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    Información biográfica

  1. A Elena
  2. Alegre río, tu cristalino fulgor
  3. Amigos que por siempre nos dejaron
  4. Annabel Lee
  5. Balada nupcial
  6. De todos cuantos anhelan tu presencia
  7. ¿Deseas que te amen?
  8. El cuervo
  9. El día más feliz, la hora más feliz
  10. El valle de la inquietud
  11. Es tu hermosura, Elena
  12. Espíritus de la noche
  13. La durmiente; versión I
  14. La durmiente; versión II
  15. Las campanas
  16. Las enramadas donde veo
  17. Leonora
  18. Lucero vespertino
  19. No me aflige que mi cuota de mundo
  20. Ojalá mi joven vida fuera un sueño duradero
  21. País de hadas
  22. Solo
  23. Soneto a la ciencia
  24. Te vi una vez, una sola
  25. Tu alma se encontrará sola entre las cosas
  26. Un sueño dentro de un sueño




    Información biográfica

      Nombre: Edgar Allan Poe
      Lugar y fecha nacimiento: Boston, Massachusetts (Estados Unidos), 19 de enero de 1809
      Lugar y fecha defunción: Baltimore, Maryland (Estados Unidos), 7 de octubre de 1849 (40 años)

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      A Elena

        Te vi a punto.
        Era una noche de julio,
        Noche tibia y perfumada,
        Noche diáfana...

        De la luna plena límpida,
        Límpida como tu alma,
        Descendían
        Sobre el parque adormecido
        Gráciles velos de plata.

        Ni una ráfaga
        El infinito silencio
        Y la quietud perturbaban
        En el parque...

        Evaporaban las rosas
        Los perfumes de sus almas
        Para que los recogieras
        En aquella noche mágica;
        Para que tú los gozases
        Su último aliento exhalaban
        Como en una muerte dulce,
        Como en una muerte lánguida,
        Y era una selva encantada,
        Y era una noche divina
        Llena de místicos sueños
        Y claridades fantásticas.

        Toda de blanco vestida,
        Toda blanca,
        Sobre un ramo de violetas
        Reclinada
        Te veía
        Y a las rosas moribundas
        Y a ti, una luz tenue y diáfana
        Muy suavemente
        Alumbraba,
        Luz de perla diluida
        En un éter de suspiros
        Y de evaporadas lágrimas.

        ¿Qué hado extraño
        (¿Fue ventura? ¿Fue desgracia?)
        Me condujo aquella noche
        Hasta el parque de las rosas
        Que exhalaban
        Los suspiros perfumados
        De sus almas?

        Ni una hoja
        Susurraba;
        No se oía
        Una pisada;
        Todo mudo,
        Todo en sueños,
        Menos tú y yo
        -¡Cuál me agito
        Al unir las dos palabras! -
        Menos tú y yo... De repente
        Todo cambia.
        ¡Oh, el parque de los misterios!
        ¡Oh, la región encantada!

        Todo, todo,
        Todo cambia.
        De la luna la luz límpida
        La luz de perla se apaga.
        El perfume de las rosas
        Muere en las dormidas auras.
        Los senderos se oscurecen.
        Expiran las violas castas.
        Menos tú y yo, todo huye,
        Todo muere,
        Todo pasa...
        Todo se apaga y extingue
        Menos tus hondas miradas.

        ¡Tus dos ojos donde arde tu alma!
        Y sólo veo entre sombras
        Aquellos ojos brillantes,
        ¡Oh mi amada! Todo, todo,
        Todo cambia.

        De la luna la luz límpida
        La luz de perla se apaga.
        El perfume de las rosas
        Muere en las dormidas auras.
        Los senderos se oscurecen.
        Expiran las violas castas.
        Menos tú y yo, todo huye,
        Todo muere,
        Todo pasa...

        Todo se apaga y extingue
        Menos tus hondas miradas.
        ¡Tus dos ojos donde arde tu alma!
        Y sólo veo entre sombras
        Aquellos ojos brillantes,
        ¡Oh mi amada!

        ¿Qué tristezas irreales,
        Qué tristezas extrahumanas!
        La luz tibia de esos ojos
        Leyendas de amor relata.
        ¡Qué misteriosos dolores,
        Qué sublimes esperanzas,
        Qué mudas renunciaciones
        Expresan aquellos ojos
        que en la sombra
        Fijan en mí su mirada!

        Noche oscura. Ya Diana
        Entre turbios nubarrones,
        Lentamente,
        Hundió la faz plateada,
        Y tú sola
        En medio de la avenida,
        Te deslizas
        Irreal, mística y blanca,
        Te deslizas y te alejas incorpórea
        Cual fantasma.
        Sólo flotan tus miradas.
        ¡Sólo tus ojos perennes,
        Tus ojos de honda mirada
        Fijos quedan en mi alma!

        A través de los espacios y los tiempos,
        Marcan,
        Marcan mi sendero
        Y no me dejan
        Cual me dejó la esperanza.
        Van siguiéndome, siguiéndome
        Como dos estrellas cándidas;
        Cual fijas estrellas dobles
        En los cielos apareadas
        En la noche solitaria.

        Ellos solos purifican
        Mi alma toda con sus rayos
        Y mi corazón abrasan,
        Y me prosterno ante ellos
        Con adoración extática,
        Y en el día
        No se ocultan
        Cual se ocultó mi esperanza.

        De todas partes me siguen
        Mirándome fijamente
        Con sus místicas miradas.
        Misteriosas, divinales
        Me persiguen sus miradas
        Como dos estrellas fijas,
        Como dos estrellas tristes,
        ¡Como dos estrellas blancas!

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      Alegre río, tu cristalino fulgor

        Alegre río, tu cristalino fulgor,
        Tu curso límpido, tu agua errante,
        Son un emblema invocador
        De la belleza: el corazón abierto,
        El risueño serpenteo del arte
        En la hija del viejo Alberto.
        Mas cuando ella en ti se mira y, de repente,
        Tus aguas se iluminan y estremecen,
        Entonces, el más bello torrente
        Y su humilde devoto se parecen,
        Pues ambos llevan su imagen anclada,
        Uno en el cauce, otro en el corazón
        En ese corazón que su mirada
        Intensa, honda, enciende de emoción.

