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    Información biográfica

  1. Bien está y algo es: podemos detenernos
  2. Circunstancias
  3. Cuando la luz de la luna cae sobre mi lecho
  4. Despedida
  5. Doblando la escollera
  6. El Kraken
  7. Flor en el muro agrietado
  8. In memoriam VII. Oscura casa: otra vez regreso a tu lado
  9. In memoriam XV. Esta noche los vientos comienzan a soplar
  10. In memoriam L. Permanece cerca
  11. In memoriam XCI. Cuando rosadas plumas coronen
  12. In memoriam LXXXII. Yo no negocio ningún feudo con la muerte
  13. La Dama de Shalott
  14. La hija del molinero
  15. La mañana está en calma, sin rumores; en calma
  16. La princesa (fragmento)
  17. La sirena
  18. Lágrimas, indolentes lágrimas
  19. No vengas cuando esté muerto
  20. Nos dejas. Tenderás por el Rhin la mirada
  21. Por la noche yacíamos sobre el césped
  22. Requiescat
  23. Todas las cosas morirán


    Información biográfica

      Nombre: Alfred Tennyson
      Lugar y fecha nacimiento: Somersby, Lincolnshire (Inglaterra), 6 de agosto de 1809
      Lugar y fecha defunción: Aldworth (Inglaterra), 6 de octubre de 1892 (83 años)

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      Bien está y algo es: podemos detenernos

        Bien está y algo es: podemos detenernos
        Aquí, donde en la tierra inglesa lo sepultan,
        Y tal vez de su polvo se labre la violeta
        De su tierra nativa.

        Poco es, mas parece, en verdad, que benditos
        Son sus tranquilos huesos,
        Al descansar, en medio de nombres familiares,
        Y en el mismo lugar que habitó siendo joven.

        Venid, pues, manos puras : sostened la cabeza
        Que duerme o que se puso la máscara del sueño:
        Y vengan cuantos gusten de llorar, y aquí el rito
        De los muertos escuchen.

        ¡Ah! Pero, si pudiera,
        Sobre el fiel corazón me arrojaría, y junto
        A sus labios, le diera, con mi aliento, la vida
        Que en mí casi se apaga;

        Mas no muere del todo y, sufriendo, persiste
        Y lentamente forma ese temple más duro,
        Y guarda la mirada que ya no encontraría,
        Las palabras que nunca ha de escuchar de nuevo.

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      Circunstancias

        En vecinas aldeas, dos chiquillos, jugando
        Como locos, en medio de los brezos; en una
        Fiesta dos forasteros que se encuentran; bajito,
        Junto al muro de un huerto, dos amantes hablando;
        Dos vidas enlazadas con dorada ventura;
        Junto a la torre gris, dos tumbas, con el césped
        Que limpian mansas lluvias y donde margaritas
        Florecen; dos chiquillos en una misma aldea.
        Así va, de hora en hora, la ronda de la vida.

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      Cuando la luz de la luna cae sobre mi lecho

        Cuando la luz de la luna cae sobre mi lecho,
        Sé que en tu lugar de descanso,
        Desde las amplias aguas del oeste,
        Llega una gloria trepando los muros:
        El mármol brillante aparece en la oscuridad,
        Arrastrándose lentamente sobre la plateada llama
        Que recorre las letras de tu nombre,
        Y el número de tus años.
        La mística gloria nada en la distancia;
        Fuera de mi lecho la luz de la luna muere;
        Y cerrando los párpados de agotados ojos,
        Duermo hasta que se diluya el crepúsculo:

        Y entonces sé que la niebla ha cubierto
        Con su lúcido velo todas las costas,
        Y en una iglesia oscura como un fantasma
        El destello de tu lápida reposa hasta el alba.

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      Despedida

        Fluye abajo, fría corriente, hacia el mar;
        Tu tributo en olas será entregado:
        Hacia ti, mis pasos ya no correrán,
        Nunca más, eternamente.

