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    Información biográfica

  1. Al dejar un alma
  2. Amor sin nombre
  3. Canto destruido
  4. Deseos
  5. En el silencio de la casa
  6. En una de esas tardes
  7. Esta barca sin remos es la mía
  8. Grupos de palomas
  9. Horas de junio
  10. Hoy que has vuelto
  11. La primera tristeza
  12. Mi voluntad de ser
  13. ¿Qué harás?
  14. Que se cierre esa puerta
  15. Recinto
  16. Si junto a ti las horas
  17. Tema para un nocturno
  18. Tú eres más que mis ojos
  19. Yo acaricio el paisaje
  20. Yo leía poemas y tú estabas





  21. Información biográfica

      Nombre: Carlos Pellicer Cámara
      Lugar y fecha nacimiento: San Juan Bautista -hoy Villahermosa-, Tabasco (México), 16 de enero de 1897
      Lugar y fecha defunción: México D.F. (México), 16 de febrero de 1977 (80 años)

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      Al dejar un alma

        Agua crepuscular, agua sedienta,
        Se te van como sílabas los pájaros tardíos.
        Meciéndose en los álamos el viento te descuentan
        La dicha de tus ojos bebiéndose en los míos.

        Alié mi pensamiento a tus goces sombríos
        Y gusté la dulzura de tus palabras lentas.
        Tú alargaste crepúsculos en mis manos sedientas:
        Yo devoré en el pan tus trágicos estíos.

        Mis manos quedarán húmedas de tu seno.
        De mis obstinaciones te quedará el veneno,
        Flotante flor de angustia que bautizó el destino.

        De nuestros dos silencios ha de brotar un día
        El agua luminosa que dé un azul divino
        Al fondo de cipreses de tu alma y de la mía.

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      Amor sin nombre

        Amor sin nombre, ámbito destino
        De ser y de no estar. Tu pronto asedio
        Sostiene mi dolor y anula el tedio
        De copa exhausta o apretado vino.

        En un alto silencio, un aquilino
        Palmo azul de silencio, vivo. En medio
        De la infausta paciencia de tu asedio
        Abro las jaulas y desbordo el trino.

        Por ti cuelgo coronas en los muros;
        Por ti soy más fugaz y en los maduros
        Soñares aligero tus canciones.

        Y te llevo en mi ser y has recogido
        La actitud que en Florencias o Bizancios
        Consagra sus palomas al olvido.

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      Canto destruido

        ¿En qué rayo de luz, amor ausente
        Tu ausencia se posó? Toda en mis ojos
        Brilla la desnudez de tu presencia.
        Dúos de soledad dicen mis manos
        Llenas de ácidos fríos
        Y desgarrados horizontes.

        Veo el otoño lleno de esperanza
        Como una atardecida primavera
        En que una sola estrella
        Vive el cielo ambulante de la tarde.

        Te amo, amor, y nada estoy diciendo
        Para llamarte. Siento
        Que me duelen los ojos de no llorar. Y veo
        Que tu ausencia me encuentra
        Como el cielo encendido
        Y una alegría triste de no usarla
        Como esos días en que nada ocurre
        Y está toda la casa
        Inútilmente iluminada.

        En la destruida alcoba de tu ausencia
        Pisoteados crepúsculos reviven
        Sus harapos, morados de recuerdos.
        En el alojamiento de tu ausencia
        Todo lo ocupo yo, clavando clavos
        En las cuatro paredes de la ausencia.

        Y este mundo cerrado
        Que se abre al interior de un bosque antiguo,
        Ve marchitarse el tiempo,
        Despolvorearse la luz, y mira a todos lados
        Sin encontrar el punto de partida.

        Aunque vengas mañana
        En tu ausencia de hoy perdí algún reino.

        Tu cuerpo es el país de las caricias,
        En donde yo, viajero desolado
        -Todo el itinerario de mis besos-
        Paso el otoño para no morirme,
        Sin conocer el valor de tu ausencia
        Como un diamante oculto en lo más triste.

