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    Información biográfica

  1. Angostura
  2. Bestiario
  3. Casiquiare
  4. Canto de los hijos en marcha
  5. Coro de las provincias
  6. Evocación indígena
  7. Invocación al dios de las aguas
  8. La barca del pasado
  9. La barca futura
  10. La órbita del agua
  11. La parima y las fuentes
  12. Los tributarios
  13. Orinoco
  14. Píntame angelitos negros
  15. Soneto de la rima pobre


      Información biográfica
        Nombre: Andrés Eloy Blanco Meaño
        Lugar y fecha nacimiento: Cumaná (Venezuela), 6 de agosto de 1896
        Lugar y fecha defunción: Ciudad de México (México), 21 de mayo de 1955 (58 años)
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        Angostura

          En Angostura, el río
          Se hace delgado y profundo como un secreto,
          Tiene la intensidad de una idea
          Que le pone la arruga a la Piedra del Medio.
          En Angostura, el agua
          Tiene la hondura de un concepto
          Y acaso aquí es el río la sombra de Bolívar,
          Metáfora del alma que no cabe en el cuerpo.
          Ved cómo viene, río abajo
          Pensad algo en el río sin vallas y sin puertos,
          Ancho hasta el horizonte,
          Caluroso como el desierto.
          La barca es un instante en la vida del agua,
          Una hoja en un árbol, una nota en un trueno,
          Y en la barca venía la esperanza de América,
          Un sorbo de hombre apenas, una pluma en un vuelo,
          La gota primeriza donde nace
          El orinoco del ensueño.
          Y llegó aquí, a Angostura, en una playa primitiva
          Atracó la canoa; vedle hundir en el suelo
          El tacón fino, con el pinchazo
          De la avispa que quiere conocer su avispero;
          Seguidle, subiendo la cuesta
          Hacia la ciudad; un revuelo
          De campanas anuncia su llegada, las casas
          Se endomingaban de banderas y de letreros,
          De soledad arriban canoas con mujeres
          Como cestas con mangos y mereyes del tiempo.
          Angostura gallea su jarifa prestancia
          Para gustarle al héroe guapo que tenía los ojos negros.
          Y cuando subió la escalera,
          Hacia la cumbre del congreso,
          Y cuando volvió hacia la playa
          Con la república en el pecho,
          ¿Qué fue, Orinoco, aquella luz
          Que te encrespó los músculos y te erizó los nervios
          Y sacudió tus hondas fibras
          Desde la planta de Maipures hasta el puño de Macareo?
          ¿No era la patria acaso? ¿No era la patria misma?
          La patria secular que te nació en tu seno
          Y vivirá en los siglos, eterna como el mundo,
          Porque si un día se nos muere te devolverás del océano.
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        Bestiario

          El Caimán
          Es el capitán del río;
          Viejo zorro dormilón, viejo Neptuno,
          Con ese dolor de eternidad
          De los que se salvaron del Diluvio.
          En la playa candorosa
          Alza su boca abierta el capitán del río
          Como si fuera echando hacia los cielos
          Las almas de los que se ha comido.
          Viejo zorro, compadre del filósofo,
          ¡Sospechoso, como el lomo de un libro!
          La Raya
          Alacrán de orilla.
          Comadre de orillera,
          Oculta, como una mala intención,
          Enconosa, como una mala lengua.
          Quizá no entra al río
          Porque no la dejan
          Y se embosca en la orilla, como el mango de marzo,
          Que al quitarse la cáscara, nos la pone en la puerta.
          El Temblador
          Bólido entre dos aguas, gota de tempestad,
          Gato de agua el alma de algún gato hundido
          O más bien un rayo que cayó una noche
          Y cuando iba hacia el fondo, se pasmó con el frío.
          El Caribe
          La diezmillonésima parte
          De un tiburón
          Multiplicada diez millones de veces.
          El Caribe es la distancia más corta
          Que hay del río a la muerte.
          El Boa
          La cola en el árbol, la boca en el río,
          Es todo un cauce:
          Entra al Orinoco la cascada viva,
          El tributario de carne.
          El Mono
          Desde el árbol más alto, donde se toca el cielo,
          Colgado de la cola al pico de una estrella,
          Con las manos tendidas, nos saluda el abuelo.
          Las Garzas
          ¿Es una nube? ¿Es un punto vacío
          En el azul? No, amigo mío,
          En un bando de garzas son las novias del río.
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        Casiquiare

