.
.
    Información biográfica

  1. Un castellano leal
  2. Una antigualla de Sevilla
  3. Sonetos




    Información biográfica

      Nombre: Ángel María de Saavedra y Ramírez de Baquedano, III duque de Rivas
      Lugar y fecha nacimiento: Córdoba (España), 10 de marzo de 1791
      Lugar y fecha defunción: Madrid (España), 22 de junio de 1865 (74 años)

    Arriba

      Un castellano leal

        Romance I
        "Hola, hidalgos y escuderos
        De mi alcurnia y mi blasón,
        Mirad, como bien nacidos,
        De mi sangre y casa en pro.

        "Esas puertas se defiendan
        Que no ha de entrar ¡vive Dios!
        Por ellas, quien no estuviere
        Más limpio que lo está el sol,

        "No profane mi palacio
        Un fementido traidor
        Que contra su rey combate
        Y que a su patria vendió.

        Pues si él es de reyes primo,
        Primo de reyes soy yo,
        Y conde de Benavente
        Si él es duque de Borbón.

        "Llevándole de ventaja,
        Que nunca jamás manchó
        La traición mi noble sangre,
        Y haber nacido español".

        Así atronaba la calle
        Una ya cascada voz,
        Que de un palacio salía
        Cuya puerta se cerró;

        Y a la que estaba a caballo
        Sobre un negro pisador,
        Siendo en su escudo las lises
        Más bien que timbre, baldón;

        Y de pajes y escuderos
        Llevando un tropel en pos
        Cubiertos de ricas galas,
        El gran duque de Borbón.

        El que lidiando en Pavía
        Más que valiente, feroz,
        Gozóse en ver prisionero
        A su natural señor;

        Y que a Toledo ha venido
        Ufano de su traición,
        Para recibir mercedes,
        Y ver al Emperador.

        Romance II
        En una anchurosa cuadra
        Del alcázar de Toledo,
        Cuyas paredes adornan
        Ricos tapices flamencos,

        Al lado de una gran mesa
        Que cubre de terciopelo
        Napolitano tapete
        Con borlones de oro y flecos;

        Ante un sillón de respaldo
        Que entre bordado arabesco
        Los timbres de España ostenta
        Y el águila del Imperio.

        De pie estaba Carlos Quinto
        Que en España era Primero,
        Con gallardo y noble talle,
        Con noble y tranquilo aspecto.

        De brocado de oro y blanco
        Viste tabardo tudesco,
        De rubias martas orlado,
        Y desabrochado y suelto;

        Dejando ver un justillo
        De raso jalde, cubierto
        Con primorosos bordados
        Y costosos sobrepuestos;

        Y la excelsa y noble insignia
        Del Toisón de Oro, pendiendo
        De una preciosa cadena
        En la mitad de su pecho.

        Un birrete de velludo
        Con un blanco airón, sujeto
        Por un joyel de diamantes
        Y un antiguo camafeo;

        Descubre por ambos lados,
        Tanta majestad cubriendo,
        Rubio, cual barba y bigote
        Bien atusado el cabello.

        Apoyada en la cadera
        La potente diestra ha puesto,
        Que aprieta dos guantes de ámbar
        Y un primoroso mosquero.

        Y con la siniestra halaga,
        De un mastín muy corpulento,
        Blanco, y las orejas rubias,
        El ancho y carnoso cuello.

        Con el Condestable insigne,
        Apaciguador del reino,
        De los pasados disturbios
        Acaso está discurriendo;

        O del trato que dispone
        Con el rey de Francia, preso,
        O de asuntos de Alemania,
        Agitada por Lutero.

        Cuando un tropel de caballos
        Oye venir, a lo lejos,
        Y ante el alcázar pararse,
        Quedando todo en silencio.

        En la antecámara suena
        Rumor impensado luego,
        Ábrese al fin la mampara
        Y entra el de Borbón soberbio;

        Con el semblante de azufre,
        Y con los ojos de fuego,
        Bramando de ira y de rabia
        Que enfrena mal el respeto.