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      Deseos

        Trópico, para qué me diste
        Las manos llenas de color.
        Todo lo que yo toque
        Se llenará de Sol.
        En las tardes sutiles de otras tierras
        Pasaré con mis ruidos de vidrio tornasol.
        Déjame un solo instante
        Dejar de ser grito y color.
        Déjame un solo instante
        Cambiar de clima el corazón,
        Beber la penumbra de una cosa desierta,
        Inclinarme en silencio sobre un remoto balcón,
        Ahondarme en el manto de pliegues finos,
        Dispersarme en la orilla de una suave devoción,
        Acariciar dulcemente las cabelleras lacias
        Y escribir con un lápiz muy fino mi meditación.
        ¡Oh, dejar de ser un solo instante
        El ayudante de campo del Sol!
        ¡Trópico, para qué me diste
        Las manos llenas de color!

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      En el silencio de la casa

        En el silencio de la casa, tú,
        Y en mi voz la presencia de tu nombre
        Besado entre la nube de la ausencia
        Manzana aérea de las soledades.

        Todo a puertas cerradas, la quietud
        De esperarte es vanguardia de heroísmo,
        Vigilando el ejército de abrazos
        Y el gran plan de la dicha.

        Yo no sé caminar sino hacia ti,
        Por el camino suave de mirarte
        Poner mis labios junto a mis preguntas
        -Sencilla, eterna flor de preguntarte-
        Y escucharte así en mí, ¡y a sangre y fuego
        Rechazar, luminoso, las penumbras!

        Manzana aérea de las soledades,
        Bocado silencioso de la ausencia,
        Palabra en viaje, ropa del invierno
        Que hará la desnudez de las praderas.

        Tú en el silencio de la casa. Yo
        En tus labios de ausencia, aquí tan cerca
        Que entre los dos la ronda de palabras
        Se funde en la mejor que da el poema.

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      En una de esas tardes

        En una de esas tardes
        Sin más pintura que la de mis ojos,
        Te desnudé
        Y el viaje de mis manos y mis labios
        Llenó todo tu cuerpo de rocío.
        Aquel mundo amanecido por la tarde,
        Con tantos episodios sin historias,
        Fue silenciosamente abanderado
        Y seguido por pueblos de ansiedades.

        Entre tu ombligo y sus alrededores
        Sonreían los ojos de mis labios
        Y tu cadera,
        Esfera en dos mitades,
        Alegró los momentos de agonía
        En que mi vida huyó para tu vida.

        Estamos tan presentes,
        Que el pasado no cuenta sin ser visto.
        No somos lo escondido;
        En el torrente de la vida estamos.

        Tu cuerpo es lo desnudo que hay en mí
        Toda el agua que va rumbo a tus cántaros.
        Tu nombre, tu alegría...
        Nadie lo sabe;
        Ni tú misma a solas.

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      Esta barca sin remos es la mía

        Esta barca sin remos es la mía.
        Al viento, al viento, al viento solamente
        Le ha entregado su rumbo, su indolente
        Desolación de estéril lejanía.

        Todo ha perdido ya su jerarquía.
        Estoy lleno de nada y bajo el puente
        Tan solo el lodazal, la malviviente
        Ruina del agua y de su platería.

        Todos se van o vienen. Yo me quedo
        A lo que dé el perder valor y miedo.
        ¡Al viento, al viento, a lo que el viento quiera!

        Un mar sin honra y sin piratería,
        Excelsitudes de un azul cualquiera
        Y esta barca sin remos que es la mía.

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      Grupos de palomas

        A la Sra. Lupe Medina de Ortega.

        I

        Los grupos de palomas,
        Notas, claves, silencios, alteraciones,
        Modifican el ritmo de la loma.
        La que se sabe tornasol afina
        Las ruedas luminosas de su cuello
        Con mirar hacia atrás a su vecina.
        Le da al Sol la mirada
        Y escurre en una sola pincelada
        Plan de vuelos a nubes campesinas.

