquí la sangre, el fuego, de los cuencos vacíos la mirada
        Final y salvadora, como un amor que brota
        De madrigueras hondas de escarnio y menosprecio.

        No habrá ya que olvidar decir su nombre
        De música y quejumbre, ese nombre de selvas que prohijó nacimientos,
        Muertes, inmolaciones, sea amarga sobre los labios
        Del hombre; nombrarla en trance
        Marcarla a hierro lento en nuestros huesos;
        A cada instante repetir su nombre (como triunfo o condena)
        Mentar esas señales remontadas a tiempos
        De arcilla fatigada, de plumajes y tribus destruidas,
        Nombrarla siempre,
        Morder su nombre de sol inevitable
        (Como virtud o pecado), llevar su nombre en la carne
        Como esta lleva su corrupción, seguir nombrándola
        Y desvestirla toda con el rebozo intacto
        De esa música dulce, inmemorial, desamparada música de un
        Anhelo insaciable.

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      Con ese mismo corazón que cantaba

        En memoria de Wilfrido Álvarez, mártir paraguayo.

        Soñó con un país
        Que fuera una corriente
        De ríos al andar,
        De jazmines la frente,
        De granos de maíz
        Resonante el cantar.

        Hoy recuerdo su rostro que tenía
        Rasgo de arcilla y tierra del lugar,
        Donde hallara el secreto de pulsar
        Con el acero de su rebeldía
        La cívica guitarra popular.

        Soñaba con un país
        Hermoso, con la camisa bordada
        De color nuestro, de lluvias
        Nuestras y vastas en las madrugadas;
        Iguales surcos quería,
        Que todo en el esfuerzo de los hombres cantara.

        El decía: -De todos
        Será el pan en la tierra
        Cuando la tierra sea para todos.

        Y haya pan para todos.

        Decía: -En paz sobre la tierra
        Descansará el hermano
        Cuando se viva en paz sobre la tierra.

        Y haya paz para todos.

        Él decía: -¡Qué hermosa
        La patria libre! ¡Hagamos
        Libre a la patria hermosa!

        Soñaba con un país
        Claro, fértil, que no oprimiera y sangrara
        Como un despojo deshecho, quería
        Que en un país de labranzas
        Cantasen la sangre, el valle, las cordilleras, los ríos;
        Lo soñó así, sin que jamás retirara
        Los pasos, la voz, los ojos
        De esa intensa lumbrarada.

        País de sol y azafranes y corazón de guitarras.

        Varón entero, tenía
        Polvo de pueblo en la cara.
        Se alzó por los que yacían,
        Vistió el sol cada mañana,
        Noche a noche alumbró el día,
        Día a día tocó el alba,
        Sufrió prisión por ser libre,
        Llevó luz de casa en casa,
        Pidió por los que no piden,
        Por otros hirió su entraña.

        Y si ha partido ahora, vuelve en esa marea
        De resolanas altas que golpea con furia y con constancia.
        El mediodía claro, vuelve a la clandestina tormenta
        De las horas
        En que su corazón, puro y vivo, cantaba;
        Vuelve a mirar las cosas de los hombres iguales
        En orfandad tiránica, en luz torva y hambrienta,
        En humildad y orgullo;
        Vuelve, vuelve a lo mismo, vuelve a arrojar al rostro dei
        Verdugo su cólera,
        Su cólera más honda que el odio y la vergüenza
        Del verdugo, más inmensa que el gesto del verdugo
        Alevoso, vuelve, cabal y entero, como siempre
        Volvía (sin que jamás partiera) de ese país que fuera
        La imagen de su vida.

        Vuelve así en esta tarde.

        Vuelve con la sonrisa
        De inocente camino con que incendiaba el día,
        Con esa fortaleza de bosque de sus sueños,
        Con esos camaradas que son sal de la tierra
        Y vuelven, con él vuelven a la región y al tiempo
        De redimir la sangre del crimen y el ultraje.

        Vuelve así en esta tarde, regresa al mediodía,
        Vuelve con ese mismo corazón que cantaba.

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      Con la mano tendida

        Ahora es tender la mano
        Como los ciegos, como quienes cantan
        Por los pueblos:
        Abierta para todos la palma.

        Y es ir echando en ella
        Luceros, cosas de la casa,
        Lo que pudo tener en nuestros días
        Sabor de yerba amarga,
        De lluvias tristes de fragor sombrío
        O de espurio rencor de una palabra.

        Es ir echando en ella
        Lo que hubo de maleza y viejas lágrimas,
        Lo que fue grito al caminar, lo que fue sangre
        Sucia y acorralada,
        Lo que hubo de impaciencia escarnecida,
        Lo que de tierra y heredad manchada.

        Es ir echando cuentas
        Como un bolsón sobre la espalda,
        Lo mejor y peor, lo que tuvimos
        De sangre buena y mala,
        De desazón nocturna o de semilla
        Caliente y saneada.

        Es ir echando cuentas
        De cuanto nos tocó de muerte y de esperanza.

        ¡Y de esa vocación de ver la vida
        Sobre su palma desollada!

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      El amor

        Sí,
        Hoy me he puesto a encender el viejo fuego.

        El azar y los años
        Me han llevado a pisar en el sendero
        Que me ha impuesto el amor;
        Que mi adorada
        Impuso a mi corazón; ahora vuelvo
        Al fervor inicial, a esa primera mañana
        En que el sol se ha instalado en nuestro pecho.

        Y así las cosas:
        La canción, la plenitud, el deseo
        Me han alumbrado el rostro, se me han ceñido
        Como un pañuelo verde sobre el cuello,
        Y entro en la casa del fervor como antaño,
        Asombrándome al ver reverdecer los sueños.