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      Amigos que por siempre nos dejaron

        Amigos que por siempre
        Nos dejaron,

        Caros amigos para siempre idos,
        ¡Fuera del Tiempo
        Y fuera del Espacio!

        Para el alma nutrida de pesares,
        Para el transido corazón, acaso.

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      Annabel Lee

        Hace muchos, muchos años, en un reino junto al mar,
        Habitaba una doncella cuyo nombre os voy a dar,
        Y el nombre que daros puedo es el de Annabel Lee,
        Quien vivía para amarme y ser amada por mí.

        Yo era un niño y era ella una niña, junto al mar,
        En el reino prodigioso que os acabo de nombrar.
        Mas nuestro amor fue tan grande como jamás yo presentí,
        Mucho más que amor compartimos, yo y mi bella Annabel Lee,
        Y los nobles en su estirpe de abolengo señorial,
        Los ángeles en el cielo envidiaban tal amor,
        Los alados serafines nos miraban con rencor.

        Aquel fue el solo motivo, ¡hace tanto tiempo ya!
        Por el cual, de los confines del océano y más allá,
        Un gélido viento vino de una nube y yo sentí
        Congelarse entre mis brazos a mi bella Annabel Lee.

        La arrancaron de mi lado en solemne funeral,
        A encerrarla la llevaron por la orilla del mar
        A un sepulcro en ese reino que se alza junto al mar,
        Los arcángeles que no eran tan felices como nosotros dos,
        Con envidia nos miraban desde ese Reino que es de Dios.

        Ese fue el solo motivo, bien lo podéis preguntar,
        Pues lo saben los hidalgos de aquel reino junto al mar,
        Por el cual un viento vino de una nube carmesí
        Congelando una noche a mi bella Annabel Lee.

        Nuestro amor era tan grande y aún más firme en su candor
        Que aquel de nuestros mayores, más sabios en el amor.
        Ni los ángeles que moran en su cielo tutelar,
        Ni los demonios que habitan negros abismos bajo el mar
        Podrán apartarme nunca del alma que mora en mí,
        Espíritu luminoso de mi bella Annabel Lee.

        Pues los astros no se elevan sin traerme la mirada
        Celestial que, yo adivino, son los ojos de mi amada.
        Y la luna vaporosa jamás brilla ya en vano,
        Pues su fulgor es ensueño de mi bella Annabel Lee.

        Yazgo al lado de mi amada, mi novia bien amada,
        Mientras retumba en la playa la nocturna marejada,
        Yazgo en su tumba labrada cerca del mar rumoroso,
        En su sepulcro a la orilla del inmenso océano.

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      Balada nupcial

        En mi dedo el anillo,
        La guirnalda nupcial mi sien decora;
        De sedas y diamantes busco el brillo,
        Y soy feliz ahora.

        Y mi señor me brinda amor seguro;
        Pero al decirme ayer cuánto me adora,
        Tembló mi corazón, como al conjuro,
        De quien cayó en la guerra, al pie del muro,
        Y es feliz ahora.

        Pero él tranquilizóme, y en mi frente
        Besó la palidez que le enamora.
        Y he aquí que en un ensueño, vi presente,
        Al muerto D'Elormy: -suyo, en mi frente,
        Fue el beso; y suspiré -¡cuán dulcemente!-:
        "-¡Ah, soy feliz ahora!"

        Y si pude otorgar palabra nueva,
        Así el voto juré, y aunque traidora,
        Y aunque un luto de amor el alma lleva,
        Ved brillar ese anillo que prueba
        Que soy feliz ahora.

        ¡Ah! Ilumíneme Dios aquel pasado,
        Pues si sueña o no sueña el alma ignora,
        Y el corazón se oprime, y conturbado
        Pregúntase, oh Señor, si el olvidado
        Será feliz ahora.

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      De todos cuantos anhelan tu presencia

        De todos cuantos anhelan tu presencia como una mañana,
        De todos cuantos padecen tu ausencia como una noche,
        Como el destierro inapelable del sol sagrado
        Allende el firmamento; de todos los dolientes que a cada instante
        Te bendicen por la esperanza, por la vida, ah, y sobre todo,
        Por haberles devuelto la fe extraviada, enterrada
        En la verdad, en la virtud, en la raza del hombre.

        De todos aquellos que, cuando agonizaban en el lecho impío
        De la desesperanza, se han incorporado de pronto
        Al oírte susurrar con dulzura: "¡Que haya luz!",
        Al oírte susurrar esas palabras acentuadas
        Por el sereno brillo de tus ojos.

        De todos tus numerosos deudores, cuya gratitud
        Raya la veneración, recuerda, oh no olvides nunca
        A tu devoto más ferviente, al más incondicional,
        Y piensa que estas líneas vacilantes las habrá escrito él,
        Ese que ahora, al escribirlas, se emociona pensando
        Que su espíritu comulga con el espíritu de un ángel.

      Arriba

      ¿Deseas que te amen?

        ¿Deseas que te amen? No pierdas, pues,
        El rumbo de tu corazón.
        Sólo aquello que eres has de ser
        Y aquello que no eres, no.
        Así, en el mundo, tu modo sutil,
        Tu gracia, tu bellísimo ser,
        Serán objeto de elogio sin fin
        Y el amor... un sencillo deber.

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      El cuervo

        Cierta noche aciaga cuando, con la mente cansada,
        Meditaba sobre varios libracos de sabiduría ancestral
        Y asentía, adormecido, de pronto se oyó un rasguido,
        Como si alguien muy suavemente llamara a mi portal.
        "Es un visitante -me dije- que está llamando al portal.
        Sólo eso y nada más."

        ¡Ah, recuerdo tan claramente aquel desolado diciembre!
        Cada chispa resplandeciente dejaba un rastro espectral.
        Yo esperaba ansioso el alba, pues no había hallado calma
        En mis libros, ni consuelo a la pérdida abismal
        De aquella a quien los ángeles Leonor podrán llamar
        Y aquí en el mundo ya nadie nombrará.