        II

        La gris es una joven extranjera
        Cuyas ropas de viaje
        Dan aire de sorpresas al paisaje
        Sin compradoras y sin primaveras.

        III

        Hay una casi negra
        Que bebe astillas de agua en una piedra.
        Después se pule el pico,
        Mira sus uñas, ve las de las otras,
        Abre un ala y la cierra, tira un brinco
        Y se para debajo de las rosas.
        El fotógrafo dice:
        Para el jueves, señora.
        Un palomo amontona sus erres cabeceadas,
        Y ella busca alfileres
        En el suelo que brilla por nada.
        Los grupos de palomas
        -Notas, claves, silencios, alteraciones-
        Modifican lugares de la loma.

        IV

        La inevitablemente blanca
        Sabe su perfección. Bebe en la fuente
        Y se bebe a sí misma y se adelgaza
        Cual un poco de brisa en una lente
        Que recoge el paisaje.
        Es una simpleza
        Cerca del agua. Inclina la cabeza
        Con tal dulzura,
        Que la escritura desfallece
        En una serie de sílabas maduras.

        V

        Corre un automóvil y las palomas vuelan.
        En la aritmética del vuelo,
        Los "ochos" árabes desdóblanse
        Y la suma es impar. Se mueve el cielo
        Y la casa se vuelve redonda.
        Un viraje profundo.
        Regresan las palomas.
        Notas. claves. Silencios. Alteraciones.
        El lápiz se descubre; se inclinan las lomas
        Y por 20 centavos se cantan las canciones.

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      Horas de junio

        Vuelvo a ti, soledad, agua vacía,
        Agua de mis imágenes, tan muerta,
        Nube de mis palabras, tan desierta,
        Noche de la indecible poesía.
        Por ti la misma sangre -tuya y mía-
        Corre el alma de nadie siempre abierta.
        Por ti la angustia es sombra de la puerta
        Que no se abre de noche ni de día.

        Sigo la infancia en tu prisión, y el juego
        Que alterna muertes y resurrecciones
        De una imagen a otra vive ciego.

        Claman el viento, el Sol y el mar del viaje.
        Yo devoro mis propios corazones
        Y juego con los ojos del paisaje.

        Junio me dio la voz, la silenciosa
        Música de callar un sentimiento.
        Junio se lleva ahora como el viento
        Y el alma inútilmente fue gozosa.

        Al año de morir todos los días
        Los frutos de mi voz dijeron tanto
        Y tan calladamente, que unos días
        Vivieron a la sombra de aquel canto.
        (Aquí la voz se quiebra y el espanto
        De tanta soledad llena los días).

        Hoy hace un año, junio, que nos viste,
        Desconocidos, juntos, un instante.
        Llévame a ese momento de diamante
        Que tú en un año has vuelto perla triste.

        Álzame hasta la nube que ya existe,
        Líbrame de las nubes, adelante.
        Haz que la nube sea el buen instante
        Que hoy cumple un año, junio, que me diste.

        Yo pasaré la noche junto al cielo
        Para escoger la nube, la primera
        Nube que salga del sueño, del cielo,
        Del mar, del pensamiento, de la hora,
        De la única hora que me espera
        ¡Nube de mis palabras, protectora!

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      Hoy que has vuelto

        Hoy que has vuelto, los dos hemos callado,
        Y sólo nuestros viejos pensamientos
        Alumbraron la dulce oscuridad
        De estar juntos y no decirse nada.

        Sólo las manos se estrecharon tanto
        Como rompiendo el hierro de la ausencia.
        ¡Si una nube eclipsara nuestras vidas!

        Deja en mi corazón las voces nuevas,
        El asalto clarísimo, presente,
        De tu persona sobre los paisajes
        Que hay en mí para el aire de tu vida.