        Fluye, fluye suave por hierbas y campos,
        creciendo de corriente a río:
        Para ti, mis huellas ya nunca serán,
        Ya no, eternamente.

        Pero aquí suspiró tu viejo árbol,
        Y aquí tiemblan sus trémulas hojas,
        Al compás de las inquietas abejas.
        Para siempre, eternamente.

        Mil soles brillarán sobre ti,
        Mil lunas se estremecerán,
        Y por tus riberas, mis pies ya no andarán,
        Ya no, eternamente.

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      Doblando la escollera

        El poniente, el lucero de la tarde
        Y para mí una clara llamada. Acaso la escollera
        No haga gemir al agua, cuando emprenda
        Mar adentro mi ruta,

        Y haya sólo el reflujo que parece dormido,
        Demasiado turgente para rumor o espuma,
        Cuando lo que sorbía del fondo ilimitado
        Regresa ya a su centro.

        Crepúsculo y campana vespertina
        Y luego, ya la noche.
        Y acaso no haya adioses doloridos
        El día en que me embarque,

        Pues si de nuestros hitos del Lugar y del Tiempo
        La marea me aparta,
        Confío, cara a cara, mirar a mi Piloto,
        Doblada la escollera.

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      El Kraken

        Bajo los truenos de la superficie,
        En las grietas del mar abismal,
        El Kraken duerme su antiguo sueño sin sueños.
        Pálidos reflejos se agitan alrededor
        De su oscura forma;
        Vastas esponjas de milenario crecimiento y altura
        Se inflan sobre él, y en lo profundo de la luz enfermiza,
        Pulpos innumerables y desmedidos baten
        Con brazos gigantescos
        La verdosa inmovilidad,
        Desde secretas celdas y grutas maravillosas.
        Yace ahí desde siglos, y yacerá,
        Cebándose dormido de inmensos gusanos marinos
        Hasta que el fuego del Juicio Final consuma la hondura.
        Entonces, para ser visto una sola vez por hombres y por ángeles,
        Rugiendo surgirá y morirá en la superficie.

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      Flor en el muro agrietado

        Flor en el muro agrietado,
        Yo te arranco de tu tumba y te sostengo,
        Raíz con raíz, tu todo con el todo.
        Pequeña flor, si pudiera captar tu esencia,
        Entendería qué es el hombre, qué es Dios.

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      In memoriam VII. Oscura casa: otra vez regreso a tu lado

        Oscura casa: otra vez regreso a a tu lado,
        A esta larga calle inhóspita,
        Puertas donde mi corazón se habituó
        A temblar esperando una mano,

        Una mano que ya no podré estrechar.
        Obsérvame pues como un insomne,
        Como un condenado me arrastro
        Muy temprano hacia la puerta.

        Él no está aquí; pero en la distancia
        Comienza el murmullo de la vida,
        Y como un fantasma entre la lluvia
        Rompe el nuevo día sobre las calles desiertas.

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      In memoriam XV. Esta noche los vientos comienzan a soplar

        Esta noche los vientos comienzan a soplar
        Y el día que declina ruge en la distancia:
        La última hoja se pierde en remolinos,
        Los grajos vagan en los cielos.

        Los bosques arrasados, las aguas crispadas,
        Los rebaños reunidos en el prado;
        Y con intenso brillo sobre árboles y torres
        Emerge el sol aclarando el mundo.

        Y si estos ensueños no probaran
        Que cruzas con suaves gestos
        La llanura de cristal líquido,
        Apenas podría soportar la agitación

        Que hace tan ruidosas las ramas yertas;
        Y no es así sólo por miedo;
        La salvaje inquietud que vive en el dolor
        Embelesada adoraría aquella nube

        Que hacia las alturas siempre se dirige,
        Y empuja hacia arriba un pecho fatigado,
        Y luego se deshace en el triste ocaso,
        Ese muro naciente orlado de fuego.