        Cada crujido de las cortinas purpúreas y cetrinas
        Me embargaba de dañinas dudas y mi sobresalto era tal
        Que para calmar mi angustia repetí con voz mustia:
        "No es sino un visitante que ha llegado a mi portal;
        Un tardío visitante esperando en mi portal.
        Sólo eso y nada más".

        Mas de pronto me animé y sin vacilación hablé:
        "Caballero -dije- o señora, me tendréis que disculpar
        Pues estaba adormecido cuando oí vuestro rasguido
        Y tan suave había sido vuestro golpe en mi portal
        Que dudé de haberlo oído". ¡Y abrí de golpe el portal!
        Sólo sombras, nada más.

        La noche miré de lleno, de temor y dudas pleno,
        Y soñé sueños que nadie osó soñar jamás;
        Pero en este silencio atroz, superior a toda voz,
        Sólo se oyó la palabra "Leonor", que yo me atreví a susurrar
        Sí, susurré la palabra "Leonor" y un eco volvióla a nombrar.
        Sólo eso y nada más.

        Aunque mi alma ardía por dentro regresé a mis aposentos
        Pero pronto aquel rasguido se escuchó más pertinaz.
        "Esta vez, quien sea que llama, ha llamado a mi ventana;
        Veré pues de qué se trata, qué misterio habrá detrás.
        Si mi corazón se aplaca lo podré desentrañar.
        ¡Es el viento y nada más!"

        Mas cuando abrí la persiana se coló por la ventana,
        Agitando el plumaje, un cuervo muy solemne y ancestral.
        Sin cumplido o miramiento, sin detenerse un momento,
        Con aire envarado y grave fue a posarse en mi portal,
        En un pálido busto de Palas que hay encima del umbral.
        Fue, posóse y nada más.

        Esta negra y torva ave tocó, con su aire grave,
        En sonriente extrañeza mi gris solemnidad.
        "Ese penacho rapado -le dije- no te impide ser
        Osado, viejo cuervo desterrado de la negrura abisal;
        ¿Cuál es tu tétrico nombre en el abismo infernal?"
        Dijo el cuervo: "Nunca más".

        Que un ave zarrapastrosa tuviera esa voz virtuosa
        Sorprendióme aunque el sentido fuera tan poco cabal,
        Pues acordaréis conmigo que pocos habrán tenido
        Ocasión de ver posado tal pájaro en su portal.
        Ni ave ni bestia alguna en la estatua del portal
        Que se llamara "Nunca más".

        Mas el cuervo, altivo, adusto, no pronunció desde el busto,
        Como si en ello le fuera el alma, ni una sílaba más.
        No movió una sola pluma ni dijo palabra alguna
        Hasta que al fin musité: "Vi a otros amigos volar;
        Por la mañana él también, cual mis anhelos, volará".
        Y dijo entonces :"Nunca más".

        Esta certera respuesta dejó mi alma traspuesta;
        "Sin duda -dije- repite lo que ha podido acopiar
        Del repertorio olvidado de algún amo desgraciado
        Que en su caída redujo sus canciones a un refrán:
        Nunca, nunca más".

        Como el cuervo aún convertía en sonrisa mi porfía
        Planté una silla mullida frente al ave y el portal,
        Y hundido en el terciopelo me afané con recelo
        En descubrir qué quería la funesta ave ancestral
        Al repetir: "Nunca más".

        Esto, sentado, pensaba, aunque sin decir palabra
        Al ave que ahora quemaba mi pecho con su mirar;
        Eso y más cosas pensaba, con la cabeza apoyada
        Sobre el cojín purpúreo que el candil hacía brillar.
        ¡Sobre aquel cojín purpúreo que ella gustaba de usar,
        Y ya no usará nunca más!

        Luego el aire se hizo denso, como si ardiera un incienso
        Mecido por serafines de leve andar musical.
        "¡Miserable! -me dije-. ¡Tu Dios estos ángeles dirige
        Hacia ti con el filtro que a Leonor te hará olvidar!
        ¡Bebe, bebe el dulce filtro, y a Leonor olvidarás!"
        Dijo el cuervo: "Nunca más".

        "¡Profeta! -grité- ser malvado, profeta eres, ¡diablo alado!
        ¿Del Tentador enviado o acaso una tempestad
        Trajo tu torvo plumaje hasta este yermo paraje,
        A esta morada espectral? ¡Mas te imploro, dime ya,
        Dime, te imploro, si existe algún bálsamo en Galaad!"
        Dijo el cuervo: "Nunca más".

        "¡Profeta! -grité- ser malvado, profeta eres, ¡diablo alado!
        Por el Dios que veneramos, por el manto celestial,
        Dile a este desventurado si en el Edén lejano
        A Leonor, ahora entre ángeles, un día podré abrazar".
        Dijo el cuervo: "¡Nunca más!"

        "¡Diablo alado, no hables más!" -dije- dando un paso atrás;
        ¡Que la tromba te devuelva a la negrura abisal!
        ¡Ni rastro de tu plumaje en recuerdo de tu ultraje
        Quiero en mi portal! ¡Deja en paz mi soledad!
        ¡Quita el pico de mi pecho y tu sombra del portal!"
        Dijo el cuervo: "Nunca más".

        Y el impávido cuervo osado aún sigue, sigue posado,
        En el pálido busto de Palas que hay encima del portal,
        Y su mirada aguileña es la de un demonio que sueña,
        Cuya sombra el candil en el suelo proyecta fantasmal;
        Y mi alma, de esa sombra que allí flota fantasmal,
        No se alzará ¡nunca más!

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      El día más feliz la hora más feliz

        El día más feliz, la hora más feliz
        Mi marchito y estéril corazón conoció;
        El más noble anhelo de gloria y de virtud
        Siento que ya desapareció.
        ¿De virtud, dije? ¡Sí, así es!
        Pero, ay, se ha desvanecido para siempre.
        El sueño de mi juventud
        Mas dejadlo ya esfumarse.

