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    Información biográfica

    Amado Nervo - Parte I (poemas 1-99)
    Amado Nervo - Parte II (poemas 100-159)

  1. A Felipe II
  2. A Kempis
  3. A la católica majestad de Paul Verlaine
  4. A Leonor
  5. A Némesis
  6. A Rancé, reformador de la Trapa
  7. A Sor Quimera
  8. A una francesa
  9. Al Cristo
  10. Al encontrar unos frascos de esencia
  11. Alquimia
  12. Andrógino
  13. Apocalíptica
  14. Aquel olor
  15. Azrael
  16. Bendición a Francia
  17. Bendita
  18. Benedicta
  19. Bienaventurados
  20. Bonsoir
  21. Brahma no piensa
  22. Buscando
  23. Cobardía
  24. Cómo callan los muertos
  25. Cómo será
  26. Cuántos desiertos interiores
  27. Deidad
  28. Delicta carnis
  29. Después II
  30. Después IV
  31. Diálogo. El desaliento
  32. Dilema
  33. Dormir
  34. Ed: ella ov'e? De subito dissi'io
  35. El agua multiforme
  36. El agua que corre bajo la tierra
  37. El agua que corre sobre la tierra
  38. El amor nuevo
  39. El celaje
  40. El encuentro
  41. El fantasma soy yo
  42. El hielo
  43. El que más ama
  44. El resto, ¿qué es?
  45. El retorno
  46. El torbellino
  47. El vapor
  48. El viaje
  49. En el camino
  50. En Panne
  51. En paz
  52. Envío
  53. Escamoteo
  54. Eso me basta
  55. Espacio y tiempo
  56. Esperanza
  57. Esquiva
  58. Está bien
  59. Este libro
  60. Eternidad
  61. Expectación
  62. Éxtasis
  63. Gótica
  64. Gratia plena
  65. Hay que
  66. Homenaje
  67. Huelga de células
  68. Hugueana
  69. Identidad
  70. Impaciencia
  71. Impotencia
  72. Incoherencias
  73. Indestructible
  74. Ingenuas
  75. Inmortalidad
  76. Introito
  77. Jaculatoria en la nieve
  78. Jesús
  79. Kalpa
  80. La bella del bosque durmiente
  81. La bruma
  82. La canción de Flor de Mayo
  83. La cita
  84. La nieve
  85. La puerta
  86. La raza de bronce
  87. La santidad de la muerte
  88. La sombra del ala
  89. Las voces del agua
  90. Le trou noir
  91. Lejanía
  92. Libros
  93. ¿Llorar? ¿Por qué?
  94. Lo más inmaterial
  95. Los héroes niños de Chapultepec
  96. Los muertos
  97. Lux perpetua
  98. Madrigal
  99. Más yo que yo mismo


      Información biográfica

        Nombre: Juan Crisóstomo Ruiz de Nervo y Ordaz
        Nombre de pluma: Amado Nervo
        Lugar y fecha nacimiento: Jalisco -ahora Tepic-, Nayarit (México), 27 de agosto de 1870
        Lugar y fecha defunción: Montevideo (Uruguay), 24 de mayo de 1919 (48 años)

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        A Felipe II

          Ignoro qué corriente de ascetismo,
          Qué relación, qué afinidad impura
          Enlazó tu tristura y mi tristura
          Y adunó tu idealismo y mi idealismo.

          Más sé por intuición que un astro mismo
          Ha presidido nuestra noche oscura,
          Y que en mí como en ti libra la altura
          Un combate fatal con el abismo.

          ¡Oh, rey; eres mi rey! Hosco y sañudo
          También soy; en un mar de arcano duelo
          Mi luminoso espíritu se pierde,

          Y escondo como tú, soberbio y mudo,
          Bajo el negro jubón de terciopelo,
          El cáncer implacable que me muerde.

        Arriba

        A Kempis

          Ha muchos años que busco el yermo,
          Ha muchos años que vivo triste,
          Ha muchos años que estoy enfermo,
          ¡Y es por el libro que tú escribiste!

          ¡Oh Kempis, antes de leerte amaba
          La luz, las vegas, el mar océano;
          Mas tú dijiste que todo acaba,
          Que todo muere, que todo es vano!

          Antes, llevado de mis antojos,
          Besé los labios que al beso invitan,
          Las rubias trenzas, los grandes ojos,
          ¡Sin acordarme que se marchitan!

          Mas como afirman doctores graves,
          Que tú, maestro, citas y nombras,
          Que el hombre pasa como las naves,
          Como las nubes, como las sombras,

          Huyo de todo terreno lazo,
          Ningún cariño mi mente alegra,
          Y con tu libro bajo del brazo
          Voy recorriendo la noche negra.

          ¡Oh Kempis, Kempis, asceta yermo,
          Pálido asceta, qué mal me hiciste!
          ¡Ha muchos años que estoy enfermo,
          Y es por el libro que tú escribiste!

        Arriba

        A la católica majestad de Paul Verlaine

          Padre viejo y triste, rey de las divinas canciones:
          Son en mi camino focos de una luz enigmática
          Tus pupilas mustias, vagas de pensar y abstracciones,
          Y el límpido y noble marfil de tu testa socrática.

          Flota, como el tuyo, mi afán entre dos aguijones:
          Alma y carne; y brega con doble corriente simpática
          Para hallar la ubicua beldad con nefandas uniones,
          Y después expía y gime con lira hierática.

          Padre, tú que hallaste por fin el sendero, que, arcano,
          A Jesús nos lleva, dame que mi numen doliente
          Virgen sea, y sabio, a la vez que radioso y humano.

          Tu virtud lo libre del mal de la antigua serpiente,
          Para que, ya salvos al fin de la dura pelea,
          Laudemos a Cristo en vida perenne. Así sea.

        Arriba

        A Leonor

          Tu cabellera es negra como el ala
          Del misterio; tan negra como un lóbrego
          Jamás, como un adiós, como un "¡quién sabe!"
          Pero hay algo más negro aún: ¡tus ojos!

          Tus ojos son dos magos pensativos,
          Dos esfinges que duermen en la sombra,
          Dos enigmas muy bellos... Pero hay algo,
          Pero hay algo más bello aún: tu boca.

          Tu boca, ¡oh sí!; tu boca, hecha divinamente
          Para el amor, para la cálida
          Comunión del amor, tu boca joven;
          Pero hay algo mejor aún: ¡tu alma!

          Tu alma recogida, silenciosa,
          De piedades tan hondas como el piélago,
          De ternuras tan hondas...
          Pero hay algo,
          Pero hay algo más hondo aún: ¡tu ensueño!

        Arriba

        A Némesis

          Tu brazo en el pesar me precipita,
          Me robas cuanto el alma me recrea,
          Y casi nada tengo: flor que orea
          Tu aliento de simún, se me marchita.

          Pero crece mi fe junto a mi cuita,
          Y digo como el Justo de Idumea:
          Así lo quiere Dios, ¡bendito sea!
          El Señor me lo da, Él me lo quita.

          Que medre tu furor, nada me importa:
          Puedo todo en Aquel que me conforta,
          Y me resigno al duelo que me mata;

          Porque, roja visión en noche oscura,
          Cristo va por mi vía de amargura
          Agitando su túnica escarlata.

        Arriba

        A Rancé, reformador de la Trapa

          Es preciso que tornes de la esfera sombría
          Con los flavos destellos de la Luna, que escapa,
          Cual la momia de un mundo, de la azul lejanía;
          Es preciso que tornes y te vuelvas mi guía
          Y me des un refugio, ¡por piedad!, en la Trapa.

          Si lo mandas, ¡oh padre!, si tu regla lo ordena,
          Cavaré por mi mano mi sepulcro en el huerto,
          Y al amparo infinito de la noche serena
          Vagaré por sus bordes como el ánima en pena,
          Mientras lloran los bronces con un toque de muerto...

          La leyenda refiere que tu triste mirada
          Extinguía los duelos y las ansias secretas,
          Y yo guardo aquí dentro, como en urna cerrada,
          Desconsuelos muy hondos, mucha hiel concentrada,
          Y la fiera nostalgia que tocó a los poetas...

          Viviré de silencio —el silencio es la plática
          Con Jesús, escribiste: tal mi plática sea—,
          Y mezclado a tus frailes, con su turba hierática
          Gemirá De profundis la voz seca y asmática
          Que fue verbo: ese verbo que subyuga y flamea.

          Ven, abad incurable, gran asceta, yo quiero
          Anegar mis pupilas en las tuyas de acero,
          Aspirar el efluvio misterioso que escapa
          De tus miembros exangües, de tu rostro severo,
          Y sufrir el contagio de la paz de tu Trapa.

        Arriba

        A Sor Quimera

          Para Luis G. Urbina.

          I
          En nombre de tu rostro de lirio enfermo,
          En nombre de tu seno, frágil abrigo
          Donde en noches pobladas de espanto duermo,
          ¡Yo te bendigo!

          En nombre de tus ojos de adormideras,
          Doliente y solitario fanal que sigo;
          En nombre de lo inmenso de tus ojeras,
          ¡Yo te bendigo!

          II
          Yo te dedico
          El ímpetu orgulloso con que en las cimas
          De todos los calvarios, me crucifico
          Iluso, ¡pretendiendo que te redimas!

          Yo te consagro
          Un cuerpo que martirio sólo atesora
          Y un alma siempre oscura, que por milagro,
          Del cáliz de ese cuerpo no se evapora...

          III
          Mujer, tu sangre yela mi sangre cálida;
          Mujer, tus besos fingen besos de estrella;
          Mujer, todos me dicen que eres muy pálida,
          Pero muy bella...

          Te hizo el Dios tremendo mi desposada;
          Ven, te aguardo en un lecho nupcial de espinas;
          No puedes alejarte de mi jornada,
          Porque une nuestras vidas ensangrentada
          Cadena de cilicios y disciplinas.

        Arriba

        A una francesa

          El mal, que en sus recursos es proficuo,
          Jamás en vil parodia tuvo empachos:
          Mefistófeles es un cristo oblicuo
          Que lleva retorcidos los mostachos.

          Y tú, que eres unciosa como un ruego
          Y sin mácula y simple como un nardo,
          Tienes trágica crin dorada a fuego
          Y amarillas pupilas de leopardo.

        Arriba

        Al Cristo

          Señor, entre la sombra voy sin tino;
          La fe de mis mayores ya no vierte
          Su apacible fulgor en mi camino:
          ¡Mi espíritu está triste hasta la muerte!

          Busco en vano una estrella que me alumbre;
          Busco en vano un amor que me redima;
          Mi divino ideal está en la cumbre,
          Y yo, ¡pobre de mí!, yazgo en la sima...

          La lira que me diste, entre las mofas
          De los mundanos, vibra sin concierto;
          ¡Se pierden en la noche mis estrofas,
          Como el grito de Agar en el desierto!

          Y paria de la dicha y solitario,
          Siento hastío de todo cuanto existe...
          Yo, Maestro, cual tú, subo al Calvario,
          Y no tuve Tabor, cual lo tuviste...

          Ten piedad de mi mal; dura es mi pena;
          Numerosas las lides en que lucho;
          Fija en mi tu mirada que serena,
          Y dame, como un tiempo a Magdalena,
          La calma: ¡yo también he amado mucho!

        Arriba

        Al encontrar unos frascos de esencia

          ¡Hasta sus perfumes duran más que ella!
          Ved aquí los frascos, que apenas usó,
          Y que reconstruyen para mí la huella
          Sutil que en la casa dejó...

          Herméticamente encerrada,
          La esencia en sus pomos no se escapará.
          Mientras que el espíritu de mi bien amada,
          Más imponderable, más tenue quizá,
          Voló de sus labios, redoma encantada,
          ¡Y en dónde estará!

        Arriba

        Alquimia

          Bien sé que para verte
          He menester la alquimia de la muerte
          Que me transmute en alma, y delirante
          De amor y de ansiedad, a cada instante
          Que llega, lo requiero
          Diciéndole: "Ah, si fueses tú el postrero!"

          Es tan desmesurado, tan divino
          Y tan hondo el futuro que adivino
          A través de las rutas estelares,
          Y de uno en otro de los avatares,
          Siempre contigo, noble compañera,
          Que por poder morir, ¡ay, qué no diera!

        Arriba

        Andrógino

          Por ti, por ti, clamaba cuando surgiste,
          Infernal arquetipo, del hondo Erebo,
          Con tus neutros encantos, tu faz de efebo,
          Tus senos pectorales, y a mí viniste.

          Sombra y luz, yema y polen a un tiempo fuiste,
          Despertando en las almas el crimen nuevo,
          Ya con virilidades de dios mancebo,
          Ya con mustios halagos de mujer triste.

          Yo te amé porque, a trueque de ingenuas gracias,
          Tenías las supremas aristocracias:
          Sangre azul, alma huraña, vientre infecundo;

          Porque sabías mucho y amabas poco,
          Y eras síntesis rara de un siglo loco
          Y floración malsana de un viejo mundo.

        Arriba

        Apocalíptica

          I

          Y vi las sombras de los que fueron,
          En sus sepulcros, y así clamaron:
          "¡Ay, de los vientres que concibieron!
          ¡Ay, de los senos que amamantaron!"

          II

          "La noche asperja los cielos de oro;
          Mas cada estrella del negro manto
          Es una gota de nuestro lloro...
          ¿Verdad que hay muchas? ¡Lloramos tanto...!"

