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    Información biográfica

  1. A mano amada
  2. Alga quisiera ser, alga enredada
  3. Así nunca volvió a ser
  4. Bosque
  5. Breves acotaciones
  6. Camposanto en Collioure
  7. Canción de amiga
  8. Capital de provincia
  9. Carta sin despedida
  10. Ciudad cero
  11. Cómo seré
  12. Cumpleaños
  13. Danae
  14. Deixis en fantasma
  15. Domingo
  16. El derrotado
  17. El día se ha ido
  18. El otoño se acerca
  19. Elegía pura
  20. En este instante
  21. En ti me quedo
  22. Entonces
  23. Epílogo
  24. Esperanza
  25. Esto no es nada
  26. Glosas en homenaje a J.G.
  27. Inmortalidad de la nada
  28. Introducción a las fábulas para animales
  29. Inventario de lugares propicios al amor
  30. J.R.J.
  31. La vida en juego
  32. Me basta así
  33. Me he quedado sin pulso
  34. Mensaje a las estatuas
  35. Mientras tú existas
  36. Milagro de la luz
  37. Muerte en el olvido
  38. Nada es lo mismo
  39. Otras veces
  40. Otro tiempo vendrá
  41. Palabra muerta, palabra perdida
  42. Para nada
  43. Para que yo me llame Ángel González
  44. Porvenir
  45. Preámbulo a un silencio
  46. Quédate quieto
  47. Quise
  48. Rosa de escándalo
  49. Siempre lo que quieras
  50. Son las gaviotas, amor
  51. Te tuve
  52. Todo amor es efímero
  53. Todos ustedes parecen tan felices
  54. Última gracia
  55. Vals de atardecer
  56. Ya nada es ahora


    Información biográfica

      Nombre: Angel González Muñiz
      Lugar y fecha nacimiento: Oviedo (España), 6 de septiembre de 1925
      Lugar y fecha defunción: Madrid (España), 12 de enero de 2008 (82 años)

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      A mano amada

        A mano amada,
        Cuando la noche impone su costumbre de insomnio
        Y convierte
        Cada minuto en el aniversario
        De todos los sucesos de una vida;

        Allí,
        En la esquina más negra del desamparo, donde
        El nunca y el ayer trazan su cruz de sombras,

        Los recuerdos me asaltan.

        Unos empuñan tu mirada verde,
        Otros
        Apoyan en mi espalda
        El alma blanca de un lejano sueño,
        Y con voz inaudible,
        Con implacables labios silenciosos,
        ¡El olvido o la vida!,
        Me reclaman.

        Reconozco los rostros.
        No hurto el cuerpo.

        Cierro los ojos para ver
        Y siento
        Que me apuñalan fría,
        Justamente,
        Con ese hierro viejo:
        La memoria.

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      Alga quisiera ser, alga enredada

        Alga quisiera ser, alga enredada,
        En lo más suave de tu pantorrilla.
        Soplo de brisa contra tu mejilla.
        Arena leve bajo tu pisada.

        Agua quisiera ser, agua salada
        Cuando corres desnuda hacia la orilla.
        Sol recortando en sombra tu sencilla
        Silueta virgen de recién bañada.

        Todo quisiera ser, indefinido,
        En torno a ti: paisaje, luz, ambiente,
        Gaviota, cielo, nave, vela, viento…

        Caracola que acercas a tu oído,
        Para poder reunir, tímidamente,
        Con el rumor del mar, mi sentimiento.

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      Así nunca volvió a ser

        Como llevaba trenza
        La llamábamos trencita en la tarde del jueves.
        Jugábamos a montarnos en ella y nos llevaba
        A una extraña región de la que nunca volveríamos.
        Porque es casi imposible abandonar
        Aquel olor a tierra de su cabello sucio,
        Sus ásperas rodillas todavía con polvo
        Y con sangre de la última caída
        Y, sobre todo,
        La nacarada nuca donde se demoraban
        Unas gotas de luz cuando ya luz no había.
        Allí me dejó un día de verano
        Y jamás regresó
        A recoger mi insomne pensamiento
        Que desde entonces vaga por sus brazos
        Corrigiendo su ruta, terco y contradictorio,
        Lo mismo que una hormiga que no sabe salir
        De la rama de un árbol en el que se ha perdido.

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      Bosque

        Cruzas por el crepúsculo.
        El aire
        Tienes que separarlo casi con las manos
        De tan denso, de tan impenetrable.
        Andas. No dejan huellas
        Tus pies. Cientos de árboles
        Contienen el aliento sobre tu
        Cabeza. Un pájaro no sabe
        Que estás allí, y lanza su silbido
        Largo al otro lado del paisaje.
        El mundo cambia de color: es como el eco
        Del mundo. Eco distante
        Que tú estremeces, traspasando
        Las últimas fronteras de la tarde.

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      Breves acotaciones

        Cuando tengas dinero regálame un anillo,
        Cuando no tengas nada dame una esquina de tu boca,
        Cuando no sepas qué hacer vente conmigo,
        Pero luego no digas que no sabes lo que haces.

        Haces haces de leña en las mañanas
        Y se te vuelven flores en los brazos.
        Yo te sostengo asida por los pétalos,
        Como te muevas te arrancaré el aroma.

        Pero ya te lo dije:
        Cuando quieras marcharte esta es la puerta:
        Se llama Ángel y conduce al llanto.

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      Camposanto en Collioure

        Aquí paz,
        Y después gloria.

        Aquí,
        A orillas de Francia,
        En donde Cataluña no muere todavía
        Y prolonga en carteles de "Toros à Ceret"
        Y de "Flamenco's Show"
        Esa curiosa España de las ganaderías
        De reses bravas y de juergas sórdidas,
        Reposa un español bajo una losa:
        Paz
        Y después gloria.

        Dramático destino,
        Triste suerte
        Morir aquí
        —Paz
        Y después...—
        Perdido,
        Abandonado
        Y liberado a un tiempo
        (Ya sin tiempo)
        De una patria sombría e inclemente.