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      In memoriam L. Permanece cerca

        Permanece cerca cuando se extinga mi luz,
        Y la sangre se arrastre y mis nervios se quiebren
        Con punzadas lacerantes. Y el corazón enfermo
        Y las ruedas del tiempo giren pausadamente.

        Permanece cerca cuando mi carne frágil
        Sea atormentada por dolores que rozan la verdad.
        Y el tiempo lunático siga esparciendo el polvo,
        Y la vida furiosa arroje llamas.

        Permanece cerca cuando mi fe se marchite,
        Y los hombres, las moscas del último estío
        Que colocan sus huevos, y piquen y canten
        Y tejan sus diminutas celdas y mueran.

        Permanece cerca cuando desvaneciéndome,
        Y puedas apuntar el final de mi lucha
        En el atardecer de los días eternos,
        En el bajo y oscuro abismo de la vida.

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      In memoriam XCI. Cuando rosadas plumas coronen

        Cuando rosadas plumas coronen al alerce
        Y cante trémulamente el tordo encaramado;
        O revuele sobre estériles arbustos
        Junto al mar azul el pájaro de marzo,

        Ven, toma la forma por la cual tu espíritu
        Conozco entre tus pares;
        Que toda la esperanza de los años robados
        Crezca y adquiera brillo en tu frente.

        Cuando el paso maduro del estío aliente,
        Con infinitas rosas dulces,
        Sobre las mil olas de trigo
        Que ondulan en la granja solitaria,

        Ven; pero no en los insomnios de la noche
        Sino cuando el sol comience a calentar;
        Ven con la hermosura de tu nueva forma
        Y con luz más hermosa que la misma luz.

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      In memoriam LXXXII. Yo no negocio ningún feudo con la muerte

        Yo no negocio ningún feudo con la muerte,
        Por los cambios provocados en forma y mente;
        Ninguna vida menor que abraza la tierra
        Se cruzará con él, ni a mi fe le dará guerra.

        El eterno proceso avanza,
        De estado a estado el espíritu pasa;
        Estos son apenas los tallos destrozados,
        O las ruinas de una crisálida.

        No culpo a la Muerte, pues ella desnuda
        El uso de la virtud en el planeta:
        Yo sé que aquel valor humano
        Brillará intensamente en otro lado.

        Pero esto sólo la Muerte me provoca:
        La ira que se asienta en mi corazón;
        Ella distancia de tal modo los cuerpos
        Que a nuestros oídos no llega ningún lamento.

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      La Dama de Shalott

        I

        En las orillas del río, durmiendo,
        Grandes campos de cebada y centeno
        Visten colinas y encuentran al cielo;
        A través del campo marcha el sendero
        Hacia las mil torres de Camelot;
        Y arriba y abajo, la gente viene,
        Mirando a donde los lirios florecen,
        En la isla que río abajo aparece:
        Es la isla de Shalott.

        Tiembla el álamo, palidece el sauce,
        Grises brisas estremecen los aires
        Y la ola, que por siempre llena el cauce,
        Por el río y desde la isla distante
        Fluye que fluye, hasta Camelot.
        Cuatro muros grises: sus grises torres
        Dominan un espacio entre las flores,
        Y en el silencio de la isla se esconde
        La Dama de Shalott.

        Tras un velo de sauces, por la orilla,
        A las pesadas barcas las deslizan
        Unos lentos caballos; y furtiva,
        Una vela de seda traza huidiza,
        Surcos de espuma, hacia Camelot.
        Pero, ¿quién la vio nunca saludando?
        ¿O en la ventana de su estudio estando?
        ¿O acaso es conocida en el condado
        La Dama de Shalott?

        Sólo los segadores muy temprano,
        Cuando siegan ya maduros los granos,
        Escuchan ecos de un alegre canto
        Que desde el río llega, alto y claro
        Hasta las mil torres de Camelot:
        Bajo la luna el segador trabaja,
        Apilando haces en las eras altas.
        Escucha y murmura: "es ella, el hada,
        La Dama de Shalott".