          III

          "¡Ay, de los seres que se quisieron
          Y en mala hora nos engendraron!
          ¡Ay, de los vientres que concibieron!
          ¡Ay, de los senos que amamantaron!"

          IV

          Huí angustiado, lleno de horrores;
          Pero la turba conmigo huía,
          Y con sollozos desgarradores
          Su ritornello feroz seguía.

          V

          "¡Ay, de los seres que se quisieron
          Y en mala hora nos engendraron!
          ¡Ay, de los vientres que concibieron!
          ¡Ay, de los senos que amamantaron!"

          VI

          Y he aquí los astros —¡chispas de fraguas
          Del viejo Cosmos! —que descendían
          Y, al apagarse sobre las aguas,
          En hiel y absintio las convertían.

          VII

          Y a los fantasmas su voz unieron
          Los Siete Truenos; estremecieron
          El Infinito y así clamaron:
          "¡Ay, de los vientres que concibieron!
          ¡Ay, de los senos que amamantaron!"

        Arriba

        Aquel olor

          ¿En qué cuento te leí?
          ¿En qué sueño te soñé?
          ¿En qué planeta te vi
          Antes de mirarte aquí?
          ¡Ah! ¡No lo sé... no lo sé!

          Pero brotó nuestro amor
          Con un antiguo fervor,
          Y hubo, al tendernos la mano,
          Cierta emoción anterior,
          Venido de lo lejano.
          Tenía nuestra amistad
          Desde el comienzo un cariz
          De otro sitio, de otra edad,
          Y una familiaridad
          De indefinible matiz...

          Explique alguien (si lo osa)
          El hecho, y por qué, además,
          De tus caricias de diosa
          Me queda una misteriosa
          Esencia sutil de rosa
          Que vienen de un siglo atrás...

        Arriba

        Azrael

          Azrael, abre tu ala negra y honda,
          Cobíjeme su palio sin medida,
          Y que a su abrigo bienhechor se esconda
          La incurable tristeza de mi vida.

          Azrael, ángel bíblico, ángel fuerte,
          Ángel de redención, ángel sombrío,
          Ya es tiempo que consagres a la muerte
          Mi cerebro sin luz: altar vacío.

          Azrael, mi esperanza es una enferma;
          Ya tramonta mi fe; llegó el ocaso,
          Ven, ahora es preciso que yo duerma
          ¿Morir, dormir, dormir? ¡Soñar acaso!

        Arriba

        Bendición a Francia

          ¡Bendita seas, Francia, porque me diste amor!
          En tu París inmenso y cordial, encontré
          Para mi cuerpo abrigo, para mi alma fulgor,
          Para mis ideales el ambiente mejor
          ... ¡Y, además, una dulce francesa que adoré!

          Por esa mujer noble, tuyo es, Francia querida,
          Mi reconocimiento; pues que, merced a ella,
          Tuve todos los bienes: ¡el gusto por la vida,
          La intimidad celeste, la ternura escondida,
          Y la luz de la lámpara y la luz de la estrella!

          Yo no sé qué demiurgo la substrajo a mi anhelo
          Tras una amputación repentina y cruel,
          Y ya tú sola, Francia, puedes darme consuelo:
          Con un refugio amigo para llorar mi duelo,
          Tu maternal regazo para verter mi hiel,
          La sombra de algún árbol en tu florido suelo
          ... ¡Y acaso, en tus colmenas, una gota de miel!

        Arriba

        Bendita

          Bendita seas, por que me hiciste
          Amar la muerte, que antes temía.
          Desde que de mi lado te fuiste,
          Amo la muerte cuando estoy triste;
          Si estoy alegre, más todavía.

          En otro tiempo, su hoz glacial
          Me dio terrores; hoy, es amiga.
          ¡Y la presiento tan maternal!...
          Tú realizaste prodigio tal.
          ¡Dios te bendiga! ¡Dios te bendiga!

        Arriba

        Benedicta

          No sé adónde llevóse la marea
          De la muerte tu ser, pero yo exclamo,
          Con el inmenso amor con que te amo:
          "¡Dondequiera que esté, bendita sea!"

        Arriba

        Bienaventurados

          ¡Bienaventurados,
          Los dignificados
          Por la dignidad glacial de la muerte;
          Los invulnerables ya para los hados,
          Una y misma cosa ya con el Dios fuerte!

          ¡Bienaventurados!

          Bienaventurados los que destruyeron
          El muro ilusorio de espacio y guarismos;
          Los que a lo absoluto ya por fin volvieron;
          Los que ya midieron todos los abismos.

          Bienaventurada, dulce muerta mía,
          A quien he rezado como letanía
          De fe, poesía
          Y amor, estas páginas... que nunca leerás.
          Por quien he vertido, de noche y de día,
          Todas estas lágrimas... que no secarás.

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        Bonsoir

          ¡Buenas noches, mi amor, y hasta mañana!
          Hasta mañana, sí, cuando amanezca,
          Y yo, después de más de cuarenta años
          De incoherente soñar, abra y estriegue
          Los ojos del espíritu,
          Como quien ha dormido mucho, mucho,
          Y vaya lentamente despertando,
          Y, en una progresiva lucidez,
          Ate los cabos del ayer de mi alma
          (Antes de que la carne la ligara)
          Y de hoy prodigioso
          En que habré de encontrarme, en ese plano
          En que ya nada es ilusión y todo
          Es verdad...

          ¡Buenas noches, amor mío,
          Buenas noches! Yo quedo en las tinieblas
          Y tú volaste hacia el amanecer...
          ¡Hasta mañana, amor, hasta mañana!
          Porque, aun en cuando el destino
          Acumulara lustro sobre lustro
          De mi prisión por vida, son fugaces
          Esos lustros; sucédense los días
          Como rosarios, cuyas cuentas magnas
          Son los domingos...
          Son los domingos, en que, con mis flores,
          Voy invariablemente al cementerio
          Donde yacen tus formas adoradas.
          ¿Cuántos ramos de flores
          He llevado a tu tumba? No lo sé.
          ¿Cuántos he de llevar? Tal vez ya pocos.
          ¡Tal vez ya pocos! ¡Oh, qué perspectiva
          Deliciosa!

          ¡Quizá el carcelero
          Se acerca con sus llaves resonantes
          A abrir mi calabozo para siempre!
          ¿Es por ventura el eco de sus pasos
          El que se oye, a través de la ventana,
          Avanzar por los quietos corredores?
          ¡Buenas noches, amor de mis amores!
          Hasta luego, tal vez... o hasta mañana.

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        Brahma no piensa

          Ego sum quo sum.

          Brahma no piensa: pensar limita.
          Brahma no es bueno ni malo, pues
          Las cualidades en su infinita
          Substancia huelgan. Brahma es lo que es.

          Brahma, en un éxtasis perenne, frío,
          Su propia esencia mirando está.
          Si duerme, el Cosmos torna al vacío:
          Mas si despierta renacerá.

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        Buscando

          Entre el dudoso cortejo
          De sombras, peregrinando
          Voy una sombra buscando.

          En el místico reflejo
          De la noche constelada
          Quiero hallar una mirada.

          Asir anhela mi oído
          Una voz que se ha extinguido
          Entre los ecos lejanos.

          Al pasar por un jardín
          Finge el roce de un jazmín
          La caricia de sus manos.

          ¡Oh sombra, mirada, voz,
          Manos!; el vórtice atroz
          De la eternidad callada
          Os sorbió. ¡Triste de mí,
          Que no tengo nada, nada;
          Que ya todo lo perdí!

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        Cobardía

          Pasó con su madre. ¡Qué rara belleza!
          ¡Qué rubios cabellos de trigo garzul!
          ¡Qué ritmo en el paso! ¡Qué innata realeza
          De porte! ¡Qué formas bajo el fino tul...!

          Pasó con su madre. Volvió la cabeza:
          ¡Me clavó muy hondo su mirada azul!

          Quedé como en éxtasis...
          Con febril premura,
          "¡Síguela!", gritaron cuerpo y alma al par.

          ... Pero tuve miedo de amar con locura,
          De abrir mis heridas, que suelen sangrar,
          ¡Y no obstante toda mi sed de ternura,
          Cerrando los ojos, la dejé pasar!

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        Cómo callan los muertos

          ¡Qué despiadados son
          En su callar los muertos!

          Con razón
          Todo mutismo trágico y glacial,
          Todo silencio sin apelación
          Se llaman: un silencio sepulcral.

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        Cómo será

          Si en el mundo fue tan bella,
          ¿Cómo será en esa estrella
          Donde está?
          ¡Cómo será!

          Si en esta prisión obscura,
          En que más bien se adivina
          Que se palpa la hermosura,
          Fue tan peregrina,
          ¡Cuán peregrina será
          En el más allá!

          Si de tal suerte me quiso
          Aquí, cómo me querrá
          En el azul paraíso
          En donde mora quizá?
          ¡Cómo me querrá!

          Si sus besos eran tales
          En vida, ¡cómo serán
          Sus besos espirituales!
          ¡Qué delicias inmortales
          No darán!
          Sus labios inmateriales,
          ¡Cómo besarán!

          Siempre que medito en esa
          Dicha que alcanzar espero,
          Clamo, cual Santa Teresa,
          Que muero porque no muero:
          Hallo la vida muy tarda
          Y digo: ¿cómo será
          La ventura que me aguarda
          Donde ella está?
          ¡Cómo será!

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        Cuántos desiertos interiores

          ¡Cuántos desiertos interiores!
          Heme aquí joven, fuerte aún,
          Y con mi heredad ya sin flores.
          Némesis sopló en mis alcores
          Con bocanadas de simún.

          De un gran querer, noble y fecundo,
          Sólo una trenza me quedó...
          ¡Y un hueco más grande que el mundo!
          Obra fue todo de un segundo.
          ¿Volveré a amar? ¡Pienso que no!

          Sólo una vez se ama en la vida
          A una mujer como yo amé;
          Y si la lloramos perdida
          Queda el alma tan malherida
          Que dice a todo: "¡Para qué!"

          Su muerte fue mi premoriencia,
          Pues que su vida era razón
          De ser de toda mi existencia.
          Pensarla es ya mi sola ciencia...
          ¡Resignación! ¡Resignación!

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        Deidad

          Como duerme la chispa en el guijarro
          Y la estatua en el barro,
          En ti duerme la divinidad.
          Tan solo en un dolor constante y fuerte
          Al choque, brota de la piedra inerte
          El relámpago de la deidad.
          No te quejes, por tanto, del destino,
          Pues lo que en tu interior hay de divino
          Sólo surge merced a él.
          Soporta, si es posible, sonriendo,
          La vida que el artista va esculpiendo,
          El duro choque del cincel.

          ¿Qué importan para ti las horas malas,
          Si cada hora en tus nacientes alas
          Pone una pluma bella más?
          Ya verás al cóndor en plena altura,
          Ya verás concluida la escultura,
          Ya verás, alma, ya verás.

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        Delicta carnis

          Carne, carne maldita que me apartas del cielo;
          Carne tibia y rosada que me impeles al vicio;
          Ya rasgué mis espaldas con cilicio y flagelo
          Por vencer tus impulsos, y es en vano, ¡te anhelo
          A pesar del flagelo y a pesar del cilicio!

          Crucifico mi cuerpo con sagrados enojos,
          Y se abraza a mis plantas Afrodita la impura;
          Me sumerjo en la nieve, mas la templan sus ojos;
          Me revuelco en un tálamo de punzantes abrojos,
          Y sus labios lo truecan en deleite y ventura.

          Y no encuentro esperanza, ni refugio ni asilo,
          Y en mis noches, pobladas de febriles quimeras,
          Me persigue la imagen de la Venus de Milo,
          Con sus lácteos muñones, con su rostro tranquilo
          Y las combas triunfales de sus amplias caderas.

          ¡Oh Señor Jesucristo, guíame por los rectos
          Derroteros del justo; ya no turben con locas
          Avideces la calma de mis puros afectos
          Ni el caliente alabastro de los senos erectos,
          Ni el marfil de los hombros, ni el coral de las bocas!

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        Después II

          Te odio con el odio de la ilusión marchita:
          ¡Retírate! He bebido tu cáliz, y por eso
          Mis labios ya no saben dónde poner su beso;
          Mi carne, atormentada de goces, muere ahíta.

          Safo, Crisis, Aspasia, Magdalena, Afrodita,
          Cuanto he querido fuiste para mi afán avieso.
          ¿En dónde hallar espasmos, en dónde hallar exceso
          Que al punto no me brinde tu perversión maldita?

          ¡Aléjate! Me invaden vergüenzas dolorosas,
          Sonrojos indecibles del mal, rencores francos,
          Al ver temblar la fiebre sobre tus senos rosas.

          No quiero más que vibre la lira de tus flancos:
          Déjame solo y triste llorar por mis gloriosas
          Virginidades muertas entre tus muslos blancos.

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        Después IV

          Después de aquella brava agonía,
          Ya me resigno..., ¡sereno estoy!
          Yo, que con ella nada pedía,
          Hoy, ya sin ella, sólo querría
          Ser noble y bueno... ¡mientras me voy!

          Es un bendito nombre, que adoro,
          Ser noble y bueno, y al expirar,
          Poder decirme: "¡Nada atesoro:
          Di toda mi alma, di todo mi oro,
          Di todo aquello que pude dar!"