        Y con balbuciente lengua
        Y con mal borrado ceño,
        Acusa al de Benavente,
        Un desagravio pidiendo.

        Del español Condestable
        Latió con orgullo el pecho,
        Ufano de la entereza
        De su esclarecido deudo.

        Y, aunque advertido procura
        Disimular cual discreto,
        A su noble rostro asoman
        La aprobación y el contento.

        El Emperador un punto
        Quedó indeciso y suspenso,
        Sin saber qué responderle
        Al francés, de enojo ciego.

        Y aunque en su interior se goza
        Con el proceder violento
        Del conde de Benavente,
        De altas esperanzas lleno;

        Por tener tales vasallos,
        De noble lealtad modelos,
        Y con los que el ancho mundo
        Será a sus glorias estrecho;

        Mucho al de Borbón le debe
        Y es fuerza satisfacerlo,
        Le ofrece para calmarlo
        Un desagravio completo;

        Y llamando a un gentilhombre,
        Con el semblante severo
        Manda que el de Benavente
        Venga a su presencia presto.

        Romance III
        Sostenido por sus pajes
        Desciende de su litera
        El conde de Benavente
        Del alcázar a la puerta.

        Era un viejo respetable,
        Cuerpo enjuto, cara seca,
        Con dos ojos como chispas,
        Cargados de largas cejas;

        Y con semblante muy noble,
        Mas de gravedad tan seria,
        Que veneración de lejos
        Y miedo causa de cerca.

        Eran su traje unas calzas
        De púrpura de Valencia,
        Y de recamado ante
        Un coleto a la leonesa.

        De fino lienzo gallego
        Los puños y la gorguera,
        Unos y otra guarnecidos
        Con randas barcelonesas.

        Un birretón de velludo
        Con su cintillo de perlas,
        Y el gabán de paño verde
        Con alamares de seda.

        Tan sólo de Calatrava
        La insignia española lleva,
        Que el Toisón ha despreciado
        Por ser orden extranjera.

        Con paso tardo, aunque firme,
        Sube por las escaleras,
        Y al verle, las alabardas
        Un golpe dan en la tierra.

        Golpe de honor, y de aviso
        De que en el alcázar entra
        Un grande, a quien se le debe
        Todo honor y reverencia.

        Al llegar a la antesala,
        Los pajes que están en ella
        Con respeto le saludan
        Abriendo las anchas puertas.

        Con grave paso entra el conde
        Sin que otro aviso preceda,
        Salones atravesando
        Hasta la cámara regia.

        Pensativo está el monarca,
        Discurriendo cómo pueda
        Componer aquel disturbio
        Sin hacer a nadie ofensa.

        Mucho al de Borbón le debe
        Aún mucho más de él espera,
        Y al de Benavente mucho
        Considerar le interesa.

        Dilación no admite el caso,
        No hay quien dar consejo pueda,
        Y Villalar y Pavía
        A un tiempo se le recuerdan.

        En el sillón asentado,
        Y el codo sobre la mesa,
        Al personaje recibe
        Que comedido se acerca.

        Grave el Conde le saluda
        Con una rodilla en tierra,
        Mas como Grande del reino
        Sin descubrir la cabeza.

        El Emperador, benigno,
        Que alce del suelo le ordena,
        Y la plática difícil
        Con sagacidad empieza.

        Y entre severo y afable,
        Al cabo le manifiesta,
        Que es el que a Borbón aloje
        Voluntad suya resuelta.

        Con respeto muy profundo,
        Pero con la voz entera,
        Respóndele Benavente
        Destocando la cabeza:

        "Soy, señor, vuestro vasallo,
        Vos sois mi rey en la tierra,
        A vos ordenar os cumple
        De mi vida y de mi hacienda.

        "Vuestro soy, vuestra mi casa,
        De mí disponed y de ella,
        Pero no toquéis mi honra
        Y respetad mi conciencia.