        II

        Ella teje una tela día y noche,
        Tela mágica de hermosos colores.
        Ha oído murmurar un rumor, sobre
        Una maldición: ¡ay como se asome
        Y mire lejos, hacia Camelot!
        No sabe qué maldición pueda ser,
        Ella teje y no deja de tejer,
        Y otra cosa no hay que pueda temer,
        La Dama de Shalott.

        Moviéndose sobre un espejo claro
        Que cuelga frente a ella todo el año,
        Sombras del mundo aparecen. Cercano
        Ve ella el camino que serpenteando
        Conduce a las torres de Camelot;
        Allí el remolino del río gira,
        Y descortés el aldeano grita,
        Y de las mozas las capas rojizas
        Se alejan de Shalott.

        A veces un tropel de alegres damas,
        Un abate, al que portan con calma,
        O es un pastor de cabeza rizada,
        O de largo pelo y carmesí capa,
        Un paje se dirige a Camelot;
        Y a veces cruzan el azul espejo
        Caballeros de dos en dos viniendo:
        No tiene un buen y leal caballero
        La Dama de Shalott.

        Pero en su tela disfruta y recoge
        Del espejo las mágicas visiones,
        Y a menudo en las silenciosas noches
        Un funeral con plumas y faroles
        Y música, iba hacia Camelot:
        O venían, la luna en su camino,
        Amantes casados de ahora mismo;
        "Estoy enferma de tanta sombra", dijo
        La Dama de Shalott.

        III

        A tiro de arco del alero de ella,
        Él cabalgaba entre la mies de la era;
        Deslumbraba el sol entre hojas nuevas,
        Y ardía sobre las broncíneas grebas
        Del valiente y audaz Sir Lancelot.
        Un cruzado al que arrodillado puso
        Con la dama por siempre en el escudo,
        Brillaba en el campo amarillo, junto
        La lejana Shalott.

        Brillaba libre enjoyada la brida:
        Una rama de estrellas imprevistas
        Colgadas de una Galaxia amarilla.
        Sonaban alegres las campanillas
        Mientras cabalgaba hacia Camelot:
        Y en bandolera, plata entre blasones,
        Colgaba un potente clarín. Al trote,
        Su armadura tintineaba, sobre
        La lejana Shalott.

        Bajo el azul despejado del cielo
        Refulgía la silla de oro y cuero,
        Ardía el yelmo y la pluma del yelmo,
        Juntas como una sola llama al viento,
        Mientras cabalgaba hacia Camelot:
        Así en la noche púrpura se viera,
        Bajo cúmulos sembrados de estrellas,
        Un cometa, cola de luz, que llega,
        A la quieta Shalott.

        Su frente alta y clara, al sol brillaba;
        Sobre los pulidos cascos trotaba;
        Por debajo de su yelmo flotaban
        Los bucles negros, mientras cabalgaba,
        Cabalgaba directo a Camelot.
        Desde la orilla, y desde el río,
        Brilló en el espejo de cristal,
        “Tralarí lará” cantando en el río
        Iba Sir Lancelot.

        Dejó la tela, y dejó el telar,
        Tres pasos en su cuarto ella fue a dar,
        Ella vio el lirio de agua reventar,
        El yelmo y la pluma ella fue a mirar,
        Y posó su mirada en Camelot.
        Voló la tela y se quedó aparte;
        Se rompió el espejo de parte a parte;
        "La maldición vino a mí", gritó suavemente
        La Dama de Shalott.

        IV

        En la tormenta que de este soplaba,
        Los bosques de oro pálido menguaban,
        Y el río ancho en su orilla los lloraba.
        Un cielo negro y bajo diluviaba
        Encima las torres de Camelot.
        Ella bajó hasta el río, y encontrose
        Bajo un sauce, una barca aún a flote,
        Y escribió, justo en la proa del bote,
        "La Dama de Shalott".