          Desnudo torno como he venido;
          Cuanto era mío, mío no es ya:
          Como un aroma me he difundido
          Como una esencia me he diluido,
          Y, pues que nada tengo ni pido,
          ¡Señor, al menos vuélvemela!

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        Diálogo. El desaliento

          ¡Por qué empeñarse en buscar
          A quién se quiere esconder!
          Si Dios no se deja ver,
          Alma, ¿cómo les has de hallar?

          Y aún pretendes lograr
          Que esa esfinge que se esconde
          Y calla, te diga dónde
          Recobrarás a tu muerta.

          ¡Ilusa, llama a otra puerta,
          Que en ésta nadie responde!

          La esperanza

          —Hay que empeñarse en buscar
          A quien se quiere esconder.
          Si Dios no se deja ver,
          Alma, le tienes que hallar
          Por fuerza.

          Y has de lograr
          Que esa esfinge que se esconde
          Y calla, te diga dónde
          Recobrarás a tu muerta.

          ¡Si la Fe llama a una puerta,
          El Amor siempre responde!

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        Dilema

          O no hay alma, y mi muerta ya no existe
          (Conforme el duro y cruel "polvo serás")...
          O no puede venir, y está muy triste;
          Pero olvidarse de mi amor, ¡jamás!

          Si de lo que ella fue sólo viviese
          Un átomo consciente, tras la fría
          Transmutación de los sepulcros, ¡ese
          Átomo de conciencia me amaría!

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        Dormir

          ¡Yo lo que tengo, amigo, es un profundo
          Deseo de dormir!... ¿Sabes?: el sueño
          Es un estado de divinidad.
          El que duerme es un dios... Yo lo que tengo,
          Amigo, es gran deseo de dormir.

          El sueño es en la vida el solo mundo
          Nuestro, pues la vigilia nos sumerge
          En la ilusión común, en el océano
          De la llamada "Realidad". Despiertos
          Vemos todos lo mismo:
          Vemos la tierra, el agua, el aire, el fuego,
          Las criaturas efímeras... Dormidos
          Cada uno está en su mundo,
          En su exclusivo mundo:
          Hermético, cerrado a ajenos ojos,
          A ajenas almas; cada mente hila
          Su propio ensueño (o su verdad: ¡quién sabe!)

          Ni el ser más adorado
          Puede entrar con nosotros por la puerta
          De nuestro sueño. Ni la esposa misma
          Que comparte tu lecho
          Y te oye dialogar con los fantasmas
          Que surcan por tu espíritu
          Mientras duermes, podría,
          Aun cuando lo ansiara,
          Traspasar los umbrales de ese mundo,
          De tu mundo mirífico de sombras.
          ¡Oh, bienaventurados los que duermen!
          Para ellos se extingue cada noche,
          Con todo su dolor el universo
          Que diariamente crea nuestro espíritu.
          Al apagar su luz se apaga el cosmos.

          El castigo mayor es la vigilia:
          El insomnio es destierro
          Del mejor paraíso...

          Nadie, ni el más feliz, restar querría
          Horas al sueño para ser dichoso.
          Ni la mujer amada
          Vale lo que un dormir manso y sereno
          En los brazos de Aquel que nos sugiere
          Santas inspiraciones...
          "El día es de los hombres; mas la noche,
          De los dioses", decían los antiguos.

          No turbes, pues, mi paz con tus discursos,
          Amigo: mucho sabes;
          Pero mi sueño sabe más... ¡Aléjate!
          No quiero gloria ni heredad ninguna:
          Yo lo que tengo, amigo, es un profundo
          Deseo de dormir...

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        Ed: ella ov'e? De subito dissi'io

          Dante: Paraíso.

          Si tras el negro muro de granito
          De la muerte hay un mundo, un más allá,
          Al cruzar el dintel del infinito
          Mi pregunta primer, mi primer grito,
          Ha de ser: "Y ella, y ella, ¿dónde está?"

          Y una vez que te encuentre, penetrado
          De una inmensa y sublime gratitud
          Para quien quiso fuera de ti amado
          Y me permite haberte recobrado,
          ¡A qué pedir más beatitud!

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        El agua multiforme

          "El agua toma siempre la forma de los vasos
          Que la contienen", dicen las ciencias que mis pasos
          Atisban y pretenden analizarme en vano;
          Yo soy la resignada por excelencia, hermano.
          ¿No ves que a cada instante mi forma se aniquila?
          Hoy soy torrente inquieto y ayer fui agua tranquila;
          Hoy soy, en vaso esférico, redonda; ayer, apenas,
          Me mostraba cilíndrica en las ánforas plenas,
          Y así pitagorizo mi ser, hora tras hora;
          Hielo, corriente, niebla, vapor que el día dora,
          Todo lo soy, y a todo me pliego en cuanto cabe.
          ¡Los hombres no lo saben, pero Dios si lo sabe!

          ¿Por qué tú te rebelas? ¿Por qué tú ánimo agitas?
          ¡Tonto! ¡Si comprendieras las dichas infinitas
          De plegarse a los fines del Señor que nos rige!
          ¿Qué quieres? ¿Por qué sufres? ¿Qué sueñas? ¿Qué te aflige?
          ¡Imaginaciones que se extinguen en cuanto
          Aparecen...! ¡En cambio, yo canto, canto, canto!
          Canto, mientras tu penas, la voluntad ignota;
          Canto cuando soy chorro, canto cuando soy gota,
          Y al ir, Proteo extraño, de mi destino en pos,
          Murmuro: —¡Que se cumpla la santa ley de Dios!

          ¿Por qué tantos anhelos sin rumbo tu alma fragua?
          ¿Pretendes ser dichoso? Pues bien: sé como el agua;
          Sé como el agua, llena de oblación y heroísmo,
          Sangre en el cáliz, gracia de Dios en el bautismo;
          Sé como el agua, dócil a la ley infinita,
          Que reza en las iglesias en donde está bendita,
          Y en el estanque arrulla meciendo la piragua.
          ¿Pretendes ser dichoso? Pues bien: sé como el agua;
          Lleva cantando el traje de que el Señor te viste,
          Y no estés triste nunca, que es pecado estar triste.
          Deja que en ti se cumplan los fines de la vida:
          Sé declive, no roca; transfórmate y anida
          Donde al Señor le plazca, y al ir del fin en pos,
          Murmura: ¡Que se cumpla la santa ley de Dios!

          Lograrás, si lo hicieres así, magno tesoro
          De bienes: si eres bruma, serás bruma de oro;
          Si eres nube, la tarde te dará su arrebol;
          Si eres fuente, en tu seno verás temblando al sol;
          Tendrán filetes de ámbar tus ondas, si laguna
          Eres, y si océano, te plateará la luna.
          Si eres torrente, espuma tendrás tornasolada,
          Y una crencha de arco-iris en flor, si eres cascada.

          Así me dijo el Agua con místico reproche,
          Y yo, rendido al santo consejo de la Maga,
          Sabiendo que es el Padre quien habla entre la noche,
          Clamé con el Apóstol: —Señor, ¿qué quieres que haga?

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        El agua que corre bajo la tierra

          Yo canto al cielo porque mis linfas ignoradas
          Hacen que fructifiquen las savias; las llanadas,
          Los sotos y las lomas por mí tienen frescura.
          Nadie me mira, nadie; más mi corriente obscura
          Se regocija luego que viene primavera,
          Porque si dentro hay sombras, hay muchos tallos fuera.

          Los gérmenes conocen mi beso cuando anidan
          Bajo la tierra, y luego que son flores me olvidan.
          Lejos de sus raíces las corolas felices
          No se acuerdan del agua que regó sus raíces...
          ¡Qué importa! Yo alabanzas digo a Dios con voz suave.
          La flor no sabe nada, ¡pero el Señor sí sabe!

          Yo canto a Dios corriendo por mi ignoto sendero,
          Dichosa de antemano; porqué seré venero
          Ante la vara mágica de Moisés; porque un día
          Vendrán las caravanas hacia la linfa mía;
          Porque mis aguas dulces, mientras que la sed matan,
          El rostro beatífico del sediento retratan
          Sobre el fondo del cielo que los cristales yerra;
          Porque copiando el cielo lo traslado a la tierra,
          Y así el creyente triste, que el él su dicha fragua,
          Bebe, al beberme, el cielo que palpita en mi agua,
          Y como en ese cielo brillan estrellas bellas,
          El hombre que me bebe comulga con estrellas.

          Yo alabo al Señor bueno porque, con la infinita
          Pedrería que encuentro de fuegos polícromos,
          Forjó en las misteriosas grutas la estalactita,
          Pórtico del alcázar de ensueño de los gnomos;
          Porque en oculto seno de la caverna umbría
          Doy de beber al monstruo que tiene miedo al día.
          ¡Qué importa que mi vida bajo la tierra acabe!
          Los hombres no lo saben, pero Dios si lo sabe.

          Así me dijo el Agua que discurre por los
          Antros, y yo: —¡Agua hermana, bendigamos a Dios!

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        El agua que corre sobre la tierra

          Yo alabo al cielo porque me brindó en sus amores,
          Para mi fondo gemas, para mi margen flores;
          Porque cuando la roca me muerde y me maltrata
          Hay en mi sangre (espuma) filigrana de palta;
          Porque cuando al abismo ruedo en un cataclismo,
          Adorno de arco-iris triunfales el abismo,
          Y el rocío que salta de mis espumas blancas
          Riega las florecitas que esmaltan las barrancas;
          Porque a través del cauce llevando mi caudal,
          Soy un camino que anda, como dijo Pascal;
          Porque en mi gran llanura donde la brisa vuela;
          Deslízanse los élitros nevados de la vela;
          Porque en mi azul espalda que la quilla acuchilla
          Mezo, aduermo y soporto la audacia de la quilla,
          Mientras que no conturba mis ondas el Dios fuerte,
          A fin de que originen catástrofes de muerte,
          Y la onda que arrulla sea la onda que hiere...
          ¡Quién sabe los designios de Dios que así lo quiere!

          Yo alabo al cielo porque en mi vida errabunda
          Soy Niágara que truena, soy Nilo que fecunda,
          Maelstrom de remolino fatal, o golfo amigo;
          Porque, mar di la vida, y, diluvio, el castigo.

          Docilidad inmensa tengo para mi dueño:
          El me dice: "Anda", y ando; "Despéñate", y despeño
          Mis aguas en la sima de roca que da espanto;
          Y canto cuando corro, y al despeñarme canto,
          Y cantando, mi linfa tormentas o iris fragua,
          Fiel al Señor...
          —¡Loemos a Dios, hermana Agua!

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        El amor nuevo

          Todo amor nuevo que aparece
          Nos ilumina la existencia,
          Nos la perfuma y enflorece.

          En la más densa oscuridad
          Toda mujer es refulgencia
          Y todo amor es claridad.
          Para curar la pertinaz
          Pena, en las almas escondida,
          Un nuevo amor es eficaz;
          Porque se posa en nuestro mal
          Sin lastimar nunca la herida,
          Como un destello en un cristal.

          Como un ensueño en una cuna,
          Como se posa en la ruina
          La piedad del rayo de la luna.
          Como un encanto en un hastío,
          Como en la punta de una espina
          Una gotita de rocío...
          ¿Que también sabe hacer sufrir?
          ¿Que también sabe hacer llorar?
          ¿Que también sabe hacer morir?
          —Es que tú no supiste amar...

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        El celaje

          A dónde fuiste, amor; ¿a dónde fuiste?
          Se extinguió en el poniente el manso fuego,
          Y tú que me decías: "Hasta luego,
          Volveré por la noche". ¡No volviste!

          ¿En qué zarzas tu pie divino heriste?
          ¿Qué muro cruel te ensordeció a mi ruego?
          ¿Qué nieve supo congelar tu apego
          Y a tu memoria hurtar mi imagen triste?

          ¡Amor, ya no vendrás! En vano, ansioso,
          De mi balcón atalayando vivo
          El campo verde y el confín brumoso.

          Y me finge un celaje fugitivo
          Nave de luz en que, al final reposo,
          Va tu dulce fantasma pensativo.

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        El encuentro

          ¿Por qué permaneciste siempre sorda a mi grito?
          ¡Dios sabe cuántas veces, con amor infinito,
          Te busqué en las tinieblas, sin poderte encontrar!
          Hoy —¡por fin!— te recobro: todo, pues, era
          Cierto...

          ¡Hay un alma! ¡Qué dicha! No es que sueñe despierto...
          ¡Te recobro! ¡Me miras y te vuelvo a mirar!

          —Me recobras, amigo, porque ya eras un muerto:
          De fantasma a fantasma nos podemos amar.

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        El fantasma soy yo

          Mi alma es una princesa en su torre metida,
          Con cinco ventanitas para mirar la vida.
          Es una triste diosa que el cuerpo aprisionó.
          Y tu alma, que desde antes de morirte volaba,
          Es un ala magnífica, libre de toda traba...
          Tú no eres el fantasma: ¡el fantasma soy yo!

          ¡Qué entiendo de las cosas! Las cosas se me ofrecen,
          No como son de suyo, sino como aparecen
          A los cinco sentidos con que Dios limitó
          Mi sensorio grosero, mi percepción menguada.
          Tú lo sabes hoy todo...; ¡yo, en cambio, no sé nada!
          Tú no eres el fantasma: ¡el fantasma soy yo!