        "Mi casa Borbón ocupe
        Puesto que es voluntad vuestra,
        Contamine sus paredes,
        Sus blasones envilezca,

        "Que a mí me sobra en Toledo
        Donde vivir, sin que tenga
        Que rozarme con traidores
        Cuyo solo aliento infesta,

        "Y en cuanto él deje mi casa,
        Antes de tornar yo a ella,
        Purificaré con fuego
        Sus paredes y sus puertas".

        Dijo el Conde, la real mano
        Besó, cubrió su cabeza,
        Y retiróse bajando
        A do estaba su litera.

        Y a casa de un su pariente
        Mandó que le condujeran,
        Abandonando la suya
        Con cuanto dentro se encierra.

        Quedó absorto Carlos Quinto
        De ver tan noble firmeza,
        Estimando la de España
        Más que la imperial diadema.

        Romance IV
        Muy pocos días el Duque
        Hizo mansión en Toledo,
        Del noble Conde ocupando
        Los honrados aposentos.

        Y la noche en que el palacio
        Dejó vacío, partiendo
        Con su séquito y sus pajes
        Orgulloso y satisfecho;

        Turbó la apacible luna
        Un vapor blanco y espeso,
        Que de las altas techumbres
        Se iba elevando y creciendo:

        A poco rato tornóse
        En humo confuso y denso,
        Que en nubarrones oscuros
        Ofuscaba el claro cielo;

        Después en ardientes chispas,
        Y en un resplandor horrendo
        Que iluminaba los valles,
        Dando en el Tajo reflejos;

        Y al fin su furor mostrando
        En embravecido incendio,
        Que devoraba altas torres
        Y derrumbaba altos techos.

        Resonaron las campanas,
        Conmovióse todo el pueblo
        De Benavente el palacio
        Presa de las llamas viendo.

        El Emperador confuso
        Corre a procurar remedio,
        En atajar tanto daño
        Mostrando tenaz empeño.

        En vano todo; tragóse
        Tantas riquezas el fuego,
        A la lealtad castellana
        Levantando un monumento.

        Aun hoy unos viejos muros
        Del humo y las llamas negros,
        Recuerdan acción tan grande
        En la famosa Toledo.

      Arriba

      Una antigualla de Sevilla

        Romance I. El candil
        Más ha de quinientos años,
        En una torcida calle,
        Que de Sevilla, en el centro,
        Da paso a otras principales;

        Cerca de la media noche,
        Cuando la ciudad más grande
        Es de un grande cementerio
        En silencio y paz imagen;

        De dos desnudas espadas
        Que trababan un combate,
        Turbó el repentino encuentro
        Las tinieblas impalpables.

        El crujir de los aceros
        Sonó por breves instantes,
        Lanzando azules centellas,
        Meteoro de desastres.

        Y al gemido, ¡Dios me valga!
        ¡Muerto soy! Y al golpe grave
        De un cuerpo que a tierra vino,
        El silencio y paz renacen.

        Al punto una ventanilla
        De un pobre casuco abren;
        Y, de tendones y, huesos,
        Sin jugo, como sin carne,

        Una mano y brazo asoman,
        Que sostienen por el aire
        Un candil, cuyos destellos
        Dan luz súbita a la calle.

        En pos un rostro aparece
        De gomia o bruja espantable
        A que otra marchita mano
        O cubre o da sombra en parte.

        Ser dijérase la muerte
        Que salía a apoderarse
        De aquella víctima humana
        Que acababan de inmolarle;

        O de la eterna justicia,
        De cuyas miradas nadie
        Consigue ocultar un crimen,
        El testigo formidable.

        Pues a la llama mezquina,
        Con el ambiente ondeante,
        Que dando luz roja al muro
        Dibujaba desiguales.

        Los tejados y azoteas
        Sobre el oscuro celaje,
        Dando fantásticas formas
        A esquinas y bocacalles.

        Se vio en medio del arroyo,
        Cubierto de lodo y sangre,
        El negro bulto tendido
        De un traspasado cadáver.

        Y de pie a su frente un hombre,
        Vestido negro ropaje,
        Con una espada en la mano,
        Roja hasta los gavilanes.