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      La primera tristeza

        La primera tristeza ha llegado. Tus ojos
        Fueron indiferentes a los míos. Tus manos
        No estrecharon mis manos.
        Yo te besé y tu rostro era la piedra seca
        De las alturas vírgenes. Tus labios encerraron
        En su prisión inútil mi primera amargura.
        En vano tu cabeza puse en mi hombro y en vano
        Besé tus ojos. Eras el oasis cruel
        Que envenenó sus aguas y enloqueció a la sed.
        Y se fue levantando del horizonte una
        Nube. Su tez morena voló a color. De nuevo
        Fue oscureciendo el tono de los días de antes.
        Yo abandoné tu rostro y mis manos
        Ausentaron las tuyas. Mi voz se hizo silencio.
        Era el silencio horrible de los frutos podridos.
        Oí que en mi garganta tropezó la derrota
        Con las piedras fatales.
        Yo me cubrí los ojos
        Para no ver las lágrimas que huían hacia mí.
        Luego tú me besaste, dijiste algo. Yo oía
        Llorar mis propias lágrimas en el primer silencio
        De la primera tristeza. El alma de ese día
        Llegó de lejos -tu alma- y se quedó en mi pecho.

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      Mi voluntad de ser

        Mi voluntad de ser no tiene cielo;
        Sólo mira hacia abajo y sin mirada.
        ¿Luz de la tarde o de la madrugada?
        Mi voluntad de ser no tiene cielo.

        Ni la penumbra de un hermoso duelo
        Ennoblece mi carne afortunada.
        Vida de estatua, muerte inhabitada
        Sin la jardinería de un anhelo.

        Un dormir sin soñar calla y sombrea
        El prodigioso imperio de mis ojos
        Reducido a los grises de una aldea.

        Sin la ausencia presente de un pañuelo
        Se van los días en pobres manojos.
        Mi voluntad de ser no tiene cielo.

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      ¿Qué harás?

        ¿Qué harás? ¿En qué momento
        Tus ojos pensarán en mis caricias?
        ¿Y frente a cuáles cosas, de repente,
        Dejarás, en silencio, una sonrisa?
        Y si en la calle
        Hallas mi boca triste en otra gente,
        ¿La seguirás?
        ¿Que harás si en los comercios -semejanzas-
        Algo de mí encuentras?
        ¿Qué harás?
        ¿Y si en el campo un grupo de palmeras
        O un grupo de palomas o uno de figuras
        Vieras?
        (Las estrofas brillan en sus aventuras
        De desnudas imágenes primeras).

        ¿Y si al pasar frente a la casa abierta,
        Alguien adentro grita: ¡Carlos!?
        ¿Habrá en tu corazón el buen latido?
        ¿Cómo será el acento de tu paso?

        Tu carta trae el perfume predilecto.
        Yo la beso y la aspiro.
        En el rápido drama de un suspiro
        La alcoba se encamina hacia otro aspecto.
        ¿Qué harás?
        Los versos tienen ya los ojos fijos.
        La actitud se prolonga. De las manos
        Caen papel y lápiz. Infinito
        Es el recuerdo. Se oyen en el campo
        Las cosas de la noche. -Una vez
        Te hallé en el tranvía y no me viste.
        -Atravesando un bosque ambos lloramos.
        -Hay dos sitios malditos en la ciudad. ¿Me diste
        Tu dirección la noche del infierno?
        -... Y yo creí morirme mirándote llorar.
        Yo soy...
        Y me sacude el viento.
        ¿Qué harás?

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      Que se cierre esa puerta

        Que se cierre esa puerta
        Que no me deja estar a solas con tus besos.
        Que se cierre esa puerta
        Por donde campos, Sol y rosas quieren vernos.

        Esa puerta por donde
        La cal azul de los pilares entra
        A mirar como niños maliciosos
        La timidez de nuestras dos caricias
        Que no se dan porque la puerta abierta.

        Por razones serenas
        Pasamos largo tiempo a puerta abierta.
        Y arriesgado es besarse
        Y oprimirse las manos, ni siquiera
        Mirarse demasiado, ni siquiera
        Callar en buena lid.