        Del río a través del pequeño espacio
        Como un audaz adivino extasiado
        Y en trance, viendo ante sí su trágico
        Destino, y con el semblante impávido,
        Ella miró lejos, a Camelot.
        Y cuando el día por fin se acababa,
        Ella se tendió, y soltando amarras,
        Dejó que la corriente la arrastrara,
        La Dama de Shalott.

        Tendida, vestida de un blanco nieve
        Desbordando por los lados del bote
        Las hojas cayendo sobre ella, leves,
        A través del sonido de la noche,
        Ella flotaba hacia Camelot.
        Y mientras la afilada proa hería
        Los campos y las esbeltas colinas,
        Se oyó un cantar, su última melodía,
        La Dama de Shalott.

        Se oyó un cantar, un cantar triste y santo
        Cantado con fuerza y luego muy bajo,
        Hasta helarse su sangre muy despacio,
        Por completo sus ojos se cerraron
        Fijos en las torres de Camelot.
        Porque hasta allí llegó con la marea,
        De las primeras casas a la puerta,
        Y cantando su canción quedó muerta,
        La Dama de Shalott.

        Debajo la torre y la balconada
        Entre las galerías y las tapias
        Hermosa y resplandeciente flotaba,
        Pálida de muerte, entre las casas,
        Entrando silenciosa en Camelot.
        Al embarcadero juntos salieron:
        Dama y señor, burgués y caballero,
        Su nombre junto a la proa leyeron,
        "La Dama de Shalott".

        ¿Qué tenemos aquí? ¿Qué es todo esto?
        Y en el palacio de luces y juegos
        El jolgorio real tornó silencio;
        Se santiguaron todos con miedo,
        Los caballeros, allí en Camelot:
        Pero Lancelot, meditando un poco,
        Fue y dijo, "Ella tiene el rostro hermoso,
        Por gracia de Dios misericordioso,
        La Dama de Shalott."

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      La hija del molinero

        Son tan grandes sus hechizos,
        Es un prodigio tan bello,
        Que envidio las arracadas
        Que tiemblan ruborizadas,
        Y se esconden en sus rizos,
        Porque han besado su cuello.

        De su talle primoroso
        Quisiera ser cinturón,
        Y sentir contra mi pecho,
        Bien estrecho, bien estrecho,
        Ya agitado, ya en reposo
        Su adorable corazón.

        Y de su seno hechicero
        Ser el collar deseara,
        Y por suspiros mecido,
        Reposar adormecido,
        Tan en calma, tan ligero,
        Que al dormir me conservara.

      Arriba

      La mañana está en calma, sin rumores; en calma

        La mañana está en calma, sin rumores; en calma,
        Como para ofrecerse a un dolor más tranquilo;
        Y tan solo, chocando con las hojas marchitas,
        El fruto del castaño se desliza hasta el suelo.

        Calma y profunda paz en estas altas lomas
        Y en gotas de rocío que inundan las aliagas,
        Y en esas telarañas de plata, que entre el oro
        Y el verde centellean.

        Calma y tranquila paz en la llanura vasta
        Que a lo lejos se tiende, con boscajes de otoño,
        Y en las granjas pobladas y en torres que se tornan
        Menudas y se mezclan con el mar murmurante.

        Calma y profunda paz en el aire anchuroso,
        En las hojas que torna rojizas la otoñada,
        Y si en mi corazón hubiere alguna calma,
        Será desesperanza tranquila, solamente.

        Calma sobre los mares y plateado sueño
        Y correr de las ondas, que van a su reposo;
        Y calma de la muerte en aquel noble pecho,
        Que alienta, pero sólo con las aguas profundas.