        El cual, en el mismo punto,
        Sorprendido de encontrarse
        Bañado de luz, esconde
        La faz en su embozo, y parte.

        Aunque no como el culpado
        Que se fuga por salvarse,
        Sino como el que inocente,
        Mueve tranquilo el pie y grave.

        Al andar, sus choquezuelas
        Formaban ruido notable,
        Como el que forman los dados
        Al confundirse y mezclarse.

        Rumor de poca importancia
        En la escena lamentable,
        Mas de tan mágico efecto,
        Y de un influjo tan grande.

        En la vieja, que asomaba
        El rostro y luz a la calle,
        Que, cual si oyera el silbido
        De venenosa ceraste,

        O crujir las negras alas
        Del precipitado Arcángel,
        Grita en espantoso aullido,
        ¡Virgen de los Reyes, valme!

        Suelta el candil, que en las piedras
        Se apaga y aceite esparce,
        Y cerrando la ventana
        De un golpe, que la deshace,

        Bajo su mísero lecho
        Corre a tientas a ocultarse,
        Tan acongojada y yerta,
        Que apenas sus pulsos laten.

        Por sorda y ciega haber sido
        Aquellos breves instantes,
        La mitad diera gustosa
        De sus días miserables:

        Y hubiera dado los días
        De amor y dulces afanes
        De su juventud, y dado
        Las caricias de sus padres,

        Los encantos de la cuna,
        Y... en fin, hasta lo que nadie
        Enajena, la esperanza,
        Bien solo de los mortales:

        Pues lo que ha visto la abruma,
        Y la aterra lo que sabe,
        Que hay vistas, que son peligros,
        Y aciertos que muerte valen.

        Romance II. El juez
        ¡Las cuatro esferas doradas,
        Que ensartadas en un perno,
        Obra colosal de moros
        Con resaltos y letreros.

        De la torre de Sevilla
        Eran remate soberbio,
        Do el gallardo Giraldillo
        Hoy marca el mudable viento,

        ¡Esferas, que pocos años
        Después derrumbó en el suelo
        Un terremoto, ¿brillaban
        Del sol matutino al fuego:

        Cuando en una sala estrecha
        Del antiguo alcázar regio,
        Que entonces reedificaban
        Tal cual hoy mismo le vemos.

        En un sillón de respaldo
        Sentado está el rey don Pedro,
        Joven de gallardo talle,
        Mas de semblante severo.

        A reverente distancia,
        Una rodilla en el suelo,
        Vestido de negra toga,
        Blanca barba, albo cabello,

        Y con la vara de alcalde
        Rendida al poder supremo,
        Martín Fernández Cerón
        Era emblema del respeto.

        Y estas palabras de entrambos
        Recogió el dorado techo,
        Y la tradición guardólas
        Para que hoy suenen de nuevo.

        R.- ¿Conque en medio de Sevilla
        Amaneció un hombre muerto,
        Y no venís a decirme
        Que está ya el matador preso?

        A.- Señor, desde antes del alba,
        En que el cadáver sangriento
        Recogí, varias pesquisas
        Inútilmente se han hecho.

        R.- Más pronta justicia, alcalde,
        Ha de haber donde yo reino,
        Y a sus vigilantes ojos
        Nada ha de estar encubierto.

        A.- Tal vez, señor, los judíos,
        Tal vez los moros sospecho...
        R.- ¿Y os vais tras de las sospechas
        Cuando hay un testigo, y bueno?

        ¿No me habéis, alcalde, dicho,
        Que un candil se halló en el suelo
        Cerca del cadáver?... Basta
        Que el candil os diga el reo.

        A.- Un candil no tiene lengua.
        R.- Pero tiénela su dueño,
        Y a moverla se le obliga
        Con las cuerdas del tormento.

        Y -¡vive Dios!- que esta noche
        Ha de estar en aquel puesto,
        O vuestra cabeza, alcalde
        O la cabeza del reo.