        Y tú, orgullo, ¿qué me importas ahora?
        Aunque pudiera heredar otro rostro,
        El veneno que has vertido en mí
        ¡Permanecerá siempre en mi espíritu!
        El día más feliz, la hora más feliz
        Verán mis ojos -sí, los han visto-;
        La más resplandeciente mirada de gloria y de virtud
        Siento que ha sido.
        Pero existió aquel anhelo de gloria y virtud,
        Ahora inmolado con dolor:
        Incluso entonces sentí que la hora más dulce
        No volvería de nuevo,
        Pues sobre sus alas se cernía una densa oscuridad,
        Y mientras se agitaba se desplomó un ser
        Tan poderoso como para destruir
        A un alma que conocía tan bien.

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      El valle de la inquietud

        Antes, un silencioso valle sonreía
        Cuando la gente en él no moraba,
        Pues habían partido hacia la guerra
        Confiando su cuidado a las plácidas estrellas
        Que vigilaban desde sus azules torres.
        Velaban por aquellas flores,
        Entre las cuales durante el día
        Ponía el sol perezosamente su luz.

        Ahora, cada visitante confesará
        La triste intranquilidad del valle.
        Todo existe allí sin movimiento,
        Todo salvo los aires que cobija
        La mágica soledad. ¡Ah, ningún viento
        Aquellos árboles seculares agita!,
        Estremecidos como los helados mares
        En torno de las hébridas brumas!
        ¡Ah!, ningún viento anima aquellas nubes
        Que cruzan el inquieto firmamento
        Veloces, eternamente rumorosas,
        Sobre las violetas que allí aparecen
        A la mirada, en miríadas de tipos,
        Sobre los lirios que se mecen
        Y lloran sobre la tumba innominada.
        Mecen, desde fuera de sí, fragante cáliz,
        Eternos rocíos derramándose en gotas.
        Lloran, de sus dulces dedos,
        Lágrimas perennes que descienden en forma de gemas.

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      La durmiente; versión I

        En una noche de junio
        Bajo el místico plenilunio
        Me paro. La luna desprende un brillo
        De opio, un vapor vago.
        Goteando, en las cimas quietas
        Deja su rastro y se adentra,
        Soñolienta y suave,
        En el valle colosal.
        Sobre la tumba el romero aflora,
        La lila se dobla sobre la ola.
        Abrazadas a la neblina
        Buscan reposo las ruinas.
        Igual que el Leteo, ¡mirad!
        El lago parece querer soñar
        Y no despertar jamás.
        ¡Allí, donde toda belleza duerme
        Junto a su sino yace Irene!

        Esa ventana, oh dama luminosa
        Abierta a la noche, ¿no es peligrosa?
        Desde las copas, la brisa ligera
        Las rejas de hierro, riendo, atraviesa;
        La brisa incorpórea, bruja hechicera,
        Por tus aposentos se pasea.
        Y tan temiblemente se empecina
        En mover el dosel de la cortina
        Sobre el orlado borde donde
        Tu alma adormecida descansa.
        Las sombras por el suelo y por los muros,
        Van y vienen cual lémures oscuros.
        Oh amada, ¿no existe miedo en ti?
        ¿En qué y por qué sueñas aquí?
        ¡Sin duda vienes de otros confines
        Para el asombro de estos jardines!
        ¡Qué extraños son tus vestidos, el doblez
        De tu trenza larga, tu lividez
        Y, sobre todo, esa solemne placidez!

        La dama duerme, ¡sea su letargo
        Tan profundo como largo!
        ¡Que el cielo la acoja en su santuario!
        Pues cambió su aposento por otro divino
        Y su lecho por otro más mortecino.
        ¡Ruego a Dios que vele por su alma
        Para que pueda yacer en calma,
        Ajena al deambular de los fantasmas!

        Mi amor duerme, ¡sea su letargo
        Tan profundo como largo,
        Y sea compasivo con ella el gusano!
        En pleno bosque se levanta, adusto,
        Un gran panteón fosco y armado,
        Un panteón que antaño desplegaba
        Sus cancelas negras, córvidas alas,
        Dominando triunfal los palios crestados
        De los fastos fúnebres de sus antepasados.
        Un sepulcro solitario y silencioso
        A cuyo portal, en sus años de infancia,
        Ella arrojaba pedruscos ociosos;
        Una tumba a cuyo sonoro portal
        Ya ningún eco volverá a arrancar,
        Temblando al pensar, ¡oh pecadora mía!
        Que eran gemidos de difuntos lo que oía.

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      La durmiente; versión II

        Era la medianoche, en junio, tibia,
        Yo estaba bajo un rayo de mística luna,
        Que de su blanco disco como un encantamiento
        Vertía sobre el valle un vapor soñoliento.

        Dormitaba en las tumbas el romero vaporoso,
        Y al lago se inclinaba el lirio agonizante,
        Y envueltas en la niebla en el ropaje acuoso,
        Las ruinas descansaban en sereno reposo.
        ¡Mirad! También el lago semejante al Leteo
        Dormita entre las sombras con lento cabeceo,
        Y del sopor consciente despertarse no quiere
        Al mundo que en torno lánguidamente muere.

        Duerme toda belleza y ved dónde reposa
        Irene, dulcemente, en calma deleitosa.
        Con la ventana abierta a los cielos serenos,
        De claros luminares y de misterios llenos.
        ¡Oh, mi gentil señora! ¿No te asalta el espanto?
        ¿Por qué está tu ventana así, en la noche, abierta?
        Los aires presurosos desde el bosque frondoso,
        Risueños y lascivos en tropel rumoroso
        Inundan tu aposento y agitan la cortina
        Del lecho en que tu hermosa cabeza se reclina,
        Sobre los bellos ojos de copiosas pestañas,
        Tras los que el alma duerme en regiones extrañas,
        Como fantasmas tétricos, por el sueño y los muros
        Se deslizan las sombras de perfiles oscuros.

        ¡Oh, mi gentil señora! ¿No te asalta el espanto?
        ¿Cuál es, di, de tu ensueño el poderoso encanto?
        Debes de haber venido de los lejanos mares
        A este jardín hermoso de troncos seculares.
        Extraños son, mujer, tu palidez, tu traje,
        Y de tus largas trenzas el flotante homenaje,
        Pero aún es más extraño el silencio solemne
        En que envuelves tu sueño misterioso y perenne.