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        El hielo

          Para cubrir los peces del fondo, que agonizan
          De frío, mis piadosas ondas se cristalizan,
          Y yo, la inquietuela, cuyo perenne móvil
          Es variar, enmudezco, me aduermo, quedo inmóvil.
          ¡Ah! Tú no sabes como padezco nostalgia
          De sol bajo esa sábana siempre fría.
          Tú no sabes la angustia de la ola que inmola
          Sus ritmos ondulantes de mujer —su sonrisa—
          Al frío, y que se vuelve —mujer de Loth— banquisa:
          Ser banquisa es ser como la estatua de la ola.

          Tú ignoras esa angustia: mas yo no me rebelo,
          Y ansiosa de que todo en mi Dios sea loado,
          Desprendo radiaciones al bloque de mi hielo,
          Y en vez de azul oleaje soy témpano azulado.

          Mis crestas en la noche del polo con fanales,
          Reflejo el rosa de las auroras boreales,
          La luz convaleciente del sol, y con deleites
          De Seraphita, yergo mi cristalina roca
          Por donde trepan lentas las morsas y la foca,
          Seguidas de lapones hambrientos de su aceite...

          ¿Ya ves como se acata la voluntad del cielo?
          Y yo recé: —¡Loemos a Dios, hermano hielo!

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        El que más ama

          Si no te supe yo comprender,
          Si una lágrima te hice verter,
          Bien sé que al cabo perdonarás
          Con toda tu alma... ¡Qué vas a hacer!
          ¡El que más ama perdona más!

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        El resto, ¿qué es?

          Tú eras la sola verdad de mi vida,
          El resto, ¿qué es?
          Humo... palabras, palabras, palabras...
          ¡Mientras la tumba me hace enmudecer!

          Tú eras la mano cordial y segura
          Que siempre estreché
          Con sentimiento de plena confianza
          En tu celeste lealtad de mujer.

          Tú eras el pecho donde mi cabeza
          Se reposó bien,
          Oyendo el firme latir de la entraña
          Que noblemente mía sólo fue.

          Tú lo eras todo: ley, verdad y vida...
          El resto, ¿qué es?

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        El retorno

          "Vivir sin tus caricias es mucho desamparo;
          Vivir sin tus palabras es mucha soledad;
          Vivir sin tu amoroso mirar, ingenuo y claro,
          Es mucha oscuridad..."

          Vuelvo pálida novia, que solías
          Mi retorno esperar tan de mañana,
          Con la misma canción que preferías
          Y la misma ternura de otros días
          Y el mismo amor de siempre, a tu ventana.

          Y elijo para verte, en delicada
          Complicidad con la Naturaleza,
          Una tarde como ésta: desmayada
          En un lecho de lilas, e impregnada
          De cierta aristocrática tristeza.

          ¡Vuelvo a ti con los dedos enlazados
          En actitud de súplica y anhelo
          -Como siempre-, y mis labios no cansados
          De alabarte, y mis ojos obstinados
          En ver los tuyos a través del cielo!

          Recíbeme tranquila, sin encono,
          Mostrando el deje suave de una hermana;
          Murmura un apacible: "Te perdono",
          Y déjame dormir con abandono,
          En tu noble regazo, hasta mañana...

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        El torbellino

          Espíritu que naufraga
          En medio de un torbellino,
          Porque manda mi destino
          Que lo que no quiero haga;

          Frente al empuje brutal
          De mi terrible pasión,
          Le pregunto a mi razón
          Dónde están el bien y el mal;

          Quién se equivoca, quién yerra;
          La conciencia, que me grita:
          ¡Resiste!, llena de cuita,
          O el titán que me echa en tierra.

          Si no es mío el movimiento
          Gigante que me ha vencido,
          ¿Por qué, después de caído,
          Me acosa el remordimiento?

          La peña que fue de cuajo
          Arrancada y que se abisma,
          No se pregunta a sí misma
          Por qué cayó tan abajo;

          Mientras que yo, ¡miserable!,
          Si combato, soy vencido,
          Y si caigo, ya caído
          Aún me encuentro culpable,

          ¡Y en el fondo de mi mal,
          Ni el triste consuelo siento
          De que mi derrumbamiento
          Fue necesario y fatal!

          Así, lleno de ansiedad
          Un hermano me decía,
          Y yo le oí con piedad,
          Pensando en la vanidad
          De toda filosofía,
          Y clamé, después de oír.

          ¡Oh mi sabio no saber,
          Mi elocuente no argüir,
          Mi regalado sufrir,
          Mi ganancioso perder!

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        El vapor

          El vapor es el alma del agua, hermano mío,
          Así como sonrisa del agua es el rocío,
          Y el lago sus miradas y su pensar la fuente;
          Sus lágrimas la lluvia; su impaciencia el torrente,
          Y los ríos sus brazos; su cuerpo, la llanada
          Sin coto de los mares, y las olas, sus senos;
          Su frente, las neveras de los montes serenos,
          Y sus cabellos de oro líquido, la cascada.

          Yo soy alma del agua, y el agua siempre sube:
          Las transfiguraciones de esa alma son la nube,
          Su Tabor es la tarde real que la empurpura:
          Como el agua fue buena, su Dios la transfigura...
          Y ya es el albo copo que el azul riela,
          Ya la zona de fuego, que parece una estela,
          Ya el divino castillo de nácar, ya el plumaje
          De un pavo hecho de piedras preciosas, ya el encaje
          De un abanico inmenso, ya el cráter que fulgura...
          Como el agua fue buena, su Dios la transfigura...

          —¡Dios! Dios siempre en tus labios está como en un templo.
          Dios, siempre Dios... ¡en cambio, yo nunca le contemplo!
          ¿Por qué si dios existe no deja ver sus huellas
          Por qué taimadamente se esconde a nuestro anhelo,
          Por qué no se halla escrito su nombre con estrellas
          En medio del esmalte magnífico del cielo?

          —Poeta, es que lo buscas con la ensoberbecida
          Ciencia, que exige pruebas y cifras al Abismo...
          Asómate a las fuentes oscuras de tu vida,
          Y allí verás su rostro: tu dios está en ti mismo.
          Busca el silencio y ora: tu Dios execra el grito;
          Busca la sombra y oye: tu Dios habla en lo arcano;
          Depón tu gran penacho de orgullo y de delito...
          —Ya está
          —¿Qué ves ahora?
          —La faz del infinito.
          —¿Y eres feliz?
          —¡Loemos a Dios, Vapor hermano!

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        El viaje

          Para calmar a veces un poco el soberano,
          El invencible anhelo de volverte a mirar,
          Me imagino que viajas por un país lejano
          De donde es muy difícil, ¡muy difícil!, tornar.

          Así mi desconsuelo, tan hondo, se divierte;
          Doy largas a mi espera, distraigo mi hosco esplín,
          Y, pensando en que tornas, en que ya voy a verte,
          Un día, en cualquier parte, me cogerá la muerte
          Y me echará en tus brazos, ¡por fin, por fin, por fin!

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        En el camino

          En el camino
          Me levantaré e iré a mi padre.
          Para Leopoldo Lugones.

          I. Resuelve tornar al padre

          No temas, Cristo rey, si descarriado
          Tras locos ideales he partido:
          Ni en mis días de lágrimas te olvido,
          Ni en mis horas de dicha te he olvidado.

          En la llaga cruel de tu costado
          Quiere formar el ánima su nido,
          Olvidando los sueños que ha vivido
          Y las tristes mentiras que ha soñado.

          A la luz del dolor, que ya me muestra
          Mi mundo de fantasmas vuelto escombros,
          De tu místico monte iré a la falda,

          Con un báculo: el tedio, en la siniestra;
          Con andrajos de púrpura en los hombros,
          Con el haz de quimeras a la espalda.

          II. De cómo se congratularán del retorno

          Tornaré como el Pródigo doliente
          A tu heredad tranquila; ya no puedo
          La piara cultivar, y al inclemente
          Resplandor de los soles tengo miedo.

          Tú saldrás a encontrarme diligente;
          De mi mal te hablaré, quedo, muy quedo...
          Y dejarás un ósculo en mi frente
          Y un anillo de nupcias en mi dedo;

          Y congregando del hogar en torno
          A los viejos amigos del contorno,
          Mientras yantan risueños a tu mesa,

          Clamarás con profundo regocijo:
          "¡Gozad con mi ventura, porque el hijo
          Que perdido llorábamos, regresa!"

          III. Pondera lo intenso de la futura vida

          ¡Oh sí!, yo tornaré; tu amor estruja
          Con invencible afán al pensamiento,
          Que tiene hambre de paz y de aislamiento
          En la mansa quietud de la cartuja.

          ¡Oh sí!, yo tornaré; ya se dibuja
          En el fondo del alma, ya presiento
          La plácida silueta del convento
          Con su albo domo y su gentil aguja...

          Ahí, solo por fin conmigo mismo,
          Escuchando en las voces de Isaías
          Tu clamor insinuante que me nombra,

          ¡Cómo voy a anegarme en el mutismo,
          Cómo voy a perderme en las crujías,
          Cómo voy a fundirme con la sombra!

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        En Panne

          Atiborrado de filosofía,
          Por culpa del afán que me devora,
          Yo, que ya me sabía
          Dos gramos del vivir, nada sé ahora.

          De tanto preguntar
          El camino a los sabios que pasaban,
          Me quedé sin llegar,
          Mientras tantos imbéciles llegaban...

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        En paz

          Artifex vitae artifex sui.

          Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, Vida,
          Porque nunca me diste ni esperanza fallida,
          Ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;
          Porque veo al final de mi rudo camino
          Que yo fui el arquitecto de mi propio destino;
          Que si extraje la miel o la hiel de las cosas,
          Fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
          Cuando planté rosales coseché siempre rosas.

          Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
          ¡Mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!
          Hallé sin duda largas las noches de mis penas;
          Mas no me prometiste tan solo noches buenas;
          Y en cambio tuve algunas santamente serenas
          Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
          ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

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        Envío

          La canción que me pediste
          La compuse y aquí está:
          Cántala bajito y triste;
          Ella duerme (para siempre);
          La canción la arrullará
          Cántala bajito y triste;
          Cántala.

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        Escamoteo

          Con tu desaparición
          Es tal mi estupefacción,
          Mi pasmo, que a veces creo
          Que ha sido un escamoteo,
          Una burla, una ilusión;

          Que tal vez sueño despierto,
          Que muy pronto te veré,
          Y que me dirás: "¡No es cierto,
          Vida mía, no me he muerto;
          Ya no llores... bésame!"

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        Eso me basta

          Este libro tiene muchos precedentes,
          Tantos como gentes
          Habrán sollozado
          Por un bien amado,
          Desaparecido,
          Por un gran amor extinguido.

          Tal vez muchos otros lloraron mejor
          Su dolor que yo mi inmenso dolor,
          Quizá (como eran poetas mayores)
          Había en sus lágrimas muchos más fulgores...

          Yo en mis tristes rimas no pretendo nada:
          Para mí es bastante
          Con que mi adorada
          Para siempre ida,
          Detrás de mi hombro las lea anhelante
          Y diga: "Este sí que es un buen amante
          Que nunca me olvida".

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        Espacio y tiempo

          Esta cárcel, estos hierros
          En que el alma está metida.
          Santa Teresa.

          Espacio y tiempo, barrotes
          De la jaula
          En que el ánima, princesa
          Encantada,
          Está hilando, hilando cerca
          De las ventanas
          De los ojos (las únicas
          Aberturas por donde
          Suele asomarse, lánguida).

          Espacio y tiempo, barrotes
          De la jaula;
          Ya os romperéis, y acaso
          Muy pronto, porque cada
          Mes, hora, instante, os mellan,
          ¡Y el pájaro de oro
          Acecha una rendija para tender las alas!

          La princesa, ladina,
          Finge hilar; pero aguarda
          Que se rompa una reja...
          En tanto, a las lejanas
          Estrellas dice: "Amigas
          Tendedme vuestra escala
          De la luz sobre el abismo."

          Y las estrellas pálidas
          Le responden: "¡Espera,
          Espera, hermana,
          Y prevén tus esfuerzos:
          Ya tendemos la escala!"

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        Esperanza

          ¿Y por qué no ha de ser verdad el alma?
          ¿Qué trabajo le cuesta al Dios que hila
          El tul fosfóreo de las nebulosas
          Y que traza las tenues pinceladas
          De luz de los cometas incansables
          Dar al espíritu inmortalidad?

          ¿Es más incomprensible por ventura
          Renacer que nacer? ¿Es más absurdo
          Seguir viviendo que el haber vivido,
          Ser invisible y subsistir, tal como
          En redor nuestro laten y subsisten
          Innumerables formas, que la ciencia
          Sorprende a cada instante
          Con sus ojos de lince?

          Esperanza, pan nuestro cotidiano;
          Esperanza nodriza de los tristes;
          Murmúrame esas íntimas palabras
          Que en el silencio de la noche fingen,
          En lo más escondido de mi mente,
          Cuchicheo de blancos serafines...
          ¿Verdad que he de encontrarme con mi muerta?
          Si lo sabes, ¿por qué no me lo dices?

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        Esquiva

          ¡No te amaré! Muriera de sonrojos
          Antes bien, yo que fui cantar maldito
          De blancas hostias y de nimbos rojos;
          Yo que sólo he alentado los antojos
          De un connubio inmortal con lo infinito.

          ¡No te amaré! Mi espíritu atesora
          El perfume sutil de otras edades
          De realeza y de fe consoladora,
          Y ese noble perfume se evapora
          Al beso de mezquinas liviandades.