        Pero en la noche
        La puerta se echa encima de sí misma
        Y se cierra tan ciega y claramente
        Que nos sentimos ya, tú y yo, en campo abierto,
        Escogiendo caricias como joyas
        Ocultas en la noche con jardines
        Puestos en las rodillas de los montes,
        Pero solos tú y yo.

        La mórbida penumbra
        Enlaza nuestros cuerpos y saquea
        Mi inédita ternura,
        La fuerza de mis brazos que te agobian
        Tan dulcemente, el gran beso insaciable
        Que se bebe a sí mismo
        Y en su espacio redime
        Lo pequeño de ilímites distancias.

        Dichosa puerta que nos acompañas,
        Cerrada, en nuestra dicha. Tu obstrucción
        Es la liberación de estas dos cárceles;
        La escapatoria de las dos pisadas
        Idénticas que saltan a la nube
        De la que se regresa en la mañana.

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      Recinto

        Antes que otro poema
        -Del mar, de la tierra o del cielo-
        Venga a ceñir mi voz, a tu esperada
        Persona limitándome, corono
        Más alto que la excelsa geografía
        De nuestro amor, el reino ilimitado.

        Y a ti, por ti y en ti vivo y adoro.
        Y el silencioso beso que en tus manos
        Tan dulcemente dejo,
        Arrinconada mi voz,
        Al sentirme tan cerca de tu vida.

        Antes que otro poema
        Me engarce en sus retóricas,
        Yo me inclino a beber el agua fuente
        De tu amor en tus manos, que no apagan
        Mi sed de ti, porque tus dulces manos
        Me dejan en los labios las arenas
        De una divina sed.

        Y así eres el desierto por
        El cuádruple horizonte de las ansias
        Que suscitas en mí; por el oasis
        Que hay en tu corazón para mi viaje
        Que en ti, por ti, y a ti voy alineando,
        Con la alegría del paisaje nido
        Que voltea cuadernos de sembrados.

        Antes que otro poema
        Tome la ciudadela a fuego ritmo,
        Yo te digo, callando,
        Lo que el alma en los ojos dice solo.
        La mirada desnuda, sin historia,
        Ya estés junto, ya lejos,
        Ya tan cerca o tan lejos o cerca reprimirse
        Y apoderarse en la luz de un orbe lágrima,
        Allá, aquí, presente, ausente,
        Por ti, a ti, y en ti, oh ser amado,
        Adorada persona
        Por quien -secretamente- así he cantado.

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      Si junto a ti las horas

        Si junto a ti las horas se apresuran
        A quedarse en nosotros para siempre,
        Hoy que tu dulce ausencia me encarcela,
        La dispersión del tiempo en mis talones
        Y en mis oídos y en mis ojos siento.
        Yo no sé caminar sino hacia ti,
        Ni escuchar otra voz que aquella noble
        Voz que del vaho borde de la dicha
        Vuela para decirme las palabras
        Que aguzaron el agua del poema.

        ¡Decir tu nombre entre palabras vivas
        Sin que nadie lo escuche!
        Y escucharlo yo solo desde el fino
        Silencio del papel, en la penumbra
        Que va dejando el lápiz, en las últimas
        Presencias silenciosas del poema.

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      Tema para un nocturno

        Cuando hayan salido del reloj todas las hormigas
        Y se abra -por fin- la puerta de la soledad,
        La muerte
        Ya no me encontrará.
        Me buscará entre los árboles, enloquecidos
        Por el silencio de una cosa tras otra.
        No me hallará en la altiplanicie deshilada
        Sintiéndola en la fuente de una rosa.

        Estoy partiendo el fruto del insomnio
        Con la mano acuchillada por el azar.
        Y la casa está abierta de tal modo,
        Que la muerte ya no me encontrará.