          Ciudadano venezolano,
          Casiquiare es la mano abierta del Orinoco
          Y el Orinoco es el alma de Venezuela,
          Que le da al que no pide el agua que le sobra
          Y al que venga a pedirle, el agua que le queda.
          Casiquiare es el símbolo
          De ese hombre de mi pueblo
          Que lo fue dando todo, y al quedarse sin nada
          Desembocó en la muerte, grande como el océano.
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        Canto de los hijos en marcha

          Madre, si me matan,
          Que no venga el hombre de las sillas negras;
          Que no vengan todos a pasar la noche
          Rumiando pesares, mientras tú me lloras;
          Que no esté la sala con los cuatro cirios
          Y yo en una urna, mirando hacia arriba;
          Que no estén las mesas llenas de remedios,
          Que no esté el pañuelo cubriéndome el rostro,
          Que no venga el mozo con la tarjetera,
          Ni cuelguen las flores de los candelabros
          Ni estén mis hermanas llorando en la sala,
          Ni estés tú sentada, con tu ropa nueva.
          Madre, si me matan,
          Que no venga el hombre de las sillas negras.
          Lléname la casa de hombres y mujeres
          Que cuenten el último amor de su vida;
          Que ardan en la sala flores impetuosas,
          Que en dos grandes copas quemen melaleuca,
          Que toquen violines el sueño de Schuman;
          Los frascos rebosen de vino y perfumes;
          Que me miren todos, que se digan todos
          Que tengo una cara de soldado muerto.
          Lléname la casa
          De flores regaladas, como en una selva.
          Déjame en tu cuarto, cerca de tu cama;
          Con mis cuatro hermanas, hagamos consejo;
          Tenme de la mano, tenme de los labios,
          Como aquella noche de mi padre muerto,
          Y al cabo, dormidos iremos quedando,
          Uno con su muerte y otro con su sueño.
          Madre, si me matan,
          Que no venga el coche para los entierros,
          Con sus dos caballos gordos y pesados,
          Como de levita, como del gobierno.
          Que si traen caballos, traigan dos potrillos
          Finos de cabeza, delgados de remos,
          Que vayan saltando con claros relinchos,
          Como si apostaran cuál llega primero.
          Que parezca, madre,
          Que voy a salirme de la caja negra
          Y a saltar al lomo del mejor caballo
          Y a volver al fuego.
          Madre, si me matan,
          Que no venga el coche para los entierros.
          Madre, si me matan,
          Y muero en los bosques o en mitad del llano,
          Pide a los soldados que te den tu muerto;
          Que los labradores y las labradoras
          Y tú y mis hermanas, derramando flores,
          Hasta un pueblo manso se lleven mi cuerpo;
          Que con unos juncos hagan angarillas,
          Que pongan mastranto y hojas y cayenas
          Y que así me lleven hasta un cementerio
          Con cerca de alambres y enredaderas.
          Y cuando pasen los años
          Tráeme a mi pedazo, junto al padre muerto
          Y allí, que me pongan donde a ti te pongan,
          En tu misma fosa y a tu lado izquierdo.
          Madre, si me matan,
          Pide a los soldados que te den tu muerto.
          Madre, si me matan, no me entierres todo,
          De la herida abierta sácame una gota,
          De la honda melena sácame una trenza;
          Cuando tengas frío, quémate en mi brasa;
          Cuando no respires, suelta mi tormenta.
          Madre, si me matan, no me entierres todo.
          Madre, si me matan,
          Ábreme la herida, ciérrame los ojos
          Y tráeme un pobre hombre de algún pobre pueblo
          Y esa pobre mano por la que me matan,
          Pónmela en la herida por la que me muero.
          Llora en un pañuelo que no tenga encajes;
          Ponme tu pañuelo
          Bajo la cabeza, triste todavía
          Por las despedidas del último sueño,
          Bajo la cabeza como casa sola,
          Densa de un perfume de inquilino muerto.
          Si vienen mujeres, diles, sin sollozos:
          ¡Si hablara, qué lindas cosas te diría!
          Ábreme la herida, ciérrame los ojos
          Y una palabra: justicia
          Escriban sobre la tumba
          Y un domingo, con sol afuera,
          Vengan la madre y las hermanas
          Y sonrían a la hermosa tumba
          Con nardos, violetas y helechos de agua
          Y hombres y mujeres del pueblo cercano
          Que digan mi nombre como de su casa
          Y alcen a los cielos cantos de victoria,
          Madre, si me matan.
          (Mayo de 1929)
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        Coro de las provincias