        Es como si hubiesen atizado
        A mi sangre el verano, la intemperie, los vientos
        Cordilleranos, o inundando sus cauces
        Un enérgico brío de panales repletos,
        Los brazos encendidos al apretar sus brazos,
        Las dos manos cargadas de un esplendor secreto.

        Sí,
        Porque mi corazón no descansa en la noche,
        Hoy me he puesto a encender el viejo fuego.

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      El eclipse

        ¡Salto en alto!

        Transpiraciones celestes,
        Mágica irrupción,
        Rugidos.

        ¡Salto del tigre a la Luna!

        Acechó el tigre a la Luna
        De blancos colmillos, ¡río
        De Luna por sus colmillos!, tigre
        Noche, tigre lluvia,
        Tigre que persiguió al viento
        Azul tigre azul, ofensa
        De Luna por los colmillos
        Del tigre acechando al viento
        Nocturno frente a la Luna.

        Persecución, maleficios
        Del tigre azul en la noche.

        Mágica irrupción,
        Rugidos
        Del tigre sobre los montes,
        Del monte al viento,
        Del viento al aire,
        Del aire al tigre,
        Del tigre.

        (¡Salto en alto!)

        ¡El tigre devoró a la Luna!

        Luna de colmillos blancos
        Bajo la Luna,
        Colmillos de tigres, blancos
        De Luna contra la Luna
        Blanca que persigue el tigre
        Cerrando el paso a la Luna.

        Transpiraciones celestes.

        Persecuciones del tigre.

        ¿Qué motas mancha la Luna
        Con color de piel de tigre;
        Qué tigre
        Manchó con motas de Luna
        La piel de color de tigre,
        Luna
        Con motas de piel de tigre,
        Tigre
        Con motas de piel de Luna?

        ¿Devoró la Luna al tigre?

        ¿El tigre devoró a la Luna?

        Persecución, maleficios
        Del tigre azul en la noche.

        Luna de colmillos blancos
        Bajo la Luna,
        Colmillos de tigres, blancos
        De Luna contra la Luna
        Blanca que persigue el tigre
        Cerrando el paso a la Luna.

        ¡Salto en alto!

        Mágica irrupción,
        Rugidos
        Del tigre sobre los montes,
        Del monte al viento,
        Del viento al aire,
        Del aire al tigre,
        Del tigre.

        ¡El tigre devoró a la Luna!

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      El santero

        Lacú, cara de miel, cabello cano,
        Temblándole, jadeante, la camisa,
        Fabrica santos, leve la sonrisa,
        Barcino guante de sudor la mano.

        Trabaja en palos. Y al tallarlos tanto,
        Con calor de melcocha por la frente,
        Lo llama por allí la buena gente:
        "Lacú, cara de miel, cara de santo".

        Modela efigies rojas de madera,
        Pálidos santos de color de Luna,
        Y le suenan los dedos como en una
        Llanura fatigante y forastera.

        Cuando está airado, talla entre avatares,
        Y cuando alegre, hasta el taller se alegra,
        Se le envuelve la sangre en noche negra
        Si se le llena el alma de pesares.

        Tales son sus desvelos; son tan fijos
        Sus labores, sus vértigos, sus sueños,
        Y es tanta la pasión de sus empeños
        Que tiene el rostro de sus propios hijos.

        Lacú mira el vivir, sigue a la gente,
        Ante las vidas simples se emociona,
        Siente latir un gesto y lo aprisiona,
        Lo fija todo en su labor paciente.

        De allí que cuando miran los vecinos
        Las figuras de palo en sus altares,
        Se ven, tal como son en sus hogares,
        Tal como son, jirones de caminos.

        Para probar mejor lo que origina
        Dentro del puño como fuelle ardiendo,
        Se amarra al brazo enérgico un estruendo
        De escopeta o cuchillo o carabina.

        Si labra un santo, firme y despiadado
        Baña el cincel de fuego y agavilla
        La gubia con cendal de maravilla,
        Fragor de tierra, semillar y arado.

        Y si es santa, despierto en nuevo brío,
        Le da un soplo final mágico y sabio:
        Con flor de pachulí le pinta el labio,
        Las lágrimas, con gotas de rocío.

        Y tanto se parece a sus criaturas
        Que él mismo es ya raíz, árbol, madera,
        Palpitación terrestre y verdadera
        De cortezas con sol por vestiduras.

        Trabaja en palos. Y al tallarlos tanto
        Con calor de melcocha por la frente,
        Lo llama por allí la buena gente:
        "Lacú, cara de miel, cara de santo".

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      En el patio

        Estamos caídos en el suelo.
        Ya no pisamos con los pies ligeros
        La tierra iluminada, su centro iluminado;
        No estamos ya, con la velocidad del gamo,
        Estremeciendo el pasto de las praderas
        Ni el nido de la perdiz.

        Ni nómadas ni errantes.
        Estamos en el suelo,
        Sentados,
        Sin colgar semillitas en el cuello,
        Sin colgar en el cuello flores multicolores.

        Estamos fijos en el suelo,
        Sentados,
        Ya con los ojos secos
        Sin ver el horizonte,
        La mirada agotada de mirar suelo yermo,
        Sin otear distancias,
        Definitivamente caídos en el suelo.

        Ya no miramos hacia abajo
        El centro de la tierra, el centro de lo que crece,
        De las germinaciones, del soplo de las semillas,
        No vemos el centro mismo del crecimiento,
        El centro llameante
        Del crecimiento mismo de la tierra.