        La dama gentil duerme. ¡Que duerma para el mundo!
        Todo lo que es eterno tiene que ser profundo.
        El cielo la ha amparado bajo su dulce manto,
        Trocando este aposento por otro que es más santo,
        Y que es también más triste, el lecho en que reposa.
        Yo le ruego al Señor que, con mano piadosa,
        La deje descansar con sueño no turbado,
        Mientras los difuntos desfilan por su lado.

        Ella duerme, amor mío. ¡Oh!, mi alma le desea
        Que así como es eterno, profundo el sueño sea;
        Que los viles gusanos se arrastren suavemente
        En torno de sus manos y en torno de su frente;
        Que en la lejana selva, sombría y centenaria,
        Le alcen una alta tumba tranquila y solitaria,
        Donde floten al viento, altivos y triunfales,
        De su ilustre familia los paños funerales;
        Una lejana tumba, a cuya puerta fuerte
        Piedras tiró de niña, sin temor a la muerte,
        Y a cuyo duro bronce no arrancará más sones,
        Ni los fúnebres ecos de tan tristes mansiones.
        ¡Qué triste imaginarse, pobre hija del pecado,
        Que el sonido fatídico a la puerta arrancado,
        Y que quizá con gozo resonara en su oído,
        De la muerte terrorífica era el triste gemido!

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      Es tu hermosura, Elena

        Es tu hermosura, Elena,
        Como esas naves niceas de antes
        Que por la mar calma y serena
        Llevaban a su nativa arena
        Al exhausto navegante.

        Perdido entre olas y zozobras vanas,
        Tu pelo de jacinto, tu clásica belleza,
        Tu aire de náyade galana
        Me traen de vuelta a la gloriosa Grecia
        Y a la grandeza romana.

        ¡Mira! ¡En tu nicho de cristal pulido
        La lámpara de ágata levantas
        Y tu figura de estatua se agiganta!
        ¡Oh Psique, tú que has venido
        De tierras sacrosantas!

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      Espíritus de la noche

        Tu alma, en la tumba de piedra gris
        Estará a solas con sus tristes pensamientos.
        Ningún ser humano te expiará
        A la hora de tu secreto.
        ¡Permanece callado en esa soledad!
        No estás completamente abandonado:
        Los espíritus de la muerte en la vida te buscan
        Y en la muerte te rodean.

        Te cubrirán de sombras, ¡permanece callado!
        La noche, primero tan clara, luego se oscurecerá
        Y las estrellas no mirarán más la tierra
        Desde sus altísimos tronos en el cielo,
        Con su luz de esperanza para los mortales.
        Pero sus globos rojos apagados,
        En tu hastío, tendrán la forma
        De un incendio y de una fiebre
        Que te poseerán para siempre.
        De tu espíritu no podrás desterrar las visiones,
        Que ahora no serán rocío sobre la hierba.
        La brisa, aliento de Dios, es silenciosa,
        Y la niebla sobre la colina,
        Oscura, muy oscura, pero inmaculada,
        Es un símbolo y una señal.
        ¡Cómo se extiende sobre los árboles
        El misterio de los misterios!

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      Las campanas

        I

        ¡Escuchad el tintineo!
        La sonata del trineo
        Con cascabeles de plata
        ¡Qué alegría tan jocunda nos inunda al escuchar
        La errabunda melodía de su agudo tintinear!
        ¡Es como una epifanía,
        En la ruda racha fría,
        La ligera melodía!
        ¡Cómo fulgen los luceros!,
        ¡Verdaderos reverberos!,
        Con idéntica armonía
        A la clara melodía
        Cintilando, cintilando, cintilando,
        ¡Cómo los cascabeles
        Van sonando!
        Y en un mismo son, son único
        Que iguala un ritmo rúnico,
        Los luceros siguen fieles
        Cascabeles, cascabeles, cascabeles
        El son de los cascabeles,
        Cascabeles, cascabeles, cascabeles
        Cascabeles,
        ¡El son grato, que a rebato, surge en los cascabeles!

        II

        Escuchar el almo coro
        Sonoro
        Que hacen las campanas todas,
        ¡Son las campanadas de oro
        De las bodas!
        ¡Oh, qué dicha tan profunda nos inunda al escuchar
        La errabunda melodía de su claro repicar!
        ¡Cómo revuela al desaire
        Esta música en el aire!
        ¡Cómo a su feliz murmullo
        Sonoro,
        Con sus claras notas de oro,
        Se aúna la tórtola con su arrullo,
        Bajo la luz de la luna!
        ¡Qué armonía
        Se vacía
        De la alegre sinfonía
        De este día!
        ¡Cómo brota
        Cada nota!,
        Fervorosamente, dice
        La felicidad remota
        Que predice.
        Y a la voz de una campana, siguen las de sus hermanas
        Las campanas,
        Las campanas, las campanas, las campanas, las campanas,
        Las campanas, las campanas, las campanas,
        En sonoro ritmo de oro, de almo coro, ¡las campanas!

        III

        ¡Oíd cuál suena el bordón!
        El bordón
        De son bronco
        Que pone en el corazón
        El espanto con su son,
        Con su son de bronce, ronco.
        ¡Qué tristeza tan profunda nos apresa al escuchar
        Cómo reza, gemebunda, la fiereza del llamar!
        Cómo su son taciturno,
        En el silencio nocturno
        Es grito desesperado
        Que no es casi pronunciado
        ¡De aterrado!
        Grito de espanto ante el fuego
        Y agudo alarido luego,
        Es un clamor que se extiende,
        Que el espacio ronco hiende
        Y que llama,
        Que defiende
        Y que clama, clama, clama,
        Que clama pidiendo auxilio
        En tanto que ve el exilio
        De aquellos que el fuego, ciego y arrollador, empobrecen
        Y el fuego que ataca y crece,
        Mientras se oye el ronco son,
        El somatén del bordón,
        Del bordón, bordón, bordón
        ¡Del bordón!