          Violento de armonía, en el tono de la resaca,
          Llega el coro de las siete provincias,
          Siete rostros adolescentes
          En las siete ventanas
          De las estrellas de la autonomía.
          Cantan. Canta con ellas la niñez de la patria,
          Que la primera leche de los labios destila,
          Baja de las estrellas el primer rubio
          Que cose en los maizales el botón de la espiga;
          Danza el coro de las provincias,
          En el aula republicana.
          Pero danzan sobre la yerba
          Azul de fantasía,
          Sobre el cielo de Miranda
          Horadado de mástiles mientras navega la escuadrilla.
          La palabra Guayanesa
          No está en el coro de las siete ninfas,
          Y en ellas invierten el camino del cielo
          Y hacia el Oriente navegan como las siete cabrillas;
          Y allí ven el milagro de la Tierra,
          De un lado, el oro virgen da una franja amarilla,
          Hacia el norte, del otro lado,
          Las pampas de oriente, rojas de reconquista,
          Y en la mitad un río azul,
          Y allí se ven copiadas y en su centro se anidan.
          Y así fue como el río su franja del cielo
          Que preside la danza de las siete provincias.
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        Evocación indígena

          Subiendo hacia San Félix, donde el río enseña dos dientes,
          Donde el río enseña, bien cerrados,
          Los dos puños de Piar exprimiendo la Hazaña,
          Subiendo hacia San Félix vimos el arcoíris
          Que hacía el arco indio sobre su cuerda de aguas,
          Y entonces recordé, amigos,
          Aquella lección de historia que leímos en la infancia,
          La primera lección de historia,
          En que nuestra leyenda nos inaugura el alma:
          Recordad la primera lección:
          Nos dice que Colón nos descubrió en su tercer viaje
          Y habla de las corrientes aquellas que detuvieron a Colón.
          Simple clase de historia, clara como una mañana
          Sencilla como el día de la primera novia,
          Sueño de las primeras madrugadas,
          Simple clase de historia, como un día domingo,
          Con misa de ocho y ropa almidonada,
          Clase de historia que nos cuenta el día
          En que venían las carabelas de España,
          Mientras, ajeno a todo lo que del mar viniera,
          Para su novia, por los montes, buscaba flores Sorocaima.
          Por el estrecho tempestuoso,
          Las tres carabelas avanzan,
          Otra vela se iza en las espumas
          Que abanican las piedras de la costa de Paria,
          Las tres carabelas vienen
          Pero del lado de los indios las veinte bocas las aguardan.
          Y al enfilar hacia el océano libre,
          Una sombra se levanta;
          Abiertas las piernas sobre el delta,
          Aferrado al suelo que sus tesoros guarda,
          El Orinoco de sus muslos mojados,
          Que tiene oro en los pies y el sol en las espaldas
          Y la cabeza entre los cielos,
          En una mano tiene un arco y con veinte flechas dispara,
          Y luchan las tres naves por avanzar y en vano
          Porque en el delta le rechaza
          El viejo indio autónomo
          Que nació en la Parima y creció en la Guayana,
          Y tiende el arco indígena, sí, tiende el arcoíris
          Y lanza veinte flechas si vuelan veinte garzas.
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        Invocación al dios de las aguas