        Estamos condenados
        A vernos en el suelo,
        A estar sentados en el suelo sin contemplar el centro
        Luminoso del cielo,
        A estar sentados sin contemplar el firmamento.

        Ni nómadas ni errantes,
        Estamos en el suelo,
        Atados a la tierra y condenados
        A no mirar el crecimiento.

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      En los días venideros

        En los días venideros
        Cada cual tendrá su sitio;
        Aquellos que derramaron
        Su vida por conseguirlos,
        Y su juventud volcaron
        Sobre los anchos caminos.
        Esos llevan en la frente
        Duro metal encendido,
        Simientes de sembradura,
        Relentes de sol invicto.

        En los días venideros
        Cada cual tendrá su sitio.
        Los que fueron vivas ascuas
        Con cuerpo y pecho encendidos,
        Y los que siempre anduvieron
        Bajo el temor escondidos,
        Y son como quienes viven
        Con el corazón vencido.

        Árbol que no tenga frutos
        Será como un leño herido,
        Astilla para el brasero,
        Viejo mojón del camino.
        El hombre tendrá en los labios
        El resplandor de sus gritos,
        Y si no ardieron sus manos
        Con fuego de monte ardido,
        Su sangre será una sombra
        Sin esplendores ni brillos.

        Los que se han puesto de lado,
        Eludiendo su camino,
        Irán como pobres sombras
        Sin saber ni lo que han sido,
        Sin tener en la vejez
        El respeto de los hijos.

        En los días venideros
        Cada cual tendrá su sitio;
        El digno tendrá una muerte
        En campo abierto y tranquilo;
        Los ojos, tristes mortajas
        Que huelan a triste olvido.

        Y en un murmullo solar
        Se encenderán los caminos.

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      En silencio

        ¿Qué es esto
        De pronunciar tu nombre en silencio,
        De llamarte sin que te encuentres,
        De buscarte donde no estés,
        De hacer un hueco de claridad
        En medio de la noche?

        ¿Se regará en tus ojos
        Cuando cruzas descalza al mediodía
        El mismo anhelo, la febril llamada
        De ese brotor que oíamos
        Trepidar en las manos cuando todo cabía
        En la brasa de amor de aquellas horas?

        ¿Qué es esto
        De pronunciar tu nombre en silencio,
        De tallar tu inicial en las cortezas
        Del verano en los árboles
        De aquí a mi lado disponerte un sitio
        Como al ancho calor de aquellos días?

        ¿Se regará en tus ojos
        La llamada febril, el mismo anhelo
        Como cuando descalza
        Cruzas para abarcar el mediodía?

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      Eso somos

        Eso somos: las flechas
        En un arco tendido, la despreciable indiada;
        Las leñas que han de arder en los fogones
        Del blanco en La Misión, los hijos de la intemperie,
        Del vasto infierno de los desiertos,
        Definitivamente condenados.

        Eso somos:
        La sombra de lo que fuimos,
        Un ala destrozada en pleno vuelo
        Cubierta por la sombra del murciélago,
        El habitante forestal, ahora
        Cazado en plena selva, los guerreros vencidos
        Definitivamente.

        Eso somos: la estela
        Del salto del jaguar al infinito,
        Los más desamparados de la tierra;
        Calabazas vacías sin ecos ni semillas,
        Sustraídas de una fuerza brillante,
        Los golpeados, los tristes, los caídos
        Definitivamente.

        Eso somos.
        Definitivamente.

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      Esos días extraños

        Vienes de afuera. Traes
        Vitales adherencias en la mirada clara.
        Se te ve el regocijo. El júbilo te invade.
        Repites nombres, cosas. Y al punto te detienes
        En ese espacio grave de distancia que existe
        En ese espacio grave de distancia que existe
        Entre el fervor que traes y el silencio que habito.

        ¿Qué tengo? ¿Qué contorno
        De penumbra me sella y me fatiga?
        ¿Bajo qué precipicios cierro los ojos tristes
        Y apenas ya converso con brumas imprecisas?
        ¿Qué sucede que apenas te conozco,
        Que tu mirada clara se me borra en las manos
        Y me enredo en mi noche y mis recuerdos?

        Pronto ves que no entiendo.
        Que no estoy. Que no escucho.
        Que irremediablemente me pierdo en esa umbría
        Donde, ciego y perdido, rompo mis pobres báculos
        Que he bajado a una estancia de fiebres invasoras
        De donde extraigo, huraño y melancólico,
        Mis diarias cosechas, mis vinos silenciosos.

        Algo quieres decirme. Algo quieres contarme.
        Pero no estoy. No siento. Persisto en mi guarida.
        Me hospedo en esa niebla donde a veces me pierdo,
        Bajo la estera oculta donde me afano y doblo,
        En la triste carlanca donde enfundo mi sangre,
        En mi agujero amargo.

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      Fiesta

        Y así te pasarías
        La vida,
        Tibia carne adorada.

        Danzando,
        Empapada de lluvias,
        Los cabellos pegados a la piel,
        Joya desengarzada, aroma y rosa
        Sobre un campo de hortensias y jazmines.

        Cantando,
        Arrebatada, risa
        Y ofrenda clara, elástica y hermosa,
        Los labios frescos en la noche, agitando
        El ansia de las guitarras, tentadora
        Música montaraz, vivaz y airosa, dulce
        Codicia de forasteros,
        Blusa de encaje y flores sobre el hombro desnudo,
        Llenando el patio abierto de canciones.

        Así te pasarías,
        En el canto y la danza
        Y asombrado a los caminantes,
        Hija del fuego, del aire, de las tardes,
        Visita inesperada, brisa prometedora
        De ardor y adivinanzas, apartando
        Y abriendo las cortinas de las ventanas, viento
        Marcando el calendario del amor en la aurora.