        El rey, temblando de ira,
        Del sillón se alzó de presto,
        Y el juez alzóse de tierra
        Temblando también de miedo.

        Y haciendo una reverencia,
        Y otra después, y otra luego,
        Salióse a ahorcar a Sevilla
        Para salvarse, resuelto.

        Síguele el rey con los ojos,
        Que estuvieran en su puesto
        De un basilisco en la frente,
        Según eran de siniestros,

        Y de satánica risa
        Dando la expresión al gesto,
        Salió detrás del alcalde
        A pasos largos y lentos.

        Por el corredor estuvo
        En las alcándaras viendo
        Azores y jerifaltes,
        Y dándoles agua y cebo.

        Y con uno sobre el puño
        Salió a dirigir él mesmo
        Las obras de aquel palacio
        En que muestra gran empeño.

        Y vio poner las portadas
        De cincelados maderos,
        Y él mismo dictó las letras
        Que aún hoy notamos en ellos.

        Después habló largo rato,
        A solas y con secreto,
        A un su privado, Juan Diente,
        Diestrísimo ballestero.

        Señalándole un retrato,
        Busto de piedra mal hecho,
        Que con corta semejanza
        Labró un peregrino griego.

        Fue a Triana, vio las naves
        Y marítimos aprestos;
        De Santa Ana entró en la iglesia
        Y oró brevísimo tiempo.

        Comió en la torre del Oro,
        A las tablas jugó luego
        Con Martín Gil de Alburquerque;
        A caballo dio un paseo:

        Y cuando el sol descendía,
        Dejando esmaltado el cielo
        De rosa, morado y oro,
        Con nubes de grana y fuego,

        Tornó al alcázar, vistióse
        Sayo pardo, manto negro,
        Tomó un birrete sin plumas
        Y un estoque de Toledo,

        Y bajando a los jardines
        Por un postigo secreto,
        Do Juan Diente le esperaba
        Entre murtas encubierto,

        Salió solo, y esto dijo
        Con recato al ballestero:
        "Antes de la media noche
        Todo esté cual dicho tengo".

        Cerró el postigo por fuera,
        Y en el laberinto ciego
        De las calles de Sevilla
        Desapareció entre el pueblo.

        Romance III. La cabeza
        Al tiempo que en el ocaso
        Su eterna llama sepulta
        El sol, y tierras y cielos
        Con negras sombras se enlutan.

        De la cárcel de Sevilla,
        En una bóveda oscura,
        Que una lámpara de cobre
        Más bien asombra que alumbra,

        Pasaba una extraña escena,
        De aquellas que nos angustian,
        Si en horrenda pesadilla
        El sueño nos las dibuja.

        Pues no semejaba cosa
        De este mundo, aunque se usan
        En él cosas harto horrendas,
        De que he presenciado muchas;

        Sino cosa del infierno,
        Funesta y maligna junta
        De espectros y de vampiros,
        Festín horrible de furias.

        En un sillón, sobre gradas,
        Se ve en negras vestiduras
        Al buen alcalde Cerón,
        Ceño grave, faz adusta.

        A su lado en un bufete,
        Que más parece una tumba,
        Prepara un viejo notario
        Sus pergaminos y plumas.

        Y de aquella estancia en medio,
        De tablas con sangre sucias
        Se ve un lecho, y sus cortinas
        Son cuerdas, garfios, garruchas.

        En torno de él dos verdugos
        De imbécil facha y robusta,
        De un saco de cuero aprestan
        Hierros de infaustas figuras.

        Sepulcral silencio reina,
        Pues solamente se escucha
        El chispeo de la llama
        En la lámpara que ahúma

        La bóveda, y de los hierros
        Que los verdugos rebuscan,
        El metálico sonido
        Con que se apartan y juntan.

        Pronto del severo alcalde
        La voz sepulcral retumba
        Diciendo: "Venga el testigo
        Que ha de sufrir la tortura".

        Se abrió al instante una puerta
        Por la que sale confusa
        Algazara, ayes profundos
        Y gemidos que espeluznan.