          Dios submarino, dios lacustre, dios fluvial,
          Uno en el tritón y en la garza
          Y en la dulce corbeta y el áspero crucero,
          Dios del agua, señor de la casa de cristal,
          Dios marinero.
          Expresión de agua de tus mil expresiones,
          Río tendido de Volturno a Cristo,
          Vuelo del ibis que cruza
          Del mascarón de Argos
          Al mastelero de la Santa María, dios argonauta,
          Que tiendes a las manos de la armonía
          El río de tu música, largo, como una flauta.
          Dios infuso en el lago blanco de la nube
          Alinderada de azul,
          Dios de espuma en el crespo del corderillo,
          Dios tormentoso en la melena del león,
          Dios zahorí, estancado en la pupila del tigre,
          Dios del río de estrellas que de oriente a occidente
          Cruza de noche el cielo,
          Dios del agua combatiente
          En el crinado Niágara y el sospechoso Dardanelo:
          Tiende la diestra, donde nace el río
          Y la zurda, donde desemboca
          En un cristalino arco de Brahma
          Tiende el ánfora de las manos,
          Señor del agua, viejo Comandante,
          Hacia los manantiales sonoros,
          Hacia el tibio remanso
          Del Orinoco de agua beligerante
          Brotado de tus sienes, sudado de tus poros
          En el sábado de tu primer descanso.
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        La barca del pasado

          Y ahora, vuelvo los ojos
          Hacia la síntesis del canto,
          Hacia la barca del pretérito,
          De parda vela y el bauprés sangrado,
          Tu propia barca, donde tú venías,
          Piloto de ti mismo, timonel de tu barco,
          Donde venía la patria recién nacida,
          Como Moisés entre sus mimbres, por donde Dios quiso llevarlo.
          Caracas fue la cuna
          Y Angostura la eternidad.
          Por los montes andaba la patria sin bautismo,
          Cuando llegó a los llanos, curva de caminar,
          Y entre tus aguas se fundió contigo
          Y fue contigo un solo llanto y un solo rugido tenaz.
          Y bajaste con ella. Te cabalgó. Su trenza
          Era la espiga del escudo y tú eras el caballo sin paz.
          Surcaste las tierras crucificadas
          Y en Angostura le diste tu agua lustral
          Y seguiste con ella: ¡allá va la república!
          Y en las bocas se hace veinte patrias más
          Y se asoma a tus veinte labios
          Cuando se va acercando al mar
          Y el mar alza en hostias su mejor espuma
          Y en las veinte bocas te pone sal.
          Padre del agua, Orinoco de las siete estrellas:
          Cayó en tus aguas mi parábola
          Como un llanto en el fondo de una mano abierta.
          Si el mar te bautiza con la sal del mundo,
          Río de la patria de las siete estrellas,
          Mi parábola desnuda,
          Mi llanto manado de una herida nueva,
          Te caiga en el fondo y a la mar se vaya
          Y en el mar se espume y suba en la niebla
          Y en la nube viaje
          Y en la montaña llueva
          Y salte en la fuente y a tus aguas torne
          Y arda en el brasero de tus siete estrellas
          (Aguas del Orinoco, noviembre de 1927)
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        La barca futura