        Así te pasarías,
        Tibia carne dorada.

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      Fraternidad del fusil

        Con mis dedos lo acaricio, tenaz y fiel compañero.
        Su inquebrantable amistad
        Me enseña como un ejemplo
        Lo que es lidiar sin flaquezas,
        Sirviendo de parapeto
        Contra las balas que llegan
        Buscando encontrar los cuerpos.

        Con aspereza acaricio
        Su frío metal de acero,
        Oscuro túnel cargado
        Que en los minutos intensos
        De la contienda enrojece,
        Se nombra y late en el fuego.

        De inquebrantable amistad,
        Lo sé, lo palpo, lo siento:
        Lo comprendo cuando vamos
        Camino de bosque adentro,
        Y buscando su calor,
        Al caño negro me aferro.

        ¡Qué erguido cuando entre sombras
        Avanza mi regimiento!
        ¡Qué firme cuando penetra
        Malezas, firme guerrero!

        Este fusil es amigo
        Que me acompaña en el hecho
        De sangre que se desata
        Por una verdad de pueblo.

        Y cuando llega la noche
        -Posada en el campamento-
        Después de ver la jornada
        Del plomo en su caño experto
        (Sin que duerman esos hombres
        Tendidos sobre sus puestos),
        Reposa a mi lado, en frío,
        Tenaz, a medias despierto
        Como yo, como los otros,
        Que no olvidamos el eco
        De los pasos rezagados
        Del enemigo siniestro.

        Lo acaricio con mis manos;
        Fusil gozoso en el duelo
        Terrible de la contienda;
        Siempre nombrando a un encuentro
        De balas que al aire silban
        Sin dar al viento sosiego.
        Entonces en la batalla
        Cuando se nombra a este pueblo,
        Se templa en un rojo vivo,
        Gozoso mira, y soberbio
        Perfila su boca negra
        Destacándose primero.
        Lúcido hermano y amigo,
        Sobre mis brazos lo siento.

        Ayer le dijo a la muerte:
        -"No vengas, porque te espero;
        Que el pueblo desnudo y pobre
        Disputa, pleno de esfuerzos,
        Con fin de aplastar las ratas
        Cobardes, llenas de miedo".

        Lo palpo y lo siento mío,
        Parapeto de mi cuerpo.

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      Imaginario encuentro con Elsa Mereles

        Elsa Mereles: algo
        De clavel conmovido apareció en mi mesa esta mañana,
        Y un claro rostro se dibujó en el espejo;
        Pensé que todo transcurría en el sueño, en una pesadilla,
        En una imaginaria presencia del desvelo;
        Pero no, era Ud. la que me visitaba,
        Quien venía a contarme las pesadoras horas de su vida.

        (Rostro tranquilo de mujer afable
        Que acerca la ternura y el sosiego;
        Gota serena de agua insobornable,
        Mariposa de fuego).

        Contemplo en sus espaldas
        Una rosa morada, una punzante herida,
        Rosa injuriada, ajada, en el surco encendido
        De su piel palpitante, en esa espalda morena
        Con luz cálida y tibia,
        Suave y aromada como una flor silvestre al descampado.

        (Un viento arisco escarpe una semilla
        De carmín por su rostro, y un temprano
        Resplandor besa el aire en su mejilla,
        Rocío de verano).

        Me habla de sus afanes
        De mujer que desea ver a su patria limpia
        De sombras luctuosas, de crepúsculos pérfidos;
        Me enseña en la ladera de sus hombros las huellas
        De la inútil violencia,
        Y yo digo que son así como una carta esos hombros
        Carta donde se leen las letras luminosas de un ciclo de heroísmo.

        (Una flor paraguaya se atreve
        A darle aromas a la tarde fugaz,
        Y agregarle un gorjeo raudo y leve
        De paloma torcaz).

        Y ella, Elsa Mereles, me dirá suavemente:
        -Hermano, hemos llegado. Y será cierto. Estaremos llegando,
        Ya estaremos aireando las sábanas al viento
        Y el oprobio y la afrenta habrán pasado
        Como pasa el silbido de una serpiente sibilina y negra.

        (Levantárase el Sol en las mañanas
        Con la esperanza toda abriendo al día,
        Y vendremos a ver si las campanas
        Replican todavía).

        Y le diré a mi vez: -Hermana, estamos juntos.
        Y será cierto también. Y caerán los cerrojos
        Y se abrirán las celdas
        Y alguien saldrá cantando en las praderas
        Y cara a cara nos enfrentaremos
        Los justos y los réprobos, porque el tiempo es llegado,
        El de la cosecha y la espiga, en una madrugada de júbilo en la tierra.

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      La historia de mi corazón

        La historia de mi corazón
        Es simple, así lo ven, como la vasija de arcilla
        Traída de aquel barranco rojo, como los frutos radiantes
        De mi país; un suceso callado y sobrellevado como
        El puñal riesgoso que se esconde en el pecho;
        Bonancible unas veces y otras veces amarga como
        Todas las cosas del amor: un eco de guitarra
        Rasgada en el amanecer y en el atardecer de la tierra.

        La historia de mi corazón
        Contiene un ancho río con piraguas y hogueras,
        Recónditos remansos con reflejos de pieles
        De jaguares y pumas que se acercan jadeando a sus orillas;
        Un aire antiguo aventa sin pausa sus latidos
        Y un viento de verano sopla en sus cicatrices;
        Vigila a un ancho cielo que atestiguó las danzas
        Rituales de una raza callada y destruida.