        Y luego entre los sayones,
        Esbirros y vil gentuza,
        De ademanes descompuestos
        Y de feroz catadura.

        Una vieja miserable,
        De ropa y carne desnuda,
        Como un cuerpo que las hienas
        Sacan de la sepultura;

        Pues, sólo se ve que vive
        Porque flacamente lucha
        Con desmayados esfuerzos,
        Porque gime y porque suda.

        Arrástranla los sayones;
        La confortan y la ayudan
        Dos religiosos franciscos
        Caladas sendas capuchas;

        Y la algazara y estruendo,
        Con que satánica turba,
        Lleva un precito a las llamas
        Por la bóveda retumba.

        Un negro bulto en silencio
        También entra en la confusa
        Escena, y sin ser notado
        Tras de un pilarón se oculta.

        "Ven ¡grita un tosco verdugo
        Con una risada aguda¿
        Ven a casarte conmigo;
        Hecha está la cama, bruja".

        Otro, asiéndolo los brazos
        Con una mano más dura
        Que unas tenazas, le dice.
        "No volarás hoy a oscuras".

        Y otro, atándola las piernas:
        "¿Y el bote con que te untas?
        Sobre la escoba a caballo
        No has de hacer más de las tuyas".

        Estos chistes semejaban
        Los aullidos con que aguzan
        La hambre los lobos, al grito
        De los cuervos que barruntan;

        Los ya corrompidos restos
        De una víctima insepulta,
        La mofa con que los cafres
        A su prisionero insultan.

        Tienden en el triste lecho,
        Ya casi casi difunta
        A la infelice, la enlazan
        Con ásperas ligaduras,

        Y de hierro un aparato
        A su diestra mano ajustan,
        Que al impulso más pequeño
        Martirio espantoso anuncia,

        Dice un sayón al alcalde.
        "Ya está en jaula la lechuza,
        Y si aún a cantar se niega,
        Yo haré que cante o que cruja".

        Silencio el alcalde impone,
        Quédase todo en profunda
        Quietud, y sólo gemidos
        Casi apagados se escuchan.

        "Mujer, prorrumpe Cerón,
        Mujer, si vivir procuras,
        Declárame cuanto viste
        Y te dará Dios ayuda".

        -"Nada vi, nada -responde
        La infeliz-, por Santa Justa
        Juro que estaba durmiendo;
        Ni vi ni oí cosa alguna".

        -Replicó el juez: "Desdichada,
        Piensa, piensa lo que juras".
        Y tomando de las manos
        Del notario que le ayuda,

        Un candil: "Mira -prosigue-
        Esta prenda que te acusa.
        Di quién la tiró a la calle
        Pues confesaste ser tuya".

        La mísera se estremece
        Trémula toda y convulsa,
        Y respondió desmayada:
        "El demonio fue sin duda".

        Y tras de una breve pausa:
        "Soy ciega, soy sorda y muda.
        Matadme, pues, lo repito:
        Ni vi ni oí cosa alguna".

        El juez entonces, de mármol,
        Con la vara al techo apunta,
        Ase una cuerda un verdugo,
        Rechina allá una garrucha,

        La mano de la infelice
        Se disloca y descoyunta,
        Y al chasquido de los huesos
        Un alarido se junta.

        -"Piedad, que voy a decirlo",
        Grita con voz moribunda
        La víctima, y al momento
        Suspéndese la tortura.

        -"Declara", el juez dice, y ella
        Cobrando un vigor que asusta,
        Prorrumpe... "El rey fue..". y su lengua
        En la garganta se anuda.

        Juez, escribano, verdugos,
        Todos con la faz difunta
        Oyen tal nombre, temblando,
        Y queda la estancia muda.

        En esto el desconocido,
        Que tras del pilar se oculta,
        Hacia el potro del tormento
        El firme paso apresura;

        Haciendo sus choquezuelas,
        Canillas y coyunturas,
        El ruido que los dados
        Cuando se chocan y juntan.