        ¡Cómo el alma se desgarra
        Cuando el son del bordón narra
        La aflicción
        De aquellos que arruina el fuego!
        Y, cómo nos dice luego
        Los progresos que hace el fuego,
        Que va a tientas como ciego.
        El somatén del bordón,
        ¡Que es toda una narración!
        ¡Oh, la tempestad de ira
        En la que el bordón delira
        Y en que convulso delira!
        El alma escucha anhelante
        La queja que da el bordón
        Con su son.
        El bordón que da su son,
        El bordón, bordón, bordón,
        ¡El bordón!
        Que es toda una narración el somatén del bordón
        Del bordón, del bordón, del bordón
        Del bordón, del bordón, del bordón
        ¡Del bordón!
        El grito ante el infinito, cual proscrito, ¡del bordón!

        IV

        ¡Escuchad cómo la esquila,
        Cómo el esquilón de hierro,
        Llama con voz que vacila
        Al entierro!
        Qué meditación profunda nos inunda al escuchar
        La errabunda y gemebunda melodía del sonar
        ¡Cómo llena de pavura
        Su son en la noche obscura!
        ¡Cómo un estremecimiento
        Nos recorre el pensamiento
        Que provoca su lamento!
        Cuando sueña
        La grave esquila de hierro, con su lúgubre toquido,
        Con su lúgubre toquido que la medianoche llena,
        ¡Es que las almas en pena
        Se han reunido!
        ¡Oh, la danza
        Al son que toda la esquila,
        En una noche intranquila,
        Su tijera de luz lila,
        Tocando en visión del Juicio la noche sin esperanza!
        Entonces ya no vacila
        La grave voz de la esquila,
        De la esquila, de la esquila, de la esquila,
        De la esquila, de la esquila,
        Sino que suena furiosa
        Con su voz cavernosa,
        Y, en un mismo son, son único
        Que iguala un ritmo rúnico,
        Algún ronco rayo truena
        Y se alumbra con relámpagos la noche sin esperanza,
        Mientras las almas en pena
        Giran, giran su danza
        Bajo la triste luz lila.
        Y en tanto se oye la grave, la grave voz de la esquila,
        De la esquila, de la esquila,
        De la esquila, de la esquila, de la esquila, de la esquila,
        Y en el mismo son, son único
        Que iguala un ritmo rúnico,
        Mientras se oye, la triste, la triste voz
        De la esquila,
        De la esquila.

        Furibundo rayo truena,
        El relámpago cintila
        Y los espectros en pena
        Danzan al son de la esquila,
        De la esquila, de la esquila, de la esquila,
        De la esquila, de la esquila,
        Y en un mismo son, son único,
        Que iguala un ritmo rúnico,
        Danzan al son de la esquila,
        De la esquila, de la esquila,
        De la esquila, de la esquila, de la esquila,
        ¡De la esquila!,
        Y mientras que el rayo truena,
        Que el relámpago cintila
        Y que con furor terrible, danzan las almas en pena,
        Se oye la voz de la esquila,
        De la esquila, de la esquila, de la esquila,
        De la esquila, de la esquila,
        La voz de cruento lamento ¡de la esquila!

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      Las enramadas donde veo

        Las enramadas donde veo,
        En sueños, las más variadas
        Aves cantoras, son labios y son
        Tus musicales palabras susurradas.

        Tus ojos, entronizados en el cielo,
        Caen al fin desesperadamente,
        ¡Oh Dios!, en mi sombría mente
        Como luz de estrellas sobre un velo.

        Oh, tu corazón suspiro al despertar
        Y duermo para soñar hasta que raya el día
        En la verdad que el oro jamás podrá comprar
        Y en las bagatelas que sí podría.

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      Leonora

        ¡El vaso se hizo trizas! Desapareció su esencia
        ¡Se fue, se fue! ¡Se fue, se fue!
        Doblad, doblad campanas, con ecos plañideros,
        Que un alma inmaculada de Estigia en los linderos
        Flotar se ve.

        Y tú, Guy de Vere, ¿qué hiciste de tus lágrimas?
        ¡Ah, déjalas correr!
        Mira, el angosto féretro encierra a tu Leonora;
        Escucha los cantos fúnebres que entona el fraile;
        Ahora ven a su lado, ven.
        Antífonas salmodien a la que un noble cetro
        Fue digna de regir;
        Un ronco "De Profundis" a la que yace inerte,
        Que con morir,
        Indignos, los que amabais en ella solamente
        Las formas de mujer
        Pues su altivez nativa os imponía tanto,
        Dejasteis que muriera, cuando el fatal quebranto
        Se posó sobre su sien.

        ¿Quién abre los rituales? ¿Quién va a cantar el réquiem?
        Quiero saberlo, ¿quien?
        ¿Vosotros, miserables de lengua ponzoñosa
        Y ojos de basilisco? ¡Matasteis a la hermosa,
        Que tan hermosa fue!

        ¿Peccavimus cantasteis? Cantasteis en mala hora,
        El Sabbath entonad;
        Que su solemne acento suba al excelso trono
        Como un sollozo amargo que no suscite encono
        En la que duerme en paz.

        Ella, la hermosa, la gentil Leonora,
        Emprendió el vuelo en su primera aurora;
        Ella, tu novia, en soledad profunda
        ¡Huérfano te dejó!

        Ella, la gracia misma ahora reposa
        En rígida quietud; en sus cabellos
        Hay vida aún; mas en sus ojos bellos
        ¡No hay vida, no, no, no!

        ¡Atrás! Mi corazón late deprisa
        Y en alegre compás. ¡Atrás!, no quiero
        Cantar el "De Profundis" absurdo,
        Porque es inútil ya.

        Tenderé el vuelo y al celeste espacio
        Me lanzaré en su noble compañía.
        ¡Voy contigo, alma mía, sí, alma mía!
        Y un peán te cantaré!

        ¡Silencio las campanas! Sus ecos plañideros
        Acaso le hagan mal.
        No turben con sus voces la pureza de un alma
        Que vaga sobre el mundo con misteriosa calma
        Y en plena libertad.

        Respeto para el alma que los terrenos lazos
        Triunfante desató;
        Que ahora luminosa flotando en el abismo
        Ve a amigos y contrarios; que del infierno mismo
        Al cielo se lanzó.

        Si el vaso se hace trizas, su eterna esencia libre
        ¡Se va, se va!
        ¡Callad, callad campanas de acentos plañideros,
        Que su alma inmaculada en el cielo
        Tocando está!