        Abarca la de mi pueblo,
        El pergamino de su largo vía crucis,
        Guarda sus viejas crónicas de esplendor y violencia,
        Sus secretos de guerra y campamentos;
        Están aquí, con su vigor de sangre y su escritura
        De fuego, sus hitos silenciosos de victoria y catástrofes.

        Así es mi corazón,
        Así sus encrucijados, sus atajos dorados;
        Se reflejan en él -como una nube en la corriente-
        Senderos recorridos, amores padecidos y olvidados, hechos hondos
        Que lo movieron, de una Luna a otra Luna, de una magia a otra magia,
        Intensa, interminablemente
        Hacia un extraño suelo de color aturdido.

        Mil veces ha tenido que marchar de tu lado
        Y regresar mil veces. Tendría acaso la predestinación
        De esta tierra, la de todos los hombres y las cosas
        De este solar: cambiar de sitio siempre,
        Trasladarse y volver
        A la querencia, salir y retornar a la entraña, a la matriz desollada,
        Desmemoriado y memorioso, intacto, herido,
        Con espadas dispuestas a otra intensa jornada.

        Ahora el viejo fuego lo estremece de nuevo,
        Hoguera sin extinción, diamante de estos días
        Profundos, reanimando sus lumbres. Y es entonces
        Cuando comprende que ya no cejará en sus arrebatos, en su reiteración
        De saberse en la música del querer, de entre tantas
        Cenizas salir airoso hacia la plenitud, hacia el rocío,
        Hacia el acto invencible con que el amor se encara con la muerte.

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      La marcha de Juan Ramón

        -Apacigua esos impulsos
        Que te encienden la mirada.
        Piensa que pueden matarte.
        ¡Ay, Juan Ramón, no te vayas!

        -Guarda esas súplicas tuyas,
        No pierdas tiempo en palabras,
        Que en esos campos desnudos
        Mis hermanos me reclaman,
        Hermanos de piel morena
        Que marchan bajo las balas
        Entre rabia de fusiles
        Y vómitos de metralla.

        -Ay, Juan Ramón, tú no sabes
        Las penas que nos recargas.
        Si marchas a aquellas veras:
        Qué tristeza en esta casa.

        -Suéltame el hombro. No pienses.
        Déjame partir, hermana.
        Que quiero latir con esos
        Valientes en la batalla.

        Geografías luminosas
        De amor y de fe les traza
        La fuerza en los corazones
        Y la bondad en el alma;
        Y más: una valentía
        Que es toda una suelta ráfaga.
        Ellos saben por qué luchan,
        Que luchan por su esperanza,
        Por un surco liberado
        Para las nuevas labranzas.

        -¡Pero es que aquí te queremos!
        ¡Ay, Juan Ramón, no te vayas!

        -También yo quiero a mi tierra
        Tanto tiempo aprisionada,
        Y pienso que es cobardía
        No cumplir esta jornada.
        ¡Qué importa morir al cabo,
        Si el pueblo elevado en armas
        Perfora roncas tinieblas
        Para enseñarnos el alba!

        -Hermano, ¡qué cosas dices!
        Nunca escuché esas palabras.

        ¡He esperado tanto tiempo
        Que esta lid se desatara!
        Di a nuestra madre que marcho
        Con esta mi sangre honrada,
        Que voy a aprender del pueblo
        Su hermosura de guirnalda.
        ¡Qué nobleza en sus vertientes
        Y austeridad de comarca!
        ¡Y qué altivez en sus hijos
        Que dialogan con las balas!
        El pueblo quiere vivir.

        La misma sed me acompaña,
        Y esta sed de libertad
        No se entretiene con agua.
        Quiero latir en las sienes
        De los que entran en batalla,
        Y ver y sentir que tengo
        Sus estampas en el alma;
        ¡Serán mozos que han partido
        Para enterarse que el alba
        Renace, cuando se erige
        Su pedestal con metrallas!

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      Los ayoreos

        Los ayoreos sueñan con sus bosques,
        Con la Tierra-sin-mal que está escondida
        Más allá del palmar y el horizonte,
        Con el collar de pluma de sus ritos,
        Con los misterios hondos de la noche.

        (El hombre blanco ha impuesto
        Su ley en la comarca;
        Le desterré a sus dioses,
        Le arrebaté sus máscaras,
        Su alba de guacamayos,
        Sus confines de caza).

        Los ayoreos sueñan con sus bosques,
        Con la iguana que cruza las picadas
        Y el caimán que bosteza por los bordes
        Del gran río, en las siestas amarillas,
        Cuando el calor arrasa con los montes.

        (El blanco le ha robado
        El venado y la calma,
        Las antiguas creencias,
        La luz antepasada,
        La vincha de fulgores
        Y la vara de danzas).

        Los ayoreos sueñan con sus bosques,
        Con el panal de fuego del lucero;
        Descifran el lenguaje y los colores
        De las aves que cruzan el desierto,
        De las serpientes en los camalotes.

        Mientras el blanco trama su emboscada,
        Los ayoreos sueñan con sus bosques.

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      Me dijo que no

        Al verla venir
        El cielo se abrió;
        Pregunté su nombre,
        Me dijo que no,
        Si donde vivía
        Y me lo negó;
        Le acerqué una rosa
        Y un clavel punzó,
        Le miré a los ojos,
        Me dijo que no.

        Cielito, cielo y más cielo,
        Cielito de andar y andar,
        Cielito de mi desvelo,
        Cielito del Paraguay.

        La besé de pronto,
        Y se me alejó,
        Vestidito blanco
        De color de albor,
        Andar de paloma
        Que apenas voló;
        Le dije dos cosas
        Y se sorprendió.
        Le acerqué la cara,
        Me dijo que no.