        Rumor que al punto conoce
        La infeliz, y se espeluza,
        Y repite: "El rey, sus huesos
        Así sonaron, no hay duda".

        Al punto se desemboza
        Y la faz descubre adusta,
        Y los ojos como brasas
        Aquel personaje, a cuya

        Presencia hincan la rodilla
        Cuantos la bóveda ocupan,
        Pues al rey don Pedro todos
        Conocen y se atribulan.

        Éste saca de su seno
        Una bolsa do relumbran
        Cien monedas de oro y dice:
        "Toma y socórrete, bruja.

        Has dicho verdad, y sabe
        Que el que a la justicia oculta
        La verdad, es reo de muerte,
        Y cómplice de la culpa.

        Pero pues tú la dijiste,
        Ve en paz, el cielo te escuda.
        Yo soy, sí, quien mató al hombre,
        Mas Dios sólo a mí me juzga.

        Pero porque satisfecha
        Quede la justicia augusta,
        Ya la cabeza del reo
        Allí escarmientos pronuncia".

        Y era así; ya colocada
        Estaba la imagen suya
        En la esquina do la muerte
        Dio a un hombre su espada aguda.

        Del Candilejo la calle
        Desde entonces se intitula,
        Y el busto del rey Don Pedro
        Aún allí está y nos asusta.

      Arriba

      Sonetos

        1. Mísero leño
        Mísero leño, destrozado y roto,
        Que en la arenosa playa escarmentado
        Yaces del marinero abandonado,
        Despojo vil del ábrego y del noto.

        ¡Cuánto mejor estabas en el soto,
        De aves y ramas y verdor poblado,
        Antes que, envanecido y deslumbrado,
        Fueras del mundo al término remoto!

        Perdiste la pomposa lozanía,
        La dulce paz de la floresta umbrosa,
        Donde burlabas los sonoros vientos.

        ¿Qué tu orgulloso afán se prometía?
        ¿También burlarlos en la mar furiosa?
        He aquí el fruto de altivos pensamientos.

        2. Ojos divinos
        Ojos divinos, luz del alma mía,
        Por la primera vez os vi enojados;
        ¡Y antes viera los cielos desplomados,
        O abierta ante mis pies la tierra fría!

        Tener ¡ay!, compasión de la agonía
        En que están mis sentidos sepultados,
        Al veros centellantes e indignados
        Mirarme, ardiendo con fiereza impía.

        ¡Ay!, perdonad si os agravié; perderos
        Temí tal vez, y con mi ruego y llanto
        Más que obligaros conseguí ofenderos;

        Tened, tened piedad de mi quebranto,
        Que si tornáis a fulminarme fieros
        Me hundiréis en los reinos del espanto.

        3. Receta segura
        Estudia poco o nada, y la carrera
        Acaba de abogado en estudiante,
        Vete, imberbe, a Madrid, y, petulante,
        Charla sin dique, estafa sin barrera.

        Escribe en un periódico cualquiera;
        De opiniones extremas sé el Atlante
        Y ensaya tu elocuencia relevante
        En el café o en junta patriotera.

        Primero concejal, y diputado
        Procura luego ser, que se consigue
        Tocando con destreza un buen registro;

        No tengas fe ninguna, y ponte al lado
        Que esperanza mejor de éxito abrigue,
        Y pronto te verás primer ministro.

        4. Un buen consejo
        Con voz aguardentosa parla y grita
        Contra todo Gobierno, sea el que fuere.
        Llama a todo acreedor que te pidiere,
        Servil, carlino, feota, jesuíta.

        De un diputado furibundo imita
        La frase y ademán. Y si se urdiere
        Algún motín, al punto en él te injiere,
        Y a incendiar y matar la turba incita.

        Lleva bigote luengo, sucio y cano;
        Un sablecillo, una levita rota,
        Bien de realista, bien de miliciano.

        De nada razonable entiendas jota,
        Vivas da ronco al pueblo soberano
        Y serás eminente patriota.