        Sí; después gloria.

        Al final del verano,
        Por las proximidades
        Pasan trenes nocturnos, subrepticios,
        Rebosantes de humana mercancía:
        Manos de obra barata, ejército
        Vencido por el hambre
        —Paz...—,
        Otra vez desbandada de españoles
        Cruzando la frontera, derrotados
        —... Sin gloria.

        Se paga con la muerte
        O con la vida,
        Pero se paga siempre una derrota.

        ¿Qué precio es el peor?
        Me lo pregunto
        Y no sé qué pensar
        Ante esta tumba,
        Ante esta paz
        —"Casino
        De Canet: Spanish gipsy dancers»,
        Rumor de trenes, hojas...—,
        Ante la gloria ésta
        —... De reseco laurel—
        Que yace aquí, abatida
        Bajo el ciprés erguido,
        Igual que una bandera al pie de un mástil.

        Quisiera,
        A veces,
        Que borrase el tiempo
        Los nombres y los hechos de esta historia
        Como borrará un día mis palabras
        Que la repiten siempre tercas, roncas.

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      Canción de amiga

        Nadie recuerda un invierno tan frío como este.

        Las calles de la ciudad son láminas de hielo.
        Las ramas de los árboles están envueltas en fundas de hielo.
        Las estrellas tan altas son destellos de hielo.

        Helado está también mi corazón,
        Pero no fue en invierno.
        Mi amiga,
        Mi dulce amiga,
        Aquella que me amaba,
        Me dice que ha dejado de quererme.

        No recuerdo un invierno tan frío como este.

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      Capital de provincia

        Ciudad de sucias tejas soleadas:
        Casi eres realidad, apenas nido
        Sólo un rumor, un humo desprendido,
        De las praderas verdes y asombradas.
        Luego hay hombres de vidas apretadas
        A tu destino semiderruido
        Y muchachas que crecen entre el ruido
        Cual si estuvieran entre amor sembradas.
        A casi todas miro tiernamente,
        Y los viejos alegran tus afueras
        Con sus traviesas cabelleras blancas.
        Yo estoy contento y, cariñosamente,
        Caballo gris me gustaría que fueras
        Para darte palmadas en las ancas.

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      Carta sin despedida

        A veces,
        Mi egoísmo
        Me llena de maldad,
        Y te odio casi
        Hasta hacerme daño
        A mí mismo:
        Son los celos, la envidia,
        El asco
        Al hombre, mi semejante
        Aborrecible, como yo
        Corrompido y sin
        Remedio,
        Mi querido
        Hermano y parigual en la
        Desgracia.

        A veces -o mejor dicho:
        Casi nunca-,
        Te odio tanto que te veo
        Distinta.
        Ni en corazón ni en alma
        Te pareces
        A la que amaba sólo
        Hace un instante,
        Y hasta tu cuerpo cambia
        Y es más bello
        -Quizá por imposible
        Y por lejano-.
        Pero el odio también me
        Modifica
        A mí mismo,
        Y cuando quiero darme
        Cuenta
        Soy otro
        Que no odia, que ama
        A esa desconocida cuyo
        Nombre es el tuyo,
        Que lleva tu apellido,
        Y tiene,
        Igual que tú,
        El cabello largo.
        Cuando sonríes,
        Yo te reconozco,
        Identifico tu perfil
        Primero,
        Y vuelvo a verte,
        Al fin,
        Tal como eras, como
        Sigues
        Siendo,
        Como serás ya siempre,
        Mientras te ame.

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      Ciudad cero

        Una revolución.
        Luego una guerra.
        En aquellos dos años —que eran
        La quinta parte de toda mi vida—,
        Ya había experimentado sensaciones distintas.
        Imaginé más tarde
        Lo que es la lucha en calidad de hombre.
        Pero como tal niño,
        La guerra, para mí, era tan sólo:
        Suspensión de las clases escolares,
        Isabelita en bragas en el sótano,
        Cementerios de coches, pisos
        Abandonados, hambre indefinible,
        Sangre descubierta
        En la tierra o las losas de la calle,
        Un terror que duraba
        Lo que el frágil rumor de los cristales
        Después de la explosión,
        Y el casi incomprensible
        Dolor de los adultos,
        Sus lágrimas, su miedo,
        Su ira sofocada,
        Que, por algún resquicio,
        Entraban en mi alma
        Para desvanecerse luego, pronto,
        Ante uno de los muchos
        Prodigios cotidianos: el hallazgo
        De una bala aún caliente,
        El incendio
        De un edificio próximo,
        Los restos de un saqueo
        —Papeles y retratos
        En medio de la calle...
        Todo pasó,
        Todo es borroso ahora, todo
        Menos eso que apenas percibía
        En aquel tiempo
        Y que, años más tarde,
        Resurgió en mi interior, ya para siempre:
        Este miedo difuso,
        Esta ira repentina,
        Estas imprevisibles
        Y verdaderas ganas de llorar.

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      Cómo seré

        ¿Cómo seré yo
        Cuando no sea yo?
        Cuando el tiempo
        Haya modificado mi estructura,
        Y mi cuerpo sea otro,
        Otra mi sangre,
        Otros mis ojos y otros mis cabellos.
        Pensaré en ti, tal vez.
        Seguramente,
        Mis sucesivos cuerpos
        -Prolongándome, vivo, hacia la muerte-
        Se pasarán de mano en mano
        De corazón a corazón,
        De carne a carne,
        El elemento misterioso
        Que determina mi tristeza
        Cuando te vas,
        Que me impulsa a buscarte ciegamente,
        Que me lleva a tu lado
        Sin remedio:
        Lo que la gente llama amor, en suma.

        Y los ojos
        -Qué importa que no sean estos ojos-
        Te seguirán a donde vayas, fieles.