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      La princesa (fragmento)

        Ven al valle, ¡oh doncella!, desde lejanas cumbres:
        ¿Qué gozo hay en la altura -el pastor le cantaba-,
        En la altura y el frío, esplendor de los montes?
        Deja ya de moverte tan cerca de los cielos
        Y no resbale el sol en castigado pino,
        Ni se pose una estrella en la torre brillante;
        Y ven, pues el Amor es del valle, es del valle
        El Amor: ya tus cumbres abandona y, llegándote,
        Lo hallarás junto a umbrales venturosos, él mismo,
        O bien con la Abundancia, de la mano, en maizales,
        O rojo de la púrpura que en los lagares surte,
        O como una raposa en las viñas; no gusta
        De andar sobre los cuernos de plata con la Muerte
        Y el Día, ni podrías apresarlo en el blanco
        Barranco, ni encontrarlo en bahías de hielo,
        Que, apretadas, se inclinan en surcados declives,
        Desviando al torrente de las puertas oscuras.
        Ven conmigo. El torrente te deslice, bailando,
        Para hallarlo en el valle; deja que las salvajes
        Águilas, de delgada cabeza, chillen solas,
        Y deja que se inclinen los monstruosos riscos,
        Esparciendo mil trémulas guirnaldas de agua y humo,
        Que, cual roto designio, por el aire se pierden.
        No quieras tú perderte. Ven conmigo. Los valles
        Te esperan. Los azules pilares de la lumbre
        Para ti se levantan; gritan niños y tañe
        Tu pastor la zampoña y todo son es dulce
        Y más dulce tu voz y dulces los rumores:
        Mil arroyos, corriendo hacia los verdes prados,
        El gemir de palomas en los olmos añosos
        Y aquel leve murmullo de innúmeras abejas.

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      La sirena

        Pero por la noche erraría lejos, lejos,
        Dejaría que cayera mi cascada de rizos,
        Saltaría aérea sobre el trono y jugaría
        Con los tritones entre las rocas;
        Correríamos de aquí para allá, escondiéndonos y buscándonos
        Sobre los altos y ondulados terrenos marinos en los lechos carmesí,
        Cuyos plateados riscos se asoman al mar.
        Pero si alguien se acerca gritaré
        Y como una ola saltaré desde las cornisas plateadas
        Que sobresalen de lo profundo.
        Porque a mí no me besaría cualquiera de los atrevidos y
        Alegres tritones del fondo del mar;
        Ellos me seguirían y me cortejarían y me halagarían
        En el ocaso púrpura del fondo del mar.
        Pero el rey de todos ellos sí podría raptarme
        Y cortejarme, ganarme y casarse conmigo,
        Entre las ramas de jaspe del fondo marino.
        Entonces todos los seres que están en los traslúcidos musgos
        Del fondo oceánico, se enroscarán silenciosamente
        A mis pies de plata, mirando hacia arriba, buscando mi amor.
        Y cuando yo cantara alegremente desde lo alto,
        Todos los seres blandos, ahorquillados y con cuernos
        Se asomarían a la honda esfera del mar
        Y mirarían abajo buscando mi amor.

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      Lágrimas, indolentes lágrimas

        Lágrimas, indolentes lágrimas, no sé qué significan:
        Lágrimas que desde lo profundo
        De alguna divina desesperación
        Se alzan en la esencia del corazón,
        Y se reúnen en torno a los ojos
        Al contemplar los alegres campos de otoño,
        Pensando en los días que ya nunca serán.

        Frescas como el primer rayo brillante sobre la vela,
        Convocando a nuestros amigos del inframundo,
        Triste como el último lamento agónico
        Que se hunde en el abismo con todo lo que amamos.
        Tan tristes, tan frescas, como los días que ya no serán.

        Tristes y extrañas como los oscuros crepúsculos del verano,
        Las primeras voces de las aves cantaron
        Sobre los oídos muertos, junto a los muertos ojos
        Que contemplan la mañana trepando sobre la ventana;
        Tan tristes, tan frescos, como los días que ya no serán.

        Amados como el recuerdo de los besos tras la muerte,
        Y dulces como la indiferente fantasía fingida
        Sobre aquellos labios que serán de otro;
        Profundas como el Amor,
        Profundas como el primer Amor,
        Salvajes huellas de un pálido remordimiento.
        Oh, amarga Muerte en Vida, ellas son el lamento
        Por los días que ya nunca serán.