          Mi mundo no eres tú: fueron los priores
          Militantes, caudillos de sus greyes;
          El mundo en que, magníficos señores,
          Fulminaron los Papas triunfadores
          Su anatema fatal contra los reyes.

          Fue la etapa viril en que se cruza,
          Con Bayardo que esgrime su tizona,
          Escot que sus dialécticas aguza:
          La edad en que la negra caperuza
          Forjaba el silogismo en la Sorbona.

          Y no sé de pasión, y me contrista
          Vibrar la lira del amor precario.
          ¡Sólo brotan mis versos de amatista
          Al beso de Daniel, el simbolista,
          Y al ósculo de Juan, el visionario!

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        Está bien

          Porque contemplo aún albas radiosas
          Y hay rosas, muchas rosas, muchas rosas
          En que tiembla el lucero de Belén,
          Y hay rosas, muchas rosas, muchas rosas
          Gracias, ¡está bien!

          Porque en las tardes, con sutil desmayo,
          Piadosamente besa el sol mi sien,
          Y aún la transfigura con su rayo:
          Gracias, ¡está bien!

          Porque en las noches una voz me nombra
          (¡Voz de quien yo me sé!), y hay un edén
          Escondido en los pliegues de mi sombra:
          Gracias, ¡está bien!

          Porque hasta el mal en mí don es del cielo,
          Pues que, al minarme va, con rudo celo,
          Desmoronando mi prisión también;
          Porque se acerca ya mi primer vuelo:
          Gracias, ¡está bien!

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        Este libro

          Un rimador obscuro
          Que no proyecta sombra,
          Un poeta maduro
          A quien ya nadie nombra,
          Hizo este libro, amada,
          Para vaciar en él
          Como turbia oleada
          De lágrimas y hiel.

          Humilde florilegio,
          Pobre ramo de rimas,
          Su solo privilegio
          Es que acaso lo animas
          Tú, con tu santo soplo
          De amor y de ternura,
          Desde el astro en que estás.

          ¡Un dolor infinito
          Labró en él con su escoplo
          Tu divina escultura,
          Como un recio granito,
          Para siempre jamás!

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        Eternidad

          ¡La muerte! Allí se agota todo esfuerzo,
          Allí sucumbe toda voluntad.

          ¡La Muerte! ¡Lo que ayer fue nuestro Todo
          Hoy sólo es nuestra Nada!... ¡Eternidad!
          ¡Silencio!... El máximo silencio
          Que es posible encontrar.
          ¡Silencio!... ¡Ultrasilencio,
          Y no más! ¡Oh, no más!
          ¡Ni una voz en la noche
          Que nos pueda guiar!

          Ana, razón suprema de mi vida,
          ¿Dónde estás, dónde estás, dónde estás?

          Se abisma en el abismo el pensamiento,
          Se enlobreguece, ¡al fin!, todo mirar
          En esta lobreguez inexorable,
          Y desespera, a fuerza de esperar,
          La más potente de las esperanzas.
          ¡Eternidad, eternidad!

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        Expectación

          Siento que algo solemne va a llegar a mi vida.
          ¿Es acaso la muerte? ¿Por ventura el amor?
          Palidece mi rostro, mi alma está conmovida,
          Y sacude mis miembros un sagrado temblor.

          Siento que algo sublime va a encarnar en mi barro
          En el mísero barro de mi pobre existir.
          Una chispa celeste brotará del guijarro,
          Y la púrpura augusta va el harapo a teñir.

          Siento que algo solemne se aproxima, y me hallo
          Todo trémulo; mi alma de pavor llena está.
          Que se cumpla el destino, que Dios dicte su fallo,
          Para oír la palabra que el abismo dirá.

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        Éxtasis

          Cada rosa gentil ayer nacida,
          Cada aurora que apunta entre sonrojos,
          Dejan mi alma en el éxtasis sumida
          Nunca se cansan de mirar mis ojos
          El perpetuo milagro de la vida.

          Años ha que contemplo las estrellas
          En las diáfanas noches españolas
          Y las encuentro cada vez más bellas.
          Años ha que en el mar conmigo a solas,
          Y aún me pasma el prodigio de las olas.

          Cada vez hallo la naturaleza
          Más sobrenatural, más pura y santa,
          Para mí, en rededor, todo es belleza:
          Y con la misma plenitud me encanta
          La boca de la madre cuando reza
          Que la boca del niño cuando canta.

          Quiero ser inmortal con sed intensa,
          Porque es maravilloso el panorama
          Con que nos brinda la creación inmensa;
          Porque cada lucero me reclama,
          Diciéndome al brillar: "Aquí se piensa,
          También aquí se lucha, aquí se ama".

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        Gótica

          Solitario recinto de la abadía;
          Tristes patios, arcadas de recias claves,
          Desmanteladas celdas, capilla fría
          De historiados altares, de sillería
          De roble, domo excelso y obscuras naves;

          Solitario recinto: ¡cuántas pavesas
          De amores que ascendieron hasta el pináculo
          Donde mora el Cordero, guardan tus huesas...!
          Heme aquí con vosotras, las abadesas
          De cruces pectorales y de áureo báculo...

          Enfermo de la vida, busco la plática
          Con Dios, en el misterio de su santuario:
          Tengo sed de idealismo... Legión extática,
          De monjas demacradas de faz hierática,
          Decid: ¿aún vive Cristo tras el sagrario?

          Levantaos del polvo, llenad el coro;
          Los breviarios aguardan en los sitiales,
          Que vibre vuestro salmo limpio y sonoro,
          En tanto que el Poniente nimba de oro
          Las testas de los santos en los vitrales...

          ¡Oh claustro silencioso, cuántas pavesas
          De amores que ascendieron hasta el pináculo
          Donde mora el Cordero, guardan tus huesas...!
          Oraré mientras duermen las abadesas
          De cruces pectorales y de áureo báculo...

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        Gratia plena

          Todo en ella encantaba, todo en ella atraía
          Su mirada, su gesto, su sonrisa, su andar...
          El ingenio de Francia de su boca fluía.
          Era llena de gracia, como el Avemaría.
          ¡Quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!

          Ingenua como el agua, diáfana como el día,
          Rubia y nevada como Margarita sin par,
          El influjo de su alma celeste amanecía...
          Era llena de gracia, como el Avemaría.
          ¡Quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!

          Cierta dulce y amable dignidad la investía
          De no sé qué prestigio lejano y singular.
          Más que muchas princesas, princesa parecía:
          Era llena de gracia como el Avemaría.
          ¡Quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!

          Yo gocé del privilegio de encontrarla en mi vía
          Dolorosa; por ella tuvo fin mi anhelar
          Y cadencias arcanas halló mi poesía.
          Era llena de gracia como el Avemaría.
          ¡Quien la vio, no la pudo ya jamás olvidar!

          ¡Cuánto, cuánto la quise! ¡Por diez años fue mía;
          Pero flores tan bellas nunca pueden durar!
          ¡Era llena de gracia, como el Avemaría,
          Y a la Fuente de gracia, de donde procedía,
          Se volvió... como gota que se vuelve a la mar!

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        Hay que

          Hay que andar por el camino
          Posando apenas los pies;
          Hay que ir por este mundo
          Como quien no va por él.

          La alforja ha de ser ligera,
          Firme el báculo ha de ser,
          Y más firme la esperanza
          Y más firme aún la fe.

          A veces la noche es lóbrega;
          Mas para el que mira bien
          Siempre desgarra una estrella
          La ceñuda lobreguez.

          Por último, hay que morir
          Al deseo y al placer,
          Para que al llegar la muerte
          A buscarnos, halle que

          Ya estamos muertos del todo,
          No tenga nada que hacer
          Y se limite a llevarnos
          De la mano por aquel

          Sendero maravilloso
          Que habremos de recorrer,
          Libertados para siempre
          De tiempo y espacio. ¡Amén!

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        Homenaje

          Ha muerto Rubén Darío,
          ¡El de las piedras preciosas!

          Hermano, ¡cuántas noches tu espíritu y el mío,
          Unidos para el vuelo, cual dos alas ansiosas,
          Sondar quisieron ávidas el Enigma sombrío,
          Más allá de los astros y de las nebulosas!

          Ha muerto Rubén Darío,
          ¡El de las piedras preciosas!

          ¡Cuántos años intensos junto al Sena vivimos,
          Engarzando en el oro de un común ideal
          Los versos juveniles que, a veces, brotar vimos
          Como brotan dos rosas a un tiempo de un rosal!

          Hoy tu vida, inquieta cual torrente bravío,
          En el Mar de las Causas desembocó; ya posas
          Las plantas errabundas en el islote frío
          Que pintó Böckin... ¡ya sabes todas las cosas!

          Ha muerto Rubén Darío,
          ¡El de las piedras preciosas!

          Mis ondas rezagadas van de las tuyas; pero
          Pronto en el insondable y eterno mar del todo
          Se saciara mi espíritu de lo que saber quiero:
          Del Cómo y del Porqué, de la Esencia y del Modo.

          Y tú, como en Lutecia las tardes misteriosas
          En que pensamos juntos a la orilla del Río
          Lírico, habrás de guiarme... Yo iré donde tu osas,
          Para robar entrambos al musical vacío
          Y al coro de los orbes sus claves portentosas...

          Ha muerto Rubén Darío
          ¡El de las piedras preciosas!

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        Huelga de células

          Este concurso de células,
          Unánimes en su intento
          Misterioso de que dure
          La intensa vida en mi cuerpo;
          Esos miles de millones
          De pequeñitos cerebros,
          Que, con disciplina
          Admirable en el esfuerzo,
          Se dividen el trabajo
          De mis órganos diversos,
          Y mantienen el fenómeno
          De mi existir en el tiempo,
          Un día, quizá cercano
          (Mañana, tal vez hoy mesmo),
          Han de declararse en huelga,
          Porque en el reloj eterno
          Sonó el instante...
          ¡Qué júbilo
          Entonces el del colegio
          Aquel, más de cuarenta años
          A mi espíritu sujeto!

          ¡Qué alegría en el cotarro
          Innúmero y turbulento!

          Cada grupo ha de tirar
          Por su lado, con estruendo:

          —¡Vuelvo a la rosa!, dirá
          Uno; y otro: ¡Al aire vuelvo!
          Y otro: ¡Al agua!; y otro: ¡Al barro!
          Y otro: ¡Al carbón!; y otro: ¡Al hierro!;
          Y otro: ¡Al la cal!; y otro: ¡Al fósforo!;
          Y otro: ¡Al la mar!; y otro: ¡Al cielo!

          Y mi espíritu entretanto,
          Verá feliz, sonriendo,
          La disociación bendita
          Que restituye al Acervo
          Lo prestado...
          Mas de pronto,
          Movido por el recuerdo
          Más hondo, más persuasivo,
          Más amante, más inmenso,
          Se preguntará a sí mismo:
          —Bien, y yo, ¿adónde me vuelvo?
          —¡A mis brazos!—gritará
          En la eternidad tu acento...

          Y cuando los dos, fundidos
          En una sola alma estemos,
          El océano infinito
          Nos absorberá en silencio...

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        Hugueana

          ¡Ay de mí! Cuantas veces, arrobado
          En la contemplación de una quimera,
          Me olvidé de la noble compañera
          Que Dios puso a mi lado.

          —¡Siempre estás distraído! —me decía;
          Y yo, tras mis fantasmas estelares,
          Por escrutar lejanos luminares
          El íntimo lucero no veía.

          Qué insensatos antojos
          Los de mirar, como en tus versos, Hugo,
          Las estrellas en vez de ver sus ojos,
          Desdeñando, en mi triste desatino,
          La cordial lucecita que a Dios plugo
          Encenderme en la sombra del camino...

          Hoy que partió por siempre del amor mío,
          No me importan los astros, pues sin ella
          Para mí el universo está vacío.
          Antes, era remota cada estrella:
          Hoy, su alma es la remota, porque en vano
          Lo buscan mi mirada y mi deseo.

          Ella, que iba conmigo de la mano,
          Es hoy lo más lejano:
          Los astros están cerca, pues los veo.

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        Identidad

          Tat tuam asi.
          (Tú eres esto: es decir, tú eres uno
          Y lo mismo que cuanto te rodea;
          Tú eres la cosa en sí).

          El que sabe que es uno con Dios, logra el Nirvana:
          Un Nirvana en que toda tiniebla se ilumina;
          Vertiginoso ensanche de la conciencia humana,
          Que es sólo proyección de la Idea Divina
          En el Tiempo.

          El fenómeno, lo exterior, vano fruto
          De la ilusión, se extingue: ya no hay pluralidad,
          Y el yo, extasiado, abísmase por fin en lo absoluto,
          Y tiene como herencia toda la eternidad.

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        Impaciencia

          Soy un viajero que tiene prisa
          De partir.
          Soy un alma impaciente e insumisa
          Que se quiere ir.
          Soy un ala que trémula verbero...
          ¿Cuándo vas, oh Destino, a quitar
          De mi pie tu grillete de acero
          Y —¡por fin!— a dejarme volar?

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        Impotencia

          Señor, piedad de mí porque no puedo
          Consolarme... Lo intento, mas en vano.
          Me sometí a tu ley porque eras fuerte:
          ¡El fuerte de los fuertes!... Pero acaso
          Es mi resignación sólo impotencia
          De vencer a la Muerte, cuyo ácido
          Ósculo corrosivo,
          Royendo el corazón que me amó tanto,
          Royó también mi voluntad de acero...
          ¡La Muerte era titánica; yo, átomo!