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      Lucero vespertino

        Ocurrió una medianoche
        A mediados de verano;
        Lucían pálidas las estrellas
        Tras el potente halo
        De una luna clara y fría
        Que iluminaba las olas
        Rodeada de planetas,
        Esclavas de su señora.

        Detuve mi mirada
        En su sonrisa helada
        Demasiado helada para mí;
        Una nube le puso un velo
        De suave terciopelo
        Y entonces me fijé en ti.

        Lucero orgulloso,
        Remoto, glorioso,
        Yo, que siempre tu brillo preferí;
        Pues mi alma jalea
        La orgullosa tarea
        Que cumples de la noche a la mañana
        Y admiro más, así es,
        Tu lejanísimo fuego
        Que esa otra luz, más fría, más cercana.

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      No me aflige que mi cuota de mundo

        No me aflige que mi cuota de mundo
        Tenga poco de terrenal en ella;
        Ni que años de amor, en un segundo
        De rencor, se esfumen sin dejar huella.
        No lamento que los desvalidos
        Sean, querida, más dichosos que yo,
        Pero sí que sufras por mi destino,
        Siendo pasajero como soy.

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      Ojalá mi joven vida fuera un sueño duradero

        ¡Ojalá mi joven vida fuera un sueño duradero!
        Y mi espíritu durmiera hasta que el rayo certero
        De una eternidad anunciara el nuevo día.
        ¡Sí! Aunque el largo sueño fuera de agonía
        Siempre sería mejor que estar despierto
        Para quien tuvo, desde el nacimiento
        En la dulce tierra, el corazón
        Prisionero del caos de la pasión.

        Mas si ese sueño persistiera eternamente
        Como los sueños infantiles en mi mente
        Solían persistir, si eso ocurriera,
        Sería ridículo esperar una quimera.
        Porque he soñado que el sol resplandecía
        En el cielo estival, lleno de luz bravía
        Y de belleza, y mi corazón he paseado
        Por climas remotos e inventados,
        Junto a seres imaginarios, sólo previstos
        Por mí, ¿qué más podría haber visto?

        Pero una vez, una única vez, y ya no olvidaré
        Aquel bárbaro momento, un poder o no sé qué
        Hechizo me ciñó, o fue que el viento helado
        Sopló de noche y al marchar dejó grabado
        En mi espíritu su rastro, o fue la luna
        Que brilló en mis sueños con especial fortuna
        Y frialdad, o las estrellas en cualquier caso
        El sueño fue como ese viento: dejémosle pasar.

        Yo he sido feliz, pues, aunque el medio
        Fuera un sueño. Fui feliz, y los adoro:
        ¡Sueños! Tanto por su intenso colorido
        Que los oponen a lo real, y porque al ojo delirante
        Ofrecen cosas más bellas y abundantes
        Del paraíso y del amor, ¡y todas nuestras!
        Que la esperanza joven en sus mejores muestras.

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      País de hadas

        Valles de sombra y aguas apagadas
        Y bosques como nubes,
        Que ocultan su contorno
        En un fluir de lágrimas.
        Allí crecen y menguan unas enormes lunas,
        Una vez y otra vez, a cada instante,
        En canto que la noche se desliza,
        Y avanzan siempre, inquietas,
        Y apagan el temblor de los luceros
        Con el aliento de su rostro blanco.
        Cuando el reloj lunar señala medianoche,
        Una luna más fina y transparente
        Desciende, poco a poco,
        Ccon el centro en la cumbre
        De una sierra elevada,
        Y de su vasto disco
        Se deslizan los velos dulcemente
        Sobre aldeas y estancias,
        Por doquier; sobre extrañas
        Florestas, sobre el mar
        Y sobre los espíritus que vuelan
        Y las cosas dormidas:
        Y todo lo sepultan
        En un gran laberinto luminoso.
        ¡Ah, entonces! ¡Qué profunda
        Es la pasión que ponen en su sueño!
        Despiertan con el día,
        Y sus lienzos de luna
        Se ciernen ya en el cielo,
        Con inquietas borrascas,
        Y a todo se parecen: más que nada
        Semejan un albatros amarillo.
        Y aquella luna no les sirve nunca
        Para lo mismo: en tienda
        Se trocará otra vez, extravagante.
        Pero ya sus pedazos pequeñitos
        Se tornan leve lluvia,
        y aquellas mariposas de la Tierra
        Que vuelan, afanosas del celaje,
        Y bajan nuevamente,
        Sin contentarse nunca,
        Nos traen una muestra,
        Prendida de sus alas temblorosas.

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      Solo

        Desde mi hora más tierna no he sido
        Como otros fueron, no he percibido
        Como otros vieron, no pude extraer
        Del mismo arroyo mi placer,
        Ni de la misma fuente ha brotado
        Mi desconsuelo; no he logrado
        Hacer vibrar mi corazón del mismo modo
        Y, si algo he amado, lo he amado solo.

        Entonces, en mi infancia, en el albor
        De una vida tormentosa, del crisol
        Del bien y el mal, de su raíz misma
        Surgió el misterio que aún me abruma:
        Desde el venero o el vado,
        Desde el rojo acantilado,
        Desde el sol que me envolvía
        En otoño con su pátina bruñida,
        Desde el rayo electrizante
        Que me rozó, seco y rasante,
        Desde el trueno y la tormenta,
        Y la nube suave y clara
        Que, en el cielo transparente,
        Formó un demonio en mi mente.

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      Soneto a la ciencia

        ¡Ciencia! ¡Verdadera hija del tiempo tú eres!
        Que alteras todas las cosas con tus escrutadores ojos.
        ¿Por qué devoras así el corazón del poeta,
        Buitre, cuyas alas son obtusas realidades?

        ¿Cómo debería él amarte?, o, ¿cómo puede juzgarte sabia
        Aquel a quien no dejas en su vagar
        Buscar un tesoro en los enjoyados cielos,
        Aunque se elevara con intrépida ala?

        ¿No has arrebatado a Diana de su carro?
        ¿Ni expulsado a las Hamadríades del bosque
        Para buscar abrigo en alguna feliz estrella?