      Arriba

      No vengas cuando esté muerto

        No vengas cuando esté muerto
        A derramar inocentes lágrimas sobre mi tumba,
        A pisotear alrededor de mi cabeza caída.

        Atormentar el infame polvo no nos salvará;
        Deja que el viento me acaricie y que las aves me lloren,
        Pero tú, aléjate.

        Niña, si esto fuera un error o un crimen,
        Poco me importa, siendo mi existencia maldita:
        Enlaza tu mano con quien desees,
        Pues cansado estoy del Tiempo,
        Y mi único anhelo es descansar.

        Pasa, corazón débil,
        Y abandona este lecho de tierra.
        Aléjate, no retornes jamás.

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      Nos dejas. Tenderás por el Rhin la mirada

        Nos dejas. Tenderás por el Rhin la mirada
        Y por las bellas lomas a cuya sombra un día
        Yo con él navegué; y pasarás, rozando
        Las tierras estivales, de trigos y viñedos,

        Hacia aquella ciudad donde exhalara el último
        Suspiro. No parece en su esplendor más viva
        Que la ligera llama
        Cuyo brillo contempla la Muerte en el Leteo.

        Que su amplio Danubio discurra en su hermosura
        Y ciña aquellas islas, remoto a mis miradas:
        No he visto a Viena y nunca la veré; pues prefiero
        Soñar que allí se oculta

        Una oscuridad triple, y que allí el Mal acecha
        La boda, el nacimiento; que, a menudo, el amigo
        Del amigo se aparta y los padres se inclinan
        Allí sobre más tumbas, y aúllan mil angustias,

        Persiguiendo a los hombres, y hacen presa
        En los fríos hogares, y la tristeza erige
        Su sombra contra el vivo esplendor de los reyes.
        Y, empero, de sus labios
        Oí que no hay ciudad materna donde avance,
        Aquí y allá, con fasto
        Mayor, el doble curso de los carruajes, yendo
        Por parques y suburbios, bajo el color castaño

        De follajes más vivos; ni habrá mayor contento,
        Me decía, en ninguna muchedumbre,
        Cuando todo lo alegran los faroles y suenan
        Regocijos y cantos en la tienda y la choza,

        En estancia imperial o en la abierta llanura;
        Y va rodando en círculos la danza, y el cohete
        Estalla, hecho mil copos
        De color carmesí o lluvia de esmeralda.

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      Por la noche yacíamos sobre el césped

        Por la noche yacíamos sobre el césped,
        Pues debajo la hierba era seca y cálida;
        Y a través del cielo una bruma plateada
        Se anticipaba al verano, en calma,
        Permitiendo que los cirios ardan inquebrantables:
        No se escuchaba el canto de los grillos,
        Y sólo se oyó el murmullo de un arrollo lejano,
        Y sobre la urna el débil aleteo
        De los murciélagos en los fragantes cielos,
        Girando brillantes en delicadas formas
        Que surgen durante el crepúsculo,
        Envueltos en capas oscuras;
        Con pechos hirsutos y perlados ojos.

        Mientras cantábamos viejas baladas que sonaron
        De colina en colina, donde cómodos yacíamos,
        La blanca becerra resplandeció, y los árboles
        Rodearon el campo con sus oscuros brazos.

        Pero cuando los otros, uno por uno,
        Huyeron de mí y de la Noche,
        Cuando en la casa, una por una,
        Las luces se apagaron, yo permanecí solo.

        El hambre asaltó mi corazón, leí;
        Sobre aquellos felices años que una vez fueron,
        En las hojas marchitas que conservaban su verdor,
        Las nobles letras de los muertos.

        Extrañamente, sobre el silencio brotaron
        Las mudas letras parlantes, y extraño
        Fue el lamento desafiante de las palabras
        Que probaban su valor. Entonces, oh prodigio: habló.

        Habló de la Fe, el Vigor, el Valor de detenerse
        Donde la duda impulsa la espalda del cobarde,
        Y pronunció agudos enigmas que sugerían,
        Que atraían hacia la intimidad de su celda.