          Señor, no puedo resignarme, no!
          ¡Si te digo que ya estoy resignado,
          Y si murmuro fiat voluntas tua,
          Miento, y mentir a Dios es insensato!

          ¡Ten piedad de mi absurda rebeldía!
          ¡Que te venza, Señor, mi viril llanto!
          ¡Que conculque tu ley tu piedad misma!...
          Y revive a mi muerta como a Lázaro
          O vuélveme fantasma como a ella,
          Para entrar por las puertas del Arcano
          Y buscar en el mundo de las sombras
          El deleite invisible de sus brazos.

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        Incoherencias

          Para José I. Bandera.

          Yo tuve un ideal, ¿en dónde se halla?
          Albergué una virtud, ¿por qué se ha ido?
          Fui templado, ¿dó está mi recia malla?
          ¿En qué campo sangriento de batalla
          Me dejaron así, triste y vencido?

          ¡Oh, Progreso, eres luz! ¿Por qué no llena
          Tu fulgor mi conciencia? Tengo miedo
          A la duda terrible que envenena,
          Y que miras rodar sobre la arena
          ¡Y, cual hosca vestal, bajas el dedo!

          ¡Oh, siglo decadente, que te jactas
          De poseer la verdad!, tú que haces gala
          De que con Dios y con la muerte pactas,
          Devuélveme mi fe, yo soy un Chactas
          Que acaricia el cadáver de su Atala.

          Amaba y me decías: "analiza",
          Y murió mi pasión; luchaba fiero
          Con Jesús por coraza, triza a triza,
          El filo penetrante de tu acero.

          ¡Tengo sed de saber y no me enseñas;
          Tengo sed de avanzar y no me ayudas;
          Tengo sed de creer y me despeñas
          En el mar de teorías en que sueñas
          Hallar las soluciones de tus dudas!

          Y caigo, bien lo ves, y ya no puedo
          Batallar sin amor, sin fe serena
          Que ilumine mi ruta, y tengo miedo
          ¡Acógeme, por Dios! Levanta el dedo,
          Vestal, ¡que no me maten en la arena!

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        Indestructible

          Bien ves, si me estás mirando,
          Que desde que te perdí,
          Mi vida se va pasando
          Piadosamente pensando
          En ti;

          Que incólume, sin desgaste,
          ¡Oh Ideal!, has de vivir
          En el alma en que anidaste,
          Y que lo que edificaste
          Ni Dios lo querrá destruir.

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        Ingenuas

          Homenaje a Espronceda
          Leído en la velada que el Ateneo de Madrid le consagró con motivo de su centenario.

          Al admirable poeta de "Las Ingenuas", Luis G. Urbina

          I

          Yo tuve una prima
          Como un lirio bella,
          Como un mirlo alegre,
          Como un alba fresca,
          Rubia como una
          Mañana abrileña.

          Amaba los versos aquella rapaza
          Con predilecciones a su edad ajenas.
          La música augusta del ritmo cantaba
          Dentro de su espíritu como ignota orquesta;
          Todo lo que un astro le dice a otro astro,
          Todo lo que el cielo le dice a la tierra,
          Todo lo que el alma pregunta a la Esfinge,
          Todo lo que al alma la Esfinge contesta.

          Pobre prima rubia,
          Pobre prima buena;
          Hace muchos años que duerme ese sueño
          Del que ni los pájaros, alegres como ella,
          Ni el viento que pasa, ni el agua que corre,
          Ni el sol que derrocha vida, la recuerdan.

          Yo suelo, en los días
          De la primavera,
          Llevar a su tumba
          Versos y violetas;
          Versos y violetas, ¡lo que más amaba!

          En torno a su losa riego las primeras,
          Luego las estrofas recito que antaño
          Su deleite eran:
          Las más pensativas, las más misteriosas,
          Las más insinuantes, las que son más tiernas;
          Las que en sus pestañas, como en blonda de oro,
          Ponían las joyas de lágrimas, trémulas,
          Con diafanidades de beril hialino
          Y oriente de perlas.

          Se las digo bajo, bajito, inclinándome
          Hacia donde yace, por que las entienda.
          Pobre prima rubia, ¡pero no responde!
          Pobre prima rubia, ¡pero no despierta!

          II

          Cierto día, una joven condiscípula,
          Con mucho sigilo le prestó en la escuela
          Un libro de versos musicales, hondos.
          ¡Eran los divinos versos de Espronceda!

          Se los llevó a casa bajo el chal ocultos,
          Y los escondimos, con sutil cautela,
          Del padre y la madre, y hasta de su sombra;
          De la anciana tía, devota e ingenua,
          Que sólo gustaba de jaculatorias
          Y sólo entendía los versos de Trueba.

          En aquellas tardes embermejecidas
          Por conflagraciones de luz, en que bregan
          Gigánticamente monstruos imprecisos
          Del Apocalipsis o de las leyendas;
          De aquellas tardes que fingen catástrofes;
          En aquellas tardes en que el iris vuelca
          Todos sus colores, en que el sol vacía
          Toda su escarcela;
          En aquellas tardes del trópico, juntos
          Los dos, en discreto rincón de la huerta,
          Bajo de la trémula hospitalidad
          De nuestras palmeras,
          A furto de extraños, vibrantes leíamos
          El Canto a Teresa.

          ¡Qué revelaciones nos hizo ese canto!
          Todas las angustias, todas las tristezas,
          Todo lo insondable del amor, y todo
          Lo desesperante de las infidencias:
          Todo el doloroso mundo que gravita
          Sobre el alma esclava que amó quimeras,
          Del que puso estrellas en la frente amada,
          Y al tornar a casa ya no encontró estrellas.

          Todo el ansia loca de adorar en vano
          Tan sólo a una sombra, tan sólo a una muerta;
          Todos los despechos y las ironías
          Del que se revuelca
          En zarzal de dudas y de escepticismos;
          Todos los sarcasmos y las impotencias.

          III

          Y después, aquellas ágiles canciones
          De prosodia alada, de gracia ligera,
          Que apenas si tocan el polvo del mundo
          Con la orla de oro del brial de seda;
          Que, como el albatros, se duermen volando
          Que, como el albatros, volando despiertan:

          La ideal canción del bravo Pirata
          Que iba viento en popa, que iba a toda vela,
          Y a quien por los mares nuestros pensamientos,
          Como dos gaviotas, seguían de cerca;

          Y la del Mendigo, cínico y osado,
          Y la del Cosaco del Desierto, bélica,
          Bárbara, erizada de ferrados hurras,
          Que al oído suenan
          Como los tropeles de potros indómitos
          Con jinetes rubios, sobre las estepas...

          Pasaba don Félix, el de Montemar,
          Con una aureola roja en su cabeza,
          Satánico, altivo; luego, doña Elvira,
          "Que murió de amor", en lirios envuelta.
          ¡Con cuántos prestigios de la fantasía
          Ante nuestros ojos se alejaba tétrica!

          Y el Reo de muerte que el fatal instante,
          Frente a un crucifijo, silencioso espera;
          Y aquella Jarifa, cuya mano pálida
          La frente ardorosa del bardo refresca.

          Poco de su Diablo Mundo comprendíamos;
          Pero adivinábamos, como entre una niebla,
          Símbolos enormes y filosofías
          Que su Adán desnudo se llevaba a cuestas

          IV

          ¡Oh mi gran poeta de los ojos negros!,
          ¡Oh mi gran poeta de la gran melena!,
          ¡Oh mi gran poeta de la frente vasta
          Cual limpio horizonte!, ¡oh mi gran poeta!

          Te debo las horas más inolvidables;
          Y un día leyendo tu Canto a Teresa.,
          Muy juntos los ojos, muy juntos los labios,
          Te debí también, cual Paolo a Francesca,
          Un beso, el más grande que he dado en mi vida;
          Un beso, más dulce que miel sobre hojuelas;
          ¡Un beso florido que envolvió en perfumes
          Toda mi existencia!

          Un beso que, siento, eternizaría
          Del duro Gianciotti la daga violenta,
          Para que en la turba de almas infernales,
          Como en la terrible página dantesca,
          Fuera resonando por los anchos limbos,
          Fuera restallando por la noche inmensa,
          Y uniendo por siempre mi boca golosa
          Con la boca de ella!

          V

          ¡Oh, mi gran poeta de los ojos negros!
          ¡Quién hubiera dicho que yo te trajera,
          Como pobre pago de los inefables
          Éxtasis de entonces, esta humilde ofrenda!...
          ¡Oh, gallardo príncipe de la poesía!
          Pero tú recíbela con la gentileza
          De un Midas que en oro todo lo transmuta;
          En claros diamantes mi abalorio trueca,
          Y en los viles cobres de mis estrofillas,
          Para acaudalarlos, engasta tus gemas.
          Así tu memoria por los siglos dure,
          ¡Oh, mi gran poeta de la gran melena!,
          ¡Oh, mi gran poeta de los ojos negros!
          ¡Oh, mi gran poeta!

        Arriba

        Inmortalidad

          No, no fue tan efímera la historia
          De nuestro amor: entre los folios tersos
          Del libro virginal de tu memoria,
          Como pétalo azul está la gloria
          Doliente, noble y casta de mis versos.

          No puedes olvidarme: te condeno
          A un recuerdo tenaz. Mi amor ha sido
          Lo más alto en tu vida, lo más bueno;
          Y sólo entre los légamos y el cieno
          Surge el pálido loto del olvido.

          Me verás dondequiera: en el incierto
          Anochecer, en la alborada rubia,
          Y cuando hagas labor en el desierto
          Corredor, mientras tiemblan en tu huerto
          Los monótonos hilos de la lluvia.

          ¡Y habrás de recordar! Esa es la herencia
          Que te da mi dolor, que nada ensalma.
          ¡Seré cumbre de luz en tu existencia,
          Y un reproche inefable en tu conciencia
          Y una estela inmortal dentro de tu alma!

        Arriba

        Introito

          ¡Oh, las rojas iniciales
          Que ornáis las salmos triunfales
          En breviarios y misales!

          ¡Oh, casullas que al reflejo
          De los cirios, en cortejo
          Vais mostrando el oro viejo!

          ¡Oh, vitrales polícromos
          Fileteados de plomos,
          Que brilláis bajo los domos!

          ¡Oh, custodias rutilantes,
          Con topacios y diamantes!
          ¡Oh, copones rebosantes!

          ¡Oh, Dies irae tenebroso!
          ¡Oh, Miserere lloroso!
          ¡Oh, Tedeum glorioso!

          Me perseguís cuando duermo,
          Merodeáis si despierto...
          Tenéis mi espíritu yermo,
          Muy enfermo... muy enfermo...
          Casi muerto... casi muerto...

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        Jaculatoria en la nieve

          ¡Qué milagrosa es la Naturaleza!
          Pues, ¿no da luz la nieve? Inmaculada
          Y misteriosa, trémula y callada,
          Paréceme que mudamente reza
          Al caer... ¡Oh nevada!:
          Tu ingrávida y glacial eucaristía
          Hoy del pecado de vivir me absuelva
          Y haga que, como tú, mi alma se vuelva
          Fúlgida, blanca, silenciosa y fría.

        Arriba

        Jesús

          Jesús no vino al mundo de los cielos.
          Vino del propio fondo de las almas;
          De donde anida el yo: de las regiones
          Internas del Espíritu.

          ¿Por qué buscarle encima de las nubes?
          Las nubes no son el trono de los dioses.
          ¿Por qué buscarle en los candentes astros?
          Llamas son como el sol que nos alumbra,
          Orbes, de gases inflamados llamas
          No más. ¿Por qué buscarle en los planetas?
          Globos son como el nuestro, iluminados
          Por una estrella en cuyo torno giran.

          Jesús vino de donde
          Vienen los pensamientos más profundos
          Y el más remoto instinto.
          No descendió: emergió del océano
          Sin fin del subconsciente;
          Volvió a él, y ahí está, sereno y puro.
          Era y es un eón. El que se adentra
          Osado en el abismo
          Sin playas de sí mismo,
          Con la luz del amor, ese le encuentra.

        Arriba

        Kalpa

          -¿Queréis que todo esto vuelva a empezar?
          -Sí -responden a coro.
          Also Sprach Zarathustra.

          En todas las eternidades
          Que a nuestro mundo precedieron,
          ¿Cómo negar que ya existieron
          Planetas con humanidades?

          Y hubo Homeros que describieron
          Las primeras heroicidades,
          Y hubo Shakespeares que ahondar supieron
          Del alma en las profundidades.

          Serpiente que muerdes tu cola,
          Inflexible círculo, bola
          Negra, que giras sin cesar,

          Refrán monótono del mismo
          Canto, marea del abismo,
          ¿Sois cuento de nunca acabar?

        Arriba

        La bella del bosque durmiente

          Tu amada muerta es como una princesa que duerme.

          Su alma, en un total olvido de sí misma, flota en la noche.

          Mas si tú persistes en quererla,

          Un día esta persistencia de tu amor la recordará.

          Su espíritu tornará a la conciencia de su ser, y sentirás en lo íntimo de tu cerebro el suave latido de su despertar y el influjo inconfundible de su vieja ternura que vuelve...

          Comprenderás entonces, merced a estos signos misteriosos, que una vez más el amor ha vencido a la muerte.