        Cielito, cielo que sí,
        Cielito, cielo que no,
        Cielo de una luna esquiva
        Que una noche me alumbró.

        Le indiqué un camino,
        Me dijo que no.
        Le pedí el tesoro
        Que siempre escondió;
        Le pedí rogando,
        Le ofrecí una flor,
        Me acerqué cantando,
        Le conté mi amor,
        Me acerqué a sus labios,
        Me dijo que no.

        Cielito de mis amores,
        De mis horas de cantar,
        Cielo de siete colores,
        Cielito del Paraguay.

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      Me ve pasar la misma gente

        Por calles de caliente arcilla
        Suelto mi flor, como un trapecio
        Que el trapecista suelta al aire,
        Mi flor, mi flor de jazminero;
        Por tierra roja y pasto verde
        Voy caminando a pasos lentos,
        En el ojal un clavel morado,
        Sombrero en mano y sonriendo.

        Me ve pasar la misma gente
        (La de mis sueños), porque vuelvo
        Con el resol iridiscente
        De los campos sobre mi pecho;
        Veo las ramas del lapacho
        Con algo de color eterno,
        Me interno en la profunda noche
        Que ha presentido mi regreso.

        Conversando con habitantes
        Que conversan con su silencio,
        Siento la risa de aquel músico
        Que dio insolencia hasta a sus besos,
        Me guiña el mago con sus párpados,
        Con su paloma y sus pañuelos,
        El poeta y su cabellera,
        Con su cantar y su misterio.

        Está todavía mi padre
        Con su porte de caballero
        En el umbral, avizorando
        La luz del horizonte abierto;
        Y están mi madre y sus tejidos
        De lana en un telar de ensueños,
        Mis hermanos que preparaban
        Su aventura y sus devaneos.

        Tantos hechos aquí pasaron,
        Tantas cosas, tantos sucesos,
        Que hasta el alba fue erosionada
        Por un raro quehacer incierto;
        La comarca y sus pobladores
        Cargan su cruz, su cruz de hierro,
        Dialogando con su pasado,
        Con su ceniza y con sus muertos.

        Emite el aire un eco extraño
        Que todo se parece a un cuento;
        La vida es irreal, un vano
        Soplo que pasa en un desierto;
        Las puertas salen de sus goznes,
        La querencia es un hervidero
        De ansiedades que no florecen,
        De anhelos que no se cumplieron.

        No sé, pues, si estoy regresando
        O es que regresan mis recuerdos;
        Si hoy es ahora o es mañana,
        Si mañana está transcurriendo;
        De todos modos, aquel camino
        Se me acerca como al encuentro,
        Y yo avanzo con pasos lentos,
        Sombrero en mano y sonriendo.

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      Muerte de Perurimá, cuentero, enredado en su lengua...

        ... Y entonces se fue yendo,
        Y se fue yéndosele, se le fue
        El párpado cayendo,
        Y se le fue la boca,
        Y se le fue yendo el habla,
        Yéndose en sombras, yéndosele
        Los pasos fuésele yendo el tiempo
        Y yéndosele
        Se le fue el silencio.
        ¡Las viejas cuentan
        Cosas increíbles!

        Que trampero y tramposo,
        Perurimá acababa
        Enredado en su lengua,
        Con la ojera en la oreja,
        La oreja por la ojera,
        Clueco en el recoveco
        De su lengua cuentera;
        Que a su voz se enredaba
        Dicharachero, ojoso,
        La ceja como un fleco
        Menguante que no mengua,
        El cuerpo de mandioca
        Contorsionado, seco,
        El ojo como arveja
        Que mira el labio mudo,
        Demudado el saludo
        Que fritaba en la boca.

        ... Y se engullía el aire,
        Frotando con su voz el aire, trotando
        El eco con su voz, trotándosele
        Y frotando la lengua herida y rota,
        Rota al trotarle por la boca
        La lengua, trotándosele la lengua
        Rota sobre la boca,
        Engulléndose el eco
        Al frotársele el aire sobre la boca
        Trotando sobre la lengua.

        ... Tragaba la fatiga,
        Rasguñándose las pestañas,
        Destiñéndose el habla hablando,
        Virando el ojo en ajo,
        En lodo el lado
        Resabio de su labio,
        Tragándose la voz, atragantándosele
        El habla en la garganta
        (Lampiña lengua Luna)
        Tragándose la Luna, fatigándosele
        La voz se fatigaba,
        Y se le fue yendo el habla,
        Fuésele yendo el tiempo,
        Y se le fue yéndosele, se le fue
        El párpado cayendo
        Y se le fue cayendo el silencio.
        ¡Las viejas cuentan
        Cosas increíbles!

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      Nosotros no mentiremos

        Nosotros no mentiremos,
        No habremos de renunciar al oro falso
        Como quienes apelan de pronto a una impostura;
        No diremos que las lluvias traen paz y las inundaciones beneficio,
        Que pueden las cordilleras bajar a las llanuras,
        O que en días aciagos el fervor se mantiene
        Como un metal de permanente brillo.

        No, nosotros no mentiremos;
        No elegiremos al hijo un sitio fatuo,
        No instaremos a su alma a la mansedumbre
        Ni al inútil orgullo que desvía la luz de la justicia.

        No iremos a compartir la mesa
        De los mercaderes, no armaremos las trampas
        Que ellos preparan a los pájaros desorientados en invierno,
        No deformaremos tampoco nuestra
        Historia de amor y de penurias
        Y la ofrecemos tal cual sea en su copa de fiebre y de tormento;
        Y si tuviésemos que edificar en la ilusión
        Y en el tul del ensueño nuestro abrazo perenne
        Será veraz, desgarrador y puro,
        De modo tal que puedan acercarse a este sitio los claros y los simples.