        Y ha de buscarme sobre los árboles y entre las nubes,
        (¡Fruto y color la voz encenderá!)
        Y no puedo esperarla: tengo cita
        Con la vida, a las luces de un cantar.

        Se oyen pasos -¿muy lejos?- todavía
        Hay tiempo de escapar.
        Para subir la noche sus luceros,
        Un hondo son de sombras cayó sobre la mar.

        Ya la sangre contra el corazón se estrella.
        Anochece tan claro que me puedo desnudar.
        Así, cuando la muerte venga a buscarme,
        Mi ropa solamente encontrará.

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      Tú eres más mis ojos

        Tú eres más mis ojos porque ves
        Lo que en mis ojos llevo de tu vida.
        Y así camino ciego de mí mismo
        Iluminado por mis ojos que arden
        Con el fuego de ti.
        Tú eres más que mi oído porque escuchas
        Lo que en mi oído llevo de tu voz.
        Y así camino sordo de mí mismo
        Lleno de las ternuras de tu acento.
        ¡La sola voz de ti!

        Tú eres más que mi olfato porque hueles
        Lo que mi olfato lleva de tu olor.
        Y así voy ignorando el propio aroma,
        Emanando tus ámbitos perfumes,
        Pronto huerto de ti.

        Tú eres más que mi lengua porque gustas
        Lo que en mi lengua llevo de ti sólo,
        Y así voy insensible a mis sabores
        Saboreando el deleite de los tuyos,
        Sólo sabor de ti.

        Tú eres más que mi tacto porque en mí
        Tu caricia acaricias y desbordas.
        Y así toco en mi cuerpo la delicia
        De tus manos quemadas por las mías.

        Yo solamente soy el vivo espejo
        De tus sentidos. La fidelidad
        Del lago en la garganta del volcán.

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      Yo acaricio el paisaje

        Yo acaricio el paisaje,
        Oh, adorada persona
        Que oíste mis poemas y que ahora
        Tu cabeza reclinas en mi brazo.

        (...) Detrás de un cerro grande
        Va estallando una nube lentamente.
        Su sorpresa
        Es como nuestra dicha: ¡tan primera!
        Lo inaugural que en nuestro amor es clave
        De toda plenitud.
        El aire tiembla a nuestros pies. Yo tengo
        Tu cabeza en mi pecho. Todo cuaja,
        La transparencia enorme de un silencio
        Panorámico, terso,
        Apoyado en el pálido delirio
        De besar tus mejillas en silencio.

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      Yo leía poemas y tú estabas

        Yo leía poemas y tú estabas
        Tan cerca de mi voz que poesía
        Era nuestra unidad y el verso apenas
        La pulsación remota de la carne.
        Yo leía poemas de tu amor
        Y la belleza de los infinitos
        Instantes, la imperante sutileza
        Del tiempo coronado, las imágenes
        Cogidas de camino con el aire
        De tu voz junto a mí,
        Nos fueron envolviendo en la espiral
        De una indecible y alta y flor ternura
        En cuyas ondas últimas -primera-,
        Tembló tu llanto humilde y silencioso
        Y la pausa fue así. -¡Con qué dulzura
        Besé tu rostro y te junté a mi pecho!
        Nunca mis labios fueron tan sumisos,
        Nunca mi corazón fue más eterno,
        Nunca mi vida fue más justa y clara.
        Y estuvimos así, sin una sola
        Palabra que apedreara aquel silencio.

        Escuchando los dos la propia música
        Cuya embriaguez domina
        Sin un solo ademán que algo destruya,
        En una piedra excelsa de quietud
        Cuya espaciosa solidez afirma
        El luminoso vuelo, las inmóviles
        Quietudes que en las pausas del amor
        Una lágrima sola cambia el cielo
        De los ojos del valle y una nube
        Pone sordina al coro del paisaje
        Y el alma va cayendo en el abismo
        Del deleite sin fin.

        Cuando vuelva a leerte esos poemas,
        ¿Me eclipsarás de nuevo con tu lágrima?

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