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      Cumpleaños

        Yo lo noto: cómo me voy volviendo
        Menos cierto, confuso,
        Disolviéndome en aire
        Cotidiano, burdo
        Jirón de mí, deshilachado
        Y roto por los puños.

        Yo comprendo: he vivido
        Un año más, y eso es muy duro.
        ¡Mover el corazón todos los días
        Casi cien veces por minuto!

        Para vivir un año es necesario
        Morirse muchas veces mucho.

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      Danae

        La tarde muere envuelta en su tristeza.
        Paisaje tierno para soñadoras
        Miradas de mujer, exploradoras
        De su melancolía en la belleza.

        Danae apoya en sus manos la cabeza.
        El ambiente que el Sol último dora
        Es una leve, dulce y turbadora
        Caricia que la oprime con pereza.

        Un pajarillo gris, desde una vana
        Rama, canta a la tarde lenta y rosa.
        Oro de Sol entra por la ventana

        Y Danae, indiferente y ojerosa,
        Siente el alma transida de desgana
        Y se deja, pensando en otra cosa.

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      Deixis en fantasma

        Aquello.
        No eso.
        Ni
        -Mucho menos- esto.
        Aquello.
        Lo que está en el umbral
        De mi fortuna.
        Nunca llamado, nunca
        Esperado siquiera;
        Sólo presencia que no ocupa espacio,
        Sombra o luz fiel al borde de mí mismo
        Que ni el viento arrebata, ni la lluvia disuelve,
        Ni el sol marchita, ni la noche apaga.
        Tenue cabo de brisa
        Que me ataba a la vida dulcemente.
        Aquello
        Que quizá hubiese sido
        Posible,
        Que sería posible todavía
        Hoy o mañana si no fuese
        Un sueño.

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      Domingo

        Domingo, flor de luz, casi increíble
        Día. Bajas sobre la tierra
        Como un ángel inútil y dorado.
        Besas
        A las muchachas
        De turbia cabellera,
        Vistes de azul marino
        A los hombres que te aman, y dejas
        En las manos del niño
        Un aro de madera
        O una simple esperanza. Repartes
        Golondrinas, globos de primavera,
        Te subes a las torres
        Y giras las veletas
        Oxidadas. Tu viento agita faldas
        De colores, estremece banderas,
        Lleva lejos canciones
        Y sonrisas, llena
        Las estancias de polvo plateado.

        Los árboles esperan
        Tu llegada
        Para cubrirse de gorriones. Sabe más fresca
        El agua de las fuentes.
        Las campanas dispersan
        Palomas imprevistas
        Que vuelan
        De otro modo.
        No hay nadie que no sepa
        Que es domingo,
        Domingo.
        Tu presencia
        De espuma lava,
        Eleva,
        Hace flotar las cosas y los seres
        En un nítido cielo que no era
        -El lunes- de verdad:
        Apenas desteñido papel, vidrio olvidado,
        Polvo tedioso sobre las aceras.

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      El derrotado

        Atrás quedaron los escombros:
        Humeantes pedazos de tu casa,
        Veranos incendiados, sangre seca
        Sobre la que se ceba -último buitre-
        El viento.

        Tú emprendes viaje hacia adelante, hacia
        El tiempo bien llamado porvenir.
        Porque ninguna tierra
        Posees,
        Porque ninguna patria
        Es ni será jamás la tuya,
        Porque en ningún país
        Puede arraigar tu corazón deshabitado.

        Nunca -y es tan sencillo-
        Podrás abrir una cancela
        Y decir, nada más: "buen día,
        Madre".
        Aunque efectivamente el día sea bueno,
        Haya trigo en las eras
        Y los árboles
        Extiendan hacia ti sus fatigadas
        Ramas, ofreciéndote
        Frutos o sombra para que descanses.

      Arriba

      El día se ha ido

        Ahora andará por otras tierras,
        Llevando lejos luces y esperanzas,
        Aventando bandadas de pájaros remotos,
        Y rumores, y voces, y campanas,
        -Ruidoso perro que menea la cola
        Y ladra ante las puertas entornadas.

        (Entretanto, la noche, como un gato
        Sigiloso, entró por la ventana,
        Vio unos restos de luz pálida y fría, y
        Se bebió la última taza).

        Sí;
        Definitivamente el día se ha ido.
        Mucho no se llevó (no trajo nada);
        Sólo un poco de tiempo entre los dientes,
        Un menguado rebaño de luces fatigadas.
        Tampoco lo lloréis. Puntual e inquieto,
        Sin duda alguna, volverá mañana.
        Ahuyentará a ese gato negro.
        Ladrará hasta sacarme de la cama.

        Pero no será igual. Será otro día.
        Será otro perro de la misma raza.

      Arriba

      El otoño se acerca

        El otoño se acerca con muy poco ruido:
        Apagadas cigarras, unos grillos apenas,
        Defienden el reducto
        De un verano obstinado en perpetuarse,
        Cuya suntuosa cola aún brilla hacia el oeste.

        Se diría que aquí no pasa nada,
        Pero un silencio súbito ilumina el prodigio:
        Ha pasado
        Un ángel
        Que se llamaba luz, o fuego, o vida.

        Y lo perdimos para siempre.

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      Elegía pura

        Aquí no pasa nada,
        Salvo el tiempo:
        Irrepetible
        Música que resuena,
        Ya extinguida,
        En un corazón hueco, abandonado,
        Que alguien toma un momento,
        Escucha
        Y tira.

      Arriba

      En este instante

        En este instante, breve y duro instante,
        ¡Cuántas bocas de amor están unidas,
        Cuántas vidas se cuelgan de otras vidas
        Exhaustas en su entrega palpitante!

        Fugaz como el destello de un diamante,
        ¡Qué de manos absurdamente asidas
        Quieren cerrar las más leves salidas
        A su huida perpetua e incesante!