          Río de las siete estrellas,
          Camino del libertador,
          Sangre del corazón de América,
          ¡Aorta que no sale del corazón!
          Río delgado de las fuentes
          Río colérico de los saltos,
          Río de las siete estrellas,
          Que en la fuente no llenas el hueco de las manos
          Y luego eres el sueño de un mar sin continencia.
          Río brujo, que te pintas de todos los cielos,
          Río de La Urbana, planicie pampera,
          Río de San Félix, solución de gloria,
          Río de Angostura, cauce de la guerra,
          Río de Barrancas, río de pensar
          Cómo puede haber tanta agua en la Tierra,
          Río de nuestra esperanza,
          Cuando la esperanza sea
          Río de nosotros, nuestro espejo mismo,
          Espejo de esta alma nuestra,
          Por la cual, incansable como tú de horizontes,
          Trasudamos en vueltas y revueltas.
          No he de poner mis manos sobre tu lomo,
          No he de pintar tus riberas,
          Que si en la izquierda tienes el corazón de las ciudades,
          En la derecha levantas el brazo de las selvas;
          No he de tocar tus aguas, tus millones de gotas,
          Que son el diezmo de las cumbres para el culto de las praderas,
          No he de caminar por tus ondas,
          Que ya vendrá el Maestro caminando por ellas.
          Sólo quiero ensanchar los ojos
          Hacia el desfile futuro que por tus aguas navega
          Y hacia el desfile del pasado,
          Hacia la realidad y la promesa,
          Hacia la barca de Antonio Díaz
          Y hacia el hondo sueño en que sueñas
          Con la proa del acorazado,
          Como los niños campesinos con su vapor de cuerdas,
          Con el barco de acero
          Que avance hacia tus fuentes aureolado de velas
          Y parada en el tope la paloma del Iris,
          Abierto el pecho por tus siete estrellas.
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        La órbita del agua

          Vamos a embarcar, amigos,
          Para el viaje de la gota de agua.
          Es una gota, apenas, como el ojo de un pájaro.
          Para nosotros no es sino un punto,
          Una semilla de luz,
          Una semilla de agua,
          La mitad de lágrima de una sonrisa,
          Pero le cabe el cielo
          Y sería el naufragio de una hormiga.
          Vamos a seguir, amigos,
          La órbita de la gota de agua:
          De la cresta de un ola
          Salta, con el vapor de la mañana;
          Sube a la costa de una nube
          Insular en el cielo, blanca como una playa;
          Viaja hacia el occidente,
          Llueve en el pico de una montaña,
          Abrillanta las hojas,
          Esmalta los retoños,
          Rueda en una quebrada,
          Se sazona en el jugo de las frutas caídas,
          Brinca en las cataratas,
          Desemboca en el río, va corriendo hacia el este,
          Corta en dos la sabana,
          Hace piruetas en los remolinos
          Y en los anchos remansos se dilata
          Como la pupila de un gato,
          Sigue hacia el este en la marea baja,
          Llega al mar, a la cresta de su ola
          Y hemos llegado, amigos, volveremos mañana.
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        La parima y las fuentes

          La parima es el sueño faraónico
          Y la piedra de Moisés,
          El panal negro de la hermana,
          Que el hermano Francisco no vino a conocer.
          Catedral del misterio, sierra del sur, ignota,
          Lengua escondida de la voz del agua,
          Párpado mal cerrado de Dios, que deja ver
          La hebra azul de una mirada.
          Yo soñé para tu gloria,
          Río de la patria,
          Escribir una palabra esencial
          En la hoja de la sabana,
          Mojando en tus fuentes oscuras
          El aguijón celeste de una pluma de garza.
          Pero sólo encontré mi sangre,
          Con su rojo tenuado por la mezcla de las lágrimas.
          Sin embargo, te ofrecí venir
          ¡Y en tu camino estoy!
          Tú saldrás de tus fuentes: el dios de la parima,
          El dios indio te abrirá la puerta
          De su gran casa oscura; el viejo dios
          Te dejará venir como todos los días
          Y en tu camino estaré yo
          Tú sales de las manos de tu montaña,
          Como sale un milagro de la mano de Dios,
          Como todas las noches, de la jaula del cielo
          Se escapa y va a los campos el pájaro del Sol.
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        Los tributarios