        Arriba

        La bruma

          La bruma es el ensueño del agua, que se esfuma
          En leve gris. ¡Tú ignoras la esencia de la Bruma!
          La Bruma es el ensueño del agua, y en su empeño
          De inmaterializarse lo vuelve todo ensueño.
          A través de su velo mirífico, parece
          Como que la materia brutal se desvanece:
          La torre es un fantasma de vaguedad que pasma,
          Todo, en su blonda envuelto, se convierte en fantasma,
          Y el mismo hombre que cruza por su zona quieta
          Se convierte en fantasma, es decir, en silueta.
          La Bruma es el ensueño del agua, que se esfuma
          En leve gris. ¡Tú ignoras la esencia de la Bruma,
          De la Bruma que sueña con la aurora lejana!
          Y yo dije: —¡Ensalcemos a Dios, oh Bruma hermana!

        Arriba

        La canción de la flor de mayo

            Flor de mayo como un rayo
            De la tarde se moría
            Yo te quise, flor de mayo,
            Tú lo sabes; ¡pero Dios no lo quería!

            Las olas vienen, las olas van,
            Cantando vienen, cantando irán.

            Flor de mayo ni se viste
            Ni se alahaja ni atavía;
            ¡Flor de Mayo está muy triste!
            ¡Pobrecita, pobrecita vida mía!

            Cada estrella que palpita,
            Desde el cielo le habla así:
            "Ven conmigo, Florecita,
            Brillarás en la extensión igual a mí".

            Flor de mayo, con desmayo,
            Le responde: "¡Pronto iré!".

            Se nos muere flor de mayo,
            ¡Flor de Mayo, la elegida, se nos fue!

            Las olas vienen, las olas van,
            Cantando vienen, llorando irán

            "¡No me dejes!" yo le grito:
            "¡No te vayas, dueño mío,
            El espacio es infinito
            Y es muy negro y hace frío, mucho frío!"

            Sin curarse de mi empeño,
            Flor de mayo se alejó,
            Y en la noche, como un sueño
            Misteriosamente triste se perdió.

            Las olas vienen, las olas van,
            Cantando vienen, ¡ay, cómo irán!

            Al amparo de mi huerto
            Una sola flor crecía:
            Flor de mayo, y se me ha muerto
            Yo la quise, ¡pero Dios no lo quería!

          Arriba

          La cita

            Llamaron quedo, muy quedo,
            A la puerta de tu casa...
            Villaespesa

            ¿Has escuchado?
            Tocan la puerta...
            —La fiebre te hace
            Desvariar.
            —Estoy citado
            Con una muerta,
            Y un día de estos ha de llamar...
            Llevarme pronto me ha prometido;
            A su promesa no ha de faltar...
            Tocan la puerta. Qué, ¿no has oído?
            —La fiebre te hace desvariar.

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          La nieve

            Yo soy la movediza perenne; nunca dura
            En mi una forma; pronto mi ser se transfigura,
            Y ya entre guijas de ónix cantando peregrino,
            Ya en témpanos helados detengo mi camino,
            Ya vuelo por los aires trocándome en vapores,
            Ya soy iris en polvo de todos los colores,
            O rocío que asciende, o aguacero que llueve...
            Mas Dios también me ha dado la albura de la nieve,
            La albura de la nieve enigmática y fría
            Que cae de los cielos como una eucaristía,
            Que por los puntiagudos techos resbala leda
            Y que cuando la pisan cruje como la seda.

            Cayendo silenciosa, de blanco al mundo arropo.
            Subí, vapor, a lo alto, desciendo al suelo, copo;
            Subí gris de los lagos que la quietud estanca,
            Y bajo blanca al mundo... ¡Oh qué bello es ser blanca!

            ¿Por qué soy blanca? En premio al sacrificio mío,
            Porque tirito para que nadie tenga frío,
            Porque mi lino todos los fríos almacena
            ¡Y dios me torna blanca por haber sido buena!
            ¿Verdad que es llevadera la palma del martirio
            Así? Yo caigo como los pétalos de un lirio
            De lo alto, y no pudiendo cantar mi canción pura
            Con murmurios de linfa, la canto con blancura.

            La blancura es el himno más hermoso y más santo;
            Ser blanca es orar; siendo yo, pues, blanca, oro y canto.
            Ser luminosa es otro de los cantos mejores:
            ¿No ves que las estrellas salmodian con fulgores?
            Por eso el rey poeta dijo en himno de amor:
            "El firmamento narra la gloria del Señor".

            Se tú como la Nieve que inmaculada llueve

            Y yo clamé: —¡Alabemos a Dios, hermana Nieve!

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          La puerta

            Por esa puerta huyo, diciendo: "¡Nunca!"
            Por esa puerta ha de volver un día
            Al cerrar esa puerta, dejo trunca
            La hebra de oro de la esperanza mía.
            Por esa puerta ha de volver un día.

            Cada vez que el impulso de la brisa,
            Como una mano débil, indecisa,
            Levemente sacude la vidriera
            Palpita más aprisa, más aprisa
            Mi corazón cobarde que la espera.

            Desde mi mesa de trabajo veo
            La puerta con que sueñan mis antojos,
            Y acecha agazapado mi deseo
            En el trémulo fondo de sus ojos.

            ¿Por cuánto tiempo, solitario, esquivo
            He de aguardar con la mirada incierta
            A que Dios me devuelva compasivo
            A la mujer que huyó por esa puerta?

            ¿Cuándo habrán de temblar esos cristales
            Empujados por sus manos ducales
            Y, con su beso ha de llegarme ella
            Cual me llega en las noches invernales
            El ósculo piadoso de una estrella?

            ¡Oh, Señor!, ya la pálida esta alerta:
            ¡Oh, Señor!, ¡cae la tarde ya en mi vía
            Y se congela mi esperanza yerta!
            ¡Oh, Señor!, ¡haz que se abra al fin la puerta
            Y entre por ella la adorada mía!
            ¡Por esa puerta ha de volver un día!

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          La raza de bronce

            I

            Señor, deja que diga la gloria de tu raza,
            La gloria de los hombres de bronce, cuya maza
            Melló de tantos yelmos y escudos la osadía:
            ¡Oh caballeros tigres!, ¡oh caballeros leones!,
            ¡Oh! caballeros águilas!, ¡os traigo mis canciones;
            ¡Oh enorme raza muerta!, te traigo mi elegía.

            II

            Aquella tarde, en el Poniente augusto,
            El crepúsculo audaz era en una pira
            Como de algún atrida o de algún justo;
            Llamarada de luz o de mentira
            Que incendiaba el espacio, y parecía
            Que el sol al estrellar sobre la cumbre
            Su mole vibradora de centellas,
            Se trocaba en mil átomos de lumbre,
            Y esos átomos eran las estrellas.

            Yo estaba solo en la quietud divina
            Del Valle. ¿Solo? ¡No! La estatua fiera
            Del héroe Cuauhtémoc, la que culmina
            Disparando su dardo a la pradera,
            Bajo del palio de pompa vespertina
            Era mi hermana y mi custodio era.

            Cuando vino la noche misteriosa
            —Jardín azul de margaritas de oro—
            Y calló todo ser y toda cosa,
            Cuatro sombras llegaron a mí en coro;
            Cuando vino la noche misteriosa
            —Jardín azul de margaritas de oro—.

            Llevaban una túnica espledente,
            Y eran tan luminosamente bellas
            Sus carnes, y tan fúlgida su frente,
            Que prolongaban para mí el Poniente
            Y eclipsaban la luz de las estrellas.

            Eran cuatro fantasmas, todos hechos
            De firmeza, y los cuatro eran colosos
            Y fingían estatuas, y sus pechos
            Radiaban como bronces luminosos.

            Y los cuatro entonaron almo coro...
            Callaba todo ser y toda cosa;
            Y arriba era la noche misteriosa
            Jardín azul de margaritas de oro.

            III

            Ante aquella visión que asusta y pasma,
            Yo, como Hamlet, mi doliente hermano,
            Tuve valor e interrogué al fantasma;
            Mas mi espada temblaba entre mi mano.

            —¿Quién sois vosotros, exclamé, que en presto
            Giro bajáis al Valle mexicano?
            Tuve valor para decirles esto;
            Mas mi espada temblaba entre mi mano.

            —¿Qué abismo os engendró? ¿De qué funesto
            Limbo surgís? ¿Sois seres, humo vano?
            Tuve valor para decirles esto;
            Mas mi espada temblaba entre mi mano.

            —Responded, continué. Miradme enhiesto
            Y altivo y burlador ante el arcano.
            Tuve valor para decirles esto;
            ¡Mas mi espada temblaba entre mi mano...!

            IV

            Y un espectro de aquéllos, con asombros
            Vi que vino hacia mí, lento y sin ira,
            Y llevaba una piel sobre los hombros
            Y en las pálidas manos una lira;
            Y me dijo con voces resonantes
            Y en una lengua rítmica que entonces
            Comprendí: —"¿Que quiénes somos? Los gigantes
            De una raza magnífica de bronces.

            "Yo me llamé Netzahualcóyotl y era
            Rey de Texcoco; tras de lid artera,
            Fui despojado de mi reino un día,
            Y en las selvas erré como alimaña,
            Y el barranco y la cueva y la montaña
            Me enseñaron su augusta poesía.

            "Torné después a mi sitial de plumas,
            Y fui sabio y fui bueno; entre las brumas
            Del paganismo adiviné al Dios Santo;
            Le erigí una pirámide, y en ella,
            Siempre al fulgor de la primera estrella
            T al son del Huéhuetl, le elevé mi canto."

            V

            Y otro espectro acercóse; en su derecha
            Levaba una macana, y una fina
            Saeta en su carcaje, de ónix hecha;
            Coronaban su testa plumas bellas,
            Y me dijo: —"Yo soy Ilhuicamina,
            Sagitario del éter, y mi flecha
            Traspasa el corazón de las estrellas.

            "Yo hice grande la raza de los lagos,
            Yo llevé la conquista y los estragos
            A vastas tierras de la patria andina,
            Y al tornar de mis bélicas porfías
            Traje pieles de tigre, pedrerías
            Y oro en polvo... ¡Yo soy Ilhuicamina!"

            VI

            Y otro espectro me dijo: —"En nuestros cielos
            Las águilas y yo fuimos gemelos:
            ¡Soy Cuauhtémoc! Luchando sin desmayo
            Caí... ¡porque Dios quiso que cayera!
            Mas caí como águila altanera:
            Viendo al sol, y apedreada por el rayo.

            "El español martirizó mi planta
            Sin lograr arrancar de mi garganta
            Ni un grito, y cuando el rey mi compañero
            Temblaba entre las llamas del brasero:
            —¿Estoy yo, por ventura, en un deleite?,
            Le dije, y continué, sañudo y fiero,
            Mirando hervir mis pies en el aceite..."

            VII

            Y el fantasma postrer llegó a mi lado:
            No venía del fondo del pasado
            Como los otros; mas del bronce mismo
            Era su pecho, y en sus negros ojos
            Fulguraba, en vez de ímpetus y arrojos,
            La tranquila frialdad del heroísmo.

            Y parecióme que aquel hombre era
            Sereno como el cielo en primavera
            Y glacial como cima que acoraza
            La nieve, y que su sino fue, en la Historia,
            Tender puentes de bronce entre la gloria
            De la raza de ayer y nuestra raza.

            Miróme con su límpida mirada,
            Y yo le vi sin preguntarle nada.
            Todo estaba en su enorme frente escrito:
            La hermosa obstinación de los castores,
            La paciencia divina de las flores
            Y la heroica dureza del granito...

            ¡Eras tú, mi Señor; tú que soñando
            Estás en el panteón de San Fernando
            Bajo el dórico abrigo en que reposas;
            Eras tú, que en tu sueño peregrino,
            Ves marchar a la Patria en su camino
            Rimando risas y regando rosas!

            Eras tú, y a tus pies cayendo al verte:
            —Padre, te murmuré, quiero ser fuerte:
            Dame tu fe, tu obstinación extraña;
            Quiero ser como tú, firme y sereno;
            Quiero ser como tú, paciente y bueno;
            Quiero ser como tú, nieve y montaña.
            Soy una chispa; ¡enséñame a ser lumbre!
            Soy un guijarro; ¡enséñame a ser cumbre!
            Soy una linfa: ¡enséñame a ser río!
            Soy un harapo: ¡enséñame a ser gala!
            Soy una pluma: ¡enséñame a ser ala,
            Y que Dios te bendiga, padre mío!.

            VIII

            Y hablaron tus labios, tus labios benditos,
            Y así respondieron a todos mis gritos,
            A todas mis ansias: —"No hay nada pequeño,
            Ni el mar ni el guijarro, ni el sol ni la rosa,
            Con tal de que el sueño, visión misteriosa,
            Le preste sus nimbos, ¡y tú eres el sueño!

            "Amar, ¡eso es todo!; querer, ¡todo es eso!
            Los mundos brotaron el eco de un beso,
            Y un beso es el astro, y un beso es el rayo,
            Y un beso la tarde, y un beso la aurora,
            Y un beso los trinos del ave canora
            Que glosa las fiestas divinas de Mayo.

            "Yo quise a la Patria por débil y mustia,
            La Patria me quiso con toda su angustia,
            Y entonces nos dimos los dos un gran beso;
            Los besos de amores son siempre fecundos;
            Un beso de amores ha creado los mundos;
            Amar... ¡eso es todo!; querer... ¡todo es eso!"