      Arriba


Autores desconocidos


Seguidores


Indice autores conocidos

   Acuña, Manuel
   Alberti, Rafael
   Aldington, Richard
   Almagro, Ramón de
   Altolaguirre, Manuel
   Arteche, Miguel
   Baudelaire, Charles
   Beckett, Samuel
   Bécquer, Gustavo Adolfo
   Belli, Gioconda
   Benedetti, Mario - Parte I
   Benedetti, Mario - Parte II
   Bernárdez, Francisco Luis
   Blake, William
   Blanco, Andrés Eloy
   Bonnet, Piedad
   Borges, Jorge Luis
   Bosquet, Alain
   Bridges, Robert
   Browning, Robert
   Buesa, José Ángel
   Bukowski, Charles
   Camín, Alfonso
   Campoamor, Ramón de
   Castellanos, Rosario
   Celaya, Gabriel
   Cernuda, Luis
   Cortázar, Julio
   Cuesta, Jorge
   Darío, Rubén
   De Burgos, Julia
   De la Cruz, Sor Juana Inés
   Debravo, Jorge
   Delmar, Meira
   Díaz Mirón, Salvador
   Dickinson, Emily
   Donne, John
   Douglas, Keith
   Eguren, José María
   Espronceda, José de
   Ferrer, Marcelo D.
   Flores, Manuel
   Flórez, Julio
   Frost, Robert
   Gala, Antonio
   García Lorca, Federico
   Gelman, Juan
   Girondo, Oliverio
   Gómez Jattin, Raúl
   Gómez de Avellaneda, Gertrudis
   González, Ángel
   González Martínez, Enrique
   Guillén, Nicolás
   Gutiérrez Nájera, Manuel
   Hernández, Miguel
   Hesse, Hermann
   Hierro, José
   Hugo, Víctor
   Huidobro, Vicente
   Ibarbourou, Juana de
   Isaacs, Jorge
   Jiménez, Juan Ramón
   Joyce, James
   Keats, John
   Larkin, Philip
   Leopardi, Giacomo
   Lloréns Torres, Luis
   Lord Byron, George Gordon
   Lowell, Amy
   Loynaz, Dulce María
   Machado, Antonio
   Marchena, Julián
   Martí, José
   Milton, John
   Mistral, Gabriela
   Mitre, Eduardo
   Neruda, Pablo - Parte I
   Neruda, Pablo - Parte II
   Neruda, Pablo - Parte III
   Nervo, Amado - Parte I
   Nervo, Amado - Parte II
   Novo, Salvador
   Obligado, Pedro Miguel
   Otero, Blas de
   Owen, Gilberto
   Pacheco, José Emilio
   Palés Matos, Luis
   Parra, Nicanor
   Paz, Octavio - Parte I
   Paz, Octavio - Parte II
   Pedroni, José
   Pellicer, Carlos
   Pessoa, Fernando
   Pizarnik, Alejandra
   Plá, Josefina
   Poe, Edgar Allan
   Pombo, Rafael
   Raine, Kathleen
   Rébora, Marilina
   Reyes Ochoa, Alfonso
   Rimbaud, Arthur
   Rojas, Gonzalo
   Rojas, Jorge
   Romero, Elvio
   Ruy Sánchez, Alberto
   Sabines, Jaime
   Salinas, Pedro
   Santos Chocano, José
   Shakespeare, William
   Shelley, Percy Bysshe
   Silva, José Asunción
   Storni, Alfonsina
   Swann, Matilde Alba
   Symons, Julian
   Teillier, Jorge
   Tennyson, Alfred
   Thomas, Dylan
   Torres Bodet, Jaime
   Unamuno, Miguel de
   Urbina, Luis G.
   Vallejo, César
   Verlaine, Paul
   Villaurrutia, Xavier
   Whitman, Walt
   Wilde, Óscar
   Wordsworth, William
   Yeats, William Butler
   Zaid, Gabriel
   Zorrilla, José
   Zorrilla de San Martín, Juan


Otros enlaces

   Webs amigas

Visitas recibidas

.
Grandes poetas famosos | Great famous poets | Contacto: Monika Lekanda