        Entonces, palabra a palabra, línea tras línea,
        El hombre muerto me tocó desde el pasado,
        Y todo al mismo tiempo me pareció
        Que el alma viviente fue reflejada en mí.

        Allí mi alma fue herida, girando
        Sobre las empíreas alturas del pensamiento,
        Llegando hasta aquello que es, atrapando
        Las hondas pulsaciones del mundo.

        Una melodía antigua que medía
        Los pasos del tiempo, los golpes de la fortuna,
        El soplo de la Muerte. Lentamente, mi trance
        Fue diluyéndose, aferrada a la penosa duda.

        ¡Vagas palabras! Pero cuán difícil es
        Darles forma, moldearlas en el discurso,
        Que duro es para el intelecto hurgar
        En la memoria de lo que me convertí.

        Hasta ahora, el dudoso crepúsculo revela
        Las colinas una vez más, donde cómodos yacíamos,
        Donde la blanca becerra resplandecía, y los árboles
        Rodeaban el campo con sus oscuros brazos.

        Aspirada desde las tinieblas lejanas,
        La brisa comenzó a temblar sobre
        Las grandes hojas del sicomoro,
        Penetrando todo con su inmóvil fragancia.

        Reuniéndose sobre las frescas bóvedas,
        Sacudió las ramas de los olmos, y pasó
        Sobre las rosas abatidas; y agitó
        Los lirios de un lado a otro, diciendo:

        El Alba, el Amanecer. Y murió lejos.
        El este y el oeste, sin un hálito de aliento,
        Mezclaron sus tenues luces, como la vida y la muerte,
        Para esculpir un día que jamás tendrá fin.

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      Requiescat

        Hermosa es su cabaña en el lugar,
        Donde el agua se desliza lenta y suavemente.
        Se ve a sí misma desde el techo hasta el suelo
        Soñando en las danzantes mareas.

        Hermosa es ella, como lo era antes de morir.
        Su tranquilo sueño de vida puede cesar.
        Su pacífico ser lentamente transitará,
        Y en silenciosas tierras podrá descansar.

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      Todas las cosas morirán

        Todas las cosas morirán,
        El río azul claramente derrama su corriente
        Bajo mi ojo.
        Cálido y amplio, el viento del sur
        Arrasa los cielos;
        Una tras otra, las blancas nubes son derretidas.
        Cada corazón que esta mañana late con pasión,
        Lleno de precaria alegría,
        Algún día, sin embargo, morirá.

        La corriente dejará de fluir,
        La brisa cesará su canto,
        Las nubes no flotarán,
        El corazón ardiente callará,
        Pues todas las cosas morirán.

        Todas las cosas morirán.
        La primavera será tempestad;
        ¡Oh vanidad!
        La muerte aguarda en el umbral.
        ¡Mira! Todos nuestros amigos
        Abandonan el vino y la alegría.
        Nos llaman, debemos ir.

        Yace abajo, bien abajo.
        En la Oscuridad debemos reposar.
        Las risas alegres permanecen graves;
        Y el canto de las aves,
        O el viento sobre la colina,
        No volverán a ser oídos.
        ¡Oh Miseria!
        ¡Escuchen todos! La Muerte nos llama
        Mientras derramo mis versos.

        La mandíbula cae,
        La mejilla cálida palidece,
        Los fuertes brazos se abaten,
        El hielo y la sangre se mezclan,
        La mirada se vuelve rígida;
        Nueve veces la campana resuena:

        Vosotras, almas alegres, adiós.
        La vieja Tierra nació,
        Como los hombres saben,
        En años perdidos.
        Pero la vieja Tierra morirá.
        Dejad entonces que el cielo ruja
        Y que las azules olas azoten la costa.
        Nunca veremos a través de la eternidad,
        Todas las sutilezas que nacen,
        Algún día ya no serán,
        Pues todas las cosas morirán.

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