        No, no diremos siquiera
        Que no envejeceremos, no subiremos a las nubes ni bajaremos de las nubes,
        Y sólo así, con el cáliz en alto, ayudaremos a vivir
        Con nuestra sola verdad clara, con el idéntico
        Gesto con que ayudamos a atravesar la calle a los mendigos,
        Y seremos los primeros y los últimos,
        Igual a todos los mortales masticando su yerba.

        No, nosotros no mentiremos.

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      Nuestro país

        Nuestro país (el mío,
        El que puedo ofrecerte), aquella
        Dulce tierra violenta, con la frente
        Segada y abolida por un aire quemado,
        Donde ochocientos ríos le dan curso a sus ojos
        Y cordilleras verdes le apoyan la andadura,
        Desgajo de protesta vegetal y verano,
        Mi país que se instruye sobre un nivel
        De lluvias,
        Oh mi país hermoso,
        Despiadado y profundo,
        Fiel a sí mismo, puro, solitario, implacable,
        Nos reserva un asiento
        De hierbas y azahares, desenvuelve
        -Mi amor- sus recelosos,
        Sus imperiosos meses, su silencio,
        Por esto, por nosotros,
        Por asir esa Luna de carbón desdichado
        Que se nos sube a veces por la noche a los ojos.

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      Parientes

        Nadie podrá saber con precisión
        Qué gota suya fenece o continúa.
        Habrá un instante muerto, disecado,
        Como si el transcurrir se detuviera.

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      Por qué

        Por qué no habremos de querer nosotros
        Lo que nunca quisimos; por ejemplo, una casa
        Sobre el remanso de un río,
        Con camalotes en sus costados,
        Con sus ventanas en regocijo.

        Por qué no habremos de escuchar nosotros
        Lo que la noche escucha; por ejemplo, una sombra
        Que nos sirva de abrigo,
        Que allí muera misteriosamente
        Asumiendo el color de sus dominios.

        Por qué no habremos de pisar nosotros
        Lo que jamás pisamos; por ejemplo, un sendero
        Con olorosos racimos,
        Con una hoguera que allí se encienda,
        Con grandes lluvias que nunca vimos.

        Por qué no habremos de sonar nosotros
        Con un eco que suene; por ejemplo, un murmullo
        Que tiemble en el sonido,
        El que responda a las preguntas
        Que junto al fuego recogimos.

        Y por qué no buscar siempre
        Lo que es parada en un camino,
        Lo que hay de otoño en un verano,
        Lo que hay de ardiente en lo más frío,
        Lo que es sonrojo en unos labios,
        Lo que es recuerdo en el olvido,
        Lo que es pregunta en la respuesta,
        Lo que es jadeo en un suspiro,
        Lo que es vital de esa alegría,
        De esa tristeza en que vivimos.

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      Relato sobre Chiró, el hechicero que acompañó a Garay a fundar Buenos Aires y regresó volando al Paraguay

        Cuentan que Chiró, el hechicero,
        El hacedor de cosas mágicas,
        Acompañando a los mancebos
        De la Tierra, a zonas lejanas
        (En donde luego fundarían
        Su lar, junto a un río de plata),
        Marcó su huella entre las huellas,
        Por si algún tiempo regresaba.

        Allá, ya junto al Lago Grande,
        Cercado por la empalizada,
        Abrió caminos en la tierra,
        Sembró el maíz, tendió su hamaca,
        Leyó en las manos el destino,
        Midió el alcance de su hazaña,
        Vertió el sudor entre los surcos,
        Musitó el canto que guardaba.

        Un día, resonó en su oído
        El trueno de una voz nostálgica,
        Un soplo de aire estremecido
        Que era el eco de una llamada;
        Recordó el brillo de su tierra
        De colores y marañas,
        Sus panales en la arboleda,
        El silbo de las cerbatanas.

        Y entre las sombras de la noche
        Buscó su huella en la distancia,
        Donde la luna se perdía
        En las praderas de esmeralda,
        Tendió sus brazos hacia el cielo
        Y ascendió hasta una luz extraña,
        Cruzando, con vuelo de pájaro,
        Por los confines de la pampa.

        Y volando y volando y volando
        Entre subidas y bajadas,
        Chiró se aproximó a su reino
        De guacamayos y cascadas,
        A su reino de hojas radiantes
        Que lo indujo a que regresara,
        A su reino de miel y montes
        De maderas escarlatas.

        Su país le fijó en la frente
        Una antorcha de eterna llama,
        Y desde entonces los cetrinos,
        Los anhelantes de su raza
        Llevan, ardorosos y errantes,
        El alma desasosegada,
        El recuerdo de su querencia,
        La negra cruz de la nostalgia.

        Cuentan de Chiró, el hechicero,
        Del hacedor de cosas mágicas.

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      Siempre que me visitan

        Siempre que alguien me visitan
        (Viniendo de allá), miro sus huellas
        Por si todavía chisporrotean, por si algún resto del verano
        Atravesó las fronteras, o la verja deteriorada por la
        Inmovilidad; miro sus ojos
        Vidriados por la atmósfera seca, indago en ellos
        Si hay miedo o solamente las frescuras del alba;
        Cuando alguien me visita (de allá)
        Trato de penetrar en cada gesto, abarco
        Cada gesto, averiguo
        -Mirando de soslayo- si todavía se estrecha
        Fuertemente una mano, si todavía
        Se canta una serenata pobrísima en mi pueblo,
        Si el zanjón crece para el raudal
        O para los muertos, y de repente olvido
        Que averiguan también si yo averiguo, si todavía
        Me abrasa el sopor hondo
        De esa atmósfera seca, si estoy entre los vivos o los muertos.