        Lentos, aquí y allá, y adormecidos,
        ¡Tantos labios elevan espirales
        De besos! Sí, en este instante, ahora

        Que ya pasó, que ya lo hube perdido,
        Del cual conservo sólo los cristales
        Rotos, primera ruina de la aurora.
        (En este instante, breve, y duro instante).

      Arriba

      En ti me quedo

        De vuelta de una gloria inexistente,
        Después de haber avanzado un paso hacia ella,
        Retrocedo a velocidad indecible,
        Alegre casi como quien dobla la esquina de la
        Calle donde hay una reyerta,
        Llorando avergonzado como el adolescente
        Hijo de viuda sexagenaria y pobre
        Expulsado de la escuela vespertina en la que era becario.
        Estoy aquí,
        Donde yo siempre estuve,
        Donde apenas hay sitio para mantenerse erguido.

        La soledad es un farol certeramente apedreado:
        Sobre ella me apoyo.

        La esperanza es el quicio de una puerta
        De la casa que fue desarraigada
        De sus cimientos por los huracanes:
        Quicio-resquicio por donde entro y salgo
        Cuando paso del nunca (me quisiste) al todavía (te odio),
        Del tampoco (me escuchas) al también (yo me callo),
        Del todo (me hace daño) al nada (me lastima).

        No importa, sin embargo.

        Los aviones de propulsión a chorro salvan rápidamente
        La distancia que separa Tokio de Copenhague,
        Pero con más rapidez todavía
        Me desplazo yo a un punto situado a diez centímetros
        De mí mismo,
        De prisa,
        Muy de prisa,
        En un abrir y cerrar de ojos,
        En sólo una diezmilésima de segundo,
        Lo cual supone una velocidad media de setenta kilómetros a la hora,
        Que me permite,
        Si mis cálculos son correctos,
        Estar en este instante aquí,
        Después mucho más lejos,
        Mañana en un lugar sito a casi mil millas,
        Dentro de una semana en cualquier parte
        De la esfera terrestre,
        Por alejada que os parezca ahora.
        Consciente de esa circunstancia,
        En muchas ocasiones emprendo largos viajes;
        Pero apenas me desplazo unos milímetros
        Hacia los destinos más remotos,
        La nostalgia me muerde las entrañas,
        Y regreso a mi posición primera
        Alegre y triste a un tiempo
        -Como dije al principio:
        Alegre,
        Porque sé que tú eres mi patria,
        Amor mío;
        Y triste,
        Porque toda patria, para los que la amamos,
        -De acuerdo con mi personal experiencia de la patria-
        Tiene también bastante de presidio.

        Así,
        En ti me quedo,
        Paseo largamente tus piernas y tus brazos,
        Asciendo hasta tu boca, me asomo
        Al borde de tus ojos,
        Doy la vuelta a tu cuello,
        Desciendo por tu espalda,
        Cambio de ruta para recorrer tus caderas,
        Vuelvo a empezar de nuevo,
        Descansando en tu costado,
        Miro pasar las nubes sobre tus labios rojos,
        Digo adiós a los pájaros que cruzan por tu frente,
        Y si cierras los ojos cierro también los míos,
        Y me duermo a tu sombra como si siempre fuera
        Verano,
        Amor,
        Pensando vagamente
        En el mundo inquietante
        Que se extiende -imposible- detrás de tu sonrisa.

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      Entonces

        Entonces,
        En los atardeceres de verano,
        El viento
        Traía desde el campo hasta mi calle
        Un inestable olor a establo
        Y a hierba susurrante como un río
        Que entraba con su canto y con su aroma
        En las riberas pálidas del sueño.

        Ecos remotos,
        Sones desprendidos
        De aquel rumor,
        Hilos de una esperanza
        Poco a poco deshecha,
        Se apagan dulcemente en la distancia:
        Ya ayer va susurrante como un río
        Llevando lo soñado aguas abajo,
        Hacia la blanca orilla del olvido.

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      Epílogo

        Me arrepiento de tanta inútil queja,
        De tanta
        Tentación improcedente.
        Son las reglas del juego inapelables
        Y justifican toda, cualquier pérdida.
        Ahora
        Sólo lo inesperado o lo imposible
        Podría hacerme ll0rar:

        Una resurrección, ninguna muerte.

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      Esperanza

        Esperanza,
        Araña negra del atardecer.
        Tú paras
        No lejos de mi cuerpo
        Abandonado, andas
        En torno a mí,
        Tejiendo, rápida,
        Inconsistentes hilos invisibles,
        Te acercas, obstinada,
        Y me acaricias casi con tu sombra
        Pesada
        Y leve a un tiempo.
        Agazapada
        Bajo las piedras y las horas,
        Esperaste, paciente, la llegada
        De esta tarde
        En la que nada
        Es ya posible...
        Mi corazón:
        Tu nido.
        Muerde en él, esperanza.

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      Esto no es nada

        Si tuviésemos la fuerza suficiente
        Para apretar como es debido un trozo de madera
        Sólo nos quedaría entre las manos
        Un poco de tierra.
        Y si tuviésemos más fuerza todavía
        Para presionar con toda la dureza
        Esa tierra, sólo nos quedaría
        Entre las manos un poco de agua.
        Y si fuese posible aún
        Oprimir el agua,
        Ya no nos quedaría entre las manos
        Nada.

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      Glosas en homenaje a J.G.

        I

        Sí:
        La realidad propone siempre sueños,
        Mas sólo uno entre muchos elige la mirada.

        De quien madruga a verla,
        Y no del sol,
        Procede
        —Aunque él no se lo crea—
        La luz
        Que ordena y fija el mundo
        En sus formas más bellas:
        Damas altas, calandrias...

        Vistas así las cosas,
        Iluminadas por amor tan claro
        ¿Cómo van a negarse?
        Dóciles, entregadas
        A su más alto vuelo,
        Se demoran, esperan, se eternizan.

        II

        Cazadoras al filo de la aurora.

        ¡Cobrar la plenitud, guardar el canto
        Como trofeo y ¡a volar las alas!