          Siete caballos, como traílla,
          Sin rienda ni silla,
          Por siete caminos vienen en tropel;
          Como una traílla de grandes mastines,
          Espesos de espumas, de nervios, de crines,
          Los siete caballos llegan hasta él.
          Él les ve llegar:
          El primer caballo le ofrece sus ancas
          Para cabalgar,
          El segundo, dale sus espumas blancas,
          Como las del mar,
          El otro, en la floja nariz que palpita
          Le da un humo blanco con calor de hogar,
          El cuarto se encabrita
          Y el quinto relincha, de azogue el ijar
          Y el sexto murmura y el séptimo grita
          Y el Orinoco es todo lo que llega al mar.
          Los cuatro primeros
          Son la guardia de las fuentes,
          Los sacerdotes de la palabra secreta,
          La trinchera del indio, cuatro potros inmóviles
          En las cuatro esquinas de su tumba abierta.
          Guardajoyas del misterio:
          El Caura y el Guaviare y el Vichada y el Meta,
          Antemurales de la Tradición,
          Caballos de San Marcos de los ríos de América.
          El quinto es la piedra que va monte abajo,
          Potro desbocado, cola y crines negras,
          Piedra de diamante,
          Luminosa piedra.
          Camino arduo de los conquistadores,
          Zarzal de la limpia rosa misionera,
          Breñal por donde se mete
          El Cristo buscando ovejas,
          Milagro de la conquista,
          Caroní, Bucéfalo de América.
          El sexto es un caballo alegre,
          Con el anca nevada de una garza llanera;
          Vio el engaño del yagual
          Y la astucia de las queseras,
          Buen amigo de Ulises, el Arauca de plata
          Fue el Caballo de Troya de los ríos de América.
          Y el séptimo fue el río que bajó de los Andes
          Y cruzó el llano, espoleado por la leyenda,
          En el lomo le floreció un centauro
          Injerto del tritón, que tomó las Flecheras,
          Caballo del prodigio, cimarrón de la hazaña,
          Apure es el Pegaso de los ríos de América.
          Y a ti vinieron los siete caballos
          Y entraron los siete por tus siete estrellas
          Y tus siete heridas se te iluminaron
          Cuando detuviste tu carrera,
          Porque un hombre triste se aferró a tu lomo,
          Y sentiste sus manos fuertes como dos riendas
          Y marchaste con el hombre triste
          Que te pesaba como un mundo, ¡y tan pequeño como era!
          Y así fue que en tu espalda marchó Alonso Bolívar
          Y fuiste el Rocinante de los ríos de América.
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        Orinoco