        ¿No has arrancado a las Náyades de la inundación,
        Al Elfo de la verde hierba, y a mí
        Del sueño de verano bajo el tamarindo?

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      Te vi una vez, una sola

        Te vi una vez, una sola, años atrás;
        No diré cuántos, aunque no fueron muchos.
        Fue en julio, a medianoche, la luna llena,
        Elevándose como si fuera tu alma, se abría,
        Rauda, camino cielo arriba. De su halo,
        Una sedosa llovizna de luz plateada
        Caía tibia, soñolienta y suavemente
        Sobre los rostros vueltos de las mil rosas
        De un jardín encantado que la brisa
        Sólo osaba visitar de puntillas;
        Caía sobre los rostros vueltos de esas rosas
        Que, a cambio de la amorosa luz, se desprendían,
        En un éxtasis final, de sus almas llenas de aroma;
        Caía sobre los rostros vueltos de las rosas
        Que, embelesadas por ti y por la poesía
        De tu presencia, morían con una sonrisa.

        Toda vestida de blanco, te vi reclinada a medias
        Sobre un lecho de violetas; la luna, entretanto,
        Bañaba los rostros vueltos de las rosas y el tuyo,
        Vuelto también, aunque con aflicción, hacia ella.
        ¿Acaso fue el destino -ese destino que a menudo
        Solemos llamar aflicción- quien, esa medianoche de julio,
        Me retuvo junto al portal del jardín para que oliera
        El incienso que desprendían las rosas? No había eco
        De pisada alguna: el mundo odiado dormía; todos
        Salvo tú y yo. -¡Oh cielos! ¡Oh Dios! Cómo sublevan,
        Al juntarse, esas dos palabras mi corazón-. Todos
        Salvo tú y yo. Me detuve, eché una mirada
        Y de pronto todas las cosas se esfumaron
        -Aquel era un jardín encantado, ¿recuerdas?-.
        El resplandor perlado de la luna se disipó;
        Los bancos mohosos y los sinuosos senderos,
        Las flores alegres y los árboles vencidos
        Cesaron de existir; incluso el aroma de las rosas
        Sucumbió en brazos del aire adorable. Todo,
        Todo expiró menos tú, todo salvo tú:
        Salvo la luz divina de tus ojos,
        Salvo el alma de tus ojos elevados.
        Sólo a ellos vi, para mí fueron el mundo.
        Sólo a ellos vi, sólo a ellos durante horas.
        Sólo a ellos mientras brilló la luna.
        ¡Qué historias lastimosas parecían encerrar
        Esas celestiales y cristalinas esferas!
        ¡Qué oscura congoja! ¡Qué sublime esperanza!
        ¡Qué mar de orgullo silencioso y sereno!
        ¡Qué osada ambición! ¡Y qué profunda,
        Qué insondable capacidad para amar!

        Pero al fin la noble Diana se retiró
        Hacia su lecho occidental lleno de negras nubes;
        Y tú, un fantasma, te escabulliste también
        Por la arboleda sepulcral. Sólo tus ojos permanecieron;
        No deseaban irse: aún no se han ido. Aquella noche
        Iluminaron mi solitario regreso a casa y, desde entonces,
        Al contrario que mis esperanzas, no me abandonan.
        Siempre me siguen, me han guiado a través del tiempo;
        Son mis ministros, yo soy su esclavo. Su cometido
        Es iluminar y dar tibieza; mi deber
        Es ser salvado por su brillante luz,
        Purificado por su ardor electrizante,
        Santificado por su fuego puro.
        Tus ojos llenan de belleza y esperanza mi alma
        Y titilan, lejanos, en el firmamento. Son las estrellas
        Ante las que me postro en las vigilias solitarias;
        Mas en la diáfana claridad del día también los veo:
        ¡Son dos dulces luceros del alba que centellean
        Sin que el sol pueda extinguirlos!

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      Tu alma se encontrará sola entre las cosas

        I

        Tu alma se encontrará sola entre las cosas,
        Entre oscuros pensamientos de fúnebres losas
        De todo el gentío nadie en verdad
        Invadirá tu hora de intimidad.

        II

        No rompas el silencio de esa quietud
        Que no es exactamente soledad
        Los espíritus de los muertos que en vida
        Conociste, ahora en la muerte volverán
        A rodearte, y su deseo por completo
        Te eclipsará: conserva la calma.

        III

        En la noche prístina pero severa
        Las estrellas, desde su celeste esfera,
        No irradiarán hacia estos arrabales
        Su luz de esperanza a los mortales
        En cambio, sus órbitas rojizas
        Serán como una opaca y enfermiza
        Quemazón, una fiebre sin piedad
        Que azotará tu fatiga eternamente.

        IV

        Ahora habrá ideas que ya no ahuyentarás
        Y visiones que nunca verás desvanecerse
        Ya no pasarán por tu espíritu postrado
        Como gotas de rocío por un prado.

        V

        La brisa, aliento de Dios, se aquieta
        Y la bruma que cubre la silueta
        De la colina, sombría pero pura,
        Es un símbolo y una señal exacta
        Como flotan los árboles tupidos:
        ¡He ahí un misterio prodigioso!

      Arriba

      Un sueño dentro de un sueño

        ¡Recibe en la frente este beso!
        Y, por librarme de un peso
        Antes de partir, confieso
        Que acertaste si creías
        Que han sido un sueño mis días;
        ¿Pero es acaso menos grave
        Que la esperanza se acabe
        De noche o a pleno sol,
        Con o sin una visión?
        Hasta nuestro último empeño
        Es sólo un sueño en un sueño.

        Me encuentro en la costa fría
        Que agita la mar bravía,
        Oprimiendo entre mis manos,
        Como arena, oro en granos.
        ¡Qué pocos son! Y allí mismo,
        De mis dedos al abismo
        Se desliza mi tesoro
        Mientras lloro, ¡mientras lloro!
        ¿Evitaré -¡oh Dios!- su suerte
        Oprimiéndolos más fuerte?
        ¿Del vacío despiadado
        Ni uno solo habré salvado?
        ¿Cuánto hay de grande o de pequeño?
        ¿Es sólo un sueño dentro de un sueño?

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