        Contra un mundo fugaz, esquivo y raudo,
        Que salta a su "seré" de el "ya he sido",
        Pupilas aún más rápidas
        Lanzan dardos certeros.

        Difícil blanco ofrece hoy la mañana:
        Escorzo de cristal que pasa huyendo
        De no sé qué jaurías invisibles.
        ¿Un instante del iris?
        Rasga el silencio y...
        ¡Luz ilesa!

        He ahí la eternidad, en dos palabras.

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      Inmortalidad de la nada

        Todo lo consumado en el amor
        No será nunca gesta de gusanos.

        Los despojos del mar roen apenas
        Los ojos que jamás
        —Porque te vieron—,
        Jamás
        Se comerá la tierra al fin del todo.

        Yo he devorado tú
        Me has devorado
        En un único incendio.

        Abandona cuidados:
        Llo que ha ardido
        Ya nada tiene que temer del tiempo.

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      Introducción a las fábulas para animales

        Durante muchos siglos
        La costumbre fue ésta:
        Aleccionar al hombre con historias
        A cargo de animales de voz docta,
        De solemne ademán o astutas tretas,
        Tercos en la maldad y en la codicia
        O necios como el ser al que glosaban.
        La humanidad les debe
        Parte de su virtud y su sapiencia
        A asnos y leones, ratas, cuervos,
        Zorros, osos, cigarras y otros bichos
        Que sirvieron de ejemplo y moraleja,
        De estímulo también y de escarmiento
        En las ajenas testas animales,
        Al imaginativo y sutil griego,
        Al severo romano, al refinado
        Europeo,
        Al hombre occidental, sin ir más lejos.
        Hoy quiero —y perdonad la petulancia—
        Compensar tantos bienes recibidos
        Del gremio irracional
        Describiendo algún hecho sintomático,
        Algún matiz de la conducta humana
        Que acaso pueda ser educativo
        Para las aves y para los peces,
        Para los celentéreos y mamíferos,
        Dirigido lo mismo a las amebas
        Más simples
        Como a cualquier especie vertebrada.
        Ya nuestra sociedad está madura,
        Ya el hombre deja atrás la adolescencia
        Y en su vejez occidental bien puede
        Servir de ejemplo al perro
        Para que el perro sea
        Más perro,
        Y el zorro más traidor,
        Y el león más feroz y sanguinario,
        Y el asno como dicen que es el asno,
        Y el buey más inhibido y menos toro.
        A toda bestia que pretenda
        Perfeccionarse como tal
        —Ya sea
        Con fines belicistas o pacíficos,
        Con miras financieras o teológicas,
        O por amor al arte simplemente—
        No cesaré de darle este consejo:
        Que observe al homo sapiens, y que aprenda.

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      Inventario de lugares propicios al amor

        Son pocos.
        La primavera está muy prestigiada, pero
        Es mejor el verano.
        Y también esas grietas que el otoño
        Forma al interceder con los domingos
        En algunas ciudades
        Ya de por sí amarillas como plátanos.
        El invierno elimina muchos sitios:
        Quicios de puertas orientadas al norte,
        Orillas de los ríos,
        Bancos públicos.
        Los contrafuertes exteriores
        De las viejas iglesias
        Dejan a veces huecos
        Utilizables aunque caiga nieve.
        Pero desengañémonos: las bajas
        Temperaturas y los vientos húmedos
        Lo dificultan todo.
        Las ordenanzas, además, proscriben
        La caricia (con exenciones
        Para determinadas zonas epidérmicas
        -Sin interés alguno-
        En niños, perros y otros animales)
        Y el "no tocar, peligro de ignominia"
        Puede leerse en miles de miradas.
        ¿A dónde huir, entonces?
        Por todas partes ojos bizcos,
        Córneas torturadas,
        Implacables pupilas,
        Retinas reticentes,
        Vigilan, desconfían, amenazan.
        Queda quizá el recurso de andar solo,
        De vaciar el alma de ternura
        Y llenarla de hastío e indiferencia,
        En este tiempo hostil, propicio al odio.

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      J.R.J.

        Debajo del poema
        —Laborioso mecánico—,
        Apretaba las tuercas a un epíteto.
        Luego engrasó un adverbio,
        Dejó la rima a punto,
        Afinó el ritmo
        Y pintó de amarillo el artefacto.
        Al fin lo puso en marcha, y funcionaba.

        —No lo toques ya más,
        Se dijo.
        Pero
        No pudo remediarlo:

        Volvió a empezar,
        Rompió los octosílabos,
        Los juntó todos,
        Cambió por sinestesias las metáforas,
        Aceleró...
        Mas nada sucedía.
        Soltó un tropo,
        Dejó todas las piezas
        En una lata malva,
        Y se marchó,
        Cansado de su nombre.

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      La vida en juego

        Donde pongo la vida pongo el fuego
        De mi pasión volcada y sin salida.

        Donde tengo el amor, toco la herida.

        Donde pongo la fe, me pongo en juego.

        Pongo en juego mi vida, y pierdo, y luego
        Vuelvo a empezar, sin vida, otra partida.

        Perdida la de ayer, la de hoy perdida,
        No me doy por vencido, y sigo, y juego
        Lo que me queda: un resto de esperanza.

        Al siempre va, mantengo mi postura.

        Si sale nunca, la esperanza es muerte.

        Si sale amor, la primavera avanza.

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      Me basta así

        Si yo fuera Dios
        Y tuviese el secreto,
        Haría
        Un ser exacto a ti;
        Lo probaría
        (A la manera de los panaderos
        Cuando prueban el pan, es decir:
        Con la boca),
        Y si ese sabor fuese
        Igual al tuyo, o sea,
        Tu mismo olor y tu manera
        De sonreír,
        Y de guardar silencio,
        Y de estrechar mi mano estrictamente,
        Y de besarnos sin hacernos daño
        -De esto sí estoy seguro: pongo
        Tanta atención cuando te beso;
        Entonces,
        Si yo fuese Dios,
        Podría repetirte y repetirte,
        Siempre la misma y siempre diferente,
        Sin cansarme jamás del juego idéntico,
        Sin desdeñar tampoco la que fuiste
        Por la que ibas a ser dentro de nada;
        Ya no sé si me explico, pero quiero
        Aclarar que si yo fuese
        Dios, haría
        Lo posible por ser Ángel González
        Para quererte tal como te quiero,
        Para aguardar con calma
        A que te crees tú misma cada día,
        A que sorprendas todas las mañanas
        La luz recién nacida con tu propia
        Luz, y corras
        La cortina impalpable que separa
        El sueño de la vida,
        Resucitándome con tu palabra,
        Lázaro alegre,
        Yo,
        Mojado todavía
        De sombras y pereza,
        Sorprendido y absorto
        En la contemplación de todo aquello
        Que, en unión de mí mismo,
        Recuperas y salvas, mueves, dejas
        Abandonado cuando -luego- callas.
        Escucho tu silencio.
        Oigo
        Constelaciones: existes.
        Creo en ti.
        Eres.
        Me basta.

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      Me he quedado sin pulso

        Me he quedado sin pulso y sin aliento
        Separado de ti. Cuando respiro,
        El aire se me vuelve en un suspiro
        Y en polvo el corazón de desaliento.

        No es que sienta tu ausencia el sentimiento.
        Es que la siente el cuerpo. No te miro.
        No te puedo tocar por más que estiro
        Los brazos como un ciego contra el viento.

        Todo estaba detrás de tu figura.
        Ausente tú, detrás todo de nada,
        Borroso yermo en el que desespero.

        Ya no tiene paisaje mi amargura.
        Prendida de tu ausencia mi mirada,
        Contra todo me doy, ciego me hiero.

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      Mensaje a las estatuas

        Vosotras, piedras
        Violentamente deformadas,
        Rotas
        Por el golpe preciso del cincel,
        Exhibiréis aún durante siglos
        El último perfil que os dejaron:
        Senos inconmovibles a un suspiro,
        Firmes
        Piernas que desconocen la fatiga,
        Músculos
        Tensos
        En su esfuerzo inútil,
        Cabelleras que el viento
        No despeina,
        Ojos abiertos que la luz rechazan.
        Pero
        Vuestra arrogancia
        Inmóvil, vuestra fría
        Belleza,
        La desdeñosa fe del inmutable
        Gesto, acabarán
        Un día.
        El tiempo es más tenaz.
        La tierra espera
        Por vosotras también.
        En ella caeréis por vuestro peso,
        Seréis,
        Si no cenizas,
        Ruinas,
        Polvo, y vuestra
        Soñada eternidad será la nada.
        Hacia la piedra regresaréis piedra,
        Indiferente mineral, hundido
        Escombro,
        Después de haber vivido el duro, ilustre,
        Solemne, victorioso, ecuestre sueño
        De una gloria erigida a la memoria
        De algo también disperso en el olvido.

      Arriba

      Mientras tú existas

        Mientras tú existas,
        Mientras mi mirada
        Te busque más allá de las colinas,
        Mientras nada
        Me llene el corazón,
        Si no es tu imagen, y haya
        Una remota posibilidad de que estés viva
        En algún sitio, iluminada
        Por una luz cualquiera.

        Mientras
        Yo presienta que eres y te llamas
        Así, con ese nombre tuyo
        Tan pequeño,
        Seguiré como ahora, amada
        Mía,
        Transido de distancia,
        Bajo ese amor que crece y no se muere,
        Bajo ese amor que sigue y nunca acaba.

      Arriba

      Milagro de la luz

        Milagro de la luz: la sombra nace,
        Choca en silencio contra las montañas,
        Se desploma sin peso sobre el suelo
        Desvelando a las hierbas delicadas.

        Los eucaliptos dejan en la tierra
        La temblorosa piel de su alargada
        Silueta, en la que vuelan fríos
        Pájaros que no cantan.

        Una sombra más leve y más sencilla,
        Que nace de tus piernas, se adelanta
        Para anunciar el último, el más puro
        Milagro de la luz: tú contra el alba.

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      Muerte en el olvido

        Yo sé que existo
        Porque tú me imaginas.

        Soy alto porque tú me crees
        Alto, y limpio porque tú me miras
        Con buenos ojos,
        Con mirada limpia.

        Tu pensamiento me hace
        Inteligente, y en tu sencilla
        Ternura, yo soy también sencillo
        Y bondadoso.

        Pero si tú me olvidas
        Quedaré muerto sin que nadie
        Lo sepa. Verán viva
        Mi carne, pero será otro hombre
        Oscuro, torpe, malo el que la habita.

      Arriba

      Nada es lo mismo

        La lágrima fue dicha.

        Olvidemos
        El llanto
        Y empecemos de nuevo,
        Con paciencia,
        Observando a las cosas
        Hasta hallar la menuda diferencia
        Que las separa
        De su entidad de ayer
        Y que define
        El transcurso del tiempo y su eficacia.

        ¿A qué llorar por el caído
        Fruto,
        Por el fracaso
        De ese deseo hondo,
        Compacto como un grano de simiente?

        No es bueno repetir lo que está dicho.
        Después de haber hablado,
        De haber vertido lágrimas,
        Silencio y sonreíd:

        Nada es lo mismo.
        Habrá palabras nuevas para la nueva historia
        Y es preciso encontrarlas antes de que sea tarde.

      Arriba

      Otras veces

        Quisiera estar en otra parte,
        Mejor en otra piel,
        Y averiguar si desde allí la vida,
        Por las ventanas de otros ojos,
        Se ve así de grotesca algunas tardes.

        Me gustaría mucho conocer
        El efecto abrasivo del tiempo en otras vísceras,
        Comprobar si el pasado
        Impregna los tejidos del mismo zumo acre,
        Si todos los recuerdos en todas las memorias
        Desprenden este olor
        A fruta madura mustia y a jazmín podrido.

        Desearía mirarme
        Con las pupilas duras de aquel que más me odia,
        Para que así el desprecio
        Destruya los despojos
        De todo lo que nunca enterrará el olvido.

      Arriba

      Otro tiempo vendrá

        Otro tiempo vendrá distinto a este.
        Y alguien dirá:
        "Hablaste mal. Debiste haber contado
        Otras historias:
        Violines estirándose indolentes
        En una noche densa de perfumes,
        Bellas palabras calificativas
        Para expresar amor ilimitado,
        Amor al fin sobre las cosas
        Todas".
        Pero hoy,
        Cuando es la luz del alba
        Como la espuma sucia
        De un día anticipadamente inútil,
        Estoy aquí,
        Insomne, fatigado, velando
        Mis armas derrotadas,
        Y canto
        Todo lo que perdí: por lo que muero.

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      Palabra muerta, palabra perdida

        Mi memoria conserva apenas sólo
        El eco vacilante de su alta melodía:
        Lamento de metal, rumor de alambre,
        Voz de junco, también
        Latido, vena.
        Recuerdo claramente su erre temblorosa,
        Su estremecida erre suspendida
        Sobre un abismo de silencio y ámbar,
        Desprendiéndose casi
        De la música oscura que por detrás la asía,
        Defendiéndose apenas
        Del cálido misterio que la alzaba en el aire
        Creando un solo cuerpo de luz y de belleza.
        Luminosa y precisa,
        Yo la sentía en mi ser profundamente,
        Sabía su sentido,
        Descifraba sin llanto su mensaje,
        Porque acaso ella fuese
        -O sin acaso: cierto-
        La única palabra irrefrenable
        Que mi sangre entendía y pronunciaba:
        Una palabra para estar seguro,
        Talismán infalible
        Significando aquello que nombraba.
        Como un perfume que lo explica todo,
        Como una luz inesperada,
        Su presencia de viento y melodía
        Hería los sentidos, golpeaba
        El corazón,
        Estremecía la carne
        Con el presentimiento verdadero
        De la honda realidad que descubría.
        Pronunciarla despacio equivalía
        A ver, a amar, a acariciar un cuerpo,
        A oler el mar, a oír la primavera,
        A morder una fruta de piel dulce.
        Todo ocurría así, hasta que un día
        La dije bien y no entendí su cántico.
        La grité clara, la repetí dura,
        Y esperé ávidamente,
        Y percibí, lejano,
        Un eco inexplicable, infiel
        Reflejo
        Que en vez de iluminar, oscurecía,
        Que en vez de revelar, cubrió de tierra
        La imprecisa nostalgia de su antiguo mensaje.
        Cuando un nombre no nombra, y se vacía,
        Desvanece también, destruye, mata
        La realidad que intenta su designio.

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      Para nada

        Trabajé el aire
        Se lo entregué al viento:
        Voló, se deshizo,
        Se volvió silencio.

        Por el ancho mar,
        Por los altos cielos,
        Trabajé la nada,
        Realicé el esfuerzo,
        Perforé la luz
        Ahondé el misterio.

        Para nada, ahora,
        Para nada, luego;
        Humo son mis obras,
        Cenizas mis hechos.

        Y mi corazón
        Que se queda en ellos.

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      Para que yo me llame Ángel González

        Para que yo me llame Ángel González,
        Para que mi ser pese sobre el suelo,
        Fue necesario un ancho espacio
        Y un largo tiempo:
        Hombres de todo el mar y toda tierra,
        Fértiles vientres de mujer, y cuerpos
        Y más cuerpos, fundiéndose incesantes
        En otro cuerpo nuevo.
        Solsticios y equinoccios alumbraron
        Con su cambiante luz, su vario cielo,
        El viaje milenario de mi carne
        Trepando por los siglos y los huesos.
        De su pasaje lento y doloroso
        De su huida hasta el fin, sobreviviendo
        Naufragios, aferrándose
        Al último suspiro de los muertos,
        Yo no soy más que el resultado, el fruto,
        Lo que queda, podrido, entre los restos;
        Esto que veis aquí,
        Tan sólo esto:
        Un escombro tenaz, que se resiste
        A su ruina, que lucha contra el viento,
        Que avanza por caminos que no llevan
        A ningún sitio. El éxito
        De todos los fracasos. La enloquecida
        Fuerza del desaliento...

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      Porvenir

        Te llaman porvenir
        Porque no vienes nunca.
        Te llaman porvenir,
        Y esperan que tú llegues
        Como un animal manso
        A comer en su mano.
        Pero tú permaneces
        Más allá de las horas,
        Agazapado no se sabe dónde.

        ¡Mañana! Y mañana será otro día tranquilo
        Un día como hoy, jueves o martes,
        Cualquier cosa y no eso
        Que esperamos aún, todavía, siempre.

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      Preámbulo a un silencio

        Porque se tiene conciencia de la inutilidad de tantas cosas
        A veces uno se sienta tranquilamente a la sombra de un árbol
        En verano
        Y se calla.

        (¿Dije tranquilamente? Falso, falso:
        Uno se sienta inquieto, haciendo extraños gestos,
        Pisoteando las hojas abatidas
        Por la furia de un otoño sombrío,
        Destrozando con los dedos el cartón inocente de una caja de fósforos,
        Mordiendo injustamente las uñas de esos dedos,
        Escupiendo en los charcos invernales,
        Golpeando con el puño cerrado la piel rugosa de las casas
        Que permanecen indiferentes al paso de la primavera
        Una primavera urbana que asoma con timidez los flecos
        De sus cabellos verdes allá arriba,
        Detrás del zinc oscuro de los canalones,
        Levemente arraigada a la materia efímera de las tejas a
        Punto de ser de polvo.)
        Eso es cierto, tan cierto
        Como que tengo un nombre con alas celestiales,
        Arcangélico nombre que a nada corresponde:
        Ángel
        Me dicen
        Y yo me levanto
        Disciplinado y recto
        Con las alas mordidas
        Quiero decir: las uñas
        Y sonrío y me callo porque, en último extremo,
        Uno tiene conciencia
        De la inutilidad de todas las palabras.

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      Quédate quieto

        Deja para mañana
        Lo que podrías haber hecho hoy
        (Y comenzaste ayer sin saber cómo).

        Y que mañana sea mañana siempre;

        Que la pereza deje inacabado
        Lo destinado a ser perecedero;
        Que no intervenga el tiempo,
        Que no tenga materia en que ensañarse.

        Evita que mañana te deshaga
        Todo lo que tú mismo
        Pudiste no haber hecho ayer.

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      Quise

        A Susana Rivera.

        Quise mirar el mundo con tus ojos
        Ilusionados, nuevos,
        Verdes en su fondo
        Como la primavera.
        Entré en tu cuerpo lleno de esperanza
        Para admirar tanto prodigio desde
        El claro mirador de tus pupilas.
        Y fuiste tú la que acabaste viendo
        El fracaso del mundo con las mías.

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      Rosa de escándalo

        Cuando el hombre se extinga,
        Cuando la estirpe humana al fin se acabe,
        Todo lo que ha creado
        Comenzará a agitarse,
        A ser de nuevo,
        A comportarse libremente
        —Como
        Los niños que se quedan
        Solos en casa
        Cuando sus padres salen por la noche.

        Héctor conseguirá humillar a Aquiles,
        Luzbel volverá a ser lo que era antes,
        Fornicará Susana con los viejos,
        Avanzará un gran monte hacia Mahoma.

        Cuando el hombre se acabe
        —Cualquier día—,
        Un crepitar de polvo y de papeles
        Proclamará al silencio
        La frágil realidad de sus mentiras.

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      Siempre lo que quieras

        Cuando tengas dinero regálame un anillo,
        Cuando no tengas nada dame una esquina de tu boca,
        Cuando no sepas qué hacer vente conmigo
        -Pero luego no digas que no sabes lo que haces.

        Haces haces de leña en las mañanas
        Y se te vuelven flores en los brazos.
        Yo te sostengo asida por los pétalos,
        Como te muevas te arrancaré el aroma.

        Pero ya te lo dije:
        Cuando quieras marcharte ésta es la puerta:
        Se llama Ángel y conduce al llanto.

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      Son las gaviotas, amor

        Son las gaviotas, amor.
        Las lentas, altas gaviotas.

        Mar de invierno. El agua gris
        Mancha de frío las rocas.
        Tus piernas, tus dulces piernas,
        Enternecen a las olas.
        Un cielo sucio se vuelca
        Sobre el mar. El viento borra
        El perfil de las colinas
        De arena. Las tediosas
        Charcas de sal y de frío
        Copian tu luz y tu sombra.
        Algo gritan, en lo alto,
        Que tú no escuchas, absorta.

        Son las gaviotas, amor.
        Las lentas, altas gaviotas.

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      Te tuve

        Te tuve
        Cuando eras
        Dulce,
        Acariciado mundo.
        Realidad casi nube,
        ¡Cómo te me volaste de los brazos!
        Ahora te siento nuevamente.
        No por tu luz sino por tu corteza,
        Percibo tu inequívoca
        Presencia,
        Agrios perfiles, duros meridianos,
        ¡Áspero mundo para mis dos manos!

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      Todo amor es efímero

        Ninguna era tan bella como tú
        Durante aquel fugaz momento en que te amaba:
        Mi vida entera.

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      Todos ustedes parecen tan felices

        Y sonríen, a veces, cuando hablan.
        Y se dicen , incluso,
        Palabras
        De amor. Pero
        Se aman
        De dos en dos
        Para
        Odiar de mil
        En mil. Y guardan
        Toneladas de asco
        Por cada
        Milímetro de dicha.
        Y parecen -nada
        Más que parecen- felices,
        Y hablan
        Con el fin de ocultar esa amargura
        Inevitable, y cuántas
        Veces no lo consiguen, como
        No puedo yo ocultarla
        Por más tiempo; esta
        Desesperante, estéril, larga
        Ciega desolación por cualquier cosa
        Que -hacia donde no sé- lenta, me arrastra.

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      Última gracia

        Acaso
        Ese golpe final
        -Yo ya caído-
        No fue otro acto de crueldad,
        Sino una prueba
        De la piedad que decían no tenerme

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      Vals de atardecer

        Los pianos golpean con sus colas
        Enjambres de violines y de violas.
        Es el vals de las solas
        Y solteras,
        El vals de las muchachas casaderas,
        Que arrebata por rachas
        Su corazón raído de muchachas.

        A dónde llevará esa leve brisa,
        A qué jardín con luna esa sumisa
        Corriente
        Que gira de repente
        Desatando en sus vueltas
        Doradas cabelleras, ahora sueltas,
        Borrosas, imprecisas
        En el río de música y metralla
        Que es un vals cuando estalla
        Sus trompetas.

        Todavía inquietas,
        Vuelan las flautas hacia el cordelaje
        De las arpas ancladas en la orilla
        Donde los violoncelos se han dormido.

        Los oboes apagan el paisaje.
        Las muchachas se apean en sus sillas,
        Se arreglan el vestido
        Con manos presurosas y sencillas,
        Y van a los lavabos, como después de un viaje.

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      Ya nada es ahora

        Largo es el arte; la vida en cambio corta
        Como un cuchillo
        Pero nada ya ahora
        -Ni siquiera la muerte, por su parte
        Inmensa-
        Podrá evitarlo:
        Exento, libre,
        Como la niebla que al romper el día
        Los hondos valles del invierno exhalan,
        Creciente en un espacio sin fronteras,
        Ese amor ya sin ti me amará siempre.

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