            Así me dijeron tus labios benditos,
            Así respondieron a todos mis gritos,
            A todas mis ansias y eternos anhelos.
            Después, los fantasmas volaron en coro,
            Y arriba los astros —poetas de oro—
            Pulsaban la lira de azur de los cielos.

            IX

            Mas al irte, Señor, hacia el ribazo
            Donde moran las sombras, un gran lazo
            Dejabas, que te unía con los tuyos,
            Un lazo entre la tierra y el arcano,
            Y ese lazo era otro indio: Altamirano;
            Bronce también, mas bronce con arrullos.

            Nos le diste en herencia, y luego, Juárez,
            Te arropaste en las noches tutelares
            Con tus amigos pálidos; entonces,
            Comprendiendo lo eterno de tu ausencia,
            Repitieron mi labio y mi conciencia:
            —Señor, alma de luz, cuerpo de bronce.
            Soy una chispa; ¡enséñame a ser lumbre!
            Soy un guijarro; ¡enséñame a ser cumbre!
            Soy una linfa: ¡enséñame a ser río!
            Soy un harapo: ¡enséñame a ser gala!
            Soy una pluma: ¡enséñame a ser ala,
            Y que Dios te bendiga, padre mío!.

            Tú escuchaste mi grito, sonreíste
            Y en la sombra infinita te perdiste
            Cantando con los otros almo coro.

            Callaba todo ser y toda cosa;
            Y arriba era la noche misteriosa
            Jardín azul de margaritas de oro...

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          La santidad de la muerte

            La santidad de la muerte
            Llenó de paz tu semblante,
            Y yo no puedo ya verte
            De mi memoria delante,
            Sino en el sosiego inerte
            Y glacial de aquel instante.

            En el ataúd exiguo,
            De ceras a la luz fatua,
            Tenía tu rostro ambiguo
            Quietud augusta de estatua
            En un sarcófago antiguo.

            Quietud con yo no sé qué
            De dulce y meditativo;
            Majestad de lo que fue;
            Reposo definitivo
            De quien ya sabe el porqué.

            Placidez, honda, sumisa
            A la ley; y en la gentil
            Boca breve, una sonrisa
            Enigmática, sutil,
            Iluminando indecisa
            La tez color de marfil.

            A pesar de tanta pena
            Como desde entonces siento,
            Aquella visión me llena
            De blando recogimiento
            Y unción..., como cuando suena
            La esquila de algún convento
            En una tarde serena...

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          La sombra del ala

            Tú que piensas que no creo
            Cuando argüimos los dos,
            No imaginas mi deseo,
            Mi sed, mi hambre de Dios;

            Ni has escuchado mi grito
            Desesperante, que puebla
            La entraña de la tiniebla
            Invocando al Infinito;
            Ni ves a mi pensamiento,
            Que empañado en producir
            Ideal, suele sufrir
            Torturas de alumbramiento.

            Si mi espíritu infecundo
            Tu fertilidad tuviese,
            Forjado ya un cielo hubiese
            Para completar su mundo.

            Pero di, qué esfuerzo cabe
            En un alma sin bandera
            Que lleva por dondequiera
            Tu torturador quién sabe;

            Que vive ayuna de fe
            Y, con tenaz heroísmo,
            Va pidiendo a cada abismo
            Y a cada noche un porqué.

            De todas suertes, me escuda
            Mi sed de investigación,
            Mi ansia de Dios, honda y muda;
            Y hay más amor en mi duda
            Que en tu tibia afirmación.

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          Las voces del agua

            —Mi gota busca entrañas de roca y las perfora.
            —En mi flota el aceite que en los santuarios vela.
            —Por mi raya el milagro de la locomotora
            La pauta de los rieles. —Yo pinto la acuarela.
            —Mi bruma y tus recuerdos son por extraño modo
            Gemelos; ¿no ves como lo divinizan todo?
            —Yo presto vibraciones de flautas prodigiosas
            Al cristal de los vasos. —Soy triaca y enfermera
            En las modernas clínicas. —Y yo, sobre las rosas
            Turiferario santo del alba en primavera.
            —Soy pródiga de fuerza motriz en mi caída.
            —Yo escarcho los ramajes. —Yo en tiempos muy remotos
            Dí un canto a las sirenas. —Yo, cuando estoy dormida,
            Sueño sueños azules, y esos sueños son lotos.
            —Poeta, que por gracia del cielo nos conoces,
            ¿No cantas con nosotras?
            —¡Sí canto, hermanas voces!

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          Le trou noir

            Y todos los modernos sobreentienden,
            Quienes más, quienes menos,
            Esa inmortalidad del otro lado
            Del agujero negro.
            Flaubert: Correspondence

            ¡Para el que sufre como yo he sufrido,
            Para el cansado corazón ya huérfano,
            Para el triste ya inerme ante la vida,
            Bendito agujero negro!

            ¡Para el que pierde lo que yo he perdido
            (Luz de su luz y hueso de sus huesos),
            Para el que ni recobra ya ni olvida,
            Bendito agujero negro!

            ¡Agujero sin límites, gigante
            Y medroso agujero,
            Cómo intriga a los tontos y a los sabios
            La insondabilidad de tu misterio!

            ¡Mas si hay alma, he de hallar la suya errante;
            Si no, en la misma nada fundiremos
            Nuestras áridas bocas, ya sin labios,
            En tu regazo, fúnebre agujero!

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          Lejanía

            ¡Parece mentira que hayas existido!
            Te veo tan lejos...
            Tu mirada, tu voz, tu sonrisa,
            Me llegan al fondo de un pasado inmenso...

            Eras más sutil
            Que mi propio ensueño;
            Eres el fantasma de un fantasma,
            Eres el espectro de un espectro...
            Para reconstruir tu imagen remota
            He menester ya de un enorme esfuerzo.

            ¿De veras me quisiste? ¿De veras me besabas?
            ¿De veras recorrías la casa, hoy en silencio?
            ¿De veras, en diez años, tu cabecita rubia
            Reposó por las noches, confiada en mi pecho?

            ¡Ay qué perspectivas esas de la muerte!
            ¡Qué horizontes tan bellos!
            ¡Cuál os divinizan, oh difuntas jóvenes,
            Con sus lejanías llenas de misterio!
            ¡Qué consagraciones tan definitivas
            Las que da el Silencio!...
            ¡Cuál os vuelve míticas, casi fabulosas!
            ¡Qué tristes mujeres de carne y de hueso,
            Con sus pobres encantos efímeros,
            Podrían venceros?

            Tenéis un augusto prestigio de estatua,
            Y por un fenómeno de rareza lleno,
            Mientras más distantes, más imperiosas
            Vais agigantándoos en el pensamiento.

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          Libros

            Libros, urnas de ideas;
            Libros, arcas de ensueño;
            Libros, flor de la vida
            Consciente, cofres místicos
            Que custodiáis el pensamiento humano;
            Nidos trémulos de alas poderosas,
            Audaces e invisibles;
            Atmósferas del alma;
            Intimidad celeste y escondida
            De los altos espíritus.

            Libros, hojas del árbol de la ciencia;
            Libros, espigas de oro
            Que fecundara el verbo desde el caos;
            Libros en que ya empieza desde el tiempo,
            Libros (los del poeta)
            Que estáis, como los bosques,
            Poblados de gorjeos, de perfumes,
            Rumor de frondas y correr de agua;
            Que estáis llenos, como las catedrales,
            De símbolos, de dioses y de arcanos.

            Libros, depositarios de la herencia
            Misma del universo;
            Antorchas en que arden
            Las ideas eternas e inexhaustas;
            Cajas sonoras donde custodiados
            Están todos los ritmos
            Que en la infancia del mundo
            Las musas revelaron a los hombres.

            Libros, que sois un ala (amor la otra)
            De las dos que el anhelo necesita
            Para llegar a la Verdad sin mancha.

            Libros, ¡ay!, sin los cuales
            No podemos vivir: sed siempre, siempre,
            Los tácitos amigos de mis días.

            Y vosotros, aquellos que me disteis
            El consuelo y la luz de los filósofos,
            Las excelsas doctrinas
            Que son salud y vida y esperanzas,
            Servidle de piadosos cabezales
            A mi sueño en la noche que se acerca.

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          ¿Llorar? ¿Por qué?

            Este es el libro de mi dolor:
            Lágrima a lágrima lo formé;
            Una vez hecho, te juro, por
            Cristo, que nunca más lloraré.
            ¿Llorar? ¿Por qué?

            Serán mis rimas como el rielar
            De una luz íntima, que dejaré
            En cada verso; pero llorar,
            ¡Eso ya nunca! ¿Por quién? ¿Por qué?

            Serán un plácido florilegio
            Un haz de notas que regaré
            Y habrá una risa por cada arpegio,
            ¿Pero una lágrima? ¡Qué sacrilegio!
            Eso ya nunca. ¿Por quién? ¿Por qué?

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          Lo más inmaterial

            Me dejaste —como ibas de pasada—
            Lo más inmaterial que es tu mirada.

            Yo te dejé —como iba tan de prisa—
            Lo más inmaterial, que es mi sonrisa.

            Pero entre tu mirada y mi risueño
            Rostro quedó flotando el mismo sueño.

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          Los héroes niños de Chapultepec

            —Como renuevos cuyos aliños
            Un cierzo helado destruye en flor
            Así cayeron los héroes niños
            Ante las balas del invasor.

            —Fugaz como un sueño, el plazo
            Fue, de su infancia ideal;
            Mas los durmió en su regazo
            La Gloria, madre inmortal.

            Pronto la patria querida
            Sus vidas necesitó,
            Y uno tras otro la vida
            Sonriendo le entregó.

            En la risueña colina
            Del Bosque, uno de otro en pos
            Cayeron, con la divina
            Majestad de un joven dios.

            ¿Quién, después que de tan pía
            Oblación contar oyó,
            A la Patria negaría
            La sangre que ella le dio?

            Niñez que hallaste un calvario
            De la vida en el albor:
            Que te sirva de sudario
            La bandera tricolor.

            Y que canten tus hazañas
            Cielo y tierra sin cesar,
            El cóndor de las montañas
            Y las ondas de la mar...

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          Los muertos

            El paraíso existe;
            Pero no es un lugar (cual la creencia
            Común pretende) tras el hosco y triste
            Bregar del mundo; el paraíso existe;
            Pero es sólo un estado de conciencia.

            Los muertos no se van a parte alguna,
            No emprenden al azul remotos viajes,
            Ni anidan en los cándidos celajes,
            Ni tiemblan en los rayos de la luna...

            Son voluntades lúcidas, atentos
            Y alados pensamientos
            Que flotan en redor, como diluidos
            En la sombra; son límpidos intentos
            De servirnos en todos los momentos;
            Son amores custodios, escondidos.

            Son númenes propicios que se escudan
            En el arcano, mas que no se mudan
            Para nosotros; que obran en las cosas
            Por nuestro bien; son fuerzas misteriosas,
            Que, si las invocamos, nos ayudan.

            ¡Feliz quien a su lado
            Tiene el alma de un muerto idolatrado
            Y en las angustias del camino siente
            Sutil, mansa, impalpable, la delicia
            De su santa caricia,
            Como un soplo de paz sobre la frente!

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          Lux perpetua

            Si ha de ser condición de mi dicha el olvido
            De ti, quiero estar triste siempre (como he vivido).
            Prefiero la existencia más árida y doliente
            Al innoble consuelo de olvidar a mi ausente.

            Por lo demás, ¡qué tengo sin ti de cosa propia,
            Que me halague o sonría en esta clara inopia,
            Ni qué luz en mis noches me quedará si pierdo
            También la lamparita cordial de tu recuerdo!

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          Madrigal

            Por tus ojos verdes yo me perdería,
            Sirena de aquellas que Ulises, sagaz,
            Amaba y temía.
            Por tus ojos verdes yo me perdería.

            Por tus ojos verdes en lo que, fugaz,
            Brillar suele, a veces, la melancolía;
            Por tus ojos verdes tan llenos de paz,
            Misteriosos como la esperanza mía;
            Por tus ojos verdes, conjuro eficaz,
            Yo me salvaría.

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          Más yo que yo mismo

            ¡Oh, vida mía, vida mía!,
            Agonicé con tu agonía
            Y con tu muerte me morí.
            ¡De tal manera te quería,
            Que estar sin ti es estar sin mí!

            Faro de mi devoción,
            Perenne cual mi aflicción
            Es tu memoria bendita.
            ¡Dulce y santa lamparita
            Dentro de mi corazón!

            Luz que alumbra mi pesar
            Desde que tú te partiste
            Y hasta el fin lo ha de alumbrar,
            Que si me dejaste triste,
            Triste me habrás de encontrar.

            Y al abatir mi cabeza,
            Ya para siempre jamás,
            El mal que a minarme empieza,
            Pienso que por mi tristeza
            Tú me reconocerás.

            Merced al noble fulgor
            Del recuerdo, mi dolor
            Será espejo en que has de verte,
            Y así vencerá a la muerte
            La claridad del amor.

            No habrá ni coche ni abismo
            Que enflaquezca mi heroísmo
            De buscarte sin cesar.
            Si eras más que yo mismo,
            ¿Cómo no te he de encontrar?

            ¡Oh, vida mía, vida mía,
            Agonicé con tu agonía
            Y con tu muerte me morí!
            De tal manera te quería,
            Que estar sin ti es estar sin mí.

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