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      Tormenta

        La noche ha sido larga.

        Como desde cien años
        De lluvia,
        De una respiración embravecida
        Proveniente de un fondo de vértigo nocturno,
        De un cántaro colorado
        Jadeando en la tierra,
        El viento ha desatado su tempestad violenta
        Sobre el velo anhelante de la ilusión
        Efímera, sobre los fatigados menesteres,
        Y tú y yo, en la colina
        Más alta,
        En el rincón de nuestros dos silencios,
        Abrazados al tiempo del amor, desvelándonos.

        Deja que el viento muerda sobre el viento.

        Yo te cerraré los ojos.

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      Transfiguración

        No sé a veces qué somos, si ya cada
        Grumo de tierra suena en nuestra mano,
        Si eres mujer o barro de secano,
        Si yo varón o arena derrumbada.

        Si tu cara es latido o si semilla,
        Si un ramaje de hierbas tu cabello,
        Si tus ojos dos ascuas en destello,
        Si mi sombra un helor que se arrodilla.

        Tanto llevamos un color de tierra
        Que nuestro cuerpo es como tierra lisa,
        Tierra que el viento reconoce y pisa,
        Que el aire besa y su ademán encierra.

        Tanto de tierra somos, tanto enciende
        La tierra nuestra sangre y nuestra vida,
        Que ya no sé si somos sólo herida
        De tierra que sus vertidos esplende.

        Si te embisto, tal vez ya sólo embisto
        Una colina, un surco, un sembradío,
        Y, labrador al fin de esfuerzo y brío,
        De sol me anego y de calor me visto.

        De tierra somos. Ya la tierra muerde,
        Mujer, tu entraña dulce y fragorosa,
        Y si mi fuego de varón te acosa,
        Los hijos saltan de tu prado verde.

        No sé si por tu piel se transfigura
        La vegetal orilla de un paisaje,
        No sé si vuelves o si estás de viaje
        Hacia la tierra, hacia su agricultura.

        Si varón o mujer, no sé; si en vano
        Pretendemos no ser yerba o simiente,
        Si dos ramas que sellan su corriente,
        ¡Si dos raíces que se dan la mano!

      Arriba

      Tren con banderas

        Era un tren con banderas
        Aquel tren de mi pueblo; un tren hermoso
        Como esos trenes hondos que aran la quemadura
        De la imaginería popular; tren compartido,
        Mínimo y desolado por entre cordilleras,
        Por entre atajos, por entre donde brotan
        Los pañuelos de adiós del horizonte.

        Era un tren con banderas.

        Cuando avanzaba solo
        Como arisco alazán por la pradera,
        Era una clara y lenta respiración del aire,
        Centella imaginaria de Luna y aguacero,
        Una fiesta ligera de infancia y de colores;
        Volaba el viento norte sobre sus ventanillas,
        Sus medas fulguraban sobre espuelas de rieles,
        Su silbido era un canto de pájaro de fuego.

        La cruz del sur, caída,
        Viajaba en sus furgones. Y lo demás: los frutos
        Radiosos de la tierra; el violento verano
        Cernido en los maizales, los arrieros
        De las fronteras, el grito seco de las plantaciones;
        Todo se acumulaba en sus vaivenes: la resolana de enero,
        Rostros cetrinos y guitarras hondas,
        Cántaros con serpientes, fugitivos callados,
        Embarazadas, brisas, bandoleros.

        Era un tren con banderas.

        El Paraguay entero
        Cabría en sus vagones, su violencia
        Y su encendida música; cabrían sus silencios
        Y su desamparado destino, el afán soterrado
        De libertad, su cruz y sus crucifixiones,
        La madera olorosa de sus montes cerrados,
        Su profunda y amarga masticación de muerte.

        Era un tren con banderas
        Y ojos abrasadores; tren orlado
        Por historias de guerra y rebeliones,
        Tren cruzado de gritos altos y lejanías,
        De sombra y naranjales; una llama
        Prendida sobre un vértigo dorado,
        Un tren de lumbre y alba sobre una tierra en celo.

        Aquel tren de mi pueblo solitario y profundo,
        ¡Era un tren con banderas!

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      Tus paseos

        Hoy bajas por la carretera
        Y yo te escucho cómo cantas;
        Vuelan pájaros de tus hombros,
        Vuelan gramillas de tus faldas;
        En las colinas de tus senos
        Se aventan las oscuras gramas,
        Y se ve en el trasluz del horizonte
        Que se disipa ya la madrugada.

        Tú sales a mirar la noche,
        A trajinar por las llanadas,
        Desprendes el cabello al aire
        Y la humedad se te rezaga
        Bajo los pies, entre las piedras,
        Elemental y sofocada,
        Y yo te aguardo porque sé que traes
        Los ojos limpios de esperar el alba.

        Necesitas la noche. Sube
        Su penumbra por tus espaldas,
        Tomas olor a los tomillos,
        Desnuda entre las hierbas agrias,
        Verdes se quedan tus hoyuelos,
        Florecen verdes tus pestañas,
        Y vuelves como un árbol caminante,
        Como raíz nutrida y fecundada.

        Por las colinas de tus senos
        Se aventan las oscuras gramas.
        Tú necesitas de la noche,
        De los montes y las bajadas.
        Pones la mano entre la tierra,
        Quedas de pronto ensimismada,
        Y luego vegetal, verde y sereno,
        Tu rostro se ilumina en la mañana.

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