          La prueba,
          Oh mi fuerte Orinoco, te filtró toda el agua.
          Tú mismo,
          Desordenado,
          Pródigo,
          Invasor,
          Subversivo,
          Venezolano,
          Tú mismo
          Llevaste las dragas que te roen el fondo,
          Como tu propio pico de pelícano.
          Te profundizaste,
          Escupiste el freno de las barras,
          Te recogiste en tu designio definitivo.
          Un día
          Te echaste al hombro tus caimanes
          Y abandonaste lentamente las sabanas.
          Tú mismo
          Te empinaste hacia abajo,
          Esotérico,
          Con un hondo respeto de la tierra
          Y diste a tus mil brazos
          Aptitud atlética
          Para recibir la crianza del trasatlántico,
          Para prenderte a las orillas
          Grandes ciudades que te caen
          Como tributarios de vida,
          Para ser el zaguán del mar,
          Traficado por los gritos de la tierra
          Que se echa a las calles del mundo.
          Denso, populoso,
          Te caen y se te ahogan
          Duras palabras engranadas
          En todos los idiomas del planeta.
          Pero, todavía,
          Fuerte Orinoco,
          Todavía eres el río indio,
          Inconfundible,
          En el salto,
          En la bandada,
          En la garza en un pie, que casi vuela
          Y en tu último caimán
          En cuyo bostezo
          Se refugió toda tu tradición
          Con silenciosa desembocadura.
          Oh mi fuerte Orinoco,
          Vieja calle bolivariana,
          Por donde pasó sin rumor
          El hombre que te empujó con el remo que lo empujaba.
          ¡Oh mi fuerte Orinoco, erizado de flotas!
          La prueba
          Que te filtró las aguas y del lado de ayer
          Dejó el residuo de sangre y de fiebre
          Con eficacia final de abono,
          La prueba
          Que te llevó a tu máxima estatura interior,
          Orinoco,
          Gran río útil,
          Primer ciudadano de Venezuela,
          Tu prueba
          Nos pasó por tu mismo filtro.
          Yo mismo
          Me vi colar entre mi conciencia
          Y me sentí dragado
          Hasta la raíz de mi carne verdadera.
          Aquí estoy, mi río sereno,
          Como lago que anda,
          Mi viejo río de las siete estrellas,
          Aquí estoy.
          Mi poema de hace setenta años,
          Mi viejo poema,
          Frondoso como tus selvas,
          Desbordado como tú,
          Fue talado en la prueba,
          Filtrado,
          Dragado,
          Y regresa a ti
          En la pureza de una palabra
          Que cabe en una mano con holgura de sorbo
          Y que te cae con el sentido caudaloso
          De una gota tributaria,
          Voz de la lengua que trabaja, canta,
          El salado sudor de los trabajadores,
          Ya desde los raudales, te hace marina el agua.
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        Píntame angelitos negros

          -Ay, compadrito del alma,
          ¡Tan sano que estaba el negro!
          Yo no le acataba el pliegue,
          Yo no le miraba el hueso;
          Como yo me enflaquecía,
          Lo medía con mi cuerpo,
          Se me iba poniendo flaco
          Como yo me iba poniendo.
          Se me murió mi negrito;
          Dios lo tendría dispuesto;
          Ya lo tendrá colocao
          Como angelito de Cielo.
          -Desengáñese, comadre,
          Que no hay angelitos negros.
          Pintor de santos de alcoba,
          Pintor sin tierra en el pecho,
          Que cuando pintas tus santos
          No te acuerdas de tu pueblo,
          Que cuando pintas tus Vírgenes
          Pintas angelitos bellos,
          Pero nunca te acordaste
          De pintar un ángel negro.
          Pintor nacido en mi tierra,
          Con el pincel extranjero,
          Pintor que sigues el rumbo
          De tantos pintores viejos,
          Aunque la Virgen sea blanca,
          Píntame angelitos negros.
          ¿No hay un pintor que pintara
          Angelitos de mi pueblo?
          Yo quiero angelitos blancos
          Con angelitos morenos.
          Ángel de buena familia
          No basta para mi cielo.
          Si queda un pintor de santos,
          Si queda un pintor de cielos,
          Que haga el cielo de mi tierra,
          Con los tonos de mi pueblo,
          Con su ángel de perla fina,
          Con su ángel de medio pelo,
          Con sus ángeles catires,
          Con sus ángeles morenos,
          Con sus angelitos blancos,
          Con sus angelitos indios,
          Con sus angelitos negro,
          Que vayan comiendo mango
          Por las barriadas del cielo.
        Arriba

        Soneto de la rima pobre

          Me das tu pan en tu mano amasado,
          Me das tu pan en tu fogón cocido,
          Me das tu pan en tu piedra molido,
          Me das tu pan en tu pilón pilado.
          Me das tu rancho en tu palma arropado,
          Me das tu lecho en tu rincón sumido,
          Me das tu sorbo, a tu sed exprimido,
          Me das tu traje, en tu sudor sudado.
          Me das, oh Juan, tu dame de mendigo,
          Me das, oh Juan, tu toma de pobrero,
          Tu clara fe, tu oscuro desabrigo,
          Y yo te doy, por lo que dando espero,
          El oscuro esperar con que te sigo
          Y el claro corazón con que